Envidia


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Blanca mejilla,

al lado de tu boca,

yo la envidio…

Lejanía


El metabolismo
cuenta el tiempo.
Una leyenda,
digna de museos,
cercena la tentación.
«Ver y no tocar»,
ordenan los verbos en infinitivo.
Un ritmo diferente
se embriaga en cuidado.
Frota sus manos
el horizonte.
Como él,
mantenemos
la distancia.

Amor de lejos, felices los…


…que sienten algo legítimo.
Bardiel fue golpeado muchas veces,
y eso no lo detuvo.

Bardiel flecha 001

En completo aislamiento siempre sintió.
Intentó atravesar las barreras y jamás lo logró.
Muros de piedra, acero y hasta diamante.
Jamás pudo, pero fuerza ganó.

En completo aislamiento estudió
para probar lo legítimo de su amor.
Con Balzak, Angeline y Jacob
su fuerza y estrategias entrenó.

Que los feos estudian y los atractivos festejan,
escuchó.
Y en la Tierra pocos admiraban a Bardiel,
que guerreros, como él, se sorprendieron de su afrenta.

Del amor puro de Angeline,
de la experiencia de Jacob
y de la lógica matemática de Balzak,
el niño héroe absorbió lo mejor.

Analizó y sintetizó, y pudo expresar lo que sintió.
¡Logró definir, cualificar y cuantificar el amor!
Se los explicaría,
pero no están listos para esta conversación.

En la Tierra, las historias de Bardiel eran contadas
y eran leídas por los guerreros.
Y solo los guerreros con Espíritu podían ir a Blacks Gaea
y conocer de cerca esta poesía.

Desde el confinamiento, Bardiel finalmente salió.
Y aunque su ser no podía atravesar la barrera,
sabía que lo que sentía sí podría.
Tomó su arco integral y definió una función.

El amor simple de un pulso básico y visceral…
«Lub-dub… lub-dub… lub-dub»,
sale dirigido en taquicardias y arritmias que confunden.
Pero, al ser integradas en el arco de Bardiel,
cobran sentido.

Sube a la torre más alta del Corazón de Blacks Gaea.
En la diestra, su sentir inexpresable,
y en la siniestra, su integral.
Arma una función básica, y la integra en su amor.

Su arco integral define algo nuevo.
Lo escalar lo vuelve creciente,
y lo creciente lo vuelve exponencial.
¡Volvió íntegro algo visceral!

Los ciudadanos aclaman
y los jueces aprueban.
La ciudad ya tiene guardianes,
y ahora por fin
fuerza de ataque.

El herrero forja las flechas,
se entrenan los arqueros.
Bardiel y Katrina dejarán el confinamiento.
El amor y la venganza inician el duelo.

Grieta en la nada


Algunas veces
busco no decir nada,
negando dos veces
el chorro de arena pensada.
Lo inacabado e innegable.
Abrir el mundo
por la mitad.
Salir de la cueva,
tocar el espíritu
y el ideal más absoluto
o completar la autoconciencia
hasta reventarla.
Algunas veces
querría atender
únicamente a esa grieta,
por si por ahí naciera
la esencia primogénita de vida.

Quiero poder


Quiero poder aún navegar en velero,

sin tierra a la vista,

gobernando el timón de tu tiempo.

Un beso,

el aire,

tú, entre luminarias de fuego

y gente corriendo dichosa en la noche.

Ver elevarse los globos de aire,

escapando de este aislamiento;

pasear por la muralla otra vez,

escalar la torre,

surcar el río,

contemplar los frescos de Florencia,

viajar y ver el Hermitage,

reconocer las melodías en las óperas del mundo.

Último día


Fotografía por Crissanta.

Recuerdo el último día,
el que viví sin pensar que lo sería,
el de la vida «normal»,
el de la rutina y la prisa.

Despertar, desayunar,
correr de aquí para allá,
dejando cosas listas,
manejar,
compartir la ubicación
en el celular
(siempre es la misma ya).

Recuerdo llegar y saludar,
las sonrisas,
las mismas bromas compartidas,
la piezas de piano,
que mi maestra escogía,
sonando como un fondo a las voces
de nuestras risas
(y no distorsionadas
desde un mal auricular).

También los saludos
de aquellas que se iban,
y vestirse de prisa
alrededor de las demás.
«¿Cómo está tu hijo?».
«Salúdame a tu mamá».

Extraño de aquel día
moverme con libertad
saltar, preparar, girar,
grand battement a la segunda,
una pirueta en arabesque
(y no siempre passé, passé, passé).

Recuerdo volver a casa
siempre sintiendo tardanza,
correr, manejar, acelerar,
la llanta ponchada esa vez;
la mujer de la gasolinera
intentando inflarla,
diciéndome luego:
«Corra a casa»
(hablándome sin máscara
a una distancia insana).

Entrar a casa
sin descalzarme en la entrada,
sin lavarme como infectada,
dar un beso en la boca,
acariciar a mi perra
y cargar a mi hijo
sin cambiarme la ropa.

Atesoro de aquel día
una extraña salida,
un festejo con cena,
una velada divertida.

Recuerdo el patio con bar,
la gente compartiendo mesas,
el mesero que rió de mi broma
sobre mi tarro de cerveza,
mis ganas de regresar
al mundo de las personas
tras mi propia cuarentena
de la reciente maternidad.

Atesoro el tiempo de la cena,
mi trastabillar en tacones
con solo una copa de más,
la gente en la mesa cercana,
el personal del lugar
escupiendo felicitaciones
sobre el postre en nuestra mesa.

Extraño la vuelta a casa
mirando las luces de la ciudad,
y el ruido del fin de semana
(pero este silencio lo amo más).

Recuerdo el último día
que sé que no volverá.
Añoro el último momento
antes del aislamiento,
antes de la reclusión impuesta,
previo al temor, la ansiedad,
la muerte y la enfermedad.

Pero también amo la calma,
la vida en casa,
la distancia social.

Aisla miento


Cuatro paredes y un cielo (falso)
entre tazas de café sucias,
saldos de almuerzo,
cajetillas de cigarros
por todos lados.
Cuatro paredes y una esperanza (¿real?),
los papeles escritos
con manchas de comida,
granos de azúcar bajo mis pies,
hilos de café cortado.

Las ventanas no cuentan,
con esas logro escribir, concierto
de palabras en hacinamiento,
su sonido estático crea
burbujas de ideas (sueltas).
Las ventanas no cuentan
historias al pasar, asomo
mis ojos y así apreciar
el vuelo de otros y
sus propios pensamientos.

El cielo he pintado con poemas
en donde un película ejecuta
las mil cosas vividas
entre mi mente y mis sueños.
Aclaro cada tanto para no oscurecer.
El cielo cae a pedazos, de pastel
en todos sus colores,
el peso de mis alucinaciones
no caben en mi cama solamente.
Acabo con palabras que no sepa hablar.