La leyenda


Voy a contarte una leyenda medieval, de la cual se han creado incluso oberturas y ballets en la música clásica, en el París del siglo XIX. Es la leyenda de Jaufré Rudel, príncipe de Blaye y trovador de Aquitania, que cantaba en sus melodías y poemas la legendaria belleza de Mélissinde, princesa de Oriente y condesa de Trípoli en Tierra Santa, de quien estaba prendado, pero a quien no conoce, porque nunca han hablado, él está en la corte de Aquitania y ella a miles de kilómetros al sur en Tierra Santa. Ha realizado por ella, una obra de maravillosas canciones y singulares libros de poemas, conocidos en las cortes de entonces, en el norte de Europa, son libros inspirados por ella, a la que solo ha visto en imágenes a través de cuadros que le llegan en galeras de comerciantes genoveses y venecianos que cruzan el Mediterráneo, y de la que ha recibido cartas que él contesta acompañadas de algunos de sus poemas. Ella, la princesa, no conoce nada de él, pero se ha convertido en toda una musa que recorre con sus versos los salones de Europa. Esto la llena de dicha e imagina a su poeta de una manera que solo a ella la fascina. En un momento dado, Jaufré Rudel presiente cerca el final de sus días y, acompañado por su fiel amigo Bertrand d’Allarmanon, chevalier y trovador de Provenza, que también compone poemas, organiza un viaje hasta Tierra Santa para que su amigo pueda ver a su musa, en un itinerario lleno de peligros y obstáculos que le hace llegar a Trípoli ya sin fuerzas, moribundo por multitud de combates con los infieles. Jaufré, exhala su último suspiro a los pies de la princesa, pero su capa le cubre completamente. Mélissinde le pide a su amigo que no levante la capa, jamás lo ha visto ni sabe cómo es, pero ha leído sus poemas que, durante mucho tiempo, le han producido el mayor de los placeres al sentirse musa y mitigado sus penas de princesa objeto de pactos políticos en las conquistas de Tierra Santa. Desea imaginárselo perfecto, lo cual la produce el mayor de los bienes en un momento que debe decidir aliarse con Jerusalén para salvar las reliquias del Señor. Por eso guardará en su recuerdo al perfecto trovador que tantos buenos ratos le daba al llegar sus obras hasta su palacio.

—¿Y nunca le vio y él solo la conoció a través de frases y pinturas que le llegaban desde Oriente?

—Así fue sin duda.

Aquella relación era perfecta para los dos, y de gran placer, incluso dentro de cada una de sus vidas reales. Un mundo paralelo donde cada uno encontró un ideal donde curar algunos de sus miedos. Porque la princesa había sufrido ya siendo niña, dentro de la poderosa familia que conquistó aquellas tierras. Fue dada al tío de su padre, y sufrió por aquel maligno hombre siendo una niña, cuyos recuerdos la atormentaban, y que el Trovador de Aquitania cuando lo supo decidió sacarlos de su mente. Ella consiguió domeñar aquella pena que la ocurrió de niña, y volvió a tener alegría en sus días de palacio. Eso la lleno de dicha hacía su poeta, y estaba dispuesto a darle todo lo que le pidiera. En su mente él era el caballero perfecto con su armadura.

Fotografía cedida por @poeta_eva

Un cuento de verano


Fotografías cedidas. Por @poeta_eva

Apartada de las anchas y tumultuosas arenas de las otras playas que hay junto a la ciudad, con sus altos hoteles y enjambres de turistas, estaba la cala en forma de medialuna donde ella paseaba, se encontraba el mar por debajo del sitio en forma de terrazas donde estábamos merendando aquella tarde. Nosotros estábamos sobre una hierba de verde intenso que se fundía con el borde del acantilado, con sus rocas y peligros. Desde allí, en lo alto de una de las paredes que dominaba la medialuna de agua, veíamos lo que ocurría, muy en pequeño, todo lo que llegaba del mar o se adentraba en él. Todo el horizonte se recortaba detrás de su melena.

Escuchaba su conversación como si hablasen desde otra habitación una conversación que fuera muy importante para mí, las cadencias de sus frases, su acento de otro lugar. Verla recortada en un fondo azul y de líneas verdes. Explicaba sus maravillosas obsesiones y sus miedos atrapados por un pasado. Miraba su mano apoyada en una toalla, con un tatuaje que parecía un punto y una coma, miraba el largo tapiz de los acantilados integrándose en el mar.

—Siento cierta pena la irme de este lugar, como si dejara algo —dijo poniéndose triste en ese momento.

Un golpe de pena, una sospecha amenazante de lo que vivió hace unos meses, o de lo vivido en el pasado, tal vez cuando era una niña y se forman ciertos fantasmas. Han pasado muchos años y debería ser una persona distinta. Había conocido a dos hombres, pero eso había provocado que pensase que el amor es algo destinado a perderse o engañarte.

—¿Es una pena por lo que ocurrió o en realidad porque no debió tener al menos ese final? —le pregunté.

—Tal vez te parezca que huyo de algo, no lo sé, ni me apetece saberlo, quiero vivir en otro lugar. Sé que es algo distinto a estar confundida, mucha gente me lo diría. Mi madre, incluso. Sé que no tiene que ver con estar harta o desilusionada con los hombres que conocí. Quiero cerrar temas, llevarme a mis niños. Borrar a ciertas personas, y pensar que otras cosas fueron, inocuas, insensibles, asépticas en referencia a lo que ocurrió conmigo.

La miré a los ojos, miré la línea de sus labios demasiado tentadores a esa distancia. Veía la sospecha de un golpe de tristeza al hablar de su pasado. Hacía un momento que había estado riéndose, moviendo la cabeza a cada lado al tiempo que los silencios los tapaba canturreando algo que no lograba descifrar. Comencé a hablarle, conocía mi poder de calmar y enfrentarme a las tormentas.

—Entiendo lo que estás pensando. Lo sé, sin necesidad de que nos conozcamos, por esa manera de ordenar tus ideas. Sé que piensas, cuando llega la noche y miras arriba, lo que hubiera sido esa estrella, lo que hubiera podido ser o realizarse si hubiera nacido. Sé que aún cada mes te pones triste y piensas que solo habías dado amor, y no entiendes porque recibiste otra cosa, pero… forma parte del firmamento, y además es de color dorado allí arriba, entre las almas buenas y sin culpa. No tienes por qué olvidarla, solo convivir con ese pensamiento, porque te alegrará saber que no la olvidas, que no eres insensible. Desde aquí arriba, por encima de los acantilados, se ve el océano infinito, y si cierras los ojos, estás más cerca del cielo y a la vez más cerca de entender que la vida, esa angustiosa aventura que parece una novela escrita por un escritor con muy malas artes, la mayoría de las veces; esa vida te espera para seguir y encontrar muchos días felices. Y que te alegrará pensar en tu buen corazón.

Me miró como si nunca nos hubiéramos visto, pero como si me hubiese instalado en su mente en un momento determinado de su vida. Me miro como si pudiera construirme a su antojo y producirle más placer que nadie.  Visto en la distancia nada ocurrió entre ella y yo que alterase sus planes o los míos. Pero de repente alcanzó mucho valor en aquel momento, en aquellas circunstancias, en aquel interior de ella todavía casi una niña sin serlo, llena de pequeños enfados y buscando mimos entre hazañas. De repente se relajó, pasó la sombra de tristeza por ese recuerdo en forma de ángel. Se perdieron de golpe las ganas de llorar. Puede ser que fuera mi mirada sobre su piel, su delicada manera de arreglarse, su dejarse atrapar en un mundo paralelo, cuando me acerqué para ver más de cerca sus ojos, y leer tantas cosas en ellos como historias debían susurrar las musas de la antigua Grecia a los héroes, a los que partían con sus escudos de bronce a defender sus ciudades y sus tierras, pude ver toda su belleza y desear hacer míos esos labios, solo míos. Puede ser que esta historia haya quedado poco romántica o sin los detalles modernos que tanto gustan, pero no mentiría si no dijera que era una mujer bella capaz de atraerme. Mentir o hacer daño sobre alguien que tiene buen corazón, jamás entra dentro de mis cálculos. Ese verano conocí a un corazón generoso, aparte de una guapa mujer, con una mirada que recuerdo después de tantos años, la recuerdo a pesar de la sombra que mira lo que antes fui. Nada más queda excepto aquel lazo negro que me enseñó antes de marchar.

La Cariátide


Era finales de julio, el sol hacía brillar en ese mes mi cabeza, y las de otros compañeros de aquel viaje, con el pelo tan corto que las asemejaba al granito. Nos habíamos refugiado en una terraza de la parte vieja de la ciudad, al lado de una casa blasonada a la sombra.

La voz de mi compañero, baja y penetrante, consigue impregnar un recuerdo de ese verano. Pronunciaba perfectamente cada sílaba, porque sentía que me iba a contar la aventura de su vida. Después de un sorbo de té, deshila su aventura…

…Pensaba que nada podría sorprenderme en aquel viaje, que nada podría ya ver que mereciese la pena, una vez recorrido el norte del continente con sus ciudades antiguas, catedrales y palacios de cuento y llegado al sur de Europa. Venecia había sido la penúltima etapa. ¡Qué ciudad! Cuantas cosas evoca. Es la urbe que concentra todo la elegancia de otros siglos refinados. No vi nunca mejor juego de luces que en el interior de San Marcos, ni rayos cegadores colándose por ventanales que puedan igualarse al medio día en esa basílica.

Recordando esos destellos dentro de la basílica de la ciudad que una vez dominó todo el mar Adriático y llevo sus leones por todo el Mediterráneo oriental, las oraciones que sonaban en sus altares, me pareció escucharlos la primera vez la vi a ella, en el tren más miserable en que halla yo viajado, un tren maltrecho que nos trasladó por la costa de la entonces Yugoslavia. Al pasar con mis bultos por su vagón, se encontraba pegada a la ventana junto a los viejos cortinones que adornaban esos trenes. Al detenernos unos minutos en un lugar llamado Larisa pasé de nuevo junto a ella, pero no me atrevía nada más que a mirarla, muy fugazmente, pero lo suficiente para que la recordase al día siguiente desde una ventana de mi habitación. Observaba como desayunaba en el hotel de enfrente. Bajé con el propósito de mirarla más de cerca, igual que un pintor hubiera bajado con un caballete para hacerla un retrato. El perfil serio, adulador con los movimientos que hacía sobre la mesa. Con aire de mujer completa y a la vez perdida en otro país.

Al ser los únicos extranjeros en el lugar, fue fácil entablar una conversación. Ni siquiera hubo presentaciones para esperar a oír su voz.

Recuerdo aquellas extraña frases. «¿Sabes lo que en estos lugares se esconde?».»No». La respondí con una entonación sorprendida. «La belleza y la felicidad a unos cánones». Intenté pensar, pero se levantó y comenzamos a caminar. Al llegar al borde de la muralla que en línea recta dominando la ciudad entera, se despegó de mi lado. Andaba muy cerca del borde con su porte de primigenia griega. No sabría decirte por qué de repente me recordó a las mujeres descritas por los griegos, pero mientras el sol cincelaba su vestido negro, esponjándoselo como el mármol, y el aire la acunaba lentamente, creía estar oyendo algún arpa ancestral, una melodía que anunciaba desde las murallas de la ciudad hacía las colinas lejanas que una flota de héroes griegos llegaba desde este. Me es difícil explicártelo, oía en aquel preciso momento, acompañándola a la forma de caminar, un arpa que insinuaba una danza que bailaría alguna célebre antepasada suya en un templo.

Un poco pensando en eso, le regalé al día siguiente una caja de música que compré a un albanés en un puesto en la calle. Esa misma tarde montamos de nuevo en el tren y después de un noche sin parar nos hospedamos en una fonda del puerto del Pireo. Fue entonces cuando hice la pregunta: «¿Quién eres?». «Cambiaría mucho las cosas si te contestase». Me respondió. «Depende de la respuesta». La dije. «Nadie está contento con las respuestas que no espera. Tampoco a veces con las respuestas de siempre, dudamos de lo que queremos. Las respuestas nunca nos dejan del todo satisfechos sólo matan partes de nuestra curiosidad.»

Mi compañero hizo una pausa del relato de aquel viaje para tomar la taza, empezaba a tenerle envidia por haber visto tantas cosas, y haber tenido aventuras en la tierra de Ulises. Reanudó el relato pero lo hizo en un tono más trágico.

Por la mañana no esperaba encontrarme con aquella sorpresa. Al despertarme no encontré a nadie junto a mí. sus cosas estaban allí ordenadas, bajé corriendo con un extraño presentimiento en mi interior. Las pesadillas deben ser la antítesis de una parte de nuestra felicidad, sobre todo de los que están enamorados y no lo saben aún. La vi sentada en una mesa mientras leía. Llevaba un nuevo vestido, también negro, podía vérsela resplandecer desde el final del mismo paseo. Tenía la sensación de acercarme a una mesa iluminada por un foco, donde una maga de dedos largos y blancos estuviera leyendo exquisitos saberes. Me senté a su lado. Desde allí se abarcaba todo el puerto del Pireo. No me dijo nada, yo tampoco.

Las explicaciones a su comportamiento llegaron el último día que la vi, sentados en una playa, yo junto a esa enigmática griega de ojos claros y melena morena, y la nariz apuntando fijamente al mar. Interesada en los impulsos de las olas, desplegando esbeltas amalgamas. Acusando tal vez, duelos y daños como un jarrón de la dinastía Ming curado con hilos de oro. Condensando en el significado interior de su mirada lo que alguien guarda en un estuche durante cien años.

«Las cariátides esperan. Miran al horizonte en esos momentos únicos. Pero esperamos solas en otra época»

Fotografía cedida por: Twitter @poeta_Eva

El último tren


Imagen: Donny Jiang

Desde la muerte de Tarek había decidido tomarme la vida con más calma. Había experimentado la muerte en algunas ocasiones, dos de ellas fueron muy cercanas y a temprana edad, pero la partida de Tarek fue un hecho que me impactó hasta el punto de hacer un cambio radical en mi vida.
Dejé de fumar de la noche a la mañana, despedí a mi trabajo, me apunté a un gimnasio y vendí el coche para desplazarme en transporte público. Nunca creí que la muerte pudiera convertirse en un empujón hacia un cambio de hábitos y de rutina.

Tarek tenía 29 años cuando una fatídica mañana de abril decidió emprender su último viaje. Nadie supo por qué, se llevó ese motivo a la tumba y ahora que lo pienso, qué importa. Se fue discreto y de manera fugaz…
Nos habíamos conocido en una actividad literaria hacía apenas dos años y seguíamos compartiéndola. Con él había conocido, sin tocarla, la arena, la cultura y la escritura árabe.
Aquella mañana bajé las escaleras del metro con un ritmo inusual. Normalmente me fijaba en la frecuencia de paso del convoy para alcanzarlo, pero en esa ocasión, me dejé llevar por una especie de inercia que me decía: «Tranquila, para qué corres, nadie te espera. Tarek no estará hoy en la clase, te tomarás el café sola en el bar de siempre, quizá coincidas con algún compañero de curso y mantengas una conversación trivial. O quién sabe, quizá inicies una nueva amistad, si es así, tómalo con calma, y al café también».
Reí para mis adentros, era como escuchar a Tarek en uno de sus habituales discursos sobre el sentido trascendente de la vida, era un poeta. Quizá sí había que trascender en nuestra existencia, pero había algo claro y simple en mi manera de ver las cosas ese día: él ya no estaba y sus discursos hoy ya no me servían de nada.

Llegué al andén de la línea 5, allí acostumbra a haber poca gente a media mañana. Hasta lo agradecí. Seguía inmersa en mi nube mental y física y, de repente, un silbido me sacó de mi letargo. Acababa de llegar un tren, luego otro y hasta pasaron dos más. Un adolescente miraba entusiasmado la pantalla horaria, seguro estaba ansioso y feliz por llegar a su destino. Me fastidió esa imagen, y pasé a un estado de incómoda aceptación.

No sabía el tiempo que estaría sentada ahí, esperando quien sabe qué y pensé que no sabemos el tiempo que nos tocará estar todavía aquí. A veces lo decidimos nosotros, como Tarek, otras nos llega por sorpresa.

Me senté y observé a la gente a mi alrededor. Unos pocos se mostraban inquietos paseando de arriba abajo del andén, otros, con excesiva calma, esperaban leyendo o mandando mensajes por el móvil. Yo me mantuve en un momento de reflexión, quizá hasta decidiera dar marcha atrás y faltar a mi curso. De repente vi la luz en el túnel, se acercaba el quinto tren. La gente acumulada avanzó lo más cerca de la línea de espera para abordar rápido. Yo seguía sentada, sin la más mínima intención de reaccionar.
Cuando llegó el tren todavía me quedé observando un poco más a la pequeña multitud repartida en el andén. Sonó un fuerte pitido, se anunciaba el cierre de puertas. Salté del asiento y me precipité a la puerta. Alguien me estiró del brazo evitando así que me quedará atrapada.

—¡Gracias! —alcancé a decir.

—Oye… ¿Estás bien?

Me topé con una preciosa mirada, y además conocida. Era Marcos, compañero de curso. Un desconocido para mí hasta ese instante en que, sin saberlo, permitió que el cierre de puertas me abriera a una nueva oportunidad en mi día.

Hombre al agua


Fotografía: Playa Sector Piñones, Municipio de Loíza, Puerto Rico. Tomada por Mel Gómez 14/octubre/2022
Imagen: Playa Sector Piñones, Municipio de Loíza, Puerto Rico. Tomada por Mel Gómez 14/octubre/2022

Vengo de un país rodeado de agua por todas partes. Sí, de una isla. Todos mis recuerdos están asociados con algún cuerpo de agua: el mar, el río, el lago, la quebrada, la cascada. Mis diversiones también: la bañera con patitos, la piscina en el patio, o el agua de la manguera con la que mi madre nos mojaba en días intensos de calor. Tan pronto ella abría el grifo todos los niños de la calle corríamos a brincar en el charco que se hacía frente a nuestra casa. Aquel líquido fresco que nos aliviaba, siempre iba acompañado de la frase «¡¡¡Hombre al agua!!!», enseguida el chapuzón y después el chapoteo. Los gritos se escuchaban por el vecindario y todos salían a reírse por nuestra algarabía. Terminábamos muertos de hambre y los hombres enseguida preparaban la barbacoa y parecía que estábamos de cumpleaños. ¡Qué felices eran esos días!

Me llamo Juan Adolfo García Colón, todos me dicen «Juancho». Tengo diecisiete años y todavía no me gradúo de la escuela superior. Mi familia espera con ansias que anuncie a cuál universidad pienso ir el año próximo, pues no tengo otra opción, según ellos. «Estudias o estudias para que te hagas un hombre de bien», me repiten. Sueñan con que me vaya a alguna institución de prestigio en los Estados Unidos y cuando me opongo por la distancia dicen: «O tú cruzas el charco o nosotros lo hacemos, así de sencillo». El bendito charco es nada más y nada menos que el Océano Atlántico, sencillito… Claro.

Hoy quisiera morir. Después de una vida tan nefasta, sé que no me entenderán por lo corta que parece ser, no quisiera salir de ella sin la preciosa compañía del agua. Y ustedes se preguntarán el porqué de este súbito deseo. A pesar de los sabios consejos de mis padres me junté con personas que no me convenían. Y no fue porque necesitara dinero, mis padres todo me lo daban, hasta un carrito que me llevaba a dónde quisiera. No sé qué estupidez cruzó por mi cabeza que me metí en semejante problema. Ahora les debo miles de dólares, que no podría pagar ni trabajando cien años, a unos rufianes que andan buscándome porque no pagué la mercancía que me confiaron. Nada más de pensar lo que me harán, prefiero morir plácidamente bañado por las aguas mansas en cualquier punto de mi tierra, pero como soy un cobarde, no me atrevo.

Aunque pienso que mi familia estará más tranquila si reúno el valor. Dirán que fue un accidente y no estarán años torturándose sobre cómo fueron mis últimos momentos: si me secuestraron, si me torturaron, cuántas heridas punzantes tengo, o si me cosieron a balazos.

«Ring, ring, ring». Número no identificado. No contestaré. Seguro que son ellos y es mejor que ni sepan dónde estoy. Sé que no me podré esconder eternamente. Todos conocen la casa de la playa. ¡Dios, estoy tan nervioso! Apenas puedo agarrar un vaso, el contenido cae al suelo irremediablemente. Tengo nauseas, la verdad, ganas de vomitar, y estoy seguro que en breve hasta diarreas me darán. ¿No es mejor morir a esta pesadumbre? Si solo tuviera los huevos para acabar con esto.

¡Ay, no! Espero que a mi hermana no se le ocurra usar mi carro. Puede ser que la confundan conmigo y mi terrible suerte la tendrá ella. ¿Qué digo?

—¡Marisela!

—Oye, ¿dónde andas?

—Salí.

—Estúpido, eso ya lo sé. Es que andan buscándote unos señores muy raros. ¿En qué andas metido? Cuéntame. No diré nada.

—No ando en nada. Tú siempre con tus cosas. Deja de estar mirando series de mafiosos. Solo te llamé para decirte que no uses mi carro porque tiene un problema con los frenos. ¿Ok?

—Juancho, estás muy raro hace días. Sabes que cuentas conmigo.

—Lo sé. Debo colgar.

—Pero no me has dicho… Colgó —dijo para sí.

Ya, lo que me temía, me andan buscando. No pasará mucho tiempo antes de que me encuentren. Todos saben de la casa de la playa. Tengo que salir de aquí. Supongo que estoy en uno de los primeros sitios a dónde me vendrán a buscar. Iré al centro de la isla, a la montaña, por los caminos vecinales, cerca de los ríos las cuevas. Nadie me conoce por allí.

«Ring, ring, ring». El mismo número. Las piernas me tiemblan. Aquí hay un arroyo. Voy a detenerme un momento para tomar un poco de agua, a ver si me tranquilizo un poco. Qué bueno que mamá siempre tiene un vaso en el carro. ¡Ah! Deliciosa. Voy a extrañar a mamá. Mucho.

Lo malo de vivir en una isla es que no tienes a donde ir. Vas de un lado al otro y siempre encuentras agua. A menos que tengas un bote o un avión privado, que no es mi caso, no tienes a donde ir. Das vueltas y vueltas como un ratón en su rueda y no llegas a ninguna parte. Solo hay agua.

«Ring, ring, ring». Mejor tiro el celular por la carretera. Así no lo escucharé más. Hoy es el día. Ya no puedo esperar más. Si fueron a mi casa, están muy cerca de encontrarme. ¿Se atreverán a hablar con mi papá? Pobre, se moriría de vergüenza si sabe que ando en malos pasos. Tanto que me lo dijo. ¡Qué tarde se me ha hecho para aprender!

—Juancho…

—¡Pocho!

Volteo a ver. No puede ser. ¿Cómo me han encontrado?

—¿Creías que no te encontraríamos? Se te olvida que tu celular tiene una aplicación de GPS. Lo tengo intervenido hace tiempo, por si acaso. Tú sabes… seguridad del negocio.

Traté de correr, para un lado, me interceptó uno de sus hombres. Para el otro, no tuve escapatoria. El terror empezó a calar mis huesos.

»¿Dónde está mi dinero? —pregunta el jefe.

Acabemos con esto, me propongo.

—No lo tengo. ¡Ugh!

Sí que me ha dolido ese puñetazo en el estómago.

—¿No lo tienes? ¿Y la mercancía?

—Tampoco, Pocho. Me la robaron.

—¿Cómo que te la robaron? ¿Quién te la robó?

—No me di cuenta.

—¿No? Entonces darás un paseo con nosotros. Ya verás como te regresa la memoria.

Los hombres se miran sin hablar, aun así, se entienden muy bien. Supongo que no necesitan palabras, conocen muy bien sus horribles pensamientos. ¡No! Este camino se parece al de mi casa. ¡Van hacia mi casa!

—¡Les diré! Les diré quién me robó la mercancía, pero por favor, no vayan a mi casa.

—¿Ves cómo te volvió la memoria, niño? ¿Quién la tiene?

—Mi exnovia. Discutimos y se la llevó.

—Ajá… ¿Cómo que se la llevó?

—La echó en un bulto que traía y no me di cuenta hasta que la busqué para regresártela, Pocho.

Ya se me nota la desesperación en la voz, se me están saliendo las lágrimas. Tengo sed, quiero mucha agua. Tiemblo de pies a cabeza. Me estoy cagando de miedo.

—¿Y no la fuiste a buscar?

—Sí, pero ya no la tenía.

—¿No? ¿Y qué hizo la putita con ella?

—La vendió… ¡Ugh!

No me peguen en la cara. Mis padres no van a reconocerme. ¿Por qué no les hice caso?

—Bien, ¿dónde vive?

—No, Pocho. No le hagas daño.

—Sabes que la voy a encontrar. Economízame el trabajo —dijo socarrón.

Como andan las cosas mejor que pase el trabajo. De esta no salgo. Mamita, perdóname el mal rato…

—No diré nada. Acaba con esto.

—No tan fácil, niño.

De nuevo mira a los otros y ríen a la vez. Me tapan la cabeza con un saco negro. Seguimos en la carretera como por treinta minutos. Siento que vamos por una carretera de piedras y el auto se detiene al ratito. Me toman del brazo y me sacan del carro empujándome. Abren una puerta, lo sé por el chirrido de los goznes. Vuelven a empujarme para que entre. Me amarran las manos a la espalda.

—Juancho, ¿dónde vive tu exnovia?

No contesto y metieron mi cabeza en un barril lleno de agua. ¡¡¡Hombre al agua!!! Me mantuvieron sumergido hasta que no podía respirar. Ya no me parecía tan buena experiencia la presencia del agua. Me sacaron, tosí, vomité y me hice en mis pantalones. Repitieron la pregunta. ¡¡¡Hombre al agua!!! Y al agua una y otra vez. Una y otra vez, hasta que me desmayé.

Cuando volví en mí me encontré caminando en la carretera rumbo a mi casa. ¿Habré dicho dónde vive mi exnovia? Noté la quebrada que estaba al lado del camino y decidí darme un chapuzón en esas aguas puras y cristalinas. ¡¡¡Hombre al agua!!!

—Hola, Juancho.

—Hola, mamá. ¿Qué haces aquí?

—Todos vinimos a disfrutar el agua contigo. Siempre nos ha gustado tanto…

Los abracé contento. Hacía mucho que no sacábamos tiempo para bañarnos juntos en la quebrada. Siempre tan ocupados.

—Los hombres que te buscaban fueron a la casa otra vez —respondió Marisela.  

En un susurro


La gente de carbón se deslizaba sobre las paredes cuando no había sol. Se transportaban entre dimensiones en silencio, en un susurro. Iban y venían acarreando almas confundidas de gente que acababa de morir. Ese era su trabajo principal.

Acechaban, se movían adheridas a las paredes con extremada lentitud, expectantes, delineando complejos grafitis.

Nadie sabía con exactitud su origen; decían que fueron sirvientes de un dios que ya había muerto. Otros contaban una historia plagada de demonios menores y pactos eternos. Otra versión se centraba en un origen extraterrestre y otros que no recordaban muchas cosas pasadas, afirmaban que habían nacido cuando se apagó el Internet. Todas las versiones coincidían en que eran creaturas de la noche.

El nombre de gente de carbón también tenía un origen incierto. Al desconocer la naturaleza y origen de esos seres, las personas que sobrevivieron al colapso comenzaron a llamarlos así porque simulaban siluetas dibujadas en las paredes con carboncillo en sutiles matices en donde aún quedaban de pie casas y edificios. Tal vez, antes del apagón, tuviesen otro nombre, nadie lo sabía.

Uno de los hombres más viejos del lugar platicaba con suntuosa parsimonia, cómo estas creaturas se mueven en lo oscuro: «Lo hacen así porque no tienen sombra», diría con dramatismo y proseguía por encima del barullo de los oyentes.

—Huelen la muerte. Ese olor dulzón que se desprende cuando el alma está dejando el cuerpo. Es el único olor que pueden percibir y entonces se mueven muy rápido, llegan hasta donde está el moribundo y con avidez esperan para capturar el alma y llevársela a otra dimensión.

El anciano asentía con lentitud mientras cerraba los ojos y la concurrencia se hacía mil preguntas.

—¿A dónde llevan las almas? —dijo una voz que venía de atrás del gentío que se reunía para escuchar al anciano.

El viejo intentó enfocar con sus cansados ojos a la pequeña que se atrevió a preguntar.

—Nadie lo sabe. Solo capturan almas y desaparecen en un susurro. No se llevan más, ni siquiera los diamantes que están regados cerca de quien va a morir. Nunca nadie ha podido probar si conducen a las almas a la luz o las dejan caer en un pozo oscuro en donde flotan una eternidad.

La pequeña, entristecida, agachó su cabecita. Jugueteaba con una pelota saltarina y llevaba puesto un suéter verde rabioso que no era de su talla.

El anciano continuó:

—La gente de carbón se alimenta con la luz artificial; cuando están cerca, lámparas y focos bajan de intensidad en su luminancia, es porque se están alimentando.

El anciano hizo una pausa y trató de nuevo de enfocar a la pequeña, ella ya se había marchado, solo distinguió un montoncito de diamantes en el suelo que más se tardó en pensarlo que lo que la gente en pelear por recogerlos. Cuando terminó el alboroto por los diamantes que lloró la pequeña, un hombre larguirucho preguntó:

—¿Alguien ha visto a la gente de carbón?

—Nada más son capaces de verlos aquellos que están a punto de morir.

Se elevó un coordinado «¡Ah!» por encima de la audiencia.

 Una pareja de jóvenes que escuchaban al anciano con especial atención conversaba en voz baja.

—¿Ya ves, Lolo? Te lo dije antes: Pipi preguntó que quiénes eran todas esas personas que se movían de un lado a otro en la habitación y en dos minutos dejó de existir —comentó por lo bajo Zuzu a su incrédulo amigo que seguía atento la narración del viejo.

—El mundo no volvió a ser lo mismo cuando se fue al carajo el Internet. Lo que en su tiempo fue pecado se volvió el privilegio de unos pocos, la consciencia se extravió y se desecharon nuevas costumbres; las apariencias ahora son un vergonzoso secreto y las recompensas del pasado hoy solo son una tremenda carga para quien las posea. Los descubrimientos de antaño hundieron en la oscuridad al hombre y en respuesta a este nuevo desorden ¡la oscuridad parió a la gente de carbón!

De la manera más teatral posible, el anciano daba por terminado su acto: abriendo los brazos e inclinándose a modo de reverencia hacia una pared.

Las personas del lugar se dispersaron: algunos, volvieron a sus casas; otros, a sus trabajos, no obstante, al siguiente día se juntarían una vez más a escuchar el relato del veterano.

Lolo y Zuzu caminaban pensativos. De vez en cuando echaban una mirada furtiva y morbosa a las paredes por donde pasaban.

—¿Por qué quieres ver a la gente de carbón? No ves que dijo Pepe —refiriéndose al carcamal— que nada más los moribundos pueden —dijo Zuzu.

—No puedo esperar a morir, debo verlos. Me pica la curiosidad.

—Deja de pensar en eso porque cuando de verdad te toque verlos, ya no vivirás para contarlo —sentenció Zuzu.

Él sonrió y se cubrió la cabeza con ambas manos. La pareja echó a correr para protegerse de la lluvia ácida. Cuando paró, Zuzu miró cómo Lolo tocaba con la palma de la mano una pared.

—¡Deja de hacer eso! No es bueno —regañó Ella.

El muchacho encogió los hombros y obedeció.

Después de la lluvia ácida las calles lucían más sucias y espumosas. La pareja buscaba pisar algunas baldosas que aún no se desintegraban en aquella despostillada avenida. Parecía que jugaban a la rayuela en su andar, aunque ya nadie recordaba ese juego.

Llegaron a casa de Zuzu. Era como todas las casas del lugar: una extraña mezcla de arquitectura posapocalíptica sustentable: algunas paredes de ladrillo revestido con cemento; caminos de unicel, ventanas opacas con un sol dibujado a mano; techos de láminas traslúcidas y cualquier otro desecho del mundo anterior al apagón.

Zuzu vivía con su hermano mayor y su padre. Cuando llegaron a ese lugar todavía estaba con vida la madre de Zuzu y su perro pastor alemán llamado Taco. Poco después Pipi, la madre, murió. Vinieron entonces tiempos difíciles antes de que Dudu se atreviera a vender en el mercadillo herramientas para reparar máquinas que ya no existían, entonces Taco cubrió algunas necesidades alimenticias de la familia.

Ella ayudaba en el puesto y Bebe, su hermano, se encargaba de recolectar las herramientas yendo a otras poblaciones. Zuzu conoció a Lolo en la plaza donde el anciano hacía su acto todos los días a cambio de comida prefabricada. Se gustaron y estaban juntos desde hacía un tiempo. Zuzu era discreta y prudente; el muchacho, todo lo contrario.

—Si hay luz de sol, no se podrán llevar mi alma.   

—¿Sigues con eso? ¡Qué fastidio!

—¿Me ayudarás a morir?

—¡Cállate!

Zuzu miraba con verdadera furia a Lolo.

—Me voy a enojar contigo si sigues con el asunto de la gente de carbón. ¡Ya déjalo en paz!

—Está bien —dijo él levantando las manos— lo dejo. Te veo luego.

La casa del chico estaba a unas calles de la de Zuzu. Se le había metido la idea de morir, pero sin hacerlo. Se le ocurrió ir al mercado en busca de algo que le ayudara a lograr su propósito. Se desvió del camino a su casa y enfiló hacia el oscuro depósito de imposibilidades.

Entrar al mercado era sumergirse en lo que antes del apagón se llamaba la Deep Web. Era fácil perderse entre tantas mercancías. Fue mirando uno a uno cada puesto y lo que ofrecían: palabras sueltas de lenguajes caducos, suspiros elementales, germinados de tristeza, canciones con olor a pan, capturas de pantalla dibujadas a mano, fragancias inoloras, colecciones de estampas imposibles, listas de objetos perdidos y una edición especial de la Biblia Cósmica firmada por Stephen King y H. P. Lovecraft.

Iba a pasar de largo una pequeña mesa de apenas un metro de largo que exhibía cajas descoloridas de chicles, frascos de mayonesa con cenizas, burbujas de cristal conteniendo un líquido transparente inodoro, e insípido, y detrás de todo eso unas jeringuillas del tipo que servía para administrar insulina en otros tiempos.

—Con esto te mueres tres fragmentos. ¡Buena broma, eh! —dijo el pandroso vendedor enseñando los únicos dos dientes en su sonrisa.

—¿Cuánto tiempo tarda en hacer efecto? —preguntó Lolo.

—Unos cinco fragmentos, yo creo. Te lo inyectas esperas cinco fragmentos, te mueres, pero no te mueres. Tres fragmentos y tu metabolismo lo procesa y despiertas. ¡Buen broma, eh!

—Me lo llevo. ¿Cuál es el trueque?

—¿Tienes diamantes?

—No, tengo algo mejor: un bolígrafo que escribe, pero no se ve.

—¿Cierto eso? ¡Quiero verlo!

Lolo sacó del bolsillo un bolígrafo en color amarillo con las letras B C en azul, la I se había borrado. Garabateó algo sobre la mesa y por más que el asombrado vendedor cambiara de ángulo, no lo pudo ver.

—¡De verdad funciona! ¡Lo quiero! ¡Trato hecho! —dijo entusiasmado el vendedor. Estaba feliz con su adquisición— Escribiré un letrero que dirá «Venenos para bromas» y nadie lo podrá ver. ¡Buena broma, eh!

Arrebató el bolígrafo y se olvidó de su cliente. Se dispuso a escribir con tinta que no se ve en todos lados. Lolo guardó con cuidado la jeringuilla y se apresuró a salir del mercado.

Al otro día iría a morirse a casa de su novia.

Esa noche la gente de carbón se mantuvo activa. Nadie lo sabría hasta el otro día cuando el anciano narrador no presentaría su acto como era costumbre. Durante la madrugada la comida prefabricada le pasó la factura. Su alma desorientada fue acarreada a otra dimensión en un susurro.

No se veían nubes verde limón en el cielo esa mañana. El sol rojo emitía sus primeros rayos manchando de adobo el cielo. Lolo palpó la jeringuilla en su bolsillo. No diría nada a Zuzu para que ella no lo persuadiera de hacer el tan ansiado experimento.

En la casa solo estaba ella; lo hombres ya habían salido a hacer sus labores. Abrió la puerta y lo recibió con un beso.

Todo iba normal como lo era cualquier otra visita. Sentado en el suelo, Lolo esperó a que Zuzu se distrajera y pudiera aplicarse la sustancia. «Cinco fragmentos, luego tres y revives. ¡Buena broma, eh!». Recordó al estafado vendedor.

Zuzu fue a buscar agua y Lolo aprovechó el momento. Se inoculó el veneno para bromas. Una sensación de picor recorrió su pierna, y fue menguando en intensidad. Zuzu regresó y lo encontró con un extraño gesto en el rostro.

—¿Te sientes bien?

—Sí, muy bien.

Quiso esbozar una sonrisa, mas no resultó. Se sentía pesado y con un efecto de lentitud en el paso del tiempo.

Zuzu se acomodó a un lado de él en el piso. El osado joven apenas tuvo fuerza para pasar su brazo por encima de los hombros de la chica. Ella notó que el brazo estaba laxo.

—¿Lolo? ¡Lolo! ¿Qué pasa? —gritó alarmada.

Escuchaba la voz de Zuzu como si estuviera a muchos metros de distancia. Escuchó también murmullos, como cuando hay mucha gente hablando al mismo tiempo en un lugar cerrado. Todo tenía un brillo extraño, igual que una fotografía sobreexpuesta. No supo cómo, pero Lolo los vio. Vio a la gente de carbón.

Su visión se tornó borrosa y no podía enfocar. Por otra parte, podía sentir las palmaditas que le daba Zuzu para despertarlo. El vendedor nunca le dijo que los tres fragmentos transcurrían a diferente velocidad cuando estuviere muriendo. Una figura oscura se paró frente a él: no tenía forma humana, parecía empezar y terminar en ninguna parte. Farfullaba en un idioma que Lolo no había escuchado nunca. La figura se aproximó más, casi rozando la cara del muchacho como si quisiese cerciorase de algo. Como en un grito gráfico el ser se crispó en distintas figuras. Los otros se quedaron inmóviles durante varios fragmentos que le parecieron enteros. La creatura de la noche se replegó junto a las otras y se mantuvieron agazapados. Permanecieron al acecho y si hubieran tenido ojos, todos los tendrían puestos en Lolo.

Él se iba recobrando del efecto del veneno para bromas; sin embargo, le resultó inquietante que ya no estaba muriendo y seguía viendo a la gente de carbón murmurando frente a él. «¿Qué esperan? ¡Ya lárguense!» dijo para sí. La voz desgarrada de Zuzu se iba haciendo cada vez más nítida. Su metabolismo estaba procesando la droga.

Justo cuando iba a decir a Zuzu que estaba bien, sintió como si lo jalaran de alguna parte de su cuerpo, mas era una sensación distinta, tanto, que la percibía desde adentro. Durante un instante se vio a sí mismo llevado por la gente de carbón. Aquello era como si lo hubieran duplicado porque pudo ver su cuerpo flácido en el piso y al mismo tiempo a otro Lolo con distinta forma: quiso verse las manos y solo percibió un color gris terroso, como arena mojada. Quiso ver sus piernas y solo vio algo que empezaba y terminaba en ninguna parte, cada vez más gris, más etéreo y lineal. Hasta que se tornó oscuro como un pedazo de carbón poco después de ver por última vez su cuerpo que yacía en el suelo como un muñeco sin armazón.

Nadie sabía de dónde venía la gente de carbón. Ni siquiera el viejo narrador tenía conocimiento de que no se puede seguir vivo una vez que los has visto. Tu alma se oscurece y en un susurro ya formas parte de ellos. Cambias para toda la eternidad.

Zuzu derrama un diamante cada vez que recuerda a su novio. Guarda el diamante junto con otros en una bolsita de terciopelo con jareta. Se acomoda y mira con insistencia hacia la pared.

Compañera de asiento


Javier estaba feliz porque logró convencer a su padre para que le prestara el auto nuevo: un Audi Q7 en elegante color blanco y detalles en aluminio. Lograría impresionar a Marifer y tal vez aceptaría salir con él.

La fiesta comenzaría a las 10 de la noche en casa de Montserrat, pero antes pasaría a recoger a Marifer, a Tavo y su nueva novia, Galia y al eterno soltero Morris (insistía en que le llamaran así, su nombre real era Mauricio), quien se había quedado en la zona de amigos de manera permanente.

Javier salió emocionado de la cochera con el auto flamante. Cuando llegó con Marifer, causó una impresión favorable en la chica, tal y como lo había supuesto momentos antes.

—¡Qué lindo auto, Javi! —dijo complacida y emocionada.

Ya no era Javier, ahora era Javi. Las mujeres quizá no sepan de modelos de autos, pero conocen a la perfección la diferencia entre uno caro y uno común. Marifer sabía que aquel era uno de los caros.

Ella de inmediato aprovechó para subir una historia a su cuenta de Instagram, también se tomó una foto con Javier cuya sonrisa reflejaba su estado de ánimo envuelto en un aire de triunfo.

—¡Esta sí es una nave! —comentó Morris emocionado.

—Los pequeños privilegios de la clase alta, pero cómo lo vamos a disfrutar —dijo Tavo mientras Galia le daba un codazo en las costillas por su mordaz comentario.

Los cinco muchachos iban en el vehículo con un alto grado de energía, de esa que se derrocha a esa edad. Llevaban la música a un volumen bastante alto, tanto que tenían que comunicarse a gritos.

Morris aprovechó el momento e ingirió una píldora de fentanilo. Hacía meses que se había enganchado con la droga sintética. Sus amigos no lo sabían.

Llegaron a la casa de Montserrat. Marifer bajó de la camioneta sintiéndose toda una diva. Tavo y Galia sonreían como tontos al saberse que las miradas estaban puestas en ellos. El único que no tenía interés era Morris, él solo quería algo para beber, tenía la boca seca.

La fiesta se terminó antes de lo previsto: dos chicos empezaron a discutir acerca de las rutinas de gimnasio para ganar músculo y la ingesta de esteroides y aplicación de inyecciones de sustancias para la estimulación de los músculos. Terminaron a golpes y Montserrat pidió a todos que se retiraran.

—¡Qué mala copa de esos dos! ¿De qué clase son? No recuerdo haberlos visto en el colegio —argumentó Marifer disgustada por la cancelación.

—Los he visto en el gimnasio. Siempre compitiendo entre ellos. ¡Hombres! —repuso Galia.

—Pues, vámonos. Aquí se rompió una taza… —dijo Javier ansioso por estar a solas con Marifer.

—Es temprano, la noche apenas comienza. Sigámosla en otra parte —dijo Tavo con verdaderas ganas de seguir la fiesta.

—¿A dónde, Morris? —preguntó Javier a Morris, quien siempre sabía de lugares en dónde divertirse.

El muchacho se quedó frunciendo el ceño unos momentos. No coordinaba su cerebro con el acto del habla hasta que pudo decir:

—No tengo idea.

Lo dijo con voz pastosa, resultado de la ingesta de la droga y el alcohol.

—En el camino se nos ocurrirá. ¡Vámonos! —dijo Javier y se apeó al volante del Audi. Subió el volumen de la música y quiso mantener el ánimo en alto.

Avanzaron algunas calles por la avenida que brillaba espléndida ese sábado por la noche.

—¿Y si paras para comprar algo de tomar? ¿Qué quieren? ¿Vodka?

—¡Sí! —exclamó Morris reaccionando de inmediato a la invitación.

—Sí quiero. Con un Monster —dijo Galia con su parquedad acostumbrada.

Marifer volteó para mirar a Javier y él asintió con una sonrisa. Puso la luz direccional, entró al estacionamiento de una de los miles de tiendas de conveniencia que hay dispersas a lo largo y ancho de la ciudad.

Los hombres bajaron para adquirir la provisión: una botella de vodka de cualquier marca, latas de bebidas energizantes, unos cuantos vasos desechables, una bolsa de frituras y dos paquetes de cigarrillos con sabor a pepino.

Morris pidió una cerveza light.

La destapó con la hebilla de su cinturón puesto que la tienda tiene prohibido vender bebidas alcohólicas abiertas. Se dispuso a beberla ahí mismo, en el estacionamiento, de un tirón. Iba levantando la pequeña botella para llevársela a los labios cuando apareció ante él a una chica de cuerpo menudo pero delineado; de estatura baja, pelo negro hasta el hombro. Llevaba una indumentaria en cuero negro: falda muy ceñida arriba de la rodilla, blusa de tirantes y chamarra; de calzado, unas botas industriales altas.

—Hola —dijo con voz tímida.

Morris se olvidó de la cerveza y no terminaba de recrearse la pupila con la chica.

—H-o-o-la —titubeó.

—¿Van de fiesta? —dijo con voz dulce la chica, tenía un leve rastro de acento que Morris no pudo identificar.

—Est… Sí ¿qué haces por aquí? —preguntó Morris ante lo inesperado del encuentro y prosiguió—: ¡Oye! ¡Qué rizos tan coquetos! ¿Puedo tocarlos?

Marta esbozó una extraña sonrisa que hizo que Morris se retractara.

—Paseo. Estaba aburrida y quise salir. Me llamo Marta —dijo esto al mismo tiempo que estiraba una mano delgada y blanquísima con las uñas pintadas en negro. No dijo nada de sus rizos.

Morris la estrechó y sintió un escalofrío recorrer su cuerpo que no supo si fue por lo fría que estaba o por la emoción de tocar a la misteriosa chica. De cualquier manera, él pensó que era una buena señal.

Tavo y Javier lo miraban a unos pasos con sonrisa de complicidad, ambos le guiñaron un ojo a Morris esperando que este los presentara.

—¿Quieres venir con nosotros? No tenemos aún un destino, pero algo se nos ocurrirá —dijo Morris ya más avispado.

Marta volteó para mirar a Javier y a Tavo, luego miró hacia el Audi.

—¿No hay problema con sus novias? —cuestionó Marta.

Tavo se preguntó cómo sabía la chica que venían con sus novias. Él tampoco la vio llegar mientras se detuvieron a esperar a Morris y su cerveza light.

—¿Cómo sab…? —Quiso preguntar Tavo, pero Morris se adelantó.

—No, ninguno. Yo vengo solo, serás mi compañera de asiento, ¿qué no? —dijo Morris mientras miraba a Tavo con recriminación por querer estropear el encuentro.

—¡Me encanta la idea! —dijo Marta mostrando una sonrisa angelical que terminó por cautivar de inmediato a Morris.

En el camino de regreso a la camioneta, Morris hizo las presentaciones, primero a Javier y a Tavo y luego a Galia y Marifer.

—Javi… No sé, no me late esta niña, está bien piche rara —dijo en voz baja Tavo mientras miraba a Morris.

—¡Tal para cual! —contestó Javier. Deja a Morris que se realice por esta noche con la muñeca gótica.

—Más que gótica parece como si Morticia y Maléfica hubieran tenido una hija.

Se miraron, guardaron silencio y después se echaron a reír.

Javier miró a Marta mientras abordaba guiada por Morris. Se preguntó cómo podía moverse con esa ropa tan ceñida. Reparó en que tenía muy buen cuerpo. Disimuló cuando Marta volteó y lo miró directo a los ojos: como si supiera lo que él estaba pensando.

Galia no reaccionó en absoluto a la presencia de la chica invitada, se limitó a decir un «Hola», pero con Marifer las cosas no eran tan funcionales: hizo un gesto de desdén cuando Marta le extendió la mano. Apenas si la tocó y volteó para otro lado en el acto.

—Tranquila, es solo una amiga de Morris. Hay que divertirnos —comentó Javier.

Marifer aceptó no de buena gana. No se sentía cómoda con Marta. Se había dado cuenta de cómo la miró Javier y sintió celos.

Morris sirvió las bebidas para todos, incluso para Javier. Supo que no necesitaría más drogas para divertirse esa noche. Las sensaciones que le provocaba el olor a cuero y perfume de Marta serían suficientes para mantenerse bien.

Marta bebía a pequeños sorbos la bebida que le dio Morris. Miraba a cada uno de los chicos como si estuviese analizando su lenguaje corporal. Le sonreían todos, menos Marifer que evitaba encontrar su mirada.

Hacía mucho tiempo que Morris no tenía novia. En parte por sus adicciones y porque no encontraba una chica que lo enganchara.

—¿De dónde eres? No logro identificar tu acento —dijo Morris iniciando la conversación.

—De ninguna parte y de cualquier lugar —contestó Marta.

—¡Guau! Me encantan tus pestañas. Parecen mariposas.

Marta sonrió otra vez con esa mueca que no llegaba a expresar nada.

—¿Viajas mucho o es una respuesta filosófica? —planteó Morris.

—Sí, es eso, viajo mucho. Me muevo a distintos lugares todo el tiempo.

—¿Nómada digital?

—No digital, me actualizo, pero en otros aspectos.

—Fascinante… —balbuceó Morris.

Marta bebió del vaso de plástico sin quitarle la vista a Morris. Sus ojos brillaban por algo.

Las bebidas hicieron efecto en el grupo de chicos y la euforia se desbordaba al mismo tiempo que el vehículo ganaba velocidad. Javier enfiló por una avenida que atravesaba un gran tramo de la ciudad lo que significaba una larga recta. De pronto sintió cómo tenía el control del vehículo con solo un movimiento de su pie. Quiso probar todo el poder de la tracción en las cuatro ruedas y pisó el acelerador.

Tavo lanzó un grito al sentir la velocidad. Javier abrió la ventana panorámica del techo y Marifer y Galia se asomaron por ahí. Sentían cómo el aire se estrellaba en sus rostros. Cerraron los ojos y se dejaron llevar por la sensación.

Morris miraba a Marta. Quería besarla. Sus labios pintados de negro le atraían como si fueran magnéticos. Se acercó un poco a ella y de repente, por la inercia de la aceleración, regresó al lugar en donde estaba. Javier no se detuvo en las luces rojas, se pasó todos los semáforos sin ninguna precaución.

Justo cuando intentaba incorporarse Morris, su compañera de asiento se levantó, apoyó sus blancas manos sobre los hombros de él, quien incrédulo, miraba a Marta prepararse para darle un gran beso.

—Nos vemos del otro lado, Morris —le susurró al oído después de besarlo en los labios.

Morris se quedó de una pieza, consideró que esa chica, con seguridad, no pertenecía a este plano dimensional. Tavo miró desconcertado cómo Marta brincó el asiento para situarse detrás de Javier e intentó apoderarse del volante. Ella lo giró con tal brusquedad que Javier no lo esperaba. Quiso recomponer la dirección, pero Marta se sujetaba con tremenda fuerza que ningún sistema estabilizador asistido por computadora ni ningún sistema de frenos antipánico sería capaz de controlar el vehículo. Se estrelló contra la base de un anuncio espectacular de doce metros de altura.

Marifer y Galia que seguían asomando medio cuerpo por la ventana panorámica escucharon cómo su columna vertebral se partía en distintos puntos, tendidas en la acera parecían bailarinas ejecutando un imposible paso de balé. Murieron al instante. Tavo y Morris se impactaron de bruces contra el asfalto, no llevaban puesto el cinturón de seguridad. Javier atravesó el parabrisas y dejó rastros de materia gris sobre la acera. El Audi casi se rebanó por su mitad longitudinal. El auto y los chicos quedaron irreconocibles: parecían marionetas abandonadas después de una mala función de teatro guiñol.

Un vendedor nocturno de hamburguesas y hot-dogs contempló todo el accidente: desde que el Audi dobló en la esquina derrapando y rugiendo como una bestia, luego un quiebre de dirección fatal lo hizo recular, pero de inmediato se estabilizó y con toda fuerza se impactó con el poste base. Apagó un antiguo radio en el que sonaba la voz de Eddie Vedder que interpretaba Last Kiss justo en la frase que dice «So I can see my baby when I leave this world» mientras a unos metros Morris, con un hilo de vida, quería fijar la mirada con el único ojo que quedó en su cara, buscó a Marta. Murió sin poder verla.

Tavo tenía la cara destrozada. La mandíbula superior colgaba de un girón de tejido chorreaba sangre y sus dientes estaban por todas partes.

Javier con el cráneo partido estaba colgado sobre una guarnición metálica, el cerebro goteaba como un flan gris que ha perdido consistencia.

***

—¿Dice que eran seis los que iban a bordo del vehículo? —preguntó por segunda vez el ministerial que tomaba la declaración del único testigo.

—Vi a una chica y un chico que forcejeaban con el volante, otras dos chicas que se asomaban por el quemacocos gritaron y vi dos siluetas en los asientos traseros. ¡Seis! ¡Seis en total! Jóvenes imprudentes, ¡carajo! ¿Quiere un hot-dog, mi poli?

Andrade, el agente ministerial, releyó el reporte del Servicio Médico Forense y marcaba tres cuerpos de masculinos y dos femeninos en el levantamiento. Se acercó al Audi deshecho y miró las manchas de sangre que marcaban la trayectoria de los cuerpos al salir expulsados; le dieron náuseas cuando se imaginó lo que era la sustancia gelatinosa que estaba regada del lado del conductor. Revisó la marcación de las siluetas de cómo habían quedado los cuerpos después del tremendo choque. Solo eran cinco, como decía el reporte. Se alejó del lugar. Le daba asco el olor a sangre mezclado con vodka y Red Bull.

Solicitó el reporte visual al C5. Las cámaras captaron al Audi desde que los chicos se detuvieron en la tienda. En los videos se podía contar a seis personas, tal y como lo dijo el de las hamburguesas. Solo había un detalle en el último video antes del choque: entre un fotograma y otro uno de los ocupantes desaparecía pocos segundos antes del impacto.

—Debe ser una falla en la grabación —dijo Andrade.

A unas calles de ahí, en una tienda 7 Eleven, bajo la mortecina luz de una lámpara que iluminaba a medias el estacionamiento, una chica vestida de negro se presentaba con un par de tipos que estaban a punto de abordar su auto después de comprar cigarrillos y cervezas.

—¡Hola! Me llamo Marta, ¿puedo acompañarlos? Puedo ser su compañera de asiento —dijo esto mientras ofrecía una nívea mano con las uñas pintadas de negro.

Los hombres se miraron con complicidad y un centelleo de lujuria recorrió sus ojos. Iban a tener una noche agitada. Los tres se acomodaron en los asientos delanteros.