La ninfa de cobre


Un hombre huraño vivía en un bosque como cualquier otro. Lo tenía todo, pero no lo sabía. La soledad lo abrumaba, tanto, que no apreciaba su vida. Se levantaba cada mañana y no escuchaba los trinos del ruiseñor que anidaba en un árbol vecino. Tampoco se percataba de que todavía respiraba y que el aire limpio invadía sus pulmones, oxigenando cada célula de su cuerpo. No olía las flores de múltiples colores que adornaban los alrededores de su morada ni apreciaba los tonos increíbles que ellas le regalaban. Él, arisco, no miraba las hojas verdes, el follaje precioso ni el cielo azul. No admiraba el pelaje de terciopelo de su perro fiel ni se deleitaba al tocarlo. Todo lo que comía le sabía insípido, incluso la miel de las abejas. No quería nada, solo regodearse en su soledad. Sufrir hasta que llegara su hora.

Mas ese no era el destino escrito para él. El hada de las artes —la que pone en su lugar todo lo que es bello— tenía otro plan para su vida, y una tarde de verano lo hizo salir de su madriguera. Sin saber por qué, caminó sin rumbo fijo por las vastas tierras que poseía, mientras su perro fiel le seguía paciente. Escuchaba sin oír, miraba sin ver, tocaba sin sentir, hasta que sus pies lo llevaron a un riachuelo donde se bañaba una ninfa morena, de cabellos rizados y ojos alegres. Le llamó la atención su piel de cobre y su sonrisa ingenua.

—¿Quieres comer requesón? Lo hago yo mismo con la leche de mis cabras —le dijo. Sin darse cuenta, las palabras se escaparon de sus labios. Ya no reconocía su propia voz. Había estado en silencio por tanto tiempo.

La ninfa no contestó, tampoco dejó su baño de agua fresca y, a pesar de que estaba desnuda, no se tapó para que él no la mirara. Se comportaba como si el hombre no estuviera allí, tan cerca. Seguía acariciando su cuerpo con el agua limpia y cristalina. Después salió despacio y sin pudor alguno, se frotó el cuerpo y el cabello con un aceite aromático, todavía sin mirarlo. Parecía no haberlo escuchado, como si estuviera escuchando otra cosa. Vistió su perfecta figura en un lienzo blanco, casi transparente y caminó hacia un árbol en donde —parándose de puntitas— agarró un fruto y lo comió con placer.

El hombre huraño estaba molesto. ¿Cómo era que aquella ninfa ignoraba su presencia? Al fin y al cabo, se bañaba en su riachuelo, caminaba por sus tierras y hasta comía —¡y sin su permiso!— los frutos que daba su árbol.

—¡Ey! ¿No me escuchas? Hablo contigo… —le gritó.

La ninfa seguía recogiendo flores de todos los colores, las olía, sonreía y con sus manos hizo una diadema que se puso en la cabeza, enredándola entre sus rizos negros. Bailaba al son de una música que el huraño no escuchaba, sin embargo, él veía como sus piernas torneadas se levantaban y giraban —tal vez—, impulsadas por el viento. El hombre seguía observándola, pero como a una visión. No se atrevía a moverse de donde estaba, pues temía que se desvaneciera.

«¿Qué daría yo por tener la paz que tiene esta ninfa?», pensó. «Quisiera sentir su suave piel de cobre y oler sus cabellos morenos. Quisiera escuchar la música que la hace bailar y tenerla, a ella, siempre conmigo. Ya no quiero estar solo, ¡ya no quiero morir!», se dijo.

La ninfa iba a adentrarse en el bosque.

—No te vayas, ¡por favor! —suplicó.

—Me encanta el requesón —respondió sonriente, mirándolo a los ojos y capturando su alma para siempre.

En ese momento su perro se volvió un corcel plateado con alas brillantes, para que ambos subieran y volaran hacia el castillo. Desde entonces, el hombre se levantaba cada mañana escuchando los trinos del ruiseñor que cantaba alegrando a su ninfa, que bailaba al son de aquella melodía que lo inundaba todo. Disfrutaba el aroma de las flores que ocupaba por completo los espacios de su hogar. Todos los días tejía una corona de nuevos capullos para su amada. El hombre ya no era huraño, ¡era tanta la felicidad que lo embargaba! Compartía con sus vecinos sus riquezas y a menudo se le veía riendo, acompañado de sus viejos amigos, los que había abandonado en su aislamiento.

La ninfa de cobre había hecho el milagro, echó para siempre los demonios de su soledad.

La canción de Lara


Lara King cantaba en un club nocturno en la ciudad de Nueva York. No había una cantante en ese momento que pudiera igualar el registro de su voz y las notas de las melodías que tan armoniosamente salían de su prodigiosa garganta. Los músicos de la orquesta la admiraban y por doquier presumían que acompañaban aquel fenómeno de mujer con sus humildes instrumentos. Tan solo de ver a Lara subir al escenario, caminando con aquella gracia, quedaban embobados y al interpretar los primeros acordes de su canción, las lágrimas se les salían de emoción. Es que no era solamente su voz, sino el sublime palpitar de su corazón que se desbordaba en cada tonada.

Su nombre se repetía por los barrios de «La gran manzana», despertando la curiosidad de quienes no la habían escuchado aún. El club siempre estaba repleto y hasta fila hacían por oírla cantar, aunque fuera por unos breves minutos. Muy pronto se regaron rumores por todo el mundo de su milagro melodioso, tanto que honorables y excelentísimos acudían escondidos bajo ropas y sombreros de ala ancha para no ser reconocidos, y al igual que todos quedaban cautivados con la voz de Lara.

Su traje de lentejuelas tornasol cambiaba de color según la luz de las lámparas. Su cuerpo lucía magnífico abrazado en aquel vestido que hacía suspirar a los hombres, incluyendo a Franky, el italiano dueño del negocio. Él la amó desde el primer día que la escuchó cantar, desde entonces, en su corazón se abrió un agujero que ninguna mujer podría llenar. Lara lo sabía, pero no estaba dispuesta a ser su amante. Era negra y sabía que nunca la aceptarían ni su familia, ni sus amigos y muchos menos la suya. Claro que lo quería, ¿quién no? Era guapo, con su pelo negrísimo, ojos inmensos de largas pestañas, cuerpo esbelto, piel oliva, y su olor mediterráneo. Un sueño para cualquier mujer, menos para ella.

Cuando el espectáculo terminaba, usualmente a las dos de la mañana, Lara iba a su camerino, se cambiaba dejando allí su traje tornasol y salía por la puerta de servicio, la misma por donde salía la gente de su raza, no importaba que fuera el conserje, el contador o la estrella de lugar. Esa salida daba a un callejón oscuro, en el que deambulaban toda clase de seres humanos, a los que ya poca humanidad les quedaba. Mirando al suelo, distraída, en la calleja solo se escuchaba su taconeo rítmico. Una noche, en la oscuridad, un hombre la asaltó por la espalda poniendo un afilado cuchillo en su delicado cuello, amenazando la pureza de sus cuerdas vocales.

—Con esto él va a pagar todo lo que me debe —dijo el hombre con un inconfundible acento italiano.

El corazón de Lara palpitaba aceleradamente, quieta, sin siquiera atreverse a respirar profundo, no lograba entender por qué la atacaban. Claramente el hombre no deseaba nada de ella, no intentaba violarla, ni siquiera quitarle su bolso, solo cobrar una deuda que no era suya. Pero ¿quién debía dinero a este hombre? Aterrada, ensimismada en sus nefastos pensamientos, preparándose para la muerte, de pronto el individuo se desplomó, salpicándola de sangre. Lara no escuchó disparos, más bien un sonido sordo de un arma de fuego. Atontada como estaba, alguien agarró su brazo y la llevó casi a rastras hasta subirla a un coche.

El hombre que manejaba era un desconocido. Estaba tan cansada, primero el show, después el evento del atacante y ahora un secuestrador. Parecía que iba a ser una larga noche. De reojo miró al hombre en el volante. Era como cualquier otro italiano, veía muchos en el club todas las noches, pero este no le hablaba. Mantenía sus ojos en el camino, sin distraerse. Lara pensó en tirarse del vehículo en marcha, ¿qué podría pasarle? Una que otra laceración, un golpe, pero podría escapar. Era mejor que mantenerse a la expectativa, sumisa, sin luchar. Había aprendido a subsistir desde hacía mucho. Cuando trató de abrir la puerta, no pudo. El hombre agarró su muñeca tan fuerte que pensó que se la iba a quebrar.

—No entiendo nada. ¿Me puede explicar?

Silencio por respuesta. Lara intentaba soltarse, pero la apretaba más aún. Manejó hasta un camino estrecho, bordeado por árboles enormes y tan oscuro que apenas podía verse las manos. Una vez allí, detuvo el carro. Se bajó dando una vuelta para abrirle la puerta.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?

La agarró por el brazo halándola para sacarla. Ella se resistía, pero fue en vano. El hombre era más fuerte. Una vez afuera la condujo por un camino de tierra, hasta una cabaña que apenas tenía una luz tenue en el pórtico. Tomó una llave que estaba en una vasija y abrió. Encendió la luz e hizo que Lara entrara, luego se fue, dejándola adentro encerrada bajo llave.

Lara repasó el lugar con los ojos. Un catre en el suelo sucio y con manchas de sangre y una silla era todo el mobiliario. Tenía ganas de orinar, solo había una puerta e imaginó que era el baño. Al abrir la puerta la peste a sangre podrida la hizo dar un paso hacia atrás. Desistió y decidió aliviarse en un cubo que estaba en la habitación. Después se sentó a esperar qué pasaría en adelante. Lara no sabía hacer nada sin cantar, así que empezó a tararear «La vie en rose» de Edith Piaf. Cuando cantaba se elevaba a un lugar seguro, en donde nadie podía hacerle daño.

Lara nació en Louisiana y empezó a cantar cuando apenas caminaba. Su canción era lo único que tenía. Su padre era alcohólico y cuando llegaba —si llegaba—, estallaba en gritos por cualquier cosa y después agredía a la madre. La niña asustada se escondía hasta que todo acabara. Tan pronto se iba, la pobre mujer, con su cara desfigurada, la tomaba en brazos, le cantaba canciones de la Piaf y le prometía que su vida algún día sería rosada como la canción. Un día todo acabó para siempre. El recuerdo que Lara tenía de su madre era una cara amorfa y sangrante y aquella canción en un idioma desconocido. De allí la llevaron a una casa para niños sin padres —aunque tenía al suyo, estaba preso y la sola idea de vivir con él le aterraba—, allí sufrió toda clase de abusos y solo su canción francesa la consolaba. Un día un hombre que pasaba la escuchó cantar y prometió pagar una generosa mensualidad al hogar si se la entregaban. Solo tenía quince años. Ese hombre era Franky. Contrario a lo que muchos pensaron, él nunca tocó a Lara y la trató con decencia, dentro de las limitaciones que el color de su piel le imponían. Franky la amaba de verdad.

Pasaron cerca de dos horas cuando escuchó que entraban la llave. Se puso de pie instintivamente, aunque sus piernas casi no la sostenían. Tres hombres, incluyendo el que la había traído, entraron en la habitación.

—Bueno, linda, sabemos que eres lo más valioso que tiene Franky. Lo hemos citado para que pague el rescate por tu vida —dijo el primero, pero este no era italiano. Le parecía más bien ruso: alto, de pelo rubio casi blanco y el acento característico.

—No sé por qué Franky pagaría por mí. Solo soy una cantante y hasta pensaba en renunciar al club —dijo sin meditar en el riesgo en que ponía su vida.

—Eso no lo crees ni tú —respondió el otro acercándose a ella amenazadoramente.

—Es cierto. Ya se lo había adelantado. A estas horas a él no le debe ni importar lo que hagan conmigo.

El hombre la abofeteó. Ella cayó al suelo.

—En verdad crees que somos estúpidos. Te hemos seguido por días, sabemos donde vives, lo que haces. Franky haría lo que fuera por ti.

Lara decidió callar, un hilo de sangre le recorría desde la esquina de la boca al cuello. Se imaginaba como su madre, con la cara rota.

—Prepárate, que nos vamos.

La joven obedeció. Siguió con los hombres y subió a un auto negro, Lincoln Zephyr 1940. El hombre que no hablaba retomó el volante y emprendió el viaje. Por el camino los hombres intercambiaban miradas. En una u otra ocasión hacían comentarios sobre si Franky iría al lugar que habían establecido para hacer el canje. Lara ya se daba por muerta. Aunque reconocía que era un buen negocio para Franky, no sabía cuánto le debía a aquellos hombres y si estaba en posición de pagar. Su futuro era incierto y en su mente empezó a tararear su canción, la de la Piaf, aquella que la salvaba siempre.

Viajaron casi tres horas hasta llegar a un puerto. Todo estaba oscuro, apenas iluminado por uno u otro farol. Aparcaron hacia la entrada. Se quedaron en el auto, en expectativa. Cinco minutos después otro auto llegaba, cegándolos momentáneamente. Quedaron frente a frente y el recién llegado apagó las luces. Nadie descendía de ninguno de los carros. Fueron minutos de mucha tensión. Nadie hablaba en el auto en que estaba Lara. Por fin Franky bajó y se quedó parado frente al carro con un maletín en la mano. Uno de los hombres que estaba con Lara también bajó, ocultando un arma en su sobretodo. Caminó despacio hacia Franky.

—¿Dónde está Lara? —preguntó el italiano.

—El dinero primero… —respondió sacando el arma.

—Quiero verla primero —exigió.

El hombre hizo un gesto a los que estaban en el carro para que dejaran salir a Lara.

—Cuidado no intentar nada —le advirtió el mafioso agarrando a la muchacha del brazo.

—Vengan más cerca —pidió Franky—. Lara, ¿estás bien?

—Sí, estoy bien.

—Ya está bueno de conversación. Entréganos el dinero y te entregaremos a la negra.

Franky se tragó la furia por amor a Lara. No quería que los hombres se alteraran y fueran a hacerle algún daño. Puso el maletín en el suelo y lo empujó con el pie hacia el malandrín. Este se agachó apuntando con el arma y tomó el bulto. Lo abrió y sonrió satisfecho. El dinero estaba completo.

—¡Vamos! —ordenó a los otros, empujando a Lara, quien cayó al suelo.

Encendieron el vehículo, pero, antes de marcharse, dispararon a Franky, hiriéndolo en el pecho. Lara se arrastró hasta donde estaba su amado.

—No te preocupes, Franky. Estarás bien —dijo.

Tan pronto los hombres se fueron, se levantó y con la fuerza que solo el amor puede dar, lo cargó hasta el carro.

Franky y Lara se mudaron a Francia. Se fueron a donde podían vivir su amor. Su canción los había salvado para siempre.

Don Julio, el dueño del cafetín


Julio Vicente Manrique Trujillo nació en Ipagüima, una pequeña isla escondida en el Caribe. Su madre murió de parto, quedando bajo el cuidado de su tía, Sara, quien se había quedado solterona. El padre de Julio, Don Vicente, quedó sumido en la más profunda tristeza y no veía la hora de reencontrarse con su hermosa María. Todos en la isla estaban preocupados por Vicente. Pasaba horas en la pequeña barra frente al mar cuando estaba borracho, caminaba en la oscuridad hasta caer rendido. Muchas veces lo encontraban tirado a la orilla del camino, adormilado y sin deseos de vivir.

—Vicente, ahora tienes que pensar en tu hijo —le reclamaba su cuñada—, no es momento para que te hundas. Mira lo bonito que está.

El hombre no quería ni mirar a la criatura, lo veía como a su enemigo, pues le había costado la vida de la mujer que más amaba.

—Déjame ahora, Sara —respondía—. ¿No crees que tengo derecho a guardar luto por tu hermana?

 —Por supuesto que tienes derecho, pero no lo tienes de abandonar a tu hijo.

Las conversaciones entre ellos siempre terminaban con las protestas de Sara y el silencio de Vicente. Luego se iba de nuevo a la barra a ahogar sus penas.

Un día pensó que era mejor terminar su suplicio, no sentir nada más, irse con su María. Caminó adentrándose al mar, sintiendo la suave arena debajo de sus pies y la tibieza de las aguas. Un viento recio le azotó la cara; en la oscuridad, un relámpago lo alcanzó y lo dejó inconsciente.

Despertó en los brazos de una muchacha a la que nunca había visto en Ipagüima. Era una mujer frágil, de cabellos muy negros que flotaban con la brisa, y ojos del color del fondo del océano. Vestía un caftán blanco, adornado con hilos plateados, como las estrellas y un collar de caracolas.

—¿Por qué te haces daño? —preguntó con una voz dulcísima.

Vicente no pudo hablar. Un llanto lastimoso le salía del alma, su espíritu se derramaba en presencia de aquella joven desconocida. Ella lo arrulló por un rato, hasta que el lloro amainó. La miró, como se mira a las vírgenes, con respeto, con devoción.

—No puedo vivir sin ella —dijo.

—Claro que puedes… María no se ha ido, ella vive en tu hijo —le respondió.

 —Ese niño la mató.

 —No, ella dio su vida por él. Quiso hacerte un regalo muy costoso, que no has aprendido a apreciar.

El hombre bajó su mirada. Las lágrimas saltaban de sus ojos sin contenerse. «Julio es un regalo», se repetía una y otra vez. De pronto se sintió muy solo. Levantó la cabeza y ya la muchacha no estaba. «Creo que he visto a un ángel», pensó mientras se levantaba trabajosamente. Respiró hondo y un largo suspiro le salió del pecho. Sin darse cuenta, sus pasos lo dirigieron a la casa de Sara.

—Sara —llamó cuando entró en la vivienda —. ¡Sara!

Nadie contestó. La vecina salió al escucharlo llamar y le dijo que Sara había salido para el hospital, pues el niño tenía una fiebre muy alta. Vicente casi enloqueció. No era posible que también perdiera a su hijo. Lo había rechazado tanto que quizá tendría que pagar un precio muy alto por su agravio. Corrió tanto que no se dio cuenta de que lastimaba sus pies desnudos, llegando a su destino ensangrentados.

—¿Dónde está Julio? —preguntó a la cuñada tan pronto la vio en el hospital.

—Están haciéndole unas pruebas… Pero ¿qué haces aquí?

—La vecina me dijo que el niño está enfermo.

—Sí, así es.  Sin razón comenzó a arder en fiebre, como a las diez de la noche.

Vicente se dio cuenta de que a esa hora intentaba quitarse la vida, fue el momento en que el relámpago lo alcanzó. Se arrodilló al frente de su cuñada y lloró angustiado, arrepentido.

La enfermera salió para avisar que podían pasar a ver al niño. No sabían si resistiría la fiebre por más tiempo. Vicente se acercó sigiloso, mientras Sara se mantenía al margen, observando a este hombre diferente. Había rezado tanto para que este padre amara a su hijo. Él miró al interior de la cuna, asustado. Después miró a Sara y a la enfermera, una de ellas le diría que hacer.

—Tómalo en los brazos, Vicente —dijo la cuñada.

Nervioso, se dobló y agarró al niño con el temor de que se le fuera a escurrir entre los dedos. Las lágrimas caían en la hermosa cabecita de su hijo, quien comenzó a mover su pequeño cuerpecito. Vicente sintió que la temperatura bajaba y que una pequeña manita le acariciaba la cara. La enfermera se acercó y tocó a la criatura.

—Creo que ya no tiene fiebre —dijo—. Esto es un milagro, hace unos minutos este niño ardía.

—El verdadero amor todo lo vence —añadió Sara poniendo su mano en el hombro de Vicente.

Julio Vicente salió del hospital en los brazos de su padre, quien no podía comprender como alguien tan pequeño podía darle tanta esperanza. El dolor por la pérdida de María lo fue abandonando, quedando solo el recuerdo de los buenos momentos vividos junto a la mujer que había dado su vida para darle el regalo más grande, su hijo.

Cuando Vicente estuvo libre de la carga de sus recuerdos dolorosos, empezó a ver la belleza de Sara. Era diferente a la de María, que llenaba los ojos y no lo dejaba pensar. La belleza de Sara era sencilla, natural, interna. Poco a poco se dio cuenta de que la necesitaba, que cuando no estaba cerca la extrañaba. La miraba jugar con Julio y ya no veía a María, miraba a la mujer que lo había salvado del abismo.

Sara siempre lo había amado, por eso, cuando quiso casarse con María, enterró sus sentimientos por respeto a su hermana y a él. Nunca sintió envidia de su hermana y, el día que murió, juró hacerse cargo de Julio sin ninguna otra intención. Pensó que Vicente era joven y que, cuando volviera a casarse, ella seguiría ocupándose del niño en honor a su hermana. Nunca pensó que el viudo se fijaría en ella, pues se sentía tan ordinaria al lado de su hermana.

Julio miraba a Sara como su madre, a pesar de que mantenía la memoria de María mostrándole fotografías y hablándole de ella. Para Julio, su verdadera mamá, la que estaba en el cielo, era como un ángel, algo etéreo que no podía abrazar, que no lo consolaba cuando estaba triste, que no curaba sus heridas cuando se caía. Sara era todo para él y ella se contentaba con ese hijo que la vida le había regalado.

Una tarde Vicente llegó a la casa con unas flores que había recogido por el camino y las puso en las manos de Sara. Confundida, buscó un envase y las colocó con agua. Un rayito de ilusión la tocó cuando Vicente la tomó por la cintura y la besó despacio.

—Cásate conmigo —propuso.

—¿Estás seguro?

—¿De que te amo?

—Sí.

—Te amo.

—¿Y María?

—Es un recuerdo hermoso que me llevó hasta a ti y me regaló a Julio.

No fue necesaria la respuesta. Sara rodeó el cuello de Vicente con sus brazos y lo besó con todo el amor que por años había contenido.

La relación fue bienvenida por todos los habitantes de Ipagüima, especialmente por Julio. Pronto se casaron y Vicente montó la cafetería del pueblo en la que todos se reunían y comentaban los asuntos importantes, como el primer embarazo de Sara. Al fallecer el padre, el negocio quedó en manos del hijo, quien sería conocido más tarde como Don Julio, el dueño del cafetín.

Viernes, 17:45


Marimar trabajaba en un bufete de abogados como secretaria de lunes a viernes. Entraba a las nueve de la mañana y salía a las seis de la tarde. Le gustaba mucho su trabajo, conocía clientes nuevos todos los días, se interesaba en sus historias y se juraba no cometer los mismos errores que ellos para no tener que exponer su vida en un tribunal. Ella había empezado a trabajar muy joven; apenas tenía dieciséis años. La abogada del bufete le dio la oportunidad en su oficina cuando tomaba un curso comercial en el colegio y como parte del currículo debía hacer la práctica en un negocio real. Así fue como se interesó por esta profesión y continuó en la oficina después de graduarse.

La abogada estaba muy contenta con el trabajo de Marimar. Era eficiente y, como ella misma la había entrenado, podía llevar la oficina sin que ella estuviera. Sus trabajos eran limpios, ordenados, sin faltas ortográficas. Llevaba los índices notariales al dedillo. Era simpática, dulce y los clientes la adoraban. Y, por qué no decirlo, la licenciada la veía como a la hija que nunca tuvo. Usualmente, los viernes al mediodía, cerraban la oficina, se iban a comer y a pasar un rato juntas, como amigas. Marimar conocía todos los secretos de aquel bufete; los de los clientes y los de los abogados. Sabía que no podía divulgar nada de lo que pasaba allí, pero entre ellas había confianza y muchas veces conversaban de los casos. La abogada valoraba las opiniones frescas de su secretaria, pues no estaban contaminadas de los embelecos jurídicos. Era una niña inteligente que, con mucho candor, expresaba sus ideas, las cuales eran muy lógicas a la hora de resolver algún entuerto al que la letrada no le encontraba solución.

Ese viernes las cosas eran diferentes. No es que nunca hubiera pasado, pero no era lo usual. Marimar miró el reloj y ya eran las 17:15 y la abogada no había regresado de una vista en la corte. La última vez que llamó fue al mediodía para disculparse porque no iba a poder llevarla a comer. No había recibido ninguna otra llamada o texto, explicando su tardanza. Al parecer se había complicado algún caso. Marimar salía dentro de cuarenta y cinco minutos, pero decidió irse más temprano. Después de todo era viernes y, de ser cualquier otro, ya se habría ido hacía rato. Comenzó a recoger la oficina, guardó los expedientes en el archivo, cerró el computador y fue al baño a retocarse el maquillaje. «Nunca se sabe a quién te puedes encontrar por el camino», se dijo.

 

Don Arístides tenía noventa y cuatro años, pero era fuerte como un roble, a pesar de su avanzada edad. Todavía vivía solo, salía a la calle, caminaba, se alimentaba bien y miraba a las muchachas. A ese estilo de vida le adjudicaba su longevidad. Ya había visto las noticias. Era un cálido día de verano y él estaba esperando que refrescara un poco para salir a comprarse el helado de chocolate que tanto le gustaba. «De vez en cuando un dulce no le hace daño a nadie», pensó. Miró su reloj, ya eran las 17:15. Salió, cruzó la calle y caminó una cuadra hasta la heladería.

—Don Arístides, ¿cómo está hoy? —preguntó Griselda la despachadora del negocio.

—Pues m’ija, como un tronco. Ya tú sabes, no me duele nada —respondió coqueteándole a la joven.

—Y qué le apetece hoy, ¿lo de siempre?

—Pues sí. Dame un helado de chocolate en un cono, pero con dos bolitas. Le tengo muchas ganas, además hace mucho calor.

—¿Me lo dice? Este verano ha sido tremendo. Enseguida le sirvo.

La joven buscó el cono y le sirvió dos bolas grandotas. Hacía años que Don Arístides frecuentaba su negocio y ya le tenía cariño. El anciano acarició deseoso con los ojos, aquel delicioso postre. Pagó y le agradeció a Griselda por el extra que había puesto en su cono.

 

Marimar volvió a mirar el reloj, ya eran las 17:45. Nadie iba a notar que se iba quince minutos antes. Agarró sus llaves, cerró la puerta y se subió a su coche que dejaba siempre estacionado frente a la oficina, mirando hacia el sur de la avenida. Mientras calentaba el carro, se miró en el espejo de la visera para asegurarse de no tener mucho maquillaje y se puso sus gafas de sol. Miró el móvil para verificar si alguien le había escrito. Ya estaba lista. Decidió dar un viraje en U, para ir por el carril contrario hacia el norte.

 

Don Arístides venía contento, saboreando su helado de chocolate como si fuera un niño. Miró su reloj, eran las 17:45, en quince minutos empezaría su programa de televisión favorito de los viernes. Decidió acelerar el paso al cruzar la avenida.

Marimar no lo vio.

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Fotografía por Myriams-Fotos en Pixabay (CC0).

La mujer que no conocí


Nunca conocí a mi madre. No que no la conociera físicamente. Siempre estuvo allí: desde el mismo momento en que nací, nueve meses antes, desde que fui concebida. Me refiero a que no supe nada de lo que guardaba dentro de sí: sus secretos, sus miedos, sus anhelos, sus ilusiones. Nunca supe cuál era su color ni su canción o su película favorita. Jamás la vi reír a carcajadas, ni la vi sonreír de pura felicidad. Era una extraña, sombría, a la que en muchas ocasiones desee preguntar si era su hija adoptiva.

No era como la mayoría de las madres de mis amigas. Ella trabajaba mucho, quizá demasiado como para detenerse a contestar mis preguntas. En un día cualquiera, me levantaba para el colegio a eso de las cinco de la mañana —para dejarme vestida y desayunada—, y luego irse a esperar por el transporte, que casualmente pasaba justo al cruzar la calle. Tenía que hacer dos cambios en la ruta hasta llegar a su destino: de la casa hasta Bayamón y de allí a San Juan.

Mi madre era enfermera. Solo sus pacientes conocían su ternura. Era trabajadora, responsable, pero siempre enigmática. Le gustaba ofrecerse de voluntaria, aunque se estuviera ahogando de trabajo. Tomaba cursos universitarios para mejorar sus conocimientos y de ser una enfermera práctica, pasó a ser enfermera diplomada. De todo esto me enteré en la ceremonia de jubilación a la que me invitó, en la que sentí que todo el tiempo hablaban de otra persona.

La mujer que veía venir por las tardes —vestida de blanco de pies a cabeza— no se parecía a esa. Había un dejo de hastío en su mirada cansada. Sin quitarse el uniforme, calentaba una que otra cosa para la cena y luego de servirnos se quitaba los zapatos para recostarse en el sofá a mirar su «novelita» televisiva. Se metía en aquella pantalla, tal vez fantaseando con el amor romántico o con un caballero millonario, que la salvara y la sacara de su laboriosa vida. Creo que eran los únicos momentos en que se daba el lujo de soñar. Ya a las siete de la noche me mandaba a la cama y se iniciaba su calvario de escucharme llorar hasta quedarme dormida.

Mi madre y mi padre apenas se veían. Todos vivíamos en la misma casa —incluyendo a mi hermana mayor que era un fantasma—, pero el horario de trabajo de ambos era tal, que apenas coincidían. No tengo idea si hacían el amor, aunque era muy pequeña y no me daría cuenta, creo. Eso sí, a la hora de disciplinar, se ponían de acuerdo y no había modo de que pudiera engañar a uno o al otro.

Mi mamá solo hablaba con mi hermana. Se encerraban por horas en su cuarto y si yo estaba presente hablaban en jeringonza. No se dieron cuenta cuando aprendí el dichoso lenguaje en clave y comencé a enterarme de las cosas que ocurrían en la familia extendida, que era bastante numerosa.

Una noche en la que se exhibía en el colegio la película The Sound of Music, ya cuando estábamos vestidas para salir, llamaron al teléfono. Cambio de planes, me dijo mi madre. Según le contaba a mi hermana —en jeringonza—, mi tía estaba en el hospital con un infarto. ¿La razón? Mi prima se había acostado con un sacerdote y estaba embarazada. Claro que yo no podía preguntar por qué por acostarse se había embarazado, se darían cuenta de que las entendía. Estaba segura de que, cuando mis tías —que no sabían jeringonza— se juntaran, me enteraría de los detalles. Y así fue. Mi tía falleció del disgusto y mi pobre prima embarazada se convirtió en la apestada de la familia. De no haber sido por su padre, la habrían echado de la misma funeraria.

Entre el chocolate y el pan con mantequilla, las tías hablaban del sacrilegio que la prima había cometido.

—¿Cómo se metió con un hombre de Dios? —decía una, alarmada.

—Esa muchacha siempre ha sido incorregible. ¿Se acuerdan cuando se metió con el hombre casado? —dijo la otra.

  —¡Ella mató a la madre! —sentenciaron.

Yo observaba a mi prima arrodillada frente al féretro, vestida de negro, con una mantilla negra, con los ojos derretidos de tanto llorar y la cara hinchada. Era la viva imagen del arrepentimiento. Lloré con ella, no por mi tía, sino por su desgracia. Creo que fue entonces cuando me rebelé a la idea de que las mujeres éramos las responsables de los pecados de los hombres. ¿O qué? ¿El casado no podía serle fiel a la mujer? ¿El sacerdote no tenía un compromiso con Dios?

Mi madre también hablaba y me molestó. Ella me llevaba a la iglesia en la que predicaban que no se debía juzgar al prójimo. La vi acercarse al cadáver, ignorando a mi prima, para tomar una foto de mi tía muerta. Por semanas anduvo taciturna. Cuando fue a buscar las fotografías del funeral se encerró a llorar amargamente. Lo hizo varias veces hasta que un día vi que se deshizo de ellas. Me hacen mal, me dijo.

Poco tiempo después mi hermana decidió irse a estudiar a los Estados Unidos. A mí me daba igual. Era mucho mayor que yo y apenas me hacía caso.

Se preparó todo y mi madre partió con ella en un viaje para dejarla instalada en la universidad. Cuando regresó, sus silencios fueron peores. Mi única compañía era el perro y mis amigas del colegio. En uno de mis cumpleaños, la mamá de una amiga me invitó a su casa para jugar, creo que se daba cuenta de mi soledad. Cuando mi mamá llegó del trabajo y no me encontró se puso furiosa. Llamó a todas mis amigas y cuando me encontró, insultó a la señora que me había sacado de mi casa sin su permiso. Supongo que ese fue uno de los cumpleaños más tristes de mi vida, sobre todo porque me avergonzó.

En esa época me di cuenta de que mi mamá y yo no teníamos nada en común, solo que ella sufría en su soledad y yo en la mía. Cada vez estábamos más distanciadas. Según entraba en mi adolescencia, más me rebelaba contra ella. Cuando la veía llegar del trabajo, me encerraba en mi cuarto para no tener que verla ni cruzar palabra. No le contaba mis cosas, no la hacía partícipe de nada. Mi mundo era mío, como el de ella era suyo.

El día de su cumpleaños desapareció. Mi padre la estuvo buscando, desesperado. Sus amigas también. En todo el día nadie supo de ella. Cuando apareció ya era de noche. Siguió a su cuarto y se encerró. Nunca nadie supo dónde estuvo, pero tampoco la vi más contenta después de su hazaña. Quizá su espíritu ya agonizaba por falta de afecto, por cansancio, o frustración.

Así la vi envejecer, entre sonrisas fingidas solo para desconocidos, hasta que poco a poco, abrazando un muñeco de trapo, su alma escapó de su cuerpo y en sus ojos no quedó nada.

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Imagen por Comfreak (CC0).

El bolso verde chatre


Lucía quería comprar un bolso de marca, de esos que eran carísimos, que deslumbraban a las demás mujeres y las hacían arder de envidia. Gastaba casi todo su sueldo en ropa, maquillaje y zapatos, pero le faltaba el bolso. Su imagen era todo para ella. Se levantaba a las cuatro de la mañana, corría cinco millas y se daba una ducha de agua fría, para asegurar que su piel no se resecara. Cubría todo su cuerpo con cremas, una para cada parte.  La de la cara —que la protegía de los rayos solares—, luego la del cuerpo, la de los pies, y la de las manos. Se paraba frente al espejo para ponerse con cuidado su maquillaje, que, por supuesto, tenía que quedar perfecto. Peinaba su cabello rubio platinado —como el de Marilyn Monroe—, que teñía cada semana, pues no le gustaba que le vieran el crecimiento. Sus pestañas y uñas eran postizas. También usaba lentes de contacto azules. Sus vestidos y zapatos eran de marca también, aunque era más fácil adquirirlos en ciertas tiendas a donde iban a parar cuando había exceso de inventario en las exclusivas, pero le faltaba el bolso. No se sentía completa.

Todos los días, Lucía pasaba por una tienda exclusiva para admirar los bolsos. Buscaba en Ebay y en Amazon por una oferta. Había uno que le gustaba en particular, color verde chatre, de piel de lagarto, finísimo. Suspiraba cada vez que lo veía, pero apenas podía pagar la renta y se alimentaba con lechugas. Le decía a todo el mundo que era vegana, pero lo cierto era que no tenía para más con tanto gasto. No tenía forma de ahorrar y sus tarjetas de crédito no aguantaban más. La empleada de la tienda la miraba desde adentro, le parecía patética. Deducía que no tenía dinero para comprarlo, de lo contrario ya habría entrado hacía tiempo. Ella misma tenía una copia del bolso y estaba conforme con ello. A Lucía esto le parecía un sacrilegio, tenía que ser un original.

A veces soñaba que un millonario se enamoraba de ella y le regalaba el deseado bolso. La posibilidad de que eso pasara era mínima, pero un sueño era un sueño. Dormida pensaba en él. Despierta su mente estaba ocupada solo con la idea de poseerlo. En el trabajo pasaba horas dibujándolo, cada detalle, las líneas, el color verde que no combinaba con nada y que solo por ser original, sería perfecto para llevarlo con todo. El bolso era su obsesión.

Una noche decidió que el bolso sería suyo. Se cubrió con un pasamontaña, ocultando su rostro. Esperó a que fuera de madrugada y llegó hasta la tienda exclusiva. Arrojó una piedra destruyendo la vitrina. La alarma sonó, ensordeciéndola, pero no le importó. Ya había llegado muy lejos. Agarró el bolso, abrazándolo, acariciándolo, protegiéndolo como a un recién nacido. Corrió calle abajo, enloquecida de emoción, antes de que llegara la policía. En la mañana, cuando llegó la empleada, enseguida supo quien se había llevado el bolso color verde chatre de piel de lagarto. Nada dijo.

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En el fin del mundo


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Corría el año 2035. Los científicos habían advertido, décadas previas al principio de este siglo, que el calentamiento global causaría estragos en el medio ambiente. El agua escasearía, y también los alimentos, si los gobiernos no tomaban medidas inmediatas para disminuir su impacto. La realidad era que el cambio climático no fue causado por la naturaleza, sino por la forma irresponsable en la que los humanos habíamos tratado al planeta. Ciudades enteras desaparecieron como consecuencia de huracanes, terremotos, inundaciones y tornados. La sequía estaba acabando con la vegetación, por lo que los animales tampoco tenían de comer. La supervivencia de la raza humana se encontraba en jaque.

Por causa de la escasez, se inició la guerra del 2025. Ya no se peleaba por el poder, los territorios, o el petróleo, como en las anteriores. Los hombres y mujeres se echaban a las calles, protestando por el hambre y la sed que estaban sufriendo. Los ricos miraban con horror como sus alacenas, otrora repletas de comestibles y agua embotellada, se encontraban vacías.

Mi esposo y yo comíamos en silencio. Devorábamos a nuestro perro Samuel, porque estábamos cansados de alimentarnos con ratas y cucarachas. Bebíamos nuestros orines. No sé en qué estaría él, pero —yo pensaba que— tan pronto se durmiera en la noche, lo destazaría para la cena de mañana. Cuando terminamos, nos levantamos despacio, sin decir una palabra. Él se fue a ver las noticias, yo a lavar los platos y cubiertos. Tomé un cuchillo con mucho filo. De momento, tuve nostalgia de los buenos tiempos, cuando éramos felices, íbamos al cine y luego a cenar. Lo solté, asustada de mis pensamientos.

Desde la cocina escuchaba a la reportera. Más homicidios, robos, suicidios. La policía no daba abasto. La hambruna arropaba la tierra y no parecía que fuera a mejorar. Los chinos experimentaban con alimentos de laboratorio, sin éxito. Los billonarios que viajaron a otros planetas con la promesa de que iban a salvar la vida, también habían fracasado.

Estaba secándome las manos cuando mi esposo entró a la cocina. Traía un hacha en la mano. Sabía que cuando acabara de hartarse mi cuerpo, también se moriría de hambre. Cerré los ojos y sonreí burlona.

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