Confesión de una bala perdida


Son las doce de la medianoche. No sé cuándo voy a detenerme. Solo escucho el quejido del viento raspando mi cuerpo plateado mientras continúo el viaje a toda velocidad en este vacío. Tantas veces he tratado de no dejar que José me manipule o hiera  mis sentimientos.  Al final del día, él permanece invicto. La  infidelidad con sus dos amantes imaginarias siempre lo confunden. Estas dos rameras tan distintas, como dos polos opuestos en su mente, lo enloquecen; una sumisa, deprimida, coleccionista de tristezas, la otra eufórica, tóxica y maniática.  No hay duda que las somete a las dos con maestría. Lo riesgoso es que él piensa que su enfermedad de bipolaridad está en equilibrio, automedicándose.

Él es implacable cuando me lastima y me obliga a actuar en contra de mi voluntad. Permanezco muda, sigo sin pausa, sabe Dios hacia dónde. Si alguna vez me hastío de tolerar sus golpes, espero no sentirme culpable de no extrañar sus insultos: “Eres como las otras, después que cumplen mis deseos no valen nada”.

Por fin me detengo bruscamente. Estoy atascada en un lugar oscuro, caliente. No tengo idea donde me encuentro. Oigo ruidos y voces que se mezclan en la distancia. Quedo atrapada y mi cuerpo metálico, cilíndrico, se cubre de sangre. Entre la muchedumbre logro distinguir los gritos de un padre desesperado: “María el niño tiene una bala en la cabeza”. A doscientos pies de distancia, José endrogado sigue disparando balas al aire celebrando la despedida del año, un año, de pura mierda.

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Cenizas con alma


Nos amarran, amordazan, golpean, escupen. Nos queman. Sepultan cuarenta y tres voces. Nuestras cenizas suben rápido a las nubes. Protestan, porque aún tenemos conciencia. Se condensan nuestras almas, nuestros gritos en el cielo. Llueve y esta vez lloverá más de cuarenta días y cuarenta noches. ¿Noé, dónde te encuentras? ¿Dios, por qué me has abandonado?

Comida sangrante


¿Gritan, pero quién los escucha?

¿Sufren, pero a quién le importa?

|Solo son un producto, algo para consumir,

algo

para saciar nuestra adicción al consumo,

los ves en el plato, su sangre, sus huesos

solo son un producto,

todo ese sufrimiento

solo para que los mastiques entre tus dientes.

¿Podrías mirarlos a los ojos y decirles:

Lo siento, mi apetito es más fuerte que tu sufrimiento?

Yo no…

La próxima vez que comas un pollo, o un pedazo de carne

de vaca, de oveja, o de cordero

o, tal vez, de cerdo, o pescado,

pensá que atrás de ese exquisito plato hay una vida

asustada, presa,

un producto

(más)

que sangra.