Te elijo a ti


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Foto: Brooke Cagle (CC0).

 

Te elijo a ti, más que a las prisas matutinas

y al reloj que marca los pasos hacia esa calle desierta,

sin propósito ni miradas despiertas.

 

En este sueño sin miedos ni sentido, te elijo a ti.

Porque bailas en la cuerda floja del destino, dejándome caer,

sin esperar más de lo que hoy quiera ofrecerte.

 

Te elijo a ti, por encima de mis sombras y locuras,

por debajo de estas sábanas donde la vida comienza

cuando muerdes mis labios y atrapas mi deseo sin preguntas.

 

 

Te elijo a ti, en medio de esta vida congelada de diciembre,

lejos de las luces de este árbol desnudo de promesas,

llenando de vacíos y esperanza mis heridas de muerte.

 

Sí, te elijo a ti, igual que la vida abraza el aire,

con domingos de café y bicicleta; sin ruidos ni testigos.

Sin un “para siempre”, solo tu alma en mi latido.

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Redes


Las redes de acero

se marcan en mi rostro de cristal.

Mientras el mágico poder de un perfume

dibuja globos dorados arriba;

desde el sótano donde fue exiliado,

me conmueven los recuerdos, ya solamente.

Antes


Sé que en otra vida,
en la primera de tantas que tuve,
antes del primer hombre y de la primera estrella,
incluso previamente al polvo,
en el tiempo en que el big bang estalló,
mis átomos buscaron a tus átomos
para hacerles saber que un día los besarían.

Claudio Arrau


Un piano y las viejas manos de un artista develan la noche, sin luna y las estrellas arraigadas en sus ojos. Sus pequeños y regordetes dedos conocen cada tecla y viajan sin tocar a profundidad las blancas y las negras, más bien seducen el encatrado de cola y en una fantasía nocturna las podías ver pulsarse al paso de sus manos en armonía con el brillo de la noche.

Alguien hundía con gracia enfermiza y sentimiento desolador cada melodía y las luces en sus ojos conseguían la música nocturna que Chopin soñó por siglos ejecutar. Con todo el pentagrama en su mente solía encontrar las manos prodigiosas y sin embargo hasta los eruditos, veloces y extravagantes artistas no lograban convencer. El tiempo acabó con esa idea y guardo para sí el anhelo de sentir la perfecta ejecución.

Lo conocí cuando era tarde
[parezco el tren maldito de madrugada]
Una vez vi la publicidad en el Municipal
[entre incesante vapor, tardío y vacío]
Cientos se amanecieron en la preventa
[debí ser el ciento uno en llegar tarde]
Miles quedaron fuera por meses.

Qué sabía yo de poesía en pentagramas
[recién comenzaba a vivir cuando sentí]
Cómo reconocer al intérprete del alma
[la mía daba pasos de bebé, con miedo]
Entre tanto ruido la música sacra enmudecía
[apenas me escondía en lo pop del mundo]
Cómo saber cuándo eres ciego total.

Esa noche abrió los cielos al Emperador
[tuve que buscar en listados oficiosos]
Una ola de teclas empecinadas sobresale
[desde Polonia hasta Santiago de Chile]
Verle y oírle en perfectos otros idiomas
[desde la dictadura hasta Chillán]
Aunque el silencio no concertó cita.

Un ramillete de aplausos recibió su sonrisa
[los hijos sin música y los ojos tremulosos]
El camino al piano fue un frío misterio
[llevaron en andas hasta el piano mimado]
Chile se arremoló en el aeropuerto y en la Catedral
[dejamos el cuerpo afuera y el alma en sus manos]
Lloraríamos su muerte unos años después.

Estas palabras parecen sacadas de un poemario recién leído. Los años y la distancia tienen un encuentro inusual cuando escribo parafraseando a Natalia Litvinova. “Ya sé quién hacía de ellas instrumento para evitar el hambre, con la gracia de sus dedos, subían y bajaban arrancando tubérculos de raíces lloronas. Claudio Arrau interpretaba a Chopin y Polonia era elevada más allá de cercos y murallas, donde las fronteras y el hambre no se hablan, ni se mastican”.

Puedo esconderme entre los hombros y dejar a la música su verdadero papel —sentir— y pienso sabrán ustedes interpretar a bien mis palabras. Ese murmullo de los músculos en stand by. Un mensaje llega al alma cuando creas paisajes idílicos e únicos en tu mente, vibras y vuelas, corres veloz y hasta te haces invisible, eres el sonido que viaja y la puesta de sol ultravioleta o un cielo Vainilla torna color pastel tus mejillas.

Libre hubiera sido ese día entre desconocidos
Al alero de un músico concertista en piano,
Bajo la custodia de un incipiente otoño Santiaguino
Envuelto en la sonoridad del Emperador.

Podía imaginar las luces de cada instrumento
Guiados por la majestuosa interpretación
Del pianista, del alma, de la obra en sí,
Vuelo junto al eco de las teclas más finas.

Siente como la piel y la sangre alinea tu ser,
Puedes fluir desde cada uno de tus sentidos,
Evolucionar a los paisajes celestiales existentes
En las partituras, en la magia interpretativa.

El Emperador posó sus manos sobre el piano,
Con la memoria abarrotada de conciertos
Despertó a los creadores e invitó de nuevo
A brillar antes miles de almas soñando despiertos.

Claudio Arrau interpretó magistralmente el alma de compositores tan disímiles como Beethoven y Liszt, para mayo de 1984 y después de 17 años volvía a cautivar la patria que lo vio nacer. En 1991 su vida alejó para siempre las manos del piano y con ello nos alejó del cielo.

La verdad en las calles


Las calles
se aproximan
a la verdad
cuando quedan
desiertas
o cuando
las masas
despiertan
de su clamor
yacente.

Jazmín de colores


Jazmin del Paraguay

Un solo tallo
de notables colores,
fugaz floración.


Ejemplar de jazmín del Paraguay (Brunfelsia uniflora) en un jardín de Montevideo, llama la atención por sus flores que van del blancuzco al violáceo.

Las olas 1


Los rostros tras las cortinas,

los que no hablan, los que observan.

Maraña de manos, donde difuminadas llamas se alzan,

viajando muy lejos, para refugiarte.

 

La olas llegarán persiguiendo esos caminos tan poco humanos

y los versos incombustibles.