Mi primera visita: Emilio


Un. Dos. Tres. Cuatro. Un. Dos. Tres. Cuatro. Un. Dos…

No. Tengo el pie cambiado. He empezado mal. Tercer paso con el derecho. Tengo entendido que este momento tiene que ser ceremonial.

Los cuervos se agrupan, picotean juntos el suelo, y salen a volar en distintas direcciones. Pero saben más que yo, y se están empezando a poner impacientes. Lanzan los primeros reclamos. Tengo que acelerar el paso. 

Y un, dos, tres, cuatro. Un, dos, tres…

Me detengo. No me ven. Me relajo. Uno de los cuervos se separa del resto y me atraviesa con su mirada mientras cruzo el puente. Me acaba de dar la señal de salida. Ahora me toca a mí, así que avanzo hacia Emilio, que sigue semirrecostado en el parque, agarrado a su cartón como último cordón umbilical con la Tierra. 5:43 horas de la madrugada.

La neblina que se veía desde el otro lado del puente, densa y amenazante, ahora es tan solo aire vaporizado. La llovizna helada empieza a caer, como un limpiaparabrisas de la realidad.

—Ya estoy aquí —le digo a Emilio.

Me acerco a él, que ya no se molesta en fruncir el ceño, porque lleva un buen rato rendido al sueño inconsciente. No ha sido tan difícil como pensaba.

—Hasta esta tarde. —Oigo por detrás de mí, con un gorjeo herrumbroso.

El lobo


Si está en algún sitio es en tu mente.

Los edificios se han comido la montaña.

La edad adulta, la verdad.

Fingir, esconder, no decir. Disimular.

Disimular mal. Eso es la edad adulta.

La edad adulta es la última regresión.

No hay tres etapas. Hay dos.

Si está en algún lugar, es en tu mente.

Barreras, miedos y fingir de nuevo.

Está en tu mente, no te deja avanzar.

Está otra vez de nuevo aquí. Me ha visitado.

La ‘falta de’ es el lobo hambriento, quizá otro tipo de lobo pringado de ambición y otras cosas de la vida adulta.

El lobo no es el cuento que nos contaron; el lobo es la crónica real de la edad adulta. El lobo nos visita a nosotros, pero lo tapamos, escondemos y servimos en forma de cuento a los niños, que no tapan, esconden ni fingen.

Ellos son el verbo copulativo ser.

Nosotros somos el verbo copulativo parecer.

Y, cuando pase el lobo, espero volver a ilusionarme con el aire; volverle a quitar la semilla al limón, guardarla en algodón humedecido y esperar a que salga raíz y entonces correr a plantarla e imaginar un limonero alto y hermoso mientras le gano tiempo a esas orejas puntiagudas esperándome detrás de la puerta.

Si está en algún sitio, es en mi mente.

Instintos


Instintos

Instinto

íntimo,

intuición

imbécil.

Lo intento….

Infamia

histórica

de inquisitivos gestos

no lo bastante expertos.

Sigo la receta infecta.

Pero no consigo contagiarme

de la sonrisa social suntuosa.

Quizá no soy así,

quizá soy otra cosa.

El médico


El médico

me medicó

con demasía

fingiendo metódico mimetismo homérico,

el muy manufacturero

de lo humano.

Pues ahora soy yo quien me medico,

siguiendo mi método

de meritoria moratoria

autoresponsable.

Y no meteré

más la mano

en la miserable marmita

de un maníaco

médico.

El árbol de Estragón


Muros. Estacas.

Devoluciones. ¿Hacienda?

Un número

somos.

Y, aunque escribamos líneas sangrientas

de puño y letra,

y nos hiera la palabra

y nos queme el aliento

ajeno,

un número seguimos siendo.

Barcazas. Barracas.

Heridas de guerra.

¿Contiendas?

Amarra la soga al árbol de Estragón:

el suicidio es una opción

o quizá

un final redentor.

El Olimpo

no espera,

ni el banquete,

ni la procesión alegre siquiera.

Solo,

únicamente y nada más:

el resultado de nuestra obra.

  El número, la serie, la zozobra.

Por mucho que forniquemos,

por mucho que nos abracemos,

por mucho que acariciemos nuestras sienes

o arañemos el placer;

por mucho que repitamos

como buitres

el banquete de los restos del húmero ajeno,

eso somos: somos número.

Un número hueco.

Presupuesto para el epitafio


Ramona dio media vuelta y se dirigió hacia su coche, sin prisas, empujada nada más que por el pulso de su retina. Caminaba recta, desoyendo los murmullos que hervían a su alrededor, y pensó en el presupuesto para su epitafio. Aquella noche de San Juan sería la definitiva. Todo apuntaba hacia una clara resolución de los hechos: era fácil incendiar una casa ajena.

“Todo comienza por un primer chispazo”, pensó.

Así había comenzado su amor por Ricardo: con una ignición que prendió lumbre a una relación que se fue cociendo a fuego lento a través de los años. Pero los sabores se habían vuelto amargos. La mediocridad había salido a subasta y Ramona había resultado ser la candidata número uno. Aunque ella había preferido no pujar.

Ella había preferido escapar.

Lo importante era que estaba de vuelta en el pueblo, que iba a poner en práctica el punto número tres del decálogo del manual de autoayuda y que el purgatorio no esperaba a nadie.

El purgatorio estaba allí mismo, en la Tierra. Casi rozando sus sienes.

Arrancó. Un lento chirrido llegó hasta sus oídos. El coche le estaba reclamando atención. Tendría que llevarlo al taller pero eso sería después del ‘incidente’. O quizá ya no valdría la pena, porque no lo volvería a usar. Se paseó en coche por el pueblo intentando retener las imágenes de todo lo que veía para que, así, la historia se encargase de usarlas como epílogo. Veía los mismos rostros, un tanto castigados por los años, pero pintados por el mismo artista de lo grotesco. Podía adivinar las conversaciones de cada esquina y descifrar el tono de cada monosílabo. Una sensación le quemaba por dentro.

Y alguien más iba a notarlo.

Regresó de su paseo en coche no sin antes pasar por la gasolinera y esperó a que se hiciera de noche como el niño que espera a la Noche de Reyes. No había lugar a confusiones: aquella era la Noche de San Juan, su Noche de San Juan particular y todos los vecinos del pueblo la recordarían por siempre porque su impronta quedaría marcada a perpetuidad.

“Pensamos que nuestros muros son inquebrantables pero no nos damos cuenta de lo vulnerable que es el hombre ante el hombre”, reflexionó.

Tantos despechos, tantas humillaciones, tantos comentarios de todos los gustos y tamaños, tantos prejuicios…

“Paso número cuatro del decálogo del libro de Autoayuda: ‘No caer jamás en victimismos’”.

Se había sentido pequeña por aquel entonces. Ahora sentía que no cabía en ese pueblo. Sus piernas eran troncos recios y vetustos. Las tejas de su rostro ya no sufrirían de sequía nunca más porque estaban a punto de convertirse en escamas, porque estaba a punto de lanzarse a los mares de la venganza. El tejado a dos aguas de la casa que tenía enfrente estaba a punto de arder.

“Las cosas más difíciles se consiguen a golpe de conversación”, se dijo a sí misma. Y se sonrió.

Sacó el bidón de gasolina del maletero del coche, concentró su mente en los pasos a seguir y regresó al coche sin bolsa de palomitas. Miró y admiró.

La noche era chocolate negro. La guinda, un antojo anaranjado y envuelto en humo como el de aquellas velas que nunca acaban de extinguirse.

Pero de repente Ramona se llevó las manos a la boca: se sentía mal. Le sabía a poco. Habrían hecho falta más bidones de gasolina para propagar unas llamas que engulleran todas las casas de piedra y madera de los aledaños, todos los cobertizos y patios y garajes y coches y tractores y animales de ganado y estiércol.

Estiércol. Tanto estiércol había tragado durante años. Pues ahora lo escupía de vuelta con puro dióxido de carbono. Quería que el fuego quemara lo ya quemado y arrasara con el pueblo arrasado. Quería que los árboles no volviesen a hablar nunca más y que los lugareños no volviesen a enverdecer.

Para poder volver algún día y decir:

“Tierras quemadas. Remanso de paz”.

Aunque no hacía falta que lo dijera. Tampoco hacía falta que volviera. Su epitafio —lo había pagado por adelantado— ya se encargaría de rezarlo por ella.