La noche se va


A mi madre

Que mira, que mira,
que mira cómo vengo.
Oliendo mariposas
siguiendo flores bordadas de tu pañuelo.

Que mira, que mira,
que mira cómo vengo,
dando alas a los charcos.
Nubes que has pisao de mi firmamento.

Que mira, que mira,
que mira cómo vengo.
Cantándote sin la pluma de la gallina,
ni la tinta del calamar.
Sino dándole un nuevo día
a la noche que ya se va.

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Derecho a vivir una vida patética


Vive una vida patética.

Toma mucho tiempo
llegar a la certeza
del fracaso, de los descalabros
de los sueños y las frustraciones
por aquellas cosas que no intentaste;
adelantándote al revés.

Vive tu patetismo.

Cuánto te costaron armar
todas las excusas o cómo
el tiempo te acorrala cada día.

Vive una vida corriente,
por muy patética que sea.

Bernarda octogenaria


Duerme apaciblemente sosteniendo
el alba en sus respiraciones: uno-dos,
uno-dos, uno-dos, uno-dos, uno-dos.
La noche la acurrucó entre la luna y la
corola de una dama de noche. Sobre ella
dormía como una amiga en el cuarto de
invitados. Bombea de forma asistida un
pulmón artificial enchufado a la corriente.
Insufla el aire a su nariz e inyecta la presión
necesaria. Sobreviene la viveza que pesa en
los cuerpos desgastados. La cama algodonada
cruje a su movimiento. Bernarda habrá cumplido
más de la ochentena de años cuando haya perdido
el luto, los prejuicios y el miedo al opresor.

La verdad en las calles


Las calles
se aproximan
a la verdad
cuando quedan
desiertas
o cuando
las masas
despiertan
de su clamor
yacente.

Árbol caído


Cuando no puedas
resistir la fuerza
de la gravedad
sobre tu cuerpo,
yacerás como rama
en el suelo.
En medio del bosque
buscarán para encontrarte,
para que nadie te tronche
al pisarte. Conformas
el otoño de todas las hojas
amarillentas que destacan
sobre los ocres caducos.
Por eso te buscan
marchito.

Un día de vueltas


Pensaba en las peonzas
y en la vida
y en cómo el eje cambia,
para acabar detenida en el suelo.

Pensaba en aprender a mecer
la paciencia y en su reposo
y acabé prefiriendo el giro
al gris del asfalto.

Donde está la vida


Está en la flor morada
erigida entre cenizas.
Y en la primera llama
aunque arda hasta el fin.

Está en el ave primeriza
y en el buitre moteado.
Y en el cielo.
Y en las plumas.

Está en el verso agazapado
y en el que salta la frontera.
Entre el error y su muro.
Entre el acierto y su castillo.

Está en los zapatos sucios
y en las suelas desgastadas.
Y en el camino.
Y en la vereda.

Y en el rastro.
Y ahí.

Y