Compañera de asiento


Javier estaba feliz porque logró convencer a su padre para que le prestara el auto nuevo: un Audi Q7 en elegante color blanco y detalles en aluminio. Lograría impresionar a Marifer y tal vez aceptaría salir con él.

La fiesta comenzaría a las 10 de la noche en casa de Montserrat, pero antes pasaría a recoger a Marifer, a Tavo y su nueva novia, Galia y al eterno soltero Morris (insistía en que le llamaran así, su nombre real era Mauricio), quien se había quedado en la zona de amigos de manera permanente.

Javier salió emocionado de la cochera con el auto flamante. Cuando llegó con Marifer, causó una impresión favorable en la chica, tal y como lo había supuesto momentos antes.

—¡Qué lindo auto, Javi! —dijo complacida y emocionada.

Ya no era Javier, ahora era Javi. Las mujeres quizá no sepan de modelos de autos, pero conocen a la perfección la diferencia entre uno caro y uno común. Marifer sabía que aquel era uno de los caros.

Ella de inmediato aprovechó para subir una historia a su cuenta de Instagram, también se tomó una foto con Javier cuya sonrisa reflejaba su estado de ánimo envuelto en un aire de triunfo.

—¡Esta sí es una nave! —comentó Morris emocionado.

—Los pequeños privilegios de la clase alta, pero cómo lo vamos a disfrutar —dijo Tavo mientras Galia le daba un codazo en las costillas por su mordaz comentario.

Los cinco muchachos iban en el vehículo con un alto grado de energía, de esa que se derrocha a esa edad. Llevaban la música a un volumen bastante alto, tanto que tenían que comunicarse a gritos.

Morris aprovechó el momento e ingirió una píldora de fentanilo. Hacía meses que se había enganchado con la droga sintética. Sus amigos no lo sabían.

Llegaron a la casa de Montserrat. Marifer bajó de la camioneta sintiéndose toda una diva. Tavo y Galia sonreían como tontos al saberse que las miradas estaban puestas en ellos. El único que no tenía interés era Morris, él solo quería algo para beber, tenía la boca seca.

La fiesta se terminó antes de lo previsto: dos chicos empezaron a discutir acerca de las rutinas de gimnasio para ganar músculo y la ingesta de esteroides y aplicación de inyecciones de sustancias para la estimulación de los músculos. Terminaron a golpes y Montserrat pidió a todos que se retiraran.

—¡Qué mala copa de esos dos! ¿De qué clase son? No recuerdo haberlos visto en el colegio —argumentó Marifer disgustada por la cancelación.

—Los he visto en el gimnasio. Siempre compitiendo entre ellos. ¡Hombres! —repuso Galia.

—Pues, vámonos. Aquí se rompió una taza… —dijo Javier ansioso por estar a solas con Marifer.

—Es temprano, la noche apenas comienza. Sigámosla en otra parte —dijo Tavo con verdaderas ganas de seguir la fiesta.

—¿A dónde, Morris? —preguntó Javier a Morris, quien siempre sabía de lugares en dónde divertirse.

El muchacho se quedó frunciendo el ceño unos momentos. No coordinaba su cerebro con el acto del habla hasta que pudo decir:

—No tengo idea.

Lo dijo con voz pastosa, resultado de la ingesta de la droga y el alcohol.

—En el camino se nos ocurrirá. ¡Vámonos! —dijo Javier y se apeó al volante del Audi. Subió el volumen de la música y quiso mantener el ánimo en alto.

Avanzaron algunas calles por la avenida que brillaba espléndida ese sábado por la noche.

—¿Y si paras para comprar algo de tomar? ¿Qué quieren? ¿Vodka?

—¡Sí! —exclamó Morris reaccionando de inmediato a la invitación.

—Sí quiero. Con un Monster —dijo Galia con su parquedad acostumbrada.

Marifer volteó para mirar a Javier y él asintió con una sonrisa. Puso la luz direccional, entró al estacionamiento de una de los miles de tiendas de conveniencia que hay dispersas a lo largo y ancho de la ciudad.

Los hombres bajaron para adquirir la provisión: una botella de vodka de cualquier marca, latas de bebidas energizantes, unos cuantos vasos desechables, una bolsa de frituras y dos paquetes de cigarrillos con sabor a pepino.

Morris pidió una cerveza light.

La destapó con la hebilla de su cinturón puesto que la tienda tiene prohibido vender bebidas alcohólicas abiertas. Se dispuso a beberla ahí mismo, en el estacionamiento, de un tirón. Iba levantando la pequeña botella para llevársela a los labios cuando apareció ante él a una chica de cuerpo menudo pero delineado; de estatura baja, pelo negro hasta el hombro. Llevaba una indumentaria en cuero negro: falda muy ceñida arriba de la rodilla, blusa de tirantes y chamarra; de calzado, unas botas industriales altas.

—Hola —dijo con voz tímida.

Morris se olvidó de la cerveza y no terminaba de recrearse la pupila con la chica.

—H-o-o-la —titubeó.

—¿Van de fiesta? —dijo con voz dulce la chica, tenía un leve rastro de acento que Morris no pudo identificar.

—Est… Sí ¿qué haces por aquí? —preguntó Morris ante lo inesperado del encuentro y prosiguió—: ¡Oye! ¡Qué rizos tan coquetos! ¿Puedo tocarlos?

Marta esbozó una extraña sonrisa que hizo que Morris se retractara.

—Paseo. Estaba aburrida y quise salir. Me llamo Marta —dijo esto al mismo tiempo que estiraba una mano delgada y blanquísima con las uñas pintadas en negro. No dijo nada de sus rizos.

Morris la estrechó y sintió un escalofrío recorrer su cuerpo que no supo si fue por lo fría que estaba o por la emoción de tocar a la misteriosa chica. De cualquier manera, él pensó que era una buena señal.

Tavo y Javier lo miraban a unos pasos con sonrisa de complicidad, ambos le guiñaron un ojo a Morris esperando que este los presentara.

—¿Quieres venir con nosotros? No tenemos aún un destino, pero algo se nos ocurrirá —dijo Morris ya más avispado.

Marta volteó para mirar a Javier y a Tavo, luego miró hacia el Audi.

—¿No hay problema con sus novias? —cuestionó Marta.

Tavo se preguntó cómo sabía la chica que venían con sus novias. Él tampoco la vio llegar mientras se detuvieron a esperar a Morris y su cerveza light.

—¿Cómo sab…? —Quiso preguntar Tavo, pero Morris se adelantó.

—No, ninguno. Yo vengo solo, serás mi compañera de asiento, ¿qué no? —dijo Morris mientras miraba a Tavo con recriminación por querer estropear el encuentro.

—¡Me encanta la idea! —dijo Marta mostrando una sonrisa angelical que terminó por cautivar de inmediato a Morris.

En el camino de regreso a la camioneta, Morris hizo las presentaciones, primero a Javier y a Tavo y luego a Galia y Marifer.

—Javi… No sé, no me late esta niña, está bien piche rara —dijo en voz baja Tavo mientras miraba a Morris.

—¡Tal para cual! —contestó Javier. Deja a Morris que se realice por esta noche con la muñeca gótica.

—Más que gótica parece como si Morticia y Maléfica hubieran tenido una hija.

Se miraron, guardaron silencio y después se echaron a reír.

Javier miró a Marta mientras abordaba guiada por Morris. Se preguntó cómo podía moverse con esa ropa tan ceñida. Reparó en que tenía muy buen cuerpo. Disimuló cuando Marta volteó y lo miró directo a los ojos: como si supiera lo que él estaba pensando.

Galia no reaccionó en absoluto a la presencia de la chica invitada, se limitó a decir un «Hola», pero con Marifer las cosas no eran tan funcionales: hizo un gesto de desdén cuando Marta le extendió la mano. Apenas si la tocó y volteó para otro lado en el acto.

—Tranquila, es solo una amiga de Morris. Hay que divertirnos —comentó Javier.

Marifer aceptó no de buena gana. No se sentía cómoda con Marta. Se había dado cuenta de cómo la miró Javier y sintió celos.

Morris sirvió las bebidas para todos, incluso para Javier. Supo que no necesitaría más drogas para divertirse esa noche. Las sensaciones que le provocaba el olor a cuero y perfume de Marta serían suficientes para mantenerse bien.

Marta bebía a pequeños sorbos la bebida que le dio Morris. Miraba a cada uno de los chicos como si estuviese analizando su lenguaje corporal. Le sonreían todos, menos Marifer que evitaba encontrar su mirada.

Hacía mucho tiempo que Morris no tenía novia. En parte por sus adicciones y porque no encontraba una chica que lo enganchara.

—¿De dónde eres? No logro identificar tu acento —dijo Morris iniciando la conversación.

—De ninguna parte y de cualquier lugar —contestó Marta.

—¡Guau! Me encantan tus pestañas. Parecen mariposas.

Marta sonrió otra vez con esa mueca que no llegaba a expresar nada.

—¿Viajas mucho o es una respuesta filosófica? —planteó Morris.

—Sí, es eso, viajo mucho. Me muevo a distintos lugares todo el tiempo.

—¿Nómada digital?

—No digital, me actualizo, pero en otros aspectos.

—Fascinante… —balbuceó Morris.

Marta bebió del vaso de plástico sin quitarle la vista a Morris. Sus ojos brillaban por algo.

Las bebidas hicieron efecto en el grupo de chicos y la euforia se desbordaba al mismo tiempo que el vehículo ganaba velocidad. Javier enfiló por una avenida que atravesaba un gran tramo de la ciudad lo que significaba una larga recta. De pronto sintió cómo tenía el control del vehículo con solo un movimiento de su pie. Quiso probar todo el poder de la tracción en las cuatro ruedas y pisó el acelerador.

Tavo lanzó un grito al sentir la velocidad. Javier abrió la ventana panorámica del techo y Marifer y Galia se asomaron por ahí. Sentían cómo el aire se estrellaba en sus rostros. Cerraron los ojos y se dejaron llevar por la sensación.

Morris miraba a Marta. Quería besarla. Sus labios pintados de negro le atraían como si fueran magnéticos. Se acercó un poco a ella y de repente, por la inercia de la aceleración, regresó al lugar en donde estaba. Javier no se detuvo en las luces rojas, se pasó todos los semáforos sin ninguna precaución.

Justo cuando intentaba incorporarse Morris, su compañera de asiento se levantó, apoyó sus blancas manos sobre los hombros de él, quien incrédulo, miraba a Marta prepararse para darle un gran beso.

—Nos vemos del otro lado, Morris —le susurró al oído después de besarlo en los labios.

Morris se quedó de una pieza, consideró que esa chica, con seguridad, no pertenecía a este plano dimensional. Tavo miró desconcertado cómo Marta brincó el asiento para situarse detrás de Javier e intentó apoderarse del volante. Ella lo giró con tal brusquedad que Javier no lo esperaba. Quiso recomponer la dirección, pero Marta se sujetaba con tremenda fuerza que ningún sistema estabilizador asistido por computadora ni ningún sistema de frenos antipánico sería capaz de controlar el vehículo. Se estrelló contra la base de un anuncio espectacular de doce metros de altura.

Marifer y Galia que seguían asomando medio cuerpo por la ventana panorámica escucharon cómo su columna vertebral se partía en distintos puntos, tendidas en la acera parecían bailarinas ejecutando un imposible paso de balé. Murieron al instante. Tavo y Morris se impactaron de bruces contra el asfalto, no llevaban puesto el cinturón de seguridad. Javier atravesó el parabrisas y dejó rastros de materia gris sobre la acera. El Audi casi se rebanó por su mitad longitudinal. El auto y los chicos quedaron irreconocibles: parecían marionetas abandonadas después de una mala función de teatro guiñol.

Un vendedor nocturno de hamburguesas y hot-dogs contempló todo el accidente: desde que el Audi dobló en la esquina derrapando y rugiendo como una bestia, luego un quiebre de dirección fatal lo hizo recular, pero de inmediato se estabilizó y con toda fuerza se impactó con el poste base. Apagó un antiguo radio en el que sonaba la voz de Eddie Vedder que interpretaba Last Kiss justo en la frase que dice «So I can see my baby when leave this world» mientras a unos metros Morris, con un hilo de vida, quería fijar la mirada con el único ojo que quedó en su cara, buscó a Marta. Murió sin poder verla.

Tavo tenía la cara destrozada. La mandíbula superior colgaba de un girón de tejido chorreaba sangre y sus dientes estaban por todas partes.

Javier con el cráneo partido estaba colgado sobre una guarnición metálica, el cerebro goteaba como un flan gris que ha perdido consistencia.

***

—¿Dice que eran seis los que iban a bordo del vehículo? —preguntó por segunda vez el ministerial que tomaba la declaración del único testigo.

—Vi a una chica y un chico que forcejeaban con el volante, otras dos chicas que se asomaban por el quemacocos gritaron y vi dos siluetas en los asientos traseros. ¡Seis! ¡Seis en total! Jóvenes imprudentes, ¡carajo! ¿Quiere un hot-dog, mi poli?

Andrade, el agente ministerial, releyó el reporte del Servicio Médico Forense y marcaba tres cuerpos de masculinos y dos femeninos en el levantamiento. Se acercó al Audi deshecho y miró las manchas de sangre que marcaban la trayectoria de los cuerpos al salir expulsados; le dieron náuseas cuando se imaginó lo que era la sustancia gelatinosa que estaba regada del lado del conductor. Revisó la marcación de las siluetas de cómo habían quedado los cuerpos después del tremendo choque. Solo eran cinco, como decía el reporte. Se alejó del lugar. Le daba asco el olor a sangre mezclado con vodka y Red Bull.

Solicitó el reporte visual al C5. Las cámaras captaron al Audi desde que los chicos se detuvieron en la tienda. En los videos se podía contar a seis personas, tal y como lo dijo el de las hamburguesas. Solo había un detalle en el último video antes del choque: entre un fotograma y otro uno de los ocupantes desaparecía pocos segundos antes del impacto.

—Debe ser una falla en la grabación —dijo Andrade.

A unas calles de ahí, en una tienda 7 Eleven, bajo la mortecina luz de una lámpara que iluminaba a medias el estacionamiento, una chica vestida de negro se presentaba con un par de tipos que estaban a punto de abordar su auto después de comprar cigarrillos y cervezas.

—¡Hola! Me llamo Marta, ¿puedo acompañarlos? Puedo ser su compañera de asiento —dijo esto mientras ofrecía una nívea mano con las uñas pintadas de negro.

Los hombres se miraron con complicidad y un centelleo de lujuria recorrió sus ojos. Iban a tener una noche agitada. Los tres se acomodaron en los asientos delanteros.

Moto


Ya es tarde y creo que hoy tampoco podré terminar la rutina del gimnasio. Son las doce con cinco, y apenas voy saliendo de casa.

Dan las doce con diez y, otra vez, las listas interminables de pendientes: las compras del negocio, los pagos de servicios, la despensa, la cita. Todas las obligaciones, una a una, se estrellan contra el parabrisas del carro, sin dejarme pensar en el ahora. Me agobia la responsabilidad de ser adulto y, lo que se suponía que me ayudaría a despejar la mente, es una nueva obligación a la que ya voy diez minutos tarde.

Para distraerme enciendo la radio. Noticias locales y del estado. Son las doce con diecisiete minutos. Voy tarde al gimnasio y tengo muchos pendientes. 

Del otro lado de las bocinas, el locutor intenta hacer conciencia sobre la importancia de consumir productos locales. Hace un discurso acerca de la belleza de Chiapas y su café, mientras (seguramente) bebe un sorbo del venti que le trajo su asistente.

Me doy risa, porque la falta de congruencia de mis actos y mi grandísimo ego, hacen que vea en todos los demás, los errores de mis propios actos. Son las doce con veinte, voy tarde al gimnasio, y el locutor anuncia un trágico accidente en la ciudad en la que antes vivía.

«En el libramiento norte de Tuxtla Gutiérrez, un motociclista sin identificar perdió la vida esta mañana, al chocar su motocicleta Italika con una torre de alta tensión de la CFE. El occiso, de veintitantos años, tez blanca, de un metro con ochenta y cinco y de estructura robusta, yace en el suelo junto a su motocicleta».

Son las doce con veinte y voy tarde al gimnasio. Hoy tengo muchos pendientes y, sin embargo, todo se ha ido. Detengo el auto y lloro. Lloro como en mucho tiempo no lo hacía. Lo hago con mucho dolor porque creo que he perdido a un amigo.

Intento recuperarme y le marco. ¿Y sí me contesta su esposa, su madre? ¿Qué palabras de consuelo les diré si ni yo lo encuentro? ¿Cuelgo o espero?

Para mi fortuna, él me responde y siento alivio. Le pregunto por su familia, por los amigos y por sus viajes de motocicleta. Le recuerdo que lo extraño, que me hace falta platicar con él y los demás; que a veces necesito de ellos y que los quiero. Que son mis hermanos. Él me habla de su nueva novia, del último juego de los Lakers. A mí no me importa nada el básquetbol, pero a todo le respondo emocionado, porque, aunque él no lo sepa, yo hoy perdí y recuperé a un amigo en menos de veinte minutos, y eso me hace muy feliz.

Son las doce con treinta y ocho. Ya no fui al gimnasio hoy, tengo mucho trabajo inconcluso, pero también tengo un amigo.

Dos veces llantos


Me casé con Flor María en nuestra clausura del jardín de niños. Ese mismo día la besé. La maestra y mis compañeros aplaudieron y Flor María lloró. Las lagrimas de Flor María cubrieron todos los pupitres del salón. Nos empapó. Sus llantos fueron tan fuertes que rompieron cristales, también se escucharon hasta la casa de la bruja vendeesquites. Ese día Flor María me odió y rompió mi corazón.

Después del jardín no supe más de ella. Hasta el día de hoy en que, nuevamente entre llantos y lagrimas, Flor María dice odiarme y hace ademanes de querer matarme, mientras carga el cuerpo inerte de su esposa, quien hoy fue atropellada por mí.

 

AGOSTO2020 ANA SEMEJANTE
Dibujo de Ana Gabz Ferral (Instagram: @semejante_ ).

El Regreso


Todo comenzó cuando venía caminando de la escuela. Betty, mi mejor amiga, faltó ese día y tuve que regresar sola. Hacía mucho calor y la verdad es que me hacía falta mi amiga. Podíamos platicar y reírnos por el camino. Nada parecía distinto ese día. Por alguna razón me sentía asustada. No era la primera vez que iba sola. Un presentimiento me acompañaba y no me equivocaba. En un segundo, una camioneta se acercó. De ella se bajaron dos hombres que me agarraron y me hicieron subir a la fuerza. El temor se había convertido en terror. Uno de los hombres me tapaba la boca y el otro iba amarrando mis manos y mis pies. En un impulso le mordí la mano al que me tapaba la boca y grité, pero enseguida me golpeó tan fuerte, que perdí el sentido. Cuando desperté seguía en la camioneta. No se veía ninguna casa en el camino, por lo que me dí cuenta de que nos dirigíamos a un paraje solitario. No sé cuánto tiempo habíamos viajado pero sé que había sido bastante. Por primera vez pensé en mi pobre abuelita, preocupada, esperando por mi. Los hombres hablaban entre ellos, contentos de tener otra presa, mientras yo luchaba por soltarme inútilmente. Las lágrimas corrían por mis mejillas, temiendo lo peor.

Llegamos a una choza de madera. Uno de los hombres me arrastró hasta adentro. Una estufa de gas y unos cuantos cachivaches era todo lo que había en el lugar. Pregunté si podía ir al baño y ellos se empezaron a reír. Si quería mear tenía que hacerme encima, dijeron, porque no pensaban llevarme a la letrina afuera de la choza. No aguantaba más y humillada sentí correr por mis piernas los orines. Me miraron burlándose. Entonces se fueron. Escuché que encendieron la camioneta, arrancaron violentamente haciendo un ruido ensordecedor. Luego siguió un tenebroso silencio. Allí encogida en una esquina, sollozaba amargamente. No sabía cuál sería mi suerte. Decidí seguir luchando para soltarme, pero no lo lograba. Si me dejaban allí para siempre, moriría sin duda, pero tampoco quería que regresaran. En aquel lugar lleno de telarañas, me iba poco a poco resignando a un final desastroso. Me acordé de mi padre y de mi madre. No había pensado en ellos por muchos años, desde que murieron en un accidente cuando yo tenía tres años. Solamente yo sobreviví, porque mi padre me había colocado con mucho cuidado, en un asiento protector en la parte de atrás de la camioneta.

Estaba oscureciendo, la choza estaba en penumbras. La camioneta se escuchó de nuevo. Mi respiración se detuvo. Un hombre entró como si esperara encontrar a alguien que le enfrentara. Me miró haciendo una señal con el dedo para que no hablara. Se acercó a mi, rápidamente soltó las cuerdas que me ataban y me sacó del lugar. Me subió al asiento trasero de su camioneta donde le estaba esperando una mujer que me saludó con cariño. Con mucho cuidado, él me aseguró el cinturón de seguridad. Encendió el vehículo y nos fuimos.

***

Desde el asiento de atrás, ya aliviada, miraba al infinito. La noche estaba clara, preñada de estrellas. A pesar de que ya no estaba en peligro, no le había agradecido al hombre que me hubiera rescatado. Tampoco le había dicho a dónde debía llevarme. Supuse que me llevaría a una delegación. La mujer miró hacia atrás y me sonrió dulcemente. Algo le dijo a él que hizo que también me mirara. De repente un grito salió de mi garganta.

—¡Cuidado, papá! ¡Un camión viene de frente!

Él volvió los ojos al camino y vio las luces que venían directamente hacia nosotros. Maniobró evitando el accidente. Cuando detuvo la camioneta, todavía sujetaba con fuerza el volante, posó la cabeza sobre él, asustado y agobiado por lo que pudo suceder. La mujer puso la mano en su espalda, en una caricia solidaria. Unos minutos después él bajó y abrió la puerta de atrás, donde yo estaba. Me liberó del cinturón y me tomó en sus brazos. La mujer también se bajó. Me acarició y me besó con mucho amor.

—Todo está bien, mi amor. ¡Nos salvaste la vida! Vamos a la casa de tu abuela.

El domingo siguiente fue mi cumpleaños. Papá y mamá me hicieron una gran fiesta. Cumplía cuatro años. Betty me regaló una hermosa muñeca rubia.

El huésped


Llega moribundo el querubín de ojos azules. Los padres están de camino. Los abuelos irrumpen con el nieto en la Sala de Emergencias. El dolor espantoso de la abuela queda encapsulado en un vídeo casero que de inmediato es trasmitido por la Web. Los vecinos acompañantes inundan las redes sociales y envían texteos a granel. La desesperación domina la sala que se achica ante el llanto desgarrador del abuelo.

Las enfermeras y médicos se desviven por atender al bebé. Lo entran rápido a la sección de resucitación. El equipo es conectado de inmediato al cuerpo agonizante del infante. Las máquinas parecen llorar desconsoladas insinuando  el desenlace.

Llegan los padres. El abuelo se desmaya al discutir con su hija.  Sufre un infarto. Su cuerpo hace un brinco involuntario y se desploma sobre el suelo. El niño y su abuelo mueren como si el relojero mayor hubiese sincronizado sus partidas. El internista busca todas las formas para resucitar a Pablito. El niño revive ante la insistencia del galeno.

Es un milagro. El nene estuvo muerto por más de un minuto. Qué pena que el abuelo no pudo resistir la presión. Dentro de la tragedia Elena da gracias a Dios por recobrar a su retoño. La dejan pasar a la sección de cuidado intensivo. Corre inquieta a su encuentro, lo abraza sobreexcitada. Ella palidece al descubrir que el ojo derecho de Pablito había cambiado de color. La mirada del niño la estremece. El ojo marrón es idéntico a  los ojos almendrados de su difunto padre.