Viernes, 17:45


Marimar trabajaba en un bufete de abogados como secretaria de lunes a viernes. Entraba a las nueve de la mañana y salía a las seis de la tarde. Le gustaba mucho su trabajo, conocía clientes nuevos todos los días, se interesaba en sus historias y se juraba no cometer los mismos errores que ellos para no tener que exponer su vida en un tribunal. Ella había empezado a trabajar muy joven; apenas tenía dieciséis años. La abogada del bufete le dio la oportunidad en su oficina cuando tomaba un curso comercial en el colegio y como parte del currículo debía hacer la práctica en un negocio real. Así fue como se interesó por esta profesión y continuó en la oficina después de graduarse.

La abogada estaba muy contenta con el trabajo de Marimar. Era eficiente y, como ella misma la había entrenado, podía llevar la oficina sin que ella estuviera. Sus trabajos eran limpios, ordenados, sin faltas ortográficas. Llevaba los índices notariales al dedillo. Era simpática, dulce y los clientes la adoraban. Y, por qué no decirlo, la licenciada la veía como a la hija que nunca tuvo. Usualmente, los viernes al mediodía, cerraban la oficina, se iban a comer y a pasar un rato juntas, como amigas. Marimar conocía todos los secretos de aquel bufete; los de los clientes y los de los abogados. Sabía que no podía divulgar nada de lo que pasaba allí, pero entre ellas había confianza y muchas veces conversaban de los casos. La abogada valoraba las opiniones frescas de su secretaria, pues no estaban contaminadas de los embelecos jurídicos. Era una niña inteligente que, con mucho candor, expresaba sus ideas, las cuales eran muy lógicas a la hora de resolver algún entuerto al que la letrada no le encontraba solución.

Ese viernes las cosas eran diferentes. No es que nunca hubiera pasado, pero no era lo usual. Marimar miró el reloj y ya eran las 17:15 y la abogada no había regresado de una vista en la corte. La última vez que llamó fue al mediodía para disculparse porque no iba a poder llevarla a comer. No había recibido ninguna otra llamada o texto, explicando su tardanza. Al parecer se había complicado algún caso. Marimar salía dentro de cuarenta y cinco minutos, pero decidió irse más temprano. Después de todo era viernes y, de ser cualquier otro, ya se habría ido hacía rato. Comenzó a recoger la oficina, guardó los expedientes en el archivo, cerró el computador y fue al baño a retocarse el maquillaje. «Nunca se sabe a quién te puedes encontrar por el camino», se dijo.

 

Don Arístides tenía noventa y cuatro años, pero era fuerte como un roble, a pesar de su avanzada edad. Todavía vivía solo, salía a la calle, caminaba, se alimentaba bien y miraba a las muchachas. A ese estilo de vida le adjudicaba su longevidad. Ya había visto las noticias. Era un cálido día de verano y él estaba esperando que refrescara un poco para salir a comprarse el helado de chocolate que tanto le gustaba. «De vez en cuando un dulce no le hace daño a nadie», pensó. Miró su reloj, ya eran las 17:15. Salió, cruzó la calle y caminó una cuadra hasta la heladería.

—Don Arístides, ¿cómo está hoy? —preguntó Griselda la despachadora del negocio.

—Pues m’ija, como un tronco. Ya tú sabes, no me duele nada —respondió coqueteándole a la joven.

—Y qué le apetece hoy, ¿lo de siempre?

—Pues sí. Dame un helado de chocolate en un cono, pero con dos bolitas. Le tengo muchas ganas, además hace mucho calor.

—¿Me lo dice? Este verano ha sido tremendo. Enseguida le sirvo.

La joven buscó el cono y le sirvió dos bolas grandotas. Hacía años que Don Arístides frecuentaba su negocio y ya le tenía cariño. El anciano acarició deseoso con los ojos, aquel delicioso postre. Pagó y le agradeció a Griselda por el extra que había puesto en su cono.

 

Marimar volvió a mirar el reloj, ya eran las 17:45. Nadie iba a notar que se iba quince minutos antes. Agarró sus llaves, cerró la puerta y se subió a su coche que dejaba siempre estacionado frente a la oficina, mirando hacia el sur de la avenida. Mientras calentaba el carro, se miró en el espejo de la visera para asegurarse de no tener mucho maquillaje y se puso sus gafas de sol. Miró el móvil para verificar si alguien le había escrito. Ya estaba lista. Decidió dar un viraje en U, para ir por el carril contrario hacia el norte.

 

Don Arístides venía contento, saboreando su helado de chocolate como si fuera un niño. Miró su reloj, eran las 17:45, en quince minutos empezaría su programa de televisión favorito de los viernes. Decidió acelerar el paso al cruzar la avenida.

Marimar no lo vio.

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Fotografía por Myriams-Fotos en Pixabay (CC0).

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El vuelo infinito


Ella —no importa aquí su nombre— siempre imaginó tener una vie en rose hasta que una tarde cualquiera, mientras preparaba una fiesta familiar, se le reventó un globo. Fue entonces cuando recordó el suceso de días atrás, otro se le había escapado por la ventana.

En aquella ocasión intentó atraparlo de forma desesperada, pero el globo, empujado por el aire, se elevó azaroso hasta casi alcanzar una hilera de nubes grises y se perdió de vista, al igual que todo lo que había deseado conseguir en la vida. Él también, alguien inalcanzable y demasiado importante, tanto, que ella se sentía demasiado común.

Él tenía casi todo lo que deseaba y mucho más. Sin embargo, ella se consolaba con pintar sus anhelos en una pared o escribirlos sobre la almohada. Él, de cuyo nombre a veces prefería no acordarse, se despertaba ciego por tanta luz artificial y moría cada día un poco, sediento del paisaje y el calor que, todavía sin saberlo, solo ella, auténtica, tierna y veraz, podría ofrecerle.

Ella necesitaba cerrar sus ojos para estar con él, y él en un solo parpadeo se rodeaba de un enjambre de reinas vanidosas y complacientes. Pero él, a veces imaginaba un mundo más pequeño, el mismo donde vivía ella, una galaxia lejana y cercana a la vez, un espacio tejido de estrellas que abrazara a dos mundos.

Una mañana de abril él presentó su última canción, y ella sintió que le hablaba. Sonrió,  dibujando en su mente la idea de que, quizá, él podría mirarse en aquellos ojos o inspirarse en el fino y delicado cuerpo que no tenía ni de lejos el glamur y la perfección al que él seguramente estaría acostumbrado.

Ella, en sus momentos de calma y sosiego escuchaba esa canción, en un ansia de conocerlo un poco más y él, la tarareaba casi a diario para salir de una realidad aparentemente impecable y completa.

Al final del día, ella guardó el globo reventado en un cajón, como quien a pesar del dolor se empecina en atesorar un corazón roto. Y así, mientras ella trataba de llenar esa hueca ilusión, en otro punto del universo, él llegaba a un reconocido teatro donde una multitud lo esperaba para celebrar el lanzamiento de su primer single. Ella se hundió en el sillón y permaneció atenta a la televisión. Se imaginó allí, caminando ufana de su brazo; mientras él, mantenía una sonrisa arcaica y atendía con un desmedido entusiasmo a la prensa para huir de las enloquecidas fans que peleaban por un autógrafo, una mirada o una foto robada.

Ella lloró colgada en la añoranza de un tiempo en que creyó que sería feliz, mientras con el dedo índice acariciaba su nombre escrito en una página húmeda. Y casi al amanecer, se rindió al sueño, agotada de tanto llorarle al corazón a través de las líneas de aquel diario más ideal que íntimo.

Él, casi ahogado en alcohol, deshizo el nudo de su corbata y se sentó en la cama de aquel nuevo hotel en aquella desconocida ciudad. Apuró el último trago del whisky que pidió minutos antes y con su pulgar repasó las imágenes de su teléfono móvil con desgana, como un condenado que lee su sentencia de muerte.

Cuando despertó, ella tenía los ojos hinchados y trató de evitar la luz del nuevo día ocultándose bajo las sábanas. En la habitación de aquel hotel, él se recostó sobre la cama y miró hacia la ventana. Vio un globo, el único que sobrevivió a aquella extravagante fiesta nocturna. Se había enredado entre las plantas del balcón. Sonrió, dejando caer el vaso que sostenía sobre la alfombra. Recordó las fiestas infantiles de la escuela, el olor a comida casera en el jardín de la vivienda familiar, el suave tacto de su madre apartándole un mechón de su cabello y, años después, el primer beso en su dieciséis cumpleaños. Echó de menos aquella vida y al muchacho que fue.

Ella se dirigió al trabajo como un autómata. La música fluía a través de sus sentidos, era el refugio donde descansaba su alma y donde vivía amorosamente libre con él. Decidió cambiar el rumbo habitual y atravesó el parque descalza. Era temprano y el rocío de la mañana se sentía como un bálsamo bajo sus pies. Deseó quedarse ahí todo el día y de noche, buscaría escapar de aquella vida para siempre. Pensó en él, en su guitarra y en aquella última canción, para ella, de él, para los dos.

Finalmente, él se levantó y metió el globo en su habitación. Lo ató a una silla frente al escritorio y se sentó. Entonces, invadido por un gozo secreto cerró los ojos y la vio a ella. Sus labios desearon recorrerla con las mismas ansias con que escribía otra canción:

Someday, somewhere far from this gray, I will be in the blue of the sky. Can you see the color of this big balloon? This is my life, this is my heart talking about you… loving you even though it does not see you… 

(Traducción: Algún día, en algún lugar lejos de este gris, voy a estar en el azul del cielo. ¿Puedes ver el color de este gran globo? Esta es mi vida, este es mi corazón que habla de ti, que te ama aunque no te ve…).

© Nur C. Mallart

 

Polonio II


Segunda de dos partes

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«Smoke Steam», por geralt en Pixabay (CC0).

 

Alguien les dijo que el padre de Ekaitz había muerto, y la madre prefirió arrendar su propiedad en el pueblo para mudarse a la ciudad a la casa de algún pariente lejano, de manera que tendría los servicios de salud al alcance, pues con la pensión de su marido no podía darse el lujo de pagar un taxi cada que tenía que ir a la ciudad a ver al médico.

En la universidad preguntaron por el profesor con el pretexto de hablar con él sobre una de sus tesis, pero debido a su estado de salud, nadie les quiso informar dónde vivía o dónde podían localizarlo. Un poco decepcionadas, pero no rendidas, fueron a buscar a los profesores de Bioquímica para tener alguna razón de quien fuera su alumno. Mientras discutían se percataron de que alguien se aproximaba. Dejaron de hablar por un momento para cerciorarse de que ese hombre se dirigía a ellas.

—Kaixo, ¿ustedes conocían a Ekaitz?

—¿Por qué lo preguntas?

—Las escuché mencionar su nombre. En la facultad lo recordamos con frecuencia. Y, curiosamente, no ha habido muchos estudiantes con ese nombre.

—Si lo admiran tanto, ¿cómo es que no se han organizado para continuar con su labor? Por cierto, ¿quién eres?, ¿nos puedes decir algo del profesor, su mentor?

—¿Por qué estás tan segura de que no nos estamos organizando? El problema con Ekaitz es que prácticamente trabajaba solo, y las cosas realmente importantes sólo las compartía con el profesor, por eso nunca pudimos saber con certeza qué fue lo que ocurrió.

—¿Y no hablaron con el profesor?

—Él tampoco pudo saber lo que había descubierto Ekaitz el día que desapareció.

Maialen y Lucía estaban lejos de ser unas detectives experimentadas. Ni evocando las mejores novelas negras y películas de suspenso pudieron definir el paso siguiente. Fue entonces cuando Maialen trajo a cuento el mensaje de la nota.

—Ustedes son de Bioquímica, ¿qué puede significar eso de que “la bruma no es lo que parece”?

—Acompáñenme, por favor.

Por la actitud de su interlocutor, parecía que habían hecho la pregunta correcta. Siguieron a aquel hombre hasta su despacho. Era una oficina en el centro de investigaciones bioquímicas de la universidad. Cogió una carpeta con varios documentos y fotografías y la entregó a las chicas.

—Quizás nos puedan ayudar con esto. Nosotros hemos intentado descifrar qué es lo que encontró nuestro compañero Ekaitz. No estamos muy seguros de que nuestras conclusiones sean las correctas, pero si ustedes consiguen confirmarlo, no duden en confiárnoslo.

—¿Por qué tendríamos que confiar en ti, en ustedes?

—Porque estos documentos son confidenciales, los encontramos entre las cosas de Ekaitz, el día que despareció. Sus padres sabían que andaba metido en un asunto peligroso, pero nunca hablaban de ello. Esa noche, al darse cuenta de que Ekaitz no llegaba, su madre nos llamó y nos dirigimos directamente al despacho donde solía trabajar. Esto fue lo que pudimos rescatar. Nadie sabe que tenemos este material. Aquí hay información que pertenece al estudio de impacto de la incineradora. Creíamos que iban a eliminar todas las pruebas. Teníamos miedo. Pero no hemos cesado la búsqueda, créanme.

—¿Y por qué confías en nosotras?

—No confío, pero mientras más frentes haya en esta lucha, mucho mejor.

****

Era el octavo cigarrillo de la tarde. Su intuición le decía que la clave estaba allí y el cigarrillo le ayudaba, decía, a concentrarse. Entonces lo vio. ¡El humo, eso era! El humo que emitía la incineradora se dividía en dos columnas, no una como se observaba a simple vista en las fotografías. Eso fue lo que Ekaitz descubrió aquella tarde, antes de decidir adentrarse en las inmediaciones de la incineradora. Había visto tantas veces la fotografía que no había reparado en el detalle. La columna de humo se dispersaba en una bruma blanquecina, aparentemente inocua. Pero, después de observar detenidamente, se distinguía una segunda humareda, justo detrás de la columna principal. Había una ligera variación de color con relación a la columna del primer plano, y ese humo seguramente se dispersaría en una bruma tóxica que se concentraría en los alrededores. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, aquella sensación era lo más parecida al espanto.

Ekaitz sabía que esa no era una bruma cualquiera y esa hipótesis cobró fuerza cuando apagó su décimo cigarrillo. Recordó que recientemente los medios de comunicación revelaron que el humo del tabaco contenía altas cantidades de polonio radiactivo. Si multiplicábamos esas concentraciones y las trasladábamos a las emisiones de la incineradora, el resultado, sobra decir, era fatal.

La bruma radiactiva hacía que las células de la piel aceleraran su deterioro, pero además ralentizaba todas las funciones y, finalmente, si no se recibía asistencia médica al poco tiempo, el sistema nervioso se paralizaría hasta la muerte.

Cuando Ekaitz se dirigía a casa del profesor, tomó la desviación que pasaba por la zona de la incineradora. A lo largo del camino se extendía una densa capa de humo, que a esas horas de la noche se confundía con una espesa niebla. Los oriundos habrían pensado que era normal, pues la niebla había estado presente siempre en aquella zona. Descendió del coche con precaución y se cubrió el rostro con una mano. Sin una linterna era difícil observar claramente a través de la bruma.

Ekaitz se percató de la presencia de alguien y gritó sin obtener respuesta hasta que pudo distinguir en esa silueta la de su profesor. Ekaitz no disimuló su alegría, pero también estaba desconcertado.

—Sube al coche—, indicó el profesor.

Ekaitz obedeció la orden, no sin antes preguntarle qué hacía allí.

—Sabía que lo descubrirías, eres un chico muy listo, Ekaitz. Siempre me ha impresionado cuando el discípulo supera al maestro.

Dijo esto y le inyectó el veneno con un hábil movimiento, impropio de su edad. Después llevó el cuerpo al interior de la incineradora y se marchó sin dejar rastro.

El profesor era la misma persona cuya rúbrica acompañaba un nombre falso en la lista de firmantes en el documento de aprobación de la incineradora, pero también quien días antes había cuestionado públicamente la campaña que difundía el bajo impacto ambiental del proyecto. Jugando en los dos bandos había protegido su reputación, pero también una jugosa pensión como recompensa.

Polonio


Primera de dos partes.

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«Smoke Steam», por geralt en Pixabay (CC0).

¡No pasarán, no pasarán, no pasarán!… Pero pasaron. Aunque las gestiones se prolongaron casi doce años, inexplicablemente la implementación de la incineradora fue aprobada coincidiendo con las elecciones autonómicas. Antes de que eso ocurriera, Ekaitz se había empeñado en desentrañar el proceso de licitación, pues sentía el deber de develar los turbios intereses detrás de aquel controvertido proyecto al que se opuso la población desde el inicio, pese a la millonaria campaña que minimizaba el negativo impacto ecológico de tal empresa, en una región que ha sido celosamente protegida por sus pobladores.

En realidad no fue por falta de objetividad, pero el hecho es que, de todas las personas que accedieron al expediente, solo Ekaitz tuvo la agudeza de leer entre líneas. Hubo un detalle en aquel cúmulo de datos y estadísticas que Ekaitz había pasado varias veces desapercibido, pero cuando reparó en ello, de inmediato llamó al profesor desde el despacho para detallarle su hallazgo, aunque necesitaba explicárselo en persona por lo que iría a verlo esa misma noche. Sin embargo, Ekaitz jamás apareció.

Después de una semana sin noticias sobre su paradero, presas de la desesperación, sus padres y los compañeros del colectivo al cual pertenecía Ekaitz dieron parte a la Ertzaintza. El único rastro que encontraron fue una nota poco legible, escrita en papel satín que decía algo así: «La bruma no es lo que parece».

Tras una infructuosa búsqueda, el caso fue archivado, el colectivo se desintegró por miedo a recibir amenazas o represalias, pues no sabían hasta dónde habían llegado las indagaciones de Ekaitz, quien había dado suficientes muestras de ser el motor de la asociación por su ímpetu y convicción para encontrar el talón de Aquiles del proyecto. La extraña desaparición de Ekaitz ni siquiera trascendió en la prensa, a petición de la familia. Los ánimos se derrumbaron y con ello la esperanza de clausurar la incineradora.

El profesor, cuyo nombre se omite por razones de seguridad, es un hombre de avanzada edad, mentor de Ekaitz desde que ingresó en la facultad de Bioquímica, y es también quien sentó las bases del movimiento social que se opuso férreamente al método de incineración para la gestión de residuos urbanos. Pese a ello, su salud se fue deteriorando en estos últimos años y, sin Ekaitz ocupándose de la investigación, era difícil que la organización se mantuviera en pie de lucha, pues en lugar de ganar un héroe, todo indicaba que habían perdido un líder.

¿Será que alguien seguía de cerca los pasos de la organización y rastreó la llamada que hizo Ekaitz al profesor? ¿Acaso la información que había descubierto era tan relevante que no debía traspasar las paredes de aquel recinto? ¿Por qué pasó tanto tiempo desde la desaparición de Ekaitz antes de dar aviso a las autoridades? ¿Habrán sido coaccionados los miembros del colectivo para evitar que retomaran las investigaciones respecto a la incineradora? ¿Por qué los padres y los amigos de Ekaitz no pusieron ninguna objeción cuando el caso fue archivado? ¿Por qué se apagó de repente la resistencia social, permitiendo que se instalara la incineradora? Y, quizás lo más importante, ¿qué sentido tenía aquella nota que encontró la policía?

Las respuestas a estas interrogantes podrían parecer obvias, lo cierto es que después de todo este tiempo, ni siquiera la policía local estuvo por la labor de continuar con las averiguaciones, parecía que a Ekaitz se lo había tragado la tierra, decían.

—Maialen, ¿por qué me cuentas todo esto?

—Necesito saber por qué Ekaitz escribió esa nota, qué fue lo que encontró, quiero saber si el profesor aún vive, y averiguar si hay algún recurso legal para suspender las actividades de la incineradora mientras se aclara todo. ¡Y tú me vas a ayudar!

—¿¡Yoooo!? No te metas en más problemas, por favor.

—¡Sabía que dirías que sí, Lucía, por eso te quiero!

Maialen estaba convencida de que alguien, mediante amenazas graves, se había hecho cargo de acallar al colectivo, a los padres de Ekaitz y quizás al propio profesor, pues dejó de aparecer públicamente desde aquel día. De no ser por la investigación sobre cláusulas ambientales que realizó para una asignatura del máster, jamás hubiera prestado interés al asunto. Por supuesto, Google también tuvo mucho que ver.

Hacía falta un pretexto para hacer de relevancia pública la desaparición de Ekaitz después de tanto tiempo, y a partir de allí, reorganizar a la gente para frenar el funcionamiento de la incineradora. Lucía aseguraba que el mejor recurso para hacer de dominio público un caso olvidado, era un documental. Y ella era experta en eso.

Los primeros datos fueron obtenidos por Maialen y Lucía en Internet, donde averiguaron que el estudio definitivo de impacto medioambiental había sido comisionado a una pareja de ambientalistas. Uno de ellos moría en un aparatoso accidente la semana que tenía que ser entregado el reporte. El otro fue asesinado en extrañas circunstancias, pero la prensa insistía en que habían sido problemas pasionales. El documento nunca se hizo público, y solo se expusieron algunos datos el día que se anunció la puesta en marcha de la incineradora. Días más tarde las instalaciones ya estaban operando. Ese reporte es el que Ekaitz había revisado la noche de su desaparición.

Por razones de transparencia, el documento tenía que estar al alcance de la ciudadanía, así que Lucía se encargó de hacer la solicitud expresa del estudio de impacto para el documental. Le dieron como plazo treinta días sólo para definir si la petición de información era viable o no.

Mientras tanto, ambas se dedicaron a localizar a la familia y amigos de Ekaitz. A ellos pedirían referencias sobre el profesor, aunque no esperaban que se mantuviera con vida.

CONTINUARÁ…

Das Kapital


Yo estaba por irme de La Paloma, tomando café entre el olor del fin del verano y el calor tardío de marzo. Hacía mucho que no escribía ni leía más de media hora por día. Me sentía como solo se puede sentir un hombre al que le dieron mal la dosis de la anestesia general y se da cuenta de que no se da cuenta de las cosas. Decidimos, con mi tía y mi novia, ir a una venta de garaje a ver si encontrábamos porquerías para comprar. Enseguida fui a la parte de libros, había algunos sueltos pero nada me cerró, decidí, en cambio, comprar uno de los paquetes apretados con nylon, entre los cuales había casi veinte libros por unos cincuenta mangos. Me fui contentísimo con mi compra, la tarde agonizaba en destellos rojos en el cielo mientras nos íbamos en el jeep.

De noche, decidí ojear los frutos de mi inversión. Había libros de Rodó, uno sobre ciencia y tecnología, sexualidad infantil, de la dictadura, hasta que al fin vi uno que me llamó la atención: ¿Qué es la filosofía? de una serie llamada ABC de conocimientos sociopolíticos. No parecía nada más que un manual de filosofía, que trata los mismos temas de siempre y, aunque útil, manual al fin. Lo empecé a recorrer y me di cuenta de que estaba equivocado. Lo primero fueron los nombres de los autores, L. Korshunova y G. Kirilenko. Lógicamente, pensé en Rusia, pero al ver la fecha de edición (1986) me di cuenta de que este era un libro de la URRS. Fui hasta el final del libro, y encontré una nota que me sorprendió mucho. Decía así:

Al lector:

La editorial le quedará muy reconocida si le comunica usted su opinión acerca del libro que le ofrecemos, así como de la traducción, presentación e impresión del mismo. Le agradeceremos también cualquier otra sugerencia.

Nuestra dirección:

                                                         Editorial Progreso
Zúbovski bulvar, 17
Moscú, URSS.

Me conmovió este mensaje, ya que sinceramente no había visto un espíritu colaborativo tan explícito en ninguna editorial, cuya postura, en mi experiencia, suele ser: «Si estás leyendo el libro es porque ya lo compraste, por lo tanto nos chupa un huevo lo que opines». En 2019, Rocha, Uruguay, me sentí parte de una editorial en un país que ya no existía. Mi novia decidió usar Google Maps y entrar la dirección que tan amablemente me había sido proporcionada para contribuir a la difusión de la filosofía. A día de hoy, en Zúbovski bulvar, 17, Moscú, Rusia, hay un Burger King. Y al lado un KFC. A todo el romanticismo lo sustituyó rápidamente el sabor de una steakhause y el olor abrasivo del pollo frito. Quiero pensar, que de vez en cuando Korshunova y Kirilenko se juntan en ese Burger King y, Pepsi mediante, discuten sobre el materialismo, el capital y la revolución.

Banderas rotas


Un soldado camina por la orilla envuelto en su capote militar, pisando una arena mojada por la llovizna fina y fría que cae del cielo. A su lado, un mar verdoso bate la playa con olas cortas y suaves. El paisaje es desolador, pero el soldado ha querido distanciarse de sus compañeros y de su cháchara repetitiva y triste. En realidad ya no es un soldado, si acaso un huido, un refugiado, un prisionero. O simplemente un hombre triste que pasea su desventura por la playa vacía, buscando un poco de soledad en el inmenso campo de internamiento.

Nadie entiende nada allí. Miles y miles de huidos hacinados en un erial cercado y custodiado, pasando hambre y frío, sin techo ni refugio, comiendo arena y bebiendo agua salada. Gentes de todas las condiciones, soldados, civiles, de todas las edades, mujeres, niños y ancianos. Sanos y enfermos. Cuerdos y locos. Una masa temerosa y vencida que se pregunta qué será de ellos, qué pasará mañana, sin fuerzas siquiera para tener esperanzas.

El soldado pasa junto a una bandera semienterrada en la arena, húmeda y descolorida. Se agacha y la recoge. Los tres colores de la derrota parecen más apagados que nunca, pero la sacude y se la guarda. Más adelante hay un árbol sin hojas, uno de los pocos que hay allí dentro. Ve a un hombre sentado a su pie, la espalda apoyada en el tronco.  Es un hombre maduro y triste, con poco pelo y la barba descuidada. Agacha la cabeza para leer.

Le da lástima y se acerca a él. Tiene bolsas oscuras bajo los ojos, un abrigo basto y haraposo, que le queda grande, y unas manos pálidas y temblorosas de las que se cae el libro.

El soldado lleva las suyas en los bolsillos y con la derecha juguetea con un trozo de pan. Por la mañana era un pan entero, pero ahora le queda poco menos de la mitad. Se lo ha ido comiendo a pellizcos, miguita a miguita, que iba deshaciendo con la saliva para engañar al hambre.

Se detiene junto al hombre, que sigue con la cabeza baja, se agacha y recoge el libro. Es un libro sucio y deshojado, lleno de versos. Al soldado no le interesa la poesía, ¿de qué han servido tantos poemas gloriosos, tantas canciones enardecidas, tantas consignas victoriosas si al final lo han perdido todo?, así que deposita el libro en el regazo del hombre, que no hace nada, ni se mueve, ni lo mira, y el soldado vuelve a enfundarse la mano en el bolsillo, en busca de la seguridad de su trozo de pan. Lo acaricia con agrado, suavemente, lo pellizca y desprende una miguita pero la momento la deja caer dentro de la faltriquera. Le da escrúpulos de conciencia comer delante de aquel hombre famélico y, sin saber por qué, saca el mendrugo y se lo ofrece. Esta vez sí que levanta la cabeza, despacio, y le echa una mirada de reojo, una mirada vacía y fatigada. El soldado mantiene la mano extendida un momento, hasta que el hombre se decide a cogerlo. Le susurra las gracias, agacha de nuevo la cabeza y parte el mendrugo en dos.

−Es para mi madre –le explica el hombre, y mueve ligeramente la cabeza.

El soldado mira hacia donde ha señalado el otro y ve un grupo de gente alrededor de una barraca sin techo. Hay varias mujeres sentadas y apoyadas contra la pared podrida. Están envueltas en mantas para protegerse del frío, de la llovizna, del viento, de la arena y quizá también del hambre. Es una escena desoladora, como todo en el campo de internamiento.

Cuando va a seguir su camino oye que lo llaman y se vuelve. Es Garcés, el sevillano, lleva una bota en las manos y la levanta como un triunfo. Le hace señas y se ríe, vente hombre y toma un trago. Ya está a su lado y le pasa la bota. Tiene un vino que sabe a vinagre, pero lo bebe igualmente. Echan una última mirada al hombre sentado en el suelo y siguen paseando por la playa. Todavía queda un trecho hasta la alambrada.

Los días se van sin que uno se dé cuenta, como agua que se escurre entre los dedos. Es difícil medir el tiempo sin un calendario a mano, sin nada que hacer, piensa el soldado. Sigue haciendo frío, sigue teniendo hambre y continúa encerrado. A veces llueve un rato y le toca estar mojado todo el día. A veces se despeja el cielo y asoma la cara un sol enfermizo que no calienta, pero en las noches hace más frío. Lo que no ceja nunca es el viento, ni el batir de las olas. Y él pasea todo el rato, solo o acompañado, mide la playa de punta a cabo, de alambrada a alambrada. Así se entretiene y se calienta. Varias veces, durante sus paseos, ha visto al hombre del abrigo sentado al pie del árbol, pero hoy está vacío. Mira más allá y no lo ve por ninguna parte. Sin embargo, alrededor de la casilla sin techo hay mucha gente y el soldado se desvía para ver qué ocurre. No tiene prisa, no tiene nada urgente que hacer.

La gente hace corro alrededor de algo. Se abre paso entre espaldas escuálidas y ropas andrajosas, y pronto descubre lo que atrae la atención de todos: un ataúd de madera. Un ataúd. Un muerto con suerte, piensa, porque a la mayoría los entierran en fosas comunes, que aquí lo común es morirse. Todos los días caen unos cuantos, de frío, de hambre, de disentería o de tristeza.

Al verle la cara se da cuenta de que es el hombre del árbol. A su lado hacen guardia una mujer muy anciana y un señor alto y mustio. Lo han vestido, al muerto, con una camisa vieja y una chaqueta remendada. Tiene la cara de un color gris panza de burro, los ojos cerrados y una mueca amarga en la boca. Es la viva imagen de la derrota. Al soldado le hace gracia su propio pensamiento: la viva imagen. Alguien le toca en el hombro.

Es Garcés, el sevillano, y otros compañeros sin bandera. El soldado le pregunta qué hace allí y Garcés le responde que ha venido a despedir a su paisano.

—¿Es que lo conocías?

—Claro. Yo y mucha gente. Era un escritor famoso —dice Garcés.

—Entre unos cuantos hemos hecho una colecta para comprar el ataúd —añade otro compañero.

El soldado se encoge de hombros. Lo dicho, piensa, un muerto con suerte:

—¿Y cómo se llamaba?

—Antonio, Antonio Machado.

Por fin el nombre le dijo algo. Había leído una proclama suya en el periódico, una proclama sencilla y directa. El soldado se echó la mano al bolsillo donde guardaba aún la bandera rota que había encontrado en la arena. La sacudió un poco, se acercó al ataúd y la colocó a los pies del cadáver. La anciana se enjugó una lágrima con un trocito de trapo.

Distintos métodos para observar a Marte


Entonces ni vos ni yo habíamos nacido, pero el universo ya sabía dos cosas: que yo no podría dibujar bien y que tú traerías la imagen del firmamento en tu rostro.

Era 1972, los humanos querían ver Marte y aún no eran conscientes de los caprichos del cielo.

Años antes, los científicos construyeron telescopios de diversos tamaños, los colocaron en islas y desiertos alejados de las grandes ciudades. Observaban, estudiaban, hacían teorías y aunque conseguían montañas de información, los datos que recababan no eran suficientes. Querían más y sabían que la respuesta estaba afuera. Entonces el cielo se llenó de cohetes.

También hubo, en tiempos ancestrales, quienes con los dedos dibujaban héroes y bestias celestes que, desde arriba, daban sentido al destino de todos los habitantes de la tierra. Ellos eran los primeros dioses de la noche, pero poco a poco fueron siendo olvidados. La ciencia ganaba rápidamente terreno y, debido a ello, poco a poco perdíamos el gusto a romantizar las estrellas.

Llegó el cuatro de febrero, era 1972 y una sonda espacial mandaba algunas de las primeras fotos de Marte. Los científicos estaban alegres pero no era suficiente. La ciencia nunca se conforma y pide y pide más.

Entonces era imposible saber que había otros métodos de observar las estrellas.

 

Años después, en el milenio siguiente, un científico griego descubrió que a horas determinadas se podían observar Urano y Marte en un pequeño rostro mexicano. La simetría y escala eran perfectas. Con luz solar, parecían tener sombra propia.

Un verdadero misterio, ¿pero qué rostro no lo es?

Se ayudó de una lupa para acercarse a Marte. Se maravilló de lo lindo. Después de una hora observando, vio que por el horizonte se asomaron Fobos y Deimos. El lunar no era lunar, sino una representación a escala del planeta rojo. Un universo de probabilidades se abría paso desde las mejillas de una mujer hispanoamericana, y el científico no podía esperar más.

Con el microscopio se acercó tanto a Marte que el lente se empañaba. Recorrió los ojos, la nariz, las dos mejillas. Encontró que no estábamos tan equivocados, que el universo era inmenso sin importar dónde lo encontrabas. Hasta veían el reflejo del sol en verano. Cada lunar de su cara era una estrella, y cada estrella una declaración de exploración.