Alma mía


Tristezas y dolores,
alegrías y desazones,
ilusiones y desesperaciones,
desahogos y angustias,
impavidez y melancolía,
bohemia y ternura,
nostalgia y dulzura,
dulce pena: alma mía.

Etéreo


A paso

lento, muy lento

nadie sabe.

Al lado de los grillos desaparece

—exactamente—

sobre el tilo en flor donde

las ideas se hacen espesas y lisas.

Justo ahí, se abandona, y

casi pertenece

a la máscara en los bosques que tocan

al mar

y lo llevan consigo.

En las montañas habitan pasos.

Los monos abren el aire y el agua

donde lavar su conciencia

(según la ciencia de los mosquitos).

Y así, la gota

se desliza sobre la piel

del animal herido

y se confunde con

lágrimas

que brotan de los ojos de los borrachos

al contemplar tanta belleza

lloran

En seguida, se bajan los cierres de los bares

alcanzados por los bordes de la claridad

a la que sucumben las joyas.

Entonces

da un salto grande demasiado

grande al abismo.

Y

apenas

roza por un  momento

—etéreo—

el olor de la alegría.

Conmoción


Sensación insolente
de tranquilidad.
Mi alma se encuentra
estrangulada en paciencia.
Mi ser recae en prolija cautela
y mi alma se conmueve en pasión.

Extravío mi cuerpo en decente lujuria,
pero atavío mi ser en un revuelo excelso
de inescrupulosa moral, de suicida decencia
y consigo deviene una impotente conmoción.

Me ciega la tristeza
y me impacienta la alegría.
Doy un paso
al amor
y ya he vuelto dos veces
del camino del dolor.

Conmoción concreta que me increpa.
Conmoción insolente, cúmulo de tenues pasiones.
Conmoción estúpida que siento y no entiendo.

Déjà vu


Yo estaba en aquella boda con un vestidito corto de estopilla amarilla caminando entre la gente. Tenía poco más de siete años según mi mejor recuerdo. Las muchachas corrían de un lado para otro con sus vestidos de satén color marfil y mangas largas de organza. Algunas eran tan jóvenes que usaban zapatos de tacón por primera vez. Las oí comentar sobre el magnifico ajuar que la novia llevaría consigo a su luna de miel y a su nuevo hogar. Decían que su ropa blanca, camisones, batas, pañuelos y enaguas habían sido bordados con sus iniciales por su propia madre y que las sábanas, toallas y manteles con el monograma de los futuros esposos por las religiosas del Perpetuo Socorro. Cuchicheaban sobre lo que pasaría en la noche de bodas. La novia nerviosa llamaba a la madre, quien guardaba la compostura ante tanto desorden. Le preguntaba si había metido en su equipaje sus peinetas de nácar. Ella acariciándole el pelo dulcemente, le aseguró que todo estaba en su lugar. Observó que su hija estaba ojerosa por no haber descansado lo suficiente la noche pasada, por causa de la excitación que el matrimonio le provocaba. Le dijo que ya era hora de prepararse para la ceremonia. Caminaron hacia una recámara inmensa, amueblada con muebles blancos y en la que había un maniquí con un precioso vestido blanco de seda, y aplicaciones que se prendían con azahares. Yo miraba por una rendija de la puerta. ¡Me quedé boquiabierta ante tanta belleza! La madre desabrochó el vestido con mucho cuidado removiéndolo del maniquí mientras la novia se quitaba la bata. Luego la fue vistiendo poco a poco. La sentó enfrente del espejo y le colocó una mantilla larguísima, más larga que el vestido. Luego la besó en la frente y la ayudó a levantarse. Una vez de pie la tomó por ambas manos y la miró de pies a cabeza como para dar su aprobación final. Luego la abrazó muy fuerte. Salieron de la habitación y caminaron por un amplio pasillo, en donde las muchachas entre risas y juegos, se ponían en orden para desfilar. Una mujer les daba unos ramos de rosas blancas. A la novia le dio uno más grande de rosas rosadas, tules y azahares. El padre se acercó orgulloso y la besó en la frente. Entonces caminó llevándola de su brazo. Afuera estaba el novio guapísimo con su traje y un lazo negro en el cuello. Sus amigos esperaban con él también elegantemente vestidos. Una vez terminada la ceremonia empezó la fiesta.

***

Esta tarde mamá quiso enseñarme un álbum de fotografías viejas. Parecía que la nostalgia le hubiera ganado. Cuando iba pasando las páginas vi una foto en blanco y negro de la boda que tanto me había impactado cuando era niña.

—¡Yo estuve en esa boda!—exclamé emocionada.

—¡Imposible!—dijo ella—. No habías nacido. Era la boda de tu abuela.

No quise discutir con ella. Yo estaba segura que había estado en esa boda. Miré la fotografía con detenimiento y allí en una esquinita estaba yo sentada con mi vestidito corto de estopilla.

Un compañero irlandés


Acostumbrado a concederse un tiempo a solas, André Moraes buscó el paraguas y salió rumbo al bar que acostumbraba ir en ocasiones como esta. La lluvia jugó un papel fundamental en aquella melancolía. La esposa acababa de abandonarlo, yéndose con otro: solo un affaire con quien había sido el padrino de su boda.

Nada hay más oportuno para una desgracia que el hecho de ser sucedida por otra, de tal manera que, sumándose a la primera, una llamada confirmaba lo que temía hace una semanas: lo despidieron de su trabajo. El guión de este melodrama iba cobrando vida. André llegó al bar y pidió “lo de siempre”. Un whisky irlandés con tres cubos de hielo; no dos, no uno, tres cubos de hielo.

“¿Qué sentido tiene agregarle uno solo? Moriría de soledad y, además, no me gustan los números pares”, solía argumentar el porqué de la exactitud en su capricho de los tres cubos de hielo. Interrumpiendo aquel ritual de celebrar la melancolía con monólogos espantosos, se sienta a su lado una mujer de piernas, a simple vista, dignas de una escultura griega y un rostro bello por donde se lo mire.

André no volteó a mirarla, se limitó a seguir con su monólogo interno.

“Lo de siempre”, dice la mujer al bartender, quien llega con una Sprite Zero y se la da.

—Aburrida —desembucha André.

—¿Perdón?

—Aburrida. ¿Quién viene a un bar a pedir Sprite Zero? Y lo que es peor, es su “lo de siempre”.

—Mariana Silva —responde con picardía la pregunta sarcástica de Moraes —y, disculpe usted, no sabía que “lo de siempre” solo podría atribuirse a bebidas espirituosas dignas de viejos solterones —retrucó.

—Usted, Mariana Silva, acaba de declarar la guerra —expresó André con una sonrisa en el rostro.

Él, francés y militar retirado, había servido a las Fuerzas Armadas francesas. Sabía bien de qué hablaba cuando mencionaba la guerra. Su padre, también francés, llegó a ser “Lieutenan-colonel”.  Su madre era portuguesa, maestra parvularia.

—Déjeme adivinar. Se ha alejado del alcohol hace, probablemente, unos años, quizás meses. Por eso se refugia en el sabor dulce pero con “cero calorías” de una Sprite Zero cuyo principal objetivo es en realidad engañar el organismo, haciéndole creer que lo cuida cuando que en realidad podría causarle el mismo daño que cualquier bebida con un mínimo porcentaje de alcohol —plantea con orgullo su conclusión.

—Por lejos… ha fallado. Nunca tomé bebidas alcohólicas. Simplemente me gusta la Sprite Zero ¿Acaso uno debe huir de algo, necesariamente, para disfrutar de lo que le gusta?

—Interesante, interesante. Bueno, quizás no necesariamente pero sí esporádicamente ¿Acaso nunca huyó?

—¿Está huyendo de algo en este momento?

—¿No sabe usted que es de mala educación responder una pregunta con otra?

—¿Según quién?

—Jugada inteligente. Dígame ¿cuántos años tiene? A juzgar por esas piernas… —Recién en este punto de la conversación se detuvo a analizar sus extremidades—. Diría que ronda los treinta y tres años.

—Linda edad para que me crucifiquen, ¿no?

—Solo si delira ser un dios.

—Conque un ateo, eh. Treinta y ocho.

—Creo en dios: mi padre. Treinta y ocho años bien tímidos, no se dejan descubrir.

—No me conmueven los halagos, pero gracias. Y ¿usted? No sé ni su nombre y ya se me está acabando la Sprite Zero.

—Estoy huyendo de la nostalgia. En realidad, creo que lo hago mal. Confundo huir con encontrar. En vez de correr al olvido, hago citas con el recuerdo. ¡Ah! Soy André Moraes, cuarenta años.

—¿Ya probó dejando de huir? Insisto, para disfrutar de algo no es obligatorio huir. Si su “lo de siempre” es un vaso de whisky irlandés con tres cubos de hielo, dudo que haya tenido encuentros recientes con la alegría.

—El infortunio en persona, eso es lo que tiene a su lado. Aunque no me victimizo, prefiero compartir monólogos con este compañero irlandés.

—¿Qué le habrá hecho la vida para tener de compañero a un whisky?

—De verdad, no quiere saber. Pero si insiste podría contarle más detalles si acepta acompañarme.

—¿Qué le hace pensar que aceptaría la invitación de acompañarlo? ¿Tan desesperada me ve? Sigue siendo un completo desconocido para mí.

—¿Cuántas veces ha huido usted de la alegría?

—Nunca me puse a pensar en ello pero no respondió a mis preguntas.

—Pues, he huido tantas veces de ella que ahora que la veo cara a cara he decidido cambiar de estrategia: invitarla a ser parte de mí.