Quizás fue un sueño


Foto Edward Polo

Photo by Edward Polo on Unsplash

Tic, tac, tic, tac, tic tac…. Oía el minutero del reloj de la cocina desde mi habitación. El silencio de la noche rebotaba y expandía su sonido por todo el piso, con una inquietante insistencia, como cuando se esparce el eco de tu voz en una casa recién abandonada.

¿Serían las tres o las cuatro de la madrugada? Quizás ya eran las cinco… Añoré las campanadas del pueblo de mis abuelos; te acompañaban puntuales en la soledad de una noche de insomnio; no en la ciudad. Pero yo no tenía insomnio aquella noche, ni tan siquiera me había sobresaltado por una pesadilla. Me desperté, sin más, aunque quizás ahora pienso que no fue una simple casualidad.

Estaba estirada en la cama, la ventana semiabierta dejaba entrar de vez en cuando una agradable brisa estival. Mis ojos abiertos, acostumbrados ya a la oscuridad, distinguían los contornos desdibujados de los muebles de la habitación. Siempre me ha tranquilizado no estar sumergida por completo en la negrura: los objetos se vuelven amigos, compañeros de insomnio, cuando dejan entrever sus vértices.

Pero repito: yo no tenía insomnio esa noche. O quizás ya sí, porque llevaba más de media hora despierta, volteándome como una croqueta en cada costado de la cama. Ahora hacia la derecha, luego hacia la izquierda, después mirando al techo, y vuelta a empezar…, hasta que un zumbido lejano puso mi oído en alerta: llegaba desde la ventana que daba al patio de luces, ¿quizás era el electrodoméstico de algún vecino? Enseguida descarté esa opción porque el sonido no tardó en subir su volumen y se aproximó de tal manera que percibí claramente que entraba por la ventana y se detenía justo enfrente de mi cara.

¿Cómo es posible sentir la presencia de un sonido, adivinar su aliento en tu cara? No lo sé, pero así fue: ese zumbido tenía vida propia. Me sentía perpleja, el corazón desbocado, las pupilas de mis ojos no podían agrandarse más buscando la razón de tanta extrañeza y, de repente, un aleteo atrevido y un leve roce de su zumbido ¡con un toque ligero, diría que hasta cariñoso, en mi mejilla! Después, se marchó presto, como el despegue de una nave espacial hacia el universo que se extendía a través de mi ventana.

De nada sirvió que me pasara la noche en vela intentando buscar una explicación, ni que al día siguiente contara lo ocurrido a toda mi familia, ni que repitiera como una posesa que aquello NO FUE UN SUEÑO. Nadie me creyó.

Unos años después hasta yo misma comienzo a dudar de si este recuerdo, empañado por el paso de los años, fue realmente un sueño o un recuerdo de verdad. Siempre he tenido ganas de que alguien me aclare qué sucedió en realidad.

Mayca Soto. El gris de los colores

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Un deseo para el Santet


Hay días, pocos, en los que puedo tomar un respiro. Parece que quienquieraqueseyo se confabula para que las horas de curro, mis doce horas, mis doce martirios, se sucedan livianas unas detrás de otras, igual que  las doce campanadas de fin de año; prometedoras, como el aire fresco que esta mañana acaricia mi cara. Ocurre muy pocas veces, pero en seguida me percato; me he despertado, he abierto los ojos y me he dicho: Mari, hoy vas a tener un buen día en el zulo. Y de momento nada ni nadie me está llevando la contraria.

Este buen humor, que ahora me da tregua, aparece siempre en pequeñas dosis, como un espejismo. Mañana pasará, se desvanecerá como la fuente en la retina del sediento. Sí, lo sé, agonías, pero ahora estoy aquí apoyada en la puerta de la cocina del restaurante, haciendo mío este trocito de calle, disfrutando sin prisas de cada calada de este cigarro, ¡y que nadie me interrumpa! En este preciso momento, me siento una persona con mucha intuición y mucha suerte: ¡se ha ido la luz y el agua a la vez! Lo sabía: ¡algo bueno me iba a traer el día! Y ¿quién va a lavar esta mañana los platos? La mendalerenda NO, que no puede porque ¡no hay agua! ¡Qué láaaastima! Y hay que ver la cara de cabreo que tiene el león este, como si fuera suyo el negocio, ¡será capullo!

Qué bonita esta fina lluvia que cae como pidiendo permiso, mira cómo humedece el polvo de la calle. La acera aún despide, como un horno que se abre, el calor sofocante de toda una semana a más de 35 grados. Por suerte, el sol está muy lejos, ¡quédate ahí arriba escondido todo el día, majete! Y qué nubes, negras y amenazantes; me recuerdan aquel cuadro de Turner. ¿William Turner se llamaba? Ay que ver mi cabeza, que se me va ahora al colegio y a las clases de Arte. Es que me gustaban mucho a mí esas clases, con diapositivas y todo. Y el Turner era de mis preferidos, sobre todo esas pinturas del mar con sus olas embravecidas golpeando sin piedad a barcos indefensos. De solo pensar quién estaba allí dentro me daba un mareo. Si hubiera sabido entonces que yo iba a ser tantas veces como ese barquito… Bueno, aunque yo nunca he visto el mar tan enfadado, menos mal. Y estas nubes negras no me dan miedo, y a esta calle la tengo ya muy vista. Ojalá llueva. No. Ojalá diluvie una tormenta guapa, de esas de verano, y nos lleve a todos, sobre todo a mí, calle abajo nadando, hasta llegar a alguna isla perdida. ¿Qué tres cosas me llevaría?…

Otra vez el Corsa blanco y el Seat Ibiza, ¿se habrán perdido? Quizá estén buscando la playa, que está cerca pero… ¿Con este día? Qué sé yo…, hay gente para todo. Y este narigudo ¿qué mira? ¡Como si yo tuviera monos en la cara! ¿Te imaginas que ahora para el coche y abre la puerta y me invita a subir? Ay, no, este no, este no me gusta, que es muy feo; mejor aquél, el del coche verde, que tiene mejor pinta. ¡Qué fácil! ¿no?: Hola, sube a mi coche, te llevo a dónde tú quieras. Sé que quieres marcharte lejos. O Mejor: ¿Me estabas esperando? No sufras, amor, he venido a buscarte. Y yo, sin mi bata gris de cocina, claro, mejor con una falda de tubo roja, una blusa blanca escotada y unos zapatos de tacón…, y con diez quilos menos y, ya puestos, sin esta mirada gastada… Y divina de la muerte, respondo, sí, ahora mismo. Cojo mi maleta, roja también, y me subo. Y antes de cerrar la puerta dejo ver, como en una peli, estos bonitos talones que enmarcan unas bonitas piernas laaaaargas, que no tengo…, ni tendré. Joder, ya me estoy chafando el sueño.

¡Toma, vaya trueno! ¡Qué luz! ¡Si hasta se han visto algunas de las esculturas que sobresalen por encima de la tapia del cementerio! Qué cerca que tenemos este cementerio del Poblenou. Da un poco de yuyu… ¿Debe de estar todavía el Santet? Pues claro, Mari, menuda pregunta tan tonta, cómo se va a ir por su propio pie si el vidente ese está muerto desde hace más de cien años. Por muy vidente que fuera, se murió y punto, como todo quisqui. Pero dicen que si le pides un deseo, te lo concede. ¿Será verdad eso? Pili y Eva me dijeron que sí, y que conocían a más gente a la que también. Se ve que su tumba está llena de cartas de decenas de personas que han ido allá a pedirle algo. Francesc Canals i Ambrós se llamaba. Y el tío no solo sabía ver tu futuro, también el día exacto de tu muerte; menos mal que ya no habla, porque eso no quiero yo saberlo. Oye, pues ¿sabes qué? Que si en media hora todavía no hay luz ni agua, me acerco. Y le pido yo mi deseo. Entro y le pido el mío. Se lo dejo escrito en un papel. ¿Por qué no? Y a mí me lo dará también ¿Por qué a mí no? Por una vez en la vida que le pido algo a alguien, aunque la haya palmado ya… Para que se cumpla dicen que uno tiene que volver sobre sus pasos, sin darle la espalda a la tumba; qué corte, espero que no me vea nadie…, venga, qué más da, lo pruebo. Pues voy a ir, ¡sí señor! Voy y se lo pido. ¿Cuál de todos los imposibles que tengo? No sé, qué más da, con uno me conformo…, o con dos…

– Mari, ¡venga, a trabajar! ¡Que ya han dado el agua y tenemos luz!

Vooooooy!

Bueno…, iré en la comida, fijo.

 

Mayca Soto. El gris de los colores

Este aliento


Fotografía por Alex Wigan (Unsplah).

 

No vinimos para quedarnos,

bien lo sabe este pájaro

que alza el vuelo,

o la nube

que se diluye en nuestro cielo,

como agua entre los dedos.

Pero este aliento,

bocanada de aire codiciada por los vivos,

siempre huye de la muerte;

sabe del calor en otros labios,

sabe del olor de la tierra

cuando se revisten sus huellas;

sabe de tu roce,

vida,

en su pulso acelerado.

 

Mayca Soto. El gris de los colores

Princesas


Foto de Tamara Menzi

Foto de Tamara Menzi. Unsplash

Era invierno,
y había una plaza grande
tras los árboles,
con una escalinata solemne,
demasiado solemne.
Y había un vestido blanco,
de cola.
Y había un velo blanco
desparramado
sobre varios escalones,
lacio como un desmayo.
Y había una novia,
de espaldas;
cintura entallada,
mirando al objetivo.
Y había una mano entrelazada.
Y otra mano que acogía unos dedos crispados;
por el frío
por los nervios
por el peso
edulcorado
de tanto futuro.
Y había unos hombros destapados
—hacía frío—,
luciendo promesas.
Quizá también había un zapato de cristal,
pero no lo vi.
Y había un novio,
de negro o de gris…,
que se parecía a todos los novios
de todas las bodas,
pero este creo que no era ningún príncipe.
Y había un sol que compartíamos.
Y había su mirada.
Y había la mía.
Dos miradas,
cinco miradas,
o más…
Dos mundos dentro de millones de mundos.
Dos polos opuestos
bajo ese cielo.

Mayca Soto. El gris de los colores

Más café


Foto. Natalie Collins. Unsplash

Abrazo con mis manos
la taza de café
como si fuera la última vez,
mientras este oro negro
arroja cincuenta mililitros
de esperanza
en mi nuevo día.

Cincuenta mililitros dan para mucho,
aun en los amaneceres más desvaídos:
con el primer trago, bendigo la suerte de estar viva,
y apago la sed de ti:
dulce cafeína.

Un segundo sorbo;
diez mililitros más,
y la noche da un paso atrás;
quedaron sin boca los monstruos que tejen trampas,
y después esperan, trasmudados,
bajo las alcantarillas.

No ha salido el sol aún,
pero todo se sitúa
en su justo espacio,
ocupando
la medida exacta
de las cosas.

El viento arrastra una densa nube negra,
que se aleja.
Se pelean: la luz de las farolas y el amanecer;
ojalá fueran así todas las guerras.

Un tercer trago,
y remiendo todas las dudas,
que hoy traigo hilo y aguja,
que esta mañana sabré encajar
las dos piezas de esta costura.

Con el último sorbo,
me levanto de la silla;
hay mucho por hacer;
lo haré con calma
que llevo prisa.

Y al poso,
lo muevo y lo remuevo
hasta que muda su forma,
que hoy nada ni nadie,
ni yo,
va a poder amoldarme en su horma.

Dejo la taza en la encimera;
no:
mejor le voy a tallar un marco de madera
—aprenderé—;
y, así enmarcada, la voy a colgar
de mi pared,
como un recuerdo.

El gris de los colores

El círculo


circulo

Foto Levi Xu. Unsplash

 
La niña trazaba un círculo con su pie, pequeño y desnudo, y la arena del parque obedecía envolviéndola en una circunferencia. “Aquí estaré a salvo de su tristeza” se dijo, relajando la tensión de su rostro.

 
A pocos metros, una mujer y un hombre la observaban sin disimulo: “¿Has visto como se cierra sobre sí misma, aislándose de su entorno? Ya te lo dije, es demasiado introvertida”, observó el padre psicólogo, y corroboró la testigo amorosa; como siempre desviando la atención hacia un aspecto circunstancial.

 
Los adultos nunca saben mirar bien.

 

 
El gris de los Colores

Lágrimas (II)


Foto. Andy Beales. UnsplashFoto. Andy Beales. Unsplash

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE:

… Tú buscabas ahora las rojas. No hacía ni un mes que las habías colocado en el quinto estante. Te había costado mucho recogerlas una a una de tus ojos inflamados; con el paso de los años, cada vez te costaba más llorar. Lo mantenías en secreto, ya que quien perdía esa capacidad era internado en el Sanatorio de Lágrimas con un diagnóstico que lucía el nombre un tanto ridículo de: Lagrimitis Incapacis. Los pacientes solían regresar de allí cambiados, transformados, ausentes y, sobre todo, incómodos con el título de incapaz que colgaba como un letrero luminoso en sus vidas.

Juan, tu amigo del barrio; Pedro, el novio de Clara; Luis, el vecino del cuarto, y Elena, tu prima; a todos ellos los conocías bien. A su regreso habían perdido el brillo de su mirada, se habían vuelto taciturnos, y evitaban hablar de su estancia en el sanatorio… Recientemente, un eminente psiquiatra, que había sido despedido de uno de estos centros, se había atrevido a conceder una entrevista en uno de los canales sociales más influyentes, y había afirmado que allí era practicada una reeducación emocional «excesiva y perturbadora». La entrevista causó mucho revuelo, pero no tardó en caer en el olvido tras la emergencia producida por las recientes inundaciones en las costas europeas.

«¿Qué les harán?», te preguntabas mientras mirabas tus enlutados potes rojos. Allí estaban tus lágrimas más frescas, flotando en sí mismas, indemnes, bañadas en su transparencia encarnada; lucían un brillo hermoso, como de plenitud, que no supiste reconocer porque la duda que sembró en ti el experto no te permitía admirarlas. Las habías recogido a días sueltos, cuando el dolor te asaltaba sin avisar como una tormenta de verano.

El primer pote rojo se quedó pequeño en seguida pocos días después de su muerte. El segundo tardó más en llenarse, unos seis meses aproximadamente. Y el tercero todavía estaba por la mitad. Colocaste los tres recipientes rojos encima de la mesa de la cocina. Y estuviste un rato mirándolos en silencio; cuando la luz los atravesaba dejaban ver tenues iridiscencias. «¿Habrán sido suficientes? El experto me dijo que si había tenido sinusitis es que no sabía llorar bien: «La mucosidad retenida siempre era un síntoma preocupante de sentimientos no expresados», dijo con su mirada penetrante, que siempre te enfocaba avizora desde sus lentes de miope; más que gafas parecían prismáticos diseñados para traspasar el iris de sus pacientes y engullir como una sonda todo aquel pensamiento que pudiera corroborar sus inquinas sospechas.

Te armaste con un boli y un papel —nunca te acostumbraste a la calculadora domótica— y empezaste a hacer cálculos matemáticos. Aplicaste las fórmulas que te indicó el Terapeuta de Lágrimas, y volviste a repetirlas en tres ocasiones; no querías obtener una cifra errada. Las tres veces conseguiste el mismo resultado; tres números inofensivos que, sin embargo, te dolía mirar: 800 lágrimas en un año. «¡Qué desastre! No he alcanzado las mil. Tenía razón aquél imbécil. Lucía, mi amor; Luis, mi pequeño; quizás no haya sabido lloraros bien.»

El repiqueteo estridente de tu smartphone te sobresaltó; pero aún se te aceleró más el corazón cuando viste el rostro que reflejaba su pantalla: era el terapeuta desde su perfil de Skypeforhealth. «¡Qué impaciencia! Pero si me dijo que le llamara yo esta tarde, y ¡aún son las tres del mediodía! Debe de estar deseoso de enviarme a su sanatorio para lucir otra medalla: ¡Otro incapaz recuperado!» pensaste, antes de darle en todo el ojo con un brusco toque en la pantalla que no abrió el servicio, y a punto estuvo de bloquear el teléfono. «¡Joder!»

—Sí, hola, ¿qué tal? —pronunciaste sin conseguir serenar del todo tu voz alterada.

—Hola, Javi, ¿estás bien?, …, quería decirte que después de que te fueras, he sentido la necesidad espiritual de meditar, y he logrado avistar tu espíritu. ¿No lo notaste? No…, claro…, qué pregunta…, ya lo harás cuando alcances otro estado de conciencia… Siento decirte que he visto dos de tus chacras obstruidos… Podemos hablarlo mañana en la consulta. Te he reservado cita para las 9. ¿Te va bien? Supuse que sí, ya que no has vuelto a trabajar desde el accidente. Me imagino que ya contaste tus lágrimas…

—Sí, sí, justo acabo de hacerlo. Ahora iba a llamarte. —Mentías, y lo hacías la mar de bien. Por suerte, la distancia telefónica aminoraba el carisma envolvente y escrutador de tu interlocutor, y te permitía recuperar tu dignidad, pisoteada en la última consulta.

—¿Y?

—Están perfectas, tendrías que verlas: iridiscentes, hermosas, casi mágicas. Están vertidas a conciencia, ¿sabes? Las lloré a pulso, intensamente, con mucho dolor. Y no me importa si mi desgarro no duró los treinta minutos recomendados, o si sollocé menos de diez minutos como reglamentáis, y luego me quedé en silencio en busca de mi espíritu, como indica vuestro estúpido reglamento… No fue así.

—Oye Javi…

—Javier, me llamo Javier, te lo he dicho muchas veces, y ahora estoy hablando YO. Me importa un carajo si hace un mes que no brota ni una lágrima de mis ojos. ¿Sabes por qué, maestro sabelotodo? Porque creo que ya las lloré todas: en poco tiempo y de una tirada, como a mi me gusta hacer casi todas las cosas. 800 en total. ¿A que es un número precioso? Me queda, eso sí, un dolor insalvable; una sima profunda en el alma que no has sabido divisar en tu avistamiento de pájaro mediocre, y que va a quedarse orgullosamente vacía hasta el día que me muera, aunque llore más de cien millones de lágrimas. Y ahora voy a preguntarte una cosa: ¿Se te ha muerto alguien a ti? ¿Alguien a quien quieras de verdad? Déjame adivinar en mi grado inferior de conciencia… La respuesta es tachan, tachan: no lo sé. Lo que sí sé es que seguramente no eres capaz de amar a nadie sin juzgarlo desde tu atril. Y si no, fíjate bien en tu mirada levemente desviada hacia abajo cuando hablas: un signo inequívoco de frialdad hacia el género humano.

— Pe…

—Tampoco olvidemos el movimiento de tus manos: claramente indican que no sabes pensar por ti mismo, necesitas siempre un manual, con el que sentirte superior a los demás. Quizás deberías revisar los motivos que te han llevado a querer ayudar a los demás. Seguramente no son vocacionales.

—Vamos a volver a vernos, no lo du…

Colgaste, exultante, satisfecho, sin darle tiempo a la revancha.

Ahora era el momento de correr calle abajo. En poco menos de diez minutos, una ambulancia pararía enfrente de tu portal. Desde que los servicios públicos discurrían por los viales magnéticos, el tiempo de espera había disminuido; para suerte de los viajeros y, sobre todo, de los accidentados; no tanto de los delincuentes y los fugitivos. Dos camilleros uniformados de blanco, con la insignia bicolor, roja y negra, del Sanatorio de lágrimas —Sanatory of Tears, así aparecía en su web oficial—, bajarían una camilla con correas destinadas a atar tus piernas y tus brazos, y la misión inapelable de adiestrar a tus lágrimas, y a tu corazón. Pero tú aún eras libre. Estabas a tan solo un paso de la recién estrenada estación interplanetaria DronsCitizens; a salvo todavía, aunque por poco tiempo, del rastreo policial modular. Y no ibas a parar de correr.

¡Suerte, valiente!

 

De El Gris de los Colores