El espejo de mi abuela


Mi abuela tiene un espejo frente a su camilla.

Antes de colgarlo, sus nueve hijos discutieron más de una hora si era prudente o no colocarlo ahí.

—¿Cómo van a permitir que mamá se vea así, anciana y enferma? —dijo una.

—¡Pero tiene derecho a no olvidarse de quién es! —respondió otra.

—Preguntémosle a ella, mejor —sugirió otro de sus hijos.

La madre de ellos, con su voz pausada pero decidida, les dijo a todos:

—Durante el tiempo que Dios me ha permitido vivir, he sido bendecida con muchas cosas. El Señor me dio una familia numerosa y un esposo amoroso. Tuve salud y, aunque he perdido un poco de memoria y se me sumaron otros males, sigo creyendo que todo forma parte del plan de Dios.

»Ustedes saben que mis manos tiemblan y que mi vista es borrosa. Extraño mucho ver las caracolas y los detalles de las plumas de las aves. También me encantaría poder ver los rostros de mis hijos y de mis nietos, pero me es imposible.

»Respecto a si necesito o no un espejo en mi habitación, la respuesta es sí. En la imagen borrosa del espejo, me veo sonriendo y abrazada a su padre. Me veo hace cuarenta años cuando ustedes eran unos críos y con su padre y conmigo comíamos en la mesa. Me veo con mis nietos y su abuelo, caminando en el rancho y pensando en qué será de ellos cuando crezcan. Me veo señalando aves y coleccionando caracolas.

Mi abuela no dijo más. Se recostó y esperó a que sus hijos aceptaran.

—Está bien —dijeron todos casi al unísono.

La bucanera hace sus mandados de incógnito


Feliz cumpleaños abuela Katty


0008244201K-1280x1920Katty perdió su virginidad a los quince años. Aunque era lo que ella había soñado desde que conoció a su príncipe, no dejaba de llorar. Había extraviado una de las zapatillas doradas de ballet en el apartamento de Reynaldo. Estas zapatillas fueron un regalo de su madrasta. No eran mágicas, pero fueron las que utilizó en su debut como bailarina hace un año en el musical Cinderella. Jamás este joven de veintisiete años, candidato a doctor en sicología, le devolvió la zapatilla.

Sus lágrimas fueron más de quince. Y dejaron en Katty, un sabor a veneno. Todavía busca el antídoto.

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