Centrifugando recuerdos (XXXVI)


Circo de Pineta - Cascada del Cinca

Foto: Benjamín Recacha

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Después de quedárselo mirando durante unos segundos, como si fuera un objeto extraño que acabara de descubrir, Luis enciende el cigarrillo. Desde hace unas semanas fuma menos, pero no se ha planteado dejarlo. Suelta una bocanada de humo y observa cómo se diluye en su camino hacia el cielo. Le gusta saborear esos cigarrillos que fuma sin prisa, sin la urgencia que provoca la falta de nicotina en el organismo.

Está sentado en una roca, a medio camino en su ascenso hacia la cascada. Quizás meterse veneno en los pulmones a dos mil metros de altura no sea la manera más saludable de hacer un descanso después de dos horas de dura ruta. Luis lo sabe, pero le apetecía ese cigarrillo, aunque le acabe provocando un repentino ataque de tos.

—Mierda —maldice.

Apaga el pitillo contra la roca y lo mete en la bolsa que lleva para los residuos. Antes no se fijaba tanto, pero ahora no soporta encontrarse colillas, papelitos y envoltorios diversos tirados en medio de la naturaleza, así que desde hace un tiempo procura que la única señal que quede a su paso sean las huellas de sus botas.

Saca la cantimplora de la mochila y le da un generoso trago para aplacar la sed y la tos.

Mira alrededor. Le parece mentira que esos contrastes entre montañas, bosques, rocas, ríos, cascadas, heleros, flores, cielo y nubes sean reales. Saca la cámara de fotos de la funda. Aún no ha renunciado a ella. Le parece que hacer fotos con el móvil es menos auténtico, aunque el resultado para un fotógrafo ocasional como él sea más o menos igual de malo. Encuadra por aquí y por allá, pero no se decide a apretar el botón; tiene la sensación de que cualquier foto que haga se quedará a años luz de reflejar la grandiosidad del espectáculo que está presenciando en directo.

Hace un año estuvo en el mismo sitio. Recuerda su estado de ánimo de entonces y le parece mentira, como si aquel tipo derrotado fuera el personaje de una de esas películas insoportables. Ahora afronta la vida de otra manera y ha renunciado a pasar cuentas con el pasado, o eso al menos es lo que se dice a sí mismo. Mientras contempla la inmensidad del escenario en el que se encuentra, que aunque no sea nuevo para él desborda sus sentidos como si fuera la primera vez que lo admira, vuelve a pensar en Sara. Una cuenta pendiente que no logra superar, por mucho que quiera aparentar lo contrario.

Resopla y se incorpora. Continuar castigando las piernas le ayudará a despejar la mente. Levanta la vista hacia la cascada y se encuentra con el estrecho y empinado sendero serpenteante que garabatea la ladera de la montaña y que, muy arriba y muy lejos aún, desemboca en la blanca cola de caballo. Y pese a estar tan lejos, hace rato que oye el rugido de las aguas salvajes derramándose hacia el vacío.

Se cuelga la mochila, agarra el bastón, y reemprende la marcha por el caminito de tierra y piedra suelta. Los saltamontes se apartan de las peligrosas botas con brincos imprecisos, las mariposas revolotean aquí y allá, las moscas y los abejorros zumban de flor en flor, de vez en cuando se oye el graznido indolente de las chovas y los cuervos, y conforme gana altura se propagan los penetrantes silbidos de alerta de las marmotas.

Hace calor. Salió temprano para evitar exponerse demasiado al sol implacable, que ahora, apenas las diez, ya calienta toda la montaña. A la altura que se encuentra no quedan árboles a cuya sombra refugiarse. Luis tiene la espalda empapada y los chorreones de sudor le caen por la cara y el cuello. Está tentado de quitarse la gorra, pero es la única barrera que impide que el sol le achicharre la cabeza, así que se la deja puesta.

La gran cascada ya está cerca. Mientras la mira, una brisa ligera arrastra minúsculas gotas de agua que escapan de los dominios de su estruendosa madre. Luis recibe la caricia húmeda con placer y afronta animado los últimos repechos de la excursión.

Por fin ha llegado. De pie sobre una roca, la cascada aparece ante él en toda su magnitud. El espectáculo, visual y sonoro, lo deja sin palabras. No vale la pena buscarlas. Ante semejante belleza salvaje sólo cabe sentir. Pese a que el sol calienta implacable, el agua en suspensión que despide la violencia de la cascada en su salto al vacío y al chocar contra las rocas refresca el ambiente hasta el punto de poner la piel de gallina. Luis no está seguro cuánto hay en ello de reacción al contraste de temperaturas y cuánto de respuesta al impresionante espectáculo.

Abajo, junto a la laguna donde las aguas recién vertidas se toman un descanso, los excursionistas más madrugadores reponen fuerzas. Hay cuatro, todos con manga larga. «Vamos allá», resuelve Luis, al tiempo que guarda la cámara con la que ha tomado algunas fotos sin conseguir atrapar la cascada en toda su longitud.

Retoma el sendero que, zigzagueante, desciende hacia la parte accesible al pie del enorme salto de agua. Un par de minutos después, en pleno descenso, el sudor ya se le ha secado y empieza a tener frío. Sin embargo, decide no recurrir a la sudadera hasta llegar abajo.

Ya está. Se descuelga la mochila y la deja sobre una roca. Casi todo el paraje aparece empapado. Él vuelve a estarlo, pero esta vez por culpa del agua que salpica. Es casi como si estuviera lloviendo. Luis no puede apartar la vista de la cascada. El ruido es estruendoso pero, sin embargo, no molesta. Por fin abre la mochila y recupera la sudadera.

Un par de montañeros emprenden el camino de regreso.

—Hola, buenos días —se saludan.

Junto a la laguna ya sólo queda un chico con un perro que juega a entrar y salir del agua helada, y un poco más arriba, sentada sobre una roca de cara a la cascada, una mujer que, acurrucada, se protege del frío y la humedad con una chaqueta y su capucha.

Luis busca un rincón que le sirva de parapeto y se sienta a tomar un bocado. Poco después el chico y el perro se marchan. Antes de tomar el sendero, el perro, de alguna de esas preciosas razas de pastor, se acerca a olfatearlo y Luis lo acaricia.

—Es un chafardero, pero buen tipo —resume el dueño.

—Es precioso —contesta Luis. Ambos sonríen.

—Hasta luego —se despiden.

Desde su posición, Luis domina parte del camino por el que ha transitado. A lo lejos aparecen pequeños grupos de hormiguitas que van ascendiendo. En un rato le harán compañía. Vuelve a mirar a la mujer de la capucha. Sigue ahí, inmóvil. «Debe estar empapándose», concluye extrañado.

Después de comerse un pedazo de fuet con pan, un buen trozo de queso y un melocotón, decide acercarse a la cascada para hacerle más fotos. La roca donde su vecina parece que se haya quedado dormida es un buen sitio.

Se encarama a la gran piedra de superficie plana y lo recibe una ráfaga gélida de las gotas de agua que despide la cascada al chocar contra la laguna. Está ahí mismo, a unos pocos metros, y la fuerza que transmite hace pensar a Luis que va a perder el equilibrio, así que se agacha y apunta con la cámara en cuclillas.

—Es increíble, ¿verdad?

La voz llega con dificultad a los oídos de Luis. La joven está ahí mismo, pero el ruido ensordecedor del agua se impone a cualquier otro sonido. Gira la cabeza hacia ella, y al principio no puede creer lo que ve. «No, no puede ser. Me está engañando el subconsciente».

Ella sigue mirando a la cascada, y sin esperar respuesta, retoma la palabra:

—No imaginaba que un espectáculo así fuera posible. He perdido la noción del tiempo, es como si me hubiera quedado hipnotizada.

Entonces, atraída por una fuerza invisible, superior al magnetismo de la cascada, gira el cuello hacia el recién llegado, y se queda con la boca abierta. Los dos se miran perplejos.

—Luis… —murmura ella, pero él sólo ve el leve movimiento de los labios.

—¿Sara? —pregunta, incapaz de procesar todavía que semejante maravillosa casualidad se haya materializado ante sus ojos.

La sonrisa radiante de ella es toda la respuesta que necesita, y él también ríe.

—¿Cuándo llegaste? —pregunta Luis.

—¿Al cámping? Anteayer. ¿Y tú?

—Ayer, pero no lo entiendo…

—¿El qué?

—Oye, ¿por qué no vamos a un sitio algo más seco y menos ruidoso? Me estoy congelando y me cuesta escucharte.

Sara asiente sin perder la sonrisa. Luis baja primero y le ofrece la mano, pero ella la ignora.

—¿Crees que necesito ayuda? —pregunta burlona tras poner pie a tierra.

Luis siente la sangre correrle en las venas con la misma fuerza que las aguas bravas que vierte la cascada y se abren camino, rugientes, hacia el valle. El reencuentro con Sara le resulta deliciosamente increíble. Le gustaría abrazarla, pero es todo tan raro que teme hacer algo que pueda estropearlo antes de empezar.

Sara no puede dejar de sonreír. Está feliz porque su loca propuesta se ha hecho realidad, y está segura de que algo aún más improbable tendría que suceder para que las cosas vayan mal.

—¿Qué es lo que no entiendes? —pregunta, ya instalados en el rincón resguardado de la “lluvia” donde Luis había dejado la mochila.

Están sentados uno al lado del otro, con la mochila en medio. Antes de contestar, a Luis se le amplía la sonrisa porque ya no hay duda de que están los dos ahí, juntos otra vez, o juntos por fin. «Si después de este tiempo, y teniendo en cuenta cómo nos despedimos, volvemos a estar aquí, es que nada puede salir mal».

Sara siente el impulso de apartar la mochila y besar esos labios que empiezan a recuperar el color bajo el sol, pero se contiene.

—¿Me lo vas a contar o qué? —insiste.

—Daba por hecho que volverías a trabajar en el cámping. En tu mensaje no concretabas nada, así que ni se me pasó por la cabeza otra posibilidad. Podríamos haber venido en fechas diferentes y nunca habríamos coincidido.

—Pero estamos aquí, ¿verdad?

Sara se quita por fin la capucha y se desabrocha la chaqueta impermeable. Luis no puede apartar la mirada. La encuentra más irresistible que nunca. Sus ojos han perdido la tristeza y transmiten la serenidad de quien ha aprendido a aceptar sus errores y convivir con su pasado.

—Cuando llegué esperaba encontrarte en el bar, tras la barra, o saliendo de la cocina. No imaginas el chasco que me llevé cuando el dueño del cámping me dijo que no sabía nada de ti.

—¿Vicente? Qué majo es. La verdad es que no me ha visto aún. Reconozco que me da bastante vergüenza, por cómo me fui, pero también tendré que afrontar esa prueba.

Muy despacio, Sara agarra la mochila, la cambia de lado y se acerca a Luis, quien, casi temblando, y no es de frío, por fin se atreve a buscar la mano de ella y entrelazar los dedos, como aquella noche bajo la luna.

—Esto es de locos.

Los dos ríen.

—Desde el primer día, ¿no crees? —añade Sara.

—¿Cómo sabías que vendría?

—No lo sabía —responde Sara en un susurro, al tiempo que apoya la cabeza en el pecho de él.

—Ya te digo: de locos.

—¿Sabes una cosa?

—Dime.

—En este tiempo he aprendido algo. He tenido una buena profesora, la mejor. Tú también la conoces. —La mente de Luis recupera automáticamente la imagen de aquella gitana imponente que le desnudó el alma—. He aprendido a creer en la magia.

—No te burles de mí —responde a las risas de ella mientras le acaricia el pelo.

—No me burlo, de verdad. ¿Tú no crees en la magia? ¿Qué otra cosa podría explicar que nos hayamos reencontrado justo en este lugar tan mágico?

—¿Y qué pasaría si huyera? ¿Vendrías a buscarme?

Sara se incorpora y toma la mano izquierda de Luis, con la palma hacia arriba.

—Mmmm, déjame ver…

Luis ríe con ganas.

—Las líneas no mienten. Definitivamente, no vas a huir a ninguna parte sin mí.

Y ahora sí, Sara se lanza a por esos labios que ya han recuperado el color.

FIN

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Centrifugando recuerdos (XXXV)


 

Luna llena

Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

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Sara todavía nota una punzada de culpabilidad al pensar en Tere, en la forma como se despidieron aquella triste mañana de agosto, pero sobre todo por la incómoda sensación de haber estado esquivando el conflicto, de haber desperdiciado todas las oportunidades de arreglar las cosas, por falta de valor, por no remover lo pasado. Y aunque cada vez que se han encontrado han vuelto a abrazarse y a reír como siempre, al mirarse, aunque no lo dijeran, veían ese poso de amargura que mantenía las distancias. Entonces, apartaban la mirada y se ponían a hablar de cualquier tontería.

Sara la echa de menos. Aunque sigan siendo amigas, porque en el fondo sabe que ni el peor de los cataclismos podría romper el vínculo entre las dos, echa de menos las noches de confesión y borrachera, las carcajadas y el llanto compartidos, apoyar la cabeza en su regazo, sus caricias… Aquella triste mañana se rompieron muchas cosas, y Sara se reprocha por ello.

Ahora ya es tarde para arreglarlo. Al menos eso es lo que piensa, porque los conflictos, si no se abordan en caliente, acaban enquistándose. Algo así es lo que le pasó tras la muerte de su hermana. Entonces era una niña, no sabía nada de conflictos, ni de traumas, ni mucho menos cómo solucionarlos. Pero sí sabía que no se podía sentir más tristeza, que ya nunca más la vería, y aunque lo sabía, para ella era imposible asumirlo. Necesitaba que alguien se lo explicara. Las lágrimas y los abrazos no eran suficiente consuelo. Y al cabo de unas semanas, ya está, la vida siguió adelante, todo el mundo con su rutina, como si nada hubiera pasado, mientras ella se acostaba cada noche sintiendo un vacío denso en la cama de al lado y se despertaba con el silencio ensordecedor que provocaba la ausencia de su hermana. Y así continuaría por siempre.

«Pasa página, tú no tienes culpa de nada», le repetían todos, con la mejor intención, pero sin ser capaces de ponerse en su lugar; eso pensaba. Ni siquiera su madre, que decidió que la mejor manera de rehacerse de la tragedia era seguir haciendo camino. A ojos de la niña que era Sara, aquello no tenía sentido. Ahora, tantos años después, y tras la catarsis que supuso, sobre todo, el encuentro con María la Zíngara, empieza a comprenderla. Su padre, en cambio, optó por el silencio, por recluirse en algún lugar profundo de su mente y dejarse llevar. Se sentía mejor en su compañía, al menos cuando lo miraba a los ojos veía en ellos la misma tristeza que la aplastaba a ella.

Sara, apoyada en la valla de madera, levanta la cabeza atraída por la llamada de la luna llena, que empieza a asomar por detrás de las montañas. «Qué bonito», es el pensamiento que brota espontáneo. Y sonríe. Porque aunque hay mucho en lo que pensar, mucho a lo que dar vueltas, mucho de lo que no se siente satisfecha, ahora es consciente de que está en paz consigo misma, de que por fin se ha perdonado y que es capaz de mirar de cara a la vida.

Piensa en María, en cuánto le ha ayudado a curar las heridas. El azar, el destino o la magia, qué más da, la llevaron hasta esa mujer extraordinaria, y la ha seguido visitando para compartir recuerdos y sueños, escuchando desde una silla de enea, paseando la vista por las vidas en imágenes que forran las paredes de la zambra, o incluso bailando. La está viendo otra vez, moverse como un torbellino, con su vestido rojo, taconeando, hipnotizando con sus brazos y esos ojos insondables, y se ve a sí misma girando junto a ella, desprendiéndose del lastre que la atenazaba.

Sin darse cuenta, se descubre dando una vuelta sobre sí misma, sobre la hierba húmeda, con los brazos extendidos, y ríe. La luna ya luce espléndida. Esa misma luna que protagoniza el espectáculo más bello que haya visto jamás cuando se pasea por sobre la Alhambra. Sara suspira. Echa de menos asomarse a la ventana y encontrarse la maravilla que la saluda. Pero no se arrepiente de la decisión que tomó.

En un principio iban a ser sólo unos días, pero acabó quedándose con Merche en la Alpujarra, incluso cuando su amiga regresó a Granada. Después de todo, las vistas desde la ventana del cortijo tampoco estaban mal. Olivos, viñedos, almendros, y la imponente sierra de la Contraviesa.

Esperó a que Tere se reuniera con ellas. Estaba segura de que esos días en la naturaleza, con la ayuda del buen vino de los padres de Merche, serían el remedio a todos los males, que hablarían, reirían, se les escaparía alguna lágrima, y acabarían sellando su amor eterno con abrazos reparadores. Pero Tere no llegó. Las cosas estaban muy revueltas en el hospital, convocaron protestas e incluso una huelga, y Tere se agarró a ello para mantener las distancias. Lo que no imaginaba es que Sara sólo volvería para recoger sus cosas.

—Los padres de Merche me han ofrecido un curro en la bodega.

El anuncio fue como una bomba atómica. Tere se sintió desintegrar. Y aunque se esforzó por no revelar sus sentimientos, la cara hablaba por ella. Sara recuerda perfectamente la expresión desolada de su amiga y cómo tuvo que luchar consigo misma para no echarse atrás.

—De momento es temporal, pero no puedo desaprovechar la oportunidad. Necesito el trabajo… Además, me facilitan el alojamiento, así que…

—Ya… Es genial, me alegro mucho por ti.

Y aunque su boca sonreía, los ojos la traicionaban.

Durante unos segundos se mantuvieron así, mirándose en silencio, sonriendo con tristeza, sin saber qué paso dar a continuación.

—Ven aquí, dame un abrazo —reaccionó Sara.

Tere obedeció, y se abrazaron. Fue un abrazo sincero, pero muy triste, y cuando se separaron, las dos se pasaron una mano discreta por la cara para limpiarse las lágrimas.

—Bueno, pues parece que voy a tener que buscar nueva compañera de piso.

—Oh, ya te digo que es temporal, pero sí, claro, no sé cuánto tiempo voy a estar fuera. De todas formas, Merche vuelve pronto. En cuanto acabe la vendimia la tienes aquí, y yo voy a seguir bajando a Granada, por supuesto. Nos vamos a seguir viendo, no te preocupes.

—Sí, claro. No, si es normal. Estaba claro que antes o después alguna de nosotras acabaría mudándose…

Sara no podía evitar sentirse culpable por abandonar a su mejor amiga. Había pasado poco más de un mes desde que se despidieron de aquella forma tan gélida, y ahora otra vez.

—Bueno, lo que toca ahora es brindar con vino de la Contraviesa, ¿no crees? —propuso Sara, sacando una botella de la bolsa que había dejado sobre la mesa.

—Voy a por las copas —contestó Tere, pensando en vaciar no una, sino todas las botellas que se le pusieran por delante.

La echa de menos. Es un sentimiento recurrente, pero a la vez piensa que las cosas van como van, y que las relaciones son cosa de dos, y que si han acabado distanciándose también Tere tiene parte de responsabilidad. «Es igual, no me arrepiento de mis decisiones, eso ya se acabó. Ahora estoy aquí…, esperando a Luis… Pero ¿y si no aparece?».

La luna ilumina las montañas; las aguas saltarinas que se deslizan más allá de la valla de madera despiden destellos; el blanco de la gran cascada, por muy lejos que esté, se distingue casi como a pleno día. Sara cierra los ojos y escucha el rumor de las aguas. Le relaja.

Se acuerda de aquella noche del verano pasado, en ese mismo lugar, cuando volvió a sentir el cosquilleo en el estómago al notar las manos de Luis en las suyas. «Ojalá venga. Esta vez no huiré». Está segura de ello, como lo está de que si él acaba por descartar su alocada propuesta, por mucho que desee que no pase, hará borrón y cuenta nueva.

«Lo más probable es que no aparezca. Si hubiera decidido venir, por mucho que en el mensaje le pidiera que no me dijera nada, lo lógico sería que en algún momento me hubiera contactado para concretar una fecha… Vamos, eso habría sido lo normal», aunque acto seguido su mente le recuerda lo nada normal que ha sido esa relación desde el primer momento, desde aquel extraño encuentro en la sala de la lavadora.

Y con la idea de que Luis no va a presentarse, que aunque pretenda asumir como lo lógico, no puede evitar que le entristezca, se despide de la luna por esa noche.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXXIII)


Centrifugando recuerdos

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Luis conduce con las ventanillas bajadas del todo. La brisa nocturna atraviesa el vehículo, tropezando con el obstáculo humano, y él lo agradece, pues desde que abandonó el Pirineo es la primera vez que nota erizársele el vello de los brazos y la nuca. Ese es uno de los motivos por los que ha decidido emprender el viaje de noche; el otro es que no tenía sentido prolongar la situación. Ya sabe todo lo que tenía que saber y ha hecho todo lo que estaba en su mano para convencer a Sara de que se dieran una oportunidad.

«A lo mejor la gitana no sabe tanto como dice. A lo mejor lo que esperaba Sara de mí es que la dejara en paz de una vez… No sé, pero da igual. Lo que tenga que ser, será», se repite en bucle, tratando de autoconvencerse de que no había otra salida. Y el caso es que con cada quilómetro que se aleja de Granada, lo sucedido esos últimos días le parece más la creación de una mente retorcida con necesidad de entretenimiento.

Ahora bien, cada vez que llega a la conclusión de que más le vale recordarlo como una experiencia tan excitante como surrealista, su cerebro se empeña en recordarle el último whatsapp recibido: «Adiós, Luis. Que tengas buen viaje. Quién sabe, quizás nuestros caminos vuelvan a cruzarse, y entonces quizás esté preparada… Nunca te olvidaré», y el emoticono del beso con forma de corazoncito.

—Quizás… —murmura, con la vista fija en el camino que marcan los faros del coche.

La noche es perfecta para conducir, sobre todo con la conciencia libre de culpas y de recuerdos incordiantes. «Ten paciencia y vive tu vida. Deja atrás esos fracasos con los que te atormentas. Todo tiene su momento, y no hay que intentar forzarlo». Los ojos de la zíngara reconfortan, y al recordar su mirada Luis siente que transmite sinceridad.

—Después de todo, puede que este viaje de locos no haya sido una pérdida de tiempo —se dice, mirándose en el retrovisor.

Esa charla inexplicable en la zambra Luis tiene la sensación de haberla vivido en una especie de realidad paralela; bueno, como todo lo ocurrido desde la noche en el cámping, pero al pensar en María la zíngara le viene a la cabeza el “oráculo” de Matrix, y entonces ya no puede más que reírse de sí mismo.

Enciende la radio. Suena el ‘Losing my religion’ de REM. Se pone a tararearla mientras se deja abrazar por el dulce frescor de la brisa nocturna.

…………………………

La última cosa que le apetece hacer es ir a trabajar. Sólo quiere quedarse en la cama, todo el día, o dos, o tres, y esperar a que el tiempo borre la vergüenza que siente. Aunque por mucho tiempo que pase, Tere no cree que las secuelas que ha dejado la visita de Luis puedan borrarse. Nunca había visto a Sara así, tan derrotada al escucharla despacharlo desde la ventana, y eso que derrotada la ha visto unas cuantas veces.

Tampoco ella se había sentido nunca como en ese momento. Los celos y una rabia inmensa la poseyeron. Podría haberle jurado a Sara que lo hizo por ella, para protegerla, pero las dos saben que habría sido mentira.

Al verla allí, impotente, incapaz de tomar una decisión, se sintió la persona más horrible del mundo. Había actuado por puro egoísmo, sin poder (ni querer) ocultar el rencor hacia aquel extraño que amenazaba con arrebatarle lo que más quería, aunque nunca fueran a ser más que amigas… y ahora quién sabe, puede que ni siquiera eso.

Tere se levanta por fin, se da una ducha rápida, se toma un café con leche, con café de ayer y sin calentar, y se va al comedor para acabar de vestirse. Ya ha amanecido y, como cada mañana, asomada a la ventana, la Alhambra le da los buenos días. Parece que hoy no hará tanto calor. Mete la ropa del trabajo en una bolsa, se pone una camiseta de tirantes y se dirige al recibidor para calzarse las sandalias antes de salir.

—Vas tarde, ¿no?

Tere, al borde del infarto, grita y da un salto. Cuando se da cuenta de que es Sara, sentada a la mesa, está a punto de lanzarle el bolso.

—¡Dios! ¡Casi me matas del susto!

Pese a no estar contenta, Sara ríe.

—¿Qué haces ahí? ¿Esta es tu venganza?

Tere tiene la esperanza de que le diga que sí y entonces se fundan en otro abrazo reparador y todo vuelva a ser como antes.

—No es ninguna venganza. No podía dormir, así que he adelantado los preparativos. —Señala la mochila, que descansa sobre una de las sillas—. Me voy ya.

Tere no quiere que lo haga, pero a la vez le alivia el saber que va a estar sola, que no va a tener que disimular su vergüenza ni, al menos durante un tiempo, va a haber ocasión de volver a hablar sobre lo ocurrido esos últimos días.

No sabe si Sara espera que haga algo, que se vuelva a lanzar a sus brazos y le suplique que se quede, o que le diga que adelante, que largarse sin aclarar qué ocurre entre ellas es lo mejor que puede hacer. «Lo habíamos arreglado y justo entonces va y aparece el memo ese». Tere cierra los ojos y chasquea la lengua, pero no, no quiere discutir.

—Conduce con cuidado —declara, con una sonrisa forzada, y prosigue su camino hacia la calle.

Sara mordisquea una magdalena con desgana, la misma que le produce afrontar todo lo que está sucediendo. Oye la llave abriendo la puerta.

—Te echaré de menos.

El repiqueteo en la cerradura cesa de golpe. Silencio.

—Tenemos cosas que aclarar, pero quiero que sepas que te echaré de menos, así que espero que decidas venirte unos días.

No es lo que Sara tenía previsto decir, pero al final, y a pesar de la desconcertante actuación de la tarde anterior, el amor que siente por su amiga es superior a cualquier decepción que pueda causarle. Y se alegra de darse cuenta de que es así.

Después de horas dándole vueltas al asunto, preguntándose qué derecho tenía Tere a responder por ella, le alivia llegar a la conclusión de que durante todos esos años juntas ha acumulado suficientes comodines como para permitirse semejante cagada.

Pero también ha estado dándole vueltas a las palabras de Luis. «Lo sé todo», dijo, y de repente se sintió más expuesta que nunca; tanto, que dejaban de tener sentido todas sus precauciones, sus miedos, sus inseguridades. «Dice que esperará lo que haga falta». Durante la noche una parte de ella estaba dispuesta a mandarlo todo al carajo y salir tras él. Demasiado impulsiva. Pero algo ha cambiado. El motivo para no reaccionar ya no es ella misma, sino lo acontecido con Tere, que sigue en el recibidor sin decidirse a marcharse. Con todos los sentidos alerta y la inquietud de no ser capaz de aguantar con entereza lo que tenga que escuchar.

—Te dije que me iba —continúa Sara—, que no era el momento de aventuras, así que no te puedo reprochar lo que hiciste. —Está inusualmente serena. Tere tiene que hacer un gran esfuerzo para evitar que le castañeteen los dientes—. Pero no puedo dejar de preguntarme por qué lo hiciste. Esa decisión me pertenecía. Me arrebataste incluso la decisión de no hacer nada.

Tere agacha la cabeza, escuchando en la oscuridad del recibidor, renunciando al derecho de réplica. No se siente con fuerzas para hacerlo, y se tiene que ir a trabajar. El dedo índice acciona por fin el pestillo, y el click retumba como un bombazo en su cabeza.

—De todas formas, lo hecho hecho está… Nuestra amistad está por encima de todo.

Tere prolonga el silencio unos instantes más. «Amistad», bonita palabra. Valiosa. Y, sin embargo, escucharla de labios de Sara le produce amargura. Nota cómo la presión crece en las sienes, hasta que, a punto de estallar en un llanto silencioso, abre la puerta, sale al rellano, despacio, cierra con suavidad y se va, saboreando el triste sabor amargo de sus lágrimas.

Sara engulle el último trozo de magdalena, de forma mecánica, sin saborearla.

—Que tengas un buen día… hermana. Nos vemos pronto —concluye en un murmullo.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXX)


Centrifugando recuerdos

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Son las seis de la tarde. El sol ha recuperado el terreno perdido y vuelve a caer a plomo sobre Granada. Luis ha dado cuenta de varias jarras de cerveza entre platos de chipirones, patatas bravas y mejillones al vapor. Está sudando y se siente pesado; sobre todo le pesan los párpados, empujados por la nube turbia que el exceso de alcohol ha colocado en su mente.

Se ha pasado buena parte del tiempo consultando la pantalla del móvil, esperando un mensaje que no ha llegado, hasta que, derrotado por la evidencia, ha decidido beber (más) para olvidar (más). Pulsa de nuevo una tecla cualquiera —«Es la última vez, se acabó hacer el pringao», proclama, como en la última media docena de ocasiones en que ha llevado a cabo la misma operación— y, de nuevo, deja caer el aparato sobre la mesa.

—Soy el campeón mundial de los pringaos —sentencia en un murmullo de voz pastosa.

Y entonces nota cómo le sube una ola de calor desde el estómago, que enciende los fuegos artificiales.

—Ya está bien.

En un arranque de indignación, agarra el teléfono y, sin dejar lugar a la prudencia, le escribe a Sara: «La culpa es mía por dejarme engañar, pero ya te vale. Ni una triste excusa… Adiós, Sara». Pulsa el botón de enviar y espera, todavía con la adrenalina latiéndole en las sienes. Unos segundos después contempla la aparición del doble “check” junto a la hora de recepción del whatsapp. «Ya no hay marcha atrás», reflexiona, despacio, como si las palabras le fueran apareciendo por fundido en el cerebro, lo que contrasta con la excitación que le araña en el estómago y le hierve en el rostro.

«Estás borracho, y en un rato te arrepentirás del calentón», escucha, muy lejos, como si un alguien incierto se lo susurrara a través de un tubo larguísimo acoplado al oído. Vuelve a soltar el teléfono sobre la mesa, pero golpea en el filo y cae al suelo. Algunos clientes de la terraza interrumpen sus conversaciones, desvían la atención atraídos por el incidente, e inmediatamente pierden el interés. Luis, con los movimientos aletargados, tarda unos segundos en agacharse para recuperar el cacharro.

—Mierda —maldice, al darse cuenta de que ha aparecido una grieta en la pantalla.

—Amigo, creo que necesitas una buena siesta.

Cuando Luis aparta la vista de la maltrecha pantalla se encuentra con la inevitable sonrisa de Aiman, que ha tomado asiento acompañado por una botella de agua de litro y medio y un bocadillo.

—Por fin llegó el merecido descanso —declara, al tiempo que propina un señor mordisco al bocadillo—. Es de sardinas. ¿Quieres?

Pero Luis no escucha. Está ahí, sabe quién es el muchacho que lo acompaña, pero todo su esfuerzo mental está concentrado en la frustración por haberse cargado el teléfono y, sobre todo, en buscar razones que den sentido al arrebato que lo ha conducido a despedirse de la mujer a la que ama.

—Se ha roto —anuncia lacónico, mostrando el móvil sin ningún entusiasmo.

Aiman mastica, traga y, cogiendo la botella con una mano, bebe.

—Si quieres uno nuevo, muy barato, conozco a un amigo que tiene una tienda aquí mismo —responde, entre bocado y bocado—. Aunque esa cara no es por el móvil, ya la llevabas puesta hace un rato.

Luis vuelve a concentrarse en el teléfono. Con cierto alivio comprueba que la pantalla, aunque atravesada por una grieta, sigue funcionando. Con gesto torpe abre una vez más el whatsapp y tarda un par de segundos en comprender que la señal azul junto al mensaje enviado a Sara significa que ya lo ha leído.

—Ahora sí que está —sentencia, con aire de derrota.

—Sí que está ¿el qué? —interviene Aiman, que devora el bocadillo a una velocidad sorprendente.

Luis levanta la vista y se encuentra de nuevo con los ojos despreocupados del camarero. «Es el tipo de persona que se adapta a cualquier situación», se escucha reflexionar. «Yo, en cambio, vivo en un agobio continuo… Y eso que llegó en patera…»

—Amigo, ¿por qué no te vas a descansar un rato? —Aiman se levanta y, decidido, se planta junto a la silla de Luis y le ofrece los brazos—. Vamos, que te acompaño. Aún me quedan veinte minutos.

Luis lo mira, y durante unos instantes valora el ofrecimiento. Hasta que cierra los ojos y, despacio, empieza a mover la cabeza de izquierda a derecha al tiempo que le aflora una sonrisa que no sabía que aún tenía.

—Colega, eres todo un descubrimiento. Anda, siéntate y disfruta de tus veinte minutos. —Se recuesta en la silla y desvía la atención a la Alhambra, siempre tan hechizante. Suspira y, aunque la nube continúa enturbiándole la mente, nota que las palabras se dirigen a la boca, listas para salir—. La he cagado. Mucho. —Aiman, de nuevo sentado, presta atención, pero no dice nada—. Le acabo de decir a la chica a la que amo, la que me ha llevado a cruzar el país de arriba abajo, que me largo. —Se echa hacia delante, apoya los codos en la mesa y deja descansar la cabeza sobre las manos abiertas—. ¿Qué hago ahora? Me dijiste que eras psicólogo…

Aiman ríe, y antes de contestar da varios tragos a la botella. Ya no hay rastro del bocadillo.

—Cómo os gusta dramatizar, ¿eh? —Deja la botella en un lado de la mesa, acerca la cara a la de Luis y se coloca delante las dos manos abiertas, con ocho dedos levantados—. Ocho años me llevó convencer a Hamida de que estábamos hechos el uno para el otro. Y, ya ves, cuando lo conseguí, me vine a España. —Luis observa inexpresivo, intentando descifrar el mensaje—. Los españoles tenéis demasiada prisa para todo. —Se echa para atrás y agarra de nuevo la botella— ¿Crees que un mensaje de teléfono, que has escrito medio borracho, es el punto final a una relación que no ha empezado? —dispara, e inmediatamente se acopla la botella a los labios.

—Supongo que tienes razón —es todo lo que se le ocurre a Luis como respuesta.

…………………………

—Cómo odio que me siga tratando como a una cría.

Tere mira a Sara, que como siempre que mantiene una conversación con su madre se pone a la defensiva y acaba de mal humor. El móvil suele pagar las consecuencias. Ve cómo rebota en el cojín y aterriza en el suelo. Sara resopla y se deja caer, probablemente más frustrada que cabreada, contra el respaldo del sofá.

—Que por qué me vuelvo a ir, que qué voy a hacer en la Alpujarra, que lo que necesito es descansar y centrarme, que cuándo voy a dejar de comportarme como una descastá, que si parece que no quiera saber nada de mi familia, con lo que ella se desvive por mí… ¡Es insoportable!

Tere la deja desahogarse. No tiene ninguna intención de entrometerse y sabe que abrir ese melón seguramente acabe en una discusión que no quiere mantener. Ella ya tiene bastante con lo suyo. Le duele la lengua de tanto mordérsela y el corazón de tanto reprimir sus sentimientos, pero ha decidido aceptar las cosas como son. «¿Se quiere ir? Pues que se vaya. Tenerla aquí en este plan es para volverse loca».

Tere vuelve a ver a su amiga abrazada a Luis y aprieta los labios. Después de todo, si se va tampoco él podrá tenerla. «Supongo que se cansará y acabará largándose». Y ese pensamiento la tranquiliza. «Ni pa ti ni pa mí, ea. Por lo menos, yo no me he metío una pechá de quilómetros pa ná». Y con una mueca que recuerda vagamente a una sonrisa, se sumerge de nuevo en el desfile de microhistorias, tan reales como insustanciales, que amistades a menudo desconocidas exhiben en Facebook.

—Me voy, Tere.

Tere echa una ojeada al sofá. Sara sigue en la misma postura, hablando de cara a la pared.

—Es lo mejor. Hay que saber cuándo las cosas no pueden ser, y ahora no puede ser.

Las palabras surgen monótonas, copiadas del discurso de la mala actriz protagonista de una mala película romántica. Tere decide seguir ejercitando el dedo índice sobre la pantallita.

—¿Por qué no te vienes conmigo?

Los acordes de ‘Emborracharme’, de Lori Meyers, toman el relevo a la pregunta.

«Empiezo a quererte.
Empiezo a pensar
que no hay un día
que no quiera verte,
y demostrar
todo el amor
que te mereces…»

La punzada en el estómago. Otra vez. Tere se remueve en la silla. Una fuerza irresistible la empuja a soltar todo lo que lleva tanto tiempo ocultando. Aunque acabara en desastre seguro que se sentiría aliviada… Pero no, aún no; por ahora seguirá ejerciendo de amiga. Levanta la cabeza y se encuentra con los ojos de Sara, que ha echado la cabeza tan atrás que le cuelga del respaldo del sofá. La postura es tan ridícula que Tere ríe de forma espontánea.

—¡Oye! ¡No te rías de mí! Sólo me faltaba eso, además de pena doy risa.

Tere se deja llevar por las carcajadas, y enseguida Sara se contagia. Ríen con ganas, y no importa el desencadenante, el caso es que ríen como si fuera la última oportunidad de hacerlo.

Tere deja el teléfono, se echa hacia atrás en la silla y se coloca las manos sobre el vientre. Cierra los ojos, y las lágrimas, qué importa si de alegría o tristeza, le resbalan por la cara.

Cuando los vuelve a abrir se da cuenta de que ya sólo ríe ella. Sara está de pie, al otro lado de la mesa redonda, otra vez con la angustia reflejada en el rostro. Es una mesa pequeña, suficiente para que tres amigas compartan una botella de vino en noches de insomnio. Tere echa de menos esa botella. No le va a poder dar un trago antes de conocer el porqué de esa cara. Está cansada. «No, por favor, no me cuentes más penas».

Sara se coloca a su lado y deja el móvil en la mesa. No necesita que le diga de quién es el mensaje.

«La culpa es mía por dejarme engañar, pero ya te vale. Ni una triste excusa… Adiós, Sara».

Tere se queda con la vista clavada en la pantalla. Se siente mezquina por alegrarse y no quiere correr el riesgo de que su amiga la descubra. «Ahora, díselo ahora». Busca la botella con la mirada. Necesita vino. El efecto de las cervezas y la marihuana hace rato que pasó. Arrastra la silla hacia atrás y se incorpora.

—Siéntate. Voy a buscar una botella de vino y lo hablamos.

Con mano temblorosa acaricia el hombro de Sara y se dirige a la cocina. Pero de nuevo, como unas horas antes, esa voz que no soportaría que desapareciera de su mundo la detiene a medio camino.

—¿Por qué me duele tanto si yo ya había decidido marcharme? —Un sollozo ahogado la obliga a interrumpirse—. Te necesito, Tere. Sé que soy una cría estúpida, pero necesito que estés conmigo.

Sara la mira suplicante. A Tere no le hace falta verla para saberlo. Con la mano derecha apoyada en el marco de la puerta de la cocina, se vuelve a arrancar un trozo de labio con los dientes. El sabor de la sangre consigue liberar un poco de tensión, pero aun así se lleva a la boca el puño izquierdo, tan apretado que si tuviera las uñas largas se las clavaría en la palma, y se muerde los nudillos.

«No tienes ni puta idea de lo que siento yo, de cómo me duele escucharte y saber que lo más a que puedo aspirar es a contemplarte mientras duermes y a acariciarte el pelo como lo haría una hermana».

—Deja que coja esa botella —resuelve, y entra en la cocina.

Sara se sienta, con la cabeza entre las manos y un tiovivo de imágenes girando a toda velocidad en su mente. En casi todas aparece Luis, pero el subconsciente también la obsequia con escenas de las pesadillas que la acosan. Los ojos agotados de su hermanita, rodeada de cables, le siguen aguijoneando el alma.

Tere reaparece con el vino y dos copas. Una ya la ha vaciado y la rellena mientras camina. Cuando llega junto a la mesa le da la otra a Sara, le sirve, y antes de dejar la botella, llena su copa hasta el borde y se la bebe sin apenas respirar. «A ver si reviento», piensa.

Sara también bebe, un par de tragos antes de proseguir.

—Sé que no puedes venirte mañana, no te pido eso. Pero ¿subirás el viernes? —Y antes de esperar la respuesta, añade—: Es lo que tenías previsto antes de que yo volviera, ¿no?

Sara vuelve a ser la niña indefensa. Desconcertante para cualquiera, menos para Tere. Siente el impulso de abrazarla y acariciarle el pelo, de volver a ofrecerle su hombro, de ser la amiga infalible, el apoyo incondicional. Y también siente el impulso de decirle que sí, que se va con ella, que a la mierda el trabajo, que no hay nada en la vida más importante que compartirla con la persona que amas… «Eso es lo que tendrías que decirle, que estás loca por ella. Ya está bien de disimular». Pero no, de nuevo reprime los impulsos. Los de amiga, porque el dolor que siente es lo bastante intenso como para desecharlo; los otros, porque todavía no ha bebido suficiente vino.

—Tere… ¿Estás bien?

Rellena la copa —ya sólo queda un dedo de vino en la botella— y hace desaparecer su contenido en un suspiro. Ahora Sara la mira preocupada.

—No, no estoy bien. —Tere toma aire, lo expulsa de golpe y se sumerge en esos ojos verdes asustados que la contemplan sin comprender qué ocurre—. No estoy nada bien.

—¿Qué… qué te pasa? —pregunta Sara, con la inquietud de quien intuye que preferiría no conocer la respuesta.

Tere vuelve a respirar hondo. Inspira tanto que imagina que le explotan los pulmones, y ahora deja escapar el aire despacio mientras nota cómo le tiemblan todos los músculos. Antes de hablar ve la botella sobre la mesa, la coge, y exprime hasta la última gota de vino.

Sara cierra los ojos.

—Te quiero.

Las palabras recorren el trayecto despacio, flotando a duras penas, como si corrieran el peligro de caer al suelo, desde los labios de Tere hasta las orejas de Sara. Ascienden pesadamente por los conductos auditivos, y las neuronas, perezosas, se resisten a decodificar el mensaje, pero acaban haciéndolo. «Te quiero», resuena en el cráneo de Sara, que mantiene los ojos cerrados.

Tere aguanta la respiración, ansiosa por conocer la respuesta, pero a la vez aliviada por haberse atrevido a dar el paso. Y entonces Sara la mira y, con toda la dulzura del mundo, toma la mano derecha de su amiga del alma entre las suyas. En su expresión hay ternura.

—Yo también te quiero.

Durante un par de segundos Tere busca algo más en esa mirada cálida que la abraza, pero no, sólo hay ternura, y siente cómo la invade la tristeza, una tristeza como no la ha sentido nunca, que la obliga a bajar la mirada. Con suavidad, aparta la mano, se levanta lentamente y, sin pronunciar palabra, se aleja por el pasillo como un alma en pena.

—Yo también te quiero —murmura Sara, con las lágrimas brotando despacio y en silencio.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXIX)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Por primera vez en días Luis siente que la ducha sirve para algo. La consecuencia más evidente de la tormenta es el descenso de la temperatura, que hace que pasear por las callejuelas del Albayzín, sometidas un par de horas antes al tormento solar, ahora sea un ejercicio agradable. Incluso hay momentos, cuando una nubecilla despistada se interpone entre el sol y sus víctimas, en que la brisa proveniente de Sierra Nevada provoca algún escalofrío entre los más frioleros.

A Luis esa sensación de frescor lo reconforta. De camino al garito donde trabaja Aiman le da vueltas a su ardiente encuentro con Sara. No ha dejado de hacerlo desde la extraña despedida, al principio bastante molesto, pero luego más animado, tratando de relativizar la manera en que ella se lo quitó de encima. Ya la conoce lo suficiente como para empezar a acostumbrarse a sus reacciones imprevisibles. Y aunque que lo despidiera le sentó como una jarra de agua fría, conforme recorre las calles, momentáneamente a salvo de la insolación, trata de quedarse con la parte positiva. «Luego nos volveremos a ver, no va a pasar como en el cámping», se repite a cada pocos pasos, y cierra los ojos para volver a sentir los besos y las caricias.

Instintivamente se echa mano al bolsillo del pantalón y saca el teléfono móvil. Como hizo cinco minutos antes, comprueba que no ha recibido ningún mensaje, y de nuevo reacciona con un resoplido de fastidio. «No seas paranoico, aún no son ni las —vuelve a mirar el móvil para consultar la hora— cuatro. Déjale un margen de tiempo». Guarda el teléfono y coge un cigarrillo; lleva unos cuantos desde la despedida. Se detiene un momento para encenderlo y cuando levanta la vista se da cuenta de que casi ha llegado.

Aspira una bocanada de humo y la expulsa lentamente, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, sintiendo la calidez agradable de un sol momentáneamente aplacado. Y entonces, acudiendo a la llamada del bienestar, aparece en su mente la cara de Sara, salpicada por incontables gotas de lluvia, con las mejillas encendidas, los ojos sonrientes, y el pelo cayéndole en bucles chorreantes sobre los hombros desnudos. Necesita otra calada, aún más intensa que la primera.

Se da cuenta de que la mano derecha ha regresado al bolsillo del pantalón.

—Basta —se reprocha al tiempo que abre los ojos y retira la mano.

Enseguida localiza la terraza del bar que está buscando. Aiman se mueve entre las mesas con la habilidad de un camarero experto, transportando bandejas cargadas de jarras de cerveza y platos con patatas bravas, chipirones, pinchos morunos, olivas y otras exquisiteces. Entre viaje y viaje se detiene unos segundos a limpiar las mesas que quedan vacías con la bayeta que lleva colgada en el pantalón, y ante cualquier llamada, invariablemente levanta la cabeza y responde con una sonrisa.

—Perdona, ¿tienes una mesa para mí?

—Un segundo, señor —responde Aiman a la pregunta del nuevo cliente, mientras acaba de cargar en la bandeja los restos de una mesa que ha dejado libre un animado grupo de jubilados franceses.

Luis aguarda a un par de metros, conteniendo a duras penas la sonrisa que tiene preparada para cuando el camarero se dé cuenta de quién está esperando.

—Hombre, mira a quién tenemos aquí. —Ambos ríen, y Aiman lo saluda con una palmada cómplice en el hombro—. No me digas que te acabas de levantar —le suelta, burlón.

—Qué va, no he currado tanto como tú, pero tengo la sensación de que han pasado dos días desde que me levanté. La verdad es que llevo una semanita que más bien parece un mes.

—Ya, ya. Bueno, ahora no tengo tiempo de cháchara. —El muchacho hace un gesto con la cabeza señalando el trabajo que se le acumula—. Después de la tormenta han salido todos como caracoles y se me están amontonando. —Ríe—. ¿Qué te pongo?

—Una jarra de cerveza y unas bravas.

—Marchando.

Aiman, bandeja en mano, da media vuelta con la agilidad de un gato, propina otra palmadita a Luis, y se escurre entre las mesas, recuperando jarras, copas y platos en su camino hacia el local.

Luis se sienta, otra vez frente a la Alhambra. Durante unos segundos la maravilla nazarí desaloja al resto de pensamientos, pero enseguida debe compartir espacio con la imagen de Sara contemplándola con devoción desde los jardines del Palacio de los Córdova. Ahora Luis ya sólo ve su vestido floreado, su espalda desnuda y su cabello flotando sobre los hombros.

Suspira. Piensa en encender otro cigarrillo, pero consigue resistirse y en lugar de rebuscar en el bolsillo repiquetea con los dedos sobre la mesa metálica. «¿Me habrá escrito ya?». Ahora necesita volver a comprobar el móvil, pero la oportuna llegada de Aiman pone freno momentáneo a la obsesión.

—Una jarra bien fría. —El camarero deposita la cerveza en la mesa, acompañada por unas olivas y unas anchoas—. Ahora traigo las bravas —añade, sin detenerse un segundo más de la cuenta.

Antes de cogerla, Luis se fija en las gotas que resbalan por el vidrio y se van depositando en la base, formando un charquito. Inmediatamente lo asalta el recuerdo de la noche en el cámping, cuando Sara lo sorprendió dibujando con el dedo mojado en la mesa. Sonríe, es un recuerdo agradable. Aquella noche fue el desencadenante de todo. «O no». Se remueve en la silla, no es la reflexión que esperaba, pero su cerebro suele hacerlo, poner en duda sus decisiones.

Da un largo trago a la jarra, con los ojos cerrados para concentrarse mejor en el placer de sentir el líquido helado deslizándose por la garganta. Cuando la deja de nuevo en la mesa vuelve a centrar su mirada en la Alhambra.

«No es sano que toda tu vida gire en torno a alguna mujer». Luis no quiere oírse, menos en un momento en el que lo que tocaría es disfrutar, del paisaje, de la cerveza, de la libertad de hacer lo que quiera… «¿Lo que quieras? ¿Lo que quieres es estar siempre a merced de las decisiones de otra persona? ¿Y si no te llama? ¿Y si Sara pasa definitivamente de ti? ¿Qué harás? ¿Lo aceptarás, o seguirás arrastrándote detrás de ella?»

—Mierda —farfulla entre dientes. Agarra la jarra y bebe hasta que el frío y el gas amenazan con hacerle explotar la cabeza.

—Eh, pues sí que estabas sediento. —Aiman deposita en la mesa el plato con las patatas bravas—. ¿Te traigo otra?

Luis lo mira algo desconcertado, como si fuera la primera vez que ve al camarero, como si no comprendiera lo que dice.

—Uf, a ti te pasa algo. Llevo tanto tiempo sirviendo cervezas a tipos solitarios que me conozco todas sus expresiones. —Luis amaga con objetar algo, pero sólo balbucea sin convicción—. No hay que ser un lince para adivinar que tiene que ver con la chavala que nos abrió la puerta. ¿Me equivoco? —El camarero acompaña sus palabras con un guiño, y vuelve a escurrirse mientras anuncia—: Ahora te traigo otra birra.

Luis se recuesta en la silla. «Siento algo fuerte por ella, no es un capricho, ni una necesidad enfermiza. Y sé que ella también lo siente por mí, aunque haya algo que la frena». Ya no queda cerveza, y en el lapso de decidir pinchar una patata aparece el impulso de consultar el teléfono. Esta vez no lo reprime, y una mueca de decepción es la respuesta a la falta de novedades.

Con un gesto brusco deja el móvil sobre la mesa, que se desliza hasta la otra punta. Sabe que tendrá que ser él quien le escriba, y quien la llame después de que no responda a sus mensajes.

Se lleva una patata a la boca, y mientras la saborea con gesto resignado acude a su mente una tarde cualquiera en una terraza de Barcelona junto a Laia. No hace mucho de eso. Recuerda lo bien que se sentía estando con ella, cada una de esas tardes de las que sólo cambiaba el escenario; era todo lo que necesitaba, saber que ella estaba allí, con él. Pero también recuerda la angustia, esa sensación que conforme pasaba el tiempo se hacía más intensa. Luis sabía que la estaba perdiendo, que aquella rutina a ella la estaba matando. Una de esas tardes, una cualquiera, dejó de hablar. Hasta entonces había aprovechado aquellos momentos de complicidad, de estar juntos por el gusto de estarlo, porque era lo que querían hacer, para exponer sus sueños, sus inquietudes, sus dudas, para hablar sobre lo mal que estaba el mundo y buscar soluciones. Pero en realidad no era un diálogo, él nunca cumplió su parte del trato; se limitaba a escuchar y a asentir. Porque ella era la protagonista de todos sus sueños e inquietudes. Su mundo giraba en torno a Laia, la posibilidad de perderla era el único mal que ocupaba sus pensamientos.

«No se lo decías para no asustarla. Te conformabas con escuchar porque toda tu ambición era estar con ella, y la mataste de aburrimiento».

—No quiero pensar más en Laia. Ese capítulo está más que cerrado —murmura, y se lleva una oliva y una anchoa a la boca.

«Eso es lo que dices, pero pregúntate esto: ¿la querías de verdad? ¿O simplemente querías que estuviera contigo? Sé sincero: en realidad nunca te interesó nada de lo que te contaba».

—Vete a la mierda —maldice entre dientes, y en ese momento llega la jarra salvadora. Se la arrebata a Aiman de las manos y se bebe la mitad de una vez.

—Amigo, estás fatal. Si puedo, me escaqueo un rato y me lo cuentas. Aquí donde me ves, me llaman el psicólogo del Albayzín.

Luis posa la mirada en la sonrisa triunfal del infatigable camarero y no puede evitar que se le dibuje también a él un esbozo de sonrisa.

—Creo que ni el mismísimo Freud encontraría explicación a lo mío.

 …………………………

Tere observa a Sara. Dormida transmite toda la paz que le rehúye cuando está despierta. Querría acariciarla, despacio, y tomarse su tiempo para besarla por todo el cuerpo. Podría. Si lo hace con la suficiente suavidad seguramente ni llegaría a despertarse. Se ha quedado dormida en el sofá, con el murmullo de fondo de uno de esos programas odiosos de la tele.

Tere está apoyada en la ventana, fumándose un porro y bebiendo cerveza. Lleva unas cuantas latas desde que llegó del hospital. «Te sientas con su cabeza apoyada en el regazo y puedes empezar acariciándole el pelo y besándole la frente». El impulso es grande, más con la acumulación de alcohol en la sangre y el aliño de la marihuana. Pero aún no ha desaparecido del todo el punto de consciencia que la hace contenerse, que le advierte que cruzar esa frontera sería poner el punto y final a toda una vida juntas.

—Mírala, cuánta inocencia transmite, cuánta necesidad de cariño, de que alguien cuide de ella de verdad. —Tere se da la vuelta, expulsa el humo por la ventana y da otra calada con vistas a la Alhambra—. Yo puedo hacerlo, cuidar de ella… Es lo que hago. —Apura la cerveza y apaga el porro contra el alféizar, con presión creciente conforme aumenta su frustración—. La mayor putada que le puede ocurrir a una estúpida bollera es enamorarse de su mejor amiga hetero…

Se fija en la lata, y un segundo después la estruja con rabia. Sara duerme plácidamente.

—¡Una puta mierda! —grita Tere desde la ventana, como si quisiera que se enterase toda Granada.

Algunos transeúntes levantan la cabeza, a tiempo para asistir al vuelo de la lata.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXVIII)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Cuando Tere abre la puerta se encuentra con la mano de Sara sosteniendo una llave huérfana de cerradura. Tras la sorpresa inicial, las dos ríen, algo nerviosas, pero enseguida se hace un silencio incómodo, como si cada una tuviera en mente algo de lo que prefiriese no hablar en ese momento (o en ningún otro), pero temiese ser descubierta.

Tere se debate entre la atracción y el dolor de tenerla tan cerca y, sin embargo, tan inalcanzable. Pero quiere huir de eso, necesita poner distancia. En ese momento no quiere ser la amiga incondicional, confidente y consejera. No quiere ser el hombro sobre el que llorar ni la sonrisa siempre dispuesta. Eso es lo que se dice.

Sara, empapada, nota cómo el frío le sube desde los pies mojados, a la vez que le desciende por la espalda. Está confusa, una vez más, y se siente frágil. Su cuerpo, que sólo unos minutos antes vibraba espléndido, ahora lo nota encogido, necesitado de refugio. Pero no quiere alarmar a su amiga. Un escalofrío le recorre la columna e instintivamente se protege con los brazos.

—Vas a pillar una pulmonía —reacciona Tere.

Sara la mira con expresión culpable, como lo haría una adolescente pillada in fraganti por su madre, y entonces se da cuenta de que algo no anda bien en esos ojos siempre risueños.

—¿Te pasa algo? Haces mala cara.

A Tere la pregunta la pilla por sorpresa. Normalmente es ella la que se preocupa por su amiga. Intenta disimular con una sonrisa forzada.

—Pues no sé, será por el curro. Estamos un poco estresaos en el hospital…

—Ya imagino —asiente Sara. quien, por fin, accede al piso. Tere se hace a un lado para dejarla pasar, sin soltar la puerta. Cuando ha avanzado un par de metros por el pasillo se detiene y se da la vuelta—. ¿Esperas a alguien más o es que vas a salir?

Tere duda. No le apetece nada una conversación que no sabe en qué puede desembocar, pero por otro lado, y aunque no quiera admitirlo, estar cerca de Sara es lo que más desea en el mundo.

Se sostienen la mirada un segundo, hasta que en Tere se impone la amiga, o puede que la silente enamorada, así que cierra la puerta y los ojos, toma aire y, despacio, la sigue hasta el comedor. «Eres su mejor amiga, su hermana… Te necesita. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. No puedes fallarle», se repite mientras arrastra los pies, descalzos después de dejar las sandalias en el recibidor.

A Sara vuelven a asaltarla los miedos. Rememora su cita bajo la lluvia. Agradable y excitante. Pero la sensación de que no controlaba la situación la inquieta. Agradable y excitante, sí. Pero no puede ser, porque aquello que se escapa a su control acaba dañándola.

A ratos consigue rebelarse y someter a ese yo odioso que le impide vivir. Sólo a ratos.

—Vete a la ducha y ponte algo seco de una vez. Mientras prepararé algo para comer.

Sara se detiene y gira la cabeza, y aunque Tere ve que sus ojos la miran, en realidad no la enfocan a ella, sino a algo, a alguien, que no se encuentra en la sala. Alguien con quien un rato antes se estaba besando y dejándose abrazar. Y entonces cae en la cuenta de que algo sucede. «¿Por qué ha vuelto sola? ¿Qué ha pasado después del beso?», se pregunta, al tiempo que nota cómo en su interior crecen paralelos sentimientos encontrados: la preocupación porque hayan vuelto a hacer daño a su amiga, y el alivio rastrero de saberla de nuevo para sí. El privilegio de consolarla le pertenece sólo a ella, y eso le produce una satisfacción inconfesable.

Sara avanza hacia el baño. Recuerda su compromiso con Luis, y le agobia pensar en volver a salir. Siente sus caricias de nuevo; su lengua cálida y ansiosa. Ella también lo estaba, ansiosa. Pero aquello ahora le parece más un sueño que una experiencia vivida. El viento, la lluvia rabiosa, el rugido de la tormenta. «¿Realmente ha pasado?», se pregunta absurdamente, parada a la entrada del baño. Ella misma es la respuesta, reforzada por las huellas que van dejando en el suelo sus pies mojados.

En su camino hacia la cocina, Tere pasa a su lado. Ese halo de fragilidad que desprende le despierta las ganas de abrazarla, pero consigue reprimirse. Aprieta los puños y sigue adelante.

—Te he hecho caso.

Tere se detiene justo antes de entrar en la cocina y se gira despacio. No quiere saberlo. Ya lo sabe, pero no quiere que Sara le relate lo maravilloso que ha sido magrearse bajo la tormenta con ese príncipe azul de estar por casa. Y no quiere volver a escuchar lo desgraciada que es su amiga, incapaz de disfrutar el momento, incapaz de deshacerse de los fantasmas que la acosan, condenada a vivir lastrada por el recuerdo… No quiere hacerlo y, sin embargo, se esfuerza por poner su expresión más dulce, ésa que sólo conoce Sara, y escuchar con toda la atención.

—Leí tu nota y fue como si de repente todo fuera a salir bien.

Sara está apoyada en el marco de la puerta, con la cabeza hacia atrás y la mirada clavada en un punto indeterminado de la pared, junto a la entrada de la cocina. Por un momento la desvía para encontrarse con los dulces y comprensivos ojos de su amiga del alma.

—Muchas gracias por el desayuno. Eres la mejor.

Tere sonríe. Está nerviosa, como no recuerda haberlo estado antes en presencia de Sara. Nunca antes le había costado tanto contener sus sentimientos hacia ella. Carraspea.

—Oh, eso. No ha sío ná —balbucea.

La mirada de Sara vuelve a perderse, ahora en el interior de la cocina.

—Lo llamé. Estaba contenta, me sentía atractiva, segura. —Vuelve a mirar a Tere, que se muerde los labios— ¿Te lo puedes creer? Yo me sentía segura. Yo. —Sonríe con tintes amargos y desvía de nuevo la vista—. Me puse mi vestido favorito y me pinté los labios. Ya sabes lo poco que suelo hacerlo. Ni me acuerdo de cuál fue la última vez…

Tere sí se acuerda. Fue la tarde que aquel gilipollas le rompió el corazón. Entonces aún no era consciente de que la amistad entre ambas para ella era un premio de consolación. «¿Qué te pasa, Tere? ¿Por qué sales con ésas ahora? ¿Por qué esta mañana deseabas que lo de ese chico fuera bien y ahora estás tan desquiciada?», se pregunta a sí misma, mientras escucha un relato del que ya conoce el final.

—Está colado por mí, y eso en el fondo me gusta. Por un rato me he sentido muy especial, como si yo fuera lo más importante del mundo. Tenía derecho a estar a gusto, a no pensar en nada más que en mí misma.

Suspira. Lleva un rato hablando, desahogándose con su amiga, la única persona a la que puede contar sus neuras, la única a la que se las contaría, y Tere escucha y asiente, mientras en su interior se libra la batalla entre la amiga incondicional y la mujer que sabe que sus sentimientos jamás serán correspondidos. Eso le duele, cada vez más.

—Pero conforme nos acercábamos aquí la Sara de siempre reclamaba su espacio. Otra vez el miedo, la inseguridad, el recuerdo… Y no sé qué hacer. Hemos quedado esta tarde —A Tere le cambia la cara. La nueva información la toma por sorpresa, y de repente la batalla interna se recrudece. Sara se da cuenta del cambio y la mira extrañada—, pero no sé, esto no puede salir bien… ¿Qué te pasa?

Tere se sobresalta ante la pregunta directa. Una parte de su cerebro le pide que le cante las cuarenta por ser tan egoísta, por estar siempre dando la vara con sus problemas existenciales, como si fuera la única persona en el mundo que carga con tragedias a las espaldas… por no darse cuenta de lo que siente por ella… por no ser lesbiana…

Pero la sensatez aún logra imponerse y a fuerza de morderse la lengua y los labios salva la situación. Un hilillo de líquido caliente de sabor metálico se mezcla con la saliva, y con la lengua palpa el punto donde se acaba de arrancar un trozo de carne. La punzada de dolor le devuelve la lucidez.

—Nada, ya te he dicho que las cosas en el hospital no andan bien.

Tere nota cómo esos ojos verdes que no la abandonan ni en sueños buscan la respuesta en sus pupilas, pero antes de revelarle la verdad aparta la vista y se lleva la mano a la boca para tapar la tos más falsa de la historia.

—Bueno, ahora sí que voy a preparar algo para comer, que me voy a desmayar de hambre. —Entra en la cocina sintiendo que la sigue la mirada extrañada de Sara—. Va, espabila con la ducha —le exhorta, sin girar la cabeza. «Ha tenido que estar dos meses fuera para que te dieras cuenta de todo lo que llevabas escondido ahí dentro», concluye mentalmente mientras abre la nevera.

Sara sigue en el mismo sitio, otra vez con la cabeza echada hacia atrás, hasta donde le deja el marco de la puerta. El extraño comportamiento de Tere le ha hecho perder el hilo de lo que quería decir. «¿Qué leches le pasa? Se supone que la paranoica soy yo». Finalmente, se incorpora y entra en el baño. Deja caer el vestido mojado, corre la cortina y se mete en la bañera.

—Ah, ya me acuerdo de lo que quería decirte.

Tere se queda inmóvil, con un tomate en la mano izquierda y un cuchillo en la derecha, y aguanta la respiración.

—He decidido que mañana me voy a La Alpujarra, con Merche.

Lo siguiente que Tere oye es el sonido de las arandelas de la cortina de la bañera recorriendo la barra que las aguanta, y el agua de la ducha.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXVII)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Después de salir de la ducha, Tere saca una cerveza de la nevera y se dirige a la ventana del comedor para bebérsela despacio mientras contempla cómo se deshacen las nubes sobre la Alhambra.

Como a media Granada, la tormenta la pilló por sorpresa y llegó a casa hecha un asco. La habitual mezcla del sudor propio con los inevitables aromas corporales de los pacientes de urgencias que impregnan la ropa, y que siempre tiene la impresión de que es imposible hacer desaparecer del todo, había adquirido una consistencia extra con las salpicaduras rebozadas en polvo, barro y las múltiples sustancias que habitan en el pavimento. Ser víctima de la tormenta más furiosa que recuerda era el epílogo perfecto a otra agobiante jornada en el hospital, con las urgencias colapsadas, sin aire acondicionado, con los vestuarios eternamente en obras.

El sistema de climatización lleva una semana en “huelga”, por mucho que desde dirección se hagan los ofendidos ante la acusación de que, para ahorrar, sólo lo ponen en marcha unas pocas horas al día.

Tere da un trago a la cerveza y cierra los ojos mientras disfruta del frío líquido que le baja por la garganta. «Qué bien sienta», piensa, y cuando abre los ojos se queda mirando el botellín entre las manos. Entonces regresan a su mente las patéticas escenas que se repiten a diario en el hospital. Apenas lleva seis meses trabajando allí, pero le bastaron un par de semanas para comprenderlo todo.

Apoyada con los brazos en el alféizar, niega con la cabeza, y un segundo después vuelve a ahogar la indignación en cerveza, un trago largo que le sienta maravillosamente.

Ella se mantiene al margen de las disputas políticas, pero lo que está claro es que en urgencias los termómetros revientan, y por mucho que hayan colocado unos cuantos ventiladores, aquello es insufrible. Frío en invierno, calor en verano. «La crisis, claro. No hay dinero para gastar en la sanidad pública», se dice, acompañando el pensamiento con una sonrisa irónica y un último trago que vacía el botellín.

Las quejas de los usuarios, que esperan hacinados, se multiplican con cada nuevo día, y ella no puede por menos que escuchar y asentir con la cabeza gacha. Significarse más allá no es una opción prudente cuando eres la nueva y sólo puedes perder.

—Vaya mierda de país —sentencia, y enseguida se da cuenta de lo ridícula que suena la frase pronunciada frente a la Alhambra y las magníficas montañas de Sierra Nevada. En ese momento, además, un espléndido arco iris pone la guinda a la postal.

No puede evitar que se le dibuje una sonrisa mientras contempla embobada el paisaje, hasta que un retortijón le recuerda que necesita comer. Se incorpora, y cuando se dispone a dar media vuelta para dirigirse a la cocina, sus ojos captan un movimiento en la calle, a pocos metros del portal.

Podría no haberle dado importancia. Total, continuamente pasa gente por la calle, y no es raro que haya quien se pare cerca del portal. Tampoco lo es sorprender a parejas besándose o en actitud cariñosa, como ésa en la que se posa su mirada. Un chico y una chica empapados, como lo estaba ella sólo un rato antes, cogidos de la mano, de pie uno en frente del otro, ajenos a lo que ocurre a su alrededor. Y entonces se acercan, juntan sus cabezas y se besan, despacio; un beso dulce e intenso.

Tere se queda ahí, clavada al suelo, como lo están sus ojos en la pareja, y entonces nota el frío. Se lleva los brazos al pecho y se frota suavemente los hombros descubiertos. Aunque en realidad la temperatura no ha bajado tanto como para tener frío. Una parte de ella encuentra la explicación en lo mucho que echa de menos un abrazo como el que en ese instante conforma todo el mundo de la pareja de abajo. Un abrazo de ella.

Porque aunque sólo lo reconozca en los momentos más bajos, y sólo en la soledad de su cama vacía; aunque bromee sobre sus sentimientos con la mujer que ahora besa al chico que ha venido en su búsqueda desde la otra punta del país, la quiere para ella, y por eso íntimamente repudia ese beso y ese abrazo. Por eso mira a Sara con rencor, y al tal Luis con rabia. Aunque jamás vaya a admitirlo.

«Es mi amiga, es como una hermana. Sólo puedo alegrarme porque por fin encuentre a alguien que la quiera de verdad», se escucha reflexionar, y se abraza más fuerte, porque el frío se hace más intenso. «Como la quiero yo», remata desde el inconsciente.

En la calle el sol continúa ganándole terreno a las nubes. Ya no llueve, ni siquiera chispea. De vez en cuando se oye un trueno lejano, como advirtiendo que la tormenta se va, pero sólo a reponer fuerzas. Ya tampoco hay arco iris. La calle recupera su actividad habitual. La lluvia pronto será un recuerdo curioso en la memoria de granaínos y visitantes.

Finalmente, Tere se retira de la ventana y, arrastrando los pies, aún refugiada en sus brazos y con la mirada perdida en imágenes que nunca llegarán a materializarse, se dirige a la cocina. Con movimientos ralentizados deja el botellín sobre el mármol, el mismo mármol donde esa mañana, muy temprano, dejó un plato con piononos para Sara, y una nota, «la maldita nota donde la animaba a quedar con él», se reprocha, demasiado tarde ya.

—Ya está bien. Tú no eres así. No eres el tipo de persona que se arrepiente de sus decisiones, ni que se recrea en su desgracia.

Tere agarra el tirador de la puerta de la nevera y la abre con decisión, molesta consigo misma por dejarse vencer por la autocompasión. Recorre el contenido con la vista, tratando de decidir qué comer, pero entonces toma conciencia del nudo que le oprime el estómago, y el cabreo aumenta.

—¡Idiota! —sentencia, con un portazo que hace temblar el frigorífico.

Se golpea las sienes con las manos y se queda inmóvil durante unos segundos, con los dedos aferrados al pelo.

«¿Qué mierda vas a hacer ahora que te has dado cuenta de que te duele más verla feliz con un tío que acosada por los recuerdos?»

—Nada, no voy a hacer nada más que alegrarme por ella —se fuerza a afirmar, como si así se borraran de un plumazo todos esos sentimientos traicioneros.

…………………………

Sara se siente como una de las hojas secas que, en el jardín del Palacio de los Córdova, bailaba con el viento. Se deja llevar por los sentimientos, sin oponer resistencia, y una oleada de sensaciones arremete contra ella, sin darle respiro ni dejarle opción de pensar.

No piensa; sólo siente. Y aunque todo en ella es sentir, no sabe qué siente por Luis; no se ha parado ni un segundo a pensarlo. Sólo sabe que eso que está viviendo le gusta. Disfruta de la excitación, del contacto físico, de sus ropas mojadas, del pelo chorreante, y desearía que la tormenta no cediera ante el rey sol, porque la lluvia salvaje formaba parte de la magia, y no quiere que el hechizo se rompa.

Mientras recorren las empinadas calles del Albayzín, solitarias aún bajo los coletazos de la tormenta, Sara se siente libre, despojada del lastre de los recuerdos, como si no fuera ella…, como si fuera más ella que nunca. Pero ya no llueve, ni siquiera chispea. Las nubes han huido, cediendo ante los rayos implacables de un sol al que todavía le quedan largas horas de reinado. Las calles recuperan su actividad habitual, la magia desaparece.

Y ahí está él, devorándola con ojos rendidos, con la mirada de quien tampoco piensa, súbdito entregado del imperio de los sentidos.

Se abrazan y se besan una vez más, aunque ahora Sara ya no puede evitar mirar de reojo, concurrida como vuelve a estar la calle, ni frenar el impulso que la empuja a saborear cada instante. Las manos de Luis vuelven a descenderle por la espalda, y antes de que lleguen más abajo ella deshace el abrazo, con suavidad, mientras le toma una de las frustradas extremidades exploradoras.

—Ya hemos llegado —anuncia, con un rápido giro de cabeza que confirma dónde se encuentran.

—Pues subamos… —se aventura a sugerir Luis. Sus dedos juguetean con los de ella.

Sara duda. Su cuerpo no podría desearlo más, pero sin el poder de la magia influyendo en su cerebro, ya vuelve a pensar, y hay muchas cosas a tener en cuenta antes de entregarse a una tarde de sexo. El después, por ejemplo.

—Vas muy rápido —responde con una media sonrisa que Luis no sabe si interpretar como parte del juego. Para comprobarlo, trata de besarla otra vez, pero Sara se aparta hábilmente—. No, de verdad, mira cómo vamos. Estamos hechos un asco. Necesito otra ducha y descansar un rato.

Luis sonríe.

—Pues eso. Subo, nos duchamos, descansamos, y…

Con movimientos suaves, intenta atraerla hacia sí, pero ella se escurre como una anguila y se planta ante la puerta cuya apertura, sólo unas horas antes, lo puso a salvo de aquellos salvajes.

—En serio. Ha estado muy bien, pero Tere debe estar a punto de llegar, si no lo ha hecho ya —mira hacia la ventana del comedor, de donde cuelgan dos tristes macetas que no hace tanto contenían dos hermosos geranios que le regaló su madre. Tere ya no está asomada. En ese momento ya ha salido de la cocina y se dirige a su habitación—, y necesito ordenar mis ideas —murmura, tan flojo que Luis no la escucha.

—¿Necesitas qué? —El joven se aferra a la mano de ella, deseando con todas sus fuerzas que Sara siga dejándose llevar por el impulso animal. «Tú lo deseas tanto como yo, y sin embargo hay algo que consigue que te resistas», piensa, mirándola a los ojos con toda la intensidad de que es capaz.

Antes de contestar, Sara recupera su mano y se cruza de brazos. Empieza a mirar a un lado y a otro con nerviosismo creciente —«Vaya pintas, estamos dando el espectáculo», interviene su parte racional, contribuyendo a incrementar su incomodidad—, se muerde la parte interior de los labios y mueve los pies, inquietos. Ahora ya no le da igual que sus sandalias estén empapadas.

—Pues eso, una ducha, y tú también. —De repente se le ilumina la bombilla—. No puedes ir con esa ropa toda la tarde, vas a coger una pulmonía. Mira, si te parece nos damos un rato para arreglarnos y luego quedamos para tapear algo.

A Luis le suena un poco a estrategia para librarse de él y empieza a mosquearse. «¿Qué más da Tere y la ropa mojada? ¿Tú crees que estoy pensando en mi ropa? Si lo que quiero es quitármela y quitártela a ti, y tú también lo quieres… Al menos hace cinco minutos lo querías». Pero nada de eso sale de su boca. Sabe que lo único que puede hacer es aceptar la situación y confiar en que la propuesta siga en pie cuando el sol decida retirarse a descansar.

En la mano derecha de Sara ha aparecido un juego de llaves, y sin que él haya tenido conciencia de ello, se ha ido acercando tanto a la puerta que ya está apoyada contra ella. Sólo espera el trámite de la aceptación de él para abrir y desaparecer en el interior.

—Vale, nos vemos luego.

Sara asiente con la cabeza y un atisbo de sonrisa, pero no repara en la expresión resignada de él. Ya ha abierto, y cuando la puerta vuelve a cerrarse, Luis sigue ahí, preguntándose con qué parte de lo vivido durante las tres últimas horas debe quedarse, incapaz de discernir qué Sara es la real. «Las dos lo son, y no debe ser nada fácil que convivan en una misma persona», concluye, mientras comienza a alejarse, con andar cansino, rumbo a la pensión.

—Me ducho y me bajo a donde Aiman. Necesito unas bravas y una cerveza para pensar con más claridad. —Se detiene un instante y levanta la vista hacia el cielo—. Por lo menos, parece que el calor nos da algo de tregua.

Retoma la marcha y echa mano a un cigarrillo.

Continuará…