¡Felicidades a los seleccionados en #ElReversoDeLaVida!


En días pasados realizamos una convocatoria en Twitter, Facebook e Instagram con el tema especial de la antología: «vida», con el hasthag #ElReversoDeLaVida. A través de las redes, recibimos 32 obras de relato, poesía y artes plásticas con este hashtag. Un total de … Sigue leyendo

Peripecias de la cama a la ducha


El día había empezado raro. Mi cuerpo parecía no poder resistir la fuerza de atracción que me ejercía la cama.
Iba saltando entre lecturas, Graham, Cortázar, un libro sobre la física cuántica y Borges. Terminé cayendo en Carver, y finalmente me atrapó. O me atrapé, quizás.
El relato empezaba con una conversación entre una mujer y un panadero, alrededor de las 4 o 5 páginas, me di cuenta de que el panadero iba a tener cierta trascendencia llegando al final, porque Carver parecía querer esconderlo. Parecía querer que me olvidara de su malhumor injustificado.
En fin, niño adorado fallece en circunstancias extrañas, padres contrariados vuelcan su furia hacia panadero que insiste en llamar a la casa, reunión en panadería y luego tranquilidad, porque hablando la gente se entiende.
Todo eso estaba muy bien. Bien escrito, bien pensado, se volteaba la expectativa de un final violento de una manera súbita pero bien preparada. Todo estaba genial. Pero a mí no me cerraba. Yo sabía que era mi culpa, que algo me había perdido, porque no entendía como Carver había logrado esa atmósfera de inquietud en el hospital, cuando todo había sido de lo más normal sacando a esa familia negra en el lobby.
Como veinte minutos después seguía sin entender, decidí irme a duchar.
Me levanté de la cama[1] e instantáneamente me sentí mal. Estaba tan mareado que me costaba un poco mantenerme en pie. Después de un esfuerzo no menor, caminé hacia el baño[2] y prendí la ducha. El agua empezó a correr. Yo me metí.
El mareo no se iba, al contrario, parecía aumentar con el agua caliente. Pensé en poner solo agua fría, pero mi brazo derecho a esta altura parecía obedecer más el zigzag de las gotas de agua que las órdenes de mi cerebro. Puse mis manos en las rodillas y me agaché, intentando tomar aire, pero era imposible.
Mi cuerpo era un motín, un montón de extremidades comandadas por un invasor. Un invasor que me era imposible detener.
Hasta que entendí. El doctor estaba totalmente informal, luciendo una camisa y un inquietante bronceado. Esa era la clave, ¿por qué estaba así el doctor? ¿Por qué mierda no se cambiaba la ropa para hablar con los padres de un niño muerto?
El agua siguió corriendo.

[1] Finalmente

[2] Lentamente