Tormenta primera


 

 

Y los árboles no podían taparlo

en la selva de noches y palacios.

El idealista, sofocado, solo veía rocas

imaginando muertes,

y lugares de náufragos.

Él tenía zapatos que se lustraban con sangre;

ella, un mundo de mareas,

enérgica y buscando sus ríos,

donde se hacía nueva la cara cuando se abrazaban,

llenando las habitaciones de luz,

era todo nuevo y larga su melena.

Ese día miró arriba, a los atardeceres lunares

sobre los tejados de un planeta lejano.

 

(Fotografía del autor)
Anuncios

Stranger danger, STRANGER DANGER!


Don Julio, el dueño del cafetín


Julio Vicente Manrique Trujillo nació en Ipagüima, una pequeña isla escondida en el Caribe. Su madre murió de parto, quedando bajo el cuidado de su tía, Sara, quien se había quedado solterona. El padre de Julio, Don Vicente, quedó sumido en la más profunda tristeza y no veía la hora de reencontrarse con su hermosa María. Todos en la isla estaban preocupados por Vicente. Pasaba horas en la pequeña barra frente al mar cuando estaba borracho, caminaba en la oscuridad hasta caer rendido. Muchas veces lo encontraban tirado a la orilla del camino, adormilado y sin deseos de vivir.

—Vicente, ahora tienes que pensar en tu hijo —le reclamaba su cuñada—, no es momento para que te hundas. Mira lo bonito que está.

El hombre no quería ni mirar a la criatura, lo veía como a su enemigo, pues le había costado la vida de la mujer que más amaba.

—Déjame ahora, Sara —respondía—. ¿No crees que tengo derecho a guardar luto por tu hermana?

 —Por supuesto que tienes derecho, pero no lo tienes de abandonar a tu hijo.

Las conversaciones entre ellos siempre terminaban con las protestas de Sara y el silencio de Vicente. Luego se iba de nuevo a la barra a ahogar sus penas.

Un día pensó que era mejor terminar su suplicio, no sentir nada más, irse con su María. Caminó adentrándose al mar, sintiendo la suave arena debajo de sus pies y la tibieza de las aguas. Un viento recio le azotó la cara; en la oscuridad, un relámpago lo alcanzó y lo dejó inconsciente.

Despertó en los brazos de una muchacha a la que nunca había visto en Ipagüima. Era una mujer frágil, de cabellos muy negros que flotaban con la brisa, y ojos del color del fondo del océano. Vestía un caftán blanco, adornado con hilos plateados, como las estrellas y un collar de caracolas.

—¿Por qué te haces daño? —preguntó con una voz dulcísima.

Vicente no pudo hablar. Un llanto lastimoso le salía del alma, su espíritu se derramaba en presencia de aquella joven desconocida. Ella lo arrulló por un rato, hasta que el lloro amainó. La miró, como se mira a las vírgenes, con respeto, con devoción.

—No puedo vivir sin ella —dijo.

—Claro que puedes… María no se ha ido, ella vive en tu hijo —le respondió.

 —Ese niño la mató.

 —No, ella dio su vida por él. Quiso hacerte un regalo muy costoso, que no has aprendido a apreciar.

El hombre bajó su mirada. Las lágrimas saltaban de sus ojos sin contenerse. «Julio es un regalo», se repetía una y otra vez. De pronto se sintió muy solo. Levantó la cabeza y ya la muchacha no estaba. «Creo que he visto a un ángel», pensó mientras se levantaba trabajosamente. Respiró hondo y un largo suspiro le salió del pecho. Sin darse cuenta, sus pasos lo dirigieron a la casa de Sara.

—Sara —llamó cuando entró en la vivienda —. ¡Sara!

Nadie contestó. La vecina salió al escucharlo llamar y le dijo que Sara había salido para el hospital, pues el niño tenía una fiebre muy alta. Vicente casi enloqueció. No era posible que también perdiera a su hijo. Lo había rechazado tanto que quizá tendría que pagar un precio muy alto por su agravio. Corrió tanto que no se dio cuenta de que lastimaba sus pies desnudos, llegando a su destino ensangrentados.

—¿Dónde está Julio? —preguntó a la cuñada tan pronto la vio en el hospital.

—Están haciéndole unas pruebas… Pero ¿qué haces aquí?

—La vecina me dijo que el niño está enfermo.

—Sí, así es.  Sin razón comenzó a arder en fiebre, como a las diez de la noche.

Vicente se dio cuenta de que a esa hora intentaba quitarse la vida, fue el momento en que el relámpago lo alcanzó. Se arrodilló al frente de su cuñada y lloró angustiado, arrepentido.

La enfermera salió para avisar que podían pasar a ver al niño. No sabían si resistiría la fiebre por más tiempo. Vicente se acercó sigiloso, mientras Sara se mantenía al margen, observando a este hombre diferente. Había rezado tanto para que este padre amara a su hijo. Él miró al interior de la cuna, asustado. Después miró a Sara y a la enfermera, una de ellas le diría que hacer.

—Tómalo en los brazos, Vicente —dijo la cuñada.

Nervioso, se dobló y agarró al niño con el temor de que se le fuera a escurrir entre los dedos. Las lágrimas caían en la hermosa cabecita de su hijo, quien comenzó a mover su pequeño cuerpecito. Vicente sintió que la temperatura bajaba y que una pequeña manita le acariciaba la cara. La enfermera se acercó y tocó a la criatura.

—Creo que ya no tiene fiebre —dijo—. Esto es un milagro, hace unos minutos este niño ardía.

—El verdadero amor todo lo vence —añadió Sara poniendo su mano en el hombro de Vicente.

Julio Vicente salió del hospital en los brazos de su padre, quien no podía comprender como alguien tan pequeño podía darle tanta esperanza. El dolor por la pérdida de María lo fue abandonando, quedando solo el recuerdo de los buenos momentos vividos junto a la mujer que había dado su vida para darle el regalo más grande, su hijo.

Cuando Vicente estuvo libre de la carga de sus recuerdos dolorosos, empezó a ver la belleza de Sara. Era diferente a la de María, que llenaba los ojos y no lo dejaba pensar. La belleza de Sara era sencilla, natural, interna. Poco a poco se dio cuenta de que la necesitaba, que cuando no estaba cerca la extrañaba. La miraba jugar con Julio y ya no veía a María, miraba a la mujer que lo había salvado del abismo.

Sara siempre lo había amado, por eso, cuando quiso casarse con María, enterró sus sentimientos por respeto a su hermana y a él. Nunca sintió envidia de su hermana y, el día que murió, juró hacerse cargo de Julio sin ninguna otra intención. Pensó que Vicente era joven y que, cuando volviera a casarse, ella seguiría ocupándose del niño en honor a su hermana. Nunca pensó que el viudo se fijaría en ella, pues se sentía tan ordinaria al lado de su hermana.

Julio miraba a Sara como su madre, a pesar de que mantenía la memoria de María mostrándole fotografías y hablándole de ella. Para Julio, su verdadera mamá, la que estaba en el cielo, era como un ángel, algo etéreo que no podía abrazar, que no lo consolaba cuando estaba triste, que no curaba sus heridas cuando se caía. Sara era todo para él y ella se contentaba con ese hijo que la vida le había regalado.

Una tarde Vicente llegó a la casa con unas flores que había recogido por el camino y las puso en las manos de Sara. Confundida, buscó un envase y las colocó con agua. Un rayito de ilusión la tocó cuando Vicente la tomó por la cintura y la besó despacio.

—Cásate conmigo —propuso.

—¿Estás seguro?

—¿De que te amo?

—Sí.

—Te amo.

—¿Y María?

—Es un recuerdo hermoso que me llevó hasta a ti y me regaló a Julio.

No fue necesaria la respuesta. Sara rodeó el cuello de Vicente con sus brazos y lo besó con todo el amor que por años había contenido.

La relación fue bienvenida por todos los habitantes de Ipagüima, especialmente por Julio. Pronto se casaron y Vicente montó la cafetería del pueblo en la que todos se reunían y comentaban los asuntos importantes, como el primer embarazo de Sara. Al fallecer el padre, el negocio quedó en manos del hijo, quien sería conocido más tarde como Don Julio, el dueño del cafetín.

El jardín de la soledad


Era una tarde otoñal en el balneario Montmichelle, Suiza. Sus ojos cansados apenas distinguieron la masa borrosa que se dibujaba ante él. El murmullo de unas voces lejanas le despertó de aquella larga ensoñación en la que vivía desde hacía tiempo, demasiado quizá.

La familia Uribe, de origen venezolano, había llegado poco antes del mediodía para hablar con el médico responsable de rehabilitación. María Belén, la pequeña del clan, le acarició un pie. Nadie le había tocado así antes, le recorrió un escalofrío. Por primera vez dejó de sentirse invisible.

—¡Mira, papi! ¡Se le posó una mariposa! ¿Le hará cosquillas? —preguntó la niña emocionada.

—No se da cuenta, amor —le contestó su padre, acariciándole el cabello.

La niña espantó a la mariposa con la mano y salió tras ella correteando por el jardín.

—Siéntense, por favor —indicó el doctor Leboussier con un marcado acento francés.

—Hijo, ve con Belén —dijo el señor Uribe a Iván, su hijo mayor.

—Pero ¿por qué? ¡Quiero saber cómo está Adrián! —protestó el chico.

—Haz lo que te dice tu papá —dijo con dulzura la señora Uribe.

El matrimonio llevaba casado 20 años, se amaban como el primer día. Isabel Uribe tenía una belleza inusual, exótica, que florecía con el paso de los años. Su cabello esculpido en un perfecto moño dejaba entrever una larga y cuidada cabellera castaña oscura. Sus gestos eran elegantes y su lenguaje discreto. Lucía un elegante vestido rojo largo hasta la rodilla y un abrigo negro a juego con las botas de tacón.

Por el bigote, Manuel Uribe aparentaba más edad, pero el brillo azulado de sus ojos le imprimía la vitalidad y la dulzura de una lejana pero muy feliz juventud. Desde aquella tragedia, sin embargo, parecía haber envejecido un par o tres años. En cada una de sus visitas vestía con un elegante traje de domingo, el mismo con el que vio casarse a su hermano menor, Adrián, que yacía desde hacía meses en aquella cama.

—Doctor, ¿cuál es el pronóstico? —preguntó angustiada Isabel.

—Señora Uribe, me temo que en estos momentos es precipitado y poco prudente emitir conclusión alguna —hizo una pausa—. Si bien es cierto que ha habido una evolución en el aspecto físico, la parte cognitiva es la que va más lenta.

—Pero… se recuperará, ¿verdad? —preguntó Manuel tomando la mano de su esposa.

—Doctor, se lo suplico, ¡díganos la verdad! Estamos… —A Isabel se le quebró la voz.

—Estamos preparados para escuchar lo que tenga que decirnos —continuó Manuel, con los ojos anegados—. Sabemos que nunca recuperaremos quién fue antes de la tragedia, pero si hay una remota posibilidad de evolución… —hizo una pausa para tragar saliva —. Haremos lo que sea.

Su cuerpo, rígido y exhausto, albergaba un alma atrapada entre el frío y el cruel recuerdo de una época de eterna primavera. Las palmas de sus agrietadas manos miraban al cielo, suplicando clemencia. Las pocas ocasiones en que la gente le observaba eran por compasión y casi por obligación. No lo soportaba, y agradecía no poder siquiera mover la cabeza, porque en esa postura sus ojos recibían el consuelo de los árboles, las montañas y el libre vuelo de los pájaros.

Durante el verano, el sonido del agua de la fuente que alguna vez bañaba su rostro, lo llevaba lejos de aquel lugar. Soñaba que su cuerpo inerte cobraba vida y corría, corría lejos siguiendo el rastro invisible de alguna mariposa entre las flores e incluso sentir el gozo de la inmortalidad.

—Señor Uribe, su hermano era una persona de fuerte complexión y muy sano debido a su juventud y a su condición atlética, sin embargo, el accidente le provocó unas heridas internas prácticamente irreversibles.

—Doctor, vaya al grano—. El rostro de Manuel se endureció.

—Como les dije, no podemos emitir un diagnóstico definitivo, pero por el momento creemos que, para evitar más daños cerebrales, lo mejor es inducir a su hermano a un coma profundo.

Isabel se tapó los ojos con las manos. Manuel la abrazó, lloraron juntos.

Avanzaba la tarde, las nubes aterciopeladas dieron paso a una ligera llovizna. Cada gota era un elixir de vida, quizá todavía habría esperanza para él en aquel lugar rodeado de tristeza y dolor.

La pequeña María Belén se arrodilló ante él, las primeras lágrimas rodaron por sus mejillas:

—Angelito bello, cuida de mi tío y haz que algún día despierte, por favor.

Isabel se acercó y tomó a su hija de la mano.

—Vamos, hija… Llueve. Tenemos que despedirnos ya de tu tío.

Y allí permaneció, inmóvil, consciente de que era solo una estatua de piedra buscando a Dios en aquel jardín. Y por primera vez, sintió que más allá de aquel ambiente espeso bañado de soledad, rodeado de prisas y voces amargas, él representaba la esperanza y el amor de aquel lugar, bajo aquella lluvia.

 

El vuelco


Escucharás el ataque del vuelvo.

Se abalanzará
y la avalancha caerá
como ola nevada de amor
sobre ti.

Él trepará todo
sobre la superficie.
No quedará más opción
que la profundidad.
Y con ella el enfado y la risa;
lo dulce y lo salado.

No habrá más que la hondura.

Escucharás el ataque del vuelco
y serás la única que sepa
aquello que lo remueve
repentina e inesperadamente.

Burbujas


jamie-street-539513-BUBBLES

Imagen por Jamie Street en Unsplash (CC0).

 

Incesante gorgoteo en la herida del alma,

flotando sobre la marea de la vida…

Y allá, desde esa lejanía que me eclipsa,

la burbuja, espejismo de un amor.

El amor escrito sobre este cielo que piso

y que maldigo en tu ausencia.

Nado a contracorriente, sin tu aliento a mi favor.

Y en esta burbuja, pensamiento liviano,

me ahogo, me contraigo y me elevo

hasta donde salpique la esperanza

y pueda evitar este destierro.

Paisaje sin color, tesoro escondido

anclado en el más profundo de los mares.

Burbuja de dolor que en el rocío

lloraste en mi jardín y ahogaste

un corazón que ya no es mío.

La mejor medicina


Él se asoma a la ventana. Hace un día espléndido, se imagina paseando con la cabeza levantada y los párpados cerrados, sintiendo el calor del sol de primavera. Paseando con ella, agarrados por la cintura. Le besaría el pelo, y se sumergiría en esos ojos verdes que brillan con la luz y que lo hipnotizan; aunque seguramente los tendría enmascarados tras las gafas de sol que le dan el glamur de las estrellas de Hollywood. «Estamos juntos, sí. La tía más imponente, la más simpática, la más inteligente me ha elegido a mí», les diría orgulloso con la mirada a todos cuantos se les cruzaran sin poder ocultar la expresión de envidia.

Pero ella está tumbada en el sofá, en la oscuridad de un comedor mal orientado, que incluso en abril necesita del calor artificial de la calefacción para resultar confortable. Está rabiando de dolor. Esa maldita espalda que no le da tregua. Tampoco ella se la da, siempre obligada a ofrecer su mejor sonrisa, a acarrear con todo, a complacer a todos y a demostrar que puede con lo que le echen. Lo único que desea es tener paz, olvidar sus males físicos y los problemas que la están hundiendo, aunque los demás no lo sepan, porque siempre tiene a punto esa sonrisa cálida que la hace parecer tan fuerte y segura, tras la que oculta su desgracia.

La gatita cruza el comedor como un rayo y salta sobre las zapatillas de él, que automáticamente se agacha para jugar con ella.

—Eres un terremoto, ¿eh, pantera?

—Te aburres, ¿verdad? —Él mira hacia el sofá, de donde procede la voz somnolienta que emerge de entre el sopor de los analgésicos—. Lo entiendo. Sal a pasear y tómate esa caña que tanto te apetece.

Él la mira apesadumbrado, impotente por no poder hacerla sentir mejor.

—Esa caña sólo me apetece si es contigo.

Sonríe, tratando de transmitirle la calidez que ella echa tanto en falta. La manta eléctrica la alivia un poco, pero no es el tipo de calor que necesita.

—Pero yo no puedo acompañarte. Estoy fatal. —Cierra los ojos de nuevo, y emite un suspiro apagado, sin fuerzas—. Siento no ser lo que esperabas de mí.

—No digas eso. Sé que te encuentras mal, pero te quiero, quiero estar contigo.

Con la gata enganchada a los pies, se acerca al sofá.

—Dices que me quieres, pero en realidad quieres a la imagen que tienes de mí, a la mujer fuerte, espléndida y complaciente. Y ahora mismo esa mujer no tiene nada que ver conmigo. No creo que lo vuelva a ser nunca. Estoy tan cansada…

Él se queda a medio camino, tratando de hallar las palabras adecuadas, las que desactiven el mecanismo autodestructivo que ella ha accionado. No hay nada que desee más que poder ayudarla, ser su medicina… «Una medicina de mierda, porque en dos días volverás a estar a quinientos kilómetros de aquí, y ella volverá a sentirse sola y desgraciada», se reprocha. Pero ¿qué puede hacer?

—Te quiero a ti…

—No es verdad. ¿Quién puede querer a este desastre? Tú te mereces algo mucho mejor.

—No digas eso. Yo sé lo que siento. Sé que no quiero ni voy a querer a nadie más que a ti. Contigo soy feliz.

—¿Ah, sí? ¿Eres feliz ahora?

Ella se gira a duras penas y lo mira a los ojos. Le dirige una mirada dura y escrutadora, como si tratara de encontrar algo en la de él que lo delate. La gata salta al sofá y, con las zarpas clavadas en la manta eléctrica, consigue auparse. La mujer le dirige su atención, y él siente un alivio estúpido, como si se hubiera librado de la mirada petrificadora de Medusa. Continúa plantado a un par de metros de ella, sin decidirse a acabar de salvar la distancia, temeroso por cómo vaya a reaccionar. Se siente torpe, carente de recursos para transmitirle su cariño.

—Hola, mi amor.

La voz de ella suena vital mientras acaricia a la gatita. Parece mentira que surja de la garganta de la misma persona tan apagada hace sólo un instante. El animal emite una especie de gorjeo muy poco felino, provocando la sonrisa de su «mami». El momento de distensión dota al hombre de la decisión que le faltaba para acabar de acercarse y, arrodillado junto al sofá, él también acaricia a la gata y, de paso, como por accidente, la mano de su pareja. Alarga la caricia, hasta que deja su mano sobre la de ella. Entonces se miran, con el ronroneo felino como sonido de fondo. El animal se está quedando dormido sobre el pecho de la mujer.

—Tienes la mano fría —susurra ella.

—Lo siento.

Él hace ademán de apartarla.

—No, déjala, por favor.

Él toma aire y cierra los ojos, meditando sus palabras.

—Te quiero…

—No creo que…

—Déjame hablar, por favor.

Él la mira fijamente. Ahora es ella quien se siente intimidada. Esa mirada tan profunda e inteligente la vuelve loca. Es lo que la enamoró por encima de todas las otras cosas, tantísimas cosas que jamás pensó que fuera a poder disfrutar…, que no merece disfrutar.

—Vale…

—Te quiero. —Lo dice con toda su convicción, pero sigue notando la sombra de la duda en los ojos verdes—. Sí, te quiero. Y aunque ahora te encuentres mal, te vas a recuperar. Tienes que hacer lo posible por recuperarte, y dejarte cuidar. No tienes que demostrar nada a nadie…

—Ya sabes cómo son mis hijos, todo lo que tengo por hacer, los problemas con mi ex, el banco…

—Para, para, por favor. —Le agarra la mano y le acaricia el pelo. La mira con dulzura. Ella ve el amor en sus ojos, ya no tiene las manos frías. Nota una pequeña chispa en el estómago que lucha por prender—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?

—¿Qué? —«Ojalá me beses», se escucha decirse.

—Lo mucho que te gusta la vida. Eres como esta gatita adorable, tan curiosa, ansiosa por descubrir el mundo, por sorprenderte con cualquier cosa, por devorar conocimiento. —La gatita respira pausada en sueños, ajena al drama humano—. Y entiendo que te sientas tan mal, porque ahí tumbada no puedes hacer nada de lo que querrías.

Ella lo mira con los ojos vidriosos. Aprieta la mano de él. «Ojalá no te fueras nunca», le dice sin palabras. Él vuelve a respirar hondo, no quiere dejar salir el torrente de lágrimas que amenaza con desbordarse; ella no lo merece, ya tiene bastante con las propias.

—Pero sí hay algo que podemos hacer, una de las cosas que más echo de menos cuando no estoy contigo —retoma él.

—¿El qué?

Él se inclina sobre ella, ya sin barreras invisibles, y la abraza. Y ella siente cómo el cuerpo se le llena del calor que la alimenta y que, aunque sea momentáneamente, le hace olvidar todos sus problemas. El calor del amor, el que nos transforma en seres invencibles, capaces de superar cualquier obstáculo.

Él se incorpora, aún de rodillas en el suelo, y con mucho cuidado acuna a la diminuta gatita en la palma de su mano para cambiarla de sitio.

—Ver una peli abrazados en el sofá.

Coge el mando y se acomoda junto a ella. Los dos sonríen, porque se sienten afortunados por tenerse el uno al otro; porque se aman.