Felina


No sé si fue torpeza, malicia o travesura, el caso es que al apartarse de un salto, me pegó un zarpazo que me dejó un ligero rasguño. Al principio parecía imperceptible, pero se fue haciendo más grande con el paso de los días. Era como si creciera a la par de mi barriga. Cuando iba a llegar al noveno mes, su cabecita asomaba ya por la herida, y lo peor —o lo mejor— es que no hubo contracciones, ni cólicos, ni nada. Con una patita, la criatura se agarró de uno de los bordes de la herida, después con otra pata se apalancó y fue saliendo poco a poco. Era peludita como aquel minino que me dio el zarpazo antes de saber que estaba embarazada. Al tercer miau, lo entendí todo.

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Principio y fin


Eran las cinco de la mañana cuando Zoé llegó a su trabajo. Aparcó su vehículo y respiró profundo antes de bajarse. Tenía por costumbre dejar sus problemas personales atrás antes de entregarse a sus labores. Lloviznaba, lo que la fastidiaba porque ese día se había puesto sandalias con tacones. Tomó su bolso, la lonchera y corrió hacia el edificio, intentando taparse de la lluvia que ya apretaba. Todavía era de noche. El rocío de la madrugada despertaba su cuerpo que aún extrañaba su cama. Tocó el timbre para que el guardián abriera la puerta. El hombre abrió, saludándola amablemente. Entró a su oficina, tomó papel toalla y se secó los pies. Guardó el bolso en un cajón del escritorio, encendió el computador y fue a la cocina a poner sus alimentos en el refrigerador. Los pasillos todavía estaban a media luz, solo la estación de enfermeras estaba encendida. Le dio los buenos días a la que estaba de turno y preguntó por su paciente preferida. Una niña con limitaciones mentales, que ella consideraba que estaba mal ubicada en aquel asilo de ancianos.

            Cuando revisó su correo electrónico, vio el listado de los pacientes nuevos a los que debía entrevistar en su jornada. Amaba su empleo, pero se daba cuenta de que ya estaba pasando factura en sus emociones. Vivía día a día con la enfermedad, con el final de la vida. En aquel lugar no reinaba la esperanza. Preparaba a sus pacientes y a sus familias para el inevitable evento. Y no había manera de que no le afectara, por más que utilizara las técnicas de cuidado propio que le habían enseñado en la universidad.

            Completó algunos reportes, esperando que despertaran los pacientes y tomaran el desayuno para visitarlos en sus habitaciones. A eso de las nueve de la mañana, revisó el primer expediente.

            «Camilo Fernández, varón, 83 años. Infarto. Trasladado del hospital San Francisco para rehabilitación. No hay información de familiares o encargados».

            Zoé salió con el expediente, se detuvo en la puerta de la habitación y dio dos golpecitos para no asustar al hombre. Camilo estaba despierto sentado en la cama con la bandeja de alimentos al frente. La miró, pero no dijo nada.

            —Buenos días —saludó Zoé—. ¿Me permite entrar?

            Él asintió. Ella tomó una silla y se sentó cerca de la cama para hablar con él. Notó que no había probado bocado. Zoé se presentó e hizo unas preguntas de rutina para determinar la capacidad mental del paciente. Camilo no tenía problemas para contestar. El encuentro parecía rutinario, como con cualquier enfermo.

            —Señor Fernández, aquí en el expediente no hay información de familiares o su encargado. ¿Podría decirme con quién puedo comunicarme en caso de urgencia?

            —No tengo a nadie, señorita… y es mi culpa —contestó.

            —A alguien debe tener… —dijo algo perturbada con la respuesta.

—No, señorita. No tengo a nadie. A una sola mujer amé en toda mi vida, pero a ella la perdí.

            Zoé no quiso interrumpirlo. Se dio cuenta de que Camilo necesitaba hablar y lo dejó continuar. Había aprendido que su silencio a veces era lo más terapéutico para el paciente.

            —La conocí en unas fiestas de mi pueblo a la que fui con unos parientes. Todo estaba adornado con banderines de colores y muchas luces brillantes, que hacían la noche casi de día. Caminábamos en un grupo de mozuelos cuando la vi. Enseguida quedé enamorado. Había algo en ella que me atraía, no solo era linda, era su mirada alegre, llena de ilusión. Pregunté a mis primos por qué nunca la había visto. Me dijeron que no era de allí, que había venido a visitar a sus abuelos hacía más o menos una semana.

           »Cuando empezó la música me acerqué para pedirle que bailara conmigo. Ella pidió permiso y luego tomó mi mano. Mientras bailábamos me dijo su nombre: Alma. Desde esa noche ella fue eso, mi alma, mi vida —suspiró—. Éramos muy jóvenes entonces, casi niños. Nos escapábamos para vernos todos los días y una cosa nos llevó a la otra. Usted entiende. —Zoé asintió—. Casi cuando se iba del pueblo, vino a verme. Estaba contenta, emocionada. Jamás voy a olvidar aquella tarde. Nos vimos cerca del río donde solíamos hacerlo. Me abrazó feliz, dijo que tenía una noticia que lo cambiaría todo, que podría quedarse conmigo. Estaba embarazada. Aún recuerdo mi reacción. La separé de mi cuerpo, hui de su abrazo. Como un maldito le dije que no quería ese hijo, que se lo sacara. Su cara se transformó en un segundo; su alegría se tornó en una mueca, lúgubre y oscura. Rabioso, la dejé allí sola con su desilusión.

            »Esa noche, sus abuelos fueron a mi casa para preguntar si la había visto. En sus caras vi su preocupación. Había salido hacía muchas horas y no regresaba. Mis primos y yo salimos con ellos, pasamos muchas horas buscándola. No me atreví contar a nadie que habíamos discutido y menos la razón. En la mañana, la encontramos. Ahogada. Se había tirado al río. No pudo con mi rechazo y yo he pagado una cadena perpetua. Nunca me he perdonado. Esta pena la he guardado dentro de mí hasta hoy, porque no lo dije entonces, ni en toda mi vida. Por eso no tengo a nadie, porque no merezco que nadie me quiera».

            Cuando Camilo terminó su triste relato, Zoé tenía el pecho oprimido. Le era difícil ocultar sus lágrimas, tampoco sabía qué decir a aquella alma atribulada. Tomó la mano del anciano entre las suyas en señal de solidaridad. Al final, solo podía ver tres vidas desperdiciadas por un error muy grande: la de Alma, la de Camilo y la de la criatura que estaba por venir.

            —Vendré mañana a verlo —prometió Zoé, regalándole una sonrisa al infeliz.

     Cuando salió de la habitación, Zoé temblaba. Se fue a su oficina, nerviosa, y tímidamente acarició su vientre lleno de vida. En ese momento, tomó la decisión que cambiaría su historia. Agradeció vivir en una época en la que ser madre soltera no era un delito. No pagaría una cadena perpetua preguntándose qué habría sido de ella si hubiera tenido a este hijo que ya palpitaba dentro de su cuerpo. Ella sí tendría quién la quisiera, alguien a quien llamaran en caso de urgencia. Ya nunca más estaría sola.

            Al siguiente día, cuando Zoé fue a visitar a Camilo su cama estaba vacía. Confesar su pena lo había liberado.

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Imagen: «Underwater, baby, mom, pregnancy», por xusenru en Pixabay (CCO).

Una vida en el calendario


 

Septiembre siempre había marcado en su calendario el inicio de nuevos hábitos, proyectos e ideas. Sara vivía a contracorriente; a diferencia de la mayoría, para ella el año nuevo solo representaba una oportunidad más para agradecer y seguir respirando, pero no perdía el tiempo en “escribir listas interminables de propósitos inútiles”. Y septiembre sí, ese era su mes, la brisa otoñal tocaba la puerta y ella siempre se dejaba envolver por esa tan ansiada sensación de total renovación y sueños que perseguir.

Sin embargo, este septiembre deseó borrarlo del tiempo, creyó que no podría continuar con su vida. Manu, su mejor amigo, había muerto en un accidente de moto dos meses atrás. En unos días hubiera cumplido 36 años y Sara estaría preparando alguna sorpresa como había ido siendo habitual los últimos tres años. Se adoraban, y Sara sabía que él sentía por ella algo más que una amistad, tenía el presentimiento de que, en algún momento, él se lo confesaría, aunque, conociéndolo, le hubiera costado un mundo, porque era de los que temía abrir demasiado el corazón a riesgo de perder lo que más amaba. Pero Manu era valiente, era mucho Manu.

A muchos les hubiera parecido una locura, ¡eran tan distintos! Probablemente le hubieran dicho a Manu que ni se le ocurriera abrir la boca, que para qué romper una amistad tan fuerte, que mejor marcara un poco de distancia con ella para que se “desenganchara”, que se fijara en otras mujeres, que estaba equivocado, que una amistad de tanto tiempo seguro carecería de pasión, que si el panorama era demasiado negro o demasiado blanco, que si bla, bla, bla… Y Manu se hubiera reído interiormente porque al final no hubiera escuchado a nadie, y Sara… Sara le hubiera dicho que sí.

Se habían conocido en la universidad y desde entonces se habían vuelto inseparables. Manu estudió Filosofía y Letras, Sara se especializó en Biomedicina. Uno hablaba del lenguaje infinito de las estrellas mientras que la otra trataba de traducir y cuestionarlo todo. A pesar de algunas diferencias, existía un respeto y una profunda admiración mutua por el conocimiento y la manera que tenía cada quien de entender la vida.

La vida. Sara dejó de encontrarle sentido a esa palabra, olvidó su propósito; cualquier sueño que albergara su triste corazón se desdibujó por completo, el brote de una ilusión se quebraba al segundo, dejándose arrastrar hacia el más profundo de los abismos. Esos últimos meses se había pasado gran parte del tiempo encerrada en el pequeño mundo que constituían su casa y Luna, una pequeña fox terrier color negro. Había adelgazado casi seis quilos y el pelo se le caía con cada intento de cepillado.

No tenía lágrimas, había bloqueado toda emoción fuera positiva o negativa, no quería sentir, no quería llorar, ni mucho menos reír. Había decidido ignorar septiembre, cancelando casi todos los compromisos sociales y laborales. Se lo podía permitir, pues trabajaba por proyectos en una empresa internacional y ella escogía tipo de trabajo y tiempos de entrega. Por lo demás, estaba harta de los discursos de “Ánimo, el tiempo lo cura todo”, “No puedes seguir así”, “Vamos, Sara, haz un esfuerzo”, “Manu no quisiera verte así”, “Salgamos aunque sea a dar una vuelta”… Sara aprendió a zanjar los juicios y opiniones con un seco e iracundo “Déjame en paz”.

Una fría tarde de sábado, Sara salió a pasear a Luna, sintió el impulso de caminar hasta el muelle. Necesitaba respirar aire fresco. El mar siempre había sido su gran aliado en momentos bajos, Manu le había enseñado a observarlo bajo otra perspectiva. Recordó esa ocasión, fue el octubre del año pasado, cuando Manu la invitó a un improvisado picnic bajo el cielo del atardecer con fogata incluida. Justo ahí, en la playa más cercana al muelle.

El mar tiene magia, ¿no crees? dijo Manu.

Si tú lo dices… contestó Sara sin apartar la vista del libro que leía.

¿Oye, sabelotodo, no te genera curiosidad observar la naturaleza? Esconde increíbles mensajes dijo Manu entusiasmado, mientras respiraba la suave brisa marítima.

Está bien contestó Sara con fastidio, cerrando su libro—. Vamos, dime, ¿qué te dice el mar hoy?

Está bravo, mmm… Es una metáfora sobre las tribulaciones de la vida. Cuando los problemas llegan, lo hacen con toda la intensidad, ¿cierto? Igual que este oleaje, ¿lo ves?

contestó ella esbozando una media sonrisa—, es un modo de verlo, desde luego.

Sin embargo siguió Manu—, muy probablemente mañana el mar esté en calma. Digamos que se habrá llevado todos los problemas con él y el sol brillará de nuevo. Como la vida misma, que es tan cíclica…

Estás muy inspirado hoy, Manu. Deberías escribir sobre eso. 

La vida es una inspiración, el mar me dice que pase lo que pase no dejes de vivirla porque continuará. Todo llega y todo pasa. Fluye… 

La vida es bella, es lo que quieres decir, ¿no?  —Sara se recostó sobre su toalla. Observó los cálidos colores del cielo. 

Exacto, siempre lo es, por el simple hecho de estar aquí. Y el mejor tributo que podemos hacer es aprovecharla al máximo, porque es un regalo, igual que tu amistad. Se acercó a Sara, le acarició una mejilla.

Se miraron fijamente unos segundos, hasta que Manu por fin rompió el silencio.

Prométeme que siempre tendrás el propósito de ser feliz. —Sus ojos tenían un brillo especial aquella tarde.

¿Y si no lo hago? —respondió Sara divertida.

Pues una parte de mí estará muy triste. Significará que no entendiste nada y que, además, eres una burra, ¡ja,ja,ja! contestó Manu arrojándole un trozo de manzana.    

—Lo prometo entonces, pero el único burro aquí eres tú, ¡menuda tontería filosófica traes hoy, señor Sócrates! Basta ya, déjame leer tranquila.

—¡Vas a ver lo que es bueno! —Manu empezó a hacerle cosquillas.

El eco de aquellas risas parecía escucharse de nuevo, en ese sábado de septiembre en el que Sara, por primera vez en varias semanas, dejó caer unas lágrimas. Aquel recuerdo la regresó de nuevo a una inusitada paz, a una sensación de calidez y protección.

La vida. La vida estaba ahí para ella, no estaba escrita en ningún calendario, no podía contenerse ni detenerse en una sola estación. Sara tenía que seguir, tenía que VIVIR, por Manu, y sobre todo por ella. Se valía gritar y estar triste, porque de eso se trataba, de sentirse viva, agitada, y luego tranquila, como el mar.

Manu exprimió todo el jugo de la vida, y le enseñó a Sara a permanecer atenta y a apreciar cada detalle por pequeño que fuera. Él, y ese amor que compartieron en silencio, vivirían tatuados por siempre en el alma de Sara. Su repentina muerte merecía ese homenaje.

La noche caía lentamente; Sara bajó a la playa, se quitó los zapatos, sus pies descalzos sintieron la arena fría y se estremeció. Luna corría hacia el agua, ajena al espectáculo que ofrecía el paisaje otoñal. Sara la observó, sonriendo. Contempló la tímida luz de las estrellas que buscaba asomarse entre los nubarrones. En aquel instante comenzó a comprender ese lenguaje del que Manu le habló tantas veces, el lenguaje del olor a la inminente lluvia, el lenguaje de esa vida que siempre se acaba manifestando, sin tregua, a pesar del viento gélido, a través de la espesa negrura.

 Nur C. Mallart

Inspirando Letras y Vidas

Devuélveme la vida


Foto de Aaron Burden de Unsplash. Blog de Salto al reverso.

Foto de Aaron Burden

Miró hacia la playa y sintió aún más frío. La niebla se acercaba hacia la costa como una nube gigante perdida entre las olas. La humedad traspasaba su vestido y comenzó a tiritar; había olvidado la chaqueta en casa; un martes de sol caluroso no hacía presagiar ese repentino cambio meteorológico, aunque debería haberlo intuido, ya hacía más de un año que malvivía en Galicia. La ría de Aldán era así: caprichosa, saltarina, misteriosa, embaucadora.

Bajó a la playa y hundió sus pies descalzos en la arena. Qué fría estaba. Hace apenas unas horas, el sol le hubiera quemado la planta de los pies, pero ahora la humedad del arenal le traspasaba toda la inquietud de la noche. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero siguió caminando, decidida, hacia la orilla, que la niebla ya ocultaba como un secreto. Su silueta dejó de divisarse desde el paseo; quedó engullida por una tullida bola de algodón.

Clavaba la vista en la punta de sus pies, que era lo único que divisaba con claridad; si miraba hacia adelante, no podía ver nada y el miedo la paralizaba; nunca había bajado sola a la playa en la madrugada. Podía oír las olas, que lamían la costa en un avance cadencioso, y la guiaban hacia su objetivo. La marea alta, que subía dando pasos cautelosos, no representaba ninguna amenaza; al contrario, gracias a ella podría llegar antes a la orilla.

Apretó la bolsa en su regazo y sintió contra su pecho la dureza del cristal de la botella. Una hora antes, había introducido por su estrecho cuello un folio de color carne doblado meticulosamente en cuatro mitades. El papel, aparentemente inocuo, le quemaba entre las manos; pero, cuando lo encerró en la botella, la curvatura de su espalda comenzó a aligerarse: por primera vez, el secreto que le quitaba el sueño veía la luz a través de las palabras.

El agua helada bañó sus pies y detuvo su marcha. Abrió la bolsa y extrajo de su interior la botella. La frase que llevaba escrita en su interior retumbó en su cerebro como un dedo acusador, y se estremeció cuando le pareció que una voz confusa le susurraba en la oreja la temida palabra: ASESINA. Estuvo a punto de huir despavorida hacia el paseo, desaparecido entre la niebla, pero una tristeza antigua le ancló los pies en la arena. Recordó entonces el primer bofetón, al que le siguieron muchos otros; la vagina adolorida por aquellas arremetidas violentas, la nariz rota y sus ojos amoratados que tardaban siempre más de una semana en sanar. Entonces, aferró la botella con la mano derecha, alzó el brazo, y repitió como un mantra su mensaje de náufrago: “Yo le maté, pero no fui yo, fue él. No puedo más con la culpa: dios, devuélveme la vida a mí”. Y con una fuerza desconocida lanzó el cristal tan lejos como pudo; un grito gutural, que intrigó a los escasos transeúntes del paseo, se abrió paso por su garganta.

Después, el silencio.

La botella quedó flotando como un corcho, liviana y dócil, siguiendo una corriente repentina que la llevó mar adentro.

 

Mayca Soto. El gris de los Colores

El diario de Adela


Valdepeñas
10 agosto 2018

 

La ciudad me acogió con unos grados menos y sin apenas humedad. Había visitado varias veces Valdepeñas, pero en esta ocasión estaba allí por motivos de trabajo. Una vez más, era quien tenía que resolver los problemas con clientes de esa región. Mi empresa se dedicaba a la publicidad y aquella zona era bien conocida por ser la “Ciudad del Vino”. Incluso aquellos que se quisieran remontar a la tradición histórica de sus escudos heráldicos podrían certificarlo con un tonel de oro en su blasón. El GPS del coche se había detenido en la Plaza Veracruz, frente al Bar Veracruz. Allí mismo estaba emplazado el hotel y las indicaciones de acceso al aparcamiento.

Al llegar al Veracruz Plaza Hotel & Spa me recibieron muy amablemente en recepción. La chica me hablaba y sonreía con atención. Estaba tan aturdida —y cansada— por el viaje que apenas atinaba a leer su nombre en la chapa, sólo podía asentir con la cabeza. Me indicaba dónde se encontraba mi habitación. Tras coger el bulto a mis pies, me dirigí al ascensor deteniéndome ante una imponente —esquelética— figura de madera de Quijote a galope de Rocinante, con la lanza alzada en una mano y el escudo en la otra. Me sonreí, porque al entrar ignoré esa escultura tan asombrosa que intentaba llamar mi atención nada más cruzar la puerta giratoria. Perdida en mis pensamientos no me di cuenta que alguien me estaba declarando la guerra. Ahora soy yo que me imagino como molino de viento enfrentándome a ese Don Quijote ante mí. Para mi error no era yo su objetivo, cuando alcé la vista y miré al techo, mis ojos contaron más de una docena de aspas dispuestas en diferentes ángulos. ¡El molino de viento! Tenían colores similares, son tierra pensé mientras me metía en el ascensor. En su interior me entretuve al leer una cinta de letras en una pequeña pantalla digital que ofrecía información intermitente. Así pude saber que en un día como hoy, en 1675, se construyó el Observatorio de Greenwich, que hay una zapatilla que conquista el mundo, que Philippe Lanson es el escritor que regresó de la muerte, que Terry Gillian recomienda el humor contra la furia y que Lydia Valentín habla del peso de la victoria. En cambio, yo me dirijo a la habitación como una copia barata de esa escuálida figura en la entrada, en guardia y con sed de lucha contra molinos de viento.

El riesgo del azar que va llegando


“Salgo a fumar”, informó Juana al resto. Daniela y Malaca, siempre juntas, se sentaron en la parte larga del sofá y esperaron con los dedos entrecruzados sobre la mesa. La salita era diminuta y estaba separada de la cocina y de la puerta de la calle por una cortina que estaba descorrida. Ni tan siquiera podía ser considerada un espacio independiente. Más bien, era un constructo espacial demarcado por la ocupación de la mesa, el sofá y las sillas (y la cortina corredera), que se insertaba en un marco multifuncional de carácter vestibular-alimenticio-sedentario. Llegó Isaías y se sentó en la parte corta del sofá, bajo la ventana y como presidiendo la mesa. “No es el sitio que habría elegido si me hubierais dado elección, pero no pasa nada”, miró de reojo al intersticio que dejaban las cortinas y se vio reflejado en el cristal de la ventana. Daniela y Malaca intercambiaron sus pupilas durante un instante. “No te preocupes”, le pidió una de ellas. Llegó Jonás con una bandeja de plástico y cinco tazas de café aguado, una de las cuales se habría de enfriar. “Perdonad por el café, pero es lo mejor que he podido hacer con esa cafetera de mierda”, se disculpó y se sentó en una de las dos sillas blancas que ocupaban la otra parte larga de la mesa, justo enfrente de Daniela. Las dos bombillas alumbraban solo sobre sus cabezas y el resto del bungaló permanecía en una penumbra abandonada.

Isaías alcanzó los naipes desde donde se encontraba sentado y comenzó a barajar con poca destreza. “¿Hay comodín?”, inquirió Malaca. “No, ya lo he quitado yo”, respondió Jonás y señaló a hacia un lugar impreciso en el vestíbulo, “¿Querías jugar con él?”, “No, todo lo contrario”, intervino Daniela, “El comodín nos trae mala suerte”. Recogieron sus respectivas tazas y apartaron la bandeja a un lado, con una taza humeante reposando todavía en su superficie. Malaca pareció no quemarse la boca entera cuando se llevó el líquido negro a los labios, pero Jonás no pudo reprimir su asombro ante la torrefacción de la sustancia. “Arde como un demonio”, exclamó con comedimiento y recolectando una gota caliente que ya se le escurría por la perilla. “Lo acabas de sacar de la cafetera. No sé a qué viene tanta sorpresa”, lanzó Daniela, aprovechando el ridículo. “No empecéis”, frenó Isaías y Malaca, mediando con su estrategia de calma, acarició con la yema de un dedo el vaquero verde de Daniela. “Parece de coña que seáis hermanos. Mirad, esto es muy simple. Reparto todas las cartas una por una a cada uno de nosotros hasta que me quede sin. Cuando se agote la baraja, os sigo explicando y empezamos la partida”, comunicó Isaías, desviando la atención a las cartas que se iban depositando bocabajo sobre la mesa, primero delante de Jonás, después de Malaca, luego de Daniela, siguiendo consigo mismo y reiniciando el ciclo. “Oye, ¿ahí no repartes o qué?”, Jonás ansioso porque echaba en falta, “Echamos esta ronda de prueba y ya empezaremos otra”, Isaías ansioso porque la tontería, “No te preocupes”, le pidió Malaca-sonriente, espécimen extraño. Jonás puso los ojos en blanco, con un ligero toque de capilar surcando.

Isaías se quedó sin cartas en la mano. “Bien, ya hemos terminado la introducción: pasemos al nudo. Ahora, vais a contar las cartas que tenéis en la mano para saber cuántas tiene cada uno. Si hay algún desfase que podemos solucionar, el que más tenga le da a la que menos o ya veremos. Si no se puede, lo dejamos así y empezamos”, “De una vez”, susurro de Daniela, “¿Perdón?”, Isaías contrariado, “¿No habíais dicho que habíamos quitado el comodín?”, Malaca carifruncida, “Lo he quitado yo”, repuso Jonás, asimismo carifruncido, “Lo he dejado ahí, en la encimera, al lado de la… De la cafetera”, terminó levantándose. Rascándose la cabeza, “Mira, yo qué sé. Te juro que pensaba… Es igual, dámelo y lo dejo aquí”, “Ahora tenemos que barajar otra vez”, exigió Daniela, “¿Qué dices?”, Jonás aspaventado volviendo en dos pasos de la cocina, “Con lo que me cuesta barajar, ¿me vas a hacer hacerlo otra vez?”, eso Isaías, “Lo hago yo misma”, “Eres una pejiguera, Daniela. ¿Para qué quieres barajar otra vez?”, amor de hermanos, “Vamos a ver, Chona, porque si, en lugar de haberle tocado el comodín a Malaca, le hubiera tocado otra carta distinta, ninguna de nosotras tendría las mismas cartas que tenemos ahora en la mano. ¿Entiendes el concepto o me voy a comprar una pizarrita y unas tizas?”, “Eres gilipollas, Daniela. Haz lo que te dé la gana”, “Venga, gente, que no pasa nada. Daniela tiene razón. Que baraje ella por ser tan tiquismiquis y ya está”, dijo Isaías (rebaje de tensión necesario, no-se-los-puede-sacar-juntos, pensamiento fugaz).

Daniela tenía las cartas en las manos y las movía y las removía. Se oyó algo caminando por el techo del bungaló. “¿Eso qué es?”, se revolvió Jonás en su silla blanca, “Eso será un gato o una ardilla”, propuso Daniela, “Las ardillas son diurnas”, corrigió Isaías, “Pues será un gato”, definió Malaca. Daniela tenía las cartas en las manos y, pese a la breve pausa ante el trastabillar errático del gato de Schrödinger (que parecía muy vivo, quizá eran ellos los que estaban en la caja), las movía y las removía. El ruido se detuvo, el tiempo suficiente para que Jonás bajase la guardia. Cuando se reanudó, lo cogió por sorpresa y se sobresaltó: dio con una rodilla por debajo de la mesa y Daniela, que tenía las cartas en las manos y las movía y las removía, se asustó y soltó la baraja, que se precipitó sobre el liso horizonte de la mesa y junto a las tazas de café Régal. Aunque el hipotético gato siguió deambulando por el tejado del bungaló, la gente sentada en torno a la mesa solo tenía ojos para lo que ocurría allí abajo, porque todas las cartas habían caído bocabajo, menos una.

Isaías, frenético, daba la vuelta al resto de las cartas, Daniela soltaba de vez en cuando un gemido nervioso, entre risafloja e hipido, como atrapada en un bucle en el que no paraba de arrojar los naipes, y Jonás oteaba sobre la encimera. “Os lo juro”, repetía, “Os lo juro”, “Chona, no me jodas”, saliendo del bucle eterno, “No me jodas”, “Tampoco pasa nada si es una broma, Jonás”, calmaba Malaca, “Os lo juro”, en otro bucle diferente, “Os juro que lo había quitado”, “Este cabrón nos la está jugando”, Isaías al borde de la crisis diplomática. “Mirad, ¿por qué no hacemos una cosa?”, Malaca abrió el interrogante ante la falta de cualquier otra cosa, “Jonás, coge el comodín y vete al fondo de la cocina. Guárdalo en el armario… Isaías, recoge las cartas. Sí, en el que está encima del fregadero, da igual. Guárdalo para que todas te veamos y vuelves. Eso es. Vale, a ver… Sí. Ahora extiende las… No, no, cierra la puerta del armario, pero no nos tapes con la cabeza… Así, vale. Ahora extiende las manos hacia arriba y ven. Siéntate y pon las manos extendidas sobre la mesa. Isaías, ¿las tienes todas?”, “Sí, están todas aquí, creo”, “Toma, te quedaba una debajo de mi taza”, le alcanzó Daniela, “Ahora baraja y vamos a jugar de una vez”, sabia Malaca, sabia sin duda, “Gracias”, concedió Jonás, que notaba cómo sus manos iban a dejar una sudorosa huella, “Chona, cállate la boca”.

Malaca-no-sonriente, fenómeno natural de calibre Föhn, repartía esta vez. Dos fueron los minutos transcurridos entre el agradecimiento desaprovechado de Jonás y el depósito inerme de la última carta sobre la mesa de chapa. Un crujido del techo desveló la noche de Malmussou a Le Coteau de la Terrasse. Nadie se inquietó en el interior del bungaló: un rechinar más de la luna entre el crepitar constante de los grillos negros. Se había terminado el exterior en la puerta y en el tejado no había nada más que estrellas expectantes entre los nubarrones de por la tarde. Solo restaba estar y el dentro, el dedans malevolente que engañaba con su salvaguarda ficticia, aunque ahora el peligro, ahora el riesgo de retornar al inicio. Dieron la vuelta a las cartas, sin ocultarlas, porque el juego había cambiado y se había convertido en el escrutinio sin objetivo pronunciable de la baraja y de los naipes. El juego había cambiado y ya no era juego, sino otra cosa indecible, pero indefectible. Rugía por amor la resistencia de la nevera, el tejado estaba en silencio y los grillos tocaban a muerto. La noche era. La noche era cerrada como una caja en la que estaban sentados y se miraban y miraban lo que había en una de las manos que tenía una cara sonriente y maléfica que enseñaba cómo había que vivir o cómo había que escupir las palabras precisas o cómo había que echar a correr. Era una mano cualquiera, nadie que hubiera sido preguntado sobre aquello habría sabido responder quién tenía el cartón delante, todas la pudieron ver frente a sí, devolviendo las pupilas a las pupilas de papel y viceversa, el efecto recíproco de contemplar un óleo sobre lienzo, un lienzo sobre la pared de una habitación o un claustro. Si hubiera sido otro el momento, si hubieran sido otras las circunstancias, todas habrían podido ser conscientes de que era Jonás quien la tenía frente a sí, quien la tenía delante, y habrían podido dejar de pensar que el juego había devenido en persecución y en ignominia, en trémulo temblor del pulso sobre el cenit de la mesa de chapa. Sin cruzar las pupilas y al unímodo, se alzaron de la mesa y abrieron la puerta para sumergirse en la luz sin farolas de la noche sin ventanas.

Isaías se encendió un cigarro y oteó el cielo. “No creo que sea una buena idea”, dijo sin más. Malaca y Daniela se apoyaron en la barandilla del porche. Jonás se acurrucó en un rincón, junto a una telaraña desahuciada. “No lo creo en absoluto”. Las estrellas quemaban de lejos y los grillos callaban (seguían haciendo lo que hacen, ese sonido de metal frío, pero no podían oírlo, porque la caja estaba sellada y los insectos poblaban el mundo que había fuera). “¿Qué no crees que sea buena idea?”, inquirió una voz de penumbra sobre el tejado. Jonás saltó sobre sí mismo y se puso en pie. “Volver adentro”, respondió Isaías, sin dar más pistas que una calada al marlboro que no sacia (de tan suave el humo, de tan caro el paquete). Jonás quiso explicarle, pero no pudo. Daniela contempló la sombra sobre el tejadillo de la puerta y no vio nada. “¿Por qué?”. La pregunta que se funde con una insondabilidad oscura, con un pino envuelto en sus sábanas de agujas verdes, con la hojarasca seca de los robles y el olor imperceptible del laurel húmedo. Con el rocío de la madrugada que no llega. El cenicero de la mesa del porche estaba inundado de rocío y de colillas empapadas. Daniela pareció explicar algo. Juana esperaba en lo alto, sin ser vista más que por Malaca, que aguardaba para terminar de contar, porque Daniela no podría, no. Daniela débil contra la historia que había de ser contada. El temor fatuo, infausto, de quien parece no temer, pero teme (como quien no tiene miedo de la fractura diminuta del vaso, sino de la explosión de cristales en la boca en caso de que).

Juana penumbra contra cinco estrellas diferentes en el cielo (que no se veían porque Juana penumbra contra el cielo). Se sentían los latidos incesantes dentro del bungaló, por debajo del silencio que retumbaba sobre el Dordogne y sobre el castillo de Campagne, contra el bosque y entre las piedras del asfalto de la comarcal. Una respiración de pulmón desposeído. Dentro, encima de la mesa de chapa. Dentro, la estela de la huida tajada por la puerta como por un vendaval tangente. Juana penumbra oía, pero no comprendía y apenas escuchaba. Daniela peroraba, ajetreo de borregos sobre el agua en la voz, tragar de saliva, piel de gola subeibaja. Juana no podía contagiarse. Era imposible que a Juana se le acelerase el tambor de la muñeca o del cuello, porque Juana no comprendía y apenas escuchaba. Había estado pensando que la oscuridad de la noche no era penumbra y que las estrellas no alumbraban, sino que velaban todavía más. No tenía sentido cantarles, aunque hubiera salido afuera con ganas de hacerlo entre el deshilachado efímero de un cigarro. “¿Por qué no usar la oscuridad para ocultarse? ¿Por qué tenerle miedo?”, se había estado imaginando. Alejarse del mundo era inútil. Podía esconderse, pero no se podía correr: tal era la premisa cuando se percibía la hiedra marchita aferrada a los gemelos. Sobre el tejado del bungaló, Juana quiso fundirse con la noche que era y quiso ocultarse en ella, no para dejar de ser, sino para poder seguir siendo. Tanto miedo, tanto pánico, cuando el fin de todo ello radicaba en la asunción explícita de la noche como abrigo y no como el frío-que-queda-fuera. No el vacío, sino todo-lo-que-podía-saberse estaba encerrado en la noche que era y en la noche que la hacía ser y quiso saber si aquella sería la última noche que sería o la última en la que se sentiría ser. No pudo encontrar una respuesta, pero la pregunta le pareció tan clara como una mañana que empieza a despertarse.

La madrugada podría haberse cernido sobre ellas en aquel momento y podrían haberse bañado en la luminosidad terrible de un nuevo día que tendría que acabar también. Los tiempos marcados de la juventud, de la vida que no cristaliza en inmortalidad geométrica, sino que deviene en informidad inofensiva (e hiriente). Daniela acabó de contar su parte y la historia se quedó colgando en un limbo de suspiro mal expelido. Malaca “Teníamos que salir, no podíamos hacer otra cosa. No podemos explicarnos por qué, pero teníamos que irnos y abandonar todo allí, porque nos perseguía, supongo. No te sé explicar mejor. Quizá sí, pero no ahora. Ahora acabamos de salir porque teníamos que hacerlo y no te sé explicar mejor, porque acabamos de salir. La puerta está ahí. No podíamos esperar a que volviera a aparecer de nuevo. Lo mejor es dejarlo aparecido y retirarnos. Alejarnos de la puerta. ¿Volver a entrar?”. Isaías apagó el rescoldo de la brasa en el charco del cenicero con un siseo de culebra. “No creo que sea una buena idea”. Juana bajó de un salto. Jonás la siguió con la vista entre la bruma del cigarro. “No lo creo en absoluto”, pero Juana ajena, Juana en el exterior, Juana que era el gato y la ardilla y no había estado delante del miedo ni de la no explicación o de la falta de todo-lo-que-podía-saberse, Juana fuera de la caja, Juana que era crujido de La Gardelle a Saint-Cirq, crepitó con su voz en la hoguera de su garganta y no tuvo en cuenta muchas cosas, pero tuvo todo en cuenta para partir el tronco central sobre la yesca y decir “¿No habéis pensado en usarlo?”.

Espeto


Alguien lanzó un arpón en el río. En ese preciso momento, yo me encontraba nadando por allí, de manera que una sardina y yo, quedamos ensartados en el acto. Aprovechando la ocasión para hacer amistades nuevas, yo estaba muy parlanchín, ella en cambio, estaba demasiado inquieta. No dejaba de darme coletazos en la barriga, aunque después se tranquilizó. Que quede claro que en ningún momento lo tomé como una señal de flirteo. Simplemente, no sabía cómo ayudarla. Los psicólogos afirman que, en situaciones de estrés, es importante sentarse a reflexionar, antes de perder los estribos. Pero no lo teníamos fácil para sentarnos. A decir verdad, yo no quería sentarme, es más, no quería separarme de su lado. Para mí, ella era la sardina más encantadora de mundo. Admito que fue amor a primera vista. Literalmente, como dicen ustedes, fue un flechazo el que nos unió para siempre en un delicioso espeto.