Revista 9 Salto al reverso: «Aislamiento» (Completa)

AISLAMIENTO
El arte que creamos en el distanciamiento

AÑO 2, NÚMERO 9
Segunda Época
enero-junio 2020
saltoalreverso.com
editorialsaltoalreverso.com

REVISTA POR SECCIONES
saltoalreverso.com/aislamiento

EDICIÓN GENERAL
Carla Paola Reyes

COEDICIÓN
Donovan Rocester

SELECCIÓN DE OBRAS
Gema Albornoz
Benjamín Recacha García
Donovan Rocester

REDES SOCIALES
Donovan Rocester
Blacksmith Dragonheart
Dramágico
Merche García

IMÁGENES PARA REDES
Gema Albornoz
Blacksmith Dragonheart

AUTORES
Anauj Zerep
Benjamín Recacha García
Blacksmith Dragonheart
Carla Paola Reyes (Crissanta)
Carlos Quijano
DistopiaUtopika
Donovan Rocester
Empar Boix
Elvira Martos
Fabio Descalzi
Gema Albornoz
Guillermo Orthiz
Jeanette Soria (Juanita Atoj)
Jonathan Diaz Esquivel
José López Cózar
Klelia Guerrero García
Marcelo Eduardo Pinto Ortega (eikonuruguay)
Manuel Alonso (bosque baobab)
Mario Lozano (la vida de poe)
Mayca Soto
Mayté Guzmán (ahuanda)
Melanie Flores Bernholz
Melba Gomez (melbag123)
Merche García (Merche)
Nur C. Mallart (letrasyvidas)
Poetas Nuevos
Roberto Cabral Castañeda
Ro Farrera (dramágico)
TheyoungQuevedo
Verónica Boletta
ZarZas

EN LA PORTADA
Aislamiento, por Fiesky Rivas


DERECHOS DE AUTOR Y DERECHOS CONEXOS. Año 2, N.° 9, enero-junio 2020. Salto al reverso es una publicación semestral editada por saltoalreverso.com, saltoalreverso@gmail.com. Editor responsable: Carla Paola Reyes. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización del editor.

EDITORIAL

Salto al reverso presenta su revista 9, Aislamiento, una recopilación semestral de las obras destacadas de su blog (saltoalreverso.com) y de sus convocatorias abiertas en las redes sociales. Tomando como inspiración el contexto actual en el que el aislamiento social se ha vuelto una norma necesaria, nuestros autores han creado obras que exploran los sentimientos generados por el distanciamiento a causa de la pandemia.

A través de esta publicación, mostramos su labor creativa en los géneros de poesía, relato, ensayo, reseña, fotografía, pintura e ilustración, y compartimos estas piezas con los lectores interesados en descubrir un escaparate abierto de arte y literatura.

Salto al reverso es un blog y una editorial. Somos poetas, cuentistas, fotógrafos e ilustradores. Somos un proyecto colaborativo compuesto por escritores y artistas plásticos de habla hispana provenientes de distintos países. Somos una búsqueda, una exploración creativa.

En esta revista digital participan 31 autores de Argentina, Chile, Ecuador, España, Guatemala, México, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela con obras inéditas, creadas para nuestras convocatorias.

Para conformar esta recopilación, durante el primer semestre de 2020 realizamos una selección de las obras publicadas en nuestro blog en las categorías de poesía, relato y artes plásticas.

En la primera sección, SALTO, el lector encontrará el conjunto de obras seleccionadas en el blog de manera mensual por su calidad artística y también por su buen recibimiento entre nuestros lectores.

Para la compilación de esta revista realizamos una convocatoria temática. Nuestros autores y lectores propusieron y eligieron el tema «aislamiento». En la sección AISLAMIENTO (BLOG), nuestros autores fijos exploraron estos conceptos en sus entradas de poesía, relato, fotografía e ilustración, mientras que en la sección AISLAMIENTO (ENTRESALTO), presentamos reseñas y ensayos de autores invitados que abordan la nueva realidad del confinamiento.

También realizamos una convocatoria en las redes sociales, utilizando el tema seleccionado a manera de hashtag en Facebook, Instagram y Twitter. Los autores que respondieron a nuestra convocatoria mostraron sus habilidades artísticas con poemas, cuentos e imágenes con la etiqueta #SALTOALAISLAMIENTO.

Y en la sección REVERSO, presentamos una selección de algunas de las obras más representativas de nuestras publicaciones pasadas, dando nueva vida a obras visuales y literarias de nuestras primeras revistas.

Esperamos que esta selección sea del agrado de nuestros lectores y sirva como aporte en estos tiempos de distancia e incertidumbre, pero también de acercamiento humano y cultural.


ÍNDICE

SALTO (ENERO)

SALTO (FEBRERO)

SALTO (MARZO)

SALTO (ABRIL)

AISLAMIENTO (BLOG)

AISLAMIENTO (ENTRESALTO)

#SALTOALAISLAMIENTO

REVERSO

AUTORES

  • Anauj Zerep
  • Benjamín Recacha García
  • Blacksmith Dragonheart
  • Carla Paola Reyes (Crissanta)
  • Carlos Quijano
  • DistopiaUtopika
  • Donovan Rocester
  • Empar Boix
  • Elvira Martos
  • Fabio Descalzi
  • Gema Albornoz
  • Guillermo Orthiz
  • Jeanette Soria (Juanita Atoj)
  • Jonathan Diaz Esquivel
  • José López Cózar
  • Klelia Guerrero García
  • Marcelo Eduardo Pinto Ortega (eikonuruguay)
  • Manuel Alonso (bosque baobab)
  • Mario Lozano (la vida de poe)
  • Mayca Soto Mayté Guzmán (ahuanda)
  • Melanie Flores Bernholz
  • Melba Gomez (melbag123)
  • Merche García (Merche)
  • Nur C. Mallart (letrasyvidas)
  • Poetas Nuevos
  • Roberto Cabral Castañeda
  • Ro Farrera (dramágico)
  • TheyoungQuevedo
  • Verónica Boletta

SALTO (ENERO)

ENERO

La luna es un glovo que se me escapóElvira Martos


AusenciaVerónica Boletta

  • Ausencia

    Dejaste el vino.
    Te busqué en los restos
    de todas las copas.


Un invento de los sueñosGema Albornoz

  • Un invento de los sueños

    Vuelve a ocurrir.
    El temblor se apodera
    de las paredes de la habitación.
    Vuelve a ocurrir.
    Como aquel día
    que dejaste tu ropa sobre la cama.
    Mientras pasaban las horas
    crecían mi anhelo
    y aquellas prendas de algodón.
    Iban ganando grosor por minutos,
    como ya soñó Buñuel. Vuelve a ocurrir.
    Y aunque nunca cargue con estas paredes
    o estas paredes carguen con tu nombre. Siempre queda
    un resquicio de ti en mis sueños. Te reconozco
    como un invento que no llego a advertir bien en ellos.


Cuando ya no estásletrasyvidas

  • Cuando ya no estás

    Cae la tarde y el cielo pinta mis ojos de nostalgia. Perdí el rumbo buscando entre unas cajas aquellas fotos vacías de memoria donde encontré unas alas, están rotas. Quizá el colibrí que a veces golpea mi ventana se haya atrevido a mirar, quizá sepa qué hacer con ellas. En aquella sonrisa congelada he tratado de buscarte, de recordar, de imaginar lo que fuimos sin besarnos, ni una vez.

    ¿Cómo pudimos tocarnos con solo mirar? ¿Cómo fue que hablamos a través de aquella remota melodía? ¿Cómo nos volvimos cómplices de una vida tan huérfana? Tan lejos el uno del otro.

    Seremos todo lo que decimos a través de este silencio que alimenta las ganas de tenernos sin hacer ruido, en un lugar sin espacios ni tiempo. Allá, en ese mundo inventado por los dos, donde mueren los disimulos, los “me duele”, los “te extraño”, donde tantas veces tatuamos un “te quiero” en la pared.

    La sombra del baile de los árboles se dibuja en la persiana, es una bandera a media asta. Atravieso mi dolor sin respirar, como los sueños que mueren en mis ojos cuando ya no estás… Ya no estás.

    Esta noche vendrá a cubrirme de lluvia y yo, yo apagaré las estrellas. No quiero regalar la mirada mojada a esa luna que se esconde de ti, no pisaré la arena que te amó, donde alguna vez lloré tu nombre. Escaparé del viento, no quiero que regrese la frescura que sentí, que me robaste.

    En esta habitación, la esperanza duerme agarrada a una almohada tejida de historias sin risas ni final. Es un pequeño rincón donde el alma es el refugio falso, la prisión.

    No sé si podré pensarte de nuevo, hay cartas sin tinta volando hacia la nada, olvidamos escribir al corazón, lo dejamos en blanco, y casi lo matamos. Y ahora, ¿qué? Ahora me toca imaginarte a través de una ventana que amenaza con romperse sobre mí, para dejarme ciega de paisaje y muerta de frío, mientras dejo que me recorra esta brisa que me duele, esa caricia tuya que solo existe en el invierno.


Dudas existencialesAhuanda

  • Dudas existenciales

    Enriquito me preguntó

    dónde se guarda el sueño

    le explico que en la panza

    por eso cuando entra la comida

    sale el sueño.

    O en la cabeza

    pues a menudo la gente dice

    que le pesa la cabeza de sueño

    tal vez porque se expande

    durante la noche

    y se contrae durante el día

    para dejar paso a los pensamientos

    como hace el universo.

    Quizás en la boca

    por eso de vez en cuando

    deja escapar un bostezo.

    Realmente yo creo

    que el sueño se guarda en el sueño

    así que me voy a dormir.


Amarillo, rojo y azulBenjamín Recacha

  • Amarillo, rojo y azul
    Anciano

    Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay.   Autor: omaralnahi

    El abuelo le da miedo. Los domingos Luna se hace la dormida, con la esperanza de que mamá olvidará la visita a la residencia, pero siempre se acuerda. «Verte lo pone contento», le dice. Sin embargo, Luna nunca ha visto sonreír al abuelo, ni hablar; ni siquiera una señal de reconocimiento en su expresión vacía.

    El autobús las deja frente al viejo recinto de muros grises que dan a un jardín instalado en un otoño perpetuo, sin flores ni pájaros. Luna agarra fuerte la mano de mamá.

    —Hija, estás helada.

    Y rígida, como cada domingo.

    Mamá pulsa el timbre. Mientras esperan, Luna huele la humedad. Imagina que así debe oler una casa abandonada y oscura, pero en la residencia hay mucha gente.

    Se pregunta por qué si el abuelo es alguien a quien hay que querer, vive en una casa con rejas, como una cárcel. Una vez se lo preguntó a mamá, y lloró. Papá se había marchado hacía poco dando un portazo. Casi no recuerda a papá, pero el portazo aún retumba en su cabeza.

    Por el jardín vagan algunos ancianos. Parecen fantasmas. Luna se acerca más a mamá y desea que la visita acabe pronto.

    El abuelo las espera en su silla de ruedas, en el centro de una sala triste como un día nublado, de donde han borrado el amarillo, el rojo y el azul, los colores favoritos de Luna.

    —Hola, hija.

    La voz surge, lenta y apagada, desde un lugar muy profundo. Luna cree que la ha imaginado, pero entonces se da cuenta de que el abuelo las mira.

    Mamá se le acerca, le acaricia la cabeza y lo besa en la mejilla.

    —¿Cómo estás, papá? —pregunta con dulzura.

    Luna no puede apartar la vista de los ojos del abuelo. Por primera vez parecen los de una persona. Amarillos, cuarteados por venillas rojas, y con un extraño cerco negro en torno a un pequeño círculo azul casi translúcido.

    «Amarillo, rojo y azul», reflexiona sorprendida. Se ha soltado de la mano de mamá, y observa desde la distancia.

    —Luna, ven a saludar a tu abuelo. ¿No ves qué contento se ha puesto?

    El rostro anciano parece tan inexpresivo como siempre, pero en sus ojos ve reconocimiento y, con el corazón acelerado, se le acerca. Un movimiento en la ventana llama su atención. Sonríe al descubrir al gorrión posado en la reja.

    «A mí también me gustan los pajarillos».

    Luna está segura de que el abuelo le ha hablado con el pensamiento. Se gira hacia él, y vuelve a quedar atrapada en su mirada.

    —Dale un beso al abuelo, hija.

    «Amarillo, rojo y azul», se repite, y se detiene junto a la silla. El abuelo levanta las manos temblorosas. Luna las coge, y se le congela el corazón: el cerco oscuro en torno a la pupila crece despacio, hasta que los ojos se convierten en dos bolas negras.

    «A mí también me gustan los pajarillos», escucha Luna en su cabeza.

    El abuelo sonríe mientras sus ojos se deshacen.


Depresión en tres actosDonovan Rocester

  • Depresión en tres actos
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    «Sign from the Great Depression», por Philip Bump (CC BY)

     

    I: AUSENCIA

    Ya no sueño que vuelo.

    Ahora sueño que huyo,

    como corre una bestia.

     

    II: DELIRIO

    Las paredes se mueven,

    se cierran, me aplastan.

    ¿Qué será de mí?

     

    III: VACÍO

    ¿Dónde está el placer?

    ¿Dónde está la dicha?

    ¿Dónde estoy yo?


Serie abandono: Puertaeikonuruguay


Pez Poetas Nuevos

  • Pez

    Beber peces
    con hambre
    de mar y vida.

    Tomar
    sin las manos
    en los sentidos.

    Quién pretende
    atrapar sus peces
    con cuerpo de mujer.

    Al final vive
    el ahogo imprudente
    porque dije peces
    y no pez.


Imagen de fondo: Serie abandono: Puerta, por eikonuruguay.


FEBRERO

DosLa vida de Poe

  • Dos

    Fotografía por el autor.

    Nací siendo su juguete,
    jinete de caballo rocín.
    El culpable e inocente,
    incluso un «micromachine»

    Eran mi «Thelma y Louise»,
    el pomo de mi puerta,
    mi Babieca y mi Cid,
    la ida y la vuelta.

    Mis dos torres colosales,
    el espejo donde me persigo,
    mis puntos cardinales,
    el sonido y el ruido.

    Están dentro de mi yo,
    navegando por mis venas.
    No timonean este galeón,
    pero son el viento que no cesa.

    La vida lo multiplicó por dos,
    restando mi soledad,
    dividiendo la habitación,
    sumando un mundo sideral.

    El muro de las lamentaciones,
    mi ciento doce,
    mis legales polizones,
    hasta mi taxista de noche.

    No son ni Esteso ni Pajares,
    tampoco fulano ni mengano.
    Un regalo de sus altezas reales,
    nada como un hermano.


¿Quién dice que la luna no es de queso?Dramágico

  • ¿Quién dice que la luna no es de queso?

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    (Pregunta original de @ana.torr.ent)

    1

    Durante años las ratas se lo habían preguntado. Volteaban al cielo llenas de esperanza e interrogantes. 

    ¿Qué es esa esfera fría que se ve allá arriba? — se preguntaban—. ¿Quién es la bola amarilla que grita: «¡Mírenme! desde el cielo?».

    Las ratas no sabían. Los bardos respondieron.

    2

    En la edad media, en la época de las plagas (atribuidas a las ratas), el suizo Luca Giacometti creó un cantar que se refería a la luna como una esfera de queso emmental que flotaba en las alturas y que podría ser alcanzada solamente por quienes tuviesen el temple más firme. No era un buen cantar, pero servía. 

    3

    Luca vio en la poesía la respuesta a las plagas. Él observó que las ratas gustaban del arte. Había visto en su tierra natal y en las ciudades aledañas que las ratas se exponían, sin importarles la luz del sol, cuando había músicos tocando, pintores pintando, poetas recitando y bardos cantando. Eso sí, rehuían estrepitosamente de cualquier tipo de baile, no importando la belleza o calidad de la música que le acompañase, ellas se iban. El baile y las ratas no eran y nunca serán amigas.

    El cantar, llamado «Käsemond», se leyó y escuchó en todos los rincones de Europa. Recitado por bardos, niños, mujeres, soldados y todos aquellos que tuvieran gusto por las historias felices que buscaran saciar el hambre y erradicar los males.

    Por fin, el cantar logró su objetivo: convencer a las ratas de que la esfera luminosa de la noche, que se escondía entre nubes y a veces no salía, era realmente una bola gigante de queso puro. Un queso conservado por el vacío del cosmos e iluminado por la luz de mil estrellas.

    4

    Familias enteras de ratas de cloacas, ratas de campo y hasta las ratas más finas que vivían en los castillos buscaban los edificios y los árboles más altos para alcanzar, con sus patitas delanteras, la luna de queso. 

    Era común en esos días encontrar ratas muertas en las calles, en las sombras de los árboles y en todo lugar que fuera adyacente a una pared alta.  

    5

    Las ratas sobrevivieron a la edad media sacrificando su apreciación al arte, pero el cantar no.  Este quedó en el olvido, hasta el año dos mil siete.

    6.

    En abril de dos mil siete, en Bremen, Alemania, fue descubierto «El Cantar de Käsemond», en el que se relataba el cómo y para qué del cantar de la luna de queso. Dos meses después, en el mes de junio, se subió a la plataforma de YouTube la declamación del cantar completo.

    ¡Fue una bomba! Al vídeo original se le sumaron vídeos con declamaciones en todos los idiomas. Más sorprendentes fueron los vídeos en los que aparecían ratas escuchando atentas las palabras que salían de las computadoras, para posteriormente subir a las azoteas intentando alcanzar la luna. Las ratas perdían el equilibrio y caían desde rascacielos y antenas gigantes. Tan solo en la base de la torre Eiffel se registraron más de cuatro mil quinientas ratas muertas.

    2007

    La opinión pública se dividió. Por un lado estaban los que celebraban la casi erradicación de las ratas con un método tan simple y, por otro lado, estaban los que defendían el derecho a vivir de estás.

    Muchos científicos, artistas y personas en general, voltearon a ver a las ratas. De repente estos seres asociados a la escoria y a la basura, relegados en afecto por sus primos los ratones, fueron admirados por la capacidad de admirar la estética del mundo que les rodeaba. 

    Internet se llenó de videos con ratas maravilladas con el «David» de Miguel Ángel, con los girasoles de Van Gogh, con las obras de Seurat, de Friedrich y la música de Tchaikovsky, de Brahms, Vivaldi y de los clásicos en general. Admiraban toda composición musical que no invitara a bailar. En dos mil siete las ratas todavía temían al baile.

    Por primera vez, se habían logrado conversaciones estructuradas con animales que no fueran primates.

    2008

    En dos mil ocho, las ratas convocaron un levantamiento internacional en contra del cantar y de la luna.

    La noche del treinta de abril, en punto de las veinte horas, en la hora local de cada ciudad y de cada pueblo, los roedores se levantaron de sus cloacas, salieron de sus escondites y alzaron las patas delanteras izquierdas para gritar: «¡Callen la luna de queso, que nosotros tenemos hambre y queremos vivir!».

    Entre los motivos del levantamiento, además de eliminar por completo «El Cantar de Käsemond» de todos los medios y registros, pedían que se dejara de romantizar la luna y el firmamento en general. Por inventar lunas de queso, nubes de algodón y paraísos con banquetes celestiales, afirmaban que muchas ratas habían perdido la vida, dejándose llevar por el hambre y la sarta de mentiras que los humanos habían estado inventando desde la edad media.

    Por eso fue el levantamiento. Por eso se rebelaron. Ya no querían más ratas muertas en las azoteas, ni cayendo desde altas ventanas por querer alcanzar quesos gigantes con sus patas delanteras.

    «¡La luna es arena sin playa!», «¡La luna es fea y sin brillo propio!», «¡La luna no se toma a cucharadas!», se podía leer en las diminutas pancartas.

    2009

    Es primero de enero de dos mil nueve. Aún se puede escuchar «El Cantar de Käsemond» en algunos bares, restaurantes y edificios públicos. Es un soneto maldito, una composición del mal. 

    10

    Quizá esta humanidad necesita otra plaga, porque nuestro actuar no es correcto. Quizá sí, quizá no, pero no le digan a las ratas.


Pez globoMerche

  • Pez globo

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    ©Merche García


Cortando el error de raízBlacksmith Dragonheart

  • Cortando el error de raíz

    Esta es otra historia de Jacob, mucho antes de ser héroe y de lo acontecido en Efecto mariposa:

    Jacob cursaba el sexto año de primaria; a ese nivel, en aquel mundo oscuro al que pertenecía, recién aprenden a calcular raíces cuadradas. Un buen día, su maestro da la clase a todos sobre este tema y luego envía la tarea.

    Al llegar a casa, Jacob realiza la tarea, pero descubre que ninguna de las raíces que obtiene es correcta. Al ver esto pide ayuda a su padre, y cuando él le ayuda a hacer los procedimientos respectivos paso a paso, Jacob le corrige:

    —Papá, ¿por qué vuelves a multiplicar el primer resultado?

    —¡Ah! Ahora sabemos por qué tienes todas incorrectas, te falta este paso —respondió.

    —Pero el maestro no dijo que debíamos multiplicar.

    —¡A ver! —replicó el padre de Jacob.

    Con calculadora en mano comprobaron las raíces que obtuvieron con el paso que su padre añadió a la operación, y las raíces coincidían. Probaron la raíz que obtuvo el profesor en clases… y presentaba error.

    —Entonces lo haré así —dijo Jacob con mirada agradecida.

    —Le dices a tu maestro —inquirió su padre.

    —¡¿Qué?! —gritó Jacob con aire residual.

    —Sí, debes corregir el error y ayudar a que tus compañeros aprendan bien.

    Jacob inocentemente aceptó el consejo de su padre, y al siguiente día presentó la tarea. Sus respuestas obviamente eran diferentes a las del resto, a lo que su maestro se apresuró a preguntarle:

    —Comprobaste tu respuesta con calculadora, supongo. ¿Qué hiciste diferente para obtener esas raíces?

    —Para obtener el factor del segundo escalón hay que multiplicar de nuevo ese valor por el anterior.

    —Ya veo —recapituló rápidamente el maestro—. ¡Atención todos! —Se levantó y pasó a la pizarra.

    El maestro volvió a dar la clase y a explicar el proceso de obtener una raíz con este nuevo paso, el cual era añadir una operación más. Jacob regresó a tomar asiento, al voltear, vio a una gran parte de sus compañeros mirándolo de forma amenazadora, y al hacer gesto de «¿qué sucede?» el más rudo de la clase responde:

    —Más fácil era como el maestro nos enseñó.

    —Sí, por tu culpa ahora es más difícil —añadió una niña.

    El maestro los silenció e insistió en que esa era la forma correcta de obtener una raíz. Aún silenciados, la clase terminó con más de la mitad del salón enojados con Jacob y prefiriendo “el proceso anterior”.

    Jacob aprendió que puede cortar el error de raíz, pero que no conviene intentar cortar el error de otros; si lo haces, te ganarás su desprecio… al menos en aquel mundo oscuro y horrible donde él existe.

    Raiz cuadrada

    «La raíz cuadrada correcta», tinta sobre cartulina.


Sabor a caféGema Albornoz

  • Sabor a café

    Este sabor en la punta de la lengua,
    con tacones de mandarina,
    se adhiere a mi paladar
    y baila por toda mi boca.

    Mi pobre lengua da una vuelta ligera,
    como loca, buscando la cremosidad del cuerpo
    y esa fragancia tan fresca.

    ¿Qué ha pasado? La dejó húmeda y a secas.

    Este olor en la punta de la nariz,
    de nuevo el líquido negruzco,
    con el aroma exacto y cafeína portable.

    Este sabor en la punta de la lengua
    de fragancia inolvidable
    y de sentido volátil.


ImperioCrissanta

  • Imperio

    Fotografía por Crissanta.

    Conocer el mar,
    descubrir su imperio,
    es decir, su ascendiente,
    su dominio entero.

    Oír el rugido
    apaciguador
    o amenazante.

    Percibir el vasto azul
    insondable.

    Sentir el frío en el calor,
    el encanto hipnotizador.

    Conocer el mar,
    descubrir lo inmenso,
    lo vivo, lo antiguo,
    lo eterno.


Como lluvia solo como lluviaMayca Soto

  • Como lluvia, solo como lluvia

    Photo by Priscilla Du Preez on Unsplash

    Tú,
    no te quise,
    nunca te quise
    adherida en esta tierra.
    rezumando moho,
    incrustada,
    perenne,
    en mi despensa.

    Solo dime:
    ¿Acaso te pedí que te quedaras?

    Te quise solo como lluvia,
    como lluvia
    que despeja el cielo tras la tormenta.

    Ensimismada lluvia,
    torrente de lágrimas
    en cascada.
    Zozobra condenada
    al segundero,
    ahora lo inundas todo,
    arrasas,
    trasciendes y
    regresas,
    de vuelta,

    como si te quisieran,
    como si te quisieran.

    Arrasa
    sin piedad,
    arrasa,
    sin más,

    y vete.

    Llévate toda la leña
    de esta tierra

    que no te ama,
    que no te ama,

    ni te quiere cerca.


El atentado de los hermanos Kérberos IDonovan Rocester

  • El atentado de Los hermanos Kérberos I

    Un grupo de trillizos escapó de un orfanato y pasó su niñez viviendo en casas abandonadas, subsistiendo mediante el robo de alimentos. Ya en su adolescencia tenían en su haber muchos crímenes por los que nunca recibieron un juicio. Para ese entonces eran conocidos como Los asesinos Delta, por el tatuaje en forma de triángulo negro que tenía cada uno en diferentes partes del cuerpo. Uno en la frente y, los otros dos, en un muslo diferente. Esta información fue obtenida por una de las pocas personas que, sin morir en el intento, logró ver a los asesinos en serie y dar su testimonio.

    Durante uno de sus constantes robos y asesinatos, encontraron una misteriosa escultura de un perro de tres cabezas encadenado por un hombre. La escultura tenía marcas de una escritura muy antigua, y cada perro tenía incrustadas dos piedras negras en lugar de ojos. Los hermanos, luego de matar al dueño de la casa, robaron la escultura, impulsados por un extraño influjo. No se volvió a saber de ellos durante años.

    ***

    Luego del robo de la escultura, los hermanos la llevaron a una de sus casas provisionales y la examinaron. Se dieron cuenta que no había nada aparentemente valioso en ella, salvo las piedras negras en los ojos de cada perro. Intentaron sacarlas a la fuerza, para cotizarlas en el mercado negro e intentar venderlas a buen precio. Pero, en cuanto intentaron quitar una de las piedras, la escultura se encendió en llamas, haciendo que la soltaran inmediatamente. Luego, para sorpresa de los hermanos, la escultura en llamas levitó hacia el centro de la habitación y empezó a hablar.

    —El lazo de sangre es necesario para el conjuro de invocación. Solo tres hermanos de la misma edad podrán liberar el poder completo de esta escultura. ¿Serán ustedes aquellos que lo logren?— la escultura esperaba una respuesta de los impactados hermanos.

    Los hermanos se miraron entre sí, sorprendidos y dudosos sobre qué respuesta dar. También estaban mareados por el humo negro que provenía de la escultura en llamas. Pero, bajo el oscuro influjo del humo negro, finalmente dijeron al unísono: «¡Queremos ese poder!».

    —¡Perfecto! —dijo la escultura—, pero antes deberán firmar el contrato y pagar el precio.

    Dicho esto, la escultura empezó a explicarles paso a paso todo lo que debían hacer.

    ***

    La escultura estaba lista y todos los ingredientes estaban reunidos en el sótano de una casa de la que se apoderaron una semana antes, secuestrando a sus dueños. Primero, cada uno tuvo que hacerse un corte en la muñeca izquierda y derramar, al mismo tiempo, su sangre sobre la escultura. Eso hizo que la escultura pasara de un color parecido al mármol, a tener el mismo color que la sangre. Luego, fueron a la habitación donde tenían a los dueños de la casa con su hijo. Los llevaron amarrados ante la presencia de la escultura, que levitó hasta el centro de la habitación y dijo: “¡Ahora!”. Dicho esto, los hermanos degollaron a sus tres rehenes, al mismo tiempo, y los ofrecieron como sacrificio ritual, recitando un conjuro que la misma escultura les había enseñado.

    Inmediatamente después del sacrificio y el conjuro, la escultura empezó a convertirse en polvo, dejando solo los ojos de los perros. Los hermanos tomaron, cada uno, dos piedras negras y oyeron una voz que salía al mismo tiempo desde cada una de ellas:

    —De ahora en adelante, serán conocidos como Los hermanos Kérberos. El sello que mantenía encerrado el poder de la escultura se ha roto. Ahora es suyo. Aprendan a usarlo, ¡si es que son capaces!

    ***

    Años pasaron. Los hermanos Kérberos, luego de mucha investigación, descubrieron que las piedras podían ser descifradas con un arte conocido como vudú. Aprendieron las bases de dicho arte y descifraron cada una de las seis piedras negras. Descubrieron que cada pareja de ojos contenía un conjuro de Mahou de efecto desconocido. Cada conjuro mostraba un mayor nivel de dificultad en cuanto a los pasos e ingredientes requeridos.

    Eventualmente, intentaron el primero de los tres conjuros contenidos en las piedras negras. El conjuro tenía como requisito un sacrificio humano por cada una de las piedras, es decir, dos sacrificios por cada cabeza de perro. Con los ingredientes reunidos, en un sitio apartado y al aire libre, Los hermanos Kérberos procedieron a la ejecución del conjuro. Con las piedras negras en cada una de sus manos, cada hermano tomó a un rehén y lo degolló. Luego, sumergieron sus piedras negras en la sangre de sus víctimas. Las piedras brillaron y, de cada par, empezó a salir una especie de humo negro que se acumulaba poco a poco hasta formar la silueta de un perro. Una vez formadas las encarnaciones de humo, los hermanos tomaron a los otros tres rehenes y los ofrecieron como sacrificio a los perros. Cada silueta de humo empezó a invadir y consumir a su víctima, que gritaba de dolor en el proceso. Al concluir el sacrificio, los perros tomaron forma material.

    Los tres perros tenían un gran tamaño, alrededor de cinco metros de altura. Y empezaron a aullar al unísono. Luego de eso, los hermanos intentaron hablar con los perros. Cada perro eligió a su dueño y empezaron a explicar que, antiguamente, habían sido encerrados por un poderoso alquimista dentro de aquella escultura. Y que, durante siglos, habían esperado la remota posibilidad de hallar unos trillizos dispuestos a liberarlos, puesto que ese lazo de sangre era uno de los ingredientes principales para romper el sello. Dicho esto, cada perro dirigió la mirada a su dueño y, al unísono, dijeron: “Y, hablando de sangre, aún no recuperamos del todo nuestros poderes”.

    Luego de aquellas palabras, cada perro empezó a atacar a su dueño. Los hermanos intentaron evadir los ataques con sus habilidades vudú, pero no lo lograron. Pese a ello, los perros no los mataron. Una vez dejaron gravemente heridos a Los hermanos Kérberos, los perros dijeron:

    —Necesitábamos de su sangre, tomada por la fuerza, para así recuperar nuestros poderes. Tómenlo como un precio por el contrato de invocación.

    Los perros, entonces, aullaron al unísono mirando la luna llena y cada uno lanzó un rugido. Uno de los perros emanaba un aliento con llamas. Otro, un aliento de hielo. Y, el último, un aliento eléctrico. Terminada la exhibición de poder, los perros se volvieron humo nuevamente y volvieron cada cual a su par de piedras negras. Luego de su larga recuperación, cada uno de los hermanos quedó con una secuela física diferente. Uno de ellos perdió un ojo. Otro, un brazo. Y, el último, una pierna.

    ***

    Pasaron muchos años de dolorosa rehabilitación. Sin embargo, los hermanos estaban seguros que no había sido en vano. Los perros, para poder liberarse del sello, habían firmado un contrato de invocación con ellos, por lo que no podían negarse cuando se los llamara. Pero ellos ya sabían de la monstruosa fuerza y agresividad de los tres perros. Por lo que decidieron entrenar durante un tiempo antes de invocarlos de nuevo, para que no se repitiera el incidente de la primera vez. Además, tenían los ingredientes preparados para el segundo de los tres conjuros que contenían las piedras.

    Esta vez, los ingredientes eran seis sacrificios humanos y tres semillas de la codicia. Los tres primeros rehenes fueron utilizados para el ritual de invocación. Los Hermanos Kérberos degollaron, al mismo tiempo, a tres de sus víctimas mientras recitaban un conjuro de Mahou. Inmediatamente, arriba de ellos, se abrieron tres grietas dimensionales que trajeron de vuelta a los perros. Los hermanos esquivaron el primer inconveniente y evitaron ser aplastados por los perros dando un rápido salto hacia atrás. Antes que los perros pudieran reaccionar, degollaron a los rehenes restantes y recitaron el segundo conjuro contenido en las piedras de la escultura. Luego, los hermanos embebieron sus piedras negras en la sangre. Es decir, las piedras que representaban los ojos de la escultura, más las semillas de la codicia que consiguieron matando a tres diferentes practicantes de vudú.

    Una vez hecho eso, las piedras levitaron y empezaron a usar la sangre y huesos de los sacrificios para formar, en los cuerpos de los hermanos, los miembros perdidos. Tenían su ojo, brazo y pierna otra vez, pero eran de color negro y cada uno tenía incrustadas tres semillas de la codicia.

    Con sus miembros ya regenerados, y el poder de las semillas de la codicia, su sed de sangre aumentó. Además, de cada miembro artificial, ellos podían enviar una señal que controlaba mentalmente a los perros. Así lograron el control de las criaturas que tanto esfuerzo y dolor les costó invocar.

    ***

    Una vez logrado el control de sus invocaciones, Los Hermanos Kérberos se dirigieron al pueblo donde estaba el orfanato del que huyeron. Se hospedaron unos días en un departamento amoblado, sin llamar la atención. Durante ese tiempo, se dedicaron a conseguir nueve sacrificios más. Cuando dejaron a sus rehenes maniatados en la cueva más cercana, se dirigieron al pueblo a marcar tres paredes con símbolos pintados con una mezcla de su sangre y la de sus rehenes.

    Hecho esto, volvieron a la cueva y, cada cual, tomó a una víctima, la degolló y recitó el conjuro correspondiente para abrir la grieta dimensional e invocar a su respectivo perro. Inmediatamente, enviaron la señal de control mental y mantuvieron quietos a los canes para dibujar símbolos de sangre en sus lomos. Luego, tomaron tres rehenes más, los degollaron y recitaron un conjuro. Eso abrió otra grieta dimensional que se llevó a los perros y los invocó en el lugar donde dejaron las marcas de sangre en el pueblo.

    Finalmente, degollaron a las víctimas restantes y recitaron otro conjuro. Esto provocó que aparecieran tres grietas dimensionales que transportaron a los hermanos sobre las marcas de sangre dibujadas en los lomos de sus respectivos perros. Una vez completado el proceso, utilizaron a los perros para destruir todo a su paso. Usando el aliento del perro eléctrico, sobrecargaron el sistema de abastecimiento de energía para dejar la ciudad a oscuras. Usando el aliento del perro gélido, congelaron el suelo para evitar que cualquiera escapara en vehículos o a pie. Y, finalmente, quemaron todo y a todos a su paso usando el aliento del perro ígneo.

    No hubo forma de registrar evidencia alguna de lo sucedido. No quedaron sobrevivientes en el pueblo. Las fuentes oficiales declararon un ataque terrorista de un grupo desconocido que decidió no atribuirse el atentado.


Imagen de fondo: Pez globo, por Merche.


 

MARZO

Soy yoDistopiaUtopika

  • Soy yo

    No huyo de mí

    pero tampoco quiero encontrarme

     

    Mis grietas son mías

    aunque por ellas no sea yo el único que cae.

    Soy causa

    origen

    persona

    de cada una de ellas.

     

    Creo terremotos

    decepciones;

    creo catástrofes naturales y artificiales.

    Creo en mí

    y en ti.

     

    Soy yo, aunque no lo parezca.

    Me mantengo en mí

    mientras te dejo elegir.

    Porque me apetece todo

    aunque no piense nada.

     

    Soy yo, aunque no lo parezca.

    IMG_20200222_180325.jpg


Acto de feVerónica Boletta

  • Acto de fe

    Los domingos suenan.
    Cesária Évora
    canta Sodade.
    Esa música miente alegría.
    La letra
    clava
    puñales.


Clave de doBlacksmith Dragonheart

  • Clave de Do

    Un ciclo sin fin.
    Empieza donde quieras,
    por los pies o la cabeza,
    por la intimidad o la confianza.

    Empecemos por la intimidad.
    Vamos a susurrar lentamente.
    Tocar y escuchar.
    Escuchar es importante.

    Recorra el pentagrama
    desde la clave,
    con los labios o las manos,
    según el instrumento.

    ¿La viola o la flauta dulce?
    Si la viola, agarre el cuello con la izquierda
    y la vara firme con la derecha.
    Igual apriete suave y sin violencia.

    Si la dulce, tome con ambas manos
    y apriete los labios.
    Lea el pentagrama, sople
    y toque lo que ella le pida.

    Toque con firmeza y sin pausar,
    respetando los tiempos,
    si crescendo o decrescendo,
    si pide piano o pide forte.

    ¡Entregue el alma!
    Tocar un gran instrumento
    requiere un don que lo anterior
    le sume mucho el sentimiento.

    Toque cada punto dibujado
    suave y con esmero,
    que el compás de esas curvas
    requiere respeto.

    Respeto y valor
    de ser tocadas y amadas
    por el artista más violento
    porque de ese es el cielo.

    Levante el papel,
    cambie de página
    sin perder el aliento.
    Porque llegó el momento.

    El estribillo se repite,
    ella canta el coro.
    La pieza sigue en marcha
    y usted sube de tono.

    La frecuencia es baja
    pero angelical.
    Suena suave y sin igual.
    El cielo trae y mieles da.

    ¡Invoque al espíritu
    y que caigan las estrellas!
    Que el acorde final
    estremezca hasta a las piedras.

    Luego viene la confianza.
    El instrumento que se toca
    se trata con dulzura
    y se pretende que dure
    para muchos recitales.

    En clave de Do ha tocado
    y a hembra Gamma ha deleitado,
    con el arte de sus labios y sus dedos
    sin nombrar el instrumento.

    Si usted es macho Gamma
    el ciclo se repite:
    La eternidad y el cielo es suyo.
    Y tocará para Dios y para siempre

    En clave de Do
    un hermoso pentagrama
    y dulces instrumentos,
    grandes y bajos,
    y armonías de tenor.

    Clave de Do

    Ilustración sinestésica de cómo tocar un pentagrama en “Clave de Do”.


Virgen de lujuriaElvira Martos


Música en el metroMayca Soto

  • Música en el metro

    robert-tudor--8x6Ffud7Bk-unsplash (1)

    Photo by Robert Tudor on Unsplash

    Elena entró en el vagón pensando en Javier, otra vez en Javier. Siempre en Javier. Mañana, tarde y noche, esas seis letras grabadas en su mente, una y otra vez repetidas, como la voz que reverbera en las paredes de una casa sin muebles.

    Esa noche había vuelto a soñar con él. Un sueño desagradable. Le había visto engullido por la bañera de casa, absorbido de pronto por un remolino enorme que lo había tragado sin remedio, sin que ella pudiera hacer nada, sin haber tenido tiempo de agarrar su mano para ayudarle.

    Hasta que no pasaron cinco minutos, no empezó a percatarse de  la música, inusualmente alta, que se oía en todo el vagón, casi vacío; eran solo las siete de la mañana. Poca gente se levantaba tan pronto para ir a trabajar y siempre reinaba una calma soñolienta, era como estar aún entre sábanas, remoloneando, con tiempo para desperezarse, lejos de la vorágine que la engulliría quince minutos después.

    La música procedía del teléfono de una mujer musulmana —supuso, por el pañuelo en la cabeza—, que se sentaba frente a ella. Miraba abstraída su teléfono, como si observara cuidadosamente las notas estridentes que escupía su pequeño aparato, ajena al ruido. Tan sumida esa mujer estaba en sus pensamientos, como ella en el dolor que le causaba Javier.

    De repente, le sobresaltó el ruido de las puertas que se abrían y los gritos de otra mujer que Elena recordaba haber observado antes, concentrada en la lectura de un libro:

    —Mora de mierda, aquí la música no se pone tan alta. Vete a tu país a escuchar esa porquería.

    Por un momento, pareció que la mujer musulmana iba a alzar la vista y a decir algo, pero solo parpadeó y siguió mirando la pantalla de su teléfono aunque, apenas treinta segundos después, apagó la música.

    A Elena, que había estado mirando perpleja la escena, la asaltaron sus propias palabras subiéndole por la garganta y saliendo disparadas por la boca, dejando ir toda la rabia y la tensión acumulada en todo un mes de insomnio por Javier:

    —Pero ¿tú que te has creído? Tú sí que eres una mierda. ¡A ver si eres tan valiente delante de los chavales que ponen la música a todo grito en el metro! ¿A que no te atreves, imbécil? Que hoy con la mala leche que tengo, soy capaz de…

    Las puertas se abrieron y la mujer racista bajó apresurada.

    Elena dio un respingo y de un salto se apeó en su parada a tiempo, más liviana.

    Desde el andén, vio que la mujer musulmana la miraba, sonriéndole tímidamente.

     


VidaPoetas Nuevos

  • Vida

    Un pedazo de corazón
    incrustado
    entre las agujas
    de mis ojos.

    Beber
    tranquilo
    un par de miradas
    honestas.

    La herida
    de por si es recuerdo,
    el dolor,
    su escuela.

    Volar
    sobre trapecios,
    sin tropiezos
    es un sueño
    para todo lo demás,
    la vida.


El día que moríBenjamín Recacha

  • El día que morí

    Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay

    El día que morí, murieron otras muchas personas, como cada día. Yo lo hice después de una vida larga, de la que, haciendo balance de los buenos y malos momentos, me puedo considerar afortunado. Habría preferido evitar el mal trago de la embolia que me postró en la cama durante dos semanas de agonía; un infarto mientras dormía habría sido más benévolo, pero qué se le va a hacer.

    Otros lo pasaron peor, y su fin fue, a todas luces, mucho más injusto.

    El día que morí, también murió un obrero a quien le cayó encima una pared mal apuntalada. Murieron una madre y su hija, atropelladas por un conductor borracho; y una mujer, ejecutada a pedradas por tratar de huir de un marido que la maltrataba. Otra murió desangrada, como consecuencia de un aborto clandestino.

    Un hombre murió tras lanzarse al vacío desde la azotea del edificio de donde lo iban a desahuciar. A una prostituta la estrangularon tras haberla violado, y tiraron el cuerpo en una cuneta.

    El día que morí, una patera con treinta personas a bordo se hundió en medio del mar, sin que nadie atendiera sus llamadas de socorro. Otras diez murieron al intentar saltar una valla fronteriza, víctimas de los disparos de los guardias.

    Ese día, el que yo morí, un misil “extraviado” hizo saltar por los aires una escuela, con más de cien niños y varios maestros dentro. En otro lugar, las bombas certeras arrojadas desde un avión borraron del mapa un pueblo entero y a sus dos mil habitantes.

    El día que morí, en un país olvidado, incontables personas anónimas murieron de hambre.

    A mí me mató una embolia. No fue agradable, pero morí en la cama de un hospital, con mis manos entre las cálidas manos de mi esposa amada.

    El día que morí, una mujer murió dando a luz en la cárcel. Y del cemento agrietado de sus muros brotó una flor diminuta.


PerdedoresDistopiaUtopika

  • Perdedores

    Los perdedores

    no ganan honores;

    ganan jirones en la piel

    para quien pregunte

    por sus perdones

    que solo a ellos les corresponde.

     

    Todo tan relativo

    que mientras para el resto pierden;

    para ellos ganan a veces.


Imagen de fondo: Clave de do, por Blacksmith Dragonheart.


 

ABRIL

La muerte@theyoungQuevedo

  • La muerte

    La muerte galopa deprisa,

    dolorosa sorpresa en el pasillo del portal,

    en un atestado supermercado

    o llena de música en un teatro.

    Es la sucia cortina que rasgada cae,

    puñal que penetra altivo en los pulmones;

    y en sueños balbucea

    nuestro nombre para ahogarnos

    en una neumonía eterna.

    Pero los ángeles llegan

    entre ambulancias, luces y sirenas,

    para intentar apartar su guadaña

    de una danza rápida y desnuda.


La amanteDramágico

  • La amante

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    Sola en su cuarto de seis metros cuadrados, abandonada a su suerte sin más compañía que la televisión, la cama, ropa sucia y una cafetera. Adicta al smartphone, leyendo y volviendo a leer los mensajes de él. Contando los «te amo», los «te quiero» y los «juro que pronto dejaré a mi esposa» mientras espera que él le vuelva a escribir.

    Encerrada sin más caminos que los laterales de la cama que llevan al baño y a la puerta que da a la calle.

    La calle infestada de virus. Sin gente. Vacía.

    Vacía como vacía la cama en la que se abrazaban por las tardes. Desolada, como desoladas las últimas tardes sin los juegos prohibidos del amor a escondidas.

    Ella, sola, llora en su cama, llora en su baño y llora al pie de la ventana. Entonces lo extraña y lo ama. Y lo odia mil veces porque él está en su casa. Abrazando a la esposa que, según él, ya no ama. Jugando con los niños que no soporta. Sentado en la sala, junto al retrato familiar, con el control de la televisión, viendo películas, recordando vacaciones, riendo. 

    Son las nueve treinta de la noche, la familia cenó cereales y frutas, y ahora él está sentado en la sala observando a su familia. Ella cenó una sopa instantánea acompañada del streaming desde su celular. Él está pensando en que ama a sus hijos, que extrañaba a su esposa y que lo mejor es olvidarse de la chica del servicio social, la que dejó toda su vida para irse a encerrar a un cuarto, la que se quedó sin familia y sin amigos. La que vive solamente de algunos pesos y del amor que él le da. Ella piensa que, sin su amor, lo mejor es morirse, que él le ha bloqueado el teléfono, que no puede acercarse a su casa porque está prohibido salir y porque quizá muriendo se olvide del pesar de extrañarlo. Él la prefiere muerta, porque ella es la culpable de todo lo malo que le ha pasado, porque él es pilar de su familia, ejemplo de su iglesia y ella, solo una muchacha que le hizo daño, y mejor que se muera, que se muera de hambre, de virus o de tristeza, pero que se muera ya.

    Son las doce de la noche, los infomerciales se apropian de los canales de televisión abierta de la ciudad, un alma ha perecido y una familia nuevamente es feliz junta.


#ConfinadaMayca Soto


Manos de lejíaBosque Baobab

  • Manos de lejía

    La lejía me da nostalgia.

    Ahora que ese olor puebla mis manos

    al limpiar toda mi vida

    por la plaga.

    Y no es por ese juego fonético de la ge

    o jota.

    Ni por empezar un poema garabato

    o gato.

    Éramos cuatro

    hermanos que nos habíamos hecho

    grandes  —golondrinas que gorjean—

    y necesitan comer.

    Bocas abiertas al cielo gusano.

    Y mi padre cada vez

    más viejo

    más grávido

    más gota

    que se escapaba

    entre sus manos de carpintero.

    Entonces mi madre gladiadora galaxia

    cogió la gamuza

    para limpiar portales, pisos o

    hacer guisos —como tantas guerreras guijarro de mi barrio—.

    Y cuando llegaba a casa

    nos cogía por las mejillas

    con sus manos de lejía

    y nos besaba y nos decía:

    ¿qué tal se han portado

    mis niños guapos?

    Dedicado a todas las limpiadoras de mundo. Gracias.


Vorágine dolorosaMelba Gómez

  • Vorágine dolorosa

    El 25 de noviembre de 1897, se otorgó a la provincia de ultramar de Puerto Rico la Carta Autonómica, en la que autorizaba un gobierno de carácter autónomo a la isla. El régimen comenzó en febrero de 1898, pero al estallar la Guerra Hispano-Americana y la subsiguiente invasión por el ejército norteamericano, el gobierno ni siquiera pudo iniciar sus funciones. Por medio del Tratado de París, España cedió su soberanía a Estados Unidos sin que fueran consultadas las instituciones puertorriqueñas[1] . De este modo, la isla pasó de la tiranía española a la norteamericana ante los ojos de los isleños quienes no sabían cuál sería su destino en adelante. Durante la vorágine que sucedió a la invasión, el pueblo estuvo dividido y muchos actos vergonzosos, como los que suelen ocurrir durante la guerra —y que nunca fueron llevados ante la justicia—, tuvieron su escenario en las montañas de Puerto Rico.

    Cinco años antes de la invasión

    Aurelia tenía trece años cuando su padre le vendió su cuerpo al hacendado, señor de la finca donde su familia vivía agregada. Su progenitor desalmado, vio en la belleza de su hija un pasaporte para saldar la deuda en la tienda de raya[2] y con el sobrante comprar un terrenito para poco a poco fundar su propio imperio. Por lo menos ese era su sueño ahora que se hablaba de que España le daría la autonomía a isla y los criollos iban a deshacerse del dominio de los tiranos.

    No pensó por un segundo en la niña cuando el viejo libidinoso le hizo la oferta. Aquella noche mandó a la muchachita a buscar un cubo al cobertizo para que Asunción, su mujer, no se diera cuenta de lo que había hecho. No es que le importara mucho lo que pensara o dijera, al fin y al cabo, ni siquiera estaban casados, pero él era el macho, quien mandaba y decía lo que se hacía en su bohío. Más bien era porque no soportaría su mirada lánguida, llena de reproche y su negativa a acostarse con él sabe Dios por cuántos meses. Las putas eran muy caras y ni hablar de una querida, por lo que estar de buenas con ella era necesario para poder descargar sus necesidades.

    Aurelia era menuda, sus pechos apenas florecían, pero sus ojos eran su perdición. Aquella mirada zafiro era única en la comarca, su desgracia ante el deseo del hacendado que se había empecinado con la incipiente belleza de la muchachita. Obediente como era, salió a cumplir la orden de su padre, por más que le temía al Cuco. Ya estaba en camisón. A esas horas estaría durmiendo después de un arduo día ayudando a su madre con el cuido de sus hermanos, los animales y los quehaceres del hogar, que no eran pocos. Iba frotando sus ojos de sueño y cansancio, cuando se le apareció el hombre gordo y asqueroso, Don Prudencio Ruiz y Delgado. Aunque era de noche y solo le alumbraba la tímida luz de un quinqué, enseguida lo reconoció. Sintió en sus virginales entrañas el frío que precede al peligro. Se le revolvió el estómago. Las piernas le comenzaron a temblar. No tuvo tiempo de correr. El animal se le abalanzó encima, arrastrándola hasta la cabaña y la tiró sobre la paja seca desgarrando de una vez la bata. Se tumbó sobre ella, aplastándola, bañándola de su sudor hediondo y de su apestoso aliento. La niña luchaba e intentaba gritar, aterrada, pero su voz era apagada con el peso del cuerpo de aquella bestia. Le dolía, sabía lo que le hacía pues muchas veces había visto sin querer a su padre tenderse sobre su madre, pero a ella no parecía dolerle. Las lágrimas le entraban por los oídos. Cansada, cerró los ojos y se hundió en aquella eternidad.

    —Ya te volveré a ver. Le diré a tu padre cuándo —dijo el maldito mientras se cerraba el pantalón, dejándole saber que aquello había sucedido con la anuencia del padre. Tronchada, regresó al bohío donde todos dormían y se acurrucó, callada, llorando en silencio.

    Al día siguiente, el campesino fue a buscar el pago por la virginidad de la niña. El hacendado rió a carcajadas ante la ignorancia de su trabajador.

    —Da gracias a Dios que no te echo de la finca, ¡ignorante! Todo lo que está en esta hacienda me pertenece, hasta tu familia. Puedo disponer del virgo de todas tus hijas cuando quiera —dijo burlándose, ufano y fumándose un puro.

    El padre rabioso intentó atacar al terrateniente con su machete, pero se le adelantó y de un tiro terminó con su vida. Los negros y demás peones corrieron cuando escucharon la detonación.

    —¡Sáquenlo de aquí! —ordenó el hombre y todos obedecieron sin preguntar.

    Desde ese momento en adelante, Aurelia evitó que desalojaran a su madre y a sus hermanos de la hacienda pagando con su cuerpo. Todos sabían lo que había ocurrido aquella noche, pero nadie hablaba de ello. Pasaron varios años y la niña se transformó en una mujer, cada día más hermosa, la debilidad del viejo gordo.

    Aurelia «la tiznada»[3]

    Lo que nadie sabía de Aurelia, era que la joven había abrazado el Movimiento Autonomista Puertorriqueño y su deseo era liberar a la isla de los terratenientes españoles, de una vez por todas. La Carta Autonómica no era suficiente, pues la isla no contaba con suficientes soldados para luchar contra el ejército español. Tenían que irse todos a las armas hasta expulsar el tirano.

    Por las noches, escondida entre las sombras, vestida de obrero de la hacienda, corría hasta una hacienda cercana en donde se reunían un grupo de jóvenes —y menos jóvenes— que tenían la esperanza de que los españoles fueran arrojados. Aurelia había adquirido una identidad masculina para que no la reconocieran. Era inteligente, sabia, buena estratega. Sabía dónde estaban las otras haciendas, conocía a las jóvenes criollas y a las negras libertas, de quienes podía conseguir cualquier información. Como Don Prudencio le había permitido usar los caballos, a veces iba de una hacienda a otra, investigando, buscando los mejores lugares para esconderse. Un viejo que había sido esclavo y que la conocía de niña era su consejero. A él le contaba todo pues lo amaba como al padre que no tuvo y confiaba en él.

     —Moncho, ya quiero que todo termine. Hay mucha incertidumbre entre la gente. ¿Crees que los españoles dejarán sus haciendas y se irán? —le preguntó.

     —Es poco probable, niña. Llevan toda la vida aquí, han hecho sus fortunas y todos les debemos. Nos han explotado. Tienen listas de todo, no nos dejarán libres, no hay escapatoria para nosotros. Quizá para ti, pero para nosotros los esclavos…

    —Ya no eres esclavo, Moncho…

     —Ay, niña… He sido esclavo toda la vida y eso de la mentada libertad en nada ha cambiado que soy negro, que tengo que trabajar en el sol desde que sale hasta que se esconde.

     —Si fuera por mí ya no trabajarías…

    —Lo sé muy bien. Niña, no te preocupes por mí, más bien ten cuidado con lo que haces.

    —¿Lo que hago? ¿De qué?

    —Sé que te disfrazas de hombre y te tiznas la cara y el cuerpo para que no te reconozcan.

    —Debes saber también por qué lo hago. Los terratenientes tienen que salir de la isla. Ya no podemos soportar tantos abusos. Aún con el nuevo gobierno, no se han inmutado, creen que están por encima de la ley.

    —¿Y qué piensan hacer?

    —Vamos a luchar hasta que no quede uno en esta isla —sentenció la joven.

    La invasión norteamericana

    El 1898 fue un año que empezó con una tremenda sequía. No se vislumbraba que las cosechas pudieran sobrevivir. Ya para julio, las lluvias comenzaron, al principio los agricultores estaban contentos e iniciaron la siembra de los frutos menores. Sin embargo, la lluvia se convirtió en aguaceros copiosos. Se reportaron inundaciones, ríos desbordados y enfermedades[4].

    El 25 de julio de 1898, las tropas norteamericanas comandadas por el General Nelson Miles entraron por el sur de Puerto Rico, abriéndose paso por los pueblos de la isla. Muchos habitantes —criollos, mestizos, campesinos, jornaleros y negros— pensaron que los norteamericanos venían a liberarlos del ejército opresor y que estos por fin serían expulsados de la isla. Ante esa impresión, colaboraron con el invasor[5].

    A partir del mes de julio se suscitaron «las venganzas» contra los hacendados. Al principio los atacantes encapuchados y tiznados, venían a caballo y en nombre del ejército norteamericano entraban en las haciendas, robaban los suministros que había en las tiendas de raya y rompían los libros en los que estaban apuntadas las deudas de los peones. Luego los ataques fueron más severos. Llegaban a las casas de los hacendados, se llevaban lo que podían y quemaban lo que no, en muchos casos asesinaban a los mayordomos y a los hacendados. Tampoco faltaron las extorsiones a cambio de que se aumentaran los jornales de los obreros durante las cosechas de café[6].

    Aurelia era líder del grupo de los tiznados y recibía órdenes directas de «Águila Negra»[7]. Muchos decían que era su mujer. Cabalgaba altiva, orgullosa, repartiendo castigo a quienes tanto daño le habían hecho a la patria y a los suyos. Los demás la obedecían, conocían las señales que hacía con sus manos y cabeza, porque no hablaba durante los ataques para ocultar que era mujer. No miraba a nadie de frente, pues podían identificarla por el color único de sus ojos. Esperaba con calma el momento de vengarse de Don Porfirio. Al malnacido lo había dejado para el final. Había planificado por años lo que le haría si tuviera la oportunidad y le había llegado. Su corazón se había endurecido en la espera, ya no era aquella niña que el viejo violó apoyado por su padre, ni la muchacha que sufrió bajo su maloliente cuerpo para evitar que la dejaran en la calle con su madre y hermanos. Ahora era una mujer, dueña de sí y dueña de la vida de aquel animal cuando quisiera.

    Aquella noche se vistió despacio, recogió su melena castaña y cubrió su cara y cuerpo de hollín. En el cinto llevaba un revólver Orbea No. 7 y un cuchillo afilado para cercenar la garganta del maldito. Caminó hasta la caballeriza y tomó su caballo preferido, un caballo ordinario, de campesino, que no se distinguía de ningún otro. No sabía si iba a regresar. Los soldados americanos transitaban los caminos para evitar los ataques y devolver el poder a los terratenientes españoles sobre sus haciendas. Aurelia respiró profundo el aire puro de la montaña y se dirigió a donde se reuniría con sus tiznados. La vieron llegar en su humilde corcel, soberbia. Saludó con la cabeza. Luego hizo señales para que supieran que esa noche le caerían a los Ruiz y Delgado. Se alistaron y cabalgaron hasta las inmediaciones de la vasta finca. Unos perros empezaron a ladrar y a aullar a lo lejos. Seguro que avisaban a sus amos de lo que se les venía encima.

    Los trabajadores y negros de la hacienda salieron empuñando machetes para defender a su amo, pero poco tiempo duró la refriega. Los tiznados estaban mejor armados, con armas de fuego que habían robado en sus asaltos anteriores. Los defensores cayeron o huyeron al monte por sus vidas. Uno a uno los tiznados encendieron sus antorchas. Aurelia fue directo al cobertizo en donde había perdido su virginidad y lo incendió. Dio su visto bueno para que tomaran los caballos, entraran a la tienda y hurtaran todo lo que pudieran. Allí los hombres cargaron sus caballos de mercancía y quemaron los libros de las deudas. Después se dirigieron a la casa grande, que permanecía a oscuras.

    —¡Salga de ahí, Don Porfirio! —gritó uno de los tiznados—. Sabemos que está ahí escondido con su familia.

    Nadie respondió. Adentro estaba el cobarde, junto a su mujer, sus hijas, esposos y nietos. Se acercaba la Navidad y se habían reunido para pasarla en familia. Las mujeres lloraban aterrorizadas. La esposa rezaba el rosario entre dientes. Los jóvenes esposos querían salir. Ellos eran criollos y pensaban que nada podían tener en su contra.

    —No salgan —susurró Porfirio—. Son unos bandidos que no entienden razones.

    —Pero algo hay que hacer, pueden quemar la casa con nosotros adentro —respondió uno de los yernos.

    —¡Qué no, les digo!

    —Padre —suplicó una de las hijas—, déjalos salir. Ellos son de aquí, del pueblo, todos los conocen y saben que son criollos, gente buena. Deja que hablen con ellos.

    El viejo no tuvo otra alternativa que dejar que sus yernos salieran, pero no se equivocaba. Si bien era cierto que los tiznados no tenían nada en contra de los criollos al principio, en algunas áreas de la isla ya habían asaltado sus fincas. Tan pronto salieron, los amarraron y no quisieron escuchar sus ruegos de que no hicieran nada a su familia.

    Aurelia entró a la casa con algunos de sus hombres y encontró a las mujeres arrodilladas, rezando. El viejo esperaba sentado con una pistola en la mano, que nunca usó. Se daba cuenta que solo podría matar a uno o dos y luego sería peor para él. Miraba fijo al suelo. Tenía pánico a la tortura, sabía que era lo que merecía por sus pecados pasados. Aurelia se acercó al anciano despacio. Haló los pocos cabellos que le quedaban en la cabeza para mirarlo a la cara. Cuando sus ojos se encontraron, el hombre se orinó encima. Vio en el fondo de los ojos de la joven un profundo odio, tan hondo como el mar entre España y aquella isla. En la semioscuridad veía claramente el filo del puñal que la muchacha sostenía en su mano. Su final estaba cerca.

    —No le hagas daño al abuelo —suplicó una voz infantil halando con sus manitas la parte de atrás de su chaleco.

    Aurelia recordó que el viejo no escuchó sus súplicas aquella desdichada noche. Sus ojos se metían en el alma oscura de su violador intentando encontrar arrepentimiento en ellos, pero solo encontró miedo, pavor, espanto. En su interior se le revolvían los sentimientos. El niño seguía gimiendo, suplicando por la vida de su abuelo. No, ella no era como aquel animal. Era diferente. Una lágrima zanjó su cara tiznada. Bajó el cuchillo, miró al niño y dio la espalda al viejo para irse.

    Una bala surcó el espacio entre los dos. Y Aurelia cayó exánime.

     

    Bibliografía

    [1] Burgos-Malavé, E.M. (1997): Génesis y praxis de la Carta autonómica de 1897 en Puerto Rico, San Juan, Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

    [2] Picó F. (1987) 1898: La guerra después de la guerra. Ediciones Huracán, SJ. La tienda de raya era un establecimiento a crédito en las haciendas en el que los jornaleros eran obligados a comprar, como eran analfabetos ponían una raya para firmar. Se prestaba para el abuso, pues nunca sabían el verdadero monto de la deuda.

    [3] Ibid. Grupo de paisanos armados que salían durante la noche, tiznados el rostro y cubriéndose las facciones a fin de no ser reconocidos.

    [4] Ibid.

    [5] Ibid.

    [6] Ibid.

    [7] Ibid. «Águila Negra» bandido idealizado y a quien se le identificó con la causa por la independencia, aunque no hay documentos que lo evidencien. También fue conocido como «Águila Azul» y «Águila Blanca».

    Images: yahoo.com (CCO) Puerto Rico invasion 1898


Cierro los ojosBenjamín Recacha

  • Cierro los ojos

    Valle de Pineta

    Valle de Pineta, Pirineo Aragonés, desde la cima del Comodoto. Foto: Benjamín Recacha

    Cierro los ojos… y

    Escucho el silencio,

    Acaricio el viento,

    Huelo la lluvia,

    Admiro la armonía,

    Saboreo la libertad…

    De mi patria sin fronteras.


RecuerdoVerónica Boletta

  • Recuerdo

    Te tengo
    entre comillas,
    entre paréntesis,
    entre algodones.

    Te tengo
    como conservo los objetos;
    oculto el propósito
    de perderlos.


El alquimista del marDonovan Rocester

  • El alquimista del mar

    Thomas era el hijo ilegítimo de un sargento primero de la Marina, por lo que tuvo muy poco contacto con su padre. Pese a ello, cuando cumplió quince años, su padre decidió llevarlo de viaje a una playa muy lejana. Le dijo que admitía no haber sido una figura paterna para él, pero que lo único que podía darle como legado era enseñarle las artes de la alquimia que fueron el motivo de sus constantes viajes durante casi dos décadas. Thomas, por supuesto, se rehusó. Pero su madre lo obligó a obedecerlo como si de ella se tratara, incluso si pensaba que sus peticiones eran de lo más insólitas.

    El entrenamiento duró alrededor de tres años y fue un curso intensivo de alquimia con un orden muy específico. Primero, debía recibir una preparación física y de supervivencia que le permitiera vivir de la naturaleza. Paralelo a eso, realizaban constantes ejercicios de meditación para sentir lo que su padre llamaba «la presencia del planeta». De hecho, lo llamaba de muchas formas: «el ánima del mundo», «la energía vital de La Tierra», «ánima mundi». Pero siempre se refería a lo mismo: una misteriosa sensación que, una vez identificada, puede ser sentida en todos los organismos vivientes.

    Habían pasado casi tres meses y Thomas aún no entendía a qué se refería su padre. Llegó a pensar en el entrenamiento físico como un castigo de parte de su madre por su mala conducta. Además, la preparación física era incluso más estricta que una preparación militar. Para ese punto, se cuestionó el propósito de esa tortura no solo física sino emocional. Debido a que, aparte de las lecciones de meditación y rutinas de ejercicio intenso, él no establecía contacto alguno con él.

    —¿Solo para esto me trajiste? ¿Para atormentarme con ejercicios y con discursos raros sobre presencias y energías?

    —¡No sé de qué hablas, muchacho! —gruñó su padre.

    —¡Me llamo Thomas!

    —No es importante cómo te llames, solo es importante que aprendas como si tu vida y la de tu madre dependieran de ello.

    —¡Nunca sé de qué mierdas hablas!

    —No es necesario que lo entiendas, es importante que aprendas a enfocarte. Te desconcentras con mucha facilidad.

    —¡Deja de cambiar el tema, viejo loco! ¿¡Qué propósito tiene toda esta tortura!?

    El padre de Thomas, que jamás había establecido contacto visual con su hijo, lo miró fijamente. En sus ojos se podía ver claramente un fulgor azul que intimidó al muchacho.

    —Tienes razón —dijo su padre—. Después de todo jamás lo has visto. Es natural que no entiendas nada, incluso con toda la preparación física y la alimentación especial.

    Efectivamente, Thomas no entendía nada y se limitaba a ver cómo su padre caminaba hacia a una zona rocosa.

    —Toma una piedra y trata de lanzarla después de que me ponga esto —dijo su padre mientras se colocaba una venda negra en los ojos—. Puedes lanzarla desde donde desees. ¡Hazlo con la intención de matarme, será tu única oportunidad!

    Thomas le tomó la palabra. La idea de poder devolverle al menos algo del dolor de la tortura era muy tentadora para él. Agarró una piedra grande y se movió sigilosamente para cambiar de ángulo y aprovechar el efecto de la venda. Para ese entonces, Thomas ya sabía que su padre no era un hombre ordinario. Muchas veces intentó escapar del entrenamiento. Pero su padre siempre lo encontraba, incluso si escapaba mientras él dormía. Por alguna razón que Thomas no entendía, su padre era capaz de sentir su presencia y encontrarlo en poco tiempo. La velocidad tampoco sería útil para huir. Su padre se movía tan rápido que los ojos casi no eran capaces de captar sus movimientos.

    Estaba listo para lanzar la piedra con todas sus fuerzas, apuntando a la cabeza. La lanzó, y su padre no hizo esfuerzo aparente en esquivarla. Cuando la piedra estuvo a punto de golpear su rostro, Thomas se asustó pensando que lo había lastimado. Pese a su ausencia y el dolor provocado durante esos meses, era incapaz de querer causarle daño real.

    Pero el resultado fue otro. Una milésima de segundo antes de que la piedra lo tocara, su padre no solo la esquivó sino que además apareció a espaldas de él. Thomas estaba sorprendido. Pero su padre no le dio tiempo de procesar la sorpresa.

    —Sigue intentando —dijo el confiado alquimista—. Aléjate y agarra más piedras. No podrás darme con ninguna.

    Thomas odiaba que lo desafiaran y ahora sentía curiosidad de las limitaciones de los reflejos y sentidos de su padre. Se alejó y le lanzó otra piedra. Esta vez, el alquimista permaneció inmóvil y, para total asombro de su hijo, la piedra se hizo pedazos antes de poder tocarlo.

    El muchacho sabía que su padre tal vez intentaba enseñarle un extraño arte marcial o religión, y de alguna manera sintió curiosidad por sus inusuales capacidades físicas. Pero pasar de eso a destruir una piedra, sin siquiera tocarla, era un asunto muy distinto.

    —¿Cómo hiciste eso, viejo? —preguntó con evidente sorpresa.

    —Con un entrenamiento mucho peor que el tuyo— dijo el alquimista dentro de la mente de Thomas, mientras se movía hacia su espalda con una agilidad sobrehumana.

    —¿¡Cómo puedes hablar en mi mente!? —gritó el confundido muchacho.

    —Estos son los resultados del entrenamiento que acabas de empezar.

    Dicho esto, su padre empezó a hacer unas extrañas posturas con sus manos. Un brillo de color azul emanaba de su mano izquierda. De repente, un rayo de color verde salió disparado desde sus manos y chocó contra una roca, que terminó hecha pedazos por el impacto.

    —¿Qué demonios eres, viejo? —dijo Thomas, a quien le costaba creer lo que vieron sus ojos.

    —Soy un alquimista, e intento enseñarte las bases antes de volver a viajar. Quiero que seas capaz de cuidar de ti mismo y de tu madre —dijo, mientras buscaba algo en su bolsillo—. También quiero que conserves este collar.

    Luego de aquel suceso, Thomas empezó a tomarse en serio el entrenamiento.

    ***

    A Thomas le tomó alrededor de un año aprender la habilidad de sentir el ánima mundi y pasar a la siguiente etapa del entrenamiento. Esta consistía en el aprendizaje de un arte marcial que tenía como objetivo darle conciencia de su cuerpo y, posteriormente, ser capaz de sentir el ánima que fluía dentro él. Pasaron otros varios meses hasta que, al fin, entendió lo que su padre trataba de explicarle durante las agotadoras rutinas de ejercicio y meditación. Había conseguido despertar su percepción extrasensorial.

    Una vez que fue capaz de sentir el ánima que emanaba de su propio cuerpo, la siguiente etapa del entrenamiento consistía en determinar la fuente de dicha energía. Esto era aún mucho más complicado. Le tomó casi seis meses determinar que dicha energía procedía de su propia alma. Y casi tres meses más para identificar que el alma poseía un núcleo que era, al mismo tiempo, un lugar y un generador de energía.

    Su padre seguía aumentando capas de dificultad al entrenamiento. Ahora no solo consistía en duras rutinas de ejercicio físico, prácticas de batalla cuerpo a cuerpo y meditación. Sino que además, durante los combates, debía ejercitar su concentración para sentir todo el tiempo el patrón de circulación de su propia ánima desde el núcleo de su alma.

    La siguiente etapa consistía en repetir las mismas rutinas, pero con los ojos vendados; con el objetivo de desarrollar su percepción extrasensorial. Su padre, también vendado, buscaba y golpeaba a su hijo mientras este intentaba defenderse o huir de los golpes. Tras varios meses de constantes golpizas, Thomas fue capaz de sentir la presencia de su padre y esquivar uno que otro ataque. Pasó el resto del entrenamiento esquivando o desviando progresivamente cada vez más golpes.

    ***

    Luego de casi tres años, su padre se despidió diciéndole que por fin había aprendido las bases de la alquimia. Pese a ello, Thomas no era capaz de llevar a cabo la telepatía, la emanación de rayos de energía o la velocidad sobrehumana. El fruto de su entrenamiento consistía en concentrarse profundamente hasta lograr que el núcleo de su alma dirigiera cierta cantidad de ánima hacia su puño. Thomas había aprendido que, así como el flujo de electrones genera energía eléctrica, el flujo de ánima genera una energía conocida como aura, que podía concentrar en su puño, permitiéndole destruir rocas de tamaño considerable. Sin embargo, la técnica le requería tanta concentración que le era imposible usarla en batalla, además terminaba desmayado a causa del esfuerzo físico y mental que requería ejecutarla.

    Haciendo un entrenamiento de un año por su cuenta, fue capaz de mantener la conciencia luego de usarla hasta un máximo de tres de veces. Thomas siguió entrenando arduamente durante años, intentando mejorar sus habilidades alquímicas para descifrar los misterios contenidos en el collar que recibió.

    Luego del entrenamiento, Thomas no volvió a saber de su padre.

    ***

    Continuaban las labores de emergencia de La concha marina, con el objetivo de hacer las reparaciones corporales necesarias para estabilizar los signos vitales de El alquimista marino, que había recibido mucho daño de las katanas de Jorōgumo.

    Jorōgumo, por su parte, ejecutó el conjuro de Mahou que le permitía rastrear el aura de El alquimista marino. Sin embargo, el conjuro no mostraba señal alguna del aura de su adversario. Jorōgumo dio por muerto al alquimista y confirmó la aparente consumación de su venganza.

    —Lo maté. ¡Al fin maté al maldito! —gritó Jorōgumo mientras reía de forma demencial—. ¡Manchar el honor de la gran araña se paga con sangre!

    Jorōgumo perdió de vista a La concha Marina, pensando que dentro de ella no había más que un cadáver, por lo que se convirtió en humo y desapareció del lugar sin dejar rastro. Sin embargo, uno de los mecanismos de La concha marina le permitía evitar que cualquier señal escapara de su interior. Esto incluía su propia aura y la de su usuario. Debido a esto, el conjuro de rastreo de Jorōgumo fue incapaz de detectar señal de El alquimista Marino; haciéndole creer que, efectivamente, había fallecido.

    ***

    Thomas había entrenando más de una década por su cuenta. Había conseguido, por fin, igualar las proezas que vio realizar a su padre durante la preparación que le dio. Además, había logrado descifrar la naturaleza del collar que recibió. Dentro del collar existía mucha información sobre la alquimia, recopilada por su padre durante años. Además, contenía una extraña visión en la que La Tierra era atacada por una raza de seres que llegarían atravesando grietas dimensionales. El collar, además, contenía unas instrucciones muy complejas que aún no lograba descifrar del todo. Una vez conocida la visión, Thomas decidió aumentar la intensidad de su entrenamiento para estar en condiciones de hacer frente a los enemigos que invadirían el planeta dentro de algunos años.

    Con el tiempo, llegó a ser conocido como El alquimista del mar y decidió perfeccionar un arte marcial potenciado con alquimia que le permitía al practicante conseguir un movimiento rítmico, parecido al de las olas, de manera que sus ataques no pudieran ser previstos incluso cuando mantenían cierta cadencia.

    Usando el conocimiento dentro del collar, El alquimista del mar construyó la piedra filosofal incompleta conocida como La perla negra. Esta piedra filosofal consistía en un líquido de color oscuro, que podía guardarse debajo de su piel como un tatuaje capaz de cambiar de forma a voluntad del usuario. Dentro de La perla negra empezó a cargar ánima y una energía experimental en la que estaba trabajando, conocida como Splendor Solis.

    ***

    La piedra filosofal incompleta conocida como La concha Marina tenía un protocolo de emergencia muy bien programado. Mientras usaba su maquinaria médica para sanar las severas lesiones de El alquimista marino, viajaba a toda velocidad hacia una dirección específica. La piedra seguía la señal producida por el aura de El alquimista del mar.

    Mientras El alquimista del mar realizaba sus entrenamientos físicos en el agua, un objeto con un brillo rojo se estrelló contra la arena de la playa. El alquimista se acercó a inspeccionar e inmediatamente detectó la presencia de una piedra filosofal y de una persona. Al tomar a La concha marina con sus manos, una visión muy clara llegó a su mente.

    —Thomas, soy tu padre. Si recibes este mensaje significa que estoy en severo peligro dentro de mi piedra filosofal. Si esto ocurre, quisiera pedirte que cargaras la piedra por mi. No se cuánto tiempo o energía requiera el proceso, pero dejo mi vida en tus manos, hijo.

    Pese al notorio paso de los años, El alquimista del mar logró distinguir el rostro que le fue mostrado en la visión. Luego, su mente fue invadida por recuerdos y preguntas relacionadas con el abandono por parte de su padre, El alquimista Marino. Por un momento dudó en brindarle su ayuda, pero inmediatamente recordó el entrenamiento que recibió y lo útil que le había sido a lo largo de su vida.

    —Al fin tengo tu vida en mis manos, viejo —dijo El alquimista del mar, con una sonrisa de satisfacción—. Por lo pronto te pagaré el entrenamiento que me diste.

    El alquimista cerró los ojos y se concentró.

    —¡Veamos cómo se siente cargar la piedra del viejo!


Imagen de fondo: Valle de Pineta, Pirineo Aragonés, desde la cima del Comodoto, por Benjamín Recacha.


AISLAMIENTO (BLOG)

 

La piedra blanca – Donovan Rocester

  • La piedra blanca

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    «An athlete wrestling with a python», by Frederic Leighton (CC0)

    Cierta raza extraterrestre fue invadida por una raza tecnológicamente más avanzada que se encontraba en búsqueda de un nuevo planeta luego de la destrucción del suyo. La raza invadida era una civilización agrícola y pacifista. Esta actitud evitó una matanza pero provocó su gradual esclavitud. Luego, los recursos naturales del planeta fueron utilizados para construir base militares y poderosos cañones que utilizarían para ahogar cualquier rebelión de sus ya esclavos.

    Durante la invasión, un anciano monje junto a su discípulo lograron escapar gracias a sus habilidades. Sin embargo, el anciano maestro sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Por lo que le era urgente terminar de entrenar a su discípulo y dejarle trazado el camino que debía seguir después de su partida.

    ***

    —Maestro, aquí tiene un poco de agua —dijo el joven monje.

    —Gracias, hijo —dijo el anciano monje—.

    —Debería hacerme caso, maestro. Estaríamos mejor si saliéramos de esta cueva.

    —No, hijo mío. Cuando yo muera, que será pronto, serás el último monje de este planeta —dijo el anciano en un tono muy solemne—. No puedes ser visto por los enemigos.

    —Pero, maestro… —intentó replicar el joven monje.

    —Aplica lo aprendido, hijo —dijo el maestro—. Y aprende cuanto puedas de mí, mientras aún esté en este mundo.

    El anciano monje entrenó a su discípulo durante alrededor de dos años de aquel planeta, luego de eso murió.

    ***

    El joven monje había adquirido mucho conocimiento gracias a su viejo maestro. El tiempo influyó poco en la cantidad de preguntas que pudo hacer, debido a que el anciano monje era capaz de crear una habitación astral en la que el tiempo corría mucho más lento que en el mundo material, dándole la oportunidad de enseñar muchas cosas en muy poco tiempo. Pese a ello, no logró terminar el entrenamiento para desbloquear los siete chakras de su discípulo.

    El viejo maestro solo alcanzó a ayudar al monje a desbloquear hasta el quinto chakra. Por su cuenta, se dedicó a despertar el legendario Ojo de Ajna o sexto chakra. Una vez despierto, ese ojo le ayudaría a determinar el final de su entrenamiento, que tenía por objetivo la obtención de un gran poder para liberar a su especie de la raza que los esclavizaba. Pero aún no estaba listo.

    ***

    Luego de acostumbrarse al uso de su Ojo de Ajna, se dio cuenta del camino que debía seguir. El monje entendió que, para conseguir poder usando el método de su maestro, se necesitaba demasiado tiempo. Aquel método consistía en la utilización del Ojo de Ajna para construir un objeto conocido como la Piedra roja de Sajasrara. Dicho objeto le permitiría despertar su séptimo chakra para alcanzar un estado de unidad con el Ánima Mundi para usar una habilidad marcial conocida como Samadhi-Modo, donde el cuerpo absorbe grandes cantidades de Anima mundi junto a su propia ánima para generar un aura amplificada de color dorado.

    Sin embargo, para la construcción de la Piedra roja de Sajasrara, era necesario un proceso de purificación del alma y, luego, usar el Ojo de Ajna para acceder al espacio interior del alma. Una vez dentro puede accederse a las muchas habitaciones del alma. Una de ellas, conocida como La habitación de la locura es la que contiene el receptáculo del núcleo del alma. Al contener un objeto tan valioso, La habitación de la locura funciona como un mecanismo de seguridad para evitar que un ser toque el núcleo de su alma por accidente y se provoque daño. Además, según ciertas leyendas, el núcleo del alma no debe ser replicado porque es el motor sagrado que el Dios Absoluto creó para sostener la vida y no debería jugarse con la tecnología de Dios, por lo que el acceso a dicho lugar está restringido. Los mecanismos de seguridad son tan intensos que producen un dolor físico indescriptible a aquel que esté visitando La habitación de la locura. Además, para replicar el núcleo del alma es necesario sostenerlo y observar su forma. Para evitar que eso suceda, existen dos mecanismos adicionales de seguridad. El primero consiste en la presentación de visiones perturbadoras directamente en la mente del que intenta observar su propio núcleo, destinadas a hacerle perder la razón. El segundo, y tal vez el más peligroso, es un mecanismo que afecta el Ojo de Ajna, distorsionando la vista del que observa el núcleo para que la réplica no sea exacta, dando lugar a réplicas inestables cuya explosión puede llegar a matar al usuario.

    El problema con la construcción de la Piedra roja de Sajasrara era que el proceso de purificación del alma requería de mucho tiempo. El joven monje sentía que no podía darse el lujo de consumir tiempo mientras su raza era abusada y esclavizada por aquellos invasores. Aquello lo llevó a decidir que ahorraría el mayor tiempo que pudiera, incluso a costa de su propia salud y seguridad. La idea era fabricar un objeto lo más cercano posible a la Piedra roja de Sajasrara, pero sin la necesidad de purificar del todo su alma. Pensó por algunos meses en la forma de encontrar un atajo para la construcción de dicha piedra roja incompleta que funcionara, al menos de forma temporal, como una piedra roja genuina.

    ***

    Luego de un par de años de la muerte de su anciano maestro, en completo aislamiento dentro de aquella cueva, el monje ideó un método para construir una Piedra roja de Sajasrara modificada con las características que deseaba. Estaba listo para su visita a La habitación de la locura. Preparó todos los materiales para el ritual, tomó una pose de meditación y activó su Ojo de Ajna, que se veía como un gran ojo brillante en su frente.

    Una vez dentro del trance, el monje se vio a sí mismo en la sala principal de su alma. Usando su percepción pudo llegar rápidamente a la puerta de La habitación de la locura. Entonces, como había ensayado miles de veces en su mente, corrió dentro de la habitación y soportó el dolor que le provocaba el piso del lugar. Se veía como descargas eléctricas y se sentía de la misma forma. Por fuera, se veía salir humo del cuerpo del monje, mostrando que aquellas descargas eléctricas no solo provocaban dolor sino que infligían un daño físico real. En cuanto logró llegar al receptáculo del núcleo de su alma, el mecanismo de las visiones intentó consumir la cordura del monje, que usó una concentración sobrehumana para sobreponerse a ellas. Finalmente, ya con el núcleo en sus manos, el monje se concentró en su Ojo de Ajna y aplicó una técnica que inventó él mismo para ahorrar tiempo en la misión de rescate de su civilización.

    La técnica consistía en aislar, en una zona específica, todas las distorsiones visuales que provocaban las impurezas de su alma. De esa forma podía ver con nitidez el núcleo de su alma, al menos de forma parcial. Una vez logrado aquello, el monje regresó del trance y recobró el control de su cuerpo. De inmediato, utilizó los materiales previamente preparados para construir una réplica del núcleo de su alma, copiando de forma exacta la parte que pudo captar de forma nítida. La parte donde aisló sus impurezas no estaba para nada clara, por lo que el monje tuvo que usar su criterio para colocar los circuitos faltantes del núcleo de su alma. Una vez hecho esto, colocó dicho núcleo imperfecto dentro de una piedra especial de ánima condensada y se desmayó por el esfuerzo.

    ***

    El monje se dio el tiempo de sanar su cuerpo de las secuelas de la fabricación de su Piedra roja de Sajasrara modificada. Cerró los ojos e inició una larga meditación, destinada a hacer fluir su aura a través de sus chakras. Cuando su Ojo de Ajna brilló en su frente, es decir, cuando ya su sexto chakra se activó, abrió los ojos y miró su piedra roja, que empezó a emanar un deslumbrante fulgor rojo y levitó hasta colocarse por encima de la cabeza del monje.

    En lugar de usar la Piedra roja de Sajasrara para entrenar y poder despertar su séptimo chakra y dominar el Samadhi-Modo, el atribulado monje decidió usar su piedra modificada para convertirla en un séptimo chakra artificial. De esta forma, pudo acceder al Samadhi-Modo de manera forzada.

    En cuanto encendió su Piedra roja de Sajasrara modificada, el monje sintió con claridad los mecanismos que no funcionaban correctamente. El circuito de encendido y apagado no funcionaba, por lo que se dio cuenta de que ya no había marcha atrás. Usó la piedra como una especie de antena para atraer a la fuerza cantidades descomunales de ánima mundi, haciendo que su cuerpo accediera a un Samadhi-Modo forzado pero funcional. Usando aquel poder, el monje desbloqueó las limitaciones naturales del núcleo de su alma y del núcleo de su piedra modificada, por lo que fue capaz de generar cantidades masivas de aura amplificada y salió de la cueva.

    El monje, envuelto en un inestable pero potente fulgor naranja, dio un gran salto hacia uno de los lejanos cuarteles generales de la raza invasora. Allí, los soldados solo vieron llegar un veloz meteoro naranja que se estrelló en la base, haciendo estallar las habitaciones de los soldados que aún dormían. Sin perder el tiempo, el monje dio otro salto haciendo estallar el segundo de los cuatro cuarteles generales construidos en el pequeño planeta con mano de obra esclava.

    El objetivo del ataque era eliminar a los enemigos mientras dormían, para evitar las bajas por fuego cruzado y para no destruir el armamento de los invasores, que sería útil en caso de otra invasión. El monje, en cuanto destruyó los cuarteles generales, empezó a dar saltos haciendo estallar las diferentes zonas de concentración de soldados para acabar con la mayor cantidad posible. Antes de que pudiera acabar con todos los regimientos, la piedra incompleta que fue forzada a funcionar al nivel de una completa se quedó sin energía, por lo que comenzó a tomar energía del cuerpo del monje hasta agotarla también.

    Cuando intentaba dar un último salto, el monje se dio cuenta que La Piedra roja de Sajasrara modificada empezó a volverse blanca. Luego, no solo la piedra rojo sino su mano y su brazo se fueron volviendo blancos. En unos segundos, el altruista monje se convirtió en una estatua de piedra blanca que, a pesar de incontables disparos y caídas, no recibió ningún rasguño.

    Los soldados sobrevivientes intentaron contraatacar, pero al haber sido diezmados por los saltos explosivos del monje, fueron controlados rápidamente por la población local que usó sus propias armas en su contra; logrando al fin la liberación de su raza.

    Luego de una larga labor de reconstrucción, aquella raza extraterrestre logró la paz. Colocando, como símbolo de ella, la estatua blanca del monje que sacrificó su vida a cambio de la libertad de todo su planeta.


Fin de cuarentena – Carlos Quijano

  • Fin de cuarentena

    Amelia

    No está padre hacer las tres comidas con mis padres y mi hermano, ya no. ¿Cuándo se va a terminar esto? Hoy toca ir al súper, irá mi papá. Espero que esta vez no se equivoque con mis toallas. No recuerdo si puse a cargar mi cel. Las llamadas en grupo le exprimen la batería. Mamá tiene el control remoto de la tele, aquí viene: las noticias con la tipeja del terremoto. ¡Nadie le cree! ¡Qué aburrido! No hablan de otra cosa más que de contagios y pandemia; muertos y hospitales.

    Ya quiero regresar al colegio; poder salir con mis amigas a los centros comerciales. Me urge estar con Tony. ¡Ya no aguanto este encierro! Tengo el pelo hecho un trapeador y mis uñas parecen canicas cascadas. Si Maritza me viera, no me la acabaría con el bullying. Como cuando se enteró de que no me gusta usar tampones. ¡Maldita! A toda la clase le dijo que utilizaba trapos que lavaba y volvía a usar en cada periodo. ¡La detesto!, pero, de cualquier manera, todo eso es mejor que estar aquí encerrada escuchando por las noches los ruidos que hacen mis padres cuando cogen y por las mañanas fingen que se aman. Qué relación tan mediocre.

    Quiero a Matías. Él aún no se da cuenta de nada. De que nuestros padres ya no se quieren. Durante un momento me gustaría volver a tener su edad y preocuparme solo por jugar, pero ahora tengo mil cosas en la cabeza que me vuelven loca y parece ser que nadie entiende eso. Iré a revisar mi teléfono.

    Matías

    El robot de acero vuela sobre el océano de leche, ¡hay mucha leche! Tiene que salvar a las hojuelas del cereal que han caído allí. ¡Rápido, robot! Aquí viene, «estamos salvadas», gritan las hojuelas. El robot levanta de una sola vez a varias y ¡no puede ser!, un monstruo primitivo las devora antes de que el robot de acero logre ponerlas a salvo.

    Papi está preocupado.

    Y aquí viene otra vez, levanta un par de hojuelas que están muriendo en el mar de leche, se les está cayendo el azúcar. El monstruo vuelve a arrebatar con sus fauces las hojuelas antes de que el robot…

    Amelia siempre está enojada, a veces quisiera que jugara conmigo como lo hacíamos antes: a derribar soldados con los carritos. Ya es mujer, dice mami, por eso ya no juega. ¡Qué mal! Cuando yo ya sea hombre se me olvidará jugar y estaré preocupado como papi. Tiene miedo, lo oí, le dijo a mami, por el trabajo. Cuando nos dejen salir, seguro que mi papi tendrá trabajo porque como nadie ha salido, habrá mucho porque se ha dejado de hacer.

    ¡Robot! ¡Robot! ¡Sálvanos! ¡Oh, no! Las hojuelas se hundieron hasta el fondo del océano de leche. ¡Pobres!

    Julieta

    No sé si es este encierro, pero he sentido diferente a Daniel. Es más paciente y amable, no como cuando recién nos casamos, pero ha cambiado. Lo siento más cercano. No quiero pensar que se ha comportado así porque solo puede estar conmigo y no con… otra. Pensaré mejor que esta cuarentena nos ha llegado en un momento en que necesitábamos retomar nuestra vida matrimonial. Es verdad que lo quiero, pero no del modo en que lo quería antes: incondicional y sin dudas. Está muy callado, ¿en qué pensará? Bueno, todos los días tenemos que preocuparnos por cientos de cosas que no podemos asegurar que seguirán funcionando cuando termine la contingencia. ¡Dios! Ha sido una dura prueba para todos en esta familia. Lo único que extraño son las tardes de café con Rebeca: fuera de eso, mi rutina no se altera en lo mínimo. Entre quehaceres y preparar comida se me va la vida. ¡Dios! ¡Qué triste mi vida desde que nació Amelia! Pero ¿qué estoy diciendo?, si mis hijos son mi vida. No así mi esposo. Ya no. Desde hace mucho solo tenemos sexo sin besos, sin caricias y sin amor. Bueno, tampoco puedo decir que dejé de vivir mi vida y ahora la vivo a través de otros; o puede ser que sí. Dejé de ser Julieta para convertirme en la mamá de Matías y Amelia. Antes era la esposa de Daniel, ahora solo soy su… Pero ¡qué pensamientos tan tontos! Si mi madre me escuchara, ya me estaría dando un sermón y aconsejándome acerca del papel de la buena esposa. Los tiempos cambian.

    A veces me pregunto si estoy haciendo lo correcto o, mejor dicho, si estamos haciendo lo correcto. Fingir ante nuestros hijos que todo está bien y no pasa nada. Sé que estamos dando un mal ejemplo a los niños, pero no me atrevo a preguntarles sin antes explicarles que es lo que sucede entre su padre y yo.

    Veamos qué hay de nuevo en las noticias.

    Daniel

    Julieta sabe que es más costumbre que cualquier otra cosa; después de quince años de casados nos conocemos muy bien. Quién lo iba a decir, justo cuando quería plantearle el divorcio ocurre todo esto de la cuarentena. ¿Será una señal? Ja, ja. No creo que el universo se rija por señales.

    Me aterra la idea de que Amelia y Matías no vivan lo que debieran vivir: aún son muy jóvenes y les falta toda una vida por delante. ¿Qué será de sus planes? Me preocupa, sobre todo, Amelia que está en una etapa difícil de su desarrollo y más que dudas, tiene resentimiento por todo y contra todos.

    Creo que Julieta sospecha algo, no me lo dice, pero en ocasiones tiene conductas muy obvias. Si ya tiene sembrada la semilla de la desconfianza, pienso que será para ella más fácil encarar que nuestra relación terminó desde hace mucho. En cuanto termine la contingencia, me iré de la casa y comenzaré con los trámites del divorcio. Me veré tan egoísta, pero no puedo seguir fingiendo. ¡Carajo!, sí soy un puto egoísta. Voy a sacrificar la felicidad de mis hijos por alcanzar la mía. Va a ser una tormentosa transición: Amelia me odiará, le romperé el corazón a Matías y a Julieta quizá no le afecte tanto, pero deberá regresar a trabajar. No hay otra manera de hacer las cosas menos dolorosas para todos.

    Con Julieta es solo una relación de cama, no hay amor ni nada. Somos adultos jóvenes y podemos salir adelante en otra relación. Se me ocurre que pondré de pretexto el trabajo para poder salirme de aquí, sí. Lo tomaremos como es debido, sin extrañar ni juzgar. Después de todo somos una familia sin recuerdos.

    —Amelia, ¿a dónde vas?

    —Voy a mi cuarto a ver mi celular.

    —Termina de desayunar. Y procura tomar algo más que café.

    —¡Matías! Deja de jugar con el cereal, ya salpicaste toda la mesa de leche. Daniel, ¿por qué no les dices nada?

    —¡Oh, lo lamento! Estaba pensando en el trabajo.

    —¡Fue el robot, mami!

    —Bueno, bueno, guarden silencio. Déjenme escuchar las noticias.

    «… la Secretaría de Salud emitió un comunicado en sus redes sociales, anunciando que la cuarentena llega a su fin y que a partir de mañana todos podremos salir a la calle y realizar las actividades cotidianas…».

    —¡¿Quéééé?! ¡Ay, mamá, no le creas a esa tipa!

    —¡Silencio, Amelia, obedece a tu mamá! Esto es importante.

    «… la conferencia de prensa se transmitirá en breve en cadena nacional desde el Palacio de Gobierno. Se hará oficial el pronunciamiento y estarán presentes el presidente de la república y todo su gabinete…».

    —¡Sííííí! ¡Ya podré salir a jugar con mi bici! ¿Verdad, papi?

    —Claro hijo, ya podremos salir todos.

    —¡Dios! ¡Gracias! Se acabó, Daniel.

    —Avisaré a Tony y a mis amigas de esta buena noticia. ¡Ya es TT en Twitter!

    Cuando Julieta dijo «Se acabó, Daniel», durante un momento él creyó que su esposa le había leído el pensamiento. La miro un instante y se dio cuenta de que se refería a la cuarentena. Ahora que estaba pasando, sentía miedo de todos los pensamientos que había tenido en el desayuno. Tendría que dejar pasar algunos días para que la euforia de la liberación perdiera fuerza y todo volviese a la antigua normalidad para proseguir con sus planes y proyectos de vida.

    Matías dudaba sí saldría con el balón o con la bicicleta. Sentía un poco de miedo porque a lo mejor se había olvidado de cómo pedalear. Optó por el balón, todavía sabía cómo patearlo. Se puso tenis y su playera del Barcelona con el número 10 en la espalda.

    Amelia ya hacía planes para verse con Tony o con sus amigas. Mejor con Tony. Esta vez no diría que no a la proposición de él de tener sexo. El encierro le enseñó que la vida se vive una vez. A sus amigas las podría ver después y presumirles que ya se había acostado con Tony.

    Julieta, mientras recogía los platos del desayuno, no perdía el hilo de las noticias: siempre le había gustado estar enterada de lo que pasaba en el país y en el mundo. Era, quizás, una costumbre que heredó de su padre que siempre estaba cambiando canales en el televisor para buscar información. Estaba fregando los platos cuando la presentadora de noticias dijo:

    «Pasando a la información de carácter internacional, Estados Unidos y México abandonan la mesa de negociaciones de la ONU por no llegar a un acuerdo con los representantes de China, Rusia y países del Golfo Pérsico. Los analistas califican como una ‘bomba de tiempo’ la tensión generada por el inesperado abandono. Estados Unidos no retirará sus tropas del Golfo Pérsico, así como tampoco lo hará con los barcos y portaaviones que se encuentran muy cercanos a las costas de Venezuela. El secretario de la ONU intentó conciliar los desacuerdos, pero fue inútil. Rusia y China se han pronunciado al respecto por la execrable decisión de Estados Unidos y México, por su parte, el gobierno de Irak ha declarado que asestarán un duro golpe a los norteamericanos y a sus aliados. Por último, China y Rusia manifiestan su apoyo incondicional a Venezuela y a los países afectados en el Golfo Pérsico”.

    —¿Crees que haya guerra, Daniel?

    —No, ¡por favor! Acabamos de salir de una situación compleja y ahora por rencillas políticas volver a estar en peligro, ¡no!

    —Con los políticos nunca se sabe.

    —No creo que pueda haber guerra. Las economías están muy golpeadas por la pandemia. ¿Crees que algún país cuente con los recursos suficientes no solo para iniciar, sino para mantener un conflicto armado?

    —No lo sé, pero los presidentes de Rusia y China son personas de cuidado.

    —Pero al presidente de Estados Unidos ya nadie lo toma en serio. Él va a hacer su guerra por Twitter.

    —Eso es lo preocupante, hace las cosas por impulso.

    Julieta se quedó en silencio. Recordó cuántas veces, a lo largo de la historia, el intervencionismo de Estados Unidos culminó en absurdas guerras.

    El informe del presidente de la república, fue, como en todas sus conferencias de prensa, un acto que reclamaba suma paciencia: inició con el Himno Nacional, nombró uno a uno a los secretarios de su gabinete, dijo chistes de los que nadie se reía y pidió asistencia del secretario de Salud para interpretar la imagen de una gráfica que se proyectaba en una pantalla. Con su característico derroche de intelectualidad y utilizando eufemismos técnicos, el secretario describió cómo las medidas sanitarias que se implementaron fueron efectivas y se logró aplanar la curva y reducir el número de contagios del virus. Vino una ola de aplausos y el presidente, con su acostumbrada desfachatez, convocó a los ciudadanos a festejar en el monumento que simboliza la independencia y a abrazarse, besarse y acercarse otra vez.

    En las siguientes horas del día la familia se dedicó a los preparativos para reiniciar su vida desde el punto en que habían puesto pausa. Todos se sentían emocionados e ilusionados con el nuevo comienzo y sobre todo había entre ellos mucha alegría por el fin de cuarentena.

    A la hora de la comida, los cuatro sonreían y en su mirada tenían un brillo de esperanza, ese anhelo que les recordaba una nueva oportunidad en la vida.

    —¿Qué vas a hacer mañana, Matías?

    —¡Voy a jugar futbol, papi!

    —Iré contigo al parque.

    —¡Sí, mami!

    —Eres un ridículo, Matías. ¿Por qué te pones la playera?

    —Déjalo en paz, Amelia. ¿Tú qué harás mañana?

    —Como todos los sábados, mamá, iré al centro comercial, luego al café. Extraño a mis amigas.

    —Tiene novio, mami.

    —¡Cállate!

    —¿Novio? No habíamos platicado de eso, Amelia.

    —¡Ay, papá! Es un amigo.

    —No quiero que discutan por eso.

    —¿Tú sabías, Julieta?

    —Son solo amigos, Daniel, ¡Por favor!

    —Bueno, bueno. Ya. Te quedo delicioso el espagueti, Julieta.

    —¡Sí, mami!

    —¡Gracias!

    —Pero nunca vuelvas a hacer, mamá.

    —¿Por qué?

    —Para que no te roben la receta.

    Todos rieron de buena gana. Su risa fue espontánea y sincera. La tensión acumulada por todos esos días encerrados se relajó.

    La tarde se fue en un parpadeo. Se sentaron a ver una película, mas no podían estar quietos por la excitación. Cada uno estaba expectante a ese momento en que pusieran un pie fuera de la casa.

    Fueron a dormir sabiendo que el entusiasmo no les debería restar energías para enfrentar la locura que sería el primer día después del confinamiento. Listos para volver a la normalidad.

    Fue a las 03:16 de la madrugada cuando la alerta sísmica interrumpió su sueño. Acostumbrados a tales emergencias, siguieron el protocolo para salir de la casa y ubicarse en el punto de seguridad marcado por Protección Civil. Despiertos, con los ojos bien abiertos por el susto, se miraban uno a otro, miraban a los vecinos y se preguntaban si habían sentido el sismo. Consideraron la posibilidad de una falsa alarma y, enojados, regresaron al interior de sus casas.

    Julieta encendió el televisor —como era su costumbre en esas ocasiones—, sin embargo, no había señal en el aparato. Los chicos se dejaron caer en el sofá, malhumorados por la alerta falsa. Daniel tomaba un vaso con agua y también le causó extrañeza la falta de imagen. Fue a la ventana y se asomó; algo extraño ocurría en el exterior. En medio de la oscura madrugada pudo ver un cielo entintado con un degradado en tono rojo, se escuchó un rugido retumbante que todos percibieron, como cuando se está frente a un enorme bafle. Vio el hongo nuclear que se levantaba en el horizonte no muy lejano. Julieta estaba junto a él en la ventana, se estremeció, dejó escapar un suspiro y dijo, antes de que otro rugido hiciera vibrar la casa entera:

    —¡Ay, no!


Kelpie– dramágico

  • Kelpie

    Parece que algún demonio me quiere hacer una mala jugada. Sí, el aislamiento a todos afecta, pero conmigo se ha empeñado. No hay alcohol en casa y ninguna tienda me quiere fiar. Todo el barrio sabe que me he quedado sin trabajo, que mi Lupe me abandonó y se llevó todo, y que estoy a nada de quedar en calle. Necesito seguir bebiendo. No tengo nada, no queda nada de mí y no me puedo permitir pensar en eso. Llevo diez días sobrio y ya no aguanto. Si no bebo, enloqueceré. Ya puse la casa patas para arriba y no hay una sola gota de licor en esta casa. Bueno, sí, pero no puedo tomarla.

    Cuando estoy sobrio lo escucho. Me susurra al oído lo deplorable que soy, el fracaso en que me he convertido. Este demonio es cruel; sin embargo, en su maldad, una sola bondad me ha hecho: nunca me ha abandonado. Él ha estado conmigo desde la primera copa y me ha prometido estar en la última.

    En el altar del fondo todavía se halla la vieja botella de whisky del abuelo. Esa botella, verdosa y anticuada, lleva más de treinta años allí; sin inmutarse, sin perder una sola gota de su elixir y, tristemente, sin jamás haber recibido el beso fiel del borracho. Ahí ha estado desde antes de que muriera mi madre, desde antes que naciera yo. Ni siquiera mi difunto y alcohólico padre se atrevió a tomar el whisky de su suegro. Miedosos. Creencias tontas. «A los muertos no se les roba», sentenciaba mi abuela. Decía también que las maldiciones eran reales y que San Pedro te podía cerrar las puertas.

    Mi madre y mi abuela ya están muertas. Y mi abuelo lo está aún más. Si tanto querían el whisky, ya se lo hubieran tomado, Pero no es así. El whisky y yo estamos vivos. Solos, abandonados, pero vivos. Nos tenemos el uno al otro. Si no lo bebo, moriré. Si muero y no lo bebo, quedará solo por el resto de los días. sobrevivirá a la pandemia y a las tres o más que le sigan y quedará solo hasta el fin de los hombres, entre cucarachas y ratas que jamás podrán abrirla. Por eso es justo que yo lo beba.

    Llevaba diez días sobrio y era horrible. Tanta realidad me mata. He tomado la botella del altar y me he servido. Una copa, dos, tres, cuatro, ocho no sé. Conforme se acaba el whisky, la realidad se aleja. Otra vez soy yo y mi reino fantástico. Afuera hace un calor de cuarenta grados y yo me siento como recién salido de una piscina o de un lago. El whisky siempre es mágico, así sea de un difunto o del supermercado.

    Mi mundo de fantasía y mi guerra contra la realidad da frutos magníficos cuando hay alcohol. La mujer más hermosa que haya visto está frente a mí. La he traído para mí y se quedará para todas las masturbadas que me apetezcan. En mi imaginación soy tirano y rey.

    K se llama ella. Sabe a agua y a miel. A cura y a depravación. K se acerca y me besa. Toma mi virilidad entre sus manos mientras me mira directamente a los ojos. K sonríe. Me mira y voltea a verme. Nos mira, a mí y al otro yo. Estoy con ella y estoy sobre el altar, en la botella verdosa y anticuada de whisky. No sé cuánto tiempo llevo aquí. K se aparea conmigo, con el yo que habita afuera de la botella. K gime y yo también. El otro yo. El que es libre.

    Cae lluvia afuera. La veo desde la botella. Ya no veo a mi otro yo. K está sola y mojada, se acerca y me sonríe. Me agradece y le agradezco. K es libre y yo estaré borracho eternamente. Sobreviviré al fin del mundo y estaré aquí, bebiendo y respirando whisky por el resto de los días, hasta que las ratas o cucarachas aprendan a abrir botellas.


Jenco ermitaña – Blacksmith Dragonheart

  • Jenco ermitaña

    Humor. Porque los ermitaños disfrutamos el aislamiento.

    Haz como Jenco, quédate en casa.


Un abrazo – bosque baobab

  • Un abrazo

    Imagina que pudiéramos

    darnos un abrazo de espaldas

    como si los brazos consiguieran

    dar la vuelta.

    Y pudiésemos juntarnos sin miedo…

    Un abrazo de esos

    que juntan dos corazones y dos cerezas y cierran los ojos

    y hacen al tiempo denso.

    Un abrazo que envuelva como líquido amniótico

    y haga que inventemos

    una palabra

    que una

    dos almas.

    Algo así como almarados.

    Un abrazo mamá.

    Un abrazo ingrávido con tu mejor amigo; en el galeón pirata de la feria

    Un abrazo como el que me di con mi padre

    cuando la selección ganó la copa del mundo.

    ¡Campeones del mundo!

    Un abrazo como los de antes…

    Imagina que

    estas palabras son mis brazos

    y estoy contigo

    soy contigo

    ahora.

    Abrazados.

    Almarados.


2020 – melbag123

  • 2020

    Y llegó el año 2021 entre risas nerviosas, intentando retomar las celebraciones acostumbradas: uvas, deseos y, por fin —de lejitos—, abrazos y besos a las 12:01 de la madrugada. Ariana había preparado sus listas de objetivos y metas para el año nuevo; regalos para devolver antes de los quince días después de Navidad y, en un rinconcito, una nota: «quitar las decoraciones». Las cosas sucedidas durante el 2020 quedaban atrás, pero nunca olvidadas.

    Los compañeros de la redacción trajeron champagne y algunas tapas para los que les tocaba despedir y recibir el nuevo año trabajando.  El que terminaba había sido tenebroso para la humanidad. Hacían un esfuerzo por olvidar las terribles imágenes que reportaron desde sus casas de mañana, tarde y noche. Mejor era no pensar en aquel aislamiento extendido en varias ocasiones, sin saber cuándo sería su final, ni el miedo a algo invisible que se introducía en el cuerpo como los seres de la película Aliens: algo invencible que solo los científicos habían podido ver a través de un microscopio.

    Se alegraban de ver aquel maldito año apagarse, con la esperanza de que el nuevo trajera mejores cosas. Ariana empezó a observar cómo habían cambiado las cosas en su oficina. Las lecciones aprendidas en los pasados 365 días parecían aplicarse a todo. Seguían lavándose las manos mil veces al día; estornudaban en las mangas de sus camisas; guardaban distancia social y, por primera vez empatizaban con sus compañeros, sobre todo con los que habían perdido a un ser querido durante la pandemia.

    Todos tenían estrés postraumático o paranoia. No se sentían seguros a pesar de que el gobierno insistía que ya todo estaba bajo control; igual que dudaban al principio de que existiese tal virus, ahora no creían que se hubiera contenido. Todavía al llegar a sus casas, dejaban los zapatos afuera e iniciaban el ritual. Se lavaban las manos, ponían las llaves, la cartera y el móvil en un envase con una preparación de alcohol. Se quitaban la ropa, la ponían en una bolsa y la cerraban hasta que la fueran a lavar. Y al final corrían al baño más cercano para bañarse antes de tocar a ningún miembro de la familia.

    Ariana se había servido una taza de café bien cargado, caliente, sin crema ni azúcar, como a ella le gustaba. Se sentó un rato en su escritorio añorando los «quesitos» de San Juan, pero se conformó acompañándolo con una galletita de mantequilla. Sorbo a sorbo, el café le traía las memorias del año que terminaba, a pesar de lo horrible que fue, agradecía estar viva y haber sobrevivido la gran crisis, aunque perdió a varios seres queridos. Miró en su correo electrónico los mensajes deseándole feliz año 2021. Sonrió.

    Ariana vivió en Brooklyn, uno de los sectores más mortíferos durante la pandemia. De nada sirvió que prohibieran los viajes provenientes de China, ni la cuarentena, el hecho fue que tardaron demasiado en imponer las medidas preventivas, por eso el virus se propagó y la cuarentena pareció perpetua. Cada mes se le añadían quince a aquel eterno encierro. #Quédateencasa era el hashtag de moda para que todos los habitantes del planeta se mantuvieran resguardados en sus hogares y evitar el contagio.

    Los niños vaciaron las escuelas y los padres se volvieron sus maestros; los padres convirtieron sus hogares en oficina, pero el hacinamiento provocó que muchas familias se separaran, aumentando los casos de divorcio y violencia intrafamiliar.

    Miembros de la clase artística de todas partes del mundo—músicos, cantantes, poetas, escritores— mostraban su arte en las redes sociales: conciertos de famosos, de no tan famosos y de personas que solo querían alegrar la vida a los que estaban en aislamiento. Videos de chistes, memes, teorías sobre el COVID-19, teorías conspiratorias, mil formas de hacer mascarillas, cómo hacer las gárgaras de bicarbonato y el ritual al llegar a casa cundieron las redes también.

    Los museos abrieron sus portales electrónicos para que durante la cuarentena las personas pudieran disfrutar del arte allí expuesto. Ariana disfrutaba mucho del arte y apreciaba esos portales. Se sentaba por horas a ver a Velázquez, al Bosco, Rubens, el Greco, pero su soledad era mayúscula.

    La Semana Santa adquirió un sabor más amargo que nunca. La imagen del anciano Papa postrado en el suelo rogando al Padre por misericordia quedó tatuada en la retina de cuantos lo vieron. Los sacerdotes daban misas televisadas en un melancólico encierro, mientras hombres y mujeres de todas las religiones oraban, rezaban y meditaban buscando el auxilio de un Poder Supremo para poder sobrellevar la crisis.

    Andrea Bocelli, reverente, en una soledad que quebraba el alma, dio un concierto frente a un vacío Duomo de Milán el Domingo de Resurrección, mientras el mundo entero, en silencio, agazapado en sus hogares, lo acompañaba. Ariana con el corazón hecho hilachas, descubría que siempre se puede llorar más.

    El mercado de valores caía y caía ante los ojos del mundo, sin parecer tener fondo, amenazando la estabilidad financiera de los países del primer mundo. Millones de personas se quedaron desempleadas en los Estados Unidos, algunos sin alternativas. La situación cayó como anillo al dedo para el presidente que quería deshacerse de los inmigrantes. Con la excusa de salvaguardar los empleos de los miles de ciudadanos norteamericanos sin trabajo, firmó una orden ejecutiva para que no se permitiera la entrada de ningún extranjero. Envió de vuelta a sus países a los trabajadores del campo sin fecha de retorno. Negó ayuda económica alegando que los inmigrantes eran una carga pública y que por lo tanto no cualificaban para la residencia una vez terminara la pandemia.

    Los doctores recibían a los enfermos en los hospitales haciendo lo posible por salvar vidas, dando las suyas —literalmente—, por sus pacientes.  Todos comenzaron a mirar con más respeto a los que daban servicios de emergencia: enfermeras, técnicos, policías, bomberos y hasta al personal de limpieza. En algunos lugares del mundo los aplaudían desde sus balcones en agradecimiento a su labor suicida. Si bien era cierto que su responsabilidad era cuidar de los enfermos, el riesgo al que se sometían era demasiado. Muchos enfermaron y muchos otros fallecieron. Aun así, dieron la lucha con un valor y una entrega inesperada. Se les veía correr por los pasillos de los hospitales, socorriendo a los enfermos para luego dormir en sus automóviles por temor a llevar el COVID-19 a sus hogares.

    La Tierra cambió. Y en medio de este caos, la naturaleza se regeneraba en ausencia del peor predador del planeta: el ser humano.

    El invierno terminó. La primavera llegó con los cielos más azules vistos por varias generaciones; los árboles más verdes; las flores más diversas; y los pájaros haciendo nidos por doquier. La Madre Naturaleza reclamaba lo suyo, lo que se le había robado. Pronto se notó desde las fotos tomadas por los satélites, como reverdecía el planeta. El agujero en la capa de ozono se iba cerrando, restaurándose la estratósfera.

    Las ciudades vacías se veían más limpias que nunca. Las aguas de los canales de Venecia se miraban tan cristalinas que los peces se observaban en el fondo. Cientos de miles de cisnes rosados nadaban plácidamente por las canalejas. Los animales acuáticos danzaban en el océano, alegres, y los leones en África dormían tranquilos a orilla de las carreteras. Otras bestias caminaban serenas por las ciudades vacías sin ser perturbadas. Muchos iban de vuelta a su hábitat sin el temor de que los seres humanos los atacaran.

    El año 2020 había empezado con una serie de eventos climatológicos inexplicables: terremotos, tornados, tormentas. Trece lunas llenas adornaron el firmamento. Ariana se enamoró de la luna rosa, que vio desde su balcón unos días después de que se inició la cuarentena. Nunca había visto a la luna más hermosa que esa noche: preñada y rosadita. Todo lo que sucedió después no parecía ser parte de ese escenario que se había pintado en aquel cielo de abril. En aquel apartamento, en una absoluta soledad, lloraba su desventura. David la abandonó cuando la luna rosa se despidió. No supo más de él y ya nada más importaba.

    En mayo, el gobierno comenzó a abrir los establecimientos para ayudar a «recuperar la economía», pero la gente no había aprendido nada. Se tiraron a las calles a festejar, a bailar, a abrazarse y besarse como si nada hubiera pasado. Unos días después las ciudades tuvieron que volver al punto cero. La enfermedad atacó más fiera, sobre todo a los niños, con un llamado «Síndrome de Kawasaki».

    El otoño trajo mejores noticias. Aunque la vacuna no se había perfeccionado, algunos medicamentos eran efectivos y se suministraron a la población enferma. Era un rayo de esperanza al que todos se abrazaron.

    Ariana miró su árbol de Navidad. Se acercó —taza de café en mano— y tocó uno de sus empolvados adornos. En aquella esquina, ese árbol había sido testigo del horror que había vivido ese año. Juró que tan pronto terminara el 2020, lo desecharía.


Lejanía – Verónica Boletta

  • Lejanía

    El metabolismo
    cuenta el tiempo.
    Una leyenda,
    digna de museos,
    cercena la tentación.
    «Ver y no tocar»,
    ordenan los verbos en infinitivo.
    Un ritmo diferente
    se embriaga en cuidado.
    Frota sus manos
    el horizonte.
    Como él,
    mantenemos
    la distancia.


Habitación 442 – Elvira Martos

  • Habitación 442

    Habitación 442 (detalle)

    Habitación 442 (detalle)


Amor de lejos, felices los… – Blacksmith Dragonheart

  • Amor de lejos, felices los…

    …que sienten algo legítimo.
    Bardiel fue golpeado muchas veces,
    y eso no lo detuvo.

    Bardiel flecha 001

    En completo aislamiento siempre sintió.
    Intentó atravesar las barreras y jamás lo logró.
    Muros de piedra, acero y hasta diamante.
    Jamás pudo, pero fuerza ganó.

    En completo aislamiento estudió
    para probar lo legítimo de su amor.
    Con Balzak, Angeline y Jacob
    su fuerza y estrategias entrenó.

    Que los feos estudian y los atractivos festejan,
    escuchó.
    Y en la Tierra pocos admiraban a Bardiel,
    que guerreros, como él, se sorprendieron de su afrenta.

    Del amor puro de Angeline,
    de la experiencia de Jacob
    y de la lógica matemática de Balzak,
    el niño héroe absorbió lo mejor.

    Analizó y sintetizó, y pudo expresar lo que sintió.
    ¡Logró definir, cualificar y cuantificar el amor!
    Se los explicaría,
    pero no están listos para esta conversación.

    En la Tierra, las historias de Bardiel eran contadas
    y eran leídas por los guerreros.
    Y solo los guerreros con Espíritu podían ir a Blacks Gaea
    y conocer de cerca esta poesía.

    Desde el confinamiento, Bardiel finalmente salió.
    Y aunque su ser no podía atravesar la barrera,
    sabía que lo que sentía sí podría.
    Tomó su arco integral y definió una función.

    El amor simple de un pulso básico y visceral…
    «Lub-dub… lub-dub… lub-dub»,
    sale dirigido en taquicardias y arritmias que confunden.
    Pero, al ser integradas en el arco de Bardiel,
    cobran sentido.

    Sube a la torre más alta del Corazón de Blacks Gaea.
    En la diestra, su sentir inexpresable,
    y en la siniestra, su integral.
    Arma una función básica, y la integra en su amor.

    Su arco integral define algo nuevo.
    Lo escalar lo vuelve creciente,
    y lo creciente lo vuelve exponencial.
    ¡Volvió íntegro algo visceral!

    Los ciudadanos aclaman
    y los jueces aprueban.
    La ciudad ya tiene guardianes,
    y ahora por fin
    fuerza de ataque.

    El herrero forja las flechas,
    se entrenan los arqueros.
    Bardiel y Katrina dejarán el confinamiento.
    El amor y la venganza inician el duelo.


Grieta en la nada – Gema Albornoz

  • Grieta en la nada

    Algunas veces
    busco no decir nada,
    negando dos veces
    el chorro de arena pensada.
    Lo inacabado e innegable.
    Abrir el mundo
    por la mitad.
    Salir de la cueva,
    tocar el espíritu
    y el ideal más absoluto
    o completar la autoconciencia
    hasta reventarla.
    Algunas veces
    querría atender
    únicamente a esa grieta,
    por si por ahí naciera
    la esencia primogénita de vida.


Quiero poder – @theyoungQuevedo

  • Quiero poder

    Quiero poder aún navegar en velero,

    sin tierra a la vista,

    gobernando el timón de tu tiempo.

    Un beso,

    el aire,

    tú, entre luminarias de fuego

    y gente corriendo dichosa en la noche.

    Ver elevarse los globos de aire,

    escapando de este aislamiento;

    pasear por la muralla otra vez,

    escalar la torre,

    surcar el río,

    contemplar los frescos de Florencia,

    viajar y ver el Hermitage,

    reconocer las melodías en las óperas del mundo.


La vida en un balcón – Mayca Soto

  • La vida en un balcón

    Foto de Avonne Stalling en Pexels (www.pexels.com)

    Foto de Avonne Stalling en Pexels.

    Un balcón pequeño no era un mal balcón mientras cupiera una silla desde la que observar la vida, paralizada desde hacía días por el confinamiento. Era su mantra diario: «Un balcón pequeño no es un mal balcón». Esta frase venía cada mañana a su cabeza a visitarle para levantarle el ánimo, mientras observaba sentado, con su café recién hecho, la alegría de los pájaros revoloteando de barandilla en barandilla por el vecindario.

    Claro que todo siempre depende de con quién o con qué te compares. Sin embargo, Juan no tenía ganas de mirar esos balcones grandes y engreídos del Paseo Grande ni tampoco le apetecía imaginar la vida confinada en esos bonitos patios traseros, con jardín, de los adosados de la Rambla. Estos días de confinamiento obligado le habían hecho descubrir las enormes posibilidades de su balcón pequeño de cuatro metros cuadrados, que podía permitirse desde hacía un mes gracias al único trabajo decente que había conseguido y que no pensaba dejar escapar, a menos que la crisis del coronavirus, que amenazaba con barrer las esperanzas de toda su generación, acabara también por derribarle.

    «Consuelo de muchos, consuelo de tontos». Una frase látigo con la que su padre le azotaba cada vez que Juan agotaba las renovaciones de contratos y volvían a despedirle. «Lo que a ti te hace falta es arrojo, que desde pequeño estás en las nubes. Si hubieras estudiado lo que yo te dije, ahora no te verías así», le decía inyectándole otra nueva dosis de veneno. Pero ahora, por fin ya lejos del nido, este nuevo mantra rescatador, «un balcón pequeño no es un mal balcón», acudía como un vendaval a quemar todas las malas hierbas de su infancia.

    Había matado algunas horas libres tras el teletrabajo trasplantando algunos geranios, que en dos meses habían comenzado a brotar y a transformarse en pequeños soles rojos, como su buen estado de ánimo al mirarlos. Hasta estaba pensando en cambiar los azulejos por otros en cuanto abrieran los comercios en la fase de desconfinamiento. «¿Habrá sofás individuales exteriores en Ikea?», se preguntó tras sorber el último sorbo de café. «O quizás para dos»; un pensamiento relámpago que le hizo levantarse de la silla, como si hiciera tarde a algún sitio, aunque solo dio dos pasos, se asomó a la barandilla y miró hacia la izquierda para observar el balcón del segundo tercera, en el edificio situado al otro lado de la acera. Las persianas estaban bajadas, era pronto todavía. Quizás estaba durmiendo; por las noches, hasta tarde, veía la luz de su televisor, reflejada tras las cortinas; estaría viendo alguna serie de Netflix, pero ¿cuál? El balcón era como el suyo; unos cuatro kilómetros cuadrados de poco arrojo, como diría su padre.

    Todavía faltaban doce horas y treinta minutos para las ocho, doce horas y treinta minutos para volver a verla aplaudiendo desde su balcón en esa catarsis diaria colectiva en agradecimiento a la lucha sin cuartel de todos los sanitarios contra el coronavirus. Familias enteras salían a sus balcones a aplaudir durante cinco minutos, a silbar, a gritar, había hasta quien acompañaba los aplausos con música. Eran cinco minutos entrañables de calor humano, de aliento colectivo desde la distancia.

    «Si hasta le voy a tener que dar las gracias a este puto coronavirus por volver a verte», se dijo, preguntándose si no tendría que poner más geranios y, hasta un molinillo de viento, «que estos días viene Levante y se moverá como loco», a ver si así ella miraba para su balcón de una vez por todas. «Sí, un molinillo de colores como el tuyo, igualito, a ver si lo encuentro en Amazon». En ese momento, la persiana del balcón se abrió y apareció Laura con otra taza de café en la mano. Juan sintió su corazón retumbar en su pecho, al son del sonido de la cafetera que indicaba que su segundo café ya estaba listo.

    Bajó la vista e hizo ver que arreglaba los geranios, tan rojos como su cara, cuando se dio cuenta de que Laura le miraba fijamente. Nunca había sentido tan cercanos esos diez metros de separación. Estaba a punto de esconderse hacia el interior de su apartamento cuando oyó que Laura le preguntaba:

    —Oye, esto…, buenos días, perdona…, sí, sí, a ti, ¿cómo haces para tener esos geranios tan bonitos? Me quiero comprar unos, pero no sé adónde puedo conseguirlos ahora. ¿Dónde los has comprado? Porque antes no los tenías, ¿verdad?

    Con tantas preguntas seguidas, a Juan le dio tiempo de tomar aire y atemperar la voz que le salió más grave que de costumbre:

    —No, no los tenía —respondió con una sonrisa de triunfo, preguntándose por qué en todo un mes de confinamiento nunca se había atrevido a preguntarle nada.

    —Pues están preciosos. Por cierto, ¿cómo te llamas?

    —Juan, me llamo Juan. Si quieres te puedo traer un par mañana por la tarde. Un amigo mío tiene unos cuantos en un huerto vecinal y los está regalando. ¿A qué hora te va bien? —le dijo, armándose de arrojo, de todo el arrojo del mundo.


Último día – Crissanta

  • Último día

    Fotografía por Crissanta.

    Recuerdo el último día,
    el que viví sin pensar que lo sería,
    el de la vida «normal»,
    el de la rutina y la prisa.

    Despertar, desayunar,
    correr de aquí para allá,
    dejando cosas listas,
    manejar,
    compartir la ubicación
    en el celular
    (siempre es la misma ya).

    Recuerdo llegar y saludar,
    las sonrisas,
    las mismas bromas compartidas,
    la piezas de piano,
    que mi maestra escogía,
    sonando como un fondo a las voces
    de nuestras risas
    (y no distorsionadas
    desde un mal auricular).

    También los saludos
    de aquellas que se iban,
    y vestirse de prisa
    alrededor de las demás.
    «¿Cómo está tu hijo?».
    «Salúdame a tu mamá».

    Extraño de aquel día
    moverme con libertad
    saltar, preparar, girar,
    grand battement a la segunda,
    una pirueta en arabesque
    (y no siempre passé, passé, passé).

    Recuerdo volver a casa
    siempre sintiendo tardanza,
    correr, manejar, acelerar,
    la llanta ponchada esa vez;
    la mujer de la gasolinera
    intentando inflarla,
    diciéndome luego:
    «Corra a casa»
    (hablándome sin máscara
    a una distancia insana).

    Entrar a casa
    sin descalzarme en la entrada,
    sin lavarme como infectada,
    dar un beso en la boca,
    acariciar a mi perra
    y cargar a mi hijo
    sin cambiarme la ropa.

    Atesoro de aquel día
    una extraña salida,
    un festejo con cena,
    una velada divertida.

    Recuerdo el patio con bar,
    la gente compartiendo mesas,
    el mesero que rió de mi broma
    sobre mi tarro de cerveza,
    mis ganas de regresar
    al mundo de las personas
    tras mi propia cuarentena
    de la reciente maternidad.

    Atesoro el tiempo de la cena,
    mi trastabillar en tacones
    con solo una copa de más,
    la gente en la mesa cercana,
    el personal del lugar
    escupiendo felicitaciones
    sobre el postre en nuestra mesa.

    Extraño la vuelta a casa
    mirando las luces de la ciudad,
    y el ruido del fin de semana
    (pero este silencio lo amo más).

    Recuerdo el último día
    que sé que no volverá.
    Añoro el último momento
    antes del aislamiento,
    antes de la reclusión impuesta,
    previo al temor, la ansiedad,
    la muerte y la enfermedad.

    Pero también amo la calma,
    la vida en casa,
    la distancia social.


Aisla miento – Poetas Nuevos

  • Aisla miento

    Cuatro paredes y un cielo (falso)
    entre tazas de café sucias,
    saldos de almuerzo,
    cajetillas de cigarros
    por todos lados.
    Cuatro paredes y una esperanza (¿real?),
    los papeles escritos
    con manchas de comida,
    granos de azúcar bajo mis pies,
    hilos de café cortado.

    Las ventanas no cuentan,
    con esas logro escribir, concierto
    de palabras en hacinamiento,
    su sonido estático crea
    burbujas de ideas (sueltas).
    Las ventanas no cuentan
    historias al pasar, asomo
    mis ojos y así apreciar
    el vuelo de otros y
    sus propios pensamientos.

    El cielo he pintado con poemas
    en donde un película ejecuta
    las mil cosas vividas
    entre mi mente y mis sueños.
    Aclaro cada tanto para no oscurecer.
    El cielo cae a pedazos, de pastel
    en todos sus colores,
    el peso de mis alucinaciones
    no caben en mi cama solamente.
    Acabo con palabras que no sepa hablar.


Talismán de la muerte – Donovan Rocester

  • Talismán de la muerte

    Sigo recibiendo lecciones de alquimia de la guardiana de este libro. En esta ocasión me muestra una visión sobre la primogénita de una familia importante entre los practicantes de vudú:

    Estoy por cumplir 13 años y siento mucho miedo. En unos días, como es tradición en mi familia, recibiré el brazalete serpiente que se le otorga a los primogénitos de cada generación. Y, para mi desgracia, yo soy la primera de mis hermanas.

    No quiero pasar por la ceremonia del talismán de la muerte. He escuchado rumores, pero no dejan de ser eso. No me dejan salir ni tener contacto con el mundo exterior. Solo conozco el negocio familiar y recibo la educación de mi tutor. Él me enseña muchas cosas como ciencias, arte, etiqueta, la historia y tradiciones de mi familia, etc.

    ***

    Falta un día y ya no sé qué hacer. Siento mucho miedo, aunque todos me dicen que estaré bien. He investigado cuanto he podido entre los libros de la casa. No hay mucha información, salvo una especie de informe en el despacho de mi padre. El documento dice que algunas personas han muerto a causa de la destrucción de su talismán de la muerte. ¿Esa cosa que me quieren obligar a fabricar puede matarme?

    ***

    Mi corazón está agitado, estoy sudando frío. Me han traído a un lugar con los ojos vendados. Escucho susurrar a mis padres mientras mi tutor recita palabras que no entiendo. De repente, me sacan la venda y el tutor me explica lo que debo hacer para terminar la ceremonia. ¡No tengo opción! Debo fabricar esa cosa que me piden para que me dejen en paz. Me da miedo, he seguido espiando entre los papeles de mi padre y leí cosas sobre los talismanes de la muerte como que enferman a quien los fabrica. Y siempre una cosa queda clara cuando leo esos documentos: si el talismán es destruido, su fabricante muere.

    —Toma —dice mi tutor mientras me entrega un papel—, recita estas palabras y te diré lo que debes hacer luego.

    No puedo mostrar mi temor, mi padre está cerca. Lo oigo susurrar junto a mi madre y mi abuelo. Han intentado esconderme la información sobre toda esta ceremonia y no debo mostrar indicios de que leí esos documentos. Le temo más al castigo de mi padre que a la misma ceremonia.

    Recito lo que está escrito en el papel. En cuanto termino de pronunciar esas palabras, siento y veo claramente como salen unas extrañas runas desde mi boca que empiezan a flotar en forma de tiras en el aire. Las tiras se detienen de repente. ¡Se clavan a toda velocidad en mi pecho! ¡Me duele!

    —¡Soporta el dolor! —grita mi tutor—. Ahora viene la parte crítica de la ceremonia: ¡el aislamiento del núcleo de tu alma!

    Siento como si mi pecho estuviera a punto de estallar. ¡No puedo respirar! Siento como si algo estuviera saliendo desde mis entrañas hacia mi boca. Me oprime el pecho, ni siquiera puedo gritar del dolor. Siento náuseas.

    —Ni se te ocurra vomitar en el suelo, a menos que quieras morir— dice mi tutor, sonriendo de una forma escalofriante.

    Ahora entiendo todo, me están obligando a hacer algo muy peligroso. Y no tengo escapatoria. ¿Por qué mi familia me hace esto?

    —Mira —dice mi tutor, mientras me enseña un anillo en su puño izquierdo—. Este es mi talismán de la muerte. Si alguien lo destruye, moriré. Porque mantiene el núcleo de mi alma aislado fuera de mi cuerpo. Si no almacenas ese núcleo en algún objeto, y vomitas en el piso, se romperá y tu vida terminará en ese preciso instante.

    No lo puedo creer. ¡Estoy a punto de vomitar mi propia vida! ¿Dónde lo almaceno? ¡Voy a morir!

    —Toma —mi tutor se apresura a darme el brazalete emblema de mi familia—. Colócatelo y vomita en tus manos.

    No tengo tiempo para pensar, siento un dolor insoportable en mis entrañas. Me queman, me ahogan. Vomito sangre en mis manos y veo un punto de luz azul entre la sangre.

    —¡Allí está! ¡Rápido! Sostenlo en tus manos y estréllalo contra el brazalete —dice mi tutor, ya con evidente preocupación—. Si no lo haces rápido, ¡vas a morir!

    ¿Y si ese punto se rompe y muero? ¿Y si mi familia se quiere deshacer de mí con esta ceremonia? ¿Será que mi primo murió por algo similar? ¡Me falta el aire!

    —¡Deja de mirar tus manos y estréllalo rápido! —grita mi tutor—. Con el núcleo expuesto no vivirás más que unos segundos. ¡Debes aislarlo en el brazalete, rápido!

    Me desmayo. No tengo tiempo para decidir. Estrello mi mano ensangrentada contra el brazalete. Siento como si cada célula de mi cuerpo fuera apuñalada. Ya no puedo mantener la conciencia ¿Habré roto el núcleo y estaré muriendo?

    ***

    Luego de un mes en coma, despierto. Estoy muy delgada y aún siento dolores inexplicables. Mi tutor me dice que es normal, que es parte del proceso. Cuando intento ahondar en el asunto, me cambia el tema. Desde la ceremonia no me han permitido quitarme el brazalete.

    ***

    Han pasado seis meses desde el incidente y ya puedo caminar y llevar una vida relativamente normal, aunque me siento muy débil y pierdo peso con facilidad. Mi tutor me dice que hoy empezaremos una especie de entrenamiento.

    —Sus padres me han encomendado la noble tarea de iniciarla en el arte del vudú, señorita dice mi tutor en un tono solemne.

    —¿Vudú? —respondo aterrada—. ¿Qué es eso?

    —Tardaremos algún tiempo en llegar a esa respuesta. Primero deberás pasar la segunda prueba de aislamiento —dice mi tutor con una sonrisa aterradora, como si disfrutara lo que me espera.

    ***

    Ya llevo tres meses encerrada en este calabozo. Hay una criatura extraña que se mueve con mucha rapidez. Siempre se lanza para intentar destruir mi brazalete. Ocurrió algo horrible el primer mes. La criatura logró dar un rasguño en mi talismán de la muerte y sentí claramente ese rasguño en mi interior durante días. Luego, me di cuenta que el brazalete regeneró el rasguño y dejó de dolerme. El destino del talismán ahora es el mío, por eso no puedo dormir: si me distraigo, moriré. Siento mucha rabia y rencor contra mi familia, contra mi tutor, contra todos. ¡Jamás había sentido tanto odio! ¡Quisiera matarlos!

    ***

    Se ha cumplido el sexto mes. Mi tutor, en lugar de pasarme alimentos debajo de la puerta, ha decidido abrirla y soltarme. Me lanzo sobre él como una fiera e intento ahorcarlo. Mientras lo ahorco, me lanza una mirada que me paraliza y recita unas palabras que no entiendo. Cuando terminó de recitar, salí disparada por los aires y me golpeé contra una pared.

    —Parece que ya despertaste tu sed de sangre —dice mi tutor, mientras sacude el polvo de su túnica—. Ahora ya podemos empezar las lecciones de vudú.

    ***

    Después de tanto tiempo en ese entrenamiento infernal, se me ha permitido salir de esta casa para conocer el mundo exterior. Se me ha inscrito en algo que, según mi tutor, se llama El juego de las semillas. Gente tanto o más entrenada que yo me buscará para matarme, y yo tengo que buscarlos a ellos para asesinarlos y quitarles sus semillas.

    No tengo ni idea de qué trata, solo sé que he pasado de una cárcel más pequeña a una más grande. Ahora el mundo es mi jaula, y allí también procuran lastimarme. Estoy harta de todos, pero con la semilla que me dio mi abuelo seré capaz de defenderme. ¡Pronto tendré suficientes semillas para matar a mi familia!

    La guardiana del libro me dijo que, aparte de morir si el talismán es destruido, los practicantes de vudú son incapaces de ejecutar su arte sin ese objeto. Le he preguntado sobre la sed de sangre y las semillas de la codicia. Pero me ha dicho que eso me lo aclarará en otra lección. Mientras tanto, seguiré practicando los ejercicios de meditación del día de hoy.

    .

    .

    .

    Reportó para ustedes, el #21.


Confinado el corazón – Benjamín Recacha García

  • Confinado el corazón

    Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay

    Aislados de la vida.

    Encadenados a la tristeza que agotó las lágrimas, al transitar rutinario.

    Engullidos por la masa sometida a la dictadura de la norma, a la uniformidad que señala al disidente.

    Resignados a la realidad; ni siquiera resignados: abducidos por ella.

    Militantes acríticos del clan, dimisionarios de nuestra conciencia.

    Aislados de nosotros mismos, y de los sueños olvidados.

    Encerrados en una burbuja temporal, esperando a que explote para regresar a nuestro tiempo gris.

    Incapaces de imaginar otro estilo de vida, asustados de imaginar que sea posible imaginarlo.

    Acomodados en nuestro aislamiento emocional, confinado el corazón.


La perla de Venus – Merche


Imagen de fondo: Man standing in front of window, por Sasha Freemind en Unsplash (CC0).


 

AISLAMIENTO (ENTRESALTO)

La atalaya del sapiens (ensayo) – Guillermo Orthiz

  • La atalaya del ‘sapiens’ (ensayo)

    Por Guillermo Orthiz

    Mi habitación se ha convertido estos últimos meses en una atalaya —o más bien un calabozo—desde la que me he percatado de una realidad que escapaba a mi entendimiento. Con la puerta cerrada, las cortinas filtrando la luz que entraba por la ventana, y los ecos amortiguados del televisor de la planta baja, me echaba sobre mi escritorio, y lo honraba llevando mis pensamientos al papel. Sin llegar a creérmelo del todo, una de las formas de vida más antiguas del planeta estaba amenazando a miles de millones de humanos, obligándolos a ponerse en cuarentena. La soledad, la indecisión, la incredulidad y el aislamiento social desgarraron a dentelladas la falsa sensación de inmortalidad e imbatibilidad de la que nos armamos para ignorar lo que es igual de natural que la propia vida; la muerte. Por suerte, internet, ese fuego prometeico de nuestra era, y la globalización han impedido que nuestras casas resultasen en unas crisálidas de seda en las que encerrarnos y desvincularnos del mundo hasta que el verano ahuyentara las pesadillas, como un atrapasueños. Sin embargo, hay gente que ha sufrido sobremanera esta crisis, está parada en seco de una vida que giraba y giraba como una rueda de hámster, siempre en movimiento, ya no por ver sus perspectivas de futuro cercenadas de un batacazo, o los lobos de la coyuntura relamiéndose en las sombras, esperando a la noche, sino porque no podían salir a la calle a ver a los amigos, tomarse una cerveza o disfrutar de los paseos que antes menospreciaban por el frenesí apremiante de su día a día. Y lo más chirriante es que han acabado cogiéndole tirria y aversión a sus hogares, sus santuarios inviolables dentro de este mundo de caos. ¿Cómo es esto siquiera posible? ¿Qué conduce a alguien sano a una enfermedad mental solo por aislarse de la sociedad un par de meses? ¿No estábamos en la cúspide de la evolución, en el momento más álgido de la autosuficiencia?

    Quizá la respuesta la tenga a mi lado. Desde hace un tiempo tengo una colonia de Lasius flavus, una especie de hormiga amarilla milimétrica, que tengo guardada en una caja de Ferrero Rocher, con agua, azúcar, e incautas moscas atrapadas por ese espejismo mortal de la libertad que son las ventanas. La razón por la que estos seres diminutos han sobrevivido millones de años en la Tierra, a pesar de su tamaño, es bien sencilla: han formado enormes comunidades que se defienden de depredadores, y de los elementos, sabedoras de que en la unidad reside la fuerza. Científicos, biólogos y naturalistas saben que las especies que se agrupan, y crean lazos afectivos entre los miembros, tienen más posibilidades de sobrevivir que otras especies solitarias. Con los seres humanos se dio el mismo caso, quizá un poco más complejo debido a su inteligencia. El mundo al que se enfrentaron los primeros homínidos tuvo que ser aterrador, algo salvaje, traicionero y despiadado. Las madres humanas, en periodos de gestación, eran mucho más vulnerables que los hombres, por lo que, para asegurar la progenie, llegaron a un acuerdo. Vivirían en comunidad, y se protegerían de los ataques que pudieran sufrir todos juntos. Este es el germen de la sociedad. De ahí en adelante, llegaron la sedentarización, la agricultura, la domesticación animal, la religión, las jerarquías y todo lo que propició un mayor control del medio que nos rodea. Todo apuntaba a que en el conjunto estaba la eterna salvación como especie; a que entre los congéneres la vida sería más fácil, y no tendríamos que volver al peligroso trasiego del nomadismo. Y así fue, no estaban para nada equivocados. Pese a que hemos intentado autodestruirnos en infinidad de ocasiones, la población mundial sigue creciendo imparable. Miles de millones de humanos imponiendo su hegemonía, ante una naturaleza vindicativa e indómita que sigue sin creerse lo estúpida que fue al consentirlo. ¿Cuál es el límite ahora? ¿Quizá el Universo? La Luna ya fue mancillada por la huella humana. Necesitamos más espacio, o las sombras de la prehistoria ennegrecerán otra vez nuestros cielos. Pero algo ha pasado. Un virus, un microorganismo salido de un murciélago, nos está hablando de tú a tú, está poniendo a prueba nuestra capacidad aletargada de supervivencia. Y es ahora, cuando todo se tambalea, y está suspendido en esa vorágine, cuando nos damos cuenta de que la única posibilidad que tenemos como especie es mantenernos unidos. Hay excepciones, por supuesto, pequeños disidentes que se sienten a gusto en la soledad más absoluta. Hikikomori recluidos en sus habitaciones, ajenos a los desmanes de una humanidad que les es extraña y violenta. Pero ¿en qué punto pasan sus actos de ser locura, a ser rebeldía? No todo el mundo está preparado para soportar las presiones de una sociedad que no para de exigirte, lo cual acaba espantando a los más sensibles. Estos, muy a su pesar, siguen en contacto con el mundo; anclados a los límites de la rueda, girando con ella a menor intensidad, sin llegar a caerse. Son víctimas necesarias. Errores que demuestran la perfección del sistema. Alexander Supertramp, en la película de Hacia Rutas Salvajes, ya lo expresó con una de las frases más demoledoras en la historia del cine: «La felicidad solo es real cuando se comparte». Quizá no todo el mundo sea feliz, pero todo el mundo comparte su vida de alguna forma, y eso es lo que nos define. En estos tiempos de turbulencia, nuestra psique colectiva, entrelazada por los mecanismos genéticos de cientos de miles de años de evolución, nos ha puesto sobre aviso. Cuidado ––nos dice––, pues es en el prójimo en quien debéis confiar. Y esa es, en la creencia de este observador, lo que nos hace enloquecer ante la idea de estar en casa, solos y aislados, acongojados por la ausencia de la sensación de seguridad que nos ofrecía antes la sociedad de la que nos rodeábamos instintivamente. Quizá, en el fondo, nunca hayamos dejado de ser esos homínidos pusilánimes que se escondían en los bosques y las cuevas, temerosos de separarse del grupo y quedar a merced de las criaturas que los acechaban. La humanidad ha cambiado en muchos aspectos, pero, en el fondo, los humanos seguimos siendo los mismos animales que una vez fuimos.


The Hall of Egress (reseña) – José López

  • The Hall of Egress (reseña)

    Por José López Cózar

    A veces el tiempo juega con el espacio,
    sin causa, aunque quizás con un propósito secreto,
    forma círculos cerrados donde solo es posible entrar
    con los ojos vendados […].
    Victoria Ponce en El pájaro y el árbol

     

    Aunque llevamos semanas confinados en nuestro hogares (viviendo con rencillas en la convivencia, descubriendo recetas de cocina, teletrabajando, telestudiando, viendo pelis,  haciendo videollamadas, etc.), sabemos (o creemos) que en algún momento podremos salir por completo de este aislamiento, sin paredes que nos limiten, sin horarios de paseo, sin distancias de seguridad o mascarillas que nos alejen del contacto físico con el resto. Porque, a fin de cuentas, no nos olvidemos de esto: estamos viviendo un aislamiento exclusivamente físico. Sin embargo, ¿qué sucedería si este aislamiento físico viniese acompañado de un aislamiento sensitivo? Y no solo eso ¿y si además escapase a todo entendimiento racional?

    Esto es lo que sucede en el capítulo 24, titulado The Hall of Egress (“El hall de la salida”), de la séptima temporada de Hora de Aventuras, una serie animada de televisión creada por Pendleton Ward para Cartoon Network.

    Imagen por Pendleton Ward (Adventure Time Fandom Wiki).

    En él, el protagonista Finn, que anda buscando nuevas aventuras junto a Jake —un perro con poderes mágicos—, se adelanta a su compañero para explorar un misterioso templo insertado en la cueva de una montaña y, nada más entrar, queda atrapado en él. Decidido a encontrar una salida para volver al exterior con Jake, explora las galerías en penumbra y descubre un hall con un gran portón de hierro en el que encuentra escrito Hall of Egress. Después de intentar abrir el portón con todas sus fuerzas, empujándolo, subiéndose a él y hasta lanzándole una roca, Finn queda fatigado, resoplando y, al cerrar los ojos para descansar apoyado en este muro de metal que le cierra el paso, de pronto lo atraviesa. Sin embargo, en cuanto vuelve a abrir los ojos, retrocede inesperadamente al lugar y momento en los que estaba en el hall. ¿Qué ha sucedido? Vuelve a cerrar los ojos, traspasa el portón y esta vez decide no abrirlos hasta salir y encontrarse con Jake, pero, al abrirlos, vuelve de nuevo al hall y al mismo instante. Una y otra vez Finn cierra los ojos consiguiendo atravesar el portón, palpa las galerías que llevan al exterior, sale del templo, huele la hierba y el aire, incluso consigue volver con sus amigos a casa. Pasa semanas con ellos, les habla de lo que le sucede, pero ninguno sabe de qué narices habla Finn. Y así, vuelve a abrir los ojos y retrocede a su aislamiento inexplicablemente, en un eterno retorno, entrando en una fuerte depresión. ¿Por qué narices vuelve a ese momento y lugar si físicamente puede salir de ellos? ¿Vivirá eternamente encerrado en aquel oscuro hall de la montaña si quiere mantener la vista? ¿O acaso pasará el resto de su vida en el mundo exterior, privado de sus ojos?

    Imagen por Pendleton Ward (Adventure Time Fandom Wiki).

    Tras fracasar infinitas veces en su intento de volver a la normalidad, Finn, ya viviendo acostumbrado a su ceguera, deprimido, decide que algo diferente debe suceder para recuperar la vista y el ánimo, para volver a la normalidad: se venda los ojos por completo y echa a andar, solitario, atravesando bosques, zonas heladas, volcánicas, desérticas, pasando hambre, sed y fatigas durante meses, o puede que años…

    Hasta que, no sabemos si a propósito o accidentalmente, tropieza de nuevo con aquella montaña y aquel templo, y aquellas galerías interminables y el dichoso hall al que volvía una y otra vez y en el que estuvo confinado. Al palpar el portón, a ciegas, lo reconoce. Se reconocen. En ese momento escucha una voz femenina (no sabemos si de la consciencia de Finn, del templo, del hall, o quizá del portón), que dice: «Something is different» («Algo es diferente»), y Finn decide desvendarse los ojos. Es ahora cuando puede ver plenamente iluminados los túneles que llevan a la salida, después de años andando a ciegas, presentándose el camino con total transparencia. Tal es la claridad, que incluso ve el cielo azul y los animales a través de los muros por los que sale, hasta dar con Jake y abrazarse a él, para quien solo han pasado algunos minutos.

    Como vemos, nuestro aislamiento se aleja en varios puntos del que sufre Finn: a pesar de que ambos se producen de forma accidental e inesperada, seguimos estando completamente comunicados a través de móviles, ordenadores (incluso cartas si nos diese por escribirlas) con familiares y amigos, y las razones que nos sujetan al confinamiento atienden a una lógica: que no se expanda el COVID-19. Sin embargo, Finn se encuentra completamente aislado, sin nadie en quien apoyarse, a solas consigo mismo; y además, nada le explica el motivo por el que entra en ese bucle infinito. No tiene ni una sola señal, ni una pista. No llegamos a comprender con totalidad lo que sucede, se presenta todo con apariencia de embrujo quijotesco o mal sueño kafkiano, con un aire de lo más enigmático, formándose una especie de parábola que nos muestra una enseñanza de difícil acceso, mostrada paradójicamente a plena luz, en apenas 10 minutos de capítulo. Sabemos que algo ha cambiado para que Finn consiga salir de su aislamiento, que se debe al tiempo y circunstancias por las que ha deambulando a tientas y a solas por el mundo, pero poco más.

    A esta sensación de incomprensión, se le añade un detalle muy interesante que no pasa desapercibido en ningún momento: para poder salir del aislamiento, debe hacer todo su aprendizaje sin uno de sus cinco sentidos, el más importante para el ser humano: la vista, que tiene mucho que ver con el conocimiento racional, con la claridad de la comprensión. Expresiones como tener buen ojo o abrir los ojos están ligadas al conocimiento claro de algo, a no permanecer engañados, a ser astutos. Pero… ¿qué sucede cuando el conocimiento no se da a través de la razón, cuando no es del todo claro y se da sin un entendimiento lógico, a través de la experiencia? Sucede que nos adentramos en otro tipo de conocimiento, unido a este deambular a ciegas por el mundo, a solas, a oscuras, más introvertido, personal, sensible, que tiene mucho más que ver con la intuición que con la comprensión. ¿No te ha pasado alguna vez que, al encontrarte en ciertas situaciones, sin saber muy bien por qué, hay algo que no te convence en todo ello, algo que te echa para atrás inexplicablemente, como un animal que por instinto se resguarda de una tormenta muchos minutos antes de que esta llegue o apenas pueda olerse?

    Se produce aquí una preciosa y profunda metáfora sobre el conocimiento sensible y la experiencia, donde lo racional o la fuerza (Finn intentando abrir la puerta tirándole una roca) resultan inútiles, obligándonos a adentrarnos en nosotros mismos, a base de una dinámica de repetición inexplicable y constante, perfectamente reflejada en el capítulo, donde la acumulación de errores te lleva forzosamente a buscar alternativas. ¿Qué sucedería si Finn no hubiese dado con una respuesta que le alejase de este círculo vicioso? Entraría en un bucle interminable que le llevaría de nuevo al exterior y luego al hall. O podría haber decidido quedarse en profundo aislamiento en el templo; o quizás en el mundo exterior, a ciegas y deprimido.

    Poco a poco volveremos a salir a la calle, a sentir la piel ajena, a viajar, a retomar nuestra sociedad epiléptica y de consumo. Nos liberaremos de los muros en los que estuvimos encerrados durante días. Sin embargo, ¿habremos aprendido a través de la experiencia, de la piel, y saldremos tanto de nuestro aislamiento físico como del sensitivo, tal y como hace Finn? ¿Ha sido suficiente todo esto para comprendernos? ¿O deambularemos con los ojos vendados por el mundo, repitiendo de nuevo los mismos errores sin haber aprendido absolutamente nada?


Si no puedes salir, ve hacia adentro (reflexión) – Klelia Guerrero García

  • Si no puedes salir, ve hacia adentro (reflexión)

    Por Klelia Guerrero García

    Ciertos factores originaron un virus, el virus causaría una enfermedad, la enfermedad se convertiría en pandemia y, con la pandemia, llegaría una nueva realidad: la de las medidas de aislamiento y distanciamiento social. Esta nueva realidad permitió que las manifestaciones artísticas ganen mucho terreno; en mi caso, principalmente, a través la escritura. En algún punto, aunque sin mucha suerte, empecé a preguntarme el porqué de la elección. Como la perseverancia es buena aliada, tras un tiempo con esa duda en mi cabeza rondando y mis pensamientos acechando, encontré varias conexiones sospechosas entre estos dos sujetos: la escritura y el aislamiento.

    Para contarles al respecto, hace falta revisar un poco de contexto. Sus orígenes son distintos y, hasta antes de encontrarse en mi ser, cada uno vivía en su mundo y potencializaba su propia naturaleza. Con tantas diferencias, su historia parece la de un amor imposible: él, riguroso e impuesto por mi exterior; ella, una entusiasta originaria de mi interior. Sin embargo, sus esencias tienen tanto en común que nada de esto los ha detenido en su intención de aliarse.

    Una de sus características en común es la conmoción que causan con su presencia. Cada vez que la escritura hace su aparición me enfrenta a algún nivel del síndrome de la hoja en blanco, un estado de shock mental inherente al inicio de un proceso creativo. Desde que el aislamiento llegó a mis días, ha producido cambios en mis dinámicas diarias que me confrontan con una sensación continua de presente y futuro “en blanco”: presente en blanco, al limitar mis opciones usuales de distracción; futuro en blanco, por su capacidad impredecible de echar abajo mis planes y expectativas. Así, el primero de sus logros conjuntos fue ponerme cara a cara con esa sensación de nada, con ese espacio vacío a partir del cual no me quedó opción sino empezar a crear e improvisar.

    A partir de la creación y la improvisación, identifiqué otro elemento que esta pareja comparte: la posibilidad de adentrarme en dimensiones inexploradas, sin importar qué ocurre afuera. La escritura me ha sumergido en mundos internos que desconocía. Su novedad y relevancia son tales que, al menos mientras dura el proceso creativo, se apoderan progresivamente de mi atención sin requerir de mi autorización. Con el aislamiento, la situación es similar: no importa qué pase afuera, este se encarga de centrar mi atención en “mi mundo”; me recuerda que tengo capacidad creativa sobre este si me conecto con mi esencia. De ese modo, el segundo logro compartido de este dúo fue que reconociera mi poder de influir en mi realidad, de romper fronteras y esquivar lo visible, tan solo con que mi mente así lo pueda imaginar.

    En el proceso de descubrimiento de ese potencial, observé otra de sus cualidades comunes: funcionan mejor cuando fluyen primero y se analizan después. Quien conozca a la escritura, la habrá oído repetir con paciencia que sus acciones no siempre se entienden desde el principio, que es necesario esperar y dejar la crítica para después. Con el aislamiento ocurre algo parecido, pero sus niveles de paciencia son menores y sus métodos más extremos: cada vez que me resisto a fluir, me empuja por un tobogán de emociones del que solo salgo bien librada cuando me suelto por completo y me dejo llevar. Sin importar sus preferencias en cuanto a los medios que usan conmigo, su tercera enseñanza —y una de sus más difíciles de aplicar— fue que me permita hacer las cosas mal, que deje fluir lo que hay en mí sin juzgarlo.

    No menos importante, el cuarto elemento coincidente en la naturaleza de los protagonistas está relacionado con lo que toman a cambio. Al hacer su magia, la escritura se lleva parte de mi ser. Lo curioso es que yo se la he entregado siempre, antes y después de ser consciente de las condiciones del intercambio. Con el aislamiento hay un canje similar, pero su personalidad seria y formal hacen que se dé solo cuando hay una decisión explicita detrás. Con ello, su proceso va en sentido opuesto: si permito que el aislamiento se lleve parte de mí, él hará su magia. Una vez más, independientemente de sus procedimientos individuales, la escritura y el aislamiento me están dejando huellas que tienen asociados precios a pagar. En esta línea, su cuarto logro conjunto fue disponerme a asumir el costo del proceso —aunque lo desconozca— y a recordar que no importa cómo se vea la huella al final, el camino para conseguirla siempre valdrá la pena.

    Y pensando en caminos, el mío ha dado ya algunos giros. Uno de ellos, al recordar que cuando el universo tiene aprendizajes que ofrecerme los muestra de varias formas en el quehacer; otro, al notar que mi resistencia ante su intervención aumenta su insistencia, mientras que mi apertura es capaz de alinear atención e intención para que colaboren con su objetivo. Tras esos giros, mi búsqueda se transformó en ofrecimiento y el ¿por qué? en un ¿para qué? Una respuesta simple —pero llena de valor— es que, para que mi ser pueda salir de verdad, me era necesario ir hacia adentro. Con sus cambios, sorpresas y costos, en ese camino he encontrado un par de obsequios. Sin embargo, creo que no me corresponde conservarlos sino compartirlos con quienes me han empujado en este proceso.

    El primero, lo entrego como regalo de bodas para mi pareja estrella. Pese a que ya han generado un compromiso de largo plazo, en poco tiempo habrá cambios de contexto que harán que la escritura y el aislamiento tengan menos tiempo para estar juntos. Esa es también una gran oportunidad para que su relación evolucione y se convierta en algo superior, en algo resiliente. Como soy su espacio de encuentro usual, les ratifico la dedicación del tiempo y espacio que he descubierto y generado desde que se juntaron en mí.

    El segundo te lo entrego a ti, que me has acompañado hasta aquí. Así como esta lectura causará experiencias distintas a diferentes lectores, o incluso al mismo lector en diferentes momentos, recuerda que tu historia con el aislamiento es tuya: vívela, abrázala, ¡sácale provecho! Al mismo tiempo recuerda que, pese a ser individuales, hay muchas historias ocurriendo simultáneamente: de la misma forma en que ofreciste tu tiempo y paciencia al explorar mi experiencia, te invito a contemplar con empatía tuya y las de quienes tienes cerca.


Imagen de fondo: Derivada de Man standing in front of window, por Sasha Freemind en Unsplash (CC0).


#SALTOALAISLAMIENTO

Pensamientos de aislamiento – Klelia Guerrero García

  • Pensamientos de aislamiento

    Por Klelia Guerrero

    Desde niños aprendemos
    a otorgar significados
    a colores y enunciados,
    lo que oímos, lo que vemos,
    y a partir de eso «creemos».

    El negro entre los colores
    se asocia con sinsabores,
    con lo obscuro, con lo oculto,
    con lo ajeno, con lo inculto,
    ¡y hasta con muchos temores!

    Como eso, muchas cosas,
    por otros prediseñadas,
    nos han sido inculcadas
    como horrendas o grandiosas,
    ¡y de formas engañosas!

    Este #SaltoAlAislamiento
    del que ahora somos parte
    es espacio para el arte
    de crear un pensamiento
    que sea propio, no de cuento.


Amor en tiempos de aislamiento – Jonathan Díaz

  • Amor en tiempos de aislamiento

    Por Jonathan Díaz

    Presuroso, asomo a mi ventana, sintiendo esa distancia que nos separa, esa que nuestro amor ampara.

    Observo la lluvia, hablo con la brisa del agua misma que contesta:
    «Ya volverán las horas que aún restan».

    La distancia es inmensa, la veo lejana, pero… en este aislamiento solo el amor gana.

    Al caer la noche, cierro los ojos,
    escucho tu voz amorosa y encantadora,
    misma que me regala la primavera.

    Te extraño, y siento tu ausencia,
    añoro tu presencia.

    Entrelazáremos nuestras manos y daremos juntos un #SaltoAlAislamiento.

    ¡¡Urge que termine la pandemia!!


El anciano que miraba a la nada – Guillermo Orthiz

  • El anciano que miraba a la nada

    Por Guillermo Orthiz

    Antes de la pandemia, en uno de los incontables callejones de mi pueblo, solía encontrarme con una escena que me conmovía e intrigaba a partes iguales; veía a un hombre mayor sentado en una banqueta alta de hierro, al lado de una puerta de cochera verde, y frente a una casa de fachada de cal blanca. Se miraba las manos ajadas y temblorosas, como si estuviera esperando algo que tardaba en llegar. El callejón era tan estrecho que, si pasaba un coche, el hombre tendría que bajarse y retirar el asiento desde el que gobernaba el asfalto que lo rodeaba, pero eso no sucedía nunca. Me gustaría saber por qué estaba ahí, qué era lo que esperaba con tanta paciencia, y si realmente merecía la pena desperdiciar un tiempo tan preciado en sus últimos años de vida. Había veces en las que lo veía tallando un perro de madera. ¿Para un nieto, quizá? ¿O era aficionado a la talla de figuras? Durante la cuarentena no supe nada de él, y el día que nos dejaron por fin salir a la calle a dar un paseo, pasé por su calle, como de costumbre, pensando que estaría ahí, y que nada habría cambiado. Para mi sorpresa no me lo encontré. Pensé que era normal, que con su edad era más prudente quedarse en casa, y que sus familiares le habrían calentado la cabeza para que no saliera. Día tras día he pasado por esa calle, esperando encontrarme su cuerpo enjuto, atezado y delgado sentado frente a su casa, observándola. Sin embargo, una realidad cruenta y descarnada parecía haberlo engullido para siempre. ¿Y si…? No quise planteármelo. Dejé que pasara el tiempo, e incluso llegué a olvidarme de él.

    Ayer por la tarde iba por mi ruta habitual. Cuando llegué al cruce del callejón, al que ya me había acostumbrado a ver vacío, me encontré al hombre sentado en su banqueta, mirándose las manos. Sin saber muy bien por qué, me quedé parado, mirándolo, y el hombre, guiado por esa sensación de incómoda vigilancia, se giró y me miró también. Sus ojos llorosos me lanzaban unas claves que yo, por mi corta edad, no supe descifrar al instante. Acto seguido le aparté la mirada, intimidado, y me largué de allí. Llevo toda la mañana dándole vueltas a su mirada, a esa premisa desoladora que la encarcelaba, y he decidido no pasar nunca más por ese callejón; que el hombre permanezca inmortal en mi memoria, siempre sentado en su banqueta, esperando junto a la puerta de su casa lo que solo él sabía.


En libertad – Anauj Zerep

  • En libertad

    Por Anauj Zerep

    La luna presagia soledad infinita, es mudo testigo del ave que llora.
    Las zarzas maduran sus frutos y espinas.
    La noche silente acompaña el río y su murmullo, rompiendo el embrujo del ave que canta llorando su pena.
    Ave nocturna, has nacido libre y tus alas en pleno la luna cubrían.
    De tus noctámbulos ojos néctar amargo derramas.
    Has caído en los brazos que te acarician, sin imaginar el #SaltoAlAislamiento que tu alma daba.
    De sus besos y caricias cautiva ya vives, te has vuelto diurna.
    La jaula abierta está y, sin embargo, no puedes volar.
    Así pasarán los minutos, las horas, hasta los años.
    Seguirás deseando por las noches volar, de tus ojos una lágrima rodará al recordar.
    Seguirás cautiva en libertad, el amor no te dejará escapar.


Mirada salvavidas – ZarZas

  • Mirada salvavidas

    Por ZarZas

    Técnica: Acuarela (2020).


Mi deseo – Anauj Zerep

  • Mi deseo

    Por Anauj Zerep

    Es la una y quince de la tarde. El sol brilla en todo su esplendor; sus rayos dorados y cálidos acarician las hojas del árbol frente a mi ventana.

    Puedo escuchar en la lejanía el sonido de una melodía, o acaso es mi mente perturbada por el confinamiento al cual estoy sometido desde hace ya unos días, y que ha hecho estragos en mí.

    Entresalto las cortinas y persianas, puedo escuchar a mis hermanos decir en voz baja:

    —No es conveniente que Ricardo escuche cuándo llamemos a los paramédicos, Su condición ya es muy crítica, quizás pueda empeorar.

    No sé sí mi mente me está jugando una mala pasada o si es real.

    Lo cierto es que a ratos siento ahogarme; ahora mismo me siento confundido, no sé si sueño o si realmente veo el sol acariciar mi ventana, provocando este calor que me hace sudar.

    Hay algo dentro de mí, destruyéndome.

    Hace unos días yo era libre… y de repente mi vida dio un #SaltoAlAislamiento.

    Quizás algunos dirán que eso es lo peor que puede pasar.

    ¡No, no es lo peor!

    Lo peor es que mantiene confinados los abrazos y los besos. Es también estar mentalmente aislado entre los delirios febriles y la lucha por vivir; es extremadamente agotador.

    Mi mayor deseo es sentir la tibieza de un abrazo y la paz que brinda. Diecisiete días han pasado y pareciera que son siglos; tanto que mi alma solo anhela su preciada libertad, aunque tenga que morir.


Bambolean esas caderas – Jeanette Soria (Juanita Atoj)

  • Bambolean esas caderas

    Por Jeanette Soria (Juanita Atoj)

    Vuelve otra vez la cadera avispera, la reina del panal, que se mueve en círculos de pordiosera acostumbrándose a orillas cuadradas de las cajas estas de concreto.

    Allí postrada sobre el colchón, piso acolchonado, experimenta con las espirales que se suscitan en el centro de su tazón. Va de un lado al otro queriendo volcar el agua que circula entre tejidos, en lo profundo de su gravedad reposada que ha estado días como queriendo agarrar impulso.

    Ya se le ha olvidado qué es el peso al caminar de lado a lado. El mecanismo que ahora implementa con la gravedad que le afecta al costado es virarse desde la entrepierna y que sea así la concatenación la que le voltee por efecto, que sea más bien el tobillo que al darse la vuelta le provoque las cosquillas que le hagan ladear su frente y ver por fin a otro horizonte.

    Estaría igual desalineado. Y aún así desalineado, le haría soñar en mundos de lado donde el saltar se pudiera hacer acostado y el aislamiento fuera espaciado.

    La cabeza responde solo si la vibración le llega desde el centro. Intenta pues el temible miramiento, alejándose ya del control del movimiento.

    Confiando.

    Confía en que el repunte de sus extremos manifieste con seguridad, con la intención pertinente, a los demás soldados, como tantos grupos de obreros, que obedezcan a sus capataces, acaten la orden y viren mordaces. Prueba de nuevo el salto, el #SaltoAlAislamiento.


#SaltoAlAislamiento – Gema Albornoz


Fantasmas – Dramágico

  • Fantasmas

    En un #SaltoAlAislamiento se encerró en el ático de su hogar. Su mujer recién había muerto por un virus y su futuro hijo ya no iba a nacer. También le habían despedido del trabajo y el perro había muerto dos meses atrás. Como si fuera poca la desgracia, la cuenta del banco estaba en ceros y faltaba poco para perder la casa. Estaba cerca de que le cortaran la luz y ya no tenía agua.

    A excepción del ático, toda la casa le recordaba a ella. Para él, el ático era un lugar tenebroso y oscuro lleno de demonios y fantasmas. El ático era el peor lugar para estar, pero era el único en el que no estaría solo.

    Los demonios no se hicieron esperar. Copiando la voz de su amada, le pedían directamente al oído que la alcanzara. Le pedían que fuera listo y que se reuniera con ella. Le chantajeaban y le prometían amor en la otra vida.

    Cinco días aguantó sin comer y sin beber ningún líquido. Cinco días de martirio autoinfligido. Cinco días de escucharle decir a su difunta esposa que le extrañaba. Cinco días de responderle que él también.

    Siete meses después, cuando la normalidad llegó a las calles, y siempre después de las dos de la mañana, se les podía ver por la ventana del ático bailando charlestón. Se veían alegres y felices. Enamorados. Cada noche con ropa distinta, pero siempre la misma canción.

    Nunca vivió en paz. La muerte le reconfortó. Él fue desdichado hasta la muerte, y feliz hasta siempre.


Eternamente – Empar Boix

  • Eternamente

    Por Empar Boix

    Técnica: Acrílico sobre lienzo e intervención digital.


Sin aliento – Melanie Flores Bernholz

  • Sin aliento

    Por Melanie Flores Bernholz

    Y ya no sopla el viento
    bajo el blanco de los cielos
    que arrase del arte el cimiento.

    Y ya no hay descubrimiento
    sobre el oleaje de los mares
    que conlleve al arrepentimiento.

    Y aunque así sea,
    ¡sálvese quien pueda!
    Que el que dé un #SaltoAlAislamiento
    sin aliento se queda.


Salto del delfín – Fabio Descalzi


Olvidando el aislamiento – melbag123


Nuevos astronautas – Verónica


Creencia – Dramágico

  • Creencia


Imagen de fondo: Pink flower, por Natalia Y en Unsplash (CC0).


REVERSO

Comienzos – Roberto Cabral (Originalmente publicada en la Revista 1 de Salto al reverso, Comienzos).

  • Comienzos

    Este árbol, cuyos años de existencia han sido testigos
    de grandiosos comienzos:
    el ave que comienza a bosquejar su nido,
    el papá que coloca un columpio para su retoño,
    el comienzo de un moderno edificio justo frente a él,
    o el comienzo de una bella historia de amor
    entre dos adolescentes…


Es una calle – Palagrafías (Originalmente publicada en la Revista 2 de Salto al reverso, El proceso de creación).

  • Es una calle

    Estambul Té

    Es una calle pequeña entre dos avenidas. No tendrá más de 60 pasos —cortos— de largo aunque es ancha; lo suficiente para tener en el centro un jardín con dos filas de prunos a los lados. Han florecido. Es una calle pequeña teñida de rosa entre dos avenidas. Al final de ella, hay un hombre de unos «cuarenta y» cortando una ramita repleta de flores; lo hace con las manos y con delicadeza. Cuando lo consigue, se la da a su hija que debe de ser quien se lo ha pedido porque no alcanza; nada más dársela, sonríe y se la acerca a la nariz para olerla. Toda la calle huele así. Después, se van andando despacio por la calle rosa agarrados; el, a su hija y ella, a su ramita. Mientras, un mirlo oculto sobre un pruno canta. El mirlo y el pruno. El mirlo y el pruno. Canta. SUCEDE, como diría Pablo Neruda en el primer verso de un poema. Todo esto sucede en la esquina de una calle pequeña mientras tomo un té de jazmín al sol en la terraza de un bar. Es un momento sencillo y hermoso —pienso—, mientras remuevo el azúcar haciendo sonar el vaso como una campanilla. Pero no quiero pensar más; porque si pienso más la melancolía me arrebata el corazón, porque sé que pronto caerá el sol entre los edificios y el frío vendrá con las sombras; que las flores se marchitarán dando paso a las hojas; que el mirlo se callará para ir a picotear la tierra en busca de alguna lombriz; y el hombre de «cuarenta y» ya no tocará más —delicadamente— una rama porque su hija, su niña, se ha hecho mayor tan pronto. Por eso no quiero pensar más; solo quiero sentir el calor del sol en la piel mientras se mezclan los olores de la calle pequeña y el jazmín —mientras— pasa la gente, —mientras— el té se enfría. Ahora.


Habítame – Elvira Martos (Originalmente publicada en la Revista 3 de Salto al reverso, Obsesiones).

  • Habítame

    Habítame.ElviraMartos

    Habítame.


Imagen de fondo: Habítame, por Elvira Martos.


AUTORES

Anauj Zerep
Nací un día 27 de octubre, en un pueblito que lleva por nombre San Luis de la Paz, Guanajuato, México. Mi infancia transcurrió entre el ir y venir de la escuela, marcando en mí el gusto y amor por las letras. En las noches claras, gustaba de observar el cielo estrellado y ver la luna con su conejo, decía yo, y nació en mí el sentimiento y el amor por la poesía, el cual dejé dormido, pues me casé a los 17 años. Tras tres hijos y un nieto, ahora retomo el gusto y sentimiento que nació conmigo. Lo desperté para compartir con quienes gustan y aman la poesía.
Facebook: fb.com/AnaujZerep27
Género: Relato
Lugar de origen: San Luis de la Paz, Guanajuato, México.


Benjamín Recacha García (brecacha)
Periodista, escritor, comunicador. Amante de la vida, inquieto por la realidad. Dispuesto siempre a admirar un paisaje, a leer, a charlar, a escuchar. Autor de las novelas El viaje de Pau, Con la vida a cuestas, Memorias de Lázaro Hunter: los caminos del genio, La cooperante y Escapando del recuerdo, esta última publicada en Salto al reverso, y coautor del libro sobre experiencias literarias Cartas a un escritor: ¿cómo se escribe un best-seller?
Blog: benjaminrecacha.com
Twitter: @brecacha
Género: Poesía y relato
Lugar de origen: Badalona, España


Blacksmith Dragonheart
Herrero de ideas y forjador de armas para la mente. Nació en Guayaquil, Ecuador, en 1985. Es ingeniero eléctrico, dibujante e ilustrador. Autor en Salto al reverso, y también ilustrador en otras revistas de literatura y artes plásticas. Actualmente publica caricaturas y trabaja en una novela gráfica para un proyecto futuro. Publica sus trabajos artísticos periódicamente en Blacksmith’s Workshop, «el taller de la mente».
Blog: blacksmith-workshop.com
Género: Dibujo
Lugar de origen: Guayaquil, Ecuador


Carla Paola Reyes (Crissanta)
Edito, escribo, traduzco y emprendo proyectos. Soy editora del blog y la editorial Salto al reverso. Administro el blog Arte y denuncia y soy cofundadora de la agencia de servicios para emprendedores Somarí Creativos. Además, escribo poesías y relatos en mi blog personal, La realidad alterna.
Blog: La realidad alterna
Portafolio: carlapaola.com
Twitter: @crissanta
Instagram: @crisssanta
Géneros: Relato y poesía
Lugar de origen: Ciudad de México, México


Carlos Quijano
Nació en la Ciudad de México en 1970. Desde hace 33 años vive en Cuernavaca, Morelos. Tiene estudios en Informática. Le gusta el cine, el café y la lectura. Es redactor y editor en el blog Palabras comunes; cofundador del blog Arte y denuncia; redactor y coeditor de la revista Salto al reverso; es autor de Claro oscuro. Su cuento La leyenda que contaba el abuelo fue finalista en la convocatoria hecha por Editorial Eleuterio (Chile) para la antología 10 cuentos sobre ecología.
Blog: carlosquijano.com
Twitter: @PComunes
Facebook: fb.com/blogpalabrascomunes
Género: Relato y poesía
Lugar de origen: Ciudad de México, México


Nací un día de 1994 en Vitoria-Gasteiz. Mi vida ha sido normal, con momentos especiales, pensamientos en detalles, reflexiones acogidas por mi egoísta cabeza al no querer soltarlos. Al fin y al cabo vivo y creo que eso es suficiente. ¿Para qué? Para cualquier cosa.
Instagram: @hdecaballo
Género: Poesía
Lugar de origen: Vitoria, España

Donovan Rocester
Nació en Guayaquil, Ecuador, en 1989. Es Ingeniero Comercial y Empresarial, cuentista y poeta. También trabaja como coeditor en Salto al reverso. Actualmente escribe un libro de cuentos y una novela, además de guiones para cómic para ser publicados en Editorial Sabotaje (proyecto en desarrollo).
Blog: donovanrocester.com
Twitter: @DonovanRocester
Facebook: fb.com/DonovanRocester
Género: Relato
Lugar de origen: Guayaquil, Ecuador


Empar Boix
«Pinta, huele, mira e interpreta, representa, comunica y siente. Escucha, salta, juega. Es al mismo tiempo el centro y el individuo, y también el planeta que gira alrededor, dando lugar en esta disyuntiva, a comunicación e incomunicación. Es todo. Es nada. Es paz. Es locura. Es cuerpo, es sexo, es mujer, es persona. Es palabra e imagen, hombro y cabeza, almohada y pañuelo. Es hierro y barro; fuego, pintura y pigmento; tierra, agua, aire. Es papel y lienzo». Julio Blasco.
Sitio web: emparboix.com
Instagram: emparboix
Facebook: fb.com/emparboix
Género: Pintura
Lugar de origen: Albalat de la Ribera, España


Elvira Martos
(Sevilla, 1989). Artista visual, Licenciada en Bellas Artes en la Universidad de Sevilla, España. Se traslada a Italia para continuar sus estudios artísticos y posteriormente a Australia, donde trabaja y participa en diversos proyectos artísticos. Actualmente centra su investigación pictórica en el proceso empático y su relación con la sociedad-contexto. En sus pinturas, el ser humano y su cotidianidad son los protagonistas absolutos.
Blog: elviramartos.com
Género: Ilustración y relato breve
Lugar de origen: Sevilla, España



Fabio Descalzi
(Montevideo, 1968). Es traductor, docente, escritor y bloguero, además de arquitecto. Le fascinan los viajes, las lenguas, la interculturalidad y los proyectos literarios de temática adolescente. Activo en la red de redes desde hace más de doce años, publica en la blogosfera artículos de interés cultural y muestras de su universo creativo. Autor de Amigos orientales, novela de temática juvenil ambientada en su ciudad natal.
Blog: blogdefabio.com
Twitter: @fadesga
Instagram: @fabiodescalzi
Género: Poesía y relato
Lugar de origen: Montevideo, Uruguay


Poeta, narradora, fotógrafa. Licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Córdoba. Sus poemas y textos aparecen en revistas como Prisma a la vista, la comunidad poética La poesía no muerde, Ariadna-rc (El laberinto, octubre 2016, número 73 y número 78, XX Aniversario Ariadna RC.com), LE MIAU NOIR (El lector, 8 febrero 2017); la revista literaria digital El coloquio de los perros, en la revista MITAD DOBLE de Málaga (número 21, otoño 2017; número 22, otoño 2018), DIGO.PALABRA.TXT, en el número 2 de la revista de poesía crítica Bohemia, en la sección No es país para viejóvenes, de la revista La Galla Ciencia y en el número 12 de La Fanzine en Poemas contra el olvido. Así como en la antología, editada por LiberoaméricaLiberoamericanas. En 140 poetas contemporáneas o en la Antología de Poesía Viejoven. Casting de poetas sin foto, coordinada por Ana Patricia Moya y Manuel Guerrero y publicada por Versátiles editorial (2020). Ha participado en El arte de la palabra, la exposición de Guardianas del Hogar del Festival EUTOPÍA (Córdoba) y en varias ocasiones del “Quejío” cordobés, en Grito de Mujer Festival Internacional de Poesía y Arte. Su primera incursión en el teatro ha sido como guionista y codirectora, en homenaje a Las Sinsombrero, con el teatro Las mujeres del 27. Colabora en Mundiario, en Luz Cultural MagazineLiberoamérica y en la sección La mirada de Helios de Odisea Cultural. Actualmente, es corresponsal de Diario Córdoba. Ha obtenido el XII Premio «Saigón» de Poesía (2018) de la Asociación Cultural Naufragio por su poema Therigathas.
Blog: emocionesencadenadas.com
Twitter: @gemis46
Género: Poesía
Lugar de origen: Aguilar de la Frontera, Córdoba, España.

Guillermo Orthiz
Mi profesión, hasta que el coronavirus irrumpió en nuestras vidas, era la de guía turístico. Empecé a escribir hace unos ocho años, cuando tuvieron lugar los Juegos Olímpicos de Londres. Desde entonces me he afanado a esta tarea con devoción. Además soy historiador, y un ávido lector. Espero podamos llegar a entablar una buena relación a raíz de nuestra pasión en común; la literatura.
Blog: exequiasamibuenamigoliterato.blogspot.com
Facebook: fb.com/Exequias-a-mi-buen-amigo-literato-114213423671964
Género: Ensayo
Lugar de origen: Baeza, España


Jeanette Soria (Juanita Atoj)
Es traductora artesanal de libros y textos informáticos. En su afán de vincular lo ajeno, usa el lenguaje para navegar entre los mundos de lo concreto y lo simbólico. Gusta de hacer manualidades, conversar con las plantas y cenar a la luz de las velas.
Sitio web:jotaesealreves.wordpress.com
Facebook.com: fb.com/eva.anettesoria
Lugar de origen: Guatemala, Guatemala


Jonathan Diaz Esquivel
Nacido en Yautepec, Morelos, en 1994, desde muy joven escribo para expresar por medio de mis relatos pensamientos, poemas e historias, mi sentir y estado de ánimo. mismos que se producen en mi cabeza viendo lo que ocurre a mi alrededor y basándome en hechos reales de la vida. Así, los plasmo en un papel. ¡Las letras son mi pasión!
Facebook: fb.com/JONADIZE
Lugar de origen: Yautepec, Morelos, México


José López Cózar
Es graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, donde ha participado durante varios años como actor en el grupo universitario Skaenika Teatro.
Facebook: fb.com/jose.lopezcozar.54
Género: Reseña
Lugar de origen: Baeza, España


Klelia Guerrero García
Apasionada de las artes y de los números. Me especializo en romper paradigmas y formular preguntas. Con la atención de un microscopio y la intención de un telescopio, soy tan dispersa como estructurada. Recurriendo a la locura para mantener la cordura e intentando fluir.
Blog: kleliaguerrero.wordpress.com
Twitter: @zklemaguez
Facebook: fb.com/kleliague
Instagram: @klemague
Género: Reflexión
Lugar de origen: Guayaquil, Ecuador


Marcelo Eduardo Pinto Ortega (eikonuruguay)
Técnico en Infraestructura y fotógrafo, con predilección por los bodegones, fotos de producto y paisajes.
Blog: eikonuruguay.wordpress.com
Género: Fotografía
Lugar de origen: Quilmes, Argentina



Manuel Alonso (bosque baobab)
Bosque Baobab es un espacio de exploración creativa fundamentalmente desde la literatura; aunque, a veces, se cuelen entre las ramas del baobab otras artes. Es un árbol abierto a la colaboración con otros artistas mezclando creaciones. Es un bosque desde donde habla mi otro yo.
Blog: bosquebaobab.wordpress.com
Lugar de origen: Madrid, España


Mario Lozano (la vida de poe)
Nací hace poco más de 30 años y desde entonces sentí la necesidad de ayudar a todas las personas que tenía a mi alrededor. Por esa razón me dediqué a la educación, a la vez que comenzaba a escribir mis inquietudes, sentimientos e historias para conseguir que la gente pudiera sentirse reflejada y entenderse mejor. Todo ello, combinado con la música, la cual forma parte de mi trabajo y me ayuda a expresar lo que siento y a canalizar mi mensaje.
Blog: lavidadepoe.home.blog
Twitter: @lavidadepoe
Instagram: @lavidadepoe_

Género: Poesía
Lugar de origen: Valencia, España


El gris de los colores (Mayca Soto)
Cuando me pongo seria, soy periodista, redactora y aprendiz de community management. Sin embargo, a veces, y sin conocer la razón ni poder evitarlo, me asalta el sentimiento. Entonces el corazón asustado quiere salir andando por la boca. ¡No tengo otro remedio que parar sus pasos escribiendo! Y me da por la poesía.
Blog: elgrisdeloscolores.wordpress.com
Twitter: @maycasoto
Género: Poesía
Lugar de origen: Barcelona, España


Mayté Guzmán (ahuanda)
(Guadalajara, México, 1981). Es una periodista nómada que lleva varios años haciendo guiños a la escritura, especialmente de narraciones cortas y poesía. Su primera antología poética Tragos de Arena, vio la luz en 2013 gracias a una campaña de micromecenazgo. Sus textos aparecen en el blog Cualquier parecido con la coincidencia… es pura realidad. Aunque en el registro civil le jugaron una mala pasada y la caligrafía en el documento expresa claramente: María Esther Guzmán Mariscal, prefiere que la llamen Mayté —con acento— porque suena más como ella es y le gusta.
Blog: ahuanda.wordpress.com
Facebook: fb.com/ahuanda
Géneros: Poesía y relato
Lugar de origen: Guadalajara, México.


Melanie Flores Bernholz
Nacida el 30 de junio del 1995 en Andorra y de orígenes españoles y alemanes, Melanie Flores Bernholz se ha criado en un ambiente multicultural, hablando así hasta seis lenguas. Desde pequeña le fascinan las matemáticas, la física y la filosofía. Actualmente reside en Alemania y destina su tiempo a estudiar por su cuenta, aunque la mayoría del tiempo se pierde entre letras, notas musicales y pinturas.
Blog: sobrepoesia.wordpress.com
Instagram: instagram.com/melaflori
Lugar de origen: La Cortinada, Andorra, España


Melba Gomez (melbag123)
Posee un grado en Comunicación Pública, Derecho y Trabajo Social. Hasta el retiro no le había sido posible dedicarse a su pasión, escribir. Actualmente escribe para saltoalreverso. com, arteydenuncia.wordpress.com, masticadoresdeletras.wordpress.com y en su blog melbag123.wordpress.com. Ha colaborado en el libro Habitación 308 y Calle 13. Autora de las novelas El lugar a donde nunca fui (2017), El árbol de los panties blancos (2018) y María Estórpida (2018).
Blog: melbag123.wordpress.com
Twitter: @JdLmsw
Género: Relato
Lugar de origen: Bayamón, Puerto Rico


Merche García (Merche)
Cazapalabras, desde siempre me gustaron los idiomas y me recuerdo leyendo mucho. Soy licenciada en traducción e interpretación y me gusta plasmar esos pequeños momentos cotidianos, en palabras o en fotografías.
Blog: blogmercheblog.blogspot.com.es
Twitter: @merche_gs
Género: Poesía
Lugar de origen: Barcelona, España



Nur C. Mallart (letrasyvidas)
Dicen por ahí que soy escritora, coach literaria y docente… pero en realidad soy maga, pues amo hacer alquimia con las palabras. Hace ya muchas lunas estudié la carrera de Turismo y Relaciones Públicas y, gracias a que las letras me rescataron de ese espejismo, ahora viajo incansablemente a través de la palabra escrita. Me considero una niña eterna, curiosa, en constante aprendizaje, así que también me estoy sumergiendo en el mundo del copywriting.
Blog: inspirandoletrasyvidas.wordpress.com
Facebook: fb.com/letrasyvidas
Twitter: @letrasyvidas
Géneros: Poesía y relato
Lugar de origen: Barcelona, España


Poetas Nuevos
Descubro mi poesía a través del amor. Soy completamente autodidacta de técnicas poéticas y leo poco a los maestros de la poesía, y este camino ha sido de intuición, inspiración y sensaciones. Crear un blog fue dejar huella de este sentimiento que lleva tres años. Y a contar del dos mil dieciséis, me propuse como meta publicar diariamente un poema, relato o pensamiento.
Blog: poetasnuevos.wordpress.com
Twitter:@poetas_nuevos
Género: Poesía
Lugar de origen: Santiago de Chile


Roberto Cabral Castañeda
Vivo en la Ciudad de Toluca en Estado de México, estudié la carrera de Ejecutivo en Sistemas Computacionales, amante de la tecnología, fotógrafo aficionado, disfruto de la poesía y me gusta escribir aunque lo hago muy poco.
Blog: puraessenza.wordpress.com
Página: robertocabral.weebly.com
Facebook facebook.com/robertocabralfotografia
Género: Fotografía
Lugar de origen: Ciudad de México, México


Ro Farrera (dramágico)
Hombre astrolabio con título de económico-administrativo. De mi cabello brotan ideas. Nací en el 86. Admirador de la belleza e investigador del fenómeno de las paredes rosas.
Blog: dramagico.wordpress.com
Twitter: @RoEnLaCaja
Facebook: fb.com/latrogere.farreraguillen
Instagram: @roger.malo
Géneros: Relato
Lugar de origen; Tapachula, México


TheyoungQuevedo
Participante en dos libros de poemas, junto a otros autores. Fundador de dos revistas de literatura en la universidad. Productor y colaborador de varias exposiciones, guiones, obras de teatro y proyectos de investigación filosófica. Ahora, un poeta que escapa a escribir algún poemario a solas, rodeado de un mundo de objetivos.
Blog: elhpc.blogspot.com.es
Medium: https://medium.com/@theyoungquevedo
Twitter: @theyoungquevedo
Género: Poesía
Lugar de origen: Comunidad de Castilla y León, España


Verónica Boletta (Verónica)
Equilibro mis profesiones de contadora —graduada en la Universidad Nacional de Tucumán—, poeta y narradora. Escribo en Salto al reverso y en mis blogs, En humor arte y Estación de Micros. Publiqué los poemarios Chamuyo poético (puro verso) (2016) y Vendehúmo (2017). Participé de las antologías de relatos Habitación 308, Calle 13, Delicious: recetas y cuentos, Seres extremos: relatos de chicos & chicas malas. En 2018 me estrené como solista con la colección de relatos Los cuentos del tío.
Blog: veronicaboletta.wordpress.com
Blog: estaciondemicros.wordpress.com
Facebook: facebook.com/veronica.boletta
Página en Facebook: facebook.com/EnHumorArte
Género: Poesía
Lugar de origen: La Plata, Argentina


ZarZas
Si hubiera que resumir el trabajo de ZarZas, podría decirse que sus obras son poemas visuales que pretenden sublimar la realidad que observa, convirtiéndose a veces en sueño y a veces en pesadilla. Para ello utiliza numerosos canales, técnicas, soportes y materiales con el propósito de transmitir con precisión su visión del mundo.
Sitio web: zarzas.com
Facebook: fb.com/zarzas.pintura
Género: Pintura
Lugar de origen: Tolosa, España


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