El asesino de los mil cuchillos


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«Tibetan ritual knife», Wikimedia (CC0)

Cierto día, un practicante de vudú se encontró con una piedrecilla cúbica de color negro. Al sentir la sutil energía que irradiaba, decidió tomarla y llevarla a su casa para investigarla con detenimiento. Mientras la examinaba, se percató de que no era una piedra sino un objeto sellado que almacenaba algo. Luego de intentar romper el sello durante algunas semanas, finalmente descifró el conjuro para la apertura del objeto. Al utilizarlo, pudo acceder al contenido de la piedra negra e inmediatamente escuchó una voz en dentro de su mente.

—Humano. Humano. ¿Puedes oírme?

El practicante de vudú hizo un gesto de satisfacción y asombro. Estaba contento por el logro de romper el sello de un objeto tan complicado y, también, estaba asombrado por el contenido de la piedra negra. No esperaba encontrar a un ser capaz de comunicarse. Luego del asombro inicial, empezó la conversación.

—Humano. Humano. ¿Puedes oírme?  —dijo el ente dentro del objeto.

—Sí, puedo oírte en mi mente. ¿Quién eres? —preguntó el practicante de vudú.

—La pregunta correcta no es quién soy —dijo el ente—, sino qué soy y qué puedo hacer por tí.

—¡Explícate con claridad! —El practicante agarró la piedra negra en sus manos y le dirigió la palabra como si esta realmente hablara, pero no era más que una proyección telepática de la voz del ente dentro de la piedra cúbica.

—Soy el guardián del poder de esta semilla. Cumple con los requisitos que te pida y tu recompensa no será otra sino poder —dijo el ente, en el tono de voz de propio de un autómata.

El practicante de vudú se lo pensó mucho. Dejó la piedra negra en el suelo y se puso a conversar con aquel ente para pedirle detalles sobre aquello que le ofrecía.

***

El joven alquimista continuaba con su viaje de entrenamiento para comprender mejor la estructura y funcionamiento del núcleo del alma humana. Como era su costumbre, usó su piedra filosofal incompleta para entrar en un supermercado y robar los implementos necesarios para luego internarse en el bosque e iniciar una profunda meditación que era parte de su entrenamiento de alquimia. La mayor parte de las veces, sus viajes empezaban y terminaban sin complicaciones.

Aquel joven alquimista había desarrollado, para su protección, una técnica de alquimia que amplificaba sus poderes propios usando la piedra filosofal incompleta como una batería que recargaba de forma perpetua usando su propia ánima. El proceso de cargar la piedra lo cansaba significativamente. Sin embargo, la piedra quedaba completamente cargada luego de un par de semanas. Esto se debía a que la piedra no estaba lo suficientemente desarrollada como para almacenar más energía. Pese a ello, el ánima acumulada era lo suficientemente poderosa como para lanzar seis potentes rayos de aura concentrada. Cada uno de estos rayos tenía la fuerza como para impactar y dejar inconsciente a un oso, por lo que el alquimista se sentía bastante seguro vagando por los bosques durante cualquier hora del día.

Cuando llegó al bosque, el alquimista hizo su rutina de cada entrenamiento. Se concentró y buscó el lugar del bosque donde se sintiera más fuerte el Ánima Mundi.  Sobre ese lugar se sentó en una pose de meditación, con la piedra filosofal entre sus manos. Luego, como si se tratara de una ofrenda a la naturaleza, extendió las manos hacia el cielo y se concentró. La piedra filosofal quedó flotando en el aire mientras el alquimista, con los ojos cerrados, unió sus manos para completar el trance con el que accedía a su propia alma para continuar estudiando su núcleo. El estudio del núcleo del alma es una práctica peligrosa, cuyas técnicas deben manejarse con suma cautela. Además, el trance necesario para el estudio del núcleo del alma, requiere dejar el cuerpo expuesto a ataques. Para evitarlo, los alquimistas siempre tienen un truco para su propia protección. En este caso, el joven alquimista dejaba su piedra filosofal incompleta como un guardián flotante que, al detectar alguna presencia hostil, dispara inmediatamente.

***

El practicante de vudú, usando un ritual, fusionó la semilla con su cuchillo ceremonial. De esta forma, la recompensa que otorgaba el ente era un aumento en el poder del arma del practicante de vudú. El practicante de vudú acababa de cumplir con el siguiente requisito que le pedía el ente dentro de la piedra negra. Llevaba cumpliendo varios. Al principio, el ente pidió como requisito veinte dedos de diferentes enemigos del practicante. Luego de cumplir con esto, el ente le otorgó el don de la telepatía.

En los siguientes encargos variaban las partes corporales y la cantidad de estas, así como el tipo de persona del que debían obtenerse: hombres, mujeres, niños, ancianos, amigos, enemigos, familiares, y una larga lista de etcéteras.  Luego de varios encargos el practicante de vudú obtuvo acceso a muchas habilidades que, de otra forma, le hubieran sido complicadas o imposibles de dominar.

—Muy bien, muchacho. Has cumplido con el requisito —dijo el ente dentro del cuchillo al observar lo que el joven practicante de vudú presentaba ante sí—. Toma el arma y termina de entregar la ofrenda.

—Como pediste, aquí está —dijo el joven practicante de vudú, mientras colocaba a un hombre en el suelo—. ¿Qué hago ahora?

—Usa el cuchillo y mátalo, apuñálalo exactamente así —el ente dentro del cuchillo envió una visión a la mente del practicante de vudú donde se mostraba claramente la forma correcta de apuñalar la ofrenda.

Esta era la primera vez que se le pedía como requisito un asesinato. El practicante de vudú hizo tal como el ente le pidió y esperó su recompensa. De repente, el cuchillo cobró vida propia y levitó hasta estar frente al rostro del practicante, que estaba de rodillas y manchado de la sangre del asesinato que acababa de cometer.

—Muy bien, muchacho. Has cumplido con el requisito. Ponte de pie y recibe tu recompensa —dijo el ente en el cuchillo.

Una especie de humo oscuro empezó a salir del cuchillo, llegando a envolver por completo al joven practicante de vudú. En cuanto el humo se disipó, el practicante lanzó una fuerte y perturbadora carcajada.

—Este, ¡este es el poder que estaba buscando! ¡Necesito más! ¡Dame más! —dijo gritando y riendo.

El practicante no lo había notado, pero desde que empezó a exponerse al humo oscuro que le otorgaba los dones prometidos, su apariencia física se deterioraba más y más. Tenía unas marcadas ojeras, estaba muy delgado y pálido, y mostraba signos de envejecimiento prematuro. El practicante de vudú no sentía los efectos en su cuerpo debido que el humo oscuro generaba sensaciones falsas de bienestar en su cerebro. El humo, además, desbloqueaba habilidades en el usuario a cambio de un gran desgaste en el cuerpo. Además, el usuario mostraba  una marcada dependencia física y psicológica hacia el humo oscuro y sus efectos.

El practicante de vudú calmó su euforia y cerró los ojos para sentir los nuevos alcances de sus habilidades. Inmediatamente, una sensación de urgencia invadió su cuerpo.

—¿Cuál es el siguiente requisito? —preguntó el practicante, aún respirando agitado por el reciente efecto del humo oscuro.

—Necesito que mates a uno de nuestros enemigos, un alquimista —dijo el ente contenido en el cuchillo.

—¿No se supone que están extintos? —reclamó el muchacho— ¿Cómo se supone que voy a encontrar uno?

—Usa tus nuevas habilidades, ahora ya deberías ser capaz de sentir las auras de los alquimistas. Estudia a los más cercanos y ataca al que consideres el más indefenso de todos —ordenó el ente, con su característico tono de automata.

***

—Aquí debe estar, siento que está cerca —dijo el practicante de vudú, que olfateaba y observaba como una bestia cazando.

Se había internado en un bosque siguiendo la presencia de un joven alquimista que entrenaba cerca del lugar. Sin ninguna precaución, el practicante de vudú empezó a correr para arremeter contra el joven alquimista.

—Enemigo detectado: ¡Disparo! —dijo la voz de un autómata dentro de la piedra filosofal incompleta que flotaba en el aire.

El disparo alertó al alquimista, que inició el proceso de regreso desde dentro de su alma para recuperar el control de su cuerpo. Este proceso solía tomar unos cuantos segundos, por lo que el alquimista tuvo la precaución de ordenar telepáticamente otro disparo hacia el practicante de vudú para rematarlo, en caso de que aún siguiera con vida. Pero justo antes de que el rayo impactara, el practicante de vudú usó su velocidad sobrehumana para evadirlo. El practicante de vudú seguía acercándose, corriendo a cuatro patas como si fuera una bestia.

La piedra filosofal incompleta era incapaz de pensar por sí misma, por lo que su programación contra amenazas la llevó a lanzar dos disparos más. El practicante de vudú esquivó ambos. El alquimista recobró el control de su cuerpo y, para no desperdiciar los disparos restantes, tomó la piedra filosofal en su mano para sacarla del modo automático.  El practicante de vudú se lanzó sobre el alquimista y empezó a ahorcarlo en el suelo. En un sutil movimiento, el alquimista lanzó su piedra filosofal lejos de él y le ordenó telepáticamente que lanzara otro disparo.

El potente disparo logró sacar de encima al enemigo del alquimista, que aprovechó para incorporarse, tomar su piedra filosofal y empezar a correr. Sabía que el disparo de su piedra no podía matarlo, que el enemigo era físicamente superior y que solo le quedaba un disparo. Asustado, empezó a usar su aura para potenciar su cuerpo y acelerar la velocidad de su huida desde dentro del bosque hacia la carretera más cercana.

—No tiene sentido que intentes escapar —el alquimista oyó la voz del practicante de vudú dentro de su mente—. Puedo olerte, verte, sentir tu presencia. Estás herido y desgastado, no llegarás muy lejos.

—¡No voy a escucharte! —gritó el alquimista dentro de la mente del practicante de vudú— ¿Qué quieres de mi?

Una vez que el practicante de vudú percibió que el alquimista también poseía el poder de la telepatía, se enfureció mucho. En su rabia, aumentó la intensidad de su poder para transmitir no solo su voz, sino también imágenes dentro la mente del joven alquimista. El truco logró perturbar profundamente al alquimista, que fue obligado a ver escenas de cómo el practicante de vudú lo mataba con múltiples puñaladas en medio del bosque, para luego ofrecer su vida como sacrificio.

Mientras más corría el alquimista, más intensas y perturbadoras eran las visiones. Hasta que, finalmente, el cuerpo del alquimista se detuvo por completo presa del pánico. El practicante de vudú lo alcanzó y empezó a golpearlo con mucha violencia, rompiendo sus extremidades para que éste no pudiera escapar de nuevo.

Dándole el resto de sus energías a su piedra filosofal, el alquimista ordenó a su piedra lanzar su último disparo. La piedra flotó en el aire y apuntó al practicante de vudú. Esta vez, el practicante estaba muy atento a su llegada, por lo que sacó rápidamente su cuchillo ceremonial y, recitando un rápido conjuro, logró repeler el disparo.

—¿No lo entiendes? ¡No tienes esperanza! Solo debes resignarte a morir, maldita escoria —gritó enfurecido el practicante de vudú, mientras llevaba a su víctima hacia lo profundo del bosque.

Durante el trayecto, el alquimista quedó inconsciente. Al llegar al bosque, el practicante de vudú lo ató de todas sus extremidades. El practicante de vudú estaba ansioso por terminar la ofrenda, por lo que decidió despertar al joven alquimista con una puñalada en la pierna. El alquimista gritó de dolor.

—¡Empecemos esto de una buena vez! —dijo el practicante de vudú, extasiado por la mera idea de recibir de nuevo el humo oscuro.

El practicante de vudú sacó su cuchillo ceremonial y, usando un extraño humo rojo que emanaba de él, paralizó el cuerpo del joven alquimista. Luego, presionó fuertemente la punta del cuchillo en la frente del alquimista, que no podía gritar ni reaccionar debido a la parálisis. El practicante de vudú empezó a recitar un conjuro, con éste no solo podía transferir imágenes en la mente del alquimista, sino que además podía estimular las zonas del cerebro relacionadas con el dolor. De esta forma, torturó al joven con mil visiones de puñaladas que se sentían como si vinieran de un cuchillo al rojo vivo.

Cuando la tortura mental terminó, el practicante de vudú atravesó el corazón del joven alquimista y acabó con su vida. Terminada la ofrenda, el cuchillo levitó y habló.

—Muy bien, muchacho. Has cumplido con el requisito. Ponte de pie y recibe tu recompensa —dijo el ente contenido en el cuchillo mientras expulsaba más humo negro para el practicante de vudú—. El siguiente requisito será más complicado.

—¡Acepto! —dijo el joven practicante de vudú.

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Semillas de la codicia


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«Black stones», Pxhere (CC0).

Sigo recibiendo lecciones de la guardiana del libro que encontré. En esta ocasión me contó otra leyenda humana de la que jamás había oído, una sobre unas tales semillas de la codicia:

Son conocidas en el mundo de la alquimia como objetos malditos, aunque los practicantes de vudú las sienten como una bendición de poder. Lo cierto es que las semillas de la codicia son unas pequeñas piedrecillas cúbicas de color negro que los practicantes de vudú descifran para contactar al ente en su interior.

Los practicantes de vudú, dependiendo de su habilidad, son capaces de descifrar la naturaleza de aquellos entes y hacer pactos con ellos para obtener poder, objetos o habilidades que de otra forma no podrían conseguir. Los requisitos de las semillas de la codicia van aumentando en su dificultad de obtención, así como en la crueldad necesaria para cumplirlos.

Los practicantes de vudú no se dan cuenta, pero una vez que se adentran en el  proceso de descifrar una semilla de la codicia, su sed de sangre aumenta. La programación de la semilla es muy sencilla y consiste en un mahou para crear un ente artificial que ayuda a amplificar y utilizar la sed de sangre y los sentimientos agresivos de la persona influenciada y canalizarlos en la destrucción violenta de cualquier emisión de energía que tenga parecido alguno con la alquimia sagrada.

El creador de las semillas de la codicia es el mismo que el de la raza de seres interdimensionales conocida como Los Limitantes. Las instancias, o formas presenciales, de Los Limitantes son agentes sin voluntad ni conciencia, debido a que no están técnicamente vivos. Por tanto, no pueden reclutar ni adoctrinar asesinos que los ayuden en su misión de reprimir cualquier forma de alquimia. Para llevar a cabo dicha tarea, las semillas se vuelven una herramienta útil para conseguir agentes involuntarios. Esto lo logran a través del mecanismo de los requisitos de las semillas, que gradualmente llegan al punto de pedir cantidades de sangre o partes corporales de alquimistas, cuya obtención lleva inevitablemente a su violento asesinato.

Muchos alquimistas, o practicantes de artes similares, han perdido la vida a causa de la labor de las semillas de la codicia, siendo asesinados para luego ser utilizados como ingredientes humanos por parte de los practicantes de vudú que desean más del oscuro poder que ofrece la semilla. Un alquimista correctamente entrenado debe conocer no solo de la existencia de dichas semillas, sino también detectar su presencia y la que proviene de los rituales de vudú activos a su alrededor.

Luego de que me hagas unas cuantas preguntas, terminaremos. Será todo lo que te enseñaré por hoy.

Luego de mostrarme telepáticamente una imagen muy clara de las semillas de la codicia, y una sensación que pretendía mostrarme cómo se sentía la energía de un ritual de vudú, la guardiana del libro se despidió y cerró el libro. Luego de ver y sentir lo que Cleopatra me mostró, no me quedaron ganas de preguntar nada. Era una sensación abrumadora y oscura que Cleopatra llamaba sed de sangre. Se sentía como agujas electrificadas invisibles intentando clavarse en mi piel. Jamás olvidaré esa sensación. Jamás quisiera sentirla de nuevo.

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Reportó para ustedes, el #21.

La paradoja de Schrödinger


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Ilustración por: Jie Qi

Estoy y no estoy.

Vivo y soy los extremos.

Muero y me vuelvo los medios.

 

Me veo al espejo y,

al no verme, me doy cuenta

de que existo y que no.

 

Me percato,

al ver mi cuerpo desgastado,

de que estoy muerto y vivo.

 

Y veo que soy un ser capaz

de una gran bondad

y de una muy afilada crueldad.

 

Brillo y no brillo.

Curo y enveneno.

Amo y no amo.

 

Por años busqué definir

a qué extremo

pertenecía yo.

 

Tomó mucho tiempo saber

que la verdad estaba

en todos y en ningún lado.

 

El ciclo del Uróboros


Cleopatra 001

Ilustración por: Blacksmith Dragonheart

I

Me encuentro flotando, las sombras son mi mundo.

Crezco y escucho sonidos distorsionados por el mar que me rodea.

Siento calor y otros latidos que no son míos.

 

Este es mi mundo, pero sospecho que hay otros más.

Ahora me siento caliente y seguro.

Amado y vivo, aunque en realidad no sé lo que es la vida.

 

II

Ya casi no queda espacio en mi mundo.

Siento que me esperan lejos de aquí.

Siento un llamado, uno imperioso que viene de lejos.

 

Algo pasa, el mar que me rodea se ha ido.

Hay movimiento, me quieren sacar de aquí.

¿Acaso yo pedí que me sacaran?

 

III

Estoy saliendo por un camino estrecho.

El fin de mi mundo está cerca.

Ya no hay sombras, solo una molestia que llaman luz.

 

¿Dónde estoy? ¿Qué son esos seres que me rodean?

¿Por qué me golpearon? ¿Qué es esto que llaman llorar?

Ya mi mundo no existe. Extraño mi mar, mi calor, mis sombras.

 

IV

Llego a los brazos de alguien, huele y se oye como a mi mundo.

¿Eres tú mi mundo? No lo sé. Solo sé que debes abrazarme.

¿Mi mar y mis sombras no eran la vida? ¿Qué es la vida entonces? ¿Esto?

 

No entiendo bien qué sucede, pero ya estoy aquí.

Poco a poco pierdo los recuerdos de mi antigua vida. ¿Es esto acaso otra vida?

¿Por qué tiene que ser en este mundo tan incómodo?

Niño azul


Alquimista marino

Ilustración por: Blacksmith Dragonheart

El manejo de la maternidad del pueblo de Khisee empeoraba con los años. La situación administrativa llegó a ser tan deplorable que dentro de aquella maternidad se cometían negligencias que siempre quedaban en la impunidad.

Cierto día, por motivos rituales, una practicante de vudú se vio forzada a dar a luz en la maternidad del pueblo de Khisse.

Las enfermeras más viejas simplemente dejaban sufrir a las parturientas lo más que podían. Las practicantes, en cambio, aún conservaban su humanidad, y atendían a sus pacientes lo mejor que podían. Sin embargo, en el parto de la practicante de vudú se cometieron muchos errores y negligencias.

Para cuando la madre tuvo al niño en brazos ya era demasiado tarde. El tono azulado de su piel indicaba su inminente muerte. La madre, poseída por un torbellino de tristeza y rabia, empezó a gritar y a maldecir en un lenguaje que solo ella entendía. Hasta que gritó sus últimas palabras de forma clara y en perfecto español: «¡Maldito sea este lugar! ¡Solo muerte y agonía ronden en este lugar de perras inmundas!».

Dichas esas últimas palabras, la practicante de vudú usó su vida como combustible e implantó parte de ella en su bebé a punto de morir. Hecho esto, el niño, que se hallaba literalmente en el borde de la vida y la muerte, se volvió un espectro.

 

***

Los ataques de pánico entre las enfermeras empezaban a ser cada vez más comunes. Cada relato era idéntico. Una enfermera corría horrorizada al ver flotando un fantasma con la forma de un recién nacido de color azul, envuelto en una niebla blanquecina. Además, se dieron cuenta de que, luego de unos días, moría un niño en el pasillo donde se avistó al espectro. Las muertes se reportaban como muerte súbita del lactante, debido al color azul en la piel de los niños muertos. La realidad era, sin embargo, que El niño azul, como lo llamaban las enfermeras, mataba a los neonatos, en un acto de ira irracional contra aquellos que estaban vivos, a diferencia de él.

Los avistamientos del El niño azul se reportaban cada vez con mayor frecuencia conforme pasaban los meses.

 

***

En cierto lugar, existía un alquimista conocido como El alquimista marino, que pertenecía a cierta orden en la que le encomendaban misiones que incluían la desactivación  de rituales, cacería de practicantes y exorcismo de objetos y seres sobrenaturales relacionados con vudú. Todo con el propósito de mejorar sus habilidades alquímicas.

El alquimista marino era un sargento primero de la Marina que, para poder practicar con tranquilidad la alquimia, solía dejar como reemplazo a un golem que era igual a él en apariencia y que podía interactuar lo suficientemente bien como para que  nadie se percatara de que era tan solo un autómata.

El alquimista marino, mediante técnicas de alquimia, usaba su aura para camuflarse a un nivel cercano a la invisibilidad. Usando dicho poder, se colaba en los barcos para estar cerca del mar y poder completar una investigación que le permitiría darle un núcleo relativamente estable a su amplificador alquímico, la piedra filosofal incompleta conocida como La concha marina.

 

***

Eventualmente, en uno de sus viajes, el alquimista sintió la presencia de un espectro creado mediante técnicas de vudú. El espectro se encontraba en una maternidad en el pueblo de Khisse.

El alquimista marino tenía por costumbre usar su uniforme de la Marina durante sus misiones. También acostumbraba acumular ánima en su piedra filosofal incompleta, para usar dicho poder almacenado en caso de un combate o de necesitar el uso de alquimia a un nivel que no pudiera conseguir usando solamente su propia aura. A ese proceso lo llamaba cargar la piedra, debido a que ésta no tenía un núcleo propio para poder generar su propia energía. El proceso de cargar la piedra consumía mucha de la energía vital del alquimista marino, que había entrenado su cuerpo para no sentirse debilitado a pesar de la gran cantidad de ánima que depositaba en La concha marina.

El alquimista marino siempre estaba preparado para la lucha, llevando consigo su piedra cargada en todo momento. Era común que realizara misiones personales. Con el solo objetivo de conseguir experiencia o información que le fueran útiles para su investigación.

Ya vestido con su uniforme y con su piedra en su mano, el alquimista marino usó su poder de camuflaje para entrar a la maternidad sin ser visto. Recorrió los pasillos siguiendo el rastro que dejaba el aura del espectro.

Finalmente el alquimista y el espectro se encontraron. El alquimista miró fijamente el rostro de El niño azul flotando en el aire. De inmediato detectó que se trataba de un ritual de vudú muy poderoso, por lo que colocó La concha marina en el piso de una forma muy rápida. El espectro, en cuanto sintió el aura del alquimista, abrió tanto la boca que su su rostro se deformó, mostrando unos dientes monstruosos. Inmediatamente después, El niño azul lanzó un grito cargado de energía. El grito superaba la barrera del sonido y era capaz de destruir el suelo, el techo y las paredes circundantes.

El alquimista marino ni siquiera se movió de su sitio, ni hizo gesto alguno que indicara que quisiera defenderse de aquel ataque. El aura procedente de La concha marina lo protegía con una luminosa barrera de energía.

Mientras El niño azul gritaba, el alquimista concentraba su aura. La concha marina debía resistir el suficiente tiempo como para permitir al alquimista realizar su técnica. En cuanto la terminó, el alquimista desactivó su piedra filosofal y lanzó unos rayos de color verde desde sus manos. Los rayos envolvieron al niño azul y, haciendo un gesto con una mano, el alquimista marino abrió La concha marina y, haciendo un gesto con la otra, atrajo los rayos verdes que contenían al niño azul y lo encerró dentro de su piedra filosofal.

En cuanto terminó la batalla, El alquimista marino desapareció sin dejar rastro.

No se volvieron a reportar avistamientos de El niño azul luego de aquel incidente.

 

***

—¿Vieron eso? —dijo un anciano con una túnica extraña.

—¿Qué cosa? —respondieron al unísono cuatro ancianos más.

—El libro de los siete sellos de Zósimo de Panópolis acaba de reaccionar —dijo el mismo anciano.

Todos los ancianos se acercaron al libro. El libro comenzó a proyectar una especie de holograma de la batalla entre El alquimista marino y El niño azul.

—¿Es él? —dijeron los cinco ancianos al unísono.

—Sí, él es el elegido. Él será el dueño de este libro —respondió el libro de los siete sellos.

La alquimia imperdonable


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«Crack climbing in Indian Creek, Utah», por Crystal (CC BY 2.0)

 

Una dicha del cielo en una mano.

Una tortura del infierno en la otra.

El peso de ambas en los hombros.

 

Y allí estaba, ¡la alquimia imperdonable!

«Que tu sí sea “sí”, que tu no sea “no”».

Pero yo no podía decidir.

 

Y la alquimia imperdonable llamaba.

«Hazlo, solo debes mezclar los ingredientes».

Y yo decía sí, aunque el fondo quería decir que no.

 

Mezclé las sustancias en mi horno.

Burbujas y humo. Nada de colores.

La voz mintió. El horno explotó.

 

—Cuerpo con alma rota, ¿qué se te ofrece?

—Quiero vivir. Esto no puede acabar aquí.

—Cometiste el pecado, el tabú. ¿Cómo podría dejarte ir?

 

—Devuélveme mi sangre.

—¿Prometes rellenar las grietas del horno?

—Yo prometo. ¡Devuélveme mi sangre!

 

Me levanté para vivir y escalé una grieta.

Llegué a la cima y respiré de alivio un instante…

…un cuchillo de rayos negros me atravesó.

 

—¡Voz! Tú prometiste…

—El cuchillo no es mío.

-—¡Maldicioooooooooón!

 

Vida que colapsa. Mano que apuñala.

«No debiste sobrevivir a la explosión».

«No saldrás ileso de tu decisión».

 

¿Quién?

¿De quién es esa mano?

¿De quién es el cuchillo de rayos negros?

 

No puedo.

No ahora.

No quiero morir aquí.

La piedra roja


The Searchlight

«The searchlight, rhodochrosite crystal», por Eric Hunt (CC-BY 2.5).

«Existe una piedra que no es tal piedra.

Un objeto precioso que carece de valor.

Un ente multiforme que no tiene forma.

Una cosa desconocida que todos conocemos».

Zósimo de Panópolis

 

La muerte llegó.

La sangre fluía y mi vista se nublaba.

Era cierto. Era mi fin.

 

Un fantasma blanco apareció.

Se veía como yo y me tomó la mano.

El fantasma me dijo que era mi alma.

 

Y mi alma, el fantasma, me preguntó:

«¿Quién eres y qué necesitas?».

Y no supe responderle quién soy.

 

Él me envolvió en una bola de neblina plateada.

Y durante un período sin tiempo

se dedicó a sanarme.

 

Salí de aquel capullo etéreo

y vi con nuevos ojos el mundo.

Y al fin estaba listo para responder.

 

Le respondí:

«No recuerdo quien soy.

Pero sé lo que necesito».

 

El fantasma dejó de ser una bola de niebla

y me preguntó:

«¿Qué necesitas?».

 

Le dije con urgencia:

«Una ventaja, un arma, algo con que ganar.

Un talento, un poder, algo con que proteger

todo aquello que amé».

 

Mi alma me tomó de las manos

y empezó a llorar sangre sobre ellas.

El fantasma se desvanecía conforme lloraba.

 

La sangre no podía derramarse de mis manos.

La sangre se convirtió en una piedra roja.

El fantasma se convirtió en una piedra roja.

 

Y dijo sus palabras finales, antes de irse por completo:

«Yo soy tu alma, tu ventaja, con lo que vas a ganar.

Soy tu talento, tu poder, con el que protegerás

todo aquello que amé».

 

Y lloré, y entendí. En practicante me convertí.

Ese día volví a nacer. Ese día volví a ver.

Y solo vi dos palabras: Opus Magnum.