Hamelín


Ocultos del sol y bajo una montaña,
una rata anciana les cuenta a las crías
de la manada que muchos siglos antes,
cuando el sol era más joven
y la luna reinaba sobre la noche,
en el tiempo en el que las calles eran nuestras:
las ratas fuimos las primeras ayudantes de Santa.


Éramos artesanas, ingenieras, filósofas y estadistas. Roíamos madera y pintábamos juguetes con nuestras patas y colas. Usábamos nuestras manitas para envolver regalos y costurábamos sacos de carbón. No había niño alemán que no supiera de nosotras, y no nos temían. Las ratas éramos amigas de los niños buenos y de los malos. Los adultos, buenos y malos, eran enemigos de las ratas.

En la Navidad de mil doscientos ochenta y tres, llegamos a un pueblo alemán cargadas de juguetes y carbones. Los niños esperaban ansiosos nuestra llegada. Hacía mucho frío, nuestros pequeños suéteres verdes no nos daban el calor suficiente, pero ver a los niños compensaba todo.
Esa navidad habría que ir a más poblados y llegamos temprano. Ese fue el error de esa noche. El primer chillido lo escuché en la casa de al lado. Max, la rata más bondadosa del mundo, acababa de ser partida en dos por un leñador. Después, unos metros más lejos, Trix salía corriendo y tropezando de una casa, ensangrentada y sin una pata. Chillaba y chillaba, y a ella se le sumaron muchas más. Algunas ratas intentamos decir a los humanos adultos que éramos sus amigas, que veníamos a dejar carbones y juguetes a sus hijos, que hablaran con ellos, que ellos les dirían, pero no escucharon. Los niños buenos lloraban y los niños malos se reían de nosotras. Los malos nos aventaban piedras, cuchillos y carbones. Los adultos, buenos y malos, nos perseguían y nos asesinaban.
Santa, quien siempre había vestido con múltiples colores, tiñó de sangre de rata sus ropajes no le dio importancia. Al contrario, sacó su flauta mágica y, con lágrimas en los ojos, tocó la más hermosa de las melodías que jamás habíamos escuchado, una melodía que nos invitaba a volver con él, para que juntos regresaramos a casa. Esa fatídica noche perdimos a la mitad de nuestras hermanas y Santa juró venganza.

Ciento ochenta y cuatro días después, un día de junio de mil doscientos ochenta y cuatro, Santa llegó a Hamelín para llevarse a los niños. Buenos y malos, tontos e inteligentes, gordos y flacos. Todos los niños del pueblo dejaron atrás sus obligaciones y afectos, abandonaron a sus padres y siguieron la melodía que de la flauta mágica de Santa sonaba.

Días después de lo sucedido en Hamelín, en la puerta principal del taller del polo norte, Santa se presentó con sus ciento treinta niños esclavos, que solo comen carbón y nunca juegan los juguetes que arman.

Desde ese año, Santa premia con juguetes a las ratas buenas y convierte en niños esclavos come carbón a las ratas malas.

Otro día será


—Entonces —me preguntó—, ¿a dónde va el día cuando se acaba? Si es tan grande para iluminar todo el mundo, ¿cómo hace para desaparecer tan rápido?

No —le respondo—. No desaparece, solo cambia de atuendo. De noche se viste con un manto oscuro, pero al amanecer se engalana con la claridad del cielo, del sol o las nubes.

—¿Significa entonces que siempre es el mismo?

—Pues sí y no.

Me quedé con la respuesta a medias, porque no sabía cómo continuar con mi relato. Era verdad. Un día era un recurso para medir el tiempo, y éramos nosotros, los seres vivos, quienes transitábamos por él, movidos por la rotación del planeta. Muchas veces en mi vida me he detenido a reflexionar en esta misma idea. Así que me quedé meditando el final de la respuesta.

Observé, además, que me miraba con incertidumbre, pues no estaba del todo convencido de mi fugaz explicación.

—¿Y por qué…?

«Agárrate, porque esta pregunta tiene pinta de ser más audaz aún», me dije a mí misma.

—¿… por qué, si el día siempre es el mismo, celebramos los días pasados, como el día de nuestro cumpleaños?

Mis argumentos se derrumbaron con semejante razonamiento.

—Verás. El día es como nosotros. Somos los mismos, pero diferentes. Entonces el día en que naciste, o el día en que nací yo, fueron momentos especiales del día, tan especiales, como cuando tú y yo estamos de buen humor.

Y así, eludiendo mi definición nada científica del día, vencido por el cansancio, me ha dicho que le gustaría quedarse despierto para ver cómo cambiaba de atuendo el día. Me dio un beso de buenas noches y cerró sus ojitos para dormir.

—Sí, otro día será —le dije despacio, mientras salía de puntitas de su habitación.

El sarcófago de los reyes II


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«Rosycross-Tetragrammaton», CC0

—¿Qué es ese objeto? —preguntó el Alquimista del mar, intrigado al ver el anj que le mostraba su padre.

—Es la llave de la Aldea de los exiliados, la única pista de su paradero actual —respondió el Alquimista marino.

El Alquimista marino decidió pedir la ayuda de su hijo para llegar a un lugar al que llamaba la Aldea de los exiliados. Le contó mucho sobre su pasado, como el hecho de que pertenecía a una especie de orden secreta conocida como La sagrada orden de la rosa y la cruz. Dijo que era una organización que reaparecía cada vez que la humanidad corría el riesgo de perder su más valioso tesoro, su conocimiento.

A raíz del retraso tecnológico provocado por la Guerra de las lanzas y las lancetas, y la eventual opresión de los Señores de la guerra y los practicantes de vudú que les servían, la orden rosacruz empezó a reclutar y entrenar un ejército de trescientos alquimistas que fueron conocidos como los Caballeros rosacruces. Estos caballeros sacrificaron sus vidas para eliminar la amenaza de los Señores de la guerra y permitir el progreso de la raza humana luego del terrible conflicto.

El Alquimista marino le contó, además, que era el último de los Caballeros rosacruces y que fue formalmente entrenado por los Ancianos de la orden para cumplir, entre otras misiones, la erradicación de toda manifestación de vudú. Por lo que en algún momento de su juventud sintió la presencia de una tribu que vivía en una aldea itinerante en la selva amazónica. La aldea fue construida usando mahou, por lo que cada cierto tiempo se trasladaba automáticamente a otro sitio de la selva para que sus habitantes no pudieran ser encontrados con facilidad.

Pese al sistema de protección de la aldea, las capacidades perceptivas del Alquimista marino y su trabajo de investigación le permitieron infiltrarse en la aldea para buscar la fuente de la sed de sangre que sentía en ese lugar. Para su asombro, dentro de esa pequeña civilización se practicaba el vudú de manera ceremonial, usando como ingredientes los cuerpos y las vidas de los condenados a muerte o de aquellos que se ofrecían voluntariamente para los rituales. El Alquimista marino se presentó ante el rey de la aldea y le manifestó que estaba allí para destruirlos por mandato de La sagrada orden de la rosa y la cruz.

El rey se sorprendió por la sinceridad del joven alquimista y le preguntó por qué no había empezado a cumplir su misión. Para asombro del rey, el alquimista empezó a hacerle muchas preguntas sobre su historia y sus costumbres. Aprendió mucho sobre el funcionamiento del vudú y del mahou durante las horas que pasó charlando a puerta cerrada con el rey. Luego, llegó a la conclusión de que la aldea no representaba peligro alguno y que el vudú que allí se practicaba no lastimaba inocentes. Pese a ello, el Alquimista marino se debía a los caballeros rosacruces, por lo que dejar a los aldeanos con vida sería considerado como alta traición.

Durante otra conversación de varias horas con el rey de la aldea, se ideó el plan de congregar a todos los practicantes de vudú para ordenarles ir de casa en casa para hacer una réplica inerte de cada habitante. Luego, usando el mismo conjuro de mahou con el que originalmente construyeron la aldea, crearon una réplica de esta y colocaron las copias inertes allí. El Alquimista marino utilizó sus técnicas del alquimia para causar daños en la aldea y en los cuerpos replicados. Luego, redactó un informe y se presentó ante los Ancianos de la orden para mostrar la evidencia falseada del cumplimiento de su misión. Este acto pasó desapercibido para los ancianos y le consiguió al Alquimista marino un favor de la realeza que, en palabras del mismo rey, podría reclamar cuando deseara usando la llave que se le otorgó y que ocultó dentro de su piedra filosofal.

***

Luego de que su padre le contara a detalle todo lo que sabía, el Alquimista del mar le preguntó qué favor le pediría a la realeza.

—¡Voy a pedir la restauración de mi cuerpo! ¡Por eso necesito tu ayuda para llegar hasta allí! —gritó efusivamente el Alquimista marino, que no conocía la delicadeza de pedir un favor.

—¿En serio pueden curarte en esa aldea? —inquirió el Alquimista del mar, ocultando el asombro de ver a su padre pidiendo ayuda, y ocultando aún más el conflicto que le provocaba contemplar la idea de poder ayudarlo en una de las mismas misiones que alguna vez lo alejaron de él.

—Sí, cuando conversé aquel día con el rey, me contó todo sobre sus costumbres y ceremonias. Supongo que, en el fondo, creía que iba a morir de todas formas —dijo el Alquimista marino, riendo tras recordar.

Era la primera vez que el Alquimista del mar veía a su padre reír.

—Aún no contestas mi pregunta, muchacho —dijo el Alquimista marino.

—¡Me llamo Thomas! —el Alquimista del mar fingió enfado—. Y sí, iré contigo. Ahora te debo otro entrenamiento, y detesto la idea de deberte algo.

No necesitaba decirlo, pero el Alquimista del mar había entendido, por fin, el lenguaje de rudeza con el que su padre fue educado y entendió que sus actos dirían más que sus palabras; por lo que solo preguntó una cosa.

—¿Para qué me necesitarías? Aun en muletas eres más hábil con la alquimia que yo —protestó el Alquimista del mar.

—He ganado demasiados enemigos a lo largo de la vida. Las Diez plagas también me están buscando —respondió el Alquimista marino—. Digamos que estoy en simple desventaja numérica.

Ambos alquimistas rieron levemente y empezaron a prepararse para el viaje.

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El ratón que no quería ser caballo


Foto de Giuseppe Martini para Unsplash

Yo nunca quise ser un caballo, y menos, enganchado a una carroza. Mi vida como ratón me gustaba. Era peligrosa, pero yo estaba acostumbrado a vivir al límite, siempre con la adrenalina fluyendo. Era divertido.

La maldita hada madrina no me dejó elegir, ni a mí ni a nadie. Mira a los pobres lagartos, convertidos en aburridos lacayos, obligados a atender a la pánfila de Cenicienta…

Que sí, que qué lástima de muchacha, que qué vida tan injusta y todo lo que quieras, pero mírala qué pronto se le olvida la conciencia de clase. La sirvienta explotada y maltratada perdiendo el culo por codearse con la aristocracia, y sin el menor remordimiento por recurrir al mismo elitismo que a ella le amargaba la vida.

Yo nunca quise ser un caballo, y menos, domado. Como ratón, disfrutaba de mi libertad, consciente de que cada día podía ser el último, sin nadie que me controlara.

Nunca quise ser la mascota de una humana; al contrario, la vida era excitante esquivando trampas para alcanzar la recompensa de un pedazo de sabroso queso o de deliciosa tarta.

Sin embargo, aquí estoy, con el corazón tan acelerado como siempre, pero atrapado en este cuerpo enorme incapaz de liberarse del hechizo que lo mantiene sumiso, encadenado a una calabaza convertida en una carroza que no podría ser más cursi.

¡Maldita hada madrina!

A la menor ocasión, le robo la varita.

Ana María


El primer pozo de los deseos del que se tiene un registro data del año 087 de nuestra era. El pozo se ubica en la colina de Tara y está resguardado por duendes y animales.

Lamentablemente, para muchos humanos es imposible siquiera verlo desde lejos. Ni siquiera los drones ni las radiografías logran detectar el pozo, cuando el pozo no quiere ser visto. Afortunadamente, se sabe de dos formas de encontrar el pozo. La primera: un duende debe tomar tu mano y llevarte. La segunda: con una moneda mágica que solo se consigue en el mundo de los sueños.


Hace días, tuve un sueño. Soñé que estaba con Ana María en un parque. Yo leía una revista de Salto al reverso y ella leía Cortázar.


Hacia tiempo que no la veía con sombrero y me tenía fascinado. Ella era la joya de la corona y yo no tenía ningún título nobiliario, pero estaba conmigo.

Fui solo por café, mientras ella me esperaba sentada en la banca. En el camino, tropecé con una rama y caí a un pequeño lago artificial. Los brillantes peces del estanque jugueteaban conmigo, se metían entre mis brazos y piernas y sentí que no querían que saliera. Y me hubiera quedado, pero esperabas un café.

Todo mojado, pedí dos americanos sin azúcar y un cruasán salado. La cuenta de ochenta pesos no pude pagarla, porque no llevaba más dinero que una moneda extraña que no me aceptaron en el quiosco.


Esa mañana, cuando desperté, desperté mojado. En mi mano izquierda no traía nada pero la derecha apretaba la moneda extraña del sueño.


Agua, como conductor universal; moneda, como figura onírica que trasciende realidades.


Agua, sueños, moneda, pozo, moneda, sueños, agua.


Hace poco descubrí que tengo en mi poder una moneda que me permitirá pedir cualquier deseo, en un pozo que está al otro lado del mundo. Irónicamente, no tengo dinero para un boleto a Irlanda ni deseo nada del mundo, porque mi mundo está completo cuando, en la realidad y en los sueños, puedo sentarme en una banca a leer con Ana María.

El sarcófago de los reyes I


«Brown wooden ankh on brown surface», CC0

El Alquimista del mar siguió cargando la piedra de su padre hasta que, luego de casi un año, esta pudo finalizar las reparaciones de emergencia que le permitieron al Alquimista marino sobrevivir en el exterior sin respirador y sin el soporte médico de la piedra filosofal incompleta conocida como La concha marina.

El proceso de cargar la piedra era bastante exigente para el cuerpo del Alquimista del mar, que pudo mantenerse sano gracias a su entrenamiento y a que siempre tenía ánima de reserva acumulada en su piedra filosofal incompleta conocida como La perla negra. Pese a esto, para él fue un gran alivio detener el proceso de carga.

Luego de que La concha marina enviara una instrucción clara al Alquimista de mar, este detuvo el proceso de carga y, horas más tarde, el Alquimista marino volvió al exterior. El Alquimista del mar quedó en shock al ver el estado en el que se encontraba su padre. Pero, inmediatamente, se preocupó al comprender lo realmente importante.

—¿Quién te hizo esto, viejo? —preguntó su hijo, sin preocuparse por el protocolo.

El Alquimista marino, ciego de un ojo, en silla de ruedas, con quemaduras internas y una cicatriz que indicaba la pérdida de su pulmón derecho, respondió sin titubear.

—Una practicante de vudú conocida como Jorōgumo. Me paralizó con una técnica y me apuñaló con cuatro cuchillas que no alcancé a ver. Eran invisibles de alguna manera.

—¿Invisibles? ¿Pero no las pudiste sentir? —preguntó con asombro el Alquimista del mar.

—No, solo pude sentir la sed de sangre impregnada en algo que no podía verse. Pero estas son heridas de katana, estoy seguro —respondió el Alquimista marino.

Al Alquimista del mar le costaba creer que existiera un practicante de vudú lo suficientemente hábil como para dejar a su padre en ese estado. Se había topado con algunos a lo largo de su vida, pero nunca sintió que representaran un riesgo tan grande.

—¿Cómo era ella? —preguntó intrigado.

—Ya habíamos peleado antes, la derroté y la mutilé con una de mis técnicas de espada hace algunos años. Pero volvió con una extraña apariencia. Tenía un brazo de araña en lugar del que le corté y un parche con una piedra negra.

—¿Algo así como una piedra filosofal que amplifica la sed de sangre?

—Su funcionamiento no se parece en lo absoluto, intenté robarle una de esas piedras negras en nuestra primera pelea pero logró escapar con ella. Cuando volvió, ya tenía cinco en su poder. Una en su ojo y dos en cada costado. Pero, en esencia, es como dices, de alguna manera su sed de sangre aumenta mucho por cada una de ellas.

Ambos alquimistas callaron por un instante. Pero el Alquimista marino rompió el hielo diciéndole a su hijo que si deseaba ver todo con detalle, podría acceder a las grabaciones de vigilancia de La concha marina. El Alquimista del mar prefirió tomarle la palabra antes que continuar con aquel silencio incómodo. Luego de ver las grabaciones de las peleas de su padre contra Jorōgumo, entendió por qué terminó en esas condiciones y tuvo miedo de que alguien tan peligroso como ella estuviera suelta.

***

Cada noche, el Alquimista del mar realizaba sesiones de curación utilizando la energía que estaba estudiando y que almacenaba en su piedra filosofal.

—¿Qué es ese Splendor solis que usas? —preguntó el Alquimista marino.

—Es la energía más pura que puede tomarse del sol, el Ignis-Aqua del que hablan las leyendas. Es la energía solar que puede acumularse en agua de mar previamente infundida con ánima, para luego ser acumulada dentro de La perla negra.

—Brillante, has hecho una buena investigación, muchacho —dijo el Alquimista marino, sin percatarse de que era el primer cumplido que le daba a su hijo.

—¡Me llamo Thomas! —gritó el Alquimista del mar, fingiendo enfado para esconder la conflictiva alegría que despertó la primera señal de aprobación paterna que recibía en su vida.

***

El Alquimista marino conocía técnicas de sanación por medio de la canalización de ánima mundi a través de su cuerpo. Pero, debido al difícil manejo de dicha energía, la sanación de su cuerpo tomó mucho tiempo.

Pasó un año en silla de ruedas, tiempo que aprovechó para entrenar a su hijo para una posible pelea contra algún practicante de vudú que usara esas extrañas piedras negras. Entre dichas enseñanzas estaba una mejor percepción de la sed de sangre, información sobre el funcionamiento del vudú y datos valiosos que le permitieron mejorar la Perla negra.

Además, recibió un entrenamiento especial con el que el Alquimista marino le enseñó a incorporar el Splendor Solis en su estilo de combate por medio de dividir La perla negra en cuatro tatuajes, uno para cada mano y pie. Los tatuajes podían formar runas que cambiaban a voluntad y permitieron al Alquimista del mar perfeccionar su estilo de pelea para infundir hielo y fuego en sus puños y patadas.

Las runas en sus pies también le permitían canalizar su aura y el Splendor solis en sus piernas para moverse a grandes velocidades y saltar en el aire como si fuera capaz de patearlo para darse impulso adicional.

***

Luego de aquel año de entrenamiento, el Alquimista marino completó su proceso de reparación corporal y quedó en el mejor estado físico que le permitió su técnica de sanación. Fue capaz de ponerse de pie con ayuda de muletas, aún sentía dolor por las heridas internas y no logró reparar su ojo. Pese a ello, aún podía manejar la alquimia para potenciar su cuerpo y se concentró en incorporar más técnicas de emanación de energía al que sería su nuevo estilo de combate adaptado a sus limitaciones.

Incluso con sus secuelas, el Alquimista marino seguía siendo más hábil y experimentado que su hijo, por lo que siguió entrenando las habilidades de lucha del Alquimista del mar mientras usaba esos combates como rehabilitación para su cuerpo y manejo del aura. Le tomó otro año al Alquimista Marino recuperar suficiente salud como para dejar las muletas.

Cuando alcanzó una condición física aceptable, decidió que era tiempo de emprender su siguiente viaje. El Alquimista marino sacó un extraño objeto que estaba dentro de su piedra filosofal y le empezó a contar a su hijo la historia de un lugar conocido como La aldea de los exiliados.

Día de Muertos


El cielo lucía un gris amenazador, inconcebible para esa época del año. Parecía que en cualquier momento la lluvia azotaría con fuerza el pueblo. Un hombre alto circundaba las aceras invadidas por flores de cempasúchil, canastos colmados de pan de muerto recién horneado; vistosas calaveras de azúcar y papel picado multicolor. El individuo iba registrando en su celular cada cosa que veía. Era una fiesta en las calles y en el interior de las casas: el Día de Muertos. Se detuvo a observar a detalle, atraído por el olor a copal, un altar donde se había colocado una ofrenda. Un tanto desconfiado se deshizo de la mochila que llevaba en la espalda. Miró una fotografía o, mejor dicho, un retrato muy antiguo: era una mujer robusta sentada en una silla con respaldo alto. Sus manos descansaban sobre su regazo. Tenía el rostro serio y sus ojos parecían perderse en un punto indefinido. El retrato era en blanco y negro; por la luz y la distancia no pudo distinguir si era una foto o un retrato hecho a mano. El olor a copal se mezclaba con el humo de la combustión de las veladoras de parafina. Continuó mirando, ahora su atención estaba puesta en una pieza de pan de muerto: coloreada con azúcar rosa y con una redondez irregular que indicaba que no era hecho con molde. Se acercó una mujer de piel morena, que, aunque era de estatura promedio, lucía diminuta al lado del curioso.

—Noches, güero —dijo con desfachatez y amable familiaridad.

El hombre volteó sobresaltado.

—Noches…, buenas…, ¡buenas noches! —dijo corrigiéndose al vuelo y en un español con marcado acento extranjero. La mujer sonrió mostrando una dentadura torcida y amarillenta.

—¿Qué se te ofrece, güero?

I just…, mirando. ¿Por qué hay mucho comida aquí? —dijo señalando las cazuelas.

—Es una ofrenda para la difuntita —contestó la mujer señalando el retrato.

—¿Por qué?

—Cada año, en el mes de noviembre, los muertitos regresan por un rato a este mundo.

—¡Eso no es posible! Bullshit!

—Bueno, güero, es la tradición mexicana, pero sí regresan en este día.

Levantó su mochila y se la puso en la espalda para seguir su marcha. Ni siquiera dijo una última palabra a la mujer. Se fue pensando en que por esas patrañas ese y otros países vivían en el atraso. Siguió mirando, casi todo se repetía: comida, velas, papel picado en la decoración, fotografías de hombres, mujeres, niños y hasta familias enteras. Regresaría al lugar en donde se hospedaba. Era en una casona de techos altos que había alquilado por medio de una aplicación que descargó a su celular. El pueblo era pintoresco y tradicionalista. No le había parecido la gran cosa, pero, aun así, el lugar tenía su encanto. Lo que sí detestaba era tener que subir y bajar por las callejuelas estrechas. No estaba acostumbrado a caminar sobre empedrado y le faltaba el aire al subir las pendientes. Escuchó un taconeo rítmico y constante al llegar a una pequeña curva. Esperó encontrarse de frente con alguna persona a medida que iba avanzando, pero al cubrir casi todo el trayecto, el taconeo cesó y en la empinada subida de la calle no había nadie. Se encogió de hombros y continuó el ascenso resollando.

Mientras esperaba a que le abrieran la puerta, después de hacer sonar una campana jalando un cordón, un niño bajó corriendo por el otro extremo de la calle. Hizo un recorrido en diagonal para llegar hasta donde él esperaba. Se detuvo, y sin decir nada, tomó la mano del extranjero y puso en la palma una canica. De inmediato echó a correr calle abajo. Lo siguió con la mirada hasta que la curvatura de la calle le impidió seguir mirando. «What the hell?», se dijo cuando reparó en que el chiquillo en su loca carrera no emitía sonido alguno al chocar las plantas de sus pies con las piedras de la calle. La puerta se abrió de golpe e hizo que el extranjero pegara un brinco.

Entró al cuarto y aventó la mochila sobre la cama. Todavía tenía la canica en su mano, la miró y la arrojó al cesto de basura. Abrió una de las ventanas y de inmediato llegó el aroma de copal y mejor la cerró. Se duchó antes de ir a la cama y mientras secaba sus pies, de soslayo, vio una sombra deslizándose en la pared opuesta a la ventana. Volteó a ver y se asustó con su propio reflejo en el cristal.

No pudo conciliar el sueño tan rápido como hubiese querido. A la distancia se escuchaba música de mariachis en ratos, y en otros, la tambora de la banda regional. Su sueño fue inquieto y con sobresaltos. Soñó con la señora robusta del retrato: ella dejaba de mirar el infinito y dirigía su mirada al extranjero de manera abrupta. Se despertó y creyó escuchar el rebote de la canica contra el piso como si alguien la dejase caer una y otra vez. Se levantó, encendió la luz solo para ver como la esfera de vidrio chocaba contra una de las patas de la cama. Se le erizaron los vellos de la nunca, pero su convicción escéptica de inmediato buscó una explicación lógica. Él mismo hubo pateado la canica que creyó haber depositado en el cesto. Abrió la ventana, la arrojó a la calle escuchando como rebotaba contra el empedrado hasta que el niño que se la había dado horas antes pasó corriendo otra vez y se detuvo a recogerla, la tomó entre su pulgar y su índice y volteó a mirar a la ventana; sus miradas se cruzaron. Esta vez se le erizaron todos los vellos del cuerpo.

Hubiera aceptado la marihuana que le ofrecieron días antes en una de las cantinas que visitó para beber una cerveza. En momentos como este le ayudaría a entender lo que estaba pasando.

Intentó dormir. Solo dio vueltas en la cama y cuando creía que el sueño le vencía, escuchó risas de niños como si estuviesen jugando en el patio exterior. Pasó por su cabeza la idea de levantarse a reclamar por el alboroto que no lo dejaba dormir, pero se lo pensó dos veces, eran días de fiesta nacional y no estaría bien hacerlo. Daría una calificación baja y una reseña negativa en la app por todas aquellas molestias.

Recordó que tenía guardadas un par de botellas de mezcal artesanal que le vendieron en la plaza principal y que llevaría a su país como suvenir. Tomaría un trago para relajarse. Abrió el cajón, ahí estaban las botellas en reposo impaciente.

—Mezcal… Whatever! —dijo sin seguir leyendo la etiqueta. Bebió un trago y aunque la bebida se arrastró ardiente por su garganta, tomo otro y otro y otro hasta vaciar el contenido. Consideró abrir la otra botella cuando un ataque de náuseas mandó un tsunami de saliva a su boca. Dio la primera arqueada antes de llegar al pequeño bote de basura para vomitar. Se arrepintió de beber sin control. Se levantó a enjuagarse no sin antes volver a percibir de soslayo, una sombra que atravesaba la pared de un extremo a otro. Recordó que hacía un rato le había pasado lo mismo, pero en aquellos instantes aún no estaba borracho. Se puso de mal humor. Salió de la habitación dispuesto a reclamar a su anfitrión por los ruidos que no lo dejaban dormir. Se asomó por el barandal y le pilló una oscuridad anormal; no había nadie en el patio. Prevalecía una quietud que casi le hizo cambiar de parecer. Sin embargo, continuó por el pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación del dueño del lugar. Tocó tres veces a la puerta con los nudillos, no recibió respuesta. Cuando iba a hacerlo con el puño entero, escuchó el rechinido de las bisagras; se encontró con la cara somnolienta del hombre que le alquiló la habitación.

—¡Carajo! ¡Apesta a alcohol! Se ha puesto una buena, güero.

—¡Niños no me dejan dormir!

—¿Niños? No, ya es tarde, ya no piden calavera a esta hora.

—En el patio escucho niños jugando.

—Ya córtele, güero, aquí no hay niños desde hace mucho. Se le pasaron las cucharadas. Mire, no hay nada para preparar comida, pero ahorita todavía está doña Flor. Échese un buen plato de menudo y con eso se le corta la borrachera. No tome tanto mezcal, es una bebida de respeto.

What?

—Váyase todo derecho, a tres cuadras, pasando la panadería de don Tomás, va a ver un puesto. Ahí mero está doña Flor. Pídale un plato de menudo, ya verá qué bueno está.

—…

No supo que decir ante la pasividad y tremenda tranquilidad del anfitrión. Le dio la espalda y regresó al cuarto. Seguiría el consejo e iría a comer algo. Se vistió y tomó un poco de dinero. Miró la segunda botella de mezcal y en ese momento supo que en su vida volvería a tomar un sorbo. Tan solo de pensarlo sentía asco.

Siguió las indicaciones y llegó al lugar de doña Flor. A pesar del horario, estaban algunos comensales sentados a la mesa.

—Pásale, güero. Siéntate. ¿Qué te voy a servir? —dijo con animada y hospitalaria voz doña Flor.

—Plato de menudo. ¿Es bueno?

—¡El mejor! Ya verás, güerito. Te lo voy a servir con todo para que cuando regreses a tu país, te acuerdes de que comiste el mejor menudo y le cuentes a tus nietos. ¡Ja, ja, ja! ¿Tienes familia? ¿Hijos?

—¡Oh, no! Mucho después.

—Ta bien, güero. Ahí’sta. Aquí hay cebollita, limón, chilito de árbol. Lo que quieras.

—¡No picante! ¡No!

El extranjero miró a un lado y a otro. Se daba cuenta de que la gente de ese país era muy cercana entre sí: no les importaba que un extraño comiera y compartiera en la misma mesa, de buena gana reconoció ese peculiar comportamiento.

Olía bien el caldo rojo, esperaba que tuviera el mismo gusto. Dio el primer sorbo y el infierno estalló en su boca, hizo cascada en la laringe antes de que siquiera llegara a su estómago. Sintió que acababa de tragar fuego vivo. La primera señal de que se asfixiaba, fue el súbito enrojecimiento de su pálido rostro. El aire no llegaba a sus pulmones y en cambio sentía que ardía en llamas por dentro. Gordas gotas de sudor le resbalaron por las patillas. Quiso ponerse de pie, se llevó ambas manos a la garganta. Otro desvelado sentado a su lado se dio cuenta de que se estaba ahogando. Con rapidez de la aplicó la maniobra que se utiliza en esos casos: le dio una fuerte palmada en la espalda que le alivió de inmediato la respiración.

—¡Toma, güero! —Doña Flor le ofreció un limón con sal. Lo recibió cuando pudo jalar aire de nuevo. Se lo llevó a la boca y exprimió el jugo. Sintió un alivio momentáneo, pero el ardor en labios y lengua no cedía. Pidió otro limón y repitió el procedimiento. Caminaba de un lado a otro jalando pequeñas porciones de aire. Mientras hacía eso, advirtió que los demás comensales, doña Flor y su ayudante sonreían divertidos y volvían a lo suyo. La ayudante, incluso, tuvo la desfachatez de captar el momento en una fotografía hecha con su móvil.

—¡Muchacha! ¡Guarda eso! ¡No seas canija! —regañaba doña Flor.

En la foto, el extranjero se veía casi enfurecido, con los puños apretados como un niño que está a punto de hacer una rabieta.

Se fue del lugar cuando todavía no terminaban de burlarse de él. Enfiló hacia su alojamiento y en el camino pensaba en cómo esa gente era capaz de comer tanto picante y encima de eso, caliente.  No volvería a ese país de barbarians.

El próximo año viajaría a Europa a maravillarse con la aburrida arquitectura de alguna ciudad. Allá no existía la comida picante.

En definitiva, no fue una grandiosa idea venir a este país. Renegaba por el camino de regreso al cuarto de alquiler; de pronto, un sujeto le salió al paso en uno de los tantos claroscuros de la calle.

—¡Ya’stas, cabrón! ¡Párale a’i!

El extranjero se detuvo por instinto, mas no porque hubiese entendido lo que le indicó la voz.

—Vele aflojando, ¡Ándale!

Sin saber qué hacer, solo hasta el momento en que se dio cuenta de que en la mano de quien lo increpaba brillaba la hoja de un cuchillo de gran tamaño, levantó las manos mientras miraba a lo largo de la calle por si hubiese alguien que le prestara ayuda.

—¡El billete, pinche güero!

Al escuchar la palabra «billete», metió la mano al bolsillo derecho y extrajo algunas monedas y un billete de baja denominación. Pensó en el resto que dejó en el cuarto.  

El asaltante lo miró incrédulo: todos los extranjeros actuaban de la misma manera, creyendo que con unos cuántos pesos todo estaba arreglado. Tomó al forastero por la playera y le puso la punta del cuchillo en la garganta.

—¡Todo el dinero, pendejo! ¿Qué te estás creyendo?

—No más… Es todo —contestó con el rostro más pálido de lo normal. Olió un tufo de alcohol mezclado con algo más: el ladrón le resoplaba en plena cara.

Pu’s ya te cargó…

Sintió una punzada a la altura del abdomen, luego otras tantas y todo se le oscureció más de lo que ya estaba esa noche de noviembre.

Despertó encontrándose de pie en una de las callejuelas del pueblo, no recordaba por qué estaba ahí. Miró en derredor y vio la algarabía propia del Día de Muertos. Se acercó a una de las ofrendas y vio un retrato de una mujer robusta sentada en una silla de respaldo alto. Volteó hacia otro lado y pudo ver una pequeña bandera con estrellas y barras, miró con detenimiento: había una fotografía de un hombre de piel muy blanca con los puños cerrados como un niño haciendo una rabieta. Se reconoció en aquella imagen y comprendió lo que había pasado cuando se dio cuenta de que, en la ofrenda, junto con su foto estaba un plato de menudo, una bandera de su país y una botella de mezcal. Atrás de él, una mujer de baja estatura, piel morena y dentadura amarillenta le dijo:

—Bienvenido, güero. ¿Ya ves que sí regresan?