Te hiciste un meteoro


leshuga

A mi hijo Mauricio Antonio, en sus 13 años.

¿En qué momento
te hiciste meteoro, niño,
dejaste de lleno la arena
por el mar entero
y trepaste en la cima
espumosa y brava
de sueños impensados e imposibles?

¿En qué instante tu mirada
se hizo tan elegantemente alta
sobrepasando mis ojos,
mi propio horizonte?

¿Cómo fue que tu sonrisa
amplia y fresca
se instaló frente al mundo
cual imán arrebatador y prodigioso,
desfibrilador y hermoso,
encantador y animoso,
un torbellino de colores delirantes,
una centella enmascarada de vida?

¿En qué minuto el tiempo
te dibujó un rostro juvenil,
dorado y arrebatador,
tan ajeno y despreocupado
del adulto que quieres ser,
tan distante y apasionado
del niño que quieres dejar lejos,
atrapado en un millar
de travesuras que caminar?

¿En qué momento
te hiciste meteoro, hijo,
burlándote de un proyecto de mostacho
que crece invisible en tu rostro aguzado,
imitación perfecta de un goloso adolescente,
insustituible caparazón de un vuelo eterno,
nación liberada en el tiempo de hoy?

¿En qué instante tus manos
se convirtieron en la tierra prometida,
en imperio floreciente y cándido,
en armada invencible y morena,
en indómito ejercicio de soberanía,
en territorio salvaje de incesantes sueños,
en la antítesis perfecta a una herida?

Te veo, Prometeo,
transmutado en un meteoro feroz
que surca una marea irresistible,
un bólido invencible
que domina la cresta
de una ola que quiere ser infinita.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Texto original para Salto al Reverso / 2016.

Fotografía: «Leshuga» gentileza de Nicolás Gajardo Carvajal, tomada en la Playa Bellavista, El Morro, Iquique, en el invierno de 2016.

@CifuentesLucic

@saltoalreverso

Dime dónde se esconde el amor


cuello

Escribí tanto de ti que llegué a sentir que existías.

I

Dime dónde se esconde el amor.

En qué árbol florece,
en qué mar se hace eterno.

Dime si estás aquí
o eres la sombra del sol.

Miro el mar
y olvido todo.
Lo sabes.

II

Le susurro al oído.
«Mar».

Y despierta renacido.
Y vuela con las alas ardientes
de una metamorfosis,
en una estela tutelar
sobre las olas.

III

Quedamos mudos frente al mar,
amor,
esperando que amanezca.

IV

(La poesía vive en algunos bares, en noches de gatos inquietos, entre la lluvia y el mar, en los amantes que se despiden para no verse más).

Aquí, por ejemplo:

1

Tengo el mar en la mirada
y la mirada en el mar.

2

La tristeza de encontrar
en el mar muerto,
una sirena varada.

3

En tu mar
solo fui el invierno
de mi mirada.

4

Vino el silencio.
Luego el olvido.

Y después el mar
se hizo mío.

Infinito.

5

Me llevaré al mar
todo lo escrito en mí.

6

Días en los que huelo a ti,
a mar y furia.

V

Aunque usted me olvide
no llenaré de cándida nostalgia
el rubor de las estrellas
ni arrobaré de saudades
el horizonte precioso del mar.

Mi último recuerdo serás tú.

Mientras cae a pedazos el cielo
o se desparrama el mar
o sucumbe la tierra.

Mi último recuerdo vivo de ti,
serás tú.

VI

Me gusta el mar.
A falta de ti.

VII

Solo soy un hombre enfrentado al mar.

VIII

1

La noche se hace en mis manos.
Y tu cuerpo pálido sonríe como la luna.
Tu piel tibia florece en el mar de mi deseo.
Y tu boca suspira en mí.

2

Si eres el amor de mi vida
escríbeme un mensaje en el mar.
Porque tengo el mar en el alma.

3

Cuando el otoño huele a melancolía,
el mar es un murmullo de la fragilidad.

4

Yo soy la sal de tu mar.

5

La versión de mi alma
habita cerca del mar.

6

Usted y yo
haciendo del mar
una vocación salada.

7

Porque habrías
de decepcionarme, amor,
si conozco tu alma.

Y esa belleza
solo se encuentra
en la noche
que cae
en el mar de primavera.

8

Me abraza el sol en el mar.
Y es como si te abrazara a ti.

9

Sueño con olas.
Y con su mar.

10

Entre usted y el mar,
me he ido salando
como la brisa del amanecer.

11

El mar tiene esa presencia
que se hace sangre
aunque no puedas respirarla.

12

Ven a ser sol conmigo
y que la luna no lo sepa.

Que sea nuestra amanecida,
con el mar de fondo floreciente.

13

Abracé el mar en la oscuridad
y no estaba frío.

14

Después del mar,
el vino es más dulce.

15

Estoy enamorado del mar.

Desde siempre.
No dejo escuchar
el llamado del mar
en mi ventana.

Ni dejo de evocar
tus ojos negros
perdidos
en el horizonte,
como queriendo ser cielo.

16

Después del mar,
el horizonte es nuestro.

17

No morir lejos del mar
sería el epitafio perfecto.

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Ser tu tacto


Tacto

1

Ser tu tacto
ser la corteza que erice
las raíces de tu cuerpo
ser el roce que inflame
las montañas de la luna
la flor rosa del acantilado.

Presumo:
la victoria será en tus labios,
y en ese acabarse profundo,
tu beso será una fugaz certeza
inacabada, distante.

2

Dime que la indecencia
no es solo una inspiración
para escribir;
dime que es
un perfecto método
de perversión y vida.

¿O me dirás
que la locura
es la dócil perpetración
de nuestra mirada
queriendo descubrir
el borde oscuro de la luna,
el opiáceo halo del sol,
el relente magnifico
de la bruma
que nos hace
alucinar desnudos,
muertos de frío y placer
y absortos de muerte y estío?

3

Me perdería en tus brazos
esos que anidan mis alas
cuando arrecia la tormenta
y no puedo volar

como si ese
fuese mi destino
y no tu abrazo

me quedaría en tus besos
como si tu boca fuera todo

y como si no tuviese otro beso
que ofrendarle a labios tan esquivos

y si quedarse
fuere solo
una convención
de irse,
allí me quedaría.

Por ti,
me quedaría en ese preciso instante
en que tu tacto se sumerge en el mío.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Texto original para Salto al Reverso / 2015.

Fotografía: «Tacto» (Del autor vía bit.ly/1yXu2YL).

@CifuentesLucic

@saltoalreverso

Amor dormido


Flores cautivas

Nuestro amor
yace dormido
en una fosa olvidada
por el destino.

Y ese destino
seco y desmedido,
no es otra cosa
que un periplo ciego
en la inesperada oscuridad
de las palabras;
hado infértil
que todo lo va apagando,
seduciéndolo,
atenuándose deslucido
como el telón del universo
que extingue de fuego y vida,
aquellas estrellas finales
que yacen muertas
en un fondo umbrío,
diseminadas y silentes
como mariposas
ahogadas en brea.

No pretendí
construir una eternidad
entre nosotros;
hacerlo hubiese
sido apostar
por una suma imponderable
de pretextos:
contigo solo fui
la circunstancia de mi ser,
de mi inconsciencia,
el apartado fugaz
que creyó vivirse
de labios y abrazos,
renunciando melancólico
a la encrucijada del pasado,
a un tris de no ceder y cabalgar
sobre la empedrada avenida del futuro,
madre cruel y voraz del presente
y su inmanente hipocresía
(y tal vez,
solo tal vez,
en el aplomo
de un verso natío).
Vestías de rojo esa noche triste
—lo veía en el cerco de rímel
que ocultaba tu mirada,
en tus ojos,
en el descuido
de la transparencia
del alma—:
esa noche inquieta
que traslucía de rumor
tanta nostalgia.

Mientras,
en la infausta residencia
del desamparo,
agazapado en la penumbra,
te imaginaba desnuda
e iba besando en mi memoria,
el rubor de la flor,
de la cariópside dividida
que alguna vez fue propiedad
de la complicidad y del deseo.

No podría repetir aquí
las palabras que te dije
entre susurros y alegrías,
pero sí puedo contener las sensaciones
que pulsan en mi interior
y que reiteran esta soledad
que se hace carne bajo el sol.

No podría afirmar las variantes
de este sueño de ti
que retoza incierto en mi alma
y que me acompaña
en la voluntad de la pérdida;
podría expresar impreciso
una nota de desencanto,
podría exultar de mí mismo
por el milagro inaudito
de haberte tenido,
pero no quiero padecer
de condescendencia,
porque hoy mi piel fenece
de la ausencia resentida
y no termina la cáustica tristeza
ni siquiera al escribir
estas palabras sueltas
que rolan de destiempo.

Decir, por ejemplo,
que tu recuerdo eclipsa mi ser,
que tuerce la cándida privación
de los besos que hoy
le pertenecen a tu sombra;
dejar de ser consuelo
y enredarse en la mortandad
que dejó sembrada esta gris historia
en los recovecos de mi existencia.

Yo de ti fui
lo que una vez de mí
hiciste ser.

Sin embargo,
solo sé que nuestro amor
yace dormido
en una fosa olvidada
por el destino
y que allí merodeará
hasta que tus manos
se anuncien al amanecer.

Por mi parte,
seré esa transición
que duele en los huesos,
como cuando se decide
a llover en el desierto,
que es nunca,
—créeme—
que es espejismo
por siempre,
—créelo—
que es brote infecundo
por donde se cuelan
los recuerdos
y hace estrago la noche
con sus aullidos.

[Conviértete
en mi herida definitiva,
en mi cicatriz eterna,
en esa inveterada promesa
que muere con el amor
cuando yace dormido.]

Alejandro Cifuentes-Lucic © Texto original para Salto al Reverso / 2014.

Fotografía: «Flores cautivas» (Dibujos en el infierno, del autor).

@CifuentesLucic

@saltoalreverso

No soy decente cuando escribo


Me

No soy decente cuando escribo,
soy sinceramente indecente.

Cuando hablo de ti

He de morir en tu recuerdo
como una gota de lluvia triste
sumergida en la sequedad
de un desierto
que jamás ha llorado,
que nunca ha vivido.

Si escuchara tu voz
en el eco de la multitud,
sería capaz de distinguir tu sonrisa.

Cuando te amo

Amar solo la materialidad de la piel
es algo que nos encadena,
obsesiona.

Amar el ser nos termina liberando,
incluso cuando muere el amor.

Amarte a ti.
Amar todo de ti.
Amar de ti lo que sonríe en mí.
Amar lo que eres,
lo que respiras.
Amar que existes.
Amarte toda.
Amarte a ti.

Cuando te desnudo

Eres la canción culmen de mi existencia,
la creación que mis palabras
buscan en una mirada
que es firmamento,
que es infinito.

Soy el nervio de tu desnudez.
La estrella incandescente de tu ser.
El árbol inmaculado de tu tierra.
La proliferación del cielo.
El todo.

Recuerdo la belleza de la penetración
mordisqueando las almas
con un beso floreciendo
desde lo profundo
de nuestras bocas.

Recuerdo la belleza de tu desnudez
pintando pálida la eclosión de tu piel
mientras me evaporaba
en la sumisión de tus caderas.

La odisea de amarte
se escribe en la sangre,
se respira en el aire,
se hace efluvios en la humedad
que enreda los cuerpos y las bocas.

Cuando aprendo

Aprendí que la belleza
no es un ideal de mujer:
es la sensación profunda
que deja tu piel al incendiar
los poros y raíces de mi cuerpo.

Aprendí a escribir en versos
en el largo de tu cuerpo;
escribir desde tus estrellas de sal
hasta los límites de tus angostas fronteras.

Descubrir un nuevo continente en ti,
ser un mártir incondicional de tu alma,
tu escribidor de aguas azules,
la desolación dulce de tu pérdida.

Cuando olvido

Como no sentirse olvidado
por esas caricias que fueron mi causa,
mi secreto absoluto,
mi elegía más noble,
el amor más intenso,
mi deseo total.

Y lo es.
Aunque cese de contradicción,
de apremio ilegítimo,
de condena injusta,
de fallo irremediable,
de libertad absoluta,
de absolución indiscutible.

La razón del péndulo
no es la hora perdida
o la apelación sangrienta
o la grieta escarchada
o la negación íntima
o el goce profundo.
No es.

Cuando duelo

Somos la herida que no coagula
en un velo de cenizas;
la mortaja que no hiede,
el aroma del celo
la verdad que no ausculta
el veneno de la ira.

Cuando la poesía

La poesía me insinuó
un camino de luz.

Un guiño nuevo,
una manera asimétrica
de comprender el universo.

Me libró del ocre yugo
de mí mismo.

El vértigo de tus palabras
me provoca esa ausencia de vacío,
me evita caer,
me hace sentir alado,
me exilia de mis pies de plomo.

¿Y si lo pienso?
¿Y si lo leo?

Una cosa es escribir,
otra es amar,
y una cosa muy distinta
es conjugar ambos destinos.

Si la poesía es melosa,
la leo.

Si es ruda,
feroz, sucia,
entera, incompleta,
amorosa, eterna,
concreta,
la leo.

Si es poesía,
la leo.

Me gusta la poesía
de amores claros y oscuros,
la rebelde,
la de la gente y sus dioses,
de las cosas o las cebollas,
la poesía comprometida.

Escribir es como lanzar un beso al viento:
no sabes qué destino tendrá.

De tanto escribir cosas bellas,
empecé a sentirlas.

Cuando la luna

Yo ya era lobo
cuando tú apenas eras luna.

Y en esa noche
acoplamos el firmamento
en una ocre panoplia.

Cuando ella

Ella mira triste las pálidas estrellas
sentada a la vera gris del firmamento.

Sus ojos lloran la sal del cielo.
Sus lágrimas son las mías.

Ella escribe para sí misma.
Ella escribe de alguien que no existe.
Ella se escribe a sí misma
con el deseo ardiente
de que le escriban así.

Cuando nosotros

Nosotros vamos por la vida
escribiendo sobre nosotros
que vamos por la vida escribiendo.

Cuando la vida

Ese empeño de convertir
la vida en un burdel,
el amor en una guerra,
la poesía en una mascarada,
el infierno en un asilo.

No soy decente cuando escribo,
soy sinceramente indecente.
Por ello esa desnudez
que no solo se refleja en un espejo,
en el alma, en el cuerpo,
en las cicatrices.

Heme aquí.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Texto original para Salto al Reverso / 2014

Fotografía: «Autorretrato».

@CifuentesLucic

@saltoalreverso

Eduardo, el breve


Bajorrelieve

Una sencilla historia para hacer dormir a niños y niñas grandes. 

Eduardo era un bravo guerrero de la corte del Rey Medao, conocido monarca del norte de la península, temido y odiado por amigos y enemigos. Su reino era ancho y eterno como el recorrido del sol en el día y la trayectoria de la luna por la noche. Este soberano era un hombre megalómano, que se rodeaba por igual en su corte, de súbditos de diversa naturaleza humana, grandes y nimios, para ocultar su oscura bajeza, ambición e ignorancia: estaba Demófacles, artista consumado y gran melómano del coro real de las vírgenes cantoras de la Sagrada Iglesia Púrpura; también, Ismejo, el filósofo misoneísta que teorizaba a los cuatro vientos sobre la cuadratura total de la tierra; y por otra parte, Alsirio, artero general de las feroces tropas del reino, colérico y falaz consejero militar del Rey Medao.

Eduardo era un leal patriota de su reino; había servido en todas las campañas de su señor, con valentía y decisión, y era aclamado en todas las latitudes del territorio por sus temerarias cargas de caballería en los distintos campos de batalla en los que había luchado. Eduardo era joven y apuesto, fuerte y hermoso, pero escondía un gran secreto: padecía de la extraña enfermedad de la misoginia, cuestión que lo hacía permanecer soltero y ajeno a todos los encantos y seducciones de las mujeres más bellas del imperio de Medao. Este secreto misterio roía las entrañas de Martín y aunque pareciera irrelevante a simple vista, también preocupaba a su Rey.

Medao no tenía descendencia alguna, puesto que una pléyade de envenenamientos, revoluciones, infidelidades y otros desastres de orden menos natural, lo habían dejado —paulatinamente— viejo y viudo, obcecado y demente; y está de más decir que según ese historial, ni la mujer más ambiciosa del reino deseaba desposarse con el déspota soberano. El Rey Medao, a espaldas de sus cortesanos, había resuelto, en caso de morir, entregar el poder total del reino a Eduardo, con la esperanza que éste continuara con la expansión y gloria de sus triunfos ancestrales, codiciando además que su estirpe se esparciera por todos los continentes conocidos.

Como las guerras exteriores habían concluido hacía años y el reino respiraba una relativa paz, Medao concibió un plan maestro: buscó a la más joven y bella concubina del reino —la hermosa y deseada Camila—, y le ordenó presentarse en la estancia de Eduardo. Obligaría a su joven guerrero a desposarse con ella y a tomar por la fuerza el trono, aún cuando ello implicara su propia y súbita muerte.

Cuando Eduardo, después de una larga ausencia en las planicies altas del oeste, retornó a su hogar, se encontró con la ingrata y brutal sorpresa de la presencia de Camila, la joven caudilla enviada por el rey, desnuda dentro de su cama. Un violento ataque misógino inundó la sangre de Eduardo y, sin más provocación que su sola comparecencia, decapitó a la joven mujer, con un certero mandoble de su espada.

Aterrados, sus lacayos le refirieron la verdadera causa de la fatal visita de Camila a la estancia: el Rey Medao la había conminado a concurrir a la morada de Eduardo, quizás con qué febriles propósitos.

Eduardo, no escuchando nada más y aún con el olor de la sangre derramada en su piel, nuevamente montó en infinita cólera y montando su corcel de guerra, al centro de sus numerosas tropas de caballería pesada y ligera, cabalgó endemoniado hacia la capital del reino.

Ya al día siguiente, Eduardo asediaba la ciudad con una incesante sed de sangre y destrucción. El Rey Medao no podía creer lo que sus ojos veían: su plan, en parte en marcha, había tomado un inesperado trance que podía culminar con la hecatombe total del reino. Mandó a su guardia personal a eliminar a Eduardo a toda costa, pero tarde descubrió que ya se combatía en las propias escaleras del castillo principal de su propia fortaleza.

El Rey Medao, desesperado en su desesperanza, huyó a refugiarse en la torre más alta, aquella que cortaba el muro por medio de un foso tremendo, sin fondo, en la ladera cordillerana de la fortaleza. Eduardo le vio y con un impulso muscular sin mayor esfuerzo, corrió detrás del rey, arrasando con sus guardias, con el único deseo de ultimarlo con sus manos. El rey corría a todo el andar que permitía su anciano y lacerado cuerpo, y fue rápidamente alcanzado por Eduardo, quien, con la velocidad de un rayo, le propinó una horrible muerte.

En la cumbre, triunfante y cubierto de sangre, Eduardo se convirtió en el nuevo rey del imperio del fallecido Medao. Miraba con arrogancia todo lo que había conseguido en unas cuantas horas, cuando al mirar hacia abajo desde tanta altura —unos dos mil metros—, sintió un mareo parecido a la pavorosa sensación de la acrofobia y sin poder evitarlo, perdió el equilibrio y cayó al vacío sin que nadie pudiese evitarlo.

* * *

Esta es la triste historia de Eduardo el Breve, cuyo reinado duró tan solo los minutos transcurridos entre su asunción al poder y su caída vertical hacia el abismo provocada por su oculto temor a las alturas.

La vida en el reino, como en todas las cosas de la vida, siguió su tránsito inmutable, pero esta vez el pueblo hizo pesar su voz: no querían repetir la triste historia de ser gobernados por reyes desequilibrados, por lo que convocando un gigantesco cabildo abierto a todos los habitantes del reino, decidieron constituir una inédita senecracia como forma electa de gobierno. Restituida la paz interna, volvieron a sus casas y a sus ocupaciones, sabedores que el gobierno de los ancianos haría un justo y equilibrado papel en la nueva conducción el reino.

Lo que vino después, ya es otra historia.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Texto original para Salto al Reverso / 2014
Fotografía: «Guerreros Griegos» – Bajorrelieve (Obra de 82 x 62 cm.) Los «Guerreros Griegos» es una composición que recrea el combate entre griegos y amazonas de Figalia, del friso del mausoleo de Halicarnaso (hoy en el Museo Británico de Londres).

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1910


Santa Laura

Santa Laura

Me hice durante un cierto tiempo todas las preguntas posibles y aquellas imposibles también, sin darme respiro alguno al hacerlo ni menos otorgarme una respuesta que me hiciera sentir tranquilo, satisfecho, sosegado, más equilibrado, menos alerta con esta sensible situación que ha terminado por erizar la totalidad de mis sentidos. Al final de esa tarde, me preguntaste directamente lo que yo de verdad no me atreví a hacer: ¿qué quieres tú de mí? Te respondí desde el epicentro de mis emociones, sinceramente, no sin antes terminar de romper el fieltro de mi sombrero con mis nerviosas manos: Lo quiero todo… y nada.

Eres como una niña dentro de tu efigie de mujer, lo sabes ¿no?: bella, distinguida, grácil y graciosa, suave, pequeña. Te veo caminar y parece que flotaras a cada paso que das sobre las lozas del aparcadero. Eres esto y mucho más. No quiero mencionar otras cosas, pero me di cuenta casi de inmediato que provienes del linaje de las gentes de calidad (quizás del sur, quizás del propio Londres), pero así y todo, en vez de bajar la mirada, lo único que quiero hacer es mirarte a los ojos y transportarme desde tu iris hacia la intimidad azul de tu ser interno, tu universo fractal, tus secretos y porosidades profundas y profusas de la existencia. Me atrevo a hacerlo en esta vida, porque me invitas con esa dulzura tan propia de una mujer como tú: esa suavidad que no me deja otra alternativa que despercudirse el polvo de las ropas y alisarlas sin sentirme ya ni el canalla ni el soldado ni el poeta que se quedó en esta tierra azorada de costras salitreras. Sí, veo también que tu mirada desliza otras posibilidades aún más inquietas y hondas, una mirada que se ha posado en los albores y maravillas de este siglo, y que reclama para el futuro y para sí, la ciencia, el método y el estado de las artes, como una suerte de sitial que reposara sutil y sabiamente en tus hombros y en tus sueños, aquellos que no alcanzo del todo a percibir ni comprender, pero que ya no serán jamás extraños a estos tiempos.

Me sorprendes. No porque seas una mujer sumergida en aquellas cavilaciones propias del despertar y del progreso del mundo de mil novecientos de este lado del orbe, y cueste entender al mismo tiempo el por qué no las puedes hablar en los salones a la hora de la tertulia. Me sorprendes porque eres suave y de una apariencia frágil y pequeña: esa que al mismo tiempo es capaz de construir con sus manos —sí, con esas manos que parecen de papel y porcelana—, toda una orquesta de fascinantes ecuaciones equinocciales y algoritmos infinitos, impolutas y ajenas al humo de la combustión delas chimeneas de las calicheras sobre el horizonte del desierto.

Te he visto caminar por la avenida cerca del mar, con tu vestido blanco de tules y gasas, y la sombrilla de perlas y turquesas bajo este mismo sol medieval que asola este paisaje, una y otra vez, inclemente, aquí en la tierra donde no llueve nunca. Has adivinado que te he seguido con la mirada desde hace mucho rato, al punto que soy capaz de percibir, con un elocuente regocijo para mi —hasta que desapareces por una esquina de piedra cerca de la catedral, en la reseca arboleda que serpentea la costanera—, que no has apartado tus ojos de mi sombra negra que se proyecta gruesa más allá de los arrimos y del alumbrado público a gas y queroseno.

Esa tarde en el centro de la plaza te has referido vagamente a diversas cosas triviales (desde lo que sucede en Europa, como también a algunos pequeños fragmentos de tu vida, anécdotas sin mayor contexto y con la consideración de agradar al que hoy te escucha) y, dentro de toda esa fluida conversación, de alguna forma has logrado acorralarme entre las miradas, las nuestras, e impulsarme y atreverme a decir: —«Siento que hay una energía que fluye entre nosotros». Hubo un grato silencio, prolongado y mustio, y ambos quedamos sonrojados en un éxtasis muy parecido al efecto de volar al descampado sobre un globo de helio.

No te he vuelto a ver. Acaso así lo quieran los dioses. No te enojes con estas cosas que digo, que yo también tengo miedo de estos mismos sentimientos que colman mi existencia, desde lo cotidiano a lo divino, hoy y mañana, quizás siempre: si las cosas pasan siempre por algo, están pasando aquí y ahora.

Hoy se levantó una brisa extraña para esta época del año y me la quedé mirando ensimismado y feliz por un buen rato, siguiendo su rastro por las callejuelas de mármol que rodean los edificios de pino oregón, en la moderna avenida principal del puerto: incluso me dejé llevar por la agitación de ver algunos sombreros volar por los aires (un par de marineros y un oficinista de telégrafos detrás de ellos, no muy divertidos, hay que admitirlo), que, de tanto pensar en ti, de súbito quedé sentado en la escalinata del consistorial. Sí, pensando en ti y en lo que te rodea en este punto exacto de la existencia. ¿Dónde estarás ahora?, ¿qué estarás pensando a esta hora cálida de la tarde?, ¿cómo habrá sido tu día acariciado por ese propio fulgurar que surge de tu existencia? Me sonrojé más aún al ver pasar a un vigilante municipal que pareció adivinar mis pensamientos sobre ti, y que —con un ademán sobre el fieltro negro de su sombrero cucalón—, de alguna manera pareció concordar complaciente con mis evocaciones más íntimas.

He visto tus ojos, he sentido tu mirada sostenida en la mía, me has dicho muchas cosas que han terminado por quitarme el oxígeno de los pulmones (en los alvéolos me has corregido, sonriendo), y dejándome además con el estomago revoloteando de mariposas y con esa sensación de vértigo como cuando en mi niñez jugaba sobre las copas secas de los árboles. Sí, eso es. Me has devuelto la juventud al rostro, a mi espíritu, a los cuarenta y cuatro años de mi cuerpo, a las cicatrices de la guerra, al imborrable peregrinar por este desierto de salitre y escarcha, la tierra donde no llueve nunca. Me halagas con solo decir mi nombre (juro que he escuchado tu voz en sueños), y siento que jamás yo olvidaré el tuyo: pasarán más de cien años, mi querida, y aún veré tu sonrisa fresca haciendo ecos en una eternidad en la que de seguro ya no estaremos, pero que en su huella profunda abarcará las estrellas en toda la extensión de lo imperecedero. No importa. Por cándido que pueda sentirse, ha bastado tan solo esa mirada tuya para abandonarme a estas emociones profundas que me embargan hasta la incertidumbre provocada por el miedo a que me digas algo así como un «ya no más». De nuevo esto me quita el aliento y sacudo la cabeza y termino por reírme del pesimismo acostumbrado y trágico de mis propios pensamientos.

Recuerdo tu sonrisa, tu voz, tu mirada (me has dicho que la mía te atraviesa, que casi evitas mirarme a la cara cuando más gente se encuentra cerca). Recuerdo cada cosa, cada gesto, cada detalle de las cosas que hablamos susurrando furtivamente aquella tarde de verano de 1910, bajo los pimientos y los aromos florecidos de este lugar tan seco, pero lleno de vida y de sueños por explotar, al mismo tiempo que permanece atado a recuerdos rojos y grises de sangre y de muerte: la arquitectura o la genética de este desierto parecen ser parte de la propia cadencia de la vida y de la historia: en un lado el amor y la alegría, en el otro, a modo de simple ejemplo, los tristes sucesos de la pampa en 1907.

Me preguntas: —«¿Qué quieres tú de mí?». Lo quiero todo, nada; esa es la respuesta, esto significas para mí. Así, hasta que el viento lo borre completamente y no quede más nada de este amor, nada más que una pequeña costra de salitre abrillantada por los rayos inclementes del sol.

Humberstone, en Tarapacá, Chile, nueve de enero de mil novecientos diez.

Nota encontrada en el fondo de una botella, en una olvidada estantería de una pulpería de fichas, derruida y abandonada en una oficina salitrera fantasma, en plena pampa del desierto de Atacama, en la Región de Tarapacá (Chile).

Alejandro Cifuentes-Lucic © Salto al Reverso / 2014
Fotografía: «Salitrera Santa Laura», en la provincia del Tamarugal, región de Tarapacá, en Chile, original del autor.

@CifuentesLucic

@saltoalreverso