Aisla miento


Cuatro paredes y un cielo (falso)
entre tazas de café sucias,
saldos de almuerzo,
cajetillas de cigarros
por todos lados.
Cuatro paredes y una esperanza (¿real?),
los papeles escritos
con manchas de comida,
granos de azúcar bajo mis pies,
hilos de café cortado.

Las ventanas no cuentan,
con esas logro escribir, concierto
de palabras en hacinamiento,
su sonido estático crea
burbujas de ideas (sueltas).
Las ventanas no cuentan
historias al pasar, asomo
mis ojos y así apreciar
el vuelo de otros y
sus propios pensamientos.

El cielo he pintado con poemas
en donde un película ejecuta
las mil cosas vividas
entre mi mente y mis sueños.
Aclaro cada tanto para no oscurecer.
El cielo cae a pedazos, de pastel
en todos sus colores,
el peso de mis alucinaciones
no caben en mi cama solamente.
Acabo con palabras que no sepa hablar.

Otro día en cualquier café


Sonarán las teclas
en aquel café y
su música conquistará
a las siluetas en los marcos.
Mostrará atisbos de predicciones
a quienes remueven sus tazas.
Y a quienes arrastran sus horas
por el callejón les regalará instrumentos
que cargar durante el día.
La luz se apostará sus dos visitas diarias
—a las plantas— a las cartas, con la misma esperanza
indecible de la vida —a contraluz— tras las ventanas.

Confinado el corazón


Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay

Aislados de la vida.

Encadenados a la tristeza que agotó las lágrimas, al transitar rutinario.

Engullidos por la masa sometida a la dictadura de la norma, a la uniformidad que señala al disidente.

Resignados a la realidad; ni siquiera resignados: abducidos por ella.

Militantes acríticos del clan, dimisionarios de nuestra conciencia.

Aislados de nosotros mismos, y de los sueños olvidados.

Encerrados en una burbuja temporal, esperando a que explote para regresar a nuestro tiempo gris.

Incapaces de imaginar otro estilo de vida, asustados de imaginar que sea posible imaginarlo.

Acomodados en nuestro aislamiento emocional, confinado el corazón.

La muerte


La muerte galopa deprisa,

dolorosa sorpresa en el pasillo del portal,

en un atestado supermercado

o llena de música en un teatro.

Es la sucia cortina que rasgada cae,

puñal que penetra altivo en los pulmones;

y en sueños balbucea

nuestro nombre para ahogarnos

en una neumonía eterna.

Pero los ángeles llegan

entre ambulancias, luces y sirenas,

para intentar apartar su guadaña

de una danza rápida y desnuda.

A veces, es todo o nada


Escucho la música,
pero no bailo.

Ni me gusta
ni la he elegido yo.

¿Lo popular une?
Mera esperanza aparente.

Un disfraz para olvidar.

Lo raro une. Sorprende.
Lo que es de todos pero un secreto a la vez.
Une.

De que al final no importa la música si no la sientes de verdad.

Pero esto es popular.
No hay personas ni vamos a cambiar.
Tras esto,
nos acordaremos mejor de las canciones de balcón
que de las gotas caídas;
De cómo llovió
de cuántos se ahogaron,
de datos y procesos para hacer paraguas,
de la verdadera soledad,
de la verdadera compañía.

Recuerdo


Te tengo
entre comillas,
entre paréntesis,
entre algodones.

Te tengo
como conservo los objetos;
oculto el propósito
de perderlos.

La buena vida de un libro


Ten alguno entre tus manos,
carga tu minutero y sigue
tu camino hacia el mar, lago,
bosque o montaña.

Señala voces que te susurren.
Aunque haga falta una línea
mal delimitada.

Corona tus cabellos
de las hermosas florituras
que germinen de él.

Sopla y pide un deseo
para que en algún lugar
haya uno buscándote.

Quizás tengas suerte
de encontrar a quien
te cambiará la vida
de historia.