Quinceañera


Cerró los ojos y sopló las velas sin arrepentimiento. Sacó uno por uno los pequeños cirios humeantes dejando los quince huecos desamparados. Se chupó sonriente la última velita. Levantó del suelo el cuchillo ensangrentado. Partió un trozo de bizcocho. Saboreó sus dedos. Se puso la corona de princesa a pesar de estar semidesnuda y golpeada. Miró a lo lejos su elegante vestido rosa colgado de la escalera que da acceso a las habitaciones. Sus padres aún no llegaban de buscar a la abuela para ir a la iglesia. Fijó la vista en el cadáver. El olor a velas apagadas le recordaba los innumerables acercamientos indebidos de su hermanastro. Mientras intentaba vestirse para practicar el baile del quinceañero, las lágrimas susurraban la canción favorita de cuna.

Suena el timbre. Abre la puerta.

—¡Sorpresa!

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En el nombre de


En el nombre de lo honesto
me vendiste tus mentiras
sin piedad te burlaste
de mi burda ingenuidad
con desfachatez me besaste
al verme vulnerable
al saber más de mí
de lo que debí contarte.
 
En el nombre de la música
me enterraste tus canciones
cada nota despiadada
entonó mi desastre
mientras tú tranquilamente
seguís fumándote mi arte.
 
En el nombre de lo justo
me forzaste a ser persona
cuando lo único que cabía en mi mundo
era una petición de indulto
de lo humano y lo sagrado
condenaste mi cordura
perpetuaste el holocausto.
 
En el nombre de mi integridad
hoy me pregunto
¿qué de mí será?
Ahora que me marcho
ahora que renuncio a ser mortal
ahora que revuelco mis pecados
en las sábanas de extraños
miro al cielo y me cuestiono
si algún día yo pudiera
perdonarme
y dejar de sabotearme
si algún yo día pudiera
en mi nombre
forjar mi libertad.

Aquel Año


Aún se me sigue olvidando cómo nos conocimos,
como las coincidencias se encargaron de juntar los labios
y de robarnos la vida regalándonos caricias,
que rápido se pasan los días, que rápido dejó de existir aquel año.

Aún me dan risa las crónicas que se niegan a caducar,
aquellos incidentes de nuestros sueños truncados
por la incapacidad de perdonar, sí, de perdonarnos
poniendo en contra a la casualidad, condenándonos a ser un par de extraños.

Aún me tiembla la voz al pronunciar mal tu nombre,
los diminutivos que aborrecíamos y que su eco nos retumba
y si hablo en términos de ambos es por la certeza misma
que me da tu mirada desviada, contándome que para vos tampoco fue algo en vano.

Aún me dan ganas de sujetarte y reclamar las sensaciones,
el elixir que una vez cosechamos para ser eternos
y que secó dejándonos a nosotros también huecos
Hasta que la inocencia ocupó de nuevo su lugar de observador aquel año.

Aún sé que recuerdas lo mismo que recuerdo yo,
los cuerpos sin ropa y las mentes sin lógica
las huidas de martes, el vino barato y mi cena mal hecha
el libro que te regalé en el primer mes, cuando aún no sabíamos hacernos daño.

Aún se abren los pulmones para respirar tu aroma
Se reconoce bien la esencia, la piel tiene memoria
como también la tienen las heridas que dejé abiertas
y que no supe sanar cuando tuve tiempo, cuando fuimos plurales, aquel año.