La nube


Ana corría de un cubículo a otro buscando con desesperación una conexión para recargar su estación de energía personal: se le estaba acabando la carga y tendría que pagar multas por no mantener su identificador funcionando y en línea. Cuando encontró uno utilizable, el color volvió a su rostro. No regalaría un montón de monedas por un descuido. Era tarde y los pocos que aún se trasladaban a la oficina a trabajar, ya se habían retirado.

Imagen de Pxhere CC0 Public Domain

A Ana no le gustaba del todo el teletrabajo; le gustaba caminar por los andadores y mirar sin pudor los identificadores de las personas que se cruzaban con ella en el trayecto. Era como una de esas modas que nunca pasan: saber el nombre, días de vida, dirección, empleo y todo eso a lo que en una época anterior se le llamaba privacidad. A veces era un juego mental morboso: mirar en primera instancia a la persona y después su identificador para buscar congruencias según su aspecto. La privacidad se había reducido tan solo a un par de momentos en la vida cotidiana, todo lo demás estaba a la vista de todos.

Bastaron dieciocho segundos para que la estación de energía se cargara al cien por ciento. Ana ni siquiera tuvo tiempo para husmear un poco en su perfil de la Red Social Global, así que guardó su dispositivo inteligente en su bolso. Bajó usando el ascensor que en su interior estaba musicalizado con una versión de una melodía en ocho bits, que más parecía un tono de llamada de aquellos antiquísimos teléfonos celulares, que una sonorización envolvente.

Cuando llegó a su vehículo, apenas cerrando la portezuela, una voz muy natural como para ser robótica le dijo:

—Buenas noches, Ana. ¿Quieres hacer un back up de tu día en la nube personal?

—Sí —contestó Ana al mismo tiempo que conectaba su dispositivo para la sincronización.

—Se han sincronizado 34 fotografías, una playlist, ocho ubicaciones, cuatro archivos diversos, dieciocho llamadas telefónicas y se actualizó tu estado en la Red Social Global a: «¡Por fin a casa!» —dijo la voz desde los altavoces del vehículo. Ana miraba al frente con tanto aburrimiento que hasta su voz se escuchaba afectada.

—Bien. Gracias. Se me fue el día en ¡nada! ¿Por qué no me alcanza el tiempo?

Condujo en modo manual hasta el conjunto de viviendas idénticas en donde vivía desde hacía varias semanas, gracias a la reciente promoción a un puesto gerencial en el área de mercadotecnia de la empresa. Ahora le alcanzaba para costearse una casa inteligente y autosustentable: smarthome, les decían. Su carrera, sin duda, iba en ascenso.

—¡Maldita sea! —dijo presionando a fondo el pedal del freno. La oportuna reacción evitó que se estrellara con la puerta automática del garaje que quedó inmóvil a mitad del ascenso. Habilitó el control remoto manual para guardar el auto.

—Apunta en los recordatorios: solicitar revisión con el proveedor de puertas automatizadas… No, borra «revisión», cámbialo por «queja» —indicó a su asistente digital.

—Reporte enviado al área de soporte —respondió la voz del asistente en línea.

Ana se preguntaba si era igual de rutinaria la vida de las demás personas. Lo hacía mientras se despojaba de la apretada falda y los atormentadores tacones. Dejó en una repisa su identificador. Activó por medio de su voz las luces a una intensidad media y decidió acompañar su soledad con un poco de vino. Mientras miraba el vaso, agradecía que algunas cosas no hubieran pasado de moda o fueran sustituidas por otras obedeciendo a esa tirana que dictaba las ordenes sobre la vida de todos: la tecnología.

El vino hizo efecto y Ana fue directo a su cama; no tenía más ánimos para seguir filosofando sobre la existencia humana y sus desdichas, así que a la voz de «apagar todo» fue quedándose dormida.

***

Fue como un abrir y cerrar de ojos: el asistente la rescató del país de los sueños, aunque Ana rara vez recordaba lo que había soñado, pero sintió que no había dormido lo suficiente. Aún así inició su ritual previo a salir al trabajo.

—Un café grande sin endulzante ni crema, por favor —indicó acercándose a una rejilla.

—Acérquese al escáner que está a su lado derecho —respondió una voz hueca salida de la misma rejilla—. Se han cargado treinta monedas a su cuenta. En veinte segundos estará listo su café. Que tenga un buen día —dijo la voz.

Después de un bip, Ana recogió su vaso de café. Aspiró el prometedor aroma de la cafeína esperando que la avivara y le ahuyentara la somnolencia.

—¿Deseas tomar una foto de tu café, Ana? —dijo el asistente. Ana miró el vaso y sopló el vapor del líquido caliente.

—No. Ni siquiera está mi nombre en el vaso.

Otro día de trabajo en la oficina tan desesperante e igual, normal como todos los otros días. Ana tenía que exprimirse el cerebro para elaborar campañas efectivas de mercadotecnia para que su empresa vendiera y vendiera y vendiera. «Maldito consumismo» se decía a sí misma a menudo. Después se arrepintió de la maldición puesto que el consumismo era lo que pagaba su sueldo. Se frotó los ojos y miró la pizarra electrónica que tenía frente a ella. Ideas, conceptos, frases, palabras sueltas, un caos delimitado por la forma rectangular de la pizarra. De ahí tenía que surgir la nueva idea que justificaría ante los demás el porqué estaba en ese puesto. Pero no sería este día. La nueva idea tendría que incubarse un poco más. Estaba aburrida y decidió leer encabezados de la Red Social Global. Fotografías, videos, imágenes, texto y más texto; nada que llamara su atención hasta el momento en que apareció un encabezado en el feed: «Lo que se aproxima». Se detuvo y miró de dónde era la fuente. No recordaba cuándo se había suscrito. Buscó sus gafas y leyó.

«Es el mayor descubrimiento —aunque no reconocido por la comunidad científica— desde las ondas gravitacionales. Esto se originó en un tiempo tan remoto que no es sino hasta ahora que, después de viajar años luz por el espacio, se acerca amenazante a nuestro sistema solar en forma de espectro de ondas. Aún no hay un nominativo para este fenómeno astrofísico, por lo que muchos observadores de distintos países no se han aventurado ni siquiera a clasificar la teoría de su existencia o a plantear hipótesis sobre los posibles efectos que pudiera tener en los campos magnéticos de la tierra o de otros cuerpos en el sistema solar…».

Más parecía uno de esos artículos de blogs alarmistas y de teorías del apocalipsis, que en cada evento natural aprovechaban para ganar visitas y aprobaciones de los usuarios, que un artículo científico serio. Recordó a un video-blogger que le causaba incomodidad y risa con sus listas top seven de los sucesos más terroríficos de la web. Ni hablar de los libros que publicó: eran un bodrio.

Ana dejó en paz la red social, no sin antes guardar el artículo para seguir leyendo después. Ahora debía enfocarse en su trabajo y ya se había terminado el café. Tal vez si saliese a la calle se despejase un poco; en los últimos días sentía un gran vacío en sus pensamientos. Decidió salir a caminar.

Deambuló por los andadores sin que algo en especial llamara su atención. Algunos espacios entre los complejos ofrecían aburridos jardines sintéticos que emanaban fragancias de aromas naturales también sintéticas. «Vaya simulación», se dijo. Caminó un poco más hasta llegar a una zona de descanso con asientos ergonómicos, mesitas minimalistas y un enorme panorama a un muro de espejos que producía la sensación de estar en un lugar más grande. Durante unos segundos, antes de sentarse, observó su reflejo en el muro: estilizada; sencilla pero elegante, sobria y bella. Una publicista en ascenso, disfrutando el íntimo contacto con el éxito. «Pero ¿a cambio de qué?». Había perdido momentos con amigos; había rechazado reuniones familiares, y en el trabajo, era la jefa: nombramiento que no a todos complacía. «Desbalanceada, como un mal diseño que espera ser exitoso solo porque una de sus partes se ve bien y no el conjunto». Miró sus piernas: las disfrutaba, aunque fuera solo por la vanidad de admirarlas. «Soy un fiasco», dijo para sí y al mismo tiempo pensaba en las agotadoras sesiones cada tres días en el gimnasio.

No terminó de acomodarse en el sillón ergonómico cuando se escuchó un zumbido que iba de un tono muy agudo, y poco a poco, a un tono grave y ensordecedor. Las luces del lugar parpadearon un par de veces. Ana miró por instinto su dispositivo móvil y quedó sorprendida de que el icono de cobertura de red descendiera de XG y se detuviera en 2G y después desapareciera.

—¡No es posible! ¡¿Se ha caído la red?! —dijo alarmada.      

Para entonces todas las personas en la zona de descanso miraban sus dispositivos, incrédulos. Sordos rumores se levantaban en toda la sala como un enjambre de abejas que es molestado en su colmena. Ana caminó unos pasos hacía donde un chico levantaba el brazo con su dispositivo en la mano, tal y como se hacía en antaño para captar señal.

—¡Eh, hola…! —Veía la contrariedad en sus intentos por obtener señal.

El chico volteó a mirar y por instinto lo hizo al identificador, pero lo hizo de tal manera que Ana se sintió cohibida; hasta sintió que se sonrojó un poco.

—Tienes apagado el identificador —dijo el muchacho—. Te multarán por ello.

—Se enriquecerá la oficina de recaudación: el tuyo también está apagado.

El chico se olvidó del dispositivo y miró con espanto lo que Ana le acababa de decir.

—No te preocupes; todos estamos igual. Por cierto, soy Ana.

—Soy Teo —pronunció su nombre con una rara sensación: hacía tiempo que la costumbre de presentarse había sido olvidada.

—¡Salgamos de aquí! —dijo Ana encaminándose a la puerta principal. El área de descanso se estaba convirtiendo en un bullicio de hormigas desorientadas. Teo la siguió. A donde miraran, cualquier cosa que hacía unos minutos funcionaba con normalidad, ahora estaba muerta, sin alma, sin vida, sin Internet.

«Pero ¿hacia dónde ir?» Era el pensamiento inmediato que le ocupaba la atención. Ahora todo estaba como en un simulacro de evacuación por un desastre natural. Toda la gente en la calle como recién liberada de una prisión: volteando la cabeza para mirar hacia arriba reconociendo lo que siempre había estado ahí, pero que ahora parecía una novedad, hasta el silencio lo era. Solo fueron algunos momentos de estupefacción. Sobre el silencio se levantó una ola de murmullos con tono interrogativo. Todos se preguntaban qué había pasado y por qué el fluir del tiempo se había detenido de manera selectiva. Ana temía que en algún momento estallara el pánico colectivoacompañado de estampidas humanas y desesperadas trifulcas con heridos y hasta muertos; todo por culpa de la ignorancia de las causas que suscitaron el hecho. Su mente analítica no dejaba de buscar la mejor alternativa para salir bien librados del inesperado acontecimiento. Huir era fácil, lo difícil era encontrar un lugar seguro. Aunque Teo se veía desconcertado la seguía a paso rápido. Se movían en un laberinto de autos, a veces volteando a ver la duda en el semblante de los conductores. La asistencia remota estaba muerta al igual que todo en la ciudad. Otros reaccionaban con furia ante los controles de mando.

***

 Habían logrado salir de todo el ajetreo de los complejos corporativos y comerciales. Descansaban y se recuperaban en una banca metálica ubicada en un parque. No se veía ni una persona almorzando o consultando su dispositivo móvil, actividades que en situación normal se realizaban en aquel lugar.

—Es increíble que el mundo pare de girar, por decirlo así, sin internet. ¿A qué grado hemos llegado con la digitalización de todo lo que se hacía antes de que la red global fuera el eje central de nuestras vidas? ¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho? Si nos ponemos a analizar, cualquier acción adquirió el complemento «en línea»: trabajo, ventas, compras, comida, transacciones bancarias y hasta buscar pareja. Todo en la red. Se nos olvidó como vivir desconectados.

Teo la miraba atento y escuchaba sin interrumpir. Ana tenía razón, pero la invasión tecnológica era imparable. Levantaba la cabeza para mirar a lo lejos los altos edificios y no se imaginaba un mundo distinto. Quizá sí, pero en otros tiempos, cuando sus padres millennials fueron los testigos de la automatización y víctimas de la obsolescencia prematura de todo lo que los rodeaba. Aún así, Teo no lograba dimensionar lo que estaba presenciando. Ahora no quitaba la vista de la pantalla de su dispositivo; tenía la esperanza de que volviera a funcionar en cualquier momento. El silencio se hizo entre los dos. Cada uno absorto en pensamientos muy distintos.

Ana resollaba para oxigenarse y pensar con claridad. Dejó que el sudor enfriara su cuerpo después de la corta pero apresurada escapatoria.

—¡No hagan nada! —dijo un tipo larguirucho y mal vestido. El destello de un arma punzocortante sacó de dudas a Teo y Ana: era un marginado, uno de esos que sobrevivía fuera del sistema sin identificador ni dispositivos.

»Quiero sus dispositivos, ¡ahora…!

Ana y Teo se miraron con expresión de duda. Teo le alcanzó el suyo, resignado a perder un gadget inservible. El ladrón miró la pantalla dando dos pasos atrás, pero sin dejar de blandir la hoja del cuchillo. Ana ni siquiera hizo el intento de acercarle su dispositivo.

—¿Para qué los quieres? Digo, no sirven, nadie te los comprará ni te los cambiará por…, lo que necesitas.

El tipo flaco miró otra vez la pantalla del aparato y vio que estaba muerto. Aún así volvió a pedir, ahora con más nervios, el de Ana. Ella se lo entregó y el ladrón se percató de que era verdad: no servían para nada.

—¡Maldita sea…! Pero ¿qué está pasando? —masculló aventando los dispositivos al suelo y guardando su cuchillo entre su hedionda ropa.

—No hay internet. Eso es lo que pasa —dijo Ana con toda la naturalidad posible—. Quizás consigas algo en los complejos, al no haber Internet tampoco hay seguridad.

Teo volteó a ver a Ana preguntándose por qué estaba diciendo eso, aunque el frustrado ladrón captó de inmediato la idea y emprendió la carrera hacia la calle principal de los complejos.

Ana levantó los dispositivos.

—¿Cómo sabes que ya no servirán más? —preguntó Teo, cada vez más desconcertado.

—Recordé algo, pero necesitaba mi gadget para confirmarlo. Guardé un artículo de un blog para leerlo después y ese momento es ahora.

***

«Las partículas no tienen suficiente fuerza para atravesar el planeta, creando con ello un campo de intercambio de elementos subatómicos y debido a la reacción, se crea una especie de neblina atómica que permanece estacionaria, semejante a una nube. Lo inquietante de este fenómeno cósmico es que no se sabe qué tipo de reacciones secundarias adversas pueda provocar al combinarse con las diferentes ondas y frecuencias que se emiten en la Tierra y de qué manera pudiese continuar su curso interminable por la materia negra del universo. Solo lo sabremos cuando nos alcance “la nube”».

Así finalizaba el artículo. No decía mucho, solo eran especulaciones sensacionalistas. Sin embargo, tenía un poco de razón con relación a lo que estaba pasando. A lo lejos se podían ver las primeras señales de los disturbios. Ana había acertado una vez más. Y si su instinto no fallaba, el artículo, a pesar de todo, tenía la lógica suficiente para concluir en verdad. Una verdad amenazadora y espeluznante.

—Teo, el mundo va a cambiar y en un tiempo cortísimo. Mientras los gobiernos e instituciones ponen orden, habrá guerra. Y lo que el mundo necesita es unirse para recomenzar. La primera asignatura pendiente será salvar al planeta de la nube. Doy por hecho que es una prioridad, a pesar de que es una teoría basada en suposiciones. Mientras eso pasa volveremos a las tecnologías rudimentarias: iluminación por fuego, transporte utilizando animales y papel impreso, sí, Teo, papel. Todas nuestras vidas quedaron atrapadas en lenguaje binario que hasta ahora es irrecuperable. Es un viaje en el tiempo hacia atrás; al tiempo en que no dependíamos de una red para vivir nuestras vidas. A una era en que ya conocemos la tecnología, pero no tenemos los recursos para crearla y debemos de encontrar alternativas.

Teo escuchaba el discurso de Ana asintiendo con la cabeza, sin pronunciar palabra. Su corta visión no le permitía ver más allá de la pantalla de su dispositivo. Lo llevaba en la mano, pegado al pecho, con la esperanza de que en cualquier momento se levantara la red y todo volviese a la normalidad.

Ana se había descalzado; le estorbaban los tacones ahora que quizá debiera correr en algún momento. Mientras caminaba, buscaba con la mirada una tienda de ropa para montarse en unas zapatillas deportivas y enfundarse en unos cómodos y necesarios pantalones.

Ella se sentía preparada para lo que venía. Miraba a Teo tan vulnerable que había decidido no acostumbrarse a él; en cualquier momento podía quebrarse, así como el cristal del aparador que estaba a punto de estrellar para entrar a la tienda. Debían llegar a casa de Ana, ese era el primer paso, una vez ahí esperarían para saber que hacer, para elaborar un plan de supervivencia y conseguir alimentos.

—Teo ¿quieres venir conmigo a mi casa? Ahí nos refugiaremos, por el momento.

—Sí, Ana. Tengo miedo.

—Lo sé. ¿Serás capaz de llevar esta caja?  Llevaré una también.

—Son paquetes de hojas de papel, Ana.

—Sí, ¿recuerdas lo que dije hace un rato?

—Que usaremos papel otra vez.

—Estaremos preparados.

Cruzaron el umbral de la tienda y Ana miró los alrededores: sería una larga escapada hasta su casa.

 —Volveremos al papel, Teo, volveremos al papel —dijo Ana y echó a correr.

A lo lejos, en caravana, se podían distinguir los vehículos militares arribando a la ciudad. Como si de una profecía sistemática se tratara, se escucharon los primeros disparos que anunciaban el principio del fin.

Apocalipsis privado


Extrañas revelaciones que simbolizan el fin,

invitan a un juego matemático

donde no hay ganador.

Trompetas, ángeles y jinetes;

hasta la luna se involucra

en un anormal poema,

que habla de una concurrida fiesta

donde hay millones de invitados,

pero estamos solos tú y yo

en nuestro apocalipsis privado.

Todo se cumple como en una antigua profecía,

esa que cada uno sabía

y de la que al final no escapamos.

No hay bien, no hay mal;

solo los hechos pasados.

Promesas como sellos se rompen

dejando volar lo guardado,

nada para nadie,

hecatombe,

apocalipsis privado.