El día


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Fotografía por nitli en Pixabay (CC0).

El color de tu blusa destacaba entre toda esa gente que esperaba en el aeropuerto. Puse en el suelo mi maleta para darte un gran abrazo, uno de esos que te hace despegar los pies del suelo. Pude aspirar el olor de tu pelo y sentir el peso de tu pequeño cuerpo sobre el mío. Era el día que tanto esperábamos y era increíble verte sonreír. Te miré a los ojos tal y como lo prometí. Dejamos de ser las voces detrás de los teléfonos y ahora estábamos frente a frente tomados de las manos. Estábamos nerviosos como niños. Salimos de entre el bullicio hacia la calle. El sol de la tarde brillaba, no más que tus ojos, tus lindos ojos. Sin soltarnos de la mano fuimos de un lugar a otro; charlamos, nos acariciamos con las miradas y con las manos. Ya no había desconexiones por las cuales enfurecernos. Estuvimos sentados bebiendo ese ansiado café que ambos nos debíamos. Había tanto de qué hablar y era tan poco el tiempo.

El inicio de la noche se antojaba para estar más juntos. Caminamos abrazados por la calle principal bañados de miles de luces: era aquel un lugar diferente, un lugar que guardaba muchos secretos. Fue ahí donde nos dimos el primer beso: al pie de una fuente danzarina. Agua en movimiento vigilado y corazones latiendo sin control. Abrimos los ojos, después del beso, despacio, como cuando vas a recibir una sorpresa, esa maravilla que esperas que pase en un día tan especial. Las luces fulguraban y recargaste tu cabeza en mi hombro en señal de que por fin nuestro sueño se había cumplido.

Pero nunca llegué al aeropuerto. El avión se estrelló en el desierto antes de aterrizar. Viste la noticia en las pantallas de la sala de espera y mientras imaginabas nuestro encuentro, las lágrimas cayeron de tus bonitos ojos y mojaron tu blusa.

Nunca te conocí.

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Traspasar los límites


foto Geralt, tomado de pixabay license

Fotografía por Geralt (Pixabay, CC0).

Pero aún tenía una prenda que quitarse. Sigma alzó una mano y acarició con ella la piel del rostro, de color canela, la dejó escurrir por el cuello, por el costado, rozó suavemente la cadera, se tentó el arranque del muslo, pellizcó la piel elástica y tersa y, bruscamente, clavó las uñas y la desgarró. Sujetando un extremo con los dedos, arrancó una larga tira de piel. Y después otra, y otra más. Mientras lo hacía, la inundaba un dolor afilado, que era al tiempo infierno y paraíso, un dolor gozoso y redentor.

Iba colocando los jirones junto al cadáver del hombre, desprendiéndose con meticulosidad de su superficie humana, bajo la cual aparecía el metal de la estructura, la máquina que siempre había sido, mientras dejaba al descubierto poco a poco el metal brillante de su estructura, los circuitos y los sensores. Cuando todo estuvo amontonado, accionó el desintegra­dor. Por un instante, sus sensores oculares retuvieron la aureola lumi­nosa que dejó el cuerpo del astronauta antes de desaparecer. No entiendo, pensó en muda despedida, cómo habéis llegado tan lejos. Es inimaginable un univer­so humano, alzado sobre los siete pecados capitales, con vuestra inevitable anima­lidad y estrechos límites corporales. Sólo las máquinas estamos pre­paradas para afrontar el reto de lo infinito y lo eterno, para compren­derlo.

Se acomodó en el asiento de control y lo giró para hacer frente a la ventana semiesférica. Ante ella se mostraba el universo en todo su esplendor. Contemplándolo, Sigma rastreó en su memoria su propio origen a manos de unos seres que la crearon a su imagen y semejanza, para servirlos y que, extasiados ante su propia creación, cegados de vanidad, no se dieron cuen­ta de que la criatura fue más allá de sus propias fronteras. Recordó Sigma la tenaz ca­dena de victorias que la condujo ineludiblemente a ser parte de aquella misión espacial única en el mismo centro de la galaxia. En la ventana podía ver una infinidad de mundos cada vez más densa, puntos de luz que daban al interior de la nave una luminosidad azul. Sigma observó, en la zona de mayor densidad estelar, el pequeño vacío negro, le­vemente elíptico, del centro de la galaxia, una singulari­dad donde confluían todas las rutas, una puerta hacia otros mundos. El módulo espacial surcaba suave y silenciosamente el universo, se desliza­ba hacia aquel centro negro de máxima curvatura donde futuro y pasado, fin y origen, serían uno. Por las fibras de aquella inteligencia artificial —¿qué es lo artificial?, se había preguntado a menudo—, desconocidos impulsos eléctri­cos provocaban una sensación parecida a la plenitud del ser pensante que ella se sabía; Sigma tenía conciencia de existir y de ser diferente a las demás criaturas que poblaban la lejana Tierra. Diferente y superior, autónoma, último eslabón de una cadena que comenzó cuando los hombres quisieron traspasar sus límites somáticos.

Arlequín


Es tan bochornoso usar este disfraz de arlequín, pero lo es más haberme vuelto hueste de esta causa traidora y denigrante. La ansiedad me deshilacha los nervios. Era mejor ser orfebre, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Estar aquí dentro esperando es calcinante, a pesar de que ya es el crepúsculo.

     ¿Habrá un pensamiento lapidario que sea un poco halagüeño para mí? ¿Lo merezco a pesar de la detracción? Esta metamorfosis está terminando por amover la poca humanidad que me queda. Al principio creí que era osteomielitis, pero la monstruosidad no solo está en mi cuerpo, sino que alcanza un lugar más profundo: mi alma. Escucho la convocatoria volcánica del jefe. Sé que el gorro de terciopelo me estorbará para cumplir la misión. El ambiente se ha tornado rocambolesco, sin embargo, la consigna es imperante: contagiar con el virus que habita en mí al mayor número de humanos, mordiendo, arañando o escupiendo.

     Aquí voy.


Futbol

Fotografía por Mayca Soto.

 

Cada vez que marcaban un gol, Javier vociferaba en el balcón con la bandera blaugrana:

—Visca el Barça!

En el balcón contiguo, Lucas hacía lo propio con la blanca:

—Hala Madrid!

Cuando se anunció el empate, salieron de nuevo, cantando su himno sin mirarse, a todo pulmón, en un revuelto vocal ininteligible.

Por debajo de sus narices, el hijo de Javier miraba fijamente la figura de Playmobil que Lucas, el hijo de Luis, sujetaba entre sus manos.

—M’ho deixes? —le pidió en catalán.

Y Lucas respondió con un “Sí” en español, palabra común en las dos lenguas.

Yo confieso


Confieso que rompí el jarrón de cerámica que te había regalado tu hermano cuando volvió de Grecia, ese que estaba en la cómoda tan coqueta que había en la esquina del pasillo de la casa de San Fernando, ¿te acuerdas, madre? Sin querer lo hice, corriendo alocado con mis seis años, o quizá fueran siete, detrás de una pelota que no dejaba de botar y rodar, con la vista puesta en ella y en nada más que en ella, como un burro con anteojeras, y la cabeza gacha con la que embestí aquella pata elegante aunque un poco coja, sea dicho en mi descargo, que hizo tambalearse al mueble y bailar al jarrón sobre la superficie de madera bien barnizada antes de caer y hacerse añicos contra el suelo. Fui yo, madre, por más que lo negase entonces, negación absurda que de nada me sirvió, pero que mantuve tozudamente mientras recibía unos cuantos azotes y reprimendas.

Lo confieso ahora porque no está mal hacer, de vez en cuando, examen de conciencia, como nos recomendaba don Mateo, el sacerdote contrahecho del colegio de La Salle, aunque sin tantas formalidades ni ceremonias, y también porque ahora me duele más que entonces, no los azotes que recibí, sino el recuerdo de la tristeza que mostraste mientras recogías los pedazos rotos con tus dedos que empezaban a revelar síntomas de la artrosis que hoy te devora, y los colocabas amorosamente en la concavidad de la falda, allí agachada, moviendo la cabeza porque no, no tenía remedio el desaguisado, y dejando escapar una lagrimita furtiva, tan pequeña y contenida que se secó antes de llegar al mentón. Y aquel recuerdo me ha asaltado con la nitidez de lo tangible y la contundencia de una pedrada, y por eso ahora soy yo quien deja escapar una lágrima pesada y torpe que atraviesa el pómulo y discurre bajo la barba casi gris de mi mejilla antes de volar y caer en el polvo del paseo, dejando en él una marca dentada y cóncava como una chapa.

¿Bailamos?


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Fotografía de Arduan Lumi en Unsplash (CC0).

—Ju doni të kërcimit? —me preguntó, pero no le respondí.
—Shall you dance? —me repitió ante mi cara de interrogante.
—No te entiendo —le respondí—, no hablo inglés, ni lo otro, solo
español y catalán.
—Ele quer dançar com você —me aclaró un chico joven que nos miraba.
—Tampoco entiendo portuguès —volví a responder ya un poco azorada.
—T’està preguntant si vols ballar amb ell, home! —me dijo en catalán la vecina del segundo.
—Ah, ¡claro que sí! Yes, yes —le dije.

Me bastó con sentir su mano en mi cintura. Supe que bailaría con él toda la noche en todas partes.

El toro del lechero


foto Webandi, Pixabay

Fotografía por Webandi (CC0).

Hace mucho, mucho tiempo, en los años del hambre, cuando yo era todavía una niña, recuerdo que los pocos ratos libres que teníamos la Merce y yo los pasábamos jugando y haciendo travesuras. Las dos solas o con otras muchachas del pueblo, nos íbamos a donde un tío de la Merce que tenía las ovejas metidas en un aprisco y nos trepábamos en ellas. Algunas se dejaban montar, pero otras eran más ariscas y saltaban y en un momento nos tiraban al suelo y a nosotras nos hacía tanta gracia que nos quedábamos en el suelo muertas de la risa. A veces, en lugar de subirnos en las ovejas, montábamos las vacas que pastaban en los prados del lechero. Nos subíamos cuando estaban echadas en el suelo, rumiando la comida, y la mayoría de las veces ni se molestaban en levantarse, así que nos sentábamos en ellas como quien se sienta en un tronco caído. Y nos imaginábamos que íbamos subidas en un caballo camino del pueblo, arre, le decíamos, arre caballo, aunque fuera vaca, y las golpeábamos con los talones en los costados, pero nada, allí se estaban, echadas en la tierra, moviendo la boca como si estuvieran pensando en decir algo que nunca decían. En uno de los prados había un toro semental, un animal enorme que apenas alcanzábamos a abarcar con las piernas. Era de color zaíno, y tenía un morrillo enorme y los pitones aserrados. Cuando estaba de pie, tenía la alzada de un hombre, y entre las patas le colgaban los dos grandes huevotes, que cada uno habría de pesar, por lo menos un par de libras. Tenía fama de animal bravo, pero una vez que veníamos la Merce y yo de bañarnos en la ribera lo vimos echado en el suelo, dormitando al sol, y nos dio por subirnos. La Merce estaba menos convencida que yo, pero tú háblale mientras yo lo monto, le dije, y después hacemos al revés, y mi amiga se puso a hablarle acuclillada frente a su cara y yo me encaramé al lomo del toro, que de tan gordo apenas se le notaba el espinazo y tenía el pelo calentito, de haber estado al sol. Yo se lo acariciaba y cuando me encontraba con una bardana enredada se la destrababa y la tiraba. Se estaba tan bien allí subida, con las nalgas calientitas y el sol en la cara, pero una abeja se acercó para picarme y yo la espanté con las manos y grité, un grito muy fuerte, ahhhhhh, y el animal se asustó y se levantó de repente y empezó a correr por el prado, todo tan deprisa que no pude bajarme y no me quedaba otra sino tumbarme sobre el lomo y agarrarme con los brazos y las piernas, fuerte, fuerte, hecha una garrapata, y el animal cada vez corría más rápido y se movía y saltaba hasta que no aguanté más y me dejé caer al suelo. El talegazo que me di fue gordo, pero no tuve tiempo de comprobar los daños porque el toro se revolvió y se vino para mí y tuve que salir del cerco a la carrera. Después, cuando se me pasó el susto, me di cuenta de que me dolía mucho el hombro derecho, mucho, tanto que al llegar a la casa lo tenía hinchado y del doble de su tamaño. Mi padre me echó una regañina y me llevó adonde la Galga, una mujer que lo mismo deshacía un embarazo que quitaba un mal de ojo. Ella me colocó el hueso en su sitio y me vendó muy fuerte el hombro, el brazo y el pecho, y me dijo que me estuviera quieta, quieta por dos semanas, ¿te enteras muchacha? Así que me pusieron un colchón en el portal y allí me pasaba los días, sin hacer nada ni moverme si no era para hacer de cuerpo, porque cualquier movimiento era como si me atravesaran el hombro con un hierro al rojo vivo. Para entretenerme leía las historias de Antoñita la fantástica y algunos días venía verme la Merce y me explicaba lo que estaban dando en la escuela, que eso fue lo peor de aquellos días, el no ir a la escuela. Por lo demás se estaba tan bien allí tumbada, sin hacer las tareas de la casa, sin tener que traer agua de la fuente, ni lavar la ropa, ni fregar los suelos, ni barrer el corral, ni recoger leña ni nada de nada.

Julio Alejandre