Acerca de los pequeños logros


En mi calidad de hombre montaña, disfruto de sobremanera corregir en todas las reuniones sociales a quien note equivocado en el importantísimo tema de las insatisfacciones por no haber logrado alguna victoria conmemorativa que le diera sentido a su vida.

Cuando eso sucede, me levanto enérgicamente y me acerco al causante de tal comentario, alzo teatralmente la mano izquierda y le digo, mirándole a los ojos, lo siguiente:

—La vida no se mide por las grandes guerras ganadas, sino por las pequeñas victorias. Cometemos el error de engrandecer las expectativas de la guerra, que olvidamos que la mejor táctica para disfrutar la vida es la guerrilla.

»La guerrilla son los besos robados, las palabras bien dichas, el huevo bien cocido, la buena mano de póker de los sábados, las botas sucias, el sexo, los te quieros y los no me olvides (por mencionar algunas).

»La vida es una guerra de guerrillas —les digo mientras me retiro—. Es no ver la oscuridad del firmamento por distraerse en las estrellas, es cientos de fuegos artificiales haciéndonos sonreír.

En mi calidad de hombre montaña, me acerco a las fiestas y a las copas, con el firme propósito de erradicar la tristeza de los pobres ignorantes que no saben buscar felicidad.

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Mandala


Yo, así como San Francisco de Asís, creo en las aves. Y creo firmemente en que los polos opuestos se atraen o se repelen, sin puntos medios. Creo en el destino y que este tiene sus reglas. Creo en las aves y en su eterno mensaje de amor.

Yo, como San Francisco, soy un hombre de fe.

Esta tarde juego al dramágico. Desde aquí, desde mi ciudad. Encontré un mandala tan gigante que no cabría en mis manos. Camuflado entre árboles y baldosas.
Justo ahora estoy sentado en una banca del círculo medio. Desde mi posición, a mis cinco horas, una chica pelo-pintado se sienta en una de las bancas del círculo exterior. Con una playera de «Misfits», botas, overol y cigarrillos. En conclusión: mi total opuesto.
Puede que le llegue a gustar Sinatra o Sabina; o que bailemos unas cumbias y dos jarabes. Quizá le guste Jodorowsky, Fuentes o Rulfo, o el soccer.
Quizá sea feminista.
Es mi total opuesto, pero comparte conmigo el mandala gigante camuflado en este parque. Ella ignora que hay baldosas uniéndonos invisiblemente frente a nuestros ojos. Yo sí lo sé, y me siento comprometido a acercarme y hablarle. Pero tengo mis dudas.
Quizá ella cargue consigo todos los malos gustos del mundo, o sea yo quien tenga las respuestas erróneas. La única certeza es, así como San Francisco, quiero tener conversaciones del fin del mundo con ella, aunque ninguno de los dos seamos lobos.

Problemas con un muerto


Cuando la besé por primera vez, su novio ya había muerto. Yo no sé temer a los muertos, nunca aprendí a hacerlo, pero ella sí. Su fantasma (del exnovio) nos seguía a todos lados, a todas horas. No había descanso de él.
Yo creía que él no era consciente de su situación de fantasma. Al parecer él creía seguir siendo novio y no exnovio porque, vamos, este no es un cuento de Tim Burton, los muertos a lo suyo; pero no, él aquí seguía y observaba. Yo nunca lo vi y, sin embargo, ella lo señalaba.
Insisto, yo nunca lo vi, pero él estaba allí asomándose desde la ventana, desde la cocina, con nosotros en la ducha, desde el lado izquierdo de la cama, desde el patio, desde el café de la esquina, escondido en medio de todas las conversaciones y desde las fotos de edificios viejos. Según no se iba. A ella la acechaba a toda hora y a mí me odiaba.
La última vez que hicimos el amor, no sabía que sería la última. Dijo su nombre. Lo invocó y él apareció entre nosotros dos como perro faldero, oliendo a sudor y azufre, con la cara marchita y sonriendo. Fue la primera vez que lo vi y fue muy tarde.
Yo no sé temer a los muertos, pero tampoco sé querer a novias que no saben poner atención a sus vivos, por querer volver con los ex que se suponen muertos.

Desde el sur


Vine al sur, en donde el mundo acaba, para escribirte lo siguiente:
Los patos, allá en el hemisferio en el que he vivido, han dejado de volar.
Los insectos rojos puntos blancos en la espalda han desaparecido, y escuché que la economía de mi país está al borde del caos.
Mientras tanto, yo en el borde del mundo escribiéndote, viendo el fin de todos los sueños. Desde la orillita, te vuelvo a escribir para invitarte a salir a cualquier rincón del mundo, que desde aquí todo me queda lejos, y a donde quieras te paso a traer.

Nada


Efímeras y jazmines, tierra mojada,
lluvia en el mar, noche estrellada,
sombra de árbol, canción de cuna.

Manta para dormir, últimos primeros besos,
siesta en la tarde, zapatos nuevos.

Nada importa (a largo plazo); sin embargo, festejo pequeñas victorias que me acercan a ser feliz (a corto plazo)

Distintos métodos para observar a Marte


Entonces ni vos ni yo habíamos nacido, pero el universo ya sabía dos cosas: que yo no podría dibujar bien y que tú traerías la imagen del firmamento en tu rostro.

Era 1972, los humanos querían ver Marte y aún no eran conscientes de los caprichos del cielo.

Años antes, los científicos construyeron telescopios de diversos tamaños, los colocaron en islas y desiertos alejados de las grandes ciudades. Observaban, estudiaban, hacían teorías y aunque conseguían montañas de información, los datos que recababan no eran suficientes. Querían más y sabían que la respuesta estaba afuera. Entonces el cielo se llenó de cohetes.

También hubo, en tiempos ancestrales, quienes con los dedos dibujaban héroes y bestias celestes que, desde arriba, daban sentido al destino de todos los habitantes de la tierra. Ellos eran los primeros dioses de la noche, pero poco a poco fueron siendo olvidados. La ciencia ganaba rápidamente terreno y, debido a ello, poco a poco perdíamos el gusto a romantizar las estrellas.

Llegó el cuatro de febrero, era 1972 y una sonda espacial mandaba algunas de las primeras fotos de Marte. Los científicos estaban alegres pero no era suficiente. La ciencia nunca se conforma y pide y pide más.

Entonces era imposible saber que había otros métodos de observar las estrellas.

 

Años después, en el milenio siguiente, un científico griego descubrió que a horas determinadas se podían observar Urano y Marte en un pequeño rostro mexicano. La simetría y escala eran perfectas. Con luz solar, parecían tener sombra propia.

Un verdadero misterio, ¿pero qué rostro no lo es?

Se ayudó de una lupa para acercarse a Marte. Se maravilló de lo lindo. Después de una hora observando, vio que por el horizonte se asomaron Fobos y Deimos. El lunar no era lunar, sino una representación a escala del planeta rojo. Un universo de probabilidades se abría paso desde las mejillas de una mujer hispanoamericana, y el científico no podía esperar más.

Con el microscopio se acercó tanto a Marte que el lente se empañaba. Recorrió los ojos, la nariz, las dos mejillas. Encontró que no estábamos tan equivocados, que el universo era inmenso sin importar dónde lo encontrabas. Hasta veían el reflejo del sol en verano. Cada lunar de su cara era una estrella, y cada estrella una declaración de exploración.

Memoria del desviste II


Carta I

Es tan injusto que preguntes si pienso en ti. Es muy grosero de tu parte. Aún recuerdo aquel vestido de lunares cayendo al suelo, desnudando tus pechos y dejándote con la luz de tu alcoba iluminándote sin bragas.

Es agresivo que creas que te he olvidado. Al calendario no le he quitado ninguna hoja desde que te fuiste, aquí sigue siendo veintiuno de febrero. La cama huele a ti y la cocina todavía tiene la mancha que dejaste.

Si tan solo yo no te hubiera desvestido nunca, hoy sería feliz. Hoy sería un día cualquiera y no el trescientos cuatro desde tu partida. La memoria del desviste me atormenta. Muero, muero y vuelvo a morir muchas veces más cada que te veo pasar vestida en alguna avenida.