El poeta…


Para el poeta, expresar y escribir sus líneas
es una tristeza, un sufrimiento. Pues, esa triste alegría
y ese dulce sufrimiento, lo goza, lo vive, lo siente
y lo enfrenta en la vida y en el amor, sin poses, tal cual.

Sin miedo a sentirse más solo que el mundo,
con una alegría entre pecho y espalda, algo que asfixia,
algo reprime, algo como una alegría muerta más o menos.

El poeta vive la vida y la muere al instante,
se levanta nostálgico y se acuesta alegre.
Revisa páginas y recuerdos en los que transcurre su vida.

Escribe diáfanas sentencias de amor, versos de rabia,
líneas de dolor y formas escabrosas de maleable pasión.
Conjeturas locas que le da por escribir,
para encomiar y evocar su existencia y la vida misma.

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Si estos árboles pudieran hablar


Valle de Pineta

Foto: Benjamín Recacha

Si estos árboles pudieran hablar,
dirían que parara de pensar,
que levantara la mirada al cielo
y dejara al viento mecer mi pelo.

Si estos árboles pudieran hablar,
me dirían que vaciara la mente,
que dejara de escuchar a la gente,
esa que tanto insiste en gritar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me invitarían a que los trepara,
a que entre sus ramas me acomodara,
y por sus hojas me dejara arrullar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me enseñarían a hablar su lenguaje,
a admirar la inmensidad del paisaje,
y que hay cosas que es mejor olvidar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me pedirían que les ayudara
a difundir su lamento profundo.

Y es que estamos destruyendo el mundo.
De vergüenza se me caería la cara…
Con esta locura hay que acabar.

Si estos árboles pudieran hablar,
los escucharía siempre embobado.
Dejaría mis problemas a un lado.
Les rogaría que me hiciesen soñar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me pedirían que los abrazara.
Que querer a un árbol no es cosa rara,
ni a un río, a las nubes o a una flor.

La madre Tierra necesita amor.
Es un buen motivo para escapar.

Hermosa mía


Ojos de cristal,
sonrisa de amor,
mirada de mar,
labios de rojo pasión.

Me miras,
sin embargo
soy yo quien se ve
en tus ojos de alma abierta.

La pregunta queda expuesta
—¿Qué ves cuando me observas?
aún así sin saber la respuesta
te puedo decir
—¿Qué veo en tu belleza?

Veo el amor en carne y hueso,
en alma y energía,
en alegría y calma.
en la paz de tus manos
y la locura de tus besos.

Veo un espiral de aromas de incienso,
inspiro parte de tu esencia,
bocanadas de alma,
calidez de tus pasos,
la colorida fragancia de tu sexo.

Veo la trascendental respuesta,
la ciencia no sabe de sentimientos,
solo responde con experimentos,
sin embargo,
lo único comprobable es irrefutable,
ante toda lógica la locura tiene argumentos,
ante toda sabiduría la vida es experiencia,
ante toda consciencia los sueños vuelan ciertos,
ante toda apariencia los ojos ven más allá de la creencia.

Eso veo cuando me observas y dices te amo.

Amor, dónde estás…


Dónde estás amor, te siento tan cerca y no te veo.
Vos que siempre me quieres y me requieres,
para darme un golpe rústico y suicida de pasión y desolación
y luego atrincherado, caer rendido
ante tu fatídica conspiración de aquello que llaman felicidad.

Dónde estás amor, por qué huyes de mí.
Me dicen que no te busque, que te espere
porque tú debes venir a mí.
Tal vez estás en tamaño racional, sencillo e irreverente,
de la presencia más dulce o de la figura más escueta de una airada mujer.

Dónde estás amor, tal vez ya pasaste y no te vi y peor aún, no te sentí.
Tal vez me engañas y nunca vienes a mí. Tal vez solo viví una parte de ti.
Pues sí, aquella donde una efímera situación me invade,
donde prevalece la insolente desesperación
de no tenerte aquí, de no sentirte en mí, amor…

Libido


La pasión hace que nuestras almas salgan de su escondite
y se arrullen con desmesuradas caricias.
Que tu cuerpo no descanse sino sobre el mío,
que mi amor y mi lujuria se abrumen
y se apacigüen cuando estoy junto a ti.

Sensaciones inescrupulosas que trastocan uno a uno
los espacios mínimos de nuestra piel,
cada vez que la intransigente libido nos desequilibra de forma descarada.

En ese momento, cuando las miradas se vuelven infalibles e incitantes,
ahí se completa nuestro mapa de caricias
que, sin estrecheces,
da inicio a mil combates de piel con piel y pura miel…

people-2589817_960_720Imagen: Pixabay (CC0).

Abrazos


abrazo

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Tenía frío. Era un día radiante de un caluroso mes de junio, pero estaba helado. El frío le brotaba del corazón y se extendía por el cuerpo. Miguel sentía que en cualquier momento la sangre se le congelaría en las venas. Se preguntaba si cuando eso sucediera quedaría todo él congelado.

Había perdido la noción del tiempo. No recordaba cuándo había llegado al parque ni cómo había ido a parar al banco junto al estanque. Se fijó en los cisnes, que se deslizaban altivos e indiferentes a lo que ocurría fuera del agua. Ni siquiera hacían caso a los trozos de pan que les lanzaba una niña que insistía en querer alimentarlos. La pobre ya no ocultaba la frustración que le causaban las desagradecidas aves.

Pero enseguida la mente de Miguel lo atrapó de nuevo en el recuerdo y el desasosiego. «Cuando me congele, quizás la gente me confunda con una de esas estatuas que habitan el jardín. Seré una más de ellas. La podrían llamar Soledad». Aquel pensamiento nuevo debía significar que la sangre todavía le llegaba al cerebro y que el frío que bombeaba su corazón no era tan potente como para paralizar las neuronas.

Recordaba los abrazos, el único abrigo efectivo para un corazón helado. Necesitaba más que nunca uno de aquellos, uno bien fuerte y confortable. Se preguntaba dónde habían ido a parar todos aquellos amigos, todas aquellas personas que le habían transmitido su calor hacía sólo un año. Se preguntaba si necesitaban reencontrarse en un funeral para abrazarse, si lo harían en el suyo.

Pero él no quería morir, quería convertirse en estatua para habitar eternamente aquel jardín donde compartió con Laia tantas historias y tantos besos, hasta que el maldito cáncer se la arrebató, y llegaron los abrazos.

«¿Por qué la gente sólo se abraza en los funerales?» Laia y él lo hacían a diario, pero no con la intensidad que se pone en uno de esos abrazos que son antídoto contra el frío del alma, los que se reservan para los seres queridos cuando pierden a un ser querido.

Un año atrás, cuando más que congelado Miguel creyó haberse quedado sin corazón, recibió muchos de esos, cuyo calor le hizo volver a sentir sus propios latidos. Desde entonces los reencuentros y los abrazos habían disminuido en cantidad e intensidad, y ahora tenía que consolarse con el recuerdo. Un recuerdo que, sin embargo, lejos de reconfortar, había traído consigo un crudo invierno.

La muerte de Laia no había pillado a nadie por sorpresa. Había luchado contra la enfermedad durante dos largos años —que a Miguel se le hicieron insoportablemente cortos—, con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios, aunque el cáncer la estuviera devorando por dentro. Habían estado preparando la despedida con mucha antelación, hasta el punto que Miguel había llegado a creer que «la muerte forma parte de la vida». Pero el último día, aquel 18 de junio infame, él se derrumbó.

Lo habían hablado. Tenían clarísimo que ella se marcharía de una forma digna. Nada de cables, ni de morfina, ni de desfile de caras largas, de ojos enrojecidos y encharcados en lágrimas, nada de llantos ni de crisis nerviosas, nada de olor a hospital. Laia moriría en casa, tranquila y en silencio, soportando el dolor cogida de la mano de la persona a quien amaba, junto a la que había aprendido a vivir y a morir.

Pero cuando llegó la hora, Miguel no halló la fuerza necesaria para aceptar que la persona que daba sentido a su vida se marchaba para siempre. Y a pesar de las protestas de ella, a pesar de sus lágrimas de impotencia, llamó a emergencias. Alargaron la agonía durante algunas horas, él soñó con la irracionalidad del milagro imposible, pero Laia murió de madrugada, rodeada de cables, de caras largas y ojos rojos, y hasta las cejas de morfina en una habitación que apestaba a hospital. Miguel estuvo junto a ella hasta el final, con sus manos firmemente agarradas, aunque Laia no fuera consciente de nada de eso. Hacía horas que había cerrado los párpados para siempre.

Y entonces llegaron los llantos.

Y las llamadas de teléfono.

Y la extraña paz que se respira en el limbo de quienes no son conscientes aún de que algo muy potente y muy profundo ha crujido dentro de ellos.

Y el desfile de caras largas, de palabras murmuradas de quienes en realidad nunca han sabido cómo reconfortar a quien ha perdido lo más importante de su vida.

Y los abrazos.

Miguel podía rememorar cada uno de aquellos abrazos cálidos y sinceros de quienes sentían la pérdida en lo más profundo de su ser y deseaban con todas sus fuerzas transmitirle su amor. Aquellos abrazos decían más de lo que jamás conseguiría comunicar el más elaborado de los discursos.

Ya no había abrazos. Sólo recuerdos.

«Te echo de menos. Echo de menos nuestros paseos, escuchar las historias que te inspiraban estas estatuas, cómo conseguías hacer rabiar a los cisnes. Eras tremenda. Echo de menos tus besos y, aunque no lo creas, todo el tiempo que compartimos, que nos dedicamos, mientras luchábamos juntos. Echo de menos tu fortaleza. Y la echo de menos porque la necesito para soportar tu ausencia. Echo de menos los abrazos».

La cabeza negaba mecánicamente. Y el frío. Había empezado a tiritar.

—Hola, Miguel.

De repente, dejó de tiritar. La cabeza dejó de moverse. Levantó la mirada, en busca de aquella voz tan familiar a cuya propietaria hacía casi un año que no veía. Pocas veces la había vuelto a escuchar desde entonces.

—No respondías al móvil y no estabas en casa, así que, siendo el día que es, pensé que estarías aquí. —Se giró hacia el estanque y paseó la mirada por los jardines—. Elegisteis un buen lugar para esparcir sus cenizas.

Miguel se preguntaba si el cerebro no le estaba jugando una mala pasada.

—Soy yo, tu hermanita. La loca que un buen día decidió irse a vivir con los esquimales. —Se le acercó y le cogió una mano—. Por cierto, todavía no has venido a visitarme. Te aseguro que en Groenlandia no hace tanto frío como la gente cree.

La sonrisa burlona y el calor de sus dedos por fin lo hicieron reaccionar.

—Aquí estábamos bajo cero hasta hace un momento.

—Ven.

Miguel se incorporó. Se miraron. Las miradas también podían reconfortar.

Se abrazaron. El frío abandonó el corazón de Miguel. Se apretó más contra su hermana y la besó en la cabeza.

Nada reconfortaba tanto como uno de aquellos abrazos.

¿Libre?


Mezcolanza dulce

Decrepitud amarga

Alma libre

 

Instinto humano

Jaula casera

¿Quién?

 

Yo mismo

¿Quise?

Piel: “Sí quiero”

 

Niño no entiende

Niño se esconde

Niño se pierde

 

¿Quiénes somos?

¿Dónde estamos?

Preguntal(t)e