Historia de amor en octubre 


Conocí a la mujer más hermosa del mundo un día de octubre, cuando ella tenía veintidós años. Su nombre era Lisboa, le gustaba el sushi y decía que no soportaba el pop.

Lisboa estudiaba Comunicaciones o Mercadotecnia o una cosa de esas. La verdad, lo dejó antes de que comenzáramos a salir, y se convirtió en tema tabú entre nosotros. Teníamos un trato: yo no hablaba de mi trabajo, ella no hablaba de cómo se ganaba la vida. Y no es que fuera una chica misteriosa, pero sí era algo reservada.
Nunca fue una de esas chicas que saltan de emoción ante cualquier provocación, tampoco era muy expresiva, pero para mí era suficiente saber que me amaba y que yo la amaba.

Salimos pocos meses antes de casarnos. La boda y el embarazo nos tomaron por sorpresa. Yo estaba por cumplir treinta y siete años y sería la primera vez que sería padre. Yo no cabía en mí.

Cuando tienes treinta y siete años y te casas por primera vez, tus amigos y familiares casi no objetan la premura de una boda.

Los meses corrieron velozmente y Santiago nació en septiembre. Santiago tenía menos de veinticuatro horas de estar en este mundo y yo ya tenía planes y sueños para muchos años con él. Santiago y Lisboa eran mi vida en septiembre.

Lisboa era atea, pero no tenía ninguna objeción con mi deseo de que Santiago fuera criado en la doctrina católica y, como buenos católicos, se aproximaba la fecha de su presentación ante la Iglesia.

Una tarde, a mediados de octubre, tres días antes de que Santiago cumpliera cuarenta días de nacido, Lisboa desapareció Junto con el niño. Pensé lo peor, algo le había sucedido a mi esposa y a mi hijo. También pensé en la posibilidad del abandono, pero era casi imposible, Lisboa me amaba y yo a ella.

La noche de ese día se convirtió en la peor noche de mi vida hasta ese momento. Solamente pudo ser superada cuando, tres noches después, a las afueras del pueblo, una redada policíaca había detenido a veintisiete personas mientras practicaban rituales satánicos en el que, entre velas negras y huesos de animales, acababan de sacrificar a un infante de cuarenta días, hijo de una de las integrantes llamada Lisboa N.

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Vejez


En los ojos de los ancianos

veo morir días, veo morir risa,

irse la felicidad por los pasillos.

Ya no tienen suficientes remos

para cruzar sin llorar, dignos,

sin muletas o dolores,

los ríos que los separan,

de aquellos parques de alegría,

de calles sin obstáculos ni indiferencia

de músculos tensos y proezas de memoria,

de aquellos días llenos de otras cosas.

Amor suelto


Llevas el amor suelto

en la mirada

que sólo de mirar

grita

finges no padecer de romanticismo

pero llevas el amor suelto

porque la palabra dice no

sería lo único

es sólo que tu canto

y tu sonrisa

denuncian

cómo llevas el amor suelto

al lado de los abrazos

delante de los suspiros

y el llanto

delante de la verdad

porque llevas el amor suelto

como frutas que penden

de tu lengua

si pudiera arrancarte una

jugosa

impregnada

de ese amor que llevas suelto

pues al fin y al cabo

en algún descuido

con cualquier pretexto

nos llevaremos ese amor suelto

bajo el agua

o entre las sábanas.

Tormenta primera


 

 

Y los árboles no podían taparlo

en la selva de noches y palacios.

El idealista, sofocado, solo veía rocas

imaginando muertes,

y lugares de náufragos.

Él tenía zapatos que se lustraban con sangre;

ella, un mundo de mareas,

enérgica y buscando sus ríos,

donde se hacía nueva la cara cuando se abrazaban,

llenando las habitaciones de luz,

era todo nuevo y larga su melena.

Ese día miró arriba, a los atardeceres lunares

sobre los tejados de un planeta lejano.

 

(Fotografía del autor)

Stranger danger, STRANGER DANGER!


Don Julio, el dueño del cafetín


Julio Vicente Manrique Trujillo nació en Ipagüima, una pequeña isla escondida en el Caribe. Su madre murió de parto, quedando bajo el cuidado de su tía, Sara, quien se había quedado solterona. El padre de Julio, Don Vicente, quedó sumido en la más profunda tristeza y no veía la hora de reencontrarse con su hermosa María. Todos en la isla estaban preocupados por Vicente. Pasaba horas en la pequeña barra frente al mar cuando estaba borracho, caminaba en la oscuridad hasta caer rendido. Muchas veces lo encontraban tirado a la orilla del camino, adormilado y sin deseos de vivir.

—Vicente, ahora tienes que pensar en tu hijo —le reclamaba su cuñada—, no es momento para que te hundas. Mira lo bonito que está.

El hombre no quería ni mirar a la criatura, lo veía como a su enemigo, pues le había costado la vida de la mujer que más amaba.

—Déjame ahora, Sara —respondía—. ¿No crees que tengo derecho a guardar luto por tu hermana?

 —Por supuesto que tienes derecho, pero no lo tienes de abandonar a tu hijo.

Las conversaciones entre ellos siempre terminaban con las protestas de Sara y el silencio de Vicente. Luego se iba de nuevo a la barra a ahogar sus penas.

Un día pensó que era mejor terminar su suplicio, no sentir nada más, irse con su María. Caminó adentrándose al mar, sintiendo la suave arena debajo de sus pies y la tibieza de las aguas. Un viento recio le azotó la cara; en la oscuridad, un relámpago lo alcanzó y lo dejó inconsciente.

Despertó en los brazos de una muchacha a la que nunca había visto en Ipagüima. Era una mujer frágil, de cabellos muy negros que flotaban con la brisa, y ojos del color del fondo del océano. Vestía un caftán blanco, adornado con hilos plateados, como las estrellas y un collar de caracolas.

—¿Por qué te haces daño? —preguntó con una voz dulcísima.

Vicente no pudo hablar. Un llanto lastimoso le salía del alma, su espíritu se derramaba en presencia de aquella joven desconocida. Ella lo arrulló por un rato, hasta que el lloro amainó. La miró, como se mira a las vírgenes, con respeto, con devoción.

—No puedo vivir sin ella —dijo.

—Claro que puedes… María no se ha ido, ella vive en tu hijo —le respondió.

 —Ese niño la mató.

 —No, ella dio su vida por él. Quiso hacerte un regalo muy costoso, que no has aprendido a apreciar.

El hombre bajó su mirada. Las lágrimas saltaban de sus ojos sin contenerse. «Julio es un regalo», se repetía una y otra vez. De pronto se sintió muy solo. Levantó la cabeza y ya la muchacha no estaba. «Creo que he visto a un ángel», pensó mientras se levantaba trabajosamente. Respiró hondo y un largo suspiro le salió del pecho. Sin darse cuenta, sus pasos lo dirigieron a la casa de Sara.

—Sara —llamó cuando entró en la vivienda —. ¡Sara!

Nadie contestó. La vecina salió al escucharlo llamar y le dijo que Sara había salido para el hospital, pues el niño tenía una fiebre muy alta. Vicente casi enloqueció. No era posible que también perdiera a su hijo. Lo había rechazado tanto que quizá tendría que pagar un precio muy alto por su agravio. Corrió tanto que no se dio cuenta de que lastimaba sus pies desnudos, llegando a su destino ensangrentados.

—¿Dónde está Julio? —preguntó a la cuñada tan pronto la vio en el hospital.

—Están haciéndole unas pruebas… Pero ¿qué haces aquí?

—La vecina me dijo que el niño está enfermo.

—Sí, así es.  Sin razón comenzó a arder en fiebre, como a las diez de la noche.

Vicente se dio cuenta de que a esa hora intentaba quitarse la vida, fue el momento en que el relámpago lo alcanzó. Se arrodilló al frente de su cuñada y lloró angustiado, arrepentido.

La enfermera salió para avisar que podían pasar a ver al niño. No sabían si resistiría la fiebre por más tiempo. Vicente se acercó sigiloso, mientras Sara se mantenía al margen, observando a este hombre diferente. Había rezado tanto para que este padre amara a su hijo. Él miró al interior de la cuna, asustado. Después miró a Sara y a la enfermera, una de ellas le diría que hacer.

—Tómalo en los brazos, Vicente —dijo la cuñada.

Nervioso, se dobló y agarró al niño con el temor de que se le fuera a escurrir entre los dedos. Las lágrimas caían en la hermosa cabecita de su hijo, quien comenzó a mover su pequeño cuerpecito. Vicente sintió que la temperatura bajaba y que una pequeña manita le acariciaba la cara. La enfermera se acercó y tocó a la criatura.

—Creo que ya no tiene fiebre —dijo—. Esto es un milagro, hace unos minutos este niño ardía.

—El verdadero amor todo lo vence —añadió Sara poniendo su mano en el hombro de Vicente.

Julio Vicente salió del hospital en los brazos de su padre, quien no podía comprender como alguien tan pequeño podía darle tanta esperanza. El dolor por la pérdida de María lo fue abandonando, quedando solo el recuerdo de los buenos momentos vividos junto a la mujer que había dado su vida para darle el regalo más grande, su hijo.

Cuando Vicente estuvo libre de la carga de sus recuerdos dolorosos, empezó a ver la belleza de Sara. Era diferente a la de María, que llenaba los ojos y no lo dejaba pensar. La belleza de Sara era sencilla, natural, interna. Poco a poco se dio cuenta de que la necesitaba, que cuando no estaba cerca la extrañaba. La miraba jugar con Julio y ya no veía a María, miraba a la mujer que lo había salvado del abismo.

Sara siempre lo había amado, por eso, cuando quiso casarse con María, enterró sus sentimientos por respeto a su hermana y a él. Nunca sintió envidia de su hermana y, el día que murió, juró hacerse cargo de Julio sin ninguna otra intención. Pensó que Vicente era joven y que, cuando volviera a casarse, ella seguiría ocupándose del niño en honor a su hermana. Nunca pensó que el viudo se fijaría en ella, pues se sentía tan ordinaria al lado de su hermana.

Julio miraba a Sara como su madre, a pesar de que mantenía la memoria de María mostrándole fotografías y hablándole de ella. Para Julio, su verdadera mamá, la que estaba en el cielo, era como un ángel, algo etéreo que no podía abrazar, que no lo consolaba cuando estaba triste, que no curaba sus heridas cuando se caía. Sara era todo para él y ella se contentaba con ese hijo que la vida le había regalado.

Una tarde Vicente llegó a la casa con unas flores que había recogido por el camino y las puso en las manos de Sara. Confundida, buscó un envase y las colocó con agua. Un rayito de ilusión la tocó cuando Vicente la tomó por la cintura y la besó despacio.

—Cásate conmigo —propuso.

—¿Estás seguro?

—¿De que te amo?

—Sí.

—Te amo.

—¿Y María?

—Es un recuerdo hermoso que me llevó hasta a ti y me regaló a Julio.

No fue necesaria la respuesta. Sara rodeó el cuello de Vicente con sus brazos y lo besó con todo el amor que por años había contenido.

La relación fue bienvenida por todos los habitantes de Ipagüima, especialmente por Julio. Pronto se casaron y Vicente montó la cafetería del pueblo en la que todos se reunían y comentaban los asuntos importantes, como el primer embarazo de Sara. Al fallecer el padre, el negocio quedó en manos del hijo, quien sería conocido más tarde como Don Julio, el dueño del cafetín.

El jardín de la soledad


Era una tarde otoñal en el balneario Montmichelle, Suiza. Sus ojos cansados apenas distinguieron la masa borrosa que se dibujaba ante él. El murmullo de unas voces lejanas le despertó de aquella larga ensoñación en la que vivía desde hacía tiempo, demasiado quizá.

La familia Uribe, de origen venezolano, había llegado poco antes del mediodía para hablar con el médico responsable de rehabilitación. María Belén, la pequeña del clan, le acarició un pie. Nadie le había tocado así antes, le recorrió un escalofrío. Por primera vez dejó de sentirse invisible.

—¡Mira, papi! ¡Se le posó una mariposa! ¿Le hará cosquillas? —preguntó la niña emocionada.

—No se da cuenta, amor —le contestó su padre, acariciándole el cabello.

La niña espantó a la mariposa con la mano y salió tras ella correteando por el jardín.

—Siéntense, por favor —indicó el doctor Leboussier con un marcado acento francés.

—Hijo, ve con Belén —dijo el señor Uribe a Iván, su hijo mayor.

—Pero ¿por qué? ¡Quiero saber cómo está Adrián! —protestó el chico.

—Haz lo que te dice tu papá —dijo con dulzura la señora Uribe.

El matrimonio llevaba casado 20 años, se amaban como el primer día. Isabel Uribe tenía una belleza inusual, exótica, que florecía con el paso de los años. Su cabello esculpido en un perfecto moño dejaba entrever una larga y cuidada cabellera castaña oscura. Sus gestos eran elegantes y su lenguaje discreto. Lucía un elegante vestido rojo largo hasta la rodilla y un abrigo negro a juego con las botas de tacón.

Por el bigote, Manuel Uribe aparentaba más edad, pero el brillo azulado de sus ojos le imprimía la vitalidad y la dulzura de una lejana pero muy feliz juventud. Desde aquella tragedia, sin embargo, parecía haber envejecido un par o tres años. En cada una de sus visitas vestía con un elegante traje de domingo, el mismo con el que vio casarse a su hermano menor, Adrián, que yacía desde hacía meses en aquella cama.

—Doctor, ¿cuál es el pronóstico? —preguntó angustiada Isabel.

—Señora Uribe, me temo que en estos momentos es precipitado y poco prudente emitir conclusión alguna —hizo una pausa—. Si bien es cierto que ha habido una evolución en el aspecto físico, la parte cognitiva es la que va más lenta.

—Pero… se recuperará, ¿verdad? —preguntó Manuel tomando la mano de su esposa.

—Doctor, se lo suplico, ¡díganos la verdad! Estamos… —A Isabel se le quebró la voz.

—Estamos preparados para escuchar lo que tenga que decirnos —continuó Manuel, con los ojos anegados—. Sabemos que nunca recuperaremos quién fue antes de la tragedia, pero si hay una remota posibilidad de evolución… —hizo una pausa para tragar saliva —. Haremos lo que sea.

Su cuerpo, rígido y exhausto, albergaba un alma atrapada entre el frío y el cruel recuerdo de una época de eterna primavera. Las palmas de sus agrietadas manos miraban al cielo, suplicando clemencia. Las pocas ocasiones en que la gente le observaba eran por compasión y casi por obligación. No lo soportaba, y agradecía no poder siquiera mover la cabeza, porque en esa postura sus ojos recibían el consuelo de los árboles, las montañas y el libre vuelo de los pájaros.

Durante el verano, el sonido del agua de la fuente que alguna vez bañaba su rostro, lo llevaba lejos de aquel lugar. Soñaba que su cuerpo inerte cobraba vida y corría, corría lejos siguiendo el rastro invisible de alguna mariposa entre las flores e incluso sentir el gozo de la inmortalidad.

—Señor Uribe, su hermano era una persona de fuerte complexión y muy sano debido a su juventud y a su condición atlética, sin embargo, el accidente le provocó unas heridas internas prácticamente irreversibles.

—Doctor, vaya al grano—. El rostro de Manuel se endureció.

—Como les dije, no podemos emitir un diagnóstico definitivo, pero por el momento creemos que, para evitar más daños cerebrales, lo mejor es inducir a su hermano a un coma profundo.

Isabel se tapó los ojos con las manos. Manuel la abrazó, lloraron juntos.

Avanzaba la tarde, las nubes aterciopeladas dieron paso a una ligera llovizna. Cada gota era un elixir de vida, quizá todavía habría esperanza para él en aquel lugar rodeado de tristeza y dolor.

La pequeña María Belén se arrodilló ante él, las primeras lágrimas rodaron por sus mejillas:

—Angelito bello, cuida de mi tío y haz que algún día despierte, por favor.

Isabel se acercó y tomó a su hija de la mano.

—Vamos, hija… Llueve. Tenemos que despedirnos ya de tu tío.

Y allí permaneció, inmóvil, consciente de que era solo una estatua de piedra buscando a Dios en aquel jardín. Y por primera vez, sintió que más allá de aquel ambiente espeso bañado de soledad, rodeado de prisas y voces amargas, él representaba la esperanza y el amor de aquel lugar, bajo aquella lluvia.