Encuentros


Era una noche dulce y calmada de otoño en la que, a pesar de ser miércoles, la niebla envolvía la ciudad otorgándole una sensación de estar en un domingo cualquiera; un domingo vacío e invisible.

Estaba dando un paseo.

Me acerqué a un parque lleno de manzanas rojas y nevado por deseos pendientes de cumplir en forma de dientes de león. Percibí entonces un olor dulce a blues en una esquina iluminada por un cartel en el que pude leer el número trece escrito junto a peces dibujados en charcos de agua de chocolate. A su derecha, un hombre ataviado con un pantalón rojo tocaba el saxofón a un ritmo camaleónico con el que me hipnotizó.

Pasé horas y horas allí, en aquella esquina inundada de niebla, sintiendio cada ritmo que aquel excéntrico individuo hilvanaba a la perfección. Mis obligaciones me agarraron de la camisa como ademán de tenernos que ir, mas yo como niño quise quedarme.

Desde entonces, me hallo estático en esta vida pura y silenciosa mientras que, mi otra parte, huyó a la realidad.

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El árbol y su desierto


Érase una vez un árbol cansado en un paisaje nostálgico y soleado.

Un árbol con experiencias bélicas palpables en la corteza que tuvo y en la que aún lo acompaña.

El éxodo a ciudades no solo afectó a pueblos habitados por personas, sino también a su pequeño valle en aquel alto, centenario, rocoso y aparentemente estático escenario.

Mientras mataba las horas conversando con los pocos hierbajos cascarrabias que aún permanecían allí, arraigados a sus costumbres campesinas, recordaba con añoro y nostalgia su pasado exuberante.

Anhelaba la vida en la que se movía antes de que ésta muriese. Suspiraba cada vez que cerraba los ojos. “¿Por qué mi savia no me deja irme?, ¿por qué soy el único que sigue en pie?”, imploraba al cielo, para luego mirar compungido a la tierra.

Recuerda cómo llegó hasta ese vetusto valle. Fue después de una oscura y desoladora guerra donde él peleó con sus ramas agresivas y, antaño, caóticamente mortales. Una batalla en la que el ostracismo venció a la libertad de expresión pues a partir de ese momento los humanos gobernarían la tierra mientras ellos, junto al resto de la naturaleza y de los animales, cabizbajos, lucharían por existir.

Aquello no lo echaba de menos, mas no se rindió y luchó por ser feliz de nuevo. Por eso caminó y caminó hasta que conoció a ese hogareño y apacible valle, en donde encontró al amor de su vida, una pequeña flor llamada margarita. Ella le enseñó a sentir el mundo y a verlo con los ojos cerrados, le mostró que, a pesar del destierro sufrido, uno puede ser feliz si quiere serlo.  Aún recuerda la primera vez que su savia se tornó dulce e hizo brotar hojas de miles de colores y olores provocadas por los momentos compartidos con su amada margarita. Efímeros destellos que se marcharon junto con cada latido final de su querida.

Echaba de menos su vida, una vida que huyó en el instante en que la soledad llamó a su puerta para así convertirse en estatua impasible ante el tiempo y sus esperanzas.

Decepcionado ante su propia postura, desafió al sol sabiendo que iba a perder. Le miró fijamente, dio las gracias, esposó una sonrisa sincera a su tronco y su cuerpo se disipó, convirtiéndose en polvo para así nunca más sentirse solo.

Psicodelia


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Ahí estaba sentada esperando el metro y las baldosas que me miraban desde su geometría eterna e inconclusa. Casi podía ver su movimiento mientras mis ojos, guiados por una imaginaria canica, recorrían las líneas negras de ese laberinto, de dentro afuera, de fuera a dentro.

El arma perfecta


El Arma perfecta

Ya era el mes de agosto del 2005 de la era cristiana. Tenían todo listo en la Ciudad de Solaris. Habían trasladado todos los implementos desde el norte, donde se realizan todos los desarrollos de tecnologías hacia el centro. ¿La razón? En Solaris existe un volcán inactivo que según estudios puede reactivarse en cualquier momento y, como la ciudad es bastante poblada, decidieron aprovechar su energía y mantenerlo controlado siempre.

Balzak Dragonheart, general de las fuerzas Reasoning, y su equipo levantaron toda la infraestructura para disparar El arma: laboratorio, cuartel de máquinas y potencia, centro de control y comandos, etcétera; todo esto cerca de las faldas del volcán.

El arma perfecta estaba completamente ensamblada y lista para ser disparada a la Tierra. Angeline Maxwell y su equipo habían decidido el blanco de prueba: latitud: 30 grados norte, longitud: 180 grados, en el Pacífico Norte, donde era seguro dispararla sin ocasionar daños.

El arma está lista —indicó Balzak.

—Ataduras de emergencia, listas —indiqué yo, vía radio desde la zona de lanzamiento.

Jacob, ¿cómo va todo allá abajo? —preguntó Angeline.

—Todo está listo desde ayer, Angie, sin novedades. ¡Ya quiero ver esta cosa en acción! Quiero saber de qué es capaz —respondió Jacob con toda la confianza… una confianza que jamás se le había conocido.

—¡Compórtese, comandante! Cambio y fuera —respondió Angeline, al parecer disgustada por ser llamada por su nombre de pila o algo así, supongo, no le pregunté, obviamente no era el momento.

La orden de disparar estaba a punto de ser dada, había un ambiente de tensión. Podía suponer lo que sucedía allá arriba… y allá abajo, era extraño ver a Angeline tan nerviosa y a Jacob tan confiado estos últimos días, simplemente no era algo de ellos. A Balzak, si quieren saber, le daba igual, pues otra misión más grande que esta le aguardaba de nuevo en Silicon Valley, pero esa es otra historia.

—¡Atención! Protocolo de lanzamiento iniciado, se disparará el arma en treinta segundos —advirtió Angeline mientras las luces de todo el lugar se cambiaban a azul.

—Treinta segundos para el lanzamiento —indicó una voz en off.

Angeline se acercó a su esposo, Balzak, y le dijo en voz baja:

—Cariño, ¿estás seguro de esto? Tenemos menos de treinta segundos para abortar, no sabemos realmente lo que esto pueda desencadenar…

—Descuida, todo está cautelosamente medido. Además, tenemos que hacerlo. No sé cómo me vaya esta vez en Silicon Valley, cada vez se pone más difícil y cada vez se consumen más recursos; necesitarás de apoyo y las mejores armas aquí. No sabemos lo que se avecina, aunque al parecer Jacob tiene una ligera idea y, bueno, todo lo que podamos hacer en pro de nuestro mundo, como extraer esta energía extra de Solaris, nos beneficiará.

—Veinte segundos.

—Aún así creo que esta arma es demasiado… ¿podremos controlar todo este poder? Es decir, todo está estudiado, pero es la primera vez que se hace una prueba real… y al mundo exterior… ¡a la Tierra! No lo sé… —suspiró Angeline.

—Diez.

—Pues prefiero… —contestó Balzak mientras el conteo finalizaba.

—Nueve.

—Experimentar de esta forma…

—Ocho.

—Que dejar que nos hagan daño a nosotros.

—Siete.

—Si Jacob nos da información fidedigna…

—Seis.

—Lo cual comprobaré en Silicon valley…

—Cinco.

—Vale la pena tener las mejores armas…

—Cuatro.

—A nuestro favor…

—Tres.

—Y dispararlas cuando sea necesario.

—Dos.

Angeline miró con una expresión de nostalgia las pantallas, como si mirara todos los recuerdos en su mente y buscara una motivación para hacer lo que estaba haciendo.

—Uno.

Desde afuera se veía resplandecer el flujo de energía desde el interior del volcán hacia el cañón que dispararía el arma justo ahora.

—Cero… Ignición.

—…

Un silencio inundó la sala de comandos. Mientras, afuera el estruendo de El arma saliendo del cañón hacía honores al poder que viajaría desde Blacks Gaea hacia la Tierra.

Los cielos de la Tierra se abrieron, pero inesperadamente uno de los monitores dio la alerta:

—General, ¡El arma presenta una desviación de la trayectoria! Impacto en dos minutos y veinticinco segundos: Latitud: 30 grados norte. Longitud: 90 grados oeste.

—¡¿Qué?! —Se sobresaltó Balzak—. ¡Lancen las ataduras!

—Enseguida, general —respondió el monitor de inmediato.

El plan de contingencia estaba siendo llevado a cabo, si bien las ataduras para El arma no le devolverían la trayectoria, al menos la contendrían. Las luces rojas se encendieron en todo el lugar, teníamos una situación de alarma y entre todos buscábamos el error, ¿qué fue lo que desvió la trayectoria de El arma?, ¿alguna variable no tomada en cuenta entre los cálculos? ¿Sabotaje? ¿Sobrecarga o fallo en alguna parte del sistema?
Mientras se hacía todo ese análisis, se pudo observar un error demasiado exacto, como si alguien lo hubiera manipulado: la longitud cambió de 180 a 90 grados, lo cual sonaría a un error de sistemas pero otro análisis confirmó que la trayectoria estaba siendo resultante de la intervención de fuerzas externas, lo cual era extraño, pues se previó la intervención de las fuerzas gravitacionales del Sol, la Luna y la misma Tierra, el campo magnético de la Tierra, su rotación, e incluso una variable añadida por Jacob: las fuerzas desconocidas de El triángulo dorado.

—Vaya vaya… ¡Miren qué tenemos aquí! —dijo Jacob entrando a la sala de comandos.

—¿Qué haces aquí? ¡No se supone que debes estar pendiente allá abajo! ¿Acaso tú provocaste esto? —exclamó Angeline poniéndose detrás de su esposo, el general a cargo.

Todos por un momento pensaron que Jacob había saboteado todo.

—Abajo todo está bien, todos los sistemas están bien, de hecho. El arma perfecta es —pronunció Jacob la palabra «es» con un acento muy enfático— ¡perfecta! Y al contrario de lo que creen, en mi reporte indiqué todas la variables a considerar, y a lo sumo ustedes tomaron en cuenta solo la de El triángulo dorado.

—¡Pero son variables muy complicadas para fuerzas insignificantes en esta trayectoria! —exclamó Balzak—. Si hubiese una interferencia serían de unos cuantos minutos o a lo mucho dos grados en las coordenadas de destino. ¡Lo teníamos cubierto!

—¿Y olvidan de qué está hecha El arma en cuestión? ¿Cuál es su propósito? ¡Necios! No hacen caso a la voz de la experiencia —reiteró Jacob.

—Si sabías que esto iba a ocurrir, ¿por qué no lo mencionaste?, ¡¿por qué te quedaste tan tranquilo?! —cuestionó Balzak.

—Porque me da igual, para mí no hay error, porque de todas formas va a haber justicia y ¿no es eso lo que quieren hacer con El arma? ¿Hacer justicia? —inquirió Jacob, mirando los monitores con una sonrisa y viendo cómo las ataduras trataban de contener el poder de El arma.

—¡Maldición! Pero integrar esas variables al cálculo sería imposible, ¿sabes cuántos supercomputadores se necesitarían para hacer una matriz de ecuaciones 42x42x42x21 y que simulen la trayectoria? —preguntó Balzak—. Y para unas fuerzas que pueden ser consideradas cero, ¡no es aceptable!

—Ya te lo dije —reiteró Jacob—, considerando las propiedades de El arma, todo es diferente, hará «limpieza» a su paso… ¡y miren! Todo está saliendo bien, El arma está cumpliendo su propósito sin errores. ¡Ja, ja, ja!

—General —interrumpió el monitor—, El arma se está estabilizando gracias a las ataduras, pero se están generando fuerzas desconocidas en la coordenada: latitud: 25 grados norte, longitud: 70 grados oeste.

—¡El triángulo dorado! —exclamó Balzak mirando el mapa en la pantalla satelital—. El arma fue desviada por El triángulo… ¿cómo saber que se iba a activar justo cuando nosotros dispararíamos El arma?

—¡Tenemos que detener esto! —dijo Angeline—. Iré a recobrar El arma, quizás su conciencia provocó las fuerzas de El triángulo y ahora están interactuando.

—¡No! Esa idea tuya es muy arriesgada —la detuvo Balzak—. No soportarías las fuerzas dimensionales en la trayectoria, además, lo que ocurra en la Tierra con sus propios fenómenos no es responsabilidad nuestra.

—¿Y el daño de nuestra arma no es nuestra responsabilidad? —le respondió Angeline.

—¿Y el daño de las armas de la Tierra en nuestro mundo? ¿Quién se preocupó por nosotros en su momento? —interrumpió Jacob.

—¿Tienen otro plan de contingencia? ¿Dejarán que sea absorbida por El triángulo? Iré por El arma —concluyó Angeline.

—Está bien… —dijo Balzak con mucho pesar—. Espero que tu entrenamiento te permita soportar toda esa presión.

—Ya dejen la culpa y contemplen: ¡El arma perfecta! —exclamó Jacob mirando las pantallas principales.

El arma estaba ahora en la posición. Latitud: 30 grados norte, longitud: 90 grados oeste, y las ataduras estaban tratando de contenerla. Justo detrás de ella, en El triángulo dorado, las corrientes de aire empezaron a aglutinarse en un solo ojo, era posible que algo grande estuviese por ocurrir.

Angeline llegó rápidamente a la base de lanzamiento donde yo estaba.

—Preparen un siguiente disparo, estoy lista —dijo Angeline via radio a todos los canales.

Podría haber ido yo, su fiel servidor, pero no sabemos qué me ocurriría en semejante sumatoria de fuerzas, podría haber ido Balzak, pero sus atributos dimensionales simplemente no soportarían la trayectoria. Así que la única apta para la misión era Angeline. Creímos que no tendríamos que recurrir a ello, pero al parecer Angeline ya estaba lista desde mucho antes para una misión de emergencia como esta.

—Blacks, ¿estarán bien sin mí? —me preguntó Angeline, subiendo al cañón.

—Lo harás de nuevo, ¿cierto? —le respondí.

—Quemar mis alas hasta volverlas cenizas… es lo mío, soy una Guerrera Legendaria —me supo decir.

Los siguientes treinta segundos fueron incluso más largos que el lanzamiento anterior. Todos sabíamos que nuestra general de defensa podría contener el arma y parar todo, pues sus primeros experimentos con el prototipo de El arma perfecta habían salido con los mejores resultados, de lo que no estábamos seguros era de si podría soportar el viaje dimensional de ida y vuelta.

El lanzamiento fue todo un éxito, tal como el primer. Nuestra general llegó al punto, pero no podía contener a El arma, pues aún no habíamos descubierto el fenómeno del «Impacto fantasma» y pues… eso fue exactamente lo que le ocurrió, las oscilaciones en su existencia le dificultaban tomar El arma y traerla de regreso. En cambio, El arma perfecta resulta ser «perfecta», porque contiene información comprimida y compilada con éxito en los limitados datos existenciales que contienen la vida en la Tierra. En cambio, nuestra general Angeline Maxwell, es de dimensión superior y tiene que luchar contra los estragos de sostener su existencia en las limitadas dimensiones del mundo en cuestión.

Siete días después del desastre y el caos, Angeline volvió, trajo de regreso El arma, desgastó todas sus energías empujándola hasta traerla.
Con un ala y varias costillas rotas y algunas hemorragias internas siendo tratadas, Angeline permaneció 42 días en cama, aún así, ella piensa que su sufrimiento fue poco en comparación con las 1836 vidas perdidas y, de no haber intervenido, el daño sería aún mayor.

Y así, El arma perfecta fue probada, y habrá que ajustar las ataduras para que no pierda el control, y también estudiar las características de su conciencia sobre otras fuerzas no estudiadas en dicho ajuste.

Y luego de que este proyecto no tuviera nombre por tanto tiempo, se le bautizó como los científicos de la Tierra lo hicieron con la catástrofe asociada a los efectos de El arma perfecta: Katrina.

Escrito e ilustrado por:
Blacksmith Dragonheart

Era la noche oscura


Era la noche oscura. Tan oscura que la luna y las estrellas parecían haber desaparecido del firmamento. El calor sofocaba el cuerpo y el alma. Las gotas bajaban confusas. ¿Eran de sudor o lágrimas? La ropa molestaba, la piel más. Los mosquitos se aprovechaban de su cuerpo semidesnudo. Entre los ruidos —plantas eléctricas, grillos, coquíes—, se escucharon unos pasos. Una mano tibia se posó en la espalda de Edgardo. Él se sobresaltó. No esperaba a nadie a estas horas. Un dedo sobre sus labios calló sus palabras. Su corazón comenzó a latir aceleradamente. Sintió la presencia acercarse a su oído pasando su lengua por la oreja. El viento se desencadenó y pensó por un momento que se elevaba. Todo comenzó a estremecerse. El suelo, la hamaca y hasta la columna donde estaba amarrada.

Entonces escuchó una voz que le dijo:

—¡Bú!

Y su corazón se detuvo.

Imagen: https://pixabay.com/en/fantasy-fog-creepy-mystical-mood-2847724/

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Dos veces uno


De repente todo le pareció tan familiar: el dolor en los hombros, el ardor en las muñecas, el olor a orín y polvo. Quiso hablar, pero la cinta americana le impedía hacerlo. Tenía cubiertos los ojos y sentía la textura de una tela burda y tiesa en sus dedos. Tampoco podía mover las piernas, estaba atada de los pies. Todo le resultaba en un recuerdo; no como un dèjá vu que ofrece el beneficio de la duda, sino como algo ya vivido, algo que había estado oculto en su memoria y regresaba en ese momento. Quiso abrir la boca de manera que la cinta se despegara, pero fue en vano; tenía varias capas que se lo impidieron. Intentaba jalar más aire, sentía una de sus fosas nasales tapada. El terror le acometió cuando escuchó una voz. Esa voz que odiaba porque tenía el control sobre ella y no por mandato, sino por intimidación.

     —¡Tranquila, hija de la chingada…! Enderézate, ándale, así —dijo la voz al tiempo que la sujetaba por los hombros doloridos y le quitaba los mechones de cabello de la cara. Ella tenía pánico de volver a sentir sus manos como la vez anterior por lo que dobló su tronco lo más que pudo, intentando protegerse.

     Todo había vuelto casi a la normalidad después de esos infernales veintisiete días. Volvió a salir con sus amigas, regresó a su trabajo en la oficina, no pudo seguir con su novio por el rechazo de él después de que ella le contara los pormenores de su ausencia. Ese terrible recuerdo se iba diluyendo a pesar de todo. Nadie le preguntaba nada y eso le ayudaba mucho.

     —¡Que te endereces, carajo! ¡¿Qué no entiendes?! —rugió la voz mientras le levantaba la cabeza tirando de los cabellos.

     Iba con Yuse, su mejor amiga, al nuevo centro comercial, solo a recorrer las tiendas de ropa y tal vez a arreglarse el pelo en la estética de Valentino.

    —¿Y si comemos algo antes de ir con Valentino, Fer? —dijo Yuse.

    —No sé. Ya es un poco tarde, pero dicen que no es bueno que te corten el pelo después de comer —replicó ella, abriendo los ojos en gesto de cómico horror.

     Rieron juntas. Yuse manejaba y se alegraba de que la avenida principal estuviera despejada. Pisó el acelerador un poco más. Antes de tomar el paso a desnivel para acceder al centro comercial, un vehículo les cerró el paso, colocándose frente a el coche de Yuse y disminuyendo la velocidad.

     —¡Idiota! —gritó Yuse.

     —¡Muévete, muévete! —exclamaba Fer, sospechando que algo ocurriría. De inmediato enmudeció cuando vio que del vehículo bajaron tres hombres con armas en mano. Se quedó de una pieza, bloqueada. La bajaron a jalones del coche. «¿Estaba pasando otra vez o era una pesadilla recurrente?», pensó Fer.

     No supo qué había pasado con Yuse. En el vehículo iba agachada, custodiada por los flancos por dos de los hombres. Uno de ellos le clavaba el arma entre las costillas y un seno, mientras con el brazo recargaba todo su peso en la espalda. En un paraje de la carretera federal a Cuernavaca —ella reconoció el lugar—, el auto se detuvo. Fer comenzó a temblar de manera incontrolable. La amarraron de pies y manos, le cubrieron los ojos y la metieron a la cajuela del automóvil. Siguieron su marcha. No tenía noción del tiempo. Sintió que se detenían. Abrieron la cajuela y la sacaron de ahí. Comenzó a gritar lo más fuerte que pudo, pidiendo ayuda; recibió un par de golpes que la dejaron sin sentido.

     Ahora estaba otra vez en la misma situación, como en aquellos veintisiete días. No era un recuerdo emergente ni una pesadilla recurrente. Quiso jalar aire, pero la mordaza se lo impedía. Se quebró en llanto cuando escuchó a la voz decir:

    —Esta vez pediremos el doble de rescate.

     Después de callar los gritos nasales con un golpe, el secuestrador comenzó la negociación por teléfono.

El reflejo de Paula


Paula se miraba en el espejo a la vez que Tatiana lo hacía y creía que su reflejo era el de su amiga de juegos. Hasta que llegó su mamá y le dijo: «No, Paula, tú eres la de las orejas largas y preciosas, el hocico bonito y la cara peluda». Ella no lo creyó.

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Imagen: Pixabay