Este podría ser el final


Desperté en medio de un sueño que puede hacer germinar una gran historia, aunque cuando lo hice me sentí muerto, no sé cómo explicarlo, pero el corazón me daba de tumbos, sé que es el momento para empezar, si no lo hago, la cosa se pondrá fea, será como el final de esto que tanto deseo hacer, será como si me hubiera cansado de esperar el momento.

Mi vida sexual (8)


LA NARRACIÓN Y EL SEXO (O ALGUN OTRO TITULO QUE SE ENCUENTRA A LA DERIVA) 3

Mi historia sexual es el reflejo de mi vida, podría ser una novela si así se quiere, pero no tengo muchos argumentos que sostengan tanto la historia como mi vida. Nunca he tenido miedo al riesgo, desde luego, que yo al igual que todo aquel que se inicia en las letras no pienso en el fracaso y supongo que cada línea escrita bien vale la pena para ser publicada. Como escritor, las consecuencias de mi vida habrían sido trágicas, por eso siempre había pensado en las alternativas que me permitieran llevar una vida un tanto normal y decente. Eso es la gente, la que se preocupa por tener algo a lo cual aferrarse, la que tiembla de frío y se le rompe el corazón si en la calle ve a un perrito muerto. Se puede decir que estaba domesticado. El caso es que yo me la pasaba haciendo proyectos acerca de un futuro que nunca termina y que se confunde la mayoría de las veces con el presente. Escribir una novela en estos tiempos ya no tienen porque seguir un guión impuesto, los argumentos pueden ir libremente de un punto a otro, lo cual hace el trabajo de escribir mucho más complejo y el lector debe digerir y hacer un esfuerzo si quiere entender de qué trata la historia, desde luego que dicho esfuerzo no va en el sentido de que el lector se convierta prácticamente en el autor de la misma. Es decir no existe un camino fijo en la novela, pero el autor no puede dejar escapar los detalles de sus personajes porque de hacerlo todo estaría perdido.

Ayer se rompieron todos los secretos contenidos en mi vida sexual. Udele reveló en una de sus colaboraciones para una revista neoyorkina, el secreto mejor guardado de su historia. Es decir mi nombre y con ello me declaro la guerra en esto de contar mi vida sexual. Desde luego que mi vida sexual no está contenida en la vagina de Udele, es mucho más que eso, pero las personas que nos conocen a ambos, ven en mi historia una franca competencia y un plagio constante de lo que cuento, como si Udele y su gran cabellera roja, fueran las únicas que poseen la razón. Quien la conozca caería seducido por su belleza y por ese olor tan penetrante que la rodea, olor a sexo. Desde mi corazón que al momento de enterarse de la jugada de Udele, se encontraba ardiente, le escribí a Udele para pedirle que me hiciera el favor de callarse. Bueno parte de las historias consisten en no callarse y la narrativa de Udele me parecía lineal, algo en ella la hacía vacía, quizá era mi miedo lo que me hacía comprender su historia de tal forma.

Mi único interés al contar mi vida sexual es porque una vez que comienzas tiene que venir el fin, no busco el reconocimiento de nadie, sino el placer que encierra en sí el contar una historia, empezar a contar lleva entonces al inicio del fin y eso es lo que amo cuando escribo.

A los autores les cansa repetirse.

En mi círculo inmediato trataba de mantener una especie de excitación verbal, pero la mayoría de mis amigos estaba inmerso en una situación que poco favorecía a los favores sexuales, sociedades donde el castigo divino era más poderoso que cualquier placer o el castigo de una comunidad decadente ante la decencia y adoradora de los estímulos violentos con los que se desarrollaba es decir si te tirabas a la chica equivocada, podrías recibir un castigo ejemplar que invariablemente se componía de unos tablazos en la espalda y que te prendieran fuego en el pene, en los casos más severos se pagaba el atrevimiento con la muerte. Yo deseaba abiertamente que el medio en el que me desenvolvía se viera favorecido por encuentros clandestinos en cualquier lugar de esta ciudad, ya sea en el trabajo, en la apertura de una casa o en fiestas informales, trataba de hacerles notar la importancia de compartir su sexo y su sexualidad. Me valía de la narración para mantener en ellos ese interés, pero como dije antes era una tarea en esencia complica y ardua, mucho más complicada que el pretender escribir una novela, desde luego que hablo de una novela ajena a la linealidad del siglo antepasado, una novela en la que se esté pensando en el nudo y su desenlace.

“No te imaginas lo que gime… cuando le lamo el pene…”, así empieza el relato de Udele. Te estoy hablando de un intento de escritor que conocí en alguno de mis talleres, no siento aprecio por él, tampoco me gusta del todo. El se corre en seguida, muchas veces ni siquiera nos hemos acoplado cuando sucede, no sé cómo explicarlo, se corre de a poquito, medido, como dosificando la cantidad exacta de sus sensaciones, no logro coincidir con él como autora de historias y el siempre habla y se olvida que me tiene que comer la vagina. Su vida sexual comparada con la mía es un desastre, su vida amorosa inexistente, pero lo que más me importa es su vida intelectual y su capacidad para narrar. Su capacidad para narrar comparada con la mía, no es nada y sé que perdí gran parte de mi tiempo tratando de obtener de él algo que valiera la pena o me hiciera una mejor narradora. Quien más se lamenta es mi vagina.

Debo reconocer que el inicio del relato de Udele es ingenioso, pero no me convence del todo.

He soñado que me encuentro con la N. Portman en una orgía. Me gustan bajitas y en mis sueños de orgías siempre incluyo a la Scarlett J., da igual. Cuando paso la noche con una nueva mujer pienso en estas chicas, pienso en todas las cosas que me gustaría hacer con ellas y me olvido del mundo. Me gusta pasar el tiempo chupándonos, me gusta hacer un sesenta y nueve, que el pecho de ellas me raspe me pone muy caliente. Mi debilidad como dije antes son las bajitas. Me gusta entrar en pánico sentir el pulso de una eminente venida que me obligue a soltar los efluvios, me gusta sentir que no soy capaz de llegar a tiempo a los límites del vientre de ellas, es algo que disfruto y mientras todo eso sucede dejo que una pequeña parte de mi se corra y la enloquezca.

Adoro los intercambios sexuales.

De todas las mujeres con las que he estado, solo de ellas cortaron de inmediato mis relatos. Ardientes y pasionales me pidieron que me callara. Pese a eso estoy seguro de que ellas querían saber lo que yo estaba por contarles, pero les gano la lujuria y se fueron de mi vida sin saber nunca más lo que yo estaba dispuesto a contarles. Nunca cuento lo mismo, cada intercambio despierta en mí un interés por fabricar una historia. Contar una historia, es sumergirse en la ficción y como tal, la ficción es una gran mentira que de alguna manera encubre una gran verdad, es hablar de la vida que nunca fue, la posibilidad de que alguna vez pudiera ser, es dejar plasmado lo que un tiempo un hombre o una mujer quisieron tener pero no se atrevieron y ahora tienen que inventarla. Udele sufría de eso, yo sufría de eso.
Con el tiempo me he vuelto práctico. He cultivado una habilidad para los intercambios sexuales y el engaño. Decidí contar parte de mi historia porque eso me hace feliz o si no es felicidad lo que encuentro por lo menos logro ejercitarme en el arte de narrar, en ocasiones suele confundir la ficción con el resto de mi vida y haga que aparezca en ficciones, desde luego que obtengo resultados dramáticos que me llevan a terribles decepciones. Durante años me prohibí este tipo de relatos, los que tiene que ver con mis aventuras, consideraba que un caballero no tiene memoria, pero en cuanto pensé que mi vida sexual puede ser vista como una relación de amor, desde luego una relación multi amorosa, decidí contarla, lo cual me daba la opción de contar una o dos escenas eróticas (eso si es que de alguna forma lo puedo lograr) que no son otra cosa que alguna anécdota referida por mí. Escribir este relato me ha hecho avanzar en la evolución de mis sentimientos.
No he tenido de entrada el primer problema que suele tener todo narrador, es decir, quien va a contar la historia, desde luego que prefiero al narrador ambiguo porque se encuentran múltiples posibilidades.

Udele se comportaba como una mujer enamorada. Gritaba en todo momento. En ocasiones me contaba su vida pasada y casi siempre venía a cuento la historia de un tipo que cuando ella era pequeña se había precipitado para hacerle conocer los placeres sexuales que estaban por venir. Era una historia triste. El tipo tenía unas manos gordas, era por así decirlo la versión anti poética del amor. La había forzado a tener sexo con él en más de una ocasión, cuando ella contaba esa historia se dejaba arrasar por los recuerdos y pronto rompía en llantos. Yo le decía que tenía que contarla de forma lenta, que escribir es un oficio traicionero y que tienes que contar con buena salud, que si ella se dejaba llevar por esos recuerdos su ánimo decaería y entonces nada de lo que ella hiciera por narrar historias valdría la pena. Esa era la historia de la chica que permanecía recluida en un manicomio y que cuando alguien le hacía recordar su experiencia sexual se olía las axilas. Udele siempre se olía las axilas, era ella y ese fantasma que la perseguía por toda su vida. Yo sabía que un poema se puede escribir con pocas palabras, pero si lo que deseaba era narrar una novela, tendría que ejercitarme mucho, porque una novela es eso, es escribir constantemente, a lo largo y eso es lo que hago todos los días.

Habría pasado el resto de mi vida con ella. Udele.

Mi vida sexual (8)


LA NARRACIÓN Y EL SEXO (O ALGUN OTRO TITULO QUE SE ENCUENTRA A LA DERIVA) 2

Entonces sucedió. Me tope con una ex actriz porno, que ahora se había convertido en escritora. Mis posibilidades eran infinitas y de alguna forma las cosas tendrían otra dirección, solo bastaba con dejar que la historia fluyera. La ex actriz porno, juraba que tenía cosas muy interesantes que contar. Yo la deseaba. Deseaba que me contara sus historias mientras ella y yo nos amábamos en términos meramente sexuales, amarnos eso sí: intensamente. No me daría por vencido, no ahora que alguien más estaba haciendo lo que yo tanto había deseado.

Tome un curso de narratología con un compa que tenía un grupo musical llamado: Los Tigres de Borges. No era la primera vez que tomaba un curso y supuse que era necesario si es que deseaba convertirme en escritor. Todas eran tonterías mías. Si quería ser escritor, tenía que vivir de eso.
Entré al curso donde me enseñaría a escribir, lo cual de entrada ya resultaba contradictorio, es decir, nadie te puede enseñar a escribir, eso es lo que yo supongo, con eso quiero decir que un escritor nace. El instructor de esa primera vez, era tan atento que parecía que una vez que terminara el curso, todos en ese lugar seríamos unos grandes escritores, estuve tentado a darle un abrazo al profesor cuando descubrí que lo único que hacía era engañarnos con esa idea un tanto loca de que todos en ese lugar ya éramos escritores. Desde luego que no lo abrace y en cuanto me di la vuelta, le mente la madre.
En el curso conocí a una chica que tenía más o menos el mismo interés que yo. Udele. Ella tenía el cabello rojo y todo lo que tenga que ver con cabellos, era rojo. Udele, llego a escribir al curso la historia de su perrito y de cómo su padre lo había enterrado en el jardín, ella había escrito dos o tres historias sin que hicieran mucho eco en mí, como en el resto de mis compañeros. Un día Udele me sorprendió con una historia que hablaba de la paranoia de su personaje y de cómo se la pasaba oliéndose las axilas, la historia no habría tenido mucho sentido de no verse claramente el reflejo de ella y de que este personaje se encontraba recluido en un manicomio. No tengo idea si la historia prometía. Mostraba eso sí, su odio por las personas. Me quede inmóvil, esperando la reacción de los demás, pero cada uno estaba metido en sus historias que no les interesaba la historia de los demás y menos la historia de una mujer que cada que hablaba de sexo se olía las axilas. Udele termino de leer y se quedo observando a sus compañeros de clase y con la sonrisa era ella ahora la que nos mentaba la madre, le devolví la sonrisa y con eso abrí las puertas a un mundo de pasiones y lujuria desmedida. Para cuando nos metimos a la cama Udele ya tenía un mundo de humedades allá abajo que bien podría ahogar aun ejercito de hormigas.
Creo que ella se enamoro de mí. Se fue a Nueva York y no quise seguirla. Se fue a seguir con sus cursos de creación literaria, se decía que todo aquel que iba a esa ciudad t6erminaba por convertirse en un escritor con mucho nombre. Ella me presumió la lista de los que serían sus maestros, el que destacaba entre ellos era, Don Delillo, desde luego que sentí una profunda depresión y una envidia como nunca antes la había sentido y no precisamente porque ella fuera a convertirse en una mejor escritora, sino porque los favores sexuales que ahora eran míos seguramente serían ahora de otro cabrón e incluso podría caer en manos de alguno de sus profesores. Ella solía correr todas las mañanas y cuando regresaba de su ruta, deseaba tener sexo, así sudada y con una respiración entre cortada me despojaba de mi ropa y me chupaba el glande hasta ponérmelo rosado, mientras yo fingía dormir.

Me he dejado llevar por el sentimentalismo. Durante toda la temporada que estuve en curso, no escribí nada y de no haber conocido a Udele, pienso que habría estado todo perdido, me la pase atrapado en un sentimentalismo extraño, juro que todas las veces anteriores de mi vida me había enamorado, pero algo esta vez hacía parecer que estaba perdidamente enamorado y eso Udele lo sabía y le divertía. La cosa quizá no habría acabado con los cursos si ella no se hubiera entregado a otros brazos y con ello estoy casi seguro que logro su primera publicación, ella se había empeñado tanto en poner su nombre en algún trabajo impreso y lo había logrado en esos términos yo era un fracaso, pero lo que a mí en realidad me interesaba era ganar algún concurso literario y pagar mis deudas. Nunca lo logre. Deje la tarea de escribir a diario a cambio de múltiples sesiones sexuales con Udele.

Esperar resulta difícil, con el tiempo me acostumbre a esperar y mientras lo hacía me puse a escribir y escribir, no había nada que valiera le pena pero no deje de escribir, lo hice todos los días durante muchos años, en ocasiones no tenía ni los ánimos ni las ganas necesarias, pero no deje de escribir, hasta que llego el punto en que me pregunte de que se trataba todo eso. Escribir era para mí, como ese movimiento ritmo del vientre mientras estas cogiendo, algo duro, intenso, pasional.
Sentía celos incluso de lo que hacían los demás y supuse que era hasta cierto punto de lo más normal.

Udele me hacía todo el tiempo, y yo le contaba todas mis historias sin miedo, no pensaba que una idea puede ser algo original y que ella podría estar escribiendo sus cuentos gracias a nuestras sesiones de sexo de todas las mañanas. Era invariable, mientras ella hacía conmigo un trabajo extraordinario, me pedía que le contara una historia y ella fue la primera que intentó escribir una aproximación de mi vida sexual, aunque su historia carecía de verosimilitud, era algo que tenía que tomar en cuenta, porque si lograba pulir esas historias yo no tendría nada más para contar. sentí miedo, por primera vez sentía miedo de mi reciente vida inventada como escritor y es que todo mundo siente miedo cuando sabe que va a perder algo, yo estaba a punto de perder mi identidad como escritor y era algo digno para ponerse a temblar. Descubrí que Udele escribía estas historias, un día que ella salió corriendo del departamento, porque le habían dicho que su padre se había puesto mal y le urgía hablar con ella. Dejo abierto un documento con el que trabajaba y me atreví a leer lo que estaba haciendo, no es que desconfiara de ella, los escritores suelen ser curiosos como los gatos y fue por eso que me entere. Me sentí traicionado y ya no quise hablar más mientras teníamos sexo y ella perdió pronto, muy pronto todo interés y fue entonces cuando tomo la decisión de irse a New York

Muchas de mis historias eran verídicas.

Me he pasado todos este tiempo buscando una palabra que sea capaz de describir todo lo que he vivido, una palabra suele ser fiel a lo que uno vive y muestra más que mil imágenes de eso estoy seguro. Escribo porque me gusta, porque mientras escribo, espero el regreso de Udele, supongo que para cuando ella lo haga será una escritora consumada, escribo porque no deseo que ella publique la historia de mi vida sexual y porque no sé hacer otra cosa, me olvide de que uno debe hacer otra cosa para sobrevivir. Trabajo como el resto del mundo pero lo que hago no tiene mayor importancia.

Mi vida sexual (8)


LA NARRACIÓN Y EL SEXO (O ALGÚN OTRO TITULO QUE SE ENCUENTRA A LA DERIVA) 1

Durante un tiempo llegue a pensar que la única forma de salir de mis deudas era escribiendo una historia. No pensaba en enviar mi historia a una casa editorial y que me dieran un revés al decirme que no era publicable. La idea era simple, escribir para un premio literario y ganarlo, desde luego en aquellos tiempos yo me mantenía con la idea inocente de que en esos concursos siempre gana el que se lo merece. De que se puede escribir que logre atrapar a los jueces de un concurso. No tenía idea alguna. Lo que tenía muy claro es lo que si vende dentro de la literatura. El sexo. Pensé en escribir una historia de sexo. Mi vida sexual, fue el primer título que se me vino a la cabeza. De entrada me dije: a quién demonios le va a interesar mi vida sexual y luego casi de forma automática me dije que eso no era lo conveniente para un concurso literario, sin duda estaba haciendo todas las cosas al revés.

Mi vida sexual no era del todo un secreto, al menos no para mis amigos, mis familiares más cercanos, los que se supone que me conocían a la perfección, en realidad no sabían nada de mí. Varias veces me acusaron de ser un homosexual, como si un homosexual no tuviera vida activa en el sexo. El no tener relaciones con chicas, lo asociaban a la idea de ser homosexual, supuse que estar bajo esa condición debería traer consigo ciertas frustraciones. Yo adoraba a mi familia, pero sentía pavor de contarles acerca de mi vida sexual.

Mi madre insistía en esa idea un tanto loca de que era necesario sentar cabeza: casarme. La sola idea me aterraba, me resultaba un tormento innecesario, por otra parte si lo hacía se limitaban mis opciones de vivir la vida que yo siempre había deseado y a partir de ese momento mi estilo de vida se vería afectado. Trabas en todo lo que quisiera hacer. Trabajos absorbentes, y salarios de miedo que solo alcanzan para comprar sueños baratos y nada que en verdad valga la pena. La única garantía que se tiene en el matrimonio es la tener relaciones sexuales bajo cualquier circunstancia y hora del día, aunque eso hoy en día también es un gran sueño.
Y como la realidad solo ponía limites a toda mi libertad, nunca hice por casarme. Podía tener sexo con quien yo quisiera sino a cualquier hora casi siempre había alguien disponible para el momento adecuado. Pero esas historias no se pueden contar así de un solo suspiro, sobre todo cuando se pretende ganar un concurso literario que además te deje el suficiente dinero para liquidar todas las cuentas derivadas de las tarjetas de crédito, deudas dicho de paso que en su gran mayoría había servido para viajar alrededor del mundo. De no pagar dichas deudas se veía en chino poder seguir con mis viajes. Me tendría que acostumbrar al sexo con mis vecinas y unas cuantas amigas que rondaban por la colonia en la que vivía. Tenía suficientes historias, un sin número de experiencias, así que resultaba posible contar algo, escribir acerca de esas experiencias, pero una vez que me puse manos a la obra, todo se complico. No era tan fácil escribir una historia, aunque yo estaba confiado de lo contrario y el tiempo límite para pagar mis deudas ya me estaba llegando al cuello.

Mientras que en el país se celebraba el día de la demencia nacional. Yo había concluido que si quería ser escritor tendría que poner el mismo empeño que en el sexo, entre más me pusiera escribir, mejores resultados tendría. Escribir, como el sexo se tienen que practicar a diario.

Un país donde la dominación masculina aún no llegaba a su fin, era entre otras cosas un país con un retraso importante, pero era también el paraíso de la violencia contra las mujeres y eso me daba asco, yo prefería consentirlas y que ellas me consintieran a mí. Nos estaban despojando de todo lo que eran nuestro, algunos nos cruzamos de brazos y otros pretendimos escribir, en mi caso soñaba que se trataba de la novela del siglo, pero la vida sexual de cualquier persona tiene poca o nula importancia para el resto de las personas. Nos acostumbramos al ojalá que de alguna manera era nuestro himno, nos acostumbramos al así tiene que ser, democracia para nosotros era lo mismo que autoritarismo, era permitirnos una y otra vez que nos hicieran lo que se les viniera en gana, esos personajes que nosotros “elegimos” para que se cumpliera nuestra voluntad. Yo mientras todo eso sucedía buscaba el mejor ángulo para escribir: Mi Vida Sexual y ganar mucho dinero. Cada día era parte de una familia arruinada al que le estaban arrancando su ultima pertenecía.

La ilusión sólo se mantenía con la condición de excluir del horizonte toda posibilidad de fracaso. Yo le repetía a mis amigos que me había convertido en escritor, así de la nada, como por arte de magia.

Sin la relación escritura con mi vida sexual, no podría decir que yo era escritor, era la única posibilidad que tenía de escribir algo. Si escribir fuera una tarea autobiográfica, mi situación se tornaba delicada y hasta compleja: no me había ido mal en general, no tenía dinero ni ningún otro exceso, así que mis posibilidades se veían amenazadas, al menos hasta que descubrí que todo aquel que pretende ser escritor, está perdido si comienza a escribir acerca de su vida. Un buen escritor siempre tiene historias por contar pero para llegar a ese punto tuvieron que pasar mil cosas más: perder por ejemplo todos los créditos, limitar la vida sexual al simple acto de fornicar porque no se tenía dinero para salir y beber unos tragos o tener una larga charla antes de pasar al sexo, lo que más me gustaba del sexo era el preludio, las historias que se cuentan antes de cualquier roce de un cuerpo desnudo con otro.

He dicho que me gustaban las pláticas como preámbulo al sexo. No hacía de mis platicas un buen pretexto para tener historias que contar cuando me pusiera a escribir, mucho menos era una provocación para saber que tanto habían experimentado mis amigas, mis actos correspondían a una actitud de perversión bonachona, donde desde luego que la pareja en cuestión se dejaba fluir hasta volvernos uno mismo, era adentrarlas en mis pensamientos, en mi forma de ser y sentir, hacernos uno mucho antes de estar fundidos en nuestros cuerpos ardientes, porque no hay mejor sexo cuando tu pareja se convierte en tu cómplice, así se trate de una pareja ocasional. Yo lo disfrutaba. Me gustaba despertar la curiosidad en cualquier relación (casi todas eran nuevas). Evaluaba las reacciones.
Mientras me entregaba al acto de fornicar, es casi imposible llamarlo acto amoroso, aunque en múltiples ocasiones tendría todo el derecho del mundo de hablar de un acto amoroso, sobre todo cuando estaba con mis viejas amigas: Laura o Luisa; me la pasaba contando historias, no dejaba de hablar, mis fantasmas salían asustados porque casi siempre contaba historias verídicas, estaba comprometido con el arte de narrar y sí, mientras tenía sexo, practicaba lo que yo quería que fuera mi nuevo estilo de vida: ser escritor. Desde luego que seguía con mi gran tema: Mi Vida Sexual. Le daba forma a los lugares, nombre a cada una de las mujeres, las veces que había estado con ellas y lo bien que lo pasamos; si por alguna razón me quedaba callado, la duda asaltaba a mi amante y me preguntaba si me había acostado con alguna amistad común y la misma duda les llevaba a querer saber si ellas lo hacían mejor si tenían un sexo dotado de humedad si su clítoris era híper-reactivo, no todo se centraba en lo obsceno, los aspectos banales también hacían su aparición triunfal.

Cuando te cuento estas cosas estoy contigo, pero al mismo tiempo se abre entre mis pensamientos y mis sentimientos un gran boquete que no hace otra cosa que estremecerme y llevar a un punto donde el olvido muchas veces intenta hacer de las suyas. Mi novela, no sería por mucho la gran novela de este siglo, con el tiempo descubriría que no me iba a sacar de pobre, estaba incluso seguro que nunca la publicaría, no era otra cosa que un recurso sin sentido, algo un tanto agresivo para todo escritor que se digne en llamarse como tal. Evaluaba mis actos y mis historias antes de tomar una decisión que me pusiera lejos de este estilo de vida del que ya estaba convencido que me vendría mejor, así, deseaba morir, siendo escritor. Eso es la literatura, un estilo de vida, no una forma de vida (en algunos casos es una forma de vida).

Esta fuga de mi mismo (13)


Contemplé en el espejo la inmensa felicidad de mi rostro. Tardé un buen tiempo para darme cuenta que lo mío no era contar historias sino vivirla, no sé el número exacto de días, pero bien puedo citar un número 666 días me parecen justos, además de que es número que cualquiera recuerda con facilidad, supongo que en la realidad me llevo más de dos años, pero como dije antes no tengo un número exacto, a quién le importa. Si uno no pone atención a los detalles esta jodidamente perdido si trata de ser escritor. Estaba huyendo de ser policía, alguna vez fui militar pero también me di a la tarea de huir.

Me encontré de con Laura, así de frente y ella se puso a bailar. Baila muy bien, sobre todo cuando mueve las caderas. Era lunes, nos pusimos al corriente.

Yo jugaba a que las cosas siempre salían como a mí se me venía en gana. Laura estaba preparando un nuevo caso. El de los tipos que habían entrados armados a un hospital y que días después aparecieron muertos de manera sospechosa. Le dije a Laura que no se metiera con esos tipos, pues una vez que se dieran cuenta de su existencia y de que ella les quiere hacer mosca, su vida se iría al traste, parece que eso a ella no le importo, así que le insistí, le dije que a estas alturas uno ya no se puede hacer el héroe, pero eso a ella le daba igual, le suplique en nombre de su familia, pero no me hizo caso y fue en ese punto donde entendí que mi vida se estaba dirigiendo directo a la chingada, pues una vez que ella, Laura se involucra en el caso, yo tendría necesidad de ayudar con el mismo. Seguro que nos identifican, pensé y entonces tendremos que fugarnos de esta ciudad, perdernos y no aparecernos nunca más. Ella me dijo: que te preocupas si las cosas se ponen feas les pides chance a los gabachos para vivir en sus tierras.

Esta historia no puede ser de otra forma. Abundan los narcos.

Laura dijo que la situación no era grave. Tres personas armadas entran a un hospital, hacen unas preguntas, buscan en los diferentes cuartos donde están los hospitalizados, las posibilidades no son muchas: la primera es que se trata de algún compañero que ha llegado herido al hospital, pero luego, ella descarta esa idea porque cree que de ser así ellos no lo andarín buscando y mucho menos llegarían armados, la otra posibilidad es que sea de algún bando enemigo y se les escapo en un enfrentamiento reciente y está herido por lo que ellos sospechan que está en algún hospital y no saben cuál. Esa idea suena un poco congruente, a ella le gusta, pero no deja de pensar en una tercera posibilidad: los chicos trabajan para un grupo determinado y desean ver las instalaciones del lugar, así como la seguridad que les ofrece, se presentan armados porque no han tenido tiempo de ir a sus casas a bañarse y vienen de un enfrentamiento y su jefe esta herido y les interesa internarlo, a Laura esa posibilidad no le gusta mucho, pero es eso una posibilidad y no se puede descartar de buenas a primeras.

Yo no hago otra cosa que pensar en la curvatura de sus piernas, no es broma. No le quiero declarar la guerra a nadie y mucho menos a unos posibles narcos.

Le respondí que eran unos muertos que no importaban a nadie, ni siquiera el periódico se ocupo de ellos y ella me explicó que algo andaba mal y que ella insistía en saber que era, me platicó de cómo fueron encontrados los cuerpos. Nos quedamos callados. Le recordé a Laura que ella era mi amante y estaba dispuesto hacer todo lo que fuera necesario por complacerla, si tenía que declarar la guerra a quien fuera yo estaba dispuesto y si un día teníamos que salir de esta ciudad corriendo eso haríamos. Supongo que me estaba ablandando, pero pensé que no era por la edad, si no por las piernas de Laura.

Nadie sabía nada. Siempre fuimos discretos. Podría decir que si de algo nos cuidábamos, era de las apariencias. Laura me hablo el viernes pasado para darme lo noticia. El sábado me dijo que estaba muy inquieta y el domingo no tuvimos comunicación. Cuando me detuve en la puerta de Laura supe que las cosas no andaban bien, ya era muy tarde para dar marcha atrás, estaba yo muy clavado con ella (enamorado hasta los codos). Tal vez fue el que su cabello se viera más negro o que sus labios rojos acentuaban la palidez de su rostro o el frío que inundaba el ambiente, algo era y yo lo presentí. La besé suavemente y ella me invito a pasar.

El espejo solo podía regresarme esa imagen de felicidad, en el resto del cuerpo no me fijaba, hacía mucho tiempo que había perdido la figura y ahora luchaba por no tener que usar una talla grande. Me quedé pensando en las cosas que había dejado de hacer y una de ellas era que había dejado de quererme. No podía esconderme de mí y no hacía otra cosa que estar en constante movimiento. Mi fuga no era otra cosa que el ver como mi vida se desboronaba mientras me daba el lujo de tener una amante que me volvía loco. Si Laura creía que investigar el homicidio de tres delincuentes que días atrás habían entrado armados a un hospital, yo la apoyaría incondicionalmente, acaso no para eso están los amantes.

MI VIDA SEXUAL (7)


Las mujeres y los viajes

No hubo ciudad o mujer de la que no me enamorara.

Tal vez tarde muchos años en perder la virginidad. No tenía otra opción. No me atrevía a decirle a las mujeres lo que deseaba de ellas y cuando lo hice descubrí un mundo intenso que iba más allá del sexo. Con las mujeres he encontrado verdaderas cómplices que me permiten soñar y me dejan intentar la construcción de un mundo donde nadie sufre por culpa del amor. Las batallas que me habían tragado durante muchos años no tenían razón de ser y yo estaba destinado a dejarme llevar por la pasión que despertaban en mi las mujeres, las quería a todas y pensaba que todas eran mías. Tal vez y de haberlo pensado en su momento, podría haber tenido con todas ellas un ciclo, un instante especial que no me hiciera olvidarlas nunca. Que se entienda que si algún día me olvido de ellas la culpa la tendrá alguna enfermedad mental y no mi deseo o mi apatía por la vida si es que algún día parecen en mi tales circunstancias.

Mis fantasías masturbadoras, se desarrollan en la gran ciudad, en ellas existen los fantasmas de las mujeres que he amado, no tengo una favorita, nadie goza del placer de la exclusividad dentro de mis fantasías. La mayoría de estas fantasías, se dan dentro de un taxi de la ciudad de México, voy viajando de norte a sur, quizá mi idea es salir de la ciudad, mientras que una chica de las que he amado, me toca con delicadeza y me baja los pantalones mientras le pide al chofer que mantenga la vista al frente. Me soba repetidas veces, pone mi pene en su boca y me hace el hombre más feliz, hasta que el fantasma de esa fantasía desaparece y regrese a la cruda realidad que es la vida.

MI VIDA SEXUAL (6)


Las mujeres y los viajes

¿Qué era lo peor que me podía pasar?, la verdad es que no lo sé y tampoco deseaba saberlo.

Había tomado un vuelo con destino a Jerusalén cuando me encontré de nuevo con la chica aeromoza, con ella tuve una segunda vez y nos fuimos armando un supuesto futuro, una carta de seguridad que nos permitiría estar juntos en la vejez y quizá porque no, tener hijos, ella tenía la pelvis ideal para tener muchos hijos, pero ese momento aún no había llegado. El viaje a Jerusalén fue el único que no tenía como fin el sexo, no de manera inicial, pero las cosas siempre terminan por ocurrir, por una razón u otra pasan, así que paso. Fue lamo menos tormentoso que las últimas veces, pero aún así se desato una pasión tan llena de ruido. Casi siempre me olvido los nombres de las mujeres que he conocido y las recuerdo por algún rasgo en particular, la chica que conocí en Jerusalén, tenía el abdomen lleno de lunares, no era blanca y tenía poco interés en conocer formas raras y complicadas para el sexo, le gustaban las cosas en directo. Me propuso viajar a su país, pasar una temporada con ella y conocer a un hijo que había heredado de su matrimonio por fin disuelto. Londres no me gustaba por el exceso de lluvia, así que le dije que me resultaba imposible ir con ella. La relación no termino cuando cada uno regreso a su casa, ella me fue a visitar a la ciudad de México y llevaba a su hijo de 7 años que resulto ser un gran amigo y al que de cuando en cuando me visita cuando está en el país. Este chico termino por hacer una carrera con mucho éxito en la medicina. Es rico y famoso. Su llegada a la ciudad de México, la de Catherine, coincidió con un momento de gran crisis económica, le debía cada vez más a los bancos y ya no me prestaban el dinero con la misma facilidad que al principio. No recuerdo si le dije a ella la verdad de mi situación económica, pero no gaste un solo centavo con su llegada y siempre se lo agradecí porque de otra forma me habría puesto tremendamente triste. Con ella tampoco tuve una segunda vez y me sentí a partir de ese momento el hombre más triste de todo el mundo, se que era algo sin sentido.