Los peces betta


Los peces betta (se matan entre sí).

Recientemente murió mi abuelo;

la familia, antes paz y armonía, es carnicería.

A la otrora casa tranquila, un estanque sin peces koi.

Oceánica, inundadora, abismática. 

Antes carpas koi,

mutamos a peces betta,

insoportables, asesinos.

¡Que no quede nadie vivo!

El abuelo no está,

nadie estará,

la casa es mía,

el rancho también.

El Cadillac me pertenece,

las joyas mías son.

Ella no se llevará nada,

nunca quiso a papá.

Mamá se va mañana al asilo,

despediremos a doña Lupita,

que se vaya sin pensión, sin gracias,

directamente al olvido,

que no regrese jamás.

Si se acercan, los mato,

si me acerco, me matan,

nos matamos, los peces betta nos matamos.

Éramos una familia.

Ahora habitamos distintas peceras,

comunicación y «feliz navidad» detrás de cristales,

porque si me acerco, me pueden matar.

Cineteca Nacional


Solo tengo una rutina fuera del trabajo, y es que todos los martes y los miércoles, después de las cinco de la tarde, me fumo un cigarrillo en una de las  bancas del jardín de la Cineteca Nacional. Y después lloro.

Los martes y los miércoles son días de llorar a mares. Siempre después de las cinco de la tarde, porque son los únicos días que me permito extrañar con todo mi ser, con mis ojos y mis entrañas, a Gildardo, mi exnovio, con el que estuve los últimos cinco años, con el que planeaba casarme y con quien hubiera tenido a dos hermosos hijos (Graciela y Gerardo). El único con el que podría haber volado hasta Santiago de Chile en globo aerostático y regresar a México a pie. 

Sí, así de fantasiosas eran mis expectativas con Gildardo. 

Hay tardes en las fantaseo que lo llamo. Imagino que le pregunto cómo está, que le recomiendo libros y que le doy mis últimas críticas sobre las películas de Marvel. Me veo contándole sobre la proximidad de nuestros cumpleaños para después, hacerme la olvidadiza y pedirle que me recuerde el viaje que hicimos a Japón. Que me diga los nombres de las montañas y que me explique nuevamente el porqué del sabor y del color del flan de azuki, y el por  qué decía que mis ojos eran más hermosos que todos los cerezos de las islas del sol naciente.

Otras veces sí marco desde la caseta telefónica de la Cineteca. Espero escuchar su voz y le cuelgo. Esas son las ocasiones en las que lloro más.

¿Y por qué la Cineteca Nacional?, fácil, porque las fotografías que adornarían nuestra boda, serían tomadas ahí. Porque ahí nos conocimos, ahí fue nuestro primer beso (cuarenta minutos después de conocernos) y porque en sus gradas Gildardo me pidió que nos casáramos. Por eso vengo a llorar aquí los martes y los miércoles después de fumarme un cigarrillo.

Sí, claro que los edificios tienen memoria. Por eso la Cineteca llora conmigo.

Fotografía de ana.torr.ent https://www.instagram.com/p/B6tPTtGBZiz/?utm_medium=copy_link

Mi amigo Blues


Sucedió una tarde cuando yo tiritaba de frío. Me encontraba sentado en la banqueta de la avenida central de esta ciudad, mientras me soplaba las manos y me las frotaba para calentarlas. Pedía abrigo o calor a los transeúntes que pasaban sordos a mis peticiones. Todos me ignoraban

Un blues se detuvo. Bajó la cabeza para mirarme y sacó una caja de cigarrillos blancos. Me pidió espacio y se sentó a mi lado ofreciéndome un tabaco. Claro que se lo acepté. Al tiempo que fumábamos intercambiamos historias de vida. Entre caladas, hablamos de nuestras madres, de nuestros padres y muy poco sobre la política local.  Conversamos del reguetón, de lo fantástico que puede ser aceptar la música y entender que todo lo que te haga vibrar es bueno. Le confesé el terrible sueño que me produce el cine de arte y lo poco que entendía la bolsa bursátil.

 Le conté sobre mi exesposa, de los amigos que dejé atrás y de lo infructuoso que es el tener que buscar conversaciones a las banquetas de las avenidas. Y le agradecí los cigarrillos.

 Coincidimos en algunas cosas, como el gusto por el café, las libretas y en que a ambos nos parecía una hermosa cortesía las notas de buenos días que se dejan en el buró de la cama.

 Se acabó el tabaco dos veces más, y en el último se fue. Juró volver al día siguiente y así lo hizo. Nos vimos por lo menos tres semanas más. Fueron días agradables. Tenía tanto tiempo sin charlar tan amenamente con nadie.

 Una noche, dos años después de nuestra última cita en aquella banqueta, lo miré en la pantalla del celular de una chica con la que salía.  Me levanté de un salto de la cama y le arrebaté el teléfono para corroborar que sí fuera él. Y sí lo era.

 Mi amigo Blues, tan melancólico y sensual como lo recordaba, se puso a cantar una triste melodía que, aunque nadie lo supiera, hablaba de mí y de las tardes banqueteras de la avenida central de esta ciudad.

Ahora él es un ser famoso y vive viajando entre las grandes urbes, mientras yo sigo aquí en esta ciudad, en donde las cosas más interesantes pasan en las banquetas.

Hindenburg 1937


Ahora que no estás, pienso en esos días en los que vivimos juntos, y recuerdo con cariño aquel viaje trasatlántico que hicimos a Nueva York en 1937. Tan jóvenes e ingenuos, en esos días creíamos que el amor era la fuerza motora del planeta, capaz de llevarnos una mañana hasta la luna y aterrizarnos frente al Hudson, para darnos el tiempo suficiente de beber ginebra en esos bares del puerto de Manhattan que tanto te gustaban.

Yo te recuerdo muy bien. Ese día vestías una gabardina que hacía juego con una bonita boina morada. Llevabas un bolso rectangular, pequeño y negro, zapatillas también negras con punta de bruja y la gargantilla color rosa que de utilizaste durante nuestro último baile. 

Recuerdo que en ese año peleabas con tu madre por tu cabello corto y juró no volverte a hablar si te ibas a Estados Unidos conmigo. Se enojó un tiempo y a mí no me dirigió la palabra por cinco años más, pese a haberte perdonado. Pero todo lo valió. Verte bailar en nuestro pequeño departamento de diez metros cuadrados valió todo el desprecio de tu madre.

Añoro tu risa. Más ahora que nunca. Esa risa que callaba a los jazzistas, que enmudecía a los marinos, que sobornaba a los policías. Esa risa ridículamente hermosa.

También recuerdo la noche anterior a la catástrofe. Bailábamos desnudos frente a la ventana de nuestro cuarto, mientras nos susurrábamos  «Let’s do it» y nos besábamos cada que el aliento nos lo permitía.

Fue en mayo de ese año, cuando sabíamos que el amor era fuego y nos quemaba, que una chispa nuestra voló al cielo e incendió el firmamento, en una horrorosa fiesta de juegos pirotécnicos alemanes, cuando el Hindenburg se hizo cenizas, mientras tú y yo, pirómanos románticos, hacíamos el amor.

Refrigerador vacío


La constante del refrigerador vacío,

la rutina de no encontrarte jamás en casa,

las fotos acostadas,

los libros en el suelo,

mi sentir vuelto ceniza.

Siempre hoy


Inmortalizar las flores, el amor, el papel y las palabras.
Huir del fuego, alabar al juego y jugar contigo
hasta que la última flor se marchite o hasta que muramos quemados.

Porque te quiero siempre, porque siempre es hoy, cuando los adioses llegan mañana por la mañana.

Dibutrauma de tulipán con letras.

Tienda de arte


Cuando María Luisa terminó conmigo, se desplomó gran parte de mi mundo, dejando un vacío que me cambió para siempre. Eso fue hace cinco años y, desde entonces, no volví a ser el de antes. Mis amigos lo notaron primero, mi familia después. Ya no salía, ya no bebía, ya no reía. Me enfrasqué en el trabajo y me concentré en tratar de llenar con dinero y baratijas el pozo sin fondo que era mi alma.

La pasé terriblemente desde ese día, pero ahora otra vez tengo esperanza.

Hace tres meses renuncié a mi trabajo, vendí todos mis muebles, regalé libros y me despedí de mis amigos más cercanos y de esta ciudad. Espero nunca regresar, tengo fe y sé que encontraré en Guanajuato lo que Villahermosa no me dio.

Hoy será la inauguración de mi tienda de artes y manualidades. Tengo pinceles, carboncillos, papeles, taburetes y cientos de cosas más. Las paredes las uso como galería y la iluminación me encanta. Sinceramente, estoy muy orgulloso de mi tienda y sé que será un rotundo éxito, porque estoy en el lugar correcto.

Son las dos de la tarde, faltan tres horas para el corte del listón y el cóctel de bienvenida y, sin embargo, estoy muy nervioso y sudo mucho. Estoy correctamente vestido, he perdido suficientes kilogramos para poder usar una camisa de rayas, tengo la barba poblada y un corte de cabello a la moda. Nada puede salir mal, o sí. Todo se podrá ir al carajo si ella no viene.

Hace seis meses me enteré por Instagram que ella vive aquí, que es maestra de artes en una primaria y que ha expuesto dos o tres veces sus obras; que acostumbra caminar por estas calles, que su cafetería favorita es la de la esquina  y que toma el té con dos cubos de azúcar. Hace cinco años no nos vemos y quizá ella no me reconozca en un primer vistazo, pero cuando sienta mi mirada fija en ella, se acordará de mí y correrá a mis brazos. Espero que sí, tengo fe en que eso pasará porque, si no, si ella vuelve a huir de mí, no sé qué haré.