Ana anA


Hace días entré, por error y sin ninguna planeación previa, al baño de mujeres de una plaza comercial de mi ciudad. Dentro del baño, choqué con una adolescente uniformada que salía a toda prisa. Ella cayó hacia atrás e intenté levantarla. «¡Degenerado!», me gritó al tiempo que quitaba la mano que le había extendido. Se levantó y huyó de la escena, y fue ahí cuando me di cuenta que era el baño de mujeres en el que estaba. Di un rápido vistazo y me detuve en el espejo del último lavabo. Este tenía escrito, con labial y en cursiva, la palabra «anA», seguida de una leyenda que dictaba: «Llevo cinco años escribiendo mi nombre al revés, como protesta ante la injusticia del orden del mundo».

Ahora era yo quien corría. Me urgía encontrar a esta pequeña Che Guevara adolescente chiapaneca, pero no lo logré. Entonces me di cuenta que había topado con una revolucionaria nata, que ella llevaba consigo una guerrilla de más de cinco años y que posiblemente comenzó en una libreta escolar, quizá con el rótulo de «Historia Universal 1» o «Matemáticas 2» y que su lucha había saltado de la escuela a los baños de las plazas comerciales.

Era una idea magnífica. ¿Quién iba a pensar que anA era en realidad Ana?, ojala yo hubiese sido tan original y tan valiente cuando tenía su edad (aunque nunca es tarde para iniciar una revolución). Había escuchado que el amor a primera vista existe, pero ahora sé que es completamente cierto. Yo me enamoré recientemente de un ideal y, desde mi trinchera y a punta de bolígrafos, también acabaré con la injusticia del orden del mundo.

Anuncios

La biblioteca del señor Linden (Parte 3)


Foto del libro 'Los misterios del señor Burdick'

Foto del libro ‘Los misterios del señor Burdick’

Lee las entregas anteriores de este cuento aquí:
Introducción
La biblioteca del señor Linden (Parte 1)
La biblioteca del señor Linden (Parte 2)

De inmediato, Ana sintió como si una brisa invadiera el cuarto. Al principio no pudo leer las letras del libro que acaba de abrir porque una bruma verde y fresca flotaba ante sus ojos, enrareciendo el ambiente.

Era como si estuviera de pronto en un bosque. Alrededor de su cama, escuchaba el sonido del viento entre los árboles, las ramas agitándose, un animal moviéndose sigilosamente entre la tierra. Miró sobresaltada a su alrededor, pero únicamente vio las paredes blancas del cuarto en el que estaba y debajo de los bordes de su cama, sólo la alfombra color marrón. Nada de árboles, nada de animales.

Y sin embargo, estaba segura de que el bosque existía. De que estaba allí cerca. Podía oler el aroma de los pinos al anochecer, podía oír a los pájaros cantando por última vez antes de dormir.

Desconcertada, busco respuestas en el libro. Y entonces pudo leer: Sigue leyendo

La biblioteca del señor Linden (Parte 2)


Probablemente el señor Linden tenía razón, pensó Ana, sus padres se la pasaban todo el día reuniéndose con abogados y gente de aspecto estirado, hablando siempre de cosas de “la herencia”. Para ella eso resultaba bien, le daba tiempo y libertad para recorrer a sus anchas la enorme casa en que estaba viviendo ahora, siempre que Linden no la descubriera.

Recorrió las habitaciones para visitas, con sus camas cubiertas con dosel y sus baños con tina. Ella y sus padres dormían en sencillas recámaras sin baño que el señor Linden les había designado.
 
Pero a Ana le encantaba explorar. Un par de salas majestuosas para recibir a los invitados se encontraban en el primer piso de la casa, junto a la enorme cocina atendida por dos criadas. Había visto incluso el ático donde el viejo guardaba cajas y cajas con papeles, ropa, juguetes; seguramente recuerdos de otras épocas.
 
Todo en la casa parecía muy viejo y empolvado. Hermoso, pero anticuado, pensaba Ana.
 
Pero lo que a ella más le fascinaba era la biblioteca del segundo piso en la que había Sigue leyendo

La biblioteca del señor Linden (Parte 1)


Él la había prevenido sobre el libro.
Ahora era demasiado tarde.
—Deja de husmear en mis cosas —advirtió secamente el anciano a la niña que estaba de pie a sus espaldas.

Ana recorría llena de asombro y curiosidad la antigua habitación que brillaba como oro en el atardecer de verano: Libreros cargados de tesoros, escritorios cubiertos de papeles, viejos adornos acumulando polvo desde hacia quién sabe cuánto.

—Perdón, señor…

—Linden —aclaró orgullosamente el viejo—. El hecho de que tus padres estén invadiendo mi casa, como viles cuervos esperando mi muerte, no te da derecho a pasearte por aquí como si esto fuera tuyo.

—Yo no… en realidad no quiero mudarme aquí —dijo Ana—. Ésta no es mi casa y yo no quiero que usted muera.

El gesto hostil del viejo se suavizó un poco y, mientras se pasaba una cansada mano por las escasas canas que quedaban en su cabeza, analizó a través de sus gafas la fisonomía de la niña:

Tendría unos 10 o 12 años —la verdad es que a sus años ya le costaba mucho calcular la edad de los niños, pensó—, el cuerpo flacucho y débil, cubierto con ropas que le quedaban un poco grandes, como si no hubieran sido compradas para ella, el cabello rubio y corto, y los ojos despiertos.

Sin importar las advertencias del hombre, Ana siguió observando la impresionante biblioteca. Se maravillaba con las hermosas figuras de marfil, las carpetas de terciopelo y las finas cortinas que enmarcaban las ventanas.

—Pareciera que nunca has visto nada así —dijo Linden.

—Pues no. Nuestro departamento es muy pequeño y papá no tiene dinero para comprar cosas tan lindas.

—Ahh.

Ana se acercó despacio hacia el librero que ocupaba el sitio central de la biblioteca. Libros de pastas duras y títulos en letras doradas se veían por doquier. Abundaban grandes volúmenes empastados en cuero que parecían contener dentro de ellos toda la sabiduría de la humanidad. Pero había uno que resaltaba en medio de todos, desentonando con la magnificencia del resto: Un libro más pequeño, de cubierta blanca y adornos en color verde. Ella se paró de puntitas para poder leer el título.

—¡Ey! —gritó el señor Linden, haciéndole pegar un salto—. Te dije que no husmearas mis cosas.

—Sólo quería leer este…

—¡Leer! ¡Eres demasiado chica para saber leer! ¿Qué puede interesarte?

—¡Claro que sé leer! —respondió Ana, ofendida—. Tengo 12 años y leo novelas desde los nueve.

—Ah, ¿y te crees todo un ratón de biblioteca?

Ana no respondió. Miró, entre orgullosa e intimidada, al anciano sentado en el sillón de terciopelo. Sabía que era su pariente, su tío lejano o algo, pero su brusca actitud le hizo comprender de pronto por qué la familia se mantenía alejada de él.

—Sal de aquí.

—Está bien —aceptó Ana—. Yo sólo quería saber cómo se llama ese libro.

—No debes mirar ese libro. No debes mirar ningún libro. Nada de esto es tuyo, ¿entiendes? Aunque tus padres te digan que lo es. No vuelvas a entrar aquí, ésta sigue siendo mi casa hasta que esté en una tumba, e incluso así… no pienso irme de aquí. ¿Entendido?

La niña guardó silencio de nuevo. Es sólo un viejo amargado, ya se le pasará, pensó.

Y cómo es bien sabido que lo prohibido es siempre lo más deseado, Ana tomó la secreta resolución de volver en algún momento en busca del misterioso librillo.

Continuará…