Como de la familia


Crujen las ventanas, crujen los muros. Cruje la casa. Se contrae y se dilata como Alicia, pero no es un cuento. Cruje tan fuerte, como si se rompiera algo. ¿El silencio? Nicolai lo percibe en sueños y se despierta. Sus ojos me preguntan “mami, ¿qué ha sido eso?”. Yo pienso que lo que se rompe es la realidad. Un vistazo a través de la ventana me revela lo contrario. No, la realidad no se quiebra. Al menos, todavía no.

Es posible que la grieta que está en el salón sea producto de semejantes altibajos en el estado de ánimo de esta casa. Cualquier día de estos, la grieta también se ensanchará y nos abrirá otra dimensión. Si es lo suficientemente grande, tal vez pueda explorar en su interior, con suerte hasta encuentre algún tesoro oculto.

Me pregunto si crujirán igual las casas de la gente que vive en climas glaciares, cuando el hielo comienza a derretirse, con ese ruido que te hace pensar que algo va a reventarse.

Cuando hace esos ruidos, imagino a la casa desde fuera, contorsionándose conforme va aumentando o disminuyendo la temperatura, como un gigante que se estira después de despertar de un largo sueño.

Al principio, cuando la casa crujía, se generaba cierta tensión en el ambiente, como esa especie de temor a lo impredecible. Pero nos hemos ido familiarizando con esos estrépitos repentinos. Ahora forman parte de este ecosistema que consideramos nuestro hogar. A veces intentamos interpretar, según la intensidad del crujido, lo que nos quiere decir la casa: si está eufórica, si tiene frío, hambre, si está aburrida e incluso si está enfadada. Sin embargo, poco podemos hacer para satisfacer sus ímpetus, excepto escucharla. Aunque por esta sencilla razón, es una afortunada, no cualquiera presta tanta atención a su casa, como si fuese una más de la familia.

El adivino del 4c


El adivino del 4c come moscas crudas. Las devora con saña y con verdadera hambre. Hambre de conocimiento.

Entre sus alas, las moscas guardan los susurros de los vecinos. Sus diminutos ocelos han visto más que cualquier ojo humano y, a pesar de tener un cerebro muy pequeño, su memoria guarda todos los secretos del mundo que les rodea.

 

El adivino del 4c come moscas porque es adivino, y es adivino porque come moscas.

Obituario de Corina Vidal, de 19 años


WhatsApp Image 2020-03-24 at 20.30.19

Pared rosa de Corina Vidal.

Corina Vidal, de 19 años, apareció a finales del año pasado en este pueblo. Llegó huyendo de un pasado incierto. Dijo venir de la Gran Ciudad.

Corina Vidal no tenía ningún conocido cuando llegó. La primera impresión que dio fue de una chica tímida, que no inspiraba confianza (a pesar de tener mirada amable), bajita, de cuerpo infantil y cabello oscuro, lacio y corto.

Rentó un cuarto en casa de la señora Chang. Durante casi cuatro meses vivió allí sin casi salir de casa. Parecía ser alérgica al sol y a las demás personas. Dice doña Cata, la de la tienda de la Coplamar, que Corina Vidal era callada pero educada. Saludaba y decía lo justo. Solo una vez se juntaron sus ojos, dice doña Cata, y vio en ella mucha culpa. ¿Cómo una niña de 19 años podría tener tanto peso encima?

Esta mañana, la señora Chang, al llevarle el desayuno, descubrió que yacía muerta bajo su cama. Corina Vidal estaba completamente desnuda. Solo un listón rosa adornaba su cabello. Su laptop también murió. Ambas, persona y máquina, sufrieron una sobredosis de cloro. Corina Vidal vertió el cloro sobre su laptop, quemó sus circuitos y ella se intoxicó con sus vapores.

Fue un suicidio. Y no lo digo por los hechos, sino por la nota:

«Querido EdMundo:

Me voy antes que me dejes, antes que encuentres la forma de desaparecerme por completo de tu vida.

Tengo miedo. Siento culpa.

Todos me miran con desprecio.

¿Qué les contaste de mí, EdMundo?, ¿qué les dijiste, para que todos me odien tanto?

Me voy y, conmigo, se van todas las fotos que nos tomamos juntos, las postales de París, los mensajes de las dos de la mañana, las conversaciones tiernas, las calientes, y las rabietas que me hacías porque no te escribía los «te amo» con mayúsculas.

Me voy y me llevo las canciones. Me llevo los viajes a Leningrado, las noches en Almagro y en Haedo, los veinte de enero y las aguas de marzo.

Me las llevo todas.

Se van conmigo.

Por último, me voy desnuda con solo la muerte de envoltura. Me voy mostrando a todos las areolas de mis pechos que tanto decías amar, enseñando a todos las estrías que una vez criticaste. Dejando al descubierto la herida en la espalda que me hiciste.

¿Ven que EdMundo también me hizo daño?, ¿a él no van a mirarlo con desprecio?, ¿no van a odiarlo?

Los cuatro lunares sobre mi ombligo, que jurabas decían tu nombre, han callado.

Quién fuera tuya, lo que duraron unos cuantos respiros:

Corina Vidal».

DEP Corina Vidal. Casi nadie la conoció. Vivió encerrada en su alcoba y en su alcoba murió.

DEP Corina Vidal de 19 años. Dios la perdone.

Fallo ejemplar


Mil años antes de la era de Cristo vivió un rey que impartía justicia inspirado en la ley de su Dios.

Precedidos de voces y clamores, dos vecinos ingresan a la Corte. Cesan su griterío con la llegada del Rey. Su presencia impone silencio. Empujados por los guardias, saludan postrándose.

Salomón pide le presenten el caso. Hablan los hombres:

—Soy Josué y tengo por toda fortuna tres carneros. Éste de aquí es mi vecino Arón. Él tiene dos ovejas.

—Sus carneros preñan mis ovejas y él reclama los frutos de sus vientres. Sin dudas, Salomón, me pertenecen.

El Rey ordena silencio. Tras unos momentos de reflexión indica:

—Arón, entregarás una oveja preñada a Josué. La oveja, su cría y un carnero serán la base de su rebaño. —Y agregó— Josué, entregarás uno de los carneros a Arón para el comienzo de su propia manada. Sacrificarás el tercer animal en un altar para gloria de Dios. Celebrarás un banquete con tu vecino.

Satisfechos, los litigantes se postran en señal de respeto y admiración. Darán testimonio de este fallo.

El contador


Esto de haberme enamorado de una artista es horrible. Mi nombre es Damián y desde los diez años supe que quería ser contador. Y soy muy buen contador. Los números son y serán siempre mi mayor fascinación. Bueno, mi mayor fascinación después de ella.

Pero ella y yo no somos iguales. Distamos mucho.

Podría, para conquistarla, hacerle el balance de su empresa por los próximos cinco años sin cobrarle un céntimo.

Podría estructurarle una tienda de flores, una cafetería con galería para sus obras, quizás un bar o lo que quiera. También podría hacer muchas más cosas por ella, cualquiera de las que la vida me ha enseñado. Pero arte no.

Y es horrible porque yo estoy que me muero y ella nada que viva por mí. Y ya intenté todo lo que sé hacer, así que si esto no la conquista no sé qué va a ser de mí.

Anoche sacrifiqué y me resigné a nunca más escuchar todos los te amo que me podría decir si resulta mi estrategia. Si la conquisto con esto y se enamora de mí, su amor me llegará a medias, pero me llegará. Lo tengo claro, pero estoy desesperado.

Espero que entienda que esto es la mejor demostración artística que puede salir de este contador. Espero que con esto ella se enamore por fin de mí.

WhatsApp Image 2020-03-12 at 09.40.45

Dibujo de Ana Gabz Ferral (Inst: @semejante_)

El día que morí


Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay

El día que morí, murieron otras muchas personas, como cada día. Yo lo hice después de una vida larga, de la que, haciendo balance de los buenos y malos momentos, me puedo considerar afortunado. Habría preferido evitar el mal trago de la embolia que me postró en la cama durante dos semanas de agonía; un infarto mientras dormía habría sido más benévolo, pero qué se le va a hacer.

Otros lo pasaron peor, y su fin fue, a todas luces, mucho más injusto.

El día que morí, también murió un obrero a quien le cayó encima una pared mal apuntalada. Murieron una madre y su hija, atropelladas por un conductor borracho; y una mujer, ejecutada a pedradas por tratar de huir de un marido que la maltrataba. Otra murió desangrada, como consecuencia de un aborto clandestino.

Un hombre murió tras lanzarse al vacío desde la azotea del edificio de donde lo iban a desahuciar. A una prostituta la estrangularon tras haberla violado, y tiraron el cuerpo en una cuneta.

El día que morí, una patera con treinta personas a bordo se hundió en medio del mar, sin que nadie atendiera sus llamadas de socorro. Otras diez murieron al intentar saltar una valla fronteriza, víctimas de los disparos de los guardias.

Ese día, el que yo morí, un misil “extraviado” hizo saltar por los aires una escuela, con más de cien niños y varios maestros dentro. En otro lugar, las bombas certeras arrojadas desde un avión borraron del mapa un pueblo entero y a sus dos mil habitantes.

El día que morí, en un país olvidado, incontables personas anónimas murieron de hambre.

A mí me mató una embolia. No fue agradable, pero morí en la cama de un hospital, con mis manos entre las cálidas manos de mi esposa amada.

El día que morí, una mujer murió dando a luz en la cárcel. Y del cemento agrietado de sus muros brotó una flor diminuta.

La ninfa de cobre


Un hombre huraño vivía en un bosque como cualquier otro. Lo tenía todo, pero no lo sabía. La soledad lo abrumaba, tanto, que no apreciaba su vida. Se levantaba cada mañana y no escuchaba los trinos del ruiseñor que anidaba en un árbol vecino. Tampoco se percataba de que todavía respiraba y que el aire limpio invadía sus pulmones, oxigenando cada célula de su cuerpo. No olía las flores de múltiples colores que adornaban los alrededores de su morada ni apreciaba los tonos increíbles que ellas le regalaban. Él, arisco, no miraba las hojas verdes, el follaje precioso ni el cielo azul. No admiraba el pelaje de terciopelo de su perro fiel ni se deleitaba al tocarlo. Todo lo que comía le sabía insípido, incluso la miel de las abejas. No quería nada, solo regodearse en su soledad. Sufrir hasta que llegara su hora.

Mas ese no era el destino escrito para él. El hada de las artes —la que pone en su lugar todo lo que es bello— tenía otro plan para su vida, y una tarde de verano lo hizo salir de su madriguera. Sin saber por qué, caminó sin rumbo fijo por las vastas tierras que poseía, mientras su perro fiel le seguía paciente. Escuchaba sin oír, miraba sin ver, tocaba sin sentir, hasta que sus pies lo llevaron a un riachuelo donde se bañaba una ninfa morena, de cabellos rizados y ojos alegres. Le llamó la atención su piel de cobre y su sonrisa ingenua.

—¿Quieres comer requesón? Lo hago yo mismo con la leche de mis cabras —le dijo. Sin darse cuenta, las palabras se escaparon de sus labios. Ya no reconocía su propia voz. Había estado en silencio por tanto tiempo.

La ninfa no contestó, tampoco dejó su baño de agua fresca y, a pesar de que estaba desnuda, no se tapó para que él no la mirara. Se comportaba como si el hombre no estuviera allí, tan cerca. Seguía acariciando su cuerpo con el agua limpia y cristalina. Después salió despacio y sin pudor alguno, se frotó el cuerpo y el cabello con un aceite aromático, todavía sin mirarlo. Parecía no haberlo escuchado, como si estuviera escuchando otra cosa. Vistió su perfecta figura en un lienzo blanco, casi transparente y caminó hacia un árbol en donde —parándose de puntitas— agarró un fruto y lo comió con placer.

El hombre huraño estaba molesto. ¿Cómo era que aquella ninfa ignoraba su presencia? Al fin y al cabo, se bañaba en su riachuelo, caminaba por sus tierras y hasta comía —¡y sin su permiso!— los frutos que daba su árbol.

—¡Ey! ¿No me escuchas? Hablo contigo… —le gritó.

La ninfa seguía recogiendo flores de todos los colores, las olía, sonreía y con sus manos hizo una diadema que se puso en la cabeza, enredándola entre sus rizos negros. Bailaba al son de una música que el huraño no escuchaba, sin embargo, él veía como sus piernas torneadas se levantaban y giraban —tal vez—, impulsadas por el viento. El hombre seguía observándola, pero como a una visión. No se atrevía a moverse de donde estaba, pues temía que se desvaneciera.

«¿Qué daría yo por tener la paz que tiene esta ninfa?», pensó. «Quisiera sentir su suave piel de cobre y oler sus cabellos morenos. Quisiera escuchar la música que la hace bailar y tenerla, a ella, siempre conmigo. Ya no quiero estar solo, ¡ya no quiero morir!», se dijo.

La ninfa iba a adentrarse en el bosque.

—No te vayas, ¡por favor! —suplicó.

—Me encanta el requesón —respondió sonriente, mirándolo a los ojos y capturando su alma para siempre.

En ese momento su perro se volvió un corcel plateado con alas brillantes, para que ambos subieran y volaran hacia el castillo. Desde entonces, el hombre se levantaba cada mañana escuchando los trinos del ruiseñor que cantaba alegrando a su ninfa, que bailaba al son de aquella melodía que lo inundaba todo. Disfrutaba el aroma de las flores que ocupaba por completo los espacios de su hogar. Todos los días tejía una corona de nuevos capullos para su amada. El hombre ya no era huraño, ¡era tanta la felicidad que lo embargaba! Compartía con sus vecinos sus riquezas y a menudo se le veía riendo, acompañado de sus viejos amigos, los que había abandonado en su aislamiento.

La ninfa de cobre había hecho el milagro, echó para siempre los demonios de su soledad.