Vida


Un pedazo de corazón
incrustado
entre las agujas
de mis ojos.

Beber
tranquilo
un par de miradas
honestas.

La herida
de por si es recuerdo,
el dolor,
su escuela.

Volar
sobre trapecios,
sin tropiezos
es un sueño
para todo lo demás,
la vida.

Pez


Beber peces
con hambre
de mar y vida.

Tomar
sin las manos
en los sentidos.

Quién pretende
atrapar sus peces
con cuerpo de mujer.

Al final vive
el ahogo imprudente
porque dije peces
y no pez.

Blanca


Fotografía por Poetas Nuevos.

Sus pétalos gritaban desde un rincón
y sus súplicas llegaron a todo color.
Primero esa mirada embelesada
y luego el poema más blanco aguardaba.
El enfoque de lo minúsculo,
un mundo pequeño
hace grande al observador
(O sea, a ustedes).
Desde lejos es un montón más,
un arbitrario acontecimiento,
tiradas en la acera
esperando por agua de ojos.

Las miré con dulzura de espuma
y una carrera de clics silenciosos,
el tiempo tomó palco,
puso sus relojes patas pa’ arriba,
en esa libertad del segundo grande.
La cosmopolita fragancia del color
me reconoció dueño de todo,
desde su raíz
hasta su centro denso de azul,
ahí viajaba mi mente tras la lente.
El modelaje estático
fue su mejor pose.

El banco puede esperar,
los depósitos urgentes,
el cambio o sencillo
de diario consumo.

Los pasos pueden esperar,
el número mil y la letra
A, B, D o C,
el guardia y su mirada inútil
sin arma, sin chaleco antipalabras.

El hedor de las monedas
debe esperar por sus manchas
de olores y exceso de peso,
la multitud cobradora de cheques.

La seguidilla de gitanos
en su lengua natal nos dejan fuera
del cotilleo (España),
del copuchenteo (Chile).

Yo me quedé en un ramillete
de blancas flores con nombre propio
y vida a la orilla de mis ojos,
en el borde del poema
que pensé breve como una hora
de admiración.
Mi tiempo único alabó la belleza
de la naturaleza arraigada
a la tierra, al rocío y al viento,
desde su fe silvestre
hasta el tiempo de mis pasos.

Winston 101


Siempre despierto en una habitación fría
da lo mismo el día o el mes,
hasta las estaciones se detienen antes de entrar.

No sé si es amor, dolor, contradicción
pues cuando abro la ventana
y la luz descansa en mis espaldas
aparecen las lomas verdes
y los árboles de Einar Wegener.

No sé si el sacrificio me llevará
pues al tomar las piezas del ajedrez
los ratones quieren comerse el caballo
porque yo no quiero decir cinco.

Sé que es cuatro y mi mente no,
mis manos también pero callan,
el partido sabe que no es cinco
pero necesitan creer que tengo su fe por dominio y sepulcro.

La guerra ha comenzado,
la guerra nunca terminó,
la guerra terminó,
la guerra nunca ha empezado.

El amor es una excusa para los valientes,
los valientes quieren ser héroes,
no todos mueren en batalla,
algunos sobreviven siendo cobardes.

Ella disparó un te quiero y se fue,
quedé con los ojos quebrados, los ventanales
a punto de estallar en mi cara,
ratas de hambre, de carne y de sangre.

Antes del grito la soprano nos encanta,
los disparos,
la voz sutil,
el nombre infame,
piedra dorada, piedra dorada,
somos energúmenos
aunque las noticias pasan
por nuestros ojos e incrustan
las verdades del hambre y la derrota ficticia.

Recuerdo los brazos arriba y cruzados,
asemejaban martillos andantes
ante la multitud temerosa
del golpe fatal,
del paso feroz,
del olvido después de la muerte.

Siempre creí en la verdad de los periódicos
en la religiosidad de sus editores,
en la neutralidad de sus palabras,
en el acento final del lector
y la suspicacia del hambre.

Después fui el ladrillo roto que escribía la historia de los días, la importancia de la rutina quebrada antes de la noche y vuelta a armar antes de la gran neopantalla.

La vi partir
como el tiempo inevitable,
ese ajado azar random
nos quiebra de nuevo,
por amor al dolor
del cual nunca hemos sido curados,
sólo pusimos una capa
azul del overall
una cinta roja ella
un tablero de ajedrez yo
y el gin gentileza de la casa.

Las despedidas
tienen ese transparente
sabor amargo,
escuece dos veces
cuando pasa por la sangre
y gira por el corazón,
pero las despedidas sin adioses
duelen más,
pues jamás dos exconocidos
se habían tardado tanto
en partir cada uno por su lado,
ella de cinto rojo
y él con su caballo
comiéndose un cinco
que jamás salió de la 101.

Eros


Fotografía by Poetas Nuevos

Mis eros de tierra refulgen oxidadas,
en la no primavera y en el no verano,
sus puntas otrora verdes tienen las mismas raíces de las de mar, extienden sus ansias de vida y delirio mediante el color.

Sus almas vomitan oxígeno transparente, colgadas y no colgadas
son islas de deseo y decepción,
las veo respirar como peces
en esta orilla y a horcajadas vibran el último estertor.

Su impaciencia se parece a un poeta al punto de morir.
Escribe afanoso extensos versos
con toda la sustancia de sus mentiras personales,
entre el follaje del papel real.

Ellas no recitan,
porque eso es así,
abonan la pulcritud del suelo,
en su lenguaje milenario nos enseñan el sacrificio como un amuleto de ejemplo.

Al tomar esta fotografía las perpetuo jóvenes entre las viejas,
virtuosas entre las inútiles,
excelsas con el argot primigenio:
nacer,
crecer,
morir,
trascender y ser alimento.

Tengo en mi mente
hojas de todos los colores
que he inventado o he visto alguna vez,
en una película triple HD
en esos televisores ultraplanos en las megatiendas.

Ustedes también han visualizado
más un millar de imágenes,
donde las hojas son la reseña
triste del otoño y de una melancólica
entrada al invierno del terror,
lo digo solo por el frío.

No las abrazo para evitar
el quiebre estético,
es la escena en mis sueños más recurrente, aunque no las sueño dormido,
más bien las idealizo despierto.

Mis eros de tierra mueren
en un campo de batalla adverso:
la vorágine del ruido,
la ensordecedora tristeza del no tiempo,
los pies minúsculos del crujiente ser humano.

Mis eros de tierra gimen
en sus giros de muerte,
el roce del rival más temible
las excita y lastima a la vez,
caen en una cama verde,
en su orgasmo del tiempo
mueren felices.

Hojas negras


«Oh, Dios, no sé de pérdidas y por favor jamás querré saberlo».

Llegó el tiempo de las hojas negras,
cuando cruje el corazón
en cada puerta que se abre o se cierra.
Una indiscutible sordera del alma,
ese paso ciego y lento,
nada se escucha dentro, tampoco afuera.

Cierro los ojos y ahí están quemándose,
como si no bastara con tu pérdida,
más encima debemos entenderla.
Remojo unos recuerdos de horas
gastadas por la vida y te diluyes,
pero no quiero nada etéreo.

Hijo, he aquí la vida que nos dejaste,
estas hojas negras eran tu futuro,
mas no entendí por qué se queman.
Amado ser de luz y alegría,
por qué la tinta se borra
con tu pronta partida.

Las avenidas estrechas y húmedas,
qué sabrán de dolores
cuando el eco de tus pasos no llegue.
Algún escritorio triste esperará,
mas no habrá quien ocupe su lugar,
una desafortunada soledad.

Recojo mi alma, aunque el viaje
sin atajos sea una espiral
desenvuelto por tu alma.
La herida expuesta es un puñal
autoimpuesto cuando te nombramos hijo,
serás las palabras sin consuelo.

He de hablar por la boca,
ese corte entre el alma y la cabeza,
articulado por la mecánica del dolor.
He de sonreír alguna vez, algún día,
entre noches de triste melancolía,
hasta el amanecer de un nuevo dolor.

Aún quedan pedazos de ti
regados en mi memoria de vida,
cómo haré para florecer.
Donde la sangre fue alegría
hoy quisiera desterrar
las enseñanzas del amor.

A Neruda


(I)

Yo no tengo mar,
rocas negras de horizonte,
tampoco el sonido
de su andar.

Mis palabras desprendidas
hablan de mujeres
en gloria y majestad.
Yo no las toco
como el mar a sus pies.

Yo no tengo casa,
hablo por la piedra tallada
a imagen y semejanza
de la soledad.

Mis palabras en alegría
sustentan a sus seres
de los que escribe en saciedad.
Yo no las rozo
como el amor en revés.

(II)

Yo no tengo bronce
para repicar en su corazón
de mar y búsqueda,
tampoco la madera
santa de arena su casa.
Acá el refugio
adolece de buena armonía.
El despertador
tiene forma de campana,
pero es solo un zumbido
animado al amanecer

Mis ventanas pequeñas
solo contienen rocío,
hojas de otoño,
arañas de jardín,
aquí la caracola
huye del mar
hacia los audífonos,
su canto cacofónico
ensordece sin paz.

Jamás tendré patio
de roca y arena,
playa de quitapenas
en una garrafa de tiempo.
Beber mirando el cielo
estrellado de mar,
a la salud azul
de noches sin poemas.

Mi casa no es original,
por cuestiones de norte
al sur tiene los pies,
a la altura del mar
una pared de triste ladrillo
evoca su necesidad
de poesía de sal vívida.
Cuando extiendo mis brazos
no puedo tocar la playa
tampoco la cordillera.
En el canto de los pinos,
esa enredadera verde
se pierde el camino.
Del poeta mis palabras
son piedras en alivio,
la mar devuelve
las letras de tierra firme.

(III)

Yo no tengo mascarón de proa
para ensalzarme con amigos
mas tengo una mujer real
la cual guía mi destino.
No está bañada en oro
tampoco se queda quieta,
sin embargo da paz como tesoro
a sabiendas que soy poeta.
Yo no le canto a todas
cual poeta de roca negra,
a ella mi voz embelesa
cuando todo nos queda.

Su cabellera viaja por siete mares,
descansa por las noches
bajo el alero de mi cielo,
de mis ojos estrellados
entre su sonrisa de mar,
su canto de caracola
mi cuerpo revoluciona.
Sus ojos de verde mar
más bien son de campo,
llegaron a través del río
entre las piedras de la vida
hasta brillar en la mía.

Su cuerpo de sirena navega
a favor del amor,
el rocío de sus besos
hace surcos en mis labios,
mas la ola que moja mis pies
viene con ella dentro,
me acerco a la orilla,
a la comisura de la vida,
al borde de todo el deseo,
ella me salva, solo ella,
se lanza conmigo
como único destino
el mar del amor.