La mujer que no conocí


Nunca conocí a mi madre. No que no la conociera físicamente. Siempre estuvo allí: desde el mismo momento en que nací, nueve meses antes, desde que fui concebida. Me refiero a que no supe nada de lo que guardaba dentro de sí: sus secretos, sus miedos, sus anhelos, sus ilusiones. Nunca supe cuál era su color ni su canción o su película favorita. Jamás la vi reír a carcajadas, ni la vi sonreír de pura felicidad. Era una extraña, sombría, a la que en muchas ocasiones desee preguntar si era su hija adoptiva.

No era como la mayoría de las madres de mis amigas. Ella trabajaba mucho, quizá demasiado como para detenerse a contestar mis preguntas. En un día cualquiera, me levantaba para el colegio a eso de las cinco de la mañana —para dejarme vestida y desayunada—, y luego irse a esperar por el transporte, que casualmente pasaba justo al cruzar la calle. Tenía que hacer dos cambios en la ruta hasta llegar a su destino: de la casa hasta Bayamón y de allí a San Juan.

Mi madre era enfermera. Solo sus pacientes conocían su ternura. Era trabajadora, responsable, pero siempre enigmática. Le gustaba ofrecerse de voluntaria, aunque se estuviera ahogando de trabajo. Tomaba cursos universitarios para mejorar sus conocimientos y de ser una enfermera práctica, pasó a ser enfermera diplomada. De todo esto me enteré en la ceremonia de jubilación a la que me invitó, en la que sentí que todo el tiempo hablaban de otra persona.

La mujer que veía venir por las tardes —vestida de blanco de pies a cabeza— no se parecía a esa. Había un dejo de hastío en su mirada cansada. Sin quitarse el uniforme, calentaba una que otra cosa para la cena y luego de servirnos se quitaba los zapatos para recostarse en el sofá a mirar su «novelita» televisiva. Se metía en aquella pantalla, tal vez fantaseando con el amor romántico o con un caballero millonario, que la salvara y la sacara de su laboriosa vida. Creo que eran los únicos momentos en que se daba el lujo de soñar. Ya a las siete de la noche me mandaba a la cama y se iniciaba su calvario de escucharme llorar hasta quedarme dormida.

Mi madre y mi padre apenas se veían. Todos vivíamos en la misma casa —incluyendo a mi hermana mayor que era un fantasma—, pero el horario de trabajo de ambos era tal, que apenas coincidían. No tengo idea si hacían el amor, aunque era muy pequeña y no me daría cuenta, creo. Eso sí, a la hora de disciplinar, se ponían de acuerdo y no había modo de que pudiera engañar a uno o al otro.

Mi mamá solo hablaba con mi hermana. Se encerraban por horas en su cuarto y si yo estaba presente hablaban en jeringonza. No se dieron cuenta cuando aprendí el dichoso lenguaje en clave y comencé a enterarme de las cosas que ocurrían en la familia extendida, que era bastante numerosa.

Una noche en la que se exhibía en el colegio la película The Sound of Music, ya cuando estábamos vestidas para salir, llamaron al teléfono. Cambio de planes, me dijo mi madre. Según le contaba a mi hermana —en jeringonza—, mi tía estaba en el hospital con un infarto. ¿La razón? Mi prima se había acostado con un sacerdote y estaba embarazada. Claro que yo no podía preguntar por qué por acostarse se había embarazado, se darían cuenta de que las entendía. Estaba segura de que, cuando mis tías —que no sabían jeringonza— se juntaran, me enteraría de los detalles. Y así fue. Mi tía falleció del disgusto y mi pobre prima embarazada se convirtió en la apestada de la familia. De no haber sido por su padre, la habrían echado de la misma funeraria.

Entre el chocolate y el pan con mantequilla, las tías hablaban del sacrilegio que la prima había cometido.

—¿Cómo se metió con un hombre de Dios? —decía una, alarmada.

—Esa muchacha siempre ha sido incorregible. ¿Se acuerdan cuando se metió con el hombre casado? —dijo la otra.

  —¡Ella mató a la madre! —sentenciaron.

Yo observaba a mi prima arrodillada frente al féretro, vestida de negro, con una mantilla negra, con los ojos derretidos de tanto llorar y la cara hinchada. Era la viva imagen del arrepentimiento. Lloré con ella, no por mi tía, sino por su desgracia. Creo que fue entonces cuando me rebelé a la idea de que las mujeres éramos las responsables de los pecados de los hombres. ¿O qué? ¿El casado no podía serle fiel a la mujer? ¿El sacerdote no tenía un compromiso con Dios?

Mi madre también hablaba y me molestó. Ella me llevaba a la iglesia en la que predicaban que no se debía juzgar al prójimo. La vi acercarse al cadáver, ignorando a mi prima, para tomar una foto de mi tía muerta. Por semanas anduvo taciturna. Cuando fue a buscar las fotografías del funeral se encerró a llorar amargamente. Lo hizo varias veces hasta que un día vi que se deshizo de ellas. Me hacen mal, me dijo.

Poco tiempo después mi hermana decidió irse a estudiar a los Estados Unidos. A mí me daba igual. Era mucho mayor que yo y apenas me hacía caso.

Se preparó todo y mi madre partió con ella en un viaje para dejarla instalada en la universidad. Cuando regresó, sus silencios fueron peores. Mi única compañía era el perro y mis amigas del colegio. En uno de mis cumpleaños, la mamá de una amiga me invitó a su casa para jugar, creo que se daba cuenta de mi soledad. Cuando mi mamá llegó del trabajo y no me encontró se puso furiosa. Llamó a todas mis amigas y cuando me encontró, insultó a la señora que me había sacado de mi casa sin su permiso. Supongo que ese fue uno de los cumpleaños más tristes de mi vida, sobre todo porque me avergonzó.

En esa época me di cuenta de que mi mamá y yo no teníamos nada en común, solo que ella sufría en su soledad y yo en la mía. Cada vez estábamos más distanciadas. Según entraba en mi adolescencia, más me rebelaba contra ella. Cuando la veía llegar del trabajo, me encerraba en mi cuarto para no tener que verla ni cruzar palabra. No le contaba mis cosas, no la hacía partícipe de nada. Mi mundo era mío, como el de ella era suyo.

El día de su cumpleaños desapareció. Mi padre la estuvo buscando, desesperado. Sus amigas también. En todo el día nadie supo de ella. Cuando apareció ya era de noche. Siguió a su cuarto y se encerró. Nunca nadie supo dónde estuvo, pero tampoco la vi más contenta después de su hazaña. Quizá su espíritu ya agonizaba por falta de afecto, por cansancio, o frustración.

Así la vi envejecer, entre sonrisas fingidas solo para desconocidos, hasta que poco a poco, abrazando un muñeco de trapo, su alma escapó de su cuerpo y en sus ojos no quedó nada.

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Imagen por Comfreak (CC0).

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El bolso verde chatre


Lucía quería comprar un bolso de marca, de esos que eran carísimos, que deslumbraban a las demás mujeres y las hacían arder de envidia. Gastaba casi todo su sueldo en ropa, maquillaje y zapatos, pero le faltaba el bolso. Su imagen era todo para ella. Se levantaba a las cuatro de la mañana, corría cinco millas y se daba una ducha de agua fría, para asegurar que su piel no se resecara. Cubría todo su cuerpo con cremas, una para cada parte.  La de la cara —que la protegía de los rayos solares—, luego la del cuerpo, la de los pies, y la de las manos. Se paraba frente al espejo para ponerse con cuidado su maquillaje, que, por supuesto, tenía que quedar perfecto. Peinaba su cabello rubio platinado —como el de Marilyn Monroe—, que teñía cada semana, pues no le gustaba que le vieran el crecimiento. Sus pestañas y uñas eran postizas. También usaba lentes de contacto azules. Sus vestidos y zapatos eran de marca también, aunque era más fácil adquirirlos en ciertas tiendas a donde iban a parar cuando había exceso de inventario en las exclusivas, pero le faltaba el bolso. No se sentía completa.

Todos los días, Lucía pasaba por una tienda exclusiva para admirar los bolsos. Buscaba en Ebay y en Amazon por una oferta. Había uno que le gustaba en particular, color verde chatre, de piel de lagarto, finísimo. Suspiraba cada vez que lo veía, pero apenas podía pagar la renta y se alimentaba con lechugas. Le decía a todo el mundo que era vegana, pero lo cierto era que no tenía para más con tanto gasto. No tenía forma de ahorrar y sus tarjetas de crédito no aguantaban más. La empleada de la tienda la miraba desde adentro, le parecía patética. Deducía que no tenía dinero para comprarlo, de lo contrario ya habría entrado hacía tiempo. Ella misma tenía una copia del bolso y estaba conforme con ello. A Lucía esto le parecía un sacrilegio, tenía que ser un original.

A veces soñaba que un millonario se enamoraba de ella y le regalaba el deseado bolso. La posibilidad de que eso pasara era mínima, pero un sueño era un sueño. Dormida pensaba en él. Despierta su mente estaba ocupada solo con la idea de poseerlo. En el trabajo pasaba horas dibujándolo, cada detalle, las líneas, el color verde que no combinaba con nada y que solo por ser original, sería perfecto para llevarlo con todo. El bolso era su obsesión.

Una noche decidió que el bolso sería suyo. Se cubrió con un pasamontaña, ocultando su rostro. Esperó a que fuera de madrugada y llegó hasta la tienda exclusiva. Arrojó una piedra destruyendo la vitrina. La alarma sonó, ensordeciéndola, pero no le importó. Ya había llegado muy lejos. Agarró el bolso, abrazándolo, acariciándolo, protegiéndolo como a un recién nacido. Corrió calle abajo, enloquecida de emoción, antes de que llegara la policía. En la mañana, cuando llegó la empleada, enseguida supo quien se había llevado el bolso color verde chatre de piel de lagarto. Nada dijo.

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Imagen: https://pixabay.com/en/fashion-model-green-handbag-1107715/

En el fin del mundo


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Corría el año 2035. Los científicos habían advertido, décadas previas al principio de este siglo, que el calentamiento global causaría estragos en el medio ambiente. El agua escasearía, y también los alimentos, si los gobiernos no tomaban medidas inmediatas para disminuir su impacto. La realidad era que el cambio climático no fue causado por la naturaleza, sino por la forma irresponsable en la que los humanos habíamos tratado al planeta. Ciudades enteras desaparecieron como consecuencia de huracanes, terremotos, inundaciones y tornados. La sequía estaba acabando con la vegetación, por lo que los animales tampoco tenían de comer. La supervivencia de la raza humana se encontraba en jaque.

Por causa de la escasez, se inició la guerra del 2025. Ya no se peleaba por el poder, los territorios, o el petróleo, como en las anteriores. Los hombres y mujeres se echaban a las calles, protestando por el hambre y la sed que estaban sufriendo. Los ricos miraban con horror como sus alacenas, otrora repletas de comestibles y agua embotellada, se encontraban vacías.

Mi esposo y yo comíamos en silencio. Devorábamos a nuestro perro Samuel, porque estábamos cansados de alimentarnos con ratas y cucarachas. Bebíamos nuestros orines. No sé en qué estaría él, pero —yo pensaba que— tan pronto se durmiera en la noche, lo destazaría para la cena de mañana. Cuando terminamos, nos levantamos despacio, sin decir una palabra. Él se fue a ver las noticias, yo a lavar los platos y cubiertos. Tomé un cuchillo con mucho filo. De momento, tuve nostalgia de los buenos tiempos, cuando éramos felices, íbamos al cine y luego a cenar. Lo solté, asustada de mis pensamientos.

Desde la cocina escuchaba a la reportera. Más homicidios, robos, suicidios. La policía no daba abasto. La hambruna arropaba la tierra y no parecía que fuera a mejorar. Los chinos experimentaban con alimentos de laboratorio, sin éxito. Los billonarios que viajaron a otros planetas con la promesa de que iban a salvar la vida, también habían fracasado.

Estaba secándome las manos cuando mi esposo entró a la cocina. Traía un hacha en la mano. Sabía que cuando acabara de hartarse mi cuerpo, también se moriría de hambre. Cerré los ojos y sonreí burlona.

Imagen libre de derechos (CC0):  https://pixabay.com/en/doom-earth-end-hand-world-2372308/

Principio y fin


Eran las cinco de la mañana cuando Zoé llegó a su trabajo. Aparcó su vehículo y respiró profundo antes de bajarse. Tenía por costumbre dejar sus problemas personales atrás antes de entregarse a sus labores. Lloviznaba, lo que la fastidiaba porque ese día se había puesto sandalias con tacones. Tomó su bolso, la lonchera y corrió hacia el edificio, intentando taparse de la lluvia que ya apretaba. Todavía era de noche. El rocío de la madrugada despertaba su cuerpo que aún extrañaba su cama. Tocó el timbre para que el guardián abriera la puerta. El hombre abrió, saludándola amablemente. Entró a su oficina, tomó papel toalla y se secó los pies. Guardó el bolso en un cajón del escritorio, encendió el computador y fue a la cocina a poner sus alimentos en el refrigerador. Los pasillos todavía estaban a media luz, solo la estación de enfermeras estaba encendida. Le dio los buenos días a la que estaba de turno y preguntó por su paciente preferida. Una niña con limitaciones mentales, que ella consideraba que estaba mal ubicada en aquel asilo de ancianos.

            Cuando revisó su correo electrónico, vio el listado de los pacientes nuevos a los que debía entrevistar en su jornada. Amaba su empleo, pero se daba cuenta de que ya estaba pasando factura en sus emociones. Vivía día a día con la enfermedad, con el final de la vida. En aquel lugar no reinaba la esperanza. Preparaba a sus pacientes y a sus familias para el inevitable evento. Y no había manera de que no le afectara, por más que utilizara las técnicas de cuidado propio que le habían enseñado en la universidad.

            Completó algunos reportes, esperando que despertaran los pacientes y tomaran el desayuno para visitarlos en sus habitaciones. A eso de las nueve de la mañana, revisó el primer expediente.

            «Camilo Fernández, varón, 83 años. Infarto. Trasladado del hospital San Francisco para rehabilitación. No hay información de familiares o encargados».

            Zoé salió con el expediente, se detuvo en la puerta de la habitación y dio dos golpecitos para no asustar al hombre. Camilo estaba despierto sentado en la cama con la bandeja de alimentos al frente. La miró, pero no dijo nada.

            —Buenos días —saludó Zoé—. ¿Me permite entrar?

            Él asintió. Ella tomó una silla y se sentó cerca de la cama para hablar con él. Notó que no había probado bocado. Zoé se presentó e hizo unas preguntas de rutina para determinar la capacidad mental del paciente. Camilo no tenía problemas para contestar. El encuentro parecía rutinario, como con cualquier enfermo.

            —Señor Fernández, aquí en el expediente no hay información de familiares o su encargado. ¿Podría decirme con quién puedo comunicarme en caso de urgencia?

            —No tengo a nadie, señorita… y es mi culpa —contestó.

            —A alguien debe tener… —dijo algo perturbada con la respuesta.

—No, señorita. No tengo a nadie. A una sola mujer amé en toda mi vida, pero a ella la perdí.

            Zoé no quiso interrumpirlo. Se dio cuenta de que Camilo necesitaba hablar y lo dejó continuar. Había aprendido que su silencio a veces era lo más terapéutico para el paciente.

            —La conocí en unas fiestas de mi pueblo a la que fui con unos parientes. Todo estaba adornado con banderines de colores y muchas luces brillantes, que hacían la noche casi de día. Caminábamos en un grupo de mozuelos cuando la vi. Enseguida quedé enamorado. Había algo en ella que me atraía, no solo era linda, era su mirada alegre, llena de ilusión. Pregunté a mis primos por qué nunca la había visto. Me dijeron que no era de allí, que había venido a visitar a sus abuelos hacía más o menos una semana.

           »Cuando empezó la música me acerqué para pedirle que bailara conmigo. Ella pidió permiso y luego tomó mi mano. Mientras bailábamos me dijo su nombre: Alma. Desde esa noche ella fue eso, mi alma, mi vida —suspiró—. Éramos muy jóvenes entonces, casi niños. Nos escapábamos para vernos todos los días y una cosa nos llevó a la otra. Usted entiende. —Zoé asintió—. Casi cuando se iba del pueblo, vino a verme. Estaba contenta, emocionada. Jamás voy a olvidar aquella tarde. Nos vimos cerca del río donde solíamos hacerlo. Me abrazó feliz, dijo que tenía una noticia que lo cambiaría todo, que podría quedarse conmigo. Estaba embarazada. Aún recuerdo mi reacción. La separé de mi cuerpo, hui de su abrazo. Como un maldito le dije que no quería ese hijo, que se lo sacara. Su cara se transformó en un segundo; su alegría se tornó en una mueca, lúgubre y oscura. Rabioso, la dejé allí sola con su desilusión.

            »Esa noche, sus abuelos fueron a mi casa para preguntar si la había visto. En sus caras vi su preocupación. Había salido hacía muchas horas y no regresaba. Mis primos y yo salimos con ellos, pasamos muchas horas buscándola. No me atreví contar a nadie que habíamos discutido y menos la razón. En la mañana, la encontramos. Ahogada. Se había tirado al río. No pudo con mi rechazo y yo he pagado una cadena perpetua. Nunca me he perdonado. Esta pena la he guardado dentro de mí hasta hoy, porque no lo dije entonces, ni en toda mi vida. Por eso no tengo a nadie, porque no merezco que nadie me quiera».

            Cuando Camilo terminó su triste relato, Zoé tenía el pecho oprimido. Le era difícil ocultar sus lágrimas, tampoco sabía qué decir a aquella alma atribulada. Tomó la mano del anciano entre las suyas en señal de solidaridad. Al final, solo podía ver tres vidas desperdiciadas por un error muy grande: la de Alma, la de Camilo y la de la criatura que estaba por venir.

            —Vendré mañana a verlo —prometió Zoé, regalándole una sonrisa al infeliz.

     Cuando salió de la habitación, Zoé temblaba. Se fue a su oficina, nerviosa, y tímidamente acarició su vientre lleno de vida. En ese momento, tomó la decisión que cambiaría su historia. Agradeció vivir en una época en la que ser madre soltera no era un delito. No pagaría una cadena perpetua preguntándose qué habría sido de ella si hubiera tenido a este hijo que ya palpitaba dentro de su cuerpo. Ella sí tendría quién la quisiera, alguien a quien llamaran en caso de urgencia. Ya nunca más estaría sola.

            Al siguiente día, cuando Zoé fue a visitar a Camilo su cama estaba vacía. Confesar su pena lo había liberado.

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Imagen: «Underwater, baby, mom, pregnancy», por xusenru en Pixabay (CCO).

Humanidad


Busco a mi madre una y otra vez, en esta y otras vidas. Se oye mi llanto en los confines de la tierra, un grito que desgarra, mi lamento desoído. Tengo hambre, sed, frío. Camino y no sé a dónde. Desde los tiempos de Herodes mi pena no le importa a nadie.

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El capataz de la plantación entra a la choza donde la negra recién parida amamanta a su criatura. Todavía huele a sangre y a líquido amniótico. La partera asustada intenta recoger los trapos sanguinolentos lo más rápido posible antes de que el hombre la mande a azotar. Las otras negras bajan la mirada y salen enseguida temiendo lo mismo. Saben lo que sucederá.

 —Remedios, ¿contaste los dedos de las manos y los pies de tu hijo?

—Sí, capataz —contestó la temerosa mujer.

—¿Los tiene todos?

—Sí, señor.

El hombre se acercó a la mujer que todavía tenía al niño pegado a su pezón y sin piedad lo arrancó. Desnudo y mal envuelto en un harapo se lo llevó por orden del amo para venderlo al mejor postor. Al unísono se escucharon los gritos desesperados de la madre y de la criatura arrebatada. La mujer se levantó con dificultad e intentó correr, pero apenas tenía fuerzas. Los esclavos bajaron la cabeza, lloraron junto a la madre y el recién nacido que nunca habría de disfrutar de los mimos y los besos de la madre.

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En el gueto judío con terror las familias esperaban la inhumana separación. Las mujeres eran separadas de sus hijos y sus maridos. Los hombres sanos eran enviados a campos de concentración para efectuar trabajos forzados. Los niños —si tenían suerte—, eran escondidos, pero si los encontraban tenían pocas oportunidades de sobrevivir.

Ruth había experimentado la crueldad de los nazis, cada día tenía que exhibir una estrella de David amarilla en sus ropas como símbolo de odio y escarnio. Sabía que pronto sería separada de Jacob, su único hijo de seis años. Con el alma rota pidió a sus empleadores —una familia polaca—, que escondieran al niño si se la llevaban a ella. Una mañana que Ruth se dirigía a su trabajo la arrestaron. Cuando no llegó, enseguida sus empleadores supieron que el temido momento había llegado. Como habían prometido se quedaron con el niño, pero la brutalidad nazi no paró con el pueblo judío, también apresó sistemáticamente a polacos y Jacob terminó secuestrado, separado de su madre para siempre.

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María estaba decidida a defender a su hijo de las maras, se rehusaba a perderlo como había perdido a su marido y a su hermano. Su país estaba cundido de violencia a causa del narcotráfico y las pandillas reclamando su terreno. Los varones eran reclutados desde los once años por los carteles, muchos no llegaban a la adultez. Sin pensarlo demasiado salió de Honduras con Juanito de tres años, burlando las autoridades de la frontera. Caminó gran parte del camino cargando a la criatura sin importarle las ampollas que salían en sus pies. Tenía solo el dinero necesario para pagar al coyote para que los llevara a la frontera de los Estados Unidos una vez llegara a México.

Cuando llegó a México se encontró con un grupo de personas que también irían con el mismo coyote. En la madrugada llegó un camión de arrastre con un vagón en donde los metieron casi prensados. María luchaba para que el niño pudiera respirar levantándolo en sus brazos. Luego de un corto trayecto, el camión se detuvo. El coyote abrió las puertas y les anunció que hasta allí los llevaba. La mayoría no tenían idea de donde estaban, algunos se daban cuenta de que estaban muy lejos de la frontera.

A la siguiente mañana empezaron a caminar guiados por uno de los inmigrantes que había entrado anteriormente a los Estados Unidos. El calor era insoportable, mas toda el agua que le quedaba a María la dejaba para su hijo. Dos días de camino y los pies sangrando, pudieron ver a lo lejos uno de los puentes de la frontera de Texas. Animados por la proximidad, siguieron hasta cruzar ilegalmente. Tan pronto como María cruzó uno de los guardias le quitó al niño y lo separó de ella, mientras se lo llevaban se escuchaban sus gritos.

—¿A dónde llevan a mi niño? —preguntaba la madre agobiada.

—Señora —le dijo otro oficial—, usted está arrestada por entrar ilegalmente a los Estados Unidos.

—¿Pero mi hijo? ¿A dónde lo llevan?

Sin ninguna otra explicación enviaron a María a una institución carcelaria, mientras que a Juanito lo llevaban a un viejo edificio de una tienda muy americana para enjaularlo con otros niños que clamaban por sus padres. Al día de hoy no se sabe qué pasará con Juanito ni los otros 1,500 niños desaparecidos bajo la custodia del gobierno de los Estados Unidos.

La humanidad no ha aprendido nada.

 

 

Mi frasquito azul


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Adoquines en el Viejo San Juan, Puerto Rico, fotografía por melbag123.

Cuando eres muy niño no reconoces los colores. Los ves —por supuesto—, pero no sabes lo que son. Igual pudieras ser un raro caso de daltonismo y te los perderías. Pero cuando los conoces, hay algo en ellos que incita tus emociones y terminas enamorándote de todos o tal vez de uno en particular. Luego alguien te introduce a su universo. «Hay colores primarios, secundarios y muchos más, tantos que a veces no puedes distinguir uno de otro, pero te aseguro que no todos son iguales», me dijo mi hermana mayor un día. Y me enseñó una cartulina que mostraba al amarillo, al rojo y al azul. Desde ese mismo momento me enamoré del azul.

Un domingo de primavera mi mamá me llevó al Viejo San Juan. Allí todo lo importante parecía ser azul, hasta el vestido de cancanes, que ella me había puesto para la ocasión. Caminé por los adoquines azules de la histórica ciudad de su mano. No podía quitar mis ojos del suelo, mirando el contraste de mi color favorito con mis zapatitos blancos. Al llegar al patio del Castillo de San Felipe del Morro, contemplé un cielo límpido, de un azul muy claro y tan alegre como estaba yo aquella mañana.

Solté la mano de mi madre y me eché a correr. Ella, espantada, me vio subir por las nubes para alcanzar aquel azul, que deseaba conservar en un frasquito de perfume que llevaba en mi bolsito de encaje. La escuchaba gritar tras de mí, pero nada me importó. El cielo azul iba a ser mío. Desde lo alto miré hacia abajo y entonces creí que no podía haber nada más bello que el azul del mar, en todas sus tonalidades, desde el azul verdoso hasta el azul marino más profundo. Inicié mi descenso, oyendo a lo lejos las voces de mi madre, pero no podía detenerme. En mi frasquito podía echar al océano y llevarlo a mi casa para siempre. Me hundí varias veces, en distintos puntos, buscando el azul que más me gustara. Me decidí por el azul turquí, de ese modo tendría el color del mar y el de las noches de mi cielo para mí, guardado para siempre en mi saquito de encaje.

Regresé junto a mi madre que estaba muy enojada por mi hazaña. La miré con ojos de ilusión y le pregunté si no era justo tener lo que más amabas en la vida. Su gesto cambió de inmediato, asintió y me abrazó. Cuando llegamos a casa quise enseñar mi azul turquí a mi padre y a mi hermana, pero ella me detuvo. «No abras tu bolsito, mi niña —dijo—. Tu frasquito debe permanecer adentro sin ser perturbado o perderá su color». Ellos estuvieron de acuerdo y guardé mi saquito, en una caja pequeña, en el lugar más apartado de mi armario. Ese día se dibujó en mi memoria como uno de los más felices de mi vida.

Pasaron muchos años y un día buscando alguna cosa, que no recuerdo, encontré la caja con mi bolsito de encaje. Lo tomé en mis manos y podía sentir el frasquito adentro. No sabía si sacarlo, pues recordaba la advertencia que entonces me había hecho mi madre. «Era una chiquilla entonces, ¿qué puede cambiar la ilusión de ese día?», me dije. Abrí el saquito y con sorpresa encontré que el envase guardaba algo semejante a un polvo de un azul turquí en su interior. La curiosidad pudo más y destapé mi tesoro. Como en una película, me vi niña otra vez corriendo sobre los adoquines del Viejo San Juan, recorriendo el firmamento, sumergiéndome y empapándome en el mar turquí, disfrutando de la experiencia como la primera vez.

            Sonriendo, lo cerré. Ahora cada vez que me siento triste, regreso a mi frasquito azul.

 

 

A la frontera


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Imagen (CC0): https://pixabay.com/en/soldier-shooting-training-exercise-2533669/

Rodrigo, casi un niño, dejó su casa de madrugada. Llevaba un bulto con algunos uniformes militares y artículos de higiene personal. Había terminado la escuela superior con mucha dificultad; decían que tenía problemas de aprendizaje.

—Pa’ soldado sirves m’ijo —aconsejó el padre, que no sabía mucho de lo que aquejaba a su muchacho—. Después de to’ es un honor para ti y la familia.

Así, en una mañana lluviosa y fría —de las que suelen ocurrir en cualquier estación del año en Texas—, Rodrigo dejó su hogar a buscar un destino útil y honorable. Lo esperaba un autobús blanco en el que subían cien chiquillos como ovejas al matadero, todos callados y muertos de miedo. La mayoría jamás se habían separado de sus padres, pero la necesidad y la falta de oportunidades solo les habían dejado este camino. Había que convertirse en hombres y mujeres que sirvieran a la patria, al menos eso decía el eslogan del anuncio de la televisión, en el que les invitaban a ser parte de algo más grande: el ejército de los Estados Unidos.

Seis semanas de entrenamiento: gritos de sargentos escupiendoles la cara, aprender a comer rápido, disparar armas cortas y largas, comportarse o hacer lagartijas. Al final, la graduación en la que sus orgullosos padres los veían convertidos en otra persona, vestidos en uniforme de gala, marchando, rogando que no se les trancaran las rodillas y cayeran desmayados frente a todo el mundo. Rodrigo se convirtió en soldado y era como si toda la familia sirviera al país. Sirvió para algo, a pesar de las apuestas de que se rajaba al segundo día.

El presidente ordenó a las tropas ir a la frontera, desde California a Louisiana. A muchos les pareció una barbaridad que militarizaran la frontera con México, un país del que no eran enemigos. Igual enviaron a los soldados y a Rodrigo le tocó su primera misión, el lado del Río Grande. Con sus binoculares debía escudriñar la zona, impedir que ningún emigrante intentara cruzar. Tenía órdenes de hacer lo que fuera para evitar el paso de esos bandidos que traían drogas y armas a los Estados Unidos.

Era de madrugada cuando Rodrigo escuchó unos pasos y unos murmullos. En aquella oscuridad temió por su vida. Tomó su arma con sus manos temblorosas y disparó. Disparó más de una vez, a diestra y siniestra.

—Para, para… ¡No dispares más! —gritó otro soldado.

Cuando encendió la linterna, a unos metros yacía el cuerpo sin vida de un niño pequeño. Al lado, una mujer herida con una criatura en los brazos, expiraba. Rodrigo miró al otro soldado quien vio la locura reflejada en sus ojos. Tomó la pistola y disparó tan rápido que el otro no pudo detenerlo.

Una ceremonia fúnebre se llevó a cabo con todos los honores: desfile, toque de queda y salvas alteraron la quietud de aquel cementerio en el que las almas de los soldados vagaban sin perdonarse.

La madre de Rodrigo lo abandonó allí —solo y sin más caricias—, llevando en los brazos que una vez lo cobijaron, una bandera estrellada.

Melba Gómez, 2018.