Nubes de cemento y cristal


En los vestigios de la edad medieval, los grandes y sabios nobles andaban bajo la búsqueda de leales y valerosos guerreros que concibieran su destino como la protección del feudo.

Sabían que la condición humana guardaba en su interior ego y capciosos cimientos, mas, como animales en peligro de extinción, decidieron fiarse de ellos. Además,  sabían que la confianza debe comenzar en uno mismo, el resto evolucionaría bajo la tutela del tiempo. Y, como todo horizonte temporal, tuvo un principio.

Y así comenzó una época plagada de horizontes de buen presagio, fama y honra para aquellos que sucumbieron a dichas quimeras y acataron órdenes sin preguntar ni dudar. Ni siquiera pensaban en las consecuencias o en el acto en sí, pues se hallaban embelesados por los elogios y enamorados de un futuro reacio al contacto.

Los nobles observaron con un estupor agradable cómo sus siervos obedecían mudamente lo que se les mandaba y, a pesar de barruntar sobre lo humano de sus guerreros, no se percataron de que ellos mismos contaban con retazos de un telar cada vez más enmarañado de ego y su pensamiento.

Quisieron más, y sus adeptos se adentraron junto a ellos en la ciénaga de recelos, desconfianza y deshumanidad.

Comenzaron las insurgencias, los engaños. El miedo nubló el país.

A pesar de la esperanza, un noble malvado consumó el ambiente e impuso uno más bondadoso en apariencia.

Con la ayuda de una infame bruja, creó un ejército de valerosos guerreros cuyos orígenes procedían de aquellas gotas vitales que de bebé lloró y que formaban parte de su ser de adulto.

Eran parte de él, y como tal, no necesitaba mandarlos. No existía humanidad en ellos, únicamente sus orígenes lo eran. No poseían capacidad de pensar, solamente ojeaban los pensamientos. No vivían, eran la excepción que confirmaba la regla.

Así fue cómo el mundo se sumió en un lugar en el que se otorgaba lealtad hacia uno mismo, sin conocerse ni conocer a nadie más que a aquel oasis que empañó sus pupilas.

Yoko Ono duerme en los portales


Imaginación


La imaginación es realidad cuando la creemos; cuando dejamos de creer en todo límite y comenzamos a creer en ese enorme mundo que llevamos dentro. Ese mundo tan maravilloso y apacible que fue soterrado por envidia y conocimiento ajeno. Ese mundo en el que sobrevive un bello pájaro con sus alas color amor y con su pico de esperanza; un bello pájaro que pía una polifonía conocida como sístole y diástole.

De todos modos y muy a su pesar, nadie cree a la imaginación, por eso deambula tras las sinapsis, limosneando un poco de fe para poder vivir. Pidiendo ahinojada un poco de recuerdos que calmen su dolor.

Un día, su llanto y aclamaciones se hicieron vibraciones.

Surgieron los niños, almas puras sin tierra ni piedras con que poder lapidarla o enterrarla, y mucho menos con la intención de hacerlo. Solo eran almas, vacías, llenas de todo lo significativo y sinsentido.

Se alojó entonces la imaginación en su pureza y, como buena madre, trato de esconderla de todo aquello que la curtió; de las cuitas, de las lágrimas negras, del odio.

De lo que no se percató la imaginación, fue que aquel escondite y aquel sentimiento, eran lo mismo que evitaba florecer a su ser. Aquel espacio limitado y arrinconado del que tanto se prometía salir; aquella sensación tan cristalina que le daba pavor observar(se). Mas era tan obvio que ni lo sintió.

Se perdió, la perdió. De tantas tentativas para sobrevivir, acabó petrificada, sin pensamientos ni sensaciones ni mucho menos reflejos nítidos. Acabó siendo más concubina que madre.

Acabó vagando sempiternamente junto a su nuevo peluche, hacia una cárcel que ella misma ayudó a construir.

Suerte y azar


Tras elegir cruz, lancé la moneda; pese a saber que mi elección fenecería, dándome la espalda, avergonzada, en un pozo sin fondo ni vida.

Ellos escogieron cara y, con sus capciosas voces, vitorearon al azar y lo corrompieron. Malcriado, basa su desmán en la apariencia y sus siluetas.

Materializado en el ambiente, crea decisiones antes de nosotros siquiera saber la pregunta; antes siquiera de existir. Aunque no lo sepa ni ella.

Empero, en el crepúsculo de la moneda, escondida en el canto, se encuentra la suerte.

La suerte, a diferencia del azar, es tímida, tranquila y justa. Por esto únicamente los prófugos la pueden oler y ver, pues su verdad no proviene de nuestra historia —y el azar—, sino de la naturaleza.

En aquellos sinceros momentos donde las voces encarecedoras duermen y su resquemor —reprimido y puro— despierta, la suerte abre su puerta. Invita a pasar a todos aquellos gritos sordos que únicamente se escuchan en la propincuidad del latir. Reticentes, sienten al pasado abandonarlos nada más entrar en la vetusta morada de la ilusión. Los mira a los ojos, observando cada ínfimo pensamiento por muy pequeño que sea; sintiendo cada sensación por muy abrumadora que sea.

Lanza la moneda y con ella la esperanza renace; pues en las pequeñas preguntas están las respuestas más importantes.

¿Quién?


Tras otro día más perdido en el limbo terrenal, se precipitó en busca de un lugar en el que poder dormir, o al menos intentarlo.

Hoy no le apetecía inmiscuirse en la inmundicia de bebidas viles y sus jaquecas, hoy quería soñar; no le importaba que el lustre del inconsciente no lo admitiese en sus obras. Aceptó hace tiempo observarlas desde un telescopio en la cima de su inocuidad bipolar.

Además, no recuerda su infancia; es más, muchas veces se mantiene dubitativo sobre la existencia de ésta, ¿fue niño?

Implorando a los ángeles, escrutaba cada vena con destino cardíaco, en busca de retazos sanguíneos en los que poder hallar la respuesta y así sentirse vivo. Mas todos los intentos fueron en vano, y tal como vinieron, se marcharon cabizbajos, musitando palabras de impotencia, perdón y rabia.

Tras la presbicia de sus quimeras, alejaba la vista, evadiéndose con las monedas mendigadas; permitiendo al tiempo encaramarse a su espalda y jugar al fugaz azar del día. No sabe desde cuándo, ni mucho menos hasta cuándo.

Esto no significaba la izada de bandera blanca por parte suya, mas no conocía otra forma de vida.

Un día, bajo lo efímero de una mirada, un ligero susurro pertrechó su corazón y el mismo formó parte —esta vez —de las obras dirigidas por la tupida profundidad  de su ser.

En aquel fugaz lance unilateral, descubrió quien era. En aquellos ojos, se derrumbó.

Comenzó a comprender.

Comprendió que era un sueño, que tuvo que exiliarse tras las puertas del olvido por culpa del miedo y sus voces. Un sueño que, una vez en el exterior, sin guía y sin camino, permaneció estático mientras vetustas serpientes disfrazadas de musas le mantenían sedado; olvidado. Un sueño que fue juzgado por aquellos que controlan las leyes de este juego macabro. Un sueño que fue castigado con un abandono  y lágrimas tras las que, ninguno de los dos, pudieron recordar.

Él ya se había olvidado de esa parte suya, por eso le fue tan costoso anhelar, disfrutar y evocar su origen y su infancia compartida. Él ya borró las puertas que conducen a la vida, siendo otro adulto más; sobreviviendo en este mundo de piedra. Únicamente su corazón notó su presencia,  provocando un latido nostálgico, impotente; mudo.

Pero al sueño no le importó. Ahora que reconoció a su dueño, asió su entereza —como paraguas— y tras escuchar el repiqueteo de la puerta, subvino la empatía —como arquitecta— junto a la infancia —como plano—; no tuvo nada que temer.

Todo volvería a ser como debiera ser.

P.D.: La frase subrayada es de el grande Hovik Keuchkerian.

Lluvia con a de ella


Nació con la lluvia de manto y sus gotas como cobijo.

Creció saboreando los charcos y disfrutando de la polifonía perfecta que creaban sus pies al compás del cielo, lleno de alegría y jovialidad.

Nunca se enfrentó a la gripe, ya que la lluvia era su amiga y como tal, la escuchaba sin admoniciones posteriores.

Desprendida de todo lo que le ocultaba de aquellas lágrimas cuyo dueño era el cielo, nunca temió develarse ante tal etérea situación.

Disfrutaba de ella, y ella disfrutaba  su compañía. Bailaban y sonreían, omitiendo el entorno, pues ella era la boca y la lluvia el sabor.

Al compás de su alterna desazón, siempre escuchó lo que calaba en su corazón; escrito bajo la pertinente voz de su querido amigo.

Se hizo mayor, exiliándose al amparo de un tejado y al de una chimenea que calmasen aquella otra parte suya que envejece y  es objeto de tribulaciones.

Siempre unidos, bajo el auxilio de la terraza, haciendo caso omiso a aquellos cuerpos que no comprenden que es preferible el amor a la salud.

Pasaron los años y sus dos partes —la eterna y la perecedera— acordaron alzarse en vuelo.

 Aquel día no hubo lluvia; el sol aportó su granito de arena mostrándose en todo su esplendor, mientras que las nubes se precipitaban al encuentro de ella.

Se abrazaron y, en un coloquio eterno, vivieron en lo etéreo de la vida,  sintiendo y siendo algo que nunca pudimos ver aunque siempre estuvo ahí;  en cada gota y en cada ser, en cada segundo y en cada eternidad.

Estrellas fugaces


Todavía recuerdo el primer lugar al que viajé.

Era un lugar alegre al sur del globo terráqueo, en donde la naturaleza cubría cada esquina con su amistoso color verde. Pude allí observar la vida cotidiana de las ramas, oteando un poco de amor para luego así abrazar entre ellas la coincidencia añorada. También observé el vetusto conocimiento de los troncos de aquellas ramas, impartiendo clases a las fastuosas hojas y aconsejando a todo animal e insecto que lo necesitase.

Durante todo ese tiempo dormí con sueños, recogiendo cada pieza de brizna en mi alegría onírica, bajo una burbuja que me protegía.

Desafortunadamente, no todos los viajes son así.

Hubo una vez en la que fui enviada a una zona desértica, vilipendiada por el ego. Allí no pude observar a la madre tierra, pues todo fue contaminado por el poder, corrompiendo a aquellas joyas de sílice, infravalorándolas, marchitándolas; convirtiéndolas en minúsculas gotas de desprecio entre ellas —y en una misma.

Era un lugar donde pude observar cómo, mediante vuestros ambages, insinuáis quimeras en los ignorantes involuntarios; los cuales, raídos por los sueños, se arrodillan ante vosotros, ofreciéndoos su inefable ayuda.

Es por esto que decidimos mostrarnos mayoritariamente ante la naturaleza —siempre hay alguna ingenua—, ya que sus deseos son puros y desinteresados. Y cuando lo anhelado es pedido por el alma, disfrutamos del periplo, acercándonos cada vez más a nuestro hogar: la tierna infancia.