Bajo el puente


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Palabras


Palabras hay muchas, tantas como personas, árboles, aves, animales, nubes y planetas juntos. Y ellos son quienes le dan lo más importante a las palabras: sentimiento.

Porque lo importante no son las palabras, sino nosotros.

Su interior brilla, y siempre brillará, mas nuestra boca unida al corazón con un hilo fino lleno de significado es quien decide el color de sus latidos.

De nada sirve decir palabras por decir, como un actor que solo imita aquello que le mandan, sin pensar en lo que dice. Hay que creer en ellas.

Las palabras siempre están ahí, tratando de colarse en nuestro estómago cada vez que el mundo nos convierte en efímeros niños y niñas.

Porque si una palabra está bien sentida, florecerán margaritas en la piel, nacerán dientes de león en los pulmones, observarán con la ilusión de un niñ@ el mundo; volverán a creer en su corazón.

Y el mundo tendrá más sentido.

Gestación de autonomía


Foto: Gema Albornoz

Puede que nadie te vea,
hasta que tú te mires.
Puede que no encuentres el brillo,
porque tú seas luz.
Puede que, a veces, te escondas
—cada vez que seas laberinto.
Puede que siga pasando el tiempo,
solo, hasta que tú lo detengas.
Puede que suene la música
y tú seas alguna de sus notas.
Y puede, puede que cuando no te mires,
no te veas como luz, te líes como hilo
laberíntico y el tiempo te sobrevuele,
mientras canta. Y entonces, seas tú,
en ese momento, serás tú y no otra.
Serás tú y eso te bastará.

Experta en decir adiós


Aprendiste a decirme adiós antes de que esta palabra cupiera en tu boca.
  
Me lo dijeron antes tus manos,

cuerdas rotas en tu regazo.
  
Me lo contó tu silencio:

había tres grietas en el techo,

también una baldosa rota por un costado,

en el suelo, tus bambas manchadas de barro,

nueve, o quizás diez,  libros sobre la cómoda;

tres manchas de café en la funda del sofá desvencijado,

sobre la silla, mi abrigo reposaba, esperando,

en la cama, una sábana sin arrugas,

también conté dos mosquitos aplastados,

sórdidos;

y a cada segundo, dos pestañeos

insulsos

en tus ojos extraños;

qué más puede hacerse entre tanto silencio.
  
Aprendí a adivinar tu adiós

como un zahorí encuentra agua en el fondo de la tierra;

solo que yo no quería,

no quería encontrarla

ni beberla

ni mirarla.
  
Al final, para ayudarte

—más de cien quilos de sal pesa tu silencio—;

cargué tu adiós,

y te lo dije yo.
  
Mayca Soto. El gris de los colores.

Chupavidas


Son tiranos que borran nuestros versos.

Mientras sus malditos números derriban ilusiones;

cuando ves envejecer el camino

o se da la vuelta medio corazón.

 

(Fotografia del autor)

Canción de despedida


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No quiero morir en soledad,

abandonada en esta tierra fría,

quiero morir acompañada

y que me entierren

con mi bandera como mortaja.

Antes de irme quiero abrazarte

y decirte al oído lo que siento,

que en mi alma siempre has estado

grabado a tinta y a fuego.

Mi caminar se hace lento,

llora en mí la guerrillera

que una vez tumbó gigantes

y caminó sobre palmeras.

Tres montañas y una estrella

han marcado mi destino.

Por ellas de fiesta vivo,

por ellas de pena muero.

No digo adiós para siempre,

tal vez mi caminar sea perpetuo.

Si no se pierden mis letras,

si no se pierden mis versos.

Hoy canto para despedirme

temprano —como suelo hacer—,

que no llego antes si me adelanto,

es que no quiero que se me haga tarde,

por dejarlo para después.

 

Imagen: Pixabay