Nacimiento de la diosa Soledad


Condenada al desconsuelo

se esconde en la oscuridad.

Sin proporcionalidad

amó y tanto retó al cielo,

y tanto, tanto amó al fuego

—guardó luz en su interior.

Ardiendo desde su flor

germinó el desasosiego.

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La supremacía de la verdad


Soltamos verdades
como migas de pan,
señalando el camino
nos aleja de —todo—
lo demás.

Una verdad a medias.
Una media verdad.
Una verdad completa
nos libera de —todo—
lo demás.

Una verdad engañosa
extendida en la visión,
accediendo directa al fondo
—consciente evolución.

Una verdad privilegiada
cómplice del engaño:
la verdad de otro
no es la mía.
La mía, por serlo, es —más—
más verdad.

Intramundo incipiente


Abro las puertas
de mi propia Babilonia.
Entran conmigo los rechazos
golpean
transforman
mudan.
Con lo que fracasé
con lo que mentí
con lo que perdí.
No conseguí rendición,
ni honra, ni extravío.
Cojo piezas
desarraigo
alienización:
intramundo incipiente.
Ordeno ruinas.
Construyo mi paraíso
donde nadie toca luz
excepto mi mano izquierda.

La mirada de nadie


«Barrotes sobre su piel», por Gema Albornoz.

La punzada
continúa.
Y se encoge.

Filtra el dolor,
ahora, caricia.

No hay preguntas,
ni intrigas
sobre el origen.

El banco —su cama—
lo protege del mundo.

Cae brazo al suelo,
roza el caos.

Sale al exterior.

La mirada de nadie
lo alude.

Vuelve al calor,
barrotes
sobre su piel.

Memento fugaz

Memento fugaz


Legados que vivo y lloro


¿Dónde estabas
cuando quise tu abrazo?

¿Cómo no nadar
por ese arroyo salado
de tus ojos?

Algo que busco
y sólo puedo encontrar
tras arbustos.

Algo que viene conmigo
en cada capa de mi piel
y desvisto cada noche.

Mi herencia.

Esa que lloro
cuando recuerdo
y vivo
cuando me olvido.

Nunca hasta ahora


Apenas han pasado unas pocas horas desde que te fuiste, sin embargo, ya me parecen años. Quizás haya perdido, al fin, el sentido del tiempo y con él, la cordura de mis ojos al ver las manecillas de cualquier reloj como enemigo, puesto que siempre me han llevado la delantera en tu despedida.

La última vez que estuve a tu lado, estaba tumbada a tu vera. En tu cama, tu calor rezumaba por todo mi cuerpo. Entonces, respiraba tu paz y tu expiración entrecortada. Mirando tus manos, mis ojos acumulaban unas lágrimas que no han querido brotar desde entonces, así como así, así como todos lo han hecho desde esa tarde de sábado en la que me marcas a fuego una fecha. Nunca hasta ahora había tragado tantas. Una cascada de ellas, que no para de fluir y salir hasta calmarse levemente.

Personas se acercan a mí, yo sonrío mientras me dan sus respetuosas condolencias. Qué ironía. Sonrío cuando tengo ganas de llorar. Otro día que odiaré. Otro día en el que me quedé sin darte un abrazo. Aunque esta ocasión sea la última y definitiva. Nunca hasta ahora lo podría haber imaginado. Ahora. Ahora que los busco desesperadamente.

Aquella noche, me hablabas susurrándome cariñosos motes, apenas dos palabras, cada cierto tiempo, cuando parecías volver en ti y a mí. Mientras te rogaba callar para evitar que forzaras más tu voz, esa que parecía desvanecerse con el paso de las horas.

Vi en ti tu vela y su llama apagarse lentamente. Mi corazón no rugió. Fuiste ejemplo de luz y de oscuridad, cuando te apagaste. Todo se quedó manchado con un negro crudo dispuesto a devorarme.

Volví al bicolor haciendo vivo tu recuerdo en mi interior y desde entonces, aquello que me rodea es una estampa de cualquier escena compartida contigo.