Una luz


Una lámpara expulsa su atmósfera luminosa sobre el cuarto. Arredrado junto a la ventana, un hombre, el que abrió los ojos, pensativamente observa como las gotas de lluvia unen sus pesos y tamaños para llegar hasta la parte baja del marco de madera de la ventana, se funden en pequeñas venas; y otra historia empieza, y otro río vital debe nacer. Fuera entre las gotas líquidas, como un espejo reflejándose, dentro de su propia mente, otras gotas se unen como si fueran sus neuronas, alguien medita, llega hasta el interior de una hipótesis de la vida y se da cuenta que existe mucho más.

Helado


En la herida

hundo mis sentimientos.

Hurgo con la curiosidad de quien se cree ingenuo

pero no lo es.

Ese es el problema.

No lo soy.

¿O si lo soy?

Hago como si no lo fuera.

Y ahí estoy.

Fuera,

esperando a una ingenuidad que se fue

en aquel camión de helados.

cuando decidí no ir detrás de él.

Y ella sí.

Fruta


Quién ve en alguien

su vida

es porque no la conoce.

Se presenta,

hablan,

detesta su vida,

la esparce en mierda sobre los demás.

Se siente bien ahora.

Perdido pero bien.

Tan bien como los objetos,

tan efímero como ellos,

desperdiciando sus propios latidos

en laberintos.

Ya no quiero ser yo.

Quiero detestar abriéndome

a un debate interno

sobre mí.

Y entonces ser yo de verdad.

Tan entero como el tiempo

y eterno como cualquier sabor.

Aventura de la mente en otoño


Conforme se termina el otoño, siento unas ganas efervescentes de empezar una aventura en un barco bucanero —si hay barcos bucaneros cargados de libros, o que pasen por la puerta de casa— sería una aventura solo para empezarla sin prisioneros o islas donde beber ron, ya que no creo en milagros pasada una hoja del calendario, ni deseo acabar bailando en un carnaval con una capa negra de terciopelo.

Este año, la presencia del otoño está absolutamente expuesta al desasosiego. Mientras las heridas son siempre ojos mirando sobre una tela.

Avanzamos entre rescoldos de pérdida, vacío, juegos y consternación en estas tardes de calles vacías.

Fotografía del autor. New York.

El lobo


Si está en algún sitio es en tu mente.

Los edificios se han comido la montaña.

La edad adulta, la verdad.

Fingir, esconder, no decir. Disimular.

Disimular mal. Eso es la edad adulta.

La edad adulta es la última regresión.

No hay tres etapas. Hay dos.

Si está en algún lugar, es en tu mente.

Barreras, miedos y fingir de nuevo.

Está en tu mente, no te deja avanzar.

Está otra vez de nuevo aquí. Me ha visitado.

La ‘falta de’ es el lobo hambriento, quizá otro tipo de lobo pringado de ambición y otras cosas de la vida adulta.

El lobo no es el cuento que nos contaron; el lobo es la crónica real de la edad adulta. El lobo nos visita a nosotros, pero lo tapamos, escondemos y servimos en forma de cuento a los niños, que no tapan, esconden ni fingen.

Ellos son el verbo copulativo ser.

Nosotros somos el verbo copulativo parecer.

Y, cuando pase el lobo, espero volver a ilusionarme con el aire; volverle a quitar la semilla al limón, guardarla en algodón humedecido y esperar a que salga raíz y entonces correr a plantarla e imaginar un limonero alto y hermoso mientras le gano tiempo a esas orejas puntiagudas esperándome detrás de la puerta.

Si está en algún sitio, es en mi mente.

Para ti


El vacío de quien se conoce

e intenta llenarse

sin saber que la fuente la tiene dentro

y que, cuando la encuentre,

encontrará agua en cualquier desierto,

porque tú eres todo y todo

está en ti.


El resto podemos ayudar,

acariciar tu increíble cariño lleno de ti

y perdernos en esa magia que resuena en tus latidos.

Desde el reverso


Cuando pienso en ti y no estás a mi lado, recurro al #ReversoDelTiempo para volver a  estar rodeado en tus brazos, para regresar al placer de tus piernas amarradas a mis caderas y al sabor de los desayunos dominicales, que fueron nuestra costumbre en la cama.

En el reverso del tiempo, desde donde todo es observable, veo nuevamente todos los besos que nos dimos. Los cuento. Los revivo. Vuelvo a  las cervezas y a los cigarrillos.

Desde aquí, veo las tardes lluviosas, siento el aroma de las cafeterías y sonrío por cada una de tus sonrisas al escucharme decir tu nombre. Vuelvo a tus manos, a tu boca, a tu miel. 

Desde el reverso del tiempo te observo y cuento los días que faltan para fumar contigo, desnudos, otro cigarrillo más.