Un día malo


Somos el agua y el fuego,
la playa y la montaña.
Un barco y un velero,
el viento y la calma…
somos noche y también mañana.

A veces la piedra
de quien escondió la mano,
otras, la lengua mordida
que duerme en la boca.
También los brazos abrazados.

Hace tiempo que no soy
ni Ying ni Yang,
tampoco rojo o azul.
No me escondo detrás de banderas
porque me quitan mucha luz.

Aprendí que un día malo
es un peldaño doble,
una tarde de agosto en Sevilla.
Nada que el tiempo no resuelva
con horas y solo en una vida.

Aprendí que el dulce empalaga,
que la sal equilibra el cuerpo,
aunque suba la tensión,
y que la ensalada con aceite y vinagre
sienta mucho mejor.

Porque un día malo es el alba
de un día inolvidable.
El impuesto a la felicidad
que pagamos a plazos,
y otros, con intereses.

Desnudo


Desnudo (vídeo)

El otro día me desnudé en el balcón,
a los ojos de un gato cojo
que se relamía viejas heridas.

Empecé con la chaqueta,
aparentemente tan fría
como el calor que guarda dentro.
Seguí con las gafas
pues para ver a las estrellas
sobran dioptrías…

Me dejé la camisa abierta
por si asustaban las cicatrices.
El pantalón no soportó la situación,
cayó, la arena en los bolsillos
hizo acto de presencia.

De aquellos castillos
son estas almenas…

Solo me quedaban un par de zapatos
con tapas recién cambiadas,
con algo de tacón
pues me gusta vivir en las alturas
y bailar haciendo mucho ruido.

Me desnudé por si no hubiera
una segunda vez.
Prefiero pasar frío
que calentarme y después tiritar
de nuevo.

No quería que me viera nadie
porque no hay mejor secreto
que el que guarda un corazón.

Dos


Fotografía por el autor.

Nací siendo su juguete,
jinete de caballo rocín.
El culpable e inocente,
incluso un «micromachine»

Eran mi «Thelma y Louise»,
el pomo de mi puerta,
mi Babieca y mi Cid,
la ida y la vuelta.

Mis dos torres colosales,
el espejo donde me persigo,
mis puntos cardinales,
el sonido y el ruido.

Están dentro de mi yo,
navegando por mis venas.
No timonean este galeón,
pero son el viento que no cesa.

La vida lo multiplicó por dos,
restando mi soledad,
dividiendo la habitación,
sumando un mundo sideral.

El muro de las lamentaciones,
mi ciento doce,
mis legales polizones,
hasta mi taxista de noche.

No son ni Esteso ni Pajares,
tampoco fulano ni mengano.
Un regalo de sus altezas reales,
nada como un hermano.