Pizzería


Terminar un romance en un Domino’s Pizza es lo peor que puedes hacer en el mundo. También aplica para cualquier otra franquicia, un poco perdonable si eres alérgico al gluten, pero aun así es nefasto. Dar por acabada una historia de amor en ese lugar es no saber valorar los finales. Si bien una despedida no necesita fuegos de artificio, es necesario un lugar que no invite más que al romance, a la nostalgia o a ambas.

En este tipo de pizzerías se pueden dar escenarios tan distintos al que se busca que harían parecer la despedida como una broma de mal gusto. Ver correr a los niños y a las niñas y escuchar las discusiones de sus padres no es parte de la ambientación ideal para algo tan serio como terminar un romance. Es más, lo único a tomar en serio en un romance es el inicio y el final. Lo demás debe fluir como mar. Si una balsa llega a buena tierra o no dependerá de la corriente, aun cuando los tripulantes remen en su contra. Entonces, el subir y bajar de la balsa son las dos decisiones que se deben meditar. Así como iniciar y finalizar un romance.

De algo estoy seguro: un romance que termina en un lugar con tanta iluminación nunca fue bien valorado. ¿Cuántas canciones de desamor podrían nacer ahí?, ¿cuántos tangos y cuántas rancheras nos perderíamos si esto se volviera una costumbre o una moda?

«Ya no quiero nada contigo, ni hijos, ni pizza, ni cuenta de Netflix compartida», dirá ella y allí quedará todo. Se esfumará y tres rebanadas de pizza irán directo a los ratones porque, en un momento como ese, ¿quién tiene hambre cuando el corazón se ha roto?

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Ana anA


Hace días entré, por error y sin ninguna planeación previa, al baño de mujeres de una plaza comercial de mi ciudad. Dentro del baño, choqué con una adolescente uniformada que salía a toda prisa. Ella cayó hacia atrás e intenté levantarla. «¡Degenerado!», me gritó al tiempo que quitaba la mano que le había extendido. Se levantó y huyó de la escena, y fue ahí cuando me di cuenta que era el baño de mujeres en el que estaba. Di un rápido vistazo y me detuve en el espejo del último lavabo. Este tenía escrito, con labial y en cursiva, la palabra «anA», seguida de una leyenda que dictaba: «Llevo cinco años escribiendo mi nombre al revés, como protesta ante la injusticia del orden del mundo».

Ahora era yo quien corría. Me urgía encontrar a esta pequeña Che Guevara adolescente chiapaneca, pero no lo logré. Entonces me di cuenta que había topado con una revolucionaria nata, que ella llevaba consigo una guerrilla de más de cinco años y que posiblemente comenzó en una libreta escolar, quizá con el rótulo de «Historia Universal 1» o «Matemáticas 2» y que su lucha había saltado de la escuela a los baños de las plazas comerciales.

Era una idea magnífica. ¿Quién iba a pensar que anA era en realidad Ana?, ojala yo hubiese sido tan original y tan valiente cuando tenía su edad (aunque nunca es tarde para iniciar una revolución). Había escuchado que el amor a primera vista existe, pero ahora sé que es completamente cierto. Yo me enamoré recientemente de un ideal y, desde mi trinchera y a punta de bolígrafos, también acabaré con la injusticia del orden del mundo.

Café de las ocho


Son las ocho de la noche y me he dado cuenta de que la taza sucia del café de la mañana sigue en la mesa. Sé que es la misma taza pues nadie ha venido hoy a verme y tampoco amanecí acompañado. A primera vista, pareciera que han vuelto a servir lo que parece un capuchino, pero nadie más que yo está aquí y sé que no he sido yo. Viéndolo de cerca, eso ya no parece ser espuma.

Con mi bolígrafo azul, toco desde lo alto lo que ahora creo que es algodón blanco. Pero tampoco es algodón. ¿Moho?, no, no es eso. Es algo menos denso y más liviano. Me acerco más. Parecen nubes abultadas que cubren por completo el recipiente. Agito un poco y observo una pequeña montaña elevada, con su punta nevada y su falda verde. Calculo que hay más de quinientos árboles maderables dentro de mi taza, y sonrío hacia dentro al pensar que no podría hacer ni siquiera un palillo con todos ellos. Estoy asombrado. Las nubes (¿nubes?), ahora oscuras, se amontonan en los bordes de la taza, ocultando así la parte trasera de la montaña nevada y evitando que yo pueda ver qué hay detrás. Todo parece un sueño. Son las ocho de la noche, en esta ciudad la temperatura es de treinta y tres grados a la sombra y dentro de mi taza de café llueve. La lluvia golpea el verde valle, baña los árboles y derrite la nieve. La montaña poco a poco se deshace y la taza ya casi está llena de líquido nuevamente. Las nubes se precipitan rápidamente, quedan menos de cincuenta árboles y un tercio de montaña. Hay relámpagos y diluvio.

Delante de mis ojos asombrados aparece, de entre los árboles y la montaña, una familia de cavernícolas que se abrazan ante el ahogamiento inminente. La lluvia cesa, todo desaparece y en la taza reina la normalidad nuevamente.

Acerca de los pequeños logros


En mi calidad de hombre montaña, disfruto de sobremanera corregir en todas las reuniones sociales a quien note equivocado en el importantísimo tema de las insatisfacciones por no haber logrado alguna victoria conmemorativa que le diera sentido a su vida.

Cuando eso sucede, me levanto enérgicamente y me acerco al causante de tal comentario, alzo teatralmente la mano izquierda y le digo, mirándole a los ojos, lo siguiente:

—La vida no se mide por las grandes guerras ganadas, sino por las pequeñas victorias. Cometemos el error de engrandecer las expectativas de la guerra, que olvidamos que la mejor táctica para disfrutar la vida es la guerrilla.

»La guerrilla son los besos robados, las palabras bien dichas, el huevo bien cocido, la buena mano de póker de los sábados, las botas sucias, el sexo, los te quieros y los no me olvides (por mencionar algunas).

»La vida es una guerra de guerrillas —les digo mientras me retiro—. Es no ver la oscuridad del firmamento por distraerse en las estrellas, es cientos de fuegos artificiales haciéndonos sonreír.

En mi calidad de hombre montaña, me acerco a las fiestas y a las copas, con el firme propósito de erradicar la tristeza de los pobres ignorantes que no saben buscar felicidad.

Mandala


Yo, así como San Francisco de Asís, creo en las aves. Y creo firmemente en que los polos opuestos se atraen o se repelen, sin puntos medios. Creo en el destino y que este tiene sus reglas. Creo en las aves y en su eterno mensaje de amor.

Yo, como San Francisco, soy un hombre de fe.

Esta tarde juego al dramágico. Desde aquí, desde mi ciudad. Encontré un mandala tan gigante que no cabría en mis manos. Camuflado entre árboles y baldosas.
Justo ahora estoy sentado en una banca del círculo medio. Desde mi posición, a mis cinco horas, una chica pelo-pintado se sienta en una de las bancas del círculo exterior. Con una playera de «Misfits», botas, overol y cigarrillos. En conclusión: mi total opuesto.
Puede que le llegue a gustar Sinatra o Sabina; o que bailemos unas cumbias y dos jarabes. Quizá le guste Jodorowsky, Fuentes o Rulfo, o el soccer.
Quizá sea feminista.
Es mi total opuesto, pero comparte conmigo el mandala gigante camuflado en este parque. Ella ignora que hay baldosas uniéndonos invisiblemente frente a nuestros ojos. Yo sí lo sé, y me siento comprometido a acercarme y hablarle. Pero tengo mis dudas.
Quizá ella cargue consigo todos los malos gustos del mundo, o sea yo quien tenga las respuestas erróneas. La única certeza es, así como San Francisco, quiero tener conversaciones del fin del mundo con ella, aunque ninguno de los dos seamos lobos.

Problemas con un muerto


Cuando la besé por primera vez, su novio ya había muerto. Yo no sé temer a los muertos, nunca aprendí a hacerlo, pero ella sí. Su fantasma (del exnovio) nos seguía a todos lados, a todas horas. No había descanso de él.
Yo creía que él no era consciente de su situación de fantasma. Al parecer él creía seguir siendo novio y no exnovio porque, vamos, este no es un cuento de Tim Burton, los muertos a lo suyo; pero no, él aquí seguía y observaba. Yo nunca lo vi y, sin embargo, ella lo señalaba.
Insisto, yo nunca lo vi, pero él estaba allí asomándose desde la ventana, desde la cocina, con nosotros en la ducha, desde el lado izquierdo de la cama, desde el patio, desde el café de la esquina, escondido en medio de todas las conversaciones y desde las fotos de edificios viejos. Según no se iba. A ella la acechaba a toda hora y a mí me odiaba.
La última vez que hicimos el amor, no sabía que sería la última. Dijo su nombre. Lo invocó y él apareció entre nosotros dos como perro faldero, oliendo a sudor y azufre, con la cara marchita y sonriendo. Fue la primera vez que lo vi y fue muy tarde.
Yo no sé temer a los muertos, pero tampoco sé querer a novias que no saben poner atención a sus vivos, por querer volver con los ex que se suponen muertos.

Desde el sur


Vine al sur, en donde el mundo acaba, para escribirte lo siguiente:
Los patos, allá en el hemisferio en el que he vivido, han dejado de volar.
Los insectos rojos puntos blancos en la espalda han desaparecido, y escuché que la economía de mi país está al borde del caos.
Mientras tanto, yo en el borde del mundo escribiéndote, viendo el fin de todos los sueños. Desde la orillita, te vuelvo a escribir para invitarte a salir a cualquier rincón del mundo, que desde aquí todo me queda lejos, y a donde quieras te paso a traer.