Cuando ya no estás


Cae la tarde y el cielo pinta mis ojos de nostalgia. Perdí el rumbo buscando entre unas cajas aquellas fotos vacías de memoria donde encontré unas alas, están rotas. Quizá el colibrí que a veces golpea mi ventana se haya atrevido a mirar, quizá sepa qué hacer con ellas. En aquella sonrisa congelada he tratado de buscarte, de recordar, de imaginar lo que fuimos sin besarnos, ni una vez.

¿Cómo pudimos tocarnos con solo mirar? ¿Cómo fue que hablamos a través de aquella remota melodía? ¿Cómo nos volvimos cómplices de una vida tan huérfana? Tan lejos el uno del otro.

Seremos todo lo que decimos a través de este silencio que alimenta las ganas de tenernos sin hacer ruido, en un lugar sin espacios ni tiempo. Allá, en ese mundo inventado por los dos, donde mueren los disimulos, los “me duele”, los “te extraño”, donde tantas veces tatuamos un “te quiero” en la pared.

La sombra del baile de los árboles se dibuja en la persiana, es una bandera a media asta. Atravieso mi dolor sin respirar, como los sueños que mueren en mis ojos cuando ya no estás… Ya no estás.

Esta noche vendrá a cubrirme de lluvia y yo, yo apagaré las estrellas. No quiero regalar la mirada mojada a esa luna que se esconde de ti, no pisaré la arena que te amó, donde alguna vez lloré tu nombre. Escaparé del viento, no quiero que regrese la frescura que sentí, que me robaste.

En esta habitación, la esperanza duerme agarrada a una almohada tejida de historias sin risas ni final. Es un pequeño rincón donde el alma es el refugio falso, la prisión.

No sé si podré pensarte de nuevo, hay cartas sin tinta volando hacia la nada, olvidamos escribir al corazón, lo dejamos en blanco, y casi lo matamos. Y ahora, ¿qué? Ahora me toca imaginarte a través de una ventana que amenaza con romperse sobre mí, para dejarme ciega de paisaje y muerta de frío, mientras dejo que me recorra esta brisa que me duele, esa caricia tuya que solo existe en el invierno.

Amarillo, rojo y azul


Anciano

Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay.   Autor: omaralnahi

El abuelo le da miedo. Los domingos Luna se hace la dormida, con la esperanza de que mamá olvidará la visita a la residencia, pero siempre se acuerda. «Verte lo pone contento», le dice. Sin embargo, Luna nunca ha visto sonreír al abuelo, ni hablar; ni siquiera una señal de reconocimiento en su expresión vacía.

El autobús las deja frente al viejo recinto de muros grises que dan a un jardín instalado en un otoño perpetuo, sin flores ni pájaros. Luna agarra fuerte la mano de mamá.

—Hija, estás helada.

Y rígida, como cada domingo.

Mamá pulsa el timbre. Mientras esperan, Luna huele la humedad. Imagina que así debe oler una casa abandonada y oscura, pero en la residencia hay mucha gente.

Se pregunta por qué si el abuelo es alguien a quien hay que querer, vive en una casa con rejas, como una cárcel. Una vez se lo preguntó a mamá, y lloró. Papá se había marchado hacía poco dando un portazo. Casi no recuerda a papá, pero el portazo aún retumba en su cabeza.

Por el jardín vagan algunos ancianos. Parecen fantasmas. Luna se acerca más a mamá y desea que la visita acabe pronto.

El abuelo las espera en su silla de ruedas, en el centro de una sala triste como un día nublado, de donde han borrado el amarillo, el rojo y el azul, los colores favoritos de Luna.

—Hola, hija.

La voz surge, lenta y apagada, desde un lugar muy profundo. Luna cree que la ha imaginado, pero entonces se da cuenta de que el abuelo las mira.

Mamá se le acerca, le acaricia la cabeza y lo besa en la mejilla.

—¿Cómo estás, papá? —pregunta con dulzura.

Luna no puede apartar la vista de los ojos del abuelo. Por primera vez parecen los de una persona. Amarillos, cuarteados por venillas rojas, y con un extraño cerco negro en torno a un pequeño círculo azul casi translúcido.

«Amarillo, rojo y azul», reflexiona sorprendida. Se ha soltado de la mano de mamá, y observa desde la distancia.

—Luna, ven a saludar a tu abuelo. ¿No ves qué contento se ha puesto?

El rostro anciano parece tan inexpresivo como siempre, pero en sus ojos ve reconocimiento y, con el corazón acelerado, se le acerca. Un movimiento en la ventana llama su atención. Sonríe al descubrir al gorrión posado en la reja.

«A mí también me gustan los pajarillos».

Luna está segura de que el abuelo le ha hablado con el pensamiento. Se gira hacia él, y vuelve a quedar atrapada en su mirada.

—Dale un beso al abuelo, hija.

«Amarillo, rojo y azul», se repite, y se detiene junto a la silla. El abuelo levanta las manos temblorosas. Luna las coge, y se le congela el corazón: el cerco oscuro en torno a la pupila crece despacio, hasta que los ojos se convierten en dos bolas negras.

«A mí también me gustan los pajarillos», escucha Luna en su cabeza.

El abuelo sonríe mientras sus ojos se deshacen.

Besos en el viento


Valle de Pineta

Foto: Benjamín Recacha

La huella del alud atraviesa de forma dramática la ladera de la montaña.

Sigues con la mirada la cortina de árboles caídos que dibuja la nueva cicatriz en el corazón del bosque, y te maravillas de la exactitud con que se reproduce cada primavera.

Esta mañana la ascensión te ha costado más que de costumbre. Llevas un rato sentado en la roca de siempre y continúas exhalando espesas columnas de humo blanco.

A pesar del frío, tienes la camiseta interior empapada en sudor, y mientras recuperas el resuello el aire helado se te clava en los pulmones.

«Me hago mayor», concluyes.

Ayer no acudiste a tu cita diaria por culpa del temporal que ha dejado más de un metro de nieve en pleno mes de mayo.

Debilitado, sudoroso y boqueando como un pez fuera del agua, el caso es que aquí estás de nuevo, admirando la obra de la naturaleza implacable.

Piensas en los días de tu juventud, en las primeras veces que subiste hasta la atalaya desde la que dominas el valle. Entonces no lo hacías a diario; te gustaba descubrir nuevos rincones, aprovechando que tenías las piernas frescas y la mente ansiosa de conocimiento.

Miras en torno. El maldito cambio climático está dejando su huella. El glaciar pronto será un recuerdo, como los que ocupan la mayor parte de tu tiempo, pero la esencia es la misma; la magia del lugar te sigue proporcionando la energía que necesitas para superar un día más.

Sin ella, hace tiempo que te habrías esfumado como el vaho que sale de tu boca.

Detienes la mirada en la pequeña manada de sarrios. Te observan desde las rocas, con el cuello estirado. Han interrumpido su excursión matutina en busca de los brotes bajo la nieve. Saben quién eres; te ven cada día, pero el instinto no les permite bajar la guardia. El mismo instinto que dirige tus piernas y tu corazón.

«Prométeme que no dejarás de venir. Yo te esperaré todas las mañanas».

—Aquí estoy, mi amor.

…..

—Prométemelo, prométeme que lo harás. Necesito saberlo. —Sus ojos te imploran. Los vela la culpa, y necesitan tu perdón. «¿Qué quieres que te perdone? Estoy tan destrozado que sólo espero desaparecer junto a ti»—. Es nuestro rincón mágico. Recuerdo la primera vez que me pediste que te acompañara hasta aquí… Cuando llegamos no podía creer que tanta belleza fuera posible… Lloré de emoción —las lágrimas te resbalan silenciosas por las mejillas, impulsadas por un dolor tan intenso que en cualquier momento te impedirá respirar—, y me abrazaste.

La ves acercarse con los brazos extendidos; los tuyos cuelgan inertes.

—No podré seguir adelante sin ti… —No lo aceptas, no es posible que todo acabe sin más. Entonces levantas la cabeza y aprietas los puños, en un arrebato de rabia—. Tiene que haber algo que podamos hacer.

Te abraza y apoya la cabeza contra tu pecho. No puedes imaginarte sin ella; tiene que ser un error… Esa persona tan maravillosa, tan llena de vida, no puede desaparecer. Le besas el pelo, y ya no puedes controlar el llanto.

—Seguirás adelante, porque yo estaré aquí, en cada roca, en cada flor, en cada corteza de árbol, en cada insecto, en cada nube… —Te coge la cabeza con las dos manos, trata de secarte las lágrimas con sus dedos y te obliga a que la mires. Te sientes ridículo ante su entereza—. En cada soplo de aire. Cuando llegues cada mañana te recibiré con mil besos. —Te atrae hasta que vuestros labios se encuentran, y te regala un beso tan cálido que en ese momento sientes que nada malo puede pasar—. Pero necesito que me lo prometas.

Se lo prometiste, y durante unas semanas pareció que todo había sido una pesadilla. Hasta aquella mañana en que las fuerzas la abandonaron de golpe. Sin embargo, hasta el último momento conservó la sonrisa. «Prométemelo», te susurraba, y tú asentías, sin permitir que la desesperación que te consumía aflorara.

…..

—Aquí estoy, mi amor —murmuras, y entonces recibes sus besos a través del viento, esos besos que te proporcionan la energía necesaria para aguantar un día más.

Como cada mañana, tras unos minutos de alerta, los sarrios deciden que no supones ningún peligro y reanudan su paseo en busca del desayuno.

Ojos compartidos


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«Ojo cascada de la cuidad sombra», por Mystic Art Desing (CC BY)-

Mientras vagaba en las tierras de la locura, sentí una presencia extraña dentro de mi cuerpo. Me costó años averiguar de qué o quién se trataba, pero su presencia no era nada agradable.

Aquella esencia, con la forma de un niño como de unos cinco o seis años, era una parte de mi ser. Una parte que, debido a la represión extrema a la que fue sometida,  tuvo que manifestarse en forma visible para captar mi atención.

Viendo esto, le pregunté:

—¿Qué necesitas? ¿Por qué intentas invadir mi ser con tus ganas de llorar?

Al darse cuenta de que al fin lo había notado, el niño contestó:

—Justo eso necesito. ¡Tus ojos para poder llorar!

Al notar su convicción, me preocupé y me intrigué al mismo tiempo. No aguanté la curiosidad y le dije:

—¿Por qué no usas tus propios ojos para llorar?

El niño, moviendo la cabeza en señal de desaprobación, me dijo que yo no entendía nada.

—Tus ojos son los únicos que tienen acceso a la salida.

Sin entender, volví a preguntar:

—¿Acceso a la salida?

El niño, evidentemente molesto porque yo no entendía, me dijo:

—Si lloro con mis ojos, moriré ahogado dentro de la burbuja en la que me confinaste. Pero si uso los tuyos, el agua se irá por la salida.

Yo, habiendo comprendido sus palabras, le dije apenado:

—No puedo darte mis ojos.

El niño, dando la vuelta para marcharse y convertirse de nuevo en una incómoda esencia incorpórea dentro de mi cuerpo, reclamó:

—¡No me quieres dar tus ojos! ¡Son mis ojos también!

Convencido de mi respuesta, le dije:

—¡No! Pero puedo prestártelos.

El niño, sorprendido por la respuesta, se volvió hacia mí:

—¿Cómo podrías hacer eso?

Le respondí:

—Yo, en momentos convenientes, te prestaré mi acceso a la salida y dejaré que elimines el exceso de agua para que ya no te ahogues.

El niño, con un rostro de notorio agradecimiento, empezó a convertirse en una niebla plateada y salió de mi cuerpo. La niebla dijo:

—Te tomaré la palabra, esperaré mi momento para que cumplas tu promesa.

Era la voz del niño, que ya no habitaba en mi cuerpo entero. Tan solo en mis ojos, esperando su turno para usarlos.

Con eso desaparecieron las manifestaciones molestas de aquella esencia. Gracias al pacto de utilización de ojos que firmamos con aquella conversación.

El espejo de mi abuela


Mi abuela tiene un espejo frente a su camilla.

Antes de colgarlo, sus nueve hijos discutieron más de una hora si era prudente o no colocarlo ahí.

—¿Cómo van a permitir que mamá se vea así, anciana y enferma? —dijo una.

—¡Pero tiene derecho a no olvidarse de quién es! —respondió otra.

—Preguntémosle a ella, mejor —sugirió otro de sus hijos.

La madre de ellos, con su voz pausada pero decidida, les dijo a todos:

—Durante el tiempo que Dios me ha permitido vivir, he sido bendecida con muchas cosas. El Señor me dio una familia numerosa y un esposo amoroso. Tuve salud y, aunque he perdido un poco de memoria y se me sumaron otros males, sigo creyendo que todo forma parte del plan de Dios.

»Ustedes saben que mis manos tiemblan y que mi vista es borrosa. Extraño mucho ver las caracolas y los detalles de las plumas de las aves. También me encantaría poder ver los rostros de mis hijos y de mis nietos, pero me es imposible.

»Respecto a si necesito o no un espejo en mi habitación, la respuesta es sí. En la imagen borrosa del espejo, me veo sonriendo y abrazada a su padre. Me veo hace cuarenta años cuando ustedes eran unos críos y con su padre y conmigo comíamos en la mesa. Me veo con mis nietos y su abuelo, caminando en el rancho y pensando en qué será de ellos cuando crezcan. Me veo señalando aves y coleccionando caracolas.

Mi abuela no dijo más. Se recostó y esperó a que sus hijos aceptaran.

—Está bien —dijeron todos casi al unísono.

Cómo vencer a la Nostalgia


Un día tuve un pequeño problema y recurrí a los jueces de Solaris para que me ayudaran. Ese día tuve mucha suerte como nunca, pues me atendió directamente uno de los sabios principales del consejo; la situación era extraña, pues los jueces generalmente delegaban sus funciones a otras personas con experiencia.
Expuse mi litigio, el viejo me dio la carta que necesitaba y me fui.

—¡Espera, joven! —me detuvo— ¿Tú eres el herrero que escribe para las tierras frías del norte?

—Sí, soy yo —contesté sonriendo porque me aguantaba las ganas de reír al oír que me decía “joven”… pero bueno, para él sí soy joven.

—Quiero mostrarte algo. —Se levantó de su cojín y continuó diciendo—: Ven, sígueme.

—Okey, gracias. —Obedecí, extrañado, pues al parecer los jueces no tenían mucho trabajo y este tenía tiempo hasta para mostrarme algo y contarme alguna de sus historias y, como herrero que se respeta, estaba listo para oír lo que el viejo tenía que decir.

Entramos al palacio y el viejo hizo una señal al guardia de que el sujeto detrás de él (yo) venía con él, pasamos por un pasillo algo estrecho y entramos en su habitación. De un cajón de su librero sacó una caja llena de fotos y cuadernos, y de allí sacó un viejo dibujo el cual me mostró.

—Mira, este dibujo lo hizo mi hermana hace muchos años —explicó el viejo juez—, creo que deberías documentar a este par de demonios en el bestiario que desarrollas.

La Nostalgia

—¿Y por qué el dibujo de su hermana es tan importante? Es decir, ¿es algo real?

—Sí, es real, ella presenció la corta batalla entre el Gran Jacob Dragonheart y La Nostalgia, e hizo este dibujo basado en ellosme supo decir.

—¿La Nostalgia? —pregunté, extrañado, al mismo tiempo en que reconocía al viejo Jacob, pero retratado en sus años mozos muy joven y delgado.

—Sí, estoy seguro que esta entidad es La Nostalgia, porque el esqueleto retratado en el dibujo es totalmente idéntico a lo que describe tu colega Donovan Rocester en uno de sus poemas.

Efectivamente, el sujeto del dibujo ilustraba a un joven Jacob, que en su mano derecha confiado casteaba un arte con el que aparentemente derrotó a La Nostalgia.

—¡Excelente material! ¿Cierto? —exclamó el viejo, viendo cómo me había quedado analizando el dibujo.

Luego de decirme que conservara el dibujo e insistir en que lo archive para ampliar el bestiario, me contó que su hermana mayor había conocido a aquel joven Jacob y que ella fue testigo fiel de aquella épica batalla entre él y la bulímica Nostalgia.

Dice que según lo que había escuchado, el mar al norte de la ciudad de Mardna estaba siendo contaminado y nadie sabía por qué. Luego los pescadores de la zona habrían reportado que un fantasma enorme vomitaba desde un barco putrefacto, y estaban alarmados por el ataque porque no había pasado mucho tiempo desde “La invasión de Oriente” y el ataque a la ciudad del Corazón de Blacks Gaea.

Las autoridades de ese entonces decían que no tenían los recursos en la ciudad de Mardna para enfrentar tal problema, pues la crisis de la invasión de Oriente también los había afectado y todos los recursos y tropas de la ciudad de El corazón de BlacksGaea estaban ocupados en amurallar la ciudad.

Pero, al parecer, en ese entonces no todo estaba perdido, pues Jacob Dragonheart venía al rescate desde las áridas tierras de Oriente y, al llegar, solo pidió una pequeña embarcación para enfrentar al enorme fantasma que contaminaba los mares.

La gente divisaba no muy de lejos que la entidad “pescaba recuerdos”, como enuncia el poema, y que al parecer Jacob ya se sabía las artimañas de esta horrible entidad porque la venció en tiempo récord apostando al arte que casteaba en sus manos.

Dicen que Jacob absorbió en una sola bola de energía oscura todos los recuerdos y tesoros que estaban hundidos en el mar que La Nostalgia pretendía pescar, comerse y vomitar. Al quedar esta entidad confundida y con su anzuelo vacío, Jacob arremetió contra ella aquella bomba de energía oscura que logró recargar y convertir.

Nunca se supo si la entidad fue desintegrada definitivamente o solo abandonó este mundo para ir a otros donde su pesca le resultara fácil, sin héroes que la atacaran.

—Documenta esto, por favor —me pidió una vez más el viejo juez—, quizás muchos conozcan y ya hayan enfrentado a este horrible ente, lo hayan vencido, o por el contrario, convivan con él; pero nunca había escuchado una forma tan fácil de vencer a algo tan grande como La Nostalgia… o al menos el viejo Jacob lo hizo ver fácil ¡Escribe y documenta todo, por favor!

Y sí, no es tan fácil, quizás ya sabemos cómo vencer a La Nostalgia, pero ejecutar este arte de convertir los recuerdos en una bomba de energía para detonarla contra ella no es cosa sencilla. Yo mismo una vez traté de convertir mucha energía negativa en poder de ataque, pero mi alma sufrió mucho daño haciendo un «Impulso azul».

Seguiré estudiando estas técnicas y pronto redactaré sus respectivas instrucciones en mi cuaderno de Artes para que esté a disposición de todo el que quiera leerlas y no se lastime más, como yo.

Un maletín marrón


Apaga la alarma del reloj, que suena a las siete en punto de la mañana, como lo ha hecho cada día durante los últimos treinta años, aún tras su reciente jubilación. Se levanta para preparar el café, mientras hojea el periódico. Lamenta que a estas alturas ya nadie lea los periódicos, por eso la mitad de lo que ocurre se escapa del conocimiento de la gente. Aunque es una realidad que parece no importar a nadie. Repasa los titulares pasando de largo todo lo relacionado con el brexit, no por falta de interés, sino porque está hasta las narices de tanta tontería con el tema. Se dirige a las páginas interiores, donde llama especialmente su atención, la noticia de un robo perpetrado a unas cuantas calles de su domicilio. El encabezado hace alusión a un «robo», no un «atraco», ni un «asalto». A pesar de la aparente nimiedad del asunto, encuentra algo inquietante en ese texto. Lee la noticia con detenimiento, pero la vaguedad de su redacción no ofrece mayores detalles acerca del modus operandi, ni del o los presuntos delincuentes. Deja un momento el periódico sobre su cama, aún sin deshacer, para quitarse las botas y ponerse las zapatillas de andar por casa. Se quita también los pantalones y la camisa manchada vaya a saber con qué, y se envuelve en la bata de dormir. Coge otra vez el periódico y engulle unas tostadas untadas con mantequilla como desayuno, aún no se explica por qué, pero siente un hambre atroz. Relee la noticia y detecta que tampoco hay datos acerca de la cuantía del botín, sólo se menciona la ausencia de un maletín marrón. Se sorprende a sí mismo por beber dos tazas de café muy cargado, para aminorar esa tremenda sensación de cansancio, como quien no ha dormido en toda la noche. Duda entre echarse en la cama o ir a la ducha. Se decanta por la segunda opción. Treinta minutos más tarde, tal vez un poco más, suena el timbre con insistencia. Detrás de la puerta alguien grita: «Policía, abra inmediatamente», y sin darle tiempo para salir de su desconcierto, se ve rodeado por cinco agentes de la Ertzaintza. Tras registrar el domicilio, dos de los agentes señalan las ropas del inculpado que han quedado en el suelo. «Una noche dura, ¿no?». No sabe si debe defenderse ante lo que supone una evidencia. «Dinos dónde has escondido el maletín». Su rostro delata cansancio, pero también desconcierto. Se resiste como puede, mientras una ertzaina lo esposa. «Pero… ¡de qué delito se me acusa, si en mi vida he robado un euro!», chilla con impotencia cuando lo sacan a trompicones de su casa. «Nadie es inocente hasta que se demuestre lo contrario», le espeta otro de los agentes ante la mirada atónita de los vecinos. Joseba K., que así se llama nuestro personaje, comienza a sentirse culpable sin saber exactamente por qué. Joseba K. se despierta en una celda oscura y húmeda, ahogado en sus lagunas mentales. Antes de ser sometido al interrogatorio, Joseba K. empieza a recordar.