Aventura de la mente en otoño


Conforme se termina el otoño, siento unas ganas efervescentes de empezar una aventura en un barco bucanero —si hay barcos bucaneros cargados de libros, o que pasen por la puerta de casa— sería una aventura solo para empezarla sin prisioneros o islas donde beber ron, ya que no creo en milagros pasada una hoja del calendario, ni deseo acabar bailando en un carnaval con una capa negra de terciopelo.

Este año, la presencia del otoño está absolutamente expuesta al desasosiego. Mientras las heridas son siempre ojos mirando sobre una tela.

Avanzamos entre rescoldos de pérdida, vacío, juegos y consternación en estas tardes de calles vacías.

Fotografía del autor. New York.

No quiero rendirme fácilmente


No quiero saber nada por ello

de lo inmediato, lo fácil, el paso suave,

y la acumulación.

El pelo mojado quiero,

la carrera loca que trunca el aliento

y te acerca al abismo.

Llevarme los árboles caídos sin pudor.

No me importa ser rechazado

y pringarme con la risa adherida

de perseguir un imposible salobre.

Necesitaba que existiera en algún banco sentada,

saberlo aunque reme en galeras,

dentro de su estela iría la nave capitana,

mientras gano la espalda al futuro,

sin ensuciar un hálito de la llamada felicidad,

y por tanto venciendo al tiempo la partida.

Mirada 1


Pero mentiría a los perseguidores de sueños,

coleccionistas de miradas expectantes,

son pájaros desconcertados en el ajetreo

que miran hacia otro lado por encima del ruido.

Para guardarme una de esas miradas

debo volar aquí, en un sueño sin sueño,

debo alcanzar un mundo marfil pálido, no descrito.

Fotografía de @avecesisabe

Cada mañana


Cada mañana pegajosa veo levantarse una sensación pesadamente omnipresente. Me gustaría decir que simplemente me siento un escéptico con las historias del mundo, pero debo reconocer que mi escepticismo es algo forzado, me sirve de defensa para olvidar mis vacíos y se borra cuando me toca el amor, o miro con ternura, o guardo un recuerdo con demasiado cuidado, es como un diapasón que no reverbera ante una melodía, olvidándose de esos despertares cotidianos junto al puntual despertador.

Quiero poder


Quiero poder aún navegar en velero,

sin tierra a la vista,

gobernando el timón de tu tiempo.

Un beso,

el aire,

tú, entre luminarias de fuego

y gente corriendo dichosa en la noche.

Ver elevarse los globos de aire,

escapando de este aislamiento;

pasear por la muralla otra vez,

escalar la torre,

surcar el río,

contemplar los frescos de Florencia,

viajar y ver el Hermitage,

reconocer las melodías en las óperas del mundo.

La muerte


La muerte galopa deprisa,

dolorosa sorpresa en el pasillo del portal,

en un atestado supermercado

o llena de música en un teatro.

Es la sucia cortina que rasgada cae,

puñal que penetra altivo en los pulmones;

y en sueños balbucea

nuestro nombre para ahogarnos

en una neumonía eterna.

Pero los ángeles llegan

entre ambulancias, luces y sirenas,

para intentar apartar su guadaña

de una danza rápida y desnuda.

Todo está vacío


Las cuerdas de una guitarra enumeran sentimientos

en ciudades casi muertas mientras camino.

Una voz canta en un mundo desaparecido:

“Jugamos a ser dos gatos que no quieren dormir”,

y en el espacio vacío un gato negro camina

solitario en un mundo azotado por pandemias.

Nos miramos y seguimos mientras cantas:

“Tú te disfrazas de mí y yo me disfrazo de ti”.

En realidad el mundo empezó así,

sin testigos, sin saludos, sin deberes

o solo con los deberes de encontrar placer y belleza.

No hay nadie en las playas,

no hay movimiento en el camino a casa.

 

(Fotografía del autor)