Quéjese al fabricante


Que ya voy de salida, ¿y qué?

No necesito tanto, lo sé.

En mí vive la misma niña

que cantaba canciones tristes

justo antes de dormir.

Entonces no me arrullaban princesas,

solo me acompañaba el pensamiento

de los niños hambrientos de Praga,

de los perros callejeros de mi barrio,

de mis padres dejando la vida

para darme una mejor.

Y mi soledad.

Sigo atada a los recuerdos

de mis amigas riendo, inocentes,

saltando en los charcos

bajo la lluvia a cántaros,

hablando del primer amor,

del primer beso,

que para mí tardó demasiado,

aunque la maternidad me llegó temprana

con una adultez atropellada.

Todo a destiempo.

Me llegan los años y no me acostumbro.

La idea de la muerte no me asusta.

Solo quiero vivir sin relicarios

con la mente despejada

y el cuerpo dispuesto.

De vez en cuando llorar de amor,

o reír a carcajadas con la gente que amo.

Que no maduro, que hago locuras.

Que me digan intensa, ¿y qué?

Fue así como fui creada.

¿Alguna queja?

Quéjese con el fabricante.

Miedo premonitorio


Originalmente publicado en: Revista 4

Pasos


Casi no me di cuenta. Esa mañana puse la cafetera antes de salir a correr como cada mañana. Regresé a darme un baño antes de ir a trabajar. Mi esposo ya había preparado el desayuno y me despedía con un beso de camino para llevar a los niños al colegio. Me sentía un poco rara, indispuesta, costaba caminar. Me dolía la cabeza, los oídos y la garganta. Estaba cansada sin motivo. Había dormido bien, desde temprano en la noche.

Probé un bocado de la tostada que mi marido dejó en el microondas para mí. La eché a la basura, no sabía a nada. Tampoco mi aromático café. Terminé echándolo al lavabo. No tenía deseos de ir a trabajar, pero ese día tenía una junta muy importante. Un poco de maquillaje, un conjunto elegante y ya, era suficiente para la presentación. Agarré el bolso y las llaves del auto y salí. Lista para otro largo día de trabajo.

—Buenos días —saludé al guardián del aparcadero.

—Buenos días —respondió tan amable y alegre como siempre.    

Entré por el sótano y tomé el ascensor hasta el piso cinco, donde estaba mi oficina. Guardé el bolso en la gaveta, examiné y ordené los documentos necesarios y me dirigí a la sala de juntas. Los compañeros estaban llegando y esperábamos al director de la junta directiva. Mientras lo hacíamos, desplegué el plan de trabajo en el calendario de la pared. La cabeza me latía tan fuerte que parecía a punto de explotar. Tenía nauseas. De repente, todo empezó a dar vueltas y solo percibí mi cuerpo navegando en el aire hasta caer y dar un golpe seco en el suelo.

Escuché voces, alguien se acercó a ayudarme.

—Está hirviendo —dijo.

—Llama una ambulancia —ordenó alguien—. Y al esposo.

Oí pasos de un lado para el otro, pero no podía abrir los ojos. Mi cabeza, cómo me dolía… Y los oídos… Y la garganta… Las náuseas.

—¿Dónde está la paciente? —preguntó una voz desconocida y masculina a lo lejos.

—Sígame, por favor.

—¿Qué pasó? —consultó la misma voz ya no tan desconocida y cercana.

—Ella estaba de espaldas a nosotros, de pronto, se desplomó.

—¿Había manifestado que tenía algún malestar?

—Nada. Llegó como todos los días, lista y a tiempo para una junta.

—Bien, tenemos que llevarla en la ambulancia. Tiene temperatura muy alta. Por favor, haga una lista de todas las personas que han estado en contacto con ella desde que llegó.

La sirena de la ambulancia hacía un ruido terrible. No podía hablar para suplicar que la apagaran. Tampoco podía abrir los ojos. Cuando lo intentaba solo veía siluetas enmascaradas. El vehículo se detuvo, bajaron la camilla y entraron a toda prisa, supongo, que a la sala de urgencias.

—¿Signos vitales?

Alguien respondió con una serie de números que no significaban nada para mí, pero todo para el que preguntó.

—Que se siga el protocolo —recomendó.

«¿Cuál es el protocolo? ¡Auch! Eso dolió. ¡Auch! Eso también. Pero, ¿qué hacen? No puedo hablar y decirles que me duele, que lo hagan suave. Me están apretando mucho el brazo».

—Tranquila, vas a sentir el suero, el líquido arde un poquito —anunció una voz muy dulce.

«¡¿Que arde un poquito?! Está quemándome las venas. Me siento incómoda en esta camilla, el colchón es delgado y siento las barras de metal en el coxis y están frías».

—Vamos a cambiarla a una cama de posiciones. Necesita estar reclinada, así se le dificulta la respiración —dijo la de la voz dulce a otra—. ¿Le vas a dar la terapia?

—Sí. Vamos a tratar primero con la terapia y el medicamento. Recemos porque funcione.

«¿Recemos? ¿Qué es lo que me está pasando? Si yo solo tenía dolor de cabeza, dolor de oídos y garganta. Un otorrinolaringólogo habría sido suficiente, ¿no? Llamen uno. Ya tengo que ir a casa. ¡Dios, la junta! ¿Qué habrá dicho el director?».

—No te preocupes por nada, mamita —de nuevo la de voz dulce—. Tu esposo llamó y dijo que se hará cargo de todo.

—¿Para qué le hablas si está inconsciente? —reclamó la otra.

—Creo que te pasaste la clase de enfermería en la que explicaron que los pacientes siempre escuchan, aunque no lo creas. Ella parece que no lo hace, pero ahora mismo, tan pronto le dije lo de su esposo, su rostro se relajó. Sé que me escucha.

—Y yo creo que Dios la va a sanar si es su voluntad. Así es que recemos.

—Las dos cosas, amiga. Las dos cosas.

Las dos mujeres salieron del cuarto. De vez en cuando entraba una o la otra. Podía distinguirlas por sus pasos. Una entraba muy sigilosa, apenas se notaba su presencia hasta que ponía alguna bolsita de suero. No me tocaba, pero sé que se quedaba mirándome por un ratito.  La otra, siempre andaba de prisa, caminaba con un paso más firme y luego decía:

—Que Dios te ayude a sobrepasar esta enfermedad.

No tenía ni idea de qué mal me aquejaba. Nadie lo dijo, al menos que yo lo oyera. Ayer estaba bien. Ayer, creo. No sé cuánto tiempo ha pasado. Esto ha sido como una noche eterna. Me siento mal, sigue doliéndome la cabeza, los oídos, la garganta… La garganta, es como si se cerrara… Toso… «¡No puedo respirar!».

Sonaron los monitores, escuché muchos pasos, esta vez no pude discernir los de mis cuidadoras. Todos venían de prisa.

—¿Vitales? —preguntó un hombre que nunca había escuchado.

Alguien respondió con números, muchos; no los entendí. Movieron cosas a mi alrededor. No podía abrir los ojos para ver qué hacían. Quería llorar. Tenía mucho miedo. Sé que algo andaba muy mal.

—Hay que inducir la coma y entubarla —ordenó el de la voz que no reconocía.  

«¿Por qué?», me preguntaba. «Tengo que ver a mis niños, jugar con ellos, besar a mi esposo, hacer el amor con él, ir al mercado y visitar a mi madre». Hablaba conmigo misma, nadie me preguntaba nada, no podía hablar, no respondía a ninguna pregunta. Tenía obligaciones que cumplir y escuchaba lo que ocurría alrededor, pero nadie parecía darse cuenta. Creían que estaba dormida.

Unos hombres me voltearon en la cama, ya no estaba inclinada. Algo me dieron que ya no sentía ni escuchaba. Silencio.

Imágenes de tiempos pasados, a cámara lenta como en los sueños, empezaron a inundar mi cabeza, que ya no dolía. Mi padre y mi madre en la playa con mis hermanos, todos riendo de nuestras estupideces.

Mi mejor amiga confesándome que ya no era virgen. Su boda, que no fue con el que la desvirgó, sino con otro más guapo y hasta ahora había sido muy feliz. ¿Sabrá que me enfermé?

Mi primer trabajo, aquel jefe manisuelto al que empujé y cayó sentado en el cubículo de atrás. Nunca lo reprendieron, en cambio a mí, me pusieron la cajita para recoger mis pertenencias sobre la mesa. De todos modos, me fui feliz, ver a aquel gordo, hijo de puta, tirado de nalgas en el suelo, como Humpty Domty sin poder pararse, fue un espectáculo glorioso.

Mi primer novio, hermoso y mujeriego. El segundo, no tan hermoso, pero controlador. Y mi tercero y la vencida. Con ese me casé, en una boda linda, de día y en la playa, y de mucho significado. Nuestras promesas eran un pacto cumplido a cabalidad hasta ahora. «¿Estaría esperando a que saliera de esta noche?». No sé por qué dudé, siempre había estado para mí. Conmigo recibió a mis hijos, cuidó de mi padre hasta que murió y ahora me ayudaba con mi madre. Él era mi vida.

Recuerdos que ni siquiera recordaba. Algunos ni me parecían míos. Flotaba en aquella oscuridad, que solo era interrumpida por pasos, voces incomprensibles, susurros y ruidos apenas perceptibles.

—Está respirando por ella misma —dijo la de voz dulce—. ¡Llama al doctor!

Enseguida supe que la otra estaba con ella, sus pasos firmes salieron de prisa en busca del doctor. Pasó poco tiempo, de nuevo los pasos, muchos pasos, distintos unos de otros. No distinguía entre los de una y la otra.

—Va a salir de esta, te lo dije. Había que confiar en Dios.

Unos brazos fuertes me voltearon y pude abrir los ojos, aunque lo único que veía eran mascarillas y batas médicas azules.

—Tranquila —dijo un hombre—. Voy a remover el tubo. Vas a sentir una molestia, te dará nauseas.

«¿Molestia?». Otra vez los eufemismos. Y sí, vomité un líquido verde, asqueroso. Respiraba y podía ver a toda aquella gente alrededor mío, notaba sus sonrisas en los ojos, era lo único que veía a través de un plástico que llevaban en la cara. Traté de hablar, pero la voz no me salía.

—Vas a estar bien en unos días. Es que acaban de removerte el tubo y la garganta está resentida —explicó, era ella, la de la voz dulce. Parecía una niña, delgadita, de baja estatura. Sonreí agradecida.

En eso entró la otra, la de los pasos firmes; una morena regordeta, de cara redonda y mayor.

—Te ves mucho mejor, ya tienes color en la cara —dijo contenta—. ¿Tienes hambre?

Negué con la cabeza.

»Bien, tendrás que hacer un esfuerzo. El doctor ordenó caldos claros por unos días. Luego suplementos y cuando puedas comer un poco, te irás a casa. Mira que tienes un hombre muy enamorado que llama todos los días, muchas veces.

Así pasaron los días en los que fui mejorando. Cuando dormía, me despertaban los pasos de mis ángeles, cada una distinta, pero perfectas para mí. Gracias a ellas regresé a mi hogar, siempre recordándolas y rezando para que jamás se contagiaran de ese mal que pudo acabar con mi vida.

***

Dedicado a todos los ángeles que han dado sus vidas para salvar las de otros.

Anatomía de los abrazos


Pixabay.com (CCO)

«Me gustan los abrazos», se dijo Marina suspirando.

«Me gustan esos en los que se entrega el alma, que te dejan sin respiración y te hacen olvidar cualquier cosa», pensó imaginándose en brazos de un ser amado.

«Me gustan los que te regalan consuelo cuando estás afligido, dolorido o triste. Como los de tus padres cuando te caes y te has pelado una rodilla; o llegas de la escuela después que alguien se ha reído de ti; o te han dejado sola con un hijo que criar y no tienes ni idea de cómo hacerlo; o porque ves tu infancia partir con ellos», reflexionó mientras una lágrima bajaba por su mejilla.

«Me gustan los abrazos que te entregan lealtad y fidelidad. Como los de los amigos que, aunque te hayan visto ayer, o hace unos días, o no te hayan visto en un millón de años, con solo su contacto te aseguran que siempre estarán contigo cuando los necesites», razonó y sonrió.

«Me gustan los que te dejan sin aliento y detienen tu palpitar, como el primero que te dio tu amor en un momento cálido e inolvidable. Como el que te dio el día de la boda frente a muchos —o pocos— testigos. Como el que le diste a tu primer hijo cuando lo tuviste en tus brazos y a los que llegaron después», meditó emocionada.

«El abrazo es la caricia más completa», discurrió.

«Puede venir acompañado de besos, de palabras cariñosas, de roce de mejillas, de enredo del cabello entre los dedos, de golpecitos o de que coloquen las palmas de las manos en la espalda, de forma tal, que te sientas superseguro».

«Pensemos en los abrazos a cámara lenta», profundizó hablando consigo misma.

«Se abren los brazos, se estiran lo más ancho que se pueda para abarcar, no solo el cuerpo sino también el alma del abrazado. Se saca el pecho y el corazón empieza a latir a una frecuencia excesiva ante tanta anticipación. Una risa nerviosa o un llanto profundo te van indicando la fuerza y el tiempo que debes dedicar a esta tierna —o no tan tierna— caricia. La mayor parte de las veces no se piensa, te lanzas para hundirte en esas extremidades que te esperan, ávidas de ese contacto que es tan necesario tanto para uno como para el otro».  

«Otras veces la timidez te retrae y te asaltan las dudas. ¿Olerás bien, es un evento sorpresivo, inesperado?».

«Lo cierto es que, cuando rebasas las dudas, si te gustan los achuchones tanto como a mí, recibirás a la otra persona entera, la apretarás, cerrarás los ojos, le darás golpecitos en la espalda y descansarás en esa caricia siempre disponible, simple y perfecta».

Marina terminó sus cavilaciones, deseó que la pandemia terminara, jurando que abrazaría a todo aquel se le cruzara en el camino.

2020


Y llegó el año 2021 entre risas nerviosas, intentando retomar las celebraciones acostumbradas: uvas, deseos y, por fin —de lejitos—, abrazos y besos a las 12:01 de la madrugada. Ariana había preparado sus listas de objetivos y metas para el año nuevo; regalos para devolver antes de los quince días después de Navidad y, en un rinconcito, una nota: «quitar las decoraciones». Las cosas sucedidas durante el 2020 quedaban atrás, pero nunca olvidadas.

Los compañeros de la redacción trajeron champagne y algunas tapas para los que les tocaba despedir y recibir el nuevo año trabajando.  El que terminaba había sido tenebroso para la humanidad. Hacían un esfuerzo por olvidar las terribles imágenes que reportaron desde sus casas de mañana, tarde y noche. Mejor era no pensar en aquel aislamiento extendido en varias ocasiones, sin saber cuándo sería su final, ni el miedo a algo invisible que se introducía en el cuerpo como los seres de la película Aliens: algo invencible que solo los científicos habían podido ver a través de un microscopio.

Se alegraban de ver aquel maldito año apagarse, con la esperanza de que el nuevo trajera mejores cosas. Ariana empezó a observar cómo habían cambiado las cosas en su oficina. Las lecciones aprendidas en los pasados 365 días parecían aplicarse a todo. Seguían lavándose las manos mil veces al día; estornudaban en las mangas de sus camisas; guardaban distancia social y, por primera vez empatizaban con sus compañeros, sobre todo con los que habían perdido a un ser querido durante la pandemia.

Todos tenían estrés postraumático o paranoia. No se sentían seguros a pesar de que el gobierno insistía que ya todo estaba bajo control; igual que dudaban al principio de que existiese tal virus, ahora no creían que se hubiera contenido. Todavía al llegar a sus casas, dejaban los zapatos afuera e iniciaban el ritual. Se lavaban las manos, ponían las llaves, la cartera y el móvil en un envase con una preparación de alcohol. Se quitaban la ropa, la ponían en una bolsa y la cerraban hasta que la fueran a lavar. Y al final corrían al baño más cercano para bañarse antes de tocar a ningún miembro de la familia.

Ariana se había servido una taza de café bien cargado, caliente, sin crema ni azúcar, como a ella le gustaba. Se sentó un rato en su escritorio añorando los «quesitos» de San Juan, pero se conformó acompañándolo con una galletita de mantequilla. Sorbo a sorbo, el café le traía las memorias del año que terminaba, a pesar de lo horrible que fue, agradecía estar viva y haber sobrevivido la gran crisis, aunque perdió a varios seres queridos. Miró en su correo electrónico los mensajes deseándole feliz año 2021. Sonrió.

Ariana vivió en Brooklyn, uno de los sectores más mortíferos durante la pandemia. De nada sirvió que prohibieran los viajes provenientes de China, ni la cuarentena, el hecho fue que tardaron demasiado en imponer las medidas preventivas, por eso el virus se propagó y la cuarentena pareció perpetua. Cada mes se le añadían quince a aquel eterno encierro. #Quédateencasa era el hashtag de moda para que todos los habitantes del planeta se mantuvieran resguardados en sus hogares y evitar el contagio.

Los niños vaciaron las escuelas y los padres se volvieron sus maestros; los padres convirtieron sus hogares en oficina, pero el hacinamiento provocó que muchas familias se separaran, aumentando los casos de divorcio y violencia intrafamiliar.

Miembros de la clase artística de todas partes del mundo—músicos, cantantes, poetas, escritores— mostraban su arte en las redes sociales: conciertos de famosos, de no tan famosos y de personas que solo querían alegrar la vida a los que estaban en aislamiento. Videos de chistes, memes, teorías sobre el COVID-19, teorías conspiratorias, mil formas de hacer mascarillas, cómo hacer las gárgaras de bicarbonato y el ritual al llegar a casa cundieron las redes también.

Los museos abrieron sus portales electrónicos para que durante la cuarentena las personas pudieran disfrutar del arte allí expuesto. Ariana disfrutaba mucho del arte y apreciaba esos portales. Se sentaba por horas a ver a Velázquez, al Bosco, Rubens, el Greco, pero su soledad era mayúscula.

La Semana Santa adquirió un sabor más amargo que nunca. La imagen del anciano Papa postrado en el suelo rogando al Padre por misericordia quedó tatuada en la retina de cuantos lo vieron. Los sacerdotes daban misas televisadas en un melancólico encierro, mientras hombres y mujeres de todas las religiones oraban, rezaban y meditaban buscando el auxilio de un Poder Supremo para poder sobrellevar la crisis.

Andrea Bocelli, reverente, en una soledad que quebraba el alma, dio un concierto frente a un vacío Duomo de Milán el Domingo de Resurrección, mientras el mundo entero, en silencio, agazapado en sus hogares, lo acompañaba. Ariana con el corazón hecho hilachas, descubría que siempre se puede llorar más.

El mercado de valores caía y caía ante los ojos del mundo, sin parecer tener fondo, amenazando la estabilidad financiera de los países del primer mundo. Millones de personas se quedaron desempleadas en los Estados Unidos, algunos sin alternativas. La situación cayó como anillo al dedo para el presidente que quería deshacerse de los inmigrantes. Con la excusa de salvaguardar los empleos de los miles de ciudadanos norteamericanos sin trabajo, firmó una orden ejecutiva para que no se permitiera la entrada de ningún extranjero. Envió de vuelta a sus países a los trabajadores del campo sin fecha de retorno. Negó ayuda económica alegando que los inmigrantes eran una carga pública y que por lo tanto no cualificaban para la residencia una vez terminara la pandemia.

Los doctores recibían a los enfermos en los hospitales haciendo lo posible por salvar vidas, dando las suyas —literalmente—, por sus pacientes.  Todos comenzaron a mirar con más respeto a los que daban servicios de emergencia: enfermeras, técnicos, policías, bomberos y hasta al personal de limpieza. En algunos lugares del mundo los aplaudían desde sus balcones en agradecimiento a su labor suicida. Si bien era cierto que su responsabilidad era cuidar de los enfermos, el riesgo al que se sometían era demasiado. Muchos enfermaron y muchos otros fallecieron. Aun así, dieron la lucha con un valor y una entrega inesperada. Se les veía correr por los pasillos de los hospitales, socorriendo a los enfermos para luego dormir en sus automóviles por temor a llevar el COVID-19 a sus hogares.

La Tierra cambió. Y en medio de este caos, la naturaleza se regeneraba en ausencia del peor predador del planeta: el ser humano.

El invierno terminó. La primavera llegó con los cielos más azules vistos por varias generaciones; los árboles más verdes; las flores más diversas; y los pájaros haciendo nidos por doquier. La Madre Naturaleza reclamaba lo suyo, lo que se le había robado. Pronto se notó desde las fotos tomadas por los satélites, como reverdecía el planeta. El agujero en la capa de ozono se iba cerrando, restaurándose la estratósfera.

Las ciudades vacías se veían más limpias que nunca. Las aguas de los canales de Venecia se miraban tan cristalinas que los peces se observaban en el fondo. Cientos de miles de cisnes rosados nadaban plácidamente por las canalejas. Los animales acuáticos danzaban en el océano, alegres, y los leones en África dormían tranquilos a orilla de las carreteras. Otras bestias caminaban serenas por las ciudades vacías sin ser perturbadas. Muchos iban de vuelta a su hábitat sin el temor de que los seres humanos los atacaran.

El año 2020 había empezado con una serie de eventos climatológicos inexplicables: terremotos, tornados, tormentas. Trece lunas llenas adornaron el firmamento. Ariana se enamoró de la luna rosa, que vio desde su balcón unos días después de que se inició la cuarentena. Nunca había visto a la luna más hermosa que esa noche: preñada y rosadita. Todo lo que sucedió después no parecía ser parte de ese escenario que se había pintado en aquel cielo de abril. En aquel apartamento, en una absoluta soledad, lloraba su desventura. David la abandonó cuando la luna rosa se despidió. No supo más de él y ya nada más importaba.

En mayo, el gobierno comenzó a abrir los establecimientos para ayudar a «recuperar la economía», pero la gente no había aprendido nada. Se tiraron a las calles a festejar, a bailar, a abrazarse y besarse como si nada hubiera pasado. Unos días después las ciudades tuvieron que volver al punto cero. La enfermedad atacó más fiera, sobre todo a los niños, con un llamado «Síndrome de Kawasaki».

El otoño trajo mejores noticias. Aunque la vacuna no se había perfeccionado, algunos medicamentos eran efectivos y se suministraron a la población enferma. Era un rayo de esperanza al que todos se abrazaron.

Ariana miró su árbol de Navidad. Se acercó —taza de café en mano— y tocó uno de sus empolvados adornos. En aquella esquina, ese árbol había sido testigo del horror que había vivido ese año. Juró que tan pronto terminara el 2020, lo desecharía.

Olvidando el aislamiento


Vorágine dolorosa


El 25 de noviembre de 1897, se otorgó a la provincia de ultramar de Puerto Rico la Carta Autonómica, en la que autorizaba un gobierno de carácter autónomo a la isla. El régimen comenzó en febrero de 1898, pero al estallar la Guerra Hispano-Americana y la subsiguiente invasión por el ejército norteamericano, el gobierno ni siquiera pudo iniciar sus funciones. Por medio del Tratado de París, España cedió su soberanía a Estados Unidos sin que fueran consultadas las instituciones puertorriqueñas[1] . De este modo, la isla pasó de la tiranía española a la norteamericana ante los ojos de los isleños quienes no sabían cuál sería su destino en adelante. Durante la vorágine que sucedió a la invasión, el pueblo estuvo dividido y muchos actos vergonzosos, como los que suelen ocurrir durante la guerra —y que nunca fueron llevados ante la justicia—, tuvieron su escenario en las montañas de Puerto Rico.

Cinco años antes de la invasión

Aurelia tenía trece años cuando su padre le vendió su cuerpo al hacendado, señor de la finca donde su familia vivía agregada. Su progenitor desalmado, vio en la belleza de su hija un pasaporte para saldar la deuda en la tienda de raya[2] y con el sobrante comprar un terrenito para poco a poco fundar su propio imperio. Por lo menos ese era su sueño ahora que se hablaba de que España le daría la autonomía a isla y los criollos iban a deshacerse del dominio de los tiranos.

No pensó por un segundo en la niña cuando el viejo libidinoso le hizo la oferta. Aquella noche mandó a la muchachita a buscar un cubo al cobertizo para que Asunción, su mujer, no se diera cuenta de lo que había hecho. No es que le importara mucho lo que pensara o dijera, al fin y al cabo, ni siquiera estaban casados, pero él era el macho, quien mandaba y decía lo que se hacía en su bohío. Más bien era porque no soportaría su mirada lánguida, llena de reproche y su negativa a acostarse con él sabe Dios por cuántos meses. Las putas eran muy caras y ni hablar de una querida, por lo que estar de buenas con ella era necesario para poder descargar sus necesidades.

Aurelia era menuda, sus pechos apenas florecían, pero sus ojos eran su perdición. Aquella mirada zafiro era única en la comarca, su desgracia ante el deseo del hacendado que se había empecinado con la incipiente belleza de la muchachita. Obediente como era, salió a cumplir la orden de su padre, por más que le temía al Cuco. Ya estaba en camisón. A esas horas estaría durmiendo después de un arduo día ayudando a su madre con el cuido de sus hermanos, los animales y los quehaceres del hogar, que no eran pocos. Iba frotando sus ojos de sueño y cansancio, cuando se le apareció el hombre gordo y asqueroso, Don Prudencio Ruiz y Delgado. Aunque era de noche y solo le alumbraba la tímida luz de un quinqué, enseguida lo reconoció. Sintió en sus virginales entrañas el frío que precede al peligro. Se le revolvió el estómago. Las piernas le comenzaron a temblar. No tuvo tiempo de correr. El animal se le abalanzó encima, arrastrándola hasta la cabaña y la tiró sobre la paja seca desgarrando de una vez la bata. Se tumbó sobre ella, aplastándola, bañándola de su sudor hediondo y de su apestoso aliento. La niña luchaba e intentaba gritar, aterrada, pero su voz era apagada con el peso del cuerpo de aquella bestia. Le dolía, sabía lo que le hacía pues muchas veces había visto sin querer a su padre tenderse sobre su madre, pero a ella no parecía dolerle. Las lágrimas le entraban por los oídos. Cansada, cerró los ojos y se hundió en aquella eternidad.

—Ya te volveré a ver. Le diré a tu padre cuándo —dijo el maldito mientras se cerraba el pantalón, dejándole saber que aquello había sucedido con la anuencia del padre. Tronchada, regresó al bohío donde todos dormían y se acurrucó, callada, llorando en silencio.

Al día siguiente, el campesino fue a buscar el pago por la virginidad de la niña. El hacendado rió a carcajadas ante la ignorancia de su trabajador.

—Da gracias a Dios que no te echo de la finca, ¡ignorante! Todo lo que está en esta hacienda me pertenece, hasta tu familia. Puedo disponer del virgo de todas tus hijas cuando quiera —dijo burlándose, ufano y fumándose un puro.

El padre rabioso intentó atacar al terrateniente con su machete, pero se le adelantó y de un tiro terminó con su vida. Los negros y demás peones corrieron cuando escucharon la detonación.

—¡Sáquenlo de aquí! —ordenó el hombre y todos obedecieron sin preguntar.

Desde ese momento en adelante, Aurelia evitó que desalojaran a su madre y a sus hermanos de la hacienda pagando con su cuerpo. Todos sabían lo que había ocurrido aquella noche, pero nadie hablaba de ello. Pasaron varios años y la niña se transformó en una mujer, cada día más hermosa, la debilidad del viejo gordo.

Aurelia «la tiznada»[3]

Lo que nadie sabía de Aurelia, era que la joven había abrazado el Movimiento Autonomista Puertorriqueño y su deseo era liberar a la isla de los terratenientes españoles, de una vez por todas. La Carta Autonómica no era suficiente, pues la isla no contaba con suficientes soldados para luchar contra el ejército español. Tenían que irse todos a las armas hasta expulsar el tirano.

Por las noches, escondida entre las sombras, vestida de obrero de la hacienda, corría hasta una hacienda cercana en donde se reunían un grupo de jóvenes —y menos jóvenes— que tenían la esperanza de que los españoles fueran arrojados. Aurelia había adquirido una identidad masculina para que no la reconocieran. Era inteligente, sabia, buena estratega. Sabía dónde estaban las otras haciendas, conocía a las jóvenes criollas y a las negras libertas, de quienes podía conseguir cualquier información. Como Don Prudencio le había permitido usar los caballos, a veces iba de una hacienda a otra, investigando, buscando los mejores lugares para esconderse. Un viejo que había sido esclavo y que la conocía de niña era su consejero. A él le contaba todo pues lo amaba como al padre que no tuvo y confiaba en él.

 —Moncho, ya quiero que todo termine. Hay mucha incertidumbre entre la gente. ¿Crees que los españoles dejarán sus haciendas y se irán? —le preguntó.

 —Es poco probable, niña. Llevan toda la vida aquí, han hecho sus fortunas y todos les debemos. Nos han explotado. Tienen listas de todo, no nos dejarán libres, no hay escapatoria para nosotros. Quizá para ti, pero para nosotros los esclavos…

—Ya no eres esclavo, Moncho…

 —Ay, niña… He sido esclavo toda la vida y eso de la mentada libertad en nada ha cambiado que soy negro, que tengo que trabajar en el sol desde que sale hasta que se esconde.

 —Si fuera por mí ya no trabajarías…

—Lo sé muy bien. Niña, no te preocupes por mí, más bien ten cuidado con lo que haces.

—¿Lo que hago? ¿De qué?

—Sé que te disfrazas de hombre y te tiznas la cara y el cuerpo para que no te reconozcan.

—Debes saber también por qué lo hago. Los terratenientes tienen que salir de la isla. Ya no podemos soportar tantos abusos. Aún con el nuevo gobierno, no se han inmutado, creen que están por encima de la ley.

—¿Y qué piensan hacer?

—Vamos a luchar hasta que no quede uno en esta isla —sentenció la joven.

La invasión norteamericana

El 1898 fue un año que empezó con una tremenda sequía. No se vislumbraba que las cosechas pudieran sobrevivir. Ya para julio, las lluvias comenzaron, al principio los agricultores estaban contentos e iniciaron la siembra de los frutos menores. Sin embargo, la lluvia se convirtió en aguaceros copiosos. Se reportaron inundaciones, ríos desbordados y enfermedades[4].

El 25 de julio de 1898, las tropas norteamericanas comandadas por el General Nelson Miles entraron por el sur de Puerto Rico, abriéndose paso por los pueblos de la isla. Muchos habitantes —criollos, mestizos, campesinos, jornaleros y negros— pensaron que los norteamericanos venían a liberarlos del ejército opresor y que estos por fin serían expulsados de la isla. Ante esa impresión, colaboraron con el invasor[5].

A partir del mes de julio se suscitaron «las venganzas» contra los hacendados. Al principio los atacantes encapuchados y tiznados, venían a caballo y en nombre del ejército norteamericano entraban en las haciendas, robaban los suministros que había en las tiendas de raya y rompían los libros en los que estaban apuntadas las deudas de los peones. Luego los ataques fueron más severos. Llegaban a las casas de los hacendados, se llevaban lo que podían y quemaban lo que no, en muchos casos asesinaban a los mayordomos y a los hacendados. Tampoco faltaron las extorsiones a cambio de que se aumentaran los jornales de los obreros durante las cosechas de café[6].

Aurelia era líder del grupo de los tiznados y recibía órdenes directas de «Águila Negra»[7]. Muchos decían que era su mujer. Cabalgaba altiva, orgullosa, repartiendo castigo a quienes tanto daño le habían hecho a la patria y a los suyos. Los demás la obedecían, conocían las señales que hacía con sus manos y cabeza, porque no hablaba durante los ataques para ocultar que era mujer. No miraba a nadie de frente, pues podían identificarla por el color único de sus ojos. Esperaba con calma el momento de vengarse de Don Porfirio. Al malnacido lo había dejado para el final. Había planificado por años lo que le haría si tuviera la oportunidad y le había llegado. Su corazón se había endurecido en la espera, ya no era aquella niña que el viejo violó apoyado por su padre, ni la muchacha que sufrió bajo su maloliente cuerpo para evitar que la dejaran en la calle con su madre y hermanos. Ahora era una mujer, dueña de sí y dueña de la vida de aquel animal cuando quisiera.

Aquella noche se vistió despacio, recogió su melena castaña y cubrió su cara y cuerpo de hollín. En el cinto llevaba un revólver Orbea No. 7 y un cuchillo afilado para cercenar la garganta del maldito. Caminó hasta la caballeriza y tomó su caballo preferido, un caballo ordinario, de campesino, que no se distinguía de ningún otro. No sabía si iba a regresar. Los soldados americanos transitaban los caminos para evitar los ataques y devolver el poder a los terratenientes españoles sobre sus haciendas. Aurelia respiró profundo el aire puro de la montaña y se dirigió a donde se reuniría con sus tiznados. La vieron llegar en su humilde corcel, soberbia. Saludó con la cabeza. Luego hizo señales para que supieran que esa noche le caerían a los Ruiz y Delgado. Se alistaron y cabalgaron hasta las inmediaciones de la vasta finca. Unos perros empezaron a ladrar y a aullar a lo lejos. Seguro que avisaban a sus amos de lo que se les venía encima.

Los trabajadores y negros de la hacienda salieron empuñando machetes para defender a su amo, pero poco tiempo duró la refriega. Los tiznados estaban mejor armados, con armas de fuego que habían robado en sus asaltos anteriores. Los defensores cayeron o huyeron al monte por sus vidas. Uno a uno los tiznados encendieron sus antorchas. Aurelia fue directo al cobertizo en donde había perdido su virginidad y lo incendió. Dio su visto bueno para que tomaran los caballos, entraran a la tienda y hurtaran todo lo que pudieran. Allí los hombres cargaron sus caballos de mercancía y quemaron los libros de las deudas. Después se dirigieron a la casa grande, que permanecía a oscuras.

—¡Salga de ahí, Don Porfirio! —gritó uno de los tiznados—. Sabemos que está ahí escondido con su familia.

Nadie respondió. Adentro estaba el cobarde, junto a su mujer, sus hijas, esposos y nietos. Se acercaba la Navidad y se habían reunido para pasarla en familia. Las mujeres lloraban aterrorizadas. La esposa rezaba el rosario entre dientes. Los jóvenes esposos querían salir. Ellos eran criollos y pensaban que nada podían tener en su contra.

—No salgan —susurró Porfirio—. Son unos bandidos que no entienden razones.

—Pero algo hay que hacer, pueden quemar la casa con nosotros adentro —respondió uno de los yernos.

—¡Qué no, les digo!

—Padre —suplicó una de las hijas—, déjalos salir. Ellos son de aquí, del pueblo, todos los conocen y saben que son criollos, gente buena. Deja que hablen con ellos.

El viejo no tuvo otra alternativa que dejar que sus yernos salieran, pero no se equivocaba. Si bien era cierto que los tiznados no tenían nada en contra de los criollos al principio, en algunas áreas de la isla ya habían asaltado sus fincas. Tan pronto salieron, los amarraron y no quisieron escuchar sus ruegos de que no hicieran nada a su familia.

Aurelia entró a la casa con algunos de sus hombres y encontró a las mujeres arrodilladas, rezando. El viejo esperaba sentado con una pistola en la mano, que nunca usó. Se daba cuenta que solo podría matar a uno o dos y luego sería peor para él. Miraba fijo al suelo. Tenía pánico a la tortura, sabía que era lo que merecía por sus pecados pasados. Aurelia se acercó al anciano despacio. Haló los pocos cabellos que le quedaban en la cabeza para mirarlo a la cara. Cuando sus ojos se encontraron, el hombre se orinó encima. Vio en el fondo de los ojos de la joven un profundo odio, tan hondo como el mar entre España y aquella isla. En la semioscuridad veía claramente el filo del puñal que la muchacha sostenía en su mano. Su final estaba cerca.

—No le hagas daño al abuelo —suplicó una voz infantil halando con sus manitas la parte de atrás de su chaleco.

Aurelia recordó que el viejo no escuchó sus súplicas aquella desdichada noche. Sus ojos se metían en el alma oscura de su violador intentando encontrar arrepentimiento en ellos, pero solo encontró miedo, pavor, espanto. En su interior se le revolvían los sentimientos. El niño seguía gimiendo, suplicando por la vida de su abuelo. No, ella no era como aquel animal. Era diferente. Una lágrima zanjó su cara tiznada. Bajó el cuchillo, miró al niño y dio la espalda al viejo para irse.

Una bala surcó el espacio entre los dos. Y Aurelia cayó exánime.

 

Bibliografía

[1] Burgos-Malavé, E.M. (1997): Génesis y praxis de la Carta autonómica de 1897 en Puerto Rico, San Juan, Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

[2] Picó F. (1987) 1898: La guerra después de la guerra. Ediciones Huracán, SJ. La tienda de raya era un establecimiento a crédito en las haciendas en el que los jornaleros eran obligados a comprar, como eran analfabetos ponían una raya para firmar. Se prestaba para el abuso, pues nunca sabían el verdadero monto de la deuda.

[3] Ibid. Grupo de paisanos armados que salían durante la noche, tiznados el rostro y cubriéndose las facciones a fin de no ser reconocidos.

[4] Ibid.

[5] Ibid.

[6] Ibid.

[7] Ibid. «Águila Negra» bandido idealizado y a quien se le identificó con la causa por la independencia, aunque no hay documentos que lo evidencien. También fue conocido como «Águila Azul» y «Águila Blanca».

Images: yahoo.com (CCO) Puerto Rico invasion 1898