Árbol caído


Cuando no puedas
resistir la fuerza
de la gravedad
sobre tu cuerpo,
yacerás como rama
en el suelo.
En medio del bosque
buscarán para encontrarte,
para que nadie te tronche
al pisarte. Conformas
el otoño de todas las hojas
amarillentas que destacan
sobre los ocres caducos.
Por eso te buscan
marchito.

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Vida invernal


Burgues_set_2018
Árboles calvos,
ramas con savias al sol,
vida latente.


Ejemplares de plátano (Platanus acerifolia) ornamentan la Av. Burgues de Montevideo.

Perspectiva


«Araucaria» por Poetas Nuevos.

Desde aquí
alcanzas el cielo,
cuelgan de tus ramas
húmedas estrellas
de agua
—estás más cerca de ellas—
aún cuando quisiera ser ave
—aunque fueras nido—
tus brazos verdes lideran
esta hermosa carrera espacial.

Desde acá
—lejano es ese horizonte lácteo—
los espirales están ciegos
cuando es de día
—sin embargo tú sabes—
no bajas los brazos
el día ríe a la altura de la panza
—el vientre de las nubes afloja—
una sonrisa de agua descansa.

Desde allá
te miran iluso
sonriente / inanimado / escalante
un gigante de buena madera
—noble hasta las ramas—
tus armas silenciosas el viento
recoge y eleva hasta las galaxias,
ellas sonríen desordenadas.

Desde más allá
la cultura noble y tradicional
avienta tus siglos y tus frutos,
los otros, los nunca olvidados,
los de la otra vida después de la vida
ancestros / dioses / héroes
conservan el mito de tus raíces
alimentan / convergen / nacen
del canto nocturno y del silbido,
desde la paz hasta la nueva vida.

Bajo el árbol


El roble


Roble del Giol

Roble milenario del Giol, en Santa Coloma de Sasserra.   Foto: Benjamín Recacha

Proyectos, obligaciones, apariencias, sonrisas, agobios, cabreos, sueños, alegrías, frustraciones… Azules, grises, rojos, negros, blancos, verdes… Perseverancia, impaciencia, prisa, agotamiento, duda, esperanza, dispersión, confianza…

Esa sensación de que el tiempo se evapora sin haber sido capaz de aprovecharlo; las musas que vienen y van; las ganas de abarcar tanto y comprobar que no hay horas para todo, que hay que priorizar; más sueños, más dudas; días en que te comes el mundo y otros en que no dejas de preguntarte si de verdad vale la pena… Y te dices que sí, que hay que tirar para adelante, que hay que seguir aprendiendo, echando horas, invirtiendo trabajo y pasión, porque al final, no se sabe cuándo ni cómo, el esfuerzo recibirá recompensa.

Y miras alrededor. Y ves que el mundo está loco. Que nos lo estamos cargando a la misma velocidad que nos estamos cargando la humanidad, la empatía, la solidaridad, el diálogo. Que sí, que hay mucha gente que pone toda la carne en el asador para contrarrestar la locura, pero es tan difícil… Hay tantas resistencias que vencer, tanto fanatismo que revertir…

Y vuelves a pensar en lo tuyo, en tus proyectos, en tus sueños. Y se entrometen las dudas, y esa realidad tan angustiosa que abruma. Realidades que convierten los sueños individuales en caprichos ridículos, egoístas. Pero te dices que desde la insignificancia también se puede contribuir a los cambios, que está prohibido arrojar la toalla.

Y sigues adelante, aportando, creando, sonriendo, luchando, denunciando, alentando, convenciendo (o tratando de convencer), sumando… agotándote. Y te vuelves a preguntar por todo. Momentos en que el cerebro parece que va a explotar y otros en que lo notas vacío.

Desconectas, necesitas hacerlo. Te alejas, incluso desearías desaparecer. Aislarte en un valle mágico, bajo un roble anciano, y contagiarte de su impasibilidad, de su paciencia infinita. Cierras los ojos y te ves en esas montañas que sabes que son lo que realmente da sentido a tu vida. Respiras hondo y las sientes, sientes su energía que te inunda y que te ordena que levantes la cabeza y los brazos, que te dejes de tonterías, de derrotismos absurdos.

Tienes la suerte de poder disfrutar de montañas, bosques y viejos robles más cercanos. De llenarte la vista de verdes, azules, marrones, blancos, grises, amarillos y todos los colores con que se engalana la naturaleza. Te acercas a ese árbol magnífico, acaricias su tronco inabarcable y recorres sus raíces inmensas que abrazan la tierra que le dio la vida, con la que comparte siglos de existencia. Levantas la mirada hacia esas ramas poderosas que parecen querer abrazar al cielo, y te das cuenta de que en realidad comparten un baile perpetuo bajo el sol, las nubes, la luna y las estrellas.

El roble te habla sin palabras. No las necesita. Es suficiente con estar allí, contemplar esa sabiduría incomprensible para un simple mamífero y contagiarte de su serenidad. El roble milenario se ríe de prisas y agobios, de dudas, de impaciencias y cabreos. Se ríe del agotamiento, de la ambición y las frustraciones. Se ríe del tiempo. Y sigue ahí, contemplando su entorno, paciente, abrazando a la tierra generosa y bailando con el cielo.

Lo miras con los ojos bien abiertos, escuchas, lo sientes. Tiene tanto que contar, desde que aquella bellota insignificante germinó y, contra todo pronóstico, consiguió hacerse un hueco para empezar a abrazar a la tierra, entonces con unas raíces tan frágiles, y un pequeño tallo emergió y empezó a estirar unos bracitos ridículos que soñaban con alcanzar las nubes y el sol que le regalaban la vida. Y pasaron los años, las décadas, los siglos, y aquella bellota se convirtió en el rey de los robles. Y ahora los humanos acuden a admirarlo, a escuchar su historia, y aprender a relativizar la vorágine en la que vivimos.

Y entonces le das las gracias, porque qué otra cosa se le puede decir a un ser que cuando tú seas un viejo decrépito seguirá ahí, regalando serenidad y paciencia, y bailando con las estrellas.

Paisaje yermo


Imagen: Cortesía de Pixabay.com con licencia Creative Commoms para uso comercial.

Imagen: Cortesía de Pixabay.com con licencia Creative Commoms para uso comercial.

Araño la nostalgia del árbol deshojado

que impávido ha mecido mis horas,

y titila adormecida aquella luz

de un bosque color sepia encadenado.

En los besos que saltaron al abismo

se desdibujan los pájaros del horizonte.

Grita tu requiebro en el silencio de mi tumba

y crece la sombra enmohecida de tu nombre.

Existes en la nada de estos labios baldíos

y en la gélida aurora que se evoca, y muere.

¿Por qué guardar estos secretos vacíos?

Cenizas de este sol que no amanece.

La lluvia de mis ojos desvanece el tiempo,

pisado entre las flores que sembramos.

Y lloran sin tregua ni color las nubes,

caricias de terciopelo entre mis manos.

Nuria C. Mallart

Inspirando letras y vidas

 

El árbol de Estragón


Muros. Estacas.

Devoluciones. ¿Hacienda?

Un número

somos.

Y, aunque escribamos líneas sangrientas

de puño y letra,

y nos hiera la palabra

y nos queme el aliento

ajeno,

un número seguimos siendo.

Barcazas. Barracas.

Heridas de guerra.

¿Contiendas?

Amarra la soga al árbol de Estragón:

el suicidio es una opción

o quizá

un final redentor.

El Olimpo

no espera,

ni el banquete,

ni la procesión alegre siquiera.

Solo,

únicamente y nada más:

el resultado de nuestra obra.

  El número, la serie, la zozobra.

Por mucho que forniquemos,

por mucho que nos abracemos,

por mucho que acariciemos nuestras sienes

o arañemos el placer;

por mucho que repitamos

como buitres

el banquete de los restos del húmero ajeno,

eso somos: somos número.

Un número hueco.