El toro del lechero


foto Webandi, Pixabay

Fotografía por Webandi (CC0).

Hace mucho, mucho tiempo, en los años del hambre, cuando yo era todavía una niña, recuerdo que los pocos ratos libres que teníamos la Merce y yo los pasábamos jugando y haciendo travesuras. Las dos solas o con otras muchachas del pueblo, nos íbamos a donde un tío de la Merce que tenía las ovejas metidas en un aprisco y nos trepábamos en ellas. Algunas se dejaban montar, pero otras eran más ariscas y saltaban y en un momento nos tiraban al suelo y a nosotras nos hacía tanta gracia que nos quedábamos en el suelo muertas de la risa. A veces, en lugar de subirnos en las ovejas, montábamos las vacas que pastaban en los prados del lechero. Nos subíamos cuando estaban echadas en el suelo, rumiando la comida, y la mayoría de las veces ni se molestaban en levantarse, así que nos sentábamos en ellas como quien se sienta en un tronco caído. Y nos imaginábamos que íbamos subidas en un caballo camino del pueblo, arre, le decíamos, arre caballo, aunque fuera vaca, y las golpeábamos con los talones en los costados, pero nada, allí se estaban, echadas en la tierra, moviendo la boca como si estuvieran pensando en decir algo que nunca decían. En uno de los prados había un toro semental, un animal enorme que apenas alcanzábamos a abarcar con las piernas. Era de color zaíno, y tenía un morrillo enorme y los pitones aserrados. Cuando estaba de pie, tenía la alzada de un hombre, y entre las patas le colgaban los dos grandes huevotes, que cada uno habría de pesar, por lo menos un par de libras. Tenía fama de animal bravo, pero una vez que veníamos la Merce y yo de bañarnos en la ribera lo vimos echado en el suelo, dormitando al sol, y nos dio por subirnos. La Merce estaba menos convencida que yo, pero tú háblale mientras yo lo monto, le dije, y después hacemos al revés, y mi amiga se puso a hablarle acuclillada frente a su cara y yo me encaramé al lomo del toro, que de tan gordo apenas se le notaba el espinazo y tenía el pelo calentito, de haber estado al sol. Yo se lo acariciaba y cuando me encontraba con una bardana enredada se la destrababa y la tiraba. Se estaba tan bien allí subida, con las nalgas calientitas y el sol en la cara, pero una abeja se acercó para picarme y yo la espanté con las manos y grité, un grito muy fuerte, ahhhhhh, y el animal se asustó y se levantó de repente y empezó a correr por el prado, todo tan deprisa que no pude bajarme y no me quedaba otra sino tumbarme sobre el lomo y agarrarme con los brazos y las piernas, fuerte, fuerte, hecha una garrapata, y el animal cada vez corría más rápido y se movía y saltaba hasta que no aguanté más y me dejé caer al suelo. El talegazo que me di fue gordo, pero no tuve tiempo de comprobar los daños porque el toro se revolvió y se vino para mí y tuve que salir del cerco a la carrera. Después, cuando se me pasó el susto, me di cuenta de que me dolía mucho el hombro derecho, mucho, tanto que al llegar a la casa lo tenía hinchado y del doble de su tamaño. Mi padre me echó una regañina y me llevó adonde la Galga, una mujer que lo mismo deshacía un embarazo que quitaba un mal de ojo. Ella me colocó el hueso en su sitio y me vendó muy fuerte el hombro, el brazo y el pecho, y me dijo que me estuviera quieta, quieta por dos semanas, ¿te enteras muchacha? Así que me pusieron un colchón en el portal y allí me pasaba los días, sin hacer nada ni moverme si no era para hacer de cuerpo, porque cualquier movimiento era como si me atravesaran el hombro con un hierro al rojo vivo. Para entretenerme leía las historias de Antoñita la fantástica y algunos días venía verme la Merce y me explicaba lo que estaban dando en la escuela, que eso fue lo peor de aquellos días, el no ir a la escuela. Por lo demás se estaba tan bien allí tumbada, sin hacer las tareas de la casa, sin tener que traer agua de la fuente, ni lavar la ropa, ni fregar los suelos, ni barrer el corral, ni recoger leña ni nada de nada.

Julio Alejandre

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El bolso verde chatre


Lucía quería comprar un bolso de marca, de esos que eran carísimos, que deslumbraban a las demás mujeres y las hacían arder de envidia. Gastaba casi todo su sueldo en ropa, maquillaje y zapatos, pero le faltaba el bolso. Su imagen era todo para ella. Se levantaba a las cuatro de la mañana, corría cinco millas y se daba una ducha de agua fría, para asegurar que su piel no se resecara. Cubría todo su cuerpo con cremas, una para cada parte.  La de la cara —que la protegía de los rayos solares—, luego la del cuerpo, la de los pies, y la de las manos. Se paraba frente al espejo para ponerse con cuidado su maquillaje, que, por supuesto, tenía que quedar perfecto. Peinaba su cabello rubio platinado —como el de Marilyn Monroe—, que teñía cada semana, pues no le gustaba que le vieran el crecimiento. Sus pestañas y uñas eran postizas. También usaba lentes de contacto azules. Sus vestidos y zapatos eran de marca también, aunque era más fácil adquirirlos en ciertas tiendas a donde iban a parar cuando había exceso de inventario en las exclusivas, pero le faltaba el bolso. No se sentía completa.

Todos los días, Lucía pasaba por una tienda exclusiva para admirar los bolsos. Buscaba en Ebay y en Amazon por una oferta. Había uno que le gustaba en particular, color verde chatre, de piel de lagarto, finísimo. Suspiraba cada vez que lo veía, pero apenas podía pagar la renta y se alimentaba con lechugas. Le decía a todo el mundo que era vegana, pero lo cierto era que no tenía para más con tanto gasto. No tenía forma de ahorrar y sus tarjetas de crédito no aguantaban más. La empleada de la tienda la miraba desde adentro, le parecía patética. Deducía que no tenía dinero para comprarlo, de lo contrario ya habría entrado hacía tiempo. Ella misma tenía una copia del bolso y estaba conforme con ello. A Lucía esto le parecía un sacrilegio, tenía que ser un original.

A veces soñaba que un millonario se enamoraba de ella y le regalaba el deseado bolso. La posibilidad de que eso pasara era mínima, pero un sueño era un sueño. Dormida pensaba en él. Despierta su mente estaba ocupada solo con la idea de poseerlo. En el trabajo pasaba horas dibujándolo, cada detalle, las líneas, el color verde que no combinaba con nada y que solo por ser original, sería perfecto para llevarlo con todo. El bolso era su obsesión.

Una noche decidió que el bolso sería suyo. Se cubrió con un pasamontaña, ocultando su rostro. Esperó a que fuera de madrugada y llegó hasta la tienda exclusiva. Arrojó una piedra destruyendo la vitrina. La alarma sonó, ensordeciéndola, pero no le importó. Ya había llegado muy lejos. Agarró el bolso, abrazándolo, acariciándolo, protegiéndolo como a un recién nacido. Corrió calle abajo, enloquecida de emoción, antes de que llegara la policía. En la mañana, cuando llegó la empleada, enseguida supo quien se había llevado el bolso color verde chatre de piel de lagarto. Nada dijo.

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Imagen: https://pixabay.com/en/fashion-model-green-handbag-1107715/

Historia de un martes de cervezas y una motocicleta


Un martes quería salir a pasear en la motocicleta y beber cervezas con B, pero B estaba indispuesta para salir conmigo. Pensé entonces en C, pero para el momento en que pensé en C, ya estaba en un bar y llevaba la primera cerveza.

Pensar en C era volver a mi zona de confort. Entonces pensé en A. El plan A era el mejor realmente, pero soy zurdo y hago las cosas como quiero y no como debo. Me dije: yo quiero ver a B, aunque B no quiera verme.

Lo que yo quiero no siempre sucede y pensar en eso me causa desdicha.

Mi error ese martes fue iniciar con el plan A, que era B, en lugar de iniciar con el plan B, que era C; pero el plan B se ha repetido tantas veces que ya perdió el sabor hasta de la conversación. Concluí finalmente, porque las conclusiones son agentes finalizadores, que el plan C, que era A, era el mejor plan para ese día (aunque eso ya lo sabía).

A tiene las mejores pláticas y siempre sabe las respuestas para mis dudas.

Entonces yo ya iba por la segunda cerveza.

Después de la cuarta cerveza me di cuenta que el plan R, que era R, no era un mal plan. Además había llevado conmigo un pequeño libro que nunca devolví y ¡vamos!, el sabor de la cerveza no depende de la cantidad de personas que interactúen en una mesa.

Por la quinta cerveza supe que al día siguiente, miércoles, estaría pensando en hablarle a B o a C, o quizá hablarle a A de C y de B. Es verdad que A siempre despeja mis dudas, pero sobre cuestiones amorosas no me gusta pedirle opinión.

Ya pasó una semana y no vi ni a B ni a C, y sé que tengo que hablar con alguien de C y de B, pero no puede ser A porque regaña.

Lluvia de estrellas


Se les ve acumularse en la superficie del planeta en plena temporada de lluvias. Para ser devueltas a su respectiva constelación, se han creado enormes catapultas que son capaces de lanzarlas a millones de años luz en el espacio. Yo tengo permitido ayudar cada día sacudiendo un poco el polvo de estrellas que se acumula en sus puntas, aunque solo es posible hacerlo por las mañanas, pues de noche —mi madre lo sabe por experiencia—, su luz radiante podría cegarnos por completo.

Ofrenda


Vivo en paz con el aire, junto a la brisa mi calma llega a cualquier alcance. Mientras viajo con los vientos, el fuego me dirige con su infinito combustible; nunca hiere, solo me impulsa con fuerza hacia adelante.

Cada sendero te enlaza en su cierre a un nuevo e inesperado destino.

Con las llamas me traslado hasta el elemental dormido, ese que en breves instantes pasa de la calma a lo salvaje; a pesar de todo yo al agua no le temo, solo le guardo admiración y genuino respeto, me seduce con su abrazadora humedad que siempre acaricia las pieles, las torna color cristal. Por ella me dejo llevar, su marea me pilotea, y si me dejo descuidar, su impecable fuerza a las profundidades me secuestrará.

Ojos cerrados, memorias reprimidas. Mi mente se despierta sobre la orilla de una playa serena, aparentemente desolada pero plagada de secretos. La arena brilla, se siente cálida pero no enciende brasas en mi cuerpo. La prosa en pausa, poco a poco recupero el aliento; se desemperezan las extremidades, los choques de marea contra tierra empiezan a vibrar en mis oídos. Escucho susurros curiosos que no parecen provenir del cielo, del mar o el calor que me afecta, tampoco parecen provenir de algún lugar particular en la brújula de mi presencia.

Sin embargo, guardo mis sospechas de que el origen de las voces anónimas surge directo debajo de mí. La tierra susurra y es claro que de mí espera respuestas, acciones, conexiones con la esencia elemental, o al menos eso me permito pensar.

Todo retorna a la tierra, hogar de la vida. A medida que muchas cosas crecen de ella, otra materia regresa para renacer. Fuente de canje entre los elementos, baúl de alquimia y epicentro de los ejes que mantienen los ciclos en eterno equilibrio.

En presencia del astro amarillo a mis baterías carga nunca faltará, y aunque los velos negros se impongan al final de cada tarde, mi cáliz de energía siempre vibrará en búsqueda de otra fuente de luz para alimentarse.

La curiosidad me lleva hasta la luna y en ella encuentro la virtud del balance, mi perfil cambia y simulo el rol del mar azul que a los movimientos del satélite plateado responden sin dudar como si de su capitán se tratase. El gran compás lunar lleva el timón de los océanos, marca con su presencia una cadena única de frecuencias por todos los puntos que ocupan la tierra, que viajan en el aire, procrean el fuego y cementan la química del trueno. A todos nos agita, de principio a fin, durante la vida hasta la muerte, y más allá.

Te diré un secreto que pocos aceptan, nunca deja de haber luz incluso al final del túnel.

Invisible imparable


TEMPORAL NIEVE GALICIA

Paseo por el barrio de mis padres donde crecí. Son las seis de la tarde y es de noche. Otoño y frío y viento. Busco en el andar-anclar mis recuerdos en las tiendas que aún perduran; las busco como el marinero al faro en alta mar. Resisten el estanco y la farmacia; es lo que tienen las drogas, siempre están ahí; siempre seremos yonquis o enfermos aunque nos creamos sanados. Ahora Don Carlos, el farmacéutico, no está. Es su hijo Carlos el que despacha la botica. Recuerdo la delicadeza con la que cortaba los códigos de barra de las cajas para luego pegarlas en las recetas como si fueran cromos… Y pienso si su hijo hará lo mismo y si él algún día acabó la colección. Hay que tener cuidado de no tropezar porque las raíces de los árboles, ahora grandes, han levantado las aceras como si el pasado reclamara su espacio. Por eso, a esta hora, ya no pasean los habitantes de este barrio. Son mayores y temen caer.  Por eso las calles están solas y ya solo pasean los amarillos de las hojas de la mano del viento. ¿Qué tal? Bien, y tú qué tal. Bien. Es un viejo amigo. Nuestra conversación no supera tres palabras; y después de los abrazos nos miramos extraños sin saber qué decir. Congelados en el tiempo como los cromos de Don Carlos. Adiós, me alegro de verte. Adiós. Y huimos porque ya no sabemos a qué jugar ni cuándo dejamos de hacerlo. Cruzo la calle hacia los edificios nuevos pero algo me retiene… es un olor a verde, un olor como a hierba recién cortada, un olor tan familiar como el café recién hecho al entrar en casa. Han podado unos laureles y desde sus ramas la savia nueva brota. Invisible. Brota imparable camino a la primavera. Mañana seguro que vendrán algunas madres, de las de antes, para coger algunas hojas. Y secarlas. Y echarlas en las lentejas… algún día. Como el otoño con la vida.

Lo que viene y va


El tictac del reloj se ha vuelto una monótona canción. He volteado a mirar el viejo cacharro de hojalata que me regalaste, sí, ese que compraste en un bazar. Me convenciste con el cuento de que por ser antiguo medía mejor el tiempo, que tenía toda la experiencia que dan los años. Sonrío para mí y considero la idea de meterme a la tina, ponerle sales aromáticas y remojar mi cuerpo en el agua tibia. El vestido ya lo he preparado. Lo he dejado sobre la cama; es el rojo con estampado de flores. Lo llevaba puesto la noche que bailamos Lady in red en la terraza del bar. No lo olvido, nos dimos el primer beso y hoy quisiera que me vieras tan bonita como en esa ocasión.

La noche viene y el tiempo se va. El teléfono está mudo y he atisbado por la ventana para ver si tu moto está estacionada en el lugar de siempre. No estoy nerviosa, pero sí decidida. Lo oscuro de la habitación me recuerda que en otros tiempos hubo luz, sí, cuando estabas tú.

Bebo una taza de café endulzado con la miel de tus recuerdos. Semidesnuda miro sin parar hacia la puerta, esperando oír los pasos de tus botas antes de entrar e inundar la casa con el olor salvaje del cuero de tu chamarra. Quisiera verte aventar el casco y abalanzarte sobre mí, así, comiéndome a besos, devorando mi deseo, así como antes.

Me meto a la tina. La tibieza del agua no apaga mi avidez, pero si entibia mi corazón congelado por tu ausencia. He dicho que soy decidida y no te esperaré más. Bebo el último sorbo de café. La transparencia del agua se tiñe de rosa intenso, entonces, la noche me abraza y viene tu recuerdo mientras mi vida se va a paso lento.