Parábola del sembrador


El dinero es una flor.
Cuando sus semillas echan raíces y se agarran a la tierra en la que habitan, siempre permanecen las más fuertes. Las más débiles perderán cuando germinen en la misma zona.
El dinero es una flor.
Hay que ser observador para ver su comportamiento social. No hay una red jerárquica marcada. Se puede saber, incluso, que una planta podría dificultar el crecimiento de otra, mientras favorece el crecimiento de una tercera. Así son las cosas. Las raíces de contactos varían el orden del mundo.
El dinero es una flor.
Hay personas que poseen en sus manos ramas de billetes perennes, parecen no caer, se mantienen frescos durante todo el año. En cambio, quienes tengan, entre sí, ramas de billetes caducos, deberán cuidarse. Encontrar el equilibrio les será difícil mientras caen billetes, de entre sus manos, con la suave brisa.
Mi fascinación por la naturaleza me ha enseñado tanto que aquí estoy, plantando billetes de cincuenta euros en el nuevo macetero de mi balcón. Lo colocaré en una esquina que le dé bien el sol. Lo regaré cada dos o tres días.
Cuando abra su flor, oleré mi fortuna.

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Alejandra


A Alejandra Pizarnik

Hablan de tus demonios y no
ponen cara a tu espíritu.
Hablan de tus males y no se apenan
al hacerte princesa de la miseria.
Hablan de tu cárcel, pero no de
lo sobrenatural de tu canto libre.
Hablan hablan hablan hablan
y dicen tu nombre en vano.
La angustia reina para todos,
a todos se acercan los demonios
y todos nos hacemos jaula, alguna vez.
Hablan hablan hablan hablan
pero regresas cuando pronuncio
tu nombre, Alejandra. Eres canto
en mi invocación y pájaro que migra
y cría desde mi norte hasta mi sur.

Mi barrio


Allí, donde las sombras corretean hasta que
se bajan las persianas y se apura el último rayo
de sol, he visto al comentarista más especializado
en equipos y técnicas futbolísticas. Allí, sentado en uno
de los bancos de mi barrio. Porque a simple vista, mi barrio
es un extrarradio, pero ha cambiado la dirección en la que el pueblo
crece. Y hay quienes caminan sin importar si van por acera o calzada.
También ocurre que las luces de las farolas no se encienden ni todas,
ni de golpe, pero tiene luz por mitad de la manzana. Su media naranja.
Porque a simple vista, mi barrio es un extrarradio, pero cada día soy
peregrina de un camino que remato en el mismo punto. Punto brillante
en el cielo con nudo en el extremo del hilo de mi aguja.
Y allí, mi hogar. Y así, mi barrio. Allí, donde mi barrio hogar.

Venenosa


Ojalá que la despedida nunca
se seque en tu garganta. Y allí, habite
durante el lamento. Coserá a hilos,
retorcerá tu laringe y tocará
tus cuerdas como violín. No soltarás
palabra. Quien escribe sutura, una y otra
vez. Una y otra vez, tragas la pus. No
soltarás palabra. Será el tiempo raso
quien acudirá a ella y pondrá sus manos
sobre ti, desenredando el nudo como flor que se abre.
Tu paladar renacerá al degustar cada palabra
y todas se abrirán ante tus dientes y tus labios,
cuando tu lengua escupa la tinta de tus venas.

Cucarachas


Vi asestar doce puñaladas
a un costal de lona lleno de pan.

Pensé en la dolencia de lo mullido y
en cómo florece la saña entre espigas.

Se dirigieron a mí: «Y a ti, ¿qué roe tu
estómago? Y a ti, ¿quién te convierte
en alimento delicioso y pestilente, lleno
de huecos?». Era el mismo roedor que asía
el cuchillo, el mismo del que tragué anzuelos.

Cuatro o cinco panes rebanados en aquel costal,
sobre el que correteaba hasta encontrar la mano que aplasta
y queda limpia, aun sin bañarse en agua.

Paseo desde tu puerto a mi galaxia


Noche ancha, cabeza tibia. A un lado de la almohada se encuentra el puerto. Destruido ayer por las olas. Caminar, caminar hasta el lado opuesto, atravesando una galaxia gigantesca. Hormigas pateando de hombro a hombro mi cuerpo. Llego a la terminal A del puerto, soy barco atracando en el puerto.

El reloj no marca la hora de mi pulso. Abro los ojos y lo miro, de nuevo, equivocando el ritmo.

Un paisaje reconstruido a charcos y reflejos de árboles truncados. Papeles y plásticos escapan de las papeleras y saltan desplazándose en sucesivos brincos. Mis pestañas se balancean y juego a alcanzar la calle. Sí. Elevo los brazos para tocar la libertad. Sí. Soy papel y plástico. Sí. Consigo adelantar el reloj y ralentizar el ritmo, igualándonos. Sí. La cama omite las conversaciones del día y cuida de que la galaxia que me habita no se destruya. Sí. La fui tejiendo y fui también araña. Sola. Siempre sola. Lenta, muy lentamente*. Busqué un hueco, el oxígeno que no destruyese mis pulmones, la cuesta interminable, el puerto al que llegar y la galaxia que me habita. Sí. A la que doy vida y estrellas mientras respiro.

*«PUERTO ADELANTE», Alejandra Pizarnik.

La danza de la lluvia


Plegaria jamás dicha
—pasaporte de cada día—;
¿alguna vez podrá ser realidad
el baile de la alegría?

Cae la lluvia.
La necesidad de la tierra es otra.
La necesidad de la tierra es mía.
Por eso cae la lluvia tras mi canto.
Yo no creí. No supe del poder
de un grito, del desgarro profundo.
Nunca fui testigo de un milagro.

Mi corazón carga el gozo y mis ojos
viajan, pasajeros de la lluvia, al sur.
Un mar de fango, al fondo. Beso una película
de esa masa absorbente que me llama. Yo no creí.
No supe que acabaría con la negritud del pozo. Yo no creí.
Pese a ello, canté sin esperar la danza o el asombro.