Hombre al agua


Fotografía: Playa Sector Piñones, Municipio de Loíza, Puerto Rico. Tomada por Mel Gómez 14/octubre/2022
Imagen: Playa Sector Piñones, Municipio de Loíza, Puerto Rico. Tomada por Mel Gómez 14/octubre/2022

Vengo de un país rodeado de agua por todas partes. Sí, de una isla. Todos mis recuerdos están asociados con algún cuerpo de agua: el mar, el río, el lago, la quebrada, la cascada. Mis diversiones también: la bañera con patitos, la piscina en el patio, o el agua de la manguera con la que mi madre nos mojaba en días intensos de calor. Tan pronto ella abría el grifo todos los niños de la calle corríamos a brincar en el charco que se hacía frente a nuestra casa. Aquel líquido fresco que nos aliviaba, siempre iba acompañado de la frase «¡¡¡Hombre al agua!!!», enseguida el chapuzón y después el chapoteo. Los gritos se escuchaban por el vecindario y todos salían a reírse por nuestra algarabía. Terminábamos muertos de hambre y los hombres enseguida preparaban la barbacoa y parecía que estábamos de cumpleaños. ¡Qué felices eran esos días!

Me llamo Juan Adolfo García Colón, todos me dicen «Juancho». Tengo diecisiete años y todavía no me gradúo de la escuela superior. Mi familia espera con ansias que anuncie a cuál universidad pienso ir el año próximo, pues no tengo otra opción, según ellos. «Estudias o estudias para que te hagas un hombre de bien», me repiten. Sueñan con que me vaya a alguna institución de prestigio en los Estados Unidos y cuando me opongo por la distancia dicen: «O tú cruzas el charco o nosotros lo hacemos, así de sencillo». El bendito charco es nada más y nada menos que el Océano Atlántico, sencillito… Claro.

Hoy quisiera morir. Después de una vida tan nefasta, sé que no me entenderán por lo corta que parece ser, no quisiera salir de ella sin la preciosa compañía del agua. Y ustedes se preguntarán el porqué de este súbito deseo. A pesar de los sabios consejos de mis padres me junté con personas que no me convenían. Y no fue porque necesitara dinero, mis padres todo me lo daban, hasta un carrito que me llevaba a dónde quisiera. No sé qué estupidez cruzó por mi cabeza que me metí en semejante problema. Ahora les debo miles de dólares, que no podría pagar ni trabajando cien años, a unos rufianes que andan buscándome porque no pagué la mercancía que me confiaron. Nada más de pensar lo que me harán, prefiero morir plácidamente bañado por las aguas mansas en cualquier punto de mi tierra, pero como soy un cobarde, no me atrevo.

Aunque pienso que mi familia estará más tranquila si reúno el valor. Dirán que fue un accidente y no estarán años torturándose sobre cómo fueron mis últimos momentos: si me secuestraron, si me torturaron, cuántas heridas punzantes tengo, o si me cosieron a balazos.

«Ring, ring, ring». Número no identificado. No contestaré. Seguro que son ellos y es mejor que ni sepan dónde estoy. Sé que no me podré esconder eternamente. Todos conocen la casa de la playa. ¡Dios, estoy tan nervioso! Apenas puedo agarrar un vaso, el contenido cae al suelo irremediablemente. Tengo nauseas, la verdad, ganas de vomitar, y estoy seguro que en breve hasta diarreas me darán. ¿No es mejor morir a esta pesadumbre? Si solo tuviera los huevos para acabar con esto.

¡Ay, no! Espero que a mi hermana no se le ocurra usar mi carro. Puede ser que la confundan conmigo y mi terrible suerte la tendrá ella. ¿Qué digo?

—¡Marisela!

—Oye, ¿dónde andas?

—Salí.

—Estúpido, eso ya lo sé. Es que andan buscándote unos señores muy raros. ¿En qué andas metido? Cuéntame. No diré nada.

—No ando en nada. Tú siempre con tus cosas. Deja de estar mirando series de mafiosos. Solo te llamé para decirte que no uses mi carro porque tiene un problema con los frenos. ¿Ok?

—Juancho, estás muy raro hace días. Sabes que cuentas conmigo.

—Lo sé. Debo colgar.

—Pero no me has dicho… Colgó —dijo para sí.

Ya, lo que me temía, me andan buscando. No pasará mucho tiempo antes de que me encuentren. Todos saben de la casa de la playa. Tengo que salir de aquí. Supongo que estoy en uno de los primeros sitios a dónde me vendrán a buscar. Iré al centro de la isla, a la montaña, por los caminos vecinales, cerca de los ríos las cuevas. Nadie me conoce por allí.

«Ring, ring, ring». El mismo número. Las piernas me tiemblan. Aquí hay un arroyo. Voy a detenerme un momento para tomar un poco de agua, a ver si me tranquilizo un poco. Qué bueno que mamá siempre tiene un vaso en el carro. ¡Ah! Deliciosa. Voy a extrañar a mamá. Mucho.

Lo malo de vivir en una isla es que no tienes a donde ir. Vas de un lado al otro y siempre encuentras agua. A menos que tengas un bote o un avión privado, que no es mi caso, no tienes a donde ir. Das vueltas y vueltas como un ratón en su rueda y no llegas a ninguna parte. Solo hay agua.

«Ring, ring, ring». Mejor tiro el celular por la carretera. Así no lo escucharé más. Hoy es el día. Ya no puedo esperar más. Si fueron a mi casa, están muy cerca de encontrarme. ¿Se atreverán a hablar con mi papá? Pobre, se moriría de vergüenza si sabe que ando en malos pasos. Tanto que me lo dijo. ¡Qué tarde se me ha hecho para aprender!

—Juancho…

—¡Pocho!

Volteo a ver. No puede ser. ¿Cómo me han encontrado?

—¿Creías que no te encontraríamos? Se te olvida que tu celular tiene una aplicación de GPS. Lo tengo intervenido hace tiempo, por si acaso. Tú sabes… seguridad del negocio.

Traté de correr, para un lado, me interceptó uno de sus hombres. Para el otro, no tuve escapatoria. El terror empezó a calar mis huesos.

»¿Dónde está mi dinero? —pregunta el jefe.

Acabemos con esto, me propongo.

—No lo tengo. ¡Ugh!

Sí que me ha dolido ese puñetazo en el estómago.

—¿No lo tienes? ¿Y la mercancía?

—Tampoco, Pocho. Me la robaron.

—¿Cómo que te la robaron? ¿Quién te la robó?

—No me di cuenta.

—¿No? Entonces darás un paseo con nosotros. Ya verás como te regresa la memoria.

Los hombres se miran sin hablar, aun así, se entienden muy bien. Supongo que no necesitan palabras, conocen muy bien sus horribles pensamientos. ¡No! Este camino se parece al de mi casa. ¡Van hacia mi casa!

—¡Les diré! Les diré quién me robó la mercancía, pero por favor, no vayan a mi casa.

—¿Ves cómo te volvió la memoria, niño? ¿Quién la tiene?

—Mi exnovia. Discutimos y se la llevó.

—Ajá… ¿Cómo que se la llevó?

—La echó en un bulto que traía y no me di cuenta hasta que la busqué para regresártela, Pocho.

Ya se me nota la desesperación en la voz, se me están saliendo las lágrimas. Tengo sed, quiero mucha agua. Tiemblo de pies a cabeza. Me estoy cagando de miedo.

—¿Y no la fuiste a buscar?

—Sí, pero ya no la tenía.

—¿No? ¿Y qué hizo la putita con ella?

—La vendió… ¡Ugh!

No me peguen en la cara. Mis padres no van a reconocerme. ¿Por qué no les hice caso?

—Bien, ¿dónde vive?

—No, Pocho. No le hagas daño.

—Sabes que la voy a encontrar. Economízame el trabajo —dijo socarrón.

Como andan las cosas mejor que pase el trabajo. De esta no salgo. Mamita, perdóname el mal rato…

—No diré nada. Acaba con esto.

—No tan fácil, niño.

De nuevo mira a los otros y ríen a la vez. Me tapan la cabeza con un saco negro. Seguimos en la carretera como por treinta minutos. Siento que vamos por una carretera de piedras y el auto se detiene al ratito. Me toman del brazo y me sacan del carro empujándome. Abren una puerta, lo sé por el chirrido de los goznes. Vuelven a empujarme para que entre. Me amarran las manos a la espalda.

—Juancho, ¿dónde vive tu exnovia?

No contesto y metieron mi cabeza en un barril lleno de agua. ¡¡¡Hombre al agua!!! Me mantuvieron sumergido hasta que no podía respirar. Ya no me parecía tan buena experiencia la presencia del agua. Me sacaron, tosí, vomité y me hice en mis pantalones. Repitieron la pregunta. ¡¡¡Hombre al agua!!! Y al agua una y otra vez. Una y otra vez, hasta que me desmayé.

Cuando volví en mí me encontré caminando en la carretera rumbo a mi casa. ¿Habré dicho dónde vive mi exnovia? Noté la quebrada que estaba al lado del camino y decidí darme un chapuzón en esas aguas puras y cristalinas. ¡¡¡Hombre al agua!!!

—Hola, Juancho.

—Hola, mamá. ¿Qué haces aquí?

—Todos vinimos a disfrutar el agua contigo. Siempre nos ha gustado tanto…

Los abracé contento. Hacía mucho que no sacábamos tiempo para bañarnos juntos en la quebrada. Siempre tan ocupados.

—Los hombres que te buscaban fueron a la casa otra vez —respondió Marisela.  

Presentación de «CALACAS: Jardín de cirios y ofrendas I» – Julie Sopetrán / Mary J. Andrade


Editorial SALTO AL REVERSO

En Editorial Salto al reverso hemos estado trabajando en el libro «CALACAS: Jardín de cirios y ofrendas I», de Julie Sopetrán, en el que la autora aborda, mediante la sensibilidad de sus versos, las emociones que despierta la contemplación de la muerte, del duelo y de la celebración de la vida.

Los invitamos a la presentación del libro vía Facebook Live el próximo sábado 24 de septiembrede 2022.

Presentación / Book Launch

Facebook Live:
facebook.com/saltoalreverso

12 PM – Ciudad de México /10 AM – California /
7 PM – Madrid

1664020800

días

horas minutos segundos

hasta

Presentación de «CALACAS: Jardín de cirios y ofrendas I» – Julie Sopetrán / Mary J. Andrade

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El Hado oscuro


«Gran demonio del Hado», tinta sobre papel bond. Por Blacksmith D.

Yin y yang.
Las técnicas orientales.
Y como en todo,
su lado oscuro tienen.

El rechazo lleva a la duda,
la duda existencial lleva a la soledad,
la soledad lleva a la desidia,
y la desidia a la psicopatía.

El hado oscuro te llama,
esta no es una guerra en las estrellas,
la primera guerra empieza dentro de ti.
Tú no lo quieres, pero te dejan solo.

Y en la soledad del alma
reside la oscuridad.
¿Para qué existes entonces?
¿Para que el héroe se vanaglorie?
Pero en el mundo real
los héroes no existen.

Es héroe el que más habla,
el que más rodeado está de gente
gobierna.
Y tú solo eres una sombra.
Eres el hado oscuro.

El oponente te ataca…
Si eliges vivir,
eres el malo.
El hado oscuro
está en ti.

Naciste en medio del odio.
No es tu culpa.
¿Mereces vivir?
No, te lo demostraron al nacer.

¿Por qué naciste?
¿Para ser asesinado?
¿Para que te suicides?
No.
¡Ponte en pie y dales guerra!

Si te acusan,
mejor que sea siendo culpable.
Porque ya estás cansado de ser acusado
sin haber hecho nada.

Miro tus curvas…


Dibujo y kitô de Juan Machín. Modelo y musa: Karla Aguilar.

Miro tus curvas:

son unas catástrofes

matemáticas.

Segundo salto


— ¡Anand ven hijo!
— Voy luego madre.
Desde mi nacimiento he sido su felicidad y sin duda he llevado bien puesto el nombre de padre. Único piloto de aviones en la familia, ya retirado.
Siempre solía contar sus historias de cuando estuvo al servicio de la aviación americana. Por haber sido condecorado en varias ocasiones, la jefatura no dudó al enviar en misión de paz a recorrer el mundo, en ocasiones recordaba un triste incidente.

— Anand, ¿cuándo volverás a casa? Daya está por tener a vuestro primogénito.
— La semana entrante debo reportarme en Agra y pedí permiso para ausentarme unos días.
— Nada debes demostrar a esos hijos imperialistas.

La abuela siempre fue más allá de sus intuiciones, creencias y devociones, su instinto era parte de la casta a la cual pertenecíamos. Oraba en la paz de su habitación, mientras el incienso decoraba su alma. En la profundidad de su mirada unía hasta conversaciones pasadas, sopesaba el orden de las frases e incluso palabras aisladas.

«Nunca querrás ser piloto o paracaidista».
Repetía su mantra con las palmas de las manos abiertas sobre la panza de mamá, después de saber en un sueño premonitorio el sexo de su primer nieto.

Llevábamos una semana de retraso en Angra. La paciencia de las aves viajaba hacia el centro de la ciudad. Los últimos egresados en la escuela daban su primer salto y al descender obtenían su preciada medalla. Vuelan tan alto, pensar allá arriba deben hacer acuerdos con los dioses, salvar sus almas cuando alejados de la tierra vuelven convertidos en semillas.

Estamos a la sombra disfrutando desde lejos, un oficial hace el gesto de una llamada para mí. Se lanza el primer joven, dicen será el próximo dios de los cielos, brilla cual arco iris en monzón. Camino hacia la cabina sin perder de visita al muchacho, triste acto, no abre su paracaídas, temo lo peor y rompe la barrera del sonido, es increíble, antes de tocar suelo desaparece o eso creo o eso parece.

Al teléfono me dan la noticia, has nacido y vienes tocado por los dioses, en el parto un imponente arcoíris se posó sobre tu cabeza, seguido de una explosión de nubes. Aún recuerdo ese aroma a cielo después de la lluvia.

Continuará…

Primer salto


Egresado con honores de la escuela de paracaidismo, le correspondía subirse a la avioneta encargada de la titulación. Repasaba en su mente todo lo aprendido, excepto la olvidada envidia de sus compañeros.

Era alto y amable con las compañeras, obediente con las señales y aunque siempre pensó en ser piloto de avión, un amigo del colegio lo llevó a observar el mundo de los paracaidistas.

«Estamos en la altitud exigida para el examen final, ahora es mi turno, mis compañeros ríen, han de ser los nervios. Al saltar la sensación es única y muy parecida al nacimiento. Desciendo del cielo y naceré en la tierra».

El paracaídas no abre y comienzo a ganar velocidad. La fuerza g me lleva directo a estrellarme en la mismísima base de entrenamiento.

Dolor primero, no entiendo nada, luego mucha luz, frío y sangre. Un golpe seco en mis nalgas, boca abajo y al abrir los ojos veo a mi madre.

Continuará…

Amor feroz


Dibujo y kitô de Juan Machín

Tú, cual loba,

y yo, salvaje bestia:

nos devoramos.