Ruego


Quiero acabar con todo de golpe,
arrancar del calendario las hojas de mi vida
hasta llegar a la última, aunque esté en blanco.

Terminar de escribir unas odas sin sentido
y callar mi canción desafinada.

Quiero matar al horizonte vago
que prometió replantar en mi ser 
nuevas victorias,
triunfos incomparables
y solo fracasos veo.

Llévame muerte al silencio eterno
Donde nadie reparará si existo o no.

Arrástrame, destrúyeme, tírame al fondo del mar,
no sé nadar, será fácil. 
No prestes atención a mis lágrimas,  
no son de miedo, son de dolor.
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Hombre al agua


Fotografía: Playa Sector Piñones, Municipio de Loíza, Puerto Rico. Tomada por Mel Gómez 14/octubre/2022
Imagen: Playa Sector Piñones, Municipio de Loíza, Puerto Rico. Tomada por Mel Gómez 14/octubre/2022

Vengo de un país rodeado de agua por todas partes. Sí, de una isla. Todos mis recuerdos están asociados con algún cuerpo de agua: el mar, el río, el lago, la quebrada, la cascada. Mis diversiones también: la bañera con patitos, la piscina en el patio, o el agua de la manguera con la que mi madre nos mojaba en días intensos de calor. Tan pronto ella abría el grifo todos los niños de la calle corríamos a brincar en el charco que se hacía frente a nuestra casa. Aquel líquido fresco que nos aliviaba, siempre iba acompañado de la frase «¡¡¡Hombre al agua!!!», enseguida el chapuzón y después el chapoteo. Los gritos se escuchaban por el vecindario y todos salían a reírse por nuestra algarabía. Terminábamos muertos de hambre y los hombres enseguida preparaban la barbacoa y parecía que estábamos de cumpleaños. ¡Qué felices eran esos días!

Me llamo Juan Adolfo García Colón, todos me dicen «Juancho». Tengo diecisiete años y todavía no me gradúo de la escuela superior. Mi familia espera con ansias que anuncie a cuál universidad pienso ir el año próximo, pues no tengo otra opción, según ellos. «Estudias o estudias para que te hagas un hombre de bien», me repiten. Sueñan con que me vaya a alguna institución de prestigio en los Estados Unidos y cuando me opongo por la distancia dicen: «O tú cruzas el charco o nosotros lo hacemos, así de sencillo». El bendito charco es nada más y nada menos que el Océano Atlántico, sencillito… Claro.

Hoy quisiera morir. Después de una vida tan nefasta, sé que no me entenderán por lo corta que parece ser, no quisiera salir de ella sin la preciosa compañía del agua. Y ustedes se preguntarán el porqué de este súbito deseo. A pesar de los sabios consejos de mis padres me junté con personas que no me convenían. Y no fue porque necesitara dinero, mis padres todo me lo daban, hasta un carrito que me llevaba a dónde quisiera. No sé qué estupidez cruzó por mi cabeza que me metí en semejante problema. Ahora les debo miles de dólares, que no podría pagar ni trabajando cien años, a unos rufianes que andan buscándome porque no pagué la mercancía que me confiaron. Nada más de pensar lo que me harán, prefiero morir plácidamente bañado por las aguas mansas en cualquier punto de mi tierra, pero como soy un cobarde, no me atrevo.

Aunque pienso que mi familia estará más tranquila si reúno el valor. Dirán que fue un accidente y no estarán años torturándose sobre cómo fueron mis últimos momentos: si me secuestraron, si me torturaron, cuántas heridas punzantes tengo, o si me cosieron a balazos.

«Ring, ring, ring». Número no identificado. No contestaré. Seguro que son ellos y es mejor que ni sepan dónde estoy. Sé que no me podré esconder eternamente. Todos conocen la casa de la playa. ¡Dios, estoy tan nervioso! Apenas puedo agarrar un vaso, el contenido cae al suelo irremediablemente. Tengo nauseas, la verdad, ganas de vomitar, y estoy seguro que en breve hasta diarreas me darán. ¿No es mejor morir a esta pesadumbre? Si solo tuviera los huevos para acabar con esto.

¡Ay, no! Espero que a mi hermana no se le ocurra usar mi carro. Puede ser que la confundan conmigo y mi terrible suerte la tendrá ella. ¿Qué digo?

—¡Marisela!

—Oye, ¿dónde andas?

—Salí.

—Estúpido, eso ya lo sé. Es que andan buscándote unos señores muy raros. ¿En qué andas metido? Cuéntame. No diré nada.

—No ando en nada. Tú siempre con tus cosas. Deja de estar mirando series de mafiosos. Solo te llamé para decirte que no uses mi carro porque tiene un problema con los frenos. ¿Ok?

—Juancho, estás muy raro hace días. Sabes que cuentas conmigo.

—Lo sé. Debo colgar.

—Pero no me has dicho… Colgó —dijo para sí.

Ya, lo que me temía, me andan buscando. No pasará mucho tiempo antes de que me encuentren. Todos saben de la casa de la playa. Tengo que salir de aquí. Supongo que estoy en uno de los primeros sitios a dónde me vendrán a buscar. Iré al centro de la isla, a la montaña, por los caminos vecinales, cerca de los ríos las cuevas. Nadie me conoce por allí.

«Ring, ring, ring». El mismo número. Las piernas me tiemblan. Aquí hay un arroyo. Voy a detenerme un momento para tomar un poco de agua, a ver si me tranquilizo un poco. Qué bueno que mamá siempre tiene un vaso en el carro. ¡Ah! Deliciosa. Voy a extrañar a mamá. Mucho.

Lo malo de vivir en una isla es que no tienes a donde ir. Vas de un lado al otro y siempre encuentras agua. A menos que tengas un bote o un avión privado, que no es mi caso, no tienes a donde ir. Das vueltas y vueltas como un ratón en su rueda y no llegas a ninguna parte. Solo hay agua.

«Ring, ring, ring». Mejor tiro el celular por la carretera. Así no lo escucharé más. Hoy es el día. Ya no puedo esperar más. Si fueron a mi casa, están muy cerca de encontrarme. ¿Se atreverán a hablar con mi papá? Pobre, se moriría de vergüenza si sabe que ando en malos pasos. Tanto que me lo dijo. ¡Qué tarde se me ha hecho para aprender!

—Juancho…

—¡Pocho!

Volteo a ver. No puede ser. ¿Cómo me han encontrado?

—¿Creías que no te encontraríamos? Se te olvida que tu celular tiene una aplicación de GPS. Lo tengo intervenido hace tiempo, por si acaso. Tú sabes… seguridad del negocio.

Traté de correr, para un lado, me interceptó uno de sus hombres. Para el otro, no tuve escapatoria. El terror empezó a calar mis huesos.

»¿Dónde está mi dinero? —pregunta el jefe.

Acabemos con esto, me propongo.

—No lo tengo. ¡Ugh!

Sí que me ha dolido ese puñetazo en el estómago.

—¿No lo tienes? ¿Y la mercancía?

—Tampoco, Pocho. Me la robaron.

—¿Cómo que te la robaron? ¿Quién te la robó?

—No me di cuenta.

—¿No? Entonces darás un paseo con nosotros. Ya verás como te regresa la memoria.

Los hombres se miran sin hablar, aun así, se entienden muy bien. Supongo que no necesitan palabras, conocen muy bien sus horribles pensamientos. ¡No! Este camino se parece al de mi casa. ¡Van hacia mi casa!

—¡Les diré! Les diré quién me robó la mercancía, pero por favor, no vayan a mi casa.

—¿Ves cómo te volvió la memoria, niño? ¿Quién la tiene?

—Mi exnovia. Discutimos y se la llevó.

—Ajá… ¿Cómo que se la llevó?

—La echó en un bulto que traía y no me di cuenta hasta que la busqué para regresártela, Pocho.

Ya se me nota la desesperación en la voz, se me están saliendo las lágrimas. Tengo sed, quiero mucha agua. Tiemblo de pies a cabeza. Me estoy cagando de miedo.

—¿Y no la fuiste a buscar?

—Sí, pero ya no la tenía.

—¿No? ¿Y qué hizo la putita con ella?

—La vendió… ¡Ugh!

No me peguen en la cara. Mis padres no van a reconocerme. ¿Por qué no les hice caso?

—Bien, ¿dónde vive?

—No, Pocho. No le hagas daño.

—Sabes que la voy a encontrar. Economízame el trabajo —dijo socarrón.

Como andan las cosas mejor que pase el trabajo. De esta no salgo. Mamita, perdóname el mal rato…

—No diré nada. Acaba con esto.

—No tan fácil, niño.

De nuevo mira a los otros y ríen a la vez. Me tapan la cabeza con un saco negro. Seguimos en la carretera como por treinta minutos. Siento que vamos por una carretera de piedras y el auto se detiene al ratito. Me toman del brazo y me sacan del carro empujándome. Abren una puerta, lo sé por el chirrido de los goznes. Vuelven a empujarme para que entre. Me amarran las manos a la espalda.

—Juancho, ¿dónde vive tu exnovia?

No contesto y metieron mi cabeza en un barril lleno de agua. ¡¡¡Hombre al agua!!! Me mantuvieron sumergido hasta que no podía respirar. Ya no me parecía tan buena experiencia la presencia del agua. Me sacaron, tosí, vomité y me hice en mis pantalones. Repitieron la pregunta. ¡¡¡Hombre al agua!!! Y al agua una y otra vez. Una y otra vez, hasta que me desmayé.

Cuando volví en mí me encontré caminando en la carretera rumbo a mi casa. ¿Habré dicho dónde vive mi exnovia? Noté la quebrada que estaba al lado del camino y decidí darme un chapuzón en esas aguas puras y cristalinas. ¡¡¡Hombre al agua!!!

—Hola, Juancho.

—Hola, mamá. ¿Qué haces aquí?

—Todos vinimos a disfrutar el agua contigo. Siempre nos ha gustado tanto…

Los abracé contento. Hacía mucho que no sacábamos tiempo para bañarnos juntos en la quebrada. Siempre tan ocupados.

—Los hombres que te buscaban fueron a la casa otra vez —respondió Marisela.  

Quéjese al fabricante


Que ya voy de salida, ¿y qué?

No necesito tanto, lo sé.

En mí vive la misma niña

que cantaba canciones tristes

justo antes de dormir.

Entonces no me arrullaban princesas,

solo me acompañaba el pensamiento

de los niños hambrientos de Praga,

de los perros callejeros de mi barrio,

de mis padres dejando la vida

para darme una mejor.

Y mi soledad.

Sigo atada a los recuerdos

de mis amigas riendo, inocentes,

saltando en los charcos

bajo la lluvia a cántaros,

hablando del primer amor,

del primer beso,

que para mí tardó demasiado,

aunque la maternidad me llegó temprana

con una adultez atropellada.

Todo a destiempo.

Me llegan los años y no me acostumbro.

La idea de la muerte no me asusta.

Solo quiero vivir sin relicarios

con la mente despejada

y el cuerpo dispuesto.

De vez en cuando llorar de amor,

o reír a carcajadas con la gente que amo.

Que no maduro, que hago locuras.

Que me digan intensa, ¿y qué?

Fue así como fui creada.

¿Alguna queja?

Quéjese con el fabricante.

Miedo premonitorio


Originalmente publicado en: Revista 4

Pasos


Casi no me di cuenta. Esa mañana puse la cafetera antes de salir a correr como cada mañana. Regresé a darme un baño antes de ir a trabajar. Mi esposo ya había preparado el desayuno y me despedía con un beso de camino para llevar a los niños al colegio. Me sentía un poco rara, indispuesta, costaba caminar. Me dolía la cabeza, los oídos y la garganta. Estaba cansada sin motivo. Había dormido bien, desde temprano en la noche.

Probé un bocado de la tostada que mi marido dejó en el microondas para mí. La eché a la basura, no sabía a nada. Tampoco mi aromático café. Terminé echándolo al lavabo. No tenía deseos de ir a trabajar, pero ese día tenía una junta muy importante. Un poco de maquillaje, un conjunto elegante y ya, era suficiente para la presentación. Agarré el bolso y las llaves del auto y salí. Lista para otro largo día de trabajo.

—Buenos días —saludé al guardián del aparcadero.

—Buenos días —respondió tan amable y alegre como siempre.    

Entré por el sótano y tomé el ascensor hasta el piso cinco, donde estaba mi oficina. Guardé el bolso en la gaveta, examiné y ordené los documentos necesarios y me dirigí a la sala de juntas. Los compañeros estaban llegando y esperábamos al director de la junta directiva. Mientras lo hacíamos, desplegué el plan de trabajo en el calendario de la pared. La cabeza me latía tan fuerte que parecía a punto de explotar. Tenía nauseas. De repente, todo empezó a dar vueltas y solo percibí mi cuerpo navegando en el aire hasta caer y dar un golpe seco en el suelo.

Escuché voces, alguien se acercó a ayudarme.

—Está hirviendo —dijo.

—Llama una ambulancia —ordenó alguien—. Y al esposo.

Oí pasos de un lado para el otro, pero no podía abrir los ojos. Mi cabeza, cómo me dolía… Y los oídos… Y la garganta… Las náuseas.

—¿Dónde está la paciente? —preguntó una voz desconocida y masculina a lo lejos.

—Sígame, por favor.

—¿Qué pasó? —consultó la misma voz ya no tan desconocida y cercana.

—Ella estaba de espaldas a nosotros, de pronto, se desplomó.

—¿Había manifestado que tenía algún malestar?

—Nada. Llegó como todos los días, lista y a tiempo para una junta.

—Bien, tenemos que llevarla en la ambulancia. Tiene temperatura muy alta. Por favor, haga una lista de todas las personas que han estado en contacto con ella desde que llegó.

La sirena de la ambulancia hacía un ruido terrible. No podía hablar para suplicar que la apagaran. Tampoco podía abrir los ojos. Cuando lo intentaba solo veía siluetas enmascaradas. El vehículo se detuvo, bajaron la camilla y entraron a toda prisa, supongo, que a la sala de urgencias.

—¿Signos vitales?

Alguien respondió con una serie de números que no significaban nada para mí, pero todo para el que preguntó.

—Que se siga el protocolo —recomendó.

«¿Cuál es el protocolo? ¡Auch! Eso dolió. ¡Auch! Eso también. Pero, ¿qué hacen? No puedo hablar y decirles que me duele, que lo hagan suave. Me están apretando mucho el brazo».

—Tranquila, vas a sentir el suero, el líquido arde un poquito —anunció una voz muy dulce.

«¡¿Que arde un poquito?! Está quemándome las venas. Me siento incómoda en esta camilla, el colchón es delgado y siento las barras de metal en el coxis y están frías».

—Vamos a cambiarla a una cama de posiciones. Necesita estar reclinada, así se le dificulta la respiración —dijo la de la voz dulce a otra—. ¿Le vas a dar la terapia?

—Sí. Vamos a tratar primero con la terapia y el medicamento. Recemos porque funcione.

«¿Recemos? ¿Qué es lo que me está pasando? Si yo solo tenía dolor de cabeza, dolor de oídos y garganta. Un otorrinolaringólogo habría sido suficiente, ¿no? Llamen uno. Ya tengo que ir a casa. ¡Dios, la junta! ¿Qué habrá dicho el director?».

—No te preocupes por nada, mamita —de nuevo la de voz dulce—. Tu esposo llamó y dijo que se hará cargo de todo.

—¿Para qué le hablas si está inconsciente? —reclamó la otra.

—Creo que te pasaste la clase de enfermería en la que explicaron que los pacientes siempre escuchan, aunque no lo creas. Ella parece que no lo hace, pero ahora mismo, tan pronto le dije lo de su esposo, su rostro se relajó. Sé que me escucha.

—Y yo creo que Dios la va a sanar si es su voluntad. Así es que recemos.

—Las dos cosas, amiga. Las dos cosas.

Las dos mujeres salieron del cuarto. De vez en cuando entraba una o la otra. Podía distinguirlas por sus pasos. Una entraba muy sigilosa, apenas se notaba su presencia hasta que ponía alguna bolsita de suero. No me tocaba, pero sé que se quedaba mirándome por un ratito.  La otra, siempre andaba de prisa, caminaba con un paso más firme y luego decía:

—Que Dios te ayude a sobrepasar esta enfermedad.

No tenía ni idea de qué mal me aquejaba. Nadie lo dijo, al menos que yo lo oyera. Ayer estaba bien. Ayer, creo. No sé cuánto tiempo ha pasado. Esto ha sido como una noche eterna. Me siento mal, sigue doliéndome la cabeza, los oídos, la garganta… La garganta, es como si se cerrara… Toso… «¡No puedo respirar!».

Sonaron los monitores, escuché muchos pasos, esta vez no pude discernir los de mis cuidadoras. Todos venían de prisa.

—¿Vitales? —preguntó un hombre que nunca había escuchado.

Alguien respondió con números, muchos; no los entendí. Movieron cosas a mi alrededor. No podía abrir los ojos para ver qué hacían. Quería llorar. Tenía mucho miedo. Sé que algo andaba muy mal.

—Hay que inducir la coma y entubarla —ordenó el de la voz que no reconocía.  

«¿Por qué?», me preguntaba. «Tengo que ver a mis niños, jugar con ellos, besar a mi esposo, hacer el amor con él, ir al mercado y visitar a mi madre». Hablaba conmigo misma, nadie me preguntaba nada, no podía hablar, no respondía a ninguna pregunta. Tenía obligaciones que cumplir y escuchaba lo que ocurría alrededor, pero nadie parecía darse cuenta. Creían que estaba dormida.

Unos hombres me voltearon en la cama, ya no estaba inclinada. Algo me dieron que ya no sentía ni escuchaba. Silencio.

Imágenes de tiempos pasados, a cámara lenta como en los sueños, empezaron a inundar mi cabeza, que ya no dolía. Mi padre y mi madre en la playa con mis hermanos, todos riendo de nuestras estupideces.

Mi mejor amiga confesándome que ya no era virgen. Su boda, que no fue con el que la desvirgó, sino con otro más guapo y hasta ahora había sido muy feliz. ¿Sabrá que me enfermé?

Mi primer trabajo, aquel jefe manisuelto al que empujé y cayó sentado en el cubículo de atrás. Nunca lo reprendieron, en cambio a mí, me pusieron la cajita para recoger mis pertenencias sobre la mesa. De todos modos, me fui feliz, ver a aquel gordo, hijo de puta, tirado de nalgas en el suelo, como Humpty Domty sin poder pararse, fue un espectáculo glorioso.

Mi primer novio, hermoso y mujeriego. El segundo, no tan hermoso, pero controlador. Y mi tercero y la vencida. Con ese me casé, en una boda linda, de día y en la playa, y de mucho significado. Nuestras promesas eran un pacto cumplido a cabalidad hasta ahora. «¿Estaría esperando a que saliera de esta noche?». No sé por qué dudé, siempre había estado para mí. Conmigo recibió a mis hijos, cuidó de mi padre hasta que murió y ahora me ayudaba con mi madre. Él era mi vida.

Recuerdos que ni siquiera recordaba. Algunos ni me parecían míos. Flotaba en aquella oscuridad, que solo era interrumpida por pasos, voces incomprensibles, susurros y ruidos apenas perceptibles.

—Está respirando por ella misma —dijo la de voz dulce—. ¡Llama al doctor!

Enseguida supe que la otra estaba con ella, sus pasos firmes salieron de prisa en busca del doctor. Pasó poco tiempo, de nuevo los pasos, muchos pasos, distintos unos de otros. No distinguía entre los de una y la otra.

—Va a salir de esta, te lo dije. Había que confiar en Dios.

Unos brazos fuertes me voltearon y pude abrir los ojos, aunque lo único que veía eran mascarillas y batas médicas azules.

—Tranquila —dijo un hombre—. Voy a remover el tubo. Vas a sentir una molestia, te dará nauseas.

«¿Molestia?». Otra vez los eufemismos. Y sí, vomité un líquido verde, asqueroso. Respiraba y podía ver a toda aquella gente alrededor mío, notaba sus sonrisas en los ojos, era lo único que veía a través de un plástico que llevaban en la cara. Traté de hablar, pero la voz no me salía.

—Vas a estar bien en unos días. Es que acaban de removerte el tubo y la garganta está resentida —explicó, era ella, la de la voz dulce. Parecía una niña, delgadita, de baja estatura. Sonreí agradecida.

En eso entró la otra, la de los pasos firmes; una morena regordeta, de cara redonda y mayor.

—Te ves mucho mejor, ya tienes color en la cara —dijo contenta—. ¿Tienes hambre?

Negué con la cabeza.

»Bien, tendrás que hacer un esfuerzo. El doctor ordenó caldos claros por unos días. Luego suplementos y cuando puedas comer un poco, te irás a casa. Mira que tienes un hombre muy enamorado que llama todos los días, muchas veces.

Así pasaron los días en los que fui mejorando. Cuando dormía, me despertaban los pasos de mis ángeles, cada una distinta, pero perfectas para mí. Gracias a ellas regresé a mi hogar, siempre recordándolas y rezando para que jamás se contagiaran de ese mal que pudo acabar con mi vida.

***

Dedicado a todos los ángeles que han dado sus vidas para salvar las de otros.

Anatomía de los abrazos


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«Me gustan los abrazos», se dijo Marina suspirando.

«Me gustan esos en los que se entrega el alma, que te dejan sin respiración y te hacen olvidar cualquier cosa», pensó imaginándose en brazos de un ser amado.

«Me gustan los que te regalan consuelo cuando estás afligido, dolorido o triste. Como los de tus padres cuando te caes y te has pelado una rodilla; o llegas de la escuela después que alguien se ha reído de ti; o te han dejado sola con un hijo que criar y no tienes ni idea de cómo hacerlo; o porque ves tu infancia partir con ellos», reflexionó mientras una lágrima bajaba por su mejilla.

«Me gustan los abrazos que te entregan lealtad y fidelidad. Como los de los amigos que, aunque te hayan visto ayer, o hace unos días, o no te hayan visto en un millón de años, con solo su contacto te aseguran que siempre estarán contigo cuando los necesites», razonó y sonrió.

«Me gustan los que te dejan sin aliento y detienen tu palpitar, como el primero que te dio tu amor en un momento cálido e inolvidable. Como el que te dio el día de la boda frente a muchos —o pocos— testigos. Como el que le diste a tu primer hijo cuando lo tuviste en tus brazos y a los que llegaron después», meditó emocionada.

«El abrazo es la caricia más completa», discurrió.

«Puede venir acompañado de besos, de palabras cariñosas, de roce de mejillas, de enredo del cabello entre los dedos, de golpecitos o de que coloquen las palmas de las manos en la espalda, de forma tal, que te sientas superseguro».

«Pensemos en los abrazos a cámara lenta», profundizó hablando consigo misma.

«Se abren los brazos, se estiran lo más ancho que se pueda para abarcar, no solo el cuerpo sino también el alma del abrazado. Se saca el pecho y el corazón empieza a latir a una frecuencia excesiva ante tanta anticipación. Una risa nerviosa o un llanto profundo te van indicando la fuerza y el tiempo que debes dedicar a esta tierna —o no tan tierna— caricia. La mayor parte de las veces no se piensa, te lanzas para hundirte en esas extremidades que te esperan, ávidas de ese contacto que es tan necesario tanto para uno como para el otro».  

«Otras veces la timidez te retrae y te asaltan las dudas. ¿Olerás bien, es un evento sorpresivo, inesperado?».

«Lo cierto es que, cuando rebasas las dudas, si te gustan los achuchones tanto como a mí, recibirás a la otra persona entera, la apretarás, cerrarás los ojos, le darás golpecitos en la espalda y descansarás en esa caricia siempre disponible, simple y perfecta».

Marina terminó sus cavilaciones, deseó que la pandemia terminara, jurando que abrazaría a todo aquel se le cruzara en el camino.

2020


Y llegó el año 2021 entre risas nerviosas, intentando retomar las celebraciones acostumbradas: uvas, deseos y, por fin —de lejitos—, abrazos y besos a las 12:01 de la madrugada. Ariana había preparado sus listas de objetivos y metas para el año nuevo; regalos para devolver antes de los quince días después de Navidad y, en un rinconcito, una nota: «quitar las decoraciones». Las cosas sucedidas durante el 2020 quedaban atrás, pero nunca olvidadas.

Los compañeros de la redacción trajeron champagne y algunas tapas para los que les tocaba despedir y recibir el nuevo año trabajando.  El que terminaba había sido tenebroso para la humanidad. Hacían un esfuerzo por olvidar las terribles imágenes que reportaron desde sus casas de mañana, tarde y noche. Mejor era no pensar en aquel aislamiento extendido en varias ocasiones, sin saber cuándo sería su final, ni el miedo a algo invisible que se introducía en el cuerpo como los seres de la película Aliens: algo invencible que solo los científicos habían podido ver a través de un microscopio.

Se alegraban de ver aquel maldito año apagarse, con la esperanza de que el nuevo trajera mejores cosas. Ariana empezó a observar cómo habían cambiado las cosas en su oficina. Las lecciones aprendidas en los pasados 365 días parecían aplicarse a todo. Seguían lavándose las manos mil veces al día; estornudaban en las mangas de sus camisas; guardaban distancia social y, por primera vez empatizaban con sus compañeros, sobre todo con los que habían perdido a un ser querido durante la pandemia.

Todos tenían estrés postraumático o paranoia. No se sentían seguros a pesar de que el gobierno insistía que ya todo estaba bajo control; igual que dudaban al principio de que existiese tal virus, ahora no creían que se hubiera contenido. Todavía al llegar a sus casas, dejaban los zapatos afuera e iniciaban el ritual. Se lavaban las manos, ponían las llaves, la cartera y el móvil en un envase con una preparación de alcohol. Se quitaban la ropa, la ponían en una bolsa y la cerraban hasta que la fueran a lavar. Y al final corrían al baño más cercano para bañarse antes de tocar a ningún miembro de la familia.

Ariana se había servido una taza de café bien cargado, caliente, sin crema ni azúcar, como a ella le gustaba. Se sentó un rato en su escritorio añorando los «quesitos» de San Juan, pero se conformó acompañándolo con una galletita de mantequilla. Sorbo a sorbo, el café le traía las memorias del año que terminaba, a pesar de lo horrible que fue, agradecía estar viva y haber sobrevivido la gran crisis, aunque perdió a varios seres queridos. Miró en su correo electrónico los mensajes deseándole feliz año 2021. Sonrió.

Ariana vivió en Brooklyn, uno de los sectores más mortíferos durante la pandemia. De nada sirvió que prohibieran los viajes provenientes de China, ni la cuarentena, el hecho fue que tardaron demasiado en imponer las medidas preventivas, por eso el virus se propagó y la cuarentena pareció perpetua. Cada mes se le añadían quince a aquel eterno encierro. #Quédateencasa era el hashtag de moda para que todos los habitantes del planeta se mantuvieran resguardados en sus hogares y evitar el contagio.

Los niños vaciaron las escuelas y los padres se volvieron sus maestros; los padres convirtieron sus hogares en oficina, pero el hacinamiento provocó que muchas familias se separaran, aumentando los casos de divorcio y violencia intrafamiliar.

Miembros de la clase artística de todas partes del mundo—músicos, cantantes, poetas, escritores— mostraban su arte en las redes sociales: conciertos de famosos, de no tan famosos y de personas que solo querían alegrar la vida a los que estaban en aislamiento. Videos de chistes, memes, teorías sobre el COVID-19, teorías conspiratorias, mil formas de hacer mascarillas, cómo hacer las gárgaras de bicarbonato y el ritual al llegar a casa cundieron las redes también.

Los museos abrieron sus portales electrónicos para que durante la cuarentena las personas pudieran disfrutar del arte allí expuesto. Ariana disfrutaba mucho del arte y apreciaba esos portales. Se sentaba por horas a ver a Velázquez, al Bosco, Rubens, el Greco, pero su soledad era mayúscula.

La Semana Santa adquirió un sabor más amargo que nunca. La imagen del anciano Papa postrado en el suelo rogando al Padre por misericordia quedó tatuada en la retina de cuantos lo vieron. Los sacerdotes daban misas televisadas en un melancólico encierro, mientras hombres y mujeres de todas las religiones oraban, rezaban y meditaban buscando el auxilio de un Poder Supremo para poder sobrellevar la crisis.

Andrea Bocelli, reverente, en una soledad que quebraba el alma, dio un concierto frente a un vacío Duomo de Milán el Domingo de Resurrección, mientras el mundo entero, en silencio, agazapado en sus hogares, lo acompañaba. Ariana con el corazón hecho hilachas, descubría que siempre se puede llorar más.

El mercado de valores caía y caía ante los ojos del mundo, sin parecer tener fondo, amenazando la estabilidad financiera de los países del primer mundo. Millones de personas se quedaron desempleadas en los Estados Unidos, algunos sin alternativas. La situación cayó como anillo al dedo para el presidente que quería deshacerse de los inmigrantes. Con la excusa de salvaguardar los empleos de los miles de ciudadanos norteamericanos sin trabajo, firmó una orden ejecutiva para que no se permitiera la entrada de ningún extranjero. Envió de vuelta a sus países a los trabajadores del campo sin fecha de retorno. Negó ayuda económica alegando que los inmigrantes eran una carga pública y que por lo tanto no cualificaban para la residencia una vez terminara la pandemia.

Los doctores recibían a los enfermos en los hospitales haciendo lo posible por salvar vidas, dando las suyas —literalmente—, por sus pacientes.  Todos comenzaron a mirar con más respeto a los que daban servicios de emergencia: enfermeras, técnicos, policías, bomberos y hasta al personal de limpieza. En algunos lugares del mundo los aplaudían desde sus balcones en agradecimiento a su labor suicida. Si bien era cierto que su responsabilidad era cuidar de los enfermos, el riesgo al que se sometían era demasiado. Muchos enfermaron y muchos otros fallecieron. Aun así, dieron la lucha con un valor y una entrega inesperada. Se les veía correr por los pasillos de los hospitales, socorriendo a los enfermos para luego dormir en sus automóviles por temor a llevar el COVID-19 a sus hogares.

La Tierra cambió. Y en medio de este caos, la naturaleza se regeneraba en ausencia del peor predador del planeta: el ser humano.

El invierno terminó. La primavera llegó con los cielos más azules vistos por varias generaciones; los árboles más verdes; las flores más diversas; y los pájaros haciendo nidos por doquier. La Madre Naturaleza reclamaba lo suyo, lo que se le había robado. Pronto se notó desde las fotos tomadas por los satélites, como reverdecía el planeta. El agujero en la capa de ozono se iba cerrando, restaurándose la estratósfera.

Las ciudades vacías se veían más limpias que nunca. Las aguas de los canales de Venecia se miraban tan cristalinas que los peces se observaban en el fondo. Cientos de miles de cisnes rosados nadaban plácidamente por las canalejas. Los animales acuáticos danzaban en el océano, alegres, y los leones en África dormían tranquilos a orilla de las carreteras. Otras bestias caminaban serenas por las ciudades vacías sin ser perturbadas. Muchos iban de vuelta a su hábitat sin el temor de que los seres humanos los atacaran.

El año 2020 había empezado con una serie de eventos climatológicos inexplicables: terremotos, tornados, tormentas. Trece lunas llenas adornaron el firmamento. Ariana se enamoró de la luna rosa, que vio desde su balcón unos días después de que se inició la cuarentena. Nunca había visto a la luna más hermosa que esa noche: preñada y rosadita. Todo lo que sucedió después no parecía ser parte de ese escenario que se había pintado en aquel cielo de abril. En aquel apartamento, en una absoluta soledad, lloraba su desventura. David la abandonó cuando la luna rosa se despidió. No supo más de él y ya nada más importaba.

En mayo, el gobierno comenzó a abrir los establecimientos para ayudar a «recuperar la economía», pero la gente no había aprendido nada. Se tiraron a las calles a festejar, a bailar, a abrazarse y besarse como si nada hubiera pasado. Unos días después las ciudades tuvieron que volver al punto cero. La enfermedad atacó más fiera, sobre todo a los niños, con un llamado «Síndrome de Kawasaki».

El otoño trajo mejores noticias. Aunque la vacuna no se había perfeccionado, algunos medicamentos eran efectivos y se suministraron a la población enferma. Era un rayo de esperanza al que todos se abrazaron.

Ariana miró su árbol de Navidad. Se acercó —taza de café en mano— y tocó uno de sus empolvados adornos. En aquella esquina, ese árbol había sido testigo del horror que había vivido ese año. Juró que tan pronto terminara el 2020, lo desecharía.