Historia de un martes de cervezas y una motocicleta


Un martes quería salir a pasear en la motocicleta y beber cervezas con B, pero B estaba indispuesta para salir conmigo. Pensé entonces en C, pero para el momento en que pensé en C, ya estaba en un bar y llevaba la primera cerveza.

Pensar en C era volver a mi zona de confort. Entonces pensé en A. El plan A era el mejor realmente, pero soy zurdo y hago las cosas como quiero y no como debo. Me dije: yo quiero ver a B, aunque B no quiera verme.

Lo que yo quiero no siempre sucede y pensar en eso me causa desdicha.

Mi error ese martes fue iniciar con el plan A, que era B, en lugar de iniciar con el plan B, que era C; pero el plan B se ha repetido tantas veces que ya perdió el sabor hasta de la conversación. Concluí finalmente, porque las conclusiones son agentes finalizadores, que el plan C, que era A, era el mejor plan para ese día (aunque eso ya lo sabía).

A tiene las mejores pláticas y siempre sabe las respuestas para mis dudas.

Entonces yo ya iba por la segunda cerveza.

Después de la cuarta cerveza me di cuenta que el plan R, que era R, no era un mal plan. Además había llevado conmigo un pequeño libro que nunca devolví y ¡vamos!, el sabor de la cerveza no depende de la cantidad de personas que interactúen en una mesa.

Por la quinta cerveza supe que al día siguiente, miércoles, estaría pensando en hablarle a B o a C, o quizá hablarle a A de C y de B. Es verdad que A siempre despeja mis dudas, pero sobre cuestiones amorosas no me gusta pedirle opinión.

Ya pasó una semana y no vi ni a B ni a C, y sé que tengo que hablar con alguien de C y de B, pero no puede ser A porque regaña.

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Antes


Sé que en otra vida,
en la primera de tantas que tuve,
antes del primer hombre y de la primera estrella,
incluso previamente al polvo,
en el tiempo en que el big bang estalló,
mis átomos buscaron a tus átomos
para hacerles saber que un día los besarían.

Trotamarilla


Retama era una trotamarilla y, como toda trotamarilla, vivía paseando y saltando entre objetos y luces de tonalidades amarillas. Le gustaba mucho dejar que la suerte y el azar fueran quienes dirigieran su destino. Amaba las mañanas en que amanecía en lugares nuevos y extraños.
Las trotamarillas en general, de entre todos los objetos amarillos existentes, prefieren las flores, los dibujos de flores, las camisetas con flores, los adornos de flores, los cupcakes adornados con flores y las bebidas con nombres de flores. En el caso particular de ella, era igual, aunque antes de todo lo anterior, disfrutaba más la madera amarilla. Pensar en madera amarilla le recordaba con nostalgia un atardecer, con café y compañía, sentados en una banca de madera de roble.
En uno de sus últimos viajes, Retama había llegado a una vistosa pared amarilla con franjas violetas. Quería descansar, pero sus planes fueron cambiados cuando vio acercarse un hermoso haz de luz amarillo que venía rápidamente frente a un automóvil deportivo oscuro. Cogió fuerzas y se lanzó a la luz del vehículo. Viajó varios kilómetros con el viento al rostro y la cabellera suelta.
De la luz del auto negro y, después de bastante tiempo, ella saltó a un pequeño jardín pobremente iluminado con una farola blanca. Un jardín descuidado con hojas secas y monte altísimo, con un barandal amarillo y algunos pocos tipos de flores. Nuestra protagonista se quedó en la parte más alta del barandal para observar las flores. Se encontró en un dilema: saltar a la flor más bella y amarilla del recinto o quedarse arriba para poder ver todas al mismo tiempo. Satisfacer el tacto o la vista. Inmersa en la cuestión estaba, cuando alcanzó a escuchar el cuchicheo de dos ancianos que hablaban sobre la pensión y el alto costo que tenía mantener a los muertos. Seguramente eran pareja. Andaban al mismo paso. Él llevaba una escoba y un huacal gigante, mientras ella llevaba un racimo con follaje grande y pequeñas flores amarillas de pétalos mucho más pequeños y amontonados, y de un olor sumamente agradable.
La trotamarilla no lo pensó más y se lanzó hacía la anciana. Ella no sabía nada de pensiones ni de muertos, pero sí de olores. Esas flores estaban entre los mejores aromas que había sentido en toda su vida.
Si bien viajar en automóvil era una aventura fantástica (aventura que repetía constantemente), la calma de los ancianos era totalmente relajante.
Conforme llegaban a su destino, que la trotamarrilla aún no conocía, los ancianos aminoraban sus pasos. Parecía que cada vez se les hacía más pesado el ir, eran casi las seis de la mañana y el sol nacía al horizonte.
Los ancianos llegaron al hogar de su nieta (una humilde lápida rosa), mientras Retama había encontrado el paraíso de flores que cualquier trotamarilla siempre hubiese deseado.

Eva


Según la creencia judeocristiana, lo primero que descubrió Eva, después de comer la manzana, fue la sensualidad. Dedujo que, si bien el templo diseñado por Dios Padre era para ella perfecto, Adán fue quien lo conoció totalmente.

La sensualidad llegó de la mano de la primera mordida al fruto prohibido, cayó como meteorito en la imaginación de Eva y le develó sus capacidades sexuales. Le hizo consciente de sus caderas, de su ombligo, de sus nalgas, de sus pechos, del largo de su cabello, de su nariz, de sus ojos y de los hoyuelos que se le formaban cada que sonreía.

Con la sensualidad, llegó el erotismo e inmediatamente después la coronación de venus.

Venus se vestía con diminutas flores, pequeñas hojas y trozos de tierra seca que, pegadas a su cuerpo, le daban una apariencia de prostituta parisina del siglo XX de nuestra era.

Adán adoraba a Eva y, por ende, Dios quedó relegado, iniciando así el culto a venus.

Según la creencia judeocristiana, Adán fue el primer hombre en desvestir a una mujer y Eva fue la primera mujer en seducir a un hombre.

Obituario de Cecilia Romero Torres


Cecilia Romero Torres, la histriónica danzante que vivía en la colonia Santa Lucía, amaneció colgada de uno de los árboles de tamarindo del patio de su casa.

Bajo el tambaleo de su cuerpo, han sido días de mucho viento, Cecilia dejó colgando de su tobillo izquierdo una carta de despedida amarrada con un pequeño listón rosa.

La carta, sin destinatario particular, decía:

Me voy porque el mundo, ese teatro que tantos aplausos me ha negado, se ha reído de mí por última ocasión. Su broma final fue una estocada directa a mi corazón, me dañó el orgullo y todo el amor que llevaba colectando durante veintisiete años. Habiendo tanto talento, decide que la actriz principal de tan terrible acto sea, maldita sea, mi Rebeca.

Si algo ha dañado mi orgullo, ha sido la ceguera y el atontamiento del amor que no me han permitido ver a tiempo la malaventura que sus brazos me tejían.

Rebeca era todo para mí, era el único público y el único aplauso que necesitaba. Era mi sol por las mañanas, la luz de mis noches y la oscuridad de mi cama. Rebeca fue mi norte, mi tierra, el café de buenos días, el cuento de la buena noche, mi astrolabio en medio del océano: mi ruta. Mi tacto favorito.

Antes de Rebeca me consideraba una muralla impenetrable, un castillo volante, un rinoceronte blanco. Nadie había podido saltarse las paredes, descifrar el laberinto, cruzar el bosque de espinas ni tocar elegantemente la puerta como lo hizo ella.

No negaré que fui feliz. Es verdad, fui el ser humano más feliz del mundo. La mujer más mujer. Recibí los mejores besos y descubrí el calor de las puestas de sol. Y todo el amor y toda la paz y toda la vida que bienviví con ella se esfumaron en dos segundos.

La muerte, visitante indeseada de este plano, llegó por ella. Y la muy vil, caprichosa, egoísta e inhumana me dejó aquí. Sufriendo, sin vida y sin techo. Rebeca era mi casa, su corazón mi corazón y sus piernas mis cimientos.

Ayer noche fueron los cuarenta días de mi Rebeca. Podrá descansar en paz. Espero mi familia me perdone.

Cecilia.

Cecilia R. T. no será velada. Su madre cree que su suicidio fue otro acto de rebeldía y odio hacía la fe cristiana. Nunca le perdonó su orientación sexual y ahora no podrá perdonarle su muerte.

Por mi parte y desde el fondo de mi corazón, deseo que Dios, en su infinita sabiduría y amor, le permita a Cecilia, para toda la eternidad, los brazos de Rebeca.

Laura


A mí me gustaba Laura. Cada vez que la veía pasar, sentía que mi corazón paraba. Era mágico y aterrador. El amor es magia. Pero la atracción es aterradora.

Si bien, es difícil elegir de quién nos enamoramos, el decidir quién nos atrae es casi imposible. Es un gran libertinaje. La atracción puede orillarnos al ser más ruin y malvado del barrio (y del mundo también).

Pero este no era el caso de Laura.

De Laura, por ejemplo, me atraía todo.

De altura tenía la necesaria para subir a casi cualquier juego mecánico de la feria, la perfecta para treparse en mis brazos, pero la insuficiente para bajar cosas del estante más alto de la cocina.

Me gustaba el blanco de sus ojos, su sonrisa y hasta la carcajada extremadamente sonora que soltó el día que caí frente a ella.

Sus manos eran deformes. Tan pequeñas que hacían que sus dedos, largos y delgados, parecían haber sido implantadas en ella. Pero me gustaban. Eran la imperfección que embellecía el todo.

De sus pechos no debería hablar. Soy un caballero. Aunque debo decir que eran hermosos. Mi boca hubiera sido su guarida más perfecta.

Casi olvido, por culpa de sus pechos, mencionar su sombrero. Con el sombrero puesto no nació. Nadie nace con sombrero. Me refiero a que, era casi imposible verla sin sombrero. Aun por la noche lo utilizaba. Cuando no lo llevaba consigo, que eran pocas veces, hablaba de él como si de una persona se tratara. Alguna vez creí que ese bendito sombrero era la casa de su propia antítesis de Pepe grillo.

Apostaría mi herencia completa, que es poca pero es toda, a que si la vieras vestida como yo la he visto, te atraería terriblemente. Pero de nada serviría apostar porque no podría pasar.

Ahora Laura ya no está con nosotros. Se la llevó la muerte una semana después de que posó para esa tonta revista digital, con lentes de sol frente a una pared rosa.

La verdad, personalmente no la extraño. Laura era más hija de puta que guapa. De haberla querido, la hubiera llorado mares, pero no. Eso sí, me gustaba mucho.

Me enteré de su muerte por una red social y, después de un breve asombro y una casi indetectable congoja, no tuve más acción que desplazar la pantalla y seguir mi vida

Huelga del 78


La huelga de escritores de cuentos del 78 sería crucial para las nuevas generaciones, en la formación de infantes con mejor capacidad para tomar decisiones que afectarían su desarrollo emocional.

El verdadero impacto se dio en el 79. Las niñas y niños nacidos a partir de 1975 ya no fueron víctimas de la manipulación emocional que habían padecido sus padres y hermanos mayores. Descubrieron (los escritores) que el mayor enemigo del ser humano era la manipulación, mediática y cultural, que ejercía un pequeño grupo de personas sobre toda la sociedad. Los infantes ya no querían ser princesas multicolores o príncipes azules, ¡no!, ahora querían ser como Bastian, Josephine o Sandokan.

En las noches del mes de octubre del 78 las plazas eran puntos de reunión para los manifestantes. Se agrupaban a cantar y a bailar, algunos leían poesía o pequeñas novelas que avivaban a la muchedumbre, daba la impresión que con cada párrafo o estrofa que se leía, las ideas cobraban vida y danzaban al ritmo de las prosas.

Las bibliotecas, librerías y un gran porcentaje de la población apoyaron de igual forma la huelga. Era común ver en las ciudades fogatas inquisitivas en donde quemaban cuentos y libros infantiles. Las personas se habían organizado, la calle era de ellos y el destino de la sociedad también.

Todo indicaba que el futuro utópico sería real. Pero no fue así.

Con el tiempo la huelga perdió fuerza. La gente, aburrida de tanta monotonía, fue embaucada por nuevos líderes que predicaban el culto a «la letra de fuego», donde les inculcaban una doctrina basada en danzas y lecturas cortas. Ni que decir que para 1980, la vida volvió a lo que era antes de la huelga.

La intención fue buena. Todos pedían un cambio y se les dio.