Realidad reversa de salto alterno


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Salto.
Y al reverso.
Salto siempre subiendo
y alcanzando cotas. Y subiendo a través
de peldaños que van escribiendo poemas,
y armando fotos de colores
de imágenes que hacen pensar.
Salto.
Y al reverso.
Imaginado desde una esquina, o desde una silla
que mira al techo en una pieza mexicana.
Por una chica binombre,
que ríe siempre que ríe
en ello por ello y con ello.

Salto que observado dentro de un mapa,
se va propagando hacia Europa,
hacia confines que va heredando,
hacia fronteras que va traspasando.
Salto.
Y al reverso.
Como un globo almacenando alimento caliente,
inmensamente bañado de noticias que no son tales,
y de palabras frontales,
informales, huecos de todo lo que aún no se ha dicho.

Salto porque sí.
Que no solo cae sino que va creciendo,
en un aire que lo merece y que cuando no sube lo extraña.
Salto.
Y al reverso.
Realidad reversa de salto alterno.
En cualquier caso mejor que mortal.

A Carla Paola, que ayer me puso contento.
Muy contento con su contento real, uno de los que empapan.

Escrito a las 12.40 del mediodía en Karlsruhe, una bonita ciudad en medio de la Europa parte del mundo.

El camarero de Labor


Camareros indefinidos y eternos
Foto: José Ramón Gómez Díaz-Rullo

No lo sabe,
él no lo sabe cuando me sirve el café.
Pero yo lo observo y este acto,
mucho menos que el café de su taza de un millón de labios,
me redime.
Sin saber que en su frase está lo eterno,
me dice, me hace,
las preguntas más discretas.
¿Qué si todo bien, que y dónde mis hijos?
Porque en su frase está lo eterno, le respondo que bien,
y que no tengo.
En su andar caedizo y en su afeitado somero
están el desgaste y lo simple.
No lo sabe él y seguro que yo tampoco.
Pero de la nada, de dos vidas ajenas la una a la otra,
en dos oraciones hemos creado una sola boca
sin edad ni distancia,
paradoja límite de la indiferencia.
Así que ahora,
cada día y siempre,
vuelvo al  Labor de corredor eterno,
al lugar de la visceral primavera que parece invierno,
para en algún momento, como la crisálida al gusano,
confesar,
que esa eternidad que yo he visto,
que esa eternidad imperturbable,
se halla en él, detrás de una tosca barra de bar.
Y que allí, frente a la Uhland Strasse en la que toca vivir,
de un modo u otro,
nacerá siempre mientras él exista.

Introspección


Foto: J.R. Gómez Díaz-Rullo
Foto: J.R. Gómez Díaz-Rullo
Cuando preguntaste por las cosas,
por ésas que ves y que tocas,
por aquéllas lejanas e inenarrables,
mas por todas las que supiste de este mundo,
entonces fuiste tú: uno, el importante, el único desde
el que el cosmos se puede ver.
Cuando preguntaste por las cosas,
hace ya muchos años,
tu sonrisa era fácil, porosa, penetrable el viento
en tu boca y la amistad a tiro fácil.
Cuando preguntaste por las cosas,
entonces con el que late pujante, con la fuerza
de las ancas traseras de un saltamontes,
a ti mismo te llamabas niño que juega y que ríe siempre.
Después, cuando las cosas de este mundo no te dieron respuesta,
o quizás una débil o pasmosa,
tu sonrisa blanca se cerró como una puerta afectada de peste,
y entonces, como los misterios flotantes,
comenzó la parte de ti que no está clara. Seguir leyendo «Introspección»