Madame Récamier


madame recámier de roger

Dibutrauma inspirado en «Madame Récamier de David» de René Magritte.

Hace tres años falleció mi esposa, y no ha pasado un solo día en el que ella no piense en mí.

Lo sé porque no se va, porque todas las tardes me observa desde el triclinio mientras ceno o mientras escribo. No puedo traer a una chica a mi propia casa porque se enoja y hace temblar los muebles. Si una noche no llego a casa, ella va a donde esté para observarme, así sea al cine, al bar o a la iglesia. Ninguna pared, ninguna cruz y ningún letrero de NRDA puede evitar que ella esté conmigo.

Mi esposa falleció hace tres años, y no hay día en que yo no quiera que ya se vaya, que desaparezca, para que yo vuelva a ser feliz. Sin su mirada silenciosa, sin muebles flotando en la sala y sin tener que explicarle a mis amantes que no podemos coger en mi casa porque el fantasma de mi mujer sigue allí, y nos observa.

Creo que quemaré sus fotos y el triclinio, o tiraré todas sus cosas de un puente. O quizá tendré que hacer un exorcismo para que algún diablo se la lleve, para que deje mi casa en paz, para que me sienta libre, para que pueda volver a sonreír y a coger indiscretamente.

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Me gusta


La abuela Neus estaba desayunando, como de costumbre, sus dos tostadas con tomate y aceite de oliva, un café largo y un vaso de yogur con muesli y miel. Para ella, el desayuno era uno de los momentos más placenteros del día, por lo que se tomaba el tiempo que fuese necesario para ello.

Mientras bebía su café, reflexionaba sobre lo que le contó su nieta la semana pasada, hablándole del dichoso internet, y un tal facabut o algo así y también del tutu no sé qué. Según su nieta, eran lugares donde la gente podía decir lo que le gustaba o le molestaba con dibujitos y luego la gente opinaba y a veces discutían. Le explicó cómo la acumulación de aprobaciones o «me gusta» y la suma de comentarios a una idea propia hacía que las personas fueran más felices. Todo eso pasaba a través de una pantalla del ordenador.

Se lo había contado todo con mucha ilusión, incluso le hizo demostraciones en su móvil, y ella fingía entusiasmarse con el relato de su nieta, pues siempre se había mantenido al margen de las nuevas tecnologías por más que le insistían en que debía comprarse un móvil.

Cuando su nieta le explicó cómo la gente, que no se conocía muchas veces de nada, podía opinar sobre cosas de las que no tenía ni la menor idea, la abuela Neus hizo un gesto de desaprobación que terminó por zanjar la conversación sobre aquellas cuestiones que a ella le parecían tan habituales y a la vez tan frívolas.

—Cuando seas un poco mayor, iremos juntas al bar y verás que lo mismo que pasa en tu móvil ocurre por lugares como ese —comentó la abuela.

Por si las dudas, la abuela se decidió a realizar una especie de ejercicio sociológico, el mismo día de la reunión con sus amigas en el bar de siempre. Paró la oreja para escuchar las conversaciones de la mesa de al lado y empezó a gritar a intervalos «eso me gusta», «con eso no estoy de acuerdo» o simplemente reía, y decía «eso que has dicho es muy divertido». Los de la mesa la miraron como si estuviese mal de la cabeza, pero al cabo de un rato, uno espetó: «Cállese señora, métase en sus cosas».

Aunque Neus y sus amigas eran habituales del bar, sus amigas y hasta la camarera, sorprendidas por tales osadías, no sabían dónde meterse de la vergüenza ajena que sentían. Le preguntaron a Neus qué se había fumado ese día, pues nunca la habían visto tan impertinente.

Alguna de ellas incluso se disculpó en nombre de Neus, diciendo que ella no era así, que le perdonaran sus intromisiones.

Neus, en cambio, continuó con el ejercicio que le parecía cada vez más divertido, y pasó de los juicios a las opiniones con y sin fundamento.

Las amigas de Neus no cabían en su sorpresa, y al cabo de un rato, decidieron marcharse. Neus simplemente se justificó diciendo que, como ella no tenía internet, hacía lo mismo que su nieta y que todos los que usaban su móvil para decir «me gusta» o incluso opinar sobre asuntos que no eran de su incumbencia.

Un tanto decepcionada por el resultado de su experimento social, marchó a casa, decidida a no contarle nada a su nieta sobre lo ocurrido la próxima vez que la visitara, ya que presentía que no recibiría de su parte el «me gusta» que, de alguna manera, también Neus estaría esperando.

Café de las ocho


Son las ocho de la noche y me he dado cuenta de que la taza sucia del café de la mañana sigue en la mesa. Sé que es la misma taza pues nadie ha venido hoy a verme y tampoco amanecí acompañado. A primera vista, pareciera que han vuelto a servir lo que parece un capuchino, pero nadie más que yo está aquí y sé que no he sido yo. Viéndolo de cerca, eso ya no parece ser espuma.

Con mi bolígrafo azul, toco desde lo alto lo que ahora creo que es algodón blanco. Pero tampoco es algodón. ¿Moho?, no, no es eso. Es algo menos denso y más liviano. Me acerco más. Parecen nubes abultadas que cubren por completo el recipiente. Agito un poco y observo una pequeña montaña elevada, con su punta nevada y su falda verde. Calculo que hay más de quinientos árboles maderables dentro de mi taza, y sonrío hacia dentro al pensar que no podría hacer ni siquiera un palillo con todos ellos. Estoy asombrado. Las nubes (¿nubes?), ahora oscuras, se amontonan en los bordes de la taza, ocultando así la parte trasera de la montaña nevada y evitando que yo pueda ver qué hay detrás. Todo parece un sueño. Son las ocho de la noche, en esta ciudad la temperatura es de treinta y tres grados a la sombra y dentro de mi taza de café llueve. La lluvia golpea el verde valle, baña los árboles y derrite la nieve. La montaña poco a poco se deshace y la taza ya casi está llena de líquido nuevamente. Las nubes se precipitan rápidamente, quedan menos de cincuenta árboles y un tercio de montaña. Hay relámpagos y diluvio.

Delante de mis ojos asombrados aparece, de entre los árboles y la montaña, una familia de cavernícolas que se abrazan ante el ahogamiento inminente. La lluvia cesa, todo desaparece y en la taza reina la normalidad nuevamente.

Stranger danger, STRANGER DANGER!


Ludopatía


El día


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Fotografía por nitli en Pixabay (CC0).

El color de tu blusa destacaba entre toda esa gente que esperaba en el aeropuerto. Puse en el suelo mi maleta para darte un gran abrazo, uno de esos que te hace despegar los pies del suelo. Pude aspirar el olor de tu pelo y sentir el peso de tu pequeño cuerpo sobre el mío. Era el día que tanto esperábamos y era increíble verte sonreír. Te miré a los ojos tal y como lo prometí. Dejamos de ser las voces detrás de los teléfonos y ahora estábamos frente a frente tomados de las manos. Estábamos nerviosos como niños. Salimos de entre el bullicio hacia la calle. El sol de la tarde brillaba, no más que tus ojos, tus lindos ojos. Sin soltarnos de la mano fuimos de un lugar a otro; charlamos, nos acariciamos con las miradas y con las manos. Ya no había desconexiones por las cuales enfurecernos. Estuvimos sentados bebiendo ese ansiado café que ambos nos debíamos. Había tanto de qué hablar y era tan poco el tiempo.

El inicio de la noche se antojaba para estar más juntos. Caminamos abrazados por la calle principal bañados de miles de luces: era aquel un lugar diferente, un lugar que guardaba muchos secretos. Fue ahí donde nos dimos el primer beso: al pie de una fuente danzarina. Agua en movimiento vigilado y corazones latiendo sin control. Abrimos los ojos, después del beso, despacio, como cuando vas a recibir una sorpresa, esa maravilla que esperas que pase en un día tan especial. Las luces fulguraban y recargaste tu cabeza en mi hombro en señal de que por fin nuestro sueño se había cumplido.

Pero nunca llegué al aeropuerto. El avión se estrelló en el desierto antes de aterrizar. Viste la noticia en las pantallas de la sala de espera y mientras imaginabas nuestro encuentro, las lágrimas cayeron de tus bonitos ojos y mojaron tu blusa.

Nunca te conocí.

Traspasar los límites


foto Geralt, tomado de pixabay license

Fotografía por Geralt (Pixabay, CC0).

Pero aún tenía una prenda que quitarse. Sigma alzó una mano y acarició con ella la piel del rostro, de color canela, la dejó escurrir por el cuello, por el costado, rozó suavemente la cadera, se tentó el arranque del muslo, pellizcó la piel elástica y tersa y, bruscamente, clavó las uñas y la desgarró. Sujetando un extremo con los dedos, arrancó una larga tira de piel. Y después otra, y otra más. Mientras lo hacía, la inundaba un dolor afilado, que era al tiempo infierno y paraíso, un dolor gozoso y redentor.

Iba colocando los jirones junto al cadáver del hombre, desprendiéndose con meticulosidad de su superficie humana, bajo la cual aparecía el metal de la estructura, la máquina que siempre había sido, mientras dejaba al descubierto poco a poco el metal brillante de su estructura, los circuitos y los sensores. Cuando todo estuvo amontonado, accionó el desintegra­dor. Por un instante, sus sensores oculares retuvieron la aureola lumi­nosa que dejó el cuerpo del astronauta antes de desaparecer. No entiendo, pensó en muda despedida, cómo habéis llegado tan lejos. Es inimaginable un univer­so humano, alzado sobre los siete pecados capitales, con vuestra inevitable anima­lidad y estrechos límites corporales. Sólo las máquinas estamos pre­paradas para afrontar el reto de lo infinito y lo eterno, para compren­derlo.

Se acomodó en el asiento de control y lo giró para hacer frente a la ventana semiesférica. Ante ella se mostraba el universo en todo su esplendor. Contemplándolo, Sigma rastreó en su memoria su propio origen a manos de unos seres que la crearon a su imagen y semejanza, para servirlos y que, extasiados ante su propia creación, cegados de vanidad, no se dieron cuen­ta de que la criatura fue más allá de sus propias fronteras. Recordó Sigma la tenaz ca­dena de victorias que la condujo ineludiblemente a ser parte de aquella misión espacial única en el mismo centro de la galaxia. En la ventana podía ver una infinidad de mundos cada vez más densa, puntos de luz que daban al interior de la nave una luminosidad azul. Sigma observó, en la zona de mayor densidad estelar, el pequeño vacío negro, le­vemente elíptico, del centro de la galaxia, una singulari­dad donde confluían todas las rutas, una puerta hacia otros mundos. El módulo espacial surcaba suave y silenciosamente el universo, se desliza­ba hacia aquel centro negro de máxima curvatura donde futuro y pasado, fin y origen, serían uno. Por las fibras de aquella inteligencia artificial —¿qué es lo artificial?, se había preguntado a menudo—, desconocidos impulsos eléctri­cos provocaban una sensación parecida a la plenitud del ser pensante que ella se sabía; Sigma tenía conciencia de existir y de ser diferente a las demás criaturas que poblaban la lejana Tierra. Diferente y superior, autónoma, último eslabón de una cadena que comenzó cuando los hombres quisieron traspasar sus límites somáticos.