El atentado de los hermanos Kérberos II


Luego del primer atentado exitoso usando a los perros como armas vivientes, los Hermanos Kérberos siguieron entrenando y experimentando. Esto les llevó a la conclusión de que la dificultad de conseguir la gran cantidad de sacrificios requeridos era un proceso que volvía ineficiente al ritual, restándole utilidad práctica. Por lo que, luego de mucha investigación, lograron crear un objeto legendario del vudú conocido como hitokui hyōtan o cantimplora prisión. Este objeto consistía en una cantimplora que permitía atrapar a una gran cantidad de personas dentro, convirtiéndolas en miniaturas que no pueden sino esperar que la cantimplora los absorba lentamente para mantener su propio funcionamiento, o morir al ser retirados de ella para ser sacrificados inmediatamente; además de volver imposible el suicidio dentro de ella. Gracias a este objeto, los Hermanos Kérberos podían secuestrar personas de una forma muy discreta y almacenarlas para siempre disponer de un suministro que les permitiera usar con más soltura el poder de los perros.

Luego de que cada hermano aplicara la innovación de la cantimplora, se dedicaron solamente a dos actividades: secuestrar personas con regularidad e intentar descifrar el último de los conjuros que contenían las piedras. De esa forma lograron, al fin, acceder al tercer conjuro, que les permitía fusionar a los tres canes en un solo perro monstruoso de tres cabezas, capaz de utilizar no solo el fuego, el rayo y el hielo, sino también un nuevo ataque que combinaba los tres poderes y que bautizaron como Rayo delta. Luego de mucha práctica se volvieron hábiles con el último conjuro y decidieron que era tiempo de estrenar su nueva y perfeccionada técnica en un nuevo atentado.

***

Antes de ir por la única metrópoli que logró surgir en el mundo posguerra, Ciudad capital, decidieron que era necesario rellenar sus cantimploras prisión en algún pueblo cercano. Usaron a las últimas personas contenidas en sus cantimploras como sacrificios para invocar a los tres perros por separado y aterrorizar un pueblo con el fin de aprovechar el caos para secuestrar a la mayor cantidad de habitantes posibles dentro de sus cantimploras y así poder usarlas como sacrificio para su nuevo atentado.

***

Una vez que se infiltraron en Ciudad capital, los Hermanos Kérberos iniciaron los preparativos para su gran ritual. Como primer paso, esperaron la madrugada para dirigirse al centro de la ciudad sin llamar la atención. Luego, alzaron sus cantimploras y las presionaron fuertemente con sus manos hasta que empezaron a borbotear sangre que los hermanos mezclaron en el suelo formando una marca. Luego, cada uno partió a un punto específico de la ciudad, para formar un triángulo equilátero inscrito en el círculo que constituían los muros de la metrópoli. Como segundo paso, desde el punto indicado, cada uno de los Hermanos Kérberos invocó a su respectivo perro, pero esta vez no los ataron con el conjuro de control mental. Los dejaron libres por un rato mientras recitaban el conjuro para teletransportarse de nuevo al centro de la ciudad usando la marca de sangre que dejaron allí.

Una vez en el centro, el tercer y último paso consistía en sacar cada uno a tres personas de su cantimplora prisión, maniatarlas y degollarlas mientras recitaban el último conjuro. Mientras aún recitaban, los tres perros fueron invocados y sometidos instantáneamente por la señal de control mental de sus miembros artificiales. Los Hermanos Kérberos terminaron de recitar el conjuro y, notoriamente confundidos, se miraron entre ellos y gritaron al unísono: “¡Los perros no se han unido!”. Los espectros, que se habían liberado de la señal de control mental, dijeron también al unísono: “¡Es hora de terminar nuestro ritual”. Dicho esto, cada perro devoró a su respectivo dueño y, una vez más, volvieron a unirse en un can monstruoso.

Los tres perros, luego de muchos rituales de práctica en que fueron unidos y separados varias veces, fueron acumulando la sed de sangre proveniente de los sacrificios humanos y, en cuanto tuvieron suficiente, esperaron la siguiente ocasión en que los Hermanos Kérberos los intentaran unir, para tomar sus vidas por la fuerza y así completar el ritual que les otorgaría de nuevo tanto la libertad como un cuerpo indivisible. Kérberos, en un acto de euforia, empezó a lanzar el Rayo Delta una y otra vez hacia diferentes puntos de la ciudad, causando grandes daños.

***

—Acabamos de recibir un informe de que la Ciudad capital está siendo atacada por un espectro gigante—gritó una extraña mujer encapuchada a sus tres compañeros—. ¿Acaso no piensan apurarse?

Dos de sus compañeros, un hombre y una mujer encapuchados, ignoraron el grito y siguieron jugando naipes.

—¡Es nuestra primera misión en décadas! —otro hombre encapuchado, usando su poder para controlar el aire, revolvió los naipes de la mesa y levantó a sus dos compañeros de las sillas.

El hombre y la mujer que jugaban naipes miraron con desdén a su compañero y replicaron al unísono.

—¡¿Acaso no está el Alquimista Marino para encargarse de esas pequeñeces?!

—¿Cuáles pequeñeces? —gritó la mujer que habló inicialmente, que empezó a emanar calor por el enojo—. ¡Es un desgraciado espectro de veinte metros que está gritando y lanzando rayos en Ciudad capital!

Por su comportamiento, parecían un grupo de adultos inmaduros discutiendo. Pero lo cierto era que detrás de esa actitud despreocupada estaban los Cuatro ancianos de la Orden Rosacruz. Ellos, décadas antes, participaron en la guerra para liberar al planeta de la opresión de los Señores de la guerra y los practicantes de vudú que les servían. De un ejército de trescientos, solo los Cuatro alquimistas elementales y el Alquimista marino lograron sobrevivir a la terrible masacre conocida como la Noche de las piedras blancas, donde la guerra vio su fin y se reinició el desarrollo de la humanidad.

Cada uno de los Cuatro alquimistas elementales eran famosos por ser portadores de un Libro de los siete sellos y, por tanto, de una piedra filosofal completa fruto del entrenamiento otorgado por el libro. Todos tenían un conocimiento muy avanzado de la alquimia y, gracias a eso, eran capaces de mantener su cuerpo con una apariencia mucho más joven que la de su edad real. La Alquimista del fuego tenía en su poder el libro de los siete sellos de Nicolás Flamel. El Alquimista del agua tenía en su poder el libro de los siete sellos de María la judía. La Alquimista de la tierra tenía en su poder el libro de los siete sellos de Taphnutia. El Alquimista del aire tenía en su poder el libro de los siete sellos de Zósimo de Panópolis. En cuanto terminaron de discutir, levantaron sus piedras filosofales, que empezaron a emanar un fulgor dorado que los envolvió. Luego, usando dicho fulgor, empezaron a levitar. Volando a gran velocidad, se dirigieron desde el cuartel general de la Orden rosacruz hasta Ciudad capital para impedir que el enorme espectro causara más destrozos.

***

El gran perro Kérberos, en su éxtasis de libertad, seguía lanzando indiscriminadamente su Rayo delta, sin causar muchas víctimas mortales debido a la evacuación de todos los habitantes hacia al sector subterráneo de la ciudad. Cada casa tenía un acceso a las vías del sector subterráneo que fue creado para proteger a los ciudadanos de amenazas de gran envergadura. Kérberos, al ver que no lograba matar a más gente, decidió dirigirse a una de las entradas hacia el sector subterráneo para pulverizarla con su rayo y así poder masacrar a todos los habitantes. Empezó a cargar su Rayo delta y lo disparó. En ese preciso instante, cuatro siluetas encapuchadas envueltas en un fulgor dorado interceptaron el rayo y lo anularon con una barrera de aura.

El enorme espectro estalló en ira y se abalanzó contra los Cuatro ancianos para devorarlos. Tres de ellos lograron escapar volando.

—¡Maldiciooooooón!— gritó el Alquimista del aire, al notar que la Alquimista de la tierra quedó atrapada entre las fauces de Kérberos.

Los tres ancianos restantes, aún levitando sobre el perro gigante, se colocaron en una formación donde se daban la espalda entre ellos y empezaron a acumular aura dorada en cantidades masivas. De repente, la Alquimista del fuego empuñó su piedra filosofal y empezó a agitarla. De la piedra salió un gran látigo de flamas con el que empezó a azotar al espectro. El Alquimista de aire empuñó su piedra filosofal e hizo el gesto de dar un puñetazo hacia su oponente. De su puño empezó a fluir una fuerte corriente de aire que rápidamente formó un tornado que aplastó a Kérberos contra el suelo, dejándolo indefenso por un instante. El Alquimista del agua aprovechó ese momento para empuñar su piedra filosofal y, mediante una extraña danza, hacer levitar masas de agua desde las fuentes más cercanas, rodeando al perro con una gran cantidad de ellas.

El gran perro intentaba liberarse del tornado que limitaba sus movimientos y de los azotes de fuego. Pero, sin darle tiempo a reaccionar, el Alquimista del agua convirtió las masas de líquido en enormes y afiladas púas de hielo que lanzó a gran velocidad contra Kérberos. Este, a causa del dolor, empezó a aullar desde sus tres bocas. Lo que le permitió a la Alquimista de la tierra escapar de sus fauces para, inmediatamente, empuñar su piedra filosofal y estrellarse contra el suelo de tal manera que desprendió enormes rocas que salieron disparadas contra el espectro.

—¡Malditos! ¿Quién demonios se creen que son?— gritó el furioso perro gigante.

Pero, sin darles tiempo a responder, los Cuatro ancianos se precipitaron contra el suelo como si una gran fuerza gravitatoria los intentara aplastar.

—Lamento mucho no poder presentarme adecuadamente —dijo una voz que venía desde atrás de los ancianos, que seguían sometidos por el poder que los aplastaba—. Pero si no los atrapaba distraídos, jamás podría haberlos detenido de matar a mi preciado espectro.

Los ancianos eran incapaces de responder, mucho menos de contraatacar. El extraño personaje se presentó de una manera muy rimbombante, afirmando que servía al Dueño del mundo y que éste le había provisto de la bomba gravitacional que le permitiría reclamar lo que era suyo. También afirmó que era un criador de espectros es decir, un practicante de vudú especializado en crear objetos malditos que, bajo ciertas condiciones, eran capaces de cobrar vida como espectros. En este caso, era mentira que la estatua era una prisión donde supuestamente Kérberos fue encerrado por un legendario alquimista. La estatua era, en palabras del practicante de vudú que se presentó como la Novena plaga, un objeto diseñado para funcionar de forma autónoma y cuyo propósito era poder engañar a sujetos que cumplieran las condiciones del ritual para otorgar un cuerpo material estable al espectro en desarrollo.

—¡Esos trillizos imbéciles se creyeron todo!—dijo la Novena Plaga mientras reía con demencia—. Ahora que ellos dejaron el trabajo hecho, al fin puedo retirar el producto terminado. Es sorprendente que la bomba gravitacional no los triturara. Ustedes son demasiado fuertes, así que, con su permiso, me retiro.

Dicho esto, la Novena Plaga sacó una extraña caja y, convirtiendo a Kérberos en una especie de humo negro, lo guardó allí para luego volverse humo él mismo y desaparecer del lugar sin dejar rastro. En cuanto la Novena plaga desapareció, la fuerza que aplastaba a los Cuatro ancianos se desvaneció. Confundidos, decidieron regresar al cuartel general de la Orden rosacruz para discutir lo sucedido.

De mi afán


Con la punta del pie toco
mi instinto dormido
a la intemperie.
Encogido
intenta ocultarse. Es en vano.
¿De qué frío, ausencia, noche
huye?
No por agazapado
es más pequeño
el muy indolente.

Principado


Dibutrauma de corazón

Inventé una nación entera,
en la frontera de mi corazón y de mi alma,
con sus montañas, edificios y sellos postales.
Un lugar en el que las sombras no existen
porque nos reflejamos gatos.
Donde besamos tu mano
todos los hombres y sus reflejos-gato,
para rendirte culto,
para obsequiarte flores.
Una nación para tu principado,
donde por siempre seamos gatos,
donde por siempre seas (mi) princesa.

Emboscada nocturna


¿A qué huele la noche?

Roza la lavanda el agua de tu cuerpo

y se abandona en tu pecho.

Baña el primer temor de lo oscuro.

Mientras el frágil sueño envuelve

toda la paciencia del tiempo,

se pierde un instante.

Abre los ojos.

Las estrellas se mueven.

La montaña se mueve.

Se agitan la tierra y el cosmos.

¿Son tus palabras otra fragancia?

La tierra se llenará de tu luz

y arriba, tu vientre se acomoda.

Duermen la risa y el llanto sobre el barro,

fruto de tu sudor. El silencio se hundirá

en los ojos de los hijos de la noche

en una emboscada nocturna.

Y tú serás el peligro

y la tormenta.

Acomodando la incomodidad


Fotografía y dibujo: Klelia Guerrero García

Al crecer y evolucionar
más allá de lo que vemos,
dice el dicho: ¡no sabemos!
Sea que llegue tras esperar
o de sorpresa a emocionar,
crecer no será cómodo:
afecta nuestro «acomodo»;
algo nos deja de quedar
e incluso empieza a molestar…,
¡se sentirá sobremodo!

No obstante, cuando eso pase,
casi nunca notaremos
los provechos que tendremos
sino, más bien, el desfase
y el traquear de nuestra base.
La pubertad es un caso
que ejemplifica ese paso:
tras lo que el espejo muestra,
está aquella voz siniestra
que dice: ¡esto es un fracaso!

Tal sensación puede causar
dudas de nuestro proceso,
pero precisamente eso
—en medio camino, pausar—
será clave para encausar
desde adentro el crecimiento.
Luego del abatimiento
por vivir la incomodidad,
veremos la necesidad
de expandir ese cimiento.

Si en el futuro perdemos
aquello que era cómodo
—pensándonos Cuasimodo—,
los invito a que observemos
y a que amor direccionemos
donde el dolor aparece…
¿Y si no es lo que parece?
Dejar de lado el apego
es complejo, pero luego
tal vez todo eso florece.

Propongo como epítome
que más allá de la misión
de la presente situación,
de las veces que retome
o del tiempo que nos tome
el crecer de cualquier forma
—hasta reduciendo la horma—,
la incomodidad es parte
de la vida y su baluarte…
aunque incumpla nuestra «norma».

Cena de Navidad


Ya está oscureciendo. Antes me gustaba ver la puesta de sol con un vaso de güisqui en la mano, parado frente al ventanal. Me costó mucho trabajo llevar la cuenta de los días, pero, aun así, sé que estamos en invierno. Ya no me paro frente al ventanal, ahora calculo las horas mirando por una rendija entre las tablas que cubren la ventana. Bajó mucho la temperatura, apenas si tengo unos girones de cobertor para cubrirme. Estoy demasiado delgado. Me cuelga la piel e incluso tengo estrías en donde antes solo había barriga. Ya han empezado a caérseme los dientes; creo que es señal de desnutrición o falta de alguna vitamina.  

Antes era fácil darse cuenta de en qué época del año estaba, incluso cuando era niño. Recuerdo que mi ciclo de tiempo lo medía con el día de Reyes. Juguetes. Ahora a quién le importan las fechas. La Navidad era mi época preferida: solíamos juntarnos en la casa de los abuelos a festejar las fiestas de fin de año. Robábamos las botellas de sidra y bebíamos hasta emborracharnos. Nadie se daba cuenta. Los adultos se ocupaban de asuntos sentimentales por aquellos que ya no se sentarían a la mesa a compartir la cena. La gente muere y a veces se les extraña. Yo extrañaba a mi abuelo. Siempre fue divertido pasar el tiempo con él: hacía trucos con cartas y monedas, siempre sorprendía a los chicos y nos hacía reír con sus historias.

Este invierno sería diferente. Ya no habría reuniones familiares ni trucos de magia del abuelo Flavio… ni cena. También extraño las comilonas. En la Nochebuena mi madre no nos reprendía por comer todo lo que quisiéramos. Nos retirábamos de la mesa con el abdomen embotijado por tanta comida. ¡Mierda!, me gruñen las tripas solo de recordar. Con este van dos días que no pruebo… alimento.

Es difícil conservar comestibles sin un refrigerador. Recuerdo que alguna vez leí algo cerca de acecinar la carne para conservarla por más tiempo y, sin embargo, por las circunstancias, no me atrevo a salir al exterior. El gobierno nos dijo que solo serían un par de meses de confinamiento y mintieron. Llevamos casi nueve meses encerrados sin poder salir por los rebrotes y las nuevas cepas del virus que fueron apareciendo.

Al principio fue como un descanso; como unas vacaciones forzadas. Mi esposa y mis hijos estaban muy contentos porque pasaríamos más tiempo juntos. En realidad, así fue. Luego del cuarto mes las cosas comenzaron a salirse de control. El estrés por el encierro comenzó a cobrar el alquiler, y las semanas posteriores fueron de constantes peleas y desacuerdos. Luego la comida empezó a escasear. Fueron intentos vanos el querer adquirir víveres en el exterior: los grupos insolventes decidieron tomar las calles y las tiendas. De repente el dinero ya no sirvió para nada. Todo se acabó en un abrir y cerrar de ojos. Las compras de pánico de las primeras semanas ahora solo son un mal chiste comparadas con la rapiña que hubo en días posteriores.

¡Maldita sea! Muero de hambre. Ah, sí, las cenas de Navidad (me salí del tema) eran una ironía: se festejaba el nacimiento de un niño en pobreza extrema degustando varios platillos y vinos en abundancia. Era la época del año en que se derrochaba dinero en comidas y regalos para conmemorar el nacimiento en un establo del niño pobre. Mucho amor y buenos deseos que duraban una noche, así de efímero. Pobres humanos que somos. Me tiemblan las manos, no sé si es por el frío o por… otra cosa. Recuerdo que en esos días nos abrigábamos con chamarras, guantes, gorros y bufandas. Después, en la secundaria, me enteré que en el hemisferio sur el festejo de Navidad ocurría en pleno verano, ¡qué diablos! No puedo imaginarme un fin de año en pantalones cortos y playeras frescas.

Este año no habrá «felices fiestas». Ni siquiera tengo la certeza de que llegaré a esa fecha. Ya no hay… comida. Tampoco habrá regalos ni bufandas o gorros, nada más este maldito temblor en las manos. Creí que, si me comía a mi esposa y después a mis hijos, me durarían más las raciones, pero no fue así. Entre más carne ingería, un hambre loca se apoderaba de mí. ¡Qué lástima que no pude acecinar la carne!, en cambio, asesiné a mi familia y me la comí. Ahora solo se me ocurre comerme pequeñas partes de mi cuerpo, pero aun así no creo que me alcance para llegar a la cena de Navidad.

Tengo hambre.

Ser serpiente


Ser joven otra vez

y poder equivocarme de nuevo

ver todo con

nuevos ojos

otros ojos que no

son

estas tristes y cansadas celdas

de mirada descreída y maliciosa

que siempre

siempre

desconfían y no saben ya

quién es ése

que se mira afeitándose

y duda

si apretar un poco más

la cuchilla en el cuello

poder                   volver                   a creer

limpio

y abierto

como la mano tendida de un niño

a su padre

y pensar

que todavía se puede

y pensar

empezar de nuevo…

ser serpiente

que muda la piel y deja

entre rastrojos

—estos ojos—

estas cicatrices y durezas

que tanto hablan de mí.