Desde el otro lado


Me levanté y todo era diferente. La cama estaba ordenada, qué raro. No estaba la taza de café esperándome en la cocina. Salí a la calle y vi pasar de largo al repartidor de diarios. Grité: «¡Te estás olvidando de mi ejemplar, idiota!». No soporto a la gente despistada. Aparte de despistado, sordo. Después de mucho tiempo lo vi a Don Gerardo regar las flores de su jardín, sonriente, alegre. Levantó la mano y me saludó. Correspondí con el mismo gesto. Pero ¿no había muerto Don Gerardo hace dos años? Me preguntó qué me parecía esta nueva vida, lo miré como quien trata de resolver un enigma. Entonces, crucé la calle para interrogarle. Al dar tres pasos, un auto me pasó por encima. Me traspasó como si fuese Gasparín. Sonrío, miro a Don Gerardo. Ahora entiendo de qué me hablaba.

No lo hagas


M.A.A.M.:

Hola. Bueno, creo que es la primera carta que te escribo, así que no sabía como empezarla. Supongo que un “hola” rompe el estereotipo. En realidad, dudé mucho en escribirte. Sí, me imagino diciéndote: “Ya pasaron 10 años, así que podríamos decir que 10 años es mucho”.

¿Te acordas cuándo nuestras familias iban juntas a la playa? Cómo olvidar aquel tour por Brasil en el que secuestramos a Manuelita, la tortuga de peluche de tu hermana. Nunca vi a alguien enojarse tanto por el secuestro de un peluche. Y eso que ni siquiera pagó la recompensa. ¡Qué tiempos aquellos!

Ya no somos esos niños de antes, ¿verdad? Es decir, quizás los tengamos encerrados en algún rincón de nuestras almas pero ya no es lo mismo. ¿Te acordás de esa noche en el balcón de mi casa donde te pedí que fueras mi novia, sin siquiera proponértelo con el cliché de las palabras? Es que no hay palabras que sustituyan el gesto de una mirada sincera.

Cada tanto suelo abrir aquel baúl de la memoria. Son tan lindos los recuerdos. No sé en qué momento me volví algo romanticón; no va tanto conmigo ¿verdad? Puedo escuchar esa carcajada. Lo cierto es que cada uno hizo, de alguna manera, su vida. Y acá estoy yo, escribiendo una carta; y allí estás vos, leyéndola. Si es que llegó a tiempo.

Sé que es algo egoísta y extremadamente interesado de mi parte hacerte un pedido a estas alturas de las circunstancias. Y no tengo absolutamente ninguna excusa para ello. Miro tu foto, mientras sigo escribiendo. Veo dos cosas que siempre me gustaron: esa cicatriz en la frente que, dicho sea de paso, nunca logro recordar del todo la historia de esa obra de arte que alguna superficie dura se encargó de ponerla en tu rostro; y ese hoyuelo que culmina tu sonrisa en el lado derecho de tus mejillas. Son tu marca registrada, tu esencia. Y me encanta.

Nunca te conté que cuando le hablo a las personas de vos, a aquellos amigos que forman parte de mi primer círculo, les cuento que fuiste mi primer amor. ¿Será cierto eso de que el primer amor nunca se olvida? Bah, no sé.

Tampoco sé de donde florecen tantos sentimientos ahora. Sí, ahora. Probablemente fue luego de enterarme de lo tuyo. Digo «lo tuyo” porque no me siento cómodo recordándome a cada segundo el hecho de que tan rápido se irán todas las chances de haber cambiado la historia de estas letras. Es irónico, ¿no? Cómo el corazón puede estar en reposo tanto tiempo hasta que algo hace clic, así de la nada. Casi sin esfuerzo. El mío hizo clic, muy tarde.

En fin, no soy un escritor, así que no creo que sea tan entretenido leer lo que yo pueda escribirte. Lo mío siempre fue el fútbol. Aunque, de a poco, le estoy agarrando el gusto a este mundo de las letras.

Antes de hacerte el pedido, quiero poder traficarlo mejor con un recuerdo de mi abuela. Ella es enfermera y siempre llegaba a casa con vacunas para todos sus nietos, cuando el calendario marcaba las fechas para las dosis. Sin preguntármelo, me mandaba ir al baño y estar tranquilo. Abría la puerta, me pedía que le mostrara las nalgas, le sacaba las capuchas a las jeringas, verificaba la dosis, y así, sin anestesias para el dolor repentino, me las inyectaba, en dos nanosegundos. “Listo”, solía decir. Ahí era cuando el ritual terminaba.

Es por eso que, sin anestesias, quiero pedirte esto:

Por favor, no te cases. No lo hagas.

R.A.A.M.

El cuento del absurdo


—Escucha, hijo, voy a revelarte un secreto —dijo el hombre cuyos 60 años habían visto casi de todo—. En esta vida hay, sencillamente, tres verdades: las científicas, las empíricas y las absurdas.

»Mira, nada más, la ley de la gravedad —continuó diciendo, luego de dar un sorbo a la fría cerveza que tenía frente a él—. Ningún ser coherente podría discutirla. Si te lanzaras de la torre Eiffel con toda la fe del mundo en que, al extender tus brazos, volarías, en ese preciso momento la realidad te abofetearía sin piedad, recordándote que, mientras respires, tu cuerpo se ve obligado a respetar la gravedad. Esa, hijo, es una verdad científica.

»Ahora, cuando ya has vivido tanto, entre fortunas y desgracias; victorias y derrotas; cuando ya has conocido la lealtad y degustado la traición; cuando ya has llorado de tanto reír y reír de tanto llorar; cuando ya has disfrutado tanto de la vida y has burlado a la muerte, entiendes algo que solo el tiempo te enseña: es mejor arrepentirse por haberlo intentado que lamentarse por no haber tenido el coraje de hacerlo. Esa, hijo, es una verdad empírica.

»Y, finalmente, descubrirás algo verdaderamente mágico. Encontrarás a alguien que logre cautivarte sin siquiera hacer el esfuerzo de realizar tal hazaña. Es una fuerza que actúa a tiempo y a destiempo, se rige por leyes que nadie ha descifrado, ciertamente, pero es, sin dudas, la mayor fuente de inspiración. Sabrás de lo que te hablo. Lo experimentarás. Pero debo advertirte, hijo, es una especie de droga que puede sanarte o matarte, con la misma dosis. Aún así, cuando la reconozcas, cuando la mires a los ojos y la sientas con el corazón, cuando no te la puedas sacar de la cabeza, no tengas miedo en probarla.

—No sé si logré captar bien, abuelo —interrumpe el nieto—. Pero ¿qué es exactamente ese algo que puede cautivarte sin esfuerzo, que no se rige por ninguna clase de ley pero que a la vez inspira y, tan incoherentemente, puede sanar y matar con una misma dosis? Es algo, no te ofendas, abuelo, absurdo.

—Lo has captado a la perfección. Esa, justamente, hijo, es la verdad absurda: el amor.

Un compañero irlandés


Acostumbrado a concederse un tiempo a solas, André Moraes buscó el paraguas y salió rumbo al bar que acostumbraba ir en ocasiones como esta. La lluvia jugó un papel fundamental en aquella melancolía. La esposa acababa de abandonarlo, yéndose con otro: solo un affaire con quien había sido el padrino de su boda.

Nada hay más oportuno para una desgracia que el hecho de ser sucedida por otra, de tal manera que, sumándose a la primera, una llamada confirmaba lo que temía hace una semanas: lo despidieron de su trabajo. El guión de este melodrama iba cobrando vida. André llegó al bar y pidió «lo de siempre». Un whisky irlandés con tres cubos de hielo; no dos, no uno, tres cubos de hielo.

«¿Qué sentido tiene agregarle uno solo? Moriría de soledad y, además, no me gustan los números pares», solía argumentar el porqué de la exactitud en su capricho de los tres cubos de hielo. Interrumpiendo aquel ritual de celebrar la melancolía con monólogos espantosos, se sienta a su lado una mujer de piernas, a simple vista, dignas de una escultura griega y un rostro bello por donde se lo mire.

André no volteó a mirarla, se limitó a seguir con su monólogo interno.

«Lo de siempre», dice la mujer al bartender, quien llega con una Sprite Zero y se la da.

—Aburrida —desembucha André.

—¿Perdón?

—Aburrida. ¿Quién viene a un bar a pedir Sprite Zero? Y lo que es peor, es su «lo de siempre».

—Mariana Silva —responde con picardía la pregunta sarcástica de Moraes —y, disculpe usted, no sabía que «lo de siempre» solo podría atribuirse a bebidas espirituosas dignas de viejos solterones —retrucó.

—Usted, Mariana Silva, acaba de declarar la guerra —expresó André con una sonrisa en el rostro.

Él, francés y militar retirado, había servido a las Fuerzas Armadas francesas. Sabía bien de qué hablaba cuando mencionaba la guerra. Su padre, también francés, llegó a ser «Lieutenan-colonel».  Su madre era portuguesa, maestra parvularia.

—Déjeme adivinar. Se ha alejado del alcohol hace, probablemente, unos años, quizás meses. Por eso se refugia en el sabor dulce pero con «cero calorías» de una Sprite Zero cuyo principal objetivo es en realidad engañar el organismo, haciéndole creer que lo cuida cuando que en realidad podría causarle el mismo daño que cualquier bebida con un mínimo porcentaje de alcohol —plantea con orgullo su conclusión.

—Por lejos… ha fallado. Nunca tomé bebidas alcohólicas. Simplemente me gusta la Sprite Zero ¿Acaso uno debe huir de algo, necesariamente, para disfrutar de lo que le gusta?

—Interesante, interesante. Bueno, quizás no necesariamente pero sí esporádicamente ¿Acaso nunca huyó?

—¿Está huyendo de algo en este momento?

—¿No sabe usted que es de mala educación responder una pregunta con otra?

—¿Según quién?

—Jugada inteligente. Dígame ¿cuántos años tiene? A juzgar por esas piernas… —Recién en este punto de la conversación se detuvo a analizar sus extremidades—. Diría que ronda los treinta y tres años.

—Linda edad para que me crucifiquen, ¿no?

—Solo si delira ser un dios.

—Conque un ateo, eh. Treinta y ocho.

—Creo en dios: mi padre. Treinta y ocho años bien tímidos, no se dejan descubrir.

—No me conmueven los halagos, pero gracias. Y ¿usted? No sé ni su nombre y ya se me está acabando la Sprite Zero.

—Estoy huyendo de la nostalgia. En realidad, creo que lo hago mal. Confundo huir con encontrar. En vez de correr al olvido, hago citas con el recuerdo. ¡Ah! Soy André Moraes, cuarenta años.

—¿Ya probó dejando de huir? Insisto, para disfrutar de algo no es obligatorio huir. Si su «lo de siempre» es un vaso de whisky irlandés con tres cubos de hielo, dudo que haya tenido encuentros recientes con la alegría.

—El infortunio en persona, eso es lo que tiene a su lado. Aunque no me victimizo, prefiero compartir monólogos con este compañero irlandés.

—¿Qué le habrá hecho la vida para tener de compañero a un whisky?

—De verdad, no quiere saber. Pero si insiste podría contarle más detalles si acepta acompañarme.

—¿Qué le hace pensar que aceptaría la invitación de acompañarlo? ¿Tan desesperada me ve? Sigue siendo un completo desconocido para mí.

—¿Cuántas veces ha huido usted de la alegría?

—Nunca me puse a pensar en ello pero no respondió a mis preguntas.

—Pues, he huido tantas veces de ella que ahora que la veo cara a cara he decidido cambiar de estrategia: invitarla a ser parte de mí.

¿A qué nos aferramos?


El olvido es una utopía. Recordar es escuchar una vieja melodía y cantar amores en la escala de sol.  El alma desconoce de desafinaciones cuando sufre y cuando ama. Si la seguridad es como neblina, entonces ¿a qué nos aferramos? ¿al miedo o a la esperanza?

Si te busco no hay vuelta atrás, si te encuentro no será casualidad. Las cuatro estaciones llevan tu marca: tu calor de verano, tu madurez de otoño, tu manera de calcular de invierno y tu belleza de primavera. No cierres los ojos por si dura poco y no te canses por si dura mucho.

El reloj no está a nuestro favor. Entonces, linda ¿a qué nos aferramos? ¿al miedo o a la esperanza?

 

 

 

 

Entre el amor y el egoísmo


¿Sabes? Entre el amor y el egoísmo hay una línea muy fina. «Los extremos no son buenos», suelen decir. Amar demasiado te hace vulnerable y no amar te vuelve miserable. Deduzco entonces que amar es como inflar un globo: retenerlo para siempre en la mano sería egoísta, cuando puede alcanzar el firmamento si se suelta.

O quizás no nos corresponda ser la mano que lo ataje, sino ser el hilo que lo acompañe al cielo.

 

Ausencia


Coincidían tan poco que hasta parecía que coordinaban para no verse. El ritual consistía en hacer cálculos a base de suposiciones: «tal vez hoy nos veamos», «¿qué pasaría si…?», «te lo iba a contar», «nunca voy a ser lo que deseas que sea».

Y fue así como la inconstancia de sus encuentros los llevó a acostumbrarse a la ausencia.