El asalto


Cuando el ladrón entró a la sucursal bancaria, reparó en el estilo vintage de la decoración, sin embargo, iba decidido con el arma en mano a cumplir su objetivo. Notó que no había grandes filas y rió para sí, pues eso le facilitaba las cosas.

Sacó de su bolsillo una hoja amarilla de bloc y mientras la desdoblaba haciendo movimientos al aire, llegó a la caja. La asustada empleada intercambiaba miradas con el ojo oscuro del arma y la urgida expresión del asaltante.

—Vas a transferir cinco millones de dólares a cada cuenta y lo vas a hacer muy rápido —dijo el ladrón al mismo tiempo que le entregó la hoja.

—No tengo computadora para hacer transferencias —contestó la cajera.

—¡Me lleva…! —masculló el desesperado ladrón, arrebatando la hoja.  Así recorrió cada una de las ventanillas hasta que llegó a la última. Solo los ventiladores de madera se mantenían en lo suyo: girando.

—En esta sucursal no tenemos computadoras, señor ladrón —dijo la última de las empleadas.

Para entonces un comando armado de la policía especial ya se encontraba afuera del Banco Antaño.

El asaltante miró a la cajera con resignada frustración y bajó el arma, incrédulo. Justo en ese momento un francotirador de la policía pedía autorización para disparar.

—¡Bajó su arma! ¡Autorización para disparar!

—Proceda a discreción —dijo la voz de mando por el radio.

El disparo entró por una sien y salió por la otra. La bala se incrustó en la decoración de madera de la pared, justo debajo de un letrero que decía: «Banco Antaño, hacemos a un lado la tecnología para estar más cerca de usted».

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Trotamarilla


Retama era una trotamarilla y, como toda trotamarilla, vivía paseando y saltando entre objetos y luces de tonalidades amarillas. Le gustaba mucho dejar que la suerte y el azar fueran quienes dirigieran su destino. Amaba las mañanas en que amanecía en lugares nuevos y extraños.
Las trotamarillas en general, de entre todos los objetos amarillos existentes, prefieren las flores, los dibujos de flores, las camisetas con flores, los adornos de flores, los cupcakes adornados con flores y las bebidas con nombres de flores. En el caso particular de ella, era igual, aunque antes de todo lo anterior, disfrutaba más la madera amarilla. Pensar en madera amarilla le recordaba con nostalgia un atardecer, con café y compañía, sentados en una banca de madera de roble.
En uno de sus últimos viajes, Retama había llegado a una vistosa pared amarilla con franjas violetas. Quería descansar, pero sus planes fueron cambiados cuando vio acercarse un hermoso haz de luz amarillo que venía rápidamente frente a un automóvil deportivo oscuro. Cogió fuerzas y se lanzó a la luz del vehículo. Viajó varios kilómetros con el viento al rostro y la cabellera suelta.
De la luz del auto negro y, después de bastante tiempo, ella saltó a un pequeño jardín pobremente iluminado con una farola blanca. Un jardín descuidado con hojas secas y monte altísimo, con un barandal amarillo y algunos pocos tipos de flores. Nuestra protagonista se quedó en la parte más alta del barandal para observar las flores. Se encontró en un dilema: saltar a la flor más bella y amarilla del recinto o quedarse arriba para poder ver todas al mismo tiempo. Satisfacer el tacto o la vista. Inmersa en la cuestión estaba, cuando alcanzó a escuchar el cuchicheo de dos ancianos que hablaban sobre la pensión y el alto costo que tenía mantener a los muertos. Seguramente eran pareja. Andaban al mismo paso. Él llevaba una escoba y un huacal gigante, mientras ella llevaba un racimo con follaje grande y pequeñas flores amarillas de pétalos mucho más pequeños y amontonados, y de un olor sumamente agradable.
La trotamarilla no lo pensó más y se lanzó hacía la anciana. Ella no sabía nada de pensiones ni de muertos, pero sí de olores. Esas flores estaban entre los mejores aromas que había sentido en toda su vida.
Si bien viajar en automóvil era una aventura fantástica (aventura que repetía constantemente), la calma de los ancianos era totalmente relajante.
Conforme llegaban a su destino, que la trotamarrilla aún no conocía, los ancianos aminoraban sus pasos. Parecía que cada vez se les hacía más pesado el ir, eran casi las seis de la mañana y el sol nacía al horizonte.
Los ancianos llegaron al hogar de su nieta (una humilde lápida rosa), mientras Retama había encontrado el paraíso de flores que cualquier trotamarilla siempre hubiese deseado.

En el fin del mundo


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Corría el año 2035. Los científicos habían advertido, décadas previas al principio de este siglo, que el calentamiento global causaría estragos en el medio ambiente. El agua escasearía, y también los alimentos, si los gobiernos no tomaban medidas inmediatas para disminuir su impacto. La realidad era que el cambio climático no fue causado por la naturaleza, sino por la forma irresponsable en la que los humanos habíamos tratado al planeta. Ciudades enteras desaparecieron como consecuencia de huracanes, terremotos, inundaciones y tornados. La sequía estaba acabando con la vegetación, por lo que los animales tampoco tenían de comer. La supervivencia de la raza humana se encontraba en jaque.

Por causa de la escasez, se inició la guerra del 2025. Ya no se peleaba por el poder, los territorios, o el petróleo, como en las anteriores. Los hombres y mujeres se echaban a las calles, protestando por el hambre y la sed que estaban sufriendo. Los ricos miraban con horror como sus alacenas, otrora repletas de comestibles y agua embotellada, se encontraban vacías.

Mi esposo y yo comíamos en silencio. Devorábamos a nuestro perro Samuel, porque estábamos cansados de alimentarnos con ratas y cucarachas. Bebíamos nuestros orines. No sé en qué estaría él, pero —yo pensaba que— tan pronto se durmiera en la noche, lo destazaría para la cena de mañana. Cuando terminamos, nos levantamos despacio, sin decir una palabra. Él se fue a ver las noticias, yo a lavar los platos y cubiertos. Tomé un cuchillo con mucho filo. De momento, tuve nostalgia de los buenos tiempos, cuando éramos felices, íbamos al cine y luego a cenar. Lo solté, asustada de mis pensamientos.

Desde la cocina escuchaba a la reportera. Más homicidios, robos, suicidios. La policía no daba abasto. La hambruna arropaba la tierra y no parecía que fuera a mejorar. Los chinos experimentaban con alimentos de laboratorio, sin éxito. Los billonarios que viajaron a otros planetas con la promesa de que iban a salvar la vida, también habían fracasado.

Estaba secándome las manos cuando mi esposo entró a la cocina. Traía un hacha en la mano. Sabía que cuando acabara de hartarse mi cuerpo, también se moriría de hambre. Cerré los ojos y sonreí burlona.

Imagen libre de derechos (CC0):  https://pixabay.com/en/doom-earth-end-hand-world-2372308/

El proyecto


El salón de juntas se iba iluminando en función de los concurrentes a la reunión. Una larga y brillante mesa reflejaba el minimalismo y la sobriedad de la empresa. Cada uno de los participantes ocupaba un sillón de respaldo alto; al acomodarse aparecía una pantalla flotante de alta definición con el logotipo dinámico de la firma. Todos sabían que se discutiría un proyecto de gran alcance e importancia, y su creador, Jeo, miraba a los funcionarios con disimulo, pero convencido de que todos votarían a favor.

El presidente de la compañía carraspeó antes de dirigirse a los demás.

—Señores, a continuación, veremos el resumen del proyecto Jes-33, elaborado por uno de nuestros mejores analistas de la firma: Jeo.

Todos lo miraron con reserva; había muchos intereses en juego, además del prestigio e imagen de la empresa. Jeo hizo una señal para que los asistentes a la presentación fijaran sus ojos en las pantallas.

Al principio de la presentación se notaba el escepticismo en los rostros del consejo directivo y alguno que otro no lo disimulaba. Sin embargo, de acuerdo a como iba avanzando, se acomodaban en el asiento o se apresuraban a tomar notas. El vicepresidente volteó a ver a su superior, quien con un perspicaz movimiento de cejas le indicaba que faltaba la mejor parte. Y así fue: el final les cortó el aliento. Hubo una tanda de aplausos y exclamaciones entusiastas. El presidente señalaba con el índice a Jeo, él agradecía con inclinaciones de cabeza y un incipiente brillo en la mirada. Sabía lo que se aproximaba en un futuro inmediato.

—Por puro protocolo, por favor, levante la mano quien esté de acuerdo para dar luz verde al proyecto Jes-33 —dijo el presidente y de inmediato todos lo hicieron. La decisión era unánime—. ¡Bien! Que las secciones de diseño y tecnología se pongan a trabajar de inmediato. Se levanta la sesión, gracias por su asistencia.

El presidente le hizo una seña a Jeo para que esperara a que los demás salieran.

—Jeo, ¿podemos hacer todo eso?, es decir, ¿de verdad es viable?

—Nada que no podamos resolver con nuestra tecnología, señor; todo ha sido calculado de acuerdo a los algoritmos. No habrá quien compita contra nosotros. El planeta recién descubierto será nuestro.

—¡Confío en ti, muchacho! Oye, eso de convertir el agua en vino y la multiplicación de los peces me pareció formidable.

—Así es como se enajena a las masas, señor. Milagros del marketing.

Ambos rieron y abandonaron el salón.

Incendios de mentirijilla y otras actividades lúdicas


La alarma de incendios de mi edificio está rota. Suena una o dos veces al mes.

Bajamos todos los vecinos en fila, cansados, sin ninguna prisa. Cada vez son más lo que se quedan en su casa sin inmutarse, esperando que pase el molesto pitido y la frase repetida en bucle. Please, evacuate now!!

¿Qué cogerías si se quemara tu casa? —se preguntan.  E imagino todo convirtiéndose en cenizas. No lo sé.

Los vecinos, en bata y ya en la calle, empiezan el debate. Y el colgado del segundo A aprovecha para fumarse un piti.

Por mayoría aplastante ganan los álbumes de fotos. Y volvemos a entrar en el portal y a subir las escaleras con la pesadez de la frustación y de la noche a hombros.

Yo, mientras, voy pensando que no tengo álbum de foto alguno. Y decido que a partir del día siguiente voy a pintar el mío. Me propongo dibujar a cada persona importante de mi vida, cada situación, plasmar cada ciudad pasada o presente. Y me voy a dormir con la cabeza llena de fuego y colores.

Pero sobre todo, convencida de que llegado el momento, dejaría que todo ardiese igual.

Al carajo los recuerdos. Al carajo todo.

ElviraSeville

 

 

 

Santo remedio


—Pásele, doña Cholita. Pero ¿qué anda haciendo por estos polvorientos caminos?

—Pues me enteré de la enfermedad del compadre y quise pasar a ver cómo sigue.

—Igual, comadrita, ni pa’ tras ni pa’ delante.

—Le traje un queso fresco y un cuartillo de maíz, ya sabe, comadre, pa’ que no falte el taco en estos tiempos en que el compadre no está bueno.

—Muchas gracias, Cholita. Deje y pongo esto en la mesa. Pero pase, ande, con confianza, si casi somos familia. Para acá está Gumaro, acostado. Así está todo el día, a veces se para al baño y otras…

—¡Santo Dios! ¡Está hecho un costal de huesos! Con el perdón, Dolores, pero esto no es empacho por comer tlacuache; esto es más grave.

—Sí, Cholita. Mire, con su permiso le enseño. Le cambié la camisa y me di cuenta de los moretes y de estos chipotes que le salieron en la frente.

—¡Ay, virgencita! Pero ¿dónde fue a pescar semejante mal? Ni modo que por tomar agua del río; todos tomamos de allí.

—No sé, comadre. Pasó hace casi ocho días, el domingo, cuando íbamos a entrar a la misa, me dijo que sentía harta picazón en todo el cuerpo. Nos regresamos y le di una friega de alcohol, pero no se alivió. Desde ese día se ha puesto peor.

—¿Sabe qué? Póngale manteca con alcanfor en los chipotes pa que se le bajen. Lo machaca bien en el molcajete y luego se lo unta y a’i se lo deja toda la noche y santo remedio.

—Ta bueno, comadre. Y pa los moretes no sé que ponerle.

—Hay un remedio, na’ más que hay que conseguir hojitas de mariguana.

—Pero ¡yo ni fumo, comadre, me ahogo con el humo!

—No, Dolores, hojitas verdes. Las pone en un frasco con harto alcohol y las deja ahí unos tres días que le dé el sereno. Después le da una friega en todo el cuerpo a mi compadre Gumaro.

—¿Y dónde las consigo, Cholita?

—El marido de doña Juana siembra atrás de su milpa y dicen que se la fuma. ¡Vaya usté a saber! Yo se la consigo y se la traigo ya preparada, si quiere, pues.

—Ta bueno, comadre. ¡Ay, ya se despertó!

—¿Qué tanto dice, comadre?

—¡Sepa! Parece que se le ha olvidado como hablar en cristiano, farfulla y farfulla pero no le entiendo nada.

—¡Ay, Santo Niño! ¡Qué lenguota! Comadre, mejor hay que llevarlo al pueblo.

Orita se le pasa, Cholita, na’ más le leo los evangelios y se tranquiliza.

—Hay que curarlo de susto, Dolores. Ora que le traiga el remedio, me jalo a doña Jacinta pa’ que lo cure, ya ve que es rebuena para esas cosas, alivió al chamaco de Mauricia: se le había caído la mollera.

Ta bueno, Cholita, se la trae y aquí les doy de almorzar.

—Me retiro porque ya se está levantando el sol y ’ta largo el camino.

—Llévese esta anforita con agua pa’l camino, está fresca.

—Ándele pues. La dejo pa’ que haga sus quehaceres. Córtele las uñas al compadre Gumaro, miré, tan largas que parece que no se las ha cortado en meses.

—Están reduras, Cholita, ando buscando las alicatas porque el cortaúñas na’ más no le entra.

—Ande, ande. Nos miramos luego, Dolores.

—Vaya con Dios, Cholita.

***

—A ver, viejito, que tienes, m’ijo. Te vas a poner bueno, ya verás. Le voy a pedir a Dios que te alivie. Orita te voy a rezar y luego te doy un taco de queso con salsa.

»Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…, pérate m’ijo…, ¡Cálmate! ¡Tate sosiego! ¡Santo Dios! ¿Qué haces? ¡Ayyyy, me lastimas! ¡Gumaro! ¡Gumaro! ¡Ayyy…! ¡Aggggh…!

El viaje del clavel


“¿No ves que todo es blanco? No quiero que me recuerdes, ni de blanco ni de nada. Ni cuando me vieron. Todo es blanco y me recordarán de blanco, pero tú no. Cállate para siempre y no hables hasta que no haya nadie más con quien hablar. Esas flores que me trajiste, tan blancas. Esos claveles mustios. Los claveles son para las tumbas. ¿Es que no lo sabías? No deberías haber venido. Eres siempre lo mismo. Estoy harta de ti. No hables. No quiero que hables. Olvídame y no hables”.

“Los claveles son para las tumbas”, lacónica mirando el florero junto a su cama del hospital. Bienvenidas las gentes al tanatorio más triste (el del casi final). Cuanto más absurda es la vida, menos soportable es la muerte, como diría Jean-Paul en un momento de debilidad y eso que tampoco había conocido a Polimnia. “Ni siquiera me dejan fumar”. Alguien tuvo que pensar que no sería lo más acertado soltar un chascarro. “Pol, ¿cómo vas a fumar en el hospital?”, le decía Casandra, “¿Para qué son esos barrotes de la ventana?”, respondía a la gallega, “¿No ven que esto es una última cárcel? Te prohíben fumar y te prohíben comer lo que te dé la gana. Por poco no te prohíben respirar”, “Están ahí para atenderte”, intervino Job, jugueteando impaciente con el móvil en el bolsillo, “Cállate, qué vas a saber tú. Llevo aquí dos semanas y no me han dejado salir. Fuertes cabrones… Están aquí para tenerme encerrada, no para atenderme. Para lo que nos queda a los que estamos aquí y están esos cabrones jodiendo lo más grande”, fue la tos, sí, fue la tos lo que dejó a todos en un silencio impenetrable, aunque el viento de fuera y una silueta recortada contra la ventana, respirando.

“Me recordarán de blanco”, rectificó después del ataque leve. “Te recordaremos siempre, mi niña, da igual cómo”, dijo Clío, insegura porque Job, correctísimo Job, siempre educado, la mandó callar con la mirada mediante esa mirada de marimandón que ponía cuando algo lo alteraba. La muerte lo alteraba. Respiraban muerte vestida de blanco que desprendía Polimnia y que asimilaban las paredes como manchas de humedad o polvo sobre la mesita auxiliar y la butaca para que durmieran las visitas en esa postura tan incómoda de quedarse dormidas leyendo.

En los bares, nadie había notado su ausencia, aunque fuera sonado que no estuviera. En aquella época, en los bares se concentraban solo grupos de gente conocida que se conocían entre sí. Durante esos arrebatos de adquisición de identidades étnicas diferenciadas, se preguntaban cosas, se discutían temas importantes, se ofrendaban regalos o se disputaban premios y se establecían enlaces intertribales. “¿Dónde está Polina? ¿Le pasó algo?”, al menos la camarera se acordaba de la chica y de su nombre (más o menos), de la mujer y de la conjunción de símbolos fonéticos que la identificaban (en una aproximación sorprendente). Gran detalle por su parte. “Está de viaje”, era la contestación estándar. Con el tiempo, Clío se empezó a quedar a dormir sin leer en la butaca y no fue más a los bares. “¿Dónde está la otra, la que vino una vez con la guitarra?”, pero también estaba de viaje. “Se pegan la vida padre ustedes, ¿no?”. Gran detalle por su parte.

Mientras Job y Casandra seguían en los bares pululando, Polimnia habló a Clío. En aquella época, se aprovechaba la soledad compartida para conjugar reflexiones. “Ya verás cómo no es nada, mi niña”, lloraba Clío, “¿Cómo no va a ser nada? ¿Tú eres boba o qué? Me recordarán ustedes, pero él… De todos modos, ya oíste lo que dijo la médica”, “Ya, pero a veces se equivocan”, “Y a veces el cielo no es azul. Nada es evitable, Clío. Mira, me recordarán, ¿verdad? ¿Me recordarán de vez en cuando?”, Clío asentía inevitablemente, “Me recordarán de blanco, cuando me haya ido. Me recordarán de blanco como me vieron, no así, sino cuando me vieron. ¿Recuerdas?”, “Sí, sí, sí”, inevitablemente, “Olvídenme hoy, recuérdenme mañana a través de hace un mes, sí, eso es lo que tendrían que hacer. Yo ya no estaré, pero podrán recordarme y creo que es la única forma de que siga estando con ustedes en los bares”. El sol anochece en invierno y no cae. Se mantiene bajo el cielo y se apaga antes de perderse por detrás de la tierra. Pasa el tiempo, como siempre, pero más denso. “¿De qué te ríes tú?”, Polimnia hace el ademán de encenderse un cigarro porque le ayuda con el mono, “Me acabo de acordar de que Job y Casi le dijeron a la camarera de los bares que estamos de viaje y que por eso no andamos por allá”, “Anda que vaya machangos”, “Es para que no pregunte nadie”, “Y, el día que vuelvas, ¿vas a tener preparadas las fotos?”, “El día que volvamos”, “No digas tonterías”.

“Nos va a sobrevivir a todas”, indicó Casandra. “No digas tonterías. Eso es la esperanza, que mata antes que la muerte”, “Y muere antes que la vida”, completaba Casandra cuando Job imprecisaba. Cerveza de espuma a retales sobre el vidrio. Las mesas sucias, el billar. Vieron que se acodaba en la barra alguien conocido, saliendo de una puerta blanca que frecuentaban demasiado, pero lo ignoraron. “¿Un ron?”, “Por qué no”. Borrachos se desdecían y pasaban a esperanzarse y a olvidar que su situación era otra, que estaban luchando a favor de su enemiga y no tenían fuerzas para darse la vuelta y darse cuenta de que, quizá, habían estado pegando tiros al aire (hacia su propio barrio y no hacia el otro). Ese mismo viernes, Job tuvo que decir que Casandra se había ido de viaje hacia poniente, porque se había quedado dormida una noche en la butaca y había decidido quedarse a pasarlas todas allí. Job era reticente a aceptar que el blanco fuera un color soportable (o tan siquiera un color), cuando era su ausencia.

En aquella época, ya podía escucharse música tan a distancia y en cantidades tan enormes, que se sabían nombres que resultaban desconocidos. Hoy escuchaban un tema de Kurt Rosenwinkel como podían haber estado escuchando a Herbie Hancock,  mañana escucharían algo de Daniel Foder y compañía como si estuvieran escuchando a Chico Hamilton. Las horas pasaban entre la música y la tos, con las rejas de la ventana de fondo y el enfermero yendoiviniendo. Los minutos también pasaban, pero desapercibidos. La respiración pausada de una sombra apoyada en una esquina, junto al dintel del baño, detrás de la butaca. Al echar cincuenta céntimos a la máquina de café, el móvil de Casandra timbraba y era descolgado y la voz de la madre de Clío entre lamentos, aiminiña, aiminiña, al volver a casa Clío y una moto, nada que hacer y solamente llorar, predicando con su ejemplo llorar, llorar como si sin lágrimas se pudiera seguir o se pudiera seguir llorando, ahora ya es tarde, será mejor que bote este café hediondo y suba a decirle a Pol.

Job y Casandra lloraron juntos toda la noche (se había predicado con el ejemplo, la palabra entrecortada había sido esparcida). Por sobre los bares, lloraron. “Subí y tuve que decirle que… Tuve que decirle que Clío se fue de viaje”, “¿Crees que se lo creerá?”, “Da igual lo que yo crea, Job. Lo importante es que no sufra más”, “Sí, eso es lo importante. Es lo más importante, creo”. La camarera de los bares los vio llorando, pero no dijo nada. Gran detalle por su parte. Había un cierto respeto en el fondo de las jarras que iban vaciando con la parsimonia del llanto que dormita.

Job aceptó el blanco como la ausencia de color y asumió algo que no sabía qué era. Las noches se entrecruzaron y se tornaron iguales, sonaban el subsuelo y los estados de ánimo del jazz, sonaba la neblina azul y, a veces, hasta se les colaba la muerte de un hombre corrupto (pero se les había muerto la música). Job pellizcaba los pétalos de los claveles ya marchitos para tranquilizarse. La monotonía lo alteraba (como la muerte). Cuando era Job quien se quedaba en la butaca, puesto que ahora se turnaban, Polimnia y él discutían sobre la utilización de los impuestos directos para asuntos que no eran su objetivo legal, sobre Catalunya (cómo no), sobre qué era mejor, si Siete y a casa o si Aguere y hasta la muerte (Job aquí se alteraba porque la muerte), sobre otras muchas cosas sin importancia, sobre sí mismos, sobre todo, sobre la vida, sobre todo sobre la vida. Job nunca se atrevió a preguntarle quién estaba con ella en silencio cuando bajaba a comer o cuando iba a casa a decirle a Casandra que era su turno. Eso no era parte de la vida o eso creía él. Cuando era Casandra quien se quedaba recostada sobre el forro sintético, leía capítulos de novelas y relatos a Polimnia, que prestaba atención a la voz de Casandra, al cuello de Casandra, a la boca de Casandra y a su lengua, a los movimientos que hacía, a las manos que sujetaban el libro, a los dedos de Casandra que sobresalían por encima de las cubiertas, a las pupilas correteando de izquierda a derecha y, fugaces, de derecha a izquierda, iba observando con paciencia su progresión lógica hacia la postura incómoda de quien se queda dormido leyendo y, aun entonces, permanecía durante un tiempo contemplándola, hasta que se le olvidaba por qué lo hacía (si por la mentira o si por lo otro), cerraba los ojos y dormía.

Casandra estaba convencida de que Polimnia las sobreviviría a todas. En casa, sin la butaca y sin el blanco, a solas con un gris omnipresente, omnisciente, omnividente, omnisilente, el silencio omnigrisáceo que le consumía la voz de la lectura de cuentos, dejaba la mirada fija, oliendo el aliento que le expiraba en la nuca un cálido sabor de hastasiempres que eran hastanuncas. El ron sin hielo daba vueltas en el vaso y se calentaba. Su mano distraía al frío del licor y se lo llevaba al pecho, donde nada podía hacerse, como Clío, como Polimnia, pero Job. Al menos, Job. Todas menos Job. No entendería. Sería mejor para él comprender, pero no lo haría. Al menos, no ahora. Al menos, Job ahora no. Las sobreviviría a todas, menos a la sombra. Casi era una obligación que las sobreviviera, aunque la sombra. Casandra estaba convencida y tan cansada. Fue al baño y el vaho empañó las paredes, el espejo y las retinas reflejadas en el espejo, el vaho y otra cosa siempre indefinible e indefectible. Pero Job, al llegar a casa.

“Hace dos días que no viene Casi”, los cambios se percibían más intensos en la blancor inmaculada de la luz refractándose en el polvo que flotaba en su pieza del hospital, sobre la cama de sábanas blancas que reflejaban la penumbra que se entretejía en las rejas de la ventana, “Está de viaje. Se fue con Clío”, contestó Job, alterado, sin pensarlo demasiado, “Ya. Puedes quedarte aquí si quieres. Hasta que vuelva”, repuso Polimnia, tranquila, pensándolo demasiado. Polimnia creyó ver un fulgor repentino e incesante junto al lacrimal derecho de Job, que tuvo que ir al baño un momento.

En los bares, Job, ya solo, y la camarera que oteaba la única acción repetitiva del cuerpo de Job desde delante de las botellas de vodca, ginebra y ronmiel. Rememoraba el césped del campus de Guajara bajo el olivo quincuagenario, la fachada de la biblioteca general y la hierba, el tiempo en que Clío sonreía y Polimnia caminaba y Casandra era. Había más gente en ese tiempo, pero no importaba. Había más gente, como la sombra que entraba por la puerta de los bares y saludaba a la camarera y pedía una jarra y se sentaba a la misma mesa en la que Job rememoraba el tiempo en el que Clío y Polimnia y Casandra (y más gente, aunque no importase). “Creo que Pol sabe”, pronunció la sombra con su boca de silueta, “Creo que no podrás mentirle durante mucho más tiempo. Llegará el momento en que te pida verdad y tú no podrás dársela”, “¿Tú qué vas a saber? ¿Te has podrido el cerebro con el silencio o es que tu soledad es tan insoportable como tu vida? No me alteres, haz el favor”, “No vine a alterarte. Vine a aconsejarte. Desde que estudiamos, yo soy quien más cerca ha estado de Pol. Sabes que la conozco mejor que cualquiera. Sabes que la conozco mejor que tú. Ustedes pasaban mucho tiempo con ella, pero a mí no me hace falta estar con ella para saber lo que piensa”, “No me incluyas a mí y haz el favor de no meter a Casi”, una pausa que fue como si la voz de Job se hubiera ido de viaje (véase la metáfora recurrente). “Este no es tu sitio, Job. Te lo digo en calidad de amigo… Por lo menos, porque me acuerdo de que una vez lo fuimos. No es tu sitio, Job. Te alteras demasiado. Te pedirá verdad y no podrás dársela. ¿Por qué querrías, de todos modos? ¿Ella te la dio alguna vez? ¿Alguna vez llegó, te sentó en esa butaca negra maloliente y te dijo, con todas las palabras: «Mira, Job: Casandra y yo»”, pero un manojo de nudillos emblanquecidos surgió de debajo de una mesa húmeda y una silla se volcó y se oyeron gritos en los bares, la camarera estaba hecha una furia y a Job no lo dejaron entrar más, a pesar de todos los años que ibaivenía por allí. Gran detalle por su parte.

El frío del hospital era más intenso y más hiriente que el de la brisa de la calle, así que Polimnia no debería de preguntarle por qué los guantes de lana, aunque para taparse ciertos cuatro rasguños estratégicamente distribuidos entre cuatro nudillos de la mano diestra. Tampoco debería de preguntar por qué Job ya no le pedía permiso para escaparse una noche de viernes a los bares para echarse un par de pares de jarras. A ella le venía mejor que Job iniciase el ritual de quedarse dormido en la butaca, sin inquisiciones innecesarias. Hablaban poco. No como antes, al menos. Al menos, no como antes. Así estaban las cosas y el otoño iba cruzando por la ventana como el viento negruzco de una locomotora arrastrado por un humo implacable. Al comienzo estaba el silencio. El silencio es el señor. En el seno del silencio reposaba el sonido que no parecía despertar a pesar de los intentos de Malász por que así fuera. El encuentro con la sombra había alterado a Job más allá de lo que él mismo supuso cuando acabó la noche. Soñó pesadillas incoherentes y sinsentidos aterradores hasta que consiguió despertar en la madrugada de una luz lánguida y moribunda.

Polimnia tenía los ojos clavados en él. Job se alteró (porque, en fin). “¿Qué soñaste?”, “Nada. Fue una pesadilla estúpida”, “Las pesadillas suelen tener parte de verdad. Son como actorreflejos del cerebro, como los sueños, pero vienen de más adentro, creo, de lo oscuro que hay entre las costillas”, no preguntes sobre la verdad, se pensaba Job, no preguntes, “A veces dices unas cosas que no hay quien te entienda, Pol”, sonrió mal, no preguntes, no preguntes, “Sí que me entiendes. La verdad nos persigue. Solo le vence el tiempo, que la va acorralando hasta que la hace revolverse y combatirnos”, no pre-gun-tes, no pre-gun-tes, “No sé de qué me estás hablando. Pol, basta ya”, nopreguntes, nopreguntes, Job alterado y “Mira, no sé qué quieres que te diga”, “Podrías empezar diciéndome qué haces con guantes si no hace tanto frío. ¿Qué te crees? ¿Que no le vi la cara, que no le vi el golpe en el cachete?”, “Se lo merecía”, “Eso no lo dudo”. El aire era tan pesado y Job estaba tan alterado que temió fundirse con el aire y que el poco oxígeno que le quedaba lo sustituyese y diese una respuesta frenética. “Tú y Casi”, le soltó. Polimnia permaneció callada durante más de un instante, pero al cuarto quiso responder y “Los viajes. Clío me habló de los primeros viajes. No me quieres contar, pero yo ya sé. Solo quería que me recordaran de blanco y ahora mira. Los viajes. Sé por qué Clío y Casi están de viaje, lo sé perfectamente. Quizá tú también deberías irte de viaje, quizá por otros motivos”, “¿No me quieres aquí?”, “Eres tú quien no se quiere aquí. Vete de viaje, Job. Haznos un favor y recuérdame de blanco allá adonde vayas”.

“Ya no queda nadie con quien hablar. ¿Me hablarás ahora?”, “Tú echaste a todo el mundo”, “No tuve nada que ver”, “Y la herida en tu mejilla, ¿a qué viene? ¿Desde cuándo no tener nada que ver se traduce en llevarse una piña?”, “Job habría acabado yéndose igual y lo sabes. Él sabía. No podías ocultarle la verdad durante mucho más tiempo. No llores. Sabías que él sabía”, “Tú deberías haber sido el único que se fuera de viaje. Estoy harta. Nadie me recordará, ni de blanco ni de nada. Quizá con el blanco desvaído de esta cárcel. Ni Clío ni Casi, eso seguro”, “No llores. Ya sabías. Yo te recordaré. Yo te recordaré de blanco, como tú quieres que te recuerden”, “Quiero que me recuerden, no que me recuerdes”. El silencio hizo acopio de voluntad y ocupó toda la estancia, se hizo papel de las paredes y refugio en la humedad de las esquinas. La sombra se levantó y caminó hacia la puerta, dispuesta a recordarla de blanco, pero no a volver a apoyar una mano en la butaca negra ni un hombro en el dintel de la puerta del baño. La puerta se abrió con un chirrido del pomo. “Podrías traerme otro ramo de claveles”, le dijo ella en un susurro arrepentido. “Los claveles son para las tumbas”, respondió la sombra con su boca de silueta. Con el tiempo, ella acabó yéndose de viaje y, si Job quiso olvidarla, la sombra quiso recordarla como ella nunca quiso que lo hiciera: del blanco desvaído de los claveles muertos.