A veces, es todo o nada


Escucho la música,
pero no bailo.

Ni me gusta
ni la he elegido yo.

¿Lo popular une?
Mera esperanza aparente.

Un disfraz para olvidar.

Lo raro une. Sorprende.
Lo que es de todos pero un secreto a la vez.
Une.

De que al final no importa la música si no la sientes de verdad.

Pero esto es popular.
No hay personas ni vamos a cambiar.
Tras esto,
nos acordaremos mejor de las canciones de balcón
que de las gotas caídas;
De cómo llovió
de cuántos se ahogaron,
de datos y procesos para hacer paraguas,
de la verdadera soledad,
de la verdadera compañía.

Perdedores


Los perdedores

no ganan honores;

ganan jirones en la piel

para quien pregunte

por sus perdones

que solo a ellos les corresponde.

 

Todo tan relativo

que mientras para el resto pierden;

para ellos ganan a veces.

Soy yo


No huyo de mí

pero tampoco quiero encontrarme

 

Mis grietas son mías

aunque por ellas no sea yo el único que cae.

Soy causa

origen

persona

de cada una de ellas.

 

Creo terremotos

decepciones;

creo catástrofes naturales y artificiales.

Creo en mí

y en ti.

 

Soy yo, aunque no lo parezca.

Me mantengo en mí

mientras te dejo elegir.

Porque me apetece todo

aunque no piense nada.

 

Soy yo, aunque no lo parezca.

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Entre bares y parques


IMG_1158.JPEGEl suelo está mojado.

Algún pañuelo usado,

algún brazo de tanto dar la mano

se apoya

mientras el bar siga abierto

y nosotros apoyemos vasos de diferentes sabores;

emociones.

 

Nuestra naturaleza también se moja,

pero también absorbe.

Crece dependiendo de lo que recoge;

de cómo lo recoge.

 

Aprende y sigue recogiendo,

crece verde,

observa tu suelo,

disfruta del rocío

y de lo que siembras.

Palabras


Palabras hay muchas, tantas como personas, árboles, aves, animales, nubes y planetas juntos. Y ellos son quienes le dan lo más importante a las palabras: sentimiento.

Porque lo importante no son las palabras, sino nosotros.

Su interior brilla, y siempre brillará, mas nuestra boca unida al corazón con un hilo fino lleno de significado es quien decide el color de sus latidos.

De nada sirve decir palabras por decir, como un actor que solo imita aquello que le mandan, sin pensar en lo que dice. Hay que creer en ellas.

Las palabras siempre están ahí, tratando de colarse en nuestro estómago cada vez que el mundo nos convierte en efímeros niños y niñas.

Porque si una palabra está bien sentida, florecerán margaritas en la piel, nacerán dientes de león en los pulmones, observarán con la ilusión de un niñ@ el mundo; volverán a creer en su corazón.

Y el mundo tendrá más sentido.

Encuentros


Era una noche dulce y calmada de otoño en la que, a pesar de ser miércoles, la niebla envolvía la ciudad otorgándole una sensación de estar en un domingo cualquiera; un domingo vacío e invisible.

Estaba dando un paseo.

Me acerqué a un parque lleno de manzanas rojas y nevado por deseos pendientes de cumplir en forma de dientes de león. Percibí entonces un olor dulce a blues en una esquina iluminada por un cartel en el que pude leer el número trece escrito junto a peces dibujados en charcos de agua de chocolate. A su derecha, un hombre ataviado con un pantalón rojo tocaba el saxofón a un ritmo camaleónico con el que me hipnotizó.

Pasé horas y horas allí, en aquella esquina inundada de niebla, sintiendio cada ritmo que aquel excéntrico individuo hilvanaba a la perfección. Mis obligaciones me agarraron de la camisa como ademán de tenernos que ir, mas yo como niño quise quedarme.

Desde entonces, me hallo estático en esta vida pura y silenciosa mientras que, mi otra parte, huyó a la realidad.

El árbol y su desierto


Érase una vez un árbol cansado en un paisaje nostálgico y soleado.

Un árbol con experiencias bélicas palpables en la corteza que tuvo y en la que aún lo acompaña.

El éxodo a ciudades no solo afectó a pueblos habitados por personas, sino también a su pequeño valle en aquel alto, centenario, rocoso y aparentemente estático escenario.

Mientras mataba las horas conversando con los pocos hierbajos cascarrabias que aún permanecían allí, arraigados a sus costumbres campesinas, recordaba con añoro y nostalgia su pasado exuberante.

Anhelaba la vida en la que se movía antes de que ésta muriese. Suspiraba cada vez que cerraba los ojos. “¿Por qué mi savia no me deja irme?, ¿por qué soy el único que sigue en pie?”, imploraba al cielo, para luego mirar compungido a la tierra.

Recuerda cómo llegó hasta ese vetusto valle. Fue después de una oscura y desoladora guerra donde él peleó con sus ramas agresivas y, antaño, caóticamente mortales. Una batalla en la que el ostracismo venció a la libertad de expresión pues a partir de ese momento los humanos gobernarían la tierra mientras ellos, junto al resto de la naturaleza y de los animales, cabizbajos, lucharían por existir.

Aquello no lo echaba de menos, mas no se rindió y luchó por ser feliz de nuevo. Por eso caminó y caminó hasta que conoció a ese hogareño y apacible valle, en donde encontró al amor de su vida, una pequeña flor llamada margarita. Ella le enseñó a sentir el mundo y a verlo con los ojos cerrados, le mostró que, a pesar del destierro sufrido, uno puede ser feliz si quiere serlo.  Aún recuerda la primera vez que su savia se tornó dulce e hizo brotar hojas de miles de colores y olores provocadas por los momentos compartidos con su amada margarita. Efímeros destellos que se marcharon junto con cada latido final de su querida.

Echaba de menos su vida, una vida que huyó en el instante en que la soledad llamó a su puerta para así convertirse en estatua impasible ante el tiempo y sus esperanzas.

Decepcionado ante su propia postura, desafió al sol sabiendo que iba a perder. Le miró fijamente, dio las gracias, esposó una sonrisa sincera a su tronco y su cuerpo se disipó, convirtiéndose en polvo para así nunca más sentirse solo.