El atentado de los hermanos Kérberos II


Luego del primer atentado exitoso usando a los perros como armas vivientes, los Hermanos Kérberos siguieron entrenando y experimentando. Esto les llevó a la conclusión de que la dificultad de conseguir la gran cantidad de sacrificios requeridos era un proceso que volvía ineficiente al ritual, restándole utilidad práctica. Por lo que, luego de mucha investigación, lograron crear un objeto legendario del vudú conocido como hitokui hyōtan o cantimplora prisión. Este objeto consistía en una cantimplora que permitía atrapar a una gran cantidad de personas dentro, convirtiéndolas en miniaturas que no pueden sino esperar que la cantimplora los absorba lentamente para mantener su propio funcionamiento, o morir al ser retirados de ella para ser sacrificados inmediatamente; además de volver imposible el suicidio dentro de ella. Gracias a este objeto, los Hermanos Kérberos podían secuestrar personas de una forma muy discreta y almacenarlas para siempre disponer de un suministro que les permitiera usar con más soltura el poder de los perros.

Luego de que cada hermano aplicara la innovación de la cantimplora, se dedicaron solamente a dos actividades: secuestrar personas con regularidad e intentar descifrar el último de los conjuros que contenían las piedras. De esa forma lograron, al fin, acceder al tercer conjuro, que les permitía fusionar a los tres canes en un solo perro monstruoso de tres cabezas, capaz de utilizar no solo el fuego, el rayo y el hielo, sino también un nuevo ataque que combinaba los tres poderes y que bautizaron como Rayo delta. Luego de mucha práctica se volvieron hábiles con el último conjuro y decidieron que era tiempo de estrenar su nueva y perfeccionada técnica en un nuevo atentado.

***

Antes de ir por la única metrópoli que logró surgir en el mundo posguerra, Ciudad capital, decidieron que era necesario rellenar sus cantimploras prisión en algún pueblo cercano. Usaron a las últimas personas contenidas en sus cantimploras como sacrificios para invocar a los tres perros por separado y aterrorizar un pueblo con el fin de aprovechar el caos para secuestrar a la mayor cantidad de habitantes posibles dentro de sus cantimploras y así poder usarlas como sacrificio para su nuevo atentado.

***

Una vez que se infiltraron en Ciudad capital, los Hermanos Kérberos iniciaron los preparativos para su gran ritual. Como primer paso, esperaron la madrugada para dirigirse al centro de la ciudad sin llamar la atención. Luego, alzaron sus cantimploras y las presionaron fuertemente con sus manos hasta que empezaron a borbotear sangre que los hermanos mezclaron en el suelo formando una marca. Luego, cada uno partió a un punto específico de la ciudad, para formar un triángulo equilátero inscrito en el círculo que constituían los muros de la metrópoli. Como segundo paso, desde el punto indicado, cada uno de los Hermanos Kérberos invocó a su respectivo perro, pero esta vez no los ataron con el conjuro de control mental. Los dejaron libres por un rato mientras recitaban el conjuro para teletransportarse de nuevo al centro de la ciudad usando la marca de sangre que dejaron allí.

Una vez en el centro, el tercer y último paso consistía en sacar cada uno a tres personas de su cantimplora prisión, maniatarlas y degollarlas mientras recitaban el último conjuro. Mientras aún recitaban, los tres perros fueron invocados y sometidos instantáneamente por la señal de control mental de sus miembros artificiales. Los Hermanos Kérberos terminaron de recitar el conjuro y, notoriamente confundidos, se miraron entre ellos y gritaron al unísono: “¡Los perros no se han unido!”. Los espectros, que se habían liberado de la señal de control mental, dijeron también al unísono: “¡Es hora de terminar nuestro ritual”. Dicho esto, cada perro devoró a su respectivo dueño y, una vez más, volvieron a unirse en un can monstruoso.

Los tres perros, luego de muchos rituales de práctica en que fueron unidos y separados varias veces, fueron acumulando la sed de sangre proveniente de los sacrificios humanos y, en cuanto tuvieron suficiente, esperaron la siguiente ocasión en que los Hermanos Kérberos los intentaran unir, para tomar sus vidas por la fuerza y así completar el ritual que les otorgaría de nuevo tanto la libertad como un cuerpo indivisible. Kérberos, en un acto de euforia, empezó a lanzar el Rayo Delta una y otra vez hacia diferentes puntos de la ciudad, causando grandes daños.

***

—Acabamos de recibir un informe de que la Ciudad capital está siendo atacada por un espectro gigante—gritó una extraña mujer encapuchada a sus tres compañeros—. ¿Acaso no piensan apurarse?

Dos de sus compañeros, un hombre y una mujer encapuchados, ignoraron el grito y siguieron jugando naipes.

—¡Es nuestra primera misión en décadas! —otro hombre encapuchado, usando su poder para controlar el aire, revolvió los naipes de la mesa y levantó a sus dos compañeros de las sillas.

El hombre y la mujer que jugaban naipes miraron con desdén a su compañero y replicaron al unísono.

—¡¿Acaso no está el Alquimista Marino para encargarse de esas pequeñeces?!

—¿Cuáles pequeñeces? —gritó la mujer que habló inicialmente, que empezó a emanar calor por el enojo—. ¡Es un desgraciado espectro de veinte metros que está gritando y lanzando rayos en Ciudad capital!

Por su comportamiento, parecían un grupo de adultos inmaduros discutiendo. Pero lo cierto era que detrás de esa actitud despreocupada estaban los Cuatro ancianos de la Orden Rosacruz. Ellos, décadas antes, participaron en la guerra para liberar al planeta de la opresión de los Señores de la guerra y los practicantes de vudú que les servían. De un ejército de trescientos, solo los Cuatro alquimistas elementales y el Alquimista marino lograron sobrevivir a la terrible masacre conocida como la Noche de las piedras blancas, donde la guerra vio su fin y se reinició el desarrollo de la humanidad.

Cada uno de los Cuatro alquimistas elementales eran famosos por ser portadores de un Libro de los siete sellos y, por tanto, de una piedra filosofal completa fruto del entrenamiento otorgado por el libro. Todos tenían un conocimiento muy avanzado de la alquimia y, gracias a eso, eran capaces de mantener su cuerpo con una apariencia mucho más joven que la de su edad real. La Alquimista del fuego tenía en su poder el libro de los siete sellos de Nicolás Flamel. El Alquimista del agua tenía en su poder el libro de los siete sellos de María la judía. La Alquimista de la tierra tenía en su poder el libro de los siete sellos de Taphnutia. El Alquimista del aire tenía en su poder el libro de los siete sellos de Zósimo de Panópolis. En cuanto terminaron de discutir, levantaron sus piedras filosofales, que empezaron a emanar un fulgor dorado que los envolvió. Luego, usando dicho fulgor, empezaron a levitar. Volando a gran velocidad, se dirigieron desde el cuartel general de la Orden rosacruz hasta Ciudad capital para impedir que el enorme espectro causara más destrozos.

***

El gran perro Kérberos, en su éxtasis de libertad, seguía lanzando indiscriminadamente su Rayo delta, sin causar muchas víctimas mortales debido a la evacuación de todos los habitantes hacia al sector subterráneo de la ciudad. Cada casa tenía un acceso a las vías del sector subterráneo que fue creado para proteger a los ciudadanos de amenazas de gran envergadura. Kérberos, al ver que no lograba matar a más gente, decidió dirigirse a una de las entradas hacia el sector subterráneo para pulverizarla con su rayo y así poder masacrar a todos los habitantes. Empezó a cargar su Rayo delta y lo disparó. En ese preciso instante, cuatro siluetas encapuchadas envueltas en un fulgor dorado interceptaron el rayo y lo anularon con una barrera de aura.

El enorme espectro estalló en ira y se abalanzó contra los Cuatro ancianos para devorarlos. Tres de ellos lograron escapar volando.

—¡Maldiciooooooón!— gritó el Alquimista del aire, al notar que la Alquimista de la tierra quedó atrapada entre las fauces de Kérberos.

Los tres ancianos restantes, aún levitando sobre el perro gigante, se colocaron en una formación donde se daban la espalda entre ellos y empezaron a acumular aura dorada en cantidades masivas. De repente, la Alquimista del fuego empuñó su piedra filosofal y empezó a agitarla. De la piedra salió un gran látigo de flamas con el que empezó a azotar al espectro. El Alquimista de aire empuñó su piedra filosofal e hizo el gesto de dar un puñetazo hacia su oponente. De su puño empezó a fluir una fuerte corriente de aire que rápidamente formó un tornado que aplastó a Kérberos contra el suelo, dejándolo indefenso por un instante. El Alquimista del agua aprovechó ese momento para empuñar su piedra filosofal y, mediante una extraña danza, hacer levitar masas de agua desde las fuentes más cercanas, rodeando al perro con una gran cantidad de ellas.

El gran perro intentaba liberarse del tornado que limitaba sus movimientos y de los azotes de fuego. Pero, sin darle tiempo a reaccionar, el Alquimista del agua convirtió las masas de líquido en enormes y afiladas púas de hielo que lanzó a gran velocidad contra Kérberos. Este, a causa del dolor, empezó a aullar desde sus tres bocas. Lo que le permitió a la Alquimista de la tierra escapar de sus fauces para, inmediatamente, empuñar su piedra filosofal y estrellarse contra el suelo de tal manera que desprendió enormes rocas que salieron disparadas contra el espectro.

—¡Malditos! ¿Quién demonios se creen que son?— gritó el furioso perro gigante.

Pero, sin darles tiempo a responder, los Cuatro ancianos se precipitaron contra el suelo como si una gran fuerza gravitatoria los intentara aplastar.

—Lamento mucho no poder presentarme adecuadamente —dijo una voz que venía desde atrás de los ancianos, que seguían sometidos por el poder que los aplastaba—. Pero si no los atrapaba distraídos, jamás podría haberlos detenido de matar a mi preciado espectro.

Los ancianos eran incapaces de responder, mucho menos de contraatacar. El extraño personaje se presentó de una manera muy rimbombante, afirmando que servía al Dueño del mundo y que éste le había provisto de la bomba gravitacional que le permitiría reclamar lo que era suyo. También afirmó que era un criador de espectros es decir, un practicante de vudú especializado en crear objetos malditos que, bajo ciertas condiciones, eran capaces de cobrar vida como espectros. En este caso, era mentira que la estatua era una prisión donde supuestamente Kérberos fue encerrado por un legendario alquimista. La estatua era, en palabras del practicante de vudú que se presentó como la Novena plaga, un objeto diseñado para funcionar de forma autónoma y cuyo propósito era poder engañar a sujetos que cumplieran las condiciones del ritual para otorgar un cuerpo material estable al espectro en desarrollo.

—¡Esos trillizos imbéciles se creyeron todo!—dijo la Novena Plaga mientras reía con demencia—. Ahora que ellos dejaron el trabajo hecho, al fin puedo retirar el producto terminado. Es sorprendente que la bomba gravitacional no los triturara. Ustedes son demasiado fuertes, así que, con su permiso, me retiro.

Dicho esto, la Novena Plaga sacó una extraña caja y, convirtiendo a Kérberos en una especie de humo negro, lo guardó allí para luego volverse humo él mismo y desaparecer del lugar sin dejar rastro. En cuanto la Novena plaga desapareció, la fuerza que aplastaba a los Cuatro ancianos se desvaneció. Confundidos, decidieron regresar al cuartel general de la Orden rosacruz para discutir lo sucedido.

El sarcófago de los reyes II


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«Rosycross-Tetragrammaton», CC0

—¿Qué es ese objeto? —preguntó el Alquimista del mar, intrigado al ver el anj que le mostraba su padre.

—Es la llave de la Aldea de los exiliados, la única pista de su paradero actual —respondió el Alquimista marino.

El Alquimista marino decidió pedir la ayuda de su hijo para llegar a un lugar al que llamaba la Aldea de los exiliados. Le contó mucho sobre su pasado, como el hecho de que pertenecía a una especie de orden secreta conocida como La sagrada orden de la rosa y la cruz. Dijo que era una organización que reaparecía cada vez que la humanidad corría el riesgo de perder su más valioso tesoro, su conocimiento.

A raíz del retraso tecnológico provocado por la Guerra de las lanzas y las lancetas, y la eventual opresión de los Señores de la guerra y los practicantes de vudú que les servían, la orden rosacruz empezó a reclutar y entrenar un ejército de trescientos alquimistas que fueron conocidos como los Caballeros rosacruces. Estos caballeros sacrificaron sus vidas para eliminar la amenaza de los Señores de la guerra y permitir el progreso de la raza humana luego del terrible conflicto.

El Alquimista marino le contó, además, que era el último de los Caballeros rosacruces y que fue formalmente entrenado por los Ancianos de la orden para cumplir, entre otras misiones, la erradicación de toda manifestación de vudú. Por lo que en algún momento de su juventud sintió la presencia de una tribu que vivía en una aldea itinerante en la selva amazónica. La aldea fue construida usando mahou, por lo que cada cierto tiempo se trasladaba automáticamente a otro sitio de la selva para que sus habitantes no pudieran ser encontrados con facilidad.

Pese al sistema de protección de la aldea, las capacidades perceptivas del Alquimista marino y su trabajo de investigación le permitieron infiltrarse en la aldea para buscar la fuente de la sed de sangre que sentía en ese lugar. Para su asombro, dentro de esa pequeña civilización se practicaba el vudú de manera ceremonial, usando como ingredientes los cuerpos y las vidas de los condenados a muerte o de aquellos que se ofrecían voluntariamente para los rituales. El Alquimista marino se presentó ante el rey de la aldea y le manifestó que estaba allí para destruirlos por mandato de La sagrada orden de la rosa y la cruz.

El rey se sorprendió por la sinceridad del joven alquimista y le preguntó por qué no había empezado a cumplir su misión. Para asombro del rey, el alquimista empezó a hacerle muchas preguntas sobre su historia y sus costumbres. Aprendió mucho sobre el funcionamiento del vudú y del mahou durante las horas que pasó charlando a puerta cerrada con el rey. Luego, llegó a la conclusión de que la aldea no representaba peligro alguno y que el vudú que allí se practicaba no lastimaba inocentes. Pese a ello, el Alquimista marino se debía a los caballeros rosacruces, por lo que dejar a los aldeanos con vida sería considerado como alta traición.

Durante otra conversación de varias horas con el rey de la aldea, se ideó el plan de congregar a todos los practicantes de vudú para ordenarles ir de casa en casa para hacer una réplica inerte de cada habitante. Luego, usando el mismo conjuro de mahou con el que originalmente construyeron la aldea, crearon una réplica de esta y colocaron las copias inertes allí. El Alquimista marino utilizó sus técnicas del alquimia para causar daños en la aldea y en los cuerpos replicados. Luego, redactó un informe y se presentó ante los Ancianos de la orden para mostrar la evidencia falseada del cumplimiento de su misión. Este acto pasó desapercibido para los ancianos y le consiguió al Alquimista marino un favor de la realeza que, en palabras del mismo rey, podría reclamar cuando deseara usando la llave que se le otorgó y que ocultó dentro de su piedra filosofal.

***

Luego de que su padre le contara a detalle todo lo que sabía, el Alquimista del mar le preguntó qué favor le pediría a la realeza.

—¡Voy a pedir la restauración de mi cuerpo! ¡Por eso necesito tu ayuda para llegar hasta allí! —gritó efusivamente el Alquimista marino, que no conocía la delicadeza de pedir un favor.

—¿En serio pueden curarte en esa aldea? —inquirió el Alquimista del mar, ocultando el asombro de ver a su padre pidiendo ayuda, y ocultando aún más el conflicto que le provocaba contemplar la idea de poder ayudarlo en una de las mismas misiones que alguna vez lo alejaron de él.

—Sí, cuando conversé aquel día con el rey, me contó todo sobre sus costumbres y ceremonias. Supongo que, en el fondo, creía que iba a morir de todas formas —dijo el Alquimista marino, riendo tras recordar.

Era la primera vez que el Alquimista del mar veía a su padre reír.

—Aún no contestas mi pregunta, muchacho —dijo el Alquimista marino.

—¡Me llamo Thomas! —el Alquimista del mar fingió enfado—. Y sí, iré contigo. Ahora te debo otro entrenamiento, y detesto la idea de deberte algo.

No necesitaba decirlo, pero el Alquimista del mar había entendido, por fin, el lenguaje de rudeza con el que su padre fue educado y entendió que sus actos dirían más que sus palabras; por lo que solo preguntó una cosa.

—¿Para qué me necesitarías? Aun en muletas eres más hábil con la alquimia que yo —protestó el Alquimista del mar.

—He ganado demasiados enemigos a lo largo de la vida. Las Diez plagas también me están buscando —respondió el Alquimista marino—. Digamos que estoy en simple desventaja numérica.

Ambos alquimistas rieron levemente y empezaron a prepararse para el viaje.

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El sarcófago de los reyes I


«Brown wooden ankh on brown surface», CC0

El Alquimista del mar siguió cargando la piedra de su padre hasta que, luego de casi un año, esta pudo finalizar las reparaciones de emergencia que le permitieron al Alquimista marino sobrevivir en el exterior sin respirador y sin el soporte médico de la piedra filosofal incompleta conocida como La concha marina.

El proceso de cargar la piedra era bastante exigente para el cuerpo del Alquimista del mar, que pudo mantenerse sano gracias a su entrenamiento y a que siempre tenía ánima de reserva acumulada en su piedra filosofal incompleta conocida como La perla negra. Pese a esto, para él fue un gran alivio detener el proceso de carga.

Luego de que La concha marina enviara una instrucción clara al Alquimista de mar, este detuvo el proceso de carga y, horas más tarde, el Alquimista marino volvió al exterior. El Alquimista del mar quedó en shock al ver el estado en el que se encontraba su padre. Pero, inmediatamente, se preocupó al comprender lo realmente importante.

—¿Quién te hizo esto, viejo? —preguntó su hijo, sin preocuparse por el protocolo.

El Alquimista marino, ciego de un ojo, en silla de ruedas, con quemaduras internas y una cicatriz que indicaba la pérdida de su pulmón derecho, respondió sin titubear.

—Una practicante de vudú conocida como Jorōgumo. Me paralizó con una técnica y me apuñaló con cuatro cuchillas que no alcancé a ver. Eran invisibles de alguna manera.

—¿Invisibles? ¿Pero no las pudiste sentir? —preguntó con asombro el Alquimista del mar.

—No, solo pude sentir la sed de sangre impregnada en algo que no podía verse. Pero estas son heridas de katana, estoy seguro —respondió el Alquimista marino.

Al Alquimista del mar le costaba creer que existiera un practicante de vudú lo suficientemente hábil como para dejar a su padre en ese estado. Se había topado con algunos a lo largo de su vida, pero nunca sintió que representaran un riesgo tan grande.

—¿Cómo era ella? —preguntó intrigado.

—Ya habíamos peleado antes, la derroté y la mutilé con una de mis técnicas de espada hace algunos años. Pero volvió con una extraña apariencia. Tenía un brazo de araña en lugar del que le corté y un parche con una piedra negra.

—¿Algo así como una piedra filosofal que amplifica la sed de sangre?

—Su funcionamiento no se parece en lo absoluto, intenté robarle una de esas piedras negras en nuestra primera pelea pero logró escapar con ella. Cuando volvió, ya tenía cinco en su poder. Una en su ojo y dos en cada costado. Pero, en esencia, es como dices, de alguna manera su sed de sangre aumenta mucho por cada una de ellas.

Ambos alquimistas callaron por un instante. Pero el Alquimista marino rompió el hielo diciéndole a su hijo que si deseaba ver todo con detalle, podría acceder a las grabaciones de vigilancia de La concha marina. El Alquimista del mar prefirió tomarle la palabra antes que continuar con aquel silencio incómodo. Luego de ver las grabaciones de las peleas de su padre contra Jorōgumo, entendió por qué terminó en esas condiciones y tuvo miedo de que alguien tan peligroso como ella estuviera suelta.

***

Cada noche, el Alquimista del mar realizaba sesiones de curación utilizando la energía que estaba estudiando y que almacenaba en su piedra filosofal.

—¿Qué es ese Splendor solis que usas? —preguntó el Alquimista marino.

—Es la energía más pura que puede tomarse del sol, el Ignis-Aqua del que hablan las leyendas. Es la energía solar que puede acumularse en agua de mar previamente infundida con ánima, para luego ser acumulada dentro de La perla negra.

—Brillante, has hecho una buena investigación, muchacho —dijo el Alquimista marino, sin percatarse de que era el primer cumplido que le daba a su hijo.

—¡Me llamo Thomas! —gritó el Alquimista del mar, fingiendo enfado para esconder la conflictiva alegría que despertó la primera señal de aprobación paterna que recibía en su vida.

***

El Alquimista marino conocía técnicas de sanación por medio de la canalización de ánima mundi a través de su cuerpo. Pero, debido al difícil manejo de dicha energía, la sanación de su cuerpo tomó mucho tiempo.

Pasó un año en silla de ruedas, tiempo que aprovechó para entrenar a su hijo para una posible pelea contra algún practicante de vudú que usara esas extrañas piedras negras. Entre dichas enseñanzas estaba una mejor percepción de la sed de sangre, información sobre el funcionamiento del vudú y datos valiosos que le permitieron mejorar la Perla negra.

Además, recibió un entrenamiento especial con el que el Alquimista marino le enseñó a incorporar el Splendor Solis en su estilo de combate por medio de dividir La perla negra en cuatro tatuajes, uno para cada mano y pie. Los tatuajes podían formar runas que cambiaban a voluntad y permitieron al Alquimista del mar perfeccionar su estilo de pelea para infundir hielo y fuego en sus puños y patadas.

Las runas en sus pies también le permitían canalizar su aura y el Splendor solis en sus piernas para moverse a grandes velocidades y saltar en el aire como si fuera capaz de patearlo para darse impulso adicional.

***

Luego de aquel año de entrenamiento, el Alquimista marino completó su proceso de reparación corporal y quedó en el mejor estado físico que le permitió su técnica de sanación. Fue capaz de ponerse de pie con ayuda de muletas, aún sentía dolor por las heridas internas y no logró reparar su ojo. Pese a ello, aún podía manejar la alquimia para potenciar su cuerpo y se concentró en incorporar más técnicas de emanación de energía al que sería su nuevo estilo de combate adaptado a sus limitaciones.

Incluso con sus secuelas, el Alquimista marino seguía siendo más hábil y experimentado que su hijo, por lo que siguió entrenando las habilidades de lucha del Alquimista del mar mientras usaba esos combates como rehabilitación para su cuerpo y manejo del aura. Le tomó otro año al Alquimista Marino recuperar suficiente salud como para dejar las muletas.

Cuando alcanzó una condición física aceptable, decidió que era tiempo de emprender su siguiente viaje. El Alquimista marino sacó un extraño objeto que estaba dentro de su piedra filosofal y le empezó a contar a su hijo la historia de un lugar conocido como La aldea de los exiliados.

Los devotos de Akasha


«Reloj de Telésforo» por Blacksmith Dragonheart

Cierta raza extraterrestre desarrolló una civilización basada en el misticismo. Dentro de su jerarquía, existía un sumo sacerdote capaz de acceder a estados alterados de conciencia que le permitían vislumbrar el futuro. Puliendo dicha destreza, lograron avances importantes en el desarrollo de su cultura. Una vez que esta raza extraterrestre adquirió más conocimiento sobre el tiempo y su funcionamiento, llegó a la conclusión de que existía un ente inmaterial que ellos llamaban Akasha.

Describían aquella entidad como una diosa de seis brazos y una cabeza con tres rostros. Cada rostro y cada par de brazos estaban escribiendo en un pergamino eterno que iba pasando por sus manos, conocido como Los registros akáshicos. El primer rostro y un par de brazos registraban con tinta indeleble el pasado. El segundo rostro y otro par de brazos registraban con tinta los eventos del presente conforme iban ocurriendo. El tercer rostro con el último par de brazos escribían el futuro más probable con lápiz. Conforme el futuro se volvía presente, la parte con lápiz pasaba a manos del rostro que escribía el presente para que este colocara tinta o ajustara aquello que el borrador con lápiz había descrito. Finalmente, el rostro que escribía el pasado, sellaba todo con tinta indeleble para que no pudiera ser alterado.

Los sumos sacerdotes de esta raza extraterrestre encontraron una manera de vislumbrar la parte escrita con lápiz, es decir, el futuro más probable. De esta manera, lograron predicciones más exactas, lo que les permitió optimizar sus decisiones y acelerar su proceso de evolución como civilización. Debido a esto, la raza de seres interdimensionales conocida como Los limitantes los consideró una amenaza potencial y destruyó su planeta, provocando su extinción. Pese a ello, un sumo sacerdote que estaba fuera del planeta por motivos rituales, retrasó unos días su regreso debido a una vislumbre del futuro que le indicó que sería peligroso volver en ese momento. Cuando regresó, a lo que debía ser su planeta, solo encontró un cinturón de asteroides. Por lo que, temiendo a lo que causó la destrucción de su planeta, decidió exiliarse en una galaxia lejana donde la vida inteligente recién empezaba a desarrollarse.

***

El sumo sacerdote dedicó lo que le quedaba de vida a perfeccionar su método para vislumbrar el futuro. Pese a ello, nunca logró tener una visión clara de él. Lo que sí logró fue tener visiones claras y precisas del pasado, lo que le permitió identificar a los culpables de la extinción de su raza. Se dedicó, por tanto, a intentar tener una visión clara del futuro. Anotaba y dibujaba cada vislumbre por más borrosa que fuera. Con el pasar del tiempo, usó sus apuntes para descubrir cómo crear un objeto para extender su vida y así poder entrenar a otra persona que cumpliera su más ferviente ideal, que consistía en la destrucción de la amenaza que constituían Los limitantes para la vida en general. Dicho objeto era parecido en funcionamiento a un Libro de los siete sellos. Sin embargo, tenía algunas diferencias fundamentales.

El objeto era condicional y obligaba al portador a cumplir con el ideal de la institución creada por el último sumo sacerdote, que bautizó como Los devotos de Akasha. Además, dentro del objeto se guardó la esencia misma del sumo sacerdote, no una copia basada en inteligencia artificial. Es decir, de alguna manera, el sumo sacerdote seguía con vida dentro del objeto como una manifestación incorpórea pero capaz de comunicarse e interactuar parcialmente con su entorno.

Los devotos de Akasha heredaron el amuleto creado por el sacerdote, conocido como El reloj de Telésforo. Este amuleto enseñaba a aquel que aceptara el pacto y el título de Alquimista del tiempo y que, además, jurara por su vida no solo cumplir los objetivos de Los devotos de Akasha, sino también a guardar su esencia en el reloj una vez hubiera llegado a una edad muy avanzada. De esta forma, acumularon una larga lista de Alquimistas del tiempo dentro del reloj, donde interactuaban entre sí y aprendían entre ellos, aumentando enormemente el conocimiento que podía otorgar el objeto a quien aceptara el pacto.

***

Se sabe que la última persona en heredar El reloj de Telésforo fue un practicante de vudú llamado Dimitri. Él encontró el reloj y, eventualmente, logró descifrar su mecanismo para contactar con los incontables alquimistas del tiempo acumulados dentro. Ellos le ofrecieron el pacto, pero Dimitri decidió tomarse su tiempo para considerarlo. No fue sino hasta que estuvo en una terrible persecución, en la que corría grave peligro su vida, que Dimitri recurrió al reloj como último recurso. Aceptó el pacto y el reloj le transfirió inmediatamente el conocimiento necesario para teletransportarse y salvar su vida.

Eventualmente, haciendo uso del conocimiento que El reloj de Telésforo le brindaba, con la única restricción del pacto inicial, Dimitri logró convertirse en el primer Alquimista del tiempo en conseguir una visión clara del futuro. Logró dominar un arte que combinaba vudú y alquimia, conocido como Tanatomancia, en el que usaba el asesinato de una persona como ingrediente para lograr ver el futuro con claridad. Dimitri descubrió que Los registros Akáshicos funcionaban como una gran red informática universal ejecutando un sistema de seguridad muy parecido al blockchain. Pero solo podía hackear el sistema para descargar un bloque pequeño de la cadena, que contenía la información del futuro más probable del día siguiente.

Dimitri empezó un duro entrenamiento para pulir su Tanatomancia, lo que implicaba más asesinatos. El reloj de Telésforo decidió enseñarle por ser el más talentoso en siglos y porque sentía que el objetivo de Los devotos de Akasha estaba por encima de cualquier código moral, por lo que decidió apoyar a Dimitri en el perfeccionamiento de su técnica y así superar la limitación de su visión del futuro. Durante ese entrenamiento, luego de muchos intentos, Dimitri logró superar la barrera de un día y empezó a explorar las visiones del futuro. Sin embargo, no tenía control alguno en dicha exploración. Debido a esto, tuvo una visión involuntaria pero muy clara y sobrecogedora sobre el futuro del planeta Tierra. En dicha visión se veía a una raza de seres, que el reloj confirmó que eran Los limitantes. Estos invadirían y devastarían la vida en el planeta luego de unas cuantas décadas. También, antes de salir del trance de su visión involuntaria, logró vislumbrar que para evitar dicho futuro necesitaba construir algo en el sol. Pero esa parte de la visión estaba tan borrosa que no pudo definir ni qué debía construir ni cómo hacerlo.

 

La piedra blanca


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«An athlete wrestling with a python», by Frederic Leighton (CC0)

Cierta raza extraterrestre fue invadida por una raza tecnológicamente más avanzada que se encontraba en búsqueda de un nuevo planeta luego de la destrucción del suyo. La raza invadida era una civilización agrícola y pacifista. Esta actitud evitó una matanza pero provocó su gradual esclavitud. Luego, los recursos naturales del planeta fueron utilizados para construir base militares y poderosos cañones que utilizarían para ahogar cualquier rebelión de sus ya esclavos.

Durante la invasión, un anciano monje junto a su discípulo lograron escapar gracias a sus habilidades. Sin embargo, el anciano maestro sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Por lo que le era urgente terminar de entrenar a su discípulo y dejarle trazado el camino que debía seguir después de su partida.

***

—Maestro, aquí tiene un poco de agua —dijo el joven monje.

—Gracias, hijo —dijo el anciano monje—.

—Debería hacerme caso, maestro. Estaríamos mejor si saliéramos de esta cueva.

—No, hijo mío. Cuando yo muera, que será pronto, serás el último monje de este planeta —dijo el anciano en un tono muy solemne—. No puedes ser visto por los enemigos.

—Pero, maestro… —intentó replicar el joven monje.

—Aplica lo aprendido, hijo —dijo el maestro—. Y aprende cuanto puedas de mí, mientras aún esté en este mundo.

El anciano monje entrenó a su discípulo durante alrededor de dos años de aquel planeta, luego de eso murió.

***

El joven monje había adquirido mucho conocimiento gracias a su viejo maestro. El tiempo influyó poco en la cantidad de preguntas que pudo hacer, debido a que el anciano monje era capaz de crear una habitación astral en la que el tiempo corría mucho más lento que en el mundo material, dándole la oportunidad de enseñar muchas cosas en muy poco tiempo. Pese a ello, no logró terminar el entrenamiento para desbloquear los siete chakras de su discípulo.

El viejo maestro solo alcanzó a ayudar al monje a desbloquear hasta el quinto chakra. Por su cuenta, se dedicó a despertar el legendario Ojo de Ajna o sexto chakra. Una vez despierto, ese ojo le ayudaría a determinar el final de su entrenamiento, que tenía por objetivo la obtención de un gran poder para liberar a su especie de la raza que los esclavizaba. Pero aún no estaba listo.

***

Luego de acostumbrarse al uso de su Ojo de Ajna, se dio cuenta del camino que debía seguir. El monje entendió que, para conseguir poder usando el método de su maestro, se necesitaba demasiado tiempo. Aquel método consistía en la utilización del Ojo de Ajna para construir un objeto conocido como la Piedra roja de Sajasrara. Dicho objeto le permitiría despertar su séptimo chakra para alcanzar un estado de unidad con el Ánima Mundi para usar una habilidad marcial conocida como Samadhi-Modo, donde el cuerpo absorbe grandes cantidades de Anima mundi junto a su propia ánima para generar un aura amplificada de color dorado.

Sin embargo, para la construcción de la Piedra roja de Sajasrara, era necesario un proceso de purificación del alma y, luego, usar el Ojo de Ajna para acceder al espacio interior del alma. Una vez dentro puede accederse a las muchas habitaciones del alma. Una de ellas, conocida como La habitación de la locura es la que contiene el receptáculo del núcleo del alma. Al contener un objeto tan valioso, La habitación de la locura funciona como un mecanismo de seguridad para evitar que un ser toque el núcleo de su alma por accidente y se provoque daño. Además, según ciertas leyendas, el núcleo del alma no debe ser replicado porque es el motor sagrado que el Dios Absoluto creó para sostener la vida y no debería jugarse con la tecnología de Dios, por lo que el acceso a dicho lugar está restringido. Los mecanismos de seguridad son tan intensos que producen un dolor físico indescriptible a aquel que esté visitando La habitación de la locura. Además, para replicar el núcleo del alma es necesario sostenerlo y observar su forma. Para evitar que eso suceda, existen dos mecanismos adicionales de seguridad. El primero consiste en la presentación de visiones perturbadoras directamente en la mente del que intenta observar su propio núcleo, destinadas a hacerle perder la razón. El segundo, y tal vez el más peligroso, es un mecanismo que afecta el Ojo de Ajna, distorsionando la vista del que observa el núcleo para que la réplica no sea exacta, dando lugar a réplicas inestables cuya explosión puede llegar a matar al usuario.

El problema con la construcción de la Piedra roja de Sajasrara era que el proceso de purificación del alma requería de mucho tiempo. El joven monje sentía que no podía darse el lujo de consumir tiempo mientras su raza era abusada y esclavizada por aquellos invasores. Aquello lo llevó a decidir que ahorraría el mayor tiempo que pudiera, incluso a costa de su propia salud y seguridad. La idea era fabricar un objeto lo más cercano posible a la Piedra roja de Sajasrara, pero sin la necesidad de purificar del todo su alma. Pensó por algunos meses en la forma de encontrar un atajo para la construcción de dicha piedra roja incompleta que funcionara, al menos de forma temporal, como una piedra roja genuina.

***

Luego de un par de años de la muerte de su anciano maestro, en completo aislamiento dentro de aquella cueva, el monje ideó un método para construir una Piedra roja de Sajasrara modificada con las características que deseaba. Estaba listo para su visita a La habitación de la locura. Preparó todos los materiales para el ritual, tomó una pose de meditación y activó su Ojo de Ajna, que se veía como un gran ojo brillante en su frente.

Una vez dentro del trance, el monje se vio a sí mismo en la sala principal de su alma. Usando su percepción pudo llegar rápidamente a la puerta de La habitación de la locura. Entonces, como había ensayado miles de veces en su mente, corrió dentro de la habitación y soportó el dolor que le provocaba el piso del lugar. Se veía como descargas eléctricas y se sentía de la misma forma. Por fuera, se veía salir humo del cuerpo del monje, mostrando que aquellas descargas eléctricas no solo provocaban dolor sino que infligían un daño físico real. En cuanto logró llegar al receptáculo del núcleo de su alma, el mecanismo de las visiones intentó consumir la cordura del monje, que usó una concentración sobrehumana para sobreponerse a ellas. Finalmente, ya con el núcleo en sus manos, el monje se concentró en su Ojo de Ajna y aplicó una técnica que inventó él mismo para ahorrar tiempo en la misión de rescate de su civilización.

La técnica consistía en aislar, en una zona específica, todas las distorsiones visuales que provocaban las impurezas de su alma. De esa forma podía ver con nitidez el núcleo de su alma, al menos de forma parcial. Una vez logrado aquello, el monje regresó del trance y recobró el control de su cuerpo. De inmediato, utilizó los materiales previamente preparados para construir una réplica del núcleo de su alma, copiando de forma exacta la parte que pudo captar de forma nítida. La parte donde aisló sus impurezas no estaba para nada clara, por lo que el monje tuvo que usar su criterio para colocar los circuitos faltantes del núcleo de su alma. Una vez hecho esto, colocó dicho núcleo imperfecto dentro de una piedra especial de ánima condensada y se desmayó por el esfuerzo.

***

El monje se dio el tiempo de sanar su cuerpo de las secuelas de la fabricación de su Piedra roja de Sajasrara modificada. Cerró los ojos e inició una larga meditación, destinada a hacer fluir su aura a través de sus chakras. Cuando su Ojo de Ajna brilló en su frente, es decir, cuando ya su sexto chakra se activó, abrió los ojos y miró su piedra roja, que empezó a emanar un deslumbrante fulgor rojo y levitó hasta colocarse por encima de la cabeza del monje.

En lugar de usar la Piedra roja de Sajasrara para entrenar y poder despertar su séptimo chakra y dominar el Samadhi-Modo, el atribulado monje decidió usar su piedra modificada para convertirla en un séptimo chakra artificial. De esta forma, pudo acceder al Samadhi-Modo de manera forzada.

En cuanto encendió su Piedra roja de Sajasrara modificada, el monje sintió con claridad los mecanismos que no funcionaban correctamente. El circuito de encendido y apagado no funcionaba, por lo que se dio cuenta de que ya no había marcha atrás. Usó la piedra como una especie de antena para atraer a la fuerza cantidades descomunales de ánima mundi, haciendo que su cuerpo accediera a un Samadhi-Modo forzado pero funcional. Usando aquel poder, el monje desbloqueó las limitaciones naturales del núcleo de su alma y del núcleo de su piedra modificada, por lo que fue capaz de generar cantidades masivas de aura amplificada y salió de la cueva.

El monje, envuelto en un inestable pero potente fulgor naranja, dio un gran salto hacia uno de los lejanos cuarteles generales de la raza invasora. Allí, los soldados solo vieron llegar un veloz meteoro naranja que se estrelló en la base, haciendo estallar las habitaciones de los soldados que aún dormían. Sin perder el tiempo, el monje dio otro salto haciendo estallar el segundo de los cuatro cuarteles generales construidos en el pequeño planeta con mano de obra esclava.

El objetivo del ataque era eliminar a los enemigos mientras dormían, para evitar las bajas por fuego cruzado y para no destruir el armamento de los invasores, que sería útil en caso de otra invasión. El monje, en cuanto destruyó los cuarteles generales, empezó a dar saltos haciendo estallar las diferentes zonas de concentración de soldados para acabar con la mayor cantidad posible. Antes de que pudiera acabar con todos los regimientos, la piedra incompleta que fue forzada a funcionar al nivel de una completa se quedó sin energía, por lo que comenzó a tomar energía del cuerpo del monje hasta agotarla también.

Cuando intentaba dar un último salto, el monje se dio cuenta que La Piedra roja de Sajasrara modificada empezó a volverse blanca. Luego, no solo la piedra rojo sino su mano y su brazo se fueron volviendo blancos. En unos segundos, el altruista monje se convirtió en una estatua de piedra blanca que, a pesar de incontables disparos y caídas, no recibió ningún rasguño.

Los soldados sobrevivientes intentaron contraatacar, pero al haber sido diezmados por los saltos explosivos del monje, fueron controlados rápidamente por la población local que usó sus propias armas en su contra; logrando al fin la liberación de su raza.

Luego de una larga labor de reconstrucción, aquella raza extraterrestre logró la paz. Colocando, como símbolo de ella, la estatua blanca del monje que sacrificó su vida a cambio de la libertad de todo su planeta.

El alquimista del mar


Thomas era el hijo ilegítimo de un sargento primero de la Marina, por lo que tuvo muy poco contacto con su padre. Pese a ello, cuando cumplió quince años, su padre decidió llevarlo de viaje a una playa muy lejana. Le dijo que admitía no haber sido una figura paterna para él, pero que lo único que podía darle como legado era enseñarle las artes de la alquimia que fueron el motivo de sus constantes viajes durante casi dos décadas. Thomas, por supuesto, se rehusó. Pero su madre lo obligó a obedecerlo como si de ella se tratara, incluso si pensaba que sus peticiones eran de lo más insólitas.

El entrenamiento duró alrededor de tres años y fue un curso intensivo de alquimia con un orden muy específico. Primero, debía recibir una preparación física y de supervivencia que le permitiera vivir de la naturaleza. Paralelo a eso, realizaban constantes ejercicios de meditación para sentir lo que su padre llamaba «la presencia del planeta». De hecho, lo llamaba de muchas formas: «el ánima del mundo», «la energía vital de La Tierra», «ánima mundi». Pero siempre se refería a lo mismo: una misteriosa sensación que, una vez identificada, puede ser sentida en todos los organismos vivientes.

Habían pasado casi tres meses y Thomas aún no entendía a qué se refería su padre. Llegó a pensar en el entrenamiento físico como un castigo de parte de su madre por su mala conducta. Además, la preparación física era incluso más estricta que una preparación militar. Para ese punto, se cuestionó el propósito de esa tortura no solo física sino emocional. Debido a que, aparte de las lecciones de meditación y rutinas de ejercicio intenso, él no establecía contacto alguno con él.

—¿Solo para esto me trajiste? ¿Para atormentarme con ejercicios y con discursos raros sobre presencias y energías?

—¡No sé de qué hablas, muchacho! —gruñó su padre.

—¡Me llamo Thomas!

—No es importante cómo te llames, solo es importante que aprendas como si tu vida y la de tu madre dependieran de ello.

—¡Nunca sé de qué mierdas hablas!

—No es necesario que lo entiendas, es importante que aprendas a enfocarte. Te desconcentras con mucha facilidad.

—¡Deja de cambiar el tema, viejo loco! ¿¡Qué propósito tiene toda esta tortura!?

El padre de Thomas, que jamás había establecido contacto visual con su hijo, lo miró fijamente. En sus ojos se podía ver claramente un fulgor azul que intimidó al muchacho.

—Tienes razón —dijo su padre—. Después de todo jamás lo has visto. Es natural que no entiendas nada, incluso con toda la preparación física y la alimentación especial.

Efectivamente, Thomas no entendía nada y se limitaba a ver cómo su padre caminaba hacia a una zona rocosa.

—Toma una piedra y trata de lanzarla después de que me ponga esto —dijo su padre mientras se colocaba una venda negra en los ojos—. Puedes lanzarla desde donde desees. ¡Hazlo con la intención de matarme, será tu única oportunidad!

Thomas le tomó la palabra. La idea de poder devolverle al menos algo del dolor de la tortura era muy tentadora para él. Agarró una piedra grande y se movió sigilosamente para cambiar de ángulo y aprovechar el efecto de la venda. Para ese entonces, Thomas ya sabía que su padre no era un hombre ordinario. Muchas veces intentó escapar del entrenamiento. Pero su padre siempre lo encontraba, incluso si escapaba mientras él dormía. Por alguna razón que Thomas no entendía, su padre era capaz de sentir su presencia y encontrarlo en poco tiempo. La velocidad tampoco sería útil para huir. Su padre se movía tan rápido que los ojos casi no eran capaces de captar sus movimientos.

Estaba listo para lanzar la piedra con todas sus fuerzas, apuntando a la cabeza. La lanzó, y su padre no hizo esfuerzo aparente en esquivarla. Cuando la piedra estuvo a punto de golpear su rostro, Thomas se asustó pensando que lo había lastimado. Pese a su ausencia y el dolor provocado durante esos meses, era incapaz de querer causarle daño real.

Pero el resultado fue otro. Una milésima de segundo antes de que la piedra lo tocara, su padre no solo la esquivó sino que además apareció a espaldas de él. Thomas estaba sorprendido. Pero su padre no le dio tiempo de procesar la sorpresa.

—Sigue intentando —dijo el confiado alquimista—. Aléjate y agarra más piedras. No podrás darme con ninguna.

Thomas odiaba que lo desafiaran y ahora sentía curiosidad de las limitaciones de los reflejos y sentidos de su padre. Se alejó y le lanzó otra piedra. Esta vez, el alquimista permaneció inmóvil y, para total asombro de su hijo, la piedra se hizo pedazos antes de poder tocarlo.

El muchacho sabía que su padre tal vez intentaba enseñarle un extraño arte marcial o religión, y de alguna manera sintió curiosidad por sus inusuales capacidades físicas. Pero pasar de eso a destruir una piedra, sin siquiera tocarla, era un asunto muy distinto.

—¿Cómo hiciste eso, viejo? —preguntó con evidente sorpresa.

—Con un entrenamiento mucho peor que el tuyo— dijo el alquimista dentro de la mente de Thomas, mientras se movía hacia su espalda con una agilidad sobrehumana.

—¿¡Cómo puedes hablar en mi mente!? —gritó el confundido muchacho.

—Estos son los resultados del entrenamiento que acabas de empezar.

Dicho esto, su padre empezó a hacer unas extrañas posturas con sus manos. Un brillo de color azul emanaba de su mano izquierda. De repente, un rayo de color verde salió disparado desde sus manos y chocó contra una roca, que terminó hecha pedazos por el impacto.

—¿Qué demonios eres, viejo? —dijo Thomas, a quien le costaba creer lo que vieron sus ojos.

—Soy un alquimista, e intento enseñarte las bases antes de volver a viajar. Quiero que seas capaz de cuidar de ti mismo y de tu madre —dijo, mientras buscaba algo en su bolsillo—. También quiero que conserves este collar.

Luego de aquel suceso, Thomas empezó a tomarse en serio el entrenamiento.

***

A Thomas le tomó alrededor de un año aprender la habilidad de sentir el ánima mundi y pasar a la siguiente etapa del entrenamiento. Esta consistía en el aprendizaje de un arte marcial que tenía como objetivo darle conciencia de su cuerpo y, posteriormente, ser capaz de sentir el ánima que fluía dentro él. Pasaron otros varios meses hasta que, al fin, entendió lo que su padre trataba de explicarle durante las agotadoras rutinas de ejercicio y meditación. Había conseguido despertar su percepción extrasensorial.

Una vez que fue capaz de sentir el ánima que emanaba de su propio cuerpo, la siguiente etapa del entrenamiento consistía en determinar la fuente de dicha energía. Esto era aún mucho más complicado. Le tomó casi seis meses determinar que dicha energía procedía de su propia alma. Y casi tres meses más para identificar que el alma poseía un núcleo que era, al mismo tiempo, un lugar y un generador de energía.

Su padre seguía aumentando capas de dificultad al entrenamiento. Ahora no solo consistía en duras rutinas de ejercicio físico, prácticas de batalla cuerpo a cuerpo y meditación. Sino que además, durante los combates, debía ejercitar su concentración para sentir todo el tiempo el patrón de circulación de su propia ánima desde el núcleo de su alma.

La siguiente etapa consistía en repetir las mismas rutinas, pero con los ojos vendados; con el objetivo de desarrollar su percepción extrasensorial. Su padre, también vendado, buscaba y golpeaba a su hijo mientras este intentaba defenderse o huir de los golpes. Tras varios meses de constantes golpizas, Thomas fue capaz de sentir la presencia de su padre y esquivar uno que otro ataque. Pasó el resto del entrenamiento esquivando o desviando progresivamente cada vez más golpes.

***

Luego de casi tres años, su padre se despidió diciéndole que por fin había aprendido las bases de la alquimia. Pese a ello, Thomas no era capaz de llevar a cabo la telepatía, la emanación de rayos de energía o la velocidad sobrehumana. El fruto de su entrenamiento consistía en concentrarse profundamente hasta lograr que el núcleo de su alma dirigiera cierta cantidad de ánima hacia su puño. Thomas había aprendido que, así como el flujo de electrones genera energía eléctrica, el flujo de ánima genera una energía conocida como aura, que podía concentrar en su puño, permitiéndole destruir rocas de tamaño considerable. Sin embargo, la técnica le requería tanta concentración que le era imposible usarla en batalla, además terminaba desmayado a causa del esfuerzo físico y mental que requería ejecutarla.

Haciendo un entrenamiento de un año por su cuenta, fue capaz de mantener la conciencia luego de usarla hasta un máximo de tres veces. Thomas siguió entrenando arduamente durante años, intentando mejorar sus habilidades alquímicas para descifrar los misterios contenidos en el collar que recibió.

Luego del entrenamiento, Thomas no volvió a saber de su padre.

***

Continuaban las labores de emergencia de La concha marina, con el objetivo de hacer las reparaciones corporales necesarias para estabilizar los signos vitales de El alquimista marino, que había recibido mucho daño de las katanas de Jorōgumo.

Jorōgumo, por su parte, ejecutó el conjuro de Mahou que le permitía rastrear el aura de El alquimista marino. Sin embargo, el conjuro no mostraba señal alguna del aura de su adversario. Jorōgumo dio por muerto al alquimista y confirmó la aparente consumación de su venganza.

—Lo maté. ¡Al fin maté al maldito! —gritó Jorōgumo mientras reía de forma demencial—. ¡Manchar el honor de la gran araña se paga con sangre!

Jorōgumo perdió de vista a La concha Marina, pensando que dentro de ella no había más que un cadáver, por lo que se convirtió en humo y desapareció del lugar sin dejar rastro. Sin embargo, uno de los mecanismos de La concha marina le permitía evitar que cualquier señal escapara de su interior. Esto incluía su propia aura y la de su usuario. Debido a esto, el conjuro de rastreo de Jorōgumo fue incapaz de detectar señal de El alquimista Marino; haciéndole creer que, efectivamente, había fallecido.

***

Thomas había entrenando más de una década por su cuenta. Había conseguido, por fin, igualar las proezas que vio realizar a su padre durante la preparación que le dio. Además, había logrado descifrar la naturaleza del collar que recibió. Dentro del collar existía mucha información sobre la alquimia, recopilada por su padre durante años. Además, contenía una extraña visión en la que La Tierra era atacada por una raza de seres que llegarían atravesando grietas dimensionales. El collar, además, contenía unas instrucciones muy complejas que aún no lograba descifrar del todo. Una vez conocida la visión, Thomas decidió aumentar la intensidad de su entrenamiento para estar en condiciones de hacer frente a los enemigos que invadirían el planeta dentro de algunos años.

Con el tiempo, llegó a ser conocido como El alquimista del mar y decidió perfeccionar un arte marcial potenciado con alquimia que le permitía al practicante conseguir un movimiento rítmico, parecido al de las olas, de manera que sus ataques no pudieran ser previstos incluso cuando mantenían cierta cadencia.

Usando el conocimiento dentro del collar, El alquimista del mar construyó la piedra filosofal incompleta conocida como La perla negra. Esta piedra filosofal consistía en un líquido de color oscuro, que podía guardarse debajo de su piel como un tatuaje capaz de cambiar de forma a voluntad del usuario. Dentro de La perla negra empezó a cargar ánima y una energía experimental en la que estaba trabajando, conocida como Splendor Solis.

***

La piedra filosofal incompleta conocida como La concha Marina tenía un protocolo de emergencia muy bien programado. Mientras usaba su maquinaria médica para sanar las severas lesiones de El alquimista marino, viajaba a toda velocidad hacia una dirección específica. La piedra seguía la señal producida por el aura de El alquimista del mar.

Mientras El alquimista del mar realizaba sus entrenamientos físicos en el agua, un objeto con un brillo rojo se estrelló contra la arena de la playa. El alquimista se acercó a inspeccionar e inmediatamente detectó la presencia de una piedra filosofal y de una persona. Al tomar a La concha marina con sus manos, una visión muy clara llegó a su mente.

—Thomas, soy tu padre. Si recibes este mensaje significa que estoy en severo peligro dentro de mi piedra filosofal. Si esto ocurre, quisiera pedirte que cargaras la piedra por mi. No se cuánto tiempo o energía requiera el proceso, pero dejo mi vida en tus manos, hijo.

Pese al notorio paso de los años, El alquimista del mar logró distinguir el rostro que le fue mostrado en la visión. Luego, su mente fue invadida por recuerdos y preguntas relacionadas con el abandono por parte de su padre, El alquimista Marino. Por un momento dudó en brindarle su ayuda, pero inmediatamente recordó el entrenamiento que recibió y lo útil que le había sido a lo largo de su vida.

—Al fin tengo tu vida en mis manos, viejo —dijo El alquimista del mar, con una sonrisa de satisfacción—. Por lo pronto te pagaré el entrenamiento que me diste.

El alquimista cerró los ojos y se concentró.

—¡Veamos cómo se siente cargar la piedra del viejo!

Jorōgumo


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«Jorō Spider», por Pamsai (CC BY-SA 2.0)

El alquimista marino gustaba de involucrarse en luchas clandestinas con el fin de medirse físicamente contra oponentes fuertes. Además, como cazador de rituales de vudú que era, ese tipo de lugares siempre le servía para obtener pistas que usualmente lo llevaban a capturar a ciertos practicantes de vudú de bajo rango.

El alquimista conoció una vez a un luchador de artes marciales que se hacía llamar Jorōgumo. Este luchador tenía la fama de excéntrico debido a su vestimenta; ropa muy holgada, capucha y máscara. Era considerado invencible y casi siempre se cobraba mucho dinero por verlo pelear, debido a que su fama de invicto hacía imposible realizar apuestas rentables.

El alquimista marino no dudó en retar a Jorōgumo a una pelea. Esta vez sí se realizaron apuestas. El alquimista marino era conocido por ganar cada encuentro al que se había presentado. Las apuestas estaban divididas. Sin embargo, casi todos los espectadores esperaban que Jorōgumo ganara la pelea.

Al momento del encuentro, El alquimista marino percibió en Jorōgumo la sed de sangre propia de un practicante de vudú. No dudó en luchar usando su aura para intensificar las capacidades de su cuerpo. Para sorpresa del público, El alquimista marino no solo pudo seguirle el ritmo a Jorōgumo y asestarle algunos golpes, hazaña que nadie había logrado hasta ese momento, sino que además logró quitarle la capucha y la máscara. De esta manera, expuso que detrás de la identidad de Jorōgumo se encontraba una mujer. Ella, sintiendo manchado su honor, renunció a la pelea. Y, antes de huir a toda velocidad, recitó un conjuro sobre El alquimista marino.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El conjuro lanzado por Jorōgumo era un sutil comando de Mahou que permitía al usuario ubicar en tiempo real la posición de su víctima. Jorōgumo había entrenado durante varios años mientras estudiaba el errático patrón de ubicación de El alquimista marino. Finalmente, sintiéndose completamente lista, persiguió y encontró al alquimista. Lo desafió a una pelea.

Esta vez su forma de vestir era muy diferente. Dejaba ver su rostro, usaba ceñidas ropas negras y una bandana con una piedra negra cúbica incrustada en su nudo. Además, su estilo de combate había cambiado dramáticamente. El alquimista marino, de inmediato, percibió que la sed de sangre que provenía de aquella mujer no era para nada algo normal. Nunca había escuchado de un entrenamiento u objeto que fuera capaz de amplificar a ese grado los poderes de un practicante de vudú.

Jorōgumo no le dio mucho tiempo al alquimista como para analizar la situación. Empezó a arremeter con rápidos puñetazos con el fin de hacerle perder la concentración. Sin embargo, El alquimista marino era un hábil pugilista y esquivaba con destreza los ataques de su adversaria. Mientras esquivaba, logró percibir una extraña energía procedente de la piedra negra de la bandana. Intentó arrebatársela a la fuerza, pero ella frustraba sus intentos a una velocidad sobrehumana. El alquimista marino usó su aura al máximo para potenciar su velocidad y logró acorralar a Jorōgumo.

—¡Dime qué demonios tiene esta bandana! —exigió El alquimista marino, mientras levantaba y ahorcaba a su adversaria con una mano y le quitaba la piedra negra con la otra.

Jorōgumo, viéndose en un aprieto, recitó un conjuro y materializó una katana en su mano. Gracias al factor sorpresa, y a un rápido movimiento, logró quitarle la piedra negra a su oponente. El alquimista marino dio un rápido salto hacia atrás, para evitar ser cortado, y sacó una piedra roja de su bolsillo.

—¡Yo también puedo hacer trucos, Jorōgumo! —dijo El alquimista marino, mientras sacaba una cimitarra desde dentro de su piedra filosofal.

La pelea a puño limpio se convirtió en un duelo de espadas. El alquimista marino decidió terminar la pelea con un solo movimiento. Usando la que era su técnica más poderosa hasta el momento, colocó su piedra filosofal en su espada para infundirle masivas cantidades de aura. Esto aumentaba, por mucho, el rango y poder de corte del arma. Y, con un brusco movimiento de dos manos, desató una ráfaga cortante de aura con la que derrotó a Jorōgumo, provocándole heridas muy graves que incluían quemaduras en varias partes de su cuerpo y la pérdida de un brazo y un ojo.

—Me llevaré esto para estudiarlo con detenimiento —dijo El alquimista marino, recogiendo la piedra negra.

Jorōgumo, usando su último recurso, convirtió su cuerpo y su bandana en humo y desapareció del lugar antes de ser rematada por el alquimista.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El alquimista marino no lo sabía, pero seguía bajo el efecto del conjuro de rastreo de Jorōgumo quien lo encontró y emboscó durante uno de sus viajes. No esperaba un ataque de alguien a quien creía lisiada y sin la capacidad de representar peligro alguno.

—¿Quién diablos eres y qué quieres de mi? —gruñó El alquimista marino.

—¿No me recuerdas, alquimista? —dijo Jorōgumo, mientras se quitaba la capucha con lo que parecía ser una gran pata de araña, dejando ver un deformado rostro con un parche que tenía incrustada una piedra negra.

El alquimista marino percibió una sed de sangre mucho mayor que la del último encuentro. Era evidente que las capacidades físicas de su adversaria habían aumentado considerablemente. Jorōgumo no perdió tiempo y conjuró su katana. La impregnó con una niebla negra que aumentaba su alcance y poder de corte. Una técnica muy parecida a la que El alquimista marino usaba con su cimitarra.

El alquimista respondió con su propia técnica. Parecía como si de su espada fluyeran flamas rojas, mientras que la katana estaba envuelta en unas extrañas llamas negras. Ambos sabían que, si recibían un ataque de su oponente, serían fulminados por la energía de su espada; por lo que la pelea se llevaba a cabo a mucha velocidad pero a la vez con mucha cautela.

Jorōgumo quería terminar el encuentro pronto. Dio un gran salto hacia atrás y empezó a recitar un conjuro. Inmediatamente después, se quitó las prendas de vestir superiores dejando al descubierto un torso lleno de quemaduras. A cada costado tenía incrustadas dos piedras cúbicas.

—En este momento cobraré venganza por mi honor, alquimista —dijo Jorōgumo, muy segura de sí misma.

El alquimista marino se sentía paralizado. No lo percibió a tiempo pero, al chocar espadas con Jorōgumo, había inhalado un poco del humo negro que manaba de su katana.

Jorōgumo seguía recitando su conjuro hasta completarlo. De repente, se deshizo el conjuro que materializaba su katana y las piedras negras de su torso desaparecieron a la vista. Lentamente, la practicante de vudú caminó hacia El alquimista marino que activó la trampa que tenía preparada.

Su piedra filosofal, conocida como La concha marina, estaba suspendida en el aire y empezó a lanzar potentes ráfagas de energía que eran desviadas en cuanto se acercaban a Jorōgumo, aparentemente sin que esta hiciera esfuerzo alguno.

El alquimista marino estaba sorprendido, pero no había perdido la calma. Pese a ello antes de que se le ocurriera algo para salir de la parálisis, Jorōgumo se acercó y le dio un abrazo.

—¿Qué diablos haces? —balbuceó el paralizado alquimista.

—¡Este es El abrazo de la araña! —gritó con demencia Jorōgumo, para luego propinar a su oponente un fuerte cabezazo en el rostro.

Era muy tarde para que El alquimista marino los percibiera, pero cuatro brazos invisibles salían del torso de Jorōgumo. Dos a cada costado, justo donde estaban incrustadas las piedras negras. Cada uno de ellos blandía katanas invisibles fuertemente impregnadas con sed de sangre. Usando dichas armas había desviado las ráfagas de su piedra filosofal. Y esas mismas armas invisibles lo apuñalaron en tajo cruzado desde el tórax hasta su abdomen.

El alquimista marino no tuvo tiempo de reaccionar. Para cuando pudo percatarse, estaba desangrándose, tendido en el suelo y perdiendo la conciencia. La concha marina, estaba programada para un evento de esa magnitud. Por lo que, al entrar en shock, una runa en forma de ojo brilló en la frente de El alquimista marino al mismo tiempo que brillaba una idéntica dentro de su piedra filosofal.

—Activando modo de emergencia —dijo La concha marina.

Inmediatamente, una barrera de energía impidió que Jorōgumo rematara al alquimista malherido. Eso le dio tiempo a la piedra para transportarlo a su interior y huir a un lugar seguro, convirtiéndose en lo que parecía una bengala roja que huía a toda velocidad.

Atónita por la forma en que escapó su adversario, se quedó con la satisfacción de saberse lo suficientemente hábil como para lastimar gravemente el cuerpo del alquimista que la había desfigurado y mutilado. Mientras tanto, los mecanismos internos de La concha marina, creados para regenerar el cuerpo del alquimista en caso de daño crítico, realizaban labores médicas de emergencia a toda velocidad con el objetivo de salvarle la vida.