La noche se va


A mi madre

Que mira, que mira,
que mira cómo vengo.
Oliendo mariposas
siguiendo flores bordadas de tu pañuelo.

Que mira, que mira,
que mira cómo vengo,
dando alas a los charcos.
Nubes que has pisao de mi firmamento.

Que mira, que mira,
que mira cómo vengo.
Cantándote sin la pluma de la gallina,
ni la tinta del calamar.
Sino dándole un nuevo día
a la noche que ya se va.

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Guirnaldas


Era yo y el barro

(así me engañaba),

después tú me encontraste

con miserables guirnaldas de autor,

adornando mi egoísta vida.

Tú fuiste mi precipicio,

mi lugar donde salvarme.

Tú.

Fotografía por Kari Basanta.

Tus pies


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Foto y poema por Juan Machín.

Para qué quiero

alas si tengo tus pies:

¡Ya puedo volar!

Pliegues y laberintos


Pliegues

Dibujo y poema de Juan Machín. 

Quiero perderme,

soñando con tus pliegues y

tus laberintos.

 

Cautiverio


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«Pavo real», por Ignacio Sanz (CC BY-ND 2.0)

El animal encerrado pierde la noción del tiempo.

Frustrado, con el cuerpo en alerta y la mente afligida,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado se irrita, pierde la noción del amor.

Confundido, con las lágrimas trabadas en sus ojos,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado llora, pierde la noción de la libertad.

Despierta presa del insomnio y, cansado,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado no quiere morir, solo quiere descansar.

Presa del delirio del encierro se autolesiona y, anestesiado,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado, añorando, ve la luz de afuera.

Desea, por un instante, ya no dar más vueltas en la jaula.

El animal encerrado fantasea con poder correr rápido hacia ella,

poder correr sobre la luz y consumirse….

… en miles de brillantes

… e irreconocibles…

pedazos

… de sí mismo

.

.

.

Pero sigue opaco, reconocible, entero.

Sigue encerrado, el pobre animal muerto.

Un cadáver con apariencia de estar vivo.

Las cumbres


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Poema y dibujo: Juan Machín. Modelo: Martha.

 

Las cumbres

níveas de tu cuerpo,

cimas rosadas.

 

Eres tú


La espera se me atraganta.
Me atiborra la boca
y la noto ahí mismo
aferrada al paladar,
latiendo; hinchándose
y reduciéndose como el saco
de las ranas bajo la boca.
La espera reseca el aire
que pueda respirar,
agrietándome el paladar,
dejándolo como un vaso roto.

Pero en ocasiones, la espera
se hace aún más terrible
cuando se sumerge
bruscamente
en mi cuerpo, reptando
hacia el estómago
como una lombriz
que va incrustando a su paso
cristales como espinas.

Es la espera imaginando
tu voz al completo
como un aullido
diciendo que sí,
mezclándose con el aire
sin acoger cansancio
ni conjunciones
—aunques, peros o sin embargos—
que la prolonguen.

Es la espera dañina
a plazo fijo,
abundante,
exageradamente presente
y que jamás apaga la luz.
Es la espera
a que por fin
la hagas concluir,
con tu voz
al teléfono
que comienza
de la mejor manera:
desvergonzada.