Cuando tu amigo te habla en plural, lo has perdido para siempre


Mi amigo me habla en plural:

«Estamos bien y tú qué tal»;

y un pálpito egoísta

me dice:

«Te he perdido para siempre».

No pienso extraer

ninguna conclusión

ni conformarme con las migas

de la edad adulta.

El amor se mantiene

—supongo—,

pero el tiempo se descuartiza

en pequeños instantes, ocasiones.

Los verbos pierden su sentido,

o se rebajan a la mínima esencia.

Coincidir sustituye a estar.

A ver si nos vemos pronto

es nuestra frase de ahora.

Quedamos esta tarde

fue nuestra frase motora.

Y no voy a sacar

ninguna conclusión,

tal sólo reivindico y desnudo

mi rabieta,

porque lloro perder a mi amigo

cuando me habla en plural.

«Estamos bien, y tú qué tal».

Carta a una adolescente


Dona i Ocell. Joan Miró

Recuerdo, hace doce años, pasar toda una tarde atesorando un secreto gigantesco. Horas después, el secreto dejó de ser secreto, y lo supo todo el mundo porque te habías convertido en una bella y nutrida realidad. El plan de trabajo no era sencillo: darte calor, protegerte del sol y alimentarte. Los días pasaron borrachos de la velocidad del alma. Nada de lo que había hecho yo anteriormente se podía comparar, ni en extensión ni en importancia, a ti. 

Han pasado doce años.

Ahora has eclosionado; ahora eres una persona con la que me río, discuto y comparto y tú me alimentas, me das calor, me proteges del sol.

Mi primera visita: Emilio


Un. Dos. Tres. Cuatro. Un. Dos. Tres. Cuatro. Un. Dos…

No. Tengo el pie cambiado. He empezado mal. Tercer paso con el derecho. Tengo entendido que este momento tiene que ser ceremonial.

Los cuervos se agrupan, picotean juntos el suelo, y salen a volar en distintas direcciones. Pero saben más que yo, y se están empezando a poner impacientes. Lanzan los primeros reclamos. Tengo que acelerar el paso. 

Y un, dos, tres, cuatro. Un, dos, tres…

Me detengo. No me ven. Me relajo. Uno de los cuervos se separa del resto y me atraviesa con su mirada mientras cruzo el puente. Me acaba de dar la señal de salida. Ahora me toca a mí, así que avanzo hacia Emilio, que sigue semirrecostado en el parque, agarrado a su cartón como último cordón umbilical con la Tierra. 5:43 horas de la madrugada.

La neblina que se veía desde el otro lado del puente, densa y amenazante, ahora es tan solo aire vaporizado. La llovizna helada empieza a caer, como un limpiaparabrisas de la realidad.

—Ya estoy aquí —le digo a Emilio.

Me acerco a él, que ya no se molesta en fruncir el ceño, porque lleva un buen rato rendido al sueño inconsciente. No ha sido tan difícil como pensaba.

—Hasta esta tarde. —Oigo por detrás de mí, con un gorjeo herrumbroso.

El lobo


Si está en algún sitio es en tu mente.

Los edificios se han comido la montaña.

La edad adulta, la verdad.

Fingir, esconder, no decir. Disimular.

Disimular mal. Eso es la edad adulta.

La edad adulta es la última regresión.

No hay tres etapas. Hay dos.

Si está en algún lugar, es en tu mente.

Barreras, miedos y fingir de nuevo.

Está en tu mente, no te deja avanzar.

Está otra vez de nuevo aquí. Me ha visitado.

La ‘falta de’ es el lobo hambriento, quizá otro tipo de lobo pringado de ambición y otras cosas de la vida adulta.

El lobo no es el cuento que nos contaron; el lobo es la crónica real de la edad adulta. El lobo nos visita a nosotros, pero lo tapamos, escondemos y servimos en forma de cuento a los niños, que no tapan, esconden ni fingen.

Ellos son el verbo copulativo ser.

Nosotros somos el verbo copulativo parecer.

Y, cuando pase el lobo, espero volver a ilusionarme con el aire; volverle a quitar la semilla al limón, guardarla en algodón humedecido y esperar a que salga raíz y entonces correr a plantarla e imaginar un limonero alto y hermoso mientras le gano tiempo a esas orejas puntiagudas esperándome detrás de la puerta.

Si está en algún sitio, es en mi mente.

Instintos


Instintos

Instinto

íntimo,

intuición

imbécil.

Lo intento….

Infamia

histórica

de inquisitivos gestos

no lo bastante expertos.

Sigo la receta infecta.

Pero no consigo contagiarme

de la sonrisa social suntuosa.

Quizá no soy así,

quizá soy otra cosa.

El médico


El médico

me medicó

con demasía

fingiendo metódico mimetismo homérico,

el muy manufacturero

de lo humano.

Pues ahora soy yo quien me medico,

siguiendo mi método

de meritoria moratoria

autoresponsable.

Y no meteré

más la mano

en la miserable marmita

de un maníaco

médico.

El árbol de Estragón


Muros. Estacas.

Devoluciones. ¿Hacienda?

Un número

somos.

Y, aunque escribamos líneas sangrientas

de puño y letra,

y nos hiera la palabra

y nos queme el aliento

ajeno,

un número seguimos siendo.

Barcazas. Barracas.

Heridas de guerra.

¿Contiendas?

Amarra la soga al árbol de Estragón:

el suicidio es una opción

o quizá

un final redentor.

El Olimpo

no espera,

ni el banquete,

ni la procesión alegre siquiera.

Solo,

únicamente y nada más:

el resultado de nuestra obra.

  El número, la serie, la zozobra.

Por mucho que forniquemos,

por mucho que nos abracemos,

por mucho que acariciemos nuestras sienes

o arañemos el placer;

por mucho que repitamos

como buitres

el banquete de los restos del húmero ajeno,

eso somos: somos número.

Un número hueco.