y entonces


tejados

y entonces

toqué la ciudad

pasé la mano

por el puente los tejados la cruz de

la catedral el río

quieto

que sigo hasta

rozar una palabra pájaro

que intento sostener

entre mis dedos

sus plumas el viento todo

pero se escurre

y yo inútilmente yo mientras

su calor desaparece

escribo

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Porque nací


vertigo

Porque nací con instinto suicida

tengo una constante voracidad de infinito

que me acerca a las estrellas

y a las vías del tren. Quizá, si fuera aviador,

no tendría que asomarme a las ventanas

en un intento infantil de arrimarme al horizonte.

No tendría que mirar al cielo

como ave con ala rota,

ni perseguir la sombra de los pájaros.

Abismado, solo intento sobrevivir

a este mundo interior que me aleja,

con eterno anhelo al mar

y una inolvidable melancolía por las montañas.

 

Allí, donde nacen…

Allí, madre, necesito ir.

 

(atardecer, lavanda, colibrí)

 

– Siento perder la vida que me diste

buscando.

 

He dejado una manzana


manzana4

He dejado una manzana en el coche

porque es verano, porque

allí dentro

al sol

se cocerá como en un horno.

Era bella y roja y yo

la veré agonizar decrépita:

arrugarse, oscurecerse,

tocar pegajosa la descomposición

y pasar la lengua.

Oler su perfume como

a flor muerta. Dulce.

—Ella me dijo siempre—

Aquel gordo que conocí

también

decía querer mucho a su perro

pero se le olvidó

allí dentro

mientras se emborrachaba.

(Texto y foto: Manuel A.)

mi cabeza


Bangkok aeropuerto

mi cabeza

es una pecera

donde los peces giran y giran

y giran locos.

alguien los echó de comer

alguien extraño

alguien

que siempre estuvo ahí —agazapado—.

 

(El otro día vi un gazapo / lo vi un instante que pasaba con el coche/ antes de salirme de la carretera/ y comprendí inmóvil/ el porqué alerta y frágil de esta palabra: como la vida./ Es un algodón que huye/ entre pequeñas nubes de polvo).

 

mi cabeza

tiene forma de casco de astronauta

que mira las estrellas

(Porque esa luz/ o cualquier luz/ puede ser una estrella que ya no existe por ejemplo).

que tiembla —como yo— y gira

y giran y giras alrededor

de la farola la polilla —apagada—.

las farolas, me refiero.

y el sol sale a ratos y  esa luz

blanca como al nacer

nos ciega y la música en silencio y nosotros

obscenamente tristes seguimos

sin encontrar respuestas en la cocaína

y ya toca mirarnos

nuestras caras leprosas saliendo de la discoteca.

 

Como una fotografía


reloj_2

                                                 

                                                  Como una fotografía vieja

                                                  en la que aparece un forzudo

                                                  con bigote y traje de tirantes

                                                  a rayas.

                                                  Así, como en una fotografía vieja

                                                  nos tiene cogidos sobre sus hombros

                                                  ( a mis 3 hermanos y a mí )

                                                  como si fuéramos una pesa

                                                  de aquellas de 2 toneladas.

                                                  Sonriente. Sin esfuerzo

                                                  muestra su fuerza y su familia

                                                  en una playa de Peñíscola

                                                  con el castillo al fondo.

                                                  Lo tengo en una fotografía. Sí.

                                                  Es el mismo

                                                  que ahora se acerca por la calle

                                                  encogido y frágil, como de lado,

                                                  apoyado sobre su bastón

                                                  lentamente.

                                                  Sí. Es el mismo.

                                                  Lo tengo en una fotografía.

                                                  Era una mañana soleada.

Ingredientes


Montejo setas

Ingredientes para seres afortunadamente atípicos:

2 Kg de sueños botánicos.
1 mapa de lugar donde dejo las cosas para no perderlas.
3´5 metros de cinta VHS con vídeos de gatitos.
2 trozos –aunque sean minúsculos– de la pared que vi en Barcelona con un grafiti que decía:

“ Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”.

6 gotas -estas sí son minúsculas- de las que se desprenden al pelar
una mandarina con las manos.
1 montaña nevada.
2´3 litros de la primera nota -asonante- de la 9ª Sinfonía de Beethoven.
1 momento de palíndroma belleza
que podamos pasar  –a nuestro gusto-
para delante
y para atrás
como el Cine Exin por ejemplo:

                                                         La-ruta-natural
Larutan-atur-al

1 botella de otoño.
2 botes de primavera
con Agua de Colonia barata
que huela como
cuando la lluvia huele a mar profundo o como
cuando la tierra huele a lluvia
o
cuando la lluvia tú y yo.
( Colonia
de lluvia barata
porque nuestro amor es barato como el de Pedro Casariego.)
4 setas rojas invisibles.
1 martillo de cristal y 100 clavos de piedra… Y cualquier cosa
-tus deseos, mis manos-
que no esté en esta lista y la veas en a través del agujer     o     en la caja de Saint-Exupéry.
Cualquier cosa que
digas

                                                                    o   pienses

                                 o   sientas

                                                                                                 o   sueñes

siempre y cuando
sean imposibles.

Es una calle


Estambul Té

Es una calle pequeña entre dos avenidas. No tendrá más de 60 pasos -cortos- de largo aunque es ancha; lo suficiente para tener en el centro un jardín con dos filas de prunos a los lados. Han florecido. Es una calle pequeña teñida de rosa entre dos avenidas. Al final de ella, hay un hombre de unos “cuarenta y” cortando una ramita repleta de flores -lo hace con las manos y con delicadeza-. Cuando lo consigue, se la da a su hija que debe de ser quien se lo pedido porque no alcanza; nada más dársela sonríe y se la acerca a la nariz para olerla. Toda la calle huele así. Después, se van andando despacio por la calle rosa agarrados. Él a su hija y ella a su ramita. Mientras, un mirlo oculto sobre un pruno canta. El mirlo y el pruno. El mirlo y el pruno. Canta. SUCEDE como diría Pablo Neruda en el primer verso de un poema. Todo esto sucede en la esquina de una calle pequeña mientras tomo un té de jazmín al sol en la terraza de un bar. Es un momento sencillo y hermoso -pienso- mientras remuevo el azúcar haciendo sonar el vaso como una campanilla. Pero no quiero pensar más; porque si pienso más la melancolía me arrebata el corazón porque sé que pronto caerá el sol entre los edificios y el frío vendrá con las sombras; que las flores se marchitarán dando paso a las hojas; que el mirlo se callará para ir a picotear la tierra en busca de alguna lombriz; y el hombre de “cuarenta y” ya no tocará más -delicadamente- una rama porque su hija, su niña, se ha hecho mayor tan pronto. Por eso no quiero pensar más; solo quiero sentir el calor del sol en la piel mientras se mezclan los olores de la calle pequeña y el jazmín -mientras- pasa la gente -mientras- el té se enfría. Ahora.