Candela


«Candela» (collage y pintura), serie «Azules y Rojos, pasado continuo».
          «La milicia y los propios vecinos aporreaban las puertas de las casas e irrumpían requisando todo lo que tenían al alcance.         
»Aquello que no les servía simplemente lo lanzaban por los balcones. Si no hubiéramos estado encerrados todos tras ventanas y puertas tapiadas, podríamos haber presenciado una lluvia continua de cómodas, mesitas de noche, libros y sillas, que estallaban en esquirlas de madera nada más caer y desmembrarse en las aceras.         
»Después se hacían grandes fogatas y los llantos y el olor a quemado inundaban las calles».  

Los tres fugitivos IV


Para leer las partes anteriores:

«Blood clock», por John Smith (CCO)

Habían pasado ya casi quince años desde que Lucca inició su entrenamiento autodidacta con el amuleto rosacruz. Para ese momento tanto Dimitri como ella habían aumentado, por mucho, sus habilidades en sus respectivas artes. Lucca, por su parte, había realizado con éxito sus experimentos y logró teletransportar primero bacterias, luego seres microscópicos y, eventualmente, llegó hasta insectos y pequeños animales. Todos parecían llegar ilesos desde el interior del Reactor hasta el exterior de la cantimplora prisión de su hermano. El último paso para completar su largo plan consistía en teletransportar animales similares a través de la barrera de la isla.

Ella no lo sabía, pero la barrera solo mataba a los seres humanos que salían de ella. Ese mecanismo era el que permitía a las Tropas de la muerte traficar con órganos desde dentro de la isla a cambio de armas, esclavas y drogas hacia el interior. Sin embargo, dado que estas actividades eran desarrolladas solo por los altos mandos de las tropas, ni Dimitri ni Lucca conocían de dicho detalle.

***

Lucca pidió a su hermano que dejara su nueva piedra filosofal incompleta, conocida como el Acelerador de partículas, cerca de la barrera. De esa forma, podría realizar experimentos sin exponer a su hermano. Estudió de cerca la naturaleza de la barrera y notó ciertas propiedades de la misma. Se dio cuenta que no solo anulaba la sed de sangre sino que, además, eliminaba el aura que ella colocaba alrededor de las partículas de los animales de experimentación. Es decir que, cuando ella los descomponía e intentaba hacerlos pasar a través de la barrera, el aura era deshecha y cada partícula quedaba expuesta en el preciso instante en que la tocara. Eso provocaba que los animales se desintegraran y terminaran muertos a causa del experimento.

Lucca pasó mucho tiempo intentando diferentes métodos para lograr atravesar la barrera de la Isla de Orión, provocando la muerte de cientos de pequeños animales en el proceso. Hasta que, finalmente, tuvo la idea de crear múltiples capas de aura sobre las partículas, de manera que cada una protegiera a la siguiente. De esa forma, la barrera desgastaba el aura capa por capa, permitiendo a las partículas llegar hasta el otro lado. Así fue como logró teletransportar animales hasta el exterior de la Isla de Orión. Sin embargo, la joven alquimista era muy precavida. Por lo que, antes de intentar teletransportarse junto a su hermano, decidió hacer un experimento final.

***

—No sé cómo me convenciste de esto —dijo Dimitri mientras arrastraba un soldado inconsciente cerca de la barrera.

—Es importante, hermano —dijo Lucca—. Es el experimento final antes de aventurarnos nosotros mismos. ¡Pronto conseguiremos nuestra libertad!

Los ojos de Lucca brillaron de un azul intenso y, al ver eso, a Dimitri no le quedaron dudas sobre las capacidades de su hermana.

—Empieza, Lucca —dijo un apurado Dimitri—. ¡No tenemos mucho tiempo!

Lucca sabía que era peligroso atacar y secuestrar a un soldado. Así que se dirigió al interior de el Acelerador de partículas y preparó todo para intentar teletransportar al soldado fuera de la barrera mortal de la isla. Si lo lograba, entonces demostraría de una vez por todas que su teoría era cierta y podría usar esos resultados para lograr su objetivo.

—Estoy lista, hermano —dijo Lucca, adoptando una posición de meditación—. Vigila mientras termino el experimento final.

Lucca salió del Acelerador de partículas y entró en un profundo trance. Usando su piedra filosofal como catalizador, empezó a aplicar su técnica de alquimia sobre el cuerpo del soldado inconsciente. Dimitri vigilaba muy atento por la posible presencia de algún soldado. Si alguno llegaba a ver a su hermana, la capturarían y la enviarían a servir como sirvienta o concubina, y él sería ejecutado por alta traición.

—Hermana, debes regresar ahora —gritó un angustiado Dimitri, mientras sacudía fuertemente el cuerpo de su hermana.

Él sabía que no podía regresarla bruscamente a su cantimplora prisión, porque podía provocar que ella nunca recuperara la conciencia. Pero él ya había sentido la presencia de un capitán, montado en un Ave del terror, acercándose en búsqueda del soldado secuestrado. Dimitri estaba muy consciente que sus superiores eran mucho más viejos y fuertes que él. Viendo que su hermana no volvía, se preparó para pelear. El capitán, a lo lejos, se paró en el lomo de su Ave del terror y dio un enorme salto. En un parpadeo, había dejado atrás a su Ave del terror y apareció frente a Dimitri, que había recargado una potente ráfaga de sed de sangre y la impactó contra su enemigo. El capitán no esperaba tal recibimiento, por lo que quedó aturdido unos segundos. Tiempo que Dimitri aprovechó para conjurar otro ataque.

Lucca aún estaba ejecutando su técnica. Le pidió a su hermano, telepáticamente, que soportara un poco más, que estaba por terminar el experimento e inmediatamente haría que ambos escaparan hacia afuera de la barrera. Dimitri logró conectar un segundo ataque contra su capitán y, aparentemente, logró matarlo al desintegrar su cabeza. Aprovechando el momento, se acercó hacia su hermana para escapar. Pero, justo antes de que ella completara su técnica, vio con asombro que el cuerpo sin cabeza del capitán se levantaba y conjuraba una lanza. Dimitri, rápidamente, conjuró otra lanza para contraatacar.

La técnica estaba lista y Lucca descompuso el cuerpo del soldado en partículas independientes y cubrió cada una con las capas de aura que había implementado. Para su asombro, logró pasar el cuerpo completo del soldado al otro lado. Estuvo a punto de celebrar su éxito, cuando se dio cuenta de que el soldado estaba muerto. Su técnica había logrado transportar el cuerpo del sujeto experimental, pero no logró eliminar el efecto mortal de la barrera.

Dimitri quedó consternado al ver que su hermana había fallado, pero estaba muy ocupado en la pelea como para acercarse. El capitán, incluso sin cabeza, era tan veloz y preciso que si su oponente se distraía, aunque fuera una fracción de segundo, sería atravesado por la lanza y fulminado por la potente sed de sangre que la envolvía. La pelea estaba muy reñida, aunque parecía que Dimitri tenía el control. Pese a ello, y sin poder aún terminar con la vida de su enemigo, vio como llegaba el Ave del terror que el capitán había dejado atrás. El espectro se acercaba, a gran velocidad, hacia su hermana, que aún no recobraba el control de su cuerpo. Inmediatamente, Dimitri alejó de un golpe a su oponente y lanzó una potente ráfaga de sed de sangre hacia el Ave del terror. Pese a la fuerza del ataque, solo logró aturdir al espectro.

El capitán había regenerado su cabeza, por lo que sus ataques se volvieron aún más rápidos y precisos. Dimitri estaba imposibilitado de acercarse a su hermana. Mientras tanto, el Ave del terror se recuperó del aturdimiento y asestó un golpe crítico en el pecho de Lucca, que quedó malherida y desangrándose en el suelo.

Dimitri, perturbado por la escena y muy furioso, se acercó al ave y la atravesó con su lanza. Logró asesinarla pero, sin darle tiempo a ayudar a su hermana, el capitán atravesó el costado derecho de Dimitri con su arma. Este, pese a la gravedad de la herida, logró desviar la potente sed de sangre que envolvía la punta de la lanza del capitán, evitando ser desintegrado. Con sus últimas energías agarró fuertemente la lanza de su enemigo y la rompió. Con otra ráfaga de sed de sangre mandó al capitán a volar a una distancia considerable. Hizo un gran esfuerzo para correr hacia su hermana mientras se desangraba. Mientras corría, sacó el reloj que hace tiempo logró robarle a sus compañeros de las Tropas de la muerte. El reloj, una vez que Dimitri lo tocó, volvió a mencionarle el pacto que alguna vez le ofreció.

—¿Estás listo para renunciar a tu libertad y seguir la voluntad de los Devotos de Akasha? —dijo el Reloj de Telésforo.

—¿Renunciar a mi libertad? —preguntó un malherido Dimitri—. Mi hermana y yo estamos por morir, la libertad no tiene valor ahora. ¡Si puedes hacer algo, mi vida será tuya!

—¿Poder hacer algo? —respondió el reloj de Telésforo—. Nosotros no podemos hacer nada.

—¿Entonces era falso el poder que decían tener? —reclamó Dimitri—. ¡Usé el reloj como último recurso y no sirve para nada!

—No nos malinterpretes, Dimitri —respondió el reloj—. Nosotros no podemos, pero tú sí. Acepta el pacto y el poder del reloj será tuyo.

—¡Maldita sea, no hay tiempo! —gritó un desesperado Dimitri.

—¿Tiempo? —cuestionó el reloj—. Eso te va a sobrar cuando aceptes.

—¡Acepto! —gritó Dimitri, sintiendo que ya no tenía nada qué perder.

En ese momento, el reloj detuvo el tiempo y habló con Dimitri. Le dijo que, en ese tiempo detenido, ni él ni su hermana morirían por las heridas. Luego, comenzó a transferir conocimiento de los anteriores alquimistas del tiempo directamente hacia la mente de Dimitri. Este, luego de obtener dicho conocimiento, tuvo muy claro que la teoría de su hermana no estaba equivocada, sino incompleta. También entendió la verdadera naturaleza de la barrera y la causa del fracaso del plan de Lucca.

Cuando supo todo eso, le preguntó al reloj si podía hacer algo por ella.

—Tu hermana está en el punto exacto entre la vida y la muerte —dijo el reloj—. Si el tiempo se reanuda, ella morirá.

—¿Entonces nada puede hacerse? —dijo Dimitri, con lágrimas en los ojos.

—No nos malinterpretes —respondió el reloj—. Puedes sanar su cuerpo y darle un poco de tu energía vital. De esa forma, aumentarás levemente su estancia en este mundo.

—¡Bien! —respondió Dimitri—. ¡Transfieran ese conocimiento ahora!

El Reloj de Telésforo transfirió ese conocimiento de forma instantánea. En cuanto Dimitri lo recibió, entendió claramente que su hermana debía vivir dentro del reloj. De esa forma, la energía que él le diera a su hermana, que alcanzaba para alrededor de un año de vida humana, no se gastaría. Su vida solo se consumiría en el exterior.

Dimitri, triste por condenar a su hermana de nuevo al encierro, ejecutó su técnica. Lucca sanó y fue trasladada al interior del reloj. Inmediatamente, el reloj transfirió más conocimiento a la mente de Dimitri. Este aprendió que existe una disciplina diferente a la alquimia y al vudú, conocida como Artes demoníacas. Esta era la razón por la que la barrera no podía ser afectada por las técnicas de los hermanos, porque los efectos de las Artes demoníacas solo pueden contrarrestarse con ese mismo tipo de técnica. Sabiendo eso, Dimitri completó la teoría de su hermana.

Con la teoría completa, usó Artes demoníacas para teletransportarse, junto al Reloj de Telésforo, hacia afuera de la barrera. Una vez libre de la opresión de la isla, Dimitri sacó a su hermana del reloj. Ambos se miraron directo a los ojos, se abrazaron con fuerza y lloraron desconsoladamente uno en el hombro del otro. Su sueño se había convertido en pesadilla. Se habían convertido en los únicos, aparte del Dueño del mundo, en escapar de ese terrible lugar. Pero el precio que pagaron fue muy alto.

Bajo las ramas del roble


Sentado bajo las ramas del roble, veo comer al cernícalo. Arranca un pedacito de carne, levanta la cabeza, mira en torno y repite la operación. 

Escucho el aleteo de los cuervos y sus graznidos, indolentes, burlones, alarmantes. 

Las aves cantarinas animan el ambiente con sus silbidos multicolores. 

Un búho, o quizás un cárabo, ulula en el bosque, y el pico de un picapinos percute contra un tronco. 

De vez en cuando, se oyen mugidos y cencerros, y las ocas de la granja cercana graznan escandalosas. 

A lo lejos, saluda el cuco. 

Un zumbido proclama la resistencia de las moscas ante el invierno cercano. 

Una urraca anuncia su presencia, y el arrendajo responde ruidoso, mientras despliega su colorido vuelo. 

La brisa sopla, y oigo el roce de las hojas caídas del roble. Ya no quedan muchas en el árbol. 

Una bellota se rinde a la gravedad y golpea contra el suelo. Otra. Unos metros más allá, también cae una pequeña manzana silvestre. 

Dos ruiseñores aterrizan cerca de mí, saltironean nerviosos sobre la hojarasca, y enseguida se alejan con su vuelo vibrante. 

De salto en salto, un mirlo inspecciona el terreno. 

El sol de diciembre desciende en el horizonte. Todavía me acaricia las mejillas. Bajo las ramas del roble, aún me calienta el alma. Unos minutos más. 

Azules y rojos


Azules y Rojos (collage y pintura), serie Azules y Rojos, pasado continuo

«La familia quedó destrozada y sin recursos al faltar el único sueldo que la mantenía. Pepe, entonces de cinco años, se estremece aún por el doloroso recuerdo de su madre, que cayó desmadejada y rota de dolor en el primer escalón de la escalera de su piso vivienda, llorando entre lamentos y temblores, con el paquete de comida en sus manos, y a su hermano Pedro, de catorce años, al que él siempre había visto tan fuerte y seguro, clamar a gritos llorando: ¡Mi padre, mi padre!».

Cara y cruz


Jugando a cara o cruz, al caracol le tocó cruz, fingió una sonrisa y continuó por el camino que la babosa le dejó marcado. Él no quería sentirse solo y en la compañía vio fantasmas que jamás creería que vería. Último puesto, por supuesto. La claridad se tornó interna y la oscuridad salió a la luz. Ya nada importaba, o sí pero no —el caracol lo entiende—, la ayuda era inútil y sus impulsos se quedaron enterrados por miedo a perder la ilusión, y ahora casi la pierde. Nada entiende el caracol, tanta vida para quedarse mudo, el señor trotamundos se quedó mudo, dejó de trotar y ahora solo quiere dormir y soñar. Fue con alguien, pero a veces sin él y solo sigue y persigue por afán a que alguien más, además de su marca le diga que existe. Se dio cuenta de que aunque le digan que existe de nada vale si ya no existe. Nada sirve mejor que su marca para saber qué existe y que existió.

Cineteca Nacional


Solo tengo una rutina fuera del trabajo, y es que todos los martes y los miércoles, después de las cinco de la tarde, me fumo un cigarrillo en una de las  bancas del jardín de la Cineteca Nacional. Y después lloro.

Los martes y los miércoles son días de llorar a mares. Siempre después de las cinco de la tarde, porque son los únicos días que me permito extrañar con todo mi ser, con mis ojos y mis entrañas, a Gildardo, mi exnovio, con el que estuve los últimos cinco años, con el que planeaba casarme y con quien hubiera tenido a dos hermosos hijos (Graciela y Gerardo). El único con el que podría haber volado hasta Santiago de Chile en globo aerostático y regresar a México a pie. 

Sí, así de fantasiosas eran mis expectativas con Gildardo. 

Hay tardes en las fantaseo que lo llamo. Imagino que le pregunto cómo está, que le recomiendo libros y que le doy mis últimas críticas sobre las películas de Marvel. Me veo contándole sobre la proximidad de nuestros cumpleaños para después, hacerme la olvidadiza y pedirle que me recuerde el viaje que hicimos a Japón. Que me diga los nombres de las montañas y que me explique nuevamente el porqué del sabor y del color del flan de azuki, y el por  qué decía que mis ojos eran más hermosos que todos los cerezos de las islas del sol naciente.

Otras veces sí marco desde la caseta telefónica de la Cineteca. Espero escuchar su voz y le cuelgo. Esas son las ocasiones en las que lloro más.

¿Y por qué la Cineteca Nacional?, fácil, porque las fotografías que adornarían nuestra boda, serían tomadas ahí. Porque ahí nos conocimos, ahí fue nuestro primer beso (cuarenta minutos después de conocernos) y porque en sus gradas Gildardo me pidió que nos casáramos. Por eso vengo a llorar aquí los martes y los miércoles después de fumarme un cigarrillo.

Sí, claro que los edificios tienen memoria. Por eso la Cineteca llora conmigo.

Fotografía de ana.torr.ent https://www.instagram.com/p/B6tPTtGBZiz/?utm_medium=copy_link

Boom, boom


«Una tarde apareció corriendo por la playa un hombre de unos cincuenta años, con pinta de pescador o mariscador. Venía horrorizado y nos gritó descompuesto, pero sin siquiera pararse, que nos quitásemos de en medio, porque por la playa venían los soldados cortando cabezas.
Todos los niños y niñas salimos aterrados corriendo de la playa, buscando refugio».
 Boom, boom (collage y pintura), serie Azules y Rojos, pasado continuo.