A estas horas


Extraño el azul de tu voz, desde ese acento canchero y la forma en que arrastras algunas palabras, hasta el brillo fino de un: ¡¡pero, ché!!

Extraño tus manos acariciando el cielo de mi mirada, tan azul de verte, tan azul de soñarte, tan azul de sorprenderte cuidando mi piel.

Extraño el destello en tu cabello del azul de la luna en días sin estrellas y la panza del firmamento explota en azul intenso y nosotros nos amamos.

Extraño el a contraluz de tu pecho, azul que deshaciéndose en mi boca, una dosis tan tuya como mis manos en tus caderas, agitando el mar.

Extraño que seamos lo escrito a diario entre el jueves, viernes y domingo, en el fondo azul del blog y a veces en un salto al reverso de nuestras vidas.

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Blue eyes


Miraban en la eternidad
de una tarde que sabría repetirse
en cuadros del fin del mundo.

Recreaba el viento, las ramas y
la parálisis del pintor
por el éxtasis de la naturaleza viva.

El mar no estaba,
solo llevaba su brisa
para ser protagonista encubierto.

La tierra fértil se presentaba a los pies,
en eterna reverencia a los creadores de belleza.

Ante el ocaso los bronces desteñidos de las nubes representaban un amanecer, cuando acá los colores en torno al azul pretendían dormir.

Los amantes (II)


París, 5 de abril de 1928

Querido Leopold:

No es casualidad querer encontrarme en París en esta época y que además puedas coincidir conmigo; meses de hermosa correspondencia han dado paso a esta instancia. Hemos deseado conocernos en persona desde las primeras cartas; han sido muchas dificultades, yendo y viniendo hasta Bruselas, sin embargo y a pesar de todo, pronto nos veremos.

Recuerdo la primera carta en mis manos, en el remitente solamente tu primer nombre y la dirección casi ilegible, era nueva en ese departamento y nunca comenté del error al joven de correos, abrí el sobre y pensé: dos Regina en un mismo lugar era una tremenda casualidad.

Yo venía desde Antwerpen y esa tarde leí muchas veces esa carta, había amor, devoción, cariño, pasión y una delicada forma de llegar al alma de cualquier afortunado lector.

Quería parecerme a esa chica, ser moderna, llevar vestidos de todos los colores y diseñadores. Ahí estaba yo, viendo cómo amanecía en la gran Bruselas y mis lágrimas bajaban hasta el cuello. ¿Qué debía hacer?, ¿devolver una carta ya abierta y perder la oportunidad de conocer un alma tan sensible, tan delicada para estos tiempos de extrema locura?

Se supone que debería buscar trabajo, pero estaba atontada por tanta maravilla y fui a buscar una tienda donde asirme de sobres, pluma, tinta y hojas blancas que llenaría con toda la osadía de una chica con ansias de amor, de amor verdadero, de amor entrañable, de amor idéntico, de amor natural, de amor y pasión a la vez, de esa delicada luz que avizora una tormenta y, si has de mojarte, que sea la experiencia de mi vida.

Ya sabes, en la primera carta me delaté por completo, sin experiencia, sin palabras, sin nada que perder y escribiendo a un desconocido. Comencé a unir ideas sobre la persona que eres por el simple hecho de leer esa bendita carta y entre líneas identificaba otros aspectos de tu personalidad, intuición al cien por cien, seguramente jamás esperaste una respuesta tan arrojada o diferente a tu Regina. Esa tarde pasé por correos y deposité mis esperanzas en el buzón principal; desconocía la dirección del remitente, solo pensaba en que pronto me leerías y si no llegaba respuesta es porque todo había sido únicamente la hermosa ilusión de una joven.

Los amantes (I)


“Madre, por qué no pude ver tu rostro, llevabas esa tela blanca sobre tu cuerpo húmedo”.

Nunca te vi, pero quería besarte. Quedamos de vernos en una habitación tan desoladora como la esperanza de encontrarnos; habías solicitado algunas condiciones y acepté sin meditar su significado. Tanto tú como yo llevaríamos ropa casual, la habitación elegida debía contener los mismos colores de nuestros gustos y, antes de entrar, sabríamos inmediatamente cuál fue la elegida, habría afuera un mueble con dos paños mojados, ya estilados.

Primero debías llegar tú para cerciorarte de las condiciones establecidas y, luego, un minuto o un segundo podría aparecer en la entrada a la habitación. Sin embargo, ni tú ni yo sabíamos que habría un tercero participando. Más bien, tú lo sabías porque tomaste mi mano apenas sentí ruidos y condujiste hacia tu espalda.

Podía sentir el olor de un fresco y sus grandes trazos iniciando la forma general de una obra, mientras tú buscabas mi boca y yo trataba de verte por la cuadrícula húmeda de la tela, tus imprecisiones hacían esbozar sonrisas al Maestro.

Nos escribíamos profusamente los últimos meses, deletreaba tu nombre suavemente e imaginaba tus ojos, mientras las letras iban construyendo tu figura.

Rizados cabellos.

Espléndido mentón.

Grandes ojos.

Increíble nariz.

Naturalmente suave.

Amada mía.

Sin embargo, tus cartas eran de un delicado romanticismo. Sugerentes cuadros surrealistas de dos personas amándose más allá de su propio tiempo, tan desconocidos como quienes pudiesen leer o, como ahora, eventualmente nos podrían admirar bajo las silenciosas órdenes de un artista al cual llamaste solamente por la inicial de su nombre, monsieur R.

Anhelaba escuchar mi nombre entre esos paños, o que susurraras un deseo básico e instintivo. Pero esa historia estaba en tu mente, yo por ti completaba esa escena sin entender mi rol, mi presencia, mi protagonismo. Y, sin darme cuenta, eras la antagonista; y, el señor R, un complejo creador, distractor, manipulador de tus pensamientos y, finalmente, de mí.

Durante ese instante fuimos marionetas de un loco, de un revolucionario de la imagen, y que proponía al testigo de sus obras en incómodas suposiciones sobre todo, cuando en verdad era nada más que un cuadro de una intimidad deliberadamente empañada por su presencia y eso solo debería afectarnos a nosotros. Después de ese día ni una carta tuya llegó a casa, ni siquiera correspondencia al lugar de trabajo, nada, como ese cuadro, nada.

Continuará…

Relámpagos


Un estruendo azota mi cara
—tu belleza irrumpe—
las luces dan forma a tu figura
—‎es descomunal—
una silueta generosa y jovial
—soberbia y natural—
hace añicos mis palabras.

Te mueves en mi mente
—estática y eléctrica—
primero tus piernas separadas
—‎multiorgásmica y angelical—
luego tus labios, tu mirada y tú
—‎nada dices, aún así eres murmullo—
eres toda al desafiar mis ojos.

Dónde están mis fuerzas
—acaso en tu esculpida garganta—
las palabras son lenguas vivas
—sobrepasada por mi boca—
acuden a tu cuerpo venerado
—esperas mis dientes—
entonces muero de solo mirarte.

Tu rostro de amor duele
—el gozo emana por los versos—
en tus ojos el llanto de tanta mirada
—se desliza en cada verborrea—
de tus labios la triste rabia
—‎adjetivas la añorada juventud—
deshaciéndose en mis palabras.

Resaca


Duerme la resaca,
no quiere saber del alcohol,
del mundo, de la realidad;
él gira en sus sueños,
da vueltas y queda donde mismo.

Duermo la resaca,
el vino seda mi humor,
tengo enojo de sobriedad,
no me supe adaptar
a la droga de la vida familiar.

Huye en la resaca,
un río de vino en caja:
lleva, ahoga, resucita
los estragos de vasos
siempre llenos de más.

Huyo en la resaca,
siempre las noches frías,
verano, otoño, invierno y primavera,
el día es un sol de agua nieve,
de humedad hilarante, tostada mi piel.

¿Dónde estás resaca?
Con tus vómitos de putrefacción,
los desvelos y delirios azotan
mi cabeza contra el suelo,
entre las babas mi dignidad ebria.

¿Dónde estará su resaca?
Un día de playa al amanecer,
con la escarcha de anoche,
descalzo a la fuerza,
sangra heridas sin memoria.

Blanc


No hay lunas para su piel,
duerme el sol,
mientras otros sangran hiel,
tú desnudas mi voz.

Este apetito infiel
busca en el dolor
la verdad sin algún bien,
simplemente no.

Rasgo,
urgo,
busco,
desato.

Escuecen su labios de miel
en mi boca el dulzor,
un gemido al cien
hace gritar al sol.

Amanece ella en mi piel
de donde soy color,
fragancia de viento y carrusel
rozan el ardor.