Yo confieso


Confieso que rompí el jarrón de cerámica que te había regalado tu hermano cuando volvió de Grecia, ese que estaba en la cómoda tan coqueta que había en la esquina del pasillo de la casa de San Fernando, ¿te acuerdas, madre? Sin querer lo hice, corriendo alocado con mis seis años, o quizá fueran siete, detrás de una pelota que no dejaba de botar y rodar, con la vista puesta en ella y en nada más que en ella, como un burro con anteojeras, y la cabeza gacha con la que embestí aquella pata elegante aunque un poco coja, sea dicho en mi descargo, que hizo tambalearse al mueble y bailar al jarrón sobre la superficie de madera bien barnizada antes de caer y hacerse añicos contra el suelo. Fui yo, madre, por más que lo negase entonces, negación absurda que de nada me sirvió, pero que mantuve tozudamente mientras recibía unos cuantos azotes y reprimendas.

Lo confieso ahora porque no está mal hacer, de vez en cuando, examen de conciencia, como nos recomendaba don Mateo, el sacerdote contrahecho del colegio de La Salle, aunque sin tantas formalidades ni ceremonias, y también porque ahora me duele más que entonces, no los azotes que recibí, sino el recuerdo de la tristeza que mostraste mientras recogías los pedazos rotos con tus dedos que empezaban a revelar síntomas de la artrosis que hoy te devora, y los colocabas amorosamente en la concavidad de la falda, allí agachada, moviendo la cabeza porque no, no tenía remedio el desaguisado, y dejando escapar una lagrimita furtiva, tan pequeña y contenida que se secó antes de llegar al mentón. Y aquel recuerdo me ha asaltado con la nitidez de lo tangible y la contundencia de una pedrada, y por eso ahora soy yo quien deja escapar una lágrima pesada y torpe que atraviesa el pómulo y discurre bajo la barba casi gris de mi mejilla antes de volar y caer en el polvo del paseo, dejando en él una marca dentada y cóncava como una chapa.

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El toro del lechero


foto Webandi, Pixabay

Fotografía por Webandi (CC0).

Hace mucho, mucho tiempo, en los años del hambre, cuando yo era todavía una niña, recuerdo que los pocos ratos libres que teníamos la Merce y yo los pasábamos jugando y haciendo travesuras. Las dos solas o con otras muchachas del pueblo, nos íbamos a donde un tío de la Merce que tenía las ovejas metidas en un aprisco y nos trepábamos en ellas. Algunas se dejaban montar, pero otras eran más ariscas y saltaban y en un momento nos tiraban al suelo y a nosotras nos hacía tanta gracia que nos quedábamos en el suelo muertas de la risa. A veces, en lugar de subirnos en las ovejas, montábamos las vacas que pastaban en los prados del lechero. Nos subíamos cuando estaban echadas en el suelo, rumiando la comida, y la mayoría de las veces ni se molestaban en levantarse, así que nos sentábamos en ellas como quien se sienta en un tronco caído. Y nos imaginábamos que íbamos subidas en un caballo camino del pueblo, arre, le decíamos, arre caballo, aunque fuera vaca, y las golpeábamos con los talones en los costados, pero nada, allí se estaban, echadas en la tierra, moviendo la boca como si estuvieran pensando en decir algo que nunca decían. En uno de los prados había un toro semental, un animal enorme que apenas alcanzábamos a abarcar con las piernas. Era de color zaíno, y tenía un morrillo enorme y los pitones aserrados. Cuando estaba de pie, tenía la alzada de un hombre, y entre las patas le colgaban los dos grandes huevotes, que cada uno habría de pesar, por lo menos un par de libras. Tenía fama de animal bravo, pero una vez que veníamos la Merce y yo de bañarnos en la ribera lo vimos echado en el suelo, dormitando al sol, y nos dio por subirnos. La Merce estaba menos convencida que yo, pero tú háblale mientras yo lo monto, le dije, y después hacemos al revés, y mi amiga se puso a hablarle acuclillada frente a su cara y yo me encaramé al lomo del toro, que de tan gordo apenas se le notaba el espinazo y tenía el pelo calentito, de haber estado al sol. Yo se lo acariciaba y cuando me encontraba con una bardana enredada se la destrababa y la tiraba. Se estaba tan bien allí subida, con las nalgas calientitas y el sol en la cara, pero una abeja se acercó para picarme y yo la espanté con las manos y grité, un grito muy fuerte, ahhhhhh, y el animal se asustó y se levantó de repente y empezó a correr por el prado, todo tan deprisa que no pude bajarme y no me quedaba otra sino tumbarme sobre el lomo y agarrarme con los brazos y las piernas, fuerte, fuerte, hecha una garrapata, y el animal cada vez corría más rápido y se movía y saltaba hasta que no aguanté más y me dejé caer al suelo. El talegazo que me di fue gordo, pero no tuve tiempo de comprobar los daños porque el toro se revolvió y se vino para mí y tuve que salir del cerco a la carrera. Después, cuando se me pasó el susto, me di cuenta de que me dolía mucho el hombro derecho, mucho, tanto que al llegar a la casa lo tenía hinchado y del doble de su tamaño. Mi padre me echó una regañina y me llevó adonde la Galga, una mujer que lo mismo deshacía un embarazo que quitaba un mal de ojo. Ella me colocó el hueso en su sitio y me vendó muy fuerte el hombro, el brazo y el pecho, y me dijo que me estuviera quieta, quieta por dos semanas, ¿te enteras muchacha? Así que me pusieron un colchón en el portal y allí me pasaba los días, sin hacer nada ni moverme si no era para hacer de cuerpo, porque cualquier movimiento era como si me atravesaran el hombro con un hierro al rojo vivo. Para entretenerme leía las historias de Antoñita la fantástica y algunos días venía verme la Merce y me explicaba lo que estaban dando en la escuela, que eso fue lo peor de aquellos días, el no ir a la escuela. Por lo demás se estaba tan bien allí tumbada, sin hacer las tareas de la casa, sin tener que traer agua de la fuente, ni lavar la ropa, ni fregar los suelos, ni barrer el corral, ni recoger leña ni nada de nada.

Julio Alejandre

Brother Loui


Reme se observa en el ruinoso espejo de la peluquería: camiseta escasa, maquillaje pesado, mechones enredados y rebeldes que lleva teñidos de un rubio pajizo. Junto a la base del espejo hay una barra pintalabios que destapa y se aplica, inclinándose hacia delante, para verse mejor. Se retoca con un dedo y se limpia en un trozo de papel higiénico. Se recuesta sobre el atiborrado tocador, descuelga el bolso amplio y rebusca en él hasta dar con la cajetilla de Ducados. Mete los dedos en el ajustado bolsillo del pantalón para sacar el encendedor, rojo, logotipo del PCE, y prende el cigarro.

Mientras fuma se mueve por el reducido local, cortando el aire estancado y sólido que se cierra tras ella sin circular. Muebles de escombrera, náufragos de contenedor, amenazan con comerse el espacio libre. En sus estantes y repisas, atiborrados de productos, reina un caos irreversible. Hay una radio sobre un pequeño anaquel donde los tintes se mezclan con una pila de casetes. La enciende y sintoniza una emisora. Suena la voz casi femenina de Modern Talking, que habla de corazones rotos y Reme echa el humo hacia el techo lleno de desconchones y manchas de humedad y se pone a tararear la canción, tan, tan, tan, tararán, (only love / breaks her heart / brother Louie, Louie, Louie), mientras marca el ritmo con la mano.

La tarde se ha vuelto oscura más allá de la abierta ventana. Se oye un trueno muy cercano y una red de delgados relámpagos que recorren las nubes culebrean entre ellas sin caer a la tierra. Durante unos momentos parece que se va a arrancar a llover con fuerza. Reme se asoma y una flama pegajosa le lame la cara. Fuera empiezan a caer unos goterones ralos que se estampan sobre el alféizar y salpican diminutos proyectiles acuosos en todas direcciones. La mujer cierra de golpe la ventana para que no siga mojándose el sofá remendado y forrado de plástico donde sus clientas esperan el turno. Pero ha sido una ilusión que dura dos minutos y rápidamente mengua y se desvanece. Sólo queda una sensación de sofoco mucho mayor y un olor rancio a humo de tabaco.

Ser vilano movido por el viento


ser vilano movido por el vientoCuando llegó a Varsovia, una mañana nublada y particularmente fea, a Fabio le pareció una ciudad gris y llena de gente enfadada que hablaba una jerigonza incomprensible; pero después de unos días modificó su opinión y pudo disfrutar callejeando por el Stare Miasto, la ciudad vieja, que, aunque completamente reconstruida después de la guerra, tiene ese aire de dejadez y olvido que la hacen entrañable, subiéndose a sus destartalados tranvías, paseando por los numerosos parques, arbolados y frescos, o por las silvestres orillas del río Wisła, el último montaraz de Europa, en busca de rincones íntimos donde sentarse a contemplar el paisaje o simplemente a dejar pasar el tiempo. En el hotel donde se hospedaba, Fabio hizo buenas migas con una mujer mayor, vestida como un antigualla. Cada vez que pagaba una consumición en el restaurante, la señora sacaba una enorme cartera ajada por el uso, llena de groszy  —céntimos—, que iba contando uno a uno hasta completar el importe exacto. Chapurreaba un inglés difícil de seguir, pero en todo caso inteligible. A Fabio le gustaba hablar con ella por su aire de condesa desheredada y porque le había recomendado visitar un par de sitios realmente interesantes, como el Skware Sue Ryder, un pequeño parque con hermosas avenidas arboladas y senderos diagonales, lleno de madres con niños pequeños y de ancianas sentadas en los rincones más soleados. «No deje de dar una vuelta por el palacio de los viejos reyes, en Wilanow, le dijo en una ocasión, es de lo poco que los comunistas dejaron en pie de nuestra historia».

El día que eligió para visitarlo salió tibio y soleado. El palacio era interesante, quizá no lo grandioso que la señora les había profetizado, pero sí coqueto, construido en múltiples estilos y etapas, como rezaba un croquis que había a la entrada, si acaso dominado por un barroquismo excesivo. A Fabio le llamó la atención la fealdad de los bustos que adornaban la fachada. Parecían representar a emperadores romanos, pero si uno se acercaba podía ver con claridad la deformidad de los rostros, las frentes abultadas, ojos saltones y expresiones cretinas, más de gárgolas que de estatuas: tal vez el artista pretendió retratar el espíritu corrupto de la Roma imperial. Más allá del palacio se extiende Wilanowski, un parque amplio e irregular, con senderos umbríos y estrechos, algunos canales y lagunas, árboles añosos y, entre ellos, una alfombra verde y florida. Fabio caminó un buen rato por el parque, sin rumbo fijo, cruzándose de vez en cuando con otros paseantes, turistas en su mayoría. Había una pareja besándose bajo las ramas protectoras de un enorme sauce llorón. Dos hombres de aspecto nórdico dormitaban tumbados en un espacio despejado, exponiendo sus sonrosadas pieles al sol. Un jardinero estaba atareado junto a unos arbustos, recogiendo basuras y hojas secas con una especie de bastón largo terminado en punta. Una mujer y su hija estaban sentadas en un banco junto al sendero. Un rayo de sol le sacaba al pelo de la niña reflejos cobrizos. En un pequeño prado retozaba un perro ante la atenta mirada de su dueño. Finalmente, siguiendo uno de los senderos, llegó a la orilla del río, en realidad un falso brazo canalizado, donde había un rincón recogido, como un balcón frente al río. Se sentó en un banco para descansar del paseo, pues el cuerpo ya no estaba tan fuerte como antaño y se resentía de cualquier esfuerzo. El lugar destilaba paz por los cuatro costados y Fabio se deleitó en su contemplación; tanto, que tardó un par de minutos en descubrir el parecido que guardaba con un paisaje de Van Ruysdel que tenía colgado en su casa. El pensamiento le llegó de golpe, como una inspiración, y dejó su mente inundada de luz, maravillada por el placer del hallazgo. La orilla que tenía enfrente era selvática, llena de grandes árboles que tendían sus ramas hacia las aguas mansas, casi estancadas, de la orilla. En un pequeño claro entre los árboles, dos pescadores descansaban indolentemente, tumbados sobre la alfombra de hierba, a la espera de que el sedal de las cañas se moviera. El cauce era amplio, con una leve corriente en el centro que levantaba suaves ondas. El polen algodonoso de los árboles formaba una pátina pilosa sobre la superficie del agua, de modo que, si fijaba la vista insistentemente en un punto lejano, percibía cómo se trasladaba lentamente junto con el caudal del río.

La vida de Fabio estaba concentrada en sus ojos. No habría sido capaz de decir si había pasado alguien a su lado, si habían transcurrido unos minutos, unas horas o toda una eternidad. Sólo atendía al paisaje frente a él y disfrutaba la placidez del momento: la suave brisa, el murmullo del viento entre las hojas, el rumor apagado de la corriente, el sol juguetón que ora se escondía, ora reaparecía para pasear su calor por la piel del hombre. Habría querido transformarse en río y fluir mansamente hacia la mar, evaporarse con el tibio sol, ascender y ser nube, mota de polvo movida por la brisa, hoja verde, verdiamarilla o dorada, grano de polen, vilano ingrávido, infatigable viajero de cielos primaverales, átomo de aire, rayo de sol, espíritu puro… nada. Nada.

Nadie sabe qué va a pasar mañana


Niña refugiada

Niña refugiada

Ya clarea la mañana y entonces pasa una avioneta. La avioneta viene delante, explorando, y detrás llegarán los helicópteros. Así que la gente empieza a cruzar el río. Primero los que pueden nadar; pero otros que no saben también se tiran al agua. Por eso, a muchos se los lleva la corriente con sus bultos de ropa y los tanates que cargan. Se ahogan. En menos de nada se ha formado el pánico y es una llorazón de la gente y una gritolera. Veo a una niña que nada para alcanzar la otra orilla. Se le hunde la cabeza y vuelve a asomar tantito más abajo. Chapotea con las manos como loca, hasta que se agota y se deja llevar por la corriente. Antes de desaparecer se vuelve un momento hacia donde yo estoy. Tiene el pelo muy negro y la piel morena y brillante de agua. No la veo más.

Más acasito hay una balsa hecha de petate. Va muy cargada y empieza a dar vueltas al entrar en lo más duro de la corriente. Se va inclinando, inclinando, hasta que se vuelca y todos los que van encima caen al agua. Hay varios niños y mujeres que patalean y bracean en el agua, a la desesperada, y un hombre agarrado aún a la balsa por un bejuco. El hombre se estira para alcanzar a los que nadan pero sólo consigue enganchar por los pelos a un chigüín. A los demás los va alejando la corriente. Una de las mujeres lleva en brazos un niño de pecho y no lo quiere soltar. Lo agarra con un brazo y con el otro intenta nadar, pero se hunde. Al final, puede más la propia vida y suelta al tiernito, que se hunde, envuelto entre pañales azules y blancos, parece una flor caída al agua. La mujer, entonces, nada hacia la balsa y se agarra a ella.

Nunca antes había visto cosas así. Mis ojos lloran y siento como una angustia grande por todos los que se ahogan. Me entra un temblor al pensar en esos pequeños iguales a mis hermanos, en si nos pasará lo mismo a nosotros. Ya no quiero cruzar el río. Estoy abrazada a mi madre y mis hermanos, formamos todos una piña. Mi tío dice que hay que cruzar antes de que lleguen los militares. Sí o sí, dice. Mi padre se anima y botan la balsa, pero no cabemos todos y hay que dar varios viajes. Yo voy en el primero, sujeta con una mano a un madero. A mi hermano pequeño tienen que amarrarlo porque da unos grandes gritos y se mueve y no quiere meterse en la balsa. Mi tío y mi padre van nadando a los lados de la balsa, metidos en el agua. Yo voy nadando también, y por ratos siento que me hundo, pero primero Dios llegamos al otro lado. Y yo tan feliz porque no ha aparecido la aviación y pienso que ya no podrá pasarnos nada. Mientras mi padre se vuelve con la balsa para dar otro viaje, me quito el vestido allí mismo, en la orilla, lo escurro bien y me pongo el otro que llevo, que no se ha mojado y está seco. Ya se ve el sol por encima de los paredones que dan al río y empieza a hacer calor. Mi padre y el tío Luis regresan con el último viaje. Entonces se oye el papaloteo del helicóptero y a todo el mundo le entra el terror. Viene volando bajito, por el propio río, y se queda suspendido en el medio. Forma un vendaval perro que nos salpica de agua, como si estuviera lloviendo. Desde dentro disparan en todas direcciones. Es como un trueno continuado. La gente es toda carreras. Meto la ropa mojada en la cebadera y yo también corro. Me tropiezo y caigo al suelo. Lo veo todo rojo. Me duele en alguna parte, me duele mucho. Mi padre me recoge. Me lleva en brazos como cuando era pequeña, muy apretada, pero no me hace daño. Me acurruco entre sus brazos. Tengo la cabeza apoyada en su hombro y miro hacia atrás. Veo a los soldados allá arriba, dentro de la panza del animal. Se ven los destellos brillantes de los disparos. Son como estrellitas amarillas con tres puntas. Pero no se sabe a dónde va cada bala, de qué fusil proviene. El humo de la pólvora forma una neblina sobre el río y las aguas van volviéndose de color rojo.

Nos metemos en medio del charral, cerca del río, para ocultarnos. Mi padre me deja en el suelo, y aunque la mañana ya está avanzada, siento un gran frío y el cuerpo tan pesado como si fuera una piedra. Parece que se me escapa la sangre por las puntas de los dedos y por las niñas de los ojos. Las hojas de los árboles se mueven tantito. Aún se oyen algunos disparos ralos, perdidos. Todos están cansados, sin ánimo, y nadie sabe qué va a pasar mañana.

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Solo túneles vacíos


capilla

Capilla en ruinas. Foto de Julio Alejandre

El padre de Mariana había sido un marino de agua dulce que entró en la Armada por la puerta de atrás, es decir, haciendo oposiciones a los cuerpos auxiliares, y no estuvo embarcado más que unos pocos días durante el semestre que pasó en la academia naval de Marín. A pesar de no gustarle su trabajo, era celoso de su cumplimiento, y las veleidades de su espíritu inquieto las canalizaba por la senda del conocimiento. Le entusiasmaba informarse y aprender diferentes disciplinas, sin marginar a ninguna de su abanico de intereses. Lo mismo se empapaba un ensayo sobre filosofía que un manual de mecánica, se leía un libro de historia que un tratado de mineralogía. Le gustaban la numismática y la geografía, la jurisprudencia y la historia de la navegación. Un verdadero hombre del Renacimiento. Mariana lo recuerda metido en su pequeño y desordenado estudio, con varios libros abiertos sobre la mesa, ensimismado en su lectura o tomando notas en cuartillas sueltas. Para cualquier pregunta tenía una respuesta y, si no la sabía, la buscaba. De carácter serio y poco efusivo, como padre fue, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Su muerte fue el calvario de una enfermedad sin esperanza que la cogió desprevenida, cuando ella aún se sentía joven y era virgen en dolores y desgracias. Como un seísmo, zarandeó muros y cimientos, agrietó tabiques y arrambló con muebles y enseres domésticos, dejando la casa del alma rota y patas arriba. «Tu padre era nuestra ancla y cuando faltó fuimos un barco a la deriva», le diría su madre; y esa imagen metafórica habría de pervivir y multiplicarse en la conciencia de Mariana: padre áncora, estay, roca, padre piedra y padre cimiento, y casa y firmeza, y cuando murió se lo llevó todo consigo.

Mariana recuerda las salas impersonales del hospital militar, los pasillos alicatados hasta el techo por los que paseaba su abatimiento, los marineros de guardia en la entrada y las enfermeras militares, más acostumbradas a dar órdenes que a recibirlas. Recuerda el sillón de escay negro donde se acomodaba para leerle las aventuras del Marqués de Bradomín, que le gustaban mucho; el rostro moreno y chupado que la escuchaba con atención; las bandejas metálicas en las que servían la comida a los enfermos y los vasitos de plástico blanco para las pastillas; los camilleros desmañados, con el lepanto asomando por debajo de la bata, que venían a buscar a su padre para alguna prueba ingrata.

Recuerda su mirada perdida de los últimos días, cuando estaba atiborrado de calmantes; el funeral en el tanatorio del hospital, llena la pequeña capilla de uniformes azules, las voces comedidas y educadas de los hombres, los susurros de las mujeres, a su madre recibiendo los pésames hecha un mar de lágrimas, el ataúd con la tapa levantada y el cuerpo de su padre amortajado con el uniforme de teniente coronel, tres galones dorados sobre fondo blanco.

Pero sobre todo recuerda aquel dolor que la iba resquebrajando por dentro, que era como un gusano barrenador royéndole las entrañas y dejando solo túneles vacíos.

La otra literatura

El azul de El Salvador


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Entre el volcán y el maquilishuat en flor.