Definitivamente, sí


Ya pasaban diecisiete minutos de las cuatro, y yo sin ponerme manos a la obra. La noche anterior me había acostado tarde.

Tenía que ser rápida pero, sobre todo, inteligente.

Había estado pensando en cómo deshacerme del cuerpo de Sara, que ya descansaba inerte en el maletero de mi coche. Tuve que romperle las piernas para que cupiese. Vaya ocurrencia.

Verme expuesta por obligación a una situación de tal calibre en la realidad me excitaba. Yo, que me pasaba horas mirando esos programas de crímenes que ponían en la televisión todos los días, tendría que tener material de sobra para llevar a cabo la acción. Estaba claro que me iban a pillar. Lo sabía, pero la idea me gustaba… La sensación de que todo terminaría rápido nacía en mí de una manera extrañamente apasionada.

Sin duda, el error, del que yo no tenía culpa alguna, había sido empezar por el final; la mayoría lo hace así. No resulta original.

Sé que no te gusto y que te recuerdo a tantos otros como yo. Quizás,si practicases un poco más…

Dejé caer la cabeza y sentí un latigazo en las cervicales.

¡A la mierda! A volver a empezar, ¡joder!

¿Está seguro de que quiere abandonar la aplicación?

Es posible que los cambios no se guarden…

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Meditaciones mundialistas


El mundial nos hace olvidar.
Que bien que se mueve Cristiano, que cagado que está Messi, ¿que era lo del F.M.I?
Nos desconcentra.
Como hizo para clasificar Polonia, que asco que es Sampaoli, que lindo ese islandés, ¿guerra con quién? ¿en donde?
Nos enoja.
Pero corré fracasado, ¡corré! México de mierda, me cagó la penca, que traigan el muro.
Sin embargo, también nos une. Nos hace sonreír con el gol de Panamá en un grosero 6 a 1. Hinchar por países por el simple hecho de ser latinoamericanos, tener tema de conversación con el tachero, juntarte con tus amigos y tirar estadísticas haciéndote el que sabés.
Incluso me hace escribir esto, mirando un Japón-Senegal, aburrido hasta los huevos mientras un japonecito intenta una moña y se tropieza.

Medidas para el tiempo


—¡Hey, despierta! Menos mal que no te has aburrido.

Se ruborizó al sentirse observada mientras cabeceaba como una abuela soñolienta. A menudo, un letargo incontrolable la invadía cuando se quedaba quieta por mucho tiempo, como ahora, mientras esperaba al editor. Más de alguna vez se había quedado dormida sin previo aviso, en obras de teatro, conciertos, conferencias que ella misma ofrecía, debido a esos ataques súbitos de cansancio. Era cómico recordarlo, pero resultaba patético cuando alguien la ponía en evidencia, como en este momento.

—¡Te he esperado durante 45 páginas! — se justificó, mientras colocaba el punto de libro en la página del informe que había empezado a releer antes de quedarse dormida.

—Pues me dirás que han sido las 45 páginas más entretenidas de tu vida. ¡Jajajaja!

—Lo que quieres es que no te riña por haber llegado con retraso, como siempre. Recuerda que la semana pasada te esperé durante dos capítulos, y sin dormirme.

—De acuerdo, lo siento mucho. ¿Aceptarías una café para reparar mi falta?

—¡Hecho!

Esta vez hizo una breve mueca intentando sonreír y después extendió a su editor el informe con desgana. En un par de semanas el manuscrito estaría concluido para la revisión final. Era lo que más deseaba, pues así podría huir unos meses a casa de su madre. Hacía exactamente dos manuscritos y medio desde la última vez que la visitó. Y fue precisamente en aquella ocasión, cuando ella supo que lo suyo era algo hereditario. Al llegar a casa de su madre, la encontró con su ópera prima en el regazo, abierta de par en par, mientras dormía profundamente.

—¡Despierta mamá, menos mal que no te has aburrido!

Y su madre se levantó de un salto para abrazarla, como hacía desde que era pequeña, al verse sorprendida durmiendo a deshoras. Exactamente como le ha ocurrido a ella durante los últimos años.

Rompecabezas de azul


Porque podría estar haciendo algo diferente desde hace un buen rato, sin embargo, no despegaba la vista del suelo, ahí estaba lo que acababa de hacer. Y no era solo el hecho de ausentarse y contemplar: quería de verdad solucionar el problema que tenía ante sí. Iban y venían recuerdos a su cabeza igual que posibles soluciones, pero solo podía permanecer inmóvil ante el desorden de piezas de azul a sus pies. Aunque su mente se desviaba del tema principal, algo le jalaba, como un control remoto que corrige la trayectoria errática de un dron. «¿Por dónde debía empezar?», se preguntaba. Era fácil hacer trampa y deshacerse de algunas piezas, pero ella quería conservar hasta la última. «¿Qué color resulta de mezclar el rojo y el azul?», murmuró mientras se veía las manos… Y otro rato de parálisis. Por fin decidió, casi cuando el sol se anunciaba en el cielo gris. Recordó un gran baúl abandonado en el estudio. Bien podría guardar todas las piezas ahí. Lo arrastró hasta la habitación a pesar de sus extremidades enteleridas y doloridas por el esfuerzo que había hecho antes. Por fin, fue acomodando una a una cada pieza y con ella un número igual de recuerdos. Sabía que nunca volvería a armar aquel rompecabezas. Por un momento pensó si de verdad era tan egoísta como le habían dicho antes. Encogió los hombros, bajó la tapa del baúl y dijo para sí: «Si no es para mí, no será para nadie». Soltó un largo suspiro. Pensaría que hacer con el baúl mientras tomaba un baño de tina para quitarse lo rojo de encima, no le gustaba. Era más bonito el azul.

Azul


Azul. Todo es azul. Mis ojos se van para atrás, fugaces, esquivos. Siento la victoria, el éxtasis puro reservado casi exclusivamente a reyes e idiotas.
El fluido me posee y me lleva a ese lugar donde solo estoy yo, y estando así de solo, no puedo sentirme más acompañado. Azul, todo-sigue-azul.
De pronto salgo, lo miro a él. Él ríe. ¿Y, cómo te estás sintiendo, pibe? Y yo quiero decirle, quiero decirle que el ser está ahí, escondido entre esos pastitos, al alcance de cualquiera. Pero le digo bien. Bien de bien. Porque decirle otra cosa no tendría sentido, porque el lenguaje es nada más que un manotazo de ahogado, un intento inútil de comprensión.
Andá al kiosco, que falta Sprite, le digo.

Amado, el chaval que vino de ninguna parte


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imagen: Julio Alejandre

Por aquel entonces vivía en el barrio de Manoteras, en Madrid. Habíamos formado una pandilla grande y revoltosa y nos pasábamos en la calle todo el tiempo que podíamos, jugando, corriendo y yendo de acá para allá como gatos de arrabal.

De vez en cuando se sumaban a la pandilla chavales de fuera del barrio: venían de repente, generalmente traídos por alguno de nosotros, se integraban durante una temporada y al cabo de un tiempo se largaban. Con algunos simpatizábamos más y con otros menos, pero siempre los acogíamos. Como a Amado, un tipo inquietante que vino de ninguna parte.

Amado llegó al barrio una mañana de primavera, quizá en Semana Santa, porque recuerdo que eran días de vacaciones. Lo descubrimos rondando por el descampado y se lo presentamos a los demás, que estaban organizando los equipos para un torneo de minifútbol. Era mayor que nosotros y se veía que andaba errante, huyendo de algo, quizá de sus padres, quizá de la policía o de otros colegas peores que él. Vestía con un estilo muy macarra: botas camperas, pantalones de campana, camisa con cuello de pico y cazadora de cuero, todo ello muy ajado. Llevaba el pelo largo y sucio y en la cara tenía constelaciones de espinillas que se reventaba cuando estaba aburrido.

En el bolsillo de la cazadora guardaba una enorme navaja de siete seguros, de esas que hacen varias veces rac cuando se abren. Nos la enseñó a los que quisimos verla y nos hizo demostraciones de cómo se abría, de lo cortante que era su filo, que sajaba las hojas sólo con la fuerza de su peso, y de cómo debía manejarse al atacar a otro o al defenderse, dejando claro qué clase de tío chungo teníamos enfrente. Un detalle que nos llamó la atención a todos fue que andaba permanentemente empalmado, como si llevara otra navaja guardada en la bragueta del pantalón, que, además, como era tan ajustado, no le permitía disimularlo, ni tampoco a él parecía importarle.

No nos dijo de dónde era ni qué hacía por allí, ni nadie se lo preguntó. Nos veía jugar los partidillos sin interesarse por ellos, sentado con los que esperaban turno, charlando con una mesura inesperada de alguien con su apariencia, sin exaltarse, sin amenazar, contando mil aventuras imposibles en un pretérito indefinido que no arrojaba mayor luz sobre él. A mediodía nos preguntó si le podíamos conseguir algo de comida y cada cual le trajo lo que pudo: un trozo de tortilla, unas lonchas de mortadela, un plátano. Al atardecer refrescó y fuimos tirando para nuestras casas, cansados al final de la jornada, hasta que el último se despidió de Amado. Y a la mañana siguiente, el primero en bajar a comprar el pan o a traer el periódico, lo halló sentado en un banco de la calle, con la ropa un poco más sucia y percudida, que debió pasar la noche en el parque o en algún soportal, en todo caso a la intemperie.

La dudosamente edificante compañía de Amado duró tres días, cuatro a lo sumo, hasta que una mañana ya no estaba. Y eso fue todo: jamás volvió por el barrio ni supimos nada de él. Surgió de la niebla y se perdió en ella, sin dejar otro rastro que un trazo desdibujado en la memoria.

¡Ah, Amado! ¡Qué recuerdos de juventud, tan lejanos! Lejanísimos. El chaval de la navaja de siete seguros que simplemente nos pidió comida. Por muy peligroso que fuera –y posiblemente lo era– tuvo la decencia de no hacer ningún mal a quienes nos portamos bien con él.

La otra literatura

Cuestión de óptica


Él corre. Conociendo su crimen, corre. Lo vemos como si fuera una hormiga colorada, gracias a su gorro rojo, distintivo hermosamente idiota si una piensa rapiñar a una señora matándola de un culetazo.
En fin, lo vemos. Vemos como corre y sale a una calle chica. Lo vemos dudar. ¿Izquierda o derecha? ¿Realmente importa? Él no tiene ni idea, pero nosotros sabemos que sí. Vemos que por la izquierda, en menos de veinte segundos, llegarán los policías. También vemos que si él elige la derecha y sube por el tejado de esa casa azul, logrará escapar.
Lo vemos tomando la izquierda, chocando directamente con los policías. Lo vemos arrodillarse y tirar su arma.
Por último vemos al policía enfrente de él. Lo vemos desenfundar su arma y apuntar. Este es el momento en el que decidimos dejar de ver. Este es el momento donde no quieren que veamos.