Cuadrícula


Tus ojos ante la luz
que cuadricula el espacio,
tus ojos ante la luz,
enamorados.

Es que recuerdas el prado,
el resplandor deslumbrante
donde nos encontramos.

Es que recuerdas
el brillo inexpresable
del otro lado.

Tus manos sobre mí
—tan suave tacto—
siempre buscando
y aferrando;
contacto amado.

Tu boca adorada
—tus besos de calor—
es la risa y la sonrisa,
la exploración.

Es que buscas la vida
y recibes amor.

Tus ojos ante la luz,
encandilados.
Mi vida ante tu vida,
dedicada.
Mis ojos ante tus ojos,
entregados.

Besos en el viento


Valle de Pineta

Foto: Benjamín Recacha

La huella del alud atraviesa de forma dramática la ladera de la montaña.

Sigues con la mirada la cortina de árboles caídos que dibuja la nueva cicatriz en el corazón del bosque, y te maravillas de la exactitud con que se reproduce cada primavera.

Esta mañana la ascensión te ha costado más que de costumbre. Llevas un rato sentado en la roca de siempre y continúas exhalando espesas columnas de humo blanco.

A pesar del frío, tienes la camiseta interior empapada en sudor, y mientras recuperas el resuello el aire helado se te clava en los pulmones.

«Me hago mayor», concluyes.

Ayer no acudiste a tu cita diaria por culpa del temporal que ha dejado más de un metro de nieve en pleno mes de mayo.

Debilitado, sudoroso y boqueando como un pez fuera del agua, el caso es que aquí estás de nuevo, admirando la obra de la naturaleza implacable.

Piensas en los días de tu juventud, en las primeras veces que subiste hasta la atalaya desde la que dominas el valle. Entonces no lo hacías a diario; te gustaba descubrir nuevos rincones, aprovechando que tenías las piernas frescas y la mente ansiosa de conocimiento.

Miras en torno. El maldito cambio climático está dejando su huella. El glaciar pronto será un recuerdo, como los que ocupan la mayor parte de tu tiempo, pero la esencia es la misma; la magia del lugar te sigue proporcionando la energía que necesitas para superar un día más.

Sin ella, hace tiempo que te habrías esfumado como el vaho que sale de tu boca.

Detienes la mirada en la pequeña manada de sarrios. Te observan desde las rocas, con el cuello estirado. Han interrumpido su excursión matutina en busca de los brotes bajo la nieve. Saben quién eres; te ven cada día, pero el instinto no les permite bajar la guardia. El mismo instinto que dirige tus piernas y tu corazón.

«Prométeme que no dejarás de venir. Yo te esperaré todas las mañanas».

—Aquí estoy, mi amor.

…..

—Prométemelo, prométeme que lo harás. Necesito saberlo. —Sus ojos te imploran. Los vela la culpa, y necesitan tu perdón. «¿Qué quieres que te perdone? Estoy tan destrozado que sólo espero desaparecer junto a ti»—. Es nuestro rincón mágico. Recuerdo la primera vez que me pediste que te acompañara hasta aquí… Cuando llegamos no podía creer que tanta belleza fuera posible… Lloré de emoción —las lágrimas te resbalan silenciosas por las mejillas, impulsadas por un dolor tan intenso que en cualquier momento te impedirá respirar—, y me abrazaste.

La ves acercarse con los brazos extendidos; los tuyos cuelgan inertes.

—No podré seguir adelante sin ti… —No lo aceptas, no es posible que todo acabe sin más. Entonces levantas la cabeza y aprietas los puños, en un arrebato de rabia—. Tiene que haber algo que podamos hacer.

Te abraza y apoya la cabeza contra tu pecho. No puedes imaginarte sin ella; tiene que ser un error… Esa persona tan maravillosa, tan llena de vida, no puede desaparecer. Le besas el pelo, y ya no puedes controlar el llanto.

—Seguirás adelante, porque yo estaré aquí, en cada roca, en cada flor, en cada corteza de árbol, en cada insecto, en cada nube… —Te coge la cabeza con las dos manos, trata de secarte las lágrimas con sus dedos y te obliga a que la mires. Te sientes ridículo ante su entereza—. En cada soplo de aire. Cuando llegues cada mañana te recibiré con mil besos. —Te atrae hasta que vuestros labios se encuentran, y te regala un beso tan cálido que en ese momento sientes que nada malo puede pasar—. Pero necesito que me lo prometas.

Se lo prometiste, y durante unas semanas pareció que todo había sido una pesadilla. Hasta aquella mañana en que las fuerzas la abandonaron de golpe. Sin embargo, hasta el último momento conservó la sonrisa. «Prométemelo», te susurraba, y tú asentías, sin permitir que la desesperación que te consumía aflorara.

…..

—Aquí estoy, mi amor —murmuras, y entonces recibes sus besos a través del viento, esos besos que te proporcionan la energía necesaria para aguantar un día más.

Como cada mañana, tras unos minutos de alerta, los sarrios deciden que no supones ningún peligro y reanudan su paseo en busca del desayuno.

Compañera, un paso más en el camino…


Entre generosidad plena se conjugan la vida y el amor,
con una calidez combativa que alimenta las emociones y los afectos,
pues de alegrías y de tristezas se allanan las páginas de nuestra historia.

No hay actitud más gratificante, ni acto más recíproco
que tu afable bondad cuidándome cotidiana y prolijamente,
en mis horas de grandeza, pero aún más en mis horas de embargo y desolación.

Desde mis insipientes y llanas letras
hasta mis más grandilocuentes y expresivas intervenciones,
ahí has estado y estás vos, corrigiendo palmo a palmo mis errores,
pero, sobre todo, rescatando infaliblemente mis virtudes.

No puedo decir que la vida me ha dado todo lo que yo quiero,
pero cuando vos llegaste a mi vida, comprendí que la vida te da lo que necesitas.
Sí, me dio a vos. Compensando esa necesidad afable, para aplacar mis derrotas,
pero con las certezas oportunas, para levantarme y alentarme en cada caída.

Es por ello que, en todo momento, en todo pensamiento, en cada instante
de mi fugaz vida, desde que estás a mi lado, la vida se vive mejor.
Y no porque la sagacidad y la ternura con la que me miran tus ojos
me enamoren diariamente de vos, no. Menos aún, por la vehemencia
con la que tu deslumbrante sonrisa, tan desfachatada y descaradamente
me apaciguan en cada momento de desasosiego y desesperación, no, qué va…

Tampoco por la insensata lujuria que me provoca tu exquisita figura
trastocando milímetro a milímetro, cada espacio de mi piel, no, qué va…
Menos aún, porque la tibieza de tu cuerpo y tus caricias melosas que arremeten,
cada vez que les da su regalada gana, contra mí y contra mi libido, no.
Tampoco, porque la exuberancia tu cuerpo sea el antídoto perfecto
que desencadena nuestros combates de piel con piel y pura miel, no, para nada.

Por ello, debo recalcar que, en todo momento, en todo pensamiento,
en cada instante de mi fugaz vida, desde que estás a mi lado, la vida se vive mejor.
Porque simple y sencillamente, tu compañía, tu ser, tu sonrisa, tus labios,
tus ojos, tu sexo, tus olores, tus sabores, tus rabietas y tus locuras,
han sido los componentes necesarios y plenipotenciarios
para caminar junto a mis sueños y locuras.

Componentes que hoy, más que antes, se convierten
en una amalgama perfecta y predilecta, mi compañera,
para dar un paso más en el camino de la vida,
de nuestra vida y nuestro amor…

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«Felicidad», fotografía por Mirosh Cevallos.

Todo el amor del mundo


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Foto: ahuanda

Tan pronto asoma tu cuerpecito

vienes a mi

con todo el amor del mundo

tu pequeñez me inunda

y aquella inmensidad se resume en tu mirada:

Somos todo.

Todo el amor del mundo

destila de tus grandes ojos

en una botella de sueños.

Todo el amor del mundo

lo moldean tus manos pequeñas

tu primer descubrimiento

entre tantos futuros.

Todo el amor del mundo

lo acapara tu sonrisa

franca e infinita.

Así

como si todo el amor del mundo

bastara para definirte.

Y aunque transcurran décadas

todo el amor del mundo

fue y será de nosotros.

Porque de una energía vital tu vienes

de la alegría, las risas y los abrazos

vienes

de la dulzura, la nobleza y el calor

vienes

de las noches de luna y estrellas

vienes

de la lluvia y la tormenta

vienes.

Todo el amor del mundo

porque tu sabes tanto de él

como de la vida.

Ella

Ella


Historia de amor en octubre 


Conocí a la mujer más hermosa del mundo un día de octubre, cuando ella tenía veintidós años. Su nombre era Lisboa, le gustaba el sushi y decía que no soportaba el pop.

Lisboa estudiaba Comunicaciones o Mercadotecnia o una cosa de esas. La verdad, lo dejó antes de que comenzáramos a salir, y se convirtió en tema tabú entre nosotros. Teníamos un trato: yo no hablaba de mi trabajo, ella no hablaba de cómo se ganaba la vida. Y no es que fuera una chica misteriosa, pero sí era algo reservada.
Nunca fue una de esas chicas que saltan de emoción ante cualquier provocación, tampoco era muy expresiva, pero para mí era suficiente saber que me amaba y que yo la amaba.

Salimos pocos meses antes de casarnos. La boda y el embarazo nos tomaron por sorpresa. Yo estaba por cumplir treinta y siete años y sería la primera vez que sería padre. Yo no cabía en mí.

Cuando tienes treinta y siete años y te casas por primera vez, tus amigos y familiares casi no objetan la premura de una boda.

Los meses corrieron velozmente y Santiago nació en septiembre. Santiago tenía menos de veinticuatro horas de estar en este mundo y yo ya tenía planes y sueños para muchos años con él. Santiago y Lisboa eran mi vida en septiembre.

Lisboa era atea, pero no tenía ninguna objeción con mi deseo de que Santiago fuera criado en la doctrina católica y, como buenos católicos, se aproximaba la fecha de su presentación ante la Iglesia.

Una tarde, a mediados de octubre, tres días antes de que Santiago cumpliera cuarenta días de nacido, Lisboa desapareció Junto con el niño. Pensé lo peor, algo le había sucedido a mi esposa y a mi hijo. También pensé en la posibilidad del abandono, pero era casi imposible, Lisboa me amaba y yo a ella.

La noche de ese día se convirtió en la peor noche de mi vida hasta ese momento. Solamente pudo ser superada cuando, tres noches después, a las afueras del pueblo, una redada policíaca había detenido a veintisiete personas mientras practicaban rituales satánicos en el que, entre velas negras y huesos de animales, acababan de sacrificar a un infante de cuarenta días, hijo de una de las integrantes llamada Lisboa N.

Vejez


En los ojos de los ancianos

veo morir días, veo morir risa,

irse la felicidad por los pasillos.

Ya no tienen suficientes remos

para cruzar sin llorar, dignos,

sin muletas o dolores,

los ríos que los separan,

de aquellos parques de alegría,

de calles sin obstáculos ni indiferencia

de músculos tensos y proezas de memoria,

de aquellos días llenos de otras cosas.