Experta en decir adiós


Aprendiste a decirme adiós antes de que esta palabra cupiera en tu boca.
  
Me lo dijeron antes tus manos,

cuerdas rotas en tu regazo.
  
Me lo contó tu silencio:

había tres grietas en el techo,

también una baldosa rota por un costado,

en el suelo, tus bambas manchadas de barro,

nueve, o quizás diez,  libros sobre la cómoda;

tres manchas de café en la funda del sofá desvencijado,

sobre la silla, mi abrigo reposaba, esperando,

en la cama, una sábana sin arrugas,

también conté dos mosquitos aplastados,

sórdidos;

y a cada segundo, dos pestañeos

insulsos

en tus ojos extraños;

qué más puede hacerse entre tanto silencio.
  
Aprendí a adivinar tu adiós

como un zahorí encuentra agua en el fondo de la tierra;

solo que yo no quería,

no quería encontrarla

ni beberla

ni mirarla.
  
Al final, para ayudarte

—más de cien quilos de sal pesa tu silencio—;

cargué tu adiós,

y te lo dije yo.
  
Mayca Soto. El gris de los colores.

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Adiós tal vez


Para tu belleza oriental.
El invierno ternura del cuerpo ausente
es tu mirada antes y después del adiós.
Verte sonreír de grises pensamientos
cuando soy como el brillo del silencio;
poco y nadie, y también quizás. Quererte.
Andaré sin recuerdo por mucho tiempo
aunque sueñe lejano el abismo tierno,
aunque estés cansada de entenderme.
El frío del calor de tu cuerpo, mi nombre,
la sensación oruga hiriente, los cielos
bajan por mis hombros y aunque estés
siento que ya te has ido, adiós tal vez.

Hasta luego


Escribir: “ella se fue de mi vida en un abril y cerrar de otoños” y no saber qué pasó realmente, se fue un día y no sé muy bien qué parte del poema se llevó para siempre, sin embargo, sospecho que aún se le puede leer en el anverso. Tal vez sea necesario definir quién es ella, el lector tal vez pueda hacerse una idea al respecto: una chica de 18 a 23 años, delgada y dueña de unos ojos insensiblemente hermosos, el lector puede hacerse la idea, tal vez equivocada. Ella dejó una página al pie de otras notas (algoritmos para ser felices, cuentos para nadie). Algún lector querrá una transcripción exacta de las frases de aquella página:

Cuando leas esto, solo espero que las faltas ontológicas no sean las mismas que habitaron en mi lengua desde que nos conocimos, y quiero además, que leas esto como un hasta luego, quizás el último. Ambos escribimos algo sobre este día, creyendo que era la única forma de afrontarlo, inventándolo de un modo indiferente a nuestras pasiones, emociones o gotas de ruido que no somos. Me alegra saber que esto será quizás un poema menos, algún día lo leeré sin darme cuenta, esa manía que tienen los insensatos de ocultar una palabra en otra y decirla con los ojos cerrados.

Hasta luego, es un te quiero.

Escribir: “ella vive en el país del nunca amas” y no saber quién ha muerto, alguien lo sabrá algún día. Las palabras se ocultan, no es bueno que anden a lo loco molestando al invierno, hace falta mucho de los dos para saber qué fuimos, cuándo, tal vez un cono convexo al sentimiento, polar al desconsuelo, libre por suerte. No sé cuántas personas existan con el mismo nombre, cuántas insisten en morir al costado de una verdad, no sé qué parte del poema se llevó para siempre. Escribir, finalmente: “te olvido, entre tanto, de repente y hasta luego” y no saber realmente cuándo.

Entre tu gesto y la palabra


me sobran atardeceres

las canciones se llevan

lo mejor

el bastardo escribe

hasta cerrar el cuento

me sobran las despedidas

las persianas observan

desde la oscuridad del sol

la complicidad necesaria

entre tu gesto y la palabra

aquel libro olvidó también

la canción de lluvia

descansa en el silencio

me sobran los antípodas

y no entiendo el cerrar

inocente de tus ojos