A la frontera


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Imagen (CC0): https://pixabay.com/en/soldier-shooting-training-exercise-2533669/

Rodrigo, casi un niño, dejó su casa de madrugada. Llevaba un bulto con algunos uniformes militares y artículos de higiene personal. Había terminado la escuela superior con mucha dificultad; decían que tenía problemas de aprendizaje.

—Pa’ soldado sirves m’ijo —aconsejó el padre, que no sabía mucho de lo que aquejaba a su muchacho—. Después de to’ es un honor para ti y la familia.

Así, en una mañana lluviosa y fría —de las que suelen ocurrir en cualquier estación del año en Texas—, Rodrigo dejó su hogar a buscar un destino útil y honorable. Lo esperaba un autobús blanco en el que subían cien chiquillos como ovejas al matadero, todos callados y muertos de miedo. La mayoría jamás se habían separado de sus padres, pero la necesidad y la falta de oportunidades solo les habían dejado este camino. Había que convertirse en hombres y mujeres que sirvieran a la patria, al menos eso decía el eslogan del anuncio de la televisión, en el que les invitaban a ser parte de algo más grande: el ejército de los Estados Unidos.

Seis semanas de entrenamiento: gritos de sargentos escupiendoles la cara, aprender a comer rápido, disparar armas cortas y largas, comportarse o hacer lagartijas. Al final, la graduación en la que sus orgullosos padres los veían convertidos en otra persona, vestidos en uniforme de gala, marchando, rogando que no se les trancaran las rodillas y cayeran desmayados frente a todo el mundo. Rodrigo se convirtió en soldado y era como si toda la familia sirviera al país. Sirvió para algo, a pesar de las apuestas de que se rajaba al segundo día.

El presidente ordenó a las tropas ir a la frontera, desde California a Louisiana. A muchos les pareció una barbaridad que militarizaran la frontera con México, un país del que no eran enemigos. Igual enviaron a los soldados y a Rodrigo le tocó su primera misión, el lado del Río Grande. Con sus binoculares debía escudriñar la zona, impedir que ningún emigrante intentara cruzar. Tenía órdenes de hacer lo que fuera para evitar el paso de esos bandidos que traían drogas y armas a los Estados Unidos.

Era de madrugada cuando Rodrigo escuchó unos pasos y unos murmullos. En aquella oscuridad temió por su vida. Tomó su arma con sus manos temblorosas y disparó. Disparó más de una vez, a diestra y siniestra.

—Para, para… ¡No dispares más! —gritó otro soldado.

Cuando encendió la linterna, a unos metros yacía el cuerpo sin vida de un niño pequeño. Al lado, una mujer herida con una criatura en los brazos, expiraba. Rodrigo miró al otro soldado quien vio la locura reflejada en sus ojos. Tomó la pistola y disparó tan rápido que el otro no pudo detenerlo.

Una ceremonia fúnebre se llevó a cabo con todos los honores: desfile, toque de queda y salvas alteraron la quietud de aquel cementerio en el que las almas de los soldados vagaban sin perdonarse.

La madre de Rodrigo lo abandonó allí —solo y sin más caricias—, llevando en los brazos que una vez lo cobijaron, una bandera estrellada.

Melba Gómez, 2018.

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Odio, dolor y sangre


Conocí a Lorenzo cuando tenía diez años. Desde entonces fue mi mejor amigo. En aquella época me gustaba andar descalza sobre la yerba verde. Me daba seguridad el olor a tierra húmeda y sentir bajo mis pies el barro haciéndome cosquillas cuando se metía entre mis dedos. Salía al campo corriendo, con la cara al viento. Cuando me detenía cerraba los ojos para escucharlo y preguntar si tenía algún mensaje para mí. Lo oía silbar contándome historias de hadas y príncipes encantados y que algún día uno llegaría a mi puerta con un zapato de cristal a pedir mi mano.

Me gustaba recoger flores para hacer una corona y ponerla sobre mis cabellos. Las olía primero y les pedía perdón por arrancarlas, pero ellas repetían que con gusto adornarían mi cabeza llena de pensamientos buenos. Una mañana, mientras hacía mi habitual paseo, encontré a mi amigo. Me sorprendió porque caminaba despacio y estaba herido. De inmediato sentí compasión por él y me acerqué sin temor alguno pues sabía que no me haría daño.

—No tengas miedo, estoy herido —dijo.

—Ya lo he notado y, además, no tengo miedo —respondí mientras me acercaba y lo tocaba con suavidad. Luego lo llevé al río para que tomara agua y para limpiar sus heridas—. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estás herido?

—Vengo de muy lejos, de un lugar al cual no quiero regresar.

—¿No quieres? Pero, ¿qué tiene ese lugar? —pregunté intrigada.

—Mucho odio, dolor, sangre…

—No sé de lo que hablas… —dije con sinceridad pues en mi mundo no había visto nada de eso.

—Tú no tienes edad para saber de esas cosas.

—Cuéntame, por favor —supliqué en mi curiosidad.

—No quieras saber, niña. La vida misma te enseñará.

—Pero, ¿no tienes amigos? ¿Un amo?

—Un amo sí tenía, pero murió.

Ya no quiso hablar más. Cayó al suelo y se quedó dormido. No quise interrumpirlo pues se notaba que su cansancio era largo y viejo. Mientras dormía me preguntaba qué le pudo suceder. No sabía su nombre, pero enseguida empecé a amarlo.

Escuché a mi madre llamándome para cenar y corrí antes de que despertara a Lorenzo. Comí rápido. Saqué una porción de pan y frutas y regresé a donde lo había dejado. Seguía acostado, pero con los ojos abiertos.

—¿Tienes mucho dolor?

—En el cuerpo no tanto, más es el dolor que tengo en el alma.

Instintivamente lo abracé y algo dentro de mí se estremeció de puro amor.

—No me has dicho cómo te llamas —dije.

—Me llamo Lorenzo.

—¿Te quieres quedar conmigo?

 —Sí, quiero.

Caminó conmigo despacio hasta la casa. Cuando mis padres lo vieron lo recibieron con el mismo cariño que yo. Enseguida buscaron cobijas y un lugar cómodo donde se pudiera reponer. Me dediqué a alimentarlo y conversaba con él largas horas. Cuando sanaron sus heridas salíamos juntos a mi paseo de la mañana. Cabalgaba sobre él, alegre, y podía cerrar los ojos sabiendo que cuidaba de mí.

El tiempo pasó y con él me fui convirtiendo en mujer. Lorenzo era mi sombra, mi protector. Una mañana que venía de vuelta del río un hombre con armadura se acercó en un caballo. Mi amigo enseguida se inquietó y me miró advirtiéndome que no me fiara. El soldado se bajó del caballo sonriendo burlón.

—Hace rato te estoy mirando y no he podido evitar acercarme —dijo—. Desde donde estaba podía percibir el olor de tu cabello.

—¿Y qué hace un soldado por estos lugares?

—¿No has escuchado que entramos en la ciudad.

—¿Quiénes han entrado? —pregunté ocultando mi preocupación.

—El ejército más poderoso del mundo —respondió—. Y he venido a incautar las tierras en las que vives con tus padres.

—¿Cómo sabes que vivo con ellos? No les harás daño, ¿verdad? Ya son viejos…

 El hombre empezó a reír a carcajadas. Mientras más reía, más miedo sentía. De pronto vi a Lorenzo levantarse en dos patas y romperle el cráneo al soldado.

—¡Súbete! —urgió.

Cabalgamos hasta la casa y con horror vi a mis padres tirados en sendos charcos de sangre y sin vida. El dolor y la rabia se apoderaron de mí. Quería que los hombres que dañaron a mis padres pagaran por su afrenta.

—No, niña querida —me dijo Lorenzo—. Cuando me encontraste precisamente de esto huía. Al llegar a ti, toda mi vida pasada cambió con tu amor. No dejes que el odio nuble tu entendimiento ni corrompa tu corazón. El dolor poco a poco amainará y dejarás de sufrir.

Acaricié la crin de mi amado amigo y lo monté. Le pedí que me llevara a un lugar lo suficientemente lejos como para no tener que ver a mi enemigo. Lorenzo corrió hasta el lugar donde me conoció.

—Lorenzo, te dije que me llevaras lejos —reclamé.

—No importa a donde te lleve, nunca te sentirás lo suficientemente lejos si albergas malos sentimientos en el alma y nunca estarás preparada para el amor. Es aquí donde encontré paz y en donde tú la hallarás.

Enterré a mis padres y por cada lágrima que caía sobre la tierra, una rosa blanca brotaba. Me quedé en el hogar en el que crecí rebuscando los buenos recuerdos para sanar y cada mañana daba el paseo con Lorenzo hasta que encontré la paz. Ya estaba preparada para el amor. Fue entonces cuando conocí a Benjamín, un joven labrador que, aunque no traía una zapatilla de cristal, tenía —como mi padre— un alma noble y buena. No casamos y trabajaba la tierra que siempre nos daba de comer. Mi amigo le ayudaba en el campo hasta que envejeció.

Lorenzo murió en paz una mañana treinta años después de que lo conocí. Mi esposo y mis hijos me ayudaron a enterrarlo en el lugar donde lo encontré herido de cuerpo y alma hacía tantos años. Él me protegió del mal y me enseñó a sanar cuando estuve herida. Al igual que en la tumba de mis padres, mis lágrimas se convertían en rosas al caer sobre la tierra.

No lo extraño pues en mi paseo de las mañanas lo escucho en el viento y siento su presencia en la tierra húmeda que me hace cosquillas entre los dedos. Algún día me esperará en el río y cabalgaremos juntos hasta su hogar.

 

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Yo vi la vida pasar


Yo vi la vida pasar

y tan rápido que iba

no la pude detener.

Al principio me miró

—directamente a los ojos—

ofreciéndome mil cosas,

de hermosos y diversos colores.

Prometió una niñez rosada

en los brazos de mis padres,

llena de cuentos de hadas,

princesas y caballeros andantes.

Luego me haría volar

en el lomo de Pegaso,

tocando miles de estrellas

en el cielo y en un mar

azul turquí.

Me presentó los poemas

para hacerme suspirar:

Béquer, Darío y Neruda,

en sus letras aprendería

a llorar por el amor.

Con Allende, Grisham y King,

me ha enseñado el bien y el mal,

la esencia de la existencia misma,

el lado oscuro y profundo.

Cerré los ojos un segundo

y la vida se me fue,

entre páginas de libros

y algunas que quise escribir.

Camino sobre hojas secas

de variado colorido

en este largo —corto—andar,

que la vida me ganó

—siempre correrá más rápido—

y su paso no se detiene,

ni para esperar por mí.

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Canción de despedida


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No quiero morir en soledad,

abandonada en esta tierra fría,

quiero morir acompañada

y que me entierren

con mi bandera como mortaja.

Antes de irme quiero abrazarte

y decirte al oído lo que siento,

que en mi alma siempre has estado

grabado a tinta y a fuego.

Mi caminar se hace lento,

llora en mí la guerrillera

que una vez tumbó gigantes

y caminó sobre palmeras.

Tres montañas y una estrella

han marcado mi destino.

Por ellas de fiesta vivo,

por ellas de pena muero.

No digo adiós para siempre,

tal vez mi caminar sea perpetuo.

Si no se pierden mis letras,

si no se pierden mis versos.

Hoy canto para despedirme

temprano —como suelo hacer—,

que no llego antes si me adelanto,

es que no quiero que se me haga tarde,

por dejarlo para después.

 

Imagen: Pixabay

Era la noche oscura


Era la noche oscura. Tan oscura que la luna y las estrellas parecían haber desaparecido del firmamento. El calor sofocaba el cuerpo y el alma. Las gotas bajaban confusas. ¿Eran de sudor o lágrimas? La ropa molestaba, la piel más. Los mosquitos se aprovechaban de su cuerpo semidesnudo. Entre los ruidos —plantas eléctricas, grillos, coquíes—, se escucharon unos pasos. Una mano tibia se posó en la espalda de Edgardo. Él se sobresaltó. No esperaba a nadie a estas horas. Un dedo sobre sus labios calló sus palabras. Su corazón comenzó a latir aceleradamente. Sintió la presencia acercarse a su oído pasando su lengua por la oreja. El viento se desencadenó y pensó por un momento que se elevaba. Todo comenzó a estremecerse. El suelo, la hamaca y hasta la columna donde estaba amarrada.

Entonces escuchó una voz que le dijo:

—¡Bú!

Y su corazón se detuvo.

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El reflejo de Paula


Paula se miraba en el espejo a la vez que Tatiana lo hacía y creía que su reflejo era el de su amiga de juegos. Hasta que llegó su mamá y le dijo: «No, Paula, tú eres la de las orejas largas y preciosas, el hocico bonito y la cara peluda». Ella no lo creyó.

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Imagen: Pixabay

Congelado en el tiempo


—Dime que ya estás en Oviedo —percibí la inquietud en su voz con aquel acento castizo que amaba tanto.

 —Sí, ya estoy —contesté con la misma emoción.

 —Entonces solo tienes que tomar el tren de las 13:45 a Gijón. Te deja justo al lado de donde trabajo, y te recojo —dijo con entusiasmo.

 —Pues así lo haré —contesté como si me hubiera dado un mandato.

Tomé un taxi hasta la estación más cercana para tomar el tren que me llevaría justo a los brazos de mi amor. Mientras la máquina aceleraba, mi corazón latía apresuradamente, sabiendo que me encontraría en unos pocos minutos con quien había amado a la distancia. En mi mente ensayaba qué haría, qué diría, escogiendo las palabras justas para el momento del encuentro. Cuando escuché el anuncio de la estación en la que concluía mi travesía, bajé, nerviosa, temerosa de la reacción de mi amor. Allí estaba, abriéndose paso entre la gente, moviéndose de un lado para otro para alcanzar verme a lo lejos. Cuando se encontraron nuestros ojos sonreímos y ya las palabras ensayadas no sirvieron para nada. Entonces caminé despacio hasta llegar a él, me eché en sus brazos hasta ese momento desconocidos, me dio un beso en cada mejilla y un apretón, que hoy cuando lo recuerdo está más vívido que nunca. Acaricié sus rojos cabellos y besé suavemente sus labios. Él me tomó del brazo y me llevó hasta el coche. Todo era tan natural como si hubiéramos estado acostumbrados a una vida juntos.

De allí me llevó hasta un restaurante del que me confesó era asiduo. «Asturias huele a sidra», me dije mientras miraba al mozo estirar el brazo con la botella en la mano y desde lo alto verter el líquido en un vaso que sostenía en la otra. Vi cómo le entregaba el envase a uno de los comensales, quien bebía y luego tiraba el restante para que quedara limpio para el siguiente convidado. Esta impecable ceremonia se repetía una y otra vez, dejándome boquiabierta por la precisión con la que la ejecutaban. Cené un delicioso cachopo y luego salimos a dar un paseo por la marina. Caminamos agarrados de la mano. Él me contaba la historia del lugar mientras yo disfrutaba del escenario: los edificios, los botes, el letrero de Gijón y el monumento hecho no sé con cuantos miles de botellas de sidra. Tomamos algunas fotos para los recuerdos, que Dios sabe ahora mismo dónde estarán.

Unos jóvenes hacían una competencia en la que subían unas escalinatas que había por ambos lados de una estructura, cada uno cargando una caja de sidra. Cuando bajaban batían una botella y la abrían vertiendo el contenido sobre sí. Nos reímos un rato del juego y seguimos hasta el camino hacia la playa. Allí observé muchas personas de distintas edades deleitándose también de un paseo en aquel atardecer, mirando el mar y un cielo nublado que no se decidía a estallar.

Ya cansada, nos sentamos unos minutos a contemplar a dos muchachas que instalaban su equipo musical y, como por arte de magia, cuando empezaron a cantar, un arco iris de lujo apareció especialmente para mí en el cielo de Gijón. Y usted dirá qué atrevimiento el mío de pensar que los colores se pusieron en el firmamento solo para mí, pero así me lo dijo mi amor y decidí que le iba a creer. Tanta perfección me emocionó, me sentí agradecida hasta las lágrimas por lo que estaba contemplando. También en el fondo sabía que aquel momento no volvería a suceder.

Nunca regresé a Gijón y tampoco volví a ver a mi amor. No por falta de cariño. La distancia a veces acaba con las ganas. Alguna vez mi amor me expresó su deseo de que aquel encuentro se repitiera. Le contesté que algunos momentos eran tan perfectos que solo su recuerdo te sacaba una sonrisa. Esos instantes irrepetibles que te sorprenden y se agolpan saliendo desde el subconsciente al consciente arrancándote una lágrima. Usted que me lee sabe exactamente a lo que me refiero. Y, como yo, quisiera trasladarse en el tiempo para revivir cada segundo de idéntica manera. O tal vez no, tal vez quisiera cambiarle un punto o una coma, sacar del tintero cosas que quiso o debió haber dicho y no hizo. Un beso, un abrazo, una caricia. Lo cierto es que el tiempo pasó y ahora la experiencia es un recuerdo.

Cinco años han pasado desde ese esplendoroso momento en Gijón. Todavía al recordarlo lloro con la misma emoción que aquel día. No cambiaría un segundo ni un instante de lo que viví aquella tarde. Sé que no se repetirá la playa, ni las muchachas cantando una emotiva canción, ni el arco iris dispuesto para mí. Pero sé que de algún modo todo sigue estacionado, permanente, congelado en el tiempo, pues vive para siempre en mi recuerdo.

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