Yo vi la vida pasar


Yo vi la vida pasar

y tan rápido que iba

no la pude detener.

Al principio me miró

—directamente a los ojos—

ofreciéndome mil cosas,

de hermosos y diversos colores.

Prometió una niñez rosada

en los brazos de mis padres,

llena de cuentos de hadas,

princesas y caballeros andantes.

Luego me haría volar

en el lomo de Pegaso,

tocando miles de estrellas

en el cielo y en un mar

azul turquí.

Me presentó los poemas

para hacerme suspirar:

Béquer, Darío y Neruda,

en sus letras aprendería

a llorar por el amor.

Con Allende, Grisham y King,

me ha enseñado el bien y el mal,

la esencia de la existencia misma,

el lado oscuro y profundo.

Cerré los ojos un segundo

y la vida se me fue,

entre páginas de libros

y algunas que quise escribir.

Camino sobre hojas secas

de variado colorido

en este largo —corto—andar,

que la vida me ganó

—siempre correrá más rápido—

y su paso no se detiene,

ni para esperar por mí.

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Canción de despedida


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No quiero morir en soledad,

abandonada en esta tierra fría,

quiero morir acompañada

y que me entierren

con mi bandera como mortaja.

Antes de irme quiero abrazarte

y decirte al oído lo que siento,

que en mi alma siempre has estado

grabado a tinta y a fuego.

Mi caminar se hace lento,

llora en mí la guerrillera

que una vez tumbó gigantes

y caminó sobre palmeras.

Tres montañas y una estrella

han marcado mi destino.

Por ellas de fiesta vivo,

por ellas de pena muero.

No digo adiós para siempre,

tal vez mi caminar sea perpetuo.

Si no se pierden mis letras,

si no se pierden mis versos.

Hoy canto para despedirme

temprano —como suelo hacer—,

que no llego antes si me adelanto,

es que no quiero que se me haga tarde,

por dejarlo para después.

 

Imagen: Pixabay

Era la noche oscura


Era la noche oscura. Tan oscura que la luna y las estrellas parecían haber desaparecido del firmamento. El calor sofocaba el cuerpo y el alma. Las gotas bajaban confusas. ¿Eran de sudor o lágrimas? La ropa molestaba, la piel más. Los mosquitos se aprovechaban de su cuerpo semidesnudo. Entre los ruidos —plantas eléctricas, grillos, coquíes—, se escucharon unos pasos. Una mano tibia se posó en la espalda de Edgardo. Él se sobresaltó. No esperaba a nadie a estas horas. Un dedo sobre sus labios calló sus palabras. Su corazón comenzó a latir aceleradamente. Sintió la presencia acercarse a su oído pasando su lengua por la oreja. El viento se desencadenó y pensó por un momento que se elevaba. Todo comenzó a estremecerse. El suelo, la hamaca y hasta la columna donde estaba amarrada.

Entonces escuchó una voz que le dijo:

—¡Bú!

Y su corazón se detuvo.

Imagen: https://pixabay.com/en/fantasy-fog-creepy-mystical-mood-2847724/

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El reflejo de Paula


Paula se miraba en el espejo a la vez que Tatiana lo hacía y creía que su reflejo era el de su amiga de juegos. Hasta que llegó su mamá y le dijo: «No, Paula, tú eres la de las orejas largas y preciosas, el hocico bonito y la cara peluda». Ella no lo creyó.

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Imagen: Pixabay

Congelado en el tiempo


—Dime que ya estás en Oviedo —percibí la inquietud en su voz con aquel acento castizo que amaba tanto.

 —Sí, ya estoy —contesté con la misma emoción.

 —Entonces solo tienes que tomar el tren de las 13:45 a Gijón. Te deja justo al lado de donde trabajo, y te recojo —dijo con entusiasmo.

 —Pues así lo haré —contesté como si me hubiera dado un mandato.

Tomé un taxi hasta la estación más cercana para tomar el tren que me llevaría justo a los brazos de mi amor. Mientras la máquina aceleraba, mi corazón latía apresuradamente, sabiendo que me encontraría en unos pocos minutos con quien había amado a la distancia. En mi mente ensayaba qué haría, qué diría, escogiendo las palabras justas para el momento del encuentro. Cuando escuché el anuncio de la estación en la que concluía mi travesía, bajé, nerviosa, temerosa de la reacción de mi amor. Allí estaba, abriéndose paso entre la gente, moviéndose de un lado para otro para alcanzar verme a lo lejos. Cuando se encontraron nuestros ojos sonreímos y ya las palabras ensayadas no sirvieron para nada. Entonces caminé despacio hasta llegar a él, me eché en sus brazos hasta ese momento desconocidos, me dio un beso en cada mejilla y un apretón, que hoy cuando lo recuerdo está más vívido que nunca. Acaricié sus rojos cabellos y besé suavemente sus labios. Él me tomó del brazo y me llevó hasta el coche. Todo era tan natural como si hubiéramos estado acostumbrados a una vida juntos.

De allí me llevó hasta un restaurante del que me confesó era asiduo. «Asturias huele a sidra», me dije mientras miraba al mozo estirar el brazo con la botella en la mano y desde lo alto verter el líquido en un vaso que sostenía en la otra. Vi cómo le entregaba el envase a uno de los comensales, quien bebía y luego tiraba el restante para que quedara limpio para el siguiente convidado. Esta impecable ceremonia se repetía una y otra vez, dejándome boquiabierta por la precisión con la que la ejecutaban. Cené un delicioso cachopo y luego salimos a dar un paseo por la marina. Caminamos agarrados de la mano. Él me contaba la historia del lugar mientras yo disfrutaba del escenario: los edificios, los botes, el letrero de Gijón y el monumento hecho no sé con cuantos miles de botellas de sidra. Tomamos algunas fotos para los recuerdos, que Dios sabe ahora mismo dónde estarán.

Unos jóvenes hacían una competencia en la que subían unas escalinatas que había por ambos lados de una estructura, cada uno cargando una caja de sidra. Cuando bajaban batían una botella y la abrían vertiendo el contenido sobre sí. Nos reímos un rato del juego y seguimos hasta el camino hacia la playa. Allí observé muchas personas de distintas edades deleitándose también de un paseo en aquel atardecer, mirando el mar y un cielo nublado que no se decidía a estallar.

Ya cansada, nos sentamos unos minutos a contemplar a dos muchachas que instalaban su equipo musical y, como por arte de magia, cuando empezaron a cantar, un arco iris de lujo apareció especialmente para mí en el cielo de Gijón. Y usted dirá qué atrevimiento el mío de pensar que los colores se pusieron en el firmamento solo para mí, pero así me lo dijo mi amor y decidí que le iba a creer. Tanta perfección me emocionó, me sentí agradecida hasta las lágrimas por lo que estaba contemplando. También en el fondo sabía que aquel momento no volvería a suceder.

Nunca regresé a Gijón y tampoco volví a ver a mi amor. No por falta de cariño. La distancia a veces acaba con las ganas. Alguna vez mi amor me expresó su deseo de que aquel encuentro se repitiera. Le contesté que algunos momentos eran tan perfectos que solo su recuerdo te sacaba una sonrisa. Esos instantes irrepetibles que te sorprenden y se agolpan saliendo desde el subconsciente al consciente arrancándote una lágrima. Usted que me lee sabe exactamente a lo que me refiero. Y, como yo, quisiera trasladarse en el tiempo para revivir cada segundo de idéntica manera. O tal vez no, tal vez quisiera cambiarle un punto o una coma, sacar del tintero cosas que quiso o debió haber dicho y no hizo. Un beso, un abrazo, una caricia. Lo cierto es que el tiempo pasó y ahora la experiencia es un recuerdo.

Cinco años han pasado desde ese esplendoroso momento en Gijón. Todavía al recordarlo lloro con la misma emoción que aquel día. No cambiaría un segundo ni un instante de lo que viví aquella tarde. Sé que no se repetirá la playa, ni las muchachas cantando una emotiva canción, ni el arco iris dispuesto para mí. Pero sé que de algún modo todo sigue estacionado, permanente, congelado en el tiempo, pues vive para siempre en mi recuerdo.

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Imagen:  https://pixabay.com/en/abstract-blue-cold-crystal-drop-22122/

La sombra


Y el cabrón se murió el día de mi cumpleaños. Como si no me hubiera jodido la vida lo suficiente, se murió. Así de fácil. De la misma forma dramática que entró a mi vida se fue. Cosa de que lo recordara para siempre. Tuve que respirar muy hondo para tragarme la noticia. Siempre fue así. La cosa era llevarme la contraria.

Aquella tarde recibí un ramo de lirios sin tarjeta. Apestaban a funeraria y los tiré a la basura. Mis amigas me invitaron al pub de costumbre. Me arreglé con desgano y subí al coche. Miraba por el retrovisor y una sombra en el asiento de atrás me asustó. Frené de golpe en un lugar en el que no me hubiera detenido ni de día. Un vagabundo —que por mi madre se parecía al difunto—, pasó por el lado y me vio de reojo. Respiré profundo y me giré rápido, tenía que agarrar a quien fuera que estuviera allí. No había nadie. Maldita sugestión. Apagué el acondicionador de aire porque hacía frío.

Me aparqué en la calle, lejos del bar. Parecía como si todo el mundo en la ciudad se hubiera dado cita allí esa noche. Tomé el bolso y corrí para alejarme de aquel callejón oscuro. En eso me torcí el tobillo. No es fácil caminar con tacones sobre la brea. Entré al club cojeando —maldiciendo entre dientes—, y busqué si en alguna de las mesas se encontraban mis amigas. Resoplé. Aún no habían llegado. El establecimiento estaba gélido y a los cinco minutos estaba titiritando. Tomé el móvil y comencé a llamar, ninguna contestaba. «Vaya, qué día», pensé. Un hombre en la oscuridad se acercó y me ofreció una copa. Negué con la cabeza. Esperé media hora más y me harté.

Salí furiosa, con el pie adolorido en dirección a donde dejé el auto. Vi como un desconocido tranquilamente abría con la llave, se subía en él y se marchaba sin prisa. Confundida, traté de llamar la policía, pero el móvil se había descargado. Un taxi se detuvo y subí a él. Estaba tan cabreada que ni miré quién lo conducía. Le di la dirección, pero siguió disparado mientras en el asiento de atrás le gritaba que se detuviera.

Me eché hacia delante y descubrí que la sombra se reía de mi mientras manejaba.

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El viaje de Abigail


Era la primera vez que Abigail Valle viajaba en tren. Desde niña soñaba con salir de aquel monótono pueblo incrustado entre dos montañas en Wichita —al noroeste de Oklahoma—, en el que solo había cuatro calles. Lo más interesante que ocurría en aquel solitario lugar era que, de vez en cuando, uno que otro visitante se emborrachaba en la taberna de Lucas y luego de armar tremendo escarceo, terminaba en la pequeña comisaría al final de la calle principal. Nada de importancia, por supuesto. En la mañana luego de darle una buena taza de café aguado sin azúcar, lo tiraban de patitas en la calle y le daban una hora para largarse del poblado.

Ahora Abigail por fin se iba. Partía con su hija Adabella quien había sido concebida por uno de aquellos visitantes que alcoholizado le había hecho el favor a la pobre muchacha. No lo habíamos dicho antes, pero Abigail era muy fea. Siendo todavía muy pequeña, un incendio arrasó con la vivienda de sus padres y ella sufrió terribles quemaduras que le desfiguraron el rostro y algunas partes de su cuerpo. Creció siendo objeto de la burla de los demás niños y la lástima de los mayores. Cuando tuvo edad suficiente para enamorarse, se dio cuenta de que no era atractiva para nadie. Presa de la depresión, comenzó a comer sin medida poniendo considerable sobrepeso en su figura. Lucas, que era amigo de su padre, le dio el trabajo en la taberna. Por lo menos trabajar la mantenía entretenida y tenía su propio dinero. Hasta que llegó el borracho que la embarazó.

Ya habían pasado once años, los padres de Abigail habían muerto y ella sentía que era tiempo de iniciar otra vida fuera de aquel pueblo que la ahogaba. Vendió todo lo que tenían y se despidieron de su querido Lucas, quién las acompañó hasta la estación de tren.

—Por favor, cuídense mucho —repitió el viejo por enésima vez.

—Sí, tío —dijo Abigail—. No se preocupe.

 —Si tienes que regresar…

 —Sí, ya sé. Las puertas de su casa siempre estarás abiertas para nosotras.

—Bueno, hijas…

 —Váyase, váyase tranquilo.

El viejo dio un último abrazo a Adabella y a Abigail y comenzó a andar sin mirar hacia atrás por temor a no dejarlas ir. Abigail agarró a la niña de la mano y comenzó a caminar por la estación. Entró al edificio y preguntó dónde estaba el baño. Una joven que estaba detrás del mostrador le mostró una puerta al final del pasillo. Entraron a un cuarto amplio, con ocho espacios separados y con puertas de un color verde crayola. El lugar no se veía a simple vista sucio, pero un olor a orina lo impregnaba. Otro olor como a detergente intentaba tapar la peste sin lograrlo.

 —Adita, ponle papel a la tapa —dijo—. No te sientes. Este lugar está asqueroso.

  —Sí, mamá —contestó la niña.

Ambas se restregaron las manos como si vieran los gérmenes en ellas y salieron lo más pronto posible de allí. Fuera, se encontraron un hombre joven, muy guapo al frente del baño de los hombres. Estaba doblado, como si le doliera el estómago.

 —¿Le pasa algo, señor? —preguntó Abigail.

 —Creo que comí algo que me ha caído mal y entré a ese baño y…

 —Está asqueroso —dijeron las dos.

 —Sí —contestó él con una casi sonrisa.

 —Mire, yo tengo una medicina para el mal estomacal y tengo agua embotellada.

—No quiero molestarla, por favor…

—No es molestia, señor. No faltaba más.

Enseguida Abigail sacó el agua de su bolso y las pastillas y se las dio al desconocido quien enseguida las tomó y agradeció con una sonrisa. Luego se fue a sentar en una de las butacas a esperar el tren.

La mujer, ansiosa y excitada por el viaje que estaba por iniciar, salió del edificio y le preguntó a un hombre, que por el uniforme supuso que trabajaba allí, que en dónde debía esperar el ferrocarril que la llevaría a su destino. Él le pidió el boleto y le señaló con el dedo. Le indicó que el suyo llegaría en unos veinte minutos. Caminaron y se sentaron en un banco que estaba justo al frente de dónde pasaría su tren. Estuvieron mirando los que iban y venían. Chacachaca… Pupuuuuuu… y el chirrido del freno.  Primero, la algarabía. Luego el hombre que imponía el orden. Con la curiosidad de una niña, Abigail miraba a las personas bajarse y luego subir ordenadamente. Luego iniciaba su marcha. Cha…ca…cha…ca… Puuuuuu…puuuuuu…

Hasta que les llegó su turno. Ya para entonces eran unas expertas. Tan pronto el hombre llamó al orden, se pusieron en fila y mostraron sus boletos. Llenas de regocijo subieron a aquella enorme máquina de acero y corrieron a sus asientos riendo. Colocaron sus maletas sobre sus cabezas y se sentaron. Fue cuando volvieron a ver al desconocido del dolor de barriga.

—¡Hola, señor! —saludó Adabella.

—¿Cómo sigue? —preguntó Abigail reprendiendo a la niña con la mirada.

—Pues estoy mucho mejor, señorita —contestó—. Fue muy amable en ofrecerme ese medicamento.

 —No es nada.

—Sí es —continuó—. No puedo imaginar cómo hubiera sido este viaje si no hubiera sido por usted y sus benditas pastillas.

—Bueno… —respondió Abigail, sonrojándose.

Un largo e incómodo silencio siguió. Abigail se sintió culpable de haberse mostrado un poco cortante con el hombre.

  —Y dígame, ¿va lejos? —preguntó como para hacer conversación.

 —Sí, voy para el Paso, Texas.

 —Ya veo. Es un poco más lejos de lo que vamos nosotras.

 —¿Sí? ¿Para dónde van? Claro, si se puede saber.

—Sí, vamos a la casa de una tía en El Río. También es en Texas.

—Y ustedes, ¿son hermanas?

Las dos se miraron y empezaron a reírse.

—No —contestó Abigail—. Ella es mi hija, Adabella. Perdón, no le he dicho mi nombre. Me llamo Abigail.

—Yo tampoco me he presentado. Me llamo Fausto —dijo sonriendo—. Es que usted es muy joven. Habría jurado que eran hermanas.

La mujer sintió un temblor en su interior. Nunca nadie le había dicho algo bonito. Ella se daba cuenta de que su hija era bellísima y compararla con ella era lo más hermoso que jamás había escuchado. Además, este hombre era guapísimo. ¿Cómo era que se fijaba en ella?

  —¿Y tiene usted familia, Fausto?

—No, aún no. Sé que estoy en edad de casarme, pero todavía no he encontrado a una mujer que me interese. La verdad es que busco una mujer con buenos sentimientos, valores morales, fiel, en fin… que me ame. Creo que lo que buscan todos los hombres, supongo.

 —Sí, claro. Creo que algo así también buscamos las mujeres.

 —¿No está comprometida usted?

—No, no lo estoy —contestó cada vez más sorprendida. «¿Será ciego este hombre?», pensó.

—¿Y qué busca usted? ¿Qué quiere usted de un hombre?

—Bueno… yo…

—Diga, diga… No sea tímida.

—Que me ame como soy. Creo que eso es lo que más deseo en la vida.

Él sonrió dulcemente. No hablaron más por un rato. Fausto se quedó dormido. Adabella también. Abigail, que no había dejado de pensar ni un segundo en las palabras de aquel desconocido, sintió deseos de ir al baño. Se levantó de su sitio y caminó dando tumbos hacia el lugar que marcaba un letrero. Tardó unos cinco minutos. Cuando regresó ni Fausto ni Adabella estaban en sus asientos.

Imagen: https://pixabay.com/en/buildings-houses-railroad-railway-1844857/

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