Pacto con el diablo


Fotografía: Jesús Farrera

¿Pacto con el diablo? Sí, quizás sí, pero, ¿quién es ese diablo que posee mi alma ahora? ¿qué tan grande podré ser? ¿por qué yo, que he vivido en el fracaso encontré este atajo de las maravillas?

En retrospectiva, siempre fui el más vulgar de los vulgares, el más común de mis hermanos y el más insípido de mis amigos. Nunca tuve un logro presumible y ni mi cabello ni mis ropajes han sido presas de elogios. 

Estudié una carrera genérica, vivo en una casa prestada y no trabajo en cumplir los grandes sueños que todos los hombres tienen. Todos menos yo. Yo solo quiero que termine el día y, si no hay suerte, repetir otro día más.

Así que me pregunto; ¿Cómo podré ser ese hombre tan grande que el diablo me propone ser?

Entonces, aquí estoy, sentado en una vieja banca, con un pastelillo sabor a mierda, que me promete sueños que jamás he soñado y premios que nunca quise tener.

Por otro lado, si es el diablo que conozco, del que he escuchado tantas veces hablar en las misas, esto podría ser una trampa. Un veneno y un escape hacia una muerte inminente… Una salida.

Matar o vivir. Morir o crecer.

Está decidido. Si muero hoy, agradezcanle al diablo, quien me tuvo piedad a cambio de una miserable alma. Si crezco y soy el más grande de los grandes, ya me encargaré yo de vivir como un diablillo en sábado de gloria, hasta que llegue la muerte y se lleve consigo mi último aliento. Si eso pasa, ya veré si reclamar al diablo por dejarme vivir o agradecerle la nueva vida que me dió.

Playa de Belice


Hundirme en la playa

ahogarme en el mar

caer al abismo

obligarme a olvidar

Ser la nieve de tu alcoba

el hielo en tu mirada

la noche lluviosa

la humedad de tu primavera

Volver vuelto nube

llover, hundir tu nave

regresar en tsunami

desaparecerte en Belice.

Gerente


Apenas llevo un mes como gerente de un Starbucks, y ya voy encontrando tres recién nacidos en la puerta. Ahora entiendo por qué no dura nada el personal aquí. La carga emocional es sumamente pesada. Y, además, ¿por qué aquí?, ¿quién creería que los hipsters estarían dispuestos a dejar su estilo de vida para cuidar bebés ajenos?

Al parecer, recién me entero, esto de dejar bebés aquí en la cafetería no es algo nuevo. Desde que se abrió la sucursal, los han abandonado en los baños, en los cajones del estacionamiento, en los botes de basura, en las jardineras y hasta debajo de la ventanilla del Drive Thru. ¿Será la sirena verde de su logo la culpable?, ¿dará confort a las madres con sus aletas en forma de regazo?, ¿o es la falsa imagen de seguridad financiera de sus clientes la que alienta a las madres a dejar a sus crías a la suerte de hombres y mujeres con sus sombreros sobre sus cabezas y sus computadoras portátiles bajo sus brazos?

Así que aquí estoy, con más de treinta días en este puesto y dos niños colocados en albergues, más uno que en ningún lugar me lo aceptan, que porque está muy feo y muy desgreñado.
Ahora tengo una sucursal a mi cargo y un niño feo. Y realmente no sé qué hacer.

¿Cuánto cuesta un litro de leche?, ¿qué tipo de lácteo debo comprar?, ¿qué voy a hacer con este chamaco?

Porque siendo sincera, no creo que yo deba dejar de salir en mis días libres, o dejar a un lado mis gustitos, que ya son caros para una persona, para comenzar a gastar en pediatras y pañales, para un infante al que nada le debo y que, seguramente, me va a frenar en mi vida.

Ya lo pensé bien. Y creo que mis pensamientos han sido demasiado crueles y egoístas. El niño no tiene la culpa, por más feo que este. Así que mañana muy temprano, antes de abrir la sucursal, lo dejaré bajo el letrero del Dunkin’ Donuts…, ellos sí sabrán qué hacer.

Moto


Ya es tarde y creo que hoy tampoco podré terminar la rutina del gimnasio. Son las doce con cinco, y apenas voy saliendo de casa.

Dan las doce con diez y, otra vez, las listas interminables de pendientes: las compras del negocio, los pagos de servicios, la despensa, la cita. Todas las obligaciones, una a una, se estrellan contra el parabrisas del carro, sin dejarme pensar en el ahora. Me agobia la responsabilidad de ser adulto y, lo que se suponía que me ayudaría a despejar la mente, es una nueva obligación a la que ya voy diez minutos tarde.

Para distraerme enciendo la radio. Noticias locales y del estado. Son las doce con diecisiete minutos. Voy tarde al gimnasio y tengo muchos pendientes. 

Del otro lado de las bocinas, el locutor intenta hacer conciencia sobre la importancia de consumir productos locales. Hace un discurso acerca de la belleza de Chiapas y su café, mientras (seguramente) bebe un sorbo del venti que le trajo su asistente.

Me doy risa, porque la falta de congruencia de mis actos y mi grandísimo ego, hacen que vea en todos los demás, los errores de mis propios actos. Son las doce con veinte, voy tarde al gimnasio, y el locutor anuncia un trágico accidente en la ciudad en la que antes vivía.

«En el libramiento norte de Tuxtla Gutiérrez, un motociclista sin identificar perdió la vida esta mañana, al chocar su motocicleta Italika con una torre de alta tensión de la CFE. El occiso, de veintitantos años, tez blanca, de un metro con ochenta y cinco y de estructura robusta, yace en el suelo junto a su motocicleta».

Son las doce con veinte y voy tarde al gimnasio. Hoy tengo muchos pendientes y, sin embargo, todo se ha ido. Detengo el auto y lloro. Lloro como en mucho tiempo no lo hacía. Lo hago con mucho dolor porque creo que he perdido a un amigo.

Intento recuperarme y le marco. ¿Y sí me contesta su esposa, su madre? ¿Qué palabras de consuelo les diré si ni yo lo encuentro? ¿Cuelgo o espero?

Para mi fortuna, él me responde y siento alivio. Le pregunto por su familia, por los amigos y por sus viajes de motocicleta. Le recuerdo que lo extraño, que me hace falta platicar con él y los demás; que a veces necesito de ellos y que los quiero. Que son mis hermanos. Él me habla de su nueva novia, del último juego de los Lakers. A mí no me importa nada el básquetbol, pero a todo le respondo emocionado, porque, aunque él no lo sepa, yo hoy perdí y recuperé a un amigo en menos de veinte minutos, y eso me hace muy feliz.

Son las doce con treinta y ocho. Ya no fui al gimnasio hoy, tengo mucho trabajo inconcluso, pero también tengo un amigo.

Cuenta regresiva


En el bar que cierra a las doce,

once gendarmes entraron,

diez copas de vino y una ruleta pidieron,

para jugar un juego que el noveno perdió;

ocho fueron las palabras que el perdedor cantó:

«siete veces lloré amargamente bajo sus lindas piernas».

Mientras seis transeúntes atónitos miraban,

cinco de ellos, los más cuerdos, se fueron

y al cuarto de hora del cierre del bar,

bajo las tres únicas nubes del cielo,

dos borrachos callaron,

por culpa de una bala de cañón.

Correspondencia entre Lizbeth y Leandro


Lizbeth querida:


La mala suerte llegó a mí. Ni mis llamadas, ni mis mensajes llegan a ti. Las palomas mensajeras no quieren ir a tu casa y la autoridad me prohíbe acercarme adonde estás.

Por eso entrené esta ave, que te trae esta carta, para decirte que es verdad que fue mi culpa, que yo no debí hacerlo y que, por mi madre, no volveré a faltarte el respeto con nadie más.

Lizbeth, ya casi termina mayo. Ya van tres meses desde que te dieron de alta, ya creo que es tiempo suficiente para que se termine este drama, ¿no crees?

Lizbeth, te amo con toda mi fuerza. Te amo con todas las palabras y con todo el océano y las lluvias del mundo.

¿Recuerdas el mar? ¿Los atardeceres con vino tinto y los besos? Tuvimos buenos momentos, ¡los mejores! Así que no dejes que muera nuestro amor y llámame. O escríbeme o hazme llegar un saludo, porque si no sé de ti nuevamente, moriré.

Tuyo siempre y para siempre, Leandro.

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Leandro:


Nuestro amor está más muerto que esta ave. ¡Estúpido!, me enteré de tu horrible carta por medio del internet. ¿Acaso no sabías que el peso de tus palabras, por muy vacías y falsas que sean, es demasiado para un pájaro como este? Todo lo que tocas muere. Por eso me alejé de ti. Por eso y por todas tus tonterías, tus infidelidades y tus golpes.

Y sí, tus golpes, porque no te puedes hacer el olvidado de las tres veces que me golpeaste. De la última, apenas logré salir viva.

Así que, no es casualidad que ni las llamadas, ni los mensajes, ni las putas palomas lleguen a mí. Tienes una orden de restricción, ¿entiendes la seriedad de eso?

Deberías estar en la cárcel. Te odio.

Espero que Facebook y la morbosidad de la gente te hagan llegar está última respuesta que tengo para ti. Adiós.


Con desprecio y odio inmenso, Lizbeth.

Milena y Ramiro (Una historia de NO amor)


Mi nombre es Milena. La gente de internet cree que tengo más de dieciocho años, pero realmente me faltan cuatro meses para cumplir los diecisiete.

Desde que papá falleció, por culpa del coronavirus, todo ha cambiado en casa: Mamá y yo tuvimos que comenzar a trabajar, dejé la escuela y mi hermanita pequeña tuvo que pasar todas las mañanas en casa de mi tía Sandra. Fue una época difícil para nosotras.

Comencé a trabajar en una cafetería poco concurrida. Esa fue la primera vez que mentí sobre mi edad, cuando dije que tenía dieciocho y no dieciséis. Fue allí mismo en donde conocí a Ramiro, el sobrino del dueño, que trabajaba los fines de semana de cajero. 

Ramiro le dio luz a mi vida nuevamente. En casa todo eran gritos y preocupaciones. Con Ramiro todo lo contrario. Él me llevaba al cine, a cenar, a los miradores. Con él fui por primera vez a un antro y fue con él con quien tuve la más grande borrachera de mi corta vida. Esa noche también perdí mi virginidad y por primera vez le dije a un chico que lo amaba.

Ramiro era bueno conmigo, salvo cuando lo hacía enojar. Él cambiaba drásticamente y me ignoraba por días. Yo tenía que mover mar y tierra para que se volviera a contentar. Cuando nuevamente estábamos bien, regresábamos a los cines, a los antros y a los parques. También volvían los moteles y el sexo desenfrenado.

Llevábamos saliendo más de medio año, cuándo en la fiesta de sus veintisiete años, su tío (el dueño de la cafetería), lo acusó de robarle las cuentas y lo corrió. Por supuesto que yo renuncié. La cafetería sin Ramiro no era nada. Conseguiríamos trabajo juntos y nos casaríamos algún día.

Fue después de esa fiesta cuándo le dije mi verdadera edad. Grave error. Se enojó conmigo mucho más que las veces anteriores. Me golpeó y me dijo que por mi culpa lo meterían a la cárcel. Yo le dije que eso no sucedería jamás, que yo lo amaba y que haría todo para que nuestra relación triunfara.

Un mes después, Ramiro seguía sin conseguir trabajo, y yo tampoco. En casa las cosas con mamá se ponían cada vez peor, y mi hermanita seguía sin enterarse de nada. No sabíamos cómo saldríamos de esa mala racha, y tampoco sabíamos que llegaría algo que me cambiaría la vida para siempre.

Una tarde, días antes de nuestro aniversario, Ramiro comenzó a insistir en abrir una cuenta de contenido para adultos. Me dijo que yo sería la estrella y que no haría nada que no hubiera hecho antes. Así como lo planteaba, él se encargaría de todo: conseguiría la cámara, la ropa, el set. Yo solo debía fingir nuevamente mi edad, no decirle a nadie y hacer todo lo que él me dijera.

Al principio no quise y Ramiro se enojó nuevamente conmigo. Me golpeó otra vez. Me dijo que no era nada y que nunca tendría dinero si no lo hacía. Dijo que mi mamá y yo éramos unas «muertas de hambre» y que él solo me lo proponía para que saliéramos de la pobreza. Cuando le dije que aceptaba, Ramiro volvió a ser lindo conmigo.

Al inicio, nuestro contenido solamente era fotografías en ropa interior con poses sugerentes, pero al ver que nadie nos pagaba, Ramiro comenzó a pedir que hiciera más cosas frente a la cámara. Con el dinero de mi primer desnudo compré un juguete para mi hermanita. Bueno, con el dinero que me correspondía, ya que Ramiro se quedaba con la mayoría, pues él era quien hacía todo y, además, era él quien tenía la cuenta bancaria.

Para evitarnos problemas, Ramiro me prohibió tener redes sociales y amigas. Me mudé con él y veía a mi mamá y a mi hermanita una vez cada quince días o cada mes. Además, no podía decirles nada sobre las fotografías o los videos. Mi madre pensaba que seguíamos trabajando en la cafetería. Ella siempre cuestionaba a Ramiro, él decía que mi madre no entendía nuestra relación, y que a él no lo quería. Por eso él siempre iba conmigo cuando visitaba a mi madre.

Así pasamos de desnudos, a sexo en vivo, a sexo en los parques y en las piscinas públicas. Así pasé de sexo con Ramiro, a hacerlo con él o con sus amigos. A sonreírle siempre y hacer lo que él quería. Si sonreía no había golpes, y si no había golpes, éramos felices.

Días antes de cumplir los dieciocho, de verdad, le dije en la mañana a Ramiro que esa noche le tenía algo preparado. Todo el día estuvo impaciente, ansioso y enojado. yo le decía que tuviera paciencia, que se tomara un trago. 

Al caer la noche, en punto de las ocho, Julissa llegó. Ella era una amiga de la cafetería. La había topado dos meses antes y le conté mi historia. No se creía que siguiera con Ramiro y, mucho menos, lo que hacíamos para vivir. Ella se horrorizó y planeó todo. 

Ramiro se extrañó de ver a Julissa ahí. No entendió nada hasta que, segundos después, cuatro policías entraron al departamento para apresar a Ramiro por estupro, pornografía y prostitución infantil.

Hoy Ramiro se pudre en la cárcel. Creo que allí le hacen lo que él y sus amigos me hacían. Yo entendí que nuestro «negocio» no era normal, y que Ramiro no era, para nada, ni mi luz ni mi salvador.

Yo volví con mi mamá y con mi hermanita. Intentamos ser felices, aunque a veces mientras como, pienso en Ramiro y en todos los pervertidos que se masturbaban con mis fotos, y se me va el apetito.