Perspectiva


«Araucaria» por Poetas Nuevos.

Desde aquí
alcanzas el cielo,
cuelgan de tus ramas
húmedas estrellas
de agua
—estás más cerca de ellas—
aún cuando quisiera ser ave
—aunque fueras nido—
tus brazos verdes lideran
esta hermosa carrera espacial.

Desde acá
—lejano es ese horizonte lácteo—
los espirales están ciegos
cuando es de día
—sin embargo tú sabes—
no bajas los brazos
el día ríe a la altura de la panza
—el vientre de las nubes afloja—
una sonrisa de agua descansa.

Desde allá
te miran iluso
sonriente / inanimado / escalante
un gigante de buena madera
—noble hasta las ramas—
tus armas silenciosas el viento
recoge y eleva hasta las galaxias,
ellas sonríen desordenadas.

Desde más allá
la cultura noble y tradicional
avienta tus siglos y tus frutos,
los otros, los nunca olvidados,
los de la otra vida después de la vida
ancestros / dioses / héroes
conservan el mito de tus raíces
alimentan / convergen / nacen
del canto nocturno y del silbido,
desde la paz hasta la nueva vida.

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Bajo el árbol


El roble


Roble del Giol

Roble milenario del Giol, en Santa Coloma de Sasserra.   Foto: Benjamín Recacha

Proyectos, obligaciones, apariencias, sonrisas, agobios, cabreos, sueños, alegrías, frustraciones… Azules, grises, rojos, negros, blancos, verdes… Perseverancia, impaciencia, prisa, agotamiento, duda, esperanza, dispersión, confianza…

Esa sensación de que el tiempo se evapora sin haber sido capaz de aprovecharlo; las musas que vienen y van; las ganas de abarcar tanto y comprobar que no hay horas para todo, que hay que priorizar; más sueños, más dudas; días en que te comes el mundo y otros en que no dejas de preguntarte si de verdad vale la pena… Y te dices que sí, que hay que tirar para adelante, que hay que seguir aprendiendo, echando horas, invirtiendo trabajo y pasión, porque al final, no se sabe cuándo ni cómo, el esfuerzo recibirá recompensa.

Y miras alrededor. Y ves que el mundo está loco. Que nos lo estamos cargando a la misma velocidad que nos estamos cargando la humanidad, la empatía, la solidaridad, el diálogo. Que sí, que hay mucha gente que pone toda la carne en el asador para contrarrestar la locura, pero es tan difícil… Hay tantas resistencias que vencer, tanto fanatismo que revertir…

Y vuelves a pensar en lo tuyo, en tus proyectos, en tus sueños. Y se entrometen las dudas, y esa realidad tan angustiosa que abruma. Realidades que convierten los sueños individuales en caprichos ridículos, egoístas. Pero te dices que desde la insignificancia también se puede contribuir a los cambios, que está prohibido arrojar la toalla.

Y sigues adelante, aportando, creando, sonriendo, luchando, denunciando, alentando, convenciendo (o tratando de convencer), sumando… agotándote. Y te vuelves a preguntar por todo. Momentos en que el cerebro parece que va a explotar y otros en que lo notas vacío.

Desconectas, necesitas hacerlo. Te alejas, incluso desearías desaparecer. Aislarte en un valle mágico, bajo un roble anciano, y contagiarte de su impasibilidad, de su paciencia infinita. Cierras los ojos y te ves en esas montañas que sabes que son lo que realmente da sentido a tu vida. Respiras hondo y las sientes, sientes su energía que te inunda y que te ordena que levantes la cabeza y los brazos, que te dejes de tonterías, de derrotismos absurdos.

Tienes la suerte de poder disfrutar de montañas, bosques y viejos robles más cercanos. De llenarte la vista de verdes, azules, marrones, blancos, grises, amarillos y todos los colores con que se engalana la naturaleza. Te acercas a ese árbol magnífico, acaricias su tronco inabarcable y recorres sus raíces inmensas que abrazan la tierra que le dio la vida, con la que comparte siglos de existencia. Levantas la mirada hacia esas ramas poderosas que parecen querer abrazar al cielo, y te das cuenta de que en realidad comparten un baile perpetuo bajo el sol, las nubes, la luna y las estrellas.

El roble te habla sin palabras. No las necesita. Es suficiente con estar allí, contemplar esa sabiduría incomprensible para un simple mamífero y contagiarte de su serenidad. El roble milenario se ríe de prisas y agobios, de dudas, de impaciencias y cabreos. Se ríe del agotamiento, de la ambición y las frustraciones. Se ríe del tiempo. Y sigue ahí, contemplando su entorno, paciente, abrazando a la tierra generosa y bailando con el cielo.

Lo miras con los ojos bien abiertos, escuchas, lo sientes. Tiene tanto que contar, desde que aquella bellota insignificante germinó y, contra todo pronóstico, consiguió hacerse un hueco para empezar a abrazar a la tierra, entonces con unas raíces tan frágiles, y un pequeño tallo emergió y empezó a estirar unos bracitos ridículos que soñaban con alcanzar las nubes y el sol que le regalaban la vida. Y pasaron los años, las décadas, los siglos, y aquella bellota se convirtió en el rey de los robles. Y ahora los humanos acuden a admirarlo, a escuchar su historia, y aprender a relativizar la vorágine en la que vivimos.

Y entonces le das las gracias, porque qué otra cosa se le puede decir a un ser que cuando tú seas un viejo decrépito seguirá ahí, regalando serenidad y paciencia, y bailando con las estrellas.

Paisaje yermo


Imagen: Cortesía de Pixabay.com con licencia Creative Commoms para uso comercial.

Imagen: Cortesía de Pixabay.com con licencia Creative Commoms para uso comercial.

Araño la nostalgia del árbol deshojado

que impávido ha mecido mis horas,

y titila adormecida aquella luz

de un bosque color sepia encadenado.

En los besos que saltaron al abismo

se desdibujan los pájaros del horizonte.

Grita tu requiebro en el silencio de mi tumba

y crece la sombra enmohecida de tu nombre.

Existes en la nada de estos labios baldíos

y en la gélida aurora que se evoca, y muere.

¿Por qué guardar estos secretos vacíos?

Cenizas de este sol que no amanece.

La lluvia de mis ojos desvanece el tiempo,

pisado entre las flores que sembramos.

Y lloran sin tregua ni color las nubes,

caricias de terciopelo entre mis manos.

Nuria C. Mallart

Inspirando letras y vidas

 

El árbol de Estragón


Muros. Estacas.

Devoluciones. ¿Hacienda?

Un número

somos.

Y, aunque escribamos líneas sangrientas

de puño y letra,

y nos hiera la palabra

y nos queme el aliento

ajeno,

un número seguimos siendo.

Barcazas. Barracas.

Heridas de guerra.

¿Contiendas?

Amarra la soga al árbol de Estragón:

el suicidio es una opción

o quizá

un final redentor.

El Olimpo

no espera,

ni el banquete,

ni la procesión alegre siquiera.

Solo,

únicamente y nada más:

el resultado de nuestra obra.

  El número, la serie, la zozobra.

Por mucho que forniquemos,

por mucho que nos abracemos,

por mucho que acariciemos nuestras sienes

o arañemos el placer;

por mucho que repitamos

como buitres

el banquete de los restos del húmero ajeno,

eso somos: somos número.

Un número hueco.

Cuento corto: LA REENCARNACIÓN DE MI HERMANO MAYOR


Hoy, luego de hacer mis ejercicios y limpiar las tormenteras por si acaso viene el huracán, me baño y preparo una rica batida de proteínas. Me siento al pie del escalón del balcón de mi casa. Estoy relajado y con una alegría rara a estas horas de la mañana. Me percato que a mi lado hay tres palomas, cinco urracas y una pareja de finches grises. Siempre buscando que comer, en especial, las sobras que el gato siamés callejero deja por los alrededores. Sin embargo, es curioso que ninguno de los pichones transita frente a mí.

Estoy casi diez minutos observando hacia al frente. Definitivamente este palo está lleno de mala yerba y de hojas y ramas secas en el suelo. Me llama la atención algo que guinda al pie del roble. Pongo el vaso de la batida en mi lado derecho y poco a poco me acerco a una experiencia sobrenatural. Dios mío, ¿qué rayos es eso que cuelga sobre las raíces del árbol?

Es impresionante la figura que se mece entre la bromelia y el arbusto. Con sus brazos extendidos como un Cristo pidiendo auxilio y con una corona de hojillas verdes. Su cara no tiene ojos, ni boca ni nariz, pero parece que me mira con melancolía. Su cuerpo está ataviado de una túnica delicada de hojarasca. A primera vista me recuerda la vestimenta de los apóstoles de Jesús.

Sigo callado observando con detenimiento las extremidades de la aparición, sus brazos largos y sus piernas cortas se balancean sin tocar el suelo ni las ramas marchitas de palma real  que yacen como tapete.

No puedo perder la oportunidad, decido hablarle. Claro, cerciorándome que ninguno de mis vecinos estuviese cerca pues me encierran en un manicomio. Me acerco lo más que puedo y le pregunto: “¿quién eres? ¿eres Jesús?”  Pero de inmediato no hubo señal. Me detengo en la acera frente a la abominación, luego de alcanzar mi bebida de frutas y vegetales. No salgo del asombro lo tranquilo que permanece sin quejarse. Cuando estoy decidiendo si entro a mi residencia, ocurre algo mágico. La figura comienza a emitir sonidos y ruidos como si deseara comunicarme un mensaje. Cierro los párpados y oigo la voz de mi hermano fallecido hace más de cuarenta años.

—Soy Alberto tu hermano mayor.

Del susto quise abrir los ojos pero una fuerza indescriptible me lo impide. ¿Cómo es posible, esto es un sueño?

—No hermanito, es lo que llaman en el Cielo una reencarnación transitoria. Nos dejan entrar en objetos inanimados, sin alma y con nuestra energía los activamos a una vida híper breve.

—¿Pero y qué haces ahí colgado, te portaste mal en el cielo?

—Siempre mi espírítu anda cuidando a mis hermanos menores y tu roble necesita ayuda.

—¿Mi roble?

—Sí Rafael, aquí en tu urbanización hay muchos pájaros merodeando y lo tienen enfermo, destrozando sus ramas y hojas sin control.

—Pero no comprendo, ¿cómo lo estás ayudando ahí colgado?

—Soy el espantapájaros de tu roble y de ti, querido hermano.

Menos mal…


Hoy, después de mucho tiempo, decidí dar una caminata en la colonia al atardecer. Cielo parcialmente nublado, una fresca ventisca que hacía ver sensacional mi percudida chamarra de mezclilla, y mi caminar era el de aquél que en sus pasos deja ver que se ha puesto en marcha un episodio reflexivo que no terminará sino hasta que los pies pidan ese intercambio del zapato tenis a la comodidad de sus chanclas.

En esta ocasión no me acompañaron mis audífonos Marley (tesoro que llegó a mi vida a principios de año y que han sido fieles melómanos al reproducir tanta buena música a través de ellos), tenía ganas de escuchar las calles que me rodean, la gente, los pájaros –si, todavía cantan los condenados al momento en que el Sol comienza a ocultarse-, los niños jugando y al infaltable conductor neurótico que pita la bocina gracias al estrés ocasionado por ser aún lunes.

El destino final fue seleccionado: el parque detrás de mi antiguo colegio cuya más grande aportación a la historia de la ciudad de México fue haber poseído en sus dominios una tienda de Danesa 33 (¡esos sí eran helados, chinga!). Vaya, el sitio se ve mucho más verde de lo que recordaba cuando mis clases de educación física permitían ir más allá de los muros de la escuela (cual prisión, me cae), pero básicamente no presenta ningún cambio considerable.

Los juegos infantiles, los aparatos donde los mamers van a ponerse más mamers (pero de manera bien hipster, gooeeei, o sea, en contacto con la naturaleza), la caseta de policía –donde por cierto, cosa rara, siempre se ve a un protector de la justicia-, y la siempre particular cancha de basquetbol en la que –por increíble que parezca- el nativo ha descubierto la manera de utilizarla jugando tres deportes de manera simultánea; siguen siendo sus principales atractivos.

Tras recorrer los pasillos internos del jardín, y después de haberme puesto a jugar con unas lindas cachorritas (vaya, que no es lo mismo que “perras”), decidí embarcarme en una de las más grandes investigaciones que el hombre moderno haya llevado a cabo: saber si todavía se sigue yendo a echar novio al parque.

Quizá fue mi falta de contacto con más parques últimamente o la falta de atención a lo que en ellos sucede, pero la respuesta que la consulta arrojó fue aplastante: ¡se sigue yendo a echar novio al parque! (aquí suena de fondo All You Need is Love, de The Beatles, entonada por el suave canto de los mentados pájaros; bueno, no, pero hubiera estado de onda).

Uno se encuentra todo tipo de escenarios: los chavos fresas que corren el enorme riesgo de ser atracados mientras cortejan a la morrita que es más fresa que ellos; la pareja que no le importa nada de lo que sucede en el parque, a ellos les ocupa manosearse de principio a fin en la comodidad de una banca; también están aquellos que buscan hacer lo mismo, pero al interior de un auto (¿de quién se andan escondiendo, eh, par de cabroncitos?), y hay quienes prefieren demostrarse su amor o calentura bajo la sombra de un árbol y junto a un arbusto de tamaño considerable (¡estos fueron los más abusados!).

Una vez que estas imágenes dantescas fueron superadas y que mi periodo de reflexión me llevó a dibujar una sonrisa en mi rostro, emprendí el camino de regreso a casa. Mi andar ahora era el de aquel que ha logrado sacar buenas conclusiones de su dilema inicial, de quien se ha encontrado de nuevo con experiencias tan simples pero enriquecedoras, y del romántico que aún cree en el amor sobre todas las cosas.

Allá iba yo con mi cantar hasta que de súbito me encontré con el remedo de ser humano que por tener piernas creyó poseer la habilidad de manejar. Grandísimo animal, tan sólo por unos centímetros falló en su intento de dejarme en modalidad Oscar Pistorius… menos mal, ¿no?