Las cumbres


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Poema y dibujo: Juan Machín. Modelo: Martha.

 

Las cumbres

níveas de tu cuerpo,

cimas rosadas.

 

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Distintos métodos para observar a Marte


Entonces ni vos ni yo habíamos nacido, pero el universo ya sabía dos cosas: que yo no podría dibujar bien y que tú traerías la imagen del firmamento en tu rostro.

Era 1972, los humanos querían ver Marte y aún no eran conscientes de los caprichos del cielo.

Años antes, los científicos construyeron telescopios de diversos tamaños, los colocaron en islas y desiertos alejados de las grandes ciudades. Observaban, estudiaban, hacían teorías y aunque conseguían montañas de información, los datos que recababan no eran suficientes. Querían más y sabían que la respuesta estaba afuera. Entonces el cielo se llenó de cohetes.

También hubo, en tiempos ancestrales, quienes con los dedos dibujaban héroes y bestias celestes que, desde arriba, daban sentido al destino de todos los habitantes de la tierra. Ellos eran los primeros dioses de la noche, pero poco a poco fueron siendo olvidados. La ciencia ganaba rápidamente terreno y, debido a ello, poco a poco perdíamos el gusto a romantizar las estrellas.

Llegó el cuatro de febrero, era 1972 y una sonda espacial mandaba algunas de las primeras fotos de Marte. Los científicos estaban alegres pero no era suficiente. La ciencia nunca se conforma y pide y pide más.

Entonces era imposible saber que había otros métodos de observar las estrellas.

 

Años después, en el milenio siguiente, un científico griego descubrió que a horas determinadas se podían observar Urano y Marte en un pequeño rostro mexicano. La simetría y escala eran perfectas. Con luz solar, parecían tener sombra propia.

Un verdadero misterio, ¿pero qué rostro no lo es?

Se ayudó de una lupa para acercarse a Marte. Se maravilló de lo lindo. Después de una hora observando, vio que por el horizonte se asomaron Fobos y Deimos. El lunar no era lunar, sino una representación a escala del planeta rojo. Un universo de probabilidades se abría paso desde las mejillas de una mujer hispanoamericana, y el científico no podía esperar más.

Con el microscopio se acercó tanto a Marte que el lente se empañaba. Recorrió los ojos, la nariz, las dos mejillas. Encontró que no estábamos tan equivocados, que el universo era inmenso sin importar dónde lo encontrabas. Hasta veían el reflejo del sol en verano. Cada lunar de su cara era una estrella, y cada estrella una declaración de exploración.

Eres tú


La espera se me atraganta.
Me atiborra la boca
y la noto ahí mismo
aferrada al paladar,
latiendo; hinchándose
y reduciéndose como el saco
de las ranas bajo la boca.
La espera reseca el aire
que pueda respirar,
agrietándome el paladar,
dejándolo como un vaso roto.

Pero en ocasiones, la espera
se hace aún más terrible
cuando se sumerge
bruscamente
en mi cuerpo, reptando
hacia el estómago
como una lombriz
que va incrustando a su paso
cristales como espinas.

Es la espera imaginando
tu voz al completo
como un aullido
diciendo que sí,
mezclándose con el aire
sin acoger cansancio
ni conjunciones
−aunques, peros o sin embargos−
que la prolonguen.

Es la espera dañina
a plazo fijo,
abundante,
exageradamente presente
y que jamás apaga la luz.
Es la espera
a que por fin
la hagas concluir,
con tu voz
al teléfono
que comienza
de la mejor manera:
desvergonzada.

Per puro caso


El viento lleva cascabeles


Tú ahí flotando
yo también
el viento lleva cascabeles
en ofrenda a la tempestad

lluvia

viento

lluvia

furia.

Yo aquí flotando
tú también
como si dormir
fuera la salvación
cuando arrecia
el temporal.

Una orquesta de sonidos
amorfos
enmudecen los latidos
estremecen como aullidos
la noche.

En cualquier momento
saldré a tu encuentro
¿acaso
me esperarás despierto?

lluvia

viento

lluvia

y solo un silbido
al alba.

Derecho a vivir una vida patética


Vive una vida patética.

Toma mucho tiempo
llegar a la certeza
del fracaso, de los descalabros
de los sueños y las frustraciones
por aquellas cosas que no intentaste;
adelantándote al revés.

Vive tu patetismo.

Cuánto te costaron armar
todas las excusas o cómo
el tiempo te acorrala cada día.

Vive una vida corriente,
por muy patética que sea.

La mujer que no conocí


Nunca conocí a mi madre. No que no la conociera físicamente. Siempre estuvo allí: desde el mismo momento en que nací, nueve meses antes, desde que fui concebida. Me refiero a que no supe nada de lo que guardaba dentro de sí: sus secretos, sus miedos, sus anhelos, sus ilusiones. Nunca supe cuál era su color ni su canción o su película favorita. Jamás la vi reír a carcajadas, ni la vi sonreír de pura felicidad. Era una extraña, sombría, a la que en muchas ocasiones desee preguntar si era su hija adoptiva.

No era como la mayoría de las madres de mis amigas. Ella trabajaba mucho, quizá demasiado como para detenerse a contestar mis preguntas. En un día cualquiera, me levantaba para el colegio a eso de las cinco de la mañana —para dejarme vestida y desayunada—, y luego irse a esperar por la transportación, que casualmente pasaba justo al cruzar la calle. Tenía que hacer dos cambios en la ruta hasta llegar a su destino: de la casa hasta Bayamón y de allí a San Juan.

Mi madre era enfermera. Solo sus pacientes conocían su ternura. Era trabajadora, responsable, pero siempre enigmática. Le gustaba ofrecerse de voluntaria, aunque se estuviera ahogando de trabajo. Tomaba cursos universitarios para mejorar sus conocimientos y de ser una enfermera práctica, pasó a ser enfermera diplomada. De todo esto me enteré en la ceremonia de jubilación a la que me invitó, en la que sentí que todo el tiempo hablaban de otra persona.

La mujer que veía venir por las tardes —vestida de blanco de pies a cabeza— no se parecía a esa. Había un dejo de hastío, en su mirada cansada. Sin quitarse el uniforme, calentaba una que otra cosa para la cena y luego de servirnos se quitaba los zapatos para recostarse en el sofá a mirar su «novelita» televisiva. Se metía en aquella pantalla, tal vez fantaseando con el amor romántico o con un caballero millonario, que la salvara y la sacara de su laboriosa vida. Creo que eran los únicos momentos en que se daba el lujo de soñar. Ya a las siete de la noche me mandaba a la cama y se iniciaba su calvario de escucharme llorar hasta quedarme dormida.

Mi madre y mi padre apenas se veían. Todos vivíamos en la misma casa —incluyendo a mi hermana mayor que era un fantasma—, pero el horario de trabajo de ambos era tal, que apenas coincidían. No tengo idea si hacían el amor, aunque era muy pequeña y no me daría cuenta, creo. Eso sí, a la hora de disciplinar, se ponían de acuerdo y no había modo de que pudiera engañar a uno o al otro.

Mi mamá solo hablaba con mi hermana. Se encerraban por horas en su cuarto y si yo estaba presente hablaban en jeringonza. No se dieron cuenta cuando aprendí el dichoso lenguaje en clave y comencé a enterarme de las cosas que ocurrían en la familia extendida, que era bastante numerosa.

Una noche en la que se exhibía en el colegio la película The Sound of Music, ya cuando estábamos vestidas para salir, llamaron al teléfono. Cambio de planes, me dijo mi madre. Según le contaba a mi hermana —en jeringonza—, mi tía estaba en el hospital con un infarto. ¿La razón? Mi prima se había acostado con un sacerdote y estaba embarazada. Claro que yo no podía preguntar por qué por acostarse se había embarazado, se darían cuenta de que las entendía. Estaba segura de que, cuando mis tías —que no sabían jeringonza— se juntaran, me enteraría de los detalles. Y así fue. Mi tía falleció del disgusto y mi pobre prima embarazada se convirtió en la apestada de la familia. De no haber sido por su padre, la habrían echado de la misma funeraria.

Entre el chocolate y el pan con mantequilla, las tías hablaban del sacrilegio que la prima había cometido.

—¿Cómo se metió con un hombre de Dios? —decía una, alarmada.

—Esa muchacha siempre ha sido incorregible. ¿Se acuerdan cuando se metió con el hombre casado? —dijo la otra.

  —¡Ella mató a la madre! —sentenciaron.

Yo observaba a mi prima arrodillada frente al féretro, vestida de negro, con una mantilla negra, con los ojos derretidos de tanto llorar y la cara hinchada. Era la viva imagen del arrepentimiento. Lloré con ella, no por mi tía, sino por su desgracia. Creo que fue entonces cuando me rebelé a la idea de que las mujeres éramos las responsables de los pecados de los hombres. ¿O qué? ¿El casado no podía serle fiel a la mujer? ¿El sacerdote no tenía un compromiso con Dios?

Mi madre también hablaba y me molestó. Ella me llevaba a la iglesia en la que predicaban que no se debía juzgar al prójimo. La vi acercarse al cadáver, ignorando a mi prima, para tomar una foto de mi tía muerta. Por semanas anduvo taciturna. Cuando fue a buscar las fotografías del funeral se encerró a llorar amargamente. Lo hizo varias veces hasta que un día vi que se deshizo de ellas. Me hacen mal, me dijo.

Poco tiempo después mi hermana decidió irse a estudiar a los Estados Unidos. A mí me daba igual. Era mucho mayor que yo y apenas me hacía caso.

Se preparó todo y mi madre partió con ella, en un viaje para dejarla instalada en la universidad. Cuando regresó, sus silencios fueron peores. Mi única compañía era el perro y mis amigas del colegio. En uno de mis cumpleaños, la mamá de una amiga me invitó a su casa para jugar, creo que se daba cuenta de mi soledad. Cuando mi mamá llegó del trabajo y no me encontró se puso furiosa. Llamó a todas mis amigas y cuando me encontró, insultó a la señora que me había sacado de mi casa sin su permiso. Supongo que ese fue uno de los cumpleaños más tristes de mi vida, sobre todo porque me avergonzó.

En esa época me di cuenta de que mi mamá y yo no teníamos nada en común, solo que ella sufría en su soledad y yo en la mía. Cada vez estábamos más distanciadas. Según entraba en mi adolescencia, más me rebelaba contra ella. Cuando la veía llegar del trabajo, me encerraba en mi cuarto para no tener que verla ni cruzar palabra. No le contaba mis cosas, no la hacía partícipe de nada. Mi mundo era mío, como el de ella era suyo.

El día de su cumpleaños desapareció. Mi padre la estuvo buscando, desesperado. Sus amigas también. En todo el día nadie supo de ella. Cuando apareció ya era de noche. Siguió a su cuarto y se encerró. Nunca nadie supo dónde estuvo, pero tampoco la vi más contenta después de su hazaña. Quizá su espíritu ya agonizaba por falta de afecto, por cansancio, o frustración.

Así la vi envejecer, entre sonrisas fingidas solo para desconocidos, hasta que poco a poco, abrazando un muñeco de trapo, su alma escapó de su cuerpo y en sus ojos no quedó nada.

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Imagen por Comfreak (CC0).