El número de Dunbar-Machín


Durante la pandemia del COVID-19, Juan Machín dedicaba mucho más tiempo a las redes sociales que anteriormente, a pesar de haber sido siempre conspicuamente asiduo a las mismas. No sólo subía cotidianamente fotos a Facebook, Instagram, Twitter, Linkedin, Pinterest y su página de artista, sino que conversaba virtual e interminablemente con diversas personas, en especial mujeres que conoció, directa o indirectamente, por medios electrónicos. Aparte de chatear regularmente con Pili, su amante, y algunas examantes que habían devenido buenas amigas, como Hope, Juliana y Wanda, Juan le escribía diariamente a Martha, una de sus modelos preferidas y a quien pretendía desde antes de la pandemia. Otras amigas con las que estaba en permanente comunicación eran Gabison y Camila. Pero no fue sino hasta que conoció a Cristina, una hermosa norteña que se ofreció como modelo para la portada de su libro más reciente, que Machín comenzó a enamorarse y tener amantes virtuales. Con Cristina fue una relación intensa pero fugaz, que acordaron denominar “noviazgo platónico” y terminó en la promesa de Cristina de seguir siendo su más fiel lectora para siempre. Simultáneamente, conoció a Jeannette, una hermosa artista boliviana, de quien hizo numerosos retratos. Le siguió Sumissie, quien le pidió la dibujara para verse a través de su mirada de artista, y que rápidamente se convirtió en su sumisa, cumpliendo diversas tareas eróticas y recibiendo castigos cuando no cumplía. Elena, a quien conoció primero en una foto, enviada mediante Whatsapp por su amigo, José Guerra, con la apremiante solicitud de que la dibujase, y que, posteriormente, retrató en una sesión de fotos con ambos, de la que terminó enamorado Machín

Juan tenía cerca de cuatro mil “amigos” en Facebook, a muchos de los cuales no conocía personalmente, pero eran amigxs de sus amigxs y siguiendo las sugerencias del algoritmo de la plataforma, les había enviado solicitud de “amistad” y había sido aceptado, al tiempo que admitía casi cualquier solicitud que, a su vez, recibía. En principio, por mera transitividad, si no conocemos a una persona pero tenemos amigxs en común, es muy probable que lleguemos a conocernos y nos volvamos amigxs también. Y, a fin de cuentas, de acuerdo a las investigaciones de Stanley Milgram, todas las personas del planeta estamos conectadas, en promedio, a tan sólo 6 grados de distancia. Es decir, yo conozco a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a quien sea en el planeta.

Las personas somos seres sociales, casi por definición. Sin embargo, a pesar de la apariencia que nos ofrecen las redes sociales de que podemos tener miles de amistades, en la práctica la cantidad real de relaciones que efectivamente podemos sostener está limitada por diversos factores. Ya en 1992, el antropólogo Robin Dunbar había propuesto que una persona puede relacionarse, de manera plena en un sistema social determinado, sólo con una cantidad máxima de personas. Este límite depende, según Dunbar, principalmente del tamaño del neocórtex cerebral y la capacidad que tiene de procesar información. Dunbar se basó en estudios con diferentes especies de primates y encontró que todas las especies pueden mantener contacto sólo con un número limitado, formando grupos de un determinado tamaño máximo, correlacionado con el volumen del neocórtex cerebral. Para el caso de los humanos, después de un exhaustivo estudio, determinó que ese número era de 147.8 miembros. Redondeado a 150, obviamente, se le llamó Número de Dunbar en su honor. Un factor clave que también limita el tamaño de los grupos humanos, según propuso Dunbar, es la inversión de tiempo que las personas deben dedicarle a los otros miembros del grupo.

Las redes sociales aparentemente amplían de manera ilimitada la cantidad posible de relaciones, al facilitar las interacciones de muchas maneras, como el desarrollo de los emoticonos, el recordarnos los cumpleaños, sugerirnos amistades, formar grupos, intercambiar mensajes, realizar videollamadas, permitirnos etiquetarnos, etcétera. Y, tal vez, en plena Era de Internet el número de Dunbar rebase los 150.

Sin embargo, Machín pudo comprobar que era imposible tener un sinnúmero de amores simultáneamente, por lo que decidió acuñar el número de Dunbar-Machín para determinar el tamaño máximo de una posible red poliamorosa. Retomando la idea central de Dunbar, ese número está determinado por la cantidad de información que es posible manejar y la cantidad de tiempo para invertir a cada relación. Y, habría que agregar, en la rapidez para escribir y pasar de un chat a otro, y de Messenger a WhatsApp. La idea se le ocurrió en pleno chat con Elena, cuando enviaba uno de los cotidianos saludos a Martha y Sumissie le preguntó qué tarea le encomendaba y un nuevo contacto le ofrecía una sesión de sexo virtual y entraba una llamada telefónica de Pili. Probablemente, el número de Dunbar-Machín no podía ser mayor a cinco. Y cuando pasara la pandemia, seguramente, debería ser aún menor.

La carta a García y el viajero del tiempo


Como herrero de armas de la mente, también suelo contar historias de increíbles guerreros. El guerrero del que les hablaré hoy es terrícola, así que estoy muy seguro de que ya han oído hablar de él antes.

Se cuenta que, aproximadamente en el año 1898, en la Guerra hispano-estadounidense; a un guerrero llamado Rowan, literalmente un soldado de guerra, se le encomendó una misión:

***

-Nombre de la misión: «Carta a García»

-Objetivos:

  1. Llegar a las costas de Cuba.
  2. Encontrar al comandante García, jefe de los rebeldes, oculto en la sierra cubana.
  3. Entregarle a García la carta de parte del presidente de los Estados Unidos.

***

Todos se sorprendieron cuando el soldado Rowan cumplió su misión sin hacer una sola pregunta sobre el paradero de García y mucho menos de cómo llegar. Así, todos aplauden la labor heroica de los soldados norteamericanos al liberar a Cuba de España y, más allá de eso, usar esta historia como látigo alegrador de trabajadores que no reciben capacitación, recursos o al menos información sobre lo que deben hacer.

El conocido relato dice que él cruzó Cuba de costa a costa solo y a pie, y que encontró a García mágicamente. Pero ahora que tenemos mayor conocimiento, podemos descartar la magia como lo que él usó para realizar esta gran azaña por sí solo. Otros, con teorías más locas, indican que ya existía contacto extraterrestre y que entregaron a Rowan tecnologías alienígenas. Yo sí creería en seres de otros mundos, pero fuera de lo que yo crea, ya hoy conocemos que cosas como el área 51, son en realidad áreas clasificadas de pruebas de armas y tecnologías avanzadas que los norteamericanos construyen en secreto.

Lo más probable es que una de esas tecnologías avanzadas y secretas que los norteamericanos han desarrollado sean los viajes en el tiempo. Pero no desarrolladas en 1898, sino que, los norteamericanos al recibir viajeros del futuro con tecnologías avanzadas, empezaron a construir bases secretas para empezar a desarrollar estas tecnologías para poder tenerlas en el futuro, paradójico, pero cierto, y eso lo comprueba la azaña del soldado Rowan, pues no existe otra explicación más que haya usado google maps sin conexión para poder andar por Cuba y dar con García, y seguramente usó un jetpack o un aerodeslizador para llegar a su paradero.

El soldado Rowan. Tinta sobre cartulina, por Blacksmith D.


¿Cómo es comprobable esto? Pues hoy en día, cuando se nos encomienda una tarea o misión ya no hacemos tantas preguntas como antes, y nuestros superiores o docentes ya no se ocupan tanto en capacitarnos, sino que simplemente agarramos el teléfono celular o la pc y encontramos todo en Internet.

Rowan seguramente tenía este poder en sus manos, sino ¿cómo llegaría con García sin hacer una sola pregunta o solicitar recursos? Pero bueno, quizás lo del aerodeslizador o el jetpack sería algo muy loco… o quizás no sonaría muy loco si tuviéramos esa tecnología ahora, así como el Google maps. Y aún siendo más realistas, de algo están seguros los historiadores: a Rowan lo recibieron los luchadores independentistas cubanos que ya conocían los territorios que ya habían liberado ellos mismos, y ya sabían como llegar a García, es más, seguramente ellos mismos lo llevaron y le dieron toda su hospitalidad.

Saquen sus propias conclusiones. ¿Rowan sería un súper soldado que nació sabiendo el paradero de García y llegó a pie sin desfallecer gracias al suero que le fue inyectado? ¿O Rowan usó recursos futuristas?… O simplemente los cubanos eran capaces de luchar ellos mismos contra el yugo europeo.

Quizás pensar en viajes en el tiempo es de locos, pero más loco es creerse realmente que un súper soldado logró tal hazaña por sí solo.

Pasos


Casi no me di cuenta. Esa mañana puse la cafetera antes de salir a correr como cada mañana. Regresé a darme un baño antes de ir a trabajar. Mi esposo ya había preparado el desayuno y me despedía con un beso de camino para llevar a los niños al colegio. Me sentía un poco rara, indispuesta, costaba caminar. Me dolía la cabeza, los oídos y la garganta. Estaba cansada sin motivo. Había dormido bien, desde temprano en la noche.

Probé un bocado de la tostada que mi marido dejó en el microondas para mí. La eché a la basura, no sabía a nada. Tampoco mi aromático café. Terminé echándolo al lavabo. No tenía deseos de ir a trabajar, pero ese día tenía una junta muy importante. Un poco de maquillaje, un conjunto elegante y ya, era suficiente para la presentación. Agarré el bolso y las llaves del auto y salí. Lista para otro largo día de trabajo.

—Buenos días —saludé al guardián del aparcadero.

—Buenos días —respondió tan amable y alegre como siempre.    

Entré por el sótano y tomé el ascensor hasta el piso cinco, donde estaba mi oficina. Guardé el bolso en la gaveta, examiné y ordené los documentos necesarios y me dirigí a la sala de juntas. Los compañeros estaban llegando y esperábamos al director de la junta directiva. Mientras lo hacíamos, desplegué el plan de trabajo en el calendario de la pared. La cabeza me latía tan fuerte que parecía a punto de explotar. Tenía nauseas. De repente, todo empezó a dar vueltas y solo percibí mi cuerpo navegando en el aire hasta caer y dar un golpe seco en el suelo.

Escuché voces, alguien se acercó a ayudarme.

—Está hirviendo —dijo.

—Llama una ambulancia —ordenó alguien—. Y al esposo.

Oí pasos de un lado para el otro, pero no podía abrir los ojos. Mi cabeza, cómo me dolía… Y los oídos… Y la garganta… Las náuseas.

—¿Dónde está la paciente? —preguntó una voz desconocida y masculina a lo lejos.

—Sígame, por favor.

—¿Qué pasó? —consultó la misma voz ya no tan desconocida y cercana.

—Ella estaba de espaldas a nosotros, de pronto, se desplomó.

—¿Había manifestado que tenía algún malestar?

—Nada. Llegó como todos los días, lista y a tiempo para una junta.

—Bien, tenemos que llevarla en la ambulancia. Tiene temperatura muy alta. Por favor, haga una lista de todas las personas que han estado en contacto con ella desde que llegó.

La sirena de la ambulancia hacía un ruido terrible. No podía hablar para suplicar que la apagaran. Tampoco podía abrir los ojos. Cuando lo intentaba solo veía siluetas enmascaradas. El vehículo se detuvo, bajaron la camilla y entraron a toda prisa, supongo, que a la sala de urgencias.

—¿Signos vitales?

Alguien respondió con una serie de números que no significaban nada para mí, pero todo para el que preguntó.

—Que se siga el protocolo —recomendó.

«¿Cuál es el protocolo? ¡Auch! Eso dolió. ¡Auch! Eso también. Pero, ¿qué hacen? No puedo hablar y decirles que me duele, que lo hagan suave. Me están apretando mucho el brazo».

—Tranquila, vas a sentir el suero, el líquido arde un poquito —anunció una voz muy dulce.

«¡¿Que arde un poquito?! Está quemándome las venas. Me siento incómoda en esta camilla, el colchón es delgado y siento las barras de metal en el coxis y están frías».

—Vamos a cambiarla a una cama de posiciones. Necesita estar reclinada, así se le dificulta la respiración —dijo la de la voz dulce a otra—. ¿Le vas a dar la terapia?

—Sí. Vamos a tratar primero con la terapia y el medicamento. Recemos porque funcione.

«¿Recemos? ¿Qué es lo que me está pasando? Si yo solo tenía dolor de cabeza, dolor de oídos y garganta. Un otorrinolaringólogo habría sido suficiente, ¿no? Llamen uno. Ya tengo que ir a casa. ¡Dios, la junta! ¿Qué habrá dicho el director?».

—No te preocupes por nada, mamita —de nuevo la de voz dulce—. Tu esposo llamó y dijo que se hará cargo de todo.

—¿Para qué le hablas si está inconsciente? —reclamó la otra.

—Creo que te pasaste la clase de enfermería en la que explicaron que los pacientes siempre escuchan, aunque no lo creas. Ella parece que no lo hace, pero ahora mismo, tan pronto le dije lo de su esposo, su rostro se relajó. Sé que me escucha.

—Y yo creo que Dios la va a sanar si es su voluntad. Así es que recemos.

—Las dos cosas, amiga. Las dos cosas.

Las dos mujeres salieron del cuarto. De vez en cuando entraba una o la otra. Podía distinguirlas por sus pasos. Una entraba muy sigilosa, apenas se notaba su presencia hasta que ponía alguna bolsita de suero. No me tocaba, pero sé que se quedaba mirándome por un ratito.  La otra, siempre andaba de prisa, caminaba con un paso más firme y luego decía:

—Que Dios te ayude a sobrepasar esta enfermedad.

No tenía ni idea de qué mal me aquejaba. Nadie lo dijo, al menos que yo lo oyera. Ayer estaba bien. Ayer, creo. No sé cuánto tiempo ha pasado. Esto ha sido como una noche eterna. Me siento mal, sigue doliéndome la cabeza, los oídos, la garganta… La garganta, es como si se cerrara… Toso… «¡No puedo respirar!».

Sonaron los monitores, escuché muchos pasos, esta vez no pude discernir los de mis cuidadoras. Todos venían de prisa.

—¿Vitales? —preguntó un hombre que nunca había escuchado.

Alguien respondió con números, muchos; no los entendí. Movieron cosas a mi alrededor. No podía abrir los ojos para ver qué hacían. Quería llorar. Tenía mucho miedo. Sé que algo andaba muy mal.

—Hay que inducir la coma y entubarla —ordenó el de la voz que no reconocía.  

«¿Por qué?», me preguntaba. «Tengo que ver a mis niños, jugar con ellos, besar a mi esposo, hacer el amor con él, ir al mercado y visitar a mi madre». Hablaba conmigo misma, nadie me preguntaba nada, no podía hablar, no respondía a ninguna pregunta. Tenía obligaciones que cumplir y escuchaba lo que ocurría alrededor, pero nadie parecía darse cuenta. Creían que estaba dormida.

Unos hombres me voltearon en la cama, ya no estaba inclinada. Algo me dieron que ya no sentía ni escuchaba. Silencio.

Imágenes de tiempos pasados, a cámara lenta como en los sueños, empezaron a inundar mi cabeza, que ya no dolía. Mi padre y mi madre en la playa con mis hermanos, todos riendo de nuestras estupideces.

Mi mejor amiga confesándome que ya no era virgen. Su boda, que no fue con el que la desvirgó, sino con otro más guapo y hasta ahora había sido muy feliz. ¿Sabrá que me enfermé?

Mi primer trabajo, aquel jefe manisuelto al que empujé y cayó sentado en el cubículo de atrás. Nunca lo reprendieron, en cambio a mí, me pusieron la cajita para recoger mis pertenencias sobre la mesa. De todos modos, me fui feliz, ver a aquel gordo, hijo de puta, tirado de nalgas en el suelo, como Humpty Domty sin poder pararse, fue un espectáculo glorioso.

Mi primer novio, hermoso y mujeriego. El segundo, no tan hermoso, pero controlador. Y mi tercero y la vencida. Con ese me casé, en una boda linda, de día y en la playa, y de mucho significado. Nuestras promesas eran un pacto cumplido a cabalidad hasta ahora. «¿Estaría esperando a que saliera de esta noche?». No sé por qué dudé, siempre había estado para mí. Conmigo recibió a mis hijos, cuidó de mi padre hasta que murió y ahora me ayudaba con mi madre. Él era mi vida.

Recuerdos que ni siquiera recordaba. Algunos ni me parecían míos. Flotaba en aquella oscuridad, que solo era interrumpida por pasos, voces incomprensibles, susurros y ruidos apenas perceptibles.

—Está respirando por ella misma —dijo la de voz dulce—. ¡Llama al doctor!

Enseguida supe que la otra estaba con ella, sus pasos firmes salieron de prisa en busca del doctor. Pasó poco tiempo, de nuevo los pasos, muchos pasos, distintos unos de otros. No distinguía entre los de una y la otra.

—Va a salir de esta, te lo dije. Había que confiar en Dios.

Unos brazos fuertes me voltearon y pude abrir los ojos, aunque lo único que veía eran mascarillas y batas médicas azules.

—Tranquila —dijo un hombre—. Voy a remover el tubo. Vas a sentir una molestia, te dará nauseas.

«¿Molestia?». Otra vez los eufemismos. Y sí, vomité un líquido verde, asqueroso. Respiraba y podía ver a toda aquella gente alrededor mío, notaba sus sonrisas en los ojos, era lo único que veía a través de un plástico que llevaban en la cara. Traté de hablar, pero la voz no me salía.

—Vas a estar bien en unos días. Es que acaban de removerte el tubo y la garganta está resentida —explicó, era ella, la de la voz dulce. Parecía una niña, delgadita, de baja estatura. Sonreí agradecida.

En eso entró la otra, la de los pasos firmes; una morena regordeta, de cara redonda y mayor.

—Te ves mucho mejor, ya tienes color en la cara —dijo contenta—. ¿Tienes hambre?

Negué con la cabeza.

»Bien, tendrás que hacer un esfuerzo. El doctor ordenó caldos claros por unos días. Luego suplementos y cuando puedas comer un poco, te irás a casa. Mira que tienes un hombre muy enamorado que llama todos los días, muchas veces.

Así pasaron los días en los que fui mejorando. Cuando dormía, me despertaban los pasos de mis ángeles, cada una distinta, pero perfectas para mí. Gracias a ellas regresé a mi hogar, siempre recordándolas y rezando para que jamás se contagiaran de ese mal que pudo acabar con mi vida.

***

Dedicado a todos los ángeles que han dado sus vidas para salvar las de otros.

Perder una amante


Si no respiras a través de la escritura, si no gritas por escrito

 o cantas por escrito, entonces no escribas.

Anaïs Nin

 

Hope, abrumada por los insistentes mensajes de Juan Machín, terminó por animarse a preguntarle:

—¿Por qué, Juan? Dime, ¿por qué insistes en seducirme? Tienes muchas amantes. Hemos sido amantes en otras ocasiones y, en cada ocasión, me dejas por alguna más.

En efecto, Hope y Machín habían sido amantes por temporadas. La primera vez, al poco tiempo de conocerse, después de que Hope le pidiera a Machín una dedicatoria en su libro de cuentos El amor, la muerte y el caos, diciéndole que adoraba su forma de escribir. Duró poco su aventura porque Juan contrajo matrimonio, pero, desde entonces, Hope era siempre la primera en recibir cada nuevo cuento que Machín escribía. Al cabo de unos años, Juan, recién divorciado, la invitó a salir a tomar una copa y después de regalarle su nuevo libro de cuentos, Juliana, te amaré por siempre y otros cuentos, la llevó nuevamente a su cama por unos meses. Cuando publicó Pili, fábrica de sueños, y otros cuentos fue la tercera ocasión en que se hicieron amantes. Antes de que se imprimiera Annus MMXX, Juan le escribió a Hope en numerosas ocasiones para que se reunieran, a pesar de la cuarentena por la pandemia del COVID-19. Ante la intensa y reiterada embestida de mensajes, Hope finalmente le soltó, directa, la pregunta a Machín: «¿Por qué, Juan, insistes en seducirme?».

—Está bien, te lo diré. Te confieso que puedo perder una amante sin problema. Incluso una amiga… pero una buena lectora, ¡nunca!

El festín de los escondidos


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«Wasp nest sculpture», (CC0).

Cierto día, un objeto enorme empezó a orbitar alrededor de la Tierra. Aquel objeto parecía ser una gigantesca nave en forma de insecto. Sin embargo, no se trataba de una embarcación sino de una gran entidad extraterrestre conocida como La Reina, un ser insectoide de casi tres mil kilómetros de largo adaptado al vacío del espacio y capaz de viajar grandes distancias albergando a millones de seres en su interior.

***

—Rachel, Rachel —dijo la apurada y asustada madre—. ¿Me escuchas? Debemos huir al búnker.

La niña estaba muy perturbada por lo que acababa de ocurrir. A lo lejos se podía ver como, desde adentro de un insecto gigante, brotaban millones de otros insectos de casi tres metros de altura. Los noticieros reportaban eventos similares en prácticamente todos los lugares poblados del planeta.

***

Aquella raza extraterrestre estaba repitiendo en La Tierra el mismo proceso de cada invasión. Cuando La reina detectaba un planeta con alta concentración de seres vivos, se colocaba en órbita durante algunos días analizando el terreno. Para ello, usaba manifestaciones del espectro electromagnético. Una vez estudiado el objetivo, La reina lanzaba hacia la superficie cierta cantidad de insectos más pequeños. Estos insectos, conocidos como Los zánganos, medían casi cien kilómetros de largo. Cada uno de Los zánganos tenía asignada una zona poblada para despojarla de toda la materia orgánica posible.

Para la tarea de recolección estaban Las obreras, que se dedicaban a transportar a su destino a cuanto ser vivo se cruzara en su camino. Una vez terminada la recolección, Las obreras vuelven a cada uno de Los zánganos y estos abandonan el planeta para volver al cuerpo de La Reina. Esta se mantiene orbitando el planeta mientras Las obreras organizan y colocan preservantes a toda la materia orgánica recolectada para alimentar al enjambre que vive en su interior. Durante ese proceso, La reina continúa escaneando el planeta hasta determinar el momento preciso para recompensar a Las obreras con algo que, traducido a lengua humana, sería como El festín de los escondidos.

***

—Rachel, ¡presta atención! —La madre acarició la cabeza de la asustada niña hasta calmarla—. Eso, ¡muy bien! Vamos, repite lo que dijo mamá.

—No debo salir ni abrir la puerta hasta que oiga que me llamas desde afuera —repitió la niña entre sollozos.

—Eso, nena, ¡muy bien! ¿Qué más? —respondió la madre, aliviada de haber retomado el control de la situación.

—No le voy a abrir a nadie que no seas tú—respondió la niña, ya resignada a quedarse sola por casi doce horas como cada vez que su madre salía.

—Eso, nena, muy bien. No olvides nuestra clave secreta. Yo ya regreso, iré por comida.

 ***

El festín de los escondidos es una celebración diseñada para satisfacer los deseos primarios de Las obreras, que tienen prohibido comer porción alguna del material recolectado. La reina, usando las mismas manifestaciones del espectro electromagnético, altera las ondas cerebrales de los seres que, manteniéndose ocultos, lograron sobrevivir al proceso de recolección. Las ondas de La reina  se manifiestan como alucinaciones muy significativas para el que las sufre. Tienen como objetivo hacer que el individuo afectado salga de su escondite para ser devorado por Las obreras que, en un incontrolable frenesí asesino, devoran violentamente todo aquello que se encuentre en su camino.

***

—Nena, nena. Ábreme, ya regresé.

—¿Eres tú, mami? Dime la clave —pregunta la niña, aún llorando por el encierro y la soledad.

—Sí, bebé. Soy yo. La clave es postre.

La niña, creyendo oír la voz de su madre pronunciando la clave secreta, abrió la puerta. Las obreras entraron y murió devorada por ellas.

Anatomía de los abrazos


Pixabay.com (CCO)

«Me gustan los abrazos», se dijo Marina suspirando.

«Me gustan esos en los que se entrega el alma, que te dejan sin respiración y te hacen olvidar cualquier cosa», pensó imaginándose en brazos de un ser amado.

«Me gustan los que te regalan consuelo cuando estás afligido, dolorido o triste. Como los de tus padres cuando te caes y te has pelado una rodilla; o llegas de la escuela después que alguien se ha reído de ti; o te han dejado sola con un hijo que criar y no tienes ni idea de cómo hacerlo; o porque ves tu infancia partir con ellos», reflexionó mientras una lágrima bajaba por su mejilla.

«Me gustan los abrazos que te entregan lealtad y fidelidad. Como los de los amigos que, aunque te hayan visto ayer, o hace unos días, o no te hayan visto en un millón de años, con solo su contacto te aseguran que siempre estarán contigo cuando los necesites», razonó y sonrió.

«Me gustan los que te dejan sin aliento y detienen tu palpitar, como el primero que te dio tu amor en un momento cálido e inolvidable. Como el que te dio el día de la boda frente a muchos —o pocos— testigos. Como el que le diste a tu primer hijo cuando lo tuviste en tus brazos y a los que llegaron después», meditó emocionada.

«El abrazo es la caricia más completa», discurrió.

«Puede venir acompañado de besos, de palabras cariñosas, de roce de mejillas, de enredo del cabello entre los dedos, de golpecitos o de que coloquen las palmas de las manos en la espalda, de forma tal, que te sientas superseguro».

«Pensemos en los abrazos a cámara lenta», profundizó hablando consigo misma.

«Se abren los brazos, se estiran lo más ancho que se pueda para abarcar, no solo el cuerpo sino también el alma del abrazado. Se saca el pecho y el corazón empieza a latir a una frecuencia excesiva ante tanta anticipación. Una risa nerviosa o un llanto profundo te van indicando la fuerza y el tiempo que debes dedicar a esta tierna —o no tan tierna— caricia. La mayor parte de las veces no se piensa, te lanzas para hundirte en esas extremidades que te esperan, ávidas de ese contacto que es tan necesario tanto para uno como para el otro».  

«Otras veces la timidez te retrae y te asaltan las dudas. ¿Olerás bien, es un evento sorpresivo, inesperado?».

«Lo cierto es que, cuando rebasas las dudas, si te gustan los achuchones tanto como a mí, recibirás a la otra persona entera, la apretarás, cerrarás los ojos, le darás golpecitos en la espalda y descansarás en esa caricia siempre disponible, simple y perfecta».

Marina terminó sus cavilaciones, deseó que la pandemia terminara, jurando que abrazaría a todo aquel se le cruzara en el camino.

La piedra blanca


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«An athlete wrestling with a python», by Frederic Leighton (CC0)

Cierta raza extraterrestre fue invadida por una raza tecnológicamente más avanzada que se encontraba en búsqueda de un nuevo planeta luego de la destrucción del suyo. La raza invadida era una civilización agrícola y pacifista. Esta actitud evitó una matanza pero provocó su gradual esclavitud. Luego, los recursos naturales del planeta fueron utilizados para construir base militares y poderosos cañones que utilizarían para ahogar cualquier rebelión de sus ya esclavos.

Durante la invasión, un anciano monje junto a su discípulo lograron escapar gracias a sus habilidades. Sin embargo, el anciano maestro sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Por lo que le era urgente terminar de entrenar a su discípulo y dejarle trazado el camino que debía seguir después de su partida.

***

—Maestro, aquí tiene un poco de agua —dijo el joven monje.

—Gracias, hijo —dijo el anciano monje—.

—Debería hacerme caso, maestro. Estaríamos mejor si saliéramos de esta cueva.

—No, hijo mío. Cuando yo muera, que será pronto, serás el último monje de este planeta —dijo el anciano en un tono muy solemne—. No puedes ser visto por los enemigos.

—Pero, maestro… —intentó replicar el joven monje.

—Aplica lo aprendido, hijo —dijo el maestro—. Y aprende cuanto puedas de mí, mientras aún esté en este mundo.

El anciano monje entrenó a su discípulo durante alrededor de dos años de aquel planeta, luego de eso murió.

***

El joven monje había adquirido mucho conocimiento gracias a su viejo maestro. El tiempo influyó poco en la cantidad de preguntas que pudo hacer, debido a que el anciano monje era capaz de crear una habitación astral en la que el tiempo corría mucho más lento que en el mundo material, dándole la oportunidad de enseñar muchas cosas en muy poco tiempo. Pese a ello, no logró terminar el entrenamiento para desbloquear los siete chakras de su discípulo.

El viejo maestro solo alcanzó a ayudar al monje a desbloquear hasta el quinto chakra. Por su cuenta, se dedicó a despertar el legendario Ojo de Ajna o sexto chakra. Una vez despierto, ese ojo le ayudaría a determinar el final de su entrenamiento, que tenía por objetivo la obtención de un gran poder para liberar a su especie de la raza que los esclavizaba. Pero aún no estaba listo.

***

Luego de acostumbrarse al uso de su Ojo de Ajna, se dio cuenta del camino que debía seguir. El monje entendió que, para conseguir poder usando el método de su maestro, se necesitaba demasiado tiempo. Aquel método consistía en la utilización del Ojo de Ajna para construir un objeto conocido como la Piedra roja de Sajasrara. Dicho objeto le permitiría despertar su séptimo chakra para alcanzar un estado de unidad con el Ánima Mundi para usar una habilidad marcial conocida como Samadhi-Modo, donde el cuerpo absorbe grandes cantidades de Anima mundi junto a su propia ánima para generar un aura amplificada de color dorado.

Sin embargo, para la construcción de la Piedra roja de Sajasrara, era necesario un proceso de purificación del alma y, luego, usar el Ojo de Ajna para acceder al espacio interior del alma. Una vez dentro puede accederse a las muchas habitaciones del alma. Una de ellas, conocida como La habitación de la locura es la que contiene el receptáculo del núcleo del alma. Al contener un objeto tan valioso, La habitación de la locura funciona como un mecanismo de seguridad para evitar que un ser toque el núcleo de su alma por accidente y se provoque daño. Además, según ciertas leyendas, el núcleo del alma no debe ser replicado porque es el motor sagrado que el Dios Absoluto creó para sostener la vida y no debería jugarse con la tecnología de Dios, por lo que el acceso a dicho lugar está restringido. Los mecanismos de seguridad son tan intensos que producen un dolor físico indescriptible a aquel que esté visitando La habitación de la locura. Además, para replicar el núcleo del alma es necesario sostenerlo y observar su forma. Para evitar que eso suceda, existen dos mecanismos adicionales de seguridad. El primero consiste en la presentación de visiones perturbadoras directamente en la mente del que intenta observar su propio núcleo, destinadas a hacerle perder la razón. El segundo, y tal vez el más peligroso, es un mecanismo que afecta el Ojo de Ajna, distorsionando la vista del que observa el núcleo para que la réplica no sea exacta, dando lugar a réplicas inestables cuya explosión puede llegar a matar al usuario.

El problema con la construcción de la Piedra roja de Sajasrara era que el proceso de purificación del alma requería de mucho tiempo. El joven monje sentía que no podía darse el lujo de consumir tiempo mientras su raza era abusada y esclavizada por aquellos invasores. Aquello lo llevó a decidir que ahorraría el mayor tiempo que pudiera, incluso a costa de su propia salud y seguridad. La idea era fabricar un objeto lo más cercano posible a la Piedra roja de Sajasrara, pero sin la necesidad de purificar del todo su alma. Pensó por algunos meses en la forma de encontrar un atajo para la construcción de dicha piedra roja incompleta que funcionara, al menos de forma temporal, como una piedra roja genuina.

***

Luego de un par de años de la muerte de su anciano maestro, en completo aislamiento dentro de aquella cueva, el monje ideó un método para construir una Piedra roja de Sajasrara modificada con las características que deseaba. Estaba listo para su visita a La habitación de la locura. Preparó todos los materiales para el ritual, tomó una pose de meditación y activó su Ojo de Ajna, que se veía como un gran ojo brillante en su frente.

Una vez dentro del trance, el monje se vio a sí mismo en la sala principal de su alma. Usando su percepción pudo llegar rápidamente a la puerta de La habitación de la locura. Entonces, como había ensayado miles de veces en su mente, corrió dentro de la habitación y soportó el dolor que le provocaba el piso del lugar. Se veía como descargas eléctricas y se sentía de la misma forma. Por fuera, se veía salir humo del cuerpo del monje, mostrando que aquellas descargas eléctricas no solo provocaban dolor sino que infligían un daño físico real. En cuanto logró llegar al receptáculo del núcleo de su alma, el mecanismo de las visiones intentó consumir la cordura del monje, que usó una concentración sobrehumana para sobreponerse a ellas. Finalmente, ya con el núcleo en sus manos, el monje se concentró en su Ojo de Ajna y aplicó una técnica que inventó él mismo para ahorrar tiempo en la misión de rescate de su civilización.

La técnica consistía en aislar, en una zona específica, todas las distorsiones visuales que provocaban las impurezas de su alma. De esa forma podía ver con nitidez el núcleo de su alma, al menos de forma parcial. Una vez logrado aquello, el monje regresó del trance y recobró el control de su cuerpo. De inmediato, utilizó los materiales previamente preparados para construir una réplica del núcleo de su alma, copiando de forma exacta la parte que pudo captar de forma nítida. La parte donde aisló sus impurezas no estaba para nada clara, por lo que el monje tuvo que usar su criterio para colocar los circuitos faltantes del núcleo de su alma. Una vez hecho esto, colocó dicho núcleo imperfecto dentro de una piedra especial de ánima condensada y se desmayó por el esfuerzo.

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El monje se dio el tiempo de sanar su cuerpo de las secuelas de la fabricación de su Piedra roja de Sajasrara modificada. Cerró los ojos e inició una larga meditación, destinada a hacer fluir su aura a través de sus chakras. Cuando su Ojo de Ajna brilló en su frente, es decir, cuando ya su sexto chakra se activó, abrió los ojos y miró su piedra roja, que empezó a emanar un deslumbrante fulgor rojo y levitó hasta colocarse por encima de la cabeza del monje.

En lugar de usar la Piedra roja de Sajasrara para entrenar y poder despertar su séptimo chakra y dominar el Samadhi-Modo, el atribulado monje decidió usar su piedra modificada para convertirla en un séptimo chakra artificial. De esta forma, pudo acceder al Samadhi-Modo de manera forzada.

En cuanto encendió su Piedra roja de Sajasrara modificada, el monje sintió con claridad los mecanismos que no funcionaban correctamente. El circuito de encendido y apagado no funcionaba, por lo que se dio cuenta de que ya no había marcha atrás. Usó la piedra como una especie de antena para atraer a la fuerza cantidades descomunales de ánima mundi, haciendo que su cuerpo accediera a un Samadhi-Modo forzado pero funcional. Usando aquel poder, el monje desbloqueó las limitaciones naturales del núcleo de su alma y del núcleo de su piedra modificada, por lo que fue capaz de generar cantidades masivas de aura amplificada y salió de la cueva.

El monje, envuelto en un inestable pero potente fulgor naranja, dio un gran salto hacia uno de los lejanos cuarteles generales de la raza invasora. Allí, los soldados solo vieron llegar un veloz meteoro naranja que se estrelló en la base, haciendo estallar las habitaciones de los soldados que aún dormían. Sin perder el tiempo, el monje dio otro salto haciendo estallar el segundo de los cuatro cuarteles generales construidos en el pequeño planeta con mano de obra esclava.

El objetivo del ataque era eliminar a los enemigos mientras dormían, para evitar las bajas por fuego cruzado y para no destruir el armamento de los invasores, que sería útil en caso de otra invasión. El monje, en cuanto destruyó los cuarteles generales, empezó a dar saltos haciendo estallar las diferentes zonas de concentración de soldados para acabar con la mayor cantidad posible. Antes de que pudiera acabar con todos los regimientos, la piedra incompleta que fue forzada a funcionar al nivel de una completa se quedó sin energía, por lo que comenzó a tomar energía del cuerpo del monje hasta agotarla también.

Cuando intentaba dar un último salto, el monje se dio cuenta que La Piedra roja de Sajasrara modificada empezó a volverse blanca. Luego, no solo la piedra rojo sino su mano y su brazo se fueron volviendo blancos. En unos segundos, el altruista monje se convirtió en una estatua de piedra blanca que, a pesar de incontables disparos y caídas, no recibió ningún rasguño.

Los soldados sobrevivientes intentaron contraatacar, pero al haber sido diezmados por los saltos explosivos del monje, fueron controlados rápidamente por la población local que usó sus propias armas en su contra; logrando al fin la liberación de su raza.

Luego de una larga labor de reconstrucción, aquella raza extraterrestre logró la paz. Colocando, como símbolo de ella, la estatua blanca del monje que sacrificó su vida a cambio de la libertad de todo su planeta.