Burbujas


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Imagen: Jamie Street

 

Incesante gorgoteo en la herida del alma,

flotando sobre la marea de la vida…

Y allá, desde esa lejanía que me eclipsa,

la burbuja, espejismo de un amor.

El amor escrito sobre este cielo que piso

y que maldigo en tu ausencia.

Nado a contracorriente, sin tu aliento a mi favor.

Y en esta burbuja, pensamiento liviano,

me ahogo, me contraigo y me elevo

hasta donde salpique la esperanza

y pueda evitar este destierro.

Paisaje sin color, tesoro escondido

anclado en el más profundo de los mares.

Burbuja de dolor que en el rocío

lloraste en mi jardín y ahogaste

un corazón que ya no es mío.

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La mejor medicina


Él se asoma a la ventana. Hace un día espléndido, se imagina paseando con la cabeza levantada y los párpados cerrados, sintiendo el calor del sol de primavera. Paseando con ella, agarrados por la cintura. Le besaría el pelo, y se sumergiría en esos ojos verdes que brillan con la luz y que lo hipnotizan; aunque seguramente los tendría enmascarados tras las gafas de sol que le dan el glamur de las estrellas de Hollywood. «Estamos juntos, sí. La tía más imponente, la más simpática, la más inteligente me ha elegido a mí», les diría orgulloso con la mirada a todos cuantos se les cruzaran sin poder ocultar la expresión de envidia.

Pero ella está tumbada en el sofá, en la oscuridad de un comedor mal orientado, que incluso en abril necesita del calor artificial de la calefacción para resultar confortable. Está rabiando de dolor. Esa maldita espalda que no le da tregua. Tampoco ella se la da, siempre obligada a ofrecer su mejor sonrisa, a acarrear con todo, a complacer a todos y a demostrar que puede con lo que le echen. Lo único que desea es tener paz, olvidar sus males físicos y los problemas que la están hundiendo, aunque los demás no lo sepan, porque siempre tiene a punto esa sonrisa cálida que la hace parecer tan fuerte y segura, tras la que oculta su desgracia.

La gatita cruza el comedor como un rayo y salta sobre las zapatillas de él, que automáticamente se agacha para jugar con ella.

—Eres un terremoto, ¿eh, pantera?

—Te aburres, ¿verdad? —Él mira hacia el sofá, de donde procede la voz somnolienta que emerge de entre el sopor de los analgésicos—. Lo entiendo. Sal a pasear y tómate esa caña que tanto te apetece.

Él la mira apesadumbrado, impotente por no poder hacerla sentir mejor.

—Esa caña sólo me apetece si es contigo.

Sonríe, tratando de transmitirle la calidez que ella echa tanto en falta. La manta eléctrica la alivia un poco, pero no es el tipo de calor que necesita.

—Pero yo no puedo acompañarte. Estoy fatal. —Cierra los ojos de nuevo, y emite un suspiro apagado, sin fuerzas—. Siento no ser lo que esperabas de mí.

—No digas eso. Sé que te encuentras mal, pero te quiero, quiero estar contigo.

Con la gata enganchada a los pies, se acerca al sofá.

—Dices que me quieres, pero en realidad quieres a la imagen que tienes de mí, a la mujer fuerte, espléndida y complaciente. Y ahora mismo esa mujer no tiene nada que ver conmigo. No creo que lo vuelva a ser nunca. Estoy tan cansada…

Él se queda a medio camino, tratando de hallar las palabras adecuadas, las que desactiven el mecanismo autodestructivo que ella ha accionado. No hay nada que desee más que poder ayudarla, ser su medicina… «Una medicina de mierda, porque en dos días volverás a estar a quinientos kilómetros de aquí, y ella volverá a sentirse sola y desgraciada», se reprocha. Pero ¿qué puede hacer?

—Te quiero a ti…

—No es verdad. ¿Quién puede querer a este desastre? Tú te mereces algo mucho mejor.

—No digas eso. Yo sé lo que siento. Sé que no quiero ni voy a querer a nadie más que a ti. Contigo soy feliz.

—¿Ah, sí? ¿Eres feliz ahora?

Ella se gira a duras penas y lo mira a los ojos. Le dirige una mirada dura y escrutadora, como si tratara de encontrar algo en la de él que lo delate. La gata salta al sofá y, con las zarpas clavadas en la manta eléctrica, consigue auparse. La mujer le dirige su atención, y él siente un alivio estúpido, como si se hubiera librado de la mirada petrificadora de Medusa. Continúa plantado a un par de metros de ella, sin decidirse a acabar de salvar la distancia, temeroso por cómo vaya a reaccionar. Se siente torpe, carente de recursos para transmitirle su cariño.

—Hola, mi amor.

La voz de ella suena vital mientras acaricia a la gatita. Parece mentira que surja de la garganta de la misma persona tan apagada hace sólo un instante. El animal emite una especie de gorjeo muy poco felino, provocando la sonrisa de su «mami». El momento de distensión dota al hombre de la decisión que le faltaba para acabar de acercarse y, arrodillado junto al sofá, él también acaricia a la gata y, de paso, como por accidente, la mano de su pareja. Alarga la caricia, hasta que deja su mano sobre la de ella. Entonces se miran, con el ronroneo felino como sonido de fondo. El animal se está quedando dormido sobre el pecho de la mujer.

—Tienes la mano fría —susurra ella.

—Lo siento.

Él hace ademán de apartarla.

—No, déjala, por favor.

Él toma aire y cierra los ojos, meditando sus palabras.

—Te quiero…

—No creo que…

—Déjame hablar, por favor.

Él la mira fijamente. Ahora es ella quien se siente intimidada. Esa mirada tan profunda e inteligente la vuelve loca. Es lo que la enamoró por encima de todas las otras cosas, tantísimas cosas que jamás pensó que fuera a poder disfrutar…, que no merece disfrutar.

—Vale…

—Te quiero. —Lo dice con toda su convicción, pero sigue notando la sombra de la duda en los ojos verdes—. Sí, te quiero. Y aunque ahora te encuentres mal, te vas a recuperar. Tienes que hacer lo posible por recuperarte, y dejarte cuidar. No tienes que demostrar nada a nadie…

—Ya sabes cómo son mis hijos, todo lo que tengo por hacer, los problemas con mi ex, el banco…

—Para, para, por favor. —Le agarra la mano y le acaricia el pelo. La mira con dulzura. Ella ve el amor en sus ojos, ya no tiene las manos frías. Nota una pequeña chispa en el estómago que lucha por prender—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?

—¿Qué? —«Ojalá me beses», se escucha decirse.

—Lo mucho que te gusta la vida. Eres como esta gatita adorable, tan curiosa, ansiosa por descubrir el mundo, por sorprenderte con cualquier cosa, por devorar conocimiento. —La gatita respira pausada en sueños, ajena al drama humano—. Y entiendo que te sientas tan mal, porque ahí tumbada no puedes hacer nada de lo que querrías.

Ella lo mira con los ojos vidriosos. Aprieta la mano de él. «Ojalá no te fueras nunca», le dice sin palabras. Él vuelve a respirar hondo, no quiere dejar salir el torrente de lágrimas que amenaza con desbordarse; ella no lo merece, ya tiene bastante con las propias.

—Pero sí hay algo que podemos hacer, una de las cosas que más echo de menos cuando no estoy contigo —retoma él.

—¿El qué?

Él se inclina sobre ella, ya sin barreras invisibles, y la abraza. Y ella siente cómo el cuerpo se le llena del calor que la alimenta y que, aunque sea momentáneamente, le hace olvidar todos sus problemas. El calor del amor, el que nos transforma en seres invencibles, capaces de superar cualquier obstáculo.

Él se incorpora, aún de rodillas en el suelo, y con mucho cuidado acuna a la diminuta gatita en la palma de su mano para cambiarla de sitio.

—Ver una peli abrazados en el sofá.

Coge el mando y se acomoda junto a ella. Los dos sonríen, porque se sienten afortunados por tenerse el uno al otro; porque se aman.

El día


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Fotografía por nitli en Pixabay (CC0).

El color de tu blusa destacaba entre toda esa gente que esperaba en el aeropuerto. Puse en el suelo mi maleta para darte un gran abrazo, uno de esos que te hace despegar los pies del suelo. Pude aspirar el olor de tu pelo y sentir el peso de tu pequeño cuerpo sobre el mío. Era el día que tanto esperábamos y era increíble verte sonreír. Te miré a los ojos tal y como lo prometí. Dejamos de ser las voces detrás de los teléfonos y ahora estábamos frente a frente tomados de las manos. Estábamos nerviosos como niños. Salimos de entre el bullicio hacia la calle. El sol de la tarde brillaba, no más que tus ojos, tus lindos ojos. Sin soltarnos de la mano fuimos de un lugar a otro; charlamos, nos acariciamos con las miradas y con las manos. Ya no había desconexiones por las cuales enfurecernos. Estuvimos sentados bebiendo ese ansiado café que ambos nos debíamos. Había tanto de qué hablar y era tan poco el tiempo.

El inicio de la noche se antojaba para estar más juntos. Caminamos abrazados por la calle principal bañados de miles de luces: era aquel un lugar diferente, un lugar que guardaba muchos secretos. Fue ahí donde nos dimos el primer beso: al pie de una fuente danzarina. Agua en movimiento vigilado y corazones latiendo sin control. Abrimos los ojos, después del beso, despacio, como cuando vas a recibir una sorpresa, esa maravilla que esperas que pase en un día tan especial. Las luces fulguraban y recargaste tu cabeza en mi hombro en señal de que por fin nuestro sueño se había cumplido.

Pero nunca llegué al aeropuerto. El avión se estrelló en el desierto antes de aterrizar. Viste la noticia en las pantallas de la sala de espera y mientras imaginabas nuestro encuentro, las lágrimas cayeron de tus bonitos ojos y mojaron tu blusa.

Nunca te conocí.

No voy a olvidar que…


Para mi hermosa Mirosh.

No voy a olvidar que estás impregnada
en mis olores y sabores.
No voy a olvidar que estás en cada flor amarilla
que aplasto en la calle, nuestra calle.
No voy a olvidar que estás en cada atardecer
y en el sonido bravío frente al mar, nuestro mar.
No voy a olvidar que estás en cada minuto
que respiro amor y alegría en mi vida, tu vida…
No voy a olvidar que estás ahí, en ese espacio sigiloso
y esquizofrénico, entre las sábanas y el colchón, en ese mágico,
chocante y delirante espacio que añora constantemente
nuestros combates de piel con piel y pura miel.

No voy a olvidar que estás en mis sensatos destellos de luz
y de rebeldía. Tu loca, exquisita e insolente rebeldía acariciando
e incitando siempre a la mía, nuestra rebeldía.
No voy a olvidar que estás en este espacio vital, gravitante,
acompañándome, consintiéndome, animándome, añorándome
y desde luego requiriéndome y deliciosamente amándome.
No voy a olvidar que estás en mi mente y no sé cómo,
pero atestando delirantemente con amor, pasión, lujuria y ternura,
cada momento de mi vida, de nuestras vidas y nuestro amor.

Memoria del desviste II


Carta I

Es tan injusto que preguntes si pienso en ti. Es muy grosero de tu parte. Aún recuerdo aquel vestido de lunares cayendo al suelo, desnudando tus pechos y dejándote con la luz de tu alcoba iluminándote sin bragas.

Es agresivo que creas que te he olvidado. Al calendario no le he quitado ninguna hoja desde que te fuiste, aquí sigue siendo veintiuno de febrero. La cama huele a ti y la cocina todavía tiene la mancha que dejaste.

Si tan solo yo no te hubiera desvestido nunca, hoy sería feliz. Hoy sería un día cualquiera y no el trescientos cuatro desde tu partida. La memoria del desviste me atormenta. Muero, muero y vuelvo a morir muchas veces más cada que te veo pasar vestida en alguna avenida.

Lo que viene y va


El tictac del reloj se ha vuelto una monótona canción. He volteado a mirar el viejo cacharro de hojalata que me regalaste, sí, ese que compraste en un bazar. Me convenciste con el cuento de que por ser antiguo medía mejor el tiempo, que tenía toda la experiencia que dan los años. Sonrío para mí y considero la idea de meterme a la tina, ponerle sales aromáticas y remojar mi cuerpo en el agua tibia. El vestido ya lo he preparado. Lo he dejado sobre la cama; es el rojo con estampado de flores. Lo llevaba puesto la noche que bailamos Lady in red en la terraza del bar. No lo olvido, nos dimos el primer beso y hoy quisiera que me vieras tan bonita como en esa ocasión.

La noche viene y el tiempo se va. El teléfono está mudo y he atisbado por la ventana para ver si tu moto está estacionada en el lugar de siempre. No estoy nerviosa, pero sí decidida. Lo oscuro de la habitación me recuerda que en otros tiempos hubo luz, sí, cuando estabas tú.

Bebo una taza de café endulzado con la miel de tus recuerdos. Semidesnuda miro sin parar hacia la puerta, esperando oír los pasos de tus botas antes de entrar e inundar la casa con el olor salvaje del cuero de tu chamarra. Quisiera verte aventar el casco y abalanzarte sobre mí, así, comiéndome a besos, devorando mi deseo, así como antes.

Me meto a la tina. La tibieza del agua no apaga mi avidez, pero si entibia mi corazón congelado por tu ausencia. He dicho que soy decidida y no te esperaré más. Bebo el último sorbo de café. La transparencia del agua se tiñe de rosa intenso, entonces, la noche me abraza y viene tu recuerdo mientras mi vida se va a paso lento.

Y fue así como conocí al principito