Tormenta


Llega la noche, pero la de verdad, la que te oscurece el alma mientras ni siquiera sabes que sabor tiene la tierra que pisas. Desnudo entre sombras de dolor veo caer los naipes de mi castillo de náufrago. Resuenan voces en lo que antes fue mi conciencia que recuerdan que alguna vez fui alguien. En medio de la tormenta sin barco ni patrón soy un marino de polvo. Dicen que si atraviesas la tormenta eres otra persona, no sé si aspiro a tanto, quizá lo primero sea ver gaviotas de grandes alas blancas o tal vez sea todo más sencillo. Tal vez sea solo devolverme a mí mismo y sonreír.

Una vez tuve un amigo, se fue alejando al paso de mis mentiras de color cereza. Si tan solo fuera eso, pero no es tan fácil, se fue llorando con la amargura de la pérdida y del engaño. La cadencia del tiempo repercute en mi mente, todo es infinitamente lento. Me ahogo en cada bocanada de aire que respiro pues no soporto la densidad en que he convertido todo. Miradas, abrazos, ayudas… todo pesa como el plomo y me hunde en mi tormenta. La tormenta de arena o agua, no la distingo. Solo soy un marino de polvo.

Caballos enfurecidos


Absenta de madrugada
Infierno artificial
En brazos de mi amante
Espinas de rosas marchitas

Angustia envuelta en horas
De sexo vacío y sucio
Todo olor es rancio
De poemas no escritos

Esa locura repentina de la luna
Que nos desnuda el alma
Y solo quedan cuerpos relinchando
Ebrios de sentir sin sentido

Penetra el sueño en mis ojos
Y oigo como te alejas sin sonrisa
El caballo galopa
Y promete volver de noche

Divergencias (Tanka)


Nosotros dos
Tan solo divergencias
Viéndonos caer

Quietas interferencias
Bebiendo del ruido

Ella


Ella es piel de dolor
Piel anudada a mi vientre
Piel curvada que recorre mi espalda
En las mañanas de ayer

Ella es el sabor en la nuca
De un beso olvidado
Que por segundos sentí cálido
Cuando fuimos héroes

Ella es el recuerdo que perdura
En pecho, alma y sangre
Un camino que se pierde
Y abrasa la memoria

Ella son esquirlas heladas
De sudor febril
Mientras la amaba
En mis noches calcinadas

Guido (Sorrento, 1987)


El acantilado, viento y mar en paseos prohibidos. María, a regañadientes, viene conmigo y nos quedamos absortos ante la belleza del mar de las sirenas. El pequeño puerto cobra vida con el ir y venir de las barcas. La costa recortada fundiéndose en un picado mortal en las aguas. Y nosotros riendo.

—Guido. ¿Por qué siempre quieres venir aquí?
—No lo sé, tal vez me gusta ver como no se acaba nada.
—¿Qué quieres decir?
—Estas vistas son preciosas, ¿verdad? Pues yo también veo lo que no abarcan mis ojos.
—Ya, sueñas con lo que hay más allá.
—Sí, supongo que sí.
—Eres un soñador tonto.

Solo tenemos 17 años y una vieja Vespa con la que serpenteamos por las viejas carreteras. Subidos en ella siento su fuerte abrazo. Anochece y su mirada torna líquida, como si quisiera decir algo que nunca dice.

Es viernes y el bullicio de las calles nos despierta de nuestras ensoñaciones. Nunca sé lo que piensa ella, pero yo no quiero seguir la estela marina de mi padre, y aquí solo veo un futuro de redes y cañas.

—María, ¿nos tomamos una cerveza en lo de “Peppo”? He quedado allí con Tomasso.
—No, prefiero que me lleves a casa
—Solo será una.
—No, Guido, no.

Al dejarla en su casa, un suave beso en la mejilla y su mirada líquida.

Guido (La isla, 2013)


Es tiempo de despertar, de dejar de ser un sueño. La sombra que no encuentro oculta en mi ceguera, no quiero verla, no quiero saber lo que arrastro. Reflexiones con aroma de ron caribeño mientras vuelvo con algo más que las redes vacías. Vuelvo hueco en el día igual. Las barcazas, los isleños, las cenas… ya no distingo nada atrapado en la isla infinita.

—Guido, ¿cómo fue?
—Nada, un desastre, no consigo pescar nada.
—Pero en tu pueblo, ¿no erais pescadores?
—Mi abuelo, mi padre… ellos crecieron entre mar y escamas. Yo…
—Déjalo, te irá mejor mañana.

Mañana irá mejor. El sol se oculta pronto en el Caribe, no existen las estaciones, lo cual acrecienta el sabor a hastío. Dicen que esto es precioso, playas de agua transparente, gentes risueñas… no lo sé.
Yo solo perseguía un hilo que se rompió muy pronto. María, Tomasso, mi mar, mi gente…

—Otra ronda?
—No, yo ya no. Me retiro, chicos.
—Añoras Italia, ¿eh, Guido?
—Tal vez…

Me retiro. Voy paseando lentamente hacia mi casa rodeado de rumor de María y de pasado.
Ariadna no estuvo más de un año conmigo, es posible que ni siquiera lo estuviera. Siempre fue demasiado inquieta…

—Guido, me voy al Caribe. ¿Me sigues?
—No tengo nada que hacer aquí. ¿Por qué no?

Nunca olvidaré esa corta conversación. Una decisión directa a la locura. Era tan joven, tan arrebatado. Me compré una barca. Pescador con Ariadna. ¿Qué esperaba? Su hilo se desmadejó hacia los EE.UU. Y yo me quedé con el ron y la barca.

Han pasado años… pero siento que estoy despertando de mi noche de escamas.

Amantes


Una quimera, un sueño
Dos almas que no se saben
Fragmentos de tierra
Unidos por silencios
Pues eso somos, silencios

Y nos buscamos, si,
Pero como un insecto busca la luz
Y revoloteamos, y nos amamos
O eso creemos,
Mientras el deseo nos emborracha

Y libamos de ese vacío viscoso
Cuerpos embadurnados
A la vez que sellados, cerrados
Una luz cálida se filtra
Y creemos ser amantes