Brother Loui


Reme se observa en el ruinoso espejo de la peluquería: camiseta escasa, maquillaje pesado, mechones enredados y rebeldes que lleva teñidos de un rubio pajizo. Junto a la base del espejo hay una barra pintalabios que destapa y se aplica, inclinándose hacia delante, para verse mejor. Se retoca con un dedo y se limpia en un trozo de papel higiénico. Se recuesta sobre el atiborrado tocador, descuelga el bolso amplio y rebusca en él hasta dar con la cajetilla de Ducados. Mete los dedos en el ajustado bolsillo del pantalón para sacar el encendedor, rojo, logotipo del PCE, y prende el cigarro.

Mientras fuma se mueve por el reducido local, cortando el aire estancado y sólido que se cierra tras ella sin circular. Muebles de escombrera, náufragos de contenedor, amenazan con comerse el espacio libre. En sus estantes y repisas, atiborrados de productos, reina un caos irreversible. Hay una radio sobre un pequeño anaquel donde los tintes se mezclan con una pila de casetes. La enciende y sintoniza una emisora. Suena la voz casi femenina de Modern Talking, que habla de corazones rotos y Reme echa el humo hacia el techo lleno de desconchones y manchas de humedad y se pone a tararear la canción, tan, tan, tan, tararán, (only love / breaks her heart / brother Louie, Louie, Louie), mientras marca el ritmo con la mano.

La tarde se ha vuelto oscura más allá de la abierta ventana. Se oye un trueno muy cercano y una red de delgados relámpagos que recorren las nubes culebrean entre ellas sin caer a la tierra. Durante unos momentos parece que se va a arrancar a llover con fuerza. Reme se asoma y una flama pegajosa le lame la cara. Fuera empiezan a caer unos goterones ralos que se estampan sobre el alféizar y salpican diminutos proyectiles acuosos en todas direcciones. La mujer cierra de golpe la ventana para que no siga mojándose el sofá remendado y forrado de plástico donde sus clientas esperan el turno. Pero ha sido una ilusión que dura dos minutos y rápidamente mengua y se desvanece. Sólo queda una sensación de sofoco mucho mayor y un olor rancio a humo de tabaco.

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Brisa


Estaba cruzando la avenida cuando casi me pisa un auto. Fue un poco culpa mía y un poco de él, yo venía distraído y él venía pelotudo.
Por suerte no me pisó y lo único que sentí fue el ruido y una brisa en la nuca.
Lo que no entiendo es por qué, cuatro meses después, todavía me siento muerto.

Ser vilano movido por el viento


ser vilano movido por el vientoCuando llegó a Varsovia, una mañana nublada y particularmente fea, a Fabio le pareció una ciudad gris y llena de gente enfadada que hablaba una jerigonza incomprensible; pero después de unos días modificó su opinión y pudo disfrutar callejeando por el Stare Miasto, la ciudad vieja, que, aunque completamente reconstruida después de la guerra, tiene ese aire de dejadez y olvido que la hacen entrañable, subiéndose a sus destartalados tranvías, paseando por los numerosos parques, arbolados y frescos, o por las silvestres orillas del río Wisła, el último montaraz de Europa, en busca de rincones íntimos donde sentarse a contemplar el paisaje o simplemente a dejar pasar el tiempo. En el hotel donde se hospedaba, Fabio hizo buenas migas con una mujer mayor, vestida como un antigualla. Cada vez que pagaba una consumición en el restaurante, la señora sacaba una enorme cartera ajada por el uso, llena de groszy  —céntimos—, que iba contando uno a uno hasta completar el importe exacto. Chapurreaba un inglés difícil de seguir, pero en todo caso inteligible. A Fabio le gustaba hablar con ella por su aire de condesa desheredada y porque le había recomendado visitar un par de sitios realmente interesantes, como el Skware Sue Ryder, un pequeño parque con hermosas avenidas arboladas y senderos diagonales, lleno de madres con niños pequeños y de ancianas sentadas en los rincones más soleados. «No deje de dar una vuelta por el palacio de los viejos reyes, en Wilanow, le dijo en una ocasión, es de lo poco que los comunistas dejaron en pie de nuestra historia».

El día que eligió para visitarlo salió tibio y soleado. El palacio era interesante, quizá no lo grandioso que la señora les había profetizado, pero sí coqueto, construido en múltiples estilos y etapas, como rezaba un croquis que había a la entrada, si acaso dominado por un barroquismo excesivo. A Fabio le llamó la atención la fealdad de los bustos que adornaban la fachada. Parecían representar a emperadores romanos, pero si uno se acercaba podía ver con claridad la deformidad de los rostros, las frentes abultadas, ojos saltones y expresiones cretinas, más de gárgolas que de estatuas: tal vez el artista pretendió retratar el espíritu corrupto de la Roma imperial. Más allá del palacio se extiende Wilanowski, un parque amplio e irregular, con senderos umbríos y estrechos, algunos canales y lagunas, árboles añosos y, entre ellos, una alfombra verde y florida. Fabio caminó un buen rato por el parque, sin rumbo fijo, cruzándose de vez en cuando con otros paseantes, turistas en su mayoría. Había una pareja besándose bajo las ramas protectoras de un enorme sauce llorón. Dos hombres de aspecto nórdico dormitaban tumbados en un espacio despejado, exponiendo sus sonrosadas pieles al sol. Un jardinero estaba atareado junto a unos arbustos, recogiendo basuras y hojas secas con una especie de bastón largo terminado en punta. Una mujer y su hija estaban sentadas en un banco junto al sendero. Un rayo de sol le sacaba al pelo de la niña reflejos cobrizos. En un pequeño prado retozaba un perro ante la atenta mirada de su dueño. Finalmente, siguiendo uno de los senderos, llegó a la orilla del río, en realidad un falso brazo canalizado, donde había un rincón recogido, como un balcón frente al río. Se sentó en un banco para descansar del paseo, pues el cuerpo ya no estaba tan fuerte como antaño y se resentía de cualquier esfuerzo. El lugar destilaba paz por los cuatro costados y Fabio se deleitó en su contemplación; tanto, que tardó un par de minutos en descubrir el parecido que guardaba con un paisaje de Van Ruysdel que tenía colgado en su casa. El pensamiento le llegó de golpe, como una inspiración, y dejó su mente inundada de luz, maravillada por el placer del hallazgo. La orilla que tenía enfrente era selvática, llena de grandes árboles que tendían sus ramas hacia las aguas mansas, casi estancadas, de la orilla. En un pequeño claro entre los árboles, dos pescadores descansaban indolentemente, tumbados sobre la alfombra de hierba, a la espera de que el sedal de las cañas se moviera. El cauce era amplio, con una leve corriente en el centro que levantaba suaves ondas. El polen algodonoso de los árboles formaba una pátina pilosa sobre la superficie del agua, de modo que, si fijaba la vista insistentemente en un punto lejano, percibía cómo se trasladaba lentamente junto con el caudal del río.

La vida de Fabio estaba concentrada en sus ojos. No habría sido capaz de decir si había pasado alguien a su lado, si habían transcurrido unos minutos, unas horas o toda una eternidad. Sólo atendía al paisaje frente a él y disfrutaba la placidez del momento: la suave brisa, el murmullo del viento entre las hojas, el rumor apagado de la corriente, el sol juguetón que ora se escondía, ora reaparecía para pasear su calor por la piel del hombre. Habría querido transformarse en río y fluir mansamente hacia la mar, evaporarse con el tibio sol, ascender y ser nube, mota de polvo movida por la brisa, hoja verde, verdiamarilla o dorada, grano de polen, vilano ingrávido, infatigable viajero de cielos primaverales, átomo de aire, rayo de sol, espíritu puro… nada. Nada.

Se busca


¿En qué momento perdiste la sonrisa? ¿En qué lugar fue? Lo recuerdas. No sé si la encontraremos. ¿Y si ella también te está buscando? ¿A dónde irá, no tiene a nadie más? O sí. Tal vez al sentirse sola se refugió en la primera cara amable que vio. Así son todas las sonrisas. ¿Recuerdas algún rasgo característico, qué la hacía diferente de las otras? ¡Es una pena, era muy linda! ¿Cómo haremos? ¿Por dónde empezamos a buscarla? Y tú, ¿la has visto?

El gusano en el camino


El gusano en el camino

Ilustración: Blacksmith Dragonheart

Existía un hombre que nació con el don de hablar con los insectos. Cierto día vio, en un camino muy largo, a un gusano arrastrándose para llegar hasta el final.

El hombre se acercó y lo saludó, le preguntó si quería que él lo llevara en su hombro hasta el final del sendero, porque sentía compasión por él y no quería que se cansara o muriera en el camino.

El gusano, atónito porque un hombre hablaba su idioma, rechazó la oferta. Le dijo: “Gracias, pero puedo seguir por mí mismo. Si no hubieras aparecido, de todas formas hubiera tenido que seguir mi camino. No necesito compasión por el hecho de llevar la vida de cualquier gusano, ni requiero de un trato especial. Sigue tu camino, buen hombre”.

El hombre, pensativo, se despidió del gusano y siguió su camino. Al llegar a su destino pensó en las palabras del gusano y dejó de esperar a que un ser más grande que él le tendiera la mano y le ofreciera un atajo a su destino.

El hombre nunca supo que el gusano, al rechazar su amabilidad, le salvó la vida.

El asalto


Cuando el ladrón entró a la sucursal bancaria, reparó en el estilo vintage de la decoración, sin embargo, iba decidido con el arma en mano a cumplir su objetivo. Notó que no había grandes filas y rió para sí, pues eso le facilitaba las cosas.

Sacó de su bolsillo una hoja amarilla de bloc y mientras la desdoblaba haciendo movimientos al aire, llegó a la caja. La asustada empleada intercambiaba miradas con el ojo oscuro del arma y la urgida expresión del asaltante.

—Vas a transferir cinco millones de dólares a cada cuenta y lo vas a hacer muy rápido —dijo el ladrón al mismo tiempo que le entregó la hoja.

—No tengo computadora para hacer transferencias —contestó la cajera.

—¡Me lleva…! —masculló el desesperado ladrón, arrebatando la hoja.  Así recorrió cada una de las ventanillas hasta que llegó a la última. Solo los ventiladores de madera se mantenían en lo suyo: girando.

—En esta sucursal no tenemos computadoras, señor ladrón —dijo la última de las empleadas.

Para entonces un comando armado de la policía especial ya se encontraba afuera del Banco Antaño.

El asaltante miró a la cajera con resignada frustración y bajó el arma, incrédulo. Justo en ese momento un francotirador de la policía pedía autorización para disparar.

—¡Bajó su arma! ¡Autorización para disparar!

—Proceda a discreción —dijo la voz de mando por el radio.

El disparo entró por una sien y salió por la otra. La bala se incrustó en la decoración de madera de la pared, justo debajo de un letrero que decía: «Banco Antaño, hacemos a un lado la tecnología para estar más cerca de usted».

Trotamarilla


Retama era una trotamarilla y, como toda trotamarilla, vivía paseando y saltando entre objetos y luces de tonalidades amarillas. Le gustaba mucho dejar que la suerte y el azar fueran quienes dirigieran su destino. Amaba las mañanas en que amanecía en lugares nuevos y extraños.
Las trotamarillas en general, de entre todos los objetos amarillos existentes, prefieren las flores, los dibujos de flores, las camisetas con flores, los adornos de flores, los cupcakes adornados con flores y las bebidas con nombres de flores. En el caso particular de ella, era igual, aunque antes de todo lo anterior, disfrutaba más la madera amarilla. Pensar en madera amarilla le recordaba con nostalgia un atardecer, con café y compañía, sentados en una banca de madera de roble.
En uno de sus últimos viajes, Retama había llegado a una vistosa pared amarilla con franjas violetas. Quería descansar, pero sus planes fueron cambiados cuando vio acercarse un hermoso haz de luz amarillo que venía rápidamente frente a un automóvil deportivo oscuro. Cogió fuerzas y se lanzó a la luz del vehículo. Viajó varios kilómetros con el viento al rostro y la cabellera suelta.
De la luz del auto negro y, después de bastante tiempo, ella saltó a un pequeño jardín pobremente iluminado con una farola blanca. Un jardín descuidado con hojas secas y monte altísimo, con un barandal amarillo y algunos pocos tipos de flores. Nuestra protagonista se quedó en la parte más alta del barandal para observar las flores. Se encontró en un dilema: saltar a la flor más bella y amarilla del recinto o quedarse arriba para poder ver todas al mismo tiempo. Satisfacer el tacto o la vista. Inmersa en la cuestión estaba, cuando alcanzó a escuchar el cuchicheo de dos ancianos que hablaban sobre la pensión y el alto costo que tenía mantener a los muertos. Seguramente eran pareja. Andaban al mismo paso. Él llevaba una escoba y un huacal gigante, mientras ella llevaba un racimo con follaje grande y pequeñas flores amarillas de pétalos mucho más pequeños y amontonados, y de un olor sumamente agradable.
La trotamarilla no lo pensó más y se lanzó hacía la anciana. Ella no sabía nada de pensiones ni de muertos, pero sí de olores. Esas flores estaban entre los mejores aromas que había sentido en toda su vida.
Si bien viajar en automóvil era una aventura fantástica (aventura que repetía constantemente), la calma de los ancianos era totalmente relajante.
Conforme llegaban a su destino, que la trotamarrilla aún no conocía, los ancianos aminoraban sus pasos. Parecía que cada vez se les hacía más pesado el ir, eran casi las seis de la mañana y el sol nacía al horizonte.
Los ancianos llegaron al hogar de su nieta (una humilde lápida rosa), mientras Retama había encontrado el paraíso de flores que cualquier trotamarilla siempre hubiese deseado.