Realidad empañada


 

—¡De verdad! ¡Yo no lo quería hacer! ¡Yo, yo, no no no no que-quería hacerlo! Yo no quería…

»Solo necesitaba que me dejaran en paz. ¡No paraban de decirme lo que tenía que hacer! ¡Estaba harto! ¡Harto!

»Y tuve que hacerlo… Os lo juro que no me quedó otra opción… No quería, no quería quitarlas de en medio. ¡Jamás les hubiera hecho daño como ellas me lo estaban haciendo a mí en vida!, pero tuve que matarlas una por una, una por una.

»Todas fueron mías. Vivían conmigo. No podía. No puedo. Lo siento. Lo siento mucho…

»Yo, yo estaba harto de sus consejos, de sus locuras, de sus idas y venidas. ¡Esas putas!

»La primera de ellas murió tan pronto…, que aún ahora me sorprendo, ¿sabe? Había sido tan mía…, tan querida…, que no sabía que podría deshacerme de ella tan fácilmente. Me hacía sentir que estaba vivo. Con ella a mi lado me sentía el rey del mundo. Era capaz de cualquier cosa, ¡cualquier cosa, joder! Todo era más brillante. Hablaba sin parar. Lloraba y reía sin ningún tipo de vergüenza. Salía a todas partes. Conocía a muchísimas personas. Dejaba que me enamorara de todo, de la vida, sin límites. El límite lo poníamos nosotros.

»Pero un día, ese maldito día…, me costó levantarme de la cama. Me empecé a encontrar mal. No tenía ganas de nada. La noche anterior, es verdad, me había peleado con un tipo por un resultado de un partido que ya no me acuerdo cuál fue.

»Sabía que se estaba alejando de mí. Lo notaba. Era como si me estuvieran arrebatando a un hijo de los brazos. Y apareció su amiga, su puta e inseparable amiga, ¡a joderme más la existencia! Mi amada debió pensar que ella me ayudaría. Y se fue y se convirtió en un recuerdo doloroso de lo que yo había sido. Y me quedé con su amiga.

»Empezó a meterse en mi cama por las noches y en mis pensamientos por el día. Hasta que nos quedamos en la cama una buena temporada. Apenas comía. Apenas me aseaba. No entendía cómo no podía sentir asco. Asco de mí mismo. Me deprimía cada vez más y más. Sus consejos eran de arena. Me tenía atado de pies y manos. No le importaba nada. Solo quería que fuera su esclavo. Y en eso me convertí. En una marioneta.

»La última, la mejor de todas ellas, a la que más quise, a la que adoré, era el término medio que tanto había buscado. Me convertí en una mejor versión de mí mismo. Tranquilo, sereno, las cosas bastante claras. Una persona normal.

»Os juro que lo intenté por todos los medios, no hacerle daño… Pero descubrí que me era infiel. Ese monstruo, que conocía de sobra, que nunca me dejó quererla como se merecía. La maté porque no quería que él la tuviera. Fue la más dolorosa…

—¿Cómo se deshizo de ellas?

—Nooo, no se lo diré hasta que me dé una maldita solución ¡ya!

—Está bien. ¿Qué pasa con él? ¿Por qué le cuesta tanto deshacerse de él si es el responsable de todo lo que le pasa?

—¡¿No se han dado cuenta aún?! ¡¿Cómo tengo que decírselo, maldito zopenco?!

»¡Yo no puedo luchar contra él! ¡Lo he intentado de mil jodidas maneras diferentes! ¡Con amor, con rabia, con desprecio, con desesperación hasta rozar la muerte!

—Pruebe entonces con esto —Deslizando sobre la mesa una caja pequeña de cartón.

—¿Qué es esto…?

—Por ahora, su último recurso para dejar de ser esclavo del miedo. Quetiapina.

—Yo, yo, yo es que no puedo más con estas cosas…

—Pruebe y ya me contará en la próxima sesión. Tranquilo, esto es como el dinero: no da la felicidad, pero ayuda.

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El Uruguayo y sus feligreses


Elvira Martos

Jorgito abre su tasca en el centro de la ciudad.

6 am.

Y empiezan a acudir ante su llamada los feligreses. En fila india y golpetones.

Rezan sus mismos mantras diarios y confiesan penurias y miserias. Se arrodillan por un cigarro (el tercero o cuarto de la mañana) y comulgan emocionados con vinos muy rojos y cervezas muy frías.

El Uruguayo oficia su misa diaria entre legañas, protestas y olor a botafumeiro.

Nadie se santigua ni parece siquiera ver el calendario de la Virgen de la Macarena que preside el altar mayor la barra.

Elvira Martos

 

Artista erigido


Conocí a Gräfenberg el día de mi debut como trompetista en el Café Dublín junto con una compañera más habitual en esta plaza, que hacía el número del trombón.

No podía dejar de mover mis dedos sobre la barra de mármol del bar y dar coces contra la madera que la sostenía. La música iba acorde con mi pánico escénico. Era la primera vez.

Es curioso que conociera a este hombre el mismo día que enseñaba el arte de mi instrumento a un público que no conocía. Se acercó y me invitó a una negra haciéndole un gesto con la cabeza al camarero. Juro que no sé cómo, pero me la bebí de un sorbo. Al contrario de lo que creí, me puse aún más nervioso. El tipo me miraba con ojos de gato. No pronunció ni una sola palabra. Yo tampoco. La situación era absurda. Al fin, abrió la boca para decir que me relajase, que todo iba a salir bien, que mi trabajo duro daría esta noche sus frutos. Ganaría pasta, reconocimiento, todo lo que deseara. Una buena visión, pensé. Desconfiado, pero sin intuir sus intenciones, sentí como su mano se deslizaba por mi pierna hasta llegar a mi paquete.

—Para que te vayas calentando…, —me dijo.

—Pero, ¡¿qué coño haces?! —le solté apartándolo bruscamente.

—No levantes la voz, capullo, soy tu jefe. Esta noche no me puedes dejar mal, ya sabes… Así que, ¿por qué no empiezas a calentar motores?

Cuando acabó la actuación entre vítores y aplausos y con el jefe contento de cojones, rompí a llorar detrás del telón que ocultaba ya mi desnudez.

Vaya putada de vida, pensé. Vaya putada de vida…

¡Me la llevo, carajo!


Pasadas las diez, empezaron a desfilar los invitados de más edad, los tíos, las tías: «que sean felices, muchachos», las parejas con hijos: «ahí nos vemos, aprovechen esta noche», y hasta los padres de los novios: «ay, hija, ay, hijo, qué emoción». Horacio Quesada y Matilde Díaz, la Magdalena, los despedían con mucha compostura y unas sonrisas de felicidad en los labios. Acalorada, pese a la lluvia, y sudorosa por el baile, La Magdalena estaba más hermosa que nunca.

Mientras los más jóvenes seguían con la fiesta, ya bien entrada la noche, entró por la fuerza al local el teniente Aguado, del destacamento militar de Santa Bárbara, bebido, echando fuego por los ojos y escoltado por un puñado de militares vestidos de paisano pero armados. Se plantó en medio del gentío, aún abundante, y disparó al aire.

―Al suelo, hijos de tal por cual.

Muchos obedecieron al momento o se tiraron al sonar el primer disparo. Otros medio se agacharon, como Horacio. Se hizo un silencio repentino, ahondado por el eco de los disparos y envuelto por el tranquilo repiqueteo de la lluvia; un silencio compuesto por el miedo colectivo y por el aire retenido en muchos pulmones.

Entonces el teniente se dirigió hacia el novio y le soltó un vergazo en la cara con el cañón de la pistola. Fue tan inesperado el movimiento que, a pesar de ser Horacio hombre de reflejos rápidos, lo alcanzó de pleno y cayó al suelo en el patio enlodado. Tampoco pudo esquivar las patadas que le lanzó, ya caído, y que lo hicieron dar varias vueltas hasta detenerse en un charco que había formado el agua y donde terminó de estropearse su traje gris perla. Los focos del local los iluminaban como si se tratara del escenario de un teatro: Horacio, encogido como un guiñapo; el teniente, chorreando bajo el regular aguacero, mezclándose con las gotas de lluvia el vaho que exhalaba al hablar.

―Creíste que me ibas a quitar a la vieja, carajo ―jadeaba, alterado por el esfuerzo―, pues me la llevo.

Todas las miradas se volvieron hacia Matilde, que también estaba de pie, junto a una mesa, apoyándose en ella para no caerse, iluminada solo la mitad del rostro, como una luna en cuarto creciente, incapaz de hablar ni de gritar ni de moverse. La rodearon los gorilas, amenazantes, con las armas en ristre, y se la llevaron de allí, seguidos por el teniente en medio del mismo silencio temeroso.

No hubo forma de localizarlos aquella noche. En la casamata que custodiaba la entrada al destacamento militar largaron al novio, que insistía, que rogaba, por hablar con el coronel. Tampoco los policías que velaban la seguridad del pueblo hicieron más que anotar el hecho en un ajado cuaderno para proceder a su investigación.

Dos días después, en un potrero cerca del cerro Tempisque, encontraron a Matilde apersogada en medio del zacate, pálida, con los ojos abiertos y el vestido hecho jirones, pero soberana hasta en tan duro trance. Al teniente Aguado no se lo volvió a ver por Santa Bárbara ni los militares dieron explicaciones de su paradero, lo que a nadie extrañó en aquellos tiempos revueltos.

Julio Alejandre. La otra literatura

Visiones


Esa era solamente la segunda vez que veía a un caballo usando un paraguas. No podía cazarlo, me trascendía. Me trasciende. Empiezo, lo miro. Me mira. Intento capturarlo: primero la pata trasera, sutil, salvaje; nunca una herradura.

Me equivoco, rabio, demasiado perfecta. Borro. Mi lápiz va más rápido que mi mente, que mis ojos. Necesito atraparlo antes de que se vaya, siento que no habrá tercera vez.

La primera me agarró desprevenida, en sueños, desarmada. Pareció enojado, relinchó como diciendo: «Yo acá tan caballo con paraguas y vos ahí tan artista sin un lápiz».

Creo que entendió que para mí había sido imposible. Creo que solo por eso me dio otra oportunidad.

Sigo, intento hacer el hocico, tomo bien sus curvas, alcanzo su textura. Me gusta el resultado. Arriba de la nariz, el paraguas. Grande y negro. Imponente. Hermoso.

El resto me cuesta más, no consigo el color marrón desgastado del vientre, las ideas se me escapan, él me mira. Termino el vientre como puedo y me concentro en el pelaje. Tiene que estar perfecto, es su esencia. No lo consigo, no soy suficiente. Ya me quedó diferente, me voy a tener que matar.

Él me mira, triste, se da cuenta de mi error. Se da cuenta de mi imperfección.

Se va.

Han muerto hombres, han empezado y acabado guerras; yo lo sigo esperando. Solo una chance más.

El sillón de papá


Eso parecía nomás. Un sillón viejo. Un sillón viejo y feo. Eso era lo que pensaba Santiago de él. Eso era lo que pensaría cualquier persona normal de él. Pero no José; ese era su sillón favorito. Sobre él su madre lo había dado a luz, sobre él había besado por primera vez a su difunta esposa, Guillermina, y sobre él había escuchado a Uruguay campeón en el 50’. Ese sillón era su vida.

Santiago admiraba a José con una vehemencia casi ritualista. Esto siempre había sido así, pero la devoción de Santiago por su padre había crecido aún más con la muerte de su madre, Guillermina. En casa nadie hablaba del tema, José nunca la nombraba y Santiago no se animaba a preguntar. De lo que sí se hablaba era del sillón.

— Santiago, no podés comer arriba del sillón; lo llegas a ensuciar y te juro que te mato —le repetía José dos o tres veces por día, aunque Santiago no estuviera comiendo.

El niño detestaba ese mueble más que nada en el mundo. Ese sillón era la competencia por la atención de su padre, era el amor que Santiago necesitaba. No es que José no quisiera a su hijo, pero sus ojos no se perdían y su mente no divagaba como lo hacía con el sillón. Ese sillón era su vida.

Santiago pasaba mucho tiempo solo porque su padre había tomado más horas en el liceo. Salía temprano de la escuela y volvía caminando derechito a casa, se sentaba y hacía los deberes. Bien como le habían enseñado sus maestros para no distraerse, manito con manito, piecito con piecito, y a trabajar. Demoraba cada ejercicio de matemática lo más que podía porque sabía que una vez que terminara estaría solo del todo, por varias horas, con ese maldito sillón mirándolo. Burlándose de él.

Un día no aguantó más. Llegó de la escuela, sin deberes, y se sentó mirando al sillón. Una hora. Dos. Lo analizaba. ¿Qué era lo que tenía el sillón que no tenía él? Y caía la primera lágrima, y la manito buscaba la tijera en la cartuchera. Dos, tres, cuatro, veinte, caían las lágrimas. Cinco, seis, siete, ochenta, llovían las puñaladas sobre el sillón. Atacaba, golpeaba al monstruo con todo lo que tenía con su tijera, con su puño, con sus mocos.

De pronto frenó. El sillón ya no estaba, ahora solamente había una masa de algodón y tela mojada encima de cuatro patas.

Santiago empezó a calmarse, sintió que lo que había hecho estaba bien y que su padre lo entendería, seguro que lo entendería. Él era su hijo.

Cuando José llegó y vio el sillón y a Santiago, no dijo ni una palabra. Miró a su hijo y bajó al sótano. Subió con dos cuerdas, y empezó a atar a Santiago. Manito con manito; piecito con piecito. Ambos permanecían callados. Luego José entró a la cocina y salió con el cuchillo grande, al que Santiago siempre le había dado tanto miedo.

José terminó al cabo de dos horas. Al otro día mandaría a arreglar todo el sillón menos el tapizado. Él ya tenía el tapizado. Manito con manito, piecito con piecito.

Como un pajarito


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Fotografía por Julio Alejandre.

La madre de Marta fue languideciendo poco a poco, como una llama mortecina, hasta apagarse del todo. La memoria empezó a fallarle en pequeñeces cotidianas: olvidaba la lista de la compra, lo que había ido a buscar al ropero o, con el teléfono en la mano, a quién iba a llamar; se le borraban inmediatamente las cosas que acababan de pasar o lo que le habían dicho; después se le olvidaron los nombres, empezando por los simples conocidos, continuando por los allegados y, más adelante, las personas más queridas, Marta incluida. «¿Quién es esta chica?», le preguntaba a su hija Consuelo, que se la había llevado a vivir con ella cuando enviudó, y se encargó de cuidarla a lo largo de la enfermedad; ella y Tomas, su marido.

Marta los visitaba un domingo de cada dos. Iba por la tarde y siempre compraba una bandejita de suizos y ensaimadas en la pastelería de la calle Ibiza, esquina con Máiquez, y se los tomaban acompañados de chocolate clarito. Su madre solía estar sentada en una butaca frente a la televisión, ajena a las conversaciones de los adultos y a los juegos de los nietos. Cuando la imagen fallaba reclamaba la ayuda a su yerno: «Consuelo, a ver si este señor puede arreglar el aparato». Pero también el vacío de su memoria engulló a Consuelo, como se olvidó de vestirse, de caminar e incluso de hablar.

Los veranos los pasaban en Cáceres, la tierra de Tomás, en un pueblo ya metido en la sierra donde tenían, en las afueras, una casona de piedra rodeada por un enorme huerto con alberca, acequias de riego y hasta un sembrado de almendros en la parte trasera. Marta siempre reservaba unos días de sus vacaciones para pasarlos con ellos. Le gustaba la tranquilidad que se respiraba allí, el murmullo del agua al correr por la acequia, que era, cuando no estaban alborotando sus sobrinos, el único sonido que turbaba el silencio. Dentro de la casa no se podía estar sin una chaqueta, ni siquiera a mediodía, y para dormir necesitaba arroparse con un grueso edredón. Su madre pasaba las horas muertas sentada en una mecedora bajo el pequeño pórtico que había a la entrada, recibiendo el sol en los pies y con la mirada perdida. Solo la movían para darle de comer, para llevarla al servicio y para acostarla. Marta observaba con tristeza su figura de pajarito, las manos temblorosas, que se frotaba continuamente, y su pelo completamente blanco.

Se murió uno de aquellos veranos, cuando los días de vacaciones en el pueblo estaban a punto de terminar. Marta no sabe exactamente qué provocó su fallecimiento, en todo caso algo muy leve que su delicada fragilidad no pudo superar. Recuerda, en cambio, que estaba sentada en un banco bajo los almendros, leyendo un ejemplar de Rimas y leyendas, cuando Consuelo fue a buscarla y le dijo, con mucha calma: «Ven a ayudarme que mamá se ha muerto». Entre las dos la metieron en la bañera, para asearla, y después la tumbaron en la cama para vestirla y adecentarla. Recuerda también que su madre se había quedado rígida y que fueron incapaces de conseguir estirarle las piernas, por lo que hubieron de meterla en el ataúd de lado, con las rodillas dobladas. Decidieron enterrarla en aquel pueblo, extraño para su madre, pero ninguna de las hermanas era una romántica y no tuvieron ánimo para afrontar los trámites que implicaba el traslado del cadáver.

En el entierro solo estuvieron presentes ellas dos porque en el pueblo nadie la conocía, Tomás se había quedado en casa con los niños y a los demás parientes no quisieron estropearles las vacaciones. Acompañaron al coche fúnebre hasta el camposanto y se esperaron un rato, en silencio y cogidas de la mano, hasta que el nicho estuvo tapiado.

El cadáver de su madre fue el primero que tocó Marta y el recuerdo de su tacto frío y cerúleo aún le escama la piel.