La danza de la lluvia


Plegaria jamás dicha
—pasaporte de cada día—;
¿alguna vez podrá ser realidad
el baile de la alegría?

Cae la lluvia.
La necesidad de la tierra es otra.
La necesidad de la tierra es mía.
Por eso cae la lluvia tras mi canto.
Yo no creí. No supe del poder
de un grito, del desgarro profundo.
Nunca fui testigo de un milagro.

Mi corazón carga el gozo y mis ojos
viajan, pasajeros de la lluvia, al sur.
Un mar de fango, al fondo. Beso una película
de esa masa absorbente que me llama. Yo no creí.
No supe que acabaría con la negritud del pozo. Yo no creí.
Pese a ello, canté sin esperar la danza o el asombro.

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Días que son mar


¿Se puede odiar un día que aún no pasó? No hace falta mirarme al espejo para ver mi rostro mientras me hago esta pregunta. Me reflejo en ella.

Estoy sentada, bastante cansada. Mi cuerpo se encoge y tirita de frío. Mi mano pide coger papel y pluma y hace el esfuerzo de poner orden a las ideas de mi cabeza, dicen que funciona. Dicen que verter, en papel, los pensamientos, sirve. Aunque cada vez que yo utilice este método, sea para dejar fluir a las palabras que están en mis pensamientos, para que sean agua, para que fluyan como un río. Río que desde su nacimiento no sabe a dónde se dirigirá, pero todos sabemos que termina en el mar.

Odio el día de mañana, me repito otra vez, frente al espejo.

Mírame, no sé cuántas veces habré tenido esa frase rodando por mi mente. En realidad, por llevarme la contraria a mí misma, sí lo sé. Dos días al año, dos días en los que la vida decidió marcarme como una página del calendario, como una página que cuelga, a la vista de todos, y está presente continuamente.

No odio al día de mañana por lo que será, sino por lo que es.

Parecerá extraño decir esto en presente cuando es futuro. Hay días pasados y futuros que siempre serán presente, pese a que no lo sean adrede, es su esencia. La raíz del día, que habiendo ocurrido o pendiente de ocurrir, es otra cosa. Ser en presente. Ser, siempre, pese al tiempo que pase.

Por eso, es hora de despertar y de que acabe esta película: Los días que son mar.

Torpeza


He repetido la acción
una y otra vez:
colgar un abrigo en el perchero,
recogerlo del suelo,
volverlo a colgar.

Durante unos minutos
mi único objetivo era colocarlo
en el lugar que le correspondía.
Siempre he tenido el mismo resultado.
Siempre he repetido el mismo acto.

Ni siquiera he aprendido
cuándo ni cómo realizar esta tarea
correctamente, a la primera,
¿cómo voy a llegar a ti
en mi primer intento?

Larga vuelta a casa


Daniela salió del Aleatorio Bar apenas terminó el recital de María Sotomayor. Era jueves por la noche, entrada la madrugada, las calles parecían desiertas. Entre semana, ir a deshoras significaba alejarse del horario de trabajo. Estaba a una media hora de casa caminando, así que decidió ir paseando hasta Arapiles, su barrio, en Chamberí.

Había ido sola, como otras tantas veces, lo había comentado con amigas. No quería perderse la presentación de «Nieve antigua», en uno de sus bares preferidos. Se había enfadado y había dicho que ya no era una niña cuando sus amigas le pidieron ir informando, por WhatsApp, de la noche y de su vuelta a casa. Aunque tuvo que ceder al recordar cómo ya tenían por costumbre avisar al llegar a casa.

A diecinueve grados, no hacía demasiado frío para darse una pequeña caminata nocturna hasta casa.

Giró a la derecha por la calle Carranza, e inmediatamente, echó la cabeza hacia atrás, al escuchar unos pasos. Pensó que ahora hubiese sido útil no haber dejado las clases de karate de su infancia. Siguió caminando, frenando sus ganas de echar a correr.

Cuando llegó a la calle de Fuencarral el tránsito de vehículos era intermitente. Por aquí había más transeúntes, era una calle por la que la gente paseaba, corría y se entretenía, a cualquier hora, deambulando.

Sujetó su bolso con más fuerza. Aquella sombra, y aquellos pasos, seguían tras ella. A la altura de los Cines Verdi ya había pensado en la longitud del camino. Lo había recorrido en muchas ocasiones, pero esta vez, parecía mucho más largo.

Al escuchar unas risas a unos cuantos pasos, cogió el móvil e hizo como si hablara con alguien. El paso acelerado, como su corazón, a cada minuto aumentaba el volumen de su propia respiración, ahora más fuerte. Incluso pensó que sería difícil escuchar todo su alrededor, si su propia respiración estaba tan acelerada. Ver a un borracho tirado en un portal, mientras mascullaba palabras sueltas aletargadas por su embriaguez y sueño, no la ayudó.

Llegó al 137 de la calle Bravo Murillo y al sacar las llaves del bolso los pasos y la sombra que la habían seguido se detuvieron.  Metió la llave en la cerradura del portal y miró atrás. Un pequeño cachorro tiritaba de miedo, y frío, ante sus ojos. Daniela se agachó y acarició al labrador que la miraba con negros ojos brillantes.

—¿Tienes miedo? ¿Ha sido muy larga tu vuelta a casa? ¿Estás solo? —preguntaba mientras seguía acariciándolo. Buscó el collar que no encontró. Juntos entraron al portal. Cerró la puerta. Ya estaban seguros.

Gestación de autonomía


Foto: Gema Albornoz

Puede que nadie te vea,
hasta que tú te mires.
Puede que no encuentres el brillo,
porque tú seas luz.
Puede que, a veces, te escondas
—cada vez que seas laberinto.
Puede que siga pasando el tiempo,
solo, hasta que tú lo detengas.
Puede que suene la música
y tú seas alguna de sus notas.
Y puede, puede que cuando no te mires,
no te veas como luz, te líes como hilo
laberíntico y el tiempo te sobrevuele,
mientras canta. Y entonces, seas tú,
en ese momento, serás tú y no otra.
Serás tú y eso te bastará.

El nacimiento de Versus


Una voz habla,
una ola rompe
y mi mano derecha flota
entre la línea marina de mis pensamientos
y la lignina de mis hojas.
Extraigo el néctar de cada verso
—miel a mis labios—
aguardo en mi colmena
sin ser reina,
esperando por un poco de trabajo.
Mi mano se posa en el pétalo abierto,
escucho el rugir del mar
y la voz —esa voz— tararea el canto.
Nace otro poema —Versus.

Nacimiento de la diosa Soledad


Condenada al desconsuelo

se esconde en la oscuridad.

Sin proporcionalidad

amó y tanto retó al cielo,

y tanto, tanto amó al fuego

—guardó luz en su interior.

Ardiendo desde su flor

germinó el desasosiego.