Ana anA


Hace días entré, por error y sin ninguna planeación previa, al baño de mujeres de una plaza comercial de mi ciudad. Dentro del baño, choqué con una adolescente uniformada que salía a toda prisa. Ella cayó hacia atrás e intenté levantarla. «¡Degenerado!», me gritó al tiempo que quitaba la mano que le había extendido. Se levantó y huyó de la escena, y fue ahí cuando me di cuenta que era el baño de mujeres en el que estaba. Di un rápido vistazo y me detuve en el espejo del último lavabo. Este tenía escrito, con labial y en cursiva, la palabra «anA», seguida de una leyenda que dictaba: «Llevo cinco años escribiendo mi nombre al revés, como protesta ante la injusticia del orden del mundo».

Ahora era yo quien corría. Me urgía encontrar a esta pequeña Che Guevara adolescente chiapaneca, pero no lo logré. Entonces me di cuenta que había topado con una revolucionaria nata, que ella llevaba consigo una guerrilla de más de cinco años y que posiblemente comenzó en una libreta escolar, quizá con el rótulo de «Historia Universal 1» o «Matemáticas 2» y que su lucha había saltado de la escuela a los baños de las plazas comerciales.

Era una idea magnífica. ¿Quién iba a pensar que anA era en realidad Ana?, ojala yo hubiese sido tan original y tan valiente cuando tenía su edad (aunque nunca es tarde para iniciar una revolución). Había escuchado que el amor a primera vista existe, pero ahora sé que es completamente cierto. Yo me enamoré recientemente de un ideal y, desde mi trinchera y a punta de bolígrafos, también acabaré con la injusticia del orden del mundo.

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Armas legendarias de diferentes mundos


armas legendarias de diferentes mundos

Ilustración de la transfiguración de «La dama tapada».

Iniciaba el año 2004 de la era cristiana, habíamos concluido con la misión «Ángel 02» hace algunos días y luego de ello, sin planificación ni previo aviso, algunos amigos coincidimos en una fogata afuera de mi humilde taller. 

La noche era estrellada y fresca en esa época del año, al menos así es en los valles cerca de una cuidad conocida como «El corazón de Blacks Gaea». Todos estábamos disfrutando de la fogata mientras recordábamos algunas victorias pasadas. Luego, nos quedamos hasta la media noche contando historias de terror.

—¡Ya me aburrí! Hagamos esto más intenso —interrumpió Jacob la conversación cuando Gabriel terminó de contar su historia—. Ya fue con los machetes, los cuchillos y los garfios, les contaré sobre algo más sorprendente, quizás no en este mundo, pero en alguno de sus mundos seguro lo es —dijo, refiriéndose al lugar de proveniencia de cada uno, porque no todos eran de Blacks Gaea.

—¿Y qué puede ser peor que un machete oxidado? —preguntó alguien más.

—Buena pregunta —contestó Jacob muy animado, y enseguida volteó hacia a mí y preguntó—: Herrero, ¿cuál es el arma más grande y terrorífica que has forjado?

—Un brazo de hierro —contesté.

—Bueno, esto se trata de algo más que solo un brazo, se trata de un ser completo: un arma mortal…

Así, con esta macabra introducción, el viejo Jacob, recorredor de mundos, inició su historia:

Resulta que en un pequeño mundo muy, muy lejano, existe un lugar llamado Guayaquil, donde los fines de semana su gente se dedica a beber licor hasta altas horas de la noche.

Allí en cambio, eran apenas los años 1700. Una chica llamada Luciana se escapó de casa para ir a buscar a su novio Carlos. Ella sabía que lo iba a encontrar en alguna de las cantinas del barrio Las Peñas o cerca de allí, y su plan no resultaría mal porque vivía cerca y volvería a casa sin que su vieja madre se diera cuenta, pues ya le había dado de comer, la había bañado, la había acostado y le había bajado el mosquitero.

Casi dos horas después, sin éxito de haber encontrado a su amado, triste y furiosa, decidió regresar a casa antes de que su madre la llamara para pedirle ayuda para ir al baño a media noche como es costumbre. Pero en el camino de regreso, la interceptaron dos sujetos en completo estado etílico, y entre los dos la violaron y dejaron a la joven agonizando por la brutalidad del acto. La Muerte se acercó rápidamente e, indignada, sacó la consciencia del cuerpo ultrajado de la chica.

—¡No es tu hora! —se dirigió la parca a la sorprendida joven—. Ya estoy cansado de que gente muera antes de su hora…

—Por favor —suplicó la joven—, devuélvame, no puedo morir y dejar a mi madre sola…

—Pero hace rato que la dejaste —interrumpió la parca, haciendo sentir culpable a Luciana por haber escapado de casa un par de horas—. Y ya no hay vuelta atrás —continuó furioso, lo cual demostraba oscureciendo todo a su alrededor mientras parecía que su tamaño se volvía más grande—. Ahora ya no cuidarás de tu madre, te condenaré a cuidar a todas las mujeres de este barrio, te daré parte de mi poder para que elimines hombres malos por mí y ya no tendré que recoger almas inocentes… al menos por aquí —ordenó con una voz retumbante mientras desnudaba su huesuda mano y acercaba su falange a la redonda pero respingada nariz de la porteña.

—¿Por qué no lo hace usted mismo? —replicó Luciana con terror e impotencia.

—La condena para mí es diferente y no puedo elegir a quien segar, porque no me es permitido y porque no tengo nada en contra de ustedes, humanos inferiores. En cambio tú, con tu bondad y tu belleza combinadas con tu sed de venganza, podrás eliminar al menos parte de la maldad de este puerto sucio y maloliente —respondió la santa Muerte mientras contaminaba con su podredumbre el rostro de la chica y la convertía en un símil.

—Siempre odié el crimen impune que se llevó a mi hermana mayor —susurró Luciana mientras aceptaba su nuevo destino y recordaba a su hermana que había sido asesinada de la misma forma que ella.

Pasaron días, semanas, meses… Y dieron a Luciana por desaparecida y muerta, pues encontraron sus ropas ensangrentadas, pero nunca su cuerpo. Sus vecinos enterraron una caja vacía y su madre fue llevada al asilo porque no tenía más familia que pudiera hacerse cargo de ella.

Después, un sábado por la noche, Julio y Juan, amigos de Carlos, le insistieron para ir a beber para olvidar sus penas, sobretodo por lo de Luciana. Carlos estaba arrepentido de haberse desaparecido aquel fatídico día, pensó que no pasaría nada si iba a beber una noche con sus amigos, pues sería su primera vez, cumplió dieciocho y debía hacer lo que todo guayaquileño debía hacer al cumplir la mayoría de edad. Pero todo salió mal, ni siquiera para él, sino para Luciana.

—¡Ya, qué chucha! —exclamó Carlos con tristeza y resignación—. Vamos. —Aceptó ahora sí, luego de muchos meses de la tragedia, la invitación de sus amigos.

Tragos fueron y vinieron, pasillos y músicas tristes alentaban a aquellos muchachos que querían convertirse en hombres a seguir bebiendo. Pero, luego en la madrugada, un ebrio y cansado Carlos dejó a sus amigos y se escabulló con lo último de sus neuronas y coordinación para irse a casa a descansar.

Cuando Carlos caminaba con sus torpes pasos por la «Calle de la Orilla», saliendo de las Peñas, se encontró con una hermosísima mujer vestida de negro, con un corset que le ceñía la cintura y volvía más prominente sus caderas y hacía que la abundancia de sus pechos rebosara. La forma de caminar de la mujer le quitó la ebriedad al instante a Carlos, pues le recordó a Luciana. Carlos intentó ver el rostro de esta misteriosa mujer, pero estaba cubierto con un velo también negro, la mujer volteó y con el índice le hizo señal para que la siguiera. Ahora los ojos de Carlos no se decidían entre buscar reconocer el rostro de la mujer o mirar su trasero apretado con el vestido provocador que llevaba. 

Carlos siguió unos pasos a la mujer, impulsado por la curiosidad de ver su rostro, la invitación de ella y la normal atracción por una figura tan afrodisíaca. La brisa hacía sonar el río y al mismo tiempo llevaba el aroma de la misteriosa mujer a la nariz de Carlos. El joven quedó extasiado con el perfume dulce de la mujer, el aroma era suave y fino, como esos perfumes que traían de París y que solo podía oler cuando estaba cerca de las criollas para llevarles los mandados, pero, aparte de eso, podía percibir la esencia del aroma de la mujer mezclado en la dulzura del perfume suave, un aroma atractivo y sexual.

De pronto la tristeza, el añoro y la nostalgia invadieron el corazón de Carlos, cuando recordó que su amada Luciana solo olía a plátano verde, queso y pescado porque ella se dedicaba a hacer tortillas de verde en el día y corviches en la noche para mantenerse ella y su madre. Carlos se volteó e inmediatamente dejó de seguir a aquella hermosa mujer de negro que lo invitaba a meterse a una de las calles totalmente oscuras. Caminando en sentido contrario a ella, Carlos vio como la mujer desaparecía en la oscuridad.

El dia lunes, Carlos fue a trabajar, pero en toda la mañana no vio a Julio ni a Juan. Ya en la tarde, escuchó a un familiar de Juan hablando con su jefe. Se enteró de que Julio había muerto y que Juan contó, con medio rostro paralizado, una historia increíble, de ultratumba. Según lo que los médicos y familiares de Juan entendieron, es que, supuestamente, la madrugada del domingo mientras regresaban a sus casas después de la borrachera, Julio y Juan se encontraron con una mujer vestida de negro, Julio la siguió lanzándole piropos e incrementando las groserías a la señal de invitación de la hermosa dama, Juan un poco más juicioso, le advirtió que no la siguiera, Julio no hizo caso y la continuó siguiendo, y a una cuadra de distancia Juan pudo ver como Julio empezaba a toser y a escupir con desesperación, seguido de eso cuando la “hermosa dama” se dió vuelta, su rostro mostró solo un cráneo con cuencas vacías; Julio cayó al suelo convulsionando y echando espuma por la boca. Mientras esto ocurría, una fuerte ráfaga de aire hacía más dramática la escena de la mujer volteándose y mostrando el rostro de La muerte en lugar de la engañosa belleza que aparentaba; ráfaga de aire, la cual llevó un olor nauseabundo y pestilente hacia Juan. Juan se volvió y trató de echar a correr pero junto con la ráfaga de aire y el hedor, pudo sentir como era empujado por una fuerza extraña; era extraña porque tenía la sensación de haber sido empujado, pero su cuerpo seguía en el mismo lugar, esto último Juan no lo pudo explicar, pero días después fue diagnosticado con parálisis (derrame) cerebral del lado izquierdo; existe la teoría de que por la distancia, el alma de Juan no fue completamente desplazada como la de Julio, de quién quedó un cuerpo vacío y que murió al instante.

El viejo Jacob cuenta entonces que la santa Muerte finalmente se ingenió una forma de dejar un arma de justicia en aquel mundo, en ese lugar llamado Guayaquil. Luciana se habría convertido en la legendaria «Dama tapada». Y también dijo que me daría información para crear armas de ese tipo para Blacks Gaea… en esos tiempos pensé que era broma, ahora todos sabemos que no lo fue.

***

—Aún en tu condena encontraste una forma de ser feliz…

—¿En serio era él quien se resistió? No veo con claridad el mundo de los vivos. ¡No me mienta, señor Mefisto! ¿Ese único hombre que se resistió era Carlos?

—Sí, hija mía, yo no miento. Tu hombre es un hombre bueno y aún te ama y te extraña.

—¡No es justo, señor! No merecemos esto.

—Nada es justo, hija, y nadie merece lo que tiene. Pero descuida, que para eso estamos nosotros.

Don Julio, el dueño del cafetín


Julio Vicente Manrique Trujillo nació en Ipagüima, una pequeña isla escondida en el Caribe. Su madre murió de parto, quedando bajo el cuidado de su tía, Sara, quien se había quedado solterona. El padre de Julio, Don Vicente, quedó sumido en la más profunda tristeza y no veía la hora de reencontrarse con su hermosa María. Todos en la isla estaban preocupados por Vicente. Pasaba horas en la pequeña barra frente al mar cuando estaba borracho, caminaba en la oscuridad hasta caer rendido. Muchas veces lo encontraban tirado a la orilla del camino, adormilado y sin deseos de vivir.

—Vicente, ahora tienes que pensar en tu hijo —le reclamaba su cuñada—, no es momento para que te hundas. Mira lo bonito que está.

El hombre no quería ni mirar a la criatura, lo veía como a su enemigo, pues le había costado la vida de la mujer que más amaba.

—Déjame ahora, Sara —respondía—. ¿No crees que tengo derecho a guardar luto por tu hermana?

 —Por supuesto que tienes derecho, pero no lo tienes de abandonar a tu hijo.

Las conversaciones entre ellos siempre terminaban con las protestas de Sara y el silencio de Vicente. Luego se iba de nuevo a la barra a ahogar sus penas.

Un día pensó que era mejor terminar su suplicio, no sentir nada más, irse con su María. Caminó adentrándose al mar, sintiendo la suave arena debajo de sus pies y la tibieza de las aguas. Un viento recio le azotó la cara; en la oscuridad, un relámpago lo alcanzó y lo dejó inconsciente.

Despertó en los brazos de una muchacha a la que nunca había visto en Ipagüima. Era una mujer frágil, de cabellos muy negros que flotaban con la brisa, y ojos del color del fondo del océano. Vestía un caftán blanco, adornado con hilos plateados, como las estrellas y un collar de caracolas.

—¿Por qué te haces daño? —preguntó con una voz dulcísima.

Vicente no pudo hablar. Un llanto lastimoso le salía del alma, su espíritu se derramaba en presencia de aquella joven desconocida. Ella lo arrulló por un rato, hasta que el lloro amainó. La miró, como se mira a las vírgenes, con respeto, con devoción.

—No puedo vivir sin ella —dijo.

—Claro que puedes… María no se ha ido, ella vive en tu hijo —le respondió.

 —Ese niño la mató.

 —No, ella dio su vida por él. Quiso hacerte un regalo muy costoso, que no has aprendido a apreciar.

El hombre bajó su mirada. Las lágrimas saltaban de sus ojos sin contenerse. «Julio es un regalo», se repetía una y otra vez. De pronto se sintió muy solo. Levantó la cabeza y ya la muchacha no estaba. «Creo que he visto a un ángel», pensó mientras se levantaba trabajosamente. Respiró hondo y un largo suspiro le salió del pecho. Sin darse cuenta, sus pasos lo dirigieron a la casa de Sara.

—Sara —llamó cuando entró en la vivienda —. ¡Sara!

Nadie contestó. La vecina salió al escucharlo llamar y le dijo que Sara había salido para el hospital, pues el niño tenía una fiebre muy alta. Vicente casi enloqueció. No era posible que también perdiera a su hijo. Lo había rechazado tanto que quizá tendría que pagar un precio muy alto por su agravio. Corrió tanto que no se dio cuenta de que lastimaba sus pies desnudos, llegando a su destino ensangrentados.

—¿Dónde está Julio? —preguntó a la cuñada tan pronto la vio en el hospital.

—Están haciéndole unas pruebas… Pero ¿qué haces aquí?

—La vecina me dijo que el niño está enfermo.

—Sí, así es.  Sin razón comenzó a arder en fiebre, como a las diez de la noche.

Vicente se dio cuenta de que a esa hora intentaba quitarse la vida, fue el momento en que el relámpago lo alcanzó. Se arrodilló al frente de su cuñada y lloró angustiado, arrepentido.

La enfermera salió para avisar que podían pasar a ver al niño. No sabían si resistiría la fiebre por más tiempo. Vicente se acercó sigiloso, mientras Sara se mantenía al margen, observando a este hombre diferente. Había rezado tanto para que este padre amara a su hijo. Él miró al interior de la cuna, asustado. Después miró a Sara y a la enfermera, una de ellas le diría que hacer.

—Tómalo en los brazos, Vicente —dijo la cuñada.

Nervioso, se dobló y agarró al niño con el temor de que se le fuera a escurrir entre los dedos. Las lágrimas caían en la hermosa cabecita de su hijo, quien comenzó a mover su pequeño cuerpecito. Vicente sintió que la temperatura bajaba y que una pequeña manita le acariciaba la cara. La enfermera se acercó y tocó a la criatura.

—Creo que ya no tiene fiebre —dijo—. Esto es un milagro, hace unos minutos este niño ardía.

—El verdadero amor todo lo vence —añadió Sara poniendo su mano en el hombro de Vicente.

Julio Vicente salió del hospital en los brazos de su padre, quien no podía comprender como alguien tan pequeño podía darle tanta esperanza. El dolor por la pérdida de María lo fue abandonando, quedando solo el recuerdo de los buenos momentos vividos junto a la mujer que había dado su vida para darle el regalo más grande, su hijo.

Cuando Vicente estuvo libre de la carga de sus recuerdos dolorosos, empezó a ver la belleza de Sara. Era diferente a la de María, que llenaba los ojos y no lo dejaba pensar. La belleza de Sara era sencilla, natural, interna. Poco a poco se dio cuenta de que la necesitaba, que cuando no estaba cerca la extrañaba. La miraba jugar con Julio y ya no veía a María, miraba a la mujer que lo había salvado del abismo.

Sara siempre lo había amado, por eso, cuando quiso casarse con María, enterró sus sentimientos por respeto a su hermana y a él. Nunca sintió envidia de su hermana y, el día que murió, juró hacerse cargo de Julio sin ninguna otra intención. Pensó que Vicente era joven y que, cuando volviera a casarse, ella seguiría ocupándose del niño en honor a su hermana. Nunca pensó que el viudo se fijaría en ella, pues se sentía tan ordinaria al lado de su hermana.

Julio miraba a Sara como su madre, a pesar de que mantenía la memoria de María mostrándole fotografías y hablándole de ella. Para Julio, su verdadera mamá, la que estaba en el cielo, era como un ángel, algo etéreo que no podía abrazar, que no lo consolaba cuando estaba triste, que no curaba sus heridas cuando se caía. Sara era todo para él y ella se contentaba con ese hijo que la vida le había regalado.

Una tarde Vicente llegó a la casa con unas flores que había recogido por el camino y las puso en las manos de Sara. Confundida, buscó un envase y las colocó con agua. Un rayito de ilusión la tocó cuando Vicente la tomó por la cintura y la besó despacio.

—Cásate conmigo —propuso.

—¿Estás seguro?

—¿De que te amo?

—Sí.

—Te amo.

—¿Y María?

—Es un recuerdo hermoso que me llevó hasta a ti y me regaló a Julio.

No fue necesaria la respuesta. Sara rodeó el cuello de Vicente con sus brazos y lo besó con todo el amor que por años había contenido.

La relación fue bienvenida por todos los habitantes de Ipagüima, especialmente por Julio. Pronto se casaron y Vicente montó la cafetería del pueblo en la que todos se reunían y comentaban los asuntos importantes, como el primer embarazo de Sara. Al fallecer el padre, el negocio quedó en manos del hijo, quien sería conocido más tarde como Don Julio, el dueño del cafetín.

El jardín de la soledad


Era una tarde otoñal en el balneario Montmichelle, Suiza. Sus ojos cansados apenas distinguieron la masa borrosa que se dibujaba ante él. El murmullo de unas voces lejanas le despertó de aquella larga ensoñación en la que vivía desde hacía tiempo, demasiado quizá.

La familia Uribe, de origen venezolano, había llegado poco antes del mediodía para hablar con el médico responsable de rehabilitación. María Belén, la pequeña del clan, le acarició un pie. Nadie le había tocado así antes, le recorrió un escalofrío. Por primera vez dejó de sentirse invisible.

—¡Mira, papi! ¡Se le posó una mariposa! ¿Le hará cosquillas? —preguntó la niña emocionada.

—No se da cuenta, amor —le contestó su padre, acariciándole el cabello.

La niña espantó a la mariposa con la mano y salió tras ella correteando por el jardín.

—Siéntense, por favor —indicó el doctor Leboussier con un marcado acento francés.

—Hijo, ve con Belén —dijo el señor Uribe a Iván, su hijo mayor.

—Pero ¿por qué? ¡Quiero saber cómo está Adrián! —protestó el chico.

—Haz lo que te dice tu papá —dijo con dulzura la señora Uribe.

El matrimonio llevaba casado 20 años, se amaban como el primer día. Isabel Uribe tenía una belleza inusual, exótica, que florecía con el paso de los años. Su cabello esculpido en un perfecto moño dejaba entrever una larga y cuidada cabellera castaña oscura. Sus gestos eran elegantes y su lenguaje discreto. Lucía un elegante vestido rojo largo hasta la rodilla y un abrigo negro a juego con las botas de tacón.

Por el bigote, Manuel Uribe aparentaba más edad, pero el brillo azulado de sus ojos le imprimía la vitalidad y la dulzura de una lejana pero muy feliz juventud. Desde aquella tragedia, sin embargo, parecía haber envejecido un par o tres años. En cada una de sus visitas vestía con un elegante traje de domingo, el mismo con el que vio casarse a su hermano menor, Adrián, que yacía desde hacía meses en aquella cama.

—Doctor, ¿cuál es el pronóstico? —preguntó angustiada Isabel.

—Señora Uribe, me temo que en estos momentos es precipitado y poco prudente emitir conclusión alguna —hizo una pausa—. Si bien es cierto que ha habido una evolución en el aspecto físico, la parte cognitiva es la que va más lenta.

—Pero… se recuperará, ¿verdad? —preguntó Manuel tomando la mano de su esposa.

—Doctor, se lo suplico, ¡díganos la verdad! Estamos… —A Isabel se le quebró la voz.

—Estamos preparados para escuchar lo que tenga que decirnos —continuó Manuel, con los ojos anegados—. Sabemos que nunca recuperaremos quién fue antes de la tragedia, pero si hay una remota posibilidad de evolución… —hizo una pausa para tragar saliva —. Haremos lo que sea.

Su cuerpo, rígido y exhausto, albergaba un alma atrapada entre el frío y el cruel recuerdo de una época de eterna primavera. Las palmas de sus agrietadas manos miraban al cielo, suplicando clemencia. Las pocas ocasiones en que la gente le observaba eran por compasión y casi por obligación. No lo soportaba, y agradecía no poder siquiera mover la cabeza, porque en esa postura sus ojos recibían el consuelo de los árboles, las montañas y el libre vuelo de los pájaros.

Durante el verano, el sonido del agua de la fuente que alguna vez bañaba su rostro, lo llevaba lejos de aquel lugar. Soñaba que su cuerpo inerte cobraba vida y corría, corría lejos siguiendo el rastro invisible de alguna mariposa entre las flores e incluso sentir el gozo de la inmortalidad.

—Señor Uribe, su hermano era una persona de fuerte complexión y muy sano debido a su juventud y a su condición atlética, sin embargo, el accidente le provocó unas heridas internas prácticamente irreversibles.

—Doctor, vaya al grano—. El rostro de Manuel se endureció.

—Como les dije, no podemos emitir un diagnóstico definitivo, pero por el momento creemos que, para evitar más daños cerebrales, lo mejor es inducir a su hermano a un coma profundo.

Isabel se tapó los ojos con las manos. Manuel la abrazó, lloraron juntos.

Avanzaba la tarde, las nubes aterciopeladas dieron paso a una ligera llovizna. Cada gota era un elixir de vida, quizá todavía habría esperanza para él en aquel lugar rodeado de tristeza y dolor.

La pequeña María Belén se arrodilló ante él, las primeras lágrimas rodaron por sus mejillas:

—Angelito bello, cuida de mi tío y haz que algún día despierte, por favor.

Isabel se acercó y tomó a su hija de la mano.

—Vamos, hija… Llueve. Tenemos que despedirnos ya de tu tío.

Y allí permaneció, inmóvil, consciente de que era solo una estatua de piedra buscando a Dios en aquel jardín. Y por primera vez, sintió que más allá de aquel ambiente espeso bañado de soledad, rodeado de prisas y voces amargas, él representaba la esperanza y el amor de aquel lugar, bajo aquella lluvia.

 

Viernes, 17:45


Marimar trabajaba en un bufete de abogados como secretaria de lunes a viernes. Entraba a las nueve de la mañana y salía a las seis de la tarde. Le gustaba mucho su trabajo, conocía clientes nuevos todos los días, se interesaba en sus historias y se juraba no cometer los mismos errores que ellos para no tener que exponer su vida en un tribunal. Ella había empezado a trabajar muy joven; apenas tenía dieciséis años. La abogada del bufete le dio la oportunidad en su oficina cuando tomaba un curso comercial en el colegio y como parte del currículo debía hacer la práctica en un negocio real. Así fue como se interesó por esta profesión y continuó en la oficina después de graduarse.

La abogada estaba muy contenta con el trabajo de Marimar. Era eficiente y, como ella misma la había entrenado, podía llevar la oficina sin que ella estuviera. Sus trabajos eran limpios, ordenados, sin faltas ortográficas. Llevaba los índices notariales al dedillo. Era simpática, dulce y los clientes la adoraban. Y, por qué no decirlo, la licenciada la veía como a la hija que nunca tuvo. Usualmente, los viernes al mediodía, cerraban la oficina, se iban a comer y a pasar un rato juntas, como amigas. Marimar conocía todos los secretos de aquel bufete; los de los clientes y los de los abogados. Sabía que no podía divulgar nada de lo que pasaba allí, pero entre ellas había confianza y muchas veces conversaban de los casos. La abogada valoraba las opiniones frescas de su secretaria, pues no estaban contaminadas de los embelecos jurídicos. Era una niña inteligente que, con mucho candor, expresaba sus ideas, las cuales eran muy lógicas a la hora de resolver algún entuerto al que la letrada no le encontraba solución.

Ese viernes las cosas eran diferentes. No es que nunca hubiera pasado, pero no era lo usual. Marimar miró el reloj y ya eran las 17:15 y la abogada no había regresado de una vista en la corte. La última vez que llamó fue al mediodía para disculparse porque no iba a poder llevarla a comer. No había recibido ninguna otra llamada o texto, explicando su tardanza. Al parecer se había complicado algún caso. Marimar salía dentro de cuarenta y cinco minutos, pero decidió irse más temprano. Después de todo era viernes y, de ser cualquier otro, ya se habría ido hacía rato. Comenzó a recoger la oficina, guardó los expedientes en el archivo, cerró el computador y fue al baño a retocarse el maquillaje. «Nunca se sabe a quién te puedes encontrar por el camino», se dijo.

 

Don Arístides tenía noventa y cuatro años, pero era fuerte como un roble, a pesar de su avanzada edad. Todavía vivía solo, salía a la calle, caminaba, se alimentaba bien y miraba a las muchachas. A ese estilo de vida le adjudicaba su longevidad. Ya había visto las noticias. Era un cálido día de verano y él estaba esperando que refrescara un poco para salir a comprarse el helado de chocolate que tanto le gustaba. «De vez en cuando un dulce no le hace daño a nadie», pensó. Miró su reloj, ya eran las 17:15. Salió, cruzó la calle y caminó una cuadra hasta la heladería.

—Don Arístides, ¿cómo está hoy? —preguntó Griselda la despachadora del negocio.

—Pues m’ija, como un tronco. Ya tú sabes, no me duele nada —respondió coqueteándole a la joven.

—Y qué le apetece hoy, ¿lo de siempre?

—Pues sí. Dame un helado de chocolate en un cono, pero con dos bolitas. Le tengo muchas ganas, además hace mucho calor.

—¿Me lo dice? Este verano ha sido tremendo. Enseguida le sirvo.

La joven buscó el cono y le sirvió dos bolas grandotas. Hacía años que Don Arístides frecuentaba su negocio y ya le tenía cariño. El anciano acarició deseoso con los ojos, aquel delicioso postre. Pagó y le agradeció a Griselda por el extra que había puesto en su cono.

 

Marimar volvió a mirar el reloj, ya eran las 17:45. Nadie iba a notar que se iba quince minutos antes. Agarró sus llaves, cerró la puerta y se subió a su coche que dejaba siempre estacionado frente a la oficina, mirando hacia el sur de la avenida. Mientras calentaba el carro, se miró en el espejo de la visera para asegurarse de no tener mucho maquillaje y se puso sus gafas de sol. Miró el móvil para verificar si alguien le había escrito. Ya estaba lista. Decidió dar un viraje en U, para ir por el carril contrario hacia el norte.

 

Don Arístides venía contento, saboreando su helado de chocolate como si fuera un niño. Miró su reloj, eran las 17:45, en quince minutos empezaría su programa de televisión favorito de los viernes. Decidió acelerar el paso al cruzar la avenida.

Marimar no lo vio.

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Fotografía por Myriams-Fotos en Pixabay (CC0).

El vuelo infinito


Ella —no importa aquí su nombre— siempre imaginó tener una vie en rose hasta que una tarde cualquiera, mientras preparaba una fiesta familiar, se le reventó un globo. Fue entonces cuando recordó el suceso de días atrás, otro se le había escapado por la ventana.

En aquella ocasión intentó atraparlo de forma desesperada, pero el globo, empujado por el aire, se elevó azaroso hasta casi alcanzar una hilera de nubes grises y se perdió de vista, al igual que todo lo que había deseado conseguir en la vida. Él también, alguien inalcanzable y demasiado importante, tanto, que ella se sentía demasiado común.

Él tenía casi todo lo que deseaba y mucho más. Sin embargo, ella se consolaba con pintar sus anhelos en una pared o escribirlos sobre la almohada. Él, de cuyo nombre a veces prefería no acordarse, se despertaba ciego por tanta luz artificial y moría cada día un poco, sediento del paisaje y el calor que, todavía sin saberlo, solo ella, auténtica, tierna y veraz, podría ofrecerle.

Ella necesitaba cerrar sus ojos para estar con él, y él en un solo parpadeo se rodeaba de un enjambre de reinas vanidosas y complacientes. Pero él, a veces imaginaba un mundo más pequeño, el mismo donde vivía ella, una galaxia lejana y cercana a la vez, un espacio tejido de estrellas que abrazara a dos mundos.

Una mañana de abril él presentó su última canción, y ella sintió que le hablaba. Sonrió,  dibujando en su mente la idea de que, quizá, él podría mirarse en aquellos ojos o inspirarse en el fino y delicado cuerpo que no tenía ni de lejos el glamur y la perfección al que él seguramente estaría acostumbrado.

Ella, en sus momentos de calma y sosiego escuchaba esa canción, en un ansia de conocerlo un poco más y él, la tarareaba casi a diario para salir de una realidad aparentemente impecable y completa.

Al final del día, ella guardó el globo reventado en un cajón, como quien a pesar del dolor se empecina en atesorar un corazón roto. Y así, mientras ella trataba de llenar esa hueca ilusión, en otro punto del universo, él llegaba a un reconocido teatro donde una multitud lo esperaba para celebrar el lanzamiento de su primer single. Ella se hundió en el sillón y permaneció atenta a la televisión. Se imaginó allí, caminando ufana de su brazo; mientras él, mantenía una sonrisa arcaica y atendía con un desmedido entusiasmo a la prensa para huir de las enloquecidas fans que peleaban por un autógrafo, una mirada o una foto robada.

Ella lloró colgada en la añoranza de un tiempo en que creyó que sería feliz, mientras con el dedo índice acariciaba su nombre escrito en una página húmeda. Y casi al amanecer, se rindió al sueño, agotada de tanto llorarle al corazón a través de las líneas de aquel diario más ideal que íntimo.

Él, casi ahogado en alcohol, deshizo el nudo de su corbata y se sentó en la cama de aquel nuevo hotel en aquella desconocida ciudad. Apuró el último trago del whisky que pidió minutos antes y con su pulgar repasó las imágenes de su teléfono móvil con desgana, como un condenado que lee su sentencia de muerte.

Cuando despertó, ella tenía los ojos hinchados y trató de evitar la luz del nuevo día ocultándose bajo las sábanas. En la habitación de aquel hotel, él se recostó sobre la cama y miró hacia la ventana. Vio un globo, el único que sobrevivió a aquella extravagante fiesta nocturna. Se había enredado entre las plantas del balcón. Sonrió, dejando caer el vaso que sostenía sobre la alfombra. Recordó las fiestas infantiles de la escuela, el olor a comida casera en el jardín de la vivienda familiar, el suave tacto de su madre apartándole un mechón de su cabello y, años después, el primer beso en su dieciséis cumpleaños. Echó de menos aquella vida y al muchacho que fue.

Ella se dirigió al trabajo como un autómata. La música fluía a través de sus sentidos, era el refugio donde descansaba su alma y donde vivía amorosamente libre con él. Decidió cambiar el rumbo habitual y atravesó el parque descalza. Era temprano y el rocío de la mañana se sentía como un bálsamo bajo sus pies. Deseó quedarse ahí todo el día y de noche, buscaría escapar de aquella vida para siempre. Pensó en él, en su guitarra y en aquella última canción, para ella, de él, para los dos.

Finalmente, él se levantó y metió el globo en su habitación. Lo ató a una silla frente al escritorio y se sentó. Entonces, invadido por un gozo secreto cerró los ojos y la vio a ella. Sus labios desearon recorrerla con las mismas ansias con que escribía otra canción:

Someday, somewhere far from this gray, I will be in the blue of the sky. Can you see the color of this big balloon? This is my life, this is my heart talking about you… loving you even though it does not see you… 

(Traducción: Algún día, en algún lugar lejos de este gris, voy a estar en el azul del cielo. ¿Puedes ver el color de este gran globo? Esta es mi vida, este es mi corazón que habla de ti, que te ama aunque no te ve…).

© Nur C. Mallart

 

Polonio II


Segunda de dos partes

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«Smoke Steam», por geralt en Pixabay (CC0).

 

Alguien les dijo que el padre de Ekaitz había muerto, y la madre prefirió arrendar su propiedad en el pueblo para mudarse a la ciudad a la casa de algún pariente lejano, de manera que tendría los servicios de salud al alcance, pues con la pensión de su marido no podía darse el lujo de pagar un taxi cada que tenía que ir a la ciudad a ver al médico.

En la universidad preguntaron por el profesor con el pretexto de hablar con él sobre una de sus tesis, pero debido a su estado de salud, nadie les quiso informar dónde vivía o dónde podían localizarlo. Un poco decepcionadas, pero no rendidas, fueron a buscar a los profesores de Bioquímica para tener alguna razón de quien fuera su alumno. Mientras discutían se percataron de que alguien se aproximaba. Dejaron de hablar por un momento para cerciorarse de que ese hombre se dirigía a ellas.

—Kaixo, ¿ustedes conocían a Ekaitz?

—¿Por qué lo preguntas?

—Las escuché mencionar su nombre. En la facultad lo recordamos con frecuencia. Y, curiosamente, no ha habido muchos estudiantes con ese nombre.

—Si lo admiran tanto, ¿cómo es que no se han organizado para continuar con su labor? Por cierto, ¿quién eres?, ¿nos puedes decir algo del profesor, su mentor?

—¿Por qué estás tan segura de que no nos estamos organizando? El problema con Ekaitz es que prácticamente trabajaba solo, y las cosas realmente importantes sólo las compartía con el profesor, por eso nunca pudimos saber con certeza qué fue lo que ocurrió.

—¿Y no hablaron con el profesor?

—Él tampoco pudo saber lo que había descubierto Ekaitz el día que desapareció.

Maialen y Lucía estaban lejos de ser unas detectives experimentadas. Ni evocando las mejores novelas negras y películas de suspenso pudieron definir el paso siguiente. Fue entonces cuando Maialen trajo a cuento el mensaje de la nota.

—Ustedes son de Bioquímica, ¿qué puede significar eso de que “la bruma no es lo que parece”?

—Acompáñenme, por favor.

Por la actitud de su interlocutor, parecía que habían hecho la pregunta correcta. Siguieron a aquel hombre hasta su despacho. Era una oficina en el centro de investigaciones bioquímicas de la universidad. Cogió una carpeta con varios documentos y fotografías y la entregó a las chicas.

—Quizás nos puedan ayudar con esto. Nosotros hemos intentado descifrar qué es lo que encontró nuestro compañero Ekaitz. No estamos muy seguros de que nuestras conclusiones sean las correctas, pero si ustedes consiguen confirmarlo, no duden en confiárnoslo.

—¿Por qué tendríamos que confiar en ti, en ustedes?

—Porque estos documentos son confidenciales, los encontramos entre las cosas de Ekaitz, el día que despareció. Sus padres sabían que andaba metido en un asunto peligroso, pero nunca hablaban de ello. Esa noche, al darse cuenta de que Ekaitz no llegaba, su madre nos llamó y nos dirigimos directamente al despacho donde solía trabajar. Esto fue lo que pudimos rescatar. Nadie sabe que tenemos este material. Aquí hay información que pertenece al estudio de impacto de la incineradora. Creíamos que iban a eliminar todas las pruebas. Teníamos miedo. Pero no hemos cesado la búsqueda, créanme.

—¿Y por qué confías en nosotras?

—No confío, pero mientras más frentes haya en esta lucha, mucho mejor.

****

Era el octavo cigarrillo de la tarde. Su intuición le decía que la clave estaba allí y el cigarrillo le ayudaba, decía, a concentrarse. Entonces lo vio. ¡El humo, eso era! El humo que emitía la incineradora se dividía en dos columnas, no una como se observaba a simple vista en las fotografías. Eso fue lo que Ekaitz descubrió aquella tarde, antes de decidir adentrarse en las inmediaciones de la incineradora. Había visto tantas veces la fotografía que no había reparado en el detalle. La columna de humo se dispersaba en una bruma blanquecina, aparentemente inocua. Pero, después de observar detenidamente, se distinguía una segunda humareda, justo detrás de la columna principal. Había una ligera variación de color con relación a la columna del primer plano, y ese humo seguramente se dispersaría en una bruma tóxica que se concentraría en los alrededores. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, aquella sensación era lo más parecida al espanto.

Ekaitz sabía que esa no era una bruma cualquiera y esa hipótesis cobró fuerza cuando apagó su décimo cigarrillo. Recordó que recientemente los medios de comunicación revelaron que el humo del tabaco contenía altas cantidades de polonio radiactivo. Si multiplicábamos esas concentraciones y las trasladábamos a las emisiones de la incineradora, el resultado, sobra decir, era fatal.

La bruma radiactiva hacía que las células de la piel aceleraran su deterioro, pero además ralentizaba todas las funciones y, finalmente, si no se recibía asistencia médica al poco tiempo, el sistema nervioso se paralizaría hasta la muerte.

Cuando Ekaitz se dirigía a casa del profesor, tomó la desviación que pasaba por la zona de la incineradora. A lo largo del camino se extendía una densa capa de humo, que a esas horas de la noche se confundía con una espesa niebla. Los oriundos habrían pensado que era normal, pues la niebla había estado presente siempre en aquella zona. Descendió del coche con precaución y se cubrió el rostro con una mano. Sin una linterna era difícil observar claramente a través de la bruma.

Ekaitz se percató de la presencia de alguien y gritó sin obtener respuesta hasta que pudo distinguir en esa silueta la de su profesor. Ekaitz no disimuló su alegría, pero también estaba desconcertado.

—Sube al coche—, indicó el profesor.

Ekaitz obedeció la orden, no sin antes preguntarle qué hacía allí.

—Sabía que lo descubrirías, eres un chico muy listo, Ekaitz. Siempre me ha impresionado cuando el discípulo supera al maestro.

Dijo esto y le inyectó el veneno con un hábil movimiento, impropio de su edad. Después llevó el cuerpo al interior de la incineradora y se marchó sin dejar rastro.

El profesor era la misma persona cuya rúbrica acompañaba un nombre falso en la lista de firmantes en el documento de aprobación de la incineradora, pero también quien días antes había cuestionado públicamente la campaña que difundía el bajo impacto ambiental del proyecto. Jugando en los dos bandos había protegido su reputación, pero también una jugosa pensión como recompensa.