Recordando a Jack


Había cientos de folios apilados sobre el escritorio y otros tantos ordenados escrupulosamente en el armario de su habitación. Pasaba el día sentado en esa silla que ya parecía una extensión de su cuerpo, llenando esos folios con esa peculiar caligrafía cada vez menos afinada por la edad. Algunas veces decía que eran traducciones de ciertos textos en inglés que había podido conseguir sobre la marcha. Otras veces, como todo escritor que se precia de serlo, él también escribía con rigurosa disciplina, nunca se supo bien qué.

Aproveché el día en que se fue de casa, en uno de esos arranques de orgullo tan propios suyos, para husmear en sus escritos. En algunas hojas podían leerse ciertas frases traducidas torpemente, que él adaptaba con alguna circunstancia de su día a día. En otras describía sus miedos, dejando entrever que sus delirios y su paranoia eran ya severos.

Seguía ojeando aquellas hojas con frases inconexas y sin sentido. No pude menos que pensar en aquella escena de El Resplandor, donde el protagonista se afana tanto escribiendo, aunque su deseada obra no termina de ver la luz. En pleno ataque psicótico, hay un close up hacia el folio que está en la máquina de escribir, donde se lee de forma reiterada la frase: «tanto trabajar y no jugar hace de Jack un niño aburrido». Se me heló la sangre.

Mi primera visita: Emilio


Un. Dos. Tres. Cuatro. Un. Dos. Tres. Cuatro. Un. Dos…

No. Tengo el pie cambiado. He empezado mal. Tercer paso con el derecho. Tengo entendido que este momento tiene que ser ceremonial.

Los cuervos se agrupan, picotean juntos el suelo, y salen a volar en distintas direcciones. Pero saben más que yo, y se están empezando a poner impacientes. Lanzan los primeros reclamos. Tengo que acelerar el paso. 

Y un, dos, tres, cuatro. Un, dos, tres…

Me detengo. No me ven. Me relajo. Uno de los cuervos se separa del resto y me atraviesa con su mirada mientras cruzo el puente. Me acaba de dar la señal de salida. Ahora me toca a mí, así que avanzo hacia Emilio, que sigue semirrecostado en el parque, agarrado a su cartón como último cordón umbilical con la Tierra. 5:43 horas de la madrugada.

La neblina que se veía desde el otro lado del puente, densa y amenazante, ahora es tan solo aire vaporizado. La llovizna helada empieza a caer, como un limpiaparabrisas de la realidad.

—Ya estoy aquí —le digo a Emilio.

Me acerco a él, que ya no se molesta en fruncir el ceño, porque lleva un buen rato rendido al sueño inconsciente. No ha sido tan difícil como pensaba.

—Hasta esta tarde. —Oigo por detrás de mí, con un gorjeo herrumbroso.

A los muertos no les gusta la Navidad, los vivos odian el Año Nuevo


Intento de fuga


Lo encontré al día siguiente pataleando, con medio cuerpo metido en otra dimensión. Tiré de una de sus piernas y, al no tener nada para sujetarse, cayó de bruces delante de mí. Yo creo que algún diente se habrá roto con semejante golpe.

Había montado tremendo lío, y luego así, sin más, dijo que se marchaba. Siempre he pensado que eso de dejar las cosas sin concluir está muy feo. Solo quienes mueren tienen derecho de dejar las cosas a medias.

En realidad, yo no elijo quién aparece en mis sueños y, hasta este momento, creía que tampoco decidía cuándo debían abandonar el sueño o desaparecer. Lo cierto es que no sabía quién era este personaje, pero su actitud no me gustaba nada nada. De repente se acercó a una y le cortó un mechón de pelo, porque sí. Después se metió en una conversación ajena y comenzó a mofarse a carcajadas de lo que estaban diciendo. Luego, de repente, empezó a lanzar puñados de arena desde una banca del parque a todo el que pasaba por allí.

Yo presenciaba esas escenas y sentía que la gente me miraba como diciendo: «¿En qué momento vas a parar esto?». Si hubiera sabido que era un sueño, lo hubiera echado ipso facto. Así de sencillo.

Pero ahora, este personaje tenía que rendir cuentas, disculparse al menos y aliviar los ánimos en mi sueño, un poco. Todo esto empezaba a ponerse color de hormiga.

Y lo peor es que, mientras no terminara este sueño, no podría dar aviso a mis amistades de que un personaje andaba suelto causando estragos en sueños ajenos.

Así que mi sueño iba a transcurrir intentando meter en cintura al susodicho, aunque convencerlo de que debía resarcir el daño causado no sería tarea fácil, pues, como he comentado antes, no le conocía de nada.

Cuando lo encontré colgando de otra dimensión, y lo devolví de golpe y porrazo aquí, lo único que se me ocurrió decirle antes de despertar fue: «Esto te pasa por querer escapar de mi sueño».

Hamelín


Ocultos del sol y bajo una montaña,
una rata anciana les cuenta a las crías
de la manada que, muchos siglos antes,
cuando el sol era más joven
y la luna reinaba sobre la noche,
en el tiempo en el que las calles eran suyas,
las ratas fueron las primeras ayudantes de Santa.

—Éramos artesanas, ingenieras, filósofas y estadistas. Roíamos madera y pintábamos juguetes con nuestras patas y colas. Usábamos nuestras manitas para envolver regalos y costurábamos sacos de carbón. No había niño alemán que no supiera de nosotras, y no nos temían. Las ratas éramos amigas de los niños buenos y de los malos. Los adultos, buenos y malos, eran enemigos de las ratas.

»En la Navidad de mil doscientos ochenta y tres, llegamos a un pueblo alemán cargadas de juguetes y carbones. Los niños esperaban ansiosos nuestra llegada. Hacía mucho frío, nuestros pequeños suéteres verdes no nos daban el calor suficiente, pero ver a los niños compensaba todo.

»Esa Navidad habría que ir a más poblados y llegamos temprano. Ese fue el error de esa noche. El primer chillido lo escuché en la casa de al lado. Max, la rata más bondadosa del mundo, acababa de ser partida en dos por un leñador. Después, unos metros más lejos, Trix salía corriendo y tropezando de una casa, ensangrentada y sin una pata. Chillaba y chillaba, y a ella se le sumaron muchas más. Algunas ratas intentamos decir a los humanos adultos que éramos sus amigas, que veníamos a dejar carbones y juguetes a sus hijos, que hablaran con ellos, que ellos les dirían, pero no escucharon. Los niños buenos lloraban y los niños malos se reían de nosotras. Los malos nos aventaban piedras, cuchillos y carbones. Los adultos, buenos y malos, nos perseguían y nos asesinaban.

»Santa, quien siempre había vestido con múltiples colores, tiñó de sangre de rata sus ropajes y no le dio importancia. Al contrario, sacó su flauta mágica y, con lágrimas en los ojos, tocó la más hermosa de las melodías que jamás habíamos escuchado, una melodía que nos invitaba a volver con él, para que juntos regresáramos a casa. Esa fatídica noche, perdimos a la mitad de nuestras hermanas y Santa juró venganza.

»Ciento ochenta y cuatro días después, un día de junio de mil doscientos ochenta y cuatro, Santa llegó a Hamelín para llevarse a los niños. Buenos y malos, tontos e inteligentes, gordos y flacos. Todos los niños del pueblo dejaron atrás sus obligaciones y afectos, abandonaron a sus padres y siguieron la melodía que de la flauta mágica de Santa sonaba.

»Días después de lo sucedido en Hamelín, en la puerta principal del taller del Polo Norte, Santa se presentó con sus ciento treinta niños esclavos, que solo comen carbón y nunca juegan los juguetes que arman.

»Desde ese año, Santa premia con juguetes a las ratas buenas y convierte en niños esclavos comecarbón a las ratas malas.

Otro día será


—Entonces —me preguntó—, ¿a dónde va el día cuando se acaba? Si es tan grande para iluminar todo el mundo, ¿cómo hace para desaparecer tan rápido?

No —le respondo—. No desaparece, solo cambia de atuendo. De noche se viste con un manto oscuro, pero al amanecer se engalana con la claridad del cielo, del sol o las nubes.

—¿Significa entonces que siempre es el mismo?

—Pues sí y no.

Me quedé con la respuesta a medias, porque no sabía cómo continuar con mi relato. Era verdad. Un día era un recurso para medir el tiempo, y éramos nosotros, los seres vivos, quienes transitábamos por él, movidos por la rotación del planeta. Muchas veces en mi vida me he detenido a reflexionar en esta misma idea. Así que me quedé meditando el final de la respuesta.

Observé, además, que me miraba con incertidumbre, pues no estaba del todo convencido de mi fugaz explicación.

—¿Y por qué…?

«Agárrate, porque esta pregunta tiene pinta de ser más audaz aún», me dije a mí misma.

—¿… por qué, si el día siempre es el mismo, celebramos los días pasados, como el día de nuestro cumpleaños?

Mis argumentos se derrumbaron con semejante razonamiento.

—Verás. El día es como nosotros. Somos los mismos, pero diferentes. Entonces el día en que naciste, o el día en que nací yo, fueron momentos especiales del día, tan especiales, como cuando tú y yo estamos de buen humor.

Y así, eludiendo mi definición nada científica del día, vencido por el cansancio, me ha dicho que le gustaría quedarse despierto para ver cómo cambiaba de atuendo el día. Me dio un beso de buenas noches y cerró sus ojitos para dormir.

—Sí, otro día será —le dije despacio, mientras salía de puntitas de su habitación.

El ratón que no quería ser caballo


Foto de Giuseppe Martini para Unsplash.

Yo nunca quise ser un caballo, y menos, enganchado a una carroza. Mi vida como ratón me gustaba. Era peligrosa, pero yo estaba acostumbrado a vivir al límite, siempre con la adrenalina fluyendo. Era divertido.

La maldita hada madrina no me dejó elegir, ni a mí ni a nadie. Mira a los pobres lagartos, convertidos en aburridos lacayos, obligados a atender a la pánfila de Cenicienta…

Que sí, que qué lástima de muchacha, que qué vida tan injusta y todo lo que quieras, pero mírala qué pronto se le olvida la conciencia de clase. La sirvienta explotada y maltratada perdiendo el culo por codearse con la aristocracia, y sin el menor remordimiento por recurrir al mismo elitismo que a ella le amargaba la vida.

Yo nunca quise ser un caballo, y menos, domado. Como ratón, disfrutaba de mi libertad, consciente de que cada día podía ser el último, sin nadie que me controlara.

Nunca quise ser la mascota de una humana; al contrario, la vida era excitante esquivando trampas para alcanzar la recompensa de un pedazo de sabroso queso o de deliciosa tarta.

Sin embargo, aquí estoy, con el corazón tan acelerado como siempre, pero atrapado en este cuerpo enorme incapaz de liberarse del hechizo que lo mantiene sumiso, encadenado a una calabaza convertida en una carroza que no podría ser más cursi.

¡Maldita hada madrina!

A la menor ocasión, le roo la varita.