Conjuro de primavera



Cambia de voz el día
a la hora que los brazos llueven en flor,
la noche respira lavanda
por el rabillo abierto de la luna.

Del viento cuelga un talismán:
plumas de invierno
y un tacto de miel a la orilla del fuego.

En la punta de los labios un arrebato duerme,
mientras al sol
remozan las risas de las jacarandas.

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Otoño del insomnio


En los párpados, el hábito del insomnio

trenza hojas secas con alas de aves muertas.

Danzón de sombras en las persianas,

el escarnio del tiempo contra los instantes gloriosos.

Llevarse uno, dos sorbos de memoria

al borde de los labios rotos, porque el amanecer viene lento.

No hay más que la perfección de las violetas marchitas,

y yo me guardo en el nido de tu costado,

inquieto como el otoño bajo los párpados.

2015-12-10 02.07.19

Insomne (retorno)


Como una línea azarosa sobre la hoja en blanco, se asienta el rumor de la noche sin respuestas.

En el balcón de diálogo con los muertos, el silencio que todo lo aturde, es el pozo de las dudas, de los días.

A la sombra del helecho triste, con sus lágrimas secas a punto de echar a volar, amordazadas, duermen las manos.                            

 

 

 

Soledad


El día que duerme 

sobre un libro que pasó de largo el olvido, 

la catástrofe del recuerdo.

El látigo que empuña la esperanza,

roto como el agua,

como los párpados cerrados frente al espejo.

  

Anochecer


A la orilla de un cielo
el tiempo se mece
sobre las ramas sin hojas,
un árbol trenza el crepúsculo
con el sueño de los pájaros.

Lejano
el viento llama,
llama de una boca en tempestad
que salta
al encuentro del silencio prometido.

En el sillón
extendido el cuerpo se baña en bronce,
y la tierra
húmeda
despierta al sexo amodorrado de la tarde.

Se rompe el sol
un instante perfecto se desliza,
amante de pasos como luna
que rendido al mundo
flota sobre las pupilas.

El frío gira
gira en el helecho desnudo,
y jadea un eco
a la sombra de las tumbas.

Las manos
deshojan otras manos,
montoncitos de olvido,
luciérnagas
en los pezones de la noche.

No más luz entreabierta
sólo la nada
de puntillas,
y un Diente de león
que aún no aprende a volar.

Mañana


Sea el día que despierta sonrojado
con los labios abiertos,
trozo de coral desterrado
en un velo de espuma,
a la orilla del mar.

Como preludio al beso, el reloj calla,
desnudas
entre las sábanas,
las bocas se bañan de azul.
Azul en las alas extendidas de los pies.

Un palpitar corre por el cuello,
ojos de agua
con barcas a la orilla,
retoza en el sueño un suspiro.
Las pestañas levantan las compuertas
y se inunda el día.

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Nada sabemos


Echo a volar mis manos al vaivén de los días para no escribirte
y el amanecer se queda dormido abrazado a una silla vacía,
mientras el estribillo de la canción
traza tu tristeza de domingo por la noche.
Echo a volar mis manos a un diálogo ajeno
para no tocarte, para no tocarme demasiado,
nos besamos en la frontera donde nada sabemos,
ahí donde las bocas dejan hojas secas en el cabello.

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