El Quebrantahuesos I


«Human skull and knife», CC0

Cierto día, un anciano practicante de vudú decidió que era tiempo de heredarle a su hijo el mahou que había pasado de generación en generación dentro de su familia. Esperaba lograr, como todas las Nobles familias oscuras, volver a su hijo lo suficientemente hábil en el arte del vudú como para superar Los juegos de las semillas y llegar a formar parte de las Diez plagas.

Las Diez plagas constituían el grupo de operaciones especiales del Dueño del mundo, un practicante de vudú que había sobrevivido a la Guerra de las lanzas y las lancetas, y que terminó por dominar y reorganizar todas las mafias que aún quedaban en el mundo. El Dueño del mundo, para esconder la presencia de sus múltiples cuerpos, dividía la información sobre su ubicación en diez fragmentos que debían ser introducidos en el talismán de la muerte de los practicantes de vudú más hábiles y jóvenes que pudiera encontrar. Si el practicante sobrevivía al ritual de iniciación, recibía dicho fragmento con cierta porción de la sed de sangre del Dueño del mundo. Este, a cambio, recibía la capacidad de no poder ser localizado mediante vudú o alquimia.

El hijo del anciano practicante de vudú, conocido como el Quebrantahuesos, decidió huir de su casa una vez que se enteró de lo que su padre planeaba hacer con él. Usó sus conocimientos de vudú para dejar un objeto impregnado con su sed de sangre y así engañar a su padre, haciéndole creer que aún estaba en casa mientras escapaba. Este hábil movimiento por parte del muchacho logró despistar al Quebrantahuesos y le permitió llegar a Ciudad capital para esconderse y vivir lejos de las obligaciones y torturas propias de las Nobles familias oscuras.

Pasaron muchos años desde su huida y el hijo del Quebrantahuesos dejó de esconderse dentro de la ciudad y decidió empezar una nueva vida. Durante el tiempo que estuvo oculto, se dedicó al desarrollo e implementación de un ritual para deshacer su talismán de la muerte y devolver el núcleo de su alma de nuevo al interior de su cuerpo, renunciando así a la práctica del vudú. Posteriormente conoció a una joven mujer de la que se enamoró y con la que llegó a establecer un hogar. Los años siguieron pasando y no había rastros del Quebrantahuesos. La joven pareja, confiada por el paso de los años, decidió tener un hijo.

***

El niño creció feliz y saludable dentro de la ciudad. Era su cumpleaños número cinco y sus padres lo celebraban con mucha alegría. Sin embargo, la búsqueda del Quebrantahuesos por un sucesor no había terminado. Y, en contra de todo pronóstico, el Quebrantahuesos traspasó todas las medidas de seguridad de Ciudad capital con el objetivo de visitar a su hijo una vez más.

Cuando llegó a casa de su hijo, decidió observarlo por un rato. Asqueado, se dio cuenta que él había decidido llevar la vida de una persona normal y que ya no se podía percibir sed de sangre por parte de él. Rápidamente, el Quebrantahuesos concluyó que su hijo había deshecho su talismán de la muerte y que esa era la razón por la que le costó tanto tiempo y trabajo encontrarlo.

Furioso ante aquella afrenta contra el honor de su familia, el anciano Quebrantahuesos decidió entrar a la casa. A diferencia de muchos practicantes de vudú, que manejan un repertorio considerable de técnicas, el Quebrantahuesos solo conocía el mahou familiar, que consistía en un conjuro que usaba la sed de sangre para otorgarle habilidades telequinéticas avanzadas a aquel que lo dominara. Sin embargo, dicha telequinesis estaba limitada exclusivamente a huesos u objetos construidos con dicho material.

El Quebrantahuesos había adquirido un dominio absoluto de su técnica. Se paró frente a la puerta y recitó rápidamente su conjuro de forma casi inaudible. Cuando completó el conjuro, se quitó sus prendas de vestir superiores. Usando un cuchillo se hizo un largo corte en su costado izquierdo, metió su mano dentro de la herida y se arrancó una costilla sin ninguna muestra aparente de dolor. Luego, sostuvo la costilla con sus manos, la hizo levitar frente a él y la quebró en decenas de pedazos puntiagudos de hueso. Finalmente, usó su telequinesis para disparar esos proyectiles contra el seguro de la puerta, haciendo que esta se abriera.

—Hijo, ¡cuánto tiempo sin vernos! —dijo el Quebrantahuesos, sonriendo de forma macabra.

El hijo del Quebrantahuesos no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Sabía que su padre no estaría muerto pese a su edad, pero nunca pensó que este pudiera encontrarlo luego de deshacer su talismán de la muerte. Asustado, decidió hacer frente a su padre con el objetivo de ganar tiempo para que su esposa e hijo tuvieran oportunidad de huir.

—¡Viejo! ¿Qué… qué haces… aquí? —dijo el muchacho, tartamudeando del miedo.

—¡Tonto! ¿Te crees indetectable por no tener un talismán de la muerte? —respondió su padre—. En cuanto recuperaste el núcleo de tu alma, involuntariamente empezaste a generar pequeñas cantidades de aura como cualquier otro ser viviente.

—¡P… pero la ci… ciudad! —el muchacho estaba aterrado de ver que su plan de escape había fallado—. ¡La ciudad tiene una cubierta que impide la salida de energía y la recicla!

—Definitivamente debí entrenarte mejor —dijo el Quebrantahuesos, haciendo un gesto de decepción—. Basta un conjuro de rastreo, y estar lo suficientemente cerca, como para detectarte. Pero no, no lo hice, tengo un método más sencillo.

El Quebrantahuesos se sacó algo del bolsillo y lo mostró a su hijo. Era un trozo de hueso que había extraído de su hijo cuando este era muy pequeño.

—Este pequeño hueso tuyo te delató, funciona como brújula, siempre apuntará a tu dirección —el Quebrantahuesos sonreía de una forma oscura—. Bastó buscarte de pueblo en pueblo hasta que, eventualmente, estuve cerca de ciudad capital y el hueso delató tu ubicación.

El muchacho sabía que no tenía oportunidad si luchaba contra su padre; y menos ahora que ya no contaba con sus habilidades vudú. Así que, creyendo haber despistado al anciano, decidió sacrificarse para que su esposa e hijo tuvieran aún más tiempo para alejarse del lugar.

—¿Vienes para que ocupe tu lugar entre las Diez plagas? —dijo el muchacho, esperando que su padre simplemente se lo llevara de allí.

—¡Idiota! —gritó furioso el Quebrantahuesos mientras levantaba una mano y hacía el gesto de atraer algo.

—¡No puede ser! ¡Basta ya, por favor!—el muchacho gritó desesperado.

Su esposa e hijo levitaban en medio de la sala. No podían mover ni brazos ni piernas, tampoco hablar. Parecía que la fuerza de cadenas invisibles restringía sus movimientos. El Quebrantahuesos había aplicado su mahou en ellos desde el principio, ejerciendo presión para que los brazos, piernas y mandíbulas se atrajeran entre sí impidiendo la movilidad de las víctimas.

—¿Estás listo, muchacho? —dijo el anciano, mientras con una mano sostenía a sus víctimas en el aire y con la otra sacaba su cuchillo.

—Sí, padre. Iré contigo— dijo el resignado muchacho.

—¡No te hablaba a ti, inútil! —dijo el Quebrantahuesos, mientras se hacía otro corte en el costado y se sacaba otra costilla.

El muchacho no entendía, pero tampoco tuvo tiempo de pensarlo mucho. El anciano, sin necesidad de gesto alguno, rompió ambas piernas a su hijo que cayó al suelo y empezó gritar agónicamente.

—Le hablo a mi nieto, creo que contigo cometí muchos errores —dijo el Quebrantahuesos terminando de extraer su costilla—. ¡Tal vez con él sea diferente! Después de todo tenemos la misma sangre.

—¡B… basta! ¡Te dije que iría c… contigo, déjalo en p… paz! —gritó el muchacho mientras se arrastraba con los brazos hasta llegar a los pies de su padre.

El Quebrantahuesos se enfureció ante la supuesta insolencia de su hijo, por lo que decidió romperle los brazos también. Luego usó su telequinesis para colocar al niño contra el techo y dejarlo como espectador de lo que iba a hacer.

—¡Estoy harto de tu insolencia, te haré pagar el precio por renunciar al vudú!

Dicho esto, el anciano levantó ambos brazos y, con su telequinesis, tomó de la garganta tanto a su hijo como a su esposa y los empujó contra una pared para ahorcarlos. El niño lloraba e intentaba gritar al ver lo que pasaba, pero su mandíbula seguía bajo el efecto del mahou. Finalmente, el anciano cerró los puños y, con ese gesto, las costillas de sus víctimas se incrustaron en sus cuerpos perforando varios órganos, provocando una terrible tortura a la pareja mientras el niño lloraba desesperado y sin poder gritar o moverse.

—¿No quieres que sufran, niño?—dijo el quebrantahuesos dirigiendo una mirada fría hacia su nieto.

El niño intentó hacer un gesto de negación con la cabeza.

—Está bien, niño. ¡Cumpliré tu deseo! —dijo el Quebrantahuesos, mientras remataba a la pareja atravesando sus cuerpos con los proyectiles hechos de la segunda costilla que se extrajo.

El anciano bajó al niño del techo y se lo llevó para entrenarlo en lugar de su padre. Luego, desapareció del lugar sin dejar rastro.

Blancas o negras


Foto por grstocks en Unsplash (CCO)

El tablero de ajedrez sobre la mesa, un juego sin empezar, y dos copas vacías.

—Hace tantos años que no hacía una partida con alguien.

—¿Y cuál era el motivo?

—Simplemente nadie aceptaba una invitación tan inusual. Cuando le decía a alguien que viniera a casa a jugar una partida de ajedrez, parecía que le estuviera proponiendo un acto de tortura.

—¿Blancas o negras?

—Lo echamos a suerte, como se suele hacer.

—Para mi es igual, como si no lo supieras. Me tocan las blancas.

—¿Más vino?

—Gracias.

—Pues como te decía, desde que estoy de baja médica, me he vuelto un experto en el ajedrez.

—¿Depresión?

—¿Cómo lo has sabido?

—Lo veo en tu mirada. Te toca.

—Pero yo nunca lloro.

—La gente piensa que la depresión se relaciona con el llanto constante, pero no. Bueno, no es solo eso. A veces llorar alivia más de lo que creemos.

—Hablas como un experto.

—Bueno, todos hemos tenido malas rachas. Jaque.

—Me han dado una medicación que me quita el sueño. Por eso juego tanto.

—Lo sé, a mi me pasa igual.

—Sé de muchos que se drogan, otros que se abandonan al alcohol, mientras otros, como yo, juegan hasta el cansancio.

—Digamos que en cierta medida, has tenido suerte. El ajedrez no es un juego en el que te puedas dejar la hipoteca, la pensión, o tu herencia.

—¡Ja, ja, ja!, y que lo digas. Ahora muevo yo, jaque.

—En el pasado eras un tipo divertido, sociable. ¿Qué ha ocurrido?

—Hablas como si me conocieras de toda la vida.

—Las fotografías que tienes en el salón me han revelado tu secreto. Y están a la vista de todos.

—Ah, bueno, sí, las fotos.

—¿Pensaste que te estaba leyendo el pensamiento o algo por el estilo?

—Eres una persona muy observadora. ¿Qué más has podido deducir de mis fotos?

—La nostalgia… Oh, perdona ¿tienes más vino?

—Sí, claro ya sabes dónde están las botellas… Decías algo de la nostalgia. Es fácil deducir eso, cuando alguien atesora con tanto empeño sus mejores recuerdos en imágenes.

—Y ese libro que tienes empezado en el sofá, La ridícula idea de no volver a verte, no ayuda mucho a la recuperación.

—Depende desde qué punto de vista lo leas. Tiene una parte histórica que me resulta fascinante. Además, la literatura es lo que tiene, si no te sumerges en el mundo de las letras, te disuelves en el hastío de la realidad.

—¡Vaya, lo dices como si caminaras al borde de un precipicio!

—Es cierto. Dime si a ti no te ocurre lo mismo. Muchas veces cuando lees un libro, o cuando eliges un libro, generas una expectativa sobre lo que te gustaría que ocurriera, porque pensamos que somos dueños de otras realidades, más que de la nuestra propia.

—Jaque. Ahí te doy la razón. ¿Otra copa?

—Por supuesto. Además, somos tan perezosos, que eludimos cambiar el curso de nuestras vidas, y preferimos imaginar que somos tal o cual personaje de nuestras novelas favoritas. Pereza, eso es lo que nos define. Nada más enfermizo.

—Si lo tienes tan claro, qué haces aquí jugando a solas. Jaque mate.

—Tanto hablar, me desconcentra. Lo más lógico es que gane contra mi mismo, no que pierda. En fin. ¿Qué me dices si echamos otra partida?

—Bueno, parece que tendremos noche larga, otra vez. ¿Otra copita?

La niña de la lluvia


Foto por you me en Flickr (CC BY 2.0).

Su infancia se vio interrumpida de tajo: a sus escasos doce años su organismo y la naturaleza decidieron comenzar el precoz desarrollo.

La madre de Isbe sabía lo que eso significaba y una tremenda pesadez cayó sobre ella, quitándole la curva a su sonrisa y dejándole una línea recta en su ya de por sí gesto plano. Sumisa por tradición, tuvo que informar al padre de Isbe que el día había llegado. A Erop le brillaron los ojos con un fulgor de maligna esperanza. Moci solo agachó la cabeza.

—Dame el sombrero, mujer. Debo ir al lugar de Sofa.

—En seguida, mi señor —contestó Moci apesadumbrada.

Afuera de la casita, sentada a la sombra de una jacaranda, Isbe miraba pensativa el camino que seguía una hormiga llevando a cuestas una ramita seca. Meses atrás, mientras jugaba por un costado de la casa, escuchó a su padre y a Sofa platicar. Se escondió detrás de unos costales de composta apilados.

—Sí, pué, me gusta tu hija pa que sea mi mujer.

—¡Ora! Todavía no, pué, aún no es mujer.

—Esperaré. ¿Qué tal y nos apalabramos de un vez?

—¿Cuál es el trato?

—Te pongo una canasta de víveres.

—¡Ora! Sí está nueva la niña, pué.

—La canasta y un animal.

—Todavía le falta un tiempito, pué; haiga que darle de comer mientras.

—La canasta, el animal y diez billetes pa la tragazón.

—¡Vamos, pué, ¡ya está hecho!

Sofa y Erop sellaron con un apretón de manos el pacto que determinaría el destino de Isbe.

Así fue como se enteró Isbe que su padre la vendió.

Sofa la subió al caballo. Rechazó llevar las pocas cosas de Isbe que Moci puso en un morral de arpillera.

—Son puras mugres, pué —dijo devolviéndole el morral a Erop.

Moci estaba muda: no era solo el nudo en su garganta lo que le impedía decir palabra. Erop sujetaba con una mano la cuerda con el chivo inquieto amarrado al otro extremo. En el suelo yacía una canasta con comestibles enlatados; con la otra mano palpaba dentro del bolsillo los diez billetes que recibió a cambio de su única hija.

Isbe echó una última mirada al lugar: la casucha, el patio y sus padres, jamás los volvería a ver.

***

Sujeta al torso de Sofa, Isbe fue soltando durante todo el camino cada sueño, cada juego infantil, cada cosa que ya no podría hacer por la condición de ser ahora la mujer de su comprador. Sofa no se dio cuenta de cuántas lágrimas derramó Isbe; apuraba al caballo para ganarle a la tormenta que amenazaba con fuertes retumbos su imparable precipitación.

Llegaron a la casa de Sofa empapados, Isbe mojada de lágrimas y lluvia. Sofa no esperó a nada, de inmediato condujo a la niña adonde estaba la cama.

—Quítate las mugres que trais puestas, no te vayas a subir a la cama toda mojada como vienes.

Él por su parte, echó el sombrero a un lado, se desabotonó la camisa y se sentó en una silla a observar a Isbe.

Recordó la primera vez que la vio en casa de Erop un día que fue a conseguir composta. Ella correteaba mariposas, llevaba puesto un vestido con flores estampadas que era una talla más pequeña que la que debería usar, esto ocasionaba que de manera inconveniente se revelaran sus torneados muslos cada vez que daba un salto intentando alcanzar a una mariposa en la inocente persecución. Desde entonces, el deseo de tenerla no se desprendió de él.

Ahora la tenía enfrente y la haría suya.

—¡Quítate todo, pué! —rugió desde la silla.

Isbe sentía miedo de llorar, ahora Sofa era su dueño y debía obedecerle o atenerse a las consecuencias.

Se desnudó tal y como lo haría una flor cuando florece, solo para que una bestia con su sucia garra la dejara pisoteada y maltrecha en un instante. Seis minutos que a Isbe le parecieron el infierno eterno.

La lluvia azotó esas tierras durante varias semanas. Los ríos se desbordaron y las corrientes arrastraron todo lo que estuvo a su paso. Isbe no paró de llorar todo el tiempo que Sofa la dejaba sola. No hubo probado ni un bocado de alimento, estaba asqueada e igual de triste que el cielo.

—Ahí te traje cosas pa que hagas de comer, pué.

—Es que no sé cocinar.

—¡Diablo cabrón! ¿Cómo es eso? ¿Qué tu madre no te enseñó a hacer siquiera un caldo?

—No, mi señor —contestó con timidez Isbe, encogiéndose, esperando lo peor.

—¡Ah, la puta! —soltó Sofa acompañado de un golpe con la palma en la cabeza de Isbe—. ¡Vas a aprender, pué, ¿o qué?

—Sí, mi señor, voy a aprender —dijo Isbe conteniendo el temblor de la quijada.

Volvió a pegarle, esta vez en la nuca. La pescó del cabello y la llevó a la cama.

—No me voy a conformar solo con esto; tienes más obligaciones que cumplir —reclamó Sofa levantándole la falda y manoseándola con desenfrenada lujuria antes de penetrarla con furia.

En una parte elevada del pueblo, debido a las lluvias, se produjo un deslave que sepultó varias casas con sus respectivos ocupantes. Los habitantes estaban alarmados: la masa pluvial era tan inusual que lo atribuían a un hecho sobrenatural provocado por una fuerza oscura. Los vecinos organizaron rosarios para pedir a Dios que cesara la lluvia.

—Dicen que es porque Sofa se trajo a la chamaca y están haciendo vida de casados sin la bendición del Señor.

—Sí, pué, es el pecado impune y disoluto que atrae tanta calamidad.

—Sígale rezando, seño.

—Dios te salve, reina y madre…

A Sofa le tenían sin cuidado todas las habladurías que se escuchaban en el pueblo. Él ya había cumplido con el pago por Isbe y no necesitaba ninguna bendición de nadie.

Esa noche la tormenta oscureció el cielo con varios tonos de gris.

Llovió con intensidad, el agua escurrió excavando profundas zanjas en los caminos de tierra, las corrientes imparables siguieron su curso.

Los compadres hacían el camino a paso lento buscando un lugar seguro por el cual transitar. Del centro del pueblo a la casa de Sofa eran unos tres kilómetros.

—Nos echamos un taco en el jacal, pué, compadre. Así damos tiempo a que baje toda el agua del cerro.

—Ora, pué. Traigo una botellita de aguardiente, compa, pa el desempance.

Llegaron a casa de Sofa. Temo tenía curiosidad por conocer a la nueva mujer de su querido compadre.

—Ora, mujer, que ya llegué y traigo invitado. Sírvenos un taco que venimos hambrientos.

—Sí, mi señor —contestó Isbe, bajando la cabeza ante la imprudente y cínica mirada de Temo.

Pué… es una cachorra, compa, ¿cómo le hizo?

—Na’a que un chivo no pueda valer, compadre.

Ambos se echaron a reír. Isbe sirvió dos platos con frijoles y acercó un cuenco con salsa picante. Una a una fue colocando las tortillas que recalentó en un fogón.

Temo no le quitaba la vista de encima. Destaparon el aguardiente y bebieron. Sofa se dio cuenta de que a Temo le gustaba su mujer. Carraspeó.

—¿Qué pué, compadre?

—¿Das chance, compa?

Sostuvieron la mirada durante unos segundos.

Ora, pué —dijo Sofa—. No me la maltrates porque también quiero usarla.

—No, compa. Todo tranquilo.

Sofa se sirvió más aguardiente y prendió un cigarro de hoja. Salió al patio dejando a Temo con Isbe.

—Vente pa’ca, chamaca —dijo Temo desfajándose la camisa. Estaba enardecido por el alcohol—. Acércate un tantito.

—¡No! —replicó Isbe.

—¿Qué pué? ¿Le digo al compadre que le venga a poner unos fajazos?

Isbe ya no sabía a qué temerle más. Temo intentó meter la mano por debajo de su vestido, pero ella se retrajo. Él, molesto, la asió del cuello con una mano y con la otra le sujetó el cabello por la nuca.

—¡Quieta, cachorra! ¡Orita te voy a dar un calentón que hasta vas a bramar! 

Afuera, Sofa escuchaba en la oscuridad la corriente de agua que furiosa se deslizaba por el camino principal. Le debía un favor a su compadre, no podía negarle nada, ni siquiera a su mujer.

Isbe pegó un grito cuando Temo le desgarró la blusa y le dejó desnudo el torso. Mientras Temo con una mano bajaba sus pantalones, aflojó un poco la fuerza que aplicaba en el cuello de Isbe. Ella se dio cuenta y de un jalón se liberó. Temo perdió el equilibrio y trastabilló sin caerse, pero esa acción fue suficiente para que Isbe, a pesar del pánico, buscara la puerta para salir de la casa.

Sofa escuchó las pisadas chapoteando veloces en la oscuridad, volteo a mirar y vio una silueta fugaz desvaneciéndose en la lluvia.

—¡Se soltó la cachorra, compa! —gritó Temo desde el quicio de la puerta.

—¡Carajo! —dijo Sofa apretando las mandíbulas. Aventó el vaso y echó a correr detrás de Isbe— ¡Pérate, pué! ¡Ónde vas, hija de puta!

Isbe escuchó los gritos debajo del diluvio que caía en ese momento, pero no se detuvo por nada. Las gruesas y tupidas gotas le pegaban en la cara y se escurrían junto con sus lágrimas.

Atrás de Sofa, Temo también corría; no iba a dejar escapar la oportunidad, menos ahora que la niña les había hecho salir a la tormenta.

Isbe dejó de escuchar los gritos de Sofa y los pasos de su carrera. El ruido de la corriente era ensordecedor. La oscuridad le impidió orientarse y de vez en cuando la luz de un rayo iluminaba con debilidad la negrura de los cerros. Fue como escuchar el principio de una tempestad, cuando se oye retumbar el cielo previo a la caída de agua. Pero esta vez el sonido vibrante no provino del cielo, sino del suelo, fue como un rugido contenido que va creciendo en fuerza e intensidad. Isbe volteó hacia todos lados sin percatarse de que se estaba produciendo un deslave en el cerro por su lado izquierdo y un socavón bajo sus pies.

Toneladas de lodo y piedras la arrastraron sepultando en pocos segundos todas sus desgracias.

Cuando Sofa y Temo detuvieron su persecución, fue solo porque el camino presentaba un agujero grande y profundo que les impidió continuar.

Nunca encontraron el cuerpo de la niña.

***

Fueron varios meses de arduo trabajo para rellenar el socavón del camino. En el pueblo se corrió la voz de que en ese incidente murió Isbe, la pecaminosa exmujer de Sofa. Después de la tragedia, la lluvia calmó sus ímpetus. Siguió una temporada de implacable sequía, los cerros lucían un amarillo reseco y los animales de corral iban muriendo poco a poco sin explicación.

—Vamos haciendo otra chamaca, pué; se murió el chivo y no hay billete pa comprar otro. Ni siquiera lo pudimos comer, cuando lo encontré ya estaba inflado, sepa qué mal le dio.

—Ya estoy grande, Erop, ya no es bueno que quede embarazada, pué. No le haiga que me vaiga a morir en el parto. Además, no quiero; sentí refeo que vendieras a la Isbe.

—¡Bah! ¿Entonces pa qué son los hijos?

—¡Ah, que necio que eres, pué! Me voy a moler el nixtamal.

Esa noche Erop intentó embarazar a Moci. Después del sexo se quedó despierto imaginando que, si se lograba, apenas naciendo vendería a la cría, así se ahorraba años de manutención, pero si era hombrecito, tenía que regalarlo o ahogarlo en el río.

Pasaron los meses y Moci no echaba panza, resulto ser cierto lo que ella dijo: «ya estaba grande pa engendrar».

El tono de azul del firmamento se decoloró, un viento húmedo corrió entre las hierbas secas de los cerros. Parecía que la sequía llegaba a su fin. Algunos se apuraron a preparar la tierra para la siembra con cierto recelo de que este temporal no excediera la cantidad de agua. Esa noche cayó una gentil lluvia que avivó las esperanzas del pueblo.

Temo estaba recostado en la hamaca con las manos cruzadas bajo la nuca a modo de almohada. Respiraba el aroma de la tierra árida ahora socorrida por las primeras gotas de agua. De repente resopló pues percibió un olor fuerte, desagradable, parecido al de un zorrillo. Quiso levantarse, pero una fuerza le comprimió el pecho. El hedor se hizo más fuerte, tan intenso y penetrante que casi vomitó. Entonces escuchó una voz:

—Va a llover, Temo.

El sonido de la voz pareció venir de un lugar muy profundo, sin embargo, no hacía eco, se escuchó más bien apagado. Se encontró con un rostro desfigurado a la altura de su cara. A pesar de lo horripilante, conservaba ciertos rasgos que Temo reconoció y de inmediato entró en pánico.

—Va a llover, Temo  —escuchó que le dijo la voz.

De los ojos del rostro macabro comenzaron a salir gotas de agua. Cayeron en la cara de Temo que luchaba desesperado por liberarse. Al principio fueron unas cuántas gotas, pero después se incrementaron al grado de que se le colaban por las narinas y por la boca cada vez que la abría para intentar gritar. Temo, antes de morir ahogado, se dio cuenta de que las gotas tenían un gusto salado.

Sofa bebía aguardiente sentado con la camisa desfajada y desabotonada. Sentía que le hacía falta desahogarse, pero no encontraba quien estuviera desesperado y le vendiera una chiquilla, le atraían sobremanera. Tenía planes para salir, pero la incipiente lluvia se los echó a perder. Dio otro trago directo de la botella y se atragantó porque llegó a su nariz una pestilencia nauseabunda, como de humedad podrida. Bajó la botella y revisó la suela de sus botines por si había pisado algo. Como no encontró nada, caminó hacia la puerta y antes de que pudiera abrirla escuchó una voz apagada, como si fuese un murmullo proveniente del suelo.

—Va a llover, Sofa.

Sintió una mano húmeda y fría que le tiraba de los cabellos hacia la cama. No pudo luchar contra ese impulso y cayó de bruces sobre el colchón. Se volteó sobre sí para quedar bocarriba y cuando lo logró sintió como la botella de aguardiente chocaba contra sus dientes que se desprendieron, y junto con pequeños fragmentos de vidrio, resbalaban con el alcohol por su garganta.

—Va a llover, Sofa —escuchó de nuevo.

Vio el rostro carcomido y los ojos de una negrura espeluznante que derramaban gotas de agua sobre su cara. Terminó de ahogarse con el resto del líquido de la botella. Quedó tendido sobre la cama con la camisa abierta y el envase de vidrio metido hasta la garganta.

En ese momento la lluvia arreció.

—¡Qué necio, pué! ¡Que ya no puedo preñarme!

Ora, ¿entonces qué vamos a hacer? Ya nadie en el pueblo me compra la composta.

Haigas de irte al otro pueblo a vender.

—Sí, pué, no hay diotra.

—Pero antes lléname la pileta, ya no tengo agua ni pa lavar los jarros.

Ora, pué.

Erop tomó los baldes y caminó al arroyo. Cuando llegó advirtió la coloración turbia en el agua debido a las primeras lluvias del temporal. Se agachó para llenar el balde y se fue de boca como si alguien lo hubiese empujado. Soltó el balde e intentó ponerse de pie, mas no pudo. Sintió algo que se le hundía en la espalda baja y una presión desmesurada en la nuca. Agitó los brazos e intentó deshacerse de quien tenía encima. El terror se apoderó de él cuando sintió que el aire se le estaba terminando. Tragó agua, pero justo cuando iba a rendirse, una mano fría lo jaló de los cabellos sacándole la cabeza de la corriente. Jaló aire y escuchó una voz seca y átona:

—Va a llover, Erop.

Otra mano le estrelló varias veces un guijarro en la cara, le rompió nariz, pómulos y varios dientes. Después, como si de un costal de composta se tratase, voló y cayó al pie de un viejo árbol que dibujaba una temblorosa silueta en el suelo terroso. De inmediato, aunque estaba aturdido, notó un olor asqueroso que supo que, antes de que los ojos malévolos soltaran gotas de agua sobre su cara deshecha, era el olor de la muerte.

Adentro de la casucha, Moci esperaba impaciente a que su marido regresara con el agua que necesitaba para sus quehaceres. Iba a asomarse a la entrada cuando a contraluz vio una extraña figura que no tocaba el suelo. Estaba suspendida en el aire justo en el quicio de la puerta. Moci se echó para atrás, temerosa de lo que estaba contemplando.

—¡Dios mío! —soltó las palabras y se dejó caer sobre una silla con los dedos de las manos entrecruzados sobre su pecho, así como si fuera a rezar.

El olor putrefacto inundó la casucha. En un parpadeo, la amenazante figura se colocó a un lado de Moci y le susurró al oído:

—Va a llover, Moci.

Moci miró el rostro descompuesto y ahogó una palabra antes de sentir una mano fría y húmeda acariciándole el pelo y luego, miles de gotas cayendo en su cara desde esos ojos eternos.

El aguacero volvió a cobrar fuerza.

Nada ni nadie pudo explicar las muertes atroces de aquellas personas. Todos los testimonios apuntaban directo a la superstición o a ese tipo de leyendas y mitos que hay siempre en esos pintorescos lugares. 

Algunos campesinos del pueblo atribuyen, a un tipo de lluvia gentil que cae por lo general por las noches, a una entidad que denominan «la niña de la lluvia».

Otras personas dicen que cuando la lluvia es suave es porque el alma de Isbe se anega y desborda de tristeza; y que cuando se desata una tormenta, es por la ira de Isbe que aún no puede perdonar a quienes le hicieron tanto mal.        

911


La operadora del 911 inició el protocolo de atención cuando recibió la llamada de un niño.

—¿Cuántos años tienes? —dijo al mismo tiempo que levantaba la mano para atraer la atención de su supervisor.

—Cinco, pronto cumpliré seis —dijo una vocecita al otro lado del auricular.

—¿Puedes platicarme qué es lo que pasa, amigo? —Ella lo entretenía mientras tecleaba comandos en su sistema para dar con la ubicación de la llamada. Cuando al fin lo logró, el supervisor ordenó que acudiera la unidad más cercana al domicilio.

—¿Puedes pasar el teléfono a un adulto que esté contigo?

—Mi mamá no puede contestar, pero me dijo que llamara —dijo el niño con voz traviesa.

La operadora iba a hacerle otra pregunta cuando en el fondo se escucharon fuertes toquidos.

—¡Policía! ¡Abra la puerta! —dijo una voz con urgencia.

El niño dejó el aparato telefónico y corrió a abrir. La llamada quedó abierta. El personal del 911 escuchó:

—Pero ¿qué pasó aquí? —dijo uno de los oficiales que habían acudido al llamado.

Su compañero de inmediato desenfundó su arma de cargo al ver que el niño apenas si podía sostener una pesada pistola en su pequeña mano. Se le acercó cauteloso. Lo despojó del arma y con terror se dio cuenta de que estaba cargada.

—Jugábamos a los vaqueros. ¡Disparé primero! —dijo el niño orgulloso de su logro.

El otro policía veía consternado el cuerpo de la madre en el piso, desangrada, con la mano izquierda a la altura del estómago y en la derecha una simpática pistola de juguete de colores chillones.

Al otro lado de la línea la operadora daba indicaciones a la ambulancia, aunque sabía que ya era demasiado tarde.

La misión


Llena de escalofríos, así se siente —ha llegado el otoño con armadura fría—, baja con una tos seca del coche, sus alumnos golpean en esos instantes las patas de mesas y sillas entre gritos impíos y ataques a los cuellos y cabezas de los compañeros de las mesas que tienen cerca. Cierra la berlina que se ha comprado hace poco, corre hacía el primer piso, siempre se apela al deber ante estos momentos de desaliento. Ella lo hace desde hace cuatro años, perdida ya su intención de enseñar a crías que se han vuelto imbéciles de tanto creer en las redes (aunque no lo confesará en público) y a tanto bruto obligado a pasar de curso con carpetas de suspensos. Solo la sostiene el deber y un sueldo, por qué no decirlo. Avanza por el pasillo, la divisan desde el final del mismo, la mitad de la clase se zarandea en él y la otra mitad haciendo gracias dentro. Los mismos de siempre emponzoñando a una masa opaca interesada en educarse; está harta. Lo presiente, un mal día se abre, al entrar en el aula. Cuando se ha levantado sabía que estaba desposeída de la energía suficiente para salir triunfante de otro día más en un instituto conflictivo. Aparece en cambio la llamada costra del endurecimiento, la que te hace inmune al ambiente de fuerzas descontroladas representadas por los golfillos en un instituto. A consecuencia de ello, no tarda más de diez minutos en decidir quién será el elegido para aglutinar su soldada de satisfacción al expulsarlo de clase sirviendo además de ejemplo: «Iciar, baja a la biblioteca y quédate allí hasta la próxima clase. Quiero que el profesor que esté te firme un papel diciendo que has estado estudiando».

Iciar es en realidad nuestro personaje más querido. «¿Por qué?», pueden preguntar. Otras respuestas serían muy enrevesadas explicadas en un relato, por ejemplo: escaso respeto por la organización educativa actual, la profesora con prisas del principio no tiene atractivos suficientes para seguir en este relato. Podría enumerar a mis queridos lectores todas las razones verdaderas, conformémonos simplemente con la dignísima conclusión de que yo soy el autor y mis fobias me agradecen que escriba para disfrutar. Prefiero a la culpable expulsada, aunque solo sea por su juventud, su potencialidad dormida, diciendo por delante que unos cachetes se merece Iciar, cualquiera de sus amigas, o la mayoría de los chicos de su clase. Ya sé lo que he dicho y tampoco exageren unos cachetes. Continuemos con Iciar sin revolver más; ha entrado en la biblioteca. 

Sentada está ya en la última fila, hace un amago violento de sacar su cuaderno desvencijado de tanto pintarle. Ni siquiera lo abre —observa—, no ve profesores respetables allí, solamente la bibliotecaria, esa señora vieja tan pesada con el orden y el estudio. La mirada está detenida en la mesa de préstamos, hay un joven. Ella sabe por instinto que no puede ser un profesor, es un voluntario o algo parecido que trabaja en la biblioteca. Lo recoge todo deprisa y se lanza resuelta a pedirle la hoja firmada. «Da lo mismo», responde cuando el joven le dice que no quiere firmarle nada y además no es su función. «Tú me lo firmas y así me voy a… tomarme una manzanilla porque estoy mala». Nueva negativa y grito de Iciar que indica enfado importante.

Parece evidente, ella es una obligada, no quiere el instituto. Está deseando ver a la pandilla, pero en un recreo perpetuo. Iciar es la respuesta a un sistema que la obliga a permanecer seis o diez años en el instituto y, además, la premian con aprobados sin estudiar mucho —lo cual la hace pensar que todo lo que rodea al instituto no tiene importancia—, simula concentrarse cuando sus cuadernos únicamente contienen borratajos y frases obscenas escritas por sus amigas. Ya nadie repara la grieta del dique, está resuelta a todo: chantajear al joven que tiene delante que vigila la biblioteca y la impide mirar su móvil durante un rato, va a simular encontrarse enferma, retorcer la propia mentira, cualquier invención con tal de librarse de aquel asqueroso ambiente de estudio y libros. No cabe en su cabeza perder cuarenta minutos allí dentro. Iciar no esperaba un asalto como el que se produjo en respuesta a su carcajada pícara. La bofetada propinada había sido desterrada desde hace tiempo del pensamiento de los alumnos; y cuando la cólera sustituyó a la carcajada, solo hubo más bofetadas, milimétricamente cadenciosas, quemando su epidermis en un experimento de laboratorio humano. ¿Quién se atrevía a sonreírla después de abofetearla en público? Quiere alguna explicación, que alguien venga gritando por comportarse como si estuviera al margen del peor crimen consumado, ve esa mirada por encima de su hombro y que se sienta plácidamente. «Ahora siéntate en silencio y no hagas nada, si no quieres un libro». No quiere perder más tiempo con ella, eso es lo que le parece a Iciar, o a cualquiera que observe los acontecimientos, los cuales se han extendido por el instituto como si una bomba hubiese hecho explosión en la biblioteca, matando a toda una clase. «¡Han abofeteado a un alumno! ¿Quién pudo ser? ¿Un profesor?». El personal rebulle en todas las estancias, en los pasillos se forman corros, la gente pregunta. Enseguida se forman bandos a favor y en contra. El castigador queda convertido en un estigma para unos, en héroe necesario para muchos, gritan más los legalistas: «¡Acaso nadie va hacer nada! ¡Hay que preparar un patíbulo en el patio y colgarle! ¡No, quemarle vivo delante de los padres que no toleran semejantes atropellos con sus hijos!». El villano sigue tranquilamente sentado en la biblioteca sin conmoverse. La jerarquía decide tomar las riendas de la situación. «¡La dirección! La dirección que cobra sus generosos complementos». Jefes de estudio y director aprueban la primera medida, pedir explicaciones, las cuales no serán satisfactorias (nadie puede pegar a un alumno), aunque el procedimiento debe alejarse del usual al no tratarse de un profesor. Se improvisará, dice el apocado director miedoso de los inspectores de centro, o cuando es presionado por la corporación profesoral o la asociación de padres del instituto, cumplir la legalidad a tiempo, de eso se trata, que lo parezca desde fuera, decide ir a ver las medidas del ataúd del joven que se ha atrevido a pegar a una alumna; el director ha entrado ya en la biblioteca.

Se sitúa a cuatro pasos del joven culpable, el ahora primer protagonista de esta historia. «¿Has pegado a una alumna?», le pregunta. «¿Acaso hubiese pegado a alguien estando seguro que no lo merecía?», es contestado. «¡Cómo se le ocurre pegar a un alumno!», grita el director, «la ley lo prohíbe desde…». «La ley…», repite el muchacho. «La ley del sonido dice que cuando un transmisor emite un mensaje, este llega al receptor que dentro de su campo de percepción sonora puede descifrarlo, esa chica lo descifró, pero actuaba igual que si no recibiese los mensajes. La ley dice que es peligroso si se dejan receptores en mal funcionamiento a lo largo de una cadena. Se provoca, pasado el tiempo, dejar de recibir información de cualquier clase en la cadena de transmisión, provocando problemas mayores a todo el grupo que las necesita. Ya sea riéndose de todos los receptores o actuando por maldad saboteando la red». «¿Quién es usted para hablar así?». «Aconsejo. ¿Quiere sacar algún libro señor director? Puedo sugerirle uno para ayudarle a despejar los malos humores de sus pensamientos». El director se pregunta quién ha sido el responsable que ha puesto a ese muchacho en la biblioteca. «¿Quién le manda? ¿Por qué habla así? Y sobre todo, ¿por qué vuelve a sus quehaceres sin importarle lo más mínimo las consecuencias de sus actos?».

Mira inquisitivamente al extraño sujeto repantingado en su silla con un libro sobre la rodilla. Abandona al final la estancia más perplejo que enfurecido. Los adeptos al extraño personaje crecen en las inmediaciones igual que ocurre cuando un equipo mete el primer gol o se gana el primer combate de boxeo; ha fallado el golpe de fuerza y los legalistas se recluyen inofensivamente. Todos han sufrido los caprichos de Iciar alguna vez, por tanto, ahora nadie sale en su defensa con suficiente fuerza, ella misma ha quemado en el pasado sus puentes con profesores y personal del instituto liberales en cuanto a la disciplina. En el despacho del director comienza a pesar más el ambiente que los hechos, el punto determinante es conocer que Iciar no ha hecho nada, no sale de su perplejidad. Decide —y esta es la derivación más importante— que no dará publicidad en su hogar del hecho. Su estado de ánimo no le permite montar esa defensa dañina. El joven aprendiz de bibliotecario utilizó toda la fuerza sin muchas explicaciones, sin remilgos, bloqueando su entendimiento, lo que produce que sus actos se parezcan a la situación de alguien preparándose lentamente para despedirse ante varias personas y no sabe el instante adecuado de hacerlo.

Además, ¿contra quién dirigir la responsabilidad? Pasado el nerviosismo, el director pidió el expediente del enigmático muchacho; únicamente encontró referencias vagas a su pasado educativo, nada concreto que explicase su comportamiento. Una nota extraña para el canon de expediente funcionarial al que la administración acostumbra, daba mayor oscuridad al caso. La autora de la nota era la maniática bibliotecaria, la cual dejó constancia de un hecho irrelevante.

El tercer día de estancia en su puesto en el instituto, el voluntario catalogó un nuevo libro de su propiedad, que regaló a la biblioteca, titulado El maestro pasará por un loco. El director inmediatamente pensó, o no quiso pensarlo, ciertamente porque era un hombre que se atolondraba en la metafísica (y por ello aplaudió cuando eliminaron las clases de filosofía y pusieron la asignatura de digitalización), que prefería apelar a sus conocimientos científicos en casos tales. Hizo lo mismo cuando semanas después se dejó de ver (nadie sabe qué semana concreta podía datarse como la decisiva para decirlo) al muchacho impertérrito. Posiblemente un día antes de que Iciar entrase, después del incidente en la biblioteca, a recoger un paquete no académico que le habían indicado aguardaba a su nombre. No saquemos de precipitadas pistas conclusiones fantásticas acerca de lo que no sabemos. Hay unos hechos literarios ordenados que nos dicen lo que hay, otra serie de adjetivos junto a los hechos nos llevarían a lo que preferimos ver nosotros, en vez de aceptar la historia. Únicamente debemos acabar este relato, el cual ha ido saltando charcos que a muchos no les gustan: se había ido por los mismos cauces que apareció, si pensamos igual que el director, al realizar sus funciones y cumplir la legalidad en la forma parcial que propaga la injusticia, cabe la posibilidad de añadir secamente que la misión no tenía por qué prolongarse más. 

El atentado de los hermanos Kérberos II


Luego del primer atentado exitoso usando a los perros como armas vivientes, los Hermanos Kérberos siguieron entrenando y experimentando. Esto les llevó a la conclusión de que la dificultad de conseguir la gran cantidad de sacrificios requeridos era un proceso que volvía ineficiente al ritual, restándole utilidad práctica. Por lo que, luego de mucha investigación, lograron crear un objeto legendario del vudú conocido como hitokui hyōtan o cantimplora prisión. Este objeto consistía en una cantimplora que permitía atrapar a una gran cantidad de personas dentro, convirtiéndolas en miniaturas que no pueden sino esperar que la cantimplora los absorba lentamente para mantener su propio funcionamiento, o morir al ser retirados de ella para ser sacrificados inmediatamente; además de volver imposible el suicidio dentro de ella. Gracias a este objeto, los Hermanos Kérberos podían secuestrar personas de una forma muy discreta y almacenarlas para siempre disponer de un suministro que les permitiera usar con más soltura el poder de los perros.

Luego de que cada hermano aplicara la innovación de la cantimplora, se dedicaron solamente a dos actividades: secuestrar personas con regularidad e intentar descifrar el último de los conjuros que contenían las piedras. De esa forma lograron, al fin, acceder al tercer conjuro, que les permitía fusionar a los tres canes en un solo perro monstruoso de tres cabezas, capaz de utilizar no solo el fuego, el rayo y el hielo, sino también un nuevo ataque que combinaba los tres poderes y que bautizaron como Rayo delta. Luego de mucha práctica se volvieron hábiles con el último conjuro y decidieron que era tiempo de estrenar su nueva y perfeccionada técnica en un nuevo atentado.

***

Antes de ir por la única metrópoli que logró surgir en el mundo posguerra, Ciudad capital, decidieron que era necesario rellenar sus cantimploras prisión en algún pueblo cercano. Usaron a las últimas personas contenidas en sus cantimploras como sacrificios para invocar a los tres perros por separado y aterrorizar un pueblo con el fin de aprovechar el caos para secuestrar a la mayor cantidad de habitantes posibles dentro de sus cantimploras y así poder usarlas como sacrificio para su nuevo atentado.

***

Una vez que se infiltraron en Ciudad capital, los Hermanos Kérberos iniciaron los preparativos para su gran ritual. Como primer paso, esperaron la madrugada para dirigirse al centro de la ciudad sin llamar la atención. Luego, alzaron sus cantimploras y las presionaron fuertemente con sus manos hasta que empezaron a borbotear sangre que los hermanos mezclaron en el suelo formando una marca. Luego, cada uno partió a un punto específico de la ciudad, para formar un triángulo equilátero inscrito en el círculo que constituían los muros de la metrópoli. Como segundo paso, desde el punto indicado, cada uno de los Hermanos Kérberos invocó a su respectivo perro, pero esta vez no los ataron con el conjuro de control mental. Los dejaron libres por un rato mientras recitaban el conjuro para teletransportarse de nuevo al centro de la ciudad usando la marca de sangre que dejaron allí.

Una vez en el centro, el tercer y último paso consistía en sacar cada uno a tres personas de su cantimplora prisión, maniatarlas y degollarlas mientras recitaban el último conjuro. Mientras aún recitaban, los tres perros fueron invocados y sometidos instantáneamente por la señal de control mental de sus miembros artificiales. Los Hermanos Kérberos terminaron de recitar el conjuro y, notoriamente confundidos, se miraron entre ellos y gritaron al unísono: “¡Los perros no se han unido!”. Los espectros, que se habían liberado de la señal de control mental, dijeron también al unísono: “¡Es hora de terminar nuestro ritual”. Dicho esto, cada perro devoró a su respectivo dueño y, una vez más, volvieron a unirse en un can monstruoso.

Los tres perros, luego de muchos rituales de práctica en que fueron unidos y separados varias veces, fueron acumulando la sed de sangre proveniente de los sacrificios humanos y, en cuanto tuvieron suficiente, esperaron la siguiente ocasión en que los Hermanos Kérberos los intentaran unir, para tomar sus vidas por la fuerza y así completar el ritual que les otorgaría de nuevo tanto la libertad como un cuerpo indivisible. Kérberos, en un acto de euforia, empezó a lanzar el Rayo Delta una y otra vez hacia diferentes puntos de la ciudad, causando grandes daños.

***

—Acabamos de recibir un informe de que la Ciudad capital está siendo atacada por un espectro gigante—gritó una extraña mujer encapuchada a sus tres compañeros—. ¿Acaso no piensan apurarse?

Dos de sus compañeros, un hombre y una mujer encapuchados, ignoraron el grito y siguieron jugando naipes.

—¡Es nuestra primera misión en décadas! —otro hombre encapuchado, usando su poder para controlar el aire, revolvió los naipes de la mesa y levantó a sus dos compañeros de las sillas.

El hombre y la mujer que jugaban naipes miraron con desdén a su compañero y replicaron al unísono.

—¡¿Acaso no está el Alquimista Marino para encargarse de esas pequeñeces?!

—¿Cuáles pequeñeces? —gritó la mujer que habló inicialmente, que empezó a emanar calor por el enojo—. ¡Es un desgraciado espectro de veinte metros que está gritando y lanzando rayos en Ciudad capital!

Por su comportamiento, parecían un grupo de adultos inmaduros discutiendo. Pero lo cierto era que detrás de esa actitud despreocupada estaban los Cuatro ancianos de la Orden Rosacruz. Ellos, décadas antes, participaron en la guerra para liberar al planeta de la opresión de los Señores de la guerra y los practicantes de vudú que les servían. De un ejército de trescientos, solo los Cuatro alquimistas elementales y el Alquimista marino lograron sobrevivir a la terrible masacre conocida como la Noche de las piedras blancas, donde la guerra vio su fin y se reinició el desarrollo de la humanidad.

Cada uno de los Cuatro alquimistas elementales eran famosos por ser portadores de un Libro de los siete sellos y, por tanto, de una piedra filosofal completa fruto del entrenamiento otorgado por el libro. Todos tenían un conocimiento muy avanzado de la alquimia y, gracias a eso, eran capaces de mantener su cuerpo con una apariencia mucho más joven que la de su edad real. La Alquimista del fuego tenía en su poder el libro de los siete sellos de Nicolás Flamel. El Alquimista del agua tenía en su poder el libro de los siete sellos de María la judía. La Alquimista de la tierra tenía en su poder el libro de los siete sellos de Taphnutia. El Alquimista del aire tenía en su poder el libro de los siete sellos de Zósimo de Panópolis. En cuanto terminaron de discutir, levantaron sus piedras filosofales, que empezaron a emanar un fulgor dorado que los envolvió. Luego, usando dicho fulgor, empezaron a levitar. Volando a gran velocidad, se dirigieron desde el cuartel general de la Orden rosacruz hasta Ciudad capital para impedir que el enorme espectro causara más destrozos.

***

El gran perro Kérberos, en su éxtasis de libertad, seguía lanzando indiscriminadamente su Rayo delta, sin causar muchas víctimas mortales debido a la evacuación de todos los habitantes hacia al sector subterráneo de la ciudad. Cada casa tenía un acceso a las vías del sector subterráneo que fue creado para proteger a los ciudadanos de amenazas de gran envergadura. Kérberos, al ver que no lograba matar a más gente, decidió dirigirse a una de las entradas hacia el sector subterráneo para pulverizarla con su rayo y así poder masacrar a todos los habitantes. Empezó a cargar su Rayo delta y lo disparó. En ese preciso instante, cuatro siluetas encapuchadas envueltas en un fulgor dorado interceptaron el rayo y lo anularon con una barrera de aura.

El enorme espectro estalló en ira y se abalanzó contra los Cuatro ancianos para devorarlos. Tres de ellos lograron escapar volando.

—¡Maldiciooooooón!— gritó el Alquimista del aire, al notar que la Alquimista de la tierra quedó atrapada entre las fauces de Kérberos.

Los tres ancianos restantes, aún levitando sobre el perro gigante, se colocaron en una formación donde se daban la espalda entre ellos y empezaron a acumular aura dorada en cantidades masivas. De repente, la Alquimista del fuego empuñó su piedra filosofal y empezó a agitarla. De la piedra salió un gran látigo de flamas con el que empezó a azotar al espectro. El Alquimista de aire empuñó su piedra filosofal e hizo el gesto de dar un puñetazo hacia su oponente. De su puño empezó a fluir una fuerte corriente de aire que rápidamente formó un tornado que aplastó a Kérberos contra el suelo, dejándolo indefenso por un instante. El Alquimista del agua aprovechó ese momento para empuñar su piedra filosofal y, mediante una extraña danza, hacer levitar masas de agua desde las fuentes más cercanas, rodeando al perro con una gran cantidad de ellas.

El gran perro intentaba liberarse del tornado que limitaba sus movimientos y de los azotes de fuego. Pero, sin darle tiempo a reaccionar, el Alquimista del agua convirtió las masas de líquido en enormes y afiladas púas de hielo que lanzó a gran velocidad contra Kérberos. Este, a causa del dolor, empezó a aullar desde sus tres bocas. Lo que le permitió a la Alquimista de la tierra escapar de sus fauces para, inmediatamente, empuñar su piedra filosofal y estrellarse contra el suelo de tal manera que desprendió enormes rocas que salieron disparadas contra el espectro.

—¡Malditos! ¿Quién demonios se creen que son?— gritó el furioso perro gigante.

Pero, sin darles tiempo a responder, los Cuatro ancianos se precipitaron contra el suelo como si una gran fuerza gravitatoria los intentara aplastar.

—Lamento mucho no poder presentarme adecuadamente —dijo una voz que venía desde atrás de los ancianos, que seguían sometidos por el poder que los aplastaba—. Pero si no los atrapaba distraídos, jamás podría haberlos detenido de matar a mi preciado espectro.

Los ancianos eran incapaces de responder, mucho menos de contraatacar. El extraño personaje se presentó de una manera muy rimbombante, afirmando que servía al Dueño del mundo y que éste le había provisto de la bomba gravitacional que le permitiría reclamar lo que era suyo. También afirmó que era un criador de espectros es decir, un practicante de vudú especializado en crear objetos malditos que, bajo ciertas condiciones, eran capaces de cobrar vida como espectros. En este caso, era mentira que la estatua era una prisión donde supuestamente Kérberos fue encerrado por un legendario alquimista. La estatua era, en palabras del practicante de vudú que se presentó como la Novena plaga, un objeto diseñado para funcionar de forma autónoma y cuyo propósito era poder engañar a sujetos que cumplieran las condiciones del ritual para otorgar un cuerpo material estable al espectro en desarrollo.

—¡Esos trillizos imbéciles se creyeron todo!—dijo la Novena Plaga mientras reía con demencia—. Ahora que ellos dejaron el trabajo hecho, al fin puedo retirar el producto terminado. Es sorprendente que la bomba gravitacional no los triturara. Ustedes son demasiado fuertes, así que, con su permiso, me retiro.

Dicho esto, la Novena Plaga sacó una extraña caja y, convirtiendo a Kérberos en una especie de humo negro, lo guardó allí para luego volverse humo él mismo y desaparecer del lugar sin dejar rastro. En cuanto la Novena plaga desapareció, la fuerza que aplastaba a los Cuatro ancianos se desvaneció. Confundidos, decidieron regresar al cuartel general de la Orden rosacruz para discutir lo sucedido.

Cena de Navidad


Ya está oscureciendo. Antes me gustaba ver la puesta de sol con un vaso de güisqui en la mano, parado frente al ventanal. Me costó mucho trabajo llevar la cuenta de los días, pero, aun así, sé que estamos en invierno. Ya no me paro frente al ventanal, ahora calculo las horas mirando por una rendija entre las tablas que cubren la ventana. Bajó mucho la temperatura, apenas si tengo unos girones de cobertor para cubrirme. Estoy demasiado delgado. Me cuelga la piel e incluso tengo estrías en donde antes solo había barriga. Ya han empezado a caérseme los dientes; creo que es señal de desnutrición o falta de alguna vitamina.  

Antes era fácil darse cuenta de en qué época del año estaba, incluso cuando era niño. Recuerdo que mi ciclo de tiempo lo medía con el día de Reyes. Juguetes. Ahora a quién le importan las fechas. La Navidad era mi época preferida: solíamos juntarnos en la casa de los abuelos a festejar las fiestas de fin de año. Robábamos las botellas de sidra y bebíamos hasta emborracharnos. Nadie se daba cuenta. Los adultos se ocupaban de asuntos sentimentales por aquellos que ya no se sentarían a la mesa a compartir la cena. La gente muere y a veces se les extraña. Yo extrañaba a mi abuelo. Siempre fue divertido pasar el tiempo con él: hacía trucos con cartas y monedas, siempre sorprendía a los chicos y nos hacía reír con sus historias.

Este invierno sería diferente. Ya no habría reuniones familiares ni trucos de magia del abuelo Flavio… ni cena. También extraño las comilonas. En la Nochebuena mi madre no nos reprendía por comer todo lo que quisiéramos. Nos retirábamos de la mesa con el abdomen embotijado por tanta comida. ¡Mierda!, me gruñen las tripas solo de recordar. Con este van dos días que no pruebo… alimento.

Es difícil conservar comestibles sin un refrigerador. Recuerdo que alguna vez leí algo cerca de acecinar la carne para conservarla por más tiempo y, sin embargo, por las circunstancias, no me atrevo a salir al exterior. El gobierno nos dijo que solo serían un par de meses de confinamiento y mintieron. Llevamos casi nueve meses encerrados sin poder salir por los rebrotes y las nuevas cepas del virus que fueron apareciendo.

Al principio fue como un descanso; como unas vacaciones forzadas. Mi esposa y mis hijos estaban muy contentos porque pasaríamos más tiempo juntos. En realidad, así fue. Luego del cuarto mes las cosas comenzaron a salirse de control. El estrés por el encierro comenzó a cobrar el alquiler, y las semanas posteriores fueron de constantes peleas y desacuerdos. Luego la comida empezó a escasear. Fueron intentos vanos el querer adquirir víveres en el exterior: los grupos insolventes decidieron tomar las calles y las tiendas. De repente el dinero ya no sirvió para nada. Todo se acabó en un abrir y cerrar de ojos. Las compras de pánico de las primeras semanas ahora solo son un mal chiste comparadas con la rapiña que hubo en días posteriores.

¡Maldita sea! Muero de hambre. Ah, sí, las cenas de Navidad (me salí del tema) eran una ironía: se festejaba el nacimiento de un niño en pobreza extrema degustando varios platillos y vinos en abundancia. Era la época del año en que se derrochaba dinero en comidas y regalos para conmemorar el nacimiento en un establo del niño pobre. Mucho amor y buenos deseos que duraban una noche, así de efímero. Pobres humanos que somos. Me tiemblan las manos, no sé si es por el frío o por… otra cosa. Recuerdo que en esos días nos abrigábamos con chamarras, guantes, gorros y bufandas. Después, en la secundaria, me enteré que en el hemisferio sur el festejo de Navidad ocurría en pleno verano, ¡qué diablos! No puedo imaginarme un fin de año en pantalones cortos y playeras frescas.

Este año no habrá «felices fiestas». Ni siquiera tengo la certeza de que llegaré a esa fecha. Ya no hay… comida. Tampoco habrá regalos ni bufandas o gorros, nada más este maldito temblor en las manos. Creí que, si me comía a mi esposa y después a mis hijos, me durarían más las raciones, pero no fue así. Entre más carne ingería, un hambre loca se apoderaba de mí. ¡Qué lástima que no pude acecinar la carne!, en cambio, asesiné a mi familia y me la comí. Ahora solo se me ocurre comerme pequeñas partes de mi cuerpo, pero aun así no creo que me alcance para llegar a la cena de Navidad.

Tengo hambre.