Quéjese al fabricante


Que ya voy de salida, ¿y qué?

No necesito tanto, lo sé.

En mí vive la misma niña

que cantaba canciones tristes

justo antes de dormir.

Entonces no me arrullaban princesas,

solo me acompañaba el pensamiento

de los niños hambrientos de Praga,

de los perros callejeros de mi barrio,

de mis padres dejando la vida

para darme una mejor.

Y mi soledad.

Sigo atada a los recuerdos

de mis amigas riendo, inocentes,

saltando en los charcos

bajo la lluvia a cántaros,

hablando del primer amor,

del primer beso,

que para mí tardó demasiado,

aunque la maternidad me llegó temprana

con una adultez atropellada.

Todo a destiempo.

Me llegan los años y no me acostumbro.

La idea de la muerte no me asusta.

Solo quiero vivir sin relicarios

con la mente despejada

y el cuerpo dispuesto.

De vez en cuando llorar de amor,

o reír a carcajadas con la gente que amo.

Que no maduro, que hago locuras.

Que me digan intensa, ¿y qué?

Fue así como fui creada.

¿Alguna queja?

Quéjese con el fabricante.

Se vende


Se vende
una ausencia anunciada
un suspiro latente,
un adiós que no se va
y la sal en mi vientre
mis palabras sin decir
las almohadas videntes;
hoy vendo quien yo fui por ti
exhausto de mente.

Ayer salí a las 3, era temprano
me encontré con mis antojos de verano
y unos cuantos secretos de barrio.

Me encerré en lo abierto de los campos
incendiaba mis placeres, mis encantos
dejaba titubeos peregrinando.

Se vende
una vida hipotecada
una voz que no miente,
canciones olvidadas
cartas sin remitente
una sonrisa fugitiva
y un culpable sonriente
una verdad inventada
mis lunas nacientes.

Y es que no soy más que simbolismos
una señal mal formada en el abismo,
tatuajes descifrados en espejismos.

Solo soy la mercancía rota que demandas
la ideología más remota y olvidada,
la falacia más absurda, pero amada.

Me vendo
esperando que me robes, no me compres
que en manos ilegales pertenezco,
delitos concebidos cual recesos
en medio de lo carnal de tus pagos
rejuvenezco.