Mi amigo Blues


Sucedió una tarde cuando yo tiritaba de frío. Me encontraba sentado en la banqueta de la avenida central de esta ciudad, mientras me soplaba las manos y me las frotaba para calentarlas. Pedía abrigo o calor a los transeúntes que pasaban sordos a mis peticiones. Todos me ignoraban

Un blues se detuvo. Bajó la cabeza para mirarme y sacó una caja de cigarrillos blancos. Me pidió espacio y se sentó a mi lado ofreciéndome un tabaco. Claro que se lo acepté. Al tiempo que fumábamos intercambiamos historias de vida. Entre caladas, hablamos de nuestras madres, de nuestros padres y muy poco sobre la política local.  Conversamos del reguetón, de lo fantástico que puede ser aceptar la música y entender que todo lo que te haga vibrar es bueno. Le confesé el terrible sueño que me produce el cine de arte y lo poco que entendía la bolsa bursátil.

 Le conté sobre mi exesposa, de los amigos que dejé atrás y de lo infructuoso que es el tener que buscar conversaciones a las banquetas de las avenidas. Y le agradecí los cigarrillos.

 Coincidimos en algunas cosas, como el gusto por el café, las libretas y en que a ambos nos parecía una hermosa cortesía las notas de buenos días que se dejan en el buró de la cama.

 Se acabó el tabaco dos veces más, y en el último se fue. Juró volver al día siguiente y así lo hizo. Nos vimos por lo menos tres semanas más. Fueron días agradables. Tenía tanto tiempo sin charlar tan amenamente con nadie.

 Una noche, dos años después de nuestra última cita en aquella banqueta, lo miré en la pantalla del celular de una chica con la que salía.  Me levanté de un salto de la cama y le arrebaté el teléfono para corroborar que sí fuera él. Y sí lo era.

 Mi amigo Blues, tan melancólico y sensual como lo recordaba, se puso a cantar una triste melodía que, aunque nadie lo supiera, hablaba de mí y de las tardes banqueteras de la avenida central de esta ciudad.

Ahora él es un ser famoso y vive viajando entre las grandes urbes, mientras yo sigo aquí en esta ciudad, en donde las cosas más interesantes pasan en las banquetas.

Cuando tu amigo te habla en plural, lo has perdido para siempre


Mi amigo me habla en plural:

«Estamos bien y tú qué tal»;

y un pálpito egoísta

me dice:

«Te he perdido para siempre».

No pienso extraer

ninguna conclusión

ni conformarme con las migas

de la edad adulta.

El amor se mantiene

—supongo—,

pero el tiempo se descuartiza

en pequeños instantes, ocasiones.

Los verbos pierden su sentido,

o se rebajan a la mínima esencia.

Coincidir sustituye a estar.

A ver si nos vemos pronto

es nuestra frase de ahora.

Quedamos esta tarde

fue nuestra frase motora.

Y no voy a sacar

ninguna conclusión,

tal sólo reivindico y desnudo

mi rabieta,

porque lloro perder a mi amigo

cuando me habla en plural.

«Estamos bien, y tú qué tal».

Anatomía de los abrazos


Pixabay.com (CCO)

«Me gustan los abrazos», se dijo Marina suspirando.

«Me gustan esos en los que se entrega el alma, que te dejan sin respiración y te hacen olvidar cualquier cosa», pensó imaginándose en brazos de un ser amado.

«Me gustan los que te regalan consuelo cuando estás afligido, dolorido o triste. Como los de tus padres cuando te caes y te has pelado una rodilla; o llegas de la escuela después que alguien se ha reído de ti; o te han dejado sola con un hijo que criar y no tienes ni idea de cómo hacerlo; o porque ves tu infancia partir con ellos», reflexionó mientras una lágrima bajaba por su mejilla.

«Me gustan los abrazos que te entregan lealtad y fidelidad. Como los de los amigos que, aunque te hayan visto ayer, o hace unos días, o no te hayan visto en un millón de años, con solo su contacto te aseguran que siempre estarán contigo cuando los necesites», razonó y sonrió.

«Me gustan los que te dejan sin aliento y detienen tu palpitar, como el primero que te dio tu amor en un momento cálido e inolvidable. Como el que te dio el día de la boda frente a muchos —o pocos— testigos. Como el que le diste a tu primer hijo cuando lo tuviste en tus brazos y a los que llegaron después», meditó emocionada.

«El abrazo es la caricia más completa», discurrió.

«Puede venir acompañado de besos, de palabras cariñosas, de roce de mejillas, de enredo del cabello entre los dedos, de golpecitos o de que coloquen las palmas de las manos en la espalda, de forma tal, que te sientas superseguro».

«Pensemos en los abrazos a cámara lenta», profundizó hablando consigo misma.

«Se abren los brazos, se estiran lo más ancho que se pueda para abarcar, no solo el cuerpo sino también el alma del abrazado. Se saca el pecho y el corazón empieza a latir a una frecuencia excesiva ante tanta anticipación. Una risa nerviosa o un llanto profundo te van indicando la fuerza y el tiempo que debes dedicar a esta tierna —o no tan tierna— caricia. La mayor parte de las veces no se piensa, te lanzas para hundirte en esas extremidades que te esperan, ávidas de ese contacto que es tan necesario tanto para uno como para el otro».  

«Otras veces la timidez te retrae y te asaltan las dudas. ¿Olerás bien, es un evento sorpresivo, inesperado?».

«Lo cierto es que, cuando rebasas las dudas, si te gustan los achuchones tanto como a mí, recibirás a la otra persona entera, la apretarás, cerrarás los ojos, le darás golpecitos en la espalda y descansarás en esa caricia siempre disponible, simple y perfecta».

Marina terminó sus cavilaciones, deseó que la pandemia terminara, jurando que abrazaría a todo aquel se le cruzara en el camino.

El reflejo de Paula


Paula se miraba en el espejo a la vez que Tatiana lo hacía y creía que su reflejo era el de su amiga de juegos. Hasta que llegó su mamá y le dijo: «No, Paula, tú eres la de las orejas largas y preciosas, el hocico bonito y la cara peluda». Ella no lo creyó.

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Imagen: Pixabay

Centrifugando recuerdos (XXXVI)


Circo de Pineta - Cascada del Cinca
Foto: Benjamín Recacha

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Después de quedárselo mirando durante unos segundos, como si fuera un objeto extraño que acabara de descubrir, Luis enciende el cigarrillo. Desde hace unas semanas fuma menos, pero no se ha planteado dejarlo. Suelta una bocanada de humo y observa cómo se diluye en su camino hacia el cielo. Le gusta saborear esos cigarrillos que fuma sin prisa, sin la urgencia que provoca la falta de nicotina en el organismo.

Está sentado en una roca, a medio camino en su ascenso hacia la cascada. Quizás meterse veneno en los pulmones a dos mil metros de altura no sea la manera más saludable de hacer un descanso después de dos horas de dura ruta. Luis lo sabe, pero le apetecía ese cigarrillo, aunque le acabe provocando un repentino ataque de tos.

—Mierda —maldice.

Apaga el pitillo contra la roca y lo mete en la bolsa que lleva para los residuos. Antes no se fijaba tanto, pero ahora no soporta encontrarse colillas, papelitos y envoltorios diversos tirados en medio de la naturaleza, así que desde hace un tiempo procura que la única señal que quede a su paso sean las huellas de sus botas.

Saca la cantimplora de la mochila y le da un generoso trago para aplacar la sed y la tos.

Mira alrededor. Le parece mentira que esos contrastes entre montañas, bosques, rocas, ríos, cascadas, heleros, flores, cielo y nubes sean reales. Saca la cámara de fotos de la funda. Aún no ha renunciado a ella. Le parece que hacer fotos con el móvil es menos auténtico, aunque el resultado para un fotógrafo ocasional como él sea más o menos igual de malo. Encuadra por aquí y por allá, pero no se decide a apretar el botón; tiene la sensación de que cualquier foto que haga se quedará a años luz de reflejar la grandiosidad del espectáculo que está presenciando en directo.

Hace un año estuvo en el mismo sitio. Recuerda su estado de ánimo de entonces y le parece mentira, como si aquel tipo derrotado fuera el personaje de una de esas películas insoportables. Ahora afronta la vida de otra manera y ha renunciado a pasar cuentas con el pasado, o eso al menos es lo que se dice a sí mismo. Mientras contempla la inmensidad del escenario en el que se encuentra, que aunque no sea nuevo para él desborda sus sentidos como si fuera la primera vez que lo admira, vuelve a pensar en Sara. Una cuenta pendiente que no logra superar, por mucho que quiera aparentar lo contrario.

Resopla y se incorpora. Continuar castigando las piernas le ayudará a despejar la mente. Levanta la vista hacia la cascada y se encuentra con el estrecho y empinado sendero serpenteante que garabatea la ladera de la montaña y que, muy arriba y muy lejos aún, desemboca en la blanca cola de caballo. Y pese a estar tan lejos, hace rato que oye el rugido de las aguas salvajes derramándose hacia el vacío.

Se cuelga la mochila, agarra el bastón, y reemprende la marcha por el caminito de tierra y piedra suelta. Los saltamontes se apartan de las peligrosas botas con brincos imprecisos, las mariposas revolotean aquí y allá, las moscas y los abejorros zumban de flor en flor, de vez en cuando se oye el graznido indolente de las chovas y los cuervos, y conforme gana altura se propagan los penetrantes silbidos de alerta de las marmotas.

Hace calor. Salió temprano para evitar exponerse demasiado al sol implacable, que ahora, apenas las diez, ya calienta toda la montaña. A la altura que se encuentra no quedan árboles a cuya sombra refugiarse. Luis tiene la espalda empapada y los chorreones de sudor le caen por la cara y el cuello. Está tentado de quitarse la gorra, pero es la única barrera que impide que el sol le achicharre la cabeza, así que se la deja puesta.

La gran cascada ya está cerca. Mientras la mira, una brisa ligera arrastra minúsculas gotas de agua que escapan de los dominios de su estruendosa madre. Luis recibe la caricia húmeda con placer y afronta animado los últimos repechos de la excursión.

Por fin ha llegado. De pie sobre una roca, la cascada aparece ante él en toda su magnitud. El espectáculo, visual y sonoro, lo deja sin palabras. No vale la pena buscarlas. Ante semejante belleza salvaje sólo cabe sentir. Pese a que el sol calienta implacable, el agua en suspensión que despide la violencia de la cascada en su salto al vacío y al chocar contra las rocas refresca el ambiente hasta el punto de poner la piel de gallina. Luis no está seguro cuánto hay en ello de reacción al contraste de temperaturas y cuánto de respuesta al impresionante espectáculo.

Abajo, junto a la laguna donde las aguas recién vertidas se toman un descanso, los excursionistas más madrugadores reponen fuerzas. Hay cuatro, todos con manga larga. «Vamos allá», resuelve Luis, al tiempo que guarda la cámara con la que ha tomado algunas fotos sin conseguir atrapar la cascada en toda su longitud.

Retoma el sendero que, zigzagueante, desciende hacia la parte accesible al pie del enorme salto de agua. Un par de minutos después, en pleno descenso, el sudor ya se le ha secado y empieza a tener frío. Sin embargo, decide no recurrir a la sudadera hasta llegar abajo.

Ya está. Se descuelga la mochila y la deja sobre una roca. Casi todo el paraje aparece empapado. Él vuelve a estarlo, pero esta vez por culpa del agua que salpica. Es casi como si estuviera lloviendo. Luis no puede apartar la vista de la cascada. El ruido es estruendoso pero, sin embargo, no molesta. Por fin abre la mochila y recupera la sudadera.

Un par de montañeros emprenden el camino de regreso.

—Hola, buenos días —se saludan.

Junto a la laguna ya sólo queda un chico con un perro que juega a entrar y salir del agua helada, y un poco más arriba, sentada sobre una roca de cara a la cascada, una mujer que, acurrucada, se protege del frío y la humedad con una chaqueta y su capucha.

Luis busca un rincón que le sirva de parapeto y se sienta a tomar un bocado. Poco después el chico y el perro se marchan. Antes de tomar el sendero, el perro, de alguna de esas preciosas razas de pastor, se acerca a olfatearlo y Luis lo acaricia.

—Es un chafardero, pero buen tipo —resume el dueño.

—Es precioso —contesta Luis. Ambos sonríen.

—Hasta luego —se despiden.

Desde su posición, Luis domina parte del camino por el que ha transitado. A lo lejos aparecen pequeños grupos de hormiguitas que van ascendiendo. En un rato le harán compañía. Vuelve a mirar a la mujer de la capucha. Sigue ahí, inmóvil. «Debe estar empapándose», concluye extrañado.

Después de comerse un pedazo de fuet con pan, un buen trozo de queso y un melocotón, decide acercarse a la cascada para hacerle más fotos. La roca donde su vecina parece que se haya quedado dormida es un buen sitio.

Se encarama a la gran piedra de superficie plana y lo recibe una ráfaga gélida de las gotas de agua que despide la cascada al chocar contra la laguna. Está ahí mismo, a unos pocos metros, y la fuerza que transmite hace pensar a Luis que va a perder el equilibrio, así que se agacha y apunta con la cámara en cuclillas.

—Es increíble, ¿verdad?

La voz llega con dificultad a los oídos de Luis. La joven está ahí mismo, pero el ruido ensordecedor del agua se impone a cualquier otro sonido. Gira la cabeza hacia ella, y al principio no puede creer lo que ve. «No, no puede ser. Me está engañando el subconsciente».

Ella sigue mirando a la cascada, y sin esperar respuesta, retoma la palabra:

—No imaginaba que un espectáculo así fuera posible. He perdido la noción del tiempo, es como si me hubiera quedado hipnotizada.

Entonces, atraída por una fuerza invisible, superior al magnetismo de la cascada, gira el cuello hacia el recién llegado, y se queda con la boca abierta. Los dos se miran perplejos.

—Luis… —murmura ella, pero él sólo ve el leve movimiento de los labios.

—¿Sara? —pregunta, incapaz de procesar todavía que semejante maravillosa casualidad se haya materializado ante sus ojos.

La sonrisa radiante de ella es toda la respuesta que necesita, y él también ríe.

—¿Cuándo llegaste? —pregunta Luis.

—¿Al cámping? Anteayer. ¿Y tú?

—Ayer, pero no lo entiendo…

—¿El qué?

—Oye, ¿por qué no vamos a un sitio algo más seco y menos ruidoso? Me estoy congelando y me cuesta escucharte.

Sara asiente sin perder la sonrisa. Luis baja primero y le ofrece la mano, pero ella la ignora.

—¿Crees que necesito ayuda? —pregunta burlona tras poner pie a tierra.

Luis siente la sangre correrle en las venas con la misma fuerza que las aguas bravas que vierte la cascada y se abren camino, rugientes, hacia el valle. El reencuentro con Sara le resulta deliciosamente increíble. Le gustaría abrazarla, pero es todo tan raro que teme hacer algo que pueda estropearlo antes de empezar.

Sara no puede dejar de sonreír. Está feliz porque su loca propuesta se ha hecho realidad, y está segura de que algo aún más improbable tendría que suceder para que las cosas vayan mal.

—¿Qué es lo que no entiendes? —pregunta, ya instalados en el rincón resguardado de la “lluvia” donde Luis había dejado la mochila.

Están sentados uno al lado del otro, con la mochila en medio. Antes de contestar, a Luis se le amplía la sonrisa porque ya no hay duda de que están los dos ahí, juntos otra vez, o juntos por fin. «Si después de este tiempo, y teniendo en cuenta cómo nos despedimos, volvemos a estar aquí, es que nada puede salir mal».

Sara siente el impulso de apartar la mochila y besar esos labios que empiezan a recuperar el color bajo el sol, pero se contiene.

—¿Me lo vas a contar o qué? —insiste.

—Daba por hecho que volverías a trabajar en el cámping. En tu mensaje no concretabas nada, así que ni se me pasó por la cabeza otra posibilidad. Podríamos haber venido en fechas diferentes y nunca habríamos coincidido.

—Pero estamos aquí, ¿verdad?

Sara se quita por fin la capucha y se desabrocha la chaqueta impermeable. Luis no puede apartar la mirada. La encuentra más irresistible que nunca. Sus ojos han perdido la tristeza y transmiten la serenidad de quien ha aprendido a aceptar sus errores y convivir con su pasado.

—Cuando llegué esperaba encontrarte en el bar, tras la barra, o saliendo de la cocina. No imaginas el chasco que me llevé cuando el dueño del cámping me dijo que no sabía nada de ti.

—¿Vicente? Qué majo es. La verdad es que no me ha visto aún. Reconozco que me da bastante vergüenza, por cómo me fui, pero también tendré que afrontar esa prueba.

Muy despacio, Sara agarra la mochila, la cambia de lado y se acerca a Luis, quien, casi temblando, y no es de frío, por fin se atreve a buscar la mano de ella y entrelazar los dedos, como aquella noche bajo la luna.

—Esto es de locos.

Los dos ríen.

—Desde el primer día, ¿no crees? —añade Sara.

—¿Cómo sabías que vendría?

—No lo sabía —responde Sara en un susurro, al tiempo que apoya la cabeza en el pecho de él.

—Ya te digo: de locos.

—¿Sabes una cosa?

—Dime.

—En este tiempo he aprendido algo. He tenido una buena profesora, la mejor. Tú también la conoces. —La mente de Luis recupera automáticamente la imagen de aquella gitana imponente que le desnudó el alma—. He aprendido a creer en la magia.

—No te burles de mí —responde a las risas de ella mientras le acaricia el pelo.

—No me burlo, de verdad. ¿Tú no crees en la magia? ¿Qué otra cosa podría explicar que nos hayamos reencontrado justo en este lugar tan mágico?

—¿Y qué pasaría si huyera? ¿Vendrías a buscarme?

Sara se incorpora y toma la mano izquierda de Luis, con la palma hacia arriba.

—Mmmm, déjame ver…

Luis ríe con ganas.

—Las líneas no mienten. Definitivamente, no vas a huir a ninguna parte sin mí.

Y ahora sí, Sara se lanza a por esos labios que ya han recuperado el color.

FIN

Centrifugando recuerdos (XXXV)


 

Luna llena
Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Sara todavía nota una punzada de culpabilidad al pensar en Tere, en la forma como se despidieron aquella triste mañana de agosto, pero sobre todo por la incómoda sensación de haber estado esquivando el conflicto, de haber desperdiciado todas las oportunidades de arreglar las cosas, por falta de valor, por no remover lo pasado. Y aunque cada vez que se han encontrado han vuelto a abrazarse y a reír como siempre, al mirarse, aunque no lo dijeran, veían ese poso de amargura que mantenía las distancias. Entonces, apartaban la mirada y se ponían a hablar de cualquier tontería.

Sara la echa de menos. Aunque sigan siendo amigas, porque en el fondo sabe que ni el peor de los cataclismos podría romper el vínculo entre las dos, echa de menos las noches de confesión y borrachera, las carcajadas y el llanto compartidos, apoyar la cabeza en su regazo, sus caricias… Aquella triste mañana se rompieron muchas cosas, y Sara se reprocha por ello.

Ahora ya es tarde para arreglarlo. Al menos eso es lo que piensa, porque los conflictos, si no se abordan en caliente, acaban enquistándose. Algo así es lo que le pasó tras la muerte de su hermana. Entonces era una niña, no sabía nada de conflictos, ni de traumas, ni mucho menos cómo solucionarlos. Pero sí sabía que no se podía sentir más tristeza, que ya nunca más la vería, y aunque lo sabía, para ella era imposible asumirlo. Necesitaba que alguien se lo explicara. Las lágrimas y los abrazos no eran suficiente consuelo. Y al cabo de unas semanas, ya está, la vida siguió adelante, todo el mundo con su rutina, como si nada hubiera pasado, mientras ella se acostaba cada noche sintiendo un vacío denso en la cama de al lado y se despertaba con el silencio ensordecedor que provocaba la ausencia de su hermana. Y así continuaría por siempre.

«Pasa página, tú no tienes culpa de nada», le repetían todos, con la mejor intención, pero sin ser capaces de ponerse en su lugar; eso pensaba. Ni siquiera su madre, que decidió que la mejor manera de rehacerse de la tragedia era seguir haciendo camino. A ojos de la niña que era Sara, aquello no tenía sentido. Ahora, tantos años después, y tras la catarsis que supuso, sobre todo, el encuentro con María la Zíngara, empieza a comprenderla. Su padre, en cambio, optó por el silencio, por recluirse en algún lugar profundo de su mente y dejarse llevar. Se sentía mejor en su compañía, al menos cuando lo miraba a los ojos veía en ellos la misma tristeza que la aplastaba a ella.

Sara, apoyada en la valla de madera, levanta la cabeza atraída por la llamada de la luna llena, que empieza a asomar por detrás de las montañas. «Qué bonito», es el pensamiento que brota espontáneo. Y sonríe. Porque aunque hay mucho en lo que pensar, mucho a lo que dar vueltas, mucho de lo que no se siente satisfecha, ahora es consciente de que está en paz consigo misma, de que por fin se ha perdonado y que es capaz de mirar de cara a la vida.

Piensa en María, en cuánto le ha ayudado a curar las heridas. El azar, el destino o la magia, qué más da, la llevaron hasta esa mujer extraordinaria, y la ha seguido visitando para compartir recuerdos y sueños, escuchando desde una silla de enea, paseando la vista por las vidas en imágenes que forran las paredes de la zambra, o incluso bailando. La está viendo otra vez, moverse como un torbellino, con su vestido rojo, taconeando, hipnotizando con sus brazos y esos ojos insondables, y se ve a sí misma girando junto a ella, desprendiéndose del lastre que la atenazaba.

Sin darse cuenta, se descubre dando una vuelta sobre sí misma, sobre la hierba húmeda, con los brazos extendidos, y ríe. La luna ya luce espléndida. Esa misma luna que protagoniza el espectáculo más bello que haya visto jamás cuando se pasea por sobre la Alhambra. Sara suspira. Echa de menos asomarse a la ventana y encontrarse la maravilla que la saluda. Pero no se arrepiente de la decisión que tomó.

En un principio iban a ser sólo unos días, pero acabó quedándose con Merche en la Alpujarra, incluso cuando su amiga regresó a Granada. Después de todo, las vistas desde la ventana del cortijo tampoco estaban mal. Olivos, viñedos, almendros, y la imponente sierra de la Contraviesa.

Esperó a que Tere se reuniera con ellas. Estaba segura de que esos días en la naturaleza, con la ayuda del buen vino de los padres de Merche, serían el remedio a todos los males, que hablarían, reirían, se les escaparía alguna lágrima, y acabarían sellando su amor eterno con abrazos reparadores. Pero Tere no llegó. Las cosas estaban muy revueltas en el hospital, convocaron protestas e incluso una huelga, y Tere se agarró a ello para mantener las distancias. Lo que no imaginaba es que Sara sólo volvería para recoger sus cosas.

—Los padres de Merche me han ofrecido un curro en la bodega.

El anuncio fue como una bomba atómica. Tere se sintió desintegrar. Y aunque se esforzó por no revelar sus sentimientos, la cara hablaba por ella. Sara recuerda perfectamente la expresión desolada de su amiga y cómo tuvo que luchar consigo misma para no echarse atrás.

—De momento es temporal, pero no puedo desaprovechar la oportunidad. Necesito el trabajo… Además, me facilitan el alojamiento, así que…

—Ya… Es genial, me alegro mucho por ti.

Y aunque su boca sonreía, los ojos la traicionaban.

Durante unos segundos se mantuvieron así, mirándose en silencio, sonriendo con tristeza, sin saber qué paso dar a continuación.

—Ven aquí, dame un abrazo —reaccionó Sara.

Tere obedeció, y se abrazaron. Fue un abrazo sincero, pero muy triste, y cuando se separaron, las dos se pasaron una mano discreta por la cara para limpiarse las lágrimas.

—Bueno, pues parece que voy a tener que buscar nueva compañera de piso.

—Oh, ya te digo que es temporal, pero sí, claro, no sé cuánto tiempo voy a estar fuera. De todas formas, Merche vuelve pronto. En cuanto acabe la vendimia la tienes aquí, y yo voy a seguir bajando a Granada, por supuesto. Nos vamos a seguir viendo, no te preocupes.

—Sí, claro. No, si es normal. Estaba claro que antes o después alguna de nosotras acabaría mudándose…

Sara no podía evitar sentirse culpable por abandonar a su mejor amiga. Había pasado poco más de un mes desde que se despidieron de aquella forma tan gélida, y ahora otra vez.

—Bueno, lo que toca ahora es brindar con vino de la Contraviesa, ¿no crees? —propuso Sara, sacando una botella de la bolsa que había dejado sobre la mesa.

—Voy a por las copas —contestó Tere, pensando en vaciar no una, sino todas las botellas que se le pusieran por delante.

La echa de menos. Es un sentimiento recurrente, pero a la vez piensa que las cosas van como van, y que las relaciones son cosa de dos, y que si han acabado distanciándose también Tere tiene parte de responsabilidad. «Es igual, no me arrepiento de mis decisiones, eso ya se acabó. Ahora estoy aquí…, esperando a Luis… Pero ¿y si no aparece?».

La luna ilumina las montañas; las aguas saltarinas que se deslizan más allá de la valla de madera despiden destellos; el blanco de la gran cascada, por muy lejos que esté, se distingue casi como a pleno día. Sara cierra los ojos y escucha el rumor de las aguas. Le relaja.

Se acuerda de aquella noche del verano pasado, en ese mismo lugar, cuando volvió a sentir el cosquilleo en el estómago al notar las manos de Luis en las suyas. «Ojalá venga. Esta vez no huiré». Está segura de ello, como lo está de que si él acaba por descartar su alocada propuesta, por mucho que desee que no pase, hará borrón y cuenta nueva.

«Lo más probable es que no aparezca. Si hubiera decidido venir, por mucho que en el mensaje le pidiera que no me dijera nada, lo lógico sería que en algún momento me hubiera contactado para concretar una fecha… Vamos, eso habría sido lo normal», aunque acto seguido su mente le recuerda lo nada normal que ha sido esa relación desde el primer momento, desde aquel extraño encuentro en la sala de la lavadora.

Y con la idea de que Luis no va a presentarse, que aunque pretenda asumir como lo lógico, no puede evitar que le entristezca, se despide de la luna por esa noche.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXXIII)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Luis conduce con las ventanillas bajadas del todo. La brisa nocturna atraviesa el vehículo, tropezando con el obstáculo humano, y él lo agradece, pues desde que abandonó el Pirineo es la primera vez que nota erizársele el vello de los brazos y la nuca. Ese es uno de los motivos por los que ha decidido emprender el viaje de noche; el otro es que no tenía sentido prolongar la situación. Ya sabe todo lo que tenía que saber y ha hecho todo lo que estaba en su mano para convencer a Sara de que se dieran una oportunidad.

«A lo mejor la gitana no sabe tanto como dice. A lo mejor lo que esperaba Sara de mí es que la dejara en paz de una vez… No sé, pero da igual. Lo que tenga que ser, será», se repite en bucle, tratando de autoconvencerse de que no había otra salida. Y el caso es que con cada quilómetro que se aleja de Granada, lo sucedido esos últimos días le parece más la creación de una mente retorcida con necesidad de entretenimiento.

Ahora bien, cada vez que llega a la conclusión de que más le vale recordarlo como una experiencia tan excitante como surrealista, su cerebro se empeña en recordarle el último whatsapp recibido: «Adiós, Luis. Que tengas buen viaje. Quién sabe, quizás nuestros caminos vuelvan a cruzarse, y entonces quizás esté preparada… Nunca te olvidaré», y el emoticono del beso con forma de corazoncito.

—Quizás… —murmura, con la vista fija en el camino que marcan los faros del coche.

La noche es perfecta para conducir, sobre todo con la conciencia libre de culpas y de recuerdos incordiantes. «Ten paciencia y vive tu vida. Deja atrás esos fracasos con los que te atormentas. Todo tiene su momento, y no hay que intentar forzarlo». Los ojos de la zíngara reconfortan, y al recordar su mirada Luis siente que transmite sinceridad.

—Después de todo, puede que este viaje de locos no haya sido una pérdida de tiempo —se dice, mirándose en el retrovisor.

Esa charla inexplicable en la zambra Luis tiene la sensación de haberla vivido en una especie de realidad paralela; bueno, como todo lo ocurrido desde la noche en el cámping, pero al pensar en María la zíngara le viene a la cabeza el “oráculo” de Matrix, y entonces ya no puede más que reírse de sí mismo.

Enciende la radio. Suena el ‘Losing my religion’ de REM. Se pone a tararearla mientras se deja abrazar por el dulce frescor de la brisa nocturna.

…………………………

La última cosa que le apetece hacer es ir a trabajar. Sólo quiere quedarse en la cama, todo el día, o dos, o tres, y esperar a que el tiempo borre la vergüenza que siente. Aunque por mucho tiempo que pase, Tere no cree que las secuelas que ha dejado la visita de Luis puedan borrarse. Nunca había visto a Sara así, tan derrotada al escucharla despacharlo desde la ventana, y eso que derrotada la ha visto unas cuantas veces.

Tampoco ella se había sentido nunca como en ese momento. Los celos y una rabia inmensa la poseyeron. Podría haberle jurado a Sara que lo hizo por ella, para protegerla, pero las dos saben que habría sido mentira.

Al verla allí, impotente, incapaz de tomar una decisión, se sintió la persona más horrible del mundo. Había actuado por puro egoísmo, sin poder (ni querer) ocultar el rencor hacia aquel extraño que amenazaba con arrebatarle lo que más quería, aunque nunca fueran a ser más que amigas… y ahora quién sabe, puede que ni siquiera eso.

Tere se levanta por fin, se da una ducha rápida, se toma un café con leche, con café de ayer y sin calentar, y se va al comedor para acabar de vestirse. Ya ha amanecido y, como cada mañana, asomada a la ventana, la Alhambra le da los buenos días. Parece que hoy no hará tanto calor. Mete la ropa del trabajo en una bolsa, se pone una camiseta de tirantes y se dirige al recibidor para calzarse las sandalias antes de salir.

—Vas tarde, ¿no?

Tere, al borde del infarto, grita y da un salto. Cuando se da cuenta de que es Sara, sentada a la mesa, está a punto de lanzarle el bolso.

—¡Dios! ¡Casi me matas del susto!

Pese a no estar contenta, Sara ríe.

—¿Qué haces ahí? ¿Esta es tu venganza?

Tere tiene la esperanza de que le diga que sí y entonces se fundan en otro abrazo reparador y todo vuelva a ser como antes.

—No es ninguna venganza. No podía dormir, así que he adelantado los preparativos. —Señala la mochila, que descansa sobre una de las sillas—. Me voy ya.

Tere no quiere que lo haga, pero a la vez le alivia el saber que va a estar sola, que no va a tener que disimular su vergüenza ni, al menos durante un tiempo, va a haber ocasión de volver a hablar sobre lo ocurrido esos últimos días.

No sabe si Sara espera que haga algo, que se vuelva a lanzar a sus brazos y le suplique que se quede, o que le diga que adelante, que largarse sin aclarar qué ocurre entre ellas es lo mejor que puede hacer. «Lo habíamos arreglado y justo entonces va y aparece el memo ese». Tere cierra los ojos y chasquea la lengua, pero no, no quiere discutir.

—Conduce con cuidado —declara, con una sonrisa forzada, y prosigue su camino hacia la calle.

Sara mordisquea una magdalena con desgana, la misma que le produce afrontar todo lo que está sucediendo. Oye la llave abriendo la puerta.

—Te echaré de menos.

El repiqueteo en la cerradura cesa de golpe. Silencio.

—Tenemos cosas que aclarar, pero quiero que sepas que te echaré de menos, así que espero que decidas venirte unos días.

No es lo que Sara tenía previsto decir, pero al final, y a pesar de la desconcertante actuación de la tarde anterior, el amor que siente por su amiga es superior a cualquier decepción que pueda causarle. Y se alegra de darse cuenta de que es así.

Después de horas dándole vueltas al asunto, preguntándose qué derecho tenía Tere a responder por ella, le alivia llegar a la conclusión de que durante todos esos años juntas ha acumulado suficientes comodines como para permitirse semejante cagada.

Pero también ha estado dándole vueltas a las palabras de Luis. «Lo sé todo», dijo, y de repente se sintió más expuesta que nunca; tanto, que dejaban de tener sentido todas sus precauciones, sus miedos, sus inseguridades. «Dice que esperará lo que haga falta». Durante la noche una parte de ella estaba dispuesta a mandarlo todo al carajo y salir tras él. Demasiado impulsiva. Pero algo ha cambiado. El motivo para no reaccionar ya no es ella misma, sino lo acontecido con Tere, que sigue en el recibidor sin decidirse a marcharse. Con todos los sentidos alerta y la inquietud de no ser capaz de aguantar con entereza lo que tenga que escuchar.

—Te dije que me iba —continúa Sara—, que no era el momento de aventuras, así que no te puedo reprochar lo que hiciste. —Está inusualmente serena. Tere tiene que hacer un gran esfuerzo para evitar que le castañeteen los dientes—. Pero no puedo dejar de preguntarme por qué lo hiciste. Esa decisión me pertenecía. Me arrebataste incluso la decisión de no hacer nada.

Tere agacha la cabeza, escuchando en la oscuridad del recibidor, renunciando al derecho de réplica. No se siente con fuerzas para hacerlo, y se tiene que ir a trabajar. El dedo índice acciona por fin el pestillo, y el click retumba como un bombazo en su cabeza.

—De todas formas, lo hecho hecho está… Nuestra amistad está por encima de todo.

Tere prolonga el silencio unos instantes más. «Amistad», bonita palabra. Valiosa. Y, sin embargo, escucharla de labios de Sara le produce amargura. Nota cómo la presión crece en las sienes, hasta que, a punto de estallar en un llanto silencioso, abre la puerta, sale al rellano, despacio, cierra con suavidad y se va, saboreando el triste sabor amargo de sus lágrimas.

Sara engulle el último trozo de magdalena, de forma mecánica, sin saborearla.

—Que tengas un buen día… hermana. Nos vemos pronto —concluye en un murmullo.

Continuará…