Manual de vida de un instante


La primera aspiración que el autor del poema Quiero ser presenta ante su amor e inspiración es: «ser […] algo más que un instante».

Este poema me removió el ser desde nuestro primer encuentro; sus efectos son incluso más poderosos con el pasar del tiempo. Hoy, casi quince años más tarde, resuena también más fuerte una de las preguntas que su lectura me dejó:

¿Qué es y cuánto dura un instante?

En medio de una normalidad con comida y bebidas instantáneas, fotografías más que instantáneas, en la que incluso las relaciones se pueden conseguir de formas «instantáneas», la idea más difundida de un instante está relacionada con inmediatez, rapidez y facilidad. Sin embargo, en mi interpretación del poema su concepto va un poco más allá…

Una de las versiones más «pequeñas» de un instante es, tal vez, semejante al espacio de tiempo que se genera entre la inhalación y la exhalación. Pero desde esa pequeñez, cada instante tiene un poder enorme, capaz de dictar los ciclos de los más de 30 billones de células que conforman un cuerpo humano promedio simultáneamente y, a través del cuerpo físico, regular incluso el flujo de nuestros pensamientos, sentimientos y emociones. De esa forma, se convierte en una de las mejores representaciones del poder de lo sutil.

Más allá de su duración, muchos instantes pasan desapercibidos al distraernos con el pasado o el futuro, mientras que otros llegan a cambiarnos la existencia. Entre estos últimos, hay formas evidentes como al ganar la lotería o al ser arrollado por un coche; las hay también más esquivas, como cuando un momento «ajá» sale a nuestro encuentro. Lo anterior es sólo una proyección de lo que ocurre en otros elementos de la naturaleza, con instantes decisivos como aquel en que un líquido alcanza su punto de ebullición y se convierte en vapor, o cuando se condensa y pierde su fluidez. Sin importar si esos nuevos estados son temporales o permanentes, la transición seguramente deja su huella, y el poder del instante vuelve a manifestarse, ahora más allá de la sutileza.

Al indagar entre los instantes favoritos de mis días pienso en puestas y salidas de sol, y observo que su magia se extiende tanto como me he permitido disfrutarlos: pueden ser tan cortos como la sonrisa que me despierta el reflejo rojizo de su presencia, o tan largos como las cadenas de memorias a las que los asocio.

En escenarios menos agradables, como situaciones cercanas a la muerte, muchas personas afirman ver su vida transcurrir en un instante con las denominadas experiencias de revisión de vida. Quienes las han vivido manifiestan que en ese «estado» se pierden los límites de tiempo y espacio de la forma en que los conocemos, percibiendo cada «evento» como un microsegundo o como mil años, como ambos y ninguno a la vez. Sin ir a tales extremos, hay quienes al entregarse a etapas de autodescubrimiento, de amor o incluso de dolor, hacen de estas experiencias sus fuentes de inspiración y logran derribar también el concepto de instante como expresión de tiempo o espacio, hablan de versiones infinitas y poderosas, aún al ser conscientes de que son al mismo tiempo solo un punto en su camino.

Al cambiar el lente tiempo/espacio, la humanidad misma parece haber durado tan solo un instante. Por ejemplo, Carl Sagan, en su calendario cósmico, escala el periodo de vida del Universo (13800 millones de años) a un calendario anual (365 días); de ese año, toda la historia de la humanidad estaría comprendida en los últimos 21 segundos del 31 de diciembre. En términos de superficie, si el calendario cósmico se escala al tamaño de un campo de fútbol, él estimó que toda la historia humana ocuparía un área equivalente al tamaño de su mano.

Entonces, me llevo la idea de que realmente no importa cuánto dure un instante, ni cuántos instantes componen mis días; lo que importa son los lentes con los que los vea y la perspectiva con la que los viva. Cuando lo instantáneo, la velocidad y la cantidad se nos vendan como las únicas formas de vivir, recordemos que lo que ganamos en distancia lo podemos perder en disfrute; cuando el contexto nos invite a superponer o separar la conciencia individual de la social, pensemos en cómo se sentiría realmente si no hubiese un todo, una familia o un motivo superior en nuestra existencia; y, cuando le estemos regalando demasiado poder a las comparaciones, recordemos que la necesidad de demostrar es un invento nuestro y que, como tal, lo podemos rediseñar… ¡No al revés!

Los invito a percibir la vida como un instante, no para correr más o tratar de hacer más, sino para aprovecharla y abrazarla desde su fugacidad y fragilidad, del mismo modo que valoramos una fotografía por representar un fragmento de tiempo que no volverá. Que su brevedad sea un canal para centrar nuestra atención en el aquí y el ahora, para vivir más allá de los miedos y reinventar nuestros lentes cuando no funcionen más. Los invito a ser un instante, viviendo el poder desde la sutileza y liberándonos de conceptos y medidas externas.

La atalaya del ‘sapiens’ (ensayo)


Por Guillermo Orthiz

Mi habitación se ha convertido estos últimos meses en una atalaya —o más bien un calabozo—desde la que me he percatado de una realidad que escapaba a mi entendimiento. Con la puerta cerrada, las cortinas filtrando la luz que entraba por la ventana, y los ecos amortiguados del televisor de la planta baja, me echaba sobre mi escritorio, y lo honraba llevando mis pensamientos al papel. Sin llegar a creérmelo del todo, una de las formas de vida más antiguas del planeta estaba amenazando a miles de millones de humanos, obligándolos a ponerse en cuarentena. La soledad, la indecisión, la incredulidad y el aislamiento social desgarraron a dentelladas la falsa sensación de inmortalidad e imbatibilidad de la que nos armamos para ignorar lo que es igual de natural que la propia vida; la muerte. Por suerte, internet, ese fuego prometeico de nuestra era, y la globalización han impedido que nuestras casas resultasen en unas crisálidas de seda en las que encerrarnos y desvincularnos del mundo hasta que el verano ahuyentara las pesadillas, como un atrapasueños. Sin embargo, hay gente que ha sufrido sobremanera esta crisis, está parada en seco de una vida que giraba y giraba como una rueda de hámster, siempre en movimiento, ya no por ver sus perspectivas de futuro cercenadas de un batacazo, o los lobos de la coyuntura relamiéndose en las sombras, esperando a la noche, sino porque no podían salir a la calle a ver a los amigos, tomarse una cerveza o disfrutar de los paseos que antes menospreciaban por el frenesí apremiante de su día a día. Y lo más chirriante es que han acabado cogiéndole tirria y aversión a sus hogares, sus santuarios inviolables dentro de este mundo de caos. ¿Cómo es esto siquiera posible? ¿Qué conduce a alguien sano a una enfermedad mental solo por aislarse de la sociedad un par de meses? ¿No estábamos en la cúspide de la evolución, en el momento más álgido de la autosuficiencia?

Quizá la respuesta la tenga a mi lado. Desde hace un tiempo tengo una colonia de Lasius flavus, una especie de hormiga amarilla milimétrica, que tengo guardada en una caja de Ferrero Rocher, con agua, azúcar, e incautas moscas atrapadas por ese espejismo mortal de la libertad que son las ventanas. La razón por la que estos seres diminutos han sobrevivido millones de años en la Tierra, a pesar de su tamaño, es bien sencilla: han formado enormes comunidades que se defienden de depredadores, y de los elementos, sabedoras de que en la unidad reside la fuerza. Científicos, biólogos y naturalistas saben que las especies que se agrupan, y crean lazos afectivos entre los miembros, tienen más posibilidades de sobrevivir que otras especies solitarias. Con los seres humanos se dio el mismo caso, quizá un poco más complejo debido a su inteligencia. El mundo al que se enfrentaron los primeros homínidos tuvo que ser aterrador, algo salvaje, traicionero y despiadado. Las madres humanas, en periodos de gestación, eran mucho más vulnerables que los hombres, por lo que, para asegurar la progenie, llegaron a un acuerdo. Vivirían en comunidad, y se protegerían de los ataques que pudieran sufrir todos juntos. Este es el germen de la sociedad. De ahí en adelante, llegaron la sedentarización, la agricultura, la domesticación animal, la religión, las jerarquías y todo lo que propició un mayor control del medio que nos rodea. Todo apuntaba a que en el conjunto estaba la eterna salvación como especie; a que entre los congéneres la vida sería más fácil, y no tendríamos que volver al peligroso trasiego del nomadismo. Y así fue, no estaban para nada equivocados. Pese a que hemos intentado autodestruirnos en infinidad de ocasiones, la población mundial sigue creciendo imparable. Miles de millones de humanos imponiendo su hegemonía, ante una naturaleza vindicativa e indómita que sigue sin creerse lo estúpida que fue al consentirlo. ¿Cuál es el límite ahora? ¿Quizá el Universo? La Luna ya fue mancillada por la huella humana. Necesitamos más espacio, o las sombras de la prehistoria ennegrecerán otra vez nuestros cielos. Pero algo ha pasado. Un virus, un microorganismo salido de un murciélago, nos está hablando de tú a tú, está poniendo a prueba nuestra capacidad aletargada de supervivencia. Y es ahora, cuando todo se tambalea, y está suspendido en esa vorágine, cuando nos damos cuenta de que la única posibilidad que tenemos como especie es mantenernos unidos. Hay excepciones, por supuesto, pequeños disidentes que se sienten a gusto en la soledad más absoluta. Hikikomori recluidos en sus habitaciones, ajenos a los desmanes de una humanidad que les es extraña y violenta. Pero ¿en qué punto pasan sus actos de ser locura, a ser rebeldía? No todo el mundo está preparado para soportar las presiones de una sociedad que no para de exigirte, lo cual acaba espantando a los más sensibles. Estos, muy a su pesar, siguen en contacto con el mundo; anclados a los límites de la rueda, girando con ella a menor intensidad, sin llegar a caerse. Son víctimas necesarias. Errores que demuestran la perfección del sistema. Alexander Supertramp, en la película de Hacia Rutas Salvajes, ya lo expresó con una de las frases más demoledoras en la historia del cine: «La felicidad solo es real cuando se comparte». Quizá no todo el mundo sea feliz, pero todo el mundo comparte su vida de alguna forma, y eso es lo que nos define. En estos tiempos de turbulencia, nuestra psique colectiva, entrelazada por los mecanismos genéticos de cientos de miles de años de evolución, nos ha puesto sobre aviso. Cuidado ––nos dice––, pues es en el prójimo en quien debéis confiar. Y esa es, en la creencia de este observador, lo que nos hace enloquecer ante la idea de estar en casa, solos y aislados, acongojados por la ausencia de la sensación de seguridad que nos ofrecía antes la sociedad de la que nos rodeábamos instintivamente. Quizá, en el fondo, nunca hayamos dejado de ser esos homínidos pusilánimes que se escondían en los bosques y las cuevas, temerosos de separarse del grupo y quedar a merced de las criaturas que los acechaban. La humanidad ha cambiado en muchos aspectos, pero, en el fondo, los humanos seguimos siendo los mismos animales que una vez fuimos.

The Hall of Egress (reseña)


Por José López Cózar

A veces el tiempo juega con el espacio,
sin causa, aunque quizás con un propósito secreto,
forma círculos cerrados donde solo es posible entrar
con los ojos vendados […].
Victoria Ponce en El pájaro y el árbol

 

Aunque llevamos semanas confinados en nuestro hogares (viviendo con rencillas en la convivencia, descubriendo recetas de cocina, teletrabajando, telestudiando, viendo pelis,  haciendo videollamadas, etc.), sabemos (o creemos) que en algún momento podremos salir por completo de este aislamiento, sin paredes que nos limiten, sin horarios de paseo, sin distancias de seguridad o mascarillas que nos alejen del contacto físico con el resto. Porque, a fin de cuentas, no nos olvidemos de esto: estamos viviendo un aislamiento exclusivamente físico. Sin embargo, ¿qué sucedería si este aislamiento físico viniese acompañado de un aislamiento sensitivo? Y no solo eso ¿y si además escapase a todo entendimiento racional?

Esto es lo que sucede en el capítulo 24, titulado The Hall of Egress (“El hall de la salida”), de la séptima temporada de Hora de Aventuras, una serie animada de televisión creada por Pendleton Ward para Cartoon Network.

Imagen por Pendleton Ward (Adventure Time Fandom Wiki).

En él, el protagonista Finn, que anda buscando nuevas aventuras junto a Jake —un perro con poderes mágicos—, se adelanta a su compañero para explorar un misterioso templo insertado en la cueva de una montaña y, nada más entrar, queda atrapado en él. Decidido a encontrar una salida para volver al exterior con Jake, explora las galerías en penumbra y descubre un hall con un gran portón de hierro en el que encuentra escrito Hall of Egress. Después de intentar abrir el portón con todas sus fuerzas, empujándolo, subiéndose a él y hasta lanzándole una roca, Finn queda fatigado, resoplando y, al cerrar los ojos para descansar apoyado en este muro de metal que le cierra el paso, de pronto lo atraviesa. Sin embargo, en cuanto vuelve a abrir los ojos, retrocede inesperadamente al lugar y momento en los que estaba en el hall. ¿Qué ha sucedido? Vuelve a cerrar los ojos, traspasa el portón y esta vez decide no abrirlos hasta salir y encontrarse con Jake, pero, al abrirlos, vuelve de nuevo al hall y al mismo instante. Una y otra vez Finn cierra los ojos consiguiendo atravesar el portón, palpa las galerías que llevan al exterior, sale del templo, huele la hierba y el aire, incluso consigue volver con sus amigos a casa. Pasa semanas con ellos, les habla de lo que le sucede, pero ninguno sabe de qué narices habla Finn. Y así, vuelve a abrir los ojos y retrocede a su aislamiento inexplicablemente, en un eterno retorno, entrando en una fuerte depresión. ¿Por qué narices vuelve a ese momento y lugar si físicamente puede salir de ellos? ¿Vivirá eternamente encerrado en aquel oscuro hall de la montaña si quiere mantener la vista? ¿O acaso pasará el resto de su vida en el mundo exterior, privado de sus ojos?

Imagen por Pendleton Ward (Adventure Time Fandom Wiki).

Tras fracasar infinitas veces en su intento de volver a la normalidad, Finn, ya viviendo acostumbrado a su ceguera, deprimido, decide que algo diferente debe suceder para recuperar la vista y el ánimo, para volver a la normalidad: se venda los ojos por completo y echa a andar, solitario, atravesando bosques, zonas heladas, volcánicas, desérticas, pasando hambre, sed y fatigas durante meses, o puede que años…

Hasta que, no sabemos si a propósito o accidentalmente, tropieza de nuevo con aquella montaña y aquel templo, y aquellas galerías interminables y el dichoso hall al que volvía una y otra vez y en el que estuvo confinado. Al palpar el portón, a ciegas, lo reconoce. Se reconocen. En ese momento escucha una voz femenina (no sabemos si de la consciencia de Finn, del templo, del hall, o quizá del portón), que dice: «Something is different» («Algo es diferente»), y Finn decide desvendarse los ojos. Es ahora cuando puede ver plenamente iluminados los túneles que llevan a la salida, después de años andando a ciegas, presentándose el camino con total transparencia. Tal es la claridad, que incluso ve el cielo azul y los animales a través de los muros por los que sale, hasta dar con Jake y abrazarse a él, para quien solo han pasado algunos minutos.

Como vemos, nuestro aislamiento se aleja en varios puntos del que sufre Finn: a pesar de que ambos se producen de forma accidental e inesperada, seguimos estando completamente comunicados a través de móviles, ordenadores (incluso cartas si nos diese por escribirlas) con familiares y amigos, y las razones que nos sujetan al confinamiento atienden a una lógica: que no se expanda el COVID-19. Sin embargo, Finn se encuentra completamente aislado, sin nadie en quien apoyarse, a solas consigo mismo; y además, nada le explica el motivo por el que entra en ese bucle infinito. No tiene ni una sola señal, ni una pista. No llegamos a comprender con totalidad lo que sucede, se presenta todo con apariencia de embrujo quijotesco o mal sueño kafkiano, con un aire de lo más enigmático, formándose una especie de parábola que nos muestra una enseñanza de difícil acceso, mostrada paradójicamente a plena luz, en apenas 10 minutos de capítulo. Sabemos que algo ha cambiado para que Finn consiga salir de su aislamiento, que se debe al tiempo y circunstancias por las que ha deambulando a tientas y a solas por el mundo, pero poco más.

A esta sensación de incomprensión, se le añade un detalle muy interesante que no pasa desapercibido en ningún momento: para poder salir del aislamiento, debe hacer todo su aprendizaje sin uno de sus cinco sentidos, el más importante para el ser humano: la vista, que tiene mucho que ver con el conocimiento racional, con la claridad de la comprensión. Expresiones como tener buen ojo o abrir los ojos están ligadas al conocimiento claro de algo, a no permanecer engañados, a ser astutos. Pero… ¿qué sucede cuando el conocimiento no se da a través de la razón, cuando no es del todo claro y se da sin un entendimiento lógico, a través de la experiencia? Sucede que nos adentramos en otro tipo de conocimiento, unido a este deambular a ciegas por el mundo, a solas, a oscuras, más introvertido, personal, sensible, que tiene mucho más que ver con la intuición que con la comprensión. ¿No te ha pasado alguna vez que, al encontrarte en ciertas situaciones, sin saber muy bien por qué, hay algo que no te convence en todo ello, algo que te echa para atrás inexplicablemente, como un animal que por instinto se resguarda de una tormenta muchos minutos antes de que esta llegue o apenas pueda olerse?

Se produce aquí una preciosa y profunda metáfora sobre el conocimiento sensible y la experiencia, donde lo racional o la fuerza (Finn intentando abrir la puerta tirándole una roca) resultan inútiles, obligándonos a adentrarnos en nosotros mismos, a base de una dinámica de repetición inexplicable y constante, perfectamente reflejada en el capítulo, donde la acumulación de errores te lleva forzosamente a buscar alternativas. ¿Qué sucedería si Finn no hubiese dado con una respuesta que le alejase de este círculo vicioso? Entraría en un bucle interminable que le llevaría de nuevo al exterior y luego al hall. O podría haber decidido quedarse en profundo aislamiento en el templo; o quizás en el mundo exterior, a ciegas y deprimido.

Poco a poco volveremos a salir a la calle, a sentir la piel ajena, a viajar, a retomar nuestra sociedad epiléptica y de consumo. Nos liberaremos de los muros en los que estuvimos encerrados durante días. Sin embargo, ¿habremos aprendido a través de la experiencia, de la piel, y saldremos tanto de nuestro aislamiento físico como del sensitivo, tal y como hace Finn? ¿Ha sido suficiente todo esto para comprendernos? ¿O deambularemos con los ojos vendados por el mundo, repitiendo de nuevo los mismos errores sin haber aprendido absolutamente nada?

Si no puedes salir, ve hacia adentro (reflexión)


Ciertos factores originaron un virus, el virus causaría una enfermedad, la enfermedad se convertiría en pandemia y, con la pandemia, llegaría una nueva realidad: la de las medidas de aislamiento y distanciamiento social. Esta nueva realidad permitió que las manifestaciones artísticas ganen mucho terreno; en mi caso, principalmente, a través la escritura. En algún punto, aunque sin mucha suerte, empecé a preguntarme el porqué de la elección. Como la perseverancia es buena aliada, tras un tiempo con esa duda en mi cabeza rondando y mis pensamientos acechando, encontré varias conexiones sospechosas entre estos dos sujetos: la escritura y el aislamiento.

Para contarles al respecto, hace falta revisar un poco de contexto. Sus orígenes son distintos y, hasta antes de encontrarse en mi ser, cada uno vivía en su mundo y potencializaba su propia naturaleza. Con tantas diferencias, su historia parece la de un amor imposible: él, riguroso e impuesto por mi exterior; ella, una entusiasta originaria de mi interior. Sin embargo, sus esencias tienen tanto en común que nada de esto los ha detenido en su intención de aliarse.

Una de sus características en común es la conmoción que causan con su presencia. Cada vez que la escritura hace su aparición me enfrenta a algún nivel del síndrome de la hoja en blanco, un estado de shock mental inherente al inicio de un proceso creativo. Desde que el aislamiento llegó a mis días, ha producido cambios en mis dinámicas diarias que me confrontan con una sensación continua de presente y futuro «en blanco»: presente en blanco, al limitar mis opciones usuales de distracción; futuro en blanco, por su capacidad impredecible de echar abajo mis planes y expectativas. Así, el primero de sus logros conjuntos fue ponerme cara a cara con esa sensación de nada, con ese espacio vacío a partir del cual no me quedó opción sino empezar a crear e improvisar.

A partir de la creación y la improvisación, identifiqué otro elemento que esta pareja comparte: la posibilidad de adentrarme en dimensiones inexploradas, sin importar qué ocurre afuera. La escritura me ha sumergido en mundos internos que desconocía. Su novedad y relevancia son tales que, al menos mientras dura el proceso creativo, se apoderan progresivamente de mi atención sin requerir de mi autorización. Con el aislamiento, la situación es similar: no importa qué pase afuera, este se encarga de centrar mi atención en «mi mundo»; me recuerda que tengo capacidad creativa sobre este si me conecto con mi esencia. De ese modo, el segundo logro compartido de este dúo fue que reconociera mi poder de influir en mi realidad, de romper fronteras y esquivar lo visible, tan solo con que mi mente así lo pueda imaginar.

En el proceso de descubrimiento de ese potencial, observé otra de sus cualidades comunes: funcionan mejor cuando fluyen primero y se analizan después. Quien conozca a la escritura, la habrá oído repetir con paciencia que sus acciones no siempre se entienden desde el principio, que es necesario esperar y dejar la crítica para después. Con el aislamiento ocurre algo parecido, pero sus niveles de paciencia son menores y sus métodos más extremos: cada vez que me resisto a fluir, me empuja por un tobogán de emociones del que solo salgo bien librada cuando me suelto por completo y me dejo llevar. Sin importar sus preferencias en cuanto a los medios que usan conmigo, su tercera enseñanza —y una de sus más difíciles de aplicar— fue que me permita hacer las cosas mal, que deje fluir lo que hay en mí sin juzgarlo.

No menos importante, el cuarto elemento coincidente en la naturaleza de los protagonistas está relacionado con lo que toman a cambio. Al hacer su magia, la escritura se lleva parte de mi ser. Lo curioso es que yo se la he entregado siempre, antes y después de ser consciente de las condiciones del intercambio. Con el aislamiento hay un canje similar, pero su personalidad seria y formal hacen que se dé solo cuando hay una decisión explicita detrás. Con ello, su proceso va en sentido opuesto: si permito que el aislamiento se lleve parte de mí, él hará su magia. Una vez más, independientemente de sus procedimientos individuales, la escritura y el aislamiento me están dejando huellas que tienen asociados precios a pagar. En esta línea, su cuarto logro conjunto fue disponerme a asumir el costo del proceso —aunque lo desconozca— y a recordar que no importa cómo se vea la huella al final, el camino para conseguirla siempre valdrá la pena.

Y pensando en caminos, el mío ha dado ya algunos giros. Uno de ellos, al recordar que cuando el universo tiene aprendizajes que ofrecerme los muestra de varias formas en el quehacer; otro, al notar que mi resistencia ante su intervención aumenta su insistencia, mientras que mi apertura es capaz de alinear atención e intención para que colaboren con su objetivo. Tras esos giros, mi búsqueda se transformó en ofrecimiento y el ¿por qué? en un ¿para qué? Una respuesta simple —pero llena de valor— es que, para que mi ser pueda salir de verdad, me era necesario ir hacia adentro. Con sus cambios, sorpresas y costos, en ese camino he encontrado un par de obsequios. Sin embargo, creo que no me corresponde conservarlos sino compartirlos con quienes me han empujado en este proceso.

El primero, lo entrego como regalo de bodas para mi pareja estrella. Pese a que ya han generado un compromiso de largo plazo, en poco tiempo habrá cambios de contexto que harán que la escritura y el aislamiento tengan menos tiempo para estar juntos. Esa es también una gran oportunidad para que su relación evolucione y se convierta en algo superior, en algo resiliente. Como soy su espacio de encuentro usual, les ratifico la dedicación del tiempo y espacio que he descubierto y generado desde que se juntaron en mí.

El segundo te lo entrego a ti, que me has acompañado hasta aquí. Así como esta lectura causará experiencias distintas a diferentes lectores, o incluso al mismo lector en diferentes momentos, recuerda que tu historia con el aislamiento es tuya: vívela, abrázala, ¡sácale provecho! Al mismo tiempo recuerda que, pese a ser individuales, hay muchas historias ocurriendo simultáneamente: de la misma forma en que ofreciste tu tiempo y paciencia al explorar mi experiencia, te invito a contemplar con empatía tuya y las de quienes tienes cerca.

Entrevista a Elvira Martos por Gema Albornoz


Compartimos esta entrada en la que Gema Albornoz hace una entrevista a nuestra autora destacada del cuatrimestre: Elvira Martos.

Emociones encadenadas

Elvira Martos es artista plástica e ilustradora. Además, forma parte de Salto al reverso, blog, editorial y comunidad poético-artística de hispanohablantes de múltiples países. Allí ha sido nombrada Autora destacada. Un proceso durante el que sus obras obtienen una atención preferente ante los visitantes del blog. E incluso nos presenta un vídeo sobre una de sus obras.

Elvira Martos. ©Elvira Martos.

Elvira Martos. ©Elvira Martos.

Elvira Martos se interesa, a través de su obra y su carrera, por la belleza más genuina y rutinaria. Una belleza que puede encontrarse en cualquier parte. Sus protagonistas siempre se destacan por ser gentes en escenas de la vida diaria. Protagonistas con los que nos podríamos confundir en cualquier momento. De esta forma, destaca mediante la fluidez de sus pinceladas cómo la belleza se esconde en los colores y composiciones en las calles, autobuses, en una habitación cualquiera. O cómo esos…

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María Xosé Queizán, homenajeada en el 7º Encuentro de Poesía de Puente Genil


Nota del editor: Gema Albornoz, autora de Salto al reverso, comparte en este espacio su entrevista a María Xosé Queizán. La escritora gallega fue la INVITADA DE HONOR en el 7° ENCUENTRO DE POESÍA, MÚSICA Y PLÁSTICA, en Puente Genil, Córdoba, España.


A María Xosé Queizán por ser parte de mi linaje literario.

Sucede. Sucede que acercarse a la lengua gallega, a través de su poesía, es el encanto de la sentimentalidad más delicada. Es como pasear por un bosque donde cada ser acumula palabras en el silencio. «Mais nadie ten menos que eu teño as grandes cualidades que son precisas para levar a cabo obra tan difícile», aseguraba Rosalía de Castro en su prólogo de Cantares gallegos, dando a luz a un libro que recoge la luz gallega, el sol, su armonía y esa frondosidad del entorno arrullando a quienes rodea.

En Puente Genil, Córdoba, en España, la poesía gallega y castellanoleonesa se encontraron con las artes plásticas, el folclore andaluz, el pop-rock, el baile, las voces, y talento, de pontaneses junto a la figura de Juan Rejano.

Durante unos días, desde el viernes 18 de octubre al sábado 26 de octubre, tuvo lugar un encuentro poético que quiere mantener ardientes los lazos de la poesía y el arte. Fue en el 7º Encuentro de Poesía, Música y Plástica coorganizado por el Ayuntamiento de Puente Genil y la Asociación Cultural Poética. Allí, donde se produjo los días de mi encuentro con María Xosé Queizán. Para su celebración, ha sido crucial el apoyo colaborativo de varias instituciones y empresas locales.

Algunos participantes del 7º Encuentro de Poesía. Foto: Yolanda Castaño.

Días memorables, sin duda. Unos días donde se homenajeaba a María Xosé Queizán y Antonio Gamoneda. Fue, entonces, cuando Blas Sánchez Dueñas dialogaba con Luz Pichel, Graciela Baquero y María Xosé Queizán. Las poetas gallegas pincelaron el panorama de la poesía gallega con un recorrido por sus propias obras. Como bien decía Rosalía de Castro, «naquel dialecto soave e mimoso que queren facer bárbaro os que non saben que aventaxa ás demáis linguas en dosura e armonía». Por otra parte, Juan Carlos Mestre, Rafael Saravia y Natalia Carbajosa, debatirían con Eloísa Otero acerca de la poesía castellanoleonesa.

Diálogo: Poesía gallega con Luz Pichel, María Xosé Queizán, Graciela Baquero y Blas Sánchez Dueñas. Foto: Santiago Cejas.

Es mi deseo de resumir estos días exposiciones, música y poesía, «aunque nadie tampoco se pudo achar animado dun máis bon deseo para cantar as bellezas da nos aterra». Exposiciones como El Genil al mar, apasionado comisariada por Fco. José Sánchez Montalbán y donde él mismo junto a Silvia Segarra, Elizaberta López y Rafael Peralbo participaban. O las exposiciones de Rafael Jiménez y Chema Rodríguez con Juan Rejano. Un apunte de memoria u Objetos conceptuales. Un apunte de memoria, esta última visionada mientras Pere Ponce interpretaba un monólogo dirigido por Sigfrid Monleón, sobre el exilio de Juan Rejano. Desde hace años, la Asociación Cultural Poética de Puente Genil trabaja para que la poesía llegue a los escolares pontaneses. En esta ocasión, con la presentación sobre este nuevo premio poético creado en Puente Genil, de la mano de Alejandro Céspedes. Momentos que gracias a la atención e interés despertado no se da por finalizada sino con la presentación de su libro Flores en la cuneta. Sin olvidar, la aproximación de Céspedes a la videopoesía o la presentación de su obra más reciente Las caricias del fuego. O el debate sobre el presente y futuro de las revistas literarias con Daniel J. Rodríguez, Guillermo Busutil y Ángel Manuel Gómez. O las presentaciones de Lugar, de Natalia Carbajosa y Desvío a Buenos Aires, de Concha García.

Asimismo, los espectáculos poéticos musicales de Yolanda Castaño e Isaac Garabatos, con Idioma da tinta; La canción de la tierra, con Juan Carlos Mestre y Amancio Prada o Biografías enlazadas de Martirio y Juan Cobos Wilkins. Ofrendaron numerosas dádivas para participantes y asistentes. Exploraciones emocionales, por estas singulares reuniones de poetas y músicos, desde la sensibilidad, el humor y el lenguaje. Por otra parte, espectáculos donde el piano colisionara con el flamenco más arraigado y profundo de unas letras de María Xosé Queizán reconvertidas para su bautismo andaluz, en Cuerda, tecla, tacón y verso con David Montañés, al piano; Milagros Salazar, al cante; Mariano Delgado, a la guitarra y Rocío Moreno, al baile. El turno para las letras de Antonio Gamoneda sería en Tempo de respeto con la joven promesa, el cantaor pontanés, Álvaro Martín, con Rafael Ortega, a la guitarra y los Hermanos Gamero, a las palmas. No puedo dejar de mencionar el espectáculo de la bailaora, Nieves Rosales, quien acompañada de Alberto Torres, a la guitarra y César Jiménez, al chelo, pudo grabar en el aire y en el suelo, con sus manos y pies de mariposa, los versos de Juan Rejano en su homenaje a “Memoria de la melancolía”. El poeta pontanés Juan Rejano fue la figura presencial, homenajeado con la disertación de la vida y el exilio de Sigfrid Monleón sobre Juan Rejano o las lecturas de Raquel Domínguez, Mónica Jaén y Ernesto Cáceres, acompañados al piano con Alicia Baena. Sobre todo, en la persona de su hija Carmen Rejano, en la entrega, a José Daniel Espejo por Los lagos de Norteamérica, del I Premio Internacional de Poesía Juan Rejano de Puente Genil y en sendos homenajes del grupo de pop-rock pontanés, junto a sus colaboraciones en coros y baile, Refugio 19 en Memoria en llamas y el cantaor Julián Estrada, en su Tributo a Juan Rejano.

Estudiantes recitando versos de la homenajeada. Foto: Yolanda Castaño.

María Xosé Queizán es una escritora, catedrática de lengua y literatura gallega, y figura relevante en el movimiento feminista en España. Cuenta con obras de teatro, cine, narrativa, ensayo y poesía. Según Concha García, una de las pioneras de los Encuentros de Mujeres Poetas y «una de las pioneras en la visibilidad poesía no solo escrita por mujeres, sino la reivindicación de la poesía lésbica». Según Juana Castro, «una de nuestras madres literarias y feministas».

María Xosé Queizán con Juana Castro y Concha García. Foto: Santiago Cejas.

Concha García, Juana Castro y María Xosé Queizán. Foto: Yolanda Castaño.

Comenzó su carrera como escritora en su adolescencia, escribiendo artículos para el periódico vigués El Pueblo Gallego. En los cincuenta, participó en obras de teatro, llegando a crear en 1959 el Teatro de Arte y Ensayo de la Asociación de la Prensa de Vigo, y a fundar y dirigir de 1967 a 1968 el Teatro Popular Galego. Su carácter emprendedor y su amor por el teatro la llevaron a desempeñar varios papeles a cargo de diversas organizaciones, como codirectora del grupo teatral Feministas Independentes Galegas (FIGA), directora de la galería de arte Roizara de Vigo, vicepresidenta del Consello Municipal da Muller del ayuntamiento de Vigo y directora y organizadora del I encontro de Mujeres Poetas Peninsulares y de las Islas (1996). Su labor como escritora se diversifica en todos los géneros y estilos: novela, cuento, ensayo, teatro y poesía; también es traductora. Sus ensayos feministas tratan temas tan controvertidos como la colonización sexual de las mujeres, el cuestionamento de la maternidad biológica y la reflexión sobre la escritura no androcéntrica. A principios de los setenta se trasladó a París, donde conoció la nueva novela francesa, lo que la ayudará a escribir su primera novela, A orella no buraco, obra incluida en la Nova narrativa galega. En 1977 publicó el ensayo A muller en Galicia al que le seguiría en 1980 Recuperemos as mans y, en 1998, Misoxinia e racismo na poesía de Pondal. Creó la revista Festa da palabra silenciada, hecha solo por mujeres, la cual coordina y dirige desde 1983. En 1989 publicó una obra de teatro, Antígona ou a forza do sangue, con la que queda finalista del Premio Álvaro Cunqueiro. Otra obra de teatro, Non convén chorar máis, permanece inédita. Obtuvo también el Premio da Xunta de Galicia por el guion de cine Prisciliano apareció en 1991, seguido por Despertar das amantes en 1993 y Fóra de min en 1994. Como traductora, figuran en su haber piezas como: O caderno azul de Marguerite Yourcenar, y también cuentos de Karen Blixen, Emilia Pardo Bazán y Charlotte Perkin .

María Xosé Queizán durante un momento de su intervención recitando. Foto: Yolanda Castaño.

«Eu estou fundamentalmente interesada polo como. Cando coñezo una persoa, non me preocupa quen é, senón como é, como fala, como ri, como pensa, como mira, como canta, como cheira».

Preámbulo de Vivir a galope.

Tuve la oportunidad de entrevistarla durante este encuentro que os he pincelado. Días en las que los músicos preparan sus instrumentos, se ultiman los detalles previos a los actos y con grabadora en mano me voy acercando. Casi siempre lo hago con música de fondo de esos minutos de ajetreo que aprovecho para conocer a algunos participantes mejor, prometiendo no dilatarme mucho en el tiempo. En este caso, la figura sentada en primera fila del Teatro Circo, la homenajeada María Xosé Queizán.

En su opinión, ¿qué es la poesía?

La mayoría de las veces la poesía es un circular por un camino manido, que está lleno de las mismas cosas, que habla durante siglos y siglos de lo mismo, que dicen que está poseída por la imaginación. Pero la mayor parte de las veces está poseída por lo trivial, lo que es seguir lo de siempre.

¿Por la realidad, también?

No, muy poca. Poca poesía tiene verdad. La mayoría, digamos, está viciada.

¿Cómo ha logrado a vivir a contracorriente en el ambiente poético?

Pero tanto en el poético, como en la novela, como en el ensayo, como en todo lo que traté. A mí es lo que me tira, yo digo lo que creo y pienso. Punto.

¿Cómo ha conseguido la mujer, cómo ha alcanzado, un espacio ahí?

Pues hacer lo contrario de lo que hago yo.

No creo, ¿no? (Risas)

Sí, seguro que sí. Utilizar su arte y sensión para seducir a los varones, para que las quisieran. Mira, Rosalía de Castro, que es la poeta inicial del renacimiento gallego, que tiene una madre y no un padre, eso es importantísimo para las poetas gallegas. Rosalía de Castro inició un libro diciendo: (recita de memoria) «Daquelas que cantan as pombas i as frores/todos din que teñen alma de muller./Pois eu que n’as canto, Virxe da Paloma,/ ¡ai!, ¿de qué a teréi?». Osea, Rosalía comienza diciendo que no va a cantar a las que cantan a las palomas, a las flores y esas son las que tienen alma de mujer. Las que a los hombres les gustan. Ella no lo va a cantar. Entonces, ¿de qué tiene el alma, lo que no es de mujer? Entonces, lo femenino, lo delicado, lo sensible, el sentimiento, el amor todo eso es lo femenino. Si la mujer quiso empezar algún camino en la poesía fue por ahí. Lo que pasa que muchas se salieron.

Y si no seguías esas pautas o no hablabas de esos temas…

No eras femenina, claro.

¿Qué se puede aportar desde un colectivo minoritario, por ejemplo, de una mujer que no cante a las palomas, a las flores?
Se puede aportar una realidad oculta. Una realidad que no había sido tratada, un sexo desconocido, unas experiencias que no caben en otras cabezas masculinas. Se pueden aportar unas ideas que sirven para cambiar el mundo. Bueno, muchas cosas se pueden aportar.

En el preámbulo de Vivir a galope comienza diciendo: «Tenño una gran dificultade para lembrar nomes propios e datas». ¿Cuál es la importancia de nombrar?

Es que lo que no se nombra, no existe. Por lo cual, hay que nombrar todo.

¿Cómo ha recibido esta invitación como homenajeada al Encuentro?

Con ledicia, que decimos en Galicia, con alegría.

«Agradezco moito esta invitación», diría, entre otras cosas, en su intervención.

Como ya abrocharía Blas Sánchez Dueñas durante su exposición, esta escritora, ensayista, traductora, activista, directora de revistas, pensadora feminista y una de las autoras más relevantes e influyentes de las letras gallega, María Xosé Queizán. Nos regalaría una pequeña charla sobre las Trobairitz, sobre las canciones de mujeres en la lírica occitana y comentó de aquellas que tradujo al gallego.

Esta poeta tardía, como ella misma aseguró, recitó dos poemas de Despertar das amantes, primer poemario lésbico de Galicia y España, entre ellos, Lingua amada. Más tarde, agasajó al público del Teatro Circo con Negra Camomila, donde lució la lírica de su voz al cantar en varios fragmentos. El público agradeció su originalidad con un emocionado abrazo. Allí recibiría homenajes de los estudiantes, artistas, de las poetas Juana Castro y Concha García con quien ha compartido encuentros y anécdotas y de un pueblo, Puente Genil, que la recibió agradecido.

Era junio… del ’88


Si hubieran existido los móviles
en junio del 88
tendríamos foto de la pizarra verde
llena de despedidas blancas
escritas a mano
a medio camino
entre la alegría y la melancolía.

Si hubieran existido los móviles
en la clase de 8°
la pizarra no habría sido verde
ni tendría tizas blancas
ni hubiéramos leído
con tanta emoción
lo que nuestros amigos
-hasta entonces de pupitre-
en letras y sonrisas nos dedicaban
al tiempo que el verano
por las ventanas se colaba.