Yermo


Muertas las hojas,
entre las ramas secas
nidos vacíos.

Sin estridencias


El año del almendro,
la edad de la estrella
son números
en el jardín del ayer.
Miran el universo
a cara lavada.

Lejanía


El metabolismo
cuenta el tiempo.
Una leyenda,
digna de museos,
cercena la tentación.
«Ver y no tocar»,
ordenan los verbos en infinitivo.
Un ritmo diferente
se embriaga en cuidado.
Frota sus manos
el horizonte.
Como él,
mantenemos
la distancia.

Nuevos astronautas


 

Recuerdo


Te tengo
entre comillas,
entre paréntesis,
entre algodones.

Te tengo
como conservo los objetos;
oculto el propósito
de perderlos.

Acto de fe


Los domingos suenan.
Cesária Évora
canta Sodade.
Esa música miente alegría.
La letra
clava
puñales.

Fallo ejemplar


Mil años antes de la era de Cristo vivió un rey que impartía justicia inspirado en la ley de su Dios.

Precedidos de voces y clamores, dos vecinos ingresan a la Corte. Cesan su griterío con la llegada del Rey. Su presencia impone silencio. Empujados por los guardias, saludan postrándose.

Salomón pide le presenten el caso. Hablan los hombres:

—Soy Josué y tengo por toda fortuna tres carneros. Éste de aquí es mi vecino Arón. Él tiene dos ovejas.

—Sus carneros preñan mis ovejas y él reclama los frutos de sus vientres. Sin dudas, Salomón, me pertenecen.

El Rey ordena silencio. Tras unos momentos de reflexión indica:

—Arón, entregarás una oveja preñada a Josué. La oveja, su cría y un carnero serán la base de su rebaño. —Y agregó— Josué, entregarás uno de los carneros a Arón para el comienzo de su propia manada. Sacrificarás el tercer animal en un altar para gloria de Dios. Celebrarás un banquete con tu vecino.

Satisfechos, los litigantes se postran en señal de respeto y admiración. Darán testimonio de este fallo.