Recovecos oscuros


«Recovecos oscuros» (collage y pintura), serie «Azules y Rojos, pasado continuo».
«Su marido se encontraba desaparecido desde el inicio de la guerra. Y de eso ya había pasado más de un año.
Un buen día empezamos a notarle el embarazo. Y mientras iba creciendo su tripa, se incrementaban a su vez los rumores malévolos, los insultos en voz queda y las miradas de reprobación y lascivia.           
Fue la comidilla del pueblo esos años en lo que no había nada que llevarse a la boca.
  Tiempo después, y solo al acabar la guerra, descubrimos que muchos de aquellos maridos, hijos, mujeres, vecinos o primos que dábamos por huidos o desaparecidos, realmente habían estado durante todo ese tiempo, escondidos en habitaciones dobles tapiadas con armarios o estanterías y en cobertizos o zulos en medio de la nada.          
Algunos salían en mitad de la noche para estar junto a los suyos; otros habían permanecido años encerrados en antros y agujeros a los que no llegaba luz alguna.           
El marido de la mujer embarazada había sobrevivido dentro de un pozo gracias a que su esposa le llevaba comida y cargaba al hijo de ambos rodeada de murmuraciones e insultos. Mientras ella callaba».

El vagabundo y la fotografía


Sentado junto al crucero de la iglesia de los mercedarios, alfombrado por la luz del sol desde los tobillos, las botas, las baldosas y al resto de la plaza del pueblo, un peregrino cansado mira sus flacas pantorrillas envueltas por los rayos solares. El resto del cuerpo está tapado por un gabán oscuro.

A pocos metros de su asiento para un coche moderno híbrido último modelo. Desciende de él una pareja, posiblemente un matrimonio joven de viaje. Tras mirar en varias direcciones, y señalar con la mano algunas calles, se paran en la plaza ante la imponente fachada.

―No sabía que esta joya fuera tan poco conocida, en este lugar apartado ―El hombre está manipulando una cámara de fotos―. ¿De qué lado quieres que saque el pórtico?

―Intenta que salga entero, incluidas las puntas de piedra de arriba, me encantan.

―Perdonen. —Se acerca el peregrino, un vagabundo según entendieron por la impresión que les causó―. Creo que esto es suyo.

Extiende la mano y enseña un tarjeta de memoria dentro de una bolsita, contiene las fotografías que ha realizado la pareja en otras paradas de su viaje.

―Sí, claro que es nuestro, muchas gracias. ―Lo coge de manos del vagabundo—. Se me habrá caído al bajar del coche.

Se guarda la tarjeta en uno de los bolsillos de la cazadora de piel. Después se va hasta donde está la mujer observándolos.

―¿Podría sacarnos una fotografía juntos? ―le comenta no muy alto.

La joven, que ha estado observando al personaje desde una distancia vuelve a mirarle, una sombra cruza sus ojos y arruga los labios.

―No creo que sepa manejar nuestra cámara.

― Seria sólo apretar un botón. Parece una persona sociable.

―Y tiene las manos sucias, así que mejor que no toque la cámara.

―Vale.

Se gira hacía el peregrino que se ha quedado mirándoles apartado.

―Muchas gracias por encontrar la tarjeta con las fotos. Que pase un buen día.

―Igualmente para los dos ―les contesta dando media vuelta.

Vuelve a su lugar dejando a la pareja estudiando la posición de la cámara. Nunca tuvo una cámara de fotos, ni recuerda haber utilizado una. En cambio, ya conoce cada piedra de esa plaza. Una baja distinción en un mundo de tan pocos elementos como el suyo. Acomoda la espalda mientras le chasquean los huesos sobre la piedra del crucero. El médico le dijo que se le doblaría la columna sin remedio si no intentaba otro tipo de vida. Así que desde hace meses pasa la siesta sobre los bancos de piedra para enderezarse poco a poco. Aparece por una calle su compañero, un perro que se diría galgo pero que no es un galgo, se acerca como meditando hacia su amo. Sin muchas ceremonias se tumba a los pies de este, apoyando la cabeza en las botas del vagabundo.

―¿Sabes? Hoy me han deseado que pase un buen día.

El canino levanta la cabeza, mira unos segundos a su barbudo amo, tras parecer que asimila lo dicho vuelve a su antigua posición tumbado.

Nuestro protagonista piensa que la cuestión no era tanto no haber tenido nunca una cámara en sus manos como haber sentido la idea de buscar la relación de escoger un marco de la realidad, un cuadrado etéreo que queda enmarcado en el artefacto que sostienes para quedarte con una realidad. Algo que no forma parte de ti, sino de los lugares por donde pasas, que no se lleva los sentimientos pero si todo lo que hay en una imagen, lo que puede quedarse impregnado a ella o puedes figurarte al mirarla. Hasta ahora no había pensado que con las fotografías vives otra realidad, una distinta que esta dentro de ese marco y no dentro de lo que está sintiendo tu mente. Nunca había tenido una cámara fotográfica en las manos, y hasta ese día no lo había deseado tampoco, pero pensaba en su significado.

Diplomacia interestelar


Albert Antony/ Unsplash Photo Community

Mientras contemplaba cómo llevaban al cadalso al último candidato para redimir a la especie humana, el alienígena se regodeaba mirando la expresión de terror en su rostro. En el sitio de donde él provenía no había tales emociones. Tampoco comprendía del todo, por qué aquel humanoide se retorcía y gritaba tanto. En el último planeta que había visitado, sus habitantes peleaban entre sí para ser los primeros en inmolarse. ¡No cabe duda que algunas especies son muy raras!

A los muertos no les gusta la Navidad, los vivos odian el Año Nuevo


La luna es un glovo que se me escapó


Elvira Martos

Cataclismo


Luego de entretenerse con las horas las guardó en su cajón de juguetes. El dios niño no era consciente de sus poderes.

Brisa


Estaba cruzando la avenida cuando casi me pisa un auto. Fue un poco culpa mía y un poco de él, yo venía distraído y él venía pelotudo.
Por suerte no me pisó y lo único que sentí fue el ruido y una brisa en la nuca.
Lo que no entiendo es por qué, cuatro meses después, todavía me siento muerto.