Suerte y azar


Tras elegir cruz, lancé la moneda; pese a saber que mi elección fenecería, dándome la espalda, avergonzada, en un pozo sin fondo ni vida.

Ellos escogieron cara y, con sus capciosas voces, vitorearon al azar y lo corrompieron. Malcriado, basa su desmán en la apariencia y sus siluetas.

Materializado en el ambiente, crea decisiones antes de nosotros siquiera saber la pregunta; antes siquiera de existir. Aunque no lo sepa ni ella.

Empero, en el crepúsculo de la moneda, escondida en el canto, se encuentra la suerte.

La suerte, a diferencia del azar, es tímida, tranquila y justa. Por esto únicamente los prófugos la pueden oler y ver, pues su verdad no proviene de nuestra historia —y el azar—, sino de la naturaleza.

En aquellos sinceros momentos donde las voces encarecedoras duermen y su resquemor —reprimido y puro— despierta, la suerte abre su puerta. Invita a pasar a todos aquellos gritos sordos que únicamente se escuchan en la propincuidad del latir. Reticentes, sienten al pasado abandonarlos nada más entrar en la vetusta morada de la ilusión. Los mira a los ojos, observando cada ínfimo pensamiento por muy pequeño que sea; sintiendo cada sensación por muy abrumadora que sea.

Lanza la moneda y con ella la esperanza renace; pues en las pequeñas preguntas están las respuestas más importantes.

¿Quién?


Tras otro día más perdido en el limbo terrenal, se precipitó en busca de un lugar en el que poder dormir, o al menos intentarlo.

Hoy no le apetecía inmiscuirse en la inmundicia de bebidas viles y sus jaquecas, hoy quería soñar; no le importaba que el lustre del inconsciente no lo admitiese en sus obras. Aceptó hace tiempo observarlas desde un telescopio en la cima de su inocuidad bipolar.

Además, no recuerda su infancia; es más, muchas veces se mantiene dubitativo sobre la existencia de ésta, ¿fue niño?

Implorando a los ángeles, escrutaba cada vena con destino cardíaco, en busca de retazos sanguíneos en los que poder hallar la respuesta y así sentirse vivo. Mas todos los intentos fueron en vano, y tal como vinieron, se marcharon cabizbajos, musitando palabras de impotencia, perdón y rabia.

Tras la presbicia de sus quimeras, alejaba la vista, evadiéndose con las monedas mendigadas; permitiendo al tiempo encaramarse a su espalda y jugar al fugaz azar del día. No sabe desde cuándo, ni mucho menos hasta cuándo.

Esto no significaba la izada de bandera blanca por parte suya, mas no conocía otra forma de vida.

Un día, bajo lo efímero de una mirada, un ligero susurro pertrechó su corazón y el mismo formó parte —esta vez —de las obras dirigidas por la tupida profundidad  de su ser.

En aquel fugaz lance unilateral, descubrió quien era. En aquellos ojos, se derrumbó.

Comenzó a comprender.

Comprendió que era un sueño, que tuvo que exiliarse tras las puertas del olvido por culpa del miedo y sus voces. Un sueño que, una vez en el exterior, sin guía y sin camino, permaneció estático mientras vetustas serpientes disfrazadas de musas le mantenían sedado; olvidado. Un sueño que fue juzgado por aquellos que controlan las leyes de este juego macabro. Un sueño que fue castigado con un abandono  y lágrimas tras las que, ninguno de los dos, pudieron recordar.

Él ya se había olvidado de esa parte suya, por eso le fue tan costoso anhelar, disfrutar y evocar su origen y su infancia compartida. Él ya borró las puertas que conducen a la vida, siendo otro adulto más; sobreviviendo en este mundo de piedra. Únicamente su corazón notó su presencia,  provocando un latido nostálgico, impotente; mudo.

Pero al sueño no le importó. Ahora que reconoció a su dueño, asió su entereza —como paraguas— y tras escuchar el repiqueteo de la puerta, subvino la empatía —como arquitecta— junto a la infancia —como plano—; no tuvo nada que temer.

Todo volvería a ser como debiera ser.

P.D.: La frase subrayada es de el grande Hovik Keuchkerian.

Lluvia con a de ella


Nació con la lluvia de manto y sus gotas como cobijo.

Creció saboreando los charcos y disfrutando de la polifonía perfecta que creaban sus pies al compás del cielo, lleno de alegría y jovialidad.

Nunca se enfrentó a la gripe, ya que la lluvia era su amiga y como tal, la escuchaba sin admoniciones posteriores.

Desprendida de todo lo que le ocultaba de aquellas lágrimas cuyo dueño era el cielo, nunca temió develarse ante tal etérea situación.

Disfrutaba de ella, y ella disfrutaba  su compañía. Bailaban y sonreían, omitiendo el entorno, pues ella era la boca y la lluvia el sabor.

Al compás de su alterna desazón, siempre escuchó lo que calaba en su corazón; escrito bajo la pertinente voz de su querido amigo.

Se hizo mayor, exiliándose al amparo de un tejado y al de una chimenea que calmasen aquella otra parte suya que envejece y  es objeto de tribulaciones.

Siempre unidos, bajo el auxilio de la terraza, haciendo caso omiso a aquellos cuerpos que no comprenden que es preferible el amor a la salud.

Pasaron los años y sus dos partes —la eterna y la perecedera— acordaron alzarse en vuelo.

 Aquel día no hubo lluvia; el sol aportó su granito de arena mostrándose en todo su esplendor, mientras que las nubes se precipitaban al encuentro de ella.

Se abrazaron y, en un coloquio eterno, vivieron en lo etéreo de la vida,  sintiendo y siendo algo que nunca pudimos ver aunque siempre estuvo ahí;  en cada gota y en cada ser, en cada segundo y en cada eternidad.

Estrellas fugaces


Todavía recuerdo el primer lugar al que viajé.

Era un lugar alegre al sur del globo terráqueo, en donde la naturaleza cubría cada esquina con su amistoso color verde. Pude allí observar la vida cotidiana de las ramas, oteando un poco de amor para luego así abrazar entre ellas la coincidencia añorada. También observé el vetusto conocimiento de los troncos de aquellas ramas, impartiendo clases a las fastuosas hojas y aconsejando a todo animal e insecto que lo necesitase.

Durante todo ese tiempo dormí con sueños, recogiendo cada pieza de brizna en mi alegría onírica, bajo una burbuja que me protegía.

Desafortunadamente, no todos los viajes son así.

Hubo una vez en la que fui enviada a una zona desértica, vilipendiada por el ego. Allí no pude observar a la madre tierra, pues todo fue contaminado por el poder, corrompiendo a aquellas joyas de sílice, infravalorándolas, marchitándolas; convirtiéndolas en minúsculas gotas de desprecio entre ellas —y en una misma.

Era un lugar donde pude observar cómo, mediante vuestros ambages, insinuáis quimeras en los ignorantes involuntarios; los cuales, raídos por los sueños, se arrodillan ante vosotros, ofreciéndoos su inefable ayuda.

Es por esto que decidimos mostrarnos mayoritariamente ante la naturaleza —siempre hay alguna ingenua—, ya que sus deseos son puros y desinteresados. Y cuando lo anhelado es pedido por el alma, disfrutamos del periplo, acercándonos cada vez más a nuestro hogar: la tierna infancia.

Fauna autóctona

Fauna autóctona


Cada día viste igual. Y grita. Pasea gritando y maldiciendo por los pasillos de la biblioteca. Elegante y desquiciada como una jirafa rota. Sigue leyendo

Lucas


Lucas era un hombre soñador, desde que era un neonato le gustaba soñar e imaginarse cosas, ya fuesen aventuras de Lucas versus Lucas o con sus juguetes y entes imaginarios.

Es cierto que conforme fue creciendo depuso varias de las actitudes que le hacían ser definido como un perfecto soñador, como la emancipación de sus amigos imaginarios —pero reales—, y la actitud de soñar despierto había decrecido a niveles muy preocupantes; quizá esto era así debido a su decepción al ver cómo funcionaba la ciudad a ojos de un adulto o tal vez porque ya no lo encontraba útil, la verdad, no lo sé, nunca lo supe.

Aun así, en su interior persistía ese sentimiento de soñador que lo incitaba a soñar, aunque fuese en estado de no vigilia; siendo para él estos sueños ínfimos lo que lo mantenía vivo, lo que escondía la vela de la esperanza a ojos de avariciosos y maléficos y lo que aguardaba la vuelta de su flama.

Un día se encontraba en un bar, tomando algo, cuando a una mujer salió corriendo de él, olvidándose un libro. Lucas decidió recogerlo y entregárselo.

—¡Oiga, señora, el libro! —gritaba, mas no le escuchó y acabó desapareciendo entre la niebla de gente.

Se quedó mirando al horizonte con displicencia hacia ellos —y hacia sí mismo—; no les caía bien —no se caía bien—, siempre decía que eran máquinas cuyo objetivo era consumir y trabajar —…—. Decidió apartar la vista de ellos y centrarla en el libro: la portada estaba un poco añeja y algo carcomida, solo se podía leer el título: Sueños. El mero hecho de leerla hizo que se le viniesen a la cabeza antiguos recuerdos de su infancia y su afán por soñar todo el rato.

«Buenos tiempos», pensó, mientras se reavivó ese pundonor por soñar en su más profundo interior.

Al llegar a casa comenzó a leerlo; conforme fue leyendo y, como era de suponer, el libro trataba sobre los sueños, las diferentes fases de cuando dormimos, sus posibles interpretaciones… Pero lo que más le llamó la atención fue unos sueños conocidos como “sueños hipnagógicos”: conjunto de percepciones visuales, auditivas e incluso gustativas o hápticas (referentes al tacto) que las personas que las “padecen” experimentan entre el estado de vigilia y el de sueño1. La palabra padecer aparecía entre comillas porque cualquier persona puede pasar por ello, ya sea sin querer o creando ese estado mediante unos sencillos pasos.

Por esta sencilla razón y por la reeclosión de la infancia en su interior, decidió intentarlo; puso el brazo en vertical apoyado en la cama de su piso —un octavo— con el codo y se echó a dormir. Al cabo de x tiempo se despertó somnoliento y algo aturdido, miró a su alrededor y vio cómo su habitación ya no era su habitación, era un jardín enorme. Esta vez decidió no pensar y mucho menos preguntarse la racionalidad de la situación, solo quería disfrutar.

Lucas estaba disfrutando de su sueño, corriendo como nunca y grabando aquellas vistas en su retina, hasta que su cerebro decidió volver a pensar, despertándose ipso facto en su cama. Se despertó contento y, junto a él, florecieron de nuevo esos sentimientos de soñador abandonados y tirados a la basura sin razón alguna.

Desde entonces, Lucas cambió. Aquella flama tan esperada volvió; comenzó a soñar despierto, vinieron antiguos inquilinos a su piso —uno de ellos era la felicidad— y volvió a disfrutar de la vida. No solo eso, contagió esa sensación y ganas a toda aquella niebla que antes odiaba y ahora amaba —se amaba—, floreció la esperanza en la ciudad —en sí mismo—, se podría decir, parte del mundo cambió a mejor —parte de él mejoró como persona—.