El último lugar del mundo


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Muchas veces me había preguntado dónde quedaba el último lugar del mundo. Cuando lo hacía era porque tenía un deseo incontrolable de escapar a un sitio en el que nunca nadie me encontrara. Desaparecer. Estaba cansado del diario vivir, de las responsabilidades, del trabajo, de las cuentas, de mi mujer y hasta de mí. Quería salir de todo y comenzar una vida nueva, allá, en ese lugar recóndito. De vez en cuando pensaba que quedaba en unas islas más allá de la Siberia —recientemente encontradas a causa del hielo que se derritió en la zona—, pero de solo pensar en el frío que debía hacer, perdía el interés de inmediato. Otras veces pensaba en Australia, en la Patagonia, o en cualquier pueblo perdido en medio de las Amazonas. Jugaba con la idea a menudo, era un pensamiento repetido, pero nunca tenía suficiente coraje como para tomar una decisión tan drástica. Hasta que un día en el que todo se tornó confuso en mi cabeza y no soporté más el estrés en el que vivía, me subí a mi motocicleta y salí de en dirección al sur, seguro de que lo iba a encontrar.

No sé cuántas decenas de millas había viajado, solo me detuve para comer algo, ir al baño y descansar en las noches. Veía a los otros seres humanos como quien mira un ave, un gato, o a cualquier animal. No me importaba nadie, la verdad. El hastío que guardaba dentro de mí me hacía despreciar a toda la humanidad y ansiar la soledad absoluta. El silencio me arrullaba y comenzaba a recobrar la paz cuando la moto se atravesó con otro vehículo y fui a parar al fondo de un barranco. Allí estuve inconsciente por varios días —eso lo supe después—, cuando fui rescatado por un grupo de personas que hablaban poco o al menos parecían entender mi necesidad del reposo mudo.

Al abrir los ojos intenté sin éxito levantarme del colchón en el que estaba acostado. Algunos huesos rotos tendría, porque el cuerpo no me respondía. Mi cerebro daba la orden, pero nada se movía. Miré a todas partes tratando de ubicar en dónde estaba, pero solo veía las paredes de una choza con un ventanal por el que podía apreciar unos montes cuya vegetación era de diferentes tonos de verde, que contrastaban con un azul celeste intenso. El clima era agradable, no hacía frío ni calor. Estaba semi desnudo en aquel catre y ni idea de cómo había llegado allí. Me daba cuenta de que la vivienda tenía el piso de barro y de vez en cuando una cucaracha me pasaba por el lado, aunque era lo suficientemente considerada como para no subírseme encima. Una vieja mujer, de baja estatura, se me acercaba con una taza que contenía un caldo de sabor extraño, pero apetecible. Esperaba a que lo tomara por completo sin impacientarse. No decía nada. No sé si porque no conocía mi idioma, porque no hablaba, o simplemente porque no era correcto que lo hiciera. Con cuidado me cambiaba el trapo que tapaba mis partes íntimas y me ponía uno limpio. Esos recuerdos los tenía como si hubiera estado drogado.

Según me fui reponiendo, logré sentarme. Cuánto tiempo había estado allí, no lo supe, pero cuando la mujer me vio sentado sonrió y salió a buscar a un hombre que parecía una réplica de ella, pero en varón. Supuse que era varón porque tenía barbas, solo por eso lo concluí. De otro modo, hubiera jurado que eran gemelos idénticos. Él se me acercó y tomándome los brazos los levantó como si estuviera comprobando que estaban bien. Luego me hizo una señal para que intentara ponerme de pie. Tuve que hacer un esfuerzo mayúsculo pues el catre estaba en el suelo y entre levantarme y el mareo que sentí, no fue nada fácil. De nuevo el hombre examinó mis piernas y mi espalda. Entonces sonrió.

—¿Prefiere comunicarse por señas o que le hable en castellano? —preguntó.

—Pues en castellano creo que es más sencillo. Lo puedo entender mejor —contesté sorprendido de que el hombre hablara.

—No crea, no siempre las palabras son del todo claras. Muchas veces se prestan para malas interpretaciones.

 —Pues sí —dije en voz baja, como para mí—. De todos modos, intentaré entender lo mejor posible lo que usted quiera decirme. Ahora, quisiera saber en dónde estoy.

  —En el fin del mundo.

  Me reí. El hombre también parecía tener sentido del humor y qué casualidad que usara esa frase.

 —No, en serio —le dije—. ¿En qué lugar del mundo estoy?

 —Ya le contesté —respondió serio—. Ve lo que le digo de las palabras.

 Decidí seguir la corriente.

  —¿Quiénes viven en este lugar? —pregunté.

—Somos muy pocos los que vivimos aquí. No más de quinientas personas. Nuestros antepasados eran dos parejas de hermanos que llegaron hace varios siglos. Somos endogámicos, por eso se dará cuenta de que nos parecemos mucho unos y otros.

Caminé hasta la puerta de la casucha que estaba encaramada en uno de los montes. En el llano había un pozo en el que varias mujeres —igualitas a la que me atendía, pero más jóvenes—, sacaban cubos de agua.

 —Salga —me animó el hombrecito—. Un poco de aire fresco le hará bien.

Al poco rato llegó un grupo de hombres. Todos de pequeña estatura, de piel morena y ojos almendrados. Traían muchos peces y verduras que le entregaron a mi cuidador. Para entonces suponía que este señor era el jefe de lo que parecía ser una tribu. Ninguno dijo nada, solo le dieron lo que traían y se fueron. La mujer lo fue colocando adentro de la choza y comenzó a cocinar.

—De una vuelta si quiere —me dijo—. Lleva muchos días acostado, desde el accidente. Estirar los músculos le hará bien.

—Sí, creo que es buena idea.

Bajé el cerro por la parte de atrás. Me sorprendió no ver animales, solo los habitantes del «fin del mundo», que hacían tareas: cortaban leña, recogían legumbres, sembraban. Cada uno hacía lo suyo en silencio. No muy lejos había un río de aguas cristalinas. No era muy ancho. Podía pasar de un lado al otro con facilidad caminando por encima de las piedras. Los peces se veían desde la superficie. Supuse que la pesca se les daba muy fácil en esas circunstancias. Al rato me encontré con una muchacha diminuta pero bonita. No me habló. Solo me ofreció algunas frutas y las comí, agradeciéndole. Me pareció gracioso que tampoco me hablara. ¿Sería que las mujeres no hablaban en ese lugar?

Regresé a la choza cuando estaba cayendo el sol. La mujer que me cuidaba me alargó un plato de comida muy deliciosa. Se notaba que los productos con los que la había preparado eran frescos. Los días subsiguientes me dediqué a comer y a descansar. No sabía si estaba en el fin del mundo, pero me sentía feliz, tranquilo y relajado. Como al mes de estar en el lugar, noté un aire festivo en la comunidad. Los hombres iban de un lado para el otro, llevando leña a la orilla del río. Las mujeres, pelaban y cortaban las legumbres que recién habían recogido. Colocaron una olla sobre la leña y echaron especias de olores fragantes. Estaba seguro de que iban a hacer un banquete. Lo que no sabía era qué celebraban. Vi al jefe subir hasta donde estaba con varios de sus hombres y me saludó. Enseguida se echaron sobre mí y me ataron de manos y pies a la espalda.

 —Pero ¿qué pasa? —pregunté aterrado.

—¿No quería desaparecer? —respondió el hombrecillo.

—Bueno… Eso no fue lo que quise decir…

—¿Qué le dije? Las palabras se prestan para malas interpretaciones.

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Un beso etéreo


Cada sábado Cecilia se acostaba temprano para no perder la misa del domingo a las siete de la mañana. Había quedado viuda y sola más tiempo de lo necesario. Esperaba que el amor la tocara otra vez con más suerte que la primera. Era demasiado joven cuando se casó y todavía muy joven cuando enviudó. Su matrimonio fue difícil, acosada por un marido celoso que apenas la dejaba salir a la calle. Cuando él murió, sintió una sensación de libertad que más tarde la haría pensar que era víctima de un karma y que por esa razón no hallaba al deseado compañero. Veía pasar su juventud con tristeza, entre la casa y el trabajo, desconsolada por sus sueños fracasados. Ni siquiera tuvo la bendición de un hijo y ya se le estaba haciendo tarde para intentarlo. Sentía su útero secarse con el paso del tiempo, ya incapaz de albergar una criatura.

Cecilia soñaba cada noche con el mismo hombre. Al principio era como ver una vieja película del oeste norteamericano. Una gran esfera de polvo —volátil y abstracta en el horizonte—, tomaba forma poco a poco hasta poder divisarse una imagen difuminada vestida de blanco. Según iba acercándose lo veía, a veces caminando, otras en un caballo blanco, siempre dirigiéndose hacia ella. Su cabello largo se movía ligeramente con el viento y sus ojos —de un azul tan tenue como cielo—, la miraban directo a los suyos como si la mirara por dentro. Siempre despertaba antes de que llegara y su deseo de besar sus labios moría al desadormecerse. Pasaba todo el día repasando su rostro angelical y cada noche al acostarse pedía que por fin la besara. Lo reconocería donde quiera. Algo le decía que lo encontraría entre las paredes de un templo. No podía ser de otra manera. Alguien como él, rodeado de esa aura sublime, solo podía encontrarse entre los santos.

Encontrar al hombre de sus sueños se convirtió en una obsesión para Cecilia. Ya no solo iba a la misa del domingo a las siete. Comenzó a ir al templo todos los días y a cada hora que se daba una ceremonia. Como su búsqueda resultaba infructuosa, pensó que tal vez debía visitar otros santuarios, sinagogas y hasta mezquitas. Él no estaba en ninguno. Solamente aparecía en su sueño repetido. Creyó que, dando mejores ofrendas, ayudando a los pobres y huérfanos sería premiada con el regalo del amor. Nada sucedía. Comenzó a visitar enfermos, asilos de ancianos y hospitales con la esperanza de que haciendo buenas obras sería recompensada. Y así, casi sin darse cuenta, dejó de pensar en encontrar al hombre —literalmente—, de sus sueños. Hasta dejó de soñar con él.

La gente la empezó a llamar Santa Cecilia reconociendo sus actos de caridad. Algunos contaban que un halo luminoso podía observarse sobre su cabeza. Corrían a su encuentro convencidos de que con solo tocarla sus penas y enfermedades desaparecerían. Ella no se envanecía por la actitud de sus enfermitos, como les llamaba. Muchas veces les explicaba que más ganaba ella ayudando que lo que los demás recibían. Cecilia se sentía completa, plena, feliz y cuando iba a la cama sonreía contenta por la felicidad que su actual vida le brindaba.

Cecilia envejeció y enfermó. Estando en el hospital un médico vino a revisarla y a hablarle de su condición. A pesar de las noticias, ella se sentía tranquila. Había vivido la vida con intensidad —le confirmó al galeno—, quien se marchó admirado por tanta templanza. La puerta se abrió al poco rato. Cecilia entreabrió los ojos y vio acercarse una silueta que fue aclarándose poco a poco. Era el hombre que solía estar en sus sueños. Lo reconocería en el fin del mundo.

Esta vez se acercó y posó sus labios en los de ella en un largo beso etéreo. Al girar, Cecilia pudo ver sus alas.

La mejor decisión: vivir


(Imagen: CC0 Dominio público)

Me dijeron que sería cosa de unos cuantos minutos. Que no sentiría nada con la anestesia. Me dijeron que era como un sueño y que despertaría un poco mareada y con un poco de molestia en el área de la incisión. Firmé unos documentos que leí rápidamente porque la enfermera se notaba con algo de prisa y decidí mirarlos por encima —como me habían enseñado en mi clase de lectura rápida—, estampando después mi nombre en ellos. Les dije que no quería sangre ajena, ni que conservaran la vida ayudada por un tubo. Si era mi hora, era mi hora y punto.

Siempre había visto la vida y la muerte de esta manera. Me había hecho a la idea de que, al morir, mis seres queridos y mis mascotas estarían esperándome, por lo que la muerte no me representaba un futuro tenebroso. Además, estaba convencida de que había cumplido con mis deberes terrenales y si era hora de partir lo aceptaría sin protestar.

Un simpático joven me llevó a una sala preoperatoria. Allí me explicó que me pondrían anestesia general y volvió a pedirme la firma. Este era el anestesista, que al parecer no confiaba en los documentos que había firmado con el hospital. Me dijo que en unos quince minutos empezaría mi operación. Exactamente a los quince minutos un grupo de personas entraron en la habitación. A todos se les veía dispuestos a hacer su trabajo. El cirujano se acercó a mí, acarició mi cabeza y sonrió.

—La veo en un ratito —dijo.

Me levantaron con una sábana hasta la mesa de operaciones y allí quedé acostada y con un frío tremendo. El anestesista habló con el cirujano en voz baja y este asintió. Puso algo en mi suero. Mis ojos se cerraron poco a poco. Luego sentí cuando colocaron un tubo en mi boca.

—Bien, ya está dormida —escuché al cirujano decir—. ¿Qué hora es?

—Son las 7:35 de la mañana, doctor.

 —Vamos a empezar. Alcánzame el escalpelo.

«Algo está muy raro aquí. Oigo todo. Siento todo. ¡Miren, yo estoy despierta!», pensaba intentando moverme infructuosamente. «¡Ayyyy!», sentí un pinchonazo superficial.

 —Sequen la sangre —ordenó el médico.

 —¡Qué raro! —dijo la enfermera—, la presión sanguínea parece estar subiendo.

«Sí, como no…», intentaba gritar, «¿No se dan cuenta de que estoy despierta?».

Un dolor terrible iba desgarrando mi estómago. Sentía que me iban desgajando poco a poco.

 —Dame las pinzas —ordenó de nuevo el doctor—. Nos falta poco para llegar al tumor.

«¿Pinzas? ¿Ahora me van a dejar todas las vísceras por fuera?», me dije, «Esto parece una película de terror, ¡carajo!»

—Sí, doctor… enseguida —contestó una muchachita con voz tan chillona que parecía que le estaban tapando la nariz.

—Noooo…. —dijo el médico frustrado—. Esto no tiene remedio. El tumor ha hecho metástasis. Le queda como mucho tres meses de vida.

 —¿Y qué va a hacer, doctor?

—Lo de siempre —contestó—. La familia tiene que creer que algo se puede hacer. Si les decimos que no podemos hacer nada será peor. Vamos a cerrar —suspiró.

«Con que nada… Auch, me duele… ¿Qué hacen? ¿Cosiendo? Deberían usar una aguja más fina. ¿Se creen que están zurciendo un cuero de vaca?».

Me pasaron a la camilla de nuevo y me llevaron al salón de recuperación.

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Cuando abrí los ojos estaban mis hijos y mi marido. Llamaron a la enfermera, quien a su vez llamó al cirujano.

 «A ver con lo que viene el doctorcito…».

  —Doña Josefa, ¿cómo se siente?

  —Como si un grupo de estúpidos me hubieran abierto la barriga para nada.

  —¿Ah?

 —No me haga caso, doctor. Es que tengo un dolor horrible.

 —Pues ahorita mismo le digo a la enfermera que le inyecte un calmante.

 —Eso está muy bien… Pero ¿cuál es el veredicto?

—Señora, tiene cáncer, pero ahora hay tratamientos muy adelantados con los que podría alargar su vida.

 —Alargarla… ¿Cuánto tiempo?

—Varios meses…

—¿Cómo tres?

El médico se quedó turbado ante la exactitud del pronóstico de la mujer.

—No podría decirle…

—Yo sé qué hace su trabajo, doctor. Pero si me quedan tres meses de vida, no pienso pasármelos vomitando en un centro de tratamiento para cáncer.

 —¡Pero, mamá! —dijo el hijo mayor.

 —Pero nada. Esto está decidido. No hay nada más que hablar.

Tan pronto salí del hospital y me recuperé, decidí viajar el mundo, o por lo menos todo lo que pude recorrer en tres meses. Pasó el bendito término de caducidad y todo el mundo decía que lucía más saludable que nunca. Hice y deshice sin que nadie me reprochara. Trabajé toda la vida y los ahorros eran míos. A ninguno tenía que importarle una herencia. Cada uno que arreé como lo hice yo.

Una noche me senté en mi escritorio y la pasé escribiendo cartas a mis hijos y a mi esposo. Les conté el extraño suceso del quirófano y por qué había tomado la decisión de vivir con intensidad lo que me quedara. Estoy agradecida por el tiempo extra que recibí.  A eso de las cinco de la mañana me acosté junto a mi esposo. Al sentirme, se despertó.

 —¿Qué pasa, vieja? ¿Te sientes mal? ¿Quieres ir al hospital?

 —No, mi ángel. Solo quiero dormir contigo apretadita. Así como cuando nos casamos.

 —Je, je —rio él—. Siempre has sido muy pegajosa.

 —Lo sé, mi amor. Lo sé.

Me acurruqué con mi marido, como dos palomitas al amanecer. Él ni se dio cuenta cuando dejé de respirar.

Remesas


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«America-Mexico border elections», obtenida en Pixabay (CC BY).

Rosa llegó a California como tantos inmigrantes: llenita de sueños. Estaba segura de que si trabajaba lo suficiente podría conseguir el famoso sueño americano. Primero empezó trabajando en los campos bajo un sol que no se condolía de su delicada piel. A pesar de que usaba camisas de mangas largas y un sombrero, el calor la abatía, sobre todo en los días del mes en que su feminidad se expresaba. Tan pronto tuvo la oportunidad, consiguió un trabajo limpiando casas. Por lo menos, allí había aire acondicionado central y algunas de las señoras a las que les servía la trataban dignamente. Otras en cambio, la trataban como esclava y la insultaban por su procedencia. Rosa se daba cuenta de que a pesar de esos tratos estaba mejor en las casas de familia que en la inmensidad infernal del campo. Se acostumbró a ignorar los agravios dando gracias a Dios por la comodidad de este trabajo. Todo iba bien hasta que conoció a Clark, el hijo rico de una de sus patronas.

Clark era un bueno para nada. Conducía un carro deportivo último modelo que su padre le había regalado por el mero hecho de existir. Rosa lavaba sus ropas escondiéndose para pegar su nariz en ellas, excitándose con el olor de su perfume caro. Él la miraba como si ella fuera un animal exótico y lo provocaba mirarla haciendo los quehaceres. Sus trenzas largas color azabache, colgaban sobre sus blancos y generosos senos. El joven enloquecía de deseos de poseerla. Nada parecido al amor. Era solamente simple y llana lujuria. Como todos los hombres sabía que para conseguir que una mujer respondiera voluntariamente a los avances amorosos debía calentarle el oído. Y eso hizo. La envolvió con palabras de amor y sencillos regalos con los que ella se mostraba más que dispuesta a acceder a sus requerimientos.

Rosa era virgen cuando sucumbió. Se sentía en el quinto paraíso en sus brazos. No pensó un segundo en las consecuencias. Cuando desapareció su regla se dio cuenta enseguida de que estaba embarazada.

—Clark, vamos a tener un hijo —anunció al joven soberbio.

—¿Vamos? —respondió con una hipócrita sonrisa.

—Sí… Sabes que era virgen cuando estuvimos juntos.

—No, no lo sé… Además, quién te va a creer —dijo amenazante—. Si dices algo mis padres llamarán a la migra.

—Entonces te pido por favor que no digas nada —contestó Rosa que se dio cuenta enseguida de que estaba sola. Callaría hasta que su vientre se notara. Trabajaría mucho para acumular dinero para cuando la corrieran de las casas. Durante los meses subsiguientes vestía ropas anchas para ocultar su estado. No se le notaba nada hasta casi los ocho meses. Algunas patronas la echaron, otras, le permitieron trabajar hasta el último momento. Rosa fue preparando poco a poco un cuartito en el sur de la ciudad con lo necesario para su hijo. La renta era baja y tenía suficiente para tres semanas luego del parto. La consolaba saber que el niño sería ciudadano americano con todos derechos.

Cuando nació la criatura una conocida le dijo que debía ir a la corte a reclamar que el padre lo reconociera y pagara por su manutención, pero Rosa tenía miedo. Si Clark decía que ella estaba ilegalmente en el país seguramente la enviarían de vuelta al suyo. No era esa la vida que quería darle a su hijo, por eso calló y tan pronto pudo comenzó a trabajar de nuevo, todavía con más ahínco. Algunas de las patronas no la dejaron regresar, pero otras la recibieron con alegría. No habían conseguido a nadie que les dejara las casas más inmaculadas y además cocinara tan rico como Rosa.

Poco tiempo después conoció a Sebastián el jardinero. También era indocumentado. Enseguida él se enamoró sinceramente de ella y le ofreció casarse. No les era posible conseguir un matrimonio legal por su estatus migratorio, pero el sacerdote les dio su bendición. Así comenzaron su vida juntos, siguiendo los mismos sueños que le habían llevado a cruzar la peligrosa frontera. Recibieron dos hijas. Trabajaban sin cesar. Parecía que habían logrado lo que esperaban, hasta que una redada de inmigración acabó con todo. Sebastián fue deportado luego de un trámite legal que nunca llegó a comprender. Nunca se volvió a saber de él. Rosa se quedó sola con tres hijos sin el apoyo del marido. Era cuestión de tiempo que también la deportaran, pero no podía ponerse a pensar en ello. Tenía que trabajar muy duro para mantenerlos. Olvidándose de sus necesidades como mujer, se dedicó en cuerpo y alma a sus hijos. Limpiando casas, lavando ropa, planchando, cocinando para otros. Nunca era lo suficiente, pero se las iba arreglando. Los niños crecían rápido y no tenía más remedio que comprarles ropas de segunda mano. Comían en la escuela, donde estaban casi todo el día. Luego se quedaban en el apartamento con las puertas cerradas por si inmigración venía a buscar a Rosa.

Juan, el mayor, se cansó de estar encerrado. Quería como todos los muchachos de su edad andar por las calles. Pronto fue presa fácil de los narcotraficantes que le ofrecieron dinero para que transportara drogas. Era un trabajo fácil y le daba dinero para andar vestido dignamente y no como un payaso con ropas pasadas de moda. María Isabel, la segunda, se hizo novia del muchacho más popular de la escuela. Elizabeth, la menor, andaba para arriba y para abajo con un ganguero. Rosa nada sabía de lo que pasaba con sus hijos hasta que detuvieron a Juan.

—¿Pero mi’jo, qué has hecho? —preguntó Rosa destruida.

—Es que estoy cansado de vivir encerrado, de ponerme ropa barata, de estar solo, madre —respondió el estúpido muchacho.

 —¿No te das cuenta del ejemplo que le das a tus hermanas?

—Si estuvieras más en la casa te darías cuenta en que andan ellas también.

—¿De qué hablas?

—María Isabel anda con un muchacho de la escuela, pero Elizabeth anda con un ganguero peligroso.

—¡Ay, madre mía! ¿Pero cuándo pasó esto?

—Mientras estabas fuera de la casa.

—¡Estaba trabajando! ¿Cómo me han hecho esto? —dijo mientras lloraba amargamente.

Salió de la cárcel juvenil de prisa, por temor a encontrarse con un agente de inmigración. Ahora parecían estar en todas partes. Se fue directo a la casa para hablar con sus dos hijas. Estaba tan molesta que cacheteó a Elizabeth y le prohibió terminantemente seguir viéndose con el ganguero. Luego tuvo que irse a trabajar.

—Me voy de la casa —anunció Elizabeth a su hermana.

—No puedes hacer eso —contestó la hermana—. Romperás el corazón de mamá.

De nada sirvieron las súplicas de María Isabel. El ganguero vino a buscarla y ella se fue con solo un bolso de ropa. Total, esa era pura ropa vieja, él le compraría cosas nuevas, le había prometido. Cuando Rosa llegó, su hija le contó que su hermana se había ido.

—Pero ¿cómo si ella es menor de edad? —dijo llevándose las manos a la cabeza.

—Habrá que llamar a la Policía —aconsejó María Isabel.

—No puedo… me llevarán y ustedes se quedarán solos.

—¡Madre! También tenemos derechos.

—Ustedes sí, pero yo no. Me llevarán como a su papá.

Poco después Elizabeth falleció en un ajuste de cuentas de las gangas. Juan fue condenado a diez años de prisión por transportar y vender sustancias controladas. Los sueños de Rosa estaban aplastados. Un mal día volviendo de su empleo, un policía le preguntó por sus papeles. Rosa trató de correr inútilmente. Fue apresada y llevada a la cárcel para ser deportada. De nada sirvió que los medios de comunicación hablaran de su caso, de la injusticia que se cometía contra esta mujer que se había dedicado a trabajar por más de veinte años. «No es una criminal, solo vino a mejorar su vida», repetían en la prensa, radio y televisión. Todo fue inútil. En un transporte por carretera, la devolvieron a Tijuana sin más.

María Isabel continuó sus estudios y se graduó. Se casó con el novio que tenía desde que estaba en la escuela. Ambos se dedicaron a liderar un movimiento pro derechos humanos de los inmigrantes.  Al menos el sueño de Rosa funcionó para ella. La buena hija cada semana le enviaba una remesa para que pudiera vivir en México sin carencias.

Hasta que el presidente de los Estados Unidos confiscó todas las remesas para construir el maldito muro.

De regreso a la isla


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Ya es hora de que regrese a la isla. Allí donde está mi vida. Donde descansan mis sueños de niña y los despojos de mis abuelos. Quiero regresar y andar por el pueblo con un traje de primavera rosa, descalza sobre la hierba. Deshojar las margaritas hasta tener la respuesta que espero. ¡Me quiere! Oler las azucenas impregnando el ambiente zarandeado por el viento del Caribe.  Quiero caminar por la playa, sentir la arena fina haciéndole cosquillas a mis dedos e ir a la orilla, mojarme los pies y mirar al sol de frente, aunque me queme las retinas. Quiero llenar mis ojos de la inmensidad del mar, de ese azul inolvidable que me persigue de noche cuando estoy dormida. Mi isla, mi terruñito.

***

Yo me impuse este castigo. Yo me enredé en este karma. Yo abandoné mi cuna, la hamaca en la que me mecieron cuando apenas caminaba, los paisajes recorridos una y otra vez. Vine a esta tierra extraña que consumió los huesos de mi padre y exprimió las memorias de mi madre.

Las memorias, mis memorias…

Andaba por el Viejo San Juan jugueteando con mi mejor amiga cuando lo vimos. Apenas teníamos quince años y esperábamos el amor, sin saber qué cosa era. Él me envolvió en el misterio de lo no conocido. Y me embriagó con palabras. Y me entregué al cielo del infierno con los ojos cerrados de tanto que confié. Ya no había marcha atrás. Hay cosas que cuando se pierden no regresan jamás. La inocencia se desprendió de mí y aunque la quise rescatar no fue posible. Hasta muy tarde supe, que no solo se llevó la mía. Desfloradas quedamos las dos guardando un secreto inútil. Le quise sacar los ojos y arrancarle el corazón por robarse lo que era mío… y no era. Mi amiga —la única hermana que tuve— se fue de mí porque me negué a escuchar.

Me hundí en una profunda depresión. Poner el mar en medio parecía la mejor alternativa. No confiaba en nadie: no existía el amor, no existía la amistad. Nada era lo que parecía. Me aseguré de que no volvieran a herirme y cerré mi corazón. Me encerré en mí misma y en los estudios, hasta hacer una carrera envidiable. En el pecho llevaba una piedra incapaz de sentir. Ocupé catorce horas de mi día en el trabajo. Hablaba lo necesario, encerrada en mi cubículo. No compartía con mis colegas, no sé si hablaban de mí, no iba a sus fiestas. En la noche al apartamento: un baño, un libro y a dormir en la más absoluta soledad. La piel se me fue secando, tanto que parecía tener la misma edad que mi madre. Ella que rogaba porque algún día hallara el amor, se murió viéndome morir poco a poco. No me interesaba la ropa de moda, ni las canas que cundían mi cabeza. Yo me encontraba en compás de espera…tic tac, tic tac, tic tac… ¿Cuándo se acabaría este sin sentido? La isla vivía dentro de mí. Yo era una isla.

***

Ya es hora de que regrese a la isla. Tengo cáncer. No quiero tratamiento, ni dejar mis horas siendo un expediente en un hospital frío y solitario. Voy a vivir el tiempo que me queda haciendo las cosas que añoro. Buscaré a mi amiga y le pediré perdón. Caminaremos de nuevo por el Viejo San Juan y reiremos como antes. Pasaré horas escuchándola contarme sus historias. Me contentaré de saber que ella sí vivió.  Y al final, moriré sentada mirando el mar, oyendo el ir y venir de sus olas rompiéndose sobre las arenas.

Y ya no estaré aislada.

Imagen: Melba Gómez, San Juan de Puerto Rico, 2016

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El otro


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Raúl se detuvo al frente de la puerta. Miró para todos lados antes de sacar la llave y abrirla. Se metió rápidamente. Miró por las ventanas para ver si alguien lo seguía, corriendo las cortinas de inmediato. Su corazón latía de manera acelerada. Su boca estaba seca, le sabía a metal. Se llevó las manos a la cabeza moviéndola de un lado a otro. Luego se tapó los oídos.

—Estoy seguro de que nadie me seguía —dijo.

—De nada se puede estar seguro en la vida. Tal vez haya alguien escondido —advirtió el otro.

Caminó sigiloso por el pasillo. Abrió todas las puertas, incluyendo las de los armarios y hasta la del refrigerador. No había nadie. El miedo lo paralizaba por momentos. Sollozaba. Se dirigió al baño, cerró la puerta y abrió el agua caliente del lavabo. El cuarto se llenó de vapor. Entonces metió las manos en el agua hirviendo. Con un cepillo y jabón se las estregó hasta que estuvieron enrojecidas. Agarró una toalla blanca para cerrar la llave. Se secó las manos y con los codos abrió la puerta para no ensuciarlas. Fue a la cocina para prepararse un emparedado. Miró sobre la encimera donde estaban los cuchillos. Faltaba uno.

—¿Dónde lo habré puesto? —se preguntó en voz alta.

—Nunca sabes en dónde dejas las cosas —contestó el otro.

—¿Cómo que no sé?

—Eres descuidado. Siempre estás distraído.

—¡Cállate! ¡Ya me tienes hastiado!

Risa. Esa fastidiosa risa. Furioso, abrió los cajones en busca del cuchillo extraviado. Mientras buscaba las carcajadas eran más y más fuertes. Estaba al punto del completo desespero, cuando recordó que había tomado el cuchillo para ponerlo en el cajón de la mesa al lado de su cama la noche anterior, cuando escuchó un ruido en el patio. Fue un golpe seco, como si alguien se hubiera caído en el patio. Fue al cuarto, miró en la mesa y allí estaba. Lo tomó en sus manos y por un momento dudó si debía dejarlo allí o devolverlo a la cocina. Se decidió por lo segundo. Alguien podía entrar en la noche iba a necesitarlo.

Raúl volvió a mirarse las manos, le pareció que estaban sucias otra vez. Así que regresó al baño y repitió el ardiente ritual. Tomó el cuchillo y regresó a la cocina para hacerse el emparedado. Con cuidado abrió la envoltura del pan. Sacó el jamón, el queso y la mayonesa. Cuando abrió el pomo, le pareció ver algo que se movía en el interior. Fijó la mirada adentro del envase hasta que vio unos gusanos que se hundían y salían de la crema. Con horror, lo soltó desparramando el contenido por el suelo. Nervioso, agarró el papel toalla para limpiar. Apenas podía aguantar las ganas de vomitar. Arqueaba asqueado, mirando los gusanos que se levantaban a sacarle la lengua. Buscó el frasco de amonio, regando el detergente en el piso hasta el punto de no poder respirar. Cuando empezó a toser, se tapó la nariz y la boca, abrió las ventanas para que saliera el penetrante olor.

—¿No tienes hambre? —preguntó el otro.

—¿Qué te importa?

—Los gusanos son sabrosos. Si le sacas la cabeza te puedes chupar lo de adentro.

Ya no pudo más. Salió corriendo al baño a vomitar la bilis. No tenía nada en el estómago. No acostumbraba a comer nada en la calle, ni en el trabajo. Le daba asco no saber quién manejaba los alimentos y de dónde los sacaban. Había escuchado tantas historias. Cuando terminó se miró las manos y procedió a exfoliarlas de nuevo. En este punto, ya le sangraban las ampollas que con el tiempo se había causado.

—Échate alcohol —ordenó el otro.

—¿Alcohol?

—Sí, todavía tienes las manos sucias.

Raúl buscó en el botiquín el alcohol y se puso en las manos. Sintió un ardor terrible que le quemaba. Abrió la llave del agua fría y las metió, sintiendo algo de alivio.

—¿Por qué me engañas? —preguntó al salir del baño.

—Porque eres un tonto.

Raúl escuchó más carcajadas burlonas. Las manos le quemaban y sintió rabia. Buscó el cuchillo para acabar con la risa que lo aturdía. Fue entonces cuando escuchó el golpe seco de nuevo en el patio. Corrió hacia la ventana, entreabriéndola miró pero ya estaba oscuro. Antes tenía un foco que alumbraba el jardín, pero se había fundido. Estaba seguro de que alguien lo había dañado a propósito.

—¡Maldito sinvergüenza! —gritó, colérico.

—Sal a ver qué pasa.

—¿Cómo voy a salir si hay alguien afuera?

—¿Para qué quieres el cuchillo? ¿No es para defenderte?

—Sí, sí… claro.

Tenía miedo, mucho miedo. Tanto que estaba a punto de llorar. Buscó una linterna en la cocina, abrió despacio la puerta que daba al patio. Se armó de valor, del cuchillo y salió. Con la lámpara alumbró una esquina del jardín. Algo se movía allí. Caminó en dirección a lo que se movía. Otro golpe seco a sus espaldas. Se volteó rápidamente, mirando hacia la casa. Alguien lo espiaba por la ventana.

—¡Ya está bueno! —gritó—. ¡Sal de ahí!

Avanzó hacia la casa. Una bellota cayó del árbol y le dió en la cabeza. Pensó que alguien se la había tirado.

—¿Por qué te escondes en la oscuridad? ¡Da la cara, cobarde!

Raúl comenzó a gritar improperios. Tanto gritó que el vecino salió para ver qué sucedía.

—¡Mire, cállese ! —gritó el vecino—. ¿No ve que ya es tarde?

—¿Por qué no sale, le digo?

El vecino se asomó por la ventana y vio a Raúl con el cuchillo en la mano. Por supuesto que no iba a salir. Ese hombre era peligroso. Tomó el celular y llamó a la Policía. Cinco minutos después, llegaron cinco patrullas iluminando con sus luces azules y rojas el vecindario. Algunos vecinos salieron para mirar qué pasaba. Desde las patrullas, los uniformados pudieron ver al hombre que vociferaba insultos desde su patio. Se bajaron de sus carros y se reunieron para decidir qué iban a hacer con el hombre.

—¡Hay alguien aquí! —gritó Raúl agitando los brazos, pero la distancia y el ruido de los radios en las patrullas no permitieron que los agentes escucharan lo que decía. Lo único que podían ver era el brillo del cuchillo en la oscuridad.

—¡Señor, baje el arma! ¡Ponga el arma en el suelo! —ordenó uno de los policías.

—No lo hagas, Raúl… Es una emboscada. Lo que quieren es que no puedas defenderte —le susurró el otro al oído.

Raúl caminó hacia adelante sin soltar el cuchillo, sonó un disparo y cayó al suelo. Los policías corrieron hacia él para verificar si aún estaba vivo.

—Sigue con vida —afirmó uno de ellos—. Llamen a la ambulancia.

Cuando llegó a la sala de urgencias, el médico que lo atendió lo reconoció enseguida.

—Este hombre está enfermo —apuntó el galeno—. Padece una enfermedad mental.

Imagen: Pixabay

Regresando a papá


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—¡Lucía, ven! Tu padre está muriendo —dijo la madre alterada del otro lado de la línea telefónica.

La mujer iba manejando y decidió regresar a la ciudad para acompañar en sus últimos momentos al hombre que toda la vida había sido su amigo, su guía, su salvador. Mientras conducía se agolparon mil recuerdos, tratando de salirse todos a la vez. Se veía a sí misma cuando apenas tenía dos años, acurrucada en el pecho de su padre. Recordaba cuando la sostenía en brazos para llevarla a la cama y la arropaba. Evocaba cuando la alimentaba, cuando la llevaba al colegio. Fue a él a quién le comunicó que le había llegado la menstruación y él fue quien le compró las primeras toallas sanitarias. Era él quien la buscaba a dónde fuera cuando tenía dolor de hijar y le ponía una bolsa de agua caliente para aliviarla. Él la recogió cuando regresó golpeada, cargando a un niño y se hizo cargo de los dos.

El padre había tenido una vida larga —y en contra de todas las apuestas—, la crió a ella y hasta a su hijo. Su padre omnipresente y sabio. Siempre en silencio, cuando abría la boca su consejo era como un mandato porque nunca se equivocaba.

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—¿Lucía, me escucha? —preguntó la enfermera del hogar de ancianos.

La anciana asintió con una sonrisa en los labios mientras hacía una señal para que la enfermera se acercara. Como casi no la escuchaba, pegó su oído a la boca de la vieja.

—Mi padre ha venido a buscarme —dijo y enseguida expiró.

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