Carrousel

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Cataclismo


Luego de entretenerse con las horas las guardó en su cajón de juguetes. El dios niño no era consciente de sus poderes.

Nochebuena


Acuarela y poema de Juan Machín.

 

Es Noche Buena

Tu boca, labios rojos,

cuando me besa.

Yerushaláyim & Mockba


jerusalem y moskau 001

Las esposas de los dioses.
Una es buena y otra, extraña y misteriosa,
una tiene un sello en la frente y la otra tiene puntos rojos allí.

Los dientes de una son como ovejitas y los de la otra son de oro,
una es rolliza y hermosa y la otra es gorda y vieja.
Sin embargo una es amarga y la otra es dulce.

Con una es difícil llegar, a la otra le pagas y se te tira encima.
A la una: ¡Qué bonita eres! Y a la otra: ¡Un, dos, tres!
Los héroes cantan al amor y los pioneros le cantan a Lénina.

Una cuida su piel con su alimentación, la otra la maquilla.
La sabia viste sus pechos para erguirlos y la otra se los implanta.

Juan vio una ciudad que no está aquí.
Y yo veo lo que no ves cuando duermes.
¿Quieres saber todo de ellas?
Veo lo que no ves cuando estás en frente de mí.
Veo lo que no ves cuando me hablas a mí.

Las esposas esperan, la guerra inicia donde ni te imaginas
y los dioses ya eligieron sus armas:
Jerusalén, Jerusalén, ¡qué bonita eres!
Moscú, ¡un, dos, tres!

Ariadne


He soñado tus ojos, he sentido la suave piel de tus manos jugando delicadamente con mi rostro. Escuché tu voz y sin dudas creía que de un ángel se trataba; así seguí durante múltiples sospechosas y crecientes lunas hasta que llegó el revés de las inesperadas fantasías.

Una tarde decidí entregarme al canto que vibraba en mis oídos y descender a las arenas de Morfeo. Mi curiosidad latía fuerte, desde mis ojos hasta mi fuente, acelerando los trotes de mi corazón nervioso. Cero sospechas del personaje que decidió aparecerse, solo sé que la sentía íntimamente familiar, su risa, su voz, el poder de su tacto. Como si con mi corazón jugara, sentía que mi espíritu sonreía con suma facilidad. Y así, en la cúspide de la felicidad ignorante, caí.

Esta niña que siempre veía en fragmentos, nunca a visión de un ser completo… Poco a poco cambiaba su forma, empecé a notarlo cuando el clima se tornaba húmedo y pesado. Un golpe de invierno, indicando la caída de las hojas y el marchitar de las flores, el despeje total de las ilusiones. En un solo golpe, la niña ya estaba lejos de un ser humano.

Frotándose el rostro con sus garras, arrancando violentamente sus cabellos, dientes corroídos chocando entre sí, simulando gritos de dolor y carcajadas agudas al mismo tiempo. Sus ojos, profundos globos verdes de hermosura caían brutalmente quebrándose en el suelo como dos esferas de vidrio. Su garganta se ensanchaba y un espantoso gruñido emanaba de allí, paralizando de temor cada vello, cada pestaña, cada pieza de mi sensible ser.

Aterrado, como si de mi peor pesadilla se tratase, me di a la fuga. Trotando tan deprisa como podía entre cada tropiezo que tenía, sus gritos desgarradores me perseguían, violándome los tímpanos y la inocencia de mi fe.

Desesperado por ocultarme trataba de llegar a una conclusión ¿Qué demonios sucedía? y ¿quién o qué era lo que a mis ojos buscaba? Bajo todo obstáculo esquivaba su mirada, hasta que di con ese pertinente pensamiento.

Uno de mis temores más reales, poderosos y constantes, la razón del evadir tan ágilmente el encuentro sagrado, la responsabilidad en concepto y la concepción de compromisos vitales.

Dicen que a los demonios los expones cuando de su nombre te vales. Dicen que el solo descubrirlo, te dará influencia sobre sí.

Solo me tomó un sacrificio poder dar con el secreto.

Muy en mi inferioridad se encontraban aquellas letras que componen su identidad.

Ariadne.

Desde mi ser, que aún duerme profundamente, te clamo perdón, te ruego por esperanza, te digo que cambiaré.

En mis brazos algún día podré recibirte.

Perdóname.

 

Historias de un día


En el imperio de las luces reinará

la oscuridad.

El arte de vivir quedará a solas

esta noche.

El hijo del hombre dialogará

con la manzana. Justificará y

borrará su pecado.

Los amantes se besarán

pese a sus máscaras,

pese al pesado velo de lo que importa.

Y serán amigos.

Y no serán los primeros.

 

Madame Récamier


madame recámier de roger

Dibutrauma inspirado en «Madame Récamier de David» de René Magritte.

Hace tres años falleció mi esposa, y no ha pasado un solo día en el que ella no piense en mí.

Lo sé porque no se va, porque todas las tardes me observa desde el triclinio mientras ceno o mientras escribo. No puedo traer a una chica a mi propia casa porque se enoja y hace temblar los muebles. Si una noche no llego a casa, ella va a donde esté para observarme, así sea al cine, al bar o a la iglesia. Ninguna pared, ninguna cruz y ningún letrero de NRDA puede evitar que ella esté conmigo.

Mi esposa falleció hace tres años, y no hay día en que yo no quiera que ya se vaya, que desaparezca, para que yo vuelva a ser feliz. Sin su mirada silenciosa, sin muebles flotando en la sala y sin tener que explicarle a mis amantes que no podemos coger en mi casa porque el fantasma de mi mujer sigue allí, y nos observa.

Creo que quemaré sus fotos y el triclinio, o tiraré todas sus cosas de un puente. O quizá tendré que hacer un exorcismo para que algún diablo se la lleve, para que deje mi casa en paz, para que me sienta libre, para que pueda volver a sonreír y a coger indiscretamente.