Anatomía de los abrazos


Pixabay.com (CCO)

«Me gustan los abrazos», se dijo Marina suspirando.

«Me gustan esos en los que se entrega el alma, que te dejan sin respiración y te hacen olvidar cualquier cosa», pensó imaginándose en brazos de un ser amado.

«Me gustan los que te regalan consuelo cuando estás afligido, dolorido o triste. Como los de tus padres cuando te caes y te has pelado una rodilla; o llegas de la escuela después que alguien se ha reído de ti; o te han dejado sola con un hijo que criar y no tienes ni idea de cómo hacerlo; o porque ves tu infancia partir con ellos», reflexionó mientras una lágrima bajaba por su mejilla.

«Me gustan los abrazos que te entregan lealtad y fidelidad. Como los de los amigos que, aunque te hayan visto ayer, o hace unos días, o no te hayan visto en un millón de años, con solo su contacto te aseguran que siempre estarán contigo cuando los necesites», razonó y sonrió.

«Me gustan los que te dejan sin aliento y detienen tu palpitar, como el primero que te dio tu amor en un momento cálido e inolvidable. Como el que te dio el día de la boda frente a muchos —o pocos— testigos. Como el que le diste a tu primer hijo cuando lo tuviste en tus brazos y a los que llegaron después», meditó emocionada.

«El abrazo es la caricia más completa», discurrió.

«Puede venir acompañado de besos, de palabras cariñosas, de roce de mejillas, de enredo del cabello entre los dedos, de golpecitos o de que coloquen las palmas de las manos en la espalda, de forma tal, que te sientas superseguro».

«Pensemos en los abrazos a cámara lenta», profundizó hablando consigo misma.

«Se abren los brazos, se estiran lo más ancho que se pueda para abarcar, no solo el cuerpo sino también el alma del abrazado. Se saca el pecho y el corazón empieza a latir a una frecuencia excesiva ante tanta anticipación. Una risa nerviosa o un llanto profundo te van indicando la fuerza y el tiempo que debes dedicar a esta tierna —o no tan tierna— caricia. La mayor parte de las veces no se piensa, te lanzas para hundirte en esas extremidades que te esperan, ávidas de ese contacto que es tan necesario tanto para uno como para el otro».  

«Otras veces la timidez te retrae y te asaltan las dudas. ¿Olerás bien, es un evento sorpresivo, inesperado?».

«Lo cierto es que, cuando rebasas las dudas, si te gustan los achuchones tanto como a mí, recibirás a la otra persona entera, la apretarás, cerrarás los ojos, le darás golpecitos en la espalda y descansarás en esa caricia siempre disponible, simple y perfecta».

Marina terminó sus cavilaciones, deseó que la pandemia terminara, jurando que abrazaría a todo aquel se le cruzara en el camino.

2020


Y llegó el año 2021 entre risas nerviosas, intentando retomar las celebraciones acostumbradas: uvas, deseos y, por fin —de lejitos—, abrazos y besos a las 12:01 de la madrugada. Ariana había preparado sus listas de objetivos y metas para el año nuevo; regalos para devolver antes de los quince días después de Navidad y, en un rinconcito, una nota: «quitar las decoraciones». Las cosas sucedidas durante el 2020 quedaban atrás, pero nunca olvidadas.

Los compañeros de la redacción trajeron champagne y algunas tapas para los que les tocaba despedir y recibir el nuevo año trabajando.  El que terminaba había sido tenebroso para la humanidad. Hacían un esfuerzo por olvidar las terribles imágenes que reportaron desde sus casas de mañana, tarde y noche. Mejor era no pensar en aquel aislamiento extendido en varias ocasiones, sin saber cuándo sería su final, ni el miedo a algo invisible que se introducía en el cuerpo como los seres de la película Aliens: algo invencible que solo los científicos habían podido ver a través de un microscopio.

Se alegraban de ver aquel maldito año apagarse, con la esperanza de que el nuevo trajera mejores cosas. Ariana empezó a observar cómo habían cambiado las cosas en su oficina. Las lecciones aprendidas en los pasados 365 días parecían aplicarse a todo. Seguían lavándose las manos mil veces al día; estornudaban en las mangas de sus camisas; guardaban distancia social y, por primera vez empatizaban con sus compañeros, sobre todo con los que habían perdido a un ser querido durante la pandemia.

Todos tenían estrés postraumático o paranoia. No se sentían seguros a pesar de que el gobierno insistía que ya todo estaba bajo control; igual que dudaban al principio de que existiese tal virus, ahora no creían que se hubiera contenido. Todavía al llegar a sus casas, dejaban los zapatos afuera e iniciaban el ritual. Se lavaban las manos, ponían las llaves, la cartera y el móvil en un envase con una preparación de alcohol. Se quitaban la ropa, la ponían en una bolsa y la cerraban hasta que la fueran a lavar. Y al final corrían al baño más cercano para bañarse antes de tocar a ningún miembro de la familia.

Ariana se había servido una taza de café bien cargado, caliente, sin crema ni azúcar, como a ella le gustaba. Se sentó un rato en su escritorio añorando los «quesitos» de San Juan, pero se conformó acompañándolo con una galletita de mantequilla. Sorbo a sorbo, el café le traía las memorias del año que terminaba, a pesar de lo horrible que fue, agradecía estar viva y haber sobrevivido la gran crisis, aunque perdió a varios seres queridos. Miró en su correo electrónico los mensajes deseándole feliz año 2021. Sonrió.

Ariana vivió en Brooklyn, uno de los sectores más mortíferos durante la pandemia. De nada sirvió que prohibieran los viajes provenientes de China, ni la cuarentena, el hecho fue que tardaron demasiado en imponer las medidas preventivas, por eso el virus se propagó y la cuarentena pareció perpetua. Cada mes se le añadían quince a aquel eterno encierro. #Quédateencasa era el hashtag de moda para que todos los habitantes del planeta se mantuvieran resguardados en sus hogares y evitar el contagio.

Los niños vaciaron las escuelas y los padres se volvieron sus maestros; los padres convirtieron sus hogares en oficina, pero el hacinamiento provocó que muchas familias se separaran, aumentando los casos de divorcio y violencia intrafamiliar.

Miembros de la clase artística de todas partes del mundo—músicos, cantantes, poetas, escritores— mostraban su arte en las redes sociales: conciertos de famosos, de no tan famosos y de personas que solo querían alegrar la vida a los que estaban en aislamiento. Videos de chistes, memes, teorías sobre el COVID-19, teorías conspiratorias, mil formas de hacer mascarillas, cómo hacer las gárgaras de bicarbonato y el ritual al llegar a casa cundieron las redes también.

Los museos abrieron sus portales electrónicos para que durante la cuarentena las personas pudieran disfrutar del arte allí expuesto. Ariana disfrutaba mucho del arte y apreciaba esos portales. Se sentaba por horas a ver a Velázquez, al Bosco, Rubens, el Greco, pero su soledad era mayúscula.

La Semana Santa adquirió un sabor más amargo que nunca. La imagen del anciano Papa postrado en el suelo rogando al Padre por misericordia quedó tatuada en la retina de cuantos lo vieron. Los sacerdotes daban misas televisadas en un melancólico encierro, mientras hombres y mujeres de todas las religiones oraban, rezaban y meditaban buscando el auxilio de un Poder Supremo para poder sobrellevar la crisis.

Andrea Bocelli, reverente, en una soledad que quebraba el alma, dio un concierto frente a un vacío Duomo de Milán el Domingo de Resurrección, mientras el mundo entero, en silencio, agazapado en sus hogares, lo acompañaba. Ariana con el corazón hecho hilachas, descubría que siempre se puede llorar más.

El mercado de valores caía y caía ante los ojos del mundo, sin parecer tener fondo, amenazando la estabilidad financiera de los países del primer mundo. Millones de personas se quedaron desempleadas en los Estados Unidos, algunos sin alternativas. La situación cayó como anillo al dedo para el presidente que quería deshacerse de los inmigrantes. Con la excusa de salvaguardar los empleos de los miles de ciudadanos norteamericanos sin trabajo, firmó una orden ejecutiva para que no se permitiera la entrada de ningún extranjero. Envió de vuelta a sus países a los trabajadores del campo sin fecha de retorno. Negó ayuda económica alegando que los inmigrantes eran una carga pública y que por lo tanto no cualificaban para la residencia una vez terminara la pandemia.

Los doctores recibían a los enfermos en los hospitales haciendo lo posible por salvar vidas, dando las suyas —literalmente—, por sus pacientes.  Todos comenzaron a mirar con más respeto a los que daban servicios de emergencia: enfermeras, técnicos, policías, bomberos y hasta al personal de limpieza. En algunos lugares del mundo los aplaudían desde sus balcones en agradecimiento a su labor suicida. Si bien era cierto que su responsabilidad era cuidar de los enfermos, el riesgo al que se sometían era demasiado. Muchos enfermaron y muchos otros fallecieron. Aun así, dieron la lucha con un valor y una entrega inesperada. Se les veía correr por los pasillos de los hospitales, socorriendo a los enfermos para luego dormir en sus automóviles por temor a llevar el COVID-19 a sus hogares.

La Tierra cambió. Y en medio de este caos, la naturaleza se regeneraba en ausencia del peor predador del planeta: el ser humano.

El invierno terminó. La primavera llegó con los cielos más azules vistos por varias generaciones; los árboles más verdes; las flores más diversas; y los pájaros haciendo nidos por doquier. La Madre Naturaleza reclamaba lo suyo, lo que se le había robado. Pronto se notó desde las fotos tomadas por los satélites, como reverdecía el planeta. El agujero en la capa de ozono se iba cerrando, restaurándose la estratósfera.

Las ciudades vacías se veían más limpias que nunca. Las aguas de los canales de Venecia se miraban tan cristalinas que los peces se observaban en el fondo. Cientos de miles de cisnes rosados nadaban plácidamente por las canalejas. Los animales acuáticos danzaban en el océano, alegres, y los leones en África dormían tranquilos a orilla de las carreteras. Otras bestias caminaban serenas por las ciudades vacías sin ser perturbadas. Muchos iban de vuelta a su hábitat sin el temor de que los seres humanos los atacaran.

El año 2020 había empezado con una serie de eventos climatológicos inexplicables: terremotos, tornados, tormentas. Trece lunas llenas adornaron el firmamento. Ariana se enamoró de la luna rosa, que vio desde su balcón unos días después de que se inició la cuarentena. Nunca había visto a la luna más hermosa que esa noche: preñada y rosadita. Todo lo que sucedió después no parecía ser parte de ese escenario que se había pintado en aquel cielo de abril. En aquel apartamento, en una absoluta soledad, lloraba su desventura. David la abandonó cuando la luna rosa se despidió. No supo más de él y ya nada más importaba.

En mayo, el gobierno comenzó a abrir los establecimientos para ayudar a «recuperar la economía», pero la gente no había aprendido nada. Se tiraron a las calles a festejar, a bailar, a abrazarse y besarse como si nada hubiera pasado. Unos días después las ciudades tuvieron que volver al punto cero. La enfermedad atacó más fiera, sobre todo a los niños, con un llamado «Síndrome de Kawasaki».

El otoño trajo mejores noticias. Aunque la vacuna no se había perfeccionado, algunos medicamentos eran efectivos y se suministraron a la población enferma. Era un rayo de esperanza al que todos se abrazaron.

Ariana miró su árbol de Navidad. Se acercó —taza de café en mano— y tocó uno de sus empolvados adornos. En aquella esquina, ese árbol había sido testigo del horror que había vivido ese año. Juró que tan pronto terminara el 2020, lo desecharía.

Olvidando el aislamiento

Olvidando el aislamiento


La ninfa de cobre


Un hombre huraño vivía en un bosque como cualquier otro. Lo tenía todo, pero no lo sabía. La soledad lo abrumaba, tanto, que no apreciaba su vida. Se levantaba cada mañana y no escuchaba los trinos del ruiseñor que anidaba en un árbol vecino. Tampoco se percataba de que todavía respiraba y que el aire limpio invadía sus pulmones, oxigenando cada célula de su cuerpo. No olía las flores de múltiples colores que adornaban los alrededores de su morada ni apreciaba los tonos increíbles que ellas le regalaban. Él, arisco, no miraba las hojas verdes, el follaje precioso ni el cielo azul. No admiraba el pelaje de terciopelo de su perro fiel ni se deleitaba al tocarlo. Todo lo que comía le sabía insípido, incluso la miel de las abejas. No quería nada, solo regodearse en su soledad. Sufrir hasta que llegara su hora.

Mas ese no era el destino escrito para él. El hada de las artes —la que pone en su lugar todo lo que es bello— tenía otro plan para su vida, y una tarde de verano lo hizo salir de su madriguera. Sin saber por qué, caminó sin rumbo fijo por las vastas tierras que poseía, mientras su perro fiel le seguía paciente. Escuchaba sin oír, miraba sin ver, tocaba sin sentir, hasta que sus pies lo llevaron a un riachuelo donde se bañaba una ninfa morena, de cabellos rizados y ojos alegres. Le llamó la atención su piel de cobre y su sonrisa ingenua.

—¿Quieres comer requesón? Lo hago yo mismo con la leche de mis cabras —le dijo. Sin darse cuenta, las palabras se escaparon de sus labios. Ya no reconocía su propia voz. Había estado en silencio por tanto tiempo.

La ninfa no contestó, tampoco dejó su baño de agua fresca y, a pesar de que estaba desnuda, no se tapó para que él no la mirara. Se comportaba como si el hombre no estuviera allí, tan cerca. Seguía acariciando su cuerpo con el agua limpia y cristalina. Después salió despacio y sin pudor alguno, se frotó el cuerpo y el cabello con un aceite aromático, todavía sin mirarlo. Parecía no haberlo escuchado, como si estuviera escuchando otra cosa. Vistió su perfecta figura en un lienzo blanco, casi transparente y caminó hacia un árbol en donde —parándose de puntitas— agarró un fruto y lo comió con placer.

El hombre huraño estaba molesto. ¿Cómo era que aquella ninfa ignoraba su presencia? Al fin y al cabo, se bañaba en su riachuelo, caminaba por sus tierras y hasta comía —¡y sin su permiso!— los frutos que daba su árbol.

—¡Ey! ¿No me escuchas? Hablo contigo… —le gritó.

La ninfa seguía recogiendo flores de todos los colores, las olía, sonreía y con sus manos hizo una diadema que se puso en la cabeza, enredándola entre sus rizos negros. Bailaba al son de una música que el huraño no escuchaba, sin embargo, él veía como sus piernas torneadas se levantaban y giraban —tal vez—, impulsadas por el viento. El hombre seguía observándola, pero como a una visión. No se atrevía a moverse de donde estaba, pues temía que se desvaneciera.

«¿Qué daría yo por tener la paz que tiene esta ninfa?», pensó. «Quisiera sentir su suave piel de cobre y oler sus cabellos morenos. Quisiera escuchar la música que la hace bailar y tenerla, a ella, siempre conmigo. Ya no quiero estar solo, ¡ya no quiero morir!», se dijo.

La ninfa iba a adentrarse en el bosque.

—No te vayas, ¡por favor! —suplicó.

—Me encanta el requesón —respondió sonriente, mirándolo a los ojos y capturando su alma para siempre.

En ese momento su perro se volvió un corcel plateado con alas brillantes, para que ambos subieran y volaran hacia el castillo. Desde entonces, el hombre se levantaba cada mañana escuchando los trinos del ruiseñor que cantaba alegrando a su ninfa, que bailaba al son de aquella melodía que lo inundaba todo. Disfrutaba el aroma de las flores que ocupaba por completo los espacios de su hogar. Todos los días tejía una corona de nuevos capullos para su amada. El hombre ya no era huraño, ¡era tanta la felicidad que lo embargaba! Compartía con sus vecinos sus riquezas y a menudo se le veía riendo, acompañado de sus viejos amigos, los que había abandonado en su aislamiento.

La ninfa de cobre había hecho el milagro, echó para siempre los demonios de su soledad.

La canción de Lara


Lara King cantaba en un club nocturno en la ciudad de Nueva York. No había una cantante en ese momento que pudiera igualar el registro de su voz y las notas de las melodías que tan armoniosamente salían de su prodigiosa garganta. Los músicos de la orquesta la admiraban y por doquier presumían que acompañaban aquel fenómeno de mujer con sus humildes instrumentos. Tan solo de ver a Lara subir al escenario, caminando con aquella gracia, quedaban embobados y al interpretar los primeros acordes de su canción, las lágrimas se les salían de emoción. Es que no era solamente su voz, sino el sublime palpitar de su corazón que se desbordaba en cada tonada.

Su nombre se repetía por los barrios de «La gran manzana», despertando la curiosidad de quienes no la habían escuchado aún. El club siempre estaba repleto y hasta fila hacían por oírla cantar, aunque fuera por unos breves minutos. Muy pronto se regaron rumores por todo el mundo de su milagro melodioso, tanto que honorables y excelentísimos acudían escondidos bajo ropas y sombreros de ala ancha para no ser reconocidos, y al igual que todos quedaban cautivados con la voz de Lara.

Su traje de lentejuelas tornasol cambiaba de color según la luz de las lámparas. Su cuerpo lucía magnífico abrazado en aquel vestido que hacía suspirar a los hombres, incluyendo a Franky, el italiano dueño del negocio. Él la amó desde el primer día que la escuchó cantar, desde entonces, en su corazón se abrió un agujero que ninguna mujer podría llenar. Lara lo sabía, pero no estaba dispuesta a ser su amante. Era negra y sabía que nunca la aceptarían ni su familia, ni sus amigos y muchos menos la suya. Claro que lo quería, ¿quién no? Era guapo, con su pelo negrísimo, ojos inmensos de largas pestañas, cuerpo esbelto, piel oliva, y su olor mediterráneo. Un sueño para cualquier mujer, menos para ella.

Cuando el espectáculo terminaba, usualmente a las dos de la mañana, Lara iba a su camerino, se cambiaba dejando allí su traje tornasol y salía por la puerta de servicio, la misma por donde salía la gente de su raza, no importaba que fuera el conserje, el contador o la estrella de lugar. Esa salida daba a un callejón oscuro, en el que deambulaban toda clase de seres humanos, a los que ya poca humanidad les quedaba. Mirando al suelo, distraída, en la calleja solo se escuchaba su taconeo rítmico. Una noche, en la oscuridad, un hombre la asaltó por la espalda poniendo un afilado cuchillo en su delicado cuello, amenazando la pureza de sus cuerdas vocales.

—Con esto él va a pagar todo lo que me debe —dijo el hombre con un inconfundible acento italiano.

El corazón de Lara palpitaba aceleradamente, quieta, sin siquiera atreverse a respirar profundo, no lograba entender por qué la atacaban. Claramente el hombre no deseaba nada de ella, no intentaba violarla, ni siquiera quitarle su bolso, solo cobrar una deuda que no era suya. Pero ¿quién debía dinero a este hombre? Aterrada, ensimismada en sus nefastos pensamientos, preparándose para la muerte, de pronto el individuo se desplomó, salpicándola de sangre. Lara no escuchó disparos, más bien un sonido sordo de un arma de fuego. Atontada como estaba, alguien agarró su brazo y la llevó casi a rastras hasta subirla a un coche.

El hombre que manejaba era un desconocido. Estaba tan cansada, primero el show, después el evento del atacante y ahora un secuestrador. Parecía que iba a ser una larga noche. De reojo miró al hombre en el volante. Era como cualquier otro italiano, veía muchos en el club todas las noches, pero este no le hablaba. Mantenía sus ojos en el camino, sin distraerse. Lara pensó en tirarse del vehículo en marcha, ¿qué podría pasarle? Una que otra laceración, un golpe, pero podría escapar. Era mejor que mantenerse a la expectativa, sumisa, sin luchar. Había aprendido a subsistir desde hacía mucho. Cuando trató de abrir la puerta, no pudo. El hombre agarró su muñeca tan fuerte que pensó que se la iba a quebrar.

—No entiendo nada. ¿Me puede explicar?

Silencio por respuesta. Lara intentaba soltarse, pero la apretaba más aún. Manejó hasta un camino estrecho, bordeado por árboles enormes y tan oscuro que apenas podía verse las manos. Una vez allí, detuvo el carro. Se bajó dando una vuelta para abrirle la puerta.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?

La agarró por el brazo halándola para sacarla. Ella se resistía, pero fue en vano. El hombre era más fuerte. Una vez afuera la condujo por un camino de tierra, hasta una cabaña que apenas tenía una luz tenue en el pórtico. Tomó una llave que estaba en una vasija y abrió. Encendió la luz e hizo que Lara entrara, luego se fue, dejándola adentro encerrada bajo llave.

Lara repasó el lugar con los ojos. Un catre en el suelo sucio y con manchas de sangre y una silla era todo el mobiliario. Tenía ganas de orinar, solo había una puerta e imaginó que era el baño. Al abrir la puerta la peste a sangre podrida la hizo dar un paso hacia atrás. Desistió y decidió aliviarse en un cubo que estaba en la habitación. Después se sentó a esperar qué pasaría en adelante. Lara no sabía hacer nada sin cantar, así que empezó a tararear «La vie en rose» de Edith Piaf. Cuando cantaba se elevaba a un lugar seguro, en donde nadie podía hacerle daño.

Lara nació en Louisiana y empezó a cantar cuando apenas caminaba. Su canción era lo único que tenía. Su padre era alcohólico y cuando llegaba —si llegaba—, estallaba en gritos por cualquier cosa y después agredía a la madre. La niña asustada se escondía hasta que todo acabara. Tan pronto se iba, la pobre mujer, con su cara desfigurada, la tomaba en brazos, le cantaba canciones de la Piaf y le prometía que su vida algún día sería rosada como la canción. Un día todo acabó para siempre. El recuerdo que Lara tenía de su madre era una cara amorfa y sangrante y aquella canción en un idioma desconocido. De allí la llevaron a una casa para niños sin padres —aunque tenía al suyo, estaba preso y la sola idea de vivir con él le aterraba—, allí sufrió toda clase de abusos y solo su canción francesa la consolaba. Un día un hombre que pasaba la escuchó cantar y prometió pagar una generosa mensualidad al hogar si se la entregaban. Solo tenía quince años. Ese hombre era Franky. Contrario a lo que muchos pensaron, él nunca tocó a Lara y la trató con decencia, dentro de las limitaciones que el color de su piel le imponían. Franky la amaba de verdad.

Pasaron cerca de dos horas cuando escuchó que entraban la llave. Se puso de pie instintivamente, aunque sus piernas casi no la sostenían. Tres hombres, incluyendo el que la había traído, entraron en la habitación.

—Bueno, linda, sabemos que eres lo más valioso que tiene Franky. Lo hemos citado para que pague el rescate por tu vida —dijo el primero, pero este no era italiano. Le parecía más bien ruso: alto, de pelo rubio casi blanco y el acento característico.

—No sé por qué Franky pagaría por mí. Solo soy una cantante y hasta pensaba en renunciar al club —dijo sin meditar en el riesgo en que ponía su vida.

—Eso no lo crees ni tú —respondió el otro acercándose a ella amenazadoramente.

—Es cierto. Ya se lo había adelantado. A estas horas a él no le debe ni importar lo que hagan conmigo.

El hombre la abofeteó. Ella cayó al suelo.

—En verdad crees que somos estúpidos. Te hemos seguido por días, sabemos donde vives, lo que haces. Franky haría lo que fuera por ti.

Lara decidió callar, un hilo de sangre le recorría desde la esquina de la boca al cuello. Se imaginaba como su madre, con la cara rota.

—Prepárate, que nos vamos.

La joven obedeció. Siguió con los hombres y subió a un auto negro, Lincoln Zephyr 1940. El hombre que no hablaba retomó el volante y emprendió el viaje. Por el camino los hombres intercambiaban miradas. En una u otra ocasión hacían comentarios sobre si Franky iría al lugar que habían establecido para hacer el canje. Lara ya se daba por muerta. Aunque reconocía que era un buen negocio para Franky, no sabía cuánto le debía a aquellos hombres y si estaba en posición de pagar. Su futuro era incierto y en su mente empezó a tararear su canción, la de la Piaf, aquella que la salvaba siempre.

Viajaron casi tres horas hasta llegar a un puerto. Todo estaba oscuro, apenas iluminado por uno u otro farol. Aparcaron hacia la entrada. Se quedaron en el auto, en expectativa. Cinco minutos después otro auto llegaba, cegándolos momentáneamente. Quedaron frente a frente y el recién llegado apagó las luces. Nadie descendía de ninguno de los carros. Fueron minutos de mucha tensión. Nadie hablaba en el auto en que estaba Lara. Por fin Franky bajó y se quedó parado frente al carro con un maletín en la mano. Uno de los hombres que estaba con Lara también bajó, ocultando un arma en su sobretodo. Caminó despacio hacia Franky.

—¿Dónde está Lara? —preguntó el italiano.

—El dinero primero… —respondió sacando el arma.

—Quiero verla primero —exigió.

El hombre hizo un gesto a los que estaban en el carro para que dejaran salir a Lara.

—Cuidado no intentar nada —le advirtió el mafioso agarrando a la muchacha del brazo.

—Vengan más cerca —pidió Franky—. Lara, ¿estás bien?

—Sí, estoy bien.

—Ya está bueno de conversación. Entréganos el dinero y te entregaremos a la negra.

Franky se tragó la furia por amor a Lara. No quería que los hombres se alteraran y fueran a hacerle algún daño. Puso el maletín en el suelo y lo empujó con el pie hacia el malandrín. Este se agachó apuntando con el arma y tomó el bulto. Lo abrió y sonrió satisfecho. El dinero estaba completo.

—¡Vamos! —ordenó a los otros, empujando a Lara, quien cayó al suelo.

Encendieron el vehículo, pero, antes de marcharse, dispararon a Franky, hiriéndolo en el pecho. Lara se arrastró hasta donde estaba su amado.

—No te preocupes, Franky. Estarás bien —dijo.

Tan pronto los hombres se fueron, se levantó y con la fuerza que solo el amor puede dar, lo cargó hasta el carro.

Franky y Lara se mudaron a Francia. Se fueron a donde podían vivir su amor. Su canción los había salvado para siempre.

Don Julio, el dueño del cafetín


Julio Vicente Manrique Trujillo nació en Ipagüima, una pequeña isla escondida en el Caribe. Su madre murió de parto, quedando bajo el cuidado de su tía, Sara, quien se había quedado solterona. El padre de Julio, Don Vicente, quedó sumido en la más profunda tristeza y no veía la hora de reencontrarse con su hermosa María. Todos en la isla estaban preocupados por Vicente. Pasaba horas en la pequeña barra frente al mar cuando estaba borracho, caminaba en la oscuridad hasta caer rendido. Muchas veces lo encontraban tirado a la orilla del camino, adormilado y sin deseos de vivir.

—Vicente, ahora tienes que pensar en tu hijo —le reclamaba su cuñada—, no es momento para que te hundas. Mira lo bonito que está.

El hombre no quería ni mirar a la criatura, lo veía como a su enemigo, pues le había costado la vida de la mujer que más amaba.

—Déjame ahora, Sara —respondía—. ¿No crees que tengo derecho a guardar luto por tu hermana?

 —Por supuesto que tienes derecho, pero no lo tienes de abandonar a tu hijo.

Las conversaciones entre ellos siempre terminaban con las protestas de Sara y el silencio de Vicente. Luego se iba de nuevo a la barra a ahogar sus penas.

Un día pensó que era mejor terminar su suplicio, no sentir nada más, irse con su María. Caminó adentrándose al mar, sintiendo la suave arena debajo de sus pies y la tibieza de las aguas. Un viento recio le azotó la cara; en la oscuridad, un relámpago lo alcanzó y lo dejó inconsciente.

Despertó en los brazos de una muchacha a la que nunca había visto en Ipagüima. Era una mujer frágil, de cabellos muy negros que flotaban con la brisa, y ojos del color del fondo del océano. Vestía un caftán blanco, adornado con hilos plateados, como las estrellas y un collar de caracolas.

—¿Por qué te haces daño? —preguntó con una voz dulcísima.

Vicente no pudo hablar. Un llanto lastimoso le salía del alma, su espíritu se derramaba en presencia de aquella joven desconocida. Ella lo arrulló por un rato, hasta que el lloro amainó. La miró, como se mira a las vírgenes, con respeto, con devoción.

—No puedo vivir sin ella —dijo.

—Claro que puedes… María no se ha ido, ella vive en tu hijo —le respondió.

 —Ese niño la mató.

 —No, ella dio su vida por él. Quiso hacerte un regalo muy costoso, que no has aprendido a apreciar.

El hombre bajó su mirada. Las lágrimas saltaban de sus ojos sin contenerse. «Julio es un regalo», se repetía una y otra vez. De pronto se sintió muy solo. Levantó la cabeza y ya la muchacha no estaba. «Creo que he visto a un ángel», pensó mientras se levantaba trabajosamente. Respiró hondo y un largo suspiro le salió del pecho. Sin darse cuenta, sus pasos lo dirigieron a la casa de Sara.

—Sara —llamó cuando entró en la vivienda —. ¡Sara!

Nadie contestó. La vecina salió al escucharlo llamar y le dijo que Sara había salido para el hospital, pues el niño tenía una fiebre muy alta. Vicente casi enloqueció. No era posible que también perdiera a su hijo. Lo había rechazado tanto que quizá tendría que pagar un precio muy alto por su agravio. Corrió tanto que no se dio cuenta de que lastimaba sus pies desnudos, llegando a su destino ensangrentados.

—¿Dónde está Julio? —preguntó a la cuñada tan pronto la vio en el hospital.

—Están haciéndole unas pruebas… Pero ¿qué haces aquí?

—La vecina me dijo que el niño está enfermo.

—Sí, así es.  Sin razón comenzó a arder en fiebre, como a las diez de la noche.

Vicente se dio cuenta de que a esa hora intentaba quitarse la vida, fue el momento en que el relámpago lo alcanzó. Se arrodilló al frente de su cuñada y lloró angustiado, arrepentido.

La enfermera salió para avisar que podían pasar a ver al niño. No sabían si resistiría la fiebre por más tiempo. Vicente se acercó sigiloso, mientras Sara se mantenía al margen, observando a este hombre diferente. Había rezado tanto para que este padre amara a su hijo. Él miró al interior de la cuna, asustado. Después miró a Sara y a la enfermera, una de ellas le diría que hacer.

—Tómalo en los brazos, Vicente —dijo la cuñada.

Nervioso, se dobló y agarró al niño con el temor de que se le fuera a escurrir entre los dedos. Las lágrimas caían en la hermosa cabecita de su hijo, quien comenzó a mover su pequeño cuerpecito. Vicente sintió que la temperatura bajaba y que una pequeña manita le acariciaba la cara. La enfermera se acercó y tocó a la criatura.

—Creo que ya no tiene fiebre —dijo—. Esto es un milagro, hace unos minutos este niño ardía.

—El verdadero amor todo lo vence —añadió Sara poniendo su mano en el hombro de Vicente.

Julio Vicente salió del hospital en los brazos de su padre, quien no podía comprender como alguien tan pequeño podía darle tanta esperanza. El dolor por la pérdida de María lo fue abandonando, quedando solo el recuerdo de los buenos momentos vividos junto a la mujer que había dado su vida para darle el regalo más grande, su hijo.

Cuando Vicente estuvo libre de la carga de sus recuerdos dolorosos, empezó a ver la belleza de Sara. Era diferente a la de María, que llenaba los ojos y no lo dejaba pensar. La belleza de Sara era sencilla, natural, interna. Poco a poco se dio cuenta de que la necesitaba, que cuando no estaba cerca la extrañaba. La miraba jugar con Julio y ya no veía a María, miraba a la mujer que lo había salvado del abismo.

Sara siempre lo había amado, por eso, cuando quiso casarse con María, enterró sus sentimientos por respeto a su hermana y a él. Nunca sintió envidia de su hermana y, el día que murió, juró hacerse cargo de Julio sin ninguna otra intención. Pensó que Vicente era joven y que, cuando volviera a casarse, ella seguiría ocupándose del niño en honor a su hermana. Nunca pensó que el viudo se fijaría en ella, pues se sentía tan ordinaria al lado de su hermana.

Julio miraba a Sara como su madre, a pesar de que mantenía la memoria de María mostrándole fotografías y hablándole de ella. Para Julio, su verdadera mamá, la que estaba en el cielo, era como un ángel, algo etéreo que no podía abrazar, que no lo consolaba cuando estaba triste, que no curaba sus heridas cuando se caía. Sara era todo para él y ella se contentaba con ese hijo que la vida le había regalado.

Una tarde Vicente llegó a la casa con unas flores que había recogido por el camino y las puso en las manos de Sara. Confundida, buscó un envase y las colocó con agua. Un rayito de ilusión la tocó cuando Vicente la tomó por la cintura y la besó despacio.

—Cásate conmigo —propuso.

—¿Estás seguro?

—¿De que te amo?

—Sí.

—Te amo.

—¿Y María?

—Es un recuerdo hermoso que me llevó hasta a ti y me regaló a Julio.

No fue necesaria la respuesta. Sara rodeó el cuello de Vicente con sus brazos y lo besó con todo el amor que por años había contenido.

La relación fue bienvenida por todos los habitantes de Ipagüima, especialmente por Julio. Pronto se casaron y Vicente montó la cafetería del pueblo en la que todos se reunían y comentaban los asuntos importantes, como el primer embarazo de Sara. Al fallecer el padre, el negocio quedó en manos del hijo, quien sería conocido más tarde como Don Julio, el dueño del cafetín.