El llanto de Sariel


«Los polvos de Sariel», por Blacksmith Dragonheart

Cuenta la leyenda que Sariel era miembro del Ejército de los Siete Arcángeles. Sus labores eran sagradas y contaba con la gracia de Dios. Sin embargo, un día durante sus misiones, Sariel cometió su primer error. Al igual que otros ángeles, empezó a mirar al mundo humano y quedó deslumbrado por la belleza de las hijas de los hombres. Sin embargo, aún no había cometido pecado alguno.

Pese a ello, Sariel adquirió el hábito de observar el mundo humano cada vez que podía. Pero, a diferencia de sus congéneres, éste no se dedicó exclusivamente a observar a las hijas de los hombres. Pasó siglos humanos observando, poco a poco, los actos de los seres humanos. Contemplando sus avances, sus errores, sus amores, sus odios, sus pasiones, sus guerras, todas las facetas de todas las personas.

Fue entonces como, sin darse cuenta, Sariel empezó a contaminar su corazón hasta el punto en que dejó de ser digno del Ejército de los Siete Arcángeles. Se le impidió el acceso al ejército celestial e incluso llegó a ver la caída de los ángeles expulsados del cielo por mezclarse con las hijas de los hombres.

A Sariel no fue necesario expulsarlo del cielo, él decidió exiliarse en la luna para observar a los seres humanos con más detalle. Al estar más cerca, empezó a ser capaz de leer sus pensamientos, sentimientos y emociones. Allí fue donde Sariel entendió la maldad inherente del ser humano y su corazón se volvió completamente el de un demonio.

El demonio Sariel empezó a odiar a la humanidad por todas aquellas atrocidades que llegó a contemplar. Lo que más trastornaba su mente, que ya no era perfecta, era el hecho de poder leer los pensamientos de las personas mientras cometían los crímenes más execrables. Sariel vio engaños, mentiras, chantajes, sobornos, corrupción, abusos, vejaciones, violaciones, torturas, secuestros, asesinatos, genocidios y una larga lista de etcéteras.

Sariel vio más de lo que pudo soportar. Un día, en su impotencia y desesperación, decidió arrancarse sus hermosos ojos y pulverizarlos. Concentró en aquel polvo todo su dolor y la poca bondad que le quedaba. Soltó el polvo hacia el mundo humano, con la esperanza de que los remanentes de su anterior estado de divinidad ayudaran a la humanidad a corregir su camino. Pero esto no ocurrió, la humanidad había llegado a un punto en que los polvos de Sariel ya no podían surtir efecto alguno.

Para este punto, el demonio exiliado en la luna ya no podía ver los eventos del mundo humano, pero podía seguir oyendo los pensamientos macabros de la humanidad. Retumbaban en su mente los lamentos de una mujer violada, de un niño devastado por la muerte de sus padres en la guerra, las súplicas de secuestrados y prisioneros, los llantos de una madre que pierde a su hijo en un asalto. Esos sonidos lo alteraban, pero aún podía soportarlos.

Aun así, la curiosidad del ciego Sariel no tenía límites y siguió buscando, ahora de forma deliberada, seguir ahondando más en la miseria humana. Agudizó el sentido de oír los pensamientos humanos y se adentró en la maldad profunda que ocurre entre las sombras y que solo es conocida por sus perpetradores y sus víctimas. Fue demasiado para su mente el conocer los crímenes de guerra, los asesinatos y violaciones en vivo expuestos en la Deep Web, el tráfico de órganos y demás aberraciones humanas clandestinas de las que muchos, por suerte, no conocen.

Sariel no tuvo esa suerte, pasó años vigilando aquello, llorando sangre por las cuencas vacías de sus ojos. Hasta que, en un acto completamente premeditado para acabar con su sufrimiento, Sariel cometió un pecado imperdonable tanto para un ángel como para un demonio. Utilizó parte de las plumas de sus alas, que él mismo se arrancó al perder su condición divina, y empezó a construir una daga con ellas. Al ser un demonio, Sariel podía ser dañado por aquella arma. El exiliado, ciego y trastornado Sariel forjaba su arma mientras lloraba sangre sobre ella. La sangre brillaba como fuego hasta que, cuando ya no pudo soportar el sufrimiento que le causaba la vigilancia del mundo humano, se apuñaló a sí mismo en el corazón. Siendo este el único caso registrado del suicidio de un ser divino.

Comunión


Comunión (collage y pintura), serie Azules y Rojos, pasado continuo
 «Al arder las iglesias, la mayoría se habían consumido casi en su totalidad hasta solo quedarse en ellas un esqueleto desmembrado. Recuerdo que, durante años, una feligresa decidió darnos catequesis a las niñas del barrio en su propia casa. A veces, incluso nos dejaba merendar allí. Y todas salíamos de allí pensando y comentando la suerte que habíamos tenido con que la iglesia hubiera sido incendiada. Ya sabes, cosas de chiquillos».

…Y se quedó


Plaza de Jemaa El Fna, Marrakesh (Foto por ahuanda).

Cerrada la noche nos adentramos en la Medina de Marrakesh. Casi sin pretenderlo, nos unimos a un grupo —dos chicas y un chico— procedentes de Argentina, y decidimos buscar alojamiento en colectivo. Pronto ellos se conformaron con la primera pensión barata, ubicada en la planta alta del emblemático Café de Francia, en la Plaza Jemáa El Fna. Nosotros miramos un par de sitios más y al final, como suele ocurrir cuando alguien se adentra en las laberínticas medinas de las ciudades árabes, dimos con un acogedor Riad por azar.

Allí se alojaba también él. Lo reconocí al pasar, cuando nos mostraron la habitación. Se había presentado al lado de su novia en la noche mexicana del año pasado, que se realizó en una discoteca de la parte alta de Barcelona.

—¿Te acuerdas de mi? Nos vimos en el Otto Zutz, nosotros éramos los del catering y ustedes se acercaron a saludarnos. Recuerdo que llevaban la cámara para hacer registro de imágenes.

—¡Sííí, cómo no! Ahora me acuerdo. ¡Qué chido que nos encontramos aquí, qué chiquito es el mundo!

Y nos abrazó como si fuéramos las primeras personas que había visto en mucho tiempo. Así inició una charla que se prolongó durante toda la noche. Nos contó una aventura que sorteó con una suerte increíble. «La suerte en verdad existe y no es solo para los tontos», pensé tras escuchar su relato.

Había viajado con su novia a Marruecos, para hacer lo que muchos de nosotros: resellar su pasaporte en un país ajeno al espacio Schengen, lo que le permitiría prolongar su estancia legal en «modo turista» al volver al espacio europeo.

Hacía una semana que tenía que haber vuelto a Barcelona, pero los guardias de la frontera, al percatarse de que su pasaporte estaba caducado, le prohibieron salir, además con una orden de expulsión a México en cuanto pisara suelo español.

Decía que al vernos sintió un enorme alivio, pues llevaba una semana en la concurrida «puerta del mundo bereber»: Marrakesh. Un conglomerado de gentes de diversos orígenes, tanto del África subsahariana, como de las distintas tribus del interior de Marruecos, aunado a las multitudes de todas partes del mundo que están de paso por aquella efervescente ciudad. Y él, sin saber árabe.

Ese mismo día, había recibido un envío de dinero y ropa por parte de su novia, desde Barcelona. De la embajada mexicana en Marruecos no pudo conseguir nada, excepto la fingida promesa —firmada por escrito— de que una vez en Madrid, abordaría el vuelo hacia México. Nada más alejado de la realidad.

Cenamos juntos y después volvimos a reunirnos en la terraza del Riad hasta muy entrada la madrugada. Durante nuestra estancia en aquel país, estaríamos expectantes de lo que ocurriría a su regreso. Aunque aquello parecía una orden rigurosa, pues provenía de la propia policía militar marroquí, su voz interior le insinuaba que tenía que haber otra alternativa. Y aunque nosotros teníamos la mente más fría —que la suya evidentemente— pensamos que lo más racional sería lo correcto.

El día que él marchaba, nosotros también estaríamos ausentes, pues iniciaríamos la caravana para internarnos en el desierto, rumbo a las dunas de Merzouga. Según nos contó, estaría un par de semanas más por Marruecos antes de abordar el avión que lo llevaría a Madrid. Para entonces nosotros estaríamos de vuelta en Barcelona.

Sin embargo, su historia nos puso en alerta, pues aunque nuestros pasaportes sí estaban vigentes, se trataba de pasaportes provisionales, además de que nuestra situación en el estado español estaba en el limbo burocrático en espera de la resolución que nos concedería la residencia. Pero si a la policía le daba la gana, podía impedirnos la entrada y enviarnos de vuelta a México, sin opción siquiera a recoger nuestras pertenencias. Era una situación poco probable, pero conforme se acercaba la fecha de regresar, la ansiedad se apoderó de nosotros pensando en todos los escenarios posibles, empezando por el peor escenario posible.

En ese entonces aún no se desencadenaba la serie de deportaciones a visitantes que no tuvieran una carta de invitación emitida por un ciudadano español, o bien, que no contaran con comprobantes que acreditaran su solvencia económica durante su estancia en aquel país.

El viaje para nosotros concluyó sin ningún inconveniente y regresamos a Barcelona libres de toda sospecha, pese al estrés que se intensificó los últimos días. Maquinamos un plan para justificar nuestro viaje en caso de que nos cuestionaran al respecto, e informamos en la aduana de nuestro regreso inminente a México con fecha y todo. En apariencia no había más extranjeros, excepto los marroquíes que viajaban en el vuelo, a quienes les aguardaba un intensivo interrogatorio antes de poder ingresar a territorio español. Y eran bastantes. Quizás fue por ello que nos dejaron pasar sin mayores preámbulos.

Días después, sin memoria de lo ocurrido con nuestro paisano, recibimos una llamada telefónica. Era él. Estaba en el aeropuerto de Madrid y decía que no había ninguna autoridad custodiando el avión o vigilando que el pasajero cumpliera con la orden de abordar el vuelo a México. Buscaba consejo porque aún no decidía qué hacer: salir de aeropuerto y volver a Barcelona, donde estaba su novia, sus amigos, su trabajo y los últimos cinco años de su vida, o bien subirse al avión que lo llevaría a México.

De cualquier manera, ya estaba afuera del aeropuerto y solo necesitaba que alguien reforzara su decisión de quedarse. Y se quedó. 

Cartilla de raciocinio


Cartilla de raciocinio (collage y pintura), serie Azules y Rojos, pasado continuo.
«Cada familia tenía una cartilla de racionamiento a la semana. Según las provisiones, unas veces incluía arroz o garbanzos, o… Pero en ningún caso azúcar o café. Al final, cada uno vendía lo que tenía y el estraperlo se adueñaba de las calles».

Tan real que murió


Es curioso cómo todo puede ser curioso.

Como todo puede ser lo que es o lo que no es.

Todo puede esconder una historia tan increíble como imposible.

Nada puede ser tan real como cualquier cuento en un libro que lleva miles de años cogiendo polvo y que, de repente, un niño le pide a un adulto que se lo lea.

Ese niño se mete dentro del cuento porque se lo cree, y recrea el mundo en su mundo y vive lo que algún día alguien vivió.

Y de repente, ese adulto suelta una risa que desvanece un pedazo de vida de aquel niño que empieza a no creer en sí mismo.

Y el cuento se convierte en cuento y pierde un latido más, y cada vez suena menos real.

El cuento más real perdió confianza en sí mismo por el qué dirán y es triste reírse de ellos.

La nube


Ana corría de un cubículo a otro buscando con desesperación una conexión para recargar su estación de energía personal: se le estaba acabando la carga y tendría que pagar multas por no mantener su identificador funcionando y en línea. Cuando encontró uno utilizable, el color volvió a su rostro. No regalaría un montón de monedas por un descuido. Era tarde y los pocos que aún se trasladaban a la oficina a trabajar, ya se habían retirado.

Imagen de Pxhere CC0 Public Domain

A Ana no le gustaba del todo el teletrabajo; le gustaba caminar por los andadores y mirar sin pudor los identificadores de las personas que se cruzaban con ella en el trayecto. Era como una de esas modas que nunca pasan: saber el nombre, días de vida, dirección, empleo y todo eso a lo que en una época anterior se le llamaba privacidad. A veces era un juego mental morboso: mirar en primera instancia a la persona y después su identificador para buscar congruencias según su aspecto. La privacidad se había reducido tan solo a un par de momentos en la vida cotidiana, todo lo demás estaba a la vista de todos.

Bastaron dieciocho segundos para que la estación de energía se cargara al cien por ciento. Ana ni siquiera tuvo tiempo para husmear un poco en su perfil de la Red Social Global, así que guardó su dispositivo inteligente en su bolso. Bajó usando el ascensor que en su interior estaba musicalizado con una versión de una melodía en ocho bits, que más parecía un tono de llamada de aquellos antiquísimos teléfonos celulares, que una sonorización envolvente.

Cuando llegó a su vehículo, apenas cerrando la portezuela, una voz muy natural como para ser robótica le dijo:

—Buenas noches, Ana. ¿Quieres hacer un back up de tu día en la nube personal?

—Sí —contestó Ana al mismo tiempo que conectaba su dispositivo para la sincronización.

—Se han sincronizado 34 fotografías, una playlist, ocho ubicaciones, cuatro archivos diversos, dieciocho llamadas telefónicas y se actualizó tu estado en la Red Social Global a: «¡Por fin a casa!» —dijo la voz desde los altavoces del vehículo. Ana miraba al frente con tanto aburrimiento que hasta su voz se escuchaba afectada.

—Bien. Gracias. Se me fue el día en ¡nada! ¿Por qué no me alcanza el tiempo?

Condujo en modo manual hasta el conjunto de viviendas idénticas en donde vivía desde hacía varias semanas, gracias a la reciente promoción a un puesto gerencial en el área de mercadotecnia de la empresa. Ahora le alcanzaba para costearse una casa inteligente y autosustentable: smarthome, les decían. Su carrera, sin duda, iba en ascenso.

—¡Maldita sea! —dijo presionando a fondo el pedal del freno. La oportuna reacción evitó que se estrellara con la puerta automática del garaje que quedó inmóvil a mitad del ascenso. Habilitó el control remoto manual para guardar el auto.

—Apunta en los recordatorios: solicitar revisión con el proveedor de puertas automatizadas… No, borra «revisión», cámbialo por «queja» —indicó a su asistente digital.

—Reporte enviado al área de soporte —respondió la voz del asistente en línea.

Ana se preguntaba si era igual de rutinaria la vida de las demás personas. Lo hacía mientras se despojaba de la apretada falda y los atormentadores tacones. Dejó en una repisa su identificador. Activó por medio de su voz las luces a una intensidad media y decidió acompañar su soledad con un poco de vino. Mientras miraba el vaso, agradecía que algunas cosas no hubieran pasado de moda o fueran sustituidas por otras obedeciendo a esa tirana que dictaba las ordenes sobre la vida de todos: la tecnología.

El vino hizo efecto y Ana fue directo a su cama; no tenía más ánimos para seguir filosofando sobre la existencia humana y sus desdichas, así que a la voz de «apagar todo» fue quedándose dormida.

***

Fue como un abrir y cerrar de ojos: el asistente la rescató del país de los sueños, aunque Ana rara vez recordaba lo que había soñado, pero sintió que no había dormido lo suficiente. Aún así inició su ritual previo a salir al trabajo.

—Un café grande sin endulzante ni crema, por favor —indicó acercándose a una rejilla.

—Acérquese al escáner que está a su lado derecho —respondió una voz hueca salida de la misma rejilla—. Se han cargado treinta monedas a su cuenta. En veinte segundos estará listo su café. Que tenga un buen día —dijo la voz.

Después de un bip, Ana recogió su vaso de café. Aspiró el prometedor aroma de la cafeína esperando que la avivara y le ahuyentara la somnolencia.

—¿Deseas tomar una foto de tu café, Ana? —dijo el asistente. Ana miró el vaso y sopló el vapor del líquido caliente.

—No. Ni siquiera está mi nombre en el vaso.

Otro día de trabajo en la oficina tan desesperante e igual, normal como todos los otros días. Ana tenía que exprimirse el cerebro para elaborar campañas efectivas de mercadotecnia para que su empresa vendiera y vendiera y vendiera. «Maldito consumismo» se decía a sí misma a menudo. Después se arrepintió de la maldición puesto que el consumismo era lo que pagaba su sueldo. Se frotó los ojos y miró la pizarra electrónica que tenía frente a ella. Ideas, conceptos, frases, palabras sueltas, un caos delimitado por la forma rectangular de la pizarra. De ahí tenía que surgir la nueva idea que justificaría ante los demás el porqué estaba en ese puesto. Pero no sería este día. La nueva idea tendría que incubarse un poco más. Estaba aburrida y decidió leer encabezados de la Red Social Global. Fotografías, videos, imágenes, texto y más texto; nada que llamara su atención hasta el momento en que apareció un encabezado en el feed: «Lo que se aproxima». Se detuvo y miró de dónde era la fuente. No recordaba cuándo se había suscrito. Buscó sus gafas y leyó.

«Es el mayor descubrimiento —aunque no reconocido por la comunidad científica— desde las ondas gravitacionales. Esto se originó en un tiempo tan remoto que no es sino hasta ahora que, después de viajar años luz por el espacio, se acerca amenazante a nuestro sistema solar en forma de espectro de ondas. Aún no hay un nominativo para este fenómeno astrofísico, por lo que muchos observadores de distintos países no se han aventurado ni siquiera a clasificar la teoría de su existencia o a plantear hipótesis sobre los posibles efectos que pudiera tener en los campos magnéticos de la tierra o de otros cuerpos en el sistema solar…».

Más parecía uno de esos artículos de blogs alarmistas y de teorías del apocalipsis, que en cada evento natural aprovechaban para ganar visitas y aprobaciones de los usuarios, que un artículo científico serio. Recordó a un video-blogger que le causaba incomodidad y risa con sus listas top seven de los sucesos más terroríficos de la web. Ni hablar de los libros que publicó: eran un bodrio.

Ana dejó en paz la red social, no sin antes guardar el artículo para seguir leyendo después. Ahora debía enfocarse en su trabajo y ya se había terminado el café. Tal vez si saliese a la calle se despejase un poco; en los últimos días sentía un gran vacío en sus pensamientos. Decidió salir a caminar.

Deambuló por los andadores sin que algo en especial llamara su atención. Algunos espacios entre los complejos ofrecían aburridos jardines sintéticos que emanaban fragancias de aromas naturales también sintéticas. «Vaya simulación», se dijo. Caminó un poco más hasta llegar a una zona de descanso con asientos ergonómicos, mesitas minimalistas y un enorme panorama a un muro de espejos que producía la sensación de estar en un lugar más grande. Durante unos segundos, antes de sentarse, observó su reflejo en el muro: estilizada; sencilla pero elegante, sobria y bella. Una publicista en ascenso, disfrutando el íntimo contacto con el éxito. «Pero ¿a cambio de qué?». Había perdido momentos con amigos; había rechazado reuniones familiares, y en el trabajo, era la jefa: nombramiento que no a todos complacía. «Desbalanceada, como un mal diseño que espera ser exitoso solo porque una de sus partes se ve bien y no el conjunto». Miró sus piernas: las disfrutaba, aunque fuera solo por la vanidad de admirarlas. «Soy un fiasco», dijo para sí y al mismo tiempo pensaba en las agotadoras sesiones cada tres días en el gimnasio.

No terminó de acomodarse en el sillón ergonómico cuando se escuchó un zumbido que iba de un tono muy agudo, y poco a poco, a un tono grave y ensordecedor. Las luces del lugar parpadearon un par de veces. Ana miró por instinto su dispositivo móvil y quedó sorprendida de que el icono de cobertura de red descendiera de XG y se detuviera en 2G y después desapareciera.

—¡No es posible! ¡¿Se ha caído la red?! —dijo alarmada.      

Para entonces todas las personas en la zona de descanso miraban sus dispositivos, incrédulos. Sordos rumores se levantaban en toda la sala como un enjambre de abejas que es molestado en su colmena. Ana caminó unos pasos hacía donde un chico levantaba el brazo con su dispositivo en la mano, tal y como se hacía en antaño para captar señal.

—¡Eh, hola…! —Veía la contrariedad en sus intentos por obtener señal.

El chico volteó a mirar y por instinto lo hizo al identificador, pero lo hizo de tal manera que Ana se sintió cohibida; hasta sintió que se sonrojó un poco.

—Tienes apagado el identificador —dijo el muchacho—. Te multarán por ello.

—Se enriquecerá la oficina de recaudación: el tuyo también está apagado.

El chico se olvidó del dispositivo y miró con espanto lo que Ana le acababa de decir.

—No te preocupes; todos estamos igual. Por cierto, soy Ana.

—Soy Teo —pronunció su nombre con una rara sensación: hacía tiempo que la costumbre de presentarse había sido olvidada.

—¡Salgamos de aquí! —dijo Ana encaminándose a la puerta principal. El área de descanso se estaba convirtiendo en un bullicio de hormigas desorientadas. Teo la siguió. A donde miraran, cualquier cosa que hacía unos minutos funcionaba con normalidad, ahora estaba muerta, sin alma, sin vida, sin Internet.

«Pero ¿hacia dónde ir?» Era el pensamiento inmediato que le ocupaba la atención. Ahora todo estaba como en un simulacro de evacuación por un desastre natural. Toda la gente en la calle como recién liberada de una prisión: volteando la cabeza para mirar hacia arriba reconociendo lo que siempre había estado ahí, pero que ahora parecía una novedad, hasta el silencio lo era. Solo fueron algunos momentos de estupefacción. Sobre el silencio se levantó una ola de murmullos con tono interrogativo. Todos se preguntaban qué había pasado y por qué el fluir del tiempo se había detenido de manera selectiva. Ana temía que en algún momento estallara el pánico colectivoacompañado de estampidas humanas y desesperadas trifulcas con heridos y hasta muertos; todo por culpa de la ignorancia de las causas que suscitaron el hecho. Su mente analítica no dejaba de buscar la mejor alternativa para salir bien librados del inesperado acontecimiento. Huir era fácil, lo difícil era encontrar un lugar seguro. Aunque Teo se veía desconcertado la seguía a paso rápido. Se movían en un laberinto de autos, a veces volteando a ver la duda en el semblante de los conductores. La asistencia remota estaba muerta al igual que todo en la ciudad. Otros reaccionaban con furia ante los controles de mando.

***

 Habían logrado salir de todo el ajetreo de los complejos corporativos y comerciales. Descansaban y se recuperaban en una banca metálica ubicada en un parque. No se veía ni una persona almorzando o consultando su dispositivo móvil, actividades que en situación normal se realizaban en aquel lugar.

—Es increíble que el mundo pare de girar, por decirlo así, sin internet. ¿A qué grado hemos llegado con la digitalización de todo lo que se hacía antes de que la red global fuera el eje central de nuestras vidas? ¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho? Si nos ponemos a analizar, cualquier acción adquirió el complemento «en línea»: trabajo, ventas, compras, comida, transacciones bancarias y hasta buscar pareja. Todo en la red. Se nos olvidó como vivir desconectados.

Teo la miraba atento y escuchaba sin interrumpir. Ana tenía razón, pero la invasión tecnológica era imparable. Levantaba la cabeza para mirar a lo lejos los altos edificios y no se imaginaba un mundo distinto. Quizá sí, pero en otros tiempos, cuando sus padres millennials fueron los testigos de la automatización y víctimas de la obsolescencia prematura de todo lo que los rodeaba. Aún así, Teo no lograba dimensionar lo que estaba presenciando. Ahora no quitaba la vista de la pantalla de su dispositivo; tenía la esperanza de que volviera a funcionar en cualquier momento. El silencio se hizo entre los dos. Cada uno absorto en pensamientos muy distintos.

Ana resollaba para oxigenarse y pensar con claridad. Dejó que el sudor enfriara su cuerpo después de la corta pero apresurada escapatoria.

—¡No hagan nada! —dijo un tipo larguirucho y mal vestido. El destello de un arma punzocortante sacó de dudas a Teo y Ana: era un marginado, uno de esos que sobrevivía fuera del sistema sin identificador ni dispositivos.

»Quiero sus dispositivos, ¡ahora…!

Ana y Teo se miraron con expresión de duda. Teo le alcanzó el suyo, resignado a perder un gadget inservible. El ladrón miró la pantalla dando dos pasos atrás, pero sin dejar de blandir la hoja del cuchillo. Ana ni siquiera hizo el intento de acercarle su dispositivo.

—¿Para qué los quieres? Digo, no sirven, nadie te los comprará ni te los cambiará por…, lo que necesitas.

El tipo flaco miró otra vez la pantalla del aparato y vio que estaba muerto. Aún así volvió a pedir, ahora con más nervios, el de Ana. Ella se lo entregó y el ladrón se percató de que era verdad: no servían para nada.

—¡Maldita sea…! Pero ¿qué está pasando? —masculló aventando los dispositivos al suelo y guardando su cuchillo entre su hedionda ropa.

—No hay internet. Eso es lo que pasa —dijo Ana con toda la naturalidad posible—. Quizás consigas algo en los complejos, al no haber Internet tampoco hay seguridad.

Teo volteó a ver a Ana preguntándose por qué estaba diciendo eso, aunque el frustrado ladrón captó de inmediato la idea y emprendió la carrera hacia la calle principal de los complejos.

Ana levantó los dispositivos.

—¿Cómo sabes que ya no servirán más? —preguntó Teo, cada vez más desconcertado.

—Recordé algo, pero necesitaba mi gadget para confirmarlo. Guardé un artículo de un blog para leerlo después y ese momento es ahora.

***

«Las partículas no tienen suficiente fuerza para atravesar el planeta, creando con ello un campo de intercambio de elementos subatómicos y debido a la reacción, se crea una especie de neblina atómica que permanece estacionaria, semejante a una nube. Lo inquietante de este fenómeno cósmico es que no se sabe qué tipo de reacciones secundarias adversas pueda provocar al combinarse con las diferentes ondas y frecuencias que se emiten en la Tierra y de qué manera pudiese continuar su curso interminable por la materia negra del universo. Solo lo sabremos cuando nos alcance “la nube”».

Así finalizaba el artículo. No decía mucho, solo eran especulaciones sensacionalistas. Sin embargo, tenía un poco de razón con relación a lo que estaba pasando. A lo lejos se podían ver las primeras señales de los disturbios. Ana había acertado una vez más. Y si su instinto no fallaba, el artículo, a pesar de todo, tenía la lógica suficiente para concluir en verdad. Una verdad amenazadora y espeluznante.

—Teo, el mundo va a cambiar y en un tiempo cortísimo. Mientras los gobiernos e instituciones ponen orden, habrá guerra. Y lo que el mundo necesita es unirse para recomenzar. La primera asignatura pendiente será salvar al planeta de la nube. Doy por hecho que es una prioridad, a pesar de que es una teoría basada en suposiciones. Mientras eso pasa volveremos a las tecnologías rudimentarias: iluminación por fuego, transporte utilizando animales y papel impreso, sí, Teo, papel. Todas nuestras vidas quedaron atrapadas en lenguaje binario que hasta ahora es irrecuperable. Es un viaje en el tiempo hacia atrás; al tiempo en que no dependíamos de una red para vivir nuestras vidas. A una era en que ya conocemos la tecnología, pero no tenemos los recursos para crearla y debemos de encontrar alternativas.

Teo escuchaba el discurso de Ana asintiendo con la cabeza, sin pronunciar palabra. Su corta visión no le permitía ver más allá de la pantalla de su dispositivo. Lo llevaba en la mano, pegado al pecho, con la esperanza de que en cualquier momento se levantara la red y todo volviese a la normalidad.

Ana se había descalzado; le estorbaban los tacones ahora que quizá debiera correr en algún momento. Mientras caminaba, buscaba con la mirada una tienda de ropa para montarse en unas zapatillas deportivas y enfundarse en unos cómodos y necesarios pantalones.

Ella se sentía preparada para lo que venía. Miraba a Teo tan vulnerable que había decidido no acostumbrarse a él; en cualquier momento podía quebrarse, así como el cristal del aparador que estaba a punto de estrellar para entrar a la tienda. Debían llegar a casa de Ana, ese era el primer paso, una vez ahí esperarían para saber que hacer, para elaborar un plan de supervivencia y conseguir alimentos.

—Teo ¿quieres venir conmigo a mi casa? Ahí nos refugiaremos, por el momento.

—Sí, Ana. Tengo miedo.

—Lo sé. ¿Serás capaz de llevar esta caja?  Llevaré una también.

—Son paquetes de hojas de papel, Ana.

—Sí, ¿recuerdas lo que dije hace un rato?

—Que usaremos papel otra vez.

—Estaremos preparados.

Cruzaron el umbral de la tienda y Ana miró los alrededores: sería una larga escapada hasta su casa.

 —Volveremos al papel, Teo, volveremos al papel —dijo Ana y echó a correr.

A lo lejos, en caravana, se podían distinguir los vehículos militares arribando a la ciudad. Como si de una profecía sistemática se tratara, se escucharon los primeros disparos que anunciaban el principio del fin.

El vagabundo y la fotografía


Sentado junto al crucero de la iglesia de los mercedarios, alfombrado por la luz del sol desde los tobillos, las botas, las baldosas y al resto de la plaza del pueblo, un peregrino cansado mira sus flacas pantorrillas envueltas por los rayos solares. El resto del cuerpo está tapado por un gabán oscuro.

A pocos metros de su asiento para un coche moderno híbrido último modelo. Desciende de él una pareja, posiblemente un matrimonio joven de viaje. Tras mirar en varias direcciones, y señalar con la mano algunas calles, se paran en la plaza ante la imponente fachada.

―No sabía que esta joya fuera tan poco conocida, en este lugar apartado ―El hombre está manipulando una cámara de fotos―. ¿De qué lado quieres que saque el pórtico?

―Intenta que salga entero, incluidas las puntas de piedra de arriba, me encantan.

―Perdonen. —Se acerca el peregrino, un vagabundo según entendieron por la impresión que les causó―. Creo que esto es suyo.

Extiende la mano y enseña un tarjeta de memoria dentro de una bolsita, contiene las fotografías que ha realizado la pareja en otras paradas de su viaje.

―Sí, claro que es nuestro, muchas gracias. ―Lo coge de manos del vagabundo—. Se me habrá caído al bajar del coche.

Se guarda la tarjeta en uno de los bolsillos de la cazadora de piel. Después se va hasta donde está la mujer observándolos.

―¿Podría sacarnos una fotografía juntos? ―le comenta no muy alto.

La joven, que ha estado observando al personaje desde una distancia vuelve a mirarle, una sombra cruza sus ojos y arruga los labios.

―No creo que sepa manejar nuestra cámara.

― Seria sólo apretar un botón. Parece una persona sociable.

―Y tiene las manos sucias, así que mejor que no toque la cámara.

―Vale.

Se gira hacía el peregrino que se ha quedado mirándoles apartado.

―Muchas gracias por encontrar la tarjeta con las fotos. Que pase un buen día.

―Igualmente para los dos ―les contesta dando media vuelta.

Vuelve a su lugar dejando a la pareja estudiando la posición de la cámara. Nunca tuvo una cámara de fotos, ni recuerda haber utilizado una. En cambio, ya conoce cada piedra de esa plaza. Una baja distinción en un mundo de tan pocos elementos como el suyo. Acomoda la espalda mientras le chasquean los huesos sobre la piedra del crucero. El médico le dijo que se le doblaría la columna sin remedio si no intentaba otro tipo de vida. Así que desde hace meses pasa la siesta sobre los bancos de piedra para enderezarse poco a poco. Aparece por una calle su compañero, un perro que se diría galgo pero que no es un galgo, se acerca como meditando hacia su amo. Sin muchas ceremonias se tumba a los pies de este, apoyando la cabeza en las botas del vagabundo.

―¿Sabes? Hoy me han deseado que pase un buen día.

El canino levanta la cabeza, mira unos segundos a su barbudo amo, tras parecer que asimila lo dicho vuelve a su antigua posición tumbado.

Nuestro protagonista piensa que la cuestión no era tanto no haber tenido nunca una cámara en sus manos como haber sentido la idea de buscar la relación de escoger un marco de la realidad, un cuadrado etéreo que queda enmarcado en el artefacto que sostienes para quedarte con una realidad. Algo que no forma parte de ti, sino de los lugares por donde pasas, que no se lleva los sentimientos pero si todo lo que hay en una imagen, lo que puede quedarse impregnado a ella o puedes figurarte al mirarla. Hasta ahora no había pensado que con las fotografías vives otra realidad, una distinta que esta dentro de ese marco y no dentro de lo que está sintiendo tu mente. Nunca había tenido una cámara fotográfica en las manos, y hasta ese día no lo había deseado tampoco, pero pensaba en su significado.