Hombre al agua


Fotografía: Playa Sector Piñones, Municipio de Loíza, Puerto Rico. Tomada por Mel Gómez 14/octubre/2022
Imagen: Playa Sector Piñones, Municipio de Loíza, Puerto Rico. Tomada por Mel Gómez 14/octubre/2022

Vengo de un país rodeado de agua por todas partes. Sí, de una isla. Todos mis recuerdos están asociados con algún cuerpo de agua: el mar, el río, el lago, la quebrada, la cascada. Mis diversiones también: la bañera con patitos, la piscina en el patio, o el agua de la manguera con la que mi madre nos mojaba en días intensos de calor. Tan pronto ella abría el grifo todos los niños de la calle corríamos a brincar en el charco que se hacía frente a nuestra casa. Aquel líquido fresco que nos aliviaba, siempre iba acompañado de la frase «¡¡¡Hombre al agua!!!», enseguida el chapuzón y después el chapoteo. Los gritos se escuchaban por el vecindario y todos salían a reírse por nuestra algarabía. Terminábamos muertos de hambre y los hombres enseguida preparaban la barbacoa y parecía que estábamos de cumpleaños. ¡Qué felices eran esos días!

Me llamo Juan Adolfo García Colón, todos me dicen «Juancho». Tengo diecisiete años y todavía no me gradúo de la escuela superior. Mi familia espera con ansias que anuncie a cuál universidad pienso ir el año próximo, pues no tengo otra opción, según ellos. «Estudias o estudias para que te hagas un hombre de bien», me repiten. Sueñan con que me vaya a alguna institución de prestigio en los Estados Unidos y cuando me opongo por la distancia dicen: «O tú cruzas el charco o nosotros lo hacemos, así de sencillo». El bendito charco es nada más y nada menos que el Océano Atlántico, sencillito… Claro.

Hoy quisiera morir. Después de una vida tan nefasta, sé que no me entenderán por lo corta que parece ser, no quisiera salir de ella sin la preciosa compañía del agua. Y ustedes se preguntarán el porqué de este súbito deseo. A pesar de los sabios consejos de mis padres me junté con personas que no me convenían. Y no fue porque necesitara dinero, mis padres todo me lo daban, hasta un carrito que me llevaba a dónde quisiera. No sé qué estupidez cruzó por mi cabeza que me metí en semejante problema. Ahora les debo miles de dólares, que no podría pagar ni trabajando cien años, a unos rufianes que andan buscándome porque no pagué la mercancía que me confiaron. Nada más de pensar lo que me harán, prefiero morir plácidamente bañado por las aguas mansas en cualquier punto de mi tierra, pero como soy un cobarde, no me atrevo.

Aunque pienso que mi familia estará más tranquila si reúno el valor. Dirán que fue un accidente y no estarán años torturándose sobre cómo fueron mis últimos momentos: si me secuestraron, si me torturaron, cuántas heridas punzantes tengo, o si me cosieron a balazos.

«Ring, ring, ring». Número no identificado. No contestaré. Seguro que son ellos y es mejor que ni sepan dónde estoy. Sé que no me podré esconder eternamente. Todos conocen la casa de la playa. ¡Dios, estoy tan nervioso! Apenas puedo agarrar un vaso, el contenido cae al suelo irremediablemente. Tengo nauseas, la verdad, ganas de vomitar, y estoy seguro que en breve hasta diarreas me darán. ¿No es mejor morir a esta pesadumbre? Si solo tuviera los huevos para acabar con esto.

¡Ay, no! Espero que a mi hermana no se le ocurra usar mi carro. Puede ser que la confundan conmigo y mi terrible suerte la tendrá ella. ¿Qué digo?

—¡Marisela!

—Oye, ¿dónde andas?

—Salí.

—Estúpido, eso ya lo sé. Es que andan buscándote unos señores muy raros. ¿En qué andas metido? Cuéntame. No diré nada.

—No ando en nada. Tú siempre con tus cosas. Deja de estar mirando series de mafiosos. Solo te llamé para decirte que no uses mi carro porque tiene un problema con los frenos. ¿Ok?

—Juancho, estás muy raro hace días. Sabes que cuentas conmigo.

—Lo sé. Debo colgar.

—Pero no me has dicho… Colgó —dijo para sí.

Ya, lo que me temía, me andan buscando. No pasará mucho tiempo antes de que me encuentren. Todos saben de la casa de la playa. Tengo que salir de aquí. Supongo que estoy en uno de los primeros sitios a dónde me vendrán a buscar. Iré al centro de la isla, a la montaña, por los caminos vecinales, cerca de los ríos las cuevas. Nadie me conoce por allí.

«Ring, ring, ring». El mismo número. Las piernas me tiemblan. Aquí hay un arroyo. Voy a detenerme un momento para tomar un poco de agua, a ver si me tranquilizo un poco. Qué bueno que mamá siempre tiene un vaso en el carro. ¡Ah! Deliciosa. Voy a extrañar a mamá. Mucho.

Lo malo de vivir en una isla es que no tienes a donde ir. Vas de un lado al otro y siempre encuentras agua. A menos que tengas un bote o un avión privado, que no es mi caso, no tienes a donde ir. Das vueltas y vueltas como un ratón en su rueda y no llegas a ninguna parte. Solo hay agua.

«Ring, ring, ring». Mejor tiro el celular por la carretera. Así no lo escucharé más. Hoy es el día. Ya no puedo esperar más. Si fueron a mi casa, están muy cerca de encontrarme. ¿Se atreverán a hablar con mi papá? Pobre, se moriría de vergüenza si sabe que ando en malos pasos. Tanto que me lo dijo. ¡Qué tarde se me ha hecho para aprender!

—Juancho…

—¡Pocho!

Volteo a ver. No puede ser. ¿Cómo me han encontrado?

—¿Creías que no te encontraríamos? Se te olvida que tu celular tiene una aplicación de GPS. Lo tengo intervenido hace tiempo, por si acaso. Tú sabes… seguridad del negocio.

Traté de correr, para un lado, me interceptó uno de sus hombres. Para el otro, no tuve escapatoria. El terror empezó a calar mis huesos.

»¿Dónde está mi dinero? —pregunta el jefe.

Acabemos con esto, me propongo.

—No lo tengo. ¡Ugh!

Sí que me ha dolido ese puñetazo en el estómago.

—¿No lo tienes? ¿Y la mercancía?

—Tampoco, Pocho. Me la robaron.

—¿Cómo que te la robaron? ¿Quién te la robó?

—No me di cuenta.

—¿No? Entonces darás un paseo con nosotros. Ya verás como te regresa la memoria.

Los hombres se miran sin hablar, aun así, se entienden muy bien. Supongo que no necesitan palabras, conocen muy bien sus horribles pensamientos. ¡No! Este camino se parece al de mi casa. ¡Van hacia mi casa!

—¡Les diré! Les diré quién me robó la mercancía, pero por favor, no vayan a mi casa.

—¿Ves cómo te volvió la memoria, niño? ¿Quién la tiene?

—Mi exnovia. Discutimos y se la llevó.

—Ajá… ¿Cómo que se la llevó?

—La echó en un bulto que traía y no me di cuenta hasta que la busqué para regresártela, Pocho.

Ya se me nota la desesperación en la voz, se me están saliendo las lágrimas. Tengo sed, quiero mucha agua. Tiemblo de pies a cabeza. Me estoy cagando de miedo.

—¿Y no la fuiste a buscar?

—Sí, pero ya no la tenía.

—¿No? ¿Y qué hizo la putita con ella?

—La vendió… ¡Ugh!

No me peguen en la cara. Mis padres no van a reconocerme. ¿Por qué no les hice caso?

—Bien, ¿dónde vive?

—No, Pocho. No le hagas daño.

—Sabes que la voy a encontrar. Economízame el trabajo —dijo socarrón.

Como andan las cosas mejor que pase el trabajo. De esta no salgo. Mamita, perdóname el mal rato…

—No diré nada. Acaba con esto.

—No tan fácil, niño.

De nuevo mira a los otros y ríen a la vez. Me tapan la cabeza con un saco negro. Seguimos en la carretera como por treinta minutos. Siento que vamos por una carretera de piedras y el auto se detiene al ratito. Me toman del brazo y me sacan del carro empujándome. Abren una puerta, lo sé por el chirrido de los goznes. Vuelven a empujarme para que entre. Me amarran las manos a la espalda.

—Juancho, ¿dónde vive tu exnovia?

No contesto y metieron mi cabeza en un barril lleno de agua. ¡¡¡Hombre al agua!!! Me mantuvieron sumergido hasta que no podía respirar. Ya no me parecía tan buena experiencia la presencia del agua. Me sacaron, tosí, vomité y me hice en mis pantalones. Repitieron la pregunta. ¡¡¡Hombre al agua!!! Y al agua una y otra vez. Una y otra vez, hasta que me desmayé.

Cuando volví en mí me encontré caminando en la carretera rumbo a mi casa. ¿Habré dicho dónde vive mi exnovia? Noté la quebrada que estaba al lado del camino y decidí darme un chapuzón en esas aguas puras y cristalinas. ¡¡¡Hombre al agua!!!

—Hola, Juancho.

—Hola, mamá. ¿Qué haces aquí?

—Todos vinimos a disfrutar el agua contigo. Siempre nos ha gustado tanto…

Los abracé contento. Hacía mucho que no sacábamos tiempo para bañarnos juntos en la quebrada. Siempre tan ocupados.

—Los hombres que te buscaban fueron a la casa otra vez —respondió Marisela.  

El paradero


Ilustración por Carlos Quijano

No es un camino vecinal ni tampoco una moderna autopista; en los 80 le llamaban carretera federal, pero con la llegada de la voraz urbanización ahora lleva por nombre bulevar. Junto con la civilización —como muchos llamaron en su momento al abandono de la vida pueblerina— llegaron también un montón de problemas sociales y demográficos. La geografía de lo que iba a ser un lugar de retiro y descanso de pronto se vio muy similar en cuanto a apariencia y contexto a las favelas brasileñas: las colinas se plagaron de casas a medio construir, ofreciendo al visitante una estampa ilustrativa del concepto del tercer mundo.

Una de las consecuencias que tuvo el gran terremoto de 1985 fue la migración. Este fenómeno ocasionó que muchos defeños —antes ese era su gentilicio, hoy como cambió de nombre la entidad federativa, no se ponen de acuerdo con uno nuevo— dejaron atrás las ruinas que habitaban antes del temblor y, por su cercanía, abarrotaron esta ciudad.

Después de unos años, en los que los oriundos se acostumbraban a la chilangada en fuga, también llegaron aquellos que perdieron la esperanza y que nunca encontraron la tierra prometida en suelos guerrerenses. Salvo unos cuantos que lograron triunfar en el puerto de Acapulco, los demás vivían en la miseria. Ellos trajeron consigo su pobreza extrema, sobrepoblación, pereza y raras costumbres, como la de comer pozole todos los jueves.

La población se amalgamó entre chilangos, guayabos y cochos arcelianos y ya nada volvió a ser igual en este estado.

Hoy, con más edad, mucha más de la que tenía cuando llegué, me tomo mi tiempo, bajo al bulevar y compro una nieve, una botella de agua, un café, o hasta un invento llamado «Dorilocos», según la temporada o la ocasión. Me acomodo en una barda de piedra y cemento que se construyó en no sé qué año para poner tres escalones y poder subir al siguiente nivel de la acera. La barda está justo debajo de una techumbre que cubre una pequeña explanada donde cada sábado, domingo o día festivo, se instala un puesto ambulante que ofrece tacos de barbacoa de chivo. Esta techumbre sirve para refugiarse del sol o de la lluvia porque justo en ese punto está una parada de autobuses. A un costado, en la calle perpendicular al bulevar, hay una fila de taxis esperando turno para ser abordados. El sitio, le llaman. También, debajo de ese techo de lámina galvanizada hay una tienda en donde despachan a sus clientes la mercancía a través de una reja; es decir, no se puede entrar. En lo personal detesto esos lugares con ese sistema de ventas, pero todo se debe al alto nivel de delincuencia en los alrededores. Es que esa esquina en particular es un punto de encuentro. Transeúntes, clientes de la tienda, pasajeros que suben y bajan del autobús y otros que prefieren alquilar un taxi a caminar el último tramo para llegar a su destino.

Mientras degusto un café —fue en noviembre, recuerdo, ya había bajas temperaturas— observo con discreción todo lo que acontece en el paradero: puedo ver la ansiedad en los ojos de uno de los choferes de taxi; lleva más de cuarenta minutos esperando ser contratado para un viaje. Miro a una señora de rostro cansado que apenas puede bajar el último peldaño del estribo del autobús. Camina balanceándose por causa del sobrepeso y los estragos que eso ha hecho en sus articulaciones. Dialoga con el taxista, llegan a un acuerdo en la tarifa después de unos minutos de tradicional regateo. La señora sonríe porque obtiene un buen precio por el servicio y se dispone a abordar el vehículo por la puerta trasera. El chofer tiene gesto resignado porque quizá no fue el mejor pago que pudo obtener, pero al menos se movería del lugar después de casi una hora de espera.

Una chiquilla con uniforme escolar se levanta de la banca metálica que el ayuntamiento dispuso en cada paradero de su jurisdicción. Se echa la mochila al hombro, acomoda la falda doblándola en la pretina para que el largo quede unos centímetros arriba de su rodilla y aborda el autobús que se acaba de detener. Coquetea con el chofer, —que es mucho mayor que ella— quien con una sonrisa benevolente le hace una seña para que pase y ocupe el asiento reservado para adultos mayores, mujeres en gestación o personas con capacidades diferentes. La estudiante, gracias su jovial sonrisa, se ahorra el pasaje, pero eso no la exime de ir charlando con el operador, quien arranca la unidad con aire de suficiencia sintiéndose un perfecto galán otoñal que cuenta con un amor en cada paradero.

Hay más personas esperando otras líneas de autobús. Algunas se pasean de un lado a otro echando vistazos al bulevar esperando ver su camión acercarse, otras se entretienen con el celular sin darse cuenta de lo que pasa a su alrededor, otras más aprovechan ese tiempo muerto para repasar su lista de ilusiones y se pierden en sus propias fantasías.

Muy pocos saben que la cinta negra que está amarrada en la estructura metálica del paradero es una especie de bandera que indica que ahí se distribuyen drogas. El encargado de hacerlo llega cada día, amarra la cinta y se para junto a la pared de la tienda que hace esquina con la calle perpendicular al bulevar. Es un sitio estratégico porque desde ahí puede ver con anticipación la llegada de la policía ya sea por el bulevar, o por las calles de la colonia.

El narcomenudista es un tipo de unos cuarenta años; quizá tenga menos, pero ese vicio acaba con la gente. Es flaco, con bigotes de morsa, usa siempre un gorro de estambre, no importando el clima. Por lo que he podido observar tiene bastante bien aleccionados a sus compradores —jóvenes, en su mayoría— porque el pago y la entrega se hacen sin cruzar una palabra. El distribuidor ubica a su cliente, a la distancia, con una seña, le indica que lo espere; saca una pequeña bolsa del tipo que tiene un cierre de presión hermético de una desgastada cangurera, la esconde con la destreza de un prestidigitador y vuelve a hacer otra señal para que el cliente se acerque. El muchacho, quien no debe de tener más de veinte años, entrega el dinero, el traficante lo recibe con la mano derecha, le echa un vistazo rápido antes de guardarlo en un compartimento de la cangurera y con la mano izquierda entrega la bolsita. Esto sucede en cosa de segundos. Se concreta la transacción y el vendedor vuelve a lo que estaba haciendo: cuidarse de la policía y mirar con babeante lascivia a toda mujer que pase frente a él.

A un costado de los escalones de la acera, junto a una ventana de la tienda que funge como exhibidor de botellas de alcohol, hay una delgada banqueta que todas las veces sirve de asiento para una chica de aspecto sucio, cabello enmarañado, ropa raída, tez marchita y una delgadez extrema. Es una adicta que consume lo que vende el bigotes de morsa. Esta vez está acurrucada, entredormida, hecha ovillo; abraza sus piernas, dormita un poco o tal vez está bajo el efecto de la droga. No es necesario acercarse mucho a ella para percibir por encima de su mal olor corporal, el destilado de pegamento que emana no solo de la transpiración de su escuálido cuerpo, sino de su aliento, incluso. Entre su inexistente pecho y sus rodillas abraza un juguete. Parece uno de esos coches que se arman con bloques parecidos a las piezas de Lego. Se me ocurre pensar que es para su hijo. Lo abraza de tal manera como se abrazaría un tesoro. El niño se sentirá feliz al ver llegar a su mamá con aquel juguete, ella sonreirá satisfecha por brindarle un momento de alegría al niño, quien no tiene un padre porque ella fue una víctima de violación multitudinaria a manos de otros adictos. Ella no supo que estaba embarazada hasta que la gestación estaba tan avanzada que, la vida de ambos peligraba si se optaba por un aborto. Se quedó con el bebé por presión del sacerdote de la iglesia a la que asistía. Ahora sale todos los días a conseguir dinero prestado, alquilándose para hacer quehaceres domésticos, barriendo calles o recibiendo dinero a cambio de sexo oral.  De alguna manera tiene que llevar comida a su casa para alimentar a su hijo. Es su lucha diaria, además del vicio de las drogas.

Quizá se me ocurrió esta historia, quizá alguien me la contó en un momento de sobriedad.

La vida es mucho más amarga que un café cargado y a veces hay que dar tragos grandes.

De repente el bigotes de morsa ha desaparecido, en su lugar se quedó una chiquilla que vende empanadas dulces y saladas. Miro en todas direcciones y a lo lejos distingo las inconfundibles luces en colores azul y rojo alternándose en arrebatados giros en la torreta de una patrulla de policía. Un oficial asoma su rechoncha cara: bigote recortado, cabello casi a rape, lentes oscuros imitación barata de Ray Ban. Escudriña el paradero en busca de algo o alguien. La patrulla se detiene y el regordete policía fija su atención en la niña de las empanadas. Ella, con nervios templados, ofrece su mercancía: «Empanadas de arroz, de manzana, de mole con pollo, de jamón con queso. ¿De qué va a llevar, patrón?», remata su cantinela. El policía la llama y ella se acerca. Con rapidez despacha dos de jamón con queso, una de mole y otra de arroz. Los policías buscaban comida, no a un narcomenudista.

La patrulla se aleja y el traficante sale de su escondite y continúa con su venta.

La niña atraviesa el bulevar para ir a ofrecer las empanadas a la salida de una farmacia de medicamentos muy parecidos a los de patente. «Lo mismo pero diferente» reza su eslogan.

El sol comienza a despedirse con esos rayos de amarillenta melancolía. Las colinas los obstruyen y provocan una oscuridad prematura. Pronto las luminarias artificiales se encenderán una a una rindiendo juramento contra la oscuridad y despertando de su sueño diurno.

La acera de frente a donde estoy sentado comienza a llenarse de mesas armables de plástico y blancas sillas monobloque. En la entrada del local hay un hombre que está comenzando con un ritual: está encajando tiras de carne marinada en un condimento prehispánico. Con la habilidad que solo da la práctica, el hombre va poniendo una capa tras otra sobre la varilla metálica y va formando una figura similar a un trompo en llamativo color naranja. Cuando termina de acomodar las carnes, con precaución enciende el fuego vertical que irá cocinando la carne poco a poco hasta alcanzar el punto exacto de cocción, usando a modo de espada, un cuchillo con el que irá rebanado con certeros cortes, la parte rostizada que caerá en una pequeña tortilla. Ahí se coronará con cebolla, cilantro y un pequeño trozo de piña que el diestro espadachín corta en lo alto del trompo y como si se tratase de un acto circense, caerá con toda precisión dentro del taco.

Este ritual culmina con los rostros de satisfacción de los comensales que después de presenciar los malabarismos de la preparación están ansiosos por probar el rico manjar llamado «taco de pastor».

A contraluz sobre el bulevar se ve la oscura silueta de un puente peatonal, que por alguna extraña razón nadie utiliza, a pesar de que no hace mucho tiempo hubo una muerte trágica, del tipo que es difícil de aceptar que haya ocurrido. Cuando ocurre algo así se genera un desajuste en las cuadrículas del tiempo ocasionando que el balance de la ecuación tiempo-espacio prescinda del determinante. En otras palabras, el evento acaecido permanece en un ciclo infinito donde el espacio no tiene principio ni fin. El evento se repite tantas veces como dure la eternidad.

Cuenta la gente que el alma de la persona fallecida ronda el lugar desde entonces. De repente se le puede ver subiendo o bajando las escaleras del puente.

La noche se extiende plena de oscuridad. El tránsito disminuye. Solo se ven siluetas a contraluz que arrastran los pies y su andar es pesado, su postura gacha, como si quisieran proteger su rostro de la oscuridad.

Noto que mi café está casi frío y no sé si sea por el ambiente o por la temperatura de mi mano que sostiene el envase. Doy un último trago al vaso antes de levantarme e irme. Trato de estirarme para poner en marcha la circulación, pero me siento ligero como vapor de agua. Camino unos pasos y me dispongo a dejar el paradero.

Algo extraño sucede: ¡me quedo atónito! Acabo de ver a un hombre idéntico a mí, con la misma vestimenta y se me eriza la piel cuando me doy cuenta de que lleva un vaso de café con la misma marca que yo acabo de beber. Esto no es más que una broma macabra.

Me mira y sufre un ataque de pánico. Echa a correr sin poner atención al tránsito que circula sobre el bulevar. Se escucha el estruendo de una urgida bocina de un tráiler, la velocidad le impide frenar y embiste de lleno.

El cuerpo vuela por el impacto y cae a unos tres metros de distancia. La gente en el paradero se alarma y se preguntan «¿Qué pasó?» Alguien grita «¡Llamen al 911!» En lugar de pedir ayuda se acercan al lugar en donde está el cuerpo para tomar fotos y videos con el celular. Me acerco con más morbo que curiosidad. Intentan darle los primeros auxilios. A la distancia se escucha como un grito escalofriante el sonido de la sirena de una ambulancia. En un abrir y cerrar de ojos los paramédicos ya están arrodillados junto al atropellado, pero es demasiado tarde. Lo declaran muerto, por lo que uno de ellos busca en los bolsillos alguna identificación, cuando la encuentra se levanta y pregunta: «¿Alguien conoce a…»? Y dice un nombre que es el mío.

En ese momento entiendo todo. Me siento ligero, como si flotara, etéreo, volátil…, muerto.

Es mi alma, atrapada en un bucle, la que contempla el momento de mi muerte.

Me transformo en un gas y todo empieza de nuevo.

Lo que yo quiero


Quiero reír. 
Quiero que la gente ría. 
Quiero que no haya casas sin gente ni gente sin casa. 
Quiero que desaparezcan la envidia, la ambición y la codicia; qué palabras tan feas. 
Quiero vivir en el Valle de Pineta. 
Quiero vivir. 
Quiero que la gente viva. 
Quiero que los poderosos se vuelvan débiles. 
Quiero que nadie se crea mejor que nadie. 
Quiero que la gente quiera compartir. 
Quiero amar. 
Quiero que la gente ame; a otra gente, a su gato, a su pueblo o a la tortilla de patatas. 
Quiero que las armas se transformen en pan. 
Quiero que los fascistas se transformen en gusanos (lo que sería mejorar en cuanto a forma de vida). 
Quiero que todos seamos feministas. 
Quiero que se acabe el cuento del «crecimiento sostenible»; la única salida es el decrecimiento. 
Quiero que desaparezca el dinero. 
Quiero bailar. 
Quiero abrazar y que me abracen. 
Quiero que las lágrimas sean de alegría. 
Quiero escuchar. 
Quiero que los explotadores tengan que sobrevivir con el salario mínimo. 
Quiero que salga de su zona de confort quien quiera, y quien no, que se quede en ella. 
Quiero ser empático con quien merezca que lo sea. 
Quiero que no haya que ganarse el pan con el sudor de la frente. 
Quiero vivir del cuento. 
Quiero escribir tan bien como Miguel Delibes, John Steinbeck y Ursula K. Le Guin. 
Quiero leer La princesa prometida otras cinco veces. 
Quiero aburrirme por puro gusto. 
Quiero pasar más tiempo con mis amigos. 
Quiero filosofar sobre la vida tomando cervezas. 
Quiero a mi hijo, a mis padres y a mi hermano. 
Quiero cantar Bohemian Rhapsody en Wembley. 
Quiero viajar a Islandia y a Groenlandia. 
Quiero tocar la guitarra tan bien como en mis sueños. 
Quiero seguir siendo joven. 
Quiero sentir mariposas en el estómago, porque, aunque sea un lugar común, cada aleteo es único. 
Quiero que ninguna cosa valga más que la vida. 
Quiero que la gente tenga ilusión. 
Quiero vestir de verde y tener esperanza. 
Quiero conservar el pelo. 
Quiero que el glaciar de Monte Perdido no desaparezca. 
Quiero ver lobos en libertad y que nadie quiera matarlos. 
Como cantan M Clan, «quédate a dormir, es todo lo que quiero en esta vida insana». 
Quiero que quieras querer. 

En un susurro


La gente de carbón se deslizaba sobre las paredes cuando no había sol. Se transportaban entre dimensiones en silencio, en un susurro. Iban y venían acarreando almas confundidas de gente que acababa de morir. Ese era su trabajo principal.

Acechaban, se movían adheridas a las paredes con extremada lentitud, expectantes, delineando complejos grafitis.

Nadie sabía con exactitud su origen; decían que fueron sirvientes de un dios que ya había muerto. Otros contaban una historia plagada de demonios menores y pactos eternos. Otra versión se centraba en un origen extraterrestre y otros que no recordaban muchas cosas pasadas, afirmaban que habían nacido cuando se apagó el Internet. Todas las versiones coincidían en que eran creaturas de la noche.

El nombre de gente de carbón también tenía un origen incierto. Al desconocer la naturaleza y origen de esos seres, las personas que sobrevivieron al colapso comenzaron a llamarlos así porque simulaban siluetas dibujadas en las paredes con carboncillo en sutiles matices en donde aún quedaban de pie casas y edificios. Tal vez, antes del apagón, tuviesen otro nombre, nadie lo sabía.

Uno de los hombres más viejos del lugar platicaba con suntuosa parsimonia, cómo estas creaturas se mueven en lo oscuro: «Lo hacen así porque no tienen sombra», diría con dramatismo y proseguía por encima del barullo de los oyentes.

—Huelen la muerte. Ese olor dulzón que se desprende cuando el alma está dejando el cuerpo. Es el único olor que pueden percibir y entonces se mueven muy rápido, llegan hasta donde está el moribundo y con avidez esperan para capturar el alma y llevársela a otra dimensión.

El anciano asentía con lentitud mientras cerraba los ojos y la concurrencia se hacía mil preguntas.

—¿A dónde llevan las almas? —dijo una voz que venía de atrás del gentío que se reunía para escuchar al anciano.

El viejo intentó enfocar con sus cansados ojos a la pequeña que se atrevió a preguntar.

—Nadie lo sabe. Solo capturan almas y desaparecen en un susurro. No se llevan más, ni siquiera los diamantes que están regados cerca de quien va a morir. Nunca nadie ha podido probar si conducen a las almas a la luz o las dejan caer en un pozo oscuro en donde flotan una eternidad.

La pequeña, entristecida, agachó su cabecita. Jugueteaba con una pelota saltarina y llevaba puesto un suéter verde rabioso que no era de su talla.

El anciano continuó:

—La gente de carbón se alimenta con la luz artificial; cuando están cerca, lámparas y focos bajan de intensidad en su luminancia, es porque se están alimentando.

El anciano hizo una pausa y trató de nuevo de enfocar a la pequeña, ella ya se había marchado, solo distinguió un montoncito de diamantes en el suelo que más se tardó en pensarlo que lo que la gente en pelear por recogerlos. Cuando terminó el alboroto por los diamantes que lloró la pequeña, un hombre larguirucho preguntó:

—¿Alguien ha visto a la gente de carbón?

—Nada más son capaces de verlos aquellos que están a punto de morir.

Se elevó un coordinado «¡Ah!» por encima de la audiencia.

 Una pareja de jóvenes que escuchaban al anciano con especial atención conversaba en voz baja.

—¿Ya ves, Lolo? Te lo dije antes: Pipi preguntó que quiénes eran todas esas personas que se movían de un lado a otro en la habitación y en dos minutos dejó de existir —comentó por lo bajo Zuzu a su incrédulo amigo que seguía atento la narración del viejo.

—El mundo no volvió a ser lo mismo cuando se fue al carajo el Internet. Lo que en su tiempo fue pecado se volvió el privilegio de unos pocos, la consciencia se extravió y se desecharon nuevas costumbres; las apariencias ahora son un vergonzoso secreto y las recompensas del pasado hoy solo son una tremenda carga para quien las posea. Los descubrimientos de antaño hundieron en la oscuridad al hombre y en respuesta a este nuevo desorden ¡la oscuridad parió a la gente de carbón!

De la manera más teatral posible, el anciano daba por terminado su acto: abriendo los brazos e inclinándose a modo de reverencia hacia una pared.

Las personas del lugar se dispersaron: algunos, volvieron a sus casas; otros, a sus trabajos, no obstante, al siguiente día se juntarían una vez más a escuchar el relato del veterano.

Lolo y Zuzu caminaban pensativos. De vez en cuando echaban una mirada furtiva y morbosa a las paredes por donde pasaban.

—¿Por qué quieres ver a la gente de carbón? No ves que dijo Pepe —refiriéndose al carcamal— que nada más los moribundos pueden —dijo Zuzu.

—No puedo esperar a morir, debo verlos. Me pica la curiosidad.

—Deja de pensar en eso porque cuando de verdad te toque verlos, ya no vivirás para contarlo —sentenció Zuzu.

Él sonrió y se cubrió la cabeza con ambas manos. La pareja echó a correr para protegerse de la lluvia ácida. Cuando paró, Zuzu miró cómo Lolo tocaba con la palma de la mano una pared.

—¡Deja de hacer eso! No es bueno —regañó Ella.

El muchacho encogió los hombros y obedeció.

Después de la lluvia ácida las calles lucían más sucias y espumosas. La pareja buscaba pisar algunas baldosas que aún no se desintegraban en aquella despostillada avenida. Parecía que jugaban a la rayuela en su andar, aunque ya nadie recordaba ese juego.

Llegaron a casa de Zuzu. Era como todas las casas del lugar: una extraña mezcla de arquitectura posapocalíptica sustentable: algunas paredes de ladrillo revestido con cemento; caminos de unicel, ventanas opacas con un sol dibujado a mano; techos de láminas traslúcidas y cualquier otro desecho del mundo anterior al apagón.

Zuzu vivía con su hermano mayor y su padre. Cuando llegaron a ese lugar todavía estaba con vida la madre de Zuzu y su perro pastor alemán llamado Taco. Poco después Pipi, la madre, murió. Vinieron entonces tiempos difíciles antes de que Dudu se atreviera a vender en el mercadillo herramientas para reparar máquinas que ya no existían, entonces Taco cubrió algunas necesidades alimenticias de la familia.

Ella ayudaba en el puesto y Bebe, su hermano, se encargaba de recolectar las herramientas yendo a otras poblaciones. Zuzu conoció a Lolo en la plaza donde el anciano hacía su acto todos los días a cambio de comida prefabricada. Se gustaron y estaban juntos desde hacía un tiempo. Zuzu era discreta y prudente; el muchacho, todo lo contrario.

—Si hay luz de sol, no se podrán llevar mi alma.   

—¿Sigues con eso? ¡Qué fastidio!

—¿Me ayudarás a morir?

—¡Cállate!

Zuzu miraba con verdadera furia a Lolo.

—Me voy a enojar contigo si sigues con el asunto de la gente de carbón. ¡Ya déjalo en paz!

—Está bien —dijo él levantando las manos— lo dejo. Te veo luego.

La casa del chico estaba a unas calles de la de Zuzu. Se le había metido la idea de morir, pero sin hacerlo. Se le ocurrió ir al mercado en busca de algo que le ayudara a lograr su propósito. Se desvió del camino a su casa y enfiló hacia el oscuro depósito de imposibilidades.

Entrar al mercado era sumergirse en lo que antes del apagón se llamaba la Deep Web. Era fácil perderse entre tantas mercancías. Fue mirando uno a uno cada puesto y lo que ofrecían: palabras sueltas de lenguajes caducos, suspiros elementales, germinados de tristeza, canciones con olor a pan, capturas de pantalla dibujadas a mano, fragancias inoloras, colecciones de estampas imposibles, listas de objetos perdidos y una edición especial de la Biblia Cósmica firmada por Stephen King y H. P. Lovecraft.

Iba a pasar de largo una pequeña mesa de apenas un metro de largo que exhibía cajas descoloridas de chicles, frascos de mayonesa con cenizas, burbujas de cristal conteniendo un líquido transparente inodoro, e insípido, y detrás de todo eso unas jeringuillas del tipo que servía para administrar insulina en otros tiempos.

—Con esto te mueres tres fragmentos. ¡Buena broma, eh! —dijo el pandroso vendedor enseñando los únicos dos dientes en su sonrisa.

—¿Cuánto tiempo tarda en hacer efecto? —preguntó Lolo.

—Unos cinco fragmentos, yo creo. Te lo inyectas esperas cinco fragmentos, te mueres, pero no te mueres. Tres fragmentos y tu metabolismo lo procesa y despiertas. ¡Buen broma, eh!

—Me lo llevo. ¿Cuál es el trueque?

—¿Tienes diamantes?

—No, tengo algo mejor: un bolígrafo que escribe, pero no se ve.

—¿Cierto eso? ¡Quiero verlo!

Lolo sacó del bolsillo un bolígrafo en color amarillo con las letras B C en azul, la I se había borrado. Garabateó algo sobre la mesa y por más que el asombrado vendedor cambiara de ángulo, no lo pudo ver.

—¡De verdad funciona! ¡Lo quiero! ¡Trato hecho! —dijo entusiasmado el vendedor. Estaba feliz con su adquisición— Escribiré un letrero que dirá «Venenos para bromas» y nadie lo podrá ver. ¡Buena broma, eh!

Arrebató el bolígrafo y se olvidó de su cliente. Se dispuso a escribir con tinta que no se ve en todos lados. Lolo guardó con cuidado la jeringuilla y se apresuró a salir del mercado.

Al otro día iría a morirse a casa de su novia.

Esa noche la gente de carbón se mantuvo activa. Nadie lo sabría hasta el otro día cuando el anciano narrador no presentaría su acto como era costumbre. Durante la madrugada la comida prefabricada le pasó la factura. Su alma desorientada fue acarreada a otra dimensión en un susurro.

No se veían nubes verde limón en el cielo esa mañana. El sol rojo emitía sus primeros rayos manchando de adobo el cielo. Lolo palpó la jeringuilla en su bolsillo. No diría nada a Zuzu para que ella no lo persuadiera de hacer el tan ansiado experimento.

En la casa solo estaba ella; lo hombres ya habían salido a hacer sus labores. Abrió la puerta y lo recibió con un beso.

Todo iba normal como lo era cualquier otra visita. Sentado en el suelo, Lolo esperó a que Zuzu se distrajera y pudiera aplicarse la sustancia. «Cinco fragmentos, luego tres y revives. ¡Buena broma, eh!». Recordó al estafado vendedor.

Zuzu fue a buscar agua y Lolo aprovechó el momento. Se inoculó el veneno para bromas. Una sensación de picor recorrió su pierna, y fue menguando en intensidad. Zuzu regresó y lo encontró con un extraño gesto en el rostro.

—¿Te sientes bien?

—Sí, muy bien.

Quiso esbozar una sonrisa, mas no resultó. Se sentía pesado y con un efecto de lentitud en el paso del tiempo.

Zuzu se acomodó a un lado de él en el piso. El osado joven apenas tuvo fuerza para pasar su brazo por encima de los hombros de la chica. Ella notó que el brazo estaba laxo.

—¿Lolo? ¡Lolo! ¿Qué pasa? —gritó alarmada.

Escuchaba la voz de Zuzu como si estuviera a muchos metros de distancia. Escuchó también murmullos, como cuando hay mucha gente hablando al mismo tiempo en un lugar cerrado. Todo tenía un brillo extraño, igual que una fotografía sobreexpuesta. No supo cómo, pero Lolo los vio. Vio a la gente de carbón.

Su visión se tornó borrosa y no podía enfocar. Por otra parte, podía sentir las palmaditas que le daba Zuzu para despertarlo. El vendedor nunca le dijo que los tres fragmentos transcurrían a diferente velocidad cuando estuviere muriendo. Una figura oscura se paró frente a él: no tenía forma humana, parecía empezar y terminar en ninguna parte. Farfullaba en un idioma que Lolo no había escuchado nunca. La figura se aproximó más, casi rozando la cara del muchacho como si quisiese cerciorase de algo. Como en un grito gráfico el ser se crispó en distintas figuras. Los otros se quedaron inmóviles durante varios fragmentos que le parecieron enteros. La creatura de la noche se replegó junto a las otras y se mantuvieron agazapados. Permanecieron al acecho y si hubieran tenido ojos, todos los tendrían puestos en Lolo.

Él se iba recobrando del efecto del veneno para bromas; sin embargo, le resultó inquietante que ya no estaba muriendo y seguía viendo a la gente de carbón murmurando frente a él. «¿Qué esperan? ¡Ya lárguense!» dijo para sí. La voz desgarrada de Zuzu se iba haciendo cada vez más nítida. Su metabolismo estaba procesando la droga.

Justo cuando iba a decir a Zuzu que estaba bien, sintió como si lo jalaran de alguna parte de su cuerpo, mas era una sensación distinta, tanto, que la percibía desde adentro. Durante un instante se vio a sí mismo llevado por la gente de carbón. Aquello era como si lo hubieran duplicado porque pudo ver su cuerpo flácido en el piso y al mismo tiempo a otro Lolo con distinta forma: quiso verse las manos y solo percibió un color gris terroso, como arena mojada. Quiso ver sus piernas y solo vio algo que empezaba y terminaba en ninguna parte, cada vez más gris, más etéreo y lineal. Hasta que se tornó oscuro como un pedazo de carbón poco después de ver por última vez su cuerpo que yacía en el suelo como un muñeco sin armazón.

Nadie sabía de dónde venía la gente de carbón. Ni siquiera el viejo narrador tenía conocimiento de que no se puede seguir vivo una vez que los has visto. Tu alma se oscurece y en un susurro ya formas parte de ellos. Cambias para toda la eternidad.

Zuzu derrama un diamante cada vez que recuerda a su novio. Guarda el diamante junto con otros en una bolsita de terciopelo con jareta. Se acomoda y mira con insistencia hacia la pared.

Compañera de asiento


Javier estaba feliz porque logró convencer a su padre para que le prestara el auto nuevo: un Audi Q7 en elegante color blanco y detalles en aluminio. Lograría impresionar a Marifer y tal vez aceptaría salir con él.

La fiesta comenzaría a las 10 de la noche en casa de Montserrat, pero antes pasaría a recoger a Marifer, a Tavo y su nueva novia, Galia y al eterno soltero Morris (insistía en que le llamaran así, su nombre real era Mauricio), quien se había quedado en la zona de amigos de manera permanente.

Javier salió emocionado de la cochera con el auto flamante. Cuando llegó con Marifer, causó una impresión favorable en la chica, tal y como lo había supuesto momentos antes.

—¡Qué lindo auto, Javi! —dijo complacida y emocionada.

Ya no era Javier, ahora era Javi. Las mujeres quizá no sepan de modelos de autos, pero conocen a la perfección la diferencia entre uno caro y uno común. Marifer sabía que aquel era uno de los caros.

Ella de inmediato aprovechó para subir una historia a su cuenta de Instagram, también se tomó una foto con Javier cuya sonrisa reflejaba su estado de ánimo envuelto en un aire de triunfo.

—¡Esta sí es una nave! —comentó Morris emocionado.

—Los pequeños privilegios de la clase alta, pero cómo lo vamos a disfrutar —dijo Tavo mientras Galia le daba un codazo en las costillas por su mordaz comentario.

Los cinco muchachos iban en el vehículo con un alto grado de energía, de esa que se derrocha a esa edad. Llevaban la música a un volumen bastante alto, tanto que tenían que comunicarse a gritos.

Morris aprovechó el momento e ingirió una píldora de fentanilo. Hacía meses que se había enganchado con la droga sintética. Sus amigos no lo sabían.

Llegaron a la casa de Montserrat. Marifer bajó de la camioneta sintiéndose toda una diva. Tavo y Galia sonreían como tontos al saberse que las miradas estaban puestas en ellos. El único que no tenía interés era Morris, él solo quería algo para beber, tenía la boca seca.

La fiesta se terminó antes de lo previsto: dos chicos empezaron a discutir acerca de las rutinas de gimnasio para ganar músculo y la ingesta de esteroides y aplicación de inyecciones de sustancias para la estimulación de los músculos. Terminaron a golpes y Montserrat pidió a todos que se retiraran.

—¡Qué mala copa de esos dos! ¿De qué clase son? No recuerdo haberlos visto en el colegio —argumentó Marifer disgustada por la cancelación.

—Los he visto en el gimnasio. Siempre compitiendo entre ellos. ¡Hombres! —repuso Galia.

—Pues, vámonos. Aquí se rompió una taza… —dijo Javier ansioso por estar a solas con Marifer.

—Es temprano, la noche apenas comienza. Sigámosla en otra parte —dijo Tavo con verdaderas ganas de seguir la fiesta.

—¿A dónde, Morris? —preguntó Javier a Morris, quien siempre sabía de lugares en dónde divertirse.

El muchacho se quedó frunciendo el ceño unos momentos. No coordinaba su cerebro con el acto del habla hasta que pudo decir:

—No tengo idea.

Lo dijo con voz pastosa, resultado de la ingesta de la droga y el alcohol.

—En el camino se nos ocurrirá. ¡Vámonos! —dijo Javier y se apeó al volante del Audi. Subió el volumen de la música y quiso mantener el ánimo en alto.

Avanzaron algunas calles por la avenida que brillaba espléndida ese sábado por la noche.

—¿Y si paras para comprar algo de tomar? ¿Qué quieren? ¿Vodka?

—¡Sí! —exclamó Morris reaccionando de inmediato a la invitación.

—Sí quiero. Con un Monster —dijo Galia con su parquedad acostumbrada.

Marifer volteó para mirar a Javier y él asintió con una sonrisa. Puso la luz direccional, entró al estacionamiento de una de los miles de tiendas de conveniencia que hay dispersas a lo largo y ancho de la ciudad.

Los hombres bajaron para adquirir la provisión: una botella de vodka de cualquier marca, latas de bebidas energizantes, unos cuantos vasos desechables, una bolsa de frituras y dos paquetes de cigarrillos con sabor a pepino.

Morris pidió una cerveza light.

La destapó con la hebilla de su cinturón puesto que la tienda tiene prohibido vender bebidas alcohólicas abiertas. Se dispuso a beberla ahí mismo, en el estacionamiento, de un tirón. Iba levantando la pequeña botella para llevársela a los labios cuando apareció ante él a una chica de cuerpo menudo pero delineado; de estatura baja, pelo negro hasta el hombro. Llevaba una indumentaria en cuero negro: falda muy ceñida arriba de la rodilla, blusa de tirantes y chamarra; de calzado, unas botas industriales altas.

—Hola —dijo con voz tímida.

Morris se olvidó de la cerveza y no terminaba de recrearse la pupila con la chica.

—H-o-o-la —titubeó.

—¿Van de fiesta? —dijo con voz dulce la chica, tenía un leve rastro de acento que Morris no pudo identificar.

—Est… Sí ¿qué haces por aquí? —preguntó Morris ante lo inesperado del encuentro y prosiguió—: ¡Oye! ¡Qué rizos tan coquetos! ¿Puedo tocarlos?

Marta esbozó una extraña sonrisa que hizo que Morris se retractara.

—Paseo. Estaba aburrida y quise salir. Me llamo Marta —dijo esto al mismo tiempo que estiraba una mano delgada y blanquísima con las uñas pintadas en negro. No dijo nada de sus rizos.

Morris la estrechó y sintió un escalofrío recorrer su cuerpo que no supo si fue por lo fría que estaba o por la emoción de tocar a la misteriosa chica. De cualquier manera, él pensó que era una buena señal.

Tavo y Javier lo miraban a unos pasos con sonrisa de complicidad, ambos le guiñaron un ojo a Morris esperando que este los presentara.

—¿Quieres venir con nosotros? No tenemos aún un destino, pero algo se nos ocurrirá —dijo Morris ya más avispado.

Marta volteó para mirar a Javier y a Tavo, luego miró hacia el Audi.

—¿No hay problema con sus novias? —cuestionó Marta.

Tavo se preguntó cómo sabía la chica que venían con sus novias. Él tampoco la vio llegar mientras se detuvieron a esperar a Morris y su cerveza light.

—¿Cómo sab…? —Quiso preguntar Tavo, pero Morris se adelantó.

—No, ninguno. Yo vengo solo, serás mi compañera de asiento, ¿qué no? —dijo Morris mientras miraba a Tavo con recriminación por querer estropear el encuentro.

—¡Me encanta la idea! —dijo Marta mostrando una sonrisa angelical que terminó por cautivar de inmediato a Morris.

En el camino de regreso a la camioneta, Morris hizo las presentaciones, primero a Javier y a Tavo y luego a Galia y Marifer.

—Javi… No sé, no me late esta niña, está bien piche rara —dijo en voz baja Tavo mientras miraba a Morris.

—¡Tal para cual! —contestó Javier. Deja a Morris que se realice por esta noche con la muñeca gótica.

—Más que gótica parece como si Morticia y Maléfica hubieran tenido una hija.

Se miraron, guardaron silencio y después se echaron a reír.

Javier miró a Marta mientras abordaba guiada por Morris. Se preguntó cómo podía moverse con esa ropa tan ceñida. Reparó en que tenía muy buen cuerpo. Disimuló cuando Marta volteó y lo miró directo a los ojos: como si supiera lo que él estaba pensando.

Galia no reaccionó en absoluto a la presencia de la chica invitada, se limitó a decir un «Hola», pero con Marifer las cosas no eran tan funcionales: hizo un gesto de desdén cuando Marta le extendió la mano. Apenas si la tocó y volteó para otro lado en el acto.

—Tranquila, es solo una amiga de Morris. Hay que divertirnos —comentó Javier.

Marifer aceptó no de buena gana. No se sentía cómoda con Marta. Se había dado cuenta de cómo la miró Javier y sintió celos.

Morris sirvió las bebidas para todos, incluso para Javier. Supo que no necesitaría más drogas para divertirse esa noche. Las sensaciones que le provocaba el olor a cuero y perfume de Marta serían suficientes para mantenerse bien.

Marta bebía a pequeños sorbos la bebida que le dio Morris. Miraba a cada uno de los chicos como si estuviese analizando su lenguaje corporal. Le sonreían todos, menos Marifer que evitaba encontrar su mirada.

Hacía mucho tiempo que Morris no tenía novia. En parte por sus adicciones y porque no encontraba una chica que lo enganchara.

—¿De dónde eres? No logro identificar tu acento —dijo Morris iniciando la conversación.

—De ninguna parte y de cualquier lugar —contestó Marta.

—¡Guau! Me encantan tus pestañas. Parecen mariposas.

Marta sonrió otra vez con esa mueca que no llegaba a expresar nada.

—¿Viajas mucho o es una respuesta filosófica? —planteó Morris.

—Sí, es eso, viajo mucho. Me muevo a distintos lugares todo el tiempo.

—¿Nómada digital?

—No digital, me actualizo, pero en otros aspectos.

—Fascinante… —balbuceó Morris.

Marta bebió del vaso de plástico sin quitarle la vista a Morris. Sus ojos brillaban por algo.

Las bebidas hicieron efecto en el grupo de chicos y la euforia se desbordaba al mismo tiempo que el vehículo ganaba velocidad. Javier enfiló por una avenida que atravesaba un gran tramo de la ciudad lo que significaba una larga recta. De pronto sintió cómo tenía el control del vehículo con solo un movimiento de su pie. Quiso probar todo el poder de la tracción en las cuatro ruedas y pisó el acelerador.

Tavo lanzó un grito al sentir la velocidad. Javier abrió la ventana panorámica del techo y Marifer y Galia se asomaron por ahí. Sentían cómo el aire se estrellaba en sus rostros. Cerraron los ojos y se dejaron llevar por la sensación.

Morris miraba a Marta. Quería besarla. Sus labios pintados de negro le atraían como si fueran magnéticos. Se acercó un poco a ella y de repente, por la inercia de la aceleración, regresó al lugar en donde estaba. Javier no se detuvo en las luces rojas, se pasó todos los semáforos sin ninguna precaución.

Justo cuando intentaba incorporarse Morris, su compañera de asiento se levantó, apoyó sus blancas manos sobre los hombros de él, quien incrédulo, miraba a Marta prepararse para darle un gran beso.

—Nos vemos del otro lado, Morris —le susurró al oído después de besarlo en los labios.

Morris se quedó de una pieza, consideró que esa chica, con seguridad, no pertenecía a este plano dimensional. Tavo miró desconcertado cómo Marta brincó el asiento para situarse detrás de Javier e intentó apoderarse del volante. Ella lo giró con tal brusquedad que Javier no lo esperaba. Quiso recomponer la dirección, pero Marta se sujetaba con tremenda fuerza que ningún sistema estabilizador asistido por computadora ni ningún sistema de frenos antipánico sería capaz de controlar el vehículo. Se estrelló contra la base de un anuncio espectacular de doce metros de altura.

Marifer y Galia que seguían asomando medio cuerpo por la ventana panorámica escucharon cómo su columna vertebral se partía en distintos puntos, tendidas en la acera parecían bailarinas ejecutando un imposible paso de balé. Murieron al instante. Tavo y Morris se impactaron de bruces contra el asfalto, no llevaban puesto el cinturón de seguridad. Javier atravesó el parabrisas y dejó rastros de materia gris sobre la acera. El Audi casi se rebanó por su mitad longitudinal. El auto y los chicos quedaron irreconocibles: parecían marionetas abandonadas después de una mala función de teatro guiñol.

Un vendedor nocturno de hamburguesas y hot-dogs contempló todo el accidente: desde que el Audi dobló en la esquina derrapando y rugiendo como una bestia, luego un quiebre de dirección fatal lo hizo recular, pero de inmediato se estabilizó y con toda fuerza se impactó con el poste base. Apagó un antiguo radio en el que sonaba la voz de Eddie Vedder que interpretaba Last Kiss justo en la frase que dice «So I can see my baby when I leave this world» mientras a unos metros Morris, con un hilo de vida, quería fijar la mirada con el único ojo que quedó en su cara, buscó a Marta. Murió sin poder verla.

Tavo tenía la cara destrozada. La mandíbula superior colgaba de un girón de tejido chorreaba sangre y sus dientes estaban por todas partes.

Javier con el cráneo partido estaba colgado sobre una guarnición metálica, el cerebro goteaba como un flan gris que ha perdido consistencia.

***

—¿Dice que eran seis los que iban a bordo del vehículo? —preguntó por segunda vez el ministerial que tomaba la declaración del único testigo.

—Vi a una chica y un chico que forcejeaban con el volante, otras dos chicas que se asomaban por el quemacocos gritaron y vi dos siluetas en los asientos traseros. ¡Seis! ¡Seis en total! Jóvenes imprudentes, ¡carajo! ¿Quiere un hot-dog, mi poli?

Andrade, el agente ministerial, releyó el reporte del Servicio Médico Forense y marcaba tres cuerpos de masculinos y dos femeninos en el levantamiento. Se acercó al Audi deshecho y miró las manchas de sangre que marcaban la trayectoria de los cuerpos al salir expulsados; le dieron náuseas cuando se imaginó lo que era la sustancia gelatinosa que estaba regada del lado del conductor. Revisó la marcación de las siluetas de cómo habían quedado los cuerpos después del tremendo choque. Solo eran cinco, como decía el reporte. Se alejó del lugar. Le daba asco el olor a sangre mezclado con vodka y Red Bull.

Solicitó el reporte visual al C5. Las cámaras captaron al Audi desde que los chicos se detuvieron en la tienda. En los videos se podía contar a seis personas, tal y como lo dijo el de las hamburguesas. Solo había un detalle en el último video antes del choque: entre un fotograma y otro uno de los ocupantes desaparecía pocos segundos antes del impacto.

—Debe ser una falla en la grabación —dijo Andrade.

A unas calles de ahí, en una tienda 7 Eleven, bajo la mortecina luz de una lámpara que iluminaba a medias el estacionamiento, una chica vestida de negro se presentaba con un par de tipos que estaban a punto de abordar su auto después de comprar cigarrillos y cervezas.

—¡Hola! Me llamo Marta, ¿puedo acompañarlos? Puedo ser su compañera de asiento —dijo esto mientras ofrecía una nívea mano con las uñas pintadas de negro.

Los hombres se miraron con complicidad y un centelleo de lujuria recorrió sus ojos. Iban a tener una noche agitada. Los tres se acomodaron en los asientos delanteros.

Gerente


Apenas llevo un mes como gerente de un Starbucks, y ya voy encontrando tres recién nacidos en la puerta. Ahora entiendo por qué no dura nada el personal aquí. La carga emocional es sumamente pesada. Y, además, ¿por qué aquí?, ¿quién creería que los hipsters estarían dispuestos a dejar su estilo de vida para cuidar bebés ajenos?

Al parecer, recién me entero, esto de dejar bebés aquí en la cafetería no es algo nuevo. Desde que se abrió la sucursal, los han abandonado en los baños, en los cajones del estacionamiento, en los botes de basura, en las jardineras y hasta debajo de la ventanilla del Drive Thru. ¿Será la sirena verde de su logo la culpable?, ¿dará confort a las madres con sus aletas en forma de regazo?, ¿o es la falsa imagen de seguridad financiera de sus clientes la que alienta a las madres a dejar a sus crías a la suerte de hombres y mujeres con sus sombreros sobre sus cabezas y sus computadoras portátiles bajo sus brazos?

Así que aquí estoy, con más de treinta días en este puesto y dos niños colocados en albergues, más uno que en ningún lugar me lo aceptan, que porque está muy feo y muy desgreñado.
Ahora tengo una sucursal a mi cargo y un niño feo. Y realmente no sé qué hacer.

¿Cuánto cuesta un litro de leche?, ¿qué tipo de lácteo debo comprar?, ¿qué voy a hacer con este chamaco?

Porque siendo sincera, no creo que yo deba dejar de salir en mis días libres, o dejar a un lado mis gustitos, que ya son caros para una persona, para comenzar a gastar en pediatras y pañales, para un infante al que nada le debo y que, seguramente, me va a frenar en mi vida.

Ya lo pensé bien. Y creo que mis pensamientos han sido demasiado crueles y egoístas. El niño no tiene la culpa, por más feo que este. Así que mañana muy temprano, antes de abrir la sucursal, lo dejaré bajo el letrero del Dunkin’ Donuts…, ellos sí sabrán qué hacer.

Always Black


Always Black (collage y pintura), serie Azules y Rojos, pasado continuo
            «La mayoría de la gente, vestía ya con harapos. Y vestidos y camisas eran remendaos una y otra vez, durante años. Algunos incluso iban descalzos.        
 Y fue entonces que Argentina mandó un cargamento enorme de grandes sacos de trigo para la población en hambruna. Recuerdo la mirada sagaz de algunas mujeres, comprobando y estirando la lona. Y como poco después, las sacas se habían transformado en todo tipo de bragas, calzones y ropa interior».