Carta rota


Fotografía libre de derechos. pickpik.com

Hoy escribo esta carta rota. Rota porque está hecha de muchos fragmentos: un poco de aquí y un poco de allá. Está zurcida con sueños remendados, como ese que tenía, el de despertar contigo, darte un beso y prepararte un café. Se hizo pedacitos en el momento en que decidiste amanecer con alguien más. El amor es un sentimiento frágil cuando no tiene un punto de apoyo, cuando no existe una segura correspondencia. Entonces se agrieta y se quiebra. Termina derrumbándose. Y es solo hasta ese momento en que te ves a ti mismo en un lugar donde solo hay despojos, y te das cuenta de que la soledad aplasta con mucha más fuerza que la gravedad. La vida se vuelve sistemática: despertar para dormir, dormir sin soñar, vivir por vivir.

¿Cuántas mentiras disfrazadas de verdades me tragué? La respuesta es el castigo que ahora adolezco. No hay justicia para alguien como yo, que, a pesar de todo, solo quiso amarte.

No hubo advertencias, pero sí engaños.

Escogiste un mal día para irte y cerrar la puerta abandonando todo, menos el miedo, ese sí te lo llevaste porque es lo único de lo que no puedes desprenderte. Sin embargo, buscaré la paz en tu ausencia, aunque el cerebro y el corazón libren largas y aburridas batallas en esta guerra inútil.

No hace falta aprender a perdonarnos, incluso sabiendo de antemano que el perdón tiene un propósito, pero no hay redención para ninguno de los dos porque viviremos nuestras vidas así, con la sonrisa enmascarando la triste verdad de nuestros fallos.

No te pido que me recuerdes porque sería condenarte al remordimiento y quizá sea más fácil para mí pensar que no piensas en mí; por ello, te regalo la duda, para que todo el tiempo te preguntes si yo te recordaré, haz con la interrogante lo que quieras.

No sé si he dicho todo o dije de más. Es difícil escribir cuando el dolor diluye las ideas y yerra las palabras. Quisiera que quedaran más que palabras en este papel. Y no; no quiero llorar más. Te hice merecedora de mis risas y contentos, mas no mereces que derrame ni una sola lágrima más por ti. Mis ojos están agotados y mi alma casi seca. Ya no vales la pena, ya no vales la dicha.

Jamás nos encontraremos un día, ni nos saludaremos como viejos amigos, ya no hay tiempo para eso. Las cosas no serán así.

Te fuiste un mal día, el mismo día en que te enteraste que moriría. Te fuiste con tu miedo a cuestas. No querías sufrir.

Me quedo solo a esperar mi final; ahora mismo no sé si entregarte esta carta o romperla, que quede más rota de lo que está.

Sin buenos ni malos deseos.

Firmada por el último idiota que te amó. Nunca tuyo.

Adiós.

Sin posdata.

Las flores engalanan los cementerios


Deja de estrujar
con todo tu aplomo
mi garganta,
de prensarla
y extraerle
todo su jugo
hasta arrancar la última palabra.
Deja de estudiarme con tus ojos
que sostienes en alto
como guillotinas,
mientras restriegas con saliva
las paredes de la habitación.

Déjalo porque no soporto más este calor
que no logro arrancarme de los brazos,
ni de las manos,
ni tampoco deshacerme
de toda esta ropa
cubierta de pelo y de sal.

Detente para que la rabia fluya
y complete por fin
su camino,
como un río
que nos encharque los pies
y se nos mueran de frío.

Deja ya
de una vez
de decirme
adiós.

Blog Amenaza de derrumbe

Experta en decir adiós


Photo by Kristina Flour on Unsplash
Photo by Kristina Flour on Unsplash

Aprendiste a decirme adiós antes de que esta palabra cupiera en tu boca.
  
Me lo dijeron antes tus manos,

cuerdas rotas en tu regazo.
  
Me lo contó tu silencio:

había tres grietas en el techo,

también una baldosa rota por un costado,

en el suelo, tus bambas manchadas de barro,

nueve, o quizás diez,  libros sobre la cómoda;

tres manchas de café en la funda del sofá desvencijado,

sobre la silla, mi abrigo reposaba, esperando,

en la cama, una sábana sin arrugas,

también conté dos mosquitos aplastados,

sórdidos;

y a cada segundo, dos pestañeos

insulsos

en tus ojos extraños;

qué más puede hacerse entre tanto silencio.
  
Aprendí a adivinar tu adiós

como un zahorí encuentra agua en el fondo de la tierra;

solo que yo no quería,

no quería encontrarla

ni beberla

ni mirarla.
  
Al final, para ayudarte

—más de cien quilos de sal pesa tu silencio—;

cargué tu adiós,

y te lo dije yo.
  
Mayca Soto. El gris de los colores.

Adiós tal vez


Para tu belleza oriental.
El invierno ternura del cuerpo ausente
es tu mirada antes y después del adiós.
Verte sonreír de grises pensamientos
cuando soy como el brillo del silencio;
poco y nadie, y también quizás. Quererte.
Andaré sin recuerdo por mucho tiempo
aunque sueñe lejano el abismo tierno,
aunque estés cansada de entenderme.
El frío del calor de tu cuerpo, mi nombre,
la sensación oruga hiriente, los cielos
bajan por mis hombros y aunque estés
siento que ya te has ido, adiós tal vez.

Hasta luego


Escribir: “ella se fue de mi vida en un abril y cerrar de otoños” y no saber qué pasó realmente, se fue un día y no sé muy bien qué parte del poema se llevó para siempre, sin embargo, sospecho que aún se le puede leer en el anverso. Tal vez sea necesario definir quién es ella, el lector tal vez pueda hacerse una idea al respecto: una chica de 18 a 23 años, delgada y dueña de unos ojos insensiblemente hermosos, el lector puede hacerse la idea, tal vez equivocada. Ella dejó una página al pie de otras notas (algoritmos para ser felices, cuentos para nadie). Algún lector querrá una transcripción exacta de las frases de aquella página:

Cuando leas esto, solo espero que las faltas ontológicas no sean las mismas que habitaron en mi lengua desde que nos conocimos, y quiero además, que leas esto como un hasta luego, quizás el último. Ambos escribimos algo sobre este día, creyendo que era la única forma de afrontarlo, inventándolo de un modo indiferente a nuestras pasiones, emociones o gotas de ruido que no somos. Me alegra saber que esto será quizás un poema menos, algún día lo leeré sin darme cuenta, esa manía que tienen los insensatos de ocultar una palabra en otra y decirla con los ojos cerrados.

Hasta luego, es un te quiero.

Escribir: “ella vive en el país del nunca amas” y no saber quién ha muerto, alguien lo sabrá algún día. Las palabras se ocultan, no es bueno que anden a lo loco molestando al invierno, hace falta mucho de los dos para saber qué fuimos, cuándo, tal vez un cono convexo al sentimiento, polar al desconsuelo, libre por suerte. No sé cuántas personas existan con el mismo nombre, cuántas insisten en morir al costado de una verdad, no sé qué parte del poema se llevó para siempre. Escribir, finalmente: “te olvido, entre tanto, de repente y hasta luego” y no saber realmente cuándo.

Entre tu gesto y la palabra


me sobran atardeceres

las canciones se llevan

lo mejor

el bastardo escribe

hasta cerrar el cuento

me sobran las despedidas

las persianas observan

desde la oscuridad del sol

la complicidad necesaria

entre tu gesto y la palabra

aquel libro olvidó también

la canción de lluvia

descansa en el silencio

me sobran los antípodas

y no entiendo el cerrar

inocente de tus ojos