Recuerdo 1.1


Hay una vida de ángel

la que nuestras almas comparten en algún lugar ignoto.

No,

no voy hablar como esos románticos.

Soy un cobarde que se esconde tras frías estatuas.

Estaría arriesgando el orgullo que puede acumularse en demasiados años.

 

(Fotografía del autor).
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Barrancos


IMG_8512.JPG

Fotografía y poema por Juan Machín.

 

En tus barrancos

descubiertos despiertan

muchos deseos.

Blanc


No hay lunas para su piel,
duerme el sol,
mientras otros sangran hiel,
tú desnudas mi voz.

Este apetito infiel
busca en el dolor
la verdad sin algún bien,
simplemente no.

Rasgo,
urgo,
busco,
desato.

Escuecen su labios de miel
en mi boca el dulzor,
un gemido al cien
hace gritar al sol.

Amanece ella en mi piel
de donde soy color,
fragancia de viento y carrusel
rozan el ardor.

Castigo


El infierno
es la culpa en mi espalda,
la majestad de la noche
sin pupilas.
Me abrasa esta sombra.
Quema el hielo.
No hay fuego superior
al de tu boca.

Recuerdo


Sus ojos, las constelaciones hacia el sol,

me han perseguido durante años enteros.

(Pudiera ser cierto que necesitamos olvidar)

que yo viese cada uno de los ápices tuyos,

mientras tú, elegante, pierdas cualquier recuerdo de los míos.

 

Foto del autor

Gestación de autonomía


Foto: Gema Albornoz

Puede que nadie te vea,
hasta que tú te mires.
Puede que no encuentres el brillo,
porque tú seas luz.
Puede que, a veces, te escondas
—cada vez que seas laberinto.
Puede que siga pasando el tiempo,
solo, hasta que tú lo detengas.
Puede que suene la música
y tú seas alguna de sus notas.
Y puede, puede que cuando no te mires,
no te veas como luz, te líes como hilo
laberíntico y el tiempo te sobrevuele,
mientras canta. Y entonces, seas tú,
en ese momento, serás tú y no otra.
Serás tú y eso te bastará.

Experta en decir adiós


Aprendiste a decirme adiós antes de que esta palabra cupiera en tu boca.
  
Me lo dijeron antes tus manos,

cuerdas rotas en tu regazo.
  
Me lo contó tu silencio:

había tres grietas en el techo,

también una baldosa rota por un costado,

en el suelo, tus bambas manchadas de barro,

nueve, o quizás diez,  libros sobre la cómoda;

tres manchas de café en la funda del sofá desvencijado,

sobre la silla, mi abrigo reposaba, esperando,

en la cama, una sábana sin arrugas,

también conté dos mosquitos aplastados,

sórdidos;

y a cada segundo, dos pestañeos

insulsos

en tus ojos extraños;

qué más puede hacerse entre tanto silencio.
  
Aprendí a adivinar tu adiós

como un zahorí encuentra agua en el fondo de la tierra;

solo que yo no quería,

no quería encontrarla

ni beberla

ni mirarla.
  
Al final, para ayudarte

—más de cien quilos de sal pesa tu silencio—;

cargué tu adiós,

y te lo dije yo.
  
Mayca Soto. El gris de los colores.