Agradecimiento


inferno

«The vision of hell», Metropolitan Museum of Art (CC0)

 

Como muestra de misericordia y de un poco de blasfemia, el señor Leonardo Covarrubias se inventó un humilde cuento que ha logrado que poco más de dos mil almas, habitantes de un pequeño pueblo de la sierra chiapaneca, piensen en mí noche y día.

Don Leonardo Covarrubias, de quien cuya edad desconozco, relató, en menos de seiscientas  palabras, una historia en la que un diablo de dos y medio metros de altura, de complexión casi esquelética, con boca ancha y cara arrugada, con catorce ojos y piel colorada, ronda las calles del pueblo a todas horas, sin importarle si el sol brilla o si es la luna quien gobierna el cielo, buscando pecadores para atormentar con su presencia. 

El diablo del cuento  se asoma a las casas, mira por las ventanas o las puertas, por el pestillo o entre cortinas, por los espacios vacíos que se ocultan entre las tejas o por los agujeros que han hecho las hormigas. El diablo observa y entra bajo las ropas, bajo las mascarillas y bajo la piel, atravesando los ojos, hasta llegar al área del cerebro en donde se esconde el archivero de las malas palabras, los malos pensamientos y las malas acciones. Se sienta a leer y mientras más encuentra más lenta y dolorosa es la combustión del alma. Los doctores de la historia dicen que eso es neumonía y fiebre el escritor explica que es asfixia y fuego eterno.

Pero lo importante del relato no es la similitud entre la ficción y la realidad. No, no es eso. Lo maravilloso del cuento es que, para salvarse del averno y su fuego infernal, Leonardo cuenta que en la biblioteca particular de don Evaristo Mejía (un anciano acaudalado), hay un viejo libro del año de 1934 de nombre «Antiguos remedios mejicanos contra el mal de la tierra, del mar y del fuego y de sus volcanes», que a la mitad del capítulo VI explica que:

«En los días en que el diablo ronda libremente por las calles y las avenidas, cuando sus miles de ojos y miles de brazos atraviesan los cerrojos de las casas para quemar las almas cristianas, se deberá colocar por fuera, y justo al lado de la puerta, siete flores y siete frutas sobre siete piedras de río, haciendo con ellas una pirámide. En el centro de la pirámide se debe colocar un pedazo de madera en el que se deben escribir los nombres de los residentes de las casa, pero sin vocales. La elaboración y perfecta colocación de este pequeño altar confundirá al diablo y a su amiga la muerte, y les hará avanzar a la siguiente casa y a la siguiente casa, hasta encontrar una en la cual no se les rinde tributo».

El cuento se ha hecho tan famoso, que todas las casas tienen altares en mi nombre, ¡la gente nos regala flores! Este pueblo es un rayo de luz y esperanza en un mundo donde todos nos maldicen. Ser Satanás en estos tiempos es horrible. Todos son «Oh Dios mío, oh sálvame Jesús», y nadie quiere venir conmigo. Hay un mundo asqueándose con la idea de visitarme. La humanidad huye de mí y de la muerte, la humanidad entera menos un pequeño pueblo.

Kelpie


Parece que algún demonio me quiere hacer una mala jugada. Sí, el aislamiento a todos afecta, pero conmigo se ha empeñado. No hay alcohol en casa y ninguna tienda me quiere fiar. Todo el barrio sabe que me he quedado sin trabajo, que mi Lupe me abandonó y se llevó todo, y que estoy a nada de quedar en calle. Necesito seguir bebiendo. No tengo nada, no queda nada de mí y no me puedo permitir pensar en eso. Llevo diez días sobrio y ya no aguanto. Si no bebo, enloqueceré. Ya puse la casa patas para arriba y no hay una sola gota de licor en esta casa. Bueno, sí, pero no puedo tomarla.

Cuando estoy sobrio lo escucho. Me susurra al oído lo deplorable que soy, el fracaso en que me he convertido. Este demonio es cruel; sin embargo, en su maldad, una sola bondad me ha hecho: nunca me ha abandonado. Él ha estado conmigo desde la primera copa y me ha prometido estar en la última.

En el altar del fondo todavía se halla la vieja botella de whisky del abuelo. Esa botella, verdosa y anticuada, lleva más de treinta años allí; sin inmutarse, sin perder una sola gota de su elixir y, tristemente, sin jamás haber recibido el beso fiel del borracho. Ahí ha estado desde antes de que muriera mi madre, desde antes que naciera yo. Ni siquiera mi difunto y alcohólico padre se atrevió a tomar el whisky de su suegro. Miedosos. Creencias tontas. «A los muertos no se les roba», sentenciaba mi abuela. Decía también que las maldiciones eran reales y que San Pedro te podía cerrar las puertas.

Mi madre y mi abuela ya están muertas. Y mi abuelo lo está aún más. Si tanto querían el whisky, ya se lo hubieran tomado, Pero no es así. El whisky y yo estamos vivos. Solos, abandonados, pero vivos. Nos tenemos el uno al otro. Si no lo bebo, moriré. Si muero y no lo bebo, quedará solo por el resto de los días. sobrevivirá a la pandemia y a las tres o más que le sigan y quedará solo hasta el fin de los hombres, entre cucarachas y ratas que jamás podrán abrirla. Por eso es justo que yo lo beba.

Llevaba diez días sobrio y era horrible. Tanta realidad me mata. He tomado la botella del altar y me he servido. Una copa, dos, tres, cuatro, ocho no sé. Conforme se acaba el whisky, la realidad se aleja. Otra vez soy yo y mi reino fantástico. Afuera hace un calor de cuarenta grados y yo me siento como recién salido de una piscina o de un lago. El whisky siempre es mágico, así sea de un difunto o del supermercado.

Mi mundo de fantasía y mi guerra contra la realidad da frutos magníficos cuando hay alcohol. La mujer más hermosa que haya visto está frente a mí. La he traído para mí y se quedará para todas las masturbadas que me apetezcan. En mi imaginación soy tirano y rey.

K se llama ella. Sabe a agua y a miel. A cura y a depravación. K se acerca y me besa. Toma mi virilidad entre sus manos mientras me mira directamente a los ojos. K sonríe. Me mira y voltea a verme. Nos mira, a mí y al otro yo. Estoy con ella y estoy sobre el altar, en la botella verdosa y anticuada de whisky. No sé cuánto tiempo llevo aquí. K se aparea conmigo, con el yo que habita afuera de la botella. K gime y yo también. El otro yo. El que es libre.

Cae lluvia afuera. La veo desde la botella. Ya no veo a mi otro yo. K está sola y mojada, se acerca y me sonríe. Me agradece y le agradezco. K es libre y yo estaré borracho eternamente. Sobreviviré al fin del mundo y estaré aquí, bebiendo y respirando whisky por el resto de los días, hasta que las ratas o cucarachas aprendan a abrir botellas.

Creencia

Creencia


Fantasmas


En un #SaltoAlAislamiento se encerró en el ático de su hogar. Su mujer recién había muerto por un virus y su futuro hijo ya no iba a nacer. También le habían despedido del trabajo y el perro había muerto dos meses atrás. Como si fuera poca la desgracia, la cuenta del banco estaba en ceros y faltaba poco para perder la casa. Estaba cerca de que le cortaran la luz y ya no tenía agua.

A excepción del ático, toda la casa le recordaba a ella. Para él, el ático era un lugar tenebroso y oscuro lleno de demonios y fantasmas. El ático era el peor lugar para estar, pero era el único en el que no estaría solo.

Los demonios no se hicieron esperar. Copiando la voz de su amada, le pedían directamente al oído que la alcanzara. Le pedían que fuera listo y que se reuniera con ella. Le chantajeaban y le prometían amor en la otra vida.

Cinco días aguantó sin comer y sin beber ningún líquido. Cinco días de martirio autoinfligido. Cinco días de escucharle decir a su difunta esposa que le extrañaba. Cinco días de responderle que él también.

Siete meses después, cuando la normalidad llegó a las calles, y siempre después de las dos de la mañana, se les podía ver por la ventana del ático bailando charlestón. Se veían alegres y felices. Enamorados. Cada noche con ropa distinta, pero siempre la misma canción.

Nunca vivió en paz. La muerte le reconfortó. Él fue desdichado hasta la muerte, y feliz hasta siempre.

La amante


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Sola en su cuarto de seis metros cuadrados, abandonada a su suerte sin más compañía que la televisión, la cama, ropa sucia y una cafetera. Adicta al smartphone, leyendo y volviendo a leer los mensajes de él. Contando los «te amo», los «te quiero» y los «juro que pronto dejaré a mi esposa» mientras espera que él le vuelva a escribir.

Encerrada sin más caminos que los laterales de la cama que llevan al baño y a la puerta que da a la calle.

La calle infestada de virus. Sin gente. Vacía.

Vacía como vacía la cama en la que se abrazaban por las tardes. Desolada, como desoladas las últimas tardes sin los juegos prohibidos del amor a escondidas.

Ella, sola, llora en su cama, llora en su baño y llora al pie de la ventana. Entonces lo extraña y lo ama. Y lo odia mil veces porque él está en su casa. Abrazando a la esposa que, según él, ya no ama. Jugando con los niños que no soporta. Sentado en la sala, junto al retrato familiar, con el control de la televisión, viendo películas, recordando vacaciones, riendo. 

Son las nueve treinta de la noche, la familia cenó cereales y frutas, y ahora él está sentado en la sala observando a su familia. Ella cenó una sopa instantánea acompañada del streaming desde su celular. Él está pensando en que ama a sus hijos, que extrañaba a su esposa y que lo mejor es olvidarse de la chica del servicio social, la que dejó toda su vida para irse a encerrar a un cuarto, la que se quedó sin familia y sin amigos. La que vive solamente de algunos pesos y del amor que él le da. Ella piensa que, sin su amor, lo mejor es morirse, que él le ha bloqueado el teléfono, que no puede acercarse a su casa porque está prohibido salir y porque quizá muriendo se olvide del pesar de extrañarlo. Él la prefiere muerta, porque ella es la culpable de todo lo malo que le ha pasado, porque él es pilar de su familia, ejemplo de su iglesia y ella, solo una muchacha que le hizo daño, y mejor que se muera, que se muera de hambre, de virus o de tristeza, pero que se muera ya.

Son las doce de la noche, los infomerciales se apropian de los canales de televisión abierta de la ciudad, un alma ha perecido y una familia nuevamente es feliz junta.

El adivino del 4c


El adivino del 4c come moscas crudas. Las devora con saña y con verdadera hambre. Hambre de conocimiento.

Entre sus alas, las moscas guardan los susurros de los vecinos. Sus diminutos ocelos han visto más que cualquier ojo humano y, a pesar de tener un cerebro muy pequeño, su memoria guarda todos los secretos del mundo que les rodea.

 

El adivino del 4c come moscas porque es adivino, y es adivino porque come moscas.

Obituario de Corina Vidal, de 19 años


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Pared rosa de Corina Vidal.

Corina Vidal, de 19 años, apareció a finales del año pasado en este pueblo. Llegó huyendo de un pasado incierto. Dijo venir de la Gran Ciudad.

Corina Vidal no tenía ningún conocido cuando llegó. La primera impresión que dio fue de una chica tímida, que no inspiraba confianza (a pesar de tener mirada amable), bajita, de cuerpo infantil y cabello oscuro, lacio y corto.

Rentó un cuarto en casa de la señora Chang. Durante casi cuatro meses vivió allí sin casi salir de casa. Parecía ser alérgica al sol y a las demás personas. Dice doña Cata, la de la tienda de la Coplamar, que Corina Vidal era callada pero educada. Saludaba y decía lo justo. Solo una vez se juntaron sus ojos, dice doña Cata, y vio en ella mucha culpa. ¿Cómo una niña de 19 años podría tener tanto peso encima?

Esta mañana, la señora Chang, al llevarle el desayuno, descubrió que yacía muerta bajo su cama. Corina Vidal estaba completamente desnuda. Solo un listón rosa adornaba su cabello. Su laptop también murió. Ambas, persona y máquina, sufrieron una sobredosis de cloro. Corina Vidal vertió el cloro sobre su laptop, quemó sus circuitos y ella se intoxicó con sus vapores.

Fue un suicidio. Y no lo digo por los hechos, sino por la nota:

«Querido EdMundo:

Me voy antes que me dejes, antes que encuentres la forma de desaparecerme por completo de tu vida.

Tengo miedo. Siento culpa.

Todos me miran con desprecio.

¿Qué les contaste de mí, EdMundo?, ¿qué les dijiste, para que todos me odien tanto?

Me voy y, conmigo, se van todas las fotos que nos tomamos juntos, las postales de París, los mensajes de las dos de la mañana, las conversaciones tiernas, las calientes, y las rabietas que me hacías porque no te escribía los «te amo» con mayúsculas.

Me voy y me llevo las canciones. Me llevo los viajes a Leningrado, las noches en Almagro y en Haedo, los veinte de enero y las aguas de marzo.

Me las llevo todas.

Se van conmigo.

Por último, me voy desnuda con solo la muerte de envoltura. Me voy mostrando a todos las areolas de mis pechos que tanto decías amar, enseñando a todos las estrías que una vez criticaste. Dejando al descubierto la herida en la espalda que me hiciste.

¿Ven que EdMundo también me hizo daño?, ¿a él no van a mirarlo con desprecio?, ¿no van a odiarlo?

Los cuatro lunares sobre mi ombligo, que jurabas decían tu nombre, han callado.

Quién fuera tuya, lo que duraron unos cuantos respiros:

Corina Vidal».

DEP Corina Vidal. Casi nadie la conoció. Vivió encerrada en su alcoba y en su alcoba murió.

DEP Corina Vidal de 19 años. Dios la perdone.