Amor borgiano


sam_s_celestial_universe___free_high_res_premade_by_somadjinn-d7aznk7Soy… tu dardo,
atípico,
cristal líquido poroso,
que se empapa de ti, de tu sudor,
prefiriendo saborear tus colindantes zonas,
antes de tirar al blanco.

Y tú… mi Aleph, indudablemente
el centro de mi universo.

Imagen sacada de Devian Art en http://somadjinn.deviantart.com/art/Sam-s-Celestial-Universe-Free-High-Res-Premade-441722887

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Morir de Amor


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por Reynaldo R. Alegría

Don Ramiro era el maestro del pueblo.

Agricultor de formación.  Historiador por vocación.  Especialista en embelecos.  Proveyó para beneficio de la humanidad el más famoso de los inventos.  El injerto del árbol de naranjas con el de toronjas.

Cada año le tocó escribir en el programa impreso de las Fiestas Patronales algún nuevo suceso de la historia del Pueblo.  Lo hizo tantas veces que ya no quedaban familias a las que homenajear con sus cuentos.  Ya no nacían en su memoria más cuentos que contar.

La insólita avaricia con la que vivió le permitió acumular algún dinero para el cual nunca tuvo propósito expreso.  Una emergencia.  Se le escuchó alguna vez decir.

Cuando Miguelina, la entonces reciente viuda del fallecido Alcalde, le guiñó un ojo en la reunión anual de la Junta de las Fiestas Patronales al hablar de la Fontana de Trevi, el Don Ramiro salivó por tres días sin parar.  Tres vías.  La cabeza le retumbaba.

Montados en el avión, él con casi 80 años y ella rondando los 60, aparecían como una deliciosa pareja de hippies recalentados viviendo con dos décadas de retraso.  Convencido de que el mejor plan era no tener plan, Don Ramiro solamente compró pasajes de ida.

Por seis meses, y por primera vez, Don Ramiro vivió.  Le escribió poemas al brillo de los ojos de Miguelina.  Comió.  Tomó.  Recitó.  Cantó.  Bailó.

Agotada la felicidad del dinero solo quedaba regresar.

—Nada es permanente.

—Pero yo te amo.

El domingo, 13 de mayo de 1984, Día de las Madres, Don Ramiro regresó a su casa.  Nadie lo estaba esperando.  Entró a la misma habitación en la que por años había dormido solo.  Normal.  Mirando al piso.  Para no tropezar.  Se desnudó.  Se acostó.  Boca arriba.  No volvió a hablar.  No volvió a comer.  Nunca.

Don Ramiro no escuchaba ni veía.  Solo sentía.  La atrofia de cada órgano.  La reducción de la masa corporal.  El consumo de la grasa.  El motor, cada vez más lento, del metabolismo.  El encuentro, cada vez más íntimo, de su piel y su esqueleto.  Miraba al techo.

—Perdóneme.

El Padre Rolando le explicó a Don Ramiro que en la Edad Media la santa anorexia era una meta espiritual.  Que como Santa Catalina de Siena, el suyo era un ayuno ascético con propósito.  Una mortificación del cuerpo para limpiar el alma.

—Perdóneme Padre, pero no he pecado.

Afuera, al terminar de rezar el rosario, su mujer y sus hijos escucharon un gemido.  Ridículo.  El anuncio de una muerte de película.

Con los ojos muy abiertos después de haber visto un aleph, el Padre Ramiro salió ceremonioso de la habitación.

—Se ha ido.  Ha muerto de amor.

 

Foto: Fontana di Trevi por Alexander Augst