Te veo fumar


Foto y kitô: Juan Machín.

Te veo fumar:

las volutas de humo

te acarician.

Miro tus curvas…


Dibujo y kitô de Juan Machín. Modelo y musa: Karla Aguilar.

Miro tus curvas:

son unas catástrofes

matemáticas.

La jaula


Me encerraste

con tu jaula de besos,

¡no quiero salir!

Amor feroz


Dibujo y kitô de Juan Machín

Tú, cual loba,

y yo, salvaje bestia:

nos devoramos.

Tu ceja alzas…


Kitô y foto de Juan Machín

Modelo e inspiración: Karla Angélica

Tu ceja alzas

y levanta el vuelo

Ella, mi deseo.

El eterno retorno


La Historia no tiene final.
Ilya Prigogine

El profesor Juan Machín salió pensativo del armatoste humeante, tomó un libro de cuentos y se arrellanó en su sillón, mientras lo hojeaba. Machín reflexionaba acerca del tiempo, preguntándose como San Agustín, «¿Qué es el tiempo? ¿Quién puede explicarlo fácil y brevemente?».

El problema del tiempo siempre había preocupado e intrigado al profesor Juan. En su niñez, por ejemplo, quedó profundamente impresionado con la novela The Time Machine, de Wells. De adolescente se la pasaba estudiando la teoría de la relatividad y a Samuel Alexander; leyendo a Kant y admirando a Borges. Estudió la carrera de físico y su tesis versó ineluctablemente sobre el tiempo. Escribió un libro que alcanzó fama mundial: Prolegómenos del estudio analítico del tiempo.

Después, se dedicó por completo a la construcción de una máquina para viajar en el tiempo. El profesor Machín había leído un cuento, El eterno retorno (precisamente en el libro El Amor, la Muerte y el Caos. Ecuaciones de lo imposible, que estaba hojeando en ese momento), que le hizo caer en la cuenta de que el núcleo del problema residía en la existencia de una, por así decirlo, flecha temporal. En otras palabras, en el hecho empírico de que el tiempo solo parece seguir una dirección: del pasado hacia el futuro; es irreversible y no existe simetría entre el ayer, el hoy y el mañana, entre lo que es, lo que fue y lo que será, como tampoco hay simetría entre derecha e izquierda (a fin de cuentas tenía razón Kant, según demostró el experimento de Chen Ning Yang) y como probablemente no existe simetría, según postuló Alfvén, entre materia y antimateria.  Las simetrías son marcos de referencia que la mente le impone a la realidad, por ello le son tan queridas al ser humano (por eso, también, unos ojos simétricos como los de Cristina son tan bellos) y las busca por doquier. Sin embargo, el universo no se somete a los marcos caprichosos que el hombre intenta ajustarle y siempre los supera y los hace añicos. Ya Bergson había demostrado que la mente es incapaz de entender a la vida y, por lo tanto, al tiempo.

En el cuento El eterno retorno, el profesor Juan había encontrado, no obstante, la posibilidad de que, a fin de cuentas, sí existiera simetría temporal; pues en el cuento se argüía que el tiempo no puede dar marcha atrás debido a ciertas características de las ecuaciones de transformación que Einstein aplicó en su teoría especial de la relatividad. Esas características contradicen nuestra lógica, si consideramos la posibilidad de invertir el curso del río, de Heráclito. Pero, razonó el profesor Machín, toda la teoría de la relatividad (y la mecánica cuántica) contradice nuestra lógica. Por eso, el profesor construyó un aparato, no para viajar al futuro (según la relatividad especial, el único viaje posible), sino al pasado.

Tardó cuarenta años en concluir su obra, a pesar de que la idea era simple: con espejos y antimateria lograr una violación del teorema CTP y, con la ruptura consiguiente de simetría entre el pretérito y el porvenir, buscar en los procesos bioquímicos una alteración de la entropía del sistema, haciéndola negativa. Estaba seguro de que funcionaría; decidió probarla al fin. Dejó el libro a un lado y programó la máquina para viajar a unos diez minutos atrás (la máquina necesitaba grandes cantidades de energía y por ello debía probar con un lapso muy pequeño), y se acomodó en el interior del artefacto. Dio vuelta a la perilla de encendido y los reactores comenzaron a funcionar, se produjo la antimateria necesaria. La violación de la segunda ley de la termodinámica se logró perfectamente. El profesor Juan Machín salió pensativo del armatoste humeante, tomó un libro de cuentos y se arrellanó en su sillón mientras lo hojeaba. Machín reflexionaba acerca del tiempo, preguntándose como san Agustín, «¿Qué es el tiempo? ¿Quién puede explicarlo fácil y brevemente?».

El número de Dunbar-Machín


Durante la pandemia del COVID-19, Juan Machín dedicaba mucho más tiempo a las redes sociales que anteriormente, a pesar de haber sido siempre conspicuamente asiduo a las mismas. No sólo subía cotidianamente fotos a Facebook, Instagram, Twitter, Linkedin, Pinterest y su página de artista, sino que conversaba virtual e interminablemente con diversas personas, en especial mujeres que conoció, directa o indirectamente, por medios electrónicos. Aparte de chatear regularmente con Pili, su amante, y algunas examantes que habían devenido buenas amigas, como Hope, Juliana y Wanda, Juan le escribía diariamente a Martha, una de sus modelos preferidas y a quien pretendía desde antes de la pandemia. Otras amigas con las que estaba en permanente comunicación eran Gabison y Camila. Pero no fue sino hasta que conoció a Cristina, una hermosa norteña que se ofreció como modelo para la portada de su libro más reciente, que Machín comenzó a enamorarse y tener amantes virtuales. Con Cristina fue una relación intensa pero fugaz, que acordaron denominar “noviazgo platónico” y terminó en la promesa de Cristina de seguir siendo su más fiel lectora para siempre. Simultáneamente, conoció a Jeannette, una hermosa artista boliviana, de quien hizo numerosos retratos. Le siguió Sumissie, quien le pidió la dibujara para verse a través de su mirada de artista, y que rápidamente se convirtió en su sumisa, cumpliendo diversas tareas eróticas y recibiendo castigos cuando no cumplía. Elena, a quien conoció primero en una foto, enviada mediante Whatsapp por su amigo José Guerra, con la apremiante solicitud de que la dibujase y que, posteriormente, retrató en una sesión de fotos con ambos, de la que terminó enamorado Machín.

Juan tenía cerca de cuatro mil “amigos” en Facebook, a muchos de los cuales no conocía personalmente, pero eran amigxs de sus amigxs y siguiendo las sugerencias del algoritmo de la plataforma, les había enviado solicitud de “amistad” y había sido aceptado, al tiempo que admitía casi cualquier solicitud que, a su vez, recibía. En principio, por mera transitividad, si no conocemos a una persona pero tenemos amigxs en común, es muy probable que lleguemos a conocernos y nos volvamos amigxs también. Y, a fin de cuentas, de acuerdo a las investigaciones de Stanley Milgram, todas las personas del planeta estamos conectadas, en promedio, a tan sólo 6 grados de distancia. Es decir, yo conozco a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a quien sea en el planeta.

Las personas somos seres sociales, casi por definición. Sin embargo, a pesar de la apariencia que nos ofrecen las redes sociales de que podemos tener miles de amistades, en la práctica la cantidad real de relaciones que efectivamente podemos sostener está limitada por diversos factores. Ya en 1992, el antropólogo Robin Dunbar había propuesto que una persona puede relacionarse, de manera plena en un sistema social determinado, sólo con una cantidad máxima de personas. Este límite depende, según Dunbar, principalmente del tamaño del neocórtex cerebral y la capacidad que tiene de procesar información. Dunbar se basó en estudios con diferentes especies de primates y encontró que todas las especies pueden mantener contacto sólo con un número limitado, formando grupos de un determinado tamaño máximo, correlacionado con el volumen del neocórtex cerebral. Para el caso de los humanos, después de un exhaustivo estudio, determinó que ese número era de 147.8 miembros. Redondeado a 150, obviamente, se le llamó Número de Dunbar en su honor. Un factor clave que también limita el tamaño de los grupos humanos, según propuso Dunbar, es la inversión de tiempo que las personas deben dedicarle a los otros miembros del grupo.

Las redes sociales aparentemente amplían de manera ilimitada la cantidad posible de relaciones, al facilitar las interacciones de muchas maneras, como el desarrollo de los emoticonos, el recordarnos los cumpleaños, sugerirnos amistades, formar grupos, intercambiar mensajes, realizar videollamadas, permitirnos etiquetarnos, etcétera. Y, tal vez, en plena Era de Internet el número de Dunbar rebase los 150.

Sin embargo, Machín pudo comprobar que era imposible tener un sinnúmero de amores simultáneamente, por lo que decidió acuñar el número de Dunbar-Machín para determinar el tamaño máximo de una posible red poliamorosa. Retomando la idea central de Dunbar, ese número está determinado por la cantidad de información que es posible manejar y la cantidad de tiempo para invertir a cada relación. Y, habría que agregar, en la rapidez para escribir y pasar de un chat a otro, y de Messenger a WhatsApp. La idea se le ocurrió en pleno chat con Elena, cuando enviaba uno de los cotidianos saludos a Martha y Sumissie le preguntó qué tarea le encomendaba y un nuevo contacto le ofrecía una sesión de sexo virtual y entraba una llamada telefónica de Pili. Probablemente, el número de Dunbar-Machín no podía ser mayor a cinco. Y cuando pasara la pandemia, seguramente, debería ser aún menor.