Niño azul


Alquimista marino

Ilustración por: Blacksmith Dragonheart

El manejo de la maternidad del pueblo de Khisee empeoraba con los años. La situación administrativa llegó a ser tan deplorable que dentro de aquella maternidad se cometían negligencias que siempre quedaban en la impunidad.

Cierto día, por motivos rituales, una practicante de vudú se vio forzada a dar a luz en la maternidad del pueblo de Khisse.

Las enfermeras más viejas simplemente dejaban sufrir a las parturientas lo más que podían. Las practicantes, en cambio, aún conservaban su humanidad, y atendían a sus pacientes lo mejor que podían. Sin embargo, en el parto de la practicante de vudú se cometieron muchos errores y negligencias.

Para cuando la madre tuvo al niño en brazos ya era demasiado tarde. El tono azulado de su piel indicaba su inminente muerte. La madre, poseída por un torbellino de tristeza y rabia, empezó a gritar y a maldecir en un lenguaje que solo ella entendía. Hasta que gritó sus últimas palabras de forma clara y en perfecto español: ¡Maldito sea este lugar! ¡Solo muerte y agonía ronden en este lugar de perras inmundas!

Dichas esas últimas palabras, la practicante de vudú usó su vida como combustible e implantó parte de ella en su bebé a punto de morir. Hecho esto, el niño, que se hallaba literalmente en el borde de la vida y la muerte, se volvió un espectro.

 

***

Los ataques de pánico entre las enfermeras empezaban a ser cada vez más comunes. Cada relato era idéntico. Una enfermera corría horrorizada al ver flotando un fantasma con la forma de un recién nacido de color azul, envuelto en una niebla blanquecina. Además, se dieron cuenta de que, luego de unos días, moría un niño en el pasillo donde se avistó al espectro. Las muertes se reportaban como muerte súbita del lactante, debido al color azul en la piel de los niños muertos. La realidad era, sin embargo, que el niño azul, como lo llamaban las enfermeras, mataba a los neonatos, en un acto de ira irracional contra aquellos que estaban vivos, a diferencia de él.

Los avistamientos del niño azul se reportaban cada vez con mayor frecuencia conforme pasaban los meses.

 

***

En cierto lugar, existía un alquimista conocido como El alquimista marino, que pertenecía a cierta orden en la que le encomendaban misiones que incluían la desactivación  de rituales, cacería de practicantes y exorcismo de objetos y seres sobrenaturales relacionados con vudú. Todo con el propósito de mejorar sus habilidades alquímicas.

El alquimista marino era un sargento primero de la marina que, para poder practicar con tranquilidad la alquimia, solía dejar como reemplazo a un golem que era igual a él en apariencia y que podía interactuar lo suficientemente bien como para que  nadie se percatara de que era tan solo un autómata.

El alquimista marino, mediante técnicas de alquimia, usaba su aura para camuflarse a un nivel cercano a la invisibilidad. Usando dicho poder, se colaba en los barcos para estar cerca del mar y poder completar una investigación que le permitiría darle un núcleo relativamente estable a su amplificador alquímico, la piedra filosofal incompleta conocida como La concha marina.

 

***

Eventualmente, en uno de sus viajes, el alquimista sintió la presencia de un espectro creado mediante técnicas de vudú. El espectro se encontraba en una maternidad en el pueblo de Khisse.

El alquimista marino tenía por costumbre usar su uniforme de la marina durante sus misiones. También acostumbraba acumular ánima en su piedra filosofal incompleta, para usar dicho poder almacenado en caso de un combate o de necesitar el uso de alquimia a un nivel que no pudiera conseguir usando solamente su propia aura. A ese proceso lo llamaba cargar la piedra, debido a que ésta no tenía un núcleo propio para poder generar su propia energía. El proceso de cargar la piedra consumía mucha de la energía vital del alquimista marino, que había entrenado su cuerpo para no sentirse debilitado a pesar de la gran cantidad de ánima que depositaba en La concha marina.

El alquimista marino siempre estaba preparado para la lucha, llevando consigo su piedra cargada en todo momento. Era común que realizara misiones personales. Con el solo objetivo de conseguir experiencia o información que le fueran útiles para su investigación.

Ya vestido con su uniforme y con su piedra en su mano, el alquimista marino usó su poder de camuflaje para entrar a la maternidad sin ser visto. Recorrió los pasillos siguiendo el rastro que dejaba el aura del espectro.

Finalmente el alquimista y el espectro se encontraron. El alquimista miró fijamente el rostro del niño azul flotando en el aire. De inmediato detectó que se trataba de un ritual de vudú muy poderoso, por lo que colocó La concha marina en el piso de una forma muy rápida. El espectro, en cuanto sintió el aura del alquimista, abrió tanto la boca que su su rostro se deformó, mostrando unos dientes monstruosos. Inmediatamente después, el niño azul lanzó un grito cargado de energía. El grito superaba la barrera del sonido y era capaz de destruir el suelo, el techo y las paredes circundantes.

El alquimista marino ni siquiera se movió de su sitio, ni hizo gesto alguno que indicara que quisiera defenderse de aquel ataque. El aura procedente de La concha marina lo protegía con una luminosa barrera de energía.

Mientras el niño azul gritaba, el alquimista concentraba su aura. La concha marina debía resistir el suficiente tiempo como para permitir al alquimista realizar su técnica. En cuanto la terminó, el alquimista desactivó su piedra filosofal y lanzó unos rayos de color verde desde sus manos. Los rayos envolvieron al niño azul y, haciendo un gesto con una mano, el alquimista marino abrió La concha marina y, haciendo un gesto con la otra, atrajo los rayos verdes que contenían al niño azul y lo encerró dentro de su piedra filosofal.

En cuanto terminó la batalla, El alquimista marino desapareció sin dejar rastro.

No se volvieron a reportar avistamientos del niño azul luego de aquel incidente.

 

***

—¿Vieron eso? —dijo un anciano con una túnica extraña.

—¿Qué cosa? —respondieron al unísono cuatro ancianos más.

—El libro de los siete sellos de Zósimo de Panópolis acaba de reaccionar— dijo el mismo anciano.

Todos los ancianos se acercaron al libro. El libro comenzó a proyectar una especie de holograma de la batalla entre El alquimista marino y el niño azul.

—¿Es él? —dijeron los cinco ancianos al unísono.

—Sí, él es el elegido. Él será el dueño de este libro —respondió el libro de los siete sellos.

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La alquimia imperdonable


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«Crack climbing in Indian Creek, Utah», por Crystal (CC BY 2.0)

 

Una dicha del cielo en una mano.

Una tortura del infierno en la otra.

El peso de ambas en los hombros.

 

Y allí estaba, ¡la alquimia imperdonable!

«Que tu sí sea “sí”, que tu no sea “no”».

Pero yo no podía decidir.

 

Y la alquimia imperdonable llamaba.

«Hazlo, solo debes mezclar los ingredientes».

Y yo decía sí, aunque el fondo quería decir que no.

 

Mezclé las sustancias en mi horno.

Burbujas y humo. Nada de colores.

La voz mintió. El horno explotó.

 

—Cuerpo con alma rota, ¿qué se te ofrece?

—Quiero vivir. Esto no puede acabar aquí.

—Cometiste el pecado, el tabú. ¿Cómo podría dejarte ir?

 

—Devuélveme mi sangre.

—¿Prometes rellenar las grietas del horno?

—Yo prometo. ¡Devuélveme mi sangre!

 

Me levanté para vivir y escalé una grieta.

Llegué a la cima y respiré de alivio un instante…

…un cuchillo de rayos negros me atravesó.

 

—¡Voz! Tú prometiste…

—El cuchillo no es mío.

-—¡Maldicioooooooooón!

 

Vida que colapsa. Mano que apuñala.

«No debiste sobrevivir a la explosión».

«No saldrás ileso de tu decisión».

 

¿Quién?

¿De quién es esa mano?

¿De quién es el cuchillo de rayos negros?

 

No puedo.

No ahora.

No quiero morir aquí.

La piedra roja


The Searchlight

«The searchlight, rhodochrosite crystal», por Eric Hunt (CC-BY 2.5).

«Existe una piedra que no es tal piedra.

Un objeto precioso que carece de valor.

Un ente multiforme que no tiene forma.

Una cosa desconocida que todos conocemos».

Zósimo de Panópolis

 

La muerte llegó.

La sangre fluía y mi vista se nublaba.

Era cierto. Era mi fin.

 

Un fantasma blanco apareció.

Se veía como yo y me tomó la mano.

El fantasma me dijo que era mi alma.

 

Y mi alma, el fantasma, me preguntó:

«¿Quién eres y qué necesitas?».

Y no supe responderle quién soy.

 

Él me envolvió en una bola de neblina plateada.

Y durante un período sin tiempo

se dedicó a sanarme.

 

Salí de aquel capullo etéreo

y vi con nuevos ojos el mundo.

Y al fin estaba listo para responder.

 

Le respondí:

«No recuerdo quien soy.

Pero sé lo que necesito».

 

El fantasma dejó de ser una bola de niebla

y me preguntó:

«¿Qué necesitas?».

 

Le dije con urgencia:

«Una ventaja, un arma, algo con que ganar.

Un talento, un poder, algo con que proteger

todo aquello que amé».

 

Mi alma me tomó de las manos

y empezó a llorar sangre sobre ellas.

El fantasma se desvanecía conforme lloraba.

 

La sangre no podía derramarse de mis manos.

La sangre se convirtió en una piedra roja.

El fantasma se convirtió en una piedra roja.

 

Y dijo sus palabras finales, antes de irse por completo:

«Yo soy tu alma, tu ventaja, con lo que vas a ganar.

Soy tu talento, tu poder, con el que protegerás

todo aquello que amé».

 

Y lloré, y entendí. En practicante me convertí.

Ese día volví a nacer. Ese día volví a ver.

Y solo vi dos palabras: Opus Magnum.

Ojos intermitentes


Crocoite_from_the_Dundas_extended_mine,_Dundas,_Tasmania,_Australia

“Crocoite from the Dundas extended mine, Dundas, Tasmania, Australia”, por JJ Harrison (CC BY-SA 2.5)

“Ni en el ambiente,

ni en lo que ven tus ojos.

La respuesta está en aquello,

en la gran obra, la tuya”. 

Cleopatra la alquimista

 

¿Qué ven mis ojos, ahora que mi vista ha vuelto?

Una restricción y un juramento.

Árboles de mango. Un par de pájaros en el alambre y otro más allá.

Una gran obra. Aprendizaje.

 

¿Qué ven los ojos de un prisionero de guerra?

Miseria. La muerte que vigila. El eterno plan de huida.

El último escape.

Desesperación. Culpa.

 

¿Qué ven los ojos de un muerto?

Nada.

Nadie.

Nunca.

 

 

 

La piedra encendida


rhodochrosite, quartz, chalcopyrite

«Rhodochrosite, quartz, pyrite», por Géry Parent (CC BY)

«¡Evoca! Recuerda tu muerte.

Piensa bien lo que fuiste

y lo que nunca serás».

Zósimo de Panópolis

 

I

¡Comprende! Comprende, alquimista.

Si no la alimentas,

la piedra no crecerá.

 

¡Nunca! Nunca abandones la obra.

El sol se consume y emana esplendor.

No lo abandones, no lo dejes apagar.

 

II

¡Completa! Completa la piedra.

Ve y cámbialo todo

con la invariable sustancia.

 

¡Recuerda! Recuerda, alquimista.

Cuando la paz tú tenías.

Cuando la piedra aprendía.

Advertencia


Acabo de descubrir que el libro es capaz de modificar el funcionamiento de los instrumentos de monitoreo de la oficina. La voz del libro me está enseñando cómo lograr dicha modificación, mediante ejercicios de alquimia. Gracias a estos, he sido capaz de observar sucesos que, de otra forma, no podrían verse con las cámaras de éter.

Aparentemente, ciertos alquimistas son capaces de hackear el sistema de vigilancia. Colocan, sobre la grabación, porciones de vídeo donde no ocurre nada. Así logran ocultar ciertos eventos de los que desean que nadie se entere. El libro, sin embargo, me está enseñando un truco para detectar la presencia de esa sutil alteración.

He sido capaz de captar a un anciano que posee una extraña piedra roja con la que hackea el sistema, evitando la activación de las alarmas interdimensionales. El anciano es muy elusivo. Cada vez que trato de captarlo, emite una nueva señal que interfiere con el sistema de una forma diferente. Su sistema de interferencia se adapta, aprende el método que lo vulneró y realiza un contraataque. En lo poco que he logrado captar, he notado que está persiguiendo a una joven mujer practicante de un arte conocido como invocación. En estos momentos ella parece haberse dado cuenta de su presencia.

—Llevas días siguiéndome. ¿Qué diablos quieres, maldito anciano? —dijo la joven mujer, evidentemente enojada, pero sin muestra de preocupación o miedo.

—Veo que eres capaz de sentir mi presencia. Se ve que no eres tan mala en tu arte —dijo el anciano, en un tono bastante calmado que daba a notar cierto aire de superioridad.

—¿A qué mierda te refieres? —La joven mujer empezaba a perder la paciencia—. ¿Qué sabes tú de mi?

—Absolutamente todo. —El anciano movía sus manos lentamente, como si buscara algo en las mangas de su túnica—. Sé lo que puedes hacer. Es más, sé cómo hacerlo mejor que tú.

La mujer no entendía nada de lo que decía el viejo. De niña, pasó muchos años iniciándose secretamente en el arte de la invocación, con una anciana maestra que desapareció de un momento a otro. Luego de que su maestra se esfumara, sin dejar rastro, ella decidió practicar por su cuenta y logró avances significativos. Pasó, de apenas conocer las bases de aquel arte, a invocar pequeños insectos de otras dimensiones. Tiempo después, conoció a una vieja shamana que le enseñó como potenciar su arte mediante el uso de círculos mágicos. Con el tiempo, la shamana también desapareció sin dejar rastro.

Con el paso de los años, la muchacha se convirtió en una bella y hábil mujer, y su arte evolucionó gracias a su riguroso entrenamiento autodidacta. Su máxima habilidad, de la que estaba orgullosa y con la que se defendía en casos extremos, consistía en la invocación de un guerrero reptil de otra dimensión. Una vez invocado, gracias al círculo mágico, ella ejercía un poderoso control mental sobre el guerrero, para usarlo como una herramienta controlada con el pensamiento.

—No me gustan las charlas ni el acoso. —La joven mujer sacó una tarjeta de su bolsillo y la lanzó al suelo. Recitó un hechizo. Un círculo mágico se pintó de forma automática en el suelo, como si la tinta de la tarjeta saliera por voluntad propia y se propagara—. ¡Esto se acaba aquí y ahora!

La invocadora hizo unos extraños movimientos con las manos y el círculo mágico comenzó a brillar. De repente, la porción de suelo dentro del círculo empezó a temblar y agrietarse. De las grietas brotó un guerrero reptil. La invocadora lanzó otro hechizo y sus ojos brillaron al mismo tiempo que los del guerrero reptil. Bajo el influjo del hechizo, el guerrero reptil quedó sometido al completo control mental de su invocadora.

—¡Vaya! Me has dejado sorprendido —dijo el anciano, con un tono de genuina admiración—. Me asombra que hayas logrado invocar algo con ese arte tan primitivo, definitivamente se ve que tienes potencial.

—¡Cállate, viejo de mierda! ¡Se ve que no conoces el miedo! —La joven invocadora estalló de rabia—. ¡Ataca, soldado!

El guerrero reptil lanzó un grito de guerra. Sus garras y dientes empezaron a fulgurar y a crecer. Luego, empezó a correr alrededor del viejo, intentando intimidarlo. El anciano, sin embargo, casi no se movía, salvo por el hecho de que seguía buscando algo dentro de su túnica.

—¡La encontré! ¡Qué descuido de mi parte! —El anciano sonrió y sacó una extraña piedra roja de su túnica—. Disculpa por haberte hecho esperar.

El guerrero reptil lanzó una poderosa embestida contra el anciano. La joven invocadora creyó haber asestado el golpe final. Sin embargo, la imagen que golpeó el guerrero reptil era falsa. El anciano había desaparecido del lugar.

—¿Qué demonios pasa? —La desconcertada mujer miraba para todos lados—. ¿Y tú qué esperas? ¡Olfatéalo!

El guerrero reptil sacaba la lengua para olfatear al anciano, pero parecía confundido al no poder hallarlo. El anciano empezó a proyectar su voz dentro de la mente de la joven invocadora.

—¿No puedes detectar mi presencia, verdad? —dijo el anciano, usando su poder de telepatía.

La mujer intentó, en vano, buscar la fuente del sonido.

—¿Dónde mierda estás? ¿Qué clase de magia es esta? —gritó confundida, mirando a todos lados.

Sin previo aviso, el anciano apareció.

—Se llama alquimia. Voy a enseñarte mi truco. —El viejo levantó la extraña piedra con su mano y ésta empezó a brillar de rojo—.  Te advierto que no tengo mucho talento con las invocaciones, pero supongo que con esto bastará.

El brillo rojo de la piedra provocó una grieta dimensional de la que, súbitamente, salió un brazo gigante que aplastó y exterminó al guerrero reptil con facilidad. La mujer entró en shock al ver que su técnica más poderosa quedó reducida a nada ante su enemigo. Cayó al suelo, de rodillas, esperando la muerte.

—¿Quién diablos eres, anciano? ¿Qué quieres de mi? —dijo la joven mujer, mirando hacia el suelo con resignación.

El anciano hizo brillar de nuevo la piedra e, inmediatamente, la grieta dimensional desapareció junto con el gran brazo que acababa de invocar.

—Si hubiera querido matarte, habría dejado salir al monstruo entero y no solamente su brazo —dijo el anciano, en un tono misteriosamente comprensivo—. Tampoco hubiera atacado a tu soldado, sino a ti. De esa forma, tu técnica se hubiera desvanecido.

—¿Cómo sabes todo eso, anciano? —La invocadora aún no salía del shock, pero su curiosidad era más fuerte que su miedo—.  Se supone que los invocadores somos un grupo secreto.

—Vengo a advertirte. —El anciano se acercó a la mujer y le entregó una piedra diferente a la que él uso en la batalla—. Ciertos individuos, tanto o más poderosos que yo, vendrán por ti para matarte. Todos los detalles se encuentran aquí, usa tu conocimiento para acceder al contenido de la piedra.

—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso? —dijo la mujer, aún confundida, pero más en sí.

—Eso deberás descubrirlo por ti misma. Si estudias bien la piedra, podrás crear una réplica de ella. Con eso aumentarás, por mucho, tus habilidades —dijo el anciano—. Dentro de esta piedra didáctica hallarás las respuestas que buscas.

Dicho esto, el anciano simplemente desapareció. La joven invocadora regresó a su casa, llena de miedo y confusión.

Mientras me enseña los ejercicios de alquimia, la voz del libro me permite no solo ver aquellas extrañas escenas sino que, a la vez, me explica lo que sucede.

La mujer invocadora no es la única llena de preguntas. ¿Qué es realmente la alquimia? ¿Qué es esa extraña piedra roja? ¿Quién es realmente la voz del libro y por qué sabe tanto del asunto?

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Reportó para ustedes, el #21.

Los dioses mayores


Sigo revisando el extraño libro que apareció en las bodegas de mi oficina. Ciertas secciones parecen detallar el funcionamiento de una disciplina conocida como alquimia. En otras, en cambio, aparecen leyendas de las que nunca había leído. Esta en particular llamó mucho mi atención:

En el principio de los tiempos solo existía el Dios Absoluto. Este dios, que gobernaba sobre la nada, llegó a ser el único ser viviente y dedicó una cantidad indeterminada de tiempo a estudiarse a sí mismo.

Como resultado de sus estudios, el Dios Absoluto  descifró su propia esencia y, haciendo uso de este conocimiento, se dedicó a la tarea de automatizar el proceso que llevaría a la creación de las diferentes dimensiones. Luego de iniciado el proceso, el Dios Absoluto se dedicó a contemplar el espectáculo de la formación de los universos materiales con todas sus maravillas y misterios.

Luego de la creación de los universos materiales, el Dios Absoluto descubrió que, accidentalmente, había creado el plano astral. Se dio cuenta de que su conocimiento de sí mismo no era completo, que le faltaba descifrar un componente de su propia existencia. Fue entonces cuando descubrió de la existencia de su propia alma.

Una vez completado el estudio de su alma, el Dios Absoluto decidió empezar los preparativos para lo que sería su obra más grande: la creación de la vida. El Dios Absoluto concentró toda su energía y su esencia en siete puntos de su cuerpo y, usando el brillo que emanaba de esos puntos, creó lo que llamó semillas de la vida y las dispersó a lo largo y ancho de los universos que había creado.

Sin embargo, y como un efecto secundario totalmente esperado por él,  la existencia misma del Dios Absoluto se fraccionó en siete partes. Esas siete partes tomaron conciencia propia y llegaron a existir de forma independiente del Dios Absoluto. Como última muestra de su presencia, el Dios Absoluto los llamó hijos y les encomendó el cuidado de su más reciente creación: la vida.

Así fue como nacieron los dioses mayores.

Estos siete dioses se separaron y se dedicaron a explorar los universos creados por su padre. Unos exploraron los universos materiales, otros exploraron los planos astrales. Otros se enclaustraron para estudiarse a sí mismos, siguiendo el ejemplo del Dios Absoluto.

Cierto día, los intereses de ciertos dioses mayores entraron en conflicto; y dos de ellos se declararon la guerra. Los siete hermanos se reunieron con el objetivo de resolver el conflicto sin recurrir a la violencia. Sin embargo, los esfuerzos no rindieron frutos. En el preciso instante en que los dioses intentaron combatir, se dieron cuenta de la existencia de una poderosa fuerza que impedía que se destruyeran entre ellos. Aquella misteriosa fuerza hacía imposible que los poderes de un dios mayor afectaran a otro dios mayor.

Finalmente, los dioses mayores decidieron separarse físicamente para no afectar con sus conflictos al resto de seres vivientes. Además, para administrar las dimensiones y la vida que contienen, crearon un palacio donde los siete estaban perpetuamente presentes, aunque sus cuerpos estuvieran en lugares diferentes.

En todo el tiempo que llevo trabajando en la vigilancia de las diferentes dimensiones, jamás había escuchado de una leyenda similar.

Este libro es de lo más curioso, acabo de ver que ciertas páginas se mantienen en blanco. Luego de leer esta leyenda, el libro brilló de rojo y una nueva sección apareció escrita. En esta se muestran supuestos ejercicios para la práctica de la alquimia.

Me pregunto si aquello de la alquimia será real. Seguiré investigando.

Reportó para ustedes, el #21.