Anatomía gramatical


Sus dedos son cristales largos, cavan y clavan,
la tersura del cielo amoratado de tanta noche
desenvaina sus huecos, sus llantos, desparrama
por la orilla seca las no sonrisas y ya no llueve más.

Su piel es un planeta que la conquista no desea,
desea ser paisaje, historia, tribu, pueblo y nación,
también necesita agua y quién riegue sus dudas,
la profesión más hermosa es la de cuidador de planetas.

Sus flexibilidad es arte digital, porque siente,
no dobla esquinas,
no ruega torcer caminos,
no espera, porque es ola y esa incesante sed de más.

Sus tonalidades son rojas para ella, pálida,
para los demás, se enrosca con la noche aunque esté de día y suele soñar con los dolores que le faltan
para que todos digan, “está viva”.

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Otros sueños


A contraluz su pecho late,
mi boca furiosa
se pierde en el satín,
ella canela es todos mis blancos
disparos, destellos, flash.

Su cabellera es cascada
de caricias,
de ternura,
de tiempo amoroso detenido.

En sus hombros, mis ojos
encuentran el camino
a la memoria sin cargar,
armas filosas de deseos,
el atuendo, pijama, belleza pura.

Descubrir el destino de sus brazos
descansados,
protegiendo el corazón,
escondiendo sus caderas,
visceralmente pacíficas.

Desde sus rodillas hasta de sus pies,
idas y vueltas,
viceversas de sentidos,
de longitud sinuosa,
hermosas,
una diosa presente, durmiente.

Sueños


En sus sueños anida tiempos
donde vuelan aves de papel,
llevan escrito de su puño y letra
poemas con alas del mañana.

La somnolencia declara suyas
esperanzas taciturnas,
sueños revueltos en su pelo,
todo lo que recorre su mente.

En paz con sus anhelos,
su piel canela se descubre,
intuición cero ecuación,
artista de la vida hermosa.

La capacidad de amor
enternece todo alrededor,
posa sus ojos en el limbo
mientras sobrevolamos su belleza.

Tesoros


Me quedé con mis años,
como quien acuña tiempo
para cuando haga falta.

Dar vueltas relojes de arena
de ser necesario o romperlos,
sentir como se desvanece
el tiempo entre sus granos.

Me quedé con los mensajes,
esas cartas del futuro,
esos poemas que iba a escribir.

Apretar las manos y contener
el tiempo y sus apremios inexorables,
cual vaina sin su sable,
cortando segundos por doquier.

Me quedé con las imágenes,
verdaderas estatuas, monumentos
del inevitable paso del tiempo,
sin las arrugas como regímenes.

En su brillo inentendible de lozanía,
comprobar la escena perdida,
recordar lo hermoso de la lejanía,
de los recuerdos, de la memoria fallida.

Me quedé con estos versos,
escritos en mi mente, catarsis,
lluvia, torrente casi seco,
de palabras mal elegidas, némesis.

Las crónicas dictarán sin duda,
de esta fragua mal implementada,
ese retorcer del verbo y la rima,
la memoria de lo fácil, de lo que surja.

Santiago de los 80


Está la ciudad que invadió mi curiosidad,
me llegó por partes,
el aroma del maní tostado,
el metro subterráneo,
los vientos entre los edificios de vidrio,
los carros y su multicolor venta,
el café Paula, Le Due Torri,
el paseo Ahumada, Matías Cousiño.

Para ustedes son datos turísticos,
una buena razón para conocer
esta pequeña gran ciudad,
algunos lugares —ya no existen—.

Las voces llenaban los espacios,
el vendedor de los periódicos
disfrazado de Rambo.

Los humoristas,
en las puertas del Banco Chile
después de la hora del cierre,
hasta antes del anochecer,
donde el oficinista olvida
lo duro de trabajar en el centro de la ciudad.

Los vendedores ambulantes, audaces,
tenían al suelo con adoquines como vitrina,
las ofertas llovían y también la policía,
algunos conocían las comisarías por dentro,
otros volaban por las calles resbaladizas.

Había llegado el fast food,
el aceite era el nuevo aroma de Santiago,
golpeteaba las narices y el cerebro,
nadie quedó indiferente a la grasosa visita,
todos lucimos extractos de ella.

A las doce en punto
un ruido atravesaba la ciudad,
reconocías al afuerino de un salto,
desde el Cerro Santa Lucía
reloj en mano disparaba una bala,
de salva por supuesto,
el día se partía en dos, el nuevo comienzo.

Plaza de Armas, herencia española,
Catedral y Correos de Chile,
Portal Fernández Concha,
Portal de las Carteras,
Vicaría de la Solidaridad, herencia dictadura.

Santiago al norte por el río Mapocho,
al sur por su brazo amputado, Alameda,
todo está ahí, desde Plaza Italia
hasta el barrio cívico, estilo de los 50,
esa mirada americana autoimpuesta.

Eso es lo que puedo recordar escribiendo,
algo de historia, poesía y raingambre,
un poco de todo lo vivido en el “centro”
desde que estudiaba inglés por Moneda.

Boceto


Dibujé lo que no existía,
una frondosa melena de flores
colgando de sus pensamientos,
a mano alzada, cada pétalo vestía.

Dos grandes ojos cerrados verían
cómo el alma de blancos y ocres
la piel de su espalda iba cubriendo,
un sutil aroma a pasión encendía.

Un boceto de curvas aparecía,
en cada vértice de odios y amores,
los pliegues soñados florecieron,
en mi boca la humedad desvaría.

Dormí con una idea erigida,
la silueta degradada de mil colores
recorría los espacios, momentos
de una musa lejana y desconocida.

Esa no eres tú


Ese ombligo me habla de ti,
un eco escondido
recoge desde tu piel,
los sentidos viajan por el borde
de tu ropa interior
hasta el triángulo amoroso.

Intenta pero no puede
separar tus piernas,
para volver a nacer,
quiere ser gemido
vestido de ti, pero,
esa no eres tú, es otra,
una desconocida a la cual describo.

Se aferra a esa cintura,
asciende y desnuda
un abultado pecho,
encolerizado, besa,
difunde en esa piel sus deseos,
el rechazo primero muere,
tus labios muerdes.

El silencio más hermoso
rodea tu corazón,
detrás del lente, tu cuerpo
se retuerce,
el placer de ver es tuyo,
el de sentir, de ella.

Las letras, mis letras,
acompañan esta historia,
escrita de imaginación
versus inocencia,
una imagen se convierte en poema,
usted, en mi pequeña musa.